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 Asunto: Los Borbón-Ortiz
NotaPublicado: Sab Jun 28, 2014 10:15 pm 
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Camarlengo
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Alejandro Farnesio, no el sobrino de Felipe II y Juan de Austria fruto del vientre de Margarita de Parma, la hija ilegítima de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, sino el forero de Cotilleando, se ha propuesto documentar el cruce de caminos entre los Ortiz Rocasolano y la monarquía española. De acuerdo con sus investigaciones, el primer encuentro ocurrió en 1369.

CAPÍTULO I

LOS TRASTÁMARA COMIENZAN A REINAR


Corría el mes de marzo del año del Señor de 1369. Don Pedro I el Cruel acampaba en tierras de Montiel, próximas a su castillo, mientras que Enrique, su hermano de padre, el primero de los Trastámara, hacía lo propio con sus tropas, a pocos kilómetros, tras recorrer media Castilla para presentar batalla.

Castilla estaba en guerra civil, ninguna novedad, que desde Atapuerca era el deporte nacional patrio. Don Pedro y Don Enrique compartían padre, a Alfonso XI, pero no madre, que hasta once hijos, como su número, tuvo con su amante Leonor de Guzmán. Tampoco ninguna novedad, que un rey lo es en todo.

Entre las tiendas de la tropa, las hogueras, el ir de un lado para otro de pajes, soldados ociosos, cazadores con sus presas para alimentar a la tropa, clero que preparaba a los soldados para entrar libres de pecado en batalla y los caballos con su nervioso relinchar, había también un nutrido grupo de mujeres de moral distraída, moral inexistente más bien, más calientes que el palo de un churrero, que seguían a la tropa, dándoles igual si eran del rey o del pretendiente, para comerciar con su cuerpo y, si podían, conseguir ser la barragana de algún señor , o la “contraria” de algún campesino que la hiciera respetable lejos de allí.

Entre todas ellas había una que destacaba sobre las demás. Su ambición era mucha, más de lo normal, y hacía sus propios castillos en el aire imaginando ser la mejor de la profesión, soñando con ser la dueña del burdel más grande de Castilla, con sucursal en Aragón y, quien sabe, en tierra de moros también, que a oriundos, foráneos y razas no hacía ascos. Su aspecto no era voluptuoso ni atractivo, poca lozanía mostraba con sus escasas carnes, que disimulaba con trapos para simular pechos y posaderas. Su ralo pelo ocultaba con pañuelos y pelucas de crin de caballo, pero era una causa perdida, pues era su carácter, su nervio cual rabo de lagartija, lo que hacía que ni criase carnes ni se le dejara de caer el pelo. No obstante, muy solicitada era, pues su saber en el oficio más antiguo del mundo era indiscutible. La Ortiz mucho sabía de las artes horizontales, y hasta en vertical, oblicuo y del revés las sabía practicar. Curiosamente siempre tuvo predilección para comerciar con su cuerpo de forma muy pintoresca, que a manías ninguna compañera la ganaba. Le gustaba posar sus desnudas y escasas carnes sobre una piedra o roca que hubiese estado recalentada por el viento que soplaba de levante, de donde sale el sol, el viento que en algunos sitios llaman solano, por lo que la conocían por la Ortiz la de la Roca al Solano.


Don Enrique, el que pronto sería Enríque II de Trastámara, estaba con sus capitanes preparando el plan de batalla para el día siguiente cuando fue interrumpido por uno de sus fieles consejeros. Al verlo llegar, el futuro rey mandó desalojar la tienda, sabía que su consejero no lo interrumpiría por cualquier cosa.

-Majestad, perdonad mi intromisión.

-Perdonado estaréis si la intromisión lo merece- contestó altivo el primero de los Trastámara.

-Informes traigo del campamento de vuestro hermano. Urge que lo sepáis- dijo a modo de disculpa el nervioso consejero.

-Dejad de sudar y dadme las malas noticias- ordenó.

-La cosa es como sigue, Majestad. Los moros de Granada con él van a la batalla y, aunque gabachos mercenarios traemos, nos superan en número, y en mucho.

-¿Cuál es la desventaja?

-Pues apenas a 3.000 hombres de armas llegamos, como bien sabéis, Majestad, mas vuestro hermano el mismo número de hombres de armas trae además de 1.500 jinetes. Si esto no fuese suficiente tiene a sus espaldas el Castillo de Montiel, donde puede buscar refugio y apoyo si muy mal le fuese. Sabéis que nuestro rápido venir nos ha impedido equiparnos para asediar castillo alguno.

-Ummm. Algo habremos de hacer. No creo que vengáis tan sólo con malos augurios, decidme que se os pasa por la cabeza- respondió el perspicaz Enrique.

-Una meretriz afamada nos puede allanar el camino de la victoria, Majestad.

-¿Una meretriz-preguntó el futuro rey sorprendido por primera vez en toda la conversación.

-Sí, Majestad, una meretriz conocida como la Ortiz de la Roca al Solano, maestra entre maestras y un arma en sí misma.

-¿Y cómo es eso? ¿envenena? ¿apuñala? ¿ahoga a sus clientes? Decidme, intrigado me tenéis.

-Mucho más simple, Majestad. Andábame yo entre galenos, viendo si tenían lo necesario para las amputaciones y torniquetes que han de venir, cuando encontróme con el Obispo de Cuenca que, con sus sotanas por encima de la cabeza, andaba siendo examinado por Isaac Ben Arón, nuestro galeno hebraico. El galeno se asombraba y murmuraba para cada vez más preocupación del prelado, y éste sudaba copiosamente con sus vergüenzas al aire y algo más, pues parecido a un cangrejo, y del mismo tamaño, era lo que le colgaba bien agarrado de sus partes pudendas.

El galeno preguntó si ese animal se había agarrado a parte tan dolorosa tras bañarse en el río, mas el religioso lo negó, que era buen cristiano y el agua no tocaría jamás sus partes. Lo que sí confesó es que tal bestia se le había sido trasmitida, que una buena cristiana, una tal Ortiz, le había aliviado de sus deseos impuros sin cobrarle nada, pero ella tenía bichos como centollos en la entrada de su “madriguera” así como es normal para una campesina tener gallinas entorno a la puerta de su casa.

El galeno observó que el conquense se andaba febril y sin fuerzas, pues la colipoterra le había chupado sus fuerzas en el alivio y el bicho había hecho el resto. La extracción del animal fue dolorosa y no os extrañéis, Majestad, de que de ahora en adelante el señor obispo tenga el apropiado sobrenombre del “unihuevo”.

-¿Y cómo afecta eso a la batalla, si puede saberse?- volvió a preguntar el Trastámara.

-Pues sencillo es. Creo que una nueva forma de arma ha nacido de la casualidad. Imaginaos si mandamos a la Ortiz al campamento enemigo y posponemos varios días la batalla. Fácilmente, por lo que me cuentan, se puede hacer hasta a la mitad de la tropa, que estarán febriles y con su apropiado bicho y preocupación cuando formen para la batalla. La victoria es nuestra.

-¿Accederá a hacer eso por nuestra causa? ¿Cuál será el pago? Porque pago seguro que habrá pedido.

-Lo hará- contestó el consejero- que todo está ya hablado. Su imaginación es más fecunda que vuestra madre, Doña Leonor, y con una res se da por cumplimentada, que piensa sacarle partido, vender su leche, tener terneros, montar una ganadería y con los réditos un burdel. Es de un calculador que pavor da.

-¿Una res decís? Pues no hablamos sobrados de ellas, que esta tropa come como si no hubiese un mañana- se quejó el futuro monarca.

-También en eso pensé. Pero hay una res, una que nadie quiere ni por su leche, ni para carne, y sin embargo mucho cariño le tienen. Esa será.

-¿Para nada la quieren y cariño le tienen?

-Sí Majestad, que el cariño es otro. Es la que usa la soldadesca a los que la soldada no le llega para meretrices, ya me entendéis. ¿Quién va a querer su carne o su leche con el uso que le dan a la res? Además no es de nadie, ni el matarife la quiere, que mucho asco le dice dar hincarle el cuchillo por lo que salir podrá. Tan de nadie es que la llaman la res pública.

-Curiosos nombre. Pues disponedlo todo, en tres día habrá batalla.

-Así se hará, Majestad.

-Nos os vayáis aún- interrumpió la partida de su consejero- que quiero dar una última orden. Que nadie toque cadáver alguno tras la batalla, quemad los cuerpos, y nada de desnudarlos, que pavor da en pensar en esos centollos por mi nuevo reino… y que la tal Ortiz se establezca lejos, por Dios.



La batalla se produjo a los tres días desde esta reunión secreta, una reunión que sólo ha salido a la luz por mi relación monárquica con el Club Bilberderg. La victoria de Don Enrique II de Trastámara le dio el reino e inició una nueva dinastía en la Historia de España, pues tiempo después, por matrimonio, también en Aragón serían Tratámara, y al cabo se unirían todos cuando siglos después los Reyes Católicos reinasen.


Esta es la primera vez documentada del cruce de caminos entre los Ortiz Rocasolano y la monarquía española, pero hay más.


FIN DEL PRIMER CAPÍTULO.


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Traducción al español por Huan Manwe