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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Jue Sep 21, 2017 12:21 pm 
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¡Compatriotas míos! Es de razón que me extienda menos que en mi segundo discurso de inauguración de la presidencia. Parecía correcto en aquellos días explicar largamente las acciones que se iban a emprender. Ahora, después de cuatro años, en los que no han dejado de pedirse declaraciones públicas sobre cada aspecto y etapa del gran conflicto que todavía cautiva la atención de la nación y absorbe todas sus energías, poco más puede añadirse. El avance de nuestros ejércitos, del que en definitiva todo depende, lo conoce el público tan bien como yo, y creo que la situación es razonablemente satisfactoria y alentadora.

Aunque ponemos grandes esperanzas en el futuro, no haremos ningún vaticinio.

Cuando me encontraba en este mismo lugar hace ya cuatro años, todos los pensamientos estaban puestos con avidez en la Guerra Civil que se cernía sobre nosotros. Todos la temían, todos hicieron lo que pudieron por evitarla. Mientras pronunciaba mi discurso inaugural en este mismo lugar, consagrado a salvar la Unión evitando una guerra, los agentes sediciosos se hallaban en esta misma villa, buscando destruirla sin recurrir a la guerra, buscando disolver la Unión y compartir sus bienes tras una negociación.

Ambos bandos condenaban la guerra, pero uno de ellos libraría la guerra antes de permitir la supervivencia de la nación, y otro aceptaría la guerra en vez de consentir que pereciera. Y llegó la guerra.

Una octava parte de nuestra población eran esclavos negros, que no estaban distribuidos en la nación de modo uniforme, sino que se concentraban en la sección meridional de la misma. Estos esclavos constituían un interés particular y poderoso. Los insurgentes libraron una guerra para perpetuar, ampliar y fortalecer este interés, cuando el gobierno no se consideraba legitimado más que para evitar el ensanchamiento territorial del mismo.
Ningún bando esperaba que sobreviniera una guerra de la duración y magnitud que conocemos ya. Nadie previó que la causa del conflicto iba a cesar con el conflicto o incluso antes de que este concluyera. Todos esperaban un triunfo más hacedero y un resultado menos pasmoso y fundamental.

Ambos leen la misma Biblia y rezan al mismo Dios, y ambos ruegan que les auxilie frente a su adversario. Pude parecernos, cuando menos, extraño que cualquier hombre ose rogar a un Dios que considera justo para que le ayude a comer su pan explotando el sudor de otras gentes, pero “no juzguemos, si no queremos ser juzgados”. No podían ser atendidas las plegarias de ambos bandos. Dios no ha respondido plenamente a ninguna de esas plegarias. El Todopoderoso posee sus propios fines.

“¡Ay del mundo por causa del pecado, porque es de necesidad que haya pecado, pero hay de aquel de quién proviene el pecado”!

Si suponemos que la esclavitud americana es uno de esos pecados que, por la providencia divina, ha de venir, pero que habiendo llegado a su fin y término, Él quiere ahora erradicar, y que Él decide volcar sobre el Sur y el Norte esta terrible contienda, como pago doloroso impuesto a los causantes del pecado, ¿podemos acaso, en conciencia, advertir diferencia alguna con los atributos que los creyentes en un Dios vivo siempre afirman que posee?

Fervientemente esperamos, y rogamos fervorosamente, para que se esfume cuanto antes la calamidad que es esta terrible guerra.

Más, si es la voluntad de Dios que prosiga hasta que toda la riqueza apilada por los 250 años de trabajo gratuito del siervo se aniquile, y hasta que se pague cada gota de sangre extraída con el látigo con otra extraída con el acero, entonces, como se dijo hace 3.000 años, volveremos a repetir “los juicios del Señor son siempre justos y correctos”.

Sin malicia contra nadie, con caridad universal, con firmeza en la justicia, pues Dios nos ha dado razón para discernir lo que es Justo, esforcémonos por concluir nuestra tarea presente, por sanar las heridas de la nación, por cuidar de aquellos que han librado las batallas, y de sus viudas, y de sus huérfanos, por hacer todo lo que esté en nuestra mano para conseguir y amar una paz justa y duradera, no sólo entre nosotros mismos, sino con el resto de las naciones.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Jue Sep 21, 2017 1:54 pm 
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Conciudadanos de los Estados Unidos:

En consonancia con una costumbre de tanta solera como los propios gobiernos humanos, comparezco ante vosotros para pronunciar un breve discurso y para prestar el juramento contemplado en la Constitución de los Estados Unidos “antes de que comience el desempeño de su cargo”.

Creo que no conviene analizar esas cuestiones ordinarias de administración que no despiertan ni la emoción ni el interés de nadie.

Parece que el pueblo de los Estados del Sur siente cierta aprensión, pues considera que la llegada al poder de una administración republicana hará peligrar la paz y su seguridad jurídica y personal. En realidad no hay ninguna causa objetiva para albergar ese temor.

La verdad es que hay pruebas abrumadoras de lo contrario, que se hallan s la vista de todos. No hay discurso mío publicado donde no se encuentren.

Permítanme citarles de uno de mis discursos donde digo que “no pretendo interferir con la institución de la esclavitud en los Estados donde está en vigor. Creo que no estoy legitimado para hacerlo, y tampoco tengo la menor disposición a hacerlo”.

Fin de la cita.

Las personas que me designaron como candidato y las que me eligieron después sabían a ciencia cierta que he pronunciado palabras parecidas a estas y que nunca las he retirado; y lo que es más, en el programa político de mi partido, y como si se tratara de una ley vinculante para mí y mis compañeros, se dictó la clara e incluso enfática resolución que ahora les leo:

“Se resuelve. Que la preservación inviolable de los derechos de los Estados, y en especial del derecho de cada Estado para regular y controlar sus propias instituciones domésticas de conformidad con sus propios criterios, es esencial para el equilibrio de poder del que depender la perfección y preservación duradera de nuestra arquitectura política; y que condenamos el hecho de que una fuerza armada ilegal invada el territorio de otro Estado o Territorio, no importa con qué pretexto, como el mayor de los crímenes”.

Vuelvo a reiterar estos sentimientos y al hacerlo no hago sino poner de manifiesto ante la opinión pública las pruebas más concluyentes posibles de que la propiedad, seguridad y paz de ninguna sección de nuestro país se ven comprometidas en modo alguno con la administración que ha de venir.

Añado, asimismo, que todas las garantías que, de conformidad con la confirmación y las leyes, puedan entregarse, serán entregadas con la mayor dicha a todos estados que las pidan legítimamente, por cualquier causa, y que no se tendrá en más a una sección de la nación que a otra.

Ha habido sobrada polémica sobre la entrega de los fugitivos sometidos a servicios de trabajo. La cláusula que les leo ahora está redactada con tanta claridad en nuestra Constitución como en el resto de sus estipulaciones:

“Ninguna persona que deba prestar trabajos forzados en un Estado, bajo las leyes del mismo y que huya a otro, será como consecuencia de ley o regulación alguna de tal estado liberado de tales trabajos, sino que será entregado tras la oportuna reclamación de la parte a la que se deban dichos servicios”.

Es prácticamente pacífico que esta estipulación fue redactada para reclamar a lo que llamamos esclavos fugitivos; y la intención del legislador es la ley. Todos los miembros del Congreso juran apoyar la Constitución en su integridad, esta cláusula ni más ni menos que el resto.

Por lo tanto sus juramentos son unánimes en este sentido. ¿Es que acaso, ahora, cuando los ánimos se templen, no podrían con casi práctica unanimidad redactar y aprobar una ley que haga bueno tan unánime juramento?

Ciertamente existen discrepancias respecto a si esta estipulación constitucional debe ser hecha cumplir por la autoridad nacional o estatal, pero seguramente no es un matiz importante. Si hay que entregar a un esclavo, lo mismo le da a él qué autoridad lo haga. ¿Y alguien en este caso se quejaría de que se cumpliera el juramento por una mera discrepancia formal?

Volvemos a repetir: ¿acaso en cualquier ley que se dicte sobre esta materia no se deben guardar las mayores cautelas y garantías para que no se dé nunca el error de que un hombre libre sea entregado como esclavo? ¿Y no estaría bien al mismo tiempo que se dictara una ley que hiciera cumplir esa cláusula en la constitución que garantiza que “los ciudadanos de cada estado podrán gozar de todos los privilegios e inmunidades de que gocen los ciudadanos en los distintos estados”?

Cuando juro hoy lo hago sin reserva mental alguna y no me propongo interpretar la Constitución o las leyes forzando interpretaciones; y aunque yo no tengo competencias para elegir las leyes concretas que apruebe el Congreso, sugiero que sería tal vez mejor para todos, tanto en sus asuntos públicos como privados, acatar aquellas leyes que están en vigor en vez de violarlas confiando en la propia impunidad porque se acabarán declarando inconstitucionales.

Han pasado 72 años desde la primera inauguración presidencial bajo nuestra constitución. En ese periodo 15 ciudadanos distinguidos y de acusada personalidad han administrado la rama ejecutiva del gobierno de forma pacífica. Se han manejado en medio de grandes peligros, pero en general con un éxito innegable. Sin embargo, con todos estos precedentes, me toca la tarea de cumplir con mi mandato de cuatro años enfrentándome a una gran dificultad, especialmente peculiar. La disolución de la Unión Federal, que hasta ahora era sólo una amenaza, es algo que se está tratando de conseguir por todos los medios.

Sostengo que la Constitución de la Unión de estos Estados es perpetua. La perpetuidad está implícita, en los casos que no se expresa, en la ley fundamental que rige todos los gobiernos nacionales. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que ningún gobierno que merezca ese nombre posee una estipulación en su ley orgánica que prevea su propia destrucción. Síganse ejecutando todas las previsiones expresas de nuestra Constitución y la unión durará para siempre, pues no es posible su destrucción salvo por alguna acción no contemplada en el propi texto fundamental.

Vuelvo a decir, ¿si los Estados Unidos no son un gobierno propiamente dicho, sino una asociación de Estados de naturaleza puramente contractual, puede ser revocado dicho contrato sin la participación de todos los que lo firmaron? En un contrato jurídico, una de las partes puede violarlo, romperlo, por así decir, ¿pero no exige que se haga según las previsiones del propio contrato?

Partiendo de estos principios generales encontramos que la estipulación de que la unión es perpetua se confirma por la propia historia de la Unión, que es mucho más antigua que la constitución. Se formó de hecho por los Artículos de Asociación en 1774. Maduró y prosiguió con la declaración de independencia. Siguió madurando, y los 13 estados constituyeron de buena fe y expresamente que la unión sería perpetua, por los Artículos de la Confederación en 1778. Y por último en 1787, uno de los fines declarados para redactar una nueva constitución era “conformar una Unión más perfecta”

Sin embargo, si se considera legítima la destrucción de la Unión con la anuencia de uno sólo de los Estados la Unión es pues menos perfecta que la Constitución, pues se ha visto privada del atributo vital de la perpetuidad.

Se sigue de tales premisas que ningún estado puede abandonar la unión legítimamente; que cualquier resolución o reglamento para este fin es nulo de pleno derecho y que cualquier acto de violencia en el seno de cualquier estado o estados contra la autoridad de los Estados Unidos es sedicioso o revolucionario, según sus características.

Por consiguiente, a la luz de la Constitución y las leyes la unión sigue en pie, y hasta donde me permitan mis alcances, me encargaré, de conformidad con el mandato que la constitución me impone, que se cumpla la ley fielmente en todos y cada uno de los estados.

Y con esto no hago más que cumplir con mi deber, y lo llevaré a cabo hasta que mis jefes legítimos, el pueblo americano, me priven de los medios necesarios o de una forma clara y con autoridad me obliguen a hacer lo contrario. Espero que esto no sea tenido por una amenaza, sino sólo como el propósito declarado de que la Unión será preservada de conformidad con la Constitución y las leyes.

Y en haciéndolo no es necesario la violencia o el derramamiento de sangre, y no se recurrirá a estos extremos a menos que se fuerce a ello a la autoridad de la nación. El poder que me ha sido conferido por el pueblo será empleado para mantener, ocupar y poseer las propiedades del gobierno federal y recaudar los impuestos; pero más allá de lo que sea estrictamente necesario para esos fines, no habrá ninguna invasión ni empleo de la fuerza contra el pueblo en ninguna parte. Cuando la hostilidad a los Estados Unidos en alguna localidad interior sea tan crecida y universal que evite que los residentes competentes para ello puedan desempeñar sus cargos federales, no haremos que ningún forastero que resulte odioso al pueblo los desempeñe.

Aunque el gobierno tenga el deber legal estricto de hacer cumplir el desempeño legal de tales cargos, en las circunstancias actuales tratar de hacerlo irritaría tanto al pueblo que sería impracticable, por lo que considero mejor que durante un tiempo no se desempeñen tales cargos.

Se seguirán despachando correos, salvo que sean rechazados, en toda la Unión. Hasta donde sea posible el pueblo conservará ese sentido de seguridad perfecta que favorece más la reflexión y el pensamiento ponderado. El camino que aquí señalo será aquel por el que caminaremos a menos que los acontecimientos que se vayan produciendo y la experiencia nos muestren que conviene mudar términos, y en todo caso mis orientaciones serán las mejores que pueda concebir, según las circunstancias existentes y con las miras puestas en una solución pacífica de los problemas nacionales y la recuperación de los afectos y simpatías fraternos.

Que existan personas en una sección u otra de la nación que quieran destruir la Unión en todo caso y empleen cualquier pretexto para hacerlo es algo que ni niego ni afirmo; pero si hay tales, poco puedo decirles. ¿Sin embargo no puedo hablar a los que realmente aman la unión?

Antes de internarse en tan grave materia como la destrucción de nuestra arquitectura política nacional, con sus beneficios, sus recuerdos y sus esperanzas, no sería más prudente elucidar cuál es la razón? ¿Os arriesgaréis a dar un paso tan desesperado cuando queda alguna posibilidad de que una porción de los males de los que huis no tengan existencia real? ¿Os arriesgaréis, cuando los males que vais a afrontar son mayores que aquellos de los que huis, a cometer un error tan tremendo?

Todos dicen que están contentos en la Unión si se mantienen los derechos constitucionales. Si eso es cierto, ¿acaso se ha negado algún derecho fundamental? Creo que no. Felizmente, una mente humana dotada de razón está constituida de tal modo que nadie puede ser tan osado como para decirlo en serio. Presenten algún ejemplo de un derecho constitucional claro que haya sido negado.

Sí, es cierto, si por la mera fuerza del número una mayoría privara a una minoría de un derecho fundamental, sería un deber moral la rebelión; y más aún si se tratara de un derecho esencialísimo.

Pero no es el caso que nos ocupa. Todos los derechos fundamentales de las minorías y de los individuos están tan garantizados por afirmaciones y negaciones, garantías y prohibiciones, en nuestra Constitución que nunca surgen controversias sobre ellos. Pero no cabe en cabeza humana redactar una ley orgánica de una extensión razonable que regule previsiones expresas para todas las contingencias. ¿Devolverá a los esclavos fugitivos la autoridad nacional o la estatal? La constitución no lo dice. ¿Puede prohibir el Congreso la esclavitud en los territorios? La constitución no lo dice. ¿Puede el congreso proteger la esclavitud en los territorios? La constitución no lo dice.

Cuando surgen cuestiones de esta naturaleza nos dividimos en mayorías y minorías. Si la minoría no acata la ley, la mayoría sí, o no hay gobierno alguno. No queda otra, porque no puede haber gobierno en el mundo si no cede una u otra parte. Si una minoría se separa en vez de acatar la ley, entonces sentará un precedente que acabará dividiéndola y destruyéndola, pues una minoría en su seno podrá separarse siempre que esté disconforme con lo que dispone la mayoría.

Por ejemplo, ¿quién nos dice que en una u otra porción de una nueva confederación dentro de uno o dos años un Estado pretenda separarse? ¿Con que autoridad se le negaría? Pues todos los que albergan sentimientos secesionistas están siendo educados para hacer tal cosa cuando se les antoje. ¿Acaso existe tan perfecta identidad de intereses entre los estados que podrían componer una nueva unión que llevaría a una suerte de armonía que evitaría más secesiones?

Digámoslo a las claras: la idea central de la secesión es la esencia del caos. Una mayoría frenada por límites constitucionales, y que cambie con la opinión y el sentimiento popular, es la única soberana verdadera de un pueblo libre. Cuando se sale de ahí, las alternativas son la anarquía o el despotismo. La unanimidad es imposible. El gobierno de una minoría, como un estado permanente, es inadmisible; por consiguiente, cuando se rechaza el principio mayoritario, lo único que queda es el despotismo o la anarquía bajo diferentes manifestaciones.

No me olvido de que algunos sostienen que los temas constitucionales debe resolverlos el tribunal supremo, ni niego que tales decisiones deben ser vinculantes en cualquier caso para las partes en lo que concierte al objeto de la controversia, y que también tienen derecho a ser respetadas y tomadas en consideración en casos parecidos por el resto de los departamentos del gobierno. Y aunque sea perfectamente posible que una decisión sea discutible en un caso dado, y pese al mal efecto de que se siga, al estar limitada a ese caso particular, queda siempre la posibilidad de que sea después modificada y nunca pueda volver a convertirse en precedente para otros casos. Aunque hay mal, peores son los males que pudieran suscitar diferentes prácticas.

Al mismo tiempo, el ciudadano honrado debe confesar que si la política del gobierno en cuestiones vitales que afectan a todo el pueblo debe ser fijado como las tablas de la ley por las decisiones del Tribunal Supremo, en los pleitos ordinarios entre las personas, la gente habrá perdido su capacidad de gobernarse, pues prácticamente ha cedido el gobierno a tribunal tan eminente. No estoy atacando a los jueces. Es un deber que tienen el de resolver los casos que se les presentan, y no es culpa suya que otros se aprovechen de sus resoluciones para fines políticos.

Una parte de nuestra nación piensa que la esclavitud está bien y debe extenderse y otra cree que está mal y no debe extenderse. Nuestras demás disputas son minucias. La cláusula de esclavos fugitivos de la constitución y la ley de supresión del comercio de esclavos de ultramar se hacen cumplir tan bien, quizás, como cualquier ley puede ser hecha cumplir en una comunidad donde el sentido moral del pueblo respalda de forma imperfecta la propia ley. La mayoría del pueblo acata ésta seca obligación legal en ambos casos, y pocos la quebrantan. Esto, creo, no tiene panacea, y sería peor en ambos casos tras la secesión que antes. El comercio de esclavos de ultramar, que se suprime imperfectamente, podría revivir sin restricciones en una sección, y los esclavos fugitivos, que no siempre se devuelven, ya no se devolverían en absoluto.

Y además, si hablamos con propiedad, no podemos separarnos.

No podemos construir un muro impasible entre las secciones. Un hombre y una mujer pueden divorciarse y no volverse a ver, pero no es el caso con las diferentes partes de un país. Están condenados a verse todos los días, y a relacionarse, de forma amistosa u hostil. ¿Y acaso mejorarían las relaciones con la secesión? ¿Acaso los extranjeros pueden firmar tratados mejor que los amigos pactar leyes? ¿Acaso los tratados se aplicarán con más fuerza con extranjeros que las leyes con los amigos? Supongamos que vas a la guerra: no siempre se puede estar en guerra; y cuando, habiéndose perdido mucho y no ganado nada, dejas de luchar, vuelven los viejos problemas, pues tenemos que relacionarnos de un modo u otro.

Esta nación, con sus instituciones, pertenece a la gente que vive en ella. Siempre que se cansen del presente gobierno, pueden ejercer su derecho constitucional de cambiarlo o su derecho revolucionario de desmembrarlo o cambiarlo. No ignoro que personas insignes y patrióticas quieren que se modifique la constitución. Aunque yo no soy muy partidario de hacerlo, reconozco que eso únicamente le toca al pueblo, para ejercitarlo en la forma y modo que prescribe el propio instrumento; y debería, en las circunstancias presentes, favorecer y no oponerme a esta oportunidad que se presenta al pueblo de obrar en ese punto. Me atreveré a añadir que lo mejor sería una convención constitucional, ya que permite que las enmiendas surjan del propio pueblo, en vez de permitirles que tomen o rechacen proposiciones de otros, no elegidas para tal fin, y que pueden no ser precisamente las que querrían aceptar o rechazar.

Entiendo una enmienda que ha sido propuesta, ha sido aprobada en el congreso al efecto de que el Gobierno Federal nunca se entrometerá en las instituciones domésticas de los estados, incluyendo las personas sometidas al trabajo forzado. Para evitar malas interpretaciones, me alejo de mi propósito de no hablar de enmiendas concretas hasta el punto de decir, que, si esa estipulación llega a ser una ley orgánica, no tengo objeción alguna a que sea expresa e irrevocable.

El Jefe del Estado deriva su autoridad del pueblo, y no le han conferido ninguna para que acepte la disolución de la nación. Es el propio pueblo el que puede hacerlo, si así lo desea, pero nunca el ejecutivo. Su deber es administrar el presente gobierno como se lo dejaron y transmitirlo sin embarazos a su sucesor.

¿Por qué no debería haber una paciente confianza en que el pueblo acabará haciendo lo justo? ¿Existe mejor o igual esperanza en el mundo? Con nuestras presentes diferencias, ¿no tenemos cada uno fe de la justicia de nuestra posición? Si el Todopoderoso Gobernante de las Naciones, con Su justicia y verdad eternas, está del lado del norte y del sur, entonces su justicia prevalecerá por medio del juicio del gran tribunal del pueblo americano.

Este mismo pueblo sabiamente ha conferido a los servidores públicos poco espacio para cometer fechorías, y con la misma prudencia ha previsto que los cargos públicos roten y no duren mucho. Si el pueblo mantiene su virtud y sigue alerta ninguna administración, con la mayor maldad a locura podrá dañar seriamente el gobierno en un breve lapso de cuatro años.

Compatriotas míos, del primero al último, meditad bien esta grave cuestión.

Nada de nota se pierde con ganar tiempo. Si hay un mal fin al que os lleva la pasión, pues no daríais ese paso en calma, el objeto se frustrará perdiendo el tiempo; pero un buen fin no puede frustrarse por dejar pasar el tiempo. Los que ahora os sentís insatisfechos tenéis la vieja constitución inmaculada, y, en punto tan sensible vuestras propias leyes; mientras que la nueva administración no tiene un poder inmediato, aún si quisiera, para cambiarlas. Si se admitiera que los que no estáis satisfechos tenéis la razón en esta disputa, no hay una buena razón aún para que pasemos a la acción. La inteligencia, el patriotismo, los valores cristianos y la misma confianza en Aquel que nunca ha olvidado a su tierra predilecta son aún competentes para ajustar en la manera que mejor se pueda nuestra presente dificultada.

¡En vuestras manos, mis insatisfechos conciudadanos, no en las mías, está el trascendental asunto de la Guerra Civil! El gobierno no va a agrediros. No habrá conflicto a menos que vosotros mismos lo provoquéis. Vosotros no habéis jurado ante el cielo destruir al gobierno, pero yo he hecho el voto que más solemne ser pueda de “conservarlo, protegerlo y defenderlo”.

Lamento terminar. No somos enemigos, somos amigos. No nos interesa ser enemigos. Aunque la pasión puede habernos distanciado no debe romper nuestros afectos.

Las cuerdas místicas de la memoria, que se extienden de todo campo de batalla y patriota a todo corazón vivo de esta ancha tierra, aún cantarán el coro de la Unión, cuando vuelvan a ser despertadas, como seguro lo serán, por la mejor disposición de nuestra naturaleza.

BOTH SPEECHES ARE PERFECTION.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Jue Sep 21, 2017 7:41 pm 
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De todos modos si uno prescinde de la elocuencia del pavo (sin duda difícil de superar o mejorar) en el primer discurso está diciendo:

Eh, eh, tranquis que yo no he dicho que vaya a hacer nada con vuestros derechos inalienables sobre las propiedades de dos patas, sólo quiero que no haya propiedades de dos patas en los territorios robados a Méjico en nuestras expediciones de bandidaje democrático y fraterno. Soy un moderado.

Y el segundo se puede resumir en "alomojó hemos sido todos un poco cabrones y lo teníamos merecido". Tampoco está diciendo más.

Losurdeando un poco. :e_bigrgrin:

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Jue Sep 21, 2017 7:51 pm 
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Más Feliz que una Perdiz
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Bueno y el argumento de miescalera, predilecto de los teóricos políticos de las Españas. Aunque en el caso este pase el unionismo, pocas veces está tan claro quién es el bando un poco menos hijo de puta.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Jue Sep 21, 2017 7:59 pm 
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Más Feliz que una Perdiz
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Esto es mucho más elocuente pero el tipo no es tan conocido, y además tiene bastante más sustancia:

Citar:
In my youth, in my manhood, in my old age, I had fondly dreamed that when any fortunate chance should have broken up for a while the foundation of our institutions, and released us from obligations the most tyrannical that ever man imposed in the name
of freedom, that the intelligent pure and just men of this Republic, true to their professions and their consciences, would have so remodeled all our institutions as to have rid them from every vestige of human oppression, of the inequity of rights, of the
recognized degradation of the poor, and the superior caste of the rich. In short, that no distinction would be tolerated in this purified Republic but what arose from merit and conduc
t. This bright dream has vanished ‘like the baseless fabric of a vision.’ I find
that we shall be obliged to be content with patching up the worst portions of the ancient edifice, and leaving it, in many of its parts, to be swept through by the tempests, the frosts, and the storms of despotism.

Do you inquire why, holding these views and possessing some will of my own, I accept so imperfect a proposition? I answer, because I live among men and not among angels; among men as intelligent, as determined, and as independent as myself, who not
agreeing with me, do not choose to yield their opinions to mine. Mutual concession, therefore, is our only resort, or mutual hostilitie
s.”

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Traducción al español por Huan Manwe