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 Asunto: Re: Tres meses en los Estados del Sur.
NotaPublicado: Mié Feb 02, 2011 9:51 am 
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Ubicación: No es este el hijo del carpintero?
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Mujer, si no te importa, con una cervecita fresca estás cumplido


Perdone señora (o señorita) como en este foro hay pocas proclamadas integrantes y ejercientes del sexo fuerte, y las que hay tienen un nick inequívocamente femenino y avatares incitantes pues he pensado por defecto que era usted un tío.

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 Asunto: Re: Tres meses en los Estados del Sur.
NotaPublicado: Mié Feb 02, 2011 5:47 pm 
Yo me lo leeré, lo prometo.


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 Asunto: Re: Tres meses en los Estados del Sur.
NotaPublicado: Mié Feb 02, 2011 6:22 pm 
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Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
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Sé que lo hará y que le sacará tanto provecho como al resto.

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 Asunto: Re: Tres meses en los Estados del Sur.
NotaPublicado: Sab Feb 26, 2011 5:31 pm 
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Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
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Ubicación: No es este el hijo del carpintero?
Tres meses en los Estados del Sur.
De abril a junio de 1863, por el teniente coronel Freemantle, de los Coldstream Guards.
MOBILE:
S. H. GOETZEL.
1864.
PREFACIO.
Cuando comenzó la guerra civil americana tanto a mí como a la mayoría de mis compatriotas nos resultaba indiferente que facción acabara prevaleciendo. No obstante lo cual mis simpatías, de existir alguna, estaban con el Norte, en razón de la natural aversión que todo inglés siente por la idea de la esclavitud. Pero muy pronto ganó mi alma un sentimiento de rendida admiración por el arrojo y el heroísmo de los sureños, que ofrecía un desgraciado contraste con la necia y barriobajera conducta del norte. Así que mis sentimientos cambiaron por completo, y no pude reprimir un ardiente deseo de viajar a América y tomar conocimiento directo de la situación.

Habiendo conseguido plenamente mis objetivos, regresé a Inglaterra y encontré que todos mis amigos tenían un ferviente deseo de conocer la verdad sobre lo acaecido en el Sur, pues como consecuencia del bloqueo federal se hace difícil opinar con conocimiento de causa. La información que llega a través de las fuentes Federales no es muy fiable; y de hecho en ningún lugar se ignora tan completamente lo que sucede en el Sur como en los Estados del Norte.

Así pues, satisfaciendo la petición de mis amigos, publico el diario en el que tratado de registrar diariamente mis viajes a través de la Confederación tan bien como me ha sido posible.

No se me ha pasado por la mente omitir aquí cualquier defecto apreciable o peculiaridad de la Nación del Sur. A mucha gente sin duda le resultarán repugnantes algunos de los hábitos y costumbres que imperan en la parte más salvaje de la nación; pero en última instancia no creo que ningún hombre de bien, sean cuales sean sus opiniones políticas, pueda hacer otra cosa que admirar el arrojo, el brío y el patriotismo de la práctica totalidad de la población, así como la destreza de sus jefes en una guerra en la que parten con tantas desventajas.

Y opino también que muchos convendrán conmigo en que un pueblo en que todas las clases sociales y ambos sexos muestran tan manifiestamente una unanimidad de espíritu y un heroísmo nunca superado en la historia del mundo, está predestinado, más tarde o más temprano, a ser una nación grande e independiente.

2 de marzo de 1863. Abandoné Inglaterra en el Vapor Real Atrato y llegué a St. Thomas el 17.
22 de Marzo. Anclamos en la Habana a las 6:15 AM donde me encontré con mi vieja amiga, la Fragata de su Majestad “Inmortalité”. El capitán Hancock no sólo se ofreció voluntario para conducirme a Matamoros en calidad de invitado, sino a transportar también a un comerciante de Tejas que había conocido en el Atrato. El caballero se llama McArthy. Es de origen irlandés, hombre excelente y gran compañero, que al conocer mis deseos de visitar “el Sur” se ofreció muy servicialmente para guiarme por los desiertos de Texas. Debo mucho a su gentileza.

23 de marzo.- Abandoné la Habana en el H. M. S. Immortalité a las 11 a.m. marchando a todo vapor nada más salir del puerto
1 de abril. Arribamos y echamos ancla a las 8:30 PM, a tres millas de la desembocadura del Río Grande, o del “Río Bravo del Norte”, que según creoes la denominación más correcta. Había unos setenta buques mercantes alrededor nuestro.
2 de abril. El tejano y yo abandonamos la fragata, en su cutter, a las 10 am, y cruzamos la rada con espléndido estilo. Mr Johnston pilotaba el cutter, que merced al buen viento marchaba como un rayo, y al fin llegamos a la miserable aldea denominada Bagdad, en la orilla Mexicana del Río Grande.

Afortunadamente la rada se hallaba en un formidable estado: 3 pies y medio de agua, y practicable. Frecuentemente resulta intransitable durante diez o doce días seguidos: la profundidad del agua varía de 2 a 5 pies. Puede resultar muy peligrosa, debido a los rompientes y a las corrientes submarinas. Abundan asimismo los escualos. Los barcos se van frecuentemente a pique mientras la están cruzando y el “Orlando” perdió hace ya un mes a uno de los hombres que iban a bordo.
Setenta navíos están constantemente anclados fuera de la rada, y dos pequeños vapores de Bagdad transportan hacia ellos, con grandes retrasos, su carga de algodón. Esos vapores desplazan sólo 3 pies de agua, y obtienen beneficios descomunales.

Bagdad consiste en una serie de chabolas de madera miserables, que han surgido como setas desde que empezó la guerra. Se pueden observar hasta donde alcanza la vista interminables balas de algodón.

Nada más desembarcar, M´Carthy recibió los saludos de sus compaleros comerciantes. Me presentó a Mr Ituria, un mexicano, que prometió llevarme en su calesa a Brownsville, en la orilla Tejana del río, frente por frente con Matamoros. M´Carthy me acompañaría por la noche.

El Río Grande es de poco calado y muy sinuoso: la distancia por río con Matamoros es de 65 millas, y navegan por el vapores que en ocasiones hacen el viaje en 12 horas, pero con frecuencia tardan 24 horas debido a lo frecuente que resulta encallar.

La distancia de Bagdad a Matamoros por tierra es 35 millas; del lado Tejano a Brownsviile, 26 millas.
Crucé el río desde Bagdad con Mr. Ituria a las 11 en punto; y como no tenía pasaporte, me condujeron ante media docena de oficiales Confederados, que estaban sentados junto al fuego contemplando una lata de patatas. Esos oficiales pertenecían la caballería de Duff (que era mi socio Tejano)

Su indumentaria consistía únicamente de camisas de franela, pantalones viejísimos, botas de montar dotadas de enormes espuelas, y sombreros negros de fieltro, ornamentados con la “estrella solitaria de Tejas”. Tenían un aspecto rudo y desaseado, pero fueron extremadamente corteses conmigo.

El Capitán era bastante fanfarrón, y no dejaba de decir “Vamos a darles por el c… en el Missisipi, por el c… en el Sabine (pronunciesé Sabeen) y por el c… en donde se tercie”.

Me explicó que no podia cruzar el río para ver a Mcarthy, puesto que él junto con algunos de sus hombres habían ejecutado una incursión por la zona hace tres semanas, trayéndose consigo algunos “renegados”, uno de los cuales, llamado Montgomery, habían dejado en el camino a Brownsville; debido a las sonrisas de los otros oficiales, inferí sin dificultad que algo muy desagradable debía haberle pasado a Montgomery. Me presentó a un “skipper” que había llevado la carga de algodón de su barco desde Galveston, por lo que estaba de muy buen talante. El algodón costaba 6 céntimos la libra en Galveston y aquí se vende a 36.

Mr. Ituria y yo dejamos Brownville por la noche. Una calesa es un carro ligero con cuatro grandes ruedas. El camino es natural, el país es muy llano y lleno de árboles de mezquite, muy parecidos a los pimenteros. Todo el mundo llevaba un “seis-tiros”, aunque rara vez hay ocasión de usarlo.

Después de recorrer más o menos nueve millas nos encontramos con el General Bee, que está al frente de las tropas de Brwonsville. Viajaba a Boca del Río en ambulancia (una ambulancia es un carro ligero donde los asientos pueden disponerse de modo que dos o incluso tres personas puedan tenderse) con el Mayor Russel. Le di mi carta de recomendación al general Magruder, y me presenté.

Entonces bajó de su ambulancia y me obsequió con ternera y cerveza al aire libre. Es hermano del General Bee que fue muerto en Manassas. Hablamos de política y fraternizamos durante más de una hora. Me dijo que no tuvo parte ni autorizó el asunto de Montgomery y que lo sentía. Me contó que Davis, otro renegado, también hubiera sido linchado, de no haber sido por la intercesión de su esposa. El General devolvió a Davis a los mejicanos.

Media hora después de abandonar la compañía del general Bee, llegamos al lugar donde habían dejado a Montgomery, y no podía haber duda de que era él quien se hallaba a doscientas yardas a la izquierda del camino.
Había sido enterrado parcialmente, sobresaliendo sólo su cabeza y sus brazos del suelo, Estos últimos estaban amarrados y la soga aún apretaba su cuello. Parte de ella aún se mecía en un pequeño árbol de mezquite. Los perros o los lobos, es de suponer, habían desenterrado el cuerpo, dejando huesos estaban desnudos de carne. Así, tres horas después de desembarcar en América ya tuve mi primera experiencia de la Ley de Lynch.

Según entendí este tal Montgomery era un facineroso que valiéndose de la neutralidad del suelo Mejicano, solía lanzar toda clase de horribles denuestos a los Confederados desde la parte Mejicana del río; y que una partida de sus renegados había cruzado el río y asesinado a comerciantes de algodón desarmados, lo que había encrespado a los Confederados.

Pasadas otras tres millas nos encontramos con el campamento del Coronel Duff. Es un escocés gallardo y de buen parecer, que me recibió con gran hospitalidad. Su regimiento consistía en voluntarios recién incorporados- un excelente grupo de jóvenes, que estaban pasando instrucción por pelotones. Llevaban la indumentaria más variopinta, y muchos carecían de casacas, aunque todos vestían el alto sombrero de fieltro. Incluso teniendo en cuenta lo peculiar de su vestimenta, no había de nada ridículo o digno de risa en la apariencia de esos hombres, que tenían todos un aspecto “diligente” y profesional.
El Coronel Duff me comentó que muchos de esos soldados eran dueños de grandes fincas del país, con más de cien esclavos, y gozabande una buena posición económica. Con mi persona fueron todos extremadamente corteses.
Sus caballos eran animales francamente escuálidos, pero rápidos y resistentes. Las sillas de montar empleadas eran muy parecidas a las mejicanas. Duff me confió que el asunto de Montgomery “no se llevo bien”, pero añadió que sus chicos “tenían buenas intenciones”.

Llegamos a Brownsville a las 5:30 pm y Mr Ituria insistió amablemente en que pasara la noche en su casa y no en el atestado hotel local.
3 de abril- A las 8 am me dieron un pasaporte militar para cruzar el Río Grande hacía Méjico, que presenté al centinela, que a renglón seguido me permitió cruzar en el ferry.
No se permite andar a los carros en Viernes Santo en Méjico, así que tuve que caminar más de una milla por la polvorienta carretera hasta llegar a Matamoros.
Mr Zorn, el Consul Británico ejerciente, y Mr. Behnsen, su adjunto, me invitaron a pasar los días en el consulado durante mi estancia en Matamoros, invitación que acepté con enorme gratitud.

Me presentaron a Mr Colville, un Manchesteriano; a Mr Maloney, uno de los más significados comerciantes, a Mr Bennet, un inglés, uno de los dueños de la Peterhoff, que seindignó en extremo cuando se enteró de la captura de su navío, y declaró que el caso era tan flagrante que a nuestro gobierno no le quedaría más opción que tomar cartas en el asunto. También me presentaron al gobernador, hombre muy rudo.
Después de cenar con Mr Zorn regresé al Río Grande, donde se me permitió cruzar al presentar el pasaporte de Mr. Colville a los soldados mexicanos, y volví a dormir en casa de Mr Ituria.

Brownsville es una dispersa ciudad de unos 3000 habitantes; la mayor parte de las viviendas son de madera, sus calles son largas, amplias y rectas. Hay 4000 soldados al mando del general Bee en la vecindad. Cuando Matamoros se declaró puerto franco declinó mucho su prosperidad.

Tras cruzar el Río Grande, un camino amplio y polvoriento, que se prolonga alrededor de una milla, lleva a Matamoros, que es una ciudad mejicana de unos 9000 habitantes. Sus casas no son mucho mejores que las de Brownsville, y poseen muchos signos de las numerosas revoluciones y asonadas que continuamente se producen por aquí. Incluso el Consulado Británico está acribillado por las balas que se dispararon en 1861-2.
Los mejicanos se parecen mucho a sus antepasados indios, con sus rostros cetrinos y el pelo negro y liso. Llevan sobreros de ala muy ancha, y les gusta cubrir con bordados sus chaquetas y pantalones de cuero.

Ciertas mujeres son muy guapas, pero se cubren la cabeza de grasa y se maquillan demasiado. Su vestido es similar al andaluz. Cuando visité la catedral, la encontré repleta de mujeres arrodilladas; una efigie de nuestro salvador había sido bajada de la cruz y dispuesta en un ataúd dorado, con el cura perorando todo el rato sobre sus sufrimientos, y las mujeres gemían de modo que provocaban tanto pavor como si las estuvieran dando una paliza.

Matamoros está ahora plagado de judíos, cuyas industrias arruinan a los comerciantes locales tradicionales, lo que tiene los ánimos encrespados.

Aquí la sequía es común, y no ha habido precipitaciones dignas de mención durante once meses.

Me contaron que es cosa común en Méjico que las diligencias lleguen a su destino con las cortinillas bajadas. Esto es señal segura de que los viajeros, tanto varones como mujeres, han sido dejados por los ladrones casi como los trajeron al mundo. Es común en ese caso lanzar ropa hacia el ventanuco con el fin de que puedan bajar. Mr Behnsen y Mr Maloney me dijo que esto lo habían visto pasar repetidas veces; y Mr Oetling explicó que el mismo, junto con tres damas, habían llegado a Ciudad de Méjico de tal guisa.
4 de abril (sábado) Crucé el Río a las 9 A-M y obtuve un carruaje en el lado mejicano de la frontera para llevar a mi impedimenta y a mi mismo al Consulado en Matamoros. El conductor maltrababa a sus pobres y hambrientas bestias con asombrosa sevicia. Los Mejicanos son todavía peores que los españoles en este aspecto.

Me reuní con Mr Oetling, el cónsul prusiano, que es uno de los comerciantes más ricos y prósperos de Matamoros, y excelente persona.

Después de la cena fuimos a un “fandango”, una fiesta al aire libre. Unas 1500 personas estaban jugando y bailando remedos de danzas europeas.

5 Abril (Domingo) El Señor Zorn (o Don Pablo como aquí se le llama) el Viceconsul Ejerciente de Su Majestad, es un hombre de buen natural y chapado a la antigua, prusiano de nacimiento. Está abrumado con la súbita importancia que ha adquirido en razón de su cargo, y por la cantidad de trabajo (no retribuido) que conlleva, sobre todo por que la oficina del consulado británico había constituido una sinecura comparativa antes de la guerra.

Mr Behnsen es el gerente de la empresa. El principal lugar de operaciones es San Luis Potosí, una ciudad muy respetable en el interior de Méjico. Estos comerciantes extranjeros se quejan amargamente de las persecuciones y extorsiones constantes a las que el Gobierno les somete, que no cabe duda, deben resultar muy molestas; pero ello no parece impedirles engordar en suelo Mejicano.

Me desplacé a Brownsville para ver al General Bee, pero aún no había vuelto de Boca del Río.

Cené con Mr. Oetling. Eramos 14 en la cena, la mayoría alemanes, una alegre congregación. Mr Oetling ha ganado probablemente millones de dólares para su compañía desde el comienzo de la guerra, gracias a audaces operaciones especulativas con el algodón.

Después fuimos al teatro. La pieza era un ataque a los franceses y a las instituciones sureñas.

6 de abril (lunes) Mr Behnsen y Mr Colville se fueron aBagdad esta mañana en una fenomenal ambulancia tirada por cuatro animosas mulas.

A mediodía crucé el río hasta Brownsville y visité al Capitán Lynch, de intendencia, que abriendo una enorme caja me ofreció un sombrero de fieltro confederado para el viaje. Después me llevó a la guarnición y me presentó al Coronel Buchel del tercer regimiento de Tejas, que es alemán de nacimiento pero prestó servicio en el ejército francés; nos preparó cocktails de la manera más científica. Volví a Matamoros a las 2:30 PM.

El capitán Hancock y Mr Anderson (el pagador de las tropas) llegaron de Bagdad en un vehículo miserable. Eran una masa de polvo, después de 7 horas de camino, y por poco no se había ido a pique su navío en la ensenada.

Muchos cañonazos y petardos se escucharon por la tarde, como consecuencia de las nuevas de la total derrota de los franceses en Puebla, habiéndose tomado 8000 prisioneros y capturado 70 cañones.

Don Pablo, que candorosamente había alzado la bandera británica en honor del capitán Hancock, fue acusado por sus colegas comerciantes de manifestaciones antifrancesas.
Después de la cena nos reunimos con Mr Maloney, cuya casa está lujosamente amueblada y que tiene una bella esposa.

7 de abril (martes) Mr Maloney nos mandó su carruaje para llevarnos a mí al Capitán Hancock y a Mr Anderson a Brownsville.

Primero nos reunimos con los coroneles Lucket y Buchel; el primero es un hombre apuesto, médico de oficio, amable y culto, pero que detestaba enormemente a los yanquis.

Estuvimos una hora y media sentados conversando con estos oficiales y bebiendo cócteles constantemente, y muy buenos por cierto.Había emplear 5 o 6 licores diferentes para elaborarlos.

Después nos quedamos en casa del genereal Bee, con quien tuvimos otra larga conversación, y con el que dimos cuenta de más cócteles (si cabe).
Después de la tertulia con el general nos presentaron a un inglés elegante y bien acicalado, Mr …., que sin embargo, declaró que había renunciado a su nacionalidad hasta que Gran Bretaña hiciera justicia al Sur. Hace dos años le habían quemado la casa, y hace pocos días, en la inteligencia de que uno de los incendiarios estaba en el lado mejicano del río, alardeando por si fuera poco de sus “hazañas” paso a remo a la otra orilla, lo liquidó, y después regresó también a remo.

Después se me dijo que, sin perjuicio de los sentimientos que expresó ante nosotros, Mr…. Es un británico de pura cepa, siempre dispuesto a sacar su revólver inmediatamente a la menor ofensa a la Reina o a Inglaterra.
Después nos presentaron a ------ un individuo de apariencia bastante siniestra, con largos cabellos rubios que le llegaban a los hombros. Este es el hombre que supuestamente colgó a Montgomery.

Todos los oficiales nos trataron con la mayor de las consideraciones, y nos condujeron al lugar de embarque con extrema cortesía. El Coronel Luckett declaró que no debía dejar Brownsville hasta que el General Magruder llege. Se lo espera de un momento a otro.

Mr Malonoy me dijo después que estos oficiales, que lo habían dado todo por su país, estaban sumidos en su mayoría en la mayor indigencia. Dudaba si había alguno que poseyera un segundo par de botas en este mundo; pero añadía que, para honrar a oficiales británicos, estaban dispuestos a remover cielo y tierra.
A las 3 PM cenamos con MR Maloney, que es el principal y el más emprendedor comerciante británico en Matamoros, y gocé de su hospitalidad hasta las 9:30. Había buen vino, y nos hizo beber una buena cantidad. Mr Oetin estaba allí, y sus historías sobre robos a diligencias y sus viajes desplumadoeran de lo más divertidas.
A las 10 PM Mr Oetling nos llevó al gran fandango que se celebro en honor de la victoria sobre los franceses de la que se había informado. Un fandango mejicano se parece a un ducasse francés, con la emocionante adición de los juegos de azar. Comienza a las 9:30 y sigue hasta la madrugada. El lugar está iluminado por numerosas linternas de papel de muchos colores. Se colocan un cierto número de bancos de modo que forman un enorme cuadrado, en cuyo centro sigue el baile, con los hombres y las mujeres fumando muy serios todo el rato. En el exterior de los bancos está un paseo delimitado por las mesas de juego y las cantinas.
En esta ocasión debía haber más de 30 o cuarenta mesas de juego y algunas de las más pequeñas las presidían mujeres mayores, y otras se hallaban allí con sus niños pequeños.
El monté es el juego favorito, y se puede apostar la moneda de plata de menor valor o un puñado de doblones. La mayoría de las mesas son frecuentadas de gran número de gente de todas las clases sociales, muyconcentradas el juego, con rostros serios y solemnes bajo sus enormes sombreros. Tanto si ganaban como perdían, jamás se movía un músculo de su rostro.

Aunque se congrega un gran número de gente en estos fandangos, toda la operación se lleva con un orden y un concierto sin parangón en una agrupación semejante de personas de clase superior en Europa. Si ocurre alguna reyerta, es ocasionada invariablemente por Tejanos de Brownsville. Estos espíritus turbulentos son apresados al momento y se los conduce al calabozo para que calmen sus ánimos.
8 de abril (miércoles) El pobre Don Pablo se “puso malo” a la hora del desayuno, y no le qudó más remedio que guardar cama. A todos nos conmocionó su enfermedad, ocasionada por un exceso de ansiedad relacionada con su cargo público; y el martirio que sufre de parte de los ingleses y de los skippers “Blue Nose” (de Nueva Escocia) podría machacar al más pintado.

Mr Behnsen y Mr Colville regresaron por la tarde de Bagdad, disgustados en extremo por las atracciones de la ciudad.

El asistente del general Bee fue asaltado en Matamoros por un renegado que portaba un seis tiros. Esta circunstancia impidió que el General viniera a matamoros como tenía pensado.
A las 5 PM el Capitán Hanckock y yo cruzamos el río hasta Brownsville, y marchamos en una elegante ambulancia hasta las dependencias del General Bee, para después asistir a un desfile de gala del tercer regimiento de infantería de Tejas.
El teniente coronel Buchel es el oficial encargado del cuerpo por ser un soldado profesional. Los hombres iban bien vestidos, aunque sus uniformes eran de lo más abigarrado. Algunas compañías iban de azul, otros de gris, otras llevaban el kepis francés, otras gorras y sombreros mejicanos. Eran hombres gallardos y excepcionalmente bien adiestrados. Ejecutaron un desfile montado de manera muy meritoria. Alrededor de unos cien de los mil soldados eran reclutas. En los tres meses que pase en el Sur nunca vi un regimiento tan bien equipado y entrenado como este, debido sin duda a que nunca había entrado en acción o se había expuesto a excesivas penalidades.

Después del desfile nos pasamos por la casa del Coronel Luckett para beber a la salud del tercer regimiento. Posteriormente cenamos, muy a nuestro placer, con el General Bee; también estaban presentes el Coronel Luckett y Buchel. El último ha sido toda su vida un soldado de fortuna. Prestó servicios en el ejército francés y turco, y también en las guerras civiles de Méjico y en las Carlistas, y me contarón que había sido padrino en muchos lances de honor; pero es un hombre tranquilo y modesto, y aunque es un sincero partidario del sur, no tiene el mismo odio violento por los yanquis que Luckett.
A las 10 P.M el Capitán Hanckock y yo acudimos a un baile celebrado por las autoridades de la “Heroica e Invicta Ciudad de Matamoros (así han decidido que se llame) para celebrar la derrota francesa. El General Bee y el Coronel Luckett también asistieron al sarao, y desde que violaron el territorio mejicano en el asunto Davis-Montgomery era la primera cortesía que recibían de las autoridades del país. Su indumentaria era sencilla, y llevaban ocultas sus pistolas por si acaso.

Llegamos juntos al consulado partiendo de Brownsville, y entramos en masa la sala de baile. El exterior del Ayuntamiento estaba decorado con cierta magnificencia, y lo adornaba una gran cartel donde se expresaban estos amables sentimientos, “Muera Napoleón, viva Méjico”. En los intervalos se habían dejado petardos y buscapiés no del todo eficaces. En la plaza se había alzado un arco triunfal, con una inscricipción que rezaba que “tiemblen las decadentes naciones de Europa”. Hice buenas amistades con el gobernador y el administrador, que trataron de hacerme bailar, aunque me excusé con el pretexto de que los europeos no podíamos bailar con tanta gracia y arte como los mejicanos. El capitán Hancock se asustó sobremanera cuando ese gobernador de rostro grasiento (dueño de una pequeña tienda) dijo que pretendía visitar la “Inmortalité” con seis de sus amigos, y pasar una o dos noches a bordo.

Los bailes consistían en una especie de vals lento, y entre cada baile las chicas estaban colocadasfrente a la pared no permitiéndose que nadie trabara conversación con ellas. En su mayoría tenían rostros poco atractivos y mal maquillados y sus vestidos eran francamente rídiculos.

9 de abril (jueves) El capitán Hancock y Mr Andersón dejaron Bagdad en el carruaje de Mr Behnsen a mediodía.

Volví a Brownsville a las 11:30 y comí con los Coroneles Luckett, Buchel y Duff alrededor de la una en punto. Como todos eramos coroneles, y todos nos llamábamos coronel sin más ni más, era difícil conocer lo que se quería decir en realidad. No les quedó otra que confesar que Bwonsville era de las más, si no la más, pendenciera de las ciudades de Tejas, que a su vez era el Estado más dejado de la mano de Dios de la Confederación; pero afirmaron que nunca habían visto a un hombre de paz ser sujeto de agresiones o insultos, aunque lo de colgar primero y juzgar después está muy en boga, y tan expeditivos procedimientos resultan casi necesarios en un estado tan poco poblado, frecuentado por desesperados expulsados de regiones más civilizadas.

El coronel Luckett me entregó una carta para el General Van Dorn, a quien consideran como el más bello ideal de los soldados de caballería. Me comentó que desde tiempo inmemorial los sureños han despreciado a los yanquis, como una casta inferior a ellos mismos en valor y en honorables sentimientos.

A las 3 PM el coronel Buchel y yo fuimos a caballo al campamento del coronel Duff, distante 13 millas de allí. Me dieron una silla de montar mejicana, que le fuerza a uno a sentarse casi en una posición erecta. Los estribos son muy largos, y justo debajo de uno, lo que empuja hacia atrás los pies.

Al regimiento de Duff lo llaman los “Partisan Rangers”. Aunque son un grupo excelente, no se ven muy aparentes en un desfile a pie, debido a la escasa instrucción que han recibido y al extremado desorden de su indumentaria. Llevan carabinas y seis-tiros.

Vi a algunos hombres regresar de una expedición de reconocimiento contra los indios, a 300 millas de allí. Me contaron que tienen por costumbre cortar la cabellera a cualquier indio cuando lo atrapan, y que como son raza tan feroz e indomable nunca tienen misericordia. Otra costumbre que han adquirido de los indios es a ponerse en cuclillas sobre sus talones de la manera más peculiar. Hace un efecto tan ridículo como extraordinario ver a un buen número de ellos en cuclilas ya sea en fila o formando en círculo.

Se había empleado al regimiento para sofocar una contrarrevolución de Unionistas en Tejas. Nada podía superar el aborrecimiento que expresaban contra dichos renegados, como los llamaban, alemanes en su mayor parte.

Cuando me atreví a sugerir a algunos de los tejanos que tal vez fuera adecuado que enterraran un poco mejor el cuerpo de Montgomery, no estuvieron lo que se dice muy de acuerdo conmigo, por el contrario me dijeron que no lo tenían que haber enterrado en absoluto, sino que tenían que haberlo dejado colgando como aviso y escarmiento para los demás facinerosos.

Por lo que respecta a la lealtad y dedicación de sus esclavos, el Coronel Duff señaló que un buen número de ellos estaban allí, y que sólo tenían que cruzar el río cuando quisieran para alcanzar su libertad.

El Coronel Buchel y yo pasamos la noche en la tienda del Coronel Duff y nos dieron una buena serenata. Los oficiales y sus hombres cantan primorosamente, y acabaron con un “Dios Salve a la Reina”.

El Coronel Duff viene de Perth. Era uno de los que llevaron la voz cantante en la secesión de Tejas y me contó que su hermano era banquero en Dunkeld.
10 de abril (viernes) Nos desperezamos al alba, y muy pronto el Coronel Duff desfiló junto con algunos de sus hombres, para alardear de la equitación Tejana, de la que están muy orgullosos. Les ví echar el lazo al ganado, y cogerlo por la cola a galope tendido, y como los tiraban al suelo retorciéndolos. A esto se le llama “tailing”. Toman pequeños objetos del suelo inclinándose al máximo, y a su característica manera, son magníficos jinetes; pero me confesaron que no podían cabalgar en una silla inglesa, y el Coronel Duff me dijo que eran incapaces de saltar una valla. Tenían muchas ganas de saber que me impresión me causó su actuación, y la buenísima opinión que tenían de si mismos resultaba de lo más cómica.

A las 9 en punto el Coronel Buchel y yo volvimos a Brownswille y nos perdimos dos veces, porque nos envolvieron nubes de polvo, y no tuvimos unaexcursión demasiado divertida El pobre Capitán Hanckock debe estar disfrutando lo suyo en Bagdad, porque con este viento la rada es infranqueable para el marinero con más arrestos.
Por la tarde, Mr ____, un unionista tejano, o renegado, nos hizo partícipes de su sentir en el consulado, bebiendo al tiempo una buena porción de brandy. Al final, sin embargo, acabó con este brindis: “Si ellos quien luchar, pos que luchen ellos, que yo no”.

11 de abril (´sabado) Mr – el Unionista, vino a verme por la mañana, y me dijo, algo arrepentido, “Espero Kernel, que los vapores del brandy no me hicieran decir alguna impertinencia anoche”. Le aseguré que no era el caso. Ya me voy haciendo a la idea de la necesidad de estrechar las manos y beber brandy con cualquiera. (Necesidad que sólo existe en Tejas, todo sea dicho)

La ambulancia volvió de Bagdad hoy. El capitán Hancock había conseguido cruzar la rada en el vapor de Mr Oetling, pero por poco vuelca y se va a pique.
Fui a una gran cena, ofrecida por Mr Oetling en honor de la partida de Mr Hill a Ciudad de Méjico. Parece que esta es la costumbre del país.

12 abril (domingo) Me despedí afectuosamente de Don Pablo, Behnsen, Oteling y compañía, que se encontraban en un estado de salud precario a causa de la cena de anoche.

Maloney que es un gran tipo insistió en proveerme de conservas y brandy para mi duro viaje por Tejas. Me sentí muy grato por la gentileza de todos estos caballeros, que tan agradable hicieron mi estancia en Matamoros. El Hotel hubiera sido otro cantar.
Volvía Brownsville a las 3 en punto, donde me recibió con su gran hospitalidad mi amigo Ituria, que me confió que ha hecho muchísimo dinero especulando con algodón. Asistí al desfile vespertino, y vi al general Bee y a los Coroneles Luckett, Buchel, Duff y ----. El último (el que liquidó a Montgomery) deja mejor impresión cuando se le conoce mejor.

El General Bee me llevó a dar una vuelta en su ambulancia y me presentó al Mayor Leon Smith, que capturó el Harriet Lane. Este último me apremió del modo más vehemente para que esperara la llegara del General Magruder y me prometío que si así lo hacía viajaría a San Antonio en un carruaje de primera categoría. El Mayor Leon Smith es marino de oficio, y el general Magruder le confirió el mando de uno de los pequeños vapores que capturaron al Harriet Lane en Galveston, cuya tribulación se componía de jinetes tejanos de caballería. Me dijo que la resistencia que se ofreció al abordaje fue escasa, y me comentó que de no haber escapado usando traicioneramente bandera blanca se hubieran apoderado del resto de los barcos.

Después de que se apresara al Harriet Lane, se abrió fuego contra ella desde las demás naves; y el mayor Smith me dijo que, en el ardor del momento, mandó al excontramaestre de la Harriet Lane al Comodoro Renshaw con este recado: que de no cesar el fuego, haría picadillo a la tripulación prisonera. Después de oir esto, el Comodoro Renshaw hizo hundir su nave, con él dentro, después de haber ordenado el sálvese quien pueda.

13 de abril (lunes) Desayuné con el General Bee y me despedí de mis amigos de Bronswille.

M´Carthy me va a dar cuatro veces el valor de mi oro en billetes confederados. El dinero confederado se ha devaluado mucho desde entonces. En Charleston me ofrecieron 6 a 1 por mi oro y en Richmond 8 a 1.
Dejamos Brownsville y nos dirigimos a San Antonio a las 11 en punto. Nuestro vehículo era un carruaje espacioso de cuatro ruedas, bastante sobrecargado, con techo de lona y tirado por cuatro mulas. Con M´Carthy había un tercer pasajero, un joven comerciante de extracción judía. Se nos sumarían dos caballos, para poder superar las arenas profundas.

El país, dejando Brownsville, es muy llano, y el camino, natural, arenoso y polvoriento, y con muy pocos árboles pequeños, en su mayoría mezquites. Después de haber andado siete millas paramos para abrevar a las bestias.

A las dos se presentó un Nuevo personaje, un hombre sucio, mayor y de rostro áspero que montaba un rocín lamentable. Pero para sorpresa mía McArthy se dirigió a él llamándole juez, y le preguntó que había sido de nuestro otro caballo. El Juez respondió que no había aguantado y se había quedado en el camino. McArthy me informó que era cierto que este sujeto es una suerte de magistrado o juez en su propio distrito. Pero ahora desempeña el cometido de mozo de mulas auxiliar, con el fin de hacerse útil. No podía evitar regocijarme en extremo ante este extraordinario espécimen de juez tejano.
Nos pusimos en marcha de nuevo a las 3, y pronto pasamos de los mezquites a una pradera despejada de unas 8 millas de longitud, yerma en extremo, y donde no crece más cosa que una especie de cañas; tras lo cual nos metimos en un chaparral. Estos bordean el camino y están cubiertos con fragmentos de algodón que caen de los interminables vagones que lo portan. Vimos varios de dichos vagones. Por lo general había diez bueyes o seis mulas por vagón, llevando cada uno diez balas, pero en la arena profunda, hace falta más tracción animal. Viajan a Brownsville con gran lentitud, desde lugares que se hayan distantes 500 millas en el interior de Tejas. La falta de agua y otros inconvenientes hacen que hombres y bestias padezcan mucho.

El Juez va delante de nosotros con su “Rocinante”, para animar a las mulas. De espaldas me recuerda de un modo de lo más ridículo a los cuadros del Dr. Syntax.
Mr. Sargent, nuestro orondo conductor, alienta a sus bestias con la continua repetición de la frase “Más ligero hos…, grandísimas orejonas hijas de la gran p….”
A las 5 llegamos a un pozo, cercano a una granja o rancho. Aquí pasamos la noche. Un tren de algodón había acampado cerca de nosotros y conductor medio desnudo y de lúgubre aspectonos contó que le habían birlado anoche tres bueyes.
Para poder hacer fuego, tuvimos que meternos en el chaparral a buscar madera, y en el proceso nos clavamos infinidad de espinas en las piernas, que fueron luego muy molestas, ya que causan irritación si no se extraen de inmediato.
El agua del pozo era muy salada y el café que se hacía con ella no era demasiado bueno. McArthy dijo que no pararíamos en un sitio peor. A las 8 extendió una piel de novillo en la arena al lado de nuestro carruaje, en la que hubiéramos dormido muy a nuestro placer de no haber sido por las espinas, la intensa actividad de las pulgas y las incursiones de cochinos salvajes. Mr Sargent y el Juez, con gran presencia de espíritu, habían acampado a setenta yardas de allí, dejándonos a nosotros el envidiable cometido de expulsar a los puercos. El aliento de uno de esos inmundos animales me despertó dos veces por la noche.

Hacíamos unas 21 millas al día.
14 de abril (martes) Cuando nos despertamos a las 4 a m nos encontramos con la ropa empapada por el rocío; y también que a pesar de nuestros denodados esfuerzos, los puercos habían devorado la mayor parte de la carne fresca que teníamos. Después de dar de comer a las mulas con el maíz indio que habíamos traido, y de beber un poco de café salado, el juez “se nos acopló”, y nos pusimos en marcha a las 5:30. El país es el mismo de ayer, una yerma y llana extensión de arena, mezquites y chumberas.

A las 7:30 llegamos al “Rancho Leatham” y abrevamos las mulas. Como el agua era tolerable volvimos a llenar nuestros barriles. También me lavé la cara, operación ante la que Mr Sargent expresó gran estupor no exento de un profundo desprecio.
En Leatham conocimos a un rico especulador y contratista Tejano, llamado el Mayor o Juez Hart. Me enteré de que nuestro juez es también miembro del parlamento, y que, en calidad de miembro de la legislatura de Tejas, tiene derecho a que se le llame Honorable ----.
A las nueve AM paramos en mitad de una pradera, con no mucho pasto para las mulas, y nos dispusimos a comer. Mientras guisábamos se acercaron mucho dos ciervos, que podrían haber sido cómodamente abatidos con los rifles.

Vimos gran cantidad de “ranchos de ratas” que parecen grandes túmulos, hechos de excrementos de vaca, palos y tierra, construidos por aquellas.

El postillón, Mr Sargent, es un tipo muy tosco, hombre entrado en carnes y de mediana edad, que no abre la boca sin soltar un taco horrible, americano de pura cepa. El y el Juez están siempre gruñéndose el uno al otro, y ambos comparten un gran apego al alcohol.

Vivimos principalmente de tocino y café, pero como el agua y el tocino son muy salados, es una gran contrariedad. Por lo menos tenemos algo de clarete, y brandy en abundancia.

Cuando paramos a mediodía, Mr Sargent tiene la costumbre de refrigerarse quitándose los pantalones (o “pants”) y, una vez que se ha solazado, se tiende cuan largo es y promulga sus decretos sobre el correcto tratamiento de las mulas al Juez.
A las 2:30 el parlamentario se nos volvió “a acoplar” y a las 2:45 llegamos a un brazo salado de agua del mar llamado “Arroyo del Colorado”, de 80 yardas de ancho, que cruzamos en “ferry”. Media hora después “nos tropezamos con agua” de nuevo, y llenamos las cantimploras de ella por ser superior a la de Leatham.

Estamos pasando continuamente trenes de algodón que se dirigen a Brownsville, y también vagones del gobierno con suministros para el interior. En casi cada pozo hay un pequeño rancho o granja, un edificio miserable de madera rodeado de escasos cultivos. Los nativos hablan castellano y llevan el atuendo Mejicano.

McArthy está muy ufano de su conocimiento del país, a pesar de lo cual marra muchas veces en sus cálculos. Los distintos caminos se parecen tanto unos a otros, que es fácil confundirse.

A las 4:45 nos paramos en un sitio mucho mejor que ayer. No nos queda otro remedio que parar doquiera que haya un poco de pasto para nuestras mulas.
Después de que habíamos descargado para pasar la noche, seis Rangers de Tejas, del regimiento de “Wood” se acercaron a nosotros. Sujetos muy pintorescos, altos, delgados y desaseados, pero muy caballerosos en sus maneras.

Siempre vamos a dormir al aire libre hasta que lleguemos a San Antonio, y encuentro mi linterna turca de lo más útil por la noche y nos pusimos en marcha a las 5:30 AM. Encontramos agua a las 7 AM después de haber visto una culebra muerta de 8 pies de largo.

15 de abril (miércoles) dormí bien a pesar de las pulgas y las garrapatas.
A las 9 AM divisamos la cabalgata del General Magruder por un camino paralelo a media milla del nuestro. M´Carty y yo bajamos del carruaje y corrí por la pradera para alcanzarlo, lo que conseguí pidiendo prestado el caballo de reserva del último hombre en el tren. Galopé hasta el frente, y me encontré con el general cabalgando junto a una dama, llamada Mrs ___ una mujer innegablemente atractiva, esposa de un oficial del estado mayor de Magruder, que como es natural es objeto de intensas atenciones por parte de todos los oficiales de buen parecer que acompañan al general por el desierto.
El General Magruder, al mando en Tejas, es un hombre de aspecto marcial, de unos 45 años, ancho de hombros, complexión florida, y ojos claros. Lleva bigote y patilla a la inglesa, y el gris uniforme confederado. Tuvo la amabilidad de rogarme que volviera y le acompañara en su recorrido por Tejas. Había oído que vendría, y estaba dispuesto a que hiciera lo anterior. Me preguntó por varios oficiales de mi regimiento que había conocido cuando presto servicio en la frontera con Canadá. Es Virginiano, gran conversador, y siempre un gran aliado de los oficiales ingleses.
Insistió en que McArthy y yo nos quedáramos a cenar con él, prometiéndonos caballos para alcanzar a Mr Sargent.

Cuando aceptamos su ofrecimiento, tuve una larga y agradable conversación con el general, que hablaba de los puritanos con intenso desprecio, y denominando a los primeros importados “la hedionda tripulación del Mayflower”; pero ni mucho menos abriga rencor alguno de tipo personal contra los Yankees. Habló muy bien de McClellan, que conoce y tiene por un perfecto caballero, un hombre inteligente, y personalmente valeroso, aunque puede que le faltara coraje moral para afrontar la responsabilidad. Magruder había mandado en Yorktown las tropas Confederadas que se opusieron al avance de McClellan. Me relató las diferentes artimañas a las que había tenido que recurrir para cegar y engañar a éste en lo que concierne a sus fuerzas; y me comentó el inmenso alivio no exento de hilaridad que sintió cuando el magnífico y bien equipado ejército de McClellan le dejó el campo libre cuando sólo tenía como rival fortificaciones de tierra lamentables guarnecidas por tan sólo 8000 hombres. Hooker estuvo en su regimiento, y en esencia era “un embustero y una mala persona”. De Lee y Longstreet hablaba en términos de la más rendida devoción y admiración.
Magruder era artillero, y había residido bastante tiempo en Europa; y cuando le destinaron a la frontera Canadiense conoció a muchos oficiales británicos, especialmente los del 7 de Húsares y los Guardias.

Su reputación subió como la espuma por sus recientes éxitos en Galveston y Sabine Pass, donde tuvo la temeridad de atacar buques de guerra fuertemente armados con vapores de río destartalados.

Su motivo principal para ir a Brownsville era arreglar la cuestión del comercio de algodón. Había decretado que la mitad del valor del algodón exportado debía gastarse en la importación de bienes para beneficio de la nación (los almacenes gubernamentales). El presidente había condenado esta orden por ilegal y despótica.
Los oficiales del Estado Mayor de Magruder son un grupo de gente caballerosa y de buena presencia. Se llaman Mayor Pendleton, Mayor Wray, Capitán De Ponté, Capitán Alston, Capitán Turner, Teniente Coronel M'Neil, Capitán Dwyer, Dr. Benien, Teniente Stanard, Teniente Yancy, y el Mayor Magruder. Este último es sobrino del general, un joven particularmente apuesto. Todos tienen las mejores relaciones con su jefe, formando una agradable compañía. En la cena me instalaron en el puesto de honor, por el que siempre se disputa con considerable aspereza (a la derecha de Mrs ---) Después de la cena se escucharon numerosas canciones. Tanto el general como su sobrino cantaron, y así lo hizo también el Capitán Alston, cuyo peso, empero, fue demasiado para el frágil taburete de campamento, que ocasionó su súbita desaparición en medio de una canción entre un ruido estruendoso. El capitán Dwywer tocaba muy bien el violín, y un digno e señalado general de milicia elaboró el ponche e pronunció varios “elegantes” discursos. Un viejo héroe de rostro áspero, llamado M´Guffin. En estas ocasiones festivas el General Magruder lleva puesta una gorra de lana teñida de rojo, y ejerce la presidencia como un artista consumado.

No fue hasta las 11.30 cuando me fue posible separarme de tan agradable compañía, pero al fin me despedí entre una profusión de cortesías y cargado de toneladas de cartas de recomendación.

16 de Abril (jueves) Aquí empezaron los problemas. Montados en sillas mejicanas y con rocines que estaban en los huesos, cuya energía ya se había visto bastante consumida después de un mes de viaje mal alimentados, M´Carthy y yo dejamos la hospitalaria tertulia más o menos a medianoche, y empezamos la búsqueda de Mr Sargent y su vehículo. Nos guiaban unos Rangers de Tejas.

Al alba vislumbramos “Los Animos”una desolada granja en cuya vecindad se supone que estaría acampado Mr Sargent; pero no encontramos trazas de él.
Ahora habíamos llegado a los límites de una espantosa región, de unas 60 millas de extensión, denominada “Las Arenas”. El chaparral y la pradera eran feracísimos en comparación con ella. El viento fuerte y la arena profunda, era imposible seguir las huellas del carruaje, pero luego estuvimos ciertos de que nuestro pérfido Jehu se había ido dejándonos tirados.

Vagamos desesperados por la arena, maldiciendo nuestra mala suerte, echando pestes de Mr Sargent e incluso del bueno de Magruder, como causa indirecta de nuestras desgracias. Y en verdad nuestra situación era deplorable. Estabamos sin bebida ni comida en medio de un desierto: nuestros caballos estaban casi en las últimas. Nuestros huesos padecían por las sillas mejicanas, y para completar el cuadro de nuestras miserias, los dos Rangers empezaron a protestar y a hablar de volverse con los caballos. En el cénit de nuestras desgracias, tuve la suerte de toparme con un mejicano, que nos dio razón de nuestro carruaje; y con espíritu renovado, pero con los caballos agotados, le dimos caza. Pero nunca cabalgaron más ligeras las mulas de Mr Sargent; y ya eran las 9 AM cuando las alcanzamos. Mi animal se había caído dos veces, y McArthy estaba rojo por la fatiga y el despecho. Mr Sargent nos recibió muy cortésmente y tuvimos la sensatez de no disputar con él, aunque McArthy había sugerido en repetidas ocasiones que tal vez lo más sabio y prudente sería liquidarlo.

Llevábamos en la silla 9 horas y media y estábamos hechos polvo. Nuestros ariscos guías tejanos fueron aplacados con tocino, café y 5 dólares en oro.

Paramos a las 2 P; y luego reanudamos la lucha con las asperezas arenosas, pero aunque se añadieron los servicios del caballo del Juez, no podíamos avanzar más de dos millas por hora.

Ser mozo de mulas es un arte en si mismo, y Mr Sargent es reputado con toda justicia perito en la materia. Siempre lanza imprecaciones de un carácter tragicómico. Rara vez fustiga a las bestias, pero cuando alguna excita su indignación debido a su inusitada haraganería, ruge “ven pa ca Juez con la vara y dales de h…”. Cuando la pobre bestia está recibiendo un castigo que se corresponde con la idea del Juez sobre las regiones infernales, Mr Sargent suele comentar “Ya me gustaría que fueras el tío Abe, te haría moverte, maldita hija de p….”. Parece que su idea de la beatitud es tener a los señores Lincoln y Seward tirando del carro. Las mulas viajan mucho mejor cuando tienen otras mulas delante, y otro truco al que recurre constantemente Mr Sargent es golpear el recho del carruaje y patear la tabla para reposar las piernas, lo que hace mucho ruido y anima a las mulas tanto como arrearles. Mr Sargent dio muestras de sus humanitarios sentimientos al comentar, “Pegar a las mulas y a los negros es mal negocio, porque cuanto más les das más quieren”. No topamos o nos “tropezamos” con agua a las 5:30 PM, pero, a pesar de su buena reputación, tan salada que casi no era potable. Con nosotros acampaban un buen número de vagones de algodón y tres carruajes propiedad de Mr Ward.

Solo hemos avanzado 15 millas hoy.

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 Asunto: Re: Tres meses en los Estados del Sur.
NotaPublicado: Sab Feb 26, 2011 5:32 pm 
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17 de abril (viernes) habiendo pasado la noche anterior en una silla mejicana, nuestra piel de novillo en la arena me pareció el lecho más mullido y suntuoso.
Nos “acoplamos” a las 5 AM y “tropezamos” con agua a las 9 AM, la cual, aunque turbia en apariencia, no estaba mal del todo.

Iba un poco al frente con el Juez, que, cuando está sobrio, es un hombre sensato y bien informado. Me he hecho muy amigo de Mr Sargent, pues a pesar su rudeza nos llevamos fenomenal.

Mr Ward, con tres carruajes, (un rival de Mr Sargent) viaja en compañía nuestra. Estrelló su vehículo contra un árbol e hizo que se cayera el techo del mismo, para intenso deleite del primero.

Desayunamos con muchascomplicaciones, pues el fuerte viento levantaba nubes de arena que echaban a perder la comida. Nuestro compañero de viaje, Mr -----, es un israelita pobre y escuchimizado, totalmente inofensivo, aunque habla con un horrible deje yanqui, del que se hallan totalmente libres Mr Sargent y el Juez.

Otra vez nos pusimos en marcha a las 2 PM y hablé largo y tendido con una esclava mulata de buenporte, que conducía uno de los vagones de Ward. Me dijo que se había criado en Tenesse, y que hace tres años se había separado de su ama por una cuestión de deudas, para congoja de ambas. “Las dos”, expresó, “lloramos amargamente en nuestra despedida”. No le gusta nada San Antonio “muchos patíbulos y asesinatos para mi gusto” dijo. Había visto colgar a un hombre en pleno día, en la misma puerta de su casa.

Mr Sargent compró en un rancho dos pollos y algunos huevos, pero uno de los pollos se subió a un árbol, y fue capturado y devorado por el bando de Ward. Nuestro campamento está muy lindo por la noche, iluminado por las hogueras.

18 de abril (sábado) al alba descubrimos, para horror nuestro, que tres de nuestras mulas habían desaparecido, pero después de una hora nos fueron devueltas en triunfo por el Señor Juez. Eso nos demoró hasta las 6:30.

Una vez más iba delante con el Juez, que me contó que era senador o miembro de la Cámara Alta de Tejas “algo así como vuestra cámara de los Lores” me dijo. Cobra 5 dólares al día por ello, y su mandato dura cuatro años.

Después me dijeron que ya había expirado su mandato, habiendo siendo electo por la circunscripción de El Paso.
Una vez más “nos tropezamos” con agua a las 8:30 y compramos un cordero por un dólar. También compramos algo de carne de buey, que en este país se seca en tiras al sol, después de destripar al animal, y se conserva bien durante mucho tiempo. Para guisarlo se colocan unos minutos las tiras de carne sobre brasas calientes.

Le dieron una patada a una de nuestras mulas por la noche. Mr Sargent le frotó la herida con Brandy, y resultó muy buen remedio.

Después de dejar el pozo, Mr Sargent descubrió que, mientras seguía la pista a los vagones de Ward, había extraviado el camino. Juró de la manera más horrible, y se consoló con tanta ginebra que cuando llegamos a Sulphur Creek a las 12:30 tanto él como el Juez estaban, en su propia confesión, bastante “tiesos”.

Allí paramos, comimos algo de salazón y nos bañamos en el arroyo, que tiene cuarenta yardas de ancho y tres pies de profundidad.
La extremada “tiesura” de Mr Sargent hizo que se cayera de la delantera cuando nos poníamos otra vez en marcha, pero su más experimentada Señoría llevó las mulas.
Los indicios del fin de las arenas empezaban a ser patentes; y a las 5 P; paramos en un lugar muy decente, con pasto pero sin agua alguna. Sufrimos mucho por su falta, pues casi se había agotado la que llevábamos.

Mr Sargent, que ahora estaba relativamente sobrio, mató a una oveja del modo más científico a las 5:30 y a las 6:30 ya estábamos dando buena cuenta de ella, pues estaba deliciosa. Mr Sargent la guisó mediante el simple expediente de hervir porciones de ella sobre una sarten, aunque no nos sobraba el agua precisamente.

19 de abril (Domingo) a la 1 AM esta mañana nuestro dulce sueño en la piel de novillo fue perturbado por una súbita y violentísima tormenta de rayos. McArthy y yo tuvimos el tiempo justo para meternos en el carruaje y sellarlo por debajo, pues poco después empezó a caer la lluvia a torrentes.

Nos metimos dentro con el pobre Judío (en extremo alarmado por los relámpagos) mientras Mr Sargent y el Juez se metieron debajo. Y al alba pudimos refrescarnos con el agua de las charcas y nos volvimos a poner en marcha. Pero el hado parecía oponerse a nuestro avance. Fue salir de la arena para caer en el barro, que era aún peor. Sufrimos lo nuestro hasta las 11:30 AM, en que llegamos al “King´s Rancho”, que se me había presentado durante estosdías como una suerte de Elisio, que marcaba el fin de las arenas y el principio de la(comparativa) civilización.

Nos detuvimos frente a la casa, y después de guisar y comer, me dirigí al “rancho” que es un edificio de madera cómodo y bien amueblado.

Mr y Mrs King habían ido a Brownsville; pero nos recibió Mrs Bee, la esposa del general de Brownsville, que se había enterado de que estaba en camino. Es una mujer agradable y vivaracha, fogosa sudista, que se enorgullece de no tener conocidos ni amigos yanquis, y que pertenece a la Iglesia Anglicana.

Mr King llegó a Tejas en primer lugar como capitán de un vapor, pero ahora es dueño de gran parte del país, con 16000 cabezas de ganado, que no obstante, pacen en un país salvaje y casi inhabitado. El rancho sólo dista de Brownsville 125 millas, y hemos tardado seis días en llegar a él.

Tras secar nuestras ropas y nuestra comida nos pusimos en marcha a las 2:30 PM.
Ahora pasamos por una pradera muy fecunda y en apariencia ilimitada, en la que el ganado pastaba hasta donde alcanzaba la vista. Toros, vacas, caballos y yeguas, se nos quedaban mirando al pasar. Tenían un aspecto bien lustroso, y eso que no comen más que lo que pueden encontrar en la pradera.

Vi un hombre a caballo matar a un conejo con su revólver. También vi un escorpión por vez primera.

Paramos a las 5:30 PM, y tuvimos que hacer fuego a base de excremento de vaca, pues la madera escaseaba. Dejamos la montura del Juez en el Rancho. Nuestro legislador ahora va en la caja con Mr. Sargent.

20 de abril (lunes) Dormí bien a pesar de los numerosos coyotes de la pradera que nos rodeaban, haciendo un ruido de lo más siniestro.

El judío se volvió a poner enfermo, pero tanto Mr Sargent como el Juez le trataron muy bien, y también McArthy, que señaló que una persona incapaz de defenderse a sí mismo y tan enfermizo como el pequeño judío siempre puede esperar compasión y cuidados hasta del tejano más salvaje.

Reanudamos la marcha a las 5 AM, y tuvimos que afrontar el barro más espantoso, Mr Sargent estaba de un humor de perros, y empleaba un lenguaje aterrador.

Nos retrasó mucho esta desgraciada lluvia, que había convertido una buena carretera en un pantano. Vimos una culebra serpenteando esta mañana, pero no hay tantas en el país como solía.
Paramos a las 9 AM, y, con el fin de hacer fuego para guisar, prendimos juego a un rancho de ratas, lo que resultó bien; pero una enorme rata, molesta por nuestras acciones, surgió con presteza de su guarida y por poco aterriza en nuestra sartén.

Dos Rangers de Tejas, pertenecientes al regimiento de Taylor, se nos acercaron en el desayuno. Llevaban las espuelas más enormes que jamás he visto.

Continuamos nuestro viaje a las 12:30 y llegamos a un “creek” (aquí a todos los ríos y arroyos se los llama creek, pronunciándose “criks”) que se llamaba “Agua Dulce” y a las 2 PM M´Carthy y yo los levantamos antes de cruzar para aprovisionarnos en algunas de las chozas cercanas. Obtuvimos doce huevos y algo de manteca, pero al volver al camino no encontramos con que Mr Sargent había seguido su plan invariable de dejarnos tirados.
Paramos a las 5 PM.

Después de que se levantara la oscuridad McArthy cruzó la pradera para visitar a algunos amigos suyos que estaban acampados a media milla. Se perdió al volver y estuvo vagando varias horas. El Juez, con gran presencia de espíritu, dejó el fuego encendido, y nos acabó encontrando.
El calor es bastante riguroso de 9 a 2, pero en Tejas sopla una fresca brisa marina, que lo hace soportable.

21 de abril (Martes) A las 5 AM nos pusimos en marcha, y llegamos a un villorrio llamado “Casa Blanca” a las 6. Nos proveímos aquí de carne de cabrito, maíz indio y dos aves.

Ya hemos salido del país llano, y entrado en otro ondulado o “rolling” como dicen aquí, lleno de hermosos robles de respetable tamaño. También nos libramos del barro.

Mr Sargent y el Juez se emborracharon de nuevo a las 8 AM, lo que sin embargo tuvo un efecto beneficioso en la marcha. Bajamos las colinas a gran velocidad, o, como lo expresaba Mr Sargent “Echando h…, cag.. leches”.

Paramos en un pequeño arroyo, y después de desenganchar, Mr Sargent y el Juez tuvieron un buen altercado, después de lo cual el primero mató y guisó la cabra, usando mi cuchillo en el proceso. Con todos sus defectos hay que reconocer que es un formidable carnicero, cocinero y conductor. Cuida mucho a sus bestias, y tuvo la deferencia de informarnos que el incremento de nuestra marcha no era atribuible a la ginebra.

Siempre es muy agradable conmigo, pues hago las veces de cocinero y carnicero asistente.
La partida de Mr Ward nos pasó a la 1 PM. Como estaban aplastadas las ruedas de su carruaje, lo habían enganchado a uno de los vagones.

Tuvimos un agradable paseo vespertino por el robledal, y vimos otra serpiente que tratamos de abatir.

Paramos en Spring Creek a las 6:30 PM; el agua era bastante salobre y no había pasto para las mulas.

El juez nos relató algunas de sus experiencias como filibustero. Afirma que una mofeta bien guisada es tan buena como el cerdo, y que la serpiente estofada no tiene tan mal sabor como sería de esperar. Los Tejanos llaman a los mexicanos “greasers” (grasientos) y los últimos responden con “gringos”.

Nos estamos dando la gran vida con huevos y carne de cabrito, y además hacermos 32 millas al día.

22 de abril (miércoles) reanudamos el viaje a las 5 AM y las mulas tenían mal aspecto por falta de pasto.

A las 8 am llegamos al río Nueces, con orillas muy empinadas bordeadas por un hermoso cinturón de robles, rodeados de uvas Mustang.

En el otro lado del río se halla “Oakville”, un miserable lugar, compuesto de unas 20 chozas de madera. Compramos algo de manteca y alcanzamos los vagones de Ward. Las mujeres de Oakville estaban ansiosas de comprar tabaco. Parece que las mujeres de Tejas tienen costumbre de “sorber tabaco”, que significa metérselo en la boca en vez de en la nariz. Lo frotan con sus dientes con una varilla roma.

Vimos pasto a las 10 AM, y paramos. El clima no era bueno, bochornoso y sin viento alguno. Enganchamos a la 1:15, con los vagones de Ward en frente nuestra, y un carruaje de cuatro caballos de un francés a nuestra espalda. A las 4 PM alcanzamos el “Weedy” un arroyo que para desgracia nuestra estaba seco del todo. Continuamos la marcha hasta las 7 PM y hallamos buenos pastos. Habiéndosenos informado de la existencia de agua en las cercanías, Mr Sargent, el Juez, Ward y el francés empezaron la búsqueda; y cuando, tras haber pasado un buen rato, descubrieron un lamentable agujero lleno de fango, comenzó una lucha desesperada por el líquido elemento, volviendo el Juez con aspecto muy alicaído y una triste masa de barro. Después de eso, Mr Sargent estaba de tan mal humor que se negó a guisar, a comer, a beber o a hacer cosa distinta que jurar del modo más vehemente.
Privados por este contratiempo de nuestra carne de cabrito, tuvimos que conformarnos con jamón rancio y pan duro.

Nos encontramos con muchos trenes de algodón y vagones del gobierno, y creo que hemos avanzado 34 millas.

23 de abril (jueves) El perspicaz Mr Sargent llevó a los animales al fangoso agujero en mitad de la noche, y así adelantamos a Ward.

Como se había echado a perder nuestra carne de cabra, la tuvimos que tirar por la mañana. Nos pusimos en marcha a las 5:30 AM y llegamos a “Rockey” a las 7:30, pero dos de los caballo de Ward habían “doblao” lo que volvió a poner de buen humor a nuestro conductor.
Rocky consiste en dos chozas en medio de un país rocoso; y una milla más allá de él, vimos un estanque, abrevamos a nuestras mulas y llenamos las cantimploras. El agua era de apariencia fangosa pero bastante potable.

Las mulas estaban bastante flojas hoy; y Mr Sargent no tuvo más remedio que llenar su cubo con piedras, y tirarles alguna de vez en cuando.

Llegamos a las 8 AM a una pradera abierta y ondulante, donde nos detuvimos a las 10:30. Mr Sargent y yo matamos y guisamos los dos pollos.

Me ha hecho el honor de indicarme que soy un “buen compañero de viaje”. Me comentó también que hubo un tiempo en el que tenía un hotel en el Paso, una especie de parador en la ruta a California, y que se estaba haciendo rico rápidamente hasta que la guerra lo arruinó por completo. De ahí su rencor hacia el “Tío Abe”.

El General Longstreet recordaba a Sargent y al Juez a la perfección, y se divirtió mucho con mis experiencias con esos sujetos. El General Longstreet había sido destinado a la frontera Tejana cuando estaba en el ejército Federal.

Enganchamos a las 3 PM y después de arrastrarnos como pudimos por algunas arenas profundas, paramos por la noche a sólo 24 millas de San Antonio. No había maíz ni agua, pero mucha hierba; nuestra comida estaba asimismo completamente agotada. Mr Ward llegó a las 8:15, haciendo un esfuerzo desesperado por seguirmos el paso, y su rivalidad con Sergent fue muy fructífera.

Fue la última noche que pasamos acampados al aire libre, y casi me dio pena, pues a pesar de las penalidades me lo había pasado muy bien en el viaje. El país que atravesé sería el más feraz y productivo posible (por lo menos las últimas 150 millas) si no fuera por la irregularidad de las estaciones. A veces casi no llueve nada dos o tres años seguidos.

24 de abril (viernes) Nos pusimos en camino a las 4:15 AM y con la ayuda de M´Carthy nos volvimos a perder, pero a las 6:15 un grito trunfante resonó desde la delantera de la diligencia “Hosti.. pu… quien le teme al fuego”, proclamó Mr Sargent en cuanto vio el del Rancho de Grey.

Después de comprar algunos huevos y maíz indio, cruzamos el profundo lecho del río San Antonio, cuyas orillas son muy pintorescas.

Paramos inmediatamente después y dejamos a las mulas alimentándose alrededor de una hora. Hace tiempo asesinaron a una mujer en un rancho cercano, y cinco sujetos de baja calaña fueron ejecutados en San Antonio por el comité justiciero local debido a las sospecha.
Cruzamos el río Salado a las 11 y comimos cerca de él.

Mr Sargent y el Juez terminaron con la Ginebra que llevábamos, y el primero, que estaba como una cuba, nos entretuvo con una detallada descripción del trato que dispensó a una joven esclava negra contestataria, que, si hemos de creerle, debió haber sido muy riguroso. A M´Carty no le gustó nada la historia.

Aunque en general los esclavos están contentos con su suerte material, no se puede negar que deben darse muchos casos de crueldad y malos tratos. Mr Sargent es norteño de nacimiento, y debido a ello se halla privado del afecto que casi siempre tienen los sureños por los negros.
Después de bañarnos en el Salado, con Mr Sargent determinado a derrotar a su rival Ward, apretamos hacia San Antonio, y nos presentamos en el Hotel de Menger a las 3. P.M, con nuestras mulas extenuadas por el esfuerzo. Nuestro conductor había hecho buena su promesa de “hacer que aullaran hasta sus orejas”.

Ese mismo día fui a ver la tienda de M´Carthy, un amplio edidicio que ahora debido a la liquidación de las existencias está desolado. Le saludaron sus muchos amigos, y entre muchos otros observé a un negro que le estrecho la mano y le dio la bienvenida.
Me presentaron al hermano del Coronel Duff, que también es un hombre gallardo; pero no ha renunciado a su nacionalidad, convirtiéndose en un “ciudadano”.

De Brownsville a San Antonio hay 330 millas, y llevamos 11 días y cuatro horas de viaje.
25 de abril (sábado). El emplazamiento de San Antonio entre las dos orillas del río homónimo es muy hermoso. La ciudad tiene unos 100.000 habitantes, y sólo la supera Galveston.
Las casas son de piedra y de buen porte, y por lo general de uno o dos pisos. Todas están dotadas de miradores.

Antes de la guerra San Antonio era muy próspera, y crecía constantemente; pero ahora prácticamente no existe actividad comercial alguna. Toda la población masculina está en el ejército, y los artículos básicos se venden a precios de ciudad sitiada. EL café vale 7 dólares confederados la libra.

EL hotel de Menger es un edificio amplio e imponente, pero su dueño, un cortés teutón, estaba a punto de cerrarlo por el momento.

Por la malana hice una visita al Coronel Bankhead, un virginiano alto y señorial, que mandaba las tropas destinadas aquí. Me ilustró mucho sobre la historia de Tejas, las misiones Jesuitas, la adquisición de Luisiana, etc; y me alarmó al dudar de si me sería posible cruzar el Missisipi en caso de que Banks hubiera tomado Alexandria.

También trabé conocimiento con el Mayor Minter, otro virginiano, que me contó que había servido en el segundo de caballería en el ejército de la Unión. En el mismo regimiento estaban los siguientes oficiales, a saber: General A. S. Johnston, (muerto en Shiloh,) General Lee, General Van Dorn, General Hardee, General Kirby Smith, y General Hood. También los Generales Federales Thomas y Stoneman.

Aconsejado por M´Carthy, subasté mi maleta y algunas de mis cosas más pesadas, pues no me sería posible llevarlas conmigo.

Saqué pasaje para Alleyton (Houston): valía 40 dólares, cuando antiguamente eran 13.
Comí con Mcarthy y el joven Duff a las 3 PM. Este último rechazó que pagara mi parte de los gastos del viaje desde Brownswille. Mrs McArthy estaba muy emocionada y complacida por una carta de su madre, que vive en “Yanquilandia”. Tejas está tan aislada ahora que sólo tiene noticias de ella una vez en muchos meses.

El Coronel y Mrs. Bankhead me ofrecieron su ambulancia a las 5 PM y me llevaron a las fuentes del San Antonio, que constituye el más hermoso manantial de agua cristalina que jamás he visto. También observé los amplios cimientos de una curtiduría del Gobierno Confederado.
El país es muy hermoso, irrigado con ingenio con pequeños canales que desvían el río en todas direcciones. Por lo tanto en gran medida se puede pasar sin la lluvia.

En el arroyo de San Antonio nos divirtío el Mayor Young, un excéntrico oficial naval. La razón por la que alcanzó esa graduación nunca pude conocerla.

La señora Bankhead es una Sureña fanática. Dos veces la expulsaron de Memphis los Federales en razón de los principios de su esposo; pero afirma que el General Federal Sherman la trató con amabilidad y cortesía, lamentándose al tiempo de las órdenes de su Gobierno.
No he encontrado ningún sureño que abrigue esperanzas de una pronta terminación de la guerra. Dicen que durará lo que dure la presidencia de LIncoln, y tal vez bastante más.
En la vecindad de San Antonio un tercio de la población es alemana, y muchos de ellos al principio eran bastante desafectos. Se oponían decididamente al reclutamiento, incluso por la fuerza de las armas, pero pronto el regimiento de Duff los metió en cintura, y se comenta que ahora han aceptado el nuevo régimen.

Mi maleta, con su contenido, ya que me desprendí de buena parte de mis pertenencias, me reportó a su venta 323 dólares. Su precio en Inglaterra a lo sumo hubiera sido de 8 o 9 libras. La propia maleta, que era vetusta, se vendió a 51 dólares. Dos viejas botas de carnicero 32; 5 camisas 42; un abrigo viejo 25.

26 abril (Domingo) A las 11:30 AM MArthy me llevó en su carruaje a ver el manantial de San Pedro, que no es tan bello como el de San Antonio. Había vivaqueado allí un destacamento de caballería Tejana.

Después nos dirigimos a las “misiones” de San José Y San Juan, a seis y nueve millas de la ciudad respectivamente. Eran convertos fortificados con el fin de la conversión de los indios, construidos por los Jesuitas hace 170 años. Están en ruinas, y su arquitectura muestra el recargado y barroco estilo castellano. Son muy interesantes, y no pude ver dos de ellas.
Por la tarde vi muchos negros y negras desfilando con su ropa de Domingo (sedas y crinolinas) mucho más elegantes que sus amas.

A las 5 PM comí con el Coronel Bankhead, que dio una fiesta que en estos duros tiempos debe haberle costado un Potosí. Se invitó a 14 de los principales oficiales, siendo uno de ellos el capital Mason (primo del diplomático sureño enviado a Londres) que había estado a las órdenes de Stonewall Jackson en Virgina. Me contó que dicho oficial no era precisamente popular en un principio. Pasé una agradable velada, y escuché muchas anécdotas de la guerra. Uno de los oficiales se atrevió con la canción abolicionista “John Brown”, con letra paródica “Yo debo ser soldado en el ejército del Sur”, que es una canción de campaña Confederada, y otra parodia, que es una canción de campaña Yankee “Colgaremos a Jeff Davis de un manzano”.

Siempre que comí con oficiales confederados han brindado a la salud de la reina, y nunca han dejado de expresar los mayores elogios hacia Su Majestad.

27 de abril (Lunes) El Coronel Bankhead me ha dado cartas de recomendación para el General Bragg, el General Leonidas Polk y algunos otros.
A las 2 PM fui a despedirme de Mrs Bankhead. Me dijo que su marido tenía dos hermanos en luchando en el Norte- uno en la marina y otro en el ejército de tierra. Los dos hermanos estuvieron en las batallas de Shiloh y Perryville, en bandos opuestos. El Bankhead de la marina mandaba el Monitor cuando se fue a pique.

----- me presentó esta tarde a un general de la milicia alemana en una cervecería. Hubo una pequeña disputa pues el último se pronuncio en contra del linchamiento “secreto o nocturno”.
La reciente actuación del Capitán Penaloso ha sido reprobada enérgicamente en San Antonio. Este tipo (antes carnicero) colgó a un soldado suyo hace tiempo, asumiendo la responsabilidad, por deserción y por robar un mosquete. La ejecución se llevó a cabo a las 12 en punto, en la plaza principal de la villa.
El árbol ha sido talado para expresar los sentimientos ciudadanos.
No hay duda alguna de que el reclutamiento, en general, no ha ofrecido muchas dificultades para el gobierno Confederado (salvo a lo que a los alemanes respecta) pero aún así entendí que muchos lo evaden, bien entrando al servicio del Gobierno (como contratistas, agentes o viajantes por el río Grande.
No fue sin gran pena que me despedí de mi amigo M´Carthy por la tarde, su hospitalidad y cortesía no las olvidaré jamás.
Tomé la diligencia de San Antonio a Alleyton a las 9 PM. La Diligencia era un viejo carruaje, atestado de 9 personas en su interior ocupando asientos transversales (por no hablar de los del techo) Me pusieron en el asiento central, muy estrecho y sólo podía reposar la espalda en una pata. Un alemán gordísimo estaba enfrente mía, un oficial confederado de largas piernas a mi espalda. Nuestro primer equipo constaba de cuatro mulas; después obtuvimos caballos.

Mis compañeros de viaje eran o militares o empleados del gobierno. Sólo 5 de los nueve mascaban tabaco por la noche, pero por suerte apuntaban a las ventanas de modo certero y no me cayó nada a mí. Sin embargo, como es natural, no tuve muchas horas de sueño.
28 de abril (martes) Cruzamos el río Guadalupe a las 5 AM y cambiamos los caballos. Después tomamos un buen desayuno en Seguin a las 7 AM, que estaba tornándose en una pequeña y próspera ciudad antes de que comenzara la guerra. Después empezó a llover, lo que empeoró el estado de la carretera y puso de mal humor a los viajeros.
Después la conversación trató de cuestiones militares. Todos los presentes convinimos en que el sistema de elección de oficiales había constituido un gran error. Según su propia versión de los hechos, la disciplina había sido muy laxa al principio, aunque al presente estaba mejorando. Sentían grandes deseos de saber que se pensaba de su causa en Europa; y ninguno de ellos parecía consciente de las simpatías que, pasando por alto la esclavitud, habían despertado su heroísmo y determinación en nuestro país. Después almorzamos en una pequeña aldea de casa de madera llamada Belmont y cambiamos los caballos.
Había numerosas granjas en el país, que estaba bien cultivado. También vi algodonales por vez primera.
Pasamos el rato disparando con nuestros revólveres a los enormes conejos que se quedaban mirando la diligencia.
Por la tarde todo el mundo se puso a mascar tabaco, y se escupía de modo un tanto salvaje.
Era costumbre de los forasteros sentarse alrededor del te cho del vehículo, con la piernas colgando (tan silenciosos como estarían en un coche fúnebre que regresa de un funeral) Esta costumbre hacía que resultara delicado sacar la cabeza por la ventana, a menos que uno quisiera recibir una buena coz o en su caso una ducha de tabaco mascado proveniente de las bocas de los caballeros del Sur que estaban en el techo.
A pesar de esas costumbres tan curiosas de colgar, disparar, etc, que parecen naturales en un pueblo que vive en un país montaraz y despoblado, mis compañeros eran muy estimables. La campechanía, la franqueza y la sencillez que rebosaban en ellos los hacían muy simpáticos. Aun ávidos por conversar con un europeo (que en estos duros tiempos del bloqueo es una rara avis) su interés nunca me pareció ofensivo o desagradable.
Y aunque al principio, debido a mi primera experiencia con la ley de Lynch, tenía dudas en relación con mi seguridad personal, pronto fueron totalmente disipadas; pues me di cuenta muy pronto que si alguno me incomodara los demás me defenderían por un punto de honor.
Cenamos en una aldea llamada Gonzales a las 6:30. Después nos marchamos a las 8 PM en otro carruaje con seis caballos (animales grandes y fuertes) Como todos los caminos eran naturales estaban muy perjudicados por la lluvia. Nos entristeció mucho la noticia del imparable avance de Banks. La caída de Alexandría era más que probable.
Ibamos tan apretados que resultaba intolerable, y eso que yo no sufría tanto como los gordos o los largurichos. Todos llevaban su cruz de la manera más alegre y jovial.
Mi gordo via a vis (desesperado) mudo lugar conmigo, pues mis dos compañeros de banco eran mucho más delgados que él, y me vino muy bien ese cambio a un asiento trasero.
29 abril- Extenuado y todo como estaba, conseguí dormir fenomenalmente bien anoche. Desayunamos en un lugar llamado Halletsville a las 7 AM y volvimos a cambiar los carruajes.
Después tomamos como nuevos acompañantes a cuatro soldados Confederados más, y con eso hacíamos 18. Sólo en este país se permitiría tal cosa.

El coche se bamboleaba como un navío en la mar gruesa debido al sobrepeso, siendo casi un milagro que no volcáramos. Se dice que cuando acaba un viaje por Tejas la pregunta no es “¿Te has puesto malo?, sino “¿Cuántas veces te has puesto malo?

Mis compañeros apreciaban mucho el valor de los braceros negros; y al parecer, en Tejas, un hombre en buenas condiciones costaba 2500 dólares, mientras que una tejedora experta valía 3500.

Aunque dos de mis compañeros habían prestado sus servicios en la muy dura campaña de Nuevo Méjico, no dejaron de decirme que para ellos pasar 48 horas como sardinas en lata en nuestro carruaje era peor que cualquiera de sus experiencias militares.

Vimos al pasar muchos algodonales y hermosos campos de maíz Indio, a pesar de que el granizo había estropeado buena parte de ellos.

Me contaron que un tercio de las tierras que antes se consagraban al algodón aún se destinan a tal artículo, quedando el resto para maíz, etc (Sólo en Tejas sigue plantándose tanto algodón)
Viajabamos por un país muy bello, colmado de robles y algodoneros. Se veían muchos vagones de algodón (algunos de ellos iban tirados por 14 bueyes o 12 mulas, maltratados con ferocidad por los conductores)

Cruzamos con algo de dificultad muchos ríos con cauces con mucho desnivel y comimos en una granja a las 2 PM.

Ya me he dado cuenta de que, en cuanto suena la campana, hay que precipitarse a la comida de uno a la velocidad del rayo y sin mayores ceremonias, pues de lo contrario no le queda a uno nada. Así de voraces se muestran los nativos con la comida cuando están de viaje. Rara vez las comidas duran más de 7 minutos.

Llegamos a Colombo a las 6 PM y nos libramos de la mitad de nuestros pasajeros. Estos pueblos tejanos consisten de una plaza grande con un Juzgado bien construido en una acera y un hotel en la opuesta, ocupado el resto por tiendas de madera. La guerra ha interrumpido la prometedora prosperidad aparente; pero todo el mundo vaticina que se cuando se firme la paz vendrán muchos inmigrantes a Tejas.
Cruzamos el río Colorado y llegamos a Alleyton, nuestro destino a las 7 PM.
Esta pequeña aldea se fundó hace tres años, por su emplazamiento al final del trayecto del ferrocarril. Estaba atestada de viajantes y de especuladores de algodón; no obstante, y como un privilegio especial, el alemán gordo y yo pudimos compartir cama. Me tendí en el lecho con la ropa puesta (bien entendu) y me dormí en 5 minutos. En el mismo cuarto había tres camas más, con dos ocupantes cada una.
De San Antonio a Alleyton hay 140 millas, unas 46 horas de viaje.

30 de abril. Hoy he conocido por primera vez los ferrocarriles Tejanos. En este país donde (al menos en teoría) nadie es más que nadie, y toda mujer (blanca) recibe el tratamiento de señora, no hay más que una clase. El tren con destino a Alleyton consistía en dos largos vagones, con capacidad para 50 personas. El interior es como el ala de una Iglesia, con 12 asientos en cada lado, para dos personas cada uno. Los asientos son mullidos, y parecían lujosísimos después de lo de la diligencia.
Antes de partir la máquina da dos resoplidos previos, y un grito del oficial “todos a bordo” avisa a los pasajeros; pues de inmediato la locomotora se lanza hacia delante bruscamente.

Aquí no existe paternalismo alguno y se permite a cualquier pasajero saltar del tren sin que los empleados del ferrocarril lo impidan, dejando a su buen sentido la posibilidad de que se fracturen brazo, cuello o pierna. La gente salta continuamente al tren y del tren en marcha y también de uno a otro vagón. No hay ninguna barrera u otro obstáculo que impida que los “humanos” o el ganado hagan eso.

Dejamos Alleyton a las 8 AM y comimos (mal) en Richmond a las 12:30. En este pueblo me presentaron a un hombre de aspecto lamentable, con raidas ropas negras y un sombrero medio roto “stovepipe”. Era el Juez Stockdale, que con toda probabilidad será el próximo gobernador de Tejas. Es hombre agradable, cuya conversación es muy superior a su indumentaria. El candidato rival es el General Chambers, según entendí, que se ha hecho muy popular con el siguiente eslogan electoral: “Soy partidario de que los soldados casados puedan ver a su familia un mes al año con poco, y los solteros deben tomar su lugar en las filas. Tenemos que reducir el sufrimiento del pueblo”.
Richmond está en el río Brazos, que se cruza de modo en extremo peculiar. Una pronunciada pendiente conduce a un puente frágil y de escasa altura y en la orilla opuesta hay una pendiente similar. La locomotora marcha a todo vapor, tomando suficiente ímpetu como para remontar la primera pendiente, el puente y la segunda pendiente. Pero incluso en Tejas se considera poco seguro cruzar un río de esta guisa.
Después de semejante operación, el ferrocarril transita por tierras fecundas que son parte de la finca del fallecido Coronel Terry. Hay no menos de 200 negros en la plantación. En algunos de los campos se planta algodón y maíz indio, con tres hileras del primero entre dos hileras del último. También vi campos mixtos de azúcar y algodón.

Cambiamos carruajes en Harrisburg y completé mi viaje a Houston en un vagón de algodón.

El terreno que rodea a Houston es muy bello, repleto de pajares. Llegué a Houston a las 4:30 PM y me encamine al Hotel Fannin House. Houston es mucho mejor de lo que esperaba. La calle principal se enorgullece de muchas casas de madera y metal bien diseñadas. La ciudad estaba repleta de refugiados la ciudad de Galveston, que había sido evacuada.

Después de una cena no demasiado notable, me presentaron al teniente Lee, un héroe herido, que perdió su pierna en Shiloh y también al Coronel Pyron, un distinguido oficial, que manda el regimiento que lleva su nombre.

Después el obeso teutón, Mr Lee y yo acudimos al teatro.

Como un favor especial se respetaron mis prejuicios Británicos y me dejaron una cama para mí sólo; pero las otras cuatro tenían dos ocupantes cada una. Un capitán, que había conocido en los carruajes, dormía en la cama que estaba al lado mío. Después de meternos en la cama se nos acercó andando en cuclillas un negro que se situó entre las dos camas y empezó a limpiarnos las botas. El Sureño, señalando al esclavo, dijo “bueno Kernel, se que tenéis criados en vuestro propio país, pero no de ese color. Pero mire, señor, es un Africano de pura cepa. Feliz y contento el día entero; y si estuviera en una plantación estaría bailando hasta las tantas. Pero junta a mil de ellos, haz que les caiga un cañonazo cerca, y saldrán pitando…”. El negro sonrió, y parecía halagado.
1 de mayo, viernes- Me reuní con el General Scutty, que sufría una oftalmía. Cuando le di la carta de recomendación del General Magruder, insistió en que viviera con él mientras parara por aquí. También telegrafió a Galvestón para ordenar un Vapor que me sirviera de transporte.

Almorzamos a las 4 PM, asistieron el Coronel y el Juz Terrill, un hombre agudo y agradable, el Coronel Pyron, el capitán Wharton, el general de intendencia Watkis, un apuesto muchacho, héroe del Paso del Sabine, y el Coronel Cook, que mandaba la artillería de Galvestón, habiendo prestado servicio con anterioridad en la armada Federal, que es reputado ferviente predicador Metodista y osado oficial. Este último me dijo que no se creía del todo que fuera inglés, pues pronunciaba bien todas las haches. El General Scurry es un mimo notable y muy divertido. Nos contó interesantes anécdotas bélicas. En tiempos de paz ejerce de abogado. Fue un Comandante voluntario en la guerra con Méjico y se distinguió en las campañas de Nuevo México y Arizona y en la reconquista de Galveston.

Después de comer se brindó a la salud de la Reina. Y todos expresaron su admiración por la Soberana y su máximo respeto por la Constitución Británica. Todos afirmaron asimismo que el sufragio universal no acarrea tan lamentables consecuencias en el Sur como lo hace en el Norte, debido a que la población del Sur está muy dispersa, y al ser los blancos la raza superior, componen una suerte de aristocracia.

Todos deseaban que pospusiera mi viaje a Galveston hasta el lunes, con el fin de que me acompañaran algunas damas, pero tuve que ser inflexible en este punto, pues debía cruzar el Missisipi sin más demora. Todos estos oficiales desdeñaban los sables, y consideraban las carabinas de doble cañón paralelo y los revólveres las mejores armas para la caballería.

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 Asunto: Re: Tres meses en los Estados del Sur.
NotaPublicado: Sab Feb 26, 2011 5:33 pm 
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2 de mayo Sabado. Como el vapor aún no había arribado esta mañana, me fui en tren a Galveston. El General Scurry insistió en mandarme a su sirviente para acompañarme, para que conociera a un “negro aristocrático”. John era un tipo muy avispado, y a primera vista tan blanco como yo.

En los carruajes me presentaron al General Samuel Houston, el fundador de la independencia Tejana. Me dijo que nació en Virgina hace sententa años, que fue senador americano a los treinta y gobernador de Tenesse a los treinta y seis. Emigró a Tejas en 1832; encabezó la revuelta de Tejas, y derrotó a los mejicanos en San Jacinto en 1836. Después fue Presidente de la República de Tejas, que se anexionaron los EEUU en 1845. Como Gobernador del Estado en 1860, se opuso a la Secesión, y fue destituido por tal razón. Aunque no cabe duda de que se trataba de un hombre muy notable y perspicaz es ególatra y presuntuoso en grado sumo. Está palpablemente resentido por haber tenido que bajar de su pedestal. La ciudad de Houston se llama así en su honor. Es un hombre anciano, apuesto y de gran talla, muy dado a mascar tabaco y a sonarse la nariz con los dedos. Se me informó que falleció en Agosto de 1863.
También me presentaron a otro “tío” el Capitán Chubb, yanqui de nacimiento, que fue timonel del Navio Federal Java en 1827. Después fue preso en Boston bajo sospecha de haber participado en el tráfico negrero; posteriomente se evadió. Al comenzar la guerra los yanquis lo capturaron cuando estaba al mando del Vapor Confederado Royal Yacht, y fuer llevado a Nueva York encadenado con la intención de colgarle posteriormente por piratería; pero después fue parte de un intecambio de prisioneros. Después me contaron que su delito consistía en contratar una tripulación de negros libertos en Boston y luego venderla (sin demasiados escrúpulos) en Galveston.
A la 1 PM llegamos a Virginia Point, una cabeza de puente en los confines de esta tierra. Aquí estaba acampado el batallón de Bate- denominado también “los ángeles del pantano”, debido a la fangosa naturaleza de su campamento y a sus hábitos predatorios e irregulares.

El ferrocarril atraviesa un estrecho manantial (llamado Galveston Bay) mediante un puente de dos millas de largo; este lleva a otra cabeza de puente en Galveston Island y en pocos minutos se llega a la ciudad.

En el tren me llegó un mensaje telegráfico del Coronel Debray, al mando en Galveston. “Podría pasar el Coronel Freemantle la noche en la humilde vivienda de un Rebelde sufridor del bloqueo”. Respondí “será un placer”. Y me recibió en la estación el Capitán Foster, de su Estado Mayor, que me condujo en ambulancia a su cuartel general, emplazado en el domicilio del Obispo Católico. Me recibieron dos afables sacerdotes franceses y el propio Coronel.

Comimos a las dos, pero pronto nos interrumpió un carretero exasperado que venía a quejarse de un ultraje de los militares. Al parecer tan pronto como abandoné los carruajes un Tejano semiborracho del regimiento de Pyron había dado el alto a este hombre, y como se negó a parar el Tejano le disparó 5 veces con su “seis tiros”, el último de los cuales acabó con el caballo del carretero. El capitán Foster, que es natural de Luisiana y siempre se muestra muy sarcástico con Tejas, dijo que probablemente se ahorcará a ese hombre, pero sobre todo por tener tan mala puntería.

Después de comer el Coronel me llevó al observatorio que ofrece una buena panorámica de la bahía, el golfo y la ciudad.

Galveston está emplazada cerca del borde oriental de una isla de 30 millas de longitud por 3 y media de ancho. Sus casas están bien diseñadas; sus calles son largas, rectas y bordeadas de árboles; pero la ciudad ofrece un aspecto desolador debido al bloqueo Federal e impera la ley marcial. La mayoría de sus casas están vacías y se aprecian en ellas muchas secuelas del impreciso fuego de los navíos Federales la pasada noche del 1 de enero.

La bahía de Galvestón tiene poco calado, a excepción de un estrecho canal de 100 yardas justo en frente de los abandonados muelles. La entrada al canal está en el borde nororiental de la isla, en el que se están construyendo nuevas fortificaciones. También se halla bloqueado con pilares, torpedos y otros impedimentos.

Los navíos que ejercían el bloqueo se veían sin dificultad a cuatro millas desde la costa: consistían en cuatro cañoneras, un deslucido vapor y dos buques de carga.
Los restos del vapor algodonero Neptuno (destruido en su ataque al Harriet Lane) estaban al lado de uno de los muelles. El del Westfield (el que reventó su Comodoro Yanqui) estaba en Pelican Island.

La noche del 1 de enero el General Magruder entro de repente en Galveston, emplazó su artillería de campaña a lo largo de los muelles, y abrió fuego inopinadamente en la oscuridad sobre los buques de guerra Federales que se hallaban a unas cien yardas. Pero tan potente (aunque imprecisa) fue la réplica de los buques, que hubo que retirar los cañones. La ofensiva del Coronel Cook sobre un regimiento de Masachussets que se había hecho fuerte en el extremo de uno de los muelles, fracasó asimismo, y los Confederados pensaron “que habían recibido una buena soba”. Pero después del alba la afortunada y oportuna rendición del Harriet Lane al algodonero Bayou City, y la extraordinaria actuación del Comodoro Renshaw tornaron un palmario revés confederado en la reconquista de Galvestón.

El general Magruder merece los mayores elogios por su bravura al haber atacado una escuadra fuertemente armada con unos pocos cañones de campaña y dos vapores de río “blindados” con balas de algodón, con una “tripulación” de jinetes Tejanos.
A caballo con el Coronel Debray inspeccionamos los Fuertes Scurry, Magruder, Bankhead y Point. Las fortificaciones las han sido muy ingeniosamente concebidas por el Coronel Sulokowski (que sirvió en el ejército Austriaco) Trabajaban afanosamente en ellas 150 blancos y 600 negros bajo la dirección de dicho oficial. Los plantadores de la zona habían arrendado a los negros.

Aunque los buques yanquis pueden acercarse sin problemas a 3 millas de las fortificaciones y aunque supuestamente un proyectil siempre hará “salir pitando a los negros”, llevan sin abrir fuego bastante tiempo. Y en verdad se produjo dicha estampida con posterioridad, cuando los buques lanzaron dos o tres cañonazos. Los negros se echaron a correr, mostrando signos del mayor pavor, y dos de ellos se internaron en el mar y por desgracia se ahogaron. Ahora ya es tarde para hacer experimentos, pues cañones pesados apuntan a los navíos de guerra. Por razones obvias no voy a dar aquí detalle alguno de las fortificaciones.

El Coronel Debray es un fornido francés y un buen tipo. Me contó que emigró a América en 1848: formó una compañía en 1861, siendo un simple soldado raso; después le nombraron ayuda de campo del gobernador de Tejas, con rango de brigadier general; después fue Comandante de Infantería, ascendió a Teniente Coronel de caballería y es ahora Coronel.

El Capitán Foster está propiamente en el Estado Mayor de Magruder, y no es mal lugar. Los yanquis destruyeron totalmente sus posesiones en Nueva Orleans.
Por la noche fimos a un baile organizado por el Coronel Manly y pase un rato muy agradable. Bailé un cotillón americano con Mrs. Manly; era un ejercicio violento, y no se parecía a nada que hubiera visto antes. Un caballero se destaca gritando los diferentes pasos que hay que realizar, y todo el mundo obedece sus órdenes con seriedad y energía. El Coronel Manly es todo un señor de Carolina; las mujeres eran muy atractivas, y estaban bien vestidas considerando el Bloqueo. Seis desertores del ejército de Banks llegaron aquí hoy. Parece que avanza imparable, y que la resistencia del puñado de Confederados del Condado de Teche es infructuosa.

A Banks se le desprecia mucho como soldado, y siempre le llaman los Confederados “Mr Comisario Banks” debido a lo bien que desempeñó ese oficio para “Stonewall” Jackson en Virginia. El oficial que se supone que manda de verdad a los Federales es Weitzel; y todos le tienen en consideración de buen soldado, hombre capaz y que conoce bien el país donde actúa

3 de mayo (domingo) Estuve bastante tiempo en casa de Mr Lynn el Consul Británico, que me comento que le era difícil tener noticias del exterior y que no había visto a un militar británico desde el asunto de la Inmortalité.

A la 1:30 vi al regimiento de Pyron embarcarse hacia Niblitt Bluff para enfrentarse con Banks. Este cuerpo se compone ahora de caballería desmontada, y resultaban un tanto cómicos. Primero los encabezaba la cacofonía de 10 instrumentos discordantes, después una enorme bandera Confederada, seguida de cuatrocientos hombres moviéndose en filas de a cuatro, vestidos de todas las maneras imaginables, y armados con armas de lo más variopinto, 60 tenían mosquetes Enfield; otros llevaban escopetas, carabinas, o rifles largos de manufactura tan anticuada como peculiar. No vi a nadie llevar espada ni bayonetas (todos tenían sus seis tiros y sus cuchillos Bowie. No obstante los hombres tenían un aire de arrojo y determinación; incluso vi a un bravo muchacho de 14 años, que llevaba en el ejército toda la campaña de Arizona. Muchos soldados se descubrieron ante los curas franceses, que aquí son muy respetados. El regimiento se considera de los mejores, junto con su comandante, al que se tiene por uno de los oficiales más valerosos del ejército. El viejo Houston arengó al regimiento antes de que embarcara. Al principio de la guerra era difícil reclutar infantería en Tejas, porque ningún tejano camina una yarda si puede evitarlo. Por ello había al principio muchos regimientos montados que hubo que desmontar posteriormente.

Al meterme en los carruajes para volver a Houston tuve casi que saltar por encima del cadáver del caballo al que había abatido el soldado ayer, ya que las autoridades no habían juzgado necesario apartarlo de allí.
Después regresé a la casa del general Scurry volví a Houston a las 4 30 PM. El general me llevó a dar un paseo en su calesa, y vi a numerosos negros y negras desfilando por las calles, vestidos de forma ridículamente elegante, sedas, satenes, sombreros emplumados, etc, que contrastaban de manera absurda con la sencilla indumentaria de sus amas. Muchos conducían los carruajes de sus amos, o montaban caballos que les prestan los domingos. Todos parecían muy felices y contentos.

_____ me dijo que el viejo Sam Houston vivió varios años con los indios Cherokees, que solían apodarlo “el Cuervo” o el “Gran Borracho”. Se casó con una “sqaw” india cuando vivía con ellos.

El Coronel Ives, ayuda de campo del Presidente, acaba de llegar de Richmond, y parece hombre agradable y bien informado. He decidido ponerme en camino de Shrieveport mañana, ya que no se puede asegurar si Alejandría caerá o no.

4 de mayo (lunes) El “criado” del General Scurry “John”, ha sido muy atento desde el momento en que lo conocí. Le regalé mis ropas de noche, lo que me agradeció vivamente; y estreché cordialmente su mano al irme, que aquí parece la costumbre. Los caballeros del sur suelen tratar a sus esclavos con extraordinaria llaneza y deferencia. John me dijo que el General le dejaría comprar su libertad en el momento que quisiera. Es barbero de oficio, y estaba ganando mucho dinero cuando insistió en reunirse con su amo y acompañarle a la guerra.

Abandoné Houston en tren para ir a Navasoto a las 10 am. El capitán Andrews me acompañaría hasta allí: iba a ir con un destacamenteo de caballería para requisar una cuarta parte de los negros de las plantaciones para trabajar en las fortificaciones de Galvestón, pues los plantadores se habían hecho los remolones a la hora de entregar a sus morenos.

Llegué a Navasoto (70 millas) a las 4 PM donde tomé una diligencia para Shrieveport (250 millas) Partí a las 4 30 pm, después de tener una pequeña reyerta con un hombre por un asiento en la esquina, y de tener que atizarle.

Era el mismo tipo de vehículo que el de San Antonio (8 personas dentro) Por la noche hubo una tormenta de rayos.

5 de mayo (martes) Desayunamos en Huntsville a las 5 30 am. Los Oficiales Federales capturados en Harriet Lane están recluidos en la penitenciaría de allí, y no se les da tratamiento de prisioneros de guerra. Parece ser la norma con los oficiales desde que los Norteños han llamado a negros a filas.

Mis compañeros de viaje eran en su mayoría ancianos plantadores o políticos, y un juez de Luisiana. Uno de ellos sacó un par de botas que le habían costado 100 dólares. Otro me mostró un gorro de dormir que le había costado 40 dólares. En Houston vi con mis propios ojos una espada reglamentaria de infantería inglesa que se vendía a 224 dólares.
Como no abundaban los militares mis compañeros relataron con horror las depredaciones que habían cometido en esta parte del país sus propias tropas a medida que marchaban.

Marchábamos por un país muy boscoso, lleno de pinos y robles. La carretera era mala: cruzamos el río Triniti a las 12, y comimos en casa de un tipo de mala reputación, un ministro Cambeliita, a las 4:30 PM. La comida consistía invariablemente en tocino, pan de maíz y manteca y costaba un dólar.

Llegamos a Crockett a las 9:30 PM, donde nos detuvimos unas horas. Al juez de Luisiana y a mi se nos ofreció una cama sucia. El Juez, siguiendo mi ejemplo, puso en ella las botas y lo demás, y señalando al negro asistente comentó que “ellos estaban más claros que la puñetera cama”.

Antes de llegar a Crockett, pasamos por el campamento del regimiento de Rangers del Philipps, y fuimos motivo de muchas bromas. Iban a vérselas con Banks.
6 de mayo (miércoles) Dejamos a todos los pasajeros en Crockett menos al Juez, un funcionario del Gobierno y el ex-contramaestre de la Harriet Lane, que estaba tripulada por Confederados desde que fue capturada; pero la habían desmantelado con posterioridad, y enviaron a Shrieveport a su tripulación para destinarla en el acorazado Missouri, que estaba todavía en los astilleros.

La comida que nos sirven en el viaje es buena para mantenernos con vida; cerdo o tocino, pan de maíz indio, y una mezcolanza muy peculiar que se llama Café Confederado, hecho a base de centeno, maíz indio y patatas dulces; la carencia de café desanima a los Confederados todavía más que la de alcohol; y se devanan los sesos para encontrar sucedáneos, sin demasiado éxito.

El mismo país que ayer, grandes pinares y robledales, y de tanto en tanto campos de maiz Indio, con árboles talados mediante la técnica de cortarlos en círculo cerca de las raices. A las 3 PM recibimos a cuatro pasajeros más. Uno de ellos era el Major ----- cuñado de ------- el que ahorcó a Montgomery en Brownsville. Hablaba de la hazaña de su pariente con cierto orgullo. Me contó que sus tres hermanos habían perdido un brazo cada uno en la guerra.

Llegamos a Rusk a las 6:30 PM, y pasamos allí unas horas, pero a pesar del resplandeciente aspecto de las camas en el Hotel Cherokee, y a pesar asimismo de que gracias a la influencia del Mayor ------ tenía una para mí solo, aun así no consideré su apariencia tan acogedora como para quitarme la ropa.

7 de mayo (jueves) Nos pusimos de Nuevo en marcha a las 1 30 am en un carruaje más pequeño, pero por suerte con menos gente dentro, a saber, el juez, que también es parlamentario, un plantador de Missisipi, el contramaestre, el funcionario y el Capitan Williams de los Rangers.

Antes de que comenzara el día llegamos a un puente tendido sobre un arroyo llamado Mud Creek, que estaba en tan mal estado que todos tuvimos que bajarnos a echar una mano para cubrir con tablas los boquetes más grandes.

El funcionario nos informó que aún era un oficial comisionado como general adjunto a -------. Este último, al parecer, es un cruce entre un guerrillero y un ladrón de caballos, y según el propio relato de su adjunto, se desempeña igualmente bien en ambos oficios. Sus relatos sobre sus andanzas por Arkansas eran muy divertidos, aunque tal vez un tanto “picantes” para tratarse de un legítimo y verdadero militar.

El juez era un anciano muy considerado y agradable. Tanto él como el general adjunto estaban agotados por el viaje; pero resucité al primero con lo que me quedaba el Ron del Inmortalité. La salud del primero era muy precaria y no esperaba vivir ya demasiado; pero todavía espera llevarse por delante unos cuantos “tripas-azules” más antes de “ir al hoyo”.

A los soldados federales se los llama “tripas-azules” debido a sus uniformes azules y estos responden llamándoles “lomos-grises”.

El plantador de Missippi había dejado su finca cercana a Vicksburg para reitirarse a Tejas con los esclavos que le quedaban. El juez también lo había perdido todo en Nueva Orleans. Casi todos los hombres que se encuentra uno han sido arruinados por la guerra, pero todos hablan de ello con la mayor serenidad concebible. El capitán Williams era un montero alto y cadavérico, con la salud arruinada por la guerra. Hablaba del General Unionista Rosencrans con el mayor respeto, e hizo el siguiente elogio de las tropas noroccidentales mandadas por este último:

“¡Esos son unos norteños cojonu…; de la misma leche que nosotros. Esos no salen pitando, que va, esos no son como la caballería alemana, qué van a ser!”
(Los dragones alemanes a los que los Tejanos desprecian por su manera de montar)
Para mi sorpresa todos mis compañeros convenían en que, hace unos años, la mayoría de los hombres cultivados del Sur consideraban que la esclavitud era una desgracia y una gran injusticia, aunque lamentablemente seguía siendo necesaria en las actuales circunstancias. Pero la conducta entrometida y violenta de los odiosos abolicionistas había acabado siendo contraproducente, pues se había apretado aún más el yugo.
Mis acompañantes, pertenecientes a todas las clases sociales, no tenían empacho alguno en dialogar acerca su “peculiar institución” y querían que conociera tanto como me fuera posible de ella, para que me convenciera de que no es tan espantosa como se pinta y que no todos eran “Legrees” aunque no niegan que en muchos casos se dan malos tratos. No obstante me aseguraron que la comunidad desprecia a los que se sabe que tratan mal a sus esclavos. Y añadían que los yanquis que se instalan en el Sur son los peores amos; y todos son bien conscientes de que la esclavitud (que no es invento suyo, sino que heredaron de nosotros los ingleses), es y será siempre el mayor obstáculo para recibir la solidaridad del resto del mundo civilizado. Y he oído palabras como esas constantemente a lo largo de mi estancia en el Sur.

Todas las aldeas que veíamos al pasar estaban abandonadas con la excepción de las mujeres y los ancianos y su aspecto era triste y desolador. La tierra es arenosa y no muy fértil, pero hay buena madera.

En el camino conocimos a varios plantadores, que trataban de refuiarse en Tejas con su familia y sus negros. , ya que Luisiana había sido evacuada ante la ofensiva de Banks. Uno de ellos tenía no menos de sesenta esclavos de todas las edades y tamaños.

A las siete se nos sumaron, para desgracia nuestra, tres soldados tejanos corpulentos, patilargos, sucios y apestosos, y pasamos la noche como se puede imaginar. Los Tejanos no son dados a ofenderse cuando ven que no hay intención de tal; porque nada más entrar ellos, no pude contenerme y le dije al Juez, en referencia al repulsivo sujeto que ocupaba el asiento central y tan incómodos nos hacía sentir a ambos: “le digo, Señoría, que este caballero tiene las piernas más largas que jamás he visto” “¿Verdad que sí?” Dijo el Juez. “Y tiene la p… espalda más dura que jamás he sentido”. El tejano parecía divertido con estos comentarios sobre sus características físicas, y nos pidió disculpas por ellas. Cruzamos el río Sabine a las 11:30 PM.

Llegamos a Marshall a las 3 AM y dormimos cuatro horas. Después tomamos el ferrocarril 16 millas y nos metimos en otra diligencia.

Entramos en el Estado de Luisiana a las 11 am. Llevaba un mes de viaje y no había salido de Tejas. A las 3 PM estábamos en Shreveport; y después de lavarme por primera vez en cinco días, llamé al General Kirby Smith, que está al mando de todo el país en esta orilla del Missisipi.

Es natural de Florida, graduado de West Point y prestó servicio en la caballería Federal. Sólo tiene 38 años; y ha ascendido tan rápido a Teniente General a causa de haber caído con mucha suerte, en el momento justo, sobre el flanco yanqui en la primera batalla de Manassas. (Que los yanquis llaman Bull Run)

Es un hombre activo y simpático, muy educado; lleva barba negra y unas gafas enormes. Su mujer es extremadamente hermosa, natural de Baltimore, pero lleva el pelo casi tan corto como un hombre. Por la noche propuso que fueramos al río a pescar. Lo hicimos con gran éxito, y el general se mostró de lo más entusiasta.

Me dijo que M´Clellan podía haber destruido cómodamente el ejército Sureño el primer invierno, sin correr excesivos riesgos, ya que los Sureños estaban demasiado confiados por su primer triunfo fácil en Manasas y su ejército había menguado.

Me presentaron al Gobernador Moore, de Luisiana, al Teniente Gobernador Hyams, y al gobernador de Missouri en el exilio, Reynolds.
El Gobernador Moore me contó que había estado en el Red River desde 1824, que desde esa fecha hasta 1840 ha sido muy insalubre. Cree que Dickens debe haber pensado que el “Eden” era Shrieveport. Creo que aquí se equivoca el gobernador, siempre he entendido que el Eden era Cairo.

El gobernador Reynolds, de Missouri, me comentó que su situación era la de un potentado exiliado de sus dominios; pero me mostró una arenga que dirigió a los ciudadanos de Missouri, donde les prometía que les acompañaría al frente de un ejército para liberarles de sus opresores.

Shavenport es un lugar muy decente emplazado en el Red River. Tiene 3000 habitantes, y es al presente la sede de la legislatura de Luisiana. Pero sólo han llegado 28 miembros de la cámara baja, y el quórum mínimo es de 50.

El río es ahora ancho y rápido, y lo surcan enormes vapores. Sus riberas son bajas y muy fértiles, aun que se tienen por muy insalubres.

El General Kirby Smith me aconsejó ir a Munroe, para tratar de cruzar el Missisippi desde allí; tenía tantas dudas sobre la situación en Alejandría que temía enviar a un vapor tan lejos.

Oí hablar mucho en esta casa de la última incursión Federal en el Missisipi (la de Grierson) que parece haber sido un calco de las operaciones de un John Morgan (Nota del Traductor: famoso pirata) con la salvedad de que la incursión federal recayó sobre un país escasamente poblado y privado de su población masculina.

9 de mayo (sábado) Reanudamos la marcha en la diligencia destino Munroe a las 4 30 am. Mis acompañantes eran el plantador de Missisipo, un dentista chalado de Nueva Orleans, al que por cortesía le llamamos doctor, un anciano de Matagorda, con la intención de comprar esclavos baratos en Luisiana, y un oficial y un soldado, ambos heridos.

El soldado era un joven muy espabilado de Missouri, que me contó, igual que otros antes, que al comenzar este conflicto, tanto él como su familia eran Unionistas convencidos. Pero que debido a la coerción empleada por los partidarios de Lincoln no les había quedado otra que elegir bando , y ahora no hay secesionistas más fanáticos que ellos. El soldado, Mr Douglas, iba a reunirse con el ejército de Bragg. Un soldado Confederado no recibe la licencia cuando es herido, sino que se le destina a un empleo que aún tenga la capacidad de desempeñar. Mr Douglas no estaba en muy buenas condiciones, pero se le destinará a la caballería o como escribiente.

Pasamos a través de varias plantaciones fértiles y de gran extensión. Las cabañas de los negros formaban pequeños pueblos y parecían muy cómodas; en algunos de ellos vivían de 150 a 200 braceros. Posteriormente atravesamos hermosos pinares, y pasamos en barca a través de un hermoso lago poco profundo rodeado de cipreses, pero con pocas semejanzas con los cipreses europeos.

Pudimos ver un buen número de plantadores que llevaban consigo a Tejas sus esclavos, sus familias y sus haberes, de hecho, todo lo que habían podido salvar de la perdición que fue para ellos la incursión de las tropas Federales.

A las 5 PM llegamos a una aldea encantadora, llamada Mindon, donde conocí a un mecánico ingles que lamentaba haber sido tan necio como para nacionalizarse, ya que temía que lo llamaran a filas en cualquier momento.

Ahora aguanto impávido los horrores del viaje en diligencia. Ya no me encojo lleno de pavor ante cada lluvia ocasional de tabaco mascado; tampoco siento escalofríos cuando me ofrecen amablemente un poco. Como con avidez el tocino necesario para mi supervivencia, y mis compañeros de viaje siempre me tratan con la mayor amabilidad y consideración. Algunas veces un hombre señala que es un poco “mezquino” por parte de Inglaterra el negarse a reconocer al Sur; pero siempre puedo callarle respondiendo que una nación que realmente merezca su independencia debe luchar y ganarla por sí misma- y todo el mundo está de acuerdo con ese parecer.

10 de mayo (domingo) Pase muy mala noche debido al mal estado de la carretera, el traqueteo del carruaje y el tener que ocupar un asiento central.
Esta mañana todas las personas que nos hemos encontrado nos han dado la noticia de la toma de Alexandria.
El camino estaba hoy repleto de negros, que están siendo “transportados” a Tejas fuera de los dominios de Bank. Debemos habernos encontrados con cientos de ellos, así como con muchas familias de plantadores, bien dignas de compasión, sobre todo las señoras.
Cuando estábamos cerca de Munroe pasamos al lado del Campamento de la división de Walker, compuesta por 8.000 soldados, que se dirigía a Arkansas para enfrentarse a Banks. La división se había embarcdo en vapores, y ya había comenzado la “Wachita” hacia el Red River, cuando llegaron las nuevas de la caída de Alexandía, y la presencia de las cañoneras Federales cerca del la propia Wachita. Esto ocasionó el desembarque y la vuelta precipitada de la división de Walker. Los hombres estaban bien armados con rifles y bayonetas, pero llevaban andrajosas ropas de civil. El anciano hombre de Matagorda reconoció a un hijo suyo en uno de sus regimientos: un chico perfecto.
Munroe se halla en la “Wachita” que se pronuncia Washtaw, que es un arroyo amplio y muy lindo. Después de cruzarlo llegamos al hotel por la noche.
Allí reinaba una confusión universal; el lugar estaba atestado de oficiales y soldados de la división de Walker y nadie nos hizo el menor caso. Desesperado invoqué al General Hebert, al mando del puesto. Le dije quien era y le di mi carta de recomendación que por suerte me había dado Kirby Smith. Le hice ver la difícil situación en la que estaba y le imploré que me diera un lugar para pasar la noche, e inmediatamente me ofreció su propia casa.
La dificultad de cruzar el Missisipi parecía aumentar a medida que me acercaba a él y el General Herbert me dijo que difícilmente podría cruzarlo por aquí. Las cañoneras yanquis se han abierto paso a través de Vicksburg y Port Hudson, imponiendo su ley tanto en el Missisipi con en el Red River, y algunas se dice que están incluso a la entrada de Wachita. Un pequeño fuerte en Harrrisburg es lo único que impide que se presenten también en Munroe.
Por otro lado, las fuerzas del enemigo estaban cerca de Delhi, a sólo cuarenta millas. Había 40 o 50 desertores yanquis procedentes del ejército que está asediando Vicksburg. Cuando se les preguntaba sus razones para desertar, respondían por lo común: “nuestro gobierno nos ha engañado. Nos alistamos para pelear por la Unión, no para liberar a los p…. negratas”.
VIcksburg dista de aquí 80 millas.
Acaban de llegar aquí las nuevas de la victoria del General Lee en Chancellorsville. No se han recibido con demasiado entusiasmo, parecía que se daba por sentada; sin embargo todos están muy apenados por la grave herida de Stonewall Jackson.
(N del T. Stonewall Jackson: excelente soldado sureño, fenomenal en el plano táctico, fanático religioso y valiente como él sólo. Para algunos historiadores militares el único genio militar verdadero de la Guerra de Secesión, junto con Sherman)
11 de mayo, lunes. El General Hebert es un criollo de buena presencia. (A los descendientes de los colonos franceses se los llama criollos. La mayoría hablan francés, y he conocido muchos regimientos de Luisiana que hablan dicha lengua) Fue un graduado de West Point, y prestó servicio en el ejército Federal. Después llegó a a ser un próspero plantador. Solía ocupar la posición de Magruder como comandante en jefe en Tejas, pero ahora está destinado en Munroe, donde espera que le hagan prisionero de un día a otro; y como la situación aquí es desde luego muy sombría, no creo que sus expectativas a este respecto se vean defraudadas.
Se hallaba muy resentido con Inglaterra por su negativa a reconocer a la Confederación. Hay que decir que este militar es la única persona cultivada que he conocido en mis viajes por el Sur que hablaba con aspereza de Inglaterra. La mayoría de la gente dice que creen que estamos en nuestro derecho de no involucrarnos en la cuestión tanto tiempo como sea posible; pero otros piensan que nuestro gobierno da muestras de insensatez por desperdiciar tan espléndida ocasión de “machacar a los yanquis”, con los que nos vamos a querellar más tarde o más temprano.
Me facilito un pasaje para remontar el río en un vapor, que intentaría llevar provisiones a Harrisonburg; pero al mismo tiempo me informó de que lo más probable es que lo capturara una cañonera yanqui.
A la 1 PM me embarqué dirección Harrisonburg, que dista 150 millas navegables de Munroe y 75 por tierra. Está fortificada, y se considera que supone un escaso obstáculo para las cañoneras federales que se dirigen a Munroe por el río.
El vapor era uno de esos peculiares barcos fluviales Americanos, que se alzan airosos sobre el agua, como si fueran enormes castillos de madera. Un timonel guiaba el barco desde la cima del mismo, y este vapor en concreto estaba impelido por una hélice dispuesta en la popa.
El río es muy hermoso; de 200 a 300 yardas de ancho, de gran calado y muy tortuoso, bordeado por enormes árboles en sus orillas.
Nuestro capitán expresó desde el primer momento en términos muy expeditivos su extremada desazón por el resultado del viaje, y afirmó que esperaba encontrarse con una cañonera Federal en cada meandro.
Después de dejar Munroe, vimos una enorme plantación. Las cabañas de los negros ocupan una extensión superior a muchos pueblos Tejanos, y dan cobijo a 300 braceros.
Después de haber marchado una media hora, nos detuvo un ordenanza montado, denominado correo, que desde la orilla berreó estas agradables nuevas, “están peleando en Harrisonburg”. El rostro del capitán se puso gris al escuchar esto, y señaló que sería bien “cabezón” si se lanzara derecho a las fauces de un león, por lo que propuso regresar; pero la respuesta fueron los abucheos generalizados de mis compañeros de viaje, en su mayoría oficiales o soldados, que querían remontar el Mississippi para unirse a sus regimientos en los diferentes ejércitos Confederados.
Un muchacho muy agradable, más belicoso todavía que el resto, sugirió que puesto que teníamos algunos Enfields a bordo (N del T, mosquete estándar del ejército Federal, empleado también por los Confederados. Muy preciso a larga distancia por tener ánima estriada, se cargaba por la boca. Hoy son piezas de coleccionista. Un buen tirador podía hacer tres disparos por minuto) deberíamos “dar un poco de guerra” o por lo menos “hacer un agujero o dos a alguna cañonera”. Respiré aliviado cuando vi que la mayoría no recibió con entusiasmo tan descabellada proposición.
Las plantaciones que divisábamos a medida que remontábamos el río parecían muy prósperas; pero los signos de que se preparaba su inmediata evacuación eran visibles, y temo que su destino es ser desoladas o destruidas.
Cada 16 millas nos encontramos con un piquete. DE uno de ellos obtuvimos esta información “Las cañoneras han sido rechazadas” de lo que nos regocijamos en extremo. El capitán recobró el ánimo y el buen humor, ofreciéndose para darme cartas de recomendación a un “amigo mío de por allí, llamado Mr Farragu”; pero las siguientes nuevas “todavía hay follón”, hizo que nos amarráramos a un árbol a las 8 PM, al lado de una pequeña aldea llamada Columbia, a mitad de camino entre Munroe y Harrisonburg.
Después encendimos una hoguera, alrededor de la cual los pasajeros se pusieron en cuclillas a la moda Tejana, aportando un trozo de leña cada uno al tiempo que se debatía sobre los méritos relativos de las prisiones yanquis en Chicago o Nueva Orleans. Uno de ellos, al verme, me espetó “Vaya que sí “Kernel”, que como te pillen los yanquis estando con nosotros, dirán que andas en malas compañías, j…” salida que desencadenó carcajadas generales.
12 de mayo, Martes.- Después del alba llegaron tres negros de Harrisonbour, y nos informaron de que continuaba la refriega. Decían que estaban “mu zuztaos” y uno de ellos me aseguro que “era mejor ser un esclavo toda la vida que blanco y soldado”.
Por la mañana algunos de los oficiales y soldados abandonaron el barco, decididos a atajar por tierra hacia Harrisonburg, pero yo no iba a abandonar lo poco que quedaba de mi equipaje a menos que no hubiera otro remedio.
Por la mañana llegaron de Harrisonburg 12 negros más. Al parecer 300 de ellos, propiedad de plantadores locales, habían sido destinados al trabajo en las fortificaciones, pero todos ellos de consuno huyeron como el rayo al primer cañonazo. Su única idea al presente parecía ser volver con sus amos. Todos hablaban de los yanquis con el mayor desprecio, y expresaron sus deseos de no tener relación alguna con esa “gentuza”.
Nuestro capitán, sin demasiados escrúpulos, los empleó de inmediato en la tarea de remover obstáculos y acarrear madera para las calderas del barco.
No hicimos nada más que eso en todo el día, porque el capitán estaba asustado de seguir, y poco dispuesto también a volverse. Un nuevo motivo de alarma le sobrevino por la noche, a saber, que la caballería Federal había cortado la línea de correos confederados. Por la noche seguimos en la misma posición que la anterior, en dirección a la corriente, listos para partir en cualquier momento.
Uno de los pasajeros del vapor era el Capitán Barney, de la armada Confederada, que desde entonces, según creo, ha sucedido al Capitán Maffit al mando del Florida. Uno de los oficiales, habiendo sido demasiado atento con una señora, hubo de internarse en el bosque para huir de la ira de su protector, y no ha considerado aconsejable reaparecer. Mi jovial acompañante de estos días, el pobre chico de Missouri, se puso enfermo hoy, y me contó que tenía “una buena fiebre encima”. Le cuidé con algunas de las medicinas que me dio Mr Maloney y se puso mejor por la tarde.
Había piquetes en el bosque la pasada noche. Dos de mis acompañantes, desempeñando esa función, se encontraron con un negro, y haciéndose pasar por yanquis le pidieron que les acompañara; convino en ello, y hasta se ofreció voluntario para robar los caballos a su amo; después le dieron una paliza tremenda.
A las nueve PM, para sorpresa general, el capitán se decidió de pronto a descender por el riego al precio que fuera, pensando, en mi opinión, que cualquier cosa era mejor que permanecer en la incertidumbre de las últimas 24 horas.
Cuanto más avanzábamos, más bello era el paisaje.
A las 4 PM un paisano que estaba en la orilla nos aseguró que las cañoneras se habían retirado efectivamente; y a las 5:30 todas nuestras dudas quedaron despejadas, cuando divisamos la Bandera Confederada ondear orgullosamente en lo alto de Fort Bauregard, que dominaba todo el pueblo de Harrisbourg.
Tras desembarcar, presenté mi carta de recomendación del General Hebert al Coronel Logan, que está al mando del fuerte. Me presentó al ingeniero titular, un oficial alemán.
Me describieron el ataque y la retirada de cuatro cañoneras Federales capitaneadas por el Comodoro Woodford, que se suponía eran el Pittsburg, un navío acorazado, el General Price, el Arizona y otro.
El Fuerte Bauregard es una construcción mucho más formidable de lo que esperaba, y es obvio que se ha infravalorado mucho su fortaleza en Munroe.
En una colina de 190 pies de alto, que se alza justo en la parte trasera de Harrisonbourg, se han levantado fortificaciones y cavado trincheras. Está situada en un ángulo del río.
Después de que las cañoneras pidieran la rendición incondicional, demanda que fue recibida con enorme desdén por el Coronel Logal, abrieron fuego el Domingo a las 2 PM, y lo mantuvieron hasta las 6 30, disparando unos 150 proyectiles de 9 y 11 pulgadas. Las cañoneras volvieron a disparar alrededor de una hora la tarde del lunes, hasta que emprendieron la retirada al fin, quedando malparado el Arizona.



El fuerte disparó unos 45 proyectiles de 32 libras. Su alcance era de alrededor de una milla.
La guarnición pensó que habían conseguido que se desprendieran varias de las corazas de hierro del Pittsburg. Confiaban en que hubieran conseguido echar a pique los buques de madera si hubieran intentado forzar el paso; y como es natural estaban muy excitados con su éxito, en el que ciertamente no se confiaba mucho a bordo de mi vapor o en Munroe.
No tuve tiempo para visitar el interior del fuerte, pero pude ver el efecto de los proyectiles en el exterior. Los que cayeron en la arena no explotaron. Sólo resultaron heridos tres hombres de la guarnición. Me comentaron que la cubierta del Pittsburg estaba cubierta con un parapeto de balas de algodón para los fusileros.
El río al paso de Harrisonburg tiene unas 160 yardas de anchura, gran caudal, y corrientes moderadas. Puesto que la ciudad estaba situada entre el fuerte y los navíos, ha sufrido considerablemente durante el bombardeo.
Cuando las fortificaciones estén totalmente completadas presentaran un aspecto mucho más formidable.
Para nuestra alegría el Coronel Logan decidió que nuestro vapor continuara inmediatamente el viaje hacia Trinity, sobre el Missisipi, que está 15 millas más cerca que Natchez que Harrisonbourg. Llegamos allí a las 8 PM, y vimos que las cañoneras se acababan de ir, después de destruir toda la melaza y el ron que pudieron encontrar, y llevarse consigo varios negros.
Seis de nosotros tuvimos que embutirnos en un estrecho cuarto, y por este lujo tuvimos que pagar un dólar cada una a una vieja, muy desagradable y que nos dijo que “no quería ver soldados pues los Yanquis volverían a quemar su casa por haber dado cobijo a Rebeldes”. Siempre me toman por un oficial Confederado, en parte por ir en su compañía y en parte debido a mi indumentaria, que resulta ser un traje gris, de similar color al de las casacas de los soldados.

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"He aquí un verdadero Israelita, en quien no hay engaño alguno".


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 Asunto: Re: Tres meses en los Estados del Sur.
NotaPublicado: Sab Feb 26, 2011 5:34 pm 
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Y también rayos por el culo.
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Ubicación: No es este el hijo del carpintero?
14 de mayo, martes. Los oficiales y soldados, en número de veinte, que llegaron a Wachita en mi compañía, decidieron marchar a Natchez hoy, y no resulto nada fácil.
Como la orilla del Mississippi que pasa por Luisiana está completamente desbordada en esta época del año, y el río mismo está plagado de cañoneras federales, que han sobrepasado Vicksburg y Port Hudson, el paso sólo puede realizarse mediante una tediosa travesía en pequeños barcos a través ciénagas y pantanos.
Partimos de Trinity a las 6 am en una yola de buenas dimensiones y tres lanchas. En mi lancha iban ocho personas, además de un remero negro llamado “Tucker”. Teníamos que remar con turnos con este sujeto, y pronto descubrí a mi pesar el problema de estar sentado cerca de un morenito sudoroso. Este negro era un hombre muy recio, arrogante, y al que le gustaba recibir lisonjas. Me gané su corazón preguntándole si no valía 6000 dólares. Le mantuvimos al máximo de su capacidad todo el viaje a base de abrumarle con cumplidos sobre su fuerza y destreza. Un oficial le dijo que debería intentar casarse con su amante (una viuda) a propósito para que fuera su ama.
Después de remar durante 8 millas contra una de las tres corrientes que se unen y dan su nombre a Trinity, giramos a la derecha y nos introducimos en un denso pantano.
La espesura estaba tan enmarañada y era tan impenetrable que experimentamos grandes dificultades para abrirnos camino; después nos vimos forzados a meternos en el agua hasta la cintura y empujar, en tanto que la mayoría de la partida caminaba por un terraplén.
Después de dos horas y medio de semejantes esfuerzos tuvimos que llevar nuestras barcas a pulso sobre el terraplén hasta un pantano llamado Log Bayou, en razón de los numerosos troncos flotantes que se hallaban allí. Después cruzamos un lago grande y hermoso, que nos condujo a otro horrible fangal, casi tan enmarañado con el anterior. Aquí nos perdimos y varamos varias veces; pero al fin, tras denodados esfuerzos, nos abrimos paso y llegamos al Lago Concordia, una buena extensión de agua, de varias millas, y después tocamos tierra en la oscuridad en la plantación de Mr Davis. Estos fangales y pantanos están repletos de cocodrilos y serpientes de lo más venenoso. Vi a muchos de los primeros nadando expuestos a un tupido fuego de los seis-tiros; pero después se asustaron por el barco que iba en cabeza.
La yola y una de las barcas nos sacaron ventaja, y sus pasajeros llegaron a Natchez a eso de las 9 PM, pero la otra barca, que no estaba agraciada con un Tucker, se extravió en el fangal, y tuvo que pasar la noche allí con terribles dificultades.
El clima era muy desagradable, o hacía un sol de justicia o llovía a cántaros.
Recorrimos una distancia de 28 millas en la barca, lo que nos llevó 11 horas.
Cuando desembarcamos contratamos una pequeña carreta en casa de Mr Davis para llevar a Mr Douglas (el soldado herido de Missouri) y nuestro bagaje, y terminamos el día haciendo tres millas a través del profundo fango, hasta que, al fin, llegamos a un lugar llamado Vidalia, que está en la orilla de Luisiana del río, frente por frente con Natchez.
En Vidalia disfruté del inmenso lujo de tener una buena cama, y toda para mí solo, con lo que pude quitarme la ropa y las botas por primera vez en diez días. Nuestro hospedador nos dijo que tres de las cañoneras enemigas habían pasado ese día por allí; y que como sus tripulaciones tenían costumbre de desembarcar en Vidalia, aconsejaba a los soldados meterse en los bosques rápidamente por la noche.
Había dos reclutas a bordo de mi barca hoy, uno irlandés y otro polaco. En privado me confiaron que detestaban el oficio de soldados; pero al mismo tiempo reconocían el entusiasmo guerrero de las masas.
15 de mayo, viernes.- Casi dormí todo el trayecto del reloj después de las fatigas de ayer. Mr Douglas y yo cruzaron el padre de los ríos y desembarcaron en la orilla del Mississippi a las 9 AM.
Natchez es una pequeña y coqueta ciudad, de unos 6000 habitantes. Se levanta en lo alto de una colina desde donde se domina el Mississippi, que tiene tres cuartos de milla de anchura en este punto. Cuando llegué a Natchez alquilé un carruaje, y con la carta de recomendación que había llevado conmigo de San Antonio, me dirigí a la casa del Mr Haller Nutt, que dista dos millas de la ciudad.
El paisaje de Natchez es extremadamente hermoso, y el terreno es ondulado, repleto de bellos árboles. La casa de Mr Nutt me recordó a la hacienda de un hidalgo inglés, salvo por el detalle de que la casa es más bien como una pagoda, aunque bellamente amueblada. Mr Nutt era muy cortés, y deseaba enormemente que me quedara en Natchez unos días; pero ahora que ya estaba tenso por viajar, me decidí a seguir hacia Vicksburg, ya que las últimas noticias parecían indicar que se iban a desarrollar allí operaciones militares importantes.
Había pensado que mis problemas acabarían cuando llegará aquí, pero pronto descubrí que me había engañado. Natchez estaba llena de sombríos rumores. Se había realizado al parecer otra incursión yanqui Mississippi adentro, se han destruido más vías férreas y había dudas sobre si podría llegar a Vicksburg siquiera.
Sin embargo, como vi a otras personas tan dispuestas a seguir como yo, alquilamos un carruaje por 100 dólares para ir a Brookhaven, el punto más cercano al ferrocarril, que dista 66 millas de Natches.
Mis compañeros eran un gordo contratista del gobierno de Tejas, el soldado herido de Missouri, Mr Douglas y una mujer poco agraciada, esposa de un soldado de Vicksburg.
Partimos a las 12, y conducía un negro llamado Nelson; el carruaje y los tres coches le pertenecen, y aunque es esclavo trabaja por cuenta propia, aunque ha de abonar a su dueño 41 dólares por semana para tener ese privilegio. Era tan presumido como Tucker, y todavía más divertido. Nos decía que “no quería ver yanquis, ni ser más libre de lo que ya era” y pensaba que la guerra ya había durado cuatro o cinco años.
Preguntábamos con ansiedad a todo viajero que nos encontramos en el camino “¿Están los puñeteros yanquis en Brookhaven? ¿Es accesible el ferrocarril? Al principio tuvimos respuestas satisfactorias; pero a las 6 PM nos encontramos con un oficial que se dirigía a Natchez a toda marcha; nos dio la alarmante información de que se iba a evacuar Jackson de un momento a otro. Como Jackson es la capital de este estado, un gran nudo ferroviario y desde allí se parte a cualquier lugar civilizado de por aquí, se puede imaginar uno muy bien como nos sentíamos, pero no pensamos que fuese posible. Por otro lado nos dijeron que el General Joseph Johnston había llegado y tomado el mando en el Mississippi. Parece un oficial en el que todo el mundo deposita una fe sin límites.
Dormimos en una granja. Los varones estaban en la guerra, y no se puede exagerar la desgraciada condición en la que han quedado las mujeres; carecen de ropa, no pueden comer nada más que el tocino más nauseabundo, y se hallan en constante incertidumbre sobre el estado de sus parientes, con los que no se pueden comunicar. Y con todo, los esclavos en su mayoría les son leales.


Nuestra anfitriona, aunque se hallaba en una situación deprimente, tenía unos modales excelentes, y era muy cultivada; muy superior a una mujer de su condición en Inglaterra.
16 de mayo sábado. Comenzamos al alba, con nuestros caballos en tan lamentable condición que apostábamos cuanto durarían (para gran indignación de Mr Nelson)
Desayunamos en otra pequeña granja a base de tocino especialmente duro, y “café” confeccionado con patatas dulces. Y con todo, a pesar de sus desdichas, los nativos estaban fanáticamente decididos a luchar hasta el último aliento por su independencia, y constantemente escuchaba esto: “esta es la guerra más injusta que han declarado a un pueblo hombres mortales”:
A las 11 AM descubrimos una gran congregación de negros, que habían sido empujados a los pantanos para huir de los yanquis, y que volvían a Luisiana.
A las 2PM un soldado herido nos informó de que desgraciadamente la incursión enemiga cayó sobre el ferrocarril situado a mitad de camino entre Jackson y Brookhaven, y que la propia Jackson había caído en sus manos. Nos dejó pasmados la noticia, y Nelson temía por la seguridad de sus pobres bestias; pero todos decidimos seguir costara lo que costara, y ver lo que acontecía. Paramos a cenar en otra granja, en la que había siete doncellas, sentadas en fila. Eran muy lindas, pero tímidas y vergonzosas como nunca había visto. Todas las jóvenes de esta nación son o muy desenvueltas o muy tímidas. Cuanto más avanzábamos, más ciertas resultaban las nuevas de la toma de Jackson. Pasamos la noche en el porche de un viejo granjero. Nos contó que le habían capturado en la incursión yanqui de Grierson hace tres semanas. Pensaba que las fuerzas yanquis ascendían a 1500 hombres; se llevaron todos los buenos caballos, dejando sus cansadas monturas detrás. Destruyeron los ferrocarriles, las propiedades del gobierno y las armas, y después dejaron en libertad a todos los hombres, tanto jóvenes como ancianos, pero no cometieron atrocidades. Así atravesaron el estado del Mississippi sin que se les ofreciera resistencia. Eran hombres de buen parecer de los estados del noroeste.
17 de mayo Domingo. Nos pusimos de Nuevo en marcha a las 4:30 AM y nos encontramos con cinco heridos, que habían sido apresados y puestos después en libertad bajo palabra por Banks, en Luisiana; confirmaron en todos sus extremos la caída de Jackson, lo que hizo que me sintiera especialmente desgraciado, con el sino de ser siempre interceptado por las tropas Federales, que se presentaron en Alexandria, en Harrisonbourg y ahora otra vez en Jackson. A las 8 AM llegamos a la pequeña ciudad de Brookhaven, llena de viajeros, especialmente soldados confederados deseosos de unirse a sus regimientos.
La brigada de Maxey nos abandonó por carretera para unirse al general Johnston, que se supone que está concentrando sus fuerzas en un lugar llamado Canton, no muy lejos de Jackson.
Me reuní con el capitán Matthews, el oficial que estaba al mando en Brookhaven, y después de presentarnos, me prometió ayudarme todo lo que pudiera para que lograra reunirme con el General Johnston. Después acudía a un templo metodista. Había un número considerable de soldados y muchas mujeres.
A medio día, cuando empezaba a estar muy deprimido por estar varado allí, llegó una locomotora de una estación llamada Haselburt, con las sorprendentes nuevas de que los yanquis habían abandonado repentinamente Jackson, después de destruir todos los bienes públicos y buena parte de los privados. Eso nos levantó el ánimo.
18 mayo lunes: cuando me levanté esta mañana, todo parecía muy incierto, con mil informes y rumores contradictorios flotando en el aire. A las 8 en punto me reuní con el Capitán Mathews, y le expresé mí más ávido deseo de reunirme con el ejército de Johnston a todo trance. Me presentó amablemente al maquinista de una locomotora, que se prestó a llevarme a pocas millas de Jackson, si teníamos la suerte de no ser interceptados por el enemigo, lo que era muy probable. A las 9 AM tomé asiento junto con 20 soldados, cerca del motor, y nos pusimos en marcha hacia Jackson.
Después de llegar a Crystal Springs, a medio camino de Jackson, nos encontramos con la división del General Loring que estaba cruzando las vías y dirigiéndose al este. La habían derrotado, perdiendo buena parte de su artillería hace tres días, y había perdido la conexión con el General Pemberton.
A las 5 P.M el conductor detuvo el motor, y nos dejó en un punto que distaba nueve millas de Jackson, y como no podría procurarme cobijo ni alimento ni medios de transporte allí, mi situación no era muy halagüeña.
En este punto llegó a caballo un chico francés y se ofreció a llevar mis alforjas por lo menos hasta Jackson, si podía caminar y llevar el resto del bagaje. Acepté alegremente tan inesperada oferta, y caminé junto a la vía del ferrocarril, ya que me aseguró que los yanquis se habían marchado de verdad; y mientras duró la marcha me fue describiendo como se condujeron durante el breve tiempo en que ocuparon la ciudad. Después de llegar a tres millas de Jackson, me encontré con que el enemigo había destruido las vías del tren. Habían apilado las traviesas, y después colocado los raíles en capas justo encima; después habían prendido fuego a las primeras lo que había hecho que los raíles, al rojo vivo, se combaran; también habían prendido fuego a los puentes de madera, que todavía echaban humo.
Cuando estábamos a eso de una milla de Jackson nos topamos con cuatro hombres, que nos detuvieron y nos interrogaron de un modo muy suspicaz, pero al fin me dejaron seguir, diciendo que vivíamos “raros tiempos”.
Después de otra milla, llegué a una chapucera trinchera, llamada por cortesía “fortificaciones” de Jackson. Un pequeño combate se había entablado aquí hace cuatro días, cuando el general Johnston había evacuado la ciudad.
Cuando me introduje en esta trinchera llegué a un punto donde un buen número de yanquis habían vivaqueado; habían prendido fuego a gran cantidad de suministros y armas, todo cuanto no habían podido llevar con ellos, y aún estaban ardiendo, parcialmente destruidas. También pude ver gran cantidad de picas entre los restos.
Al llegar a la ciudad el zagal francés me llevó a casa de sus parientes y me entregó mis bolsas de viaje. Me contó que estos franceses habían sido muy maltratados, a pesar de su nacionalidad. Me mostró los muebles destrozados y me aseguró que les habían robado cualquier cosa de valor. Después me eché al hombro mis bolsas de viaje y caminé por las calles humeantes y desoladas hasta el hotel Bowman House. No había ido muy lejos cuando un señor con largos cabellos grises y un enorme revólver se me acercó y se ofreció a llevar mis bolsas de viaje. Después me preguntó quién era; y cuando se lo dije, se quedó pensativo unos momentos y después me espetó: “bueno señor, no quiero ofenderle, pero si en verdad es usted un oficial británico, no me cabe en la cabeza que demonios está haciendo en Jackson precisamente ahora”. No pude sino reconocer que el suyo era un pensamiento muy lógico, y que mi presencia en esta ciudad en llamas parecía un tanto excéntrica, más aún cuando no me quedaba otro remedio que reconocer que estaba allí haciendo turismo y por propia voluntad.
Mr Smythe, que así se llamaba este sujeto, me dijo que si era de verdad quien decía afirmar, recibiría un buen trato de cualquiera; pero que si no podía probar que era un oficial inglés pasaría algo no muy difícil de prever, lo cual hizo que se me hiciera un nudo en la garganta. Después Mr Sythe me dio a entender que de momento debía ser su prisionero. Me llevó a una habitación en el Bowman Hoyse, y me encontré súbitamente rodeado de un grupo de ansiosos y emocionados ciudadanos, convocados por Smythe para llevar a cabo mi interrogatorio.
Al principio no eran lo que se dice muy agradables. Analizaron mi indumentaria y dudaban de si era de manufactura británica. Algunos, que habían estado en Londres, me preguntaron sobre calles concretas de la ciudad y sobre mi regimiento. Otro noto que yo “era muu jové pa zé tenente coroné (sic)”
Cuando sugería que me trataran con el debido respeto al menos hasta que se probara que yo era un espía, me contestaron que su ciudad había sido brutalmente saqueada por los yanquis, y que había mucha gente sospechosa por aquí cerca. La cosa estaba adquiriendo tintes realmente amenazadores, y estaba cada vez más claro que estos hombres no se quedarían tranquilos hasta que dieran uso a una cuerda. Intenté en vano ver si alguno se ponía de mi parte, y ni siquiera conseguía que nadie se aviniera a examinar mi documentación.
En este momento crítico se presentó en escena un nuevo personaje, un hombre grande y robusto que me dijo, “me llamo Dr Russell, y soy irlandés, y odio al gobierno Británico tanto como a la nación inglesa; pero si realmente es usted un oficial de los Coldstream Guards haría cualquier cosa por usted; vendrá a mi casa y me cuidaré de usted”.
Enseguida mostré a este buen señor mi pasaporte y mis cartas de recomendación al General Johnston y a otros oficiales confederados; las autentificó, prometió defenderme y llevarme consigo al momento.
Pero viendo que los rostros de Smythe y sus amigos no expresaban precisamente contento ante esta solución, expresé mi determinación de quedarme donde estaba hasta que me liberaran las autoridades militares, a las que pedía inmediata audiencia.
Un oficial de caballería muy guapo llamado Capitán Yerger, llegó pronto, y me liberó al momento. Me invitó a casa de su madre y me prometió que me uniría a una brigada que marcharía al campamento del General Johnston la mañana siguiente.
Todos los ciudadanos parecían satisfechos del resultado de mi entrevista con el capitán Yerger, y la mayoría me estrechaban las manos y me invitaban a “un traguito” de un Whisky. Smythe, no obstante, era la excepción a la regla. Evidentemente pensaba que había hecho una gran presa, y no le gustó nada como resultó el asunto. Creo que pensará hasta el final de sus días que soy un espía; pero me comentaron que estaba especialmente resentido porque los yanquis habían quemado su casa hace dos días.
Me contaron que el Dr. Russell había salvado sus propiedades del saqueo de este modo: se había sentado en el porche, con una escopeta cargada de dos cañones apoyada en sus rodillas, y cuando llegaron los saqueadores se dirigió a ellos del siguiente modo: “Sólo se puede morir una vez, y nunca estaré más dispuesto a morir que ahora; no puedo hacer nada para evitar que entren en esta casa, salvo llevarme por delante de un tiro al primero que lo intente. Ahora caballeros, adelante. “
Al parecer este discurso libró de ulteriores problemas al señor Russell, y sus propiedades de la devastación que alcanzó a sus convecinos.
Jackson la capital del Estado de Mississippi, es un lugar de gran importancia. Es un nudo para cuatro ferrocarriles, ahora destruido en todas las direcciones en un tramo de por lo menos tres o cuatro millas. Lasa numerosas fábricas han sido incendiadas por el enemigo, con buenas razones militares; pero en el corto espacio de 36 horas, en las que el General Grant ocupó la ciudad, sus tropas saquearon desfachatadamente todas las viviendas particulares. Vaciaron igualmente todos los almacenes y echaron a perder lo que no se podían llevar. Y todo esto ha tenido que ocurrir ante los mismos ojos del General Grant, que constaba como huésped en el hotel Bowman House.
VI las ruinas del templo Católico Romano del lugar, de la casa del sacerdote y del principal hotel, todos aún humeantes, junto con muchos otros edificios que de ningún modo eran propiedad del gobierno Confederado. Toda la ciudad estaba en ruinas, y ofrecía un aspecto desolador.
VI las ruinas del templo Católico Romano del lugar, de la casa del sacerdote y del principal hotel, todos aún humeantes, junto con muchos otros edificios que de ningún modo eran propiedad del gobierno Confederado. Toda la ciudad estaba en ruinas, y ofrecía un aspecto desolador.
Nada podría superar el odio y la rabia con la que los indignados ciudadanos hablaban de los ultrajes recibidos, a sus deseos de venganza sangrienta, y de su esperanza de que se levantara la Bandera Negra. (Desde aquella fecha, la desgraciada ciudad de Jackson ha vuelto a ser objeto del saqueo de los Federales después de la toma de Vicksburg”. Dios sabe como el General Grant los ha convertido en Rebeldes buenos y leales.
A las 8 PM acudí a la casa del Capitán Yerger, y le encontré con el general Gist y otro oficial tendidos en el suelo boca abajo examinando un mapa. El Capitán Yerger me presentó a las mujeres de su familia, muy guapas, muy amables, y muy patrióticas. La casa es encantadora, y como está a las afueras de la ciudad ha tenido la suerte de escapar al saqueo y al pillaje. Después de la cena, las señoras tocaron y cantaron, y pasé un día muy agitado de la manera más agradable. El General Gist me prometió que acompañaría a su brigada mañana en su marcha para reunirse con el General Johnston, y la Mrs. Yerger insistió en que pasara la noche en su casa.
En esta parte de la nación parece la situación no es muy esperanzadora para la confederación. El General Joseph Johnston, que está al mando de todos los ejércitos occidentales, sólo pudo llegar a Tennessee el pasado miércoles, y al día siguiente ya se vio obligado a abandonar Jackson ante un ejército norteño muy superior en número, después de librar una pequeña batalla para proteger sus armas y bagajes.
El General Pembertón, que hasta ahora había ostentado el alto mando, recibe el vilipendio general. Fue derrotado el sábado en Baker´s Creek, y allí perdió parte de su artillería. Se ha tenido que retirar a Viksburg, y está ahora completamente atrapado allí por el victorioso Grant.
La Brigada del General Maxey, de unos 5000 hombres, estaba cerca de Brookhaven, y estaba marchando al este cuando llegué allí. Las fuerzas del General Loring, separadas de Pemberton, estaban cerca de Crystal Springs. El General Johnston, con unos 6000 hombres, se suponía que estaba cerca de Canton. Las tropas del General Gist, de unos 5000 hombres, se estaban acercando desde Carolina del Sur y Georgia, pero demasiado tarde para defender Jackson.
El enemigo mandado por el General Grant, con una fuerza muy superior numéricamente, estaba presionando con dureza sobre Vicksburg, y ahora la ha sometido a un asedio total. El objetivo principal de los Confederados debe ser, por descontado, unir sus dispersas fuerzas bajo el mando de un general tan capaz como Johnson para reducir la presión sobre Vicksburg.
19 de mayo Martes- El dueño del hotel Bowman House nos ofreció el desayuno a las 7 AM tanto al General Giff y a sus adjuntos como a mí que también fui invitado.
Poco después de eso me dieron asiento en un curioso vehículo de pequeñas dimensiones que pertenecía al teniente Martino, un español que prestaba servicio en el ejército Confederado. Ese vehículo causaba considerable hilaridad entre los soldados, que lo llamaban “vagón de pollos”.
Abandonamos Jackson con las tropas que iban en cabeza alrededor de las 8 AM, mientras la concurrencia agitaba sus pañuelos y nos caía una lluvia de flores lanzada por las pocas señoritas que quedaban en tan desolado lugar.
El cuerpo bajo el mando del General Gist consistía en tres débiles brigadas, la principal de ellas integrada por Georgianos y naturales de Carolina del Sur; la siguiente eran Tejanos al mando del General Ector; y la última gente de Arkansas, bajo el general McNair. El General Gist poseía 12 cañones Napoleón de 12 libras de buen aspecto. Los caballos eran buenas bestias y estaban en buenas condiciones, considerando que llevaban más de 10 días en el tren habiendo partido de Carlina del Sur. Las tropas estaban equipadas de modo un tanto tosco pero eficaz; sus botas en buenas condiciones y todos llevaban rifles Enfield.
El clima era muy caluroso, y paramos para vivaquear por la noche, en un punto a 17 millas de Jackson, en el camino a Vicksburg.
La dispersión de los Georgianos era la mayor que pueda pensarse, los hombres se desperdigaban a docenas, y parecían hacer lo que querían a ese respecto, sin que los oficiales hicieran nada. Pero me dijeron que esos regimientos nunca habían marchado antes, pues hasta entonces habían prestado servicio como guarnición en fuertes y siempre habían sido transportados por ferrocarril.
El país está en su mayor parte cubierto de bosques, y es arenoso, con muy poco agua.
No consideraba que las tropas marcharan de una manera apropiada; paraban mucho tiempo cada vez que lo hacían, pero tampoco con la suficiente frecuencia. El equipaje se llevaba en carros de paisanos destinados al servicio.
Vivaqueamos en los bosques cerca de una bella quinta perteneciente a un plantador que se llamaba Coronel Robinson. Estos bosques inmensos hacen que los campamentos sean cosa de admiración.
El General “State Rights” Gist es natural de Carolina del Sur, sólo tiene 32 años y aunque no tiene formación militar parece haberse adaptado con presteza al oficio de soldado. Parece un hombre resuelto, y asume sus responsabilidades con frialdad. Al principio del día dudaba mucho del paradero exacto del General Johnston; pero a medio día llegó un correo, del que recibió importante y satisfactoria información, pues de otro modo el General Gist ya se había hecho a la idea de tener que hacer cierto “trabajo sucio” antes de ponerse en contacto con las tropas de Johnston. Me dijo que la presente expedición le venía muy mal personalmente, pues sólo se había casado tres días antes de dejar Charlestón. Me dejó una manta magnífica en la que dormí muy confortablemente al aire libre por primera vez desde que llegué a Tejas.
20 de mayo, miércoles.- A las 3 AM nos despertó el estruendo del bombardeo sobre Vicksburg, que duró no menos de tres horas. Después me enteré de que este bombardeo precedió uno de los infructuosos asaltos.
Un negro viejo con un tambor roto tocó diana a las 7 AM, y su sonido fue aclamado por los soldados con fuertes gritos.
El General Gist, sus adjuntos y mi persona desayunaron con la Sra. Robinson, que tiene una casa encantadora y amueblada con muy buen gusto, que ha tenido la suerte de no recibir una visita de los yanquis.
Teníamos un anciano desequilibrado con nosotros, llamado ______, que insistía en unirse a la columna, montado en una bestia miserable que el enemigo había considerado digna de desprecio. El poco sentido común que le quedaba a este pobre hombre lo perdió gracias a los yanquis; lo desplumaron completamente, privándole de sus caballos, vacas, mulas y puercos, de sus ropas y de todo los que le vino en gana robarle, echando a perder lo que no pudieron llevarse. Pero lo que más le “cabreaba” es que un oficial Federal le había hecho una visita disfrazado con el uniforme Confederado. El pobre anciano _____ lleno de celo rebelde, se había montado en la grupa del oficial a invitación suya. Ya se pude imaginar su ira e indignación cuando se encontró pronto en medio del campamento Federal; aunque el General yanqui McPherson ordenó que fuera liberado; y parece que la razón de su secuestro era sacarle una buena cantidad de oro, que se supone que tenía escondido por algún lado.
Este Mr ____ (o Mayor, porque en esta parte del país cualquiera tiene grado militar) me tomó mucho cariño, e insistió en que tomara algo del maíz indio, que me pedía que le entregara a la Reina Victoria para que se enterara de lo bien cultivados que los campos estaban en Mississippi. Me daba lástima como se regodeaba este pobre anciano al ver los cadáveres de los yanquis en Jackson y como deseaba ver más muertos.
La columna alcanzó la ciudad de Livingston a las 11 AM donde me presentaron a un general de milicia y a su guapa hija; esta se había casado dos días antes con un oficial confederado herido, pero la feliz pareja estaba a punto de marcharse al río Yazoo, pues temían que los yanquis perturbaran su próxima felicidad.
Ahora veo que todo el mundo da por casi cierta la caída de Vicksburg, y su perdición se achacaba al hacer del General Pemberton, del que no se hablaba precisamente en los mejores términos. Se le motejaba de traidor y cobarde. Tiene la desgracia de haber nacido en el norte, y eso ya ha volcado la opinión contra él.
El General GIst y yo cabalgábamos al frente de la columna, y llegamos al vivac del General Johnston a las 6 PM. El general me recibió muy amablemente cuando le entregué mis cartas de recomendación, y le dije el fin que perseguía al visitar los ejércitos Confederados.
En apariencia, el General Joseph. E . Johnston, al que por lo común se le llama Joe Johnston, es de estatura media, sobrio, marcial, y de buena constitución; de rasgos finos, lleva últimamente una barba gris. Es Virginiano de nacimiento, y representa unos 45 años. Habla de manera reposada, resuelta y segura; conmigo se mostró muy afable, pero tiene ciertamente la capacidad de mantener las distancias cuando le parece oportuno y sus oficiales le tienen mucho respeto. Es muy sobrio, y al presente sus únicos utensilios de cocina son una vieja cafetera y una sartén (no muy lujosos que digamos). Sólo tenía un tenedor al que le faltaba un diente, para él y su personal, y me lo entregaron a mí ceremoniosamente por ser su “huésped”.
Se ha ganado a pulso la total confianza de todos los oficiales y soldados que están bajo su mando. La mayoría de los oficiales me comentaron que no le consideran inferior ni al General Lee ni a nadie.
Me dijo que era verdad que Vicksburg estaba en situación crítica, presionada mucho por Grant. Me dijo que disponía de 11.000 hombres, y eso incluía a los de Gist, que casi no tenía caballería y sólo 16 cañones; pero que si le llegaban refuerzos suficientes, iría tan pronto como pudiera al socorro de Vicksburg.
También conocí al general Georgiano Waljer, un hombre fiero y belicoso, lleno de ira por tener que verse obligado a abandonar Jackson habiéndose llevado por delante solo a 400 yanquis. Me dijo “sé que no podía mantener la posición, pero me hubiera gustado liquidar algunos sinvergüenzas más”.
A las 9 PM regresé con el General Gist a su campamento, pues mi equipaje estaba allí. Por el camino nos encontramos con varios nativos, que se quejaban que los soldados estaban acampando en sus propiedades y comiéndoselo todo.
Los vivacs son muy bellos por la noche, con los densos bosques encendidos por innumerables hogueras.
21 de mayo, Jueves- Me reuní con el General Johnston a las 9 AM. El Mayor Eustis y el Teniente Washington, oficiales de su personal, son perfectos caballeros, e hicieron lo posible porque me encontrara a mis anchas. El primero es de Luisiana, hombre anteriormente rico, su negro siempre habla francés. Es hermano del secretario de Mr Slidell en París, y ha aprendido a ser un excelente oficial de Estado Mayor.
Después me presentaron al capitán Henderson, que mandaba un cuerpo de unos 50 “exploradores”. Se ocupan de la peligrosa tarea de acercarse a los campamentos enemigos, obtener información y mantener las comunicaciones con Pemberton en Vicksburg. Son un grupo muy aparente de hombres, y muy pintorescos de apariencia.
A las 12 del mediodía un cirujano militar yanqui había llegado al campamento. Grant lo había dejado atrás para que cuidara de los yanquis heridos en Jackson, y ahora estaba ávido de reunirse con su general bajo bandera blanca, pero el General Johnston con buen criterio no se lo permitió, y deseaba que fuera mandado al norte vía Richmond. Dando muestras de gran sentido, ambos bandos tratan a los médicos como no combatientes, y no los hacen prisioneros.
El cirujano jefe del ejército de Johnston es un divertido e inteligente natural de Kentucky, y se llama Dr. Yandell. Me dijo que había estudiado en Inglaterra, y que podía haber desempeñado bien su oficio allí.
Mi amigo el “Mayor”, muy amablemente me llevó a cenar con un plantador de la vecindad que se llamaba Harrold, en cuya casa conocía al General Gregg, un Tejano, que luchó con su brigada contra los yanquis en Raymond hace pocos días.
Después de cenar le pedí a Mr Harrold que me condujera a las cabañas de sus esclavos, lo que hizo de inmediato. Sus viviendas eran cómodas y muy limpias; los negros parecían apreciar a su amo, pero me dijeron que sufrían mucho por la guerra, siendo difícil proveerles de ropa y zapatos. Vi a una anciana de en una de las cabañas, que lleva padeciendo una enfermedad incurable 13 años, y que ya no valía para nada. Estaba muy bien cuidada a todas luces, y tratada con afecto y cariño. No hay duda de que ella se ha beneficiado mucho de la “peculiar institución”.
Ya les he dicho en muchas ocasiones a estos plantadores que la palabra “esclavo” era la parte más repulsiva de la institución, y he observado siempre que rechazan usarla. Hablan de criados, de muchachos, o de sus negros, pero nunca de sus esclavos. Se dirigen a los negros como chico o chica, o tío o tía.
Por la tarde le pregunté al General Johnston que pensaba que iba a ocurrir en lo más inmediato con sus operaciones, y me respondió que por el momento era demasiado débil para ser de utilidad, y que no me podía dar una idea clara de cuándo tendría poder suficiente para atacar a Grant. Por lo tanto me decidí a marcharme en un día o dos, a no ser que ocurriera algo, pues no podía estar allí esperando. Tengo mucho que ver aún. El General es un hombre culto, de amena conversación. Me dijo que consideraba que Marlborough era un general superior a Wellington. Todos los americanos admiran mucho a Napoleón y rara vez evitan decir que lamentan su derrota final en Waterloo.
Cuando le comentaba como aquí todo el mundo tiene grados militares, el general me dijo “ya me imagino que le sorprende percatarse de lo aficionados que son los americanos a los títulos, y como somos una república, como no los podemos tener de otra clase, toman los militares”.
Cuando estaba junto a la hoguera del campamento por la noche, uno de los oficiales me dijo, “puedo asegurarle, coronel, que 9 de cada 10 hombres en el sur serían antes súbditos de la Reina Victoria que regresar a la Unión”. “¡Nueve de cada diez!” replicó el general Johnston “99 de cada 100; y pienso que poca gente en el mundo puede tener un gobierno mejor que las colonias británicas de Norteamérica”. Pero esos cumplidos quedaron un poco aguados cuando otro dijo que preferiría estar bajo la bota de Napoleón III o del emperador de Japón que bajo la bota del tío Abe; y todavía se puso peor la cosa cuando otro oficial sugirió que el mismísimo infierno era una alternativa mejor a volver al redil yanqui.
22 de mayo Viernes. El bombardeo de Vicksburg fue muy duro y continuado esta mañana.
Tuve otra larga conversación con el general Johnston, que me dijo que los principales problemas con los que se tenía que enfrentar un general Confederado, era la dificultad de hacer planes, teniendo en cuenta la incertidumbre del tiempo que les llevaba a las tropas marchar a una cierta distancia, debido a su propensión a dispersarse.
Pero por lo que hasta ahora veo y entiendo, me parece que los soldados Confederados tienen muy buenas cualidades militares, tienen valor, conocen bien el manejo de las armas de fuego, son indesmayables patriotas, y tienen una confianza ilimitada en sus Jefes favoritos y en sus propias capacidades. No les queda otra que ser sobrios, ya que no tienen casi alcohol. No les falta seso para saber que cierto grado de disciplina es indispensable; y creo que los ejemplos de insubordinación son raros. Tienen la inmensa ventaja de ser mandados por hombres muy capaces y militares profesionales que conocen tan bien a los que mandan como a aquellos que tienen que batir. A esos generales, a Lee, a Johnston, a Bauregard, o a Longstreet, los seguirían donde fuera, y los obedecen sin reservas. Pero por otro lado, muchos de sus oficiales, con miras al medro político, debido a su rango militar actual, no los castigarán como es debido, pues tienen miedo de la impopularidad que les acarrearía hacer cumplir una disciplina demasiado rígida. Los hombres tienen la costumbre reiterada de tirar sus mochilas y sus mantas en las largas marchas, si nadie las transporta por ellos, y aunque inspirados por el patriotismo más puro y ardoroso, a veces no se dan del todo cuenta de sus obligaciones en tanto que soldados. Al principio de la guerra, muchas veces, cuando resultaban victoriosos, quedaban casi tan desorganizados como sus oponentes, y muchos se volvían tranquilamente a sus casas, pensando que ya habían cumplido con la parte que les tocaba. Pero estas cosas están mejorando conforme avanza la guerra. Todo ello daría cuenta de los escasos beneficios que han obtenido los Confederados con sus muchas victorias.
Después de haber convivido posteriormente con los veteranos de Bragg y Lee, todavía tuve mayora consideración si cabe a los soldados Confederados. Su disciplina y moderación en la victoria, su disciplina en la derrota, la paciencia con la que sobrellevaban sus trabajos, sus sufrimientos, su heroísmo incluso estando heridos, y la inmensa devoción a su nación a todo trance, todo ello en suma, es no puede ponderarse con palabras.
El General Johnston me dijo que Grant había mostrado más decisión de la que se había esperado, cruzando el río por Vicksburg, tomando Jackson mediante una fuerza muy numerosa, y después de quedar cortadas las comunicaciones, asediar a la fortaleza sin descanso, con el fin de apoderarse de ella si le era posible antes de que llegaran refuerzos suficientes para liberarla. Su ejército es de unos 75.000 hombres, y el General Jackson no tienen en mucho las defensas de Vicksburg por tierra. Dijo que la guarnición era de 20.000 hombres.
Han llegado nuevas de que los Yanquis estaban remontando el río Yazoo; y esta mañana la división del General Walker nos abandonó a las 6 AM para dirigirse a la ciudad del mismo nombre.
El General, junto con su estado mayor y yo mismo cabalgamos hacia Cantón, a seis millas, y nos alojamos en casa de un plantador que tenía 700 esclavos.
El Dr. Yandell es un mimo maravilloso, y nos divertimos mucho con su imitación de la ceremonia nupcial, como la representó el General Polk en Tenesse, siendo la novia el General Morgan de Kentucky. Cuando me presentaron al General Polk en Tennesse, le reconocí al momento gracias a la imitación del doctor Yandell, que era maravillosamente fiel.
Uno de los exploradores de Henderson fue motivo de muchas risas entre el Estado Mayor del General esta tarde. Había traído consigo un prisionero yanqui, y le pidió disculpas al General por hacerlo, diciendo “me lo he encontrado en una cabaña de negros, y se ha rendido tan rápido que no me ha dado tiempo a cargármelo”. No hay duda de que la conducta de los Federales en las ciudades que capturan tienden a hacer que los Confederados no estén demasiado por la labor de hacer prisioneros, especialmente entre estos salvajes de Mississipi.
El General Johnston me contó esta tarde que ya le han herido diez veces. Era un alto oficial del ejército unionista cuando se unió a los Confederados, y mandó el ejército de Virginia hasta que fue herido en la batalla de “Seven Pines” (que los yanquis llaman “Fair Oaks”.
23 de mayo sábado. El General Johnston, el Mayor Eustis y yo abandonamos Canton a las 6 AM y fuimos en tren a Jackson. Por el camino se habló mucho de “Stonewall” Jackson. El general Johnston me dijo que este hombre extraordinario no poseía grandes capacidades como estratega, y tal vez no estuviera hecho para el mando independiente de un gran ejército; pero Dios le había dado un valor inmenso y gran determinación, y que se creía llamado por la Providencia para destruir al enemigo. Estaba muy en deuda con el General Ewell en las Campañas del Valle. También tuvo suerte por mandar a lo más granado de las tropas de Virginia, y en tener como oponentes a los jefes federales más incompetentes, como Fremont y Banks.
Antes de que avanzáramos dos millas tuvimos que parar y recoger leña al lado de la vía como combustible para la locomotora, y el general se sumó a la tarea con tanto ardor que le volvió a doler mucho su herida de “Seven Pines”.
Llegamos a un punto en el que el ferrocarril fue destruido, a unas cuatro millas de Jackson. En teoría debía esperarnos un carruaje, pero debido a algún error no había llegado, así que tuvimos que ir a pie, y tuve que llevar mis pesados bolsos de viaje. EL Mayor Eustis amablemente cargó con mi mochila y el General con las mantas. De esta guisa llegamos a Jackson, extenuados, a las 9:30 AM.
El general Loring llegó y se presentó poco más tarde. Es un hombre robusto y manco. Su división había llegado a Jackson desde Chrystal Springs con una fuerza de 6000 hombres: la brigada de Evans, con 3000, también llegó de Charleston; y la brigada de Maxey estaba marchando a Jackson. Así que pudo calcular, por tanto, que el General Johnston debe tener ya casi 25000 hombres entre Jackson y el Yazoo.
Me despedí muy sentidamente de él y de sus oficiales, y él volvió a Canton a las 3 PM. Me sorprenderá mucho no oír pronto noticias de él. La parte de sus tropas que pude ver, aunque habían sido batidas y forzadas a retirarse, estaban con una moral de primera, seguros de si mismos y ansiosos de enfrentarse a un ejército que los duplicaba en número.
Volví a encontrarme con el Dr Russell, con quien siempre estaré en deuda por su oportunísima protección. También le mande recuerdos a Smythe mediante varias personas.
A las 3:30 AM dejé Jackson en una ambulancia del Gobierno, en compañía del Capitán Brown del Estado Mayor del General Johnston, lo que me fue muy útil Había tomado la precaución de llevar un pase del Coronel Ewell, el General Adjunto, que después descubrí que era indispensable porque no dejaban de pedírmela, y en el tren cada pasaporte era examinado con lupa.
Nos dirigimos al punto más cercano en que estaba habilitado el ferrocarril a una cinco millas.
Con posterioridad nos dirigimos a las 6 PM hacia Meridian. Esta parte del ferrocarril se hallaba en un estado muy peligroso, y gozaba de la reputación de ser el peor de los peores ferrocarriles del Sur (que ya es decir) Completamente destartalado e imposible de reparar. Los accidentes son cosa cotidiana, y ayer mismo se produjo uno terrible. Después de llevar 5 millas de trayecto, la locomotora descarriló, y tuvimos que estar tres horas parados. Todos los pasajeros varones salieron a empujar los vagones.
24 de mayo, Domingo. Llegamos a Meridian a las 7:30 AM, sin que nos faltara ningún miembro y sólo 5 horas más tarde del horario previsto.



Después nos dirigimos a Mobile a las ) AM y llegamos a las 7:15 PM. Esta parte del ferrocarril estaba bastante decente. Después nos retrasamos un poco debido a un “problemilla” que había ocurrido con otro tren. El problemilla era el siguiente: el maquinista había disparado a un pasajero, y después desenganchó la locomotora, cortó la línea telegráfica y cerró la línea, dejando el tren plantado en una sola vía. Había dejado pasar nuestro tren desviándose él mismo, hasta que pasamos sin sospecha alguna. Cuando mis compañeros de viaje se enteraron del suceso no se emocionaron demasiado: pero escuche el siguiente comentario “que había que ser cabr… para dejar que se llevara un tren de esa manera”. Evitamos la catástrofe debido a una suerte probablemente inaudita.
Después conservé el siguiente recorte de un diario de Mobile dos días después:
“INTENTO DE ASESINATO- Hemos podido saber que cuando el tren que estaba en el ferrocarril de Mobile y Ohio se hallaba cerca de Beaver Meadow, uno de los empleados, llamado Thomas Fitzgerald, fue a uno de los vagones de pasajeros y disparó al teniente H. A. Knowles con una pistola, penetrando la bala en su hombro derecho, saliendo por la parte posterior del cuello y causando en suma una herida muy grave. Fitzgerald a renglón seguido desenganchó la locomotora del tren y se puso en marcha. Cuando ya estaba unas pocas millas por delante de Beaver Meadow se paró y cortó la línea telegráfica, y después siguió por la vía. Cuando estaba cerca de la estación de Landerdale chocó con otro tren, haciendo trizas la locomotora y ocasionando daños considerables a los demás vagones. (Esto resultó ser un error) Se cree que se ha refugiado en los bosques; y de momento se ha librado, porque no se ha vuelto a oír nada de él. El intento de asesinato, según se supo, fue debido a la venganza. Se recordará que hace pocos meses Knowles y un hermano de Thos. Fitzgerald, llamado Jack, tuvieron un duelo en Enterprise por causa de una dama, en el curso del cual Kwowles mató a Jack Fitzgerald; después se supo al parecer que Thomas prometió vengar la muerte de su hermano; así que el domingo, como sabía que Knowles estaba en el tren, como era el caso, en dirección a Enterprise para ser juzgado, lo cazó y le disparó. Kwowles, según hemos podido saber, se halla en estado crítico”.
La costumbre universal de portar armas que se da en el Sur es sin duda causa de muertes de vez en cuando, lo que sin duda es muy lamentable. Aunque por otro lado, hay que decir que esta costumbre hace que rara vez sucedan peleas y altercados, porque la gente tiende a ser muy cortés cuando sabe que bien que la réplica a una insolencia puede ser un tiro.
Gracias a la intervención del Capitán Brown, me dejaron ir en el Vagón de las señoras, que era mucho más pulcro y cómodo, salvo por los berridos de muchos críos, que se portaban bien cuando sus niñeras negras los amenazaban con entregarlos a los yanquis.

Paré en el hotel principal de Mobile, el Battle House. Aquí la calidad de vida era comparativamente buena, al precio eso sí, de 8 dólares al día. Como consecuencia del fabuloso valor que han adquirido las botas, uno no las puede dejar a la entrada de la habitación de uno, pues si lo hace existe el riesgo de que un guerrero necesitado e inescrupuloso las capture.
25 de mayo Lunes. Me defraudó el aspecto de Mobile. Es la típica ciudad norteamericana rectangular, emplazada en una llanura arenosa, que se extiende lo suficiente para dar cobijo a su población que ronda los 25.000.
Fui a ver al coronel Maury, llevando conmigo una carta de recomendación del general Johnston. Es un virginiano listo y caballeroso, de muy baja estatura, que acababa de asumir el mando en Mobile.
Fue muy cortés en todo momento, y me llevó en vapor a observar las defensas costeras. Nos acompañaba el General Ledbetter, el ingeniero, y pasamos seis horas visitando los fuertes.
Mobile está emplazada a la entrada de una bahía de 30 millas de longitud. La escuadra que efectuaba el bloqueo, compuesta de unos 8 o 10 barcos, está a la entrada de la bahía, que está protegida por los Fuertes Morgan y Gaines, pero como el canal existente entre dichos fuertes tiene una anchura de una milla, es muy probable que sean sobrepasados. A dos millas de la ciudad, no obstante, la bahía tiene poca profundidad, y el canal para el paso de los navíos es tan peligroso como tortuoso. Por si fuera poco está obstruido por una doble hilera de pilares de madera de pino, y por toda clase de ingeniosos torpedos, además de que la dominan fuertes cuidadosamente diseñados, dotados de cañones de gran calibre, y emplazados igualmente en islotes o en pilares.
Sus nombres son Fort Pinto, Fort Spanish River, Apalache, and Blakeley. (Por razones obvias omito la descripción de las defensas terrestres y marítimas)
Hay quejas de lo insalubres que son estos fuertes, y no me cabe duda de que no son infundadas. Antes de tocar tierra, abordamos dos baterías flotantes acorazadas. La flota Confederada en Mobile es considerable, y dice mucho del tesón de los ciudadanos, pues no existía antes de empezar la guerra. Durante la travesía pude oír al General Maury hablando entre dientes sobre una bandera yanqui “Vaya, nunca pensé que vería el día en que aborrecería la vieja bandera”. Es primo del teniente Maury, tan distinguido por sus obras científicas, en especial las de geografía. Es una familia muy militar al parecer. Su hermano es capitán del Vapor Confederado Georgia.
Después de desembarcar, participle en una cena frugal con el General Maury y el Maor Cummins. Después monté en el caballo del general, y cabalgué alrededor de las defensas terrestres con el Brigadier General Slaughter y su personal. Tuve la gran fortuna de que fuera precisamente la tarde de la inspección semanal del citado general, y todos los reductos estaban dotados de sus guarniciones respectivas, mitad soldados mitad milicias ciudadanas que se habían librado del reclutamiento bien por su edad o nacionalidad, bien porque habían “comprado un sustituto”. Uno de los fuertes lo defendía un fornido Guardia Inglés, mandado por el venerable Capitán Wheeler. Estos eran súbditos británicos exentos del reclutamiento, pero que se habían ofrecido voluntarios para defender la ciudad.
Después de visitar las fortificaciones cené en casa del General Slaughter, y conocí a algunos de los refugiados de Nueva Orleans, que abandonan a montones la ciudad ya que se niegan a prestar el juramento de lealtad a la Unión. Todos los días llegan a Mobile un gran número de mujeres y niños, en menesterosa condición, lo que contribuye a la indignación general. Se volvió a discutir de modo desenvuelto si no sería adecuado alzar la bandera negra y no dar cuartel en lo sucesivo, y no cabe duda que la idea era popular. Me contaron muchas anécdotas del fallecido “muro de piedra” Jackson, que era camarada del General Slaughter en la artillería del viejo ejército. Parece que antes de la guerra era un hipocondriaco severo. Cuando dejó el servicio en el ejército de la Unión tenía la impresión de que una de sus piernas se estaba volviendo más corta que la otra; y después que sólo sudaba por un lado, y que tenía que tener el brazo y la pierna opuestos en constante movimiento para mantener la circulación; pero parece que cuando empezó la guerra se olvidó de estas cosas. El General Slaughter afirmó que durante la noche anterior al rechazo y la carnicería subsiguiente del ejército yanqui de Burnside en Fredericksburg, Jackson había sugerido lo siguiente: “Pienso que debemos atacar al enemigo ya mismo; y con el fin de evitar los errores y confusiones tan frecuentes en los ataques nocturnos, recomiendo que vayamos todos completamente desnudos” (nunca me perdonaré no haberle preguntado al General Lee si la historia era cierta)
Los burladores del bloqueo consiguen su objetivo con frecuencia en Mobile; los vapores tienen casi siempre éxito, pero las goletas son apresadas por lo general. Mañana me pondré en marcha para reunirme con el ejército de Tenesse, mandado por el General Baxton Bragg.
26 de mayo Martes. Cuando llevé el pase del Coronel Ewell a la oficina del Provost Marshal's esta mañana el oficial dudó a la hora de sellarlo, pero por suerte un hombre de su oficina vino a mi socorro, diciendo que, aunque no me conocía personalmente, había oído hablar de mí como “un caballero muy respetable”. Me dio el tiempo justo de tomar el vapor de las 12 para el ferrocarril de Montgomery. Escuche a dos negros a bordo halar de la situación general; aborrecían la guerra y no se reprimían en manifestar su odio a los yanquis por “hacernos sufrir tanto a nosotros como a nuestro amo”. Estaba claro que los dos tenían poca inclinación a “pirárselas” como decían. Uno de ellos llevaba la espada de su amo, de lo que estaba muy orgulloso, y se pavoneaba de la manera más cómica y solemne.
Me monté en los vagones a las 2 30 PM; la marcha hubiera sido bastante rápida, de no haber tenido que detenernos con tanta frecuencia para obtener madera y agua. Enfrente de mí se sentaba un soldado herido, que me dijo que era un Inglés de Chelsea. Me contó que volvía a su regimiento, a pesar del dolor que le ocasionaba la herida que le dieron en el cuello. El ánimo con que estos heridos vuelven al frente, incluso con sus heridas a medio curar, no se puede ponderar como se debe, y muestra a las claras al indómita determinación del pueblo del Sur. En el mismo vagón había varios chicos jóvenes de 15 o 16 años con muy malas heridas, y uno o dos de ellos sin brazos ni piernas, y todos parecían manifiestamente orgullosos de ello.
El país que atravesábamos era un denso pinar, de suelo arenoso, desolado en grado sumo, poco acogedor para un ejército invasor. Viajamos la noche entera.
27 de mayo Miércoles. Llegamos a Montgomery, la capital de Alabama, al alba, y partimos en otro ferrocarril a las 5:20 AM.
Lo cierto es que todas las capitales de los Estados se parecen como gotas de agua, y parecen como trocitos recortados de grandes ciudades. Siempre hay una o dos calles con ciertos aires de grandeza; su inevitable “Capitolio”, con su cúpula, es el rasgo más notable. Un centinela hace guardia en la puerta de cada vagón, examinando la documentación de todo pasajero de la manera más rigurosa, y aún después de dicha inspección se ejecuta la misma ceremonia por un oficial del departamento del Provost Marshal, que viaja en cada uno de los trenes. Está rígida inspección está más que justificada con el fin de detener a los espías y controlar a los rezagados y a los desertores.
Los oficiales y los soldados que desempeñan esta tarea son corteses y educados, y cuando se recuperan de la sorpresa de encontrarse con que soy un oficial Británico, hacen todo lo que pueden porque me sienta cómodo. Me hacen todo tipo de curiosas preguntas sobre el ejército Británico, y muestran grandes deseos de ver pelear a uno de nuestros regimientos. No se pueden creer que los Coldstream vayan de verdad con uniforme escarlata. Hoy tuvieron un debate muy serio acerca de si las tropas británicas hubieran podido tomar la posición de Fredericksburg. Los argumentos de ambos bandos en el debate eran hilarantes, con clara división de opiniones al respecto.
Nos encontramos con tres trenes repletos de soldados que se iban a incorporar al ejército de Johnston. Pertenecían a la división de Breckinridge del ejército de Bragg, y parecían ir sobrados de moral, porque gritaban y aullaban como demonios. Me encontré en los vagones con el médico Federal al que le negaron permiso para traspasar las líneas de Johnston; ahora estaba en camino de Richmond. Vestía el uniforme yanqui completo, pero todos los soldados confederados lo trataban muy cortésmente. Entablé una larga conversación con él, parecía un hombre sensato, y no pretendía negar en absoluto el entusiasmo universal y la determinación del Sur. Me dijo que al General Gran casi lo matan en la toma de Jackson. Pensaba que un revés en el Norte mismo puede dar fin a la guerra. Incluso teniendo en consideración el aborrecimiento con que todos los sureños hablan de los yanquis, y con todo lo que se habla de alzar la bandera negra y no dar cuartel, y demás, con todo nunca he visto que un prisionero Federal haya recibido malos tratos o insultos, y eso que he viajado cientos de millas en compañía suya.


Tuve que cambiar de vagón en West Point y en Atlanta. En el último lugar tuve que embutirme en un tren atiborrado de gente camino de Chattanooga. Este país, Georgia, está mucho más habitado y mejor cultivado que Alabama. Volví a viajar toda la noche.

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 Asunto: Re: Tres meses en los Estados del Sur.
NotaPublicado: Lun Feb 28, 2011 10:18 pm 
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28 de mayo, jueves.- Llegué a Chattanooga, Tennesse, a las 4:30 AM y me reuní de nuevo con el capitán Brown; su negro me reconoció y de inmediato vino a estrecharme calurosamente la mano.

Después de desayunar en Chattanooga, me puse en marcha de nuevo a las 7 30, en ferrocarril, hacía Shelbyville, donde se hallaba el Cuartel General del General Bragg. Este tren estaba atestado hasta los topes de soldados que se reunían con sus regimientos, así que no tuve más remedio que sentarme en un rincón del suelo de uno de los vagones. Y todavía creo que tuve suerte, porque había tan gran número de militares que a los “ciudadanos” se les mandaba hacer hueco a los soldados. Como llevaba una chaqueta gris y tenía una apariencia juvenil eso me salvó de la acusación de ser un “ciudadano”. Dos horas después, el oficial revisor, viendo quien era, me procuró un mejor acomodo en el vagón de las señoras, donde estuve un poco más cómodo. Después de dejar Chattanogga el ferrocarril discurre a lo largo del río Tennesse, de elevadas orillas colmadas de hermosos árboles. El río mismo es anchuroso, y muy bello; pero desde mi posición expuesta al jugo de tabaco no pude hacer al paisaje toda la justicia que se merecía. Vi empalizadas en intervalos a lo largo del ferrocarril, que fueron levantadas por los federales, que el año pasado ocuparon el país.

Después de llegar a Wartrace a las 4 PM, decidí quedarme allí, y solicitar la hospitalidad del General Hardee, ya que no veía la posibilidad de llegar a Shellbyville a tiempo. Dejando mi equipaje en la sede del Provost Marshal en Wartrace, me dirigí al Cuartel General de Hardeee, que estaba a dos millas del ferrocarril. Es un bello país, verde, ondulante, lleno de árboles magníficos, hayas en su mayoría, y el paisaje era el más hermoso, con diferencia, que había contemplado en América hasta entonces.

Cuando llegué, vi que el General Hardee estaba en compañía del General Polk y de Bishop Elliot de Georgia, y también con Mr. Vallandigham. Este último (al que llaman Apóstol de la Libertad) es hombre apuesto, que no aparenta mucho más de cuarenta años. Lo entregó el Norte hace tres días. Rosencranz quería habérselo entregado a Bragg bajo bandera blanca; pero como este último rechazó recibirlo de esta guisa, lo dejaron, como el General Hardee lo expresó, “tirado” en suelo neutral en tierra de nadie. Después los Confederados le ofrecieron hospitalidad en calidad de forastero desvalido. De ningún modo le han recibido oficialmente, pues no se ajusta a la política de ningún bando que lo identifiquen con el otro. Ahora vive en una casa privada de Shelbyville y ha venido con el General Polk a visitar a Hardee. Dijo a los generales que si Johnston conseguía batir decisivamente a Grant en el Mississippi, no creía que la guerra pudiera continuar en su dimensión presente actual.

Cuando le mostré mis cartas de recomendación, el General Hardee me recibió con la invariable cortesía y hospitalidad de los demás oficiales Confederados. Es un hombre sano, marcial, ancho de hombros y de elevada estatura. Más bien parece un oficial Francés, y es Georgiano de nacimiento. Tiene reputación de ser un muy buen soldado, y es autor de un manual para la instrucción de los soldados que ambos ejércitos emplean. Siguió siendo bastante tiempo oficial al mando del colegio militar de West Point. Se distinguió en las batallas de Corinth y Murfreesboro´ y ahora manda el segundo cuerpo de ejército del ejército de Bragg. Es viudo, y es un rasgo muy marcado de su carácter ser un rendido admirador del bello sexo. El año pasado, durante la campaña de Kentucky, tenía por costumbre de valerse de los fueros de su rango y de sus años para besar a todas las esposas e hijas de todos los granjeros de Kentucky. Y aunque se supone que ha convertido a muchas señoras y señoritas a la causa Sureña, en muchas ocasiones sus parientes varones permanecían neutrales e indecisos. En una ocasión el General Hardee había concedido el “galardón” a una Kentuckiana muy hermosa, quedando ambos muy satisfechos, cuando de súbito, para mortificación suya, el granjero presentó dos viejas muy poco agraciadas, diciendo al tiempo, “bueno general, si besa a una, debe besarlas a todas”. No le quedó más remedio que hacerlo al nervioso general, causando gran hilaridad entre sus oficiales, que siempre aluden a tal contratiempo.

Otro revés que le aconteció, y del que se ríe no poco el General Polk, sucedió cuando una anciana dama le dijo si no debería “dejar de luchar a sus años”. “Ciertamente, madame” replicó Hardee, “¿y cuántos años me echa?” “Pues más o menos mi edad, 75. Se puede uno muy bien imaginar lo mortificado que quedaría el general al ver 20 años añadidos a su edad.

El Teniente General Leonidas Polk, también obispo Episcopaliano de Luisiana, que manda el otro cuerpo de ejército, es un hombre bien parecido y caballeroso, con las maneras y la amabilidad de un gran señor. Tiene 57 años, es alto, erguido y tiene un aspecto más militar que clerical. Es muy rico, me contaron que es dueño de 700 negros. Sus soldados lo aprecian mucho por su extremado valor personal y su afabilidad. No he dejado de escuchar anécdotas suyas de mis compañeros de viaje, que siempre hablaban de él con afecto y admiración. En su calidad de clérigo siempre se le ha tenido el mayor de los respetos. Cuando me lo presentaron inmediatamente me invitó a su cuartel General en Shelbyville. Me dijo que fue alumno de West Point, junto con el Presidente Davis, los dos Johnston, Lee, Magruder, etc., y que, después de prestar servicio poco tiempo en la artillería, había entrado en la Iglesia.

El Obispo Elliot, de Georgia, es un anciano simpático de venerable aspecto y muy cortés. Está aquí a petición del General Polk con el fin de confirmar a algunos oficiales y soldados. Habla inglés del mismo modo que un caballero inglés, del mismo modo que el General Polk, y todos los sureños de buena crianza, mucho más que las señoras, cuyo acento americano siempre resulta inconfundible. El General Polk y Mr Vallandigham volvieron a Shelbyville en ambulancia a las 6:30 PM.
El Cuartel General del General Hardee estaba en la finca de la señora ____, una dama muy hospitalaria. Las dos hijas del general estaban con él, y también la señora _____ que es bastante guapa.

A un europeo le resultaría imposible concebir el grado de aborrecimiento que las damas aquí tienen por los yanquis; dejan en muy poco a sus parientes varones en sus denuncias y en sus deseos de venganza. Era deprimente escuchar las historias incontables de brutalidad yanqui, y quedé muy aliviado cuando se pusieron a tocar música. Después de que el Obispo Elliot hubiera recitado unas oraciones, dormí en la misma habitación con el General Hardeé.

29 de mayo, viernes.- Me di un paseo antes de desayunar con el Dr. Quintard, un capellán episcopaliano lleno de celo, que comenzó siendo cirujano, lo que ahora le permite atender las necesidades tanto corporales como espirituales del regimiento de Tennessee del que es capellán. El enemigo está a unas 15 millas, y las cimas de las colinas más elevadas están ocupadas por estaciones telegráficas, que comunican los movimientos de tropas mediante banderas por el día y con almenaras por la noche. Un cuerpo telegráfico se ha organizado en tal servicio. El sistema es de lo más ingenioso y surte efectos admirablemente. Después desayunamos en casa de Mrs _______. Las señoras lanzaban sus diatribas contra los yanquis de manera más iracunda si cabe que ayer. Insistieron en que me llevara un recorte de una noticia del periódico de hoy, que sostenían que era fiel reflejo del trato corriente que reciben por parte del enemigo.

PÉRDIDAS DE WILLIAM D RICKS.- Los yanquis no nos trataron demasiado mal antes de la persecución de nuestro muchachos en Leighton (por lo menos no peor de lo que esperábamos) echaron abajo la puerta de nuestro secadero y se llevaron siete jamones, después fueron a la cocina y se llevaron utensilios, cubiertos, etc. Después registraron la casa, pero no se llevaron nada. Cuando volvieron otra vez nos incomodaron mucho, pero no sufrimos heridas de gravedad; se llevaron las dos únicas mulas que teníamos, un carro, nuestras vacas lecheras, y más carne.

Fue cuando volvieron de este viaje cuando nos dejaron desplumados del todo. Llevaron sus vagones al patio y los cargaron con la carne que nos restaba, todo nuestro azúcar, café, melaza, harina, y patatas. Me dirigí a un Teniente Coronel que estaba muy ocupado dando órdenes y le pregunté si sabía cómo iba yo a apañármelas de ahora en adelante, porque no me habían dejado provisiones, y tenía una familia muy grande, y mi marido estaba fuera de casa. Su respuesta fue lacónica y precisa: “pues se muere de hambre y se va a hacer puñetas, señora”. Después se llevaron una calesa nueva y muy bonita que nunca habíamos usado, se llevaron las almohadillas y el arnés del vehículo y después lo hicieron trizas y lo dejaron allí. Después mandaron a unos 60 de los más astutos bellacos de dedos más hábiles que he visto en el ejército Federal (todos los bellacos que he visto eran parte de ese ejército) al interior de nuestra casa para buscar Whisky y dinero, mientras que los oficiales que estaban en el patio intentaban sobornar a nuestros criados (n del t. esclavos) para que les dijeran donde habíamos metido el dinero. Como no tuvieron éxito al menos en esto, se llevaron nuestras ropas, lencería, etc; me rompieron los platos, me robaron los cuchillos y tenedores, no se molestaron en pedirnos las llaves y destrozaron baúles, armarios, etc. Después llegaron los peores, los incendiarios, o, como a ellos mismos les gusta llamarse, los “Ángeles Exterminadores”. Quemaron nuestra bodega y nuestra prensa, 125 balas de algodón, nuestro maíz, los establos, el forraje, un vagón y cuatro cabañas de negros, la leña, una magnífica tejedora y tejido por valor de 500 dólares, las hachas, azadas, guadañas, y todos los demás utensilios de la plantación. Por último vinieron con antorchas a quemar nuestra casa, que era lo único que quedaba en pie. Eso fue el colmo, y aunque me había prometido a mi misma mostrarles sólo un frío desdén, sin humillarme nunca ante esos ladrones facinerosos, todo se me olvidó ante el pensamiento de mi casa en ruinas. Debía hacer algo y rápido. Sabiendo como sabía que eran rufianes endurecidos y ladrones, echaría el resto en defensa de mi casa. Miré a la soldadesca, mientras se concentraban para comenzar el incendio de mi casa, a ver si adivinaba algún rostro con algo de empatía, o unos ojos con una chispa de humanidad, pero al no ver a ninguno, me acerqué a los que estaban más cerca y señalando a los niños (los de mi hermana) les dije “No quemarán la casa, ¿verdad? Estos niños no tienen otro lugar donde vivir, y no hallarán cobijo en otra parte.

“Puede dar gracias a su Dios señora”, dijo uno de los rufianes, “que la hayamos dejado a usted y a sus puñeteros bichejos la cabeza en su sitio para que les den cobijo en otra parte”

Poco después llegó un oficial, fingiendo estar sorprendidísimo y muy enfadado por la conducta de sus hombres, que soltó un montón de maldiciones y dijo un hatajo de mentiras, que no había dado orden de quemar nada salvo el grano, amenazó con cosas que se olvidaron en el momento, y ordenó a sus Angelitos que formaran, terminando así con las desventuras del día más horrible que espero ver. MRS RIKS.

Pérdidas antes de esta última incursión: seis mulas, cinco caballos, un vagón (de cuatro caballos) 52 negros”.


Reprocharon a Mrs. ____ que hubiera socorrido a dos yanquis heridos en Wartrace el año pasado; y una hermana de Mrs _____, que es una señora muy fuerte de espíritu, me dio una descripción de los más divertida de una entrevista que tuvo en Hunstville con el astrónomo Mitchell, en calidad de General Yanqui. Siempre se me ha hecho notar, que, cuando la guerra termine, la independencia de la nación se deberá, en no poca medida. A las mujeres; porque afirman que si las mujeres estuvieran desalentadas nunca hubieran podido pasar por todo lo que han pasado; pero al contrario, las mujeres siempre han dado ejemplo a los varones de paciencia, devoción y determinación. Orgullosas por naturaleza, y con un desprecio innato por los Yanquis, las mujeres sureñas han sido llevadas a la ira y a la desesperación por el comportamiento de Butler, Milroy, Turchin, etc

Están todas dispuestas a pasar por todo tipo de desgracias y penalidades antes que someterse al yugo de tal gente; y emplean todo argumento que las mujeres pueden emplear para infundir ese espíritu a sus parientes varones.

A mediodía partí para visitar al General Hardee, y fui en su ambulancia a Shelbyville, a ocho millas, en compañía del Obispo Elliott y del Dr. Quintard. La carretera era ya de por sí abominable, y por si fuera poco estaba embarrada debido a la lluvia. Al llegar a casa del General Polk me invitó a convivir con él mientras permaneciera con el ejército de Bragg, oferta que acepté con gratitud. Después de la cena el General Folk me dijo que esperaba que sus hermanos ingleses no censuren demasiado su actual conducta.

Me detalló las razones que le habían inducido temporalmente a dejar las ropas clericales y volver a ejercer su antigua profesión. Me dijo que había sido muy reacio a dar este paso; y que tan pronto como terminara la guerra, volvería a sus deberes espirituales, del mismo modo que un hombre que ve su casa en llamas echaría el resto para apagar el fuego y después volvería a hacer su vida normal. Mandaba las fuerzas Confederadas en las batallas de Perryville y Belmont, e igualmente su presente cuerpo de ejército en las Batallas de Shiloh (Corinth) y Murfreesboro”.

A las 6;30 me reuní con el General Bragg, el Comandante en Jefe. Este oficial tiene la presencia menos imponente que he visto en un General Confederado. Es muy delgado, algo encorvado, y tiene un aspecto algo enfermizo y cadavérico, facciones no my atractivas, pobladas cejas negras que quedan unidas con un mechón de pelo justo encima de su nariz, y una corta barba gris; sin embargo sus ojos son brillantes y penetrantes. Está en la reputación de mantener una disciplina muy estricta, y de fusilar sin muchos reparos en casos de insubordinación. Entiendo que por ello sea impopular y también por sus maneras, que en ocasiones no resultan muy agradables. Conmigo, al menos, fue muy educado, me dio permiso para visitar los puestos avanzados de cualquier zona donde se hallara su ejército, y asimismo prometió ayudarme para que me uniera a Morgan en Kentucky, y se lamentaba de que no me pudiera acompañar a los puestos avanzados debido a un forúnculo que le había surgido en la mano Me comentó que la posición de Rosencrans se extendía unas cuarenta millas, y que Murfreesboro´(a 25 millas) era su base de operaciones. La caballería confederada lo había cercado en un semicírculo que se extendía unas cien millas por el país. Me comentó que Tennessee occidental, ocupado por los Federales, simpatizaba con la Confederación, en tanto que en Tennessee oriental, en posesión de los Confederados, había mucha gente con simpatías Unionistas. Este mismo lugar, Shelbyville, me lo han descrito como una “Guarida Unionista”.

Después de mi entrevista con el General, cabalgué por el camino de Murfreesboro´ con el Coronel Richmond, Ayuda de Campo del General Polk. A unas dos millas de Shelbyville pasamos por dos líneas defensivas que cubrían la posición. La trinchera en sí misma no era un trabajo muy fino, pero en el terreno elevado en que estaba se podía colocar la artillería de modo que hiciera el camino inexpugnable. Gruesos troncos habían sido talados y colocados en frente de las líneas defensivas a una distancia de 800 yardas para calibrar la distancia.

Mientras hacía esta visita conocí al Mayor General Cheatham, un hombre robusto y de aspecto rudo, pero con reputación de “gran guerrero”. Se dice que como la condición clerical del General Polk le incapacita para soltar tacos, este hombre se ocupa de esa tarea necesaria, y con creces. El Coronel Richmond me narró las circunstancias de la muerte del General Van Dorn, que sucedió a 40 millas de aquí. No parece que se haya llorado mucho su pérdida, pues siempre intentaba eludir sus deberes militares a causa de su afición por las faldas. En el Sur no se considera preciso ponerse al mismo nivel que personas como Van Dorn, gritando e insultando. Su vida permanece al marido burlado y “liquidarlo” se considera la acción correcta en ese caso, incluso si sucede después de un tiempo, como en el “affaire” del General Van Dorn y el Dr. Peters.

Llegaron noticias esta noche de la toma de Helena por los confederados, y del ahorcamiento de un regimiento de negros junto con cuarenta oficiales yanquis. Todo el mundo expresó sus condolencias por los pobres negros, pero celebraron universalmente la ejecución de sus oficiales :cuna: (después me enteré de que la historia no era cierta)

Pasé la noche en la tienda del General Polk, ocupando el una habitación en la casa adjunta. Antes de irme a la cama, el General Polk me contó una historia muy sentimental de una pobre viuda con muy pocos recursos, cuyos tres hijos habían caído en la batalla, uno detrás de otro, hasta que sólo le restaba un muchacho de 16 años. Tan terrible y deprimente era el caso que el propio General Polk fue a su casa a consolarla. Ella le miró de hito en hito, y replicó a su pésame con esta frase “en cuanto pueda arreglar algunas cosas, General, le entregaré a mi Harry, también”. El General Polk no podía contener las lágrimas cuando me contaba este sucedido, y terminó diciendo “¿cómo puedes someter a una nación así? :roll:

30 de mayo, Sábado. Llovió a cántaros toda la noche, pero la tienda del General Polk demostró su calidad. Escuchamos oraciones por la mañana y por la noche, por el Dr Quintard, y también cantábamos salmos, uniéndosenos con gran celo el propio General Polk. El Coronel Gale. Que es el yerno y ayuda de campo voluntario del General Polk ha puesto a su disposición a su negro Aaron y a su yegua a mi disposición durante mi estancia aquí.

El General Polk me explicó, con un plano, la batalla de Murfreesboro'. Afirmaba que los Confederados sólo tenían 30.000 tropas, incluyendo la división de Breckinridge, que no pudo entablar combate el primer día. Estimó las pérdidas Confederadas en 10.000 hombres, y las de los yanquis en 19.000. Por lo que a la batalla de Shiloh concierne (también se la llama Pittsburg Landing y Corinth) me dijo que la orden de retirada de Bauregard fue muy desafortunada, porque las cañoneras no estaban ocasionando daños reales, y si los Confederados hubieran aguantado, nada hubiera podido salvar a los Federales de un revés total y su consiguiente aniquilación. La desgracia de la muerte de Albert Johnston, junto con el hecho de la enfermedad de Bauregard que hizo que no pudiera estar presente en ese punto concreto son las causas de que no pudiera obtenerse una victoria más decisiva.

Desde que llegué a América he oído hablar de las hazañas de un inglés llamado Co. St. Leger Grendell, que ahora es Inspector General de Caballería en el ejército de Bragg. Esta tarde me lo han presentado y no hay duda de que es una de las personas más extraordinarias que he conocido. Aunque es miembro de una familia inglesa de mucha solera, parece haber dedicado su vida a la emocionante carrera de soldado de fortuna. Me contó que en su juventud había prestado servicio tres años en un regimiento de lanceros franceses, y que había ascendido de soldado raso a subteniente. Después se convirtió en una suerte de agente consular en Tanger, al mando del anciano Mr Drummond Hay. Después de aprender el árabe a la perfección, entró al servicio de Abd-el Kader, y combatió a los franceses a las órdenes de tan señalado caudillo cuatro años y medio. En otro momento de su vida fletó un barco, y sostuvo una guerra privada con los piratas Rifeños. Fue Mayor de Brigada en el contingente turco durante la Guerra de Crimea, y también prestó servicio en el motín indio. Ha estado en batallas en Buenos Aires y en las repúblicas Sudamericanas. Al principio del presente tumulto, era burlador del bloqueo y se unió a los Confederados. Fue general adjunto y mano derecha del celebrado John Morgan durante ocho meses. Incluso en este ejército, donde abundan los personajes de un valor tan desesperado como temerario, es admirado la tropa y los oficiales por su inaudito valor y gallardía en el campo de batalla. Los generales Bragg y Polk me hablaban de él como un oficial excelente y muy capaz, además de ser un hombre que nunca se cohíbe a la hora de arriesgar su pellejo. Es el tipo de hombre que puede tener éxito en este ejército, y entre los soldados la admiración por su inusitada bravura ha servido de contrapeso a su reputación de ser un rígido ordenancista. Es el terror de los rezagados, ausentes y desertores, y de todos los oficiales al mando que no son capaces de presentarle en el momento de la inspección el número exacto de caballos que han llevado a forrajear. Parece que tiene 45 años, pero en realidad tiene 56. Es alto, delgado, nervudo y activo, con una jovial expresión inglesa en la cara. Pero en su mirada hay algo salvaje y errabundo, que es común entre los árabes. Cuando le conocí llevaba puesto una casaca azul de oficial inglés, una gorra de caballería roja, que, según me comentó el General Polk, siempre llevaba puesta en batalla, como para destacar más. Me habló mucho de John Morgan, cuyo matrimonio trató de evitar, y del que hablaba con gran lástima. Me comentó que al pobre Morgan el matrimonió lo dejó extenuado, y nunca volvió a ser el mismo hombre.

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Me contó que en una de las celebradas capturas del telégrafo en Kentucky, Morgan el operador y el mismo, estuvieron sentados 12 horas en un banco de arcilla en medio de una violenta tormenta, pero el interés era tan intenso, que el tiempo se pasó volando.

Esa fue la ocasión en que telegrafiaron un montón de disparates al general Yanqui, recibiendo a cambio valiosa información, y tantos suministros por tren como necesitaba Morgan.

El hijo del General Polk, un joven teniente de artillería, me contó está mañana que “Stonewall” Jackson era profesor de la escuela militar de Lexington, donde era cadete. Tenían al “viejo Jack” por un maestro perserverante pero aburrido, al que constantemente los cadetes más maliciosos gastaban bromas, sin otro propósito que irritarle, pero, no importa el grado de insolencia a la que llegaran, nunca se daba por enterado de sus impertinencias en el momento, aunque los castigara severamente después. Cuando comenzó la guerra, los cadetes le pidieron que pronunciara un discurso, y estas fueron sus palabras: “Soldados: haced discursos cortos, no seaís rápidos en desenvainar la espada en una lucha civil, pero una vez desenvainada, “sostenella y no enmendalla”. El joven Polk me dijo que el entusiasmo que generó este discurso fue indescriptible.
31 de mayo, domingo- El obispo de Georgia predicó ayer a un gran número de feligreses en el templo Presbiteriano. Es un predicador muy elocuente; después confirmó a 20 personas, entre otros, el Coronel Gale (de más de 40 años) y al joven Polk. Después de asistir a la Iglesia, me reuní de nuevo con el General Bragg, que me habló largo y tendido sobre la batalla de Murfreesboro´(en la que él estaba al mando) Dijo que se mantuvo en el campo de batalla que había hanado durante tres días y medio, y que sólo se retiró debido a que sus tropas estaban agotadas, y después de tomar más de 6000 prisioneros, mucha artillería y más botín. Reconocía que Rosencrans había demostrado gran firmeza “el único hombre del ejército yanqui que no ha sufrido una derrota estrepitosa”. Me mostró en un plano la posición exacta de los dos ejércitos, y el campo de operaciones de los dos renombrados guerrilleros, Morgan y Forrest.

El Coronel Grenfell me volvió a llamar, y quedamos en visitar los puestos avanzados en martes. Me habló en los mejores términos de Bragg, Polk, Hardee y Cleburne; pero tenía a otros generales en la opinión de “políticos, y a otros por buenso guerreros, pero sin estudios y adictos en demasía a los espirituosos. Lamentaba los efectos que la política tenía sobre las cuestiones puramente militares en el ejército Confederado. Aunque pensaba que en el Norte esto era todavía peor. (N. del T No le faltaba razón. La incompetencia rayana en la cobardía del General Unionista McClellan sólo se puede explicar porque estaba en el partido de los “Demócratas de la Paz” o Copperheads y aspiraba a la presidencia)

A las 2 PM viajé a Wartrace en compañía del General Bragg y del Obispo de Georgia. Nos instalamos en un vagón de equipaje, y el General y el Obispo eran las únicas personas que tenían asientos. Aunque la distancia de Shelbyville a Wartrace es de sólo 8 millas, tardamos una hora y 10 minutos en realizar el trayecto, debido al peligroso y destartalado estado en que se hallaban los raíles. Al llegar a Wartrace nos entretuvo el Mayor General Cleburne. Este oficial me contó su vida. Es hijo de un Doctor de Ballincolig. A la edad de 17 se escapó de casa y se alistó en el 41 regimiento de infantería de Su Majestad, en el que sirvió durante 3 años primero como soldado y después como cabo. Después compró su licencia y emigró a Arkansas, donde estudió Derecho, y evitando meterse en política, le fue muy bien como abogado. Cuando empezó la guerra fue elegido capitán de su compañía, después coronel de su regimiento, y desde entonces, por sus distinguidos servicios en las campañas occidentales, ha sido ascendido al mando de una división (10.000 hombres) el más alto rango que ha alcanzado un extranjero al servicio de los Confederados. Me comentó que atribuía sus ascensos a las útiles lecciones que aprendió en el ejército inglés, y aludió entre risas a al balnco cuello de su uniforme, que su experiencia en el 41 le había permitido mantener más impolutas que cualquier otro General Condederado. (El regimiento 41 llega cuellos blancos; igual que los Generales del Ejército Confederado. M de Polignac ha sido nombrado brigadier hace poco; el y Cleburne son los dos únicos generales Confederados que son extranjeros)

Ahora tiene 35 años de edad; pero, como le han salido canas, parece mayor. Los Generales Bragg y Hardee se deshacían en elogios a su persona, y afirmaban que ha ascendido por méritos propios.

A las 5 PM asistía a una gran homilía al aire libre en el campamento del General Wood. El Obispo Elliot pronunció un admirable sermón a una congregación de 3000 soldados, que le escucharon con la mayor de las atenciones. Los Generales Bragg, Polk, Hardee, Withers, Cleburne, e innumerbles brigadieres también estaban presentes. No se puede ponderar suficientemente la veneración que todos, oficiales y soldados, le tienen al obispo Elliot; y aunque la mayoría de los oficiales son Episcopalianos, la mayoría de los soldados son Metodistas, Baptistas, etc. El obispo Elliot me explicó después que la razón de que la mayoría de la gente abandonara la Iglesia se debía a que no existían obispos en América durante el “yugo inglés”; y que como todos los clérigos eran designados desde la Madre Patria, se habían adherido sin excepción a la misma durante la Revolución, y lo habían pagado con sus vidas.

Cené y pasé la noche en el alojamiento del General Hardee, pero estuve por la tarde en casa de las Señoras ___________, donde tuve que escuchar nuevas filípicas de las señoras contra los yanquis.

Creo que es un gran error suponer que la prensa está sujeta a censura en el Sur, pues constantemente puedo leer los ataques más virulentos contra el Presidente, contra los distintos generales y contra las medidas concretas que toman. Hoy pude escuchar a los oficiales quejándose amargamente del “Rebelde de Chattanooga”, por publicar una narración de la partida de Breckinridge con su ejército para reforzar a Jackson en el Mississippi, procurando así información valiosa al enemigo.

1 de junio, lunes- Asistimos a la revista de la Brigada del General Liddell en Bellbuckle, a una distancia de seis millas. Había tres carruajes llenos de damas, y yo cabalgaba una excelente montura, regalo del General John Morgan al General Hardee. Tanto la temperatura como el paisaje eran deliciosos. El General Hardee me preguntó en especial acerca del recibimiento de que había gozado Mr. Mason (N del T Diplomático que envió la Confederación para que el Reino Unido los reconociera) en Ingleterra. Le respondí que creía que sí que había tenido un buen recibimiento, por parte de individuos particulares. Con frecuencia los Sureños resultan bastante susceptibles en este punto.

La brigada del General Liddell se componía de tropas de Arkansas (5 regimientos muy débiles que habían sufrido mucho en las distintas batallas, y que había sido difícil reclutar debido al bloqueo del Mississippi. Eran de buena estatura, sanos de cuerpo, e iban bien vestidos, pero sin ninguna uniformidad en el corte o el color; aunque casi todos iban de gris o llevaban casacas marrones y sombreros de fieltro. Me contaron que incluso si algún regimiento por causalidad llevaba el uniforme Confederado copleto, se volvería multicolor al poco tiempo, pues los soldados preferían llevar las toscas chaquetas y pantalones tejidas por sus madres y hermanas en casa. Los Generales, con buen criterio y conociéndolos, les dejan hacer lo que quieren en ese aspecto, y sólo insisten en que sus armas y equipo estén en buen orden. Los oficiales si van en su mayoría de uniforme, que es sencillo y funcional, a saber: una casaca gris-azulada de un color parecido a la de los yagers Australanos. La infantería lleva cuellos azules, la artillería rojos, los doctores negros, los oficiales balncos, y la caballería amariilo. De esa manera no se equivoca nadie en relación con la rama del ejército a la que un oficial pertenece y tampoco se puede equivocar uno con respecto a su rango. Un subteniente, un teniente, y un capitán, llevan, respectivamente, una, dos y tres barras en el cuello. Un mayor, un teniente coronel, y un coronel, llevan una, dos o tres estrellas en el cuello.
Antes de adelantar a la brigada, vimos que muchos de los soldados se habían quitado las casacas y marchaban delante del general en mangas de camisa, debido al intento calor. La mayoría iban armados con rifles Enfield capturados al enemigo. La mayoría habían perdido o tirado sus bayonetas, que al parecer no valoran como es debido, y afirman que nunca han conocido a algún yanqui que se pusiera cerca de ellas. Les dije que me gustaría verlos formar en cuadro, aunque me dijeron que “no les habían entrenado para hacer esa maniobra” (salvo un cuadrado de dos en fondo) Me dijeron que el país no admite las cargas de caballería, incluso si la caballería yanqui tuviera estómago para efectuarlas.

Cada regimiento llevaba su “bandera de batalla” azúl, con borde blanco, con los nombres "Belmont," "Shiloh," "Perryville," "Richmond, Ky.," y "Murfreesboro."

Maniobraban no del todo mal, y cuando avanzaban en línea era bastante notable; pero el general Liddel ha inventado varios movimientos de su propia cosecha, por lo que se ha ganado los reproches del general Hardee. Cuando acabó la revista, el obispo Elliot dirigió una excelente arenga a las tropas, en parte religiosa, y en parte patriótica. Lo acompañaba un congresista de apariencia vulgar, de Arkansas, llamado Hanley, que pronunció un mitín político largo y aburrido, y acabó postulándose como candidato para las próximas elecciones. Este discurso me pareció (a mí y a otros) extemporáneo, fuera de lugar, ridículo y de mal gusto, dirigido como iba a soldados que se iban a jugar la vida ante el enemigo. Pero este es uno de los resultados del sufragio universal. Después los soldados expresaron su deseo de que el General Hardee dijera algo, pero declinó hacerlo. Me imagino que la disciplina en su ejército es la más estricta de la Confederación, ya que sus hombres marchan con mucho más orden que los que vi en Mississippi.

Fusilaron a un soldado en Wartrace esta tarde. Oímos los disparos justo cuando abandonamos los carruajes para dirigirnos a Shelbyville. Su delito fue pasarse al enemigo; y la brigada del reo estaba en Tullahoma (a unas 20 millas); fue ejecutado sin ceremonia por el ProvostGuard. Se cuelga a los espías de vez en cuando; pero el general Bragg me dijo que era imposible que ambos ejércitos acabaran con esa práctica.

El obispo Elliot, el Dr. QUintard y yo mismo volvimos a las dependencias del General Polk a las 5 PM; donde me presentaron al Coronel Styles, que había sido anteriormente embajador de los Estados Unidos en Viena. Por la tarde conocía al General Wheeler, el sucesro de Van Dorn al mando de la caballería de este ejército, con más de 24.000 hombres. Es un hombre diminuto, de 26 años, que llevaba un abrigo que le quedaba muy grande.

Se ganó su reputación protegiendo la retirada del ejército por Kentucky el año pasado. Era graduado de West Point, y parece un oficial notablemente celoso, además de ser muy modesto y nada pretencioso en sus maneras. El General Polk me dijo que, a pesar de la partida de Breckinridge, su ejército es mucho más poderoso ahora que cuando se entabló la batalla de Murfreesboro´. Creo que ahora podrían ponerse en el campo de batalla inmediatamente 45.000 hombres contando infantería y artillería.

2 de junio, martes. El Coronel Grenfell y yo calbalgamos a los puestos avanzados, partiendo de la carretera a Murfreesboro´a las 6 AM. Llovió copiosamente casi todo el día. Me explicó la manera de luchas de la caballería del Oeste, que afirmaba que se adaptaba admirablemente a las características del país; pero negaba que pudieran, en cualquier circunstancia, realizar una carga propiamente dicha de caballería regular en campo abierto. Su sistema es desmontar y dejar sus caballos en un lugar seguro. Un hombre queda a cargo de su caballo y de otros tres, en tanto que los demás actúan como escaramuceadores de infantería en los densos bosques de este país, haciendo gran estruendo y engañando al enemigo en lo que concierne a sus números y haciéndole duda de si se trata de infantería o caballería. De esta guisa Morgan, ayudado por dos pequeños cañones, denominados bull-dogs, atacó a los yanquis con éxito en ciudades, fuertes, empalizadas y vapores; y con el mismo sistema Wheeler y Wharton mantuvieron a un enorme ejército que les perseguía en jaque durante 27 días, retirándose y peleando cada día, engañando al enemigo haciéndole pensar que se les oponía una poderosa fuerza compuesta por las tres ramas del ejército.

El Coronel Grenfell me dijo que la única manera en que un oficial podía adquirir ascendencia sobre los soldados Confederados era con su conducta personal bajo el fuego. Estimán más a quién en acción demuestra más desprecio por el peligro; pero no tienen en nada a un oficial que no tiene costumbre de mandarles yendo al frente; un hombre así, en verdad, no puede mantener su puesto. Tal y como lo expresó el Coronel: “cada partícula de autoridad ha de ser adquirida con una gota de tu sangre”. Me contó que estaba en una situación muy apurada con las autoridades civiles del Estado, que le acusan de apropiación indebida de caballos, y también de conspiración para facilitar que un negro huyera de su legítimo propietario, y añadió que temía que las autoridades militares bien tenían miedo, bien serían incapaces de protegerle debidamente.


Durante las primeras nueve millas el camino era recto, y avanzaba por colinas ondulantes, rodeadas de densos bosques a los lados del mismo. Después llegamos a un paso de montalla llamado Guy´s Gap, que, debido a la posición de las colinas, es muy fuerte, y puede ser defendido por una fuerza escasa en número. Las colinas se extienden tan lejos como a Watrace, pero entiendo que se puede superar la posición por el flanco izquierdo.

Después de dos millas pasado Guy´s Gap se hallaba el cuartel general del General Martin, el oficial que está al mando de la brigada de caballería asignada al lugar.

El General Martin me mostró la carta enviada por los yanquis hace pocos días bajo bandera de tregua con MrVallandigham. La carta tenía una redacción curiosa, y terminaba, por lo que puedo recordar, con esta expresión: “Mr. Vallandinham se entrega por lo tanto para quedar al respetuoso cuidado de las autoridades Confederadas”. El General Martin me dijo que las escaramuzas y los combates en la espesura son cosa cotidiana, y que hace diez días, la caballería enemiga, precipitándose audazmente, había capturado una pieza de campaña cerca de sus propios cuarteles. No obstante fue recuperada y los incursores abatidos.

Uno de los oficiales del Estado Mayor del General Martin nos llevó al vivac del Coronel Webb (tres millas por el camino) que mandaba el regimiento en el puesto avanzado de allí (el 51 de caballería de Alabama) Era abogado de profesión, y parecía un tipo formidable; insistío en cabalgar con nosotros hasta los piquetes a pesar de la lluvia, y también quería que su regimiento se presentara para que lo viéramos cuando estuviéramos de vuelta. Estos puesto avanzados extremos están a dos millas del puesto del Coronel Webb, y a 16 millas de Shelvibille. La tierra de nadie se extendía unas tres millas. Cabalgamos hasta donde resultaba seguro; y justo hasta que se podía ver a los piquetes de los yanquis. Los piquetes Confederados se hallaban a intervalos de 300 o 400 yardas. El regimiento del Coronel Webb estaba a cargo de unas dos millas de frente; y de modo similar, la cadena de centinelas se extendía mediante otro cuerpo a izquierda y derecha a lo largo de más de 80 millas. Ambos bandos envían exploradores constantemente para adquirir inteligencia. Los piquetes y exploradores de los dos bandos abren fuego invariablemente cuando se encuentran; y el Coronel Webb me ofreció de buena fe, que si yo estaba particularmente deseoso de observar sus hábitos y costumbres, mandar al frente a unos cuantos hombres para que viera un poco de combate. Le agradecí mucho la oferta, pero le rogué que no se metiera en tantos problemas para darme gusto. Me mostró la casa donde habían dejado “tirado” a Vallandingham, entre los puestos avanzados cuando se rechazó recibirle bajo bandera de tregua.

Los bosques en los lugares que ocupan ambos bandos muestran numerosas señales de los combates cotidianos. La mayoría de las casas junto al camino han sido devastadas.; pero una vieja dama bizarra había rechazado marcharse obstinadamente, aunque su casa ha estado en en centro de varios combates, y mostraba muchas trazas de cañonazos y metralla. 97 hombres son empleados cotidianamente en el regimiento del Coronel Webb en patrulla el frente. El resto del 51 de Alabama estaban montados y alineados para recibir al coronel Grenfell cuando volvimos de nuestra visita a los puestos avanzados. Estaban todos armados con largos rifles y revólveres, y no tenían sables, constituyendo un fenomenal grupo de hombres jóvenes. Sus caballos estban en mucha mejor condición de lo que se podía esperar, considerando el escaso forraje y los trabajos que han tenido que soportar en los últimos cinco meses, sin cobijo de ningún tipo, exceptuando lo árboles. El Coronel Grenfell me dijo que eran un ejemplo muy representativo de la numerosa caballería del ejército de Bragg.
Volvía Shelbyville a las 4;30 AM justo a tiempo para asistir a una ceremonia muy interesante propia de los Norteamericanos. Era un bautismo en la Iglesia Episcopaliana. La ceremonia fue celebrada magníficamente por el Obispo Elliot, y el bautizado era nada menos que el comandante en jede del ejército. El obispo tomó la mano del General con la suya (este último se arrodilló frente a la pila bautismal) y dijo “Baxton, si aún no ha sido bautizado yo te bautizo ahora” etc. Inmediatamente después confirmó al General Bragg, que estrechó las manos con el General Polk, con los oficiales de los Estados Mayores respectivos y conmigo mismo, que sólo eramos espectadores.

Los soldados que ejercían de centinelas en las dependencias del General Polk, estaban faltos tanto de zapatos como de medias. Eran los primeros soldados descalzos confederados que veía.

Tenía la idea de dejar Shelvyville mañana junto con el Obispo Elliot; pero me informaron que una fuerza de reconocimiento estaba preparada mañana, así que acepté la amable oferta del General Polk de gozar de su hospitalidad dos días más. Cuatro de las brigads de Polk junto con artillería se desplazan al frente mañana, y el General Hardee, también va a realizar una ofensiva desde Wartrace. El objeto de este movimiento es evaluar la fuerza enemiga en Murfreesboro´pues según los rumores Rosencrans está fortaleciendo el ejército de Gran en el Mississippi, lo que el general Bragg no permitirá que suceda impunemente. El tiempoescasi glacial.

3 de junio, miércoles. El Obispo Elliott abandonó Savannah a las 6 AM, en medio de una intensa lluvia que continuó el día entero prácticamente. Grenfell vino a verme, lleno de ira. Le había arrestado un civil en su cama misma bajo la acusación de robo de caballos y de ayudar a un negro a escapar de su amo. El General Bragg había sido su fiador, pero como es natural estaba furioso por tamaña ofensa. Pero, según su propio relato, parece no haber actuado muy discretamente por lo que concierne al negro y tendrá que comparecer ante un tribunal civil el octubre próximo. El General Polk y sus oficiales estaban indignados por el suceso, que no obstante, es la prueba más clara y extraordinaria de que el poder civil prevalece sobre el militar en el Sur; pues aquí se trataba del arresto de un oficial de importancia, a pesar del apoyo de su Comandante en Jefe, y cuando prestaba servicio justo delante del enemigo. Al ser su fiador, el General Bragg dio pruebas positivas de que exoneraba a Grenfell de mala conducta alguna. (Unos días después de separarme del Coronel Grenfell en recorté de un periódico de Charleston que el Coronel sólo estaba obedeciendo órdenes del general al sustraer el caballo del soldado, y también temporalmente de su dinero:

El Coronel St. Legel Grenfell. El corresponsal del ejército occidental del Mobile Register nos informa de lo siguiente: el famoso coronel St. LegerGrenfell, que prestó servicios con Morgan el pasado verano, y que desde entonces ha sido Inspector Asistente del General Bragg, fue arrestado hace pocos días por las autoridades civiles. El Sheriff y los ayudantes que se dirigían a detener al osado inglés le llamaron antes de que se levantara por la mañana, y después de eso se adecentó y se puso su cinto y sus queridas pistolas. El funcionario repitió la orden, y el inglés lanzó un juramento, y después tuvo lugar un forcejeo que duró una media hora, ofreciendo el bravo británico fuerte resistencia, no obtante, tuvo que ceder ante la inferioridad numérica, y al final fue puesto fuera de combate y desarmado. (esto es todo disparate; los esbirros de la ley mostraron el mayor de los cuidados para atrapar al Coronel Grenfell cuando estaba en la cama y dormido.
Las acusaciones eran que retuvo en su posesión el esclavo de un ciudadano Confederado y que rehusó devolverlo a el o a ella; que cuando se encontró con un soldado que se acercaba al ejército a caballo, le acusó de ser un desertor, le obligo a desmontar, y tomó su caballo su equipo y dinero, afirmando que nos desertores no son dignos de poseer esas cosas, y mandó al dueño a un lugar donde no se pudiera oír hablar más de él. El sunto acabó resultando en el que el Coronel Grenfell, culpable o no, entregó al negro, a los caballos y el dinero a las autoridadesciviles. Si las acusaciones contra él se acreditan, no hay duda de que el general Bragg tendrá que relevarlo del mando; pero si, por el contrario, se trata de acusaciones calumniosas, es un hombre de gran valor y un hércules y se ocupará de que los difamadores reciban justo castigo. Su bravura y su gallardía son bien conocidad por sus hazañas en la campaña de Kentucke; y se espera que quede limpía esta mácula en su hoja de servicios y en su reputación. Y si no ya se ocupará él mismo de ello”:


Por la noche, en la oscuridad, el General Polk llamó mi atención sobre la forma en que operan los signos de las almenaras. Una luz estaba parada en el suelo, mientras que otra se movía sobre ella hacia delante y hacia atrás. Nos dieron la inteligencia de que el General Hardee había expulsado al enemigo a unas cinco millas de Murfreesboro´después de duras escaramuzas durante todo del día.

Conseguí sacarle al General Polk la famosa historia de su celebrada aventura con el regimiento (norteño) de Indiana, que resultó en la práctica aniquilación de dicho cuerpo. En todos mis viajes he escuchado a oficiales y soldados hablando de las extraordinarias hazañas del “obispo”. La modesta pero gráfica manera en la que el General Polk relataba estos maravillosos ejemplos de valentía y frialdad eran extremadamente interesantes, y ahora volveré a reperirlas, tan exactamente como pueda, con sus mismas palabras.

“Bueno señor, fue en la batalla de Perryville, bastante de noche, estaba casi oscuro cuando la brigada de Liddel entró en acción. Después de su llegada vi a un cuerpo de hombres, que creí Confederados, que estaban defendiendo un ángulo en esta brigada, y disparando oblicuamente a las tropas que habían llegado de refresco. Me dije: “Dios mío, que triste es esto, hay que detenerlo”. Así que me di la vuelta, pero no pude encontrar a ninguno de mis muchachos, que estaban ausentes debido a mis órdenes; así que decidí acércame yo mismo a caballo y arreglar la cuestión. Llegando a medio galope al coronel del regimiento que estaba disparando, y en un tono destemplado le pregunté qué demonios pensaba que estaba haciendo disparando a a sus propios amigos, y le pedí que parara de inmediato. Me respondió sorprendido “no creo que haya error alguno; son el enemigo”. “¿El enemigo? –Dije yo- Si acabo de dejarlos. Detengan el fuego señor; ¿cómo se llama señor? “ -“Me llamo Coronel _____ del ___ de Indiana, y señor, ¿quién es usted?”.

Y entonces me percaté, para sorpresa mía, que era un yanqui, y que estaba en la retaguardia de un regimiento de yanquis. Así que no me quedaba otra ser descarado; a Dios gracias mi abrigo oscuro y la propia noche jugaban en mi favor, así que me acerqué a él y le di un puñetazo en la cara, diciendo “ya le enseñaré quién soy, señor; detenga el fuego INMEDIATAMENTE”. Después volví grupas y me fui al trote a lo largo de toda la línea, gritando con tono de autoridad a los yanquis que dejaran de disparar; al mismo tiempo, claro, tenía una sensación desgradable, un cosquilleo en la espalda, calculando cuantas balas iban a alojarme entre pecho y espalda de un momento a otro. Temía aumentar la marcha hasta que al fin llegué a un pequeño bosquecillo, y en ese momento apreté las espuelas y volví con mis hombres a galope tendido. Después me dirigí al coronel más cercano y le dije “Coronel, he hecho un reconocimiento muy minucioso de esos tipos, y como no hay duda de lo que son, adelante y a por ellos”. Y le aseguro señor, que la aniquilación de ese regimiento de Indiana supera a todo lo que he visto en la guerra”.

(Si el general Polk llega a leer esto, espero que me perdone si he cometido algún error relatando esta aventura)

Me parece claro que exite un cierto pique entre los ejércitos de Tennessee y de Virginia. Cada uno alardea de luchar major que el otro, y de haber tenido que enfrentarse a las mejores tropas y a los mejores Generales Federales.

Los Sureños estiman en mucho por lo general a las tropas federales noroccidentales, que componen en su mayoría los ejércitos de Grant y Rosecrans; vienen de los Estados de Ohio, Iowa, Indiana, etc. También se respeta a los Federales irlandeses por su combatividad. Pero los yanquis auténticos (N del T de Nueva Inglaterra) y los alemanes no son muy apreciados.

Me ha decepcionado agradablemente el clima de Tennesse, más templado de lo que esperaba.

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4 de junio, jueves.- EL Coronel Richmond cabalgó conmigo hacia los puestos avanzados, con el fin de estar presente en el reconocimiento que iba a ser efectuado al mando del General Cheatham. Llegamos al campo de operaciones a las 2 PM, y encontramos que la caballería (desmontada) de Martin había marchado hacia el enemigo durante unas tres millas, y que, después de duras escaramuzas, le había expulsado de sus puestos avanzados. El enemigo disponía de unos 2000 infantes, bien atrincherados, con su artillería dominando la carretera. La infantería Confederada estaba oculta en los bosques, a una milla en la retaguardia de la caballería desmontada.

Puesto que esta era la situación, el Coronel y yo cabalgamos tan lejos como era seguro.

Después desmontamos y nos internamos furtivamente en los bosques que rodeaban el camino hasta que llegamos a unas 800 yardas de los yanquis, que podíamos ver a placer con nuestros prismáticos. Sólo contamos 70 soldados de infantería, con una pieza de campaña en un ángulo de la carretera, y pudimos ver a varios oficiales galopando a lo largo de la línea dando órdenes. Cuando estábamos haciendo lo dicho, comenzó un fuego intenso y vítores ruidosos en los bosques que estaban a nuestra izquierda; de modo que, temiendo ser flanqueados, montamos de nuevo y regresamos a un claro, a unas 600 yardas en retaguardia, donde hallamos al General Martin dando órdenes para la retirada de la caballería del frente, así como de los escaramuceadores.

Fue algo extremadamente curioso contemplar a 300 caballos surgiendo súbitamente del bosque que se hallaba justo en frente de nosotros, donde habían estado ocultados, un hombre por cada cuatro caballos, montando uno y guiando al resto, atados juntos por sus cabezas. De esta guisa los vi cruzar un campo de algodón al trote, y ubicarse en una posición más segura; dos o tres hombres fueron a medio galope a retaguardia instalando en el flanco a los caballos guiados de esta forma. Pronto fueron seguidos por los hombres del regimiento, retirándose en orden de escaramuza al mando del Coronel Webb, y se alinearon en una valla paralela a nuestra marcha. Lo mismo sucedió a nuestra derecha.

Puesto que continuaban los disparos en nuestro flanco izquierdo, mis amigos tenían la esperanza de que los yanquis pudieran caer en la trampa de seguir a los tiradores en retirada de modo hasta que se precipitaran al lugar donde se hallaban las dos brigadas de infantería, que les tenían preparada una emboscada, y se había planeado que, en tal caso, algunos Confederados montados se situaran en su retaguardia, y así se capturaría a buen número de ellos, pero tan simple e ingenioso expediente fracasó debido a la cabezonería del enemigo, que se negó con obstinación a avanzar más.

El empleo de la caballería era muy notable, y parecía ajustarse admirablemente a este tipo de escaramuzas. Nunca se alejaban mucho de los hombres, que podían montar y estar situados en otro lugar del campo de batalla con celeridad o retirarse para ocupar otra posición, o actuar como caballería si la situación así lo demandaba. Tanto los oficiales superiores como los hombres sin graduación se comportaban con la frialdad más absoluta; y aunque esperábamos un avance yanqui, oí comentar a los soldados que “no les gusta que les priven de sus buenas botas”, pues parece que uno de los objetivos principales de matar a un yanqui es quitarle su valioso calzado, que aquí escasea.

Después se entabló una tremenda contienda en los bosques, y los árboles eran derribados en todas direcciones por los cañonazos; pero supongo que las bajas en este tipo de escaramuzas son escasas, a menos que se acerquen demasiado unos a otros en los espacios cultivados a campo abierto entre los bosques. No supe de nadie que muriera hoy, aunque si quedaron heridos algunos y algunos caballos fueron muertos. El Coronel Richmond y el Coronel Webb se hallaban muy desilusionados ya que la desidia y estolidez del enemigo impedía que la escaramuza adquiriera mayores dimensiones, y el General Cheatham me dijo “Estaríamos muy contentos de haberle tenido con nosotros, Coronel, pudiendo observar cómo hacemos las cosas habitualmente”.

Después de esperar en vano hasta las 5 PM, y no viendo signos de que aconteciera nada más interesante, el Coronel Richmond y yo volvimos a medio galope a Shelbyville. Nos acompañaba un destacamento de la guardia personal del General Polk, compuesto de jóvenes de buena posición en Nueva Orleans. La mayoría hablaban Francés, y todos ellos tenían esclavos en el campo que les servían, aunque su rango era el de soldados rasos, teniendo que desempeñar las poco atractiva tarea de ordenanzas (o correos, como se los denomina aquí) De vuelta pudimos escuchar un fuerte intercambio de disparos a nuestra izquierda, desde la dirección en que el General Withers estaba conduciendo su parte del reconocimiento con otras dos brigadas de infantería.

Después de oscurecer, el General Polk recibió un mensaje de Cheatham, que decía que a pesar de todo el enemigo había avanzado con fuerzas considerables a las 6:15 PM, y le había obligado a retirarse a Guy´s Gap. También oímos que el General Cleburne, que había llegado desde Wartrace, había perdido su caballo de un disparo. El objeto del reconocimiento, por tanto, parecía que se había cumplido, pues aparentemente el enemigo se había hecho fuerte en Murfreesboro´ y no tenía intención de abandonar la posición sin lucha.

Me despedí del General Polk. Su amabilidad y hospitalidad han excedido todo lo que se podía esperar. Siempre le estaré eternamente agradecido, y siempre le recordaré con admiración como sincero patriota, gallardo soldado, y perfecto caballero. Sus ayudas de campo, Richmond y Yeatman, son también ejemplos excelentes de la aristocracia sureña. Cultos, ricos y prósperos antes de la guerra, lo han abandonado todo por su país. Ellos, junto con otros caballeros del Sur del mismo rango, se enorgullecen de sus antepasados ingleses. Se complacen de hablar inglés como nosotros, y de que sus sentimientos y sus maneras sean tan parecidas a las de clases superiores en la vieja Inglaterra. No hay oficiales de Estado mayor que pudieran desempeñar sus cometidos con más celo y eficacia que esos caballeros, aunque no sean militares profesionales.

5 de junio, viernes.- Abandoné Shlebyville a las 6 AM después de haber estrechado las manos amistosamente con “Aaron” y llegué a Chattanooga a las 4 PM. Puesto que estaba bajo la protección del teniente Donnelson, del Estado Mayor del General Polk, viajé con mejores auspicios que la última vez. El paisaje seguía siendo soberbio.

Se dice que en Tennessee oriental hay más partidarios del Norte que del sur, y ahora la Confederación trata de reclutar más soldados entre su población; pero a veces se niegan y se echan al monte.

Partí de Chattanooga a Atlanta a las 4:30 PM . El tren estaba atestado con heridos y enfermos que volvían a sus hogares de permiso. Me señalaron a una mujer bastante atractiva que se decía que había servido como soldado en las batallas de Perryville y Murfreesboro´. Varios hombres en el vagón donde viajaba habían prestado servicio con ella en un regimiento de Luisiana, y añadieron que la habían expulsado poco tiempo después por “conducta inmoral e indebida”. Me dijeron que nadie se llamó a engaño sobre su sexo, pero que no se había dado parte de ella mientras se comportara como es debido, También me dijeron que no era la única representante del sexo femenino en las filas. Cuando la vi llevaba un sobrero de soldado y la casaca reglamentaria, pero había vuelto a llevar enaguas.

6 de junio, sábado- Llegué a Atlanta a las 3 AM y dormí tres horas en el TroutHouse. Después de desayunar me puse en camino hacia Augusta a las 7 AM (174 millas) pero no había avanzado 10 millas el tren cuando nos encontramos con un obstáculo, un mercancías averiado con uno de los vagones completamente destrozado. Esto supuso un retraso de una hora, pero después continuamos y llegamos a Augusta a las 5:15 PM.

Este país de Georgia está colmado de cerros ondulantes, bien cultivados, con muchos árboles; esta porción de la Confederación no ha sufrido demasiado por la guerra. En algunas estaciones las señoras transportaban provisiones en carruajes con destino a los soldados, y después se las repartían de balde. Cuando rechacé dichos regalos por no ser un soldado, las damas me miraron con enorme suspicacia, mezclada con desprecio, ya que en sus ojos se podía leer negro sobre blanco ¿y por qué no estás en el ejército? Me vi obligado a explicarles quien era, y les mostré la carta del general Bragg, que las dejó no poco estupefactas. Me indicaron que Georgia es el único lugar donde se trata a los soldados con tanta liberalidad (en los demás lugares ya son cosa socorrida)

Después de llegar a Augusta, me alojé en la Planter´sHouse, que me pareció muy lujosa después de tanto tiempo en los vagones. Pero aquí el tiempo es mucho más caluroso que en Tennessee.

7 de junio, domingo- Augusta es una ciudad de 20000 habitantes, sus calles son muy amplias, y como las casas tienen pocos pisos, se extiende mucho. En ningún lugar en el que he estado hasta ahora he visto tan pocas trazas de la guerra, lo que hacía un contraste delicioso con las ciudades empobrecidas y asoladas por la guerra que había venido visitando. Asistí a un servicio en el Templo Episcopaliano, y casi se hubiera dicho que me encontraba en Inglaterra. Las mismas ceremonias y la Iglesia repleta de gente vestida con gusto.

A las 2 PM cené en casa de Mr. Carmichael, yerno del obispo Elliot, que me dijo que había 2000 voluntarios en Augusta, que reciben instrucción regularmente y están bien preparados para resistir incursiones. Esos hombres quedaron exentos del reclutamiento por razón de su edad, nacionalidad u otras causas (haber comprado sustitutos). A las 4 PM MrCarmichael, me llevó en su calesa a ver al coronel Rains, el Superintendente de las fábricas del gobierno aquí. Mi objeto principal al detenerme en Augusta era visitar la fábrica de pólvora y los arsenales, pero, para decepción mía, descubrí que las presentes necesidades del Estado no hacen que se considere necesario tener en funcionamiento estás fábricas los domingos.
Entablé una larga e interesante conversación con el Coronel Rains, que es un hombre inteligente, culto y agradable. Educado en West Point, prestó servicio poco tiempo en el ejército Federal, y después ejerció el puesto de profesor de química en el Colegio Militar. Después trabajó en la manufactura de maquinaria en el Norte. Al principio de la guerra, con su perspicacia habitual, el Presidente Davis le designó como la persona más competente para diseñar y construir las fábricas del gobierno en Augusta, dándole carta blanca para actuar como lo deseara. Y el resultado le ha dado la razón. El Coronel Rains me dijo que al principio de la guerra, no se producía casi ni un grano de pólvora en todo el Sur. Entonces se construyeron las fábricas de pólvora y los arsenales de Augusta y ahora se producen no menos de 7000 libras de pólvora cada día. Al gobierno sólo le cuesta la pólvora cuatro céntimos la libra. El salitre (9/10 partes del mismo lo traen los burladores del bloqueo desde Inglaterra) costaba antes 75 céntumos, pero pero últimamente se ha encarecido. En la construcción de las fábricas de pólvora, el Coronel me dijo que debía mucho a un trabajo del Mayor Bradley de Waltham Abbey.

En la fábrica de cañones, está listo para el servicio un Napoleón de 12 libras cada dos días; pero se espera que en poco tiempo la producción sea diaria. Los cañones están hechos de una aleación inventada por los austriacos recientemente, y que fue recomendada al gobierno Confederado por Mr Mason. Se los pone a prueba con una carga de 10 libras de pólvora y luego se los carga por la boca con barras. Doscientos mecánicos excelentes se han librado de la conscripción para ser empleados en las fábricas. La increíble velocidad con la que se han improvisado y construido estas fábricas, su enorme éxito y su gran valor desde un punto de vista nacional, son prueba definitiva de la energía y determinación del carácter sureño, ahora que ha sido puesto a prueba; y también del celo y de la habilidad del Coronel Rains. Me dijo que Augusta había sido elegida como lugar para las fábricas debido a su lejanía de los teatros principales probables de la guerra, por su posición central, y por sus buenas comunicaciones; porque esta ciudad se enorgullece de un río navegable y de un canal, además de estar situada en un nudo de ferrocarriles. El Coronel Rains, dijo, que aunque a los Sureños les había faltado pólvora al principio de la guerra, todavía les faltaba más fulminante. Pero ahora un gran número (he olvidado la cantidad exacta) se elabora cada día en la fábrica gubernamental de Atlanta.

Me dirigí por tren a Charleston a las 7 PM: mi vagón estaba repleto de prisioneros yanquis.

8 de junio lunes- Llegué a Charleston a las 5 AM y me dirigí al hotel Charleston en ómnibus. A las 9 en punto fui a la oficina del General Beauregard, pero para decepción mía, me enteré de que estaba ausente en un viaje de inspección a Florida. No obstante se espera que regrese en dos o tres días.

Después fui a ver al General Ripley, que manda la guarnición y los fuertes de Charleston. Es hombre jovial, que disfruta con las cosas buenas de la vida, pero que se dice que nunca deja que esta propensión se interponga entre él y sus deberes militares, que desempeña con talento y celo. Tiene reputación de excelente oficial de artillería, y aunque norteño de nacimiento, es un fanático rebelde inasequible al desaliento. Tengo entendido que escribió un libro sobre la guerra contra México, y después de dejar el ejército Federal, estuvo mucho tiempo en Inglaterra, trabajando en una pequeña fábrica de armas en Enfield, y en otras compañías similares. Casi todo el mérito de la eficacia de las fortificaciones de Charleston se debe a él. Y a pesar de ser natural del norte y de sus hábitos ocasionalmente indiscretos, es muy popular.

Después fui a ver a Mr Robertson, un comerciante, para el que había traído una carta de recomendación de Inglaterra. Este viejo caballero me llevó a dar una vuelta en su calesa a las & PM. Parece que en esta época del año el país que rodea la ciudad es bastante insalubre, pues cuando llegamos a campo abierto, Mr Robertson señaló a una casa aislada y dijo “Que conste que me gusta tanto el dinero como a cualquier judío, pero nunca dormiría en esa casa aunque me pagaran por hacerlo”.

Después tenía la intención de visitar, llevando conmigo una carta de recomendación al efecto, a Mr Blake, un caballero inglés, en su plantación de Combahee, pero Mr Robertson me aconsejó que me olvidara del asunto. Bien sabía el los desastres que había acarreado la última incursión yanqui en el río Combahee. Al parecer se han destruido inmensas propiedades y se ha liberado a todos los esclavos. Esta mañana vi a un pobre plantador en la oficina de Mr Robertson, que ha sido total y repentinamente arruinado como consecuencia de esta incursión.

Los saqueadores consistían en su mayoría en negros del Norte armados. Al no quedar blancos Sureños para enfrentarlos (están todos o casi todos en el ejército), pueden perpetrar sus rapiñas con total impunidad. Parece que gran parte de la tierra de Charleston pertenece bien a los Blakes o a los Heywards. Mr Blake perdió 30 negros en la última incursión, pero ya lleva perdidos 150 desde que comenzó la guerra.

Mr Robertson me llevó posteriormente a visitar a Mrs------ la hija de Mr Walter Blake. Charleston me parecía relativamente cómodo y lujoso, sobre todo cuando llevaba 10 semanas pasando todo tipo de fatigas. Pero sus habitantes, no cabe duda, deben estar pasándolo muy mal. Tanto la iluminación como la pavimentación de la ciudad están casi totalmente deterioradas. La mayoría de los comercios han cerrado. En los que permanecían abiertos existían pocos artículos, que además se vendían a precios de ciudad situada. Intenté comprar una bufanda negra, pero no pude encontrar esa prenda después de haber buscado por todo Charleston.

Hay mucha especulación sobre los barcos que consiguen burlar el bloqueo, y gran parte del negocio consiste en la compraventa de esclavos, ya que los diarios están llenos de anuncios de subastas de esclavos. La porción de la ciudad que fue destruida por el gran incendio parece una vasta espesura en el centro mismo de la ciudad, sin que hasta ahora se haya emprendido la reconstrucción en lo más mínimo; este espacio desierto semeja las ruinas de Pompeya, y se extiende, según cuenta Mr Robertson, una milla de largo por media milla de ancho. Casi toda la distancia entre la Mills House y el Charleston Hotel está en ese desolador estado. El fuego comenzó por mero accidente, pero el violento viento que azotó el lugar repentinamente hizo infructuosos todos los esfuerzos que se hicieron por sofocarlo.

Llena de melancolía ver los muelles desiertos, con los enormes carteles que anuncian todavía viajes en vapor a Nueva York a Nueva Orleans o a diversas partes del mundo, lo que da una idea de lo activa que era esta ciudad. La gente, no obstante, parece feliz, contenta y llena de determinación. Los dos grandes hoteles están repletos; abundan las señoras atractivas y bien vestidas; los servicios son aceptables y el Hotel Charleston cuesta 8 dólares al día.

9 de junio, martes. El Capitán Fielden vino a buscarme a las 9 AM. Es inglés y sirvió anteriormente en el regimiento 42 de Highlanders. Ahora presta servicio en el ejército Confederado, en el Estado Mayor del General Beauregard. Recuerdo muy bien a su hermano de Sandhurst. El capitán Fielden me acompañó a la oficina del General Ripley, y a las 12 en punto este último oficial nos llevó en su barco para inspeccionar Fort Sumter: de la partida eran el inválido General Davis, un congresista llamado Nutt, el Capitán Fielden, el General y yo mismo. Llegamos a Fort Sumter después de unos tres cuartos de hora. (Como ahora Fuerte Sumter debe hallarse en un estado muy distinto a cuando yo lo vi, creo que no ocasionaré perjuicio alguno si lo describo en las condiciones en las que estaba entonces- Noviembre 1863)

Este fuerte ahora tan famoso (N del T La guerra propiamente dicha empezó con el asalto a este fuerte por los Confederados, Lincoln fue bastante listo para que el primer cañonazo lo dispararan ellos) es un edificio pentagonal construido con ladrillo rojo. Tiene dos hileras de casamatas, además de una batería pesada en la barbeta. Sus muros tienen dos pies de anchura a nivel de los muelles, y de seis pies de espesor en la troneras. Se alza encima del agua, y aparentemente está situado en el mismo centro de la bahía, pero en el lado que da a la Isla de James hay muy poca profundidad. Está dotado de 68 cañones de tipos eficaces pero heterogéneos. Predominan los “Columbiads” de 10 pulgadas, que son quizás los más útiles. Pesan 14.000 libras, lanzan un proyectil de 128 libras, y se desplazan con gran facilidad gracias al sistema Yates de “cog-wheels”. También hay Columbiads de ocho pulgadas, cañones estriados de 42 libras, y cañones Brooks que lanzan proyectiles planos. El General Ripley me dijo que estos últimos cañones de los que tanto se habla, difieren poco de los cañones Blakely. También hay cañones Parrot y Dahlgrens, de hecho, es como si fuera una exposición de los diferentes tipos de artillería con excepción de los Whitworths y los Armstrongs. Pero la mejor pieza del fuerte es un magnífico cañón de 11 pulgadas, rescatado del naufragio del Keokuk; su cañón hermano procedente del mismo barco está en ______. La guarnición es de 350 soldados voluntarios al mando del Coronel Rhett (N del T tal vez a Margaret Mitchell se le ocurrió ese nombre por eso je je) Se los denomina “regulares de los Estados Confederados”, y ciertamente saludan de una manera más marcial que los voluntarios corrientes. Una gran parte de los mismos son extranjeros.
El fuerte Sumter ahora muestra pocas señales del martilleo que sufrió por parte de los acorazados hace 8 semanas. Las dos caras expuestas al fuego han sido arregladas de modo que importantes fracciones de la mampostería tienen una apariencia diferente en relación con el resto del edificio. Se han trasladado los cañones de las casamatas de la cara este, y la hilera inferior de casamatas ha sido rellenada con tierra para darle más consistencia, y para evitar que las balas penetren en el interior de la fortificación, como sucedió en el último ataque. Hay por lo tanto un profundo orificio en el pasillo interior de Fort Sumter, donde se ha apilado tierra para rellenar las casamatas. Los ángulos del Sumter se han fortalecido desde el exterior con bastiones de piedra. Algunos de los rebordes de las troneras superiores se han reforzado con bloques de hierro de tres pies de largo, ocho pulgadas de grosor y 12 pulgadas de ancho. Observé el efecto de un cañonazo pesado en uno de esos bloques que fueron destrozados al momento y cayeron hechos trizas en las rocas que se hallaban debajo, pero que salvaron por el momento de ulteriores perjuicios a las troneras. También pude ver trazas de cañonazos de piezas de 15 pulgadas disparados por el enemigo: las balas pesan 425 libras. Me dijeron que varios cañonazos de piezas de 15 pulgadas habían golpeado los muros y la andanada hizo trizas grandes porciones de la mampostería, y orificios de hasta dos pies de profundidad. Ninguno de los acorazados se acercaría a más de 900 tardas, y el Keokuk, que fue el único que sobrepasó tal distancia, fue inutilizado en 5 minutos, y fue dañado irreparablemente en un cuarto de hora. Se fue a pique la mañana siguiente. Le golpearon duros cañonazos de diez pulgadas y de las piezas de siete pulgadas. Ripley dijo que daría lo que fuera por tener algunos cañones de 11 pulgadas más, pero no puede conseguirlos a menos que se den oportunidades como la del Keokuk.

El combate sólo duró dos horas y 25 minutos. El Fuerte Sumter soportó casi todo el peso del ataque, ayudado en menor grado por Moultrie. Sólo murió un hombre, a consecuencia de la caída del asta de la bandera. Los Confederados no podían creer hasta después de pasado algún tiempo la cuantía del daño que habían infligido; y tampoco se dieron cuenta hasta el día siguiente que se trató de un ataque en toda línea y no de un mero reconocimiento. El General Ripley mostró su confianza en su capacidad de rechazar cualquier ataque de ese tenor.

El Coronel Rhett, el comandante, los entretuvo en el almuerzo en una de las casamatas. Es un hombre agradable y apuesto, además de un oficial muy diligente. Me contó que uno de sus subordinados más capaces era el Capitán Mitchell, hijo del así denominado “patriota irlandés”, editor de uno de los periódicos de Richmond. (Cuya muerte tuvimos que lamentar después de que yo escribiera estas notas)

Desde lo alto del Fuerte hay una buena perspectiva del puerto, y de las fortificaciones que dominan la entrada a Charleston. El Castillo Pinkney y Fuerte Sumter son dos vetustas fortificaciones de mampostería emplazadas en islas. El Ponkney está mucho más cerca de la ciudad que el Sumter. Entre ambos se halla el Fuerte Ripley, que está dotado de _______ cañones pesados. Moultrieville, con sus numerosos fuertes, llamados BatteryBee, Fort Moultrie, Fort Beauregard, &c., está en Sullivan's Island, a una milla de Fuerte Sumter. Hay excelentes disposiciones de _______ y otras trampas para engañar a la tripulación de un navío entre el Fuerte Sumter y Moultrie. Junto a Fort Sumter está Fuerte Johnson en la isla de James, Fort Cummins Point y Fort Wagner (N del T la gloriosa película Glory acaba con un asalto a este fuerte del regimiento de negros voluntarios) en la isla Morris. En verdad todo la costa está plagada a lo largo de varias millas de fuertes dotados de artillería pesada.

Se divisaban 13 navíos integrantes de la flota de bloqueo. Fuerte Sumter está a tres millas y media de la ciudad. Se supone que hay dos mil o tres mil yanquis en Folly Island, que está justo al lado de de Morris Island, y dentro de uno o dos días van a ser castigados por las baterías Confederadas emplazadas allí. La nueva bandera Confederada, que tiene gran semejanza con la blanca enseña británica, ondeaba orgullosa en la mayoría de los fuertes.

Al volver vimos a varios burladores del bloqueo, entre otros el vapor Kate, con la nueva chapa con doble tornillo. Esas naves están repintadas con un color similar al agua y salen y vuelven hasta tres o cuatro de ellas con total impunidad alguna noche; pero nunca lo intentan salvo si el cielo está nublado. Rara vez son apresadas, y cobran un precio enorme por la carga y los pasajeros. Es dudoso si el tráfico de estos burladores del bloqueo hace más bien que mal a la nación ya que devalúa la moneda y se los ve como especuladores sin escrúpulos. Ya me he encontrado con varias personas que sostienen que ese tipo de comercio debe detenerse, salvo el de suministros para los almacenes gubernamentales o el de artículos de necesidad pública (N del T en toda guerra hay ganancia de pescadores. Muchos contrabandeaban con artículos de lujo)
Después de desembarcar el Capitán Fielden me condujo a bordo de uno de los nuevos acorazados en construcción, que se supone que van a mejorar mucho los Chicora y Palmetto State (N del T La guerra civil americana también fue en cierto sentido la primera guerra moderna en cuanto al uso generalizado de acorazados) estos ya están utilizables, y prestaron buenos servicios precipitándose adelante repentinamente y expulsando a la escuadra de bloqueo todo un día. La última noche esas dos pequeñas y activas naves cumplían la misión de proteger a algunos burladores del bloqueo que se habían aventurado en la bahía.

A las 5 PM cené en el General Ripley y su esposa. La cena era asaz suntuosa (para ser una cena “de bloque”) como la denominó el General. Los demás invitados eran el General Jordan, jefe del Estado Mayor de Beauregard; el General Davis, Mr Nutt y el Coronel Rhett, de Fort Sumter. Este último me dijo que si los acorazados se hubieran acercado más, los hubieran rociado bien con proyectiles planos de los cañones con ánima lisa, que tienen precisión a unas 500 o 600 yardas. La señora H… pe invitó a una fiesta nocturna, pero decliné la invitación pues la ropa que poseía no era precisamente la más idónea para la ocasión.

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 Asunto: Re: Tres meses en los Estados del Sur.
NotaPublicado: Dom Mar 06, 2011 2:33 pm 
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10 de junio, miércoles- Almorcé con el Sr. y la Sra. H___ esta tarde, y después me llevaron de paseo por la “Battery” que es la avenida principal. Se congregaba en el lugar mucha gente muy bien vestida y se veían elegantes, si bien escasos carruajes. El matrimonio me comentó que lo que se veía no era nada comparado con la situación prebélica. Como consecuencia del último ataque se han enviado la mayoría de los caballos y los carruajes a Charleston. La señora H ____ me dijo que todas las damas comenzaron a evacuar Charleston por la mañana después de haber sido rechazados los “Monitores” ya que se tenía la impresión de que el anterior había sido un mero ataque preliminar, y que la ofensiva en serio era inminente. Le expresé mi admiración por los elegantes vestidos de domingo que llevaban las mujeres de color; me dijo en ese aspecto sólo se distinguen de sus amas por el hecho de que no se permite que las mulatas lleven velo.

11 de junio, Jueves. El General Ripley me llevó en su barca a Morris Island. Dejamos atrás Fuerte Sumter a nuestra izquierda, y desembarcamos en unos 5 minutos en sus inmediatas cercanías. Después giramos a la izquierda y pasamos Fuerte Cummins y (después de introducirnos en un estrecho arroyo) Fuerte Wagner a nuestra izquierda. Este último es una fortificación muy bien concebida y diseñada, dotada de nueve cañones pesados, que se extiende todo a lo largo de Morris Island hasta el extremo más cercano a Fuerte Sumter. El general me señalaba el Fuerte con cierto orgullo. Desembarcamos cerca de la casa del Coronel que mandaba las tropas en Morris Island, y tomamos prestados sus caballos para cabalgar hasta el extremo de la isla.

(N del A Esta debe haber sido la posición desde la que se procedió al bombardeo del fuerte con posterioridad. No puedo dejar de pensar en que los Confederados cometieron un gran error, consistente en no fortificar la parte extrema de Morris Island y no dejar una guarnición más nutrida en el lugar. Cuando desembarcaron los Federales no tuvieron oposición alguna hasta que alcanzaron Fuerte Wagner)

Pudimos ver al pasar los restos del Keokuk, cuya torreta apenas sobresalía sobre el nivel del mar, a una distancia unas 1500 yardas de la orilla. En la playa también pude ver lo que quedaba del llamado “Yankee Devil”, una curiosa nave, que los Monitores habían empujado al interior del puerto el día de la ofensiva. Este navío, junto con su dotación, parecía haber sido el primero que recibió el fuego procedente de Fuerte Sumter, y después de un cuarto de hora hubo un enfrentamiento entre el Devil y un Monitor, sufriendo ambas naves graves perjuicios. El Devil llegó flotando inocuamente a la deriva hasta la orilla. Por las trazas parece que estaba montado de dos vigas de 20 pulgadas, que formaban una especie de plataforma o base de unos 50 pies de longitud por 20 de ancho, a la que estaban unidas cadenas con garfios para atrapar torpedos (minas) hostiles. La máquina también estaba dotada de una mina propia, de gigantescas dimensiones, destinada a reventar pilares u otros impedimentos.

Morris Island es un desierto miserable y arenoso, y en su extremo más alejado hay una cadena de dunas poco elevadas, que conforman admirables bastiones naturales. Detrás de ellas había emplazados unos 10 cañones y morteros, y se habían destinado allí dos compañías regulares d artillería, al mando del Capitán Mitchell (el hijo del “patriota) a quien fui presentado.
Parecía un hombre tranquilo y humilde. El General Ripley lo consideraba un oficial excelente. Me dijo que esperaba abrir fuego contra los yanquis en uno o dos días sobre Folly Island y Little Folly, a una distancia de sólo 600 yardas de sus cañones. Las grandes baterías de los yanquis están emplazadas en Folly Island, a 3400 yardas, pero dentro del alcance de la artillería de ánima estriada del Capitán Mitchell. Uno de sus cañones era un Whitworth de 12 libras.

El Ruby, un barco burlador del bloqueo, engañado por ciertas luces sobre Folly Island, llegó a tierra esta mañana por el estrecho existente entre Morris Island y Little Folly. Los yanquis abrieron fuego de inmediato sobre la nave, y su tripulación, pensando que no había escapatoria, le prendió fuego, (algo insensato, pues estaba justo en el alcance de los cañones del Capitán Mitchell, y cada vez que un grupo de yanquis se acercaba a los restos les caía un proyectil justo en medio, lo que ponía coto a su curiosidad. Así que el Ruby estaba ardiendo sin que lo molestara nadie. Su tripulación había conseguido escapar, todos menos un hombre que se ahogó intentando rescatar un objeto valioso.

Después de haber platicado un rato con el Capitán Mitchell y los demás oficiales nos despedimos, y el General Ripley, continuando con su visita de inspección, me llevó a donde se hallaban los numerosos arroyos que se cruzan en las pantanosas tierras de la Isla de James. En uno de ellos pude ver los restos destrozados del Keokulk de pega, un remedo de su original (que tan poco duró) y que ha venido siendo empleado como objetivo flotante por los diferentes fuertes.
Al pasar por Fuerte Sumter pude apreciar que su cara oriental, en la que no quedan más cañones que los que están colocados en la barbeta, estaba siendo reforzada más aún por uan suerte de muro de 12 pies de arena, que se apoyaban en troncos.

No cabe duda de que el Fuerte podría ser destruido, en caso de que un buque de guerra fuera tan impenetrable como para acercarse mucho y machacarlo durante cinco horas; pero se halla tan reforzado y arroja un fuego tan mortífero que no es probable que suceda tal catástrofe.

El General Ripley me dijo que en su opinión la manera más correcta de lanzar una ofensiva contra Charleston sería desembarcar en Morris Island, tomar los Fuertes Wagner y Cummings Ponit, y después volver sus cañones contra Fuerte Sumter. No tiene en mucha estima a los cañones de 15 pulgadas. El enemigo no se atreve a usar más de 35 libras de pólvora o a emplear proyectiles de más de 145 libras de acero; la velocidad del fuego es por tanto una minucia. Conoce y admira el cañón británico de 68 libras, pero no cree que tuviera suficiente penetración como para echar a pique acorazados. Considera que para ese fin no hay nada mejor que el cañón de 11 pulgadas que lanza proyectiles de 170 libras.
Al regresar de Morris Island dejamos atrás dos vapores, que habían conseguido burlar a la escuadra de bloqueo anoche, junto con el infortunado Ruby que también lo había conseguido antes de que lo destrozaran. Dichos vapores, de excelente línea, se llaman el Anaconda y el Racoon.

Comí en casa de Mr Robertson, en una esquina de la calle Rutledge y conocí allí al capitán Tucker, de la armada Confederada. Es un caballero y un hombre muy simpático. Está al mando de la cañonera Chicora, y fue él quien, junto con su propia nave y otra cañonera (la Palmetto State) cruzó la bahía en febrero pasado, y dejó sin efecto el bloqueo unas horas. Me contó que varios navíos yanquis se rindieron, pero no pudieron apresarlos, y que los otros huyeron a tan increíble velocidad que no tenía sentido perseguirles, pues las cañoneras son muy lentas. Atacaron en pleno día, y aunque recibieron un fuego nutrido no les alcanzó ni un cañonazo. Al parecer tomaron a los yanquis por sorpresa, creando gran confusión y alarma entre ellos; pero en ese tiempo la escuadra de bloqueo estaba integrada por hombres inexpertos. Desde esa hazaña, la fragata Ironside y la Corbeta Powhatan la han reforzado.

Llovió a cántaros por la noche. Después sobrevino una violenta tormenta. El General Beauregard regresó a Charlestón por la tarde.

12 junio. Viernes. Fui a un Banco a cambiar, y pregunté por el valor de mi oro. Me ofrecieron 6 a 1 por él. Después asistí a una subasta de esclavo a las 11; pero se había desarrollado con tanta rapidez que ya había acabado antes de que me presentara, y eso que sólo había llegado 10 minutos tarde. Los negros, 15 hombres, 3 mujeres y 3 niños, estaban sentados en unos bancos de madera, y tenían un aspecto complacido o indiferente. Pude ver a los compradores examinando las bocas y mostrando los dientes de sus nuevas adquisiciones a sus amigos de la manera más “profesional”. No era un espectáculo muy agradable para un súbdito británico, desde luego, y sé muy bien que muchos sureños participan de ese sentir; muchas veces me han comentado que nunca han visto una subasta de negros y que no quieren asistir a semejante espectáculo. No puedo adherir nombres concretos a objeto tan delicado, pero soy perfectamente consciente de que muchas personas influyentes en el Sur se sienten molestas y abochornadas con varias de las cuestiones relacionadas con la esclavitud; y estoy seguro de que si logran conseguir la independencia, el sistema actual será reformado y corregido en gran medida, aunque no se puede esperar la emancipación total a corto plazo; y ello por motivos puramente económicos, puesto que los Sureños consideran que no resultaría rentable cultivar algodón en el Sur, en la escala actual sin el trabajo forzado de los negros. Y que eso es lo que han descubierto los ingleses en Jamaica; y que además el ejemplo que han dado los ingleses con la súbita emancipación de los negros no es muy alentador precisamente. Afirman que tan magnífica colonia, antes tan rica y próspera, ahora carece casi totalmente de valor. La tierra se ha dejado de cultivar, los blancos están arruinados, los negros se revuelcan en la ociosidad y la apatía. Se supone incluso que en gran medida están volviendo a su primitiva barbarie.

A las 12 en punto me reuní con el Capitán Tucker a bordo del Chicora, como habíamos convenido.

No están mal los camarotes, considerando la forma y la naturaleza peculiar del navío; pero cuando hace calor los camarotes son demasiado estrechos e insalubres. Por esa razón está amarrada a un muelle, y allí vive la tripulación. El capitán Tucker tenía mucha fe en su nave con buen tiempo, y siempre que no estuviera expuesta a un fuego muy potente. Me dijo que no dudaría un momento en atacar incluso la presente escuadra de bloqueo, si no fuera por ciertos motivos que me estuvo explicando.
El capitán Tucker espera mucho de ciertos artefactos submarinos inventados recientemente.

Me contó que, en la ofensiva de abril, esas dos cañoneras fueron situadas detrás del Fuerte Sumter, y si, como se pensaba, los Monitores hubieran conseguido abrirse paso y dejar atrás el Fuerte, hubieran recibido fuego de todas las direcciones, de la potente artillería de Bee en Sullivan Island, de los Fuertes Pinckney y Ripley, de las dos cañoneras y del Fuerte Johnson en James Island. Un laberinto de fuego del que es difícil que hubieran podido escapar.

A la 1 PM fui a ver al Genera Beauregard, hombre de mediana estatura, de unos 47 años. Tendría aún una apariencia juvenil si no fuera por las canas de sus cabellos, muchas más de las que se aprecian en las fotografías más tempranas. Algunas personas piensan que su pelo canoso es consecuencia de las preocupaciones de dos años de guerra; pero la explicación es mucho más prosaica y menos romántica: con el bloqueo yanqui los artículos de tocador escasean. Tiene una recta y larga nariz, hermosos ojos marrones y un bigote negro. Es extremadamente educado. Como criollo de Nueva Orleans, su lengua materna es el francés.

Muy atento conmigo en todo momento, hizo los arreglos oportunos para que mañana pudiera observar algunas de las fortificaciones en tierra. Me hablo de la inevitabilidad, más tarde o más temprano, de una guerra entre EEUU y Gran Bretaña; y apunto que si Inglaterra se aliara inmediatamente con el Sur, aliviando la presión que el Bloqueo ejerce sobre los ejércitos Confederados, estos podrían lanzar una ofensiva directa contra los Estados del Norte, y tomar sus principales ciudades. Eso tendría tan ocupados a los yanquis que no les quedarían muchos hombres para atacar Canadá.
Reconoció que al menos el General Grant había demostrado un valor poco común en el Mississippi. Sus éxitos son notables, teniendo en cuenta que no consideraba que tuviera un gran talento militar. Afirmaba que Johnston estaba en verdad actuando con demasiada cautela y lentitud; pero tampoco contaba con las tropas veteranas de Bragg o Lee. Me comento que él había organizado los ejércitos de Virginia y Tennessee. Ambos emplean el mismo equipo y ambos han combatido mucho, aunque es el primero el que ha sufrido los embates más fuertes. Me explicó que en el ejército Confederado una brigada se compone de cuatro regimientos, una división completa debería tener 10.000 hombres y un cuerpo de ejército 40.000. Pero sé muy bien que ni Polk ni Hardee tienen bajo su mando a tantos hombres (una división sí que suele acercarse a los 10.000 hombres, pero en un cuerpo de ejército hay como mucho dos o tres divisiones)

A las 5:30 el fuego en Morris Island se podía escuchar con claridad. El Capitán Mitchell ha comenzado, con toda evidencia, sus operaciones contra Little Folly.

Caminando entre las baterías por la noche, se me presentó un caballero que había conocido en Gibraltar hace un año, Mr. Meyers del Sumter. Era una de las dos personas que habían sido arrestadas en Tánger por el cónsul de los Estados Unidos de manera tan indignante. Me comentó que había ido esposado todo el viaje, en un buque mercante de bandera americana; y a pesar de la flagrante ilicitud de su captura en terreno neutral, estuvo cuatro meses preso en Fuerte Warren, y no fue liberado hasta ser intercambiado en calidad de prisionero de guerra. Mr. Meyers estaba ansioso de unirse a la tripulación del Capitán Semmes o a cualquier buque corsario.

Entendí que cuando la ofensiva comenzó en abril el Fuerte Sumter recibió a los acorazados Federales con toda la cortesía que la situación demandaba. En las tres astas ondeaban orgullosas las banderas, la banda militar situada en lo alto del fuerte tocó el himno nacional, y se lanzó un saludo de 21 cañones. Después los navíos Federales gozaron de un espectáculo mucho más “sólido”.

13 de junio, sábado. El Coronel Rice, ayuda de campo del General Beauregard, cabalgó conmigo a “Villa-Secesión” por la mañana. Mi montura era la del general en Manassas y Shiloh. Después de cruzar el largo puente de madera tendido sobre el río Ashley llegamos a la Isla de James. La tierra es pantanosa, y tiene reputación de, y aparenta ser, muy insalubre. Hace tres años a ningún blanco se le hubiera ocurrido habitar en ella en esta época del año; pero ahora que ha surgido la necesidad, las tropas, curiosamente, no parecen sufrir mucho.

“Villa-Secesión” es la fortificación más importante y mejor concebida de la Isla. Dista 8 millas por carretera del puente de Charlestón, con el que se conecta mediante una cadena de Fuertes. El enemigo la atacó por sorpresa hace casi un año (junio del 62) y fue escenario de una lucha encarnizada, cuyo resultado fue la derrota Federal con pérdidas de al menos 800 hombres, por 150 de los Confederados, y hasta ahora han sido las únicas bajas de consideración que se han producido en Charleston durante la guerra. El Coronel Lamar, que comandaba la guarnición con gran arrojo y fue una de las pocas víctimas de la fiebre amarilla el año pasado. Los yanquis asaltaron el fuerte tres veces con arrojo y valentía, y llegaron a alcanzar la rampa superior del parapeto antes de ser rechazados. Les faltó poco para coronar con éxito su atrevimiento; y aunque era de admirar su conducta en tal acción, se sabe que el oficial que dirigió la ofensiva ha sido relevado del servicio o castigado de otra manera.

EL Teniente Coronel Brown, el Comandante actual, que me mostró el Fuerte y las señales del ataque, es muy joven, muy diligente, y ansioso por pelear; tiene ______ artilleros para ocupar esta fortificación y las vecinas, y a corta distancia acampan dos regimientos de infantería.

Cuando atacaron Charleston en abril pasado, había 30.000 hombres dispuestos para la defensa. Ahora 20.000 de ellos han marchado al Mississippi para reforzar a Johnston. A mi juicio, siendo tan extensa la línea de fortificaciones la guarnición de Charleston no puede estar compuesta por menos de 30.000 hombres.

14 de junio domingo. Asistí al templo de San Miguel, que es uno de los más antiguos de América, edificado hace ya 150 años. Los naturales de Charleston se enorgullecen de él, y pude visitar otros monumentos de la época colonial Británica.
Por la mañana conocí a Mr. Sennec, un oficial de la Armada Confederada que, junto con su esposa e hijo, iba a enfrentarse a los peligros y a los horrores que acarrea la tentativa de burlar el bloqueo, debido a que Mr. Sennec tiene una misión en Europa. Las damas me contaron que ya lo habían intentado una vez, pero que nada más salir de la bahía, la noche no se consideró propicia, de modo que se volvieron. Mr. Sennec está pensando en volver a Wilmington, e intentar escapar al bloqueo desde allí, por ser más fácil que en Charleston.

Almorcé esta tarde en casa de Mr. Robertson, donde disfruté de una fiesta muy agradable, dos jóvenes extremadamente atractivas, el General Beauregard, el Capitán Tucker, del Chicora, y el Mayor Morris, el jefe del buró de inteligencia de Richmond.

Hablé largo y tendido con el General Bauregard, que afirmó que consideraba que la cuestión de acorazados vs fuertes estaba resuelta, especialmente cuando el fuego de estos últimos es cercano y directo. Si los demás acorzados Federales se hubieran acercado tanto como el Keokuk, hubieran sufrido idéntico destino. Pensaba que tanto los proyectiles planos disparados por cañones estriados de 7 pulgadas como los sólidos proyectiles de 10 pulgadas penetraban las corazas a 1200 yardas. Convenía con el General Ripley que en que los cañones de 15 pulgadas eran un fracaso casi completo; es tan inmanejable que sólo se puede disparar de tanto en tanto, y la velocidad del proyectil es tan escasa que no hay manera de que el proyectil impacte con un objetivo móvil. Me comentó que iban a cubrir el Fuerte Sumter gradualmente con los marjales que en este país cuelgan de los árboles; cree que cuando se lleve a cabo esto se amortiguarán los efectos de los disparos sin que la materia sea inflamable; también me dijo que incluso si se conseguía derribar alguna vez los muros de Fuerte Sumter, la batería emplazada en la barbeta quedaría en pie, sustentada por los pilares.

Las Fragatas Federales, se colocaron en la última ofensiva justo debajo de un artefacto con 3000 libras de pólvora. No explotó debido a algún desgraciado problema con el cable que permitía activarlo. El General Beauregard y el Capitán Tucker esperan grandes cosas de una nueva mina diabólicamente ingeniosa que se ha inventado.

Después de la cena el Mayor Norris nos mostró una copia de un periódico ilustrado de Nueva York de idéntica naturaleza que nuestro “Punch” (N del T gugle y wikipedia mediante, que son un gran socorro para un traductor amateur, semanario inglés de humor) Se podía ver al Presidente Davis y al General Beauregard caricaturizados. Sin zapatos y harapientos, miraban con avidez un par de botas, sugiriendo el General si no sería mejor comérselas. El chiste fue muy celebrado aquí, especialmente cuando se debatió su acierto después de la cena excelente que acabábamos de disfrutar. El General Beauregard me contó que había ido a estudiar al Norte y que tenía muchos amigos yanquis, pero que antes se sometería al Emperador de la China que volver de nuevo a la Unión (N del T mucho hablar pero al final acabaron tragando, cuando no colaborando muchos de ellos)

Mr. Walter Blake se presentó poco después de la cena; había venido desde su plantación en el río Combahee sólo para visitarme. Me relató la última incursión yanqui por el río y sus efectos; cuarenta negros armados y unos cuantos blancos en un vapor destartalado pudieron destruir y quemar propiedades de valor incalculable, y liberar cientos de negros. Mr. Blake salió relativamente bien librado, pues sólo perdió 24, y si pudo salvar al resto fue por sus denodados esfuerzos y su determinación. Había enviado a todos sus negros jóvenes al interior para mayor seguridad. Parece haberlo pasado muy mal, viviendo solo en medio del clima pestilente. Un vecino plantador, Mr. Lowndes había perdido 290 negros y un tal Mr. Kirkland había sido arruinado por completo.

A las 7 PM Mr. Blake y yo acudimos a la oficina del General Ripley, a quien Mr. Blake, considerando que es un súbdito inglés y casi tiene 60 años, ha servido como Ayuda de Campo en algunas de las ofensivas anteriores contra Charleston. El General Ripley nos contó que todavía se producían fuertes cañoneos entre Morris Island y Folly Island. Asisten a los yanquis de vez en cuanto una o más de sus cañoneras. El General nos contó que estas naves armadas con poca tripulación (meros de río, como las llamaban) no paraban de internarse por los numerosos riachuelos, quemando y devastando todo lo que encontraban. Me contó que cuando ya se había familiarizado con los hábitos de esas “creaturas”, les preparó una emboscada, y con la ayuda de su “buen irlandés” (el Capitán Mitchell) la apresó. Lo mismo ocurrió con el vapor Stono, poco después, que habiendo sido apresado de este modo por el ejército fue perdido de nuevo por la armada proco después en Sullivan Island.

Se han recibido nuevas de que el Comodoro Foote va a relevar a Dupont al mando de la escuadra de bloqueo. La mayoría de los oficiales parecían aplaudir este cambio, porque como dicen Foote es más joven, y se supone que será más entusiasta que el venerable Dupont.

15 de junio, lunes. Visité al General Beauregard para despedirme. Antes de irme, me dijo que sus órdenes oficiales, tanto del Gobierno como del Consejo Municipal eran reducir Charleston a cenizas antes que rendirla; no había disparidad de criterios en este punto, los Confederados estaban dispuestos a que, ocurriera lo que ocurriera, la ciudad no sufriría el destino de Nueva Orleans. Pero por el momento el General Beauregard no veía próxima tan terrible alternativa.

Cuando le agradecí su amabilidad y cortesía, me dijo que cuantos más europeos visitaran el Sur mejor, pues era la única manera de suprimir los prejuicios existentes hacia ellos. Afirmó que aquí las cosas se hacen a las claras y se ponen encima de la mesa, y creo que en verdad es el caso. Las autoridades civiles no están sometidas a los militares, salvo en casos de extrema emergencia. La prensa es totalmente libre (incluso rozando el libertinaje en ocasiones). Cuando hay excesos, y se infringen las leyes, es debido a la violencia del mismo pueblo, que quiere tomarse la justicia por su mano. El General Beauregard le mandó recuerdos y su afecto a Sir James Ferguson, que le había visitado al principio de la Guerra; igual hizo el General Jordan, oficial de Estado Mayor.

Después de salir del hotel me alegró mucho ver a M´Carthy, que acababa de regresar de Richmond. Tuvo la buena suerte de cruzar el Mississippi un poco después que yo con lo que se encontró con menos obstáculos.

Dejé Charlestón en tren a las 2 PM, en compañía de Mr. Sennec, su esposa y su hija; y el Mayor Norris, que siempre fue muy agradable y servicial conmigo. Me negué a viajar en el vagón de las señoras, aunque me ofrecieron tal privilegio. La ventaja de una limpieza ligeramente superior no compensaba aguantar los berridos de los críos y la probabilidad constante de tener que ceder el sitio a una señora.

El Mayor Norris me contó muchas anécdotas divertidas del Servicio de Inteligencia, y me describió los ingeniosos métodos empleados para comunicarse con los partidarios del Sur que se hallan en la otra orilla del Potomac.

Llegamos a Florencia a las 9 PM, donde nos detuvimos algún tiempo debido a la avería de otro tren. Después nos abrimos paso a golpes en vagones atestados hasta los topes, y pudimos continuar el viaje por la noche.

16 de junio martes. Llegamos a Wilmington a las 5 AM, y cruzamos el río en un vapor. El río estaba repleto de burladores del bloqueo. Pude contar ocho grandes vapores, todas naves airosas del color del plomo, que consiguen sus objetivos con regularidad. La mitad de estas naves se ocupaban de transportar bienes por cuenta del Gobierno; y me comentaron que la cantidad de botas, ropa, salitre, plomo y acero que traen al país es considerable. No puedo pensar que en una situación normal hubiera tanto comercio en un lugar tan pequeño como Wilmington, lo que muestra lo absurdo que es alardear de la eficacia del Bloqueo.

Es una muestra todo ello de la energía y espíritu de empresa británico. Cuando estaba en Charleston le pregunté a Mr. Robertson cuántas naves francesas habían burlado el bloqueo. Me respondió que era my curioso que “siendo francés uno de los socios de Frases & Co no le hacía mucha gracia que una nave francesa entrara en el negocio. No había problemas de costes; la nave y el cargamento estaban al llegar; todo lo que se pedía era un capitán francés y una tripulación francesa (para que la nave fuera legalmente francesa) pero por más dinero que se le ofrecía, no había voluntarios, y no se podía hacer nada por evitarlo. En Liverpool no hay el más ligero problema en dotar de oficiales a tripulación a los barcos que hagan falta para contrabandear.

El Mayor Norris fue a visitar a Mr. Vallandigham, al que había escoltado a Wilmington como una suerte de semiprisionero hace días. Estaba en la cama. Le contó al Mayor que intentó escapar del bloqueo para dirigirse a Bermuda, desde donde esperaba poder llegar al Hotel Clifton, Canadá, donde pensaba publicar un diario, y sembrar la agitación en Ohio detrás de la frontera. El Mayor Norris le encontró muy excitado por las nuevas de que le han nominado para Gobernador de Ohio; y afirmaba que si lo elegían, su Estado firmaría la paz.

Durante su viaje Wilmington ambos hablaban mucho de política, y el mayor Norris le dijo en una ocasión, “entiendo que con lo que lleva visto y oído desde que está en el Sur, ya debe saber de sobras que la Reconstrucción de la antigua Unión es una quimera”. Vallandingham respondió “Bueno, todo lo que puedo decirle es que espero que lo único que puede tener éxito es mi plan de suspensión de las hostilidades”.

He visto muchas veces a los Sureños hablar de esta propuesta en malos términos: la consideran insidiosa y peligrosa; la opinión común es que las cosas han ido demasiado lejos como para restaurar la Unión. (N del T Cómo se equivoca la opinión pública, madre mía) En Wilmington me despedí con pesar de Mr. Sennec y de su familia, que también se disponían a burlar el bloqueo esta noche. Miss. Sennec es demasiado hermosa para arriesgarse a que la desfigure un fragmento de metralla; pero nadie parece meditar demasiado sobre el riesgo de soslayar la flota yanqui, ya que los “corredores” como se los llama, aunque reciben muchas veces cañonazos, rara vez son alcanzados o apresados, y los capitanes son cada día más expertos. No me quedó más remedio que ir a la oficina del Provost Marshall con el fin de que se renovara el pase de Beauregard, ya que Carolina del Norte está fuera de su jurisdicción; y en eso casi pierdo el tren.

Abandoné Wilmington a las 7 AM. El tiempo era bochornoso y cruel, y los vagones estaban llenos de gente todo el día. El lujo de Charleston me ha echado a perder para el “camino” pues ya no puedo apreciar en todo su valor las comidas a base de “cerdo y maíz” que tan bien me habían sentado en Tejas; pero el Mayor Norris fue un compañero muy agradable y del que aprendí mucho.

Mudamos vagones de nuevo en Weldon, donde tuve un combate terrible por ganar un asiento, coronado por el éxito. La veteranía iba siendo un grado. Siempre llevo mis sacos de viaje y mi mochila conmigo en el vagón.

17 de junio miércoles- Llegamos a Petersburg a las 3 AM y tuvimos que salir y atravesar la ciudad en carretas, y después tuvimos que esperar en el camino hasta que se habilitaron nuevos vagones. Partimos de Petersburg a las 5 AM y llegamos a Richmond a las 7 AM. 48 horas de viaje en total.

El ferrocarril que conecta Petersburg y Richmond está protegido por extensas fortificaciones, y se han talado los bosques. Una posible irrupción del enemigo en esta dirección ha sido, con toda evidencia, considerada; y pudimos ver una brigada de infantería a mitad de camino entre Petersburg y Richmond para sumarse a la guarnición de esta última ciudad, ya que se rumorea que los yanquis están demasiado cerca.

El paisaje que circunda Richmond es muy lindo, y con un aspecto bastante “inglés”. La perspectiva del río James desde el puente del ferrocarril es muy hermosa, aunque el caudal es escaso en esta estación.

Insisto en que el tiempo era bochornoso, cruel, desde que dejé la Habana no había sufrido tanto por el calor.
A las 10 AM fui a ver al General Cooper, General Adjunto de las fuerzas Confederadas, y General Decano del ejército. Es cuñado de Mr. Mason, el Comisionado Sureño en Londres. Después visité a Mr. Benjamin, el Secretario de Estado, que me citó en su casa a las 7 PM. Los edificios públicos son de piedra, hermosos, con mucha actividad y muy bien cuidados. Era tan difícil reunirse con un alto cargo como en Europa; pero una vez que lo conseguí se me trató con la mayor de las consideraciones. Las antecámaras estaban repletas de personas que esperaban audiencia.

Las calles de Richmond reciben denominaciones tan desconcertantes como su numeración, y la mayoría de las viviendas ni siquiera están numeradas. Es la ciudad con más subidas y bajadas que he visto en América, y su población se ha inflado de manera artificial como consecuencia de la guerra. Me sorprendió que abundara el hielo en esas circunstancias, parecía un gran lujo, pero al parecer el invierno en Virginia del Norte es muy duro. Pude enterarme por las más altas instancias de las más sombrías perspectivas en relación con Vicksburg. La fortaleza está ya prácticamente evacuada, y todos esperan ansiosos que el General Johnston sea capaz de hacer algo por liberarla.

Llegué puntual a mi cita con Mr. Benjamin a las 7 en punto. Es hombre rechoncho, de buen parecer, de extracción judía y con un talento innegable. Es natural de Luisiana, y fue elegido senador por ese Estado en el Senado de Estados Unidos. Se le tiene por brillante orador y listísimo abogado. Me dijo que le habían encomendado el gravoso puesto de Secretario de Guerra durante los primeros 7 meses de la Secesión, y pude ver claramente que no le pareció una sinecura. Hablamos largo y tendido sobre el origen de la Secesión, que negaba indignado que tuviera que ver exclusivamente, como afirmaban falsamente los yanquis, con las maquinaciones interesadas de ciertos individuos ambiciosos. Me aseguró que los políticos sureños venían avisando con claridad en el Congreso de los EEUU lo que podría acontecer; pero los del Norte nunca se lo acababan de creer, y solían replicar con esta pulla “que el Sur estaba tan atado y era tan dependiente del Norte, que ni a patadas se lo podría sacar de la Unión”.

Siguió diciendo que los ejércitos del Sur estaban, desde el principio de la guerra y en todas las batallas, en una inferioridad numérica espantosa. El General Lee nunca a podido disponer de más de 60.000 hombres listos para el combate. Me confesó que el total de las fuerzas Confederadas ascendía a 350.000 o 400.00 hombres; y cuándo le pregunté que dónde los tenían metidos , me contestó que debido a que tienen que defender tan gran extensión de territorio y a las gran superioridad que el enemigo posee en medios de transporte tanto marítimos como fluviales, el Sur no tenía más remedio que dejar gran cantidad de hombres no adscritos a un ejército y a gran distancia unos de otros, con el fin de reaccionar ante las invasiones o incursiones repentinas a las que se hallaban constantemente expuestos. Además de que los 600.000 (suponía) hombres del Norte, al enfrentarse a una guerra defensiva, podían ser empleados para la ofensiva en cualquier momento y en cualquier parte.

Sostenía que siempre ha estado en poder de Inglaterra, y seguía estándolo, acabar con la guerra reconociendo al Sur y firmando con ellos un tratado comercial; no pensaba que los yanquis se arriesgaran a una guerra con el Reino Unido, por mucha chulería que se gasten al respecto; y que dicho reconocimiento no aumentaría el aborrecimiento que los yanquis sienten por Inglaterra, pues este, justo o injusto, no podía ser mayor de lo que ya era. Yo aludí a la facilidad con la que podrían ocupar Canadá y a la tentación que supondrían sus ciudades indefensas para el gran número de mercenarios irlandeses y alemanes en los ejércitos Federales. Replicó “no creo que la cosa fuera tan sencilla como se suele suponer, y saben bien que podéis arrebatarles California (una pérdida mucho mayor) con mucha más facilidad”. Esa consideración, junto con la certeza de un bloqueo total de sus puertos, la destrucción de su comercio y la invasión a gran escala de las tropas Sureñas haría que no declararan la guerra a Inglaterra por el momento, como no lo hicieron en un periodo de gran humillación nacional en el asunto Mason-Slidell.

(N. del T. La Confederación envió a estos dos diplomáticos a intentar ganarse el reconocimiento de Inglaterra y otras potencias europeas. Iban en un buque con bandera inglesa. A pesar de ello una nave yanqui los cazó y llevó presos a los diplomáticos a yanquilandia (siendo recibidos como héroes los cazadores). Los ingleses se enfadaron muchísimo, enviando a los yanquis un ultimátum muy duro (suavizado a última hora por el Príncipe Alberto en persona)

Aunque algunos americanos querían la guerra, incluido el Secretario de Estado Seward, Lincoln, casi siempre inteligente, devolvió a los diplomáticos enseguida y presentó las necesarias (y abyectas) excusas.


Mr. Benjamin me dijo que le habían confiscado sus propiedades en Nueva Orleans, y que habían dejado a sus dos hermanas en la misma calle, con un solo baúl que tenían que llevar ellas mismas. Nadie se atrevió a cobijarlas, salvo una inglesa, que las socorrió hasta que pudieron abandonar la ciudad.

Hablando de la merecida admiración que se percibe en los periódicos ingleses por Stonewall Jackson, expresó, empero, su sorpresa por las alabanzas a su capacidad estratégica al maniobrar mejor que Pope en Manassas y que Hooker en Chancellorsville, ignorando en ambos casos que los movimientos fueron concebidos y ordenados por el General Lee, hacia quien el General Jackson sentía “una reverencia casi pueril”.

Mr. Benjamin se quejó de Mr. Russel del “Time” por crearle fama de jugador (un tema del que supuestamente se había enterado por Mr. Charles Summer en Washington) Pero que incluso suponiendo que ese fuera el caso, Mr. Benjamin sostenía que eran de muy mal gusto esas revelaciones sobre su vida privada, sobre todo después de que Mr. Russell hubiera gozado de su hospitalidad en Montgomery.

Dijo que los Confederados se reían más que se molestaban cuando se los motejaba de “Rebeldes” todo el rato; y sólo quería hacer notar con toda tranquilidad, que para ser un “rebelde”, alguien tiene que rebelarse contra quien está investido de legítima autoridad para gobernarle; y le parecía difícil demostrar que el Norte tenía derecho a gobernar al Sur.

Para preparar un tratado de paz, me dijo “lo único que haría falta sería escribir en un trozo de papel la palabra independencia. Si los yanquis convienen en eso, les dejamos los detalles a ellos. No queremos con nosotros a ningún Estado que no nos quiera; sólo que cada Estado decida su propio destino. Por lo único que luchamos es porque nos dejen en paz”.

A las 8 PM Mr Benjamin me llevó a la residencia del Presidente, una vivienda privada en el otro extremo de la ciudad. Pude tomar té (y un té inusualmente bueno) el primero desde que pisé la Confederación. Mr. Davis, por desgracia, estaba malo y no pudo verme.

El Presidente Davis, para mi sorpresa, parecía mayor de lo que esperaba. Sólo tiene 56 años, pero su rostro está demacrado y lleno de arrugas. Mide casi seis pies, pero es muy delgado y va un poco encorvado. Sus facciones son finas, destacando sus ojos, brillantes, llenos de vida y humor. Después me contaron que debido a una reciente enfermedad perdió la visión de su ojo izquierdo. Llevaba un abrigo de lino y pantalones y grises y parecía lo que sin duda, era, un caballero de muy buena crianza. Nada podía superar el encanto de sus maneras, sencillas, llanas y fascinantes. Habló conmigo mucho tiempo, y convenía con Benjamin en que los yanquis no iban a ir a la guerra con Inglaterra si reconocía al Sur; y me dijo que cuando la separación fuera un hecho consumado, el Estado de Maine puede unirse a Canadá, pues la gente más perspicaz en dicho estado siempre ha temido “estar bajo la bota de Massachussets”. Añadió que Maine estaba habitada por gente dura, frugal y marinera, con ideas muy diferentes al resto de los Estados de nueva Inglaterra.

Cuando le conté las desoladoras escenas que había visto en su propio Estado (Mississippi) y de la situación miserable y casi desesperada en la que se hallaban tantas desgraciadas mujeres, abandonadas por sus parientes varones; y cuando ponderé la calma, silenciosa y paciente manera con la que llevan su cruz, me dijo, muy sentidamente, que siempre ha pensado que la desesperación silenciosa revela la mayor de las miserias de la que uno puede ser testigo, del mismo modo que la demencia silenciosa era la más terrible forma de locura.

Me habló de Grenfell, que, decía, ha servido a la Confederación de forma leal y desinteresada. Ha oído hablar mucho de su heroísmo y de sus buenos servicios, y lamentó mucho que haya tenido problemas con las autoridades civiles.

Confirmó la verdad de mi observación. O los soldados consideran a su General un “Admirable Crichton” o piensan que es lo peor del mundo: y añadía que la desgracia es que era absolutamente preciso, para alcanzar el éxito final, que los generales se ganaran y preservaran esa popularidad y ascendiente sobre sus hombres, aunque siempre estaban dispuestos a obedecer a cualquier oficial que realmente lo mereciera.

Por lo que concierne a los agitadores que pedían alzar la bandera negra y no dar cuartel, me decía que la gente hablaba mucho y hasta podía entrar en combate pensando en no dar cuartel; “pero” añadió “todavía no podido saber de ningún soldado nuestro que haya matado a un enemigo que haya arrojado sus armas y levantado las manos”.

(N del T. supongo que Fort Pillow sería una excepción y además sucedió después de lo que el autor relata en este diario)
http://en.wikipedia.org/wiki/Battle_of_Fort_Pillow)


Me dijo que Lord Russell le había confesado que la aplicación imparcial de la neutralidad había presionado mucho al Sur; pero Mr. Davis decía que la presión podría equilibrarse un poco y seguir siendo imparcial, si Gran Bretaña, en vez de cerrar sus puertos los abría al comercio de ambas naciones; pero le respondí que tal vez eso sería afinar demasiado.

Cuando me despedí de él a las 9 en punto, el Presidente me pidió que le visitara de nuevo. No creo posible que nadie parta de una entrevista con él sin llevarse la impresión más favorable de sus maneras sencillas y agradables y del encanto de su conversación. Volviendo ya a casa, Mr. Benjamin me dijo que la formación militar de Mr. Davis aún predominaba en él y que le hubiera gustado más unirse al ejército que ser elegido presidente.

A lo largo de mis viajes, mucha gente me ha señalado que Jefferson Davis parece que ni pintiparado para su cargo. Su formación militar en West Point le hace estar en relación muy estrecha con los oficiales de alto rango del ejército; y su posición de Secretario de guerra con el antiguo gobierno hizo que pudiera conocer personalmente y someter a su supervisión a oficiales de todos los rangos. Ningún hombre podía conocer mejor sus méritos relativos.

Esa es una de las razones por las que los Confederados tenían tan gran ventaja en lo que a los generales respecta; ya que una vez que tiene una opinión formada y designa un General, Mr. Davis le ayuda a conseguir sus objetivos con todas sus fuerzas y a pesar de todos los inconvenientes. Los servicios que prestó en la Guerra contra México le ganaron la reputación de hombre valiente y buen soldado. Sus servicios como hombre de Estado le destacan como al único hombre que con su infatigable determinación y talento administrativo puede controlar y canalizar la voluntad popular. La gente considera que sería una terrible desgracia que algo malo le pasara y afirma que mejor ni pensarlo.

Después de que llegamos al Hotel Spottswood nos encontramos a _____ a quien me presentó Mr. Benjamin. Discutieron el tema principal del día, la reconquista de Winchester por el General Ewell. Acaban de llegar esas noticias y ambos expresaron su pesar por el hecho de que el General Milroy consiguiera escapar. Al parecer ese oficial yanqui, ha sido puesto fuera de la ley por los Confederados por sus presuntos crímenes (como el General Butler). _____ me dijo “Esperamos no atraparlo con vida, pero si es el caso no vamos a rechazar nuestro deber de ejecutarlo”.

(N del T Butler era un general yanqui que ante los desprecios e insultos reiterados que constantemente sufrían sus tropas por parte de las damas de Nueva Orleans dictó un bando donde poco menos que decía que las mujeres que se comportaran de ese modo serían consideradas mujeres públicas, vulgo putas (así, como suena) También mandó fusilar a uno que rasgó una bandera de EEUU en un acto oficial)

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 Asunto: Re: Tres meses en los Estados del Sur.
NotaPublicado: Mar Mar 22, 2011 12:25 am 
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Y también rayos por el culo.
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18 de junio, jueves. Había quedado citado a las 10 AM con Mr. Sedden, el Secretario de Guerra. Su antecámara estaba repleta de solicitantes de audiencia, con lo que tuve no pocas dificultades para reunirme con él. El Secretario es un hombre de aspecto enfermizo pero muy inteligente; me recibió muy amablemente y de inmediato me procuró cartas de presentación para los generales Lee y Longstreet.

Mi amigo el Mayor Norris me condujo a la oficina del Presidente y me presentó a sus ayudas de campo, los Coroneles Wood, Lee y Johnston. Los dos últimos son hijos, respectivamente, del General Lee y de Albert Sidney Johnston, que fue muerto en Shiloh.

Después el Mayor Norris me llevó de visita al capitolio y me presentó al bibliotecario, Mr. Thompson y a Mr. Meyer, que se supone que cuida ahora de los intereses ingreses después de que la “abrupta” partida del Cónsul Mr. Moore. Me contaron que siempre habían considerado a este último un buen amigo de la causa del Sur, y que las dificultades que motivaron su partida se debieron sólo a su falta de tacto y discreción.
Desde lo alto del Capitolio se disfruta de unas hermosas vistas; el bibliotecario me contó que el año pasado, se podían contemplar las batallas con facilidad desde allí, y que las damas subían aquí con tal fin.
Todo el mundo decía que a pesar de la inminencia del peligro, el pueblo continuaba con su vida normal, y no se percibía un estado de alarma constante en la ciudad.

El interior del capitolio está decorado con numerosas banderas tomadas al enemigo. Fastuosas todas ellas, bordadas en oro y plata, lo que hacía un gran contraste con las sencillas banderas de batalla de estameña de los Confederados. Vi dos colores que habían pertenecido al mismo regimiento, el 37 de Nueva York, según creo. Fueron capturados en distintas batallas; y estaba grabado en la última bandera que fue capturada, como si fuera una victoria, la palabra Fair-Oaks, que fue precisamente la primera batalla donde este regimiento perdió su bandera.

Mr. Butler King, un miembro del Congreso, que había conocido cuando me alojaba en el Hotel Spottswood, me llevó a pasar la tarde en compañía de Mrs. S---´s una viuda encantadora, a la que había traído una carta de su único hijo, ayuda de campo del General Magruder en Texas.
Esta dama es inteligente y muy amable. Rendida patriota además; me contó que al principio había apoyado a la Unión, pero que después de que Lincoln llamara a 75.000 voluntarios a las armas para someter al Sur, ella, junto con tantos otros, se tornaron ardientes secesionistas.
Pasé una tarde muy placentera con esta dama, que había vivido mucho tiempo en Inglaterra y había hecho muchas amistades allí.
Mr. Butler King es un caballero de Georgia, también muy amable y muy bien informado. Sorprende la extraordinaria ecuanimidad con la que él y tantos otros hablan de la ruina de sus propiedades. Conozco a mucha gente en Inglaterra que supone que Gran Bretaña ha hecho que Inglaterra se ha hecho enemiga tanto del Sur como del Norte; pero no creo que sea el caso con respecto al Sur, digan lo que digan algunos periódicos de Richmond. El Sur tendrá fuertes relaciones con Inglaterra cuando acabe la guerra; quiere que nuestros industriales adquieran su algodón, y quiere que nuestros navíos lo transporten; desea que Inglaterra la provea de los artículos industriales que antes provenían del norte. Es normal oír decir a la gente que preferirían pagar el doble por los artículos ingleses que volver a comerciar con “yanquilandia”.

19 de junio, viernes. Embarqué a las 10 AM a bordo de un pequeño vapor para visitar Drewry´s Bluff, en el río James, el lugar donde fueron rechazados los acorazados Monitor y Galena. El arroyo que se halla en frente de Richmond es estrecho y rocoso, pero es navegable por debajo de la ciudad durante una milla. Drewry´s Bluff dista ocho millas del lugar, y antes de llegar pasamos por dos puentes, uno hecho a base de barcas y otro de madera. El capitán Chatard me mostró las fortificaciones, pues estaba al mando en ausencia del Capitán Lee. Una flotilla de cañoneras Confederadas reposaba justo delante de los impedimentos frente por frente con el acantilado. Entre ellas se encontraba el Yorktown, alias Patrick Henry, que se hallaba bajo el mando de mi amigo el capitán Tucker, que tanto se distinguió en el memorable ataque del Merrimac. También se veía otro acorazado llamado Richmond, y dos o tres barcos más pequeños.
Más allá de Drewry´s Bluff, en la orilla opuesta del río, se halla Chaffin´s Bluff, que está dotada de ----- cañones pesados, y que conforma el flanco derecho de las defensas de Richmond en esa orilla del río.

En el momento de la ofensiva llevada a cabo por los dos acorazados federales, asistidos por varias cañoneras de madera, sólo había tres cañones montados en Drewry´s Bluff, que mide de 80 a 90 pies. Dichos cañones habían sido trasladados a toda prisa del Yorktown, y arrastrados hasta allí el día anterior por el capitán Tucker. Eran o cañones de ánima lisa de 32 libras o cañones de 8 pulgadas, no recuerdo cuáles. Durante la batalla, el Monitor, teniendo en cuenta sus recientes encuentros con el Merrimac, intentó exponerse lo menos posible, camuflándose en parte en un meandro del río; pero su acompañante, el acorazado Galena, se acercó bravíamente a sólo 500 yardas del acantilado. Las cañoneras de madera quedaban a considerable distancia río abajo. Después de que el combate ya se había prolongado cuatro horas el Galena se retiro muy perjudicado, y que yo sepa, nunca se ha sabido más de él. El resultado de este combate confirma la opinión que fue expresada por el General Beauregard, que los acorazados ni pueden resistir el fuego mortífero y enfilado de los fuertes, aún cuando estos últimos sólo puedan alardear de poseer viejos cañones de ánima lisa.

El Capitán Maury embarcó conmigo en el acorazado Richmond, desde donde pude ver un cañón Brook de siete pulgadas, que me dijeron, pesaba 21.000 libras, y era capaz de soportar una carga de 25 libras de pólvora. Había observado que entre los pasajeros del Richmond había un prisionero de aspecto escocés vigilado por un soldado. El Capitán Maury me informó que este sujeto iba a ser conducido a Chaffin´s Bluff para ser ejecutado a las 12 del mediodía por deserción.

El Mayor Norris y yo nos bañamos en el río James a las 7 PM, en una isla rocosa y muy coqueta situada en el centro de la corriente.

Pasé otra velada muy agradable en casa de Mrs ----´s y conocí al General Randolph, a Mr Butler King y a MrConrad aquí; también al Coronel Johnston, ayuda de campo del presidente, que me contó que no habían tenido más remedio, si querían detener las ejecuciones de Burnside en Kentucky, que escoger a dos capitanes Federales para ser ejecutados. El General Randolph parece estar mal de salud. Durante un tiempo ostentó el cargo de Secretario de Guerra; pero al parecer no se compenetró demasiado bien con el Presidente. Mr. Conrad, al igual que Mr. King es miembro del Congreso, y me explicó que al comienzo de la guerra, todos los Estados estaban ansiosos de someterse (sin la menor necesidad) a la ley marcial, que pensaban que sería la panacea; pero tan pronto se cansaron de este régimen que en la última sesión el Congreso ha negado al Presidente el poder de someter cualquier lugar a la ley marcial, que es un disparate casi tan grande como el anterior. (LOL)

Todo el mundo se quejaba destempladamente de la inacción del General Johnston en el Mississippi, y ya no tienen esperanzas del salvar Vicksburg. Lamentan su pérdida más por el efecto que tendrá al prologar la guerra que por cualquier otra razón. Nadie parece temer que la captura de la fortaleza, junto con la de Port Hudson, permita realmente a los yanquis navegar por el Mississippi; ni temen que esto último corte las comunicaciones con el país más allá del Mississippi.
Muchos de los periódicos de Richmond me parecían poco más respetables que los de Nueva York. El sectarismo campa por sus respetos y la libertad de prensa es total y absoluta.

20 de junio, sábado- Provisto de las cartas de recomendación del Secretario de Guerra para los Generales Lee y Longstreet, abandoné Richmond a las 6 AM, para unirme al ejército de Virginia del Norte. Me acompañaba un sargento del cuerpo de señales, enviado por mí querido amigo el Mayor Norris, con el fin de servirme de ayuda.

Fuimos en tren hasta Culpepper, y llegamos allí a las 5:30 PM, después de haber hecho transbordo en Gordonsville. Cerca de allí pude ver una enorme cantidad de rifles excelentes apilados y pudriéndose al aire libre. Habían sido capturados en Chancellorsville; pero los Confederados al parecer tienen tanto excedente de rifles que se pueden permitir dejar que estos se echen a perder.
Después de la lluvia de la noche pasada, el tiempo era fresco. El país que atravesábamos había estado en manos del enemigo el año pasado, y lo evacuaron después de las batallas que se entablaron ante Richmond; pero en aquellos tiempos no tenían hábito de quemar, destruir y arrasar todo, y uno veía un país verdeante y hermoso, sin nada que le diera a uno la idea de un país caluroso.

En su última audaz incursión, el General Federal Stoneman, cruzó este ferrocarril y destruyó una pequeña fracción el mismo, quemó unos pocos edificios y llegó a unas tres millas de Richmond; pero el y sus hombres tenían tanta prisa que no se vieron en disposición de infligir más daños.

Culpepper era hasta hace 5 días, el cuartel general de Lee y Longstreet; pero desde que Ewell volvió a capturar Winchester, todo el ejército ha avanzado con rapidez, y mi objetivo era alcanzarlos tan rápidamente como me fuera posible. Al llegar a Culpepper, mi sargento me adjunto otro mirmidón del Mayor Norris, que tenía órdenes de dicho oficial para proporcionarme un caballo, y llevarme con Mr. Lawley , que se había puesto en marcha con el mismo objeto que yo hace tres días.
El Sargento Norris, mi nuevo camarada, es primo del Mayor Norris, y un chico formidable. Antes de la guerra era un caballero bien acomodado en Maryland, y estaba acostumbrado a una vida de lujos; ahora vive como un soldado raso y parece perfectamente a sus anchas, completamente indiferente a la civilización y a las comodidades. Aunque no se encontraba muy bien cuando llegué, y estaba chorreando a causa de la lluvia, me propuso que partiéramos de inmediato, a las 6 PM. Estuve de acuerdo, y así lo hicimos. Nuestros caballos tenían la grupa dolorida, estaban mal alimentados, y sólo de hierba, y al mío le faltaba una herradura. Y a pesar de todo fuimos a buen ritmo, y llegamos a un villorrio llamado Woodville, a unas 15 millas, a las 9:30. Tuvimos muchas dificultades para procurarnos cobijo; pero al final logramos la escasa hospitalidad de un nativo, que nos proporcionó algo de grano para nuestros caballos y una manta en el duro suelo para nosotros mismos.
21 de junio, sábado-. Herramos nuestros caballos con cierto retraso, y después que los animales se repusieran con grano y con tocino nosotros, partimos a las 8:15 AM. Tuvimos muchos problemas con el acarreo de mis maletas y mi mochila, debido al mal estado de las grupas de nuestros pobres caballos. El mío todavía no estaba muy mal, pero el de Norris se hallaba en un estado desesperado. No habíamos viajado una milla cuando esta última bestia perdió una herradura, y nos llevó una hora cambiarla en un lugar llamado Sperryville.

El país es soberbio, pero como ha tenido que padecer a dos grandes ejércitos durante dos años, está totalmente agotado. Sin cultivar, sin bestias pastando allí donde había cientos. Se han destruido las vallas y mojones, se han quemado infinidad de granjas, y sólo las chimeneas han quedad en pie. Es difícil para mí poder describir y ponderar en su justa medida los padecimientos de esta parte de Virginia. Pero las desdichas de la guerra no han logrado abatir la belleza de la naturaleza; los prados encantadores, los árboles airosos, las colinas ondulantes, con las Cordillera del Blue Ridge de contrafondo.
Como era domingo, observamos a unos 30 negros acudiendo a la Iglesia, muy elegantes y algunos (hombres y mujeres) a caballo, y otros en carruajes; pero Mr. Norris me informó que si hubiera venido hace dos años podría haber contado cientos. Pronto empezamos a alcanzar a los hombres enfermos y rotos por las penalidades del ejército, pero no en gran número. La mayoría iban bien calzados, aunque vi a un par de soldados descalzos.

Después de cruzar un paso en la cordillera Blue Ridge, llegamos a Front Royal a las 5 PM, y ya nos hallábamos en medio del famoso Valle del Shenandoah, es escenario de las celebradas campañas de Jackson; Front Royal es un hermoso y coquero lugar, que fue teatro de uno de los más tempranos combates de la guerra; que comenzó cuando un regimiento de Confederados de Maryland, como Mr. Norris observó, “se lanzó” contra un regimiento federal del mismo Estado y “le dio una buena soba”. Desde aquellos días la aldea ha cambiado de manos constantemente, habiendo sido visitada por los Federales pocos días antes del veloz avance de Ewell hace diez días.
Después de muchas fatigas pudimos procurarnos grano para nuestros caballos, y, para estupefacción de Mr. Norris, fui lo bastante desvergonzado como para conseguir comida apelando a los buenos sentimientos de las dos hermosas ciudadanas de Front Royal, que durante nuestra cena nos contaron anécdotas referidas a las pullas que lanzaban a los soldados norteños con alusiones desagradables a Snonewall Jackson.

Partimos de nuevo a las 6:30 y cruzamos dos brazos del río Shenandoah, una corriente amplia y rápida. Tanto el puente del ferrocarril como el destinado a carruajes habían sido destruidos, y tuvimos que pasar vadeando; y como el agua era profunda, lo conseguimos a duras penas. Los soldados, que nos acompañaban en buen número, se quitaron los pantalones, y alzaron sus rifles y su munición por encima de sus cabezas. Pronto nuestros caballos se cansaron; pues aunque el agua estaba fría, sufrían los caminos duros y embarrados bajo ellos. A las 8:30 nos unimos a la división de Pender que había acampado en una cara de las colinas, iluminadas con innumerables hogueras, lo que hacía un espectáculo muy pintoresco. Después de pasar a través de dos millas de vivacs, rogamos que nos dieran alojamiento en una choza de un tal mR Mason; dejamos a nuestros caballos en un campo cercano, y encontramos nuestro granero un lujar principesco después de 46 millas de cabalgata al paso.

Aquí consideran a Stonewall Jackson una especie de semidiós.
22 de junio, lunes. Partimos sin comida ni forraje a las 6:30 AM y pronto nos vimos confundidos con la división de Pender en su marcha, lo que nos demoró mucho. Mi pobre bestia tampoco desaprovechó la oportunidad de perder dos herraduras, que no pudimos suplir al estar todas las herrerías tomadas por las tropas.

Los soldados de esta división son hombres de grandes cualidades militares, muy curtidos y dispuestos a lo que sea. Su indumentaria es funcional, como sus botas; pero se da la usual ausencia de uniformidad en lo que al corte y al color de su vestimenta y sombreros; todos los tonos de gris, ropas pardas, dominando sombreros de fieltro. Las tropas Confederadas están armadas con rifles excelentes, en su mayoría Enfields. Cuando empezaron a conformar el ejército solían llevar revólveres y cuchillos Bowie. Se dice que el General Lee comentó con su habitual serenidad: “caballeros, creo que hallarán que con un rifle Enfield, una bayoneta, y 60 cartuchos de munición, irán tan bien servidos como se puede en materia de armas”. Se reían y pensaban que ellos sabían más del asunto; pero lo cierto es que los seis tiros y los cuchillos están desapareciendo gradualmente, y ya no pueden verse en la infantería.

Los caballos de arrastre de la artillería están en mala condición, sólo reciben 3 libras de forraje al día. La artillería es abigarrada: Parrots, Napoleones, cañones de ánima lisa y estriada, de todas las formas y tamaños. En la mayoría están grabadas las letras US lo que significa que han cambiado de dueños.

Los colores de los regimientos difieren de las banderas de batalla azules que vi con el ejército de Bragg. Son rojas por lo general, con la Cruz Azul de San Andrés rodeada de estrellas. Se dice que el diseño es obra del general Joseph Jonhnston, con el fin de que no sea tan fácil de confundir con la bandera Yanqui. La nueva bandera confederada obviamente a sido adaptada a partir de esta bandera de batalla, como se la llama. La mayoría de los regimientos de esta división llevan nombres de victorias: Manassas, Fredericksburg, Seven Pines, Harper´sFerry, Chancellorsville, etc.
No vi rezagados ni merodeadores mientras estuve con la división de Pender; pero aunque el ejército de Virginia tiene que cubrir mucho espacio, se mueven a un paso muy lento, y no son muy buenos marchando por lo general. Como de dijo Mr Norris, “antes de esta guerra éramos unos puñeteros vagos; los negros trabajaban por nosotros y nadie soñaba en ir andando todo el rato, aunque cabalgábamos mucho”.

Llegamos a Berryville (a once millas) a las ) AM, El cuartel general del General Lee estaba a unas cien yardas más allá. Un poco antes de llegar allí vi a un oficial de imponente aspecto, que debía, según la descripción, ser el Comandante en Jefe. Pero como estaba evidentemente ocupado no le abordé, aunque le entregué mi carta de presentación a un miembro de su Estado Mayor. Poco después me presenté a Mr. Lawlay, con quien hice buenas migas muy pronto. Es el Honorable F Lawley, autor de las admirables cartas desde los Estados del Sur que fueron publicadas en el Times.

Me presentó al General Chilton; el General Adjunto del ejército, al Coronel Cole, el general de intendencia, al Mayor Taylor, al Capitán Venables y a otros oficiales del Estado Mayor de Lee; como me sugirió, al estar el Cuartel General tan ocupado y lleno de gente lo mejor es que fuéramos a Winchester al momento y pidiéramos la hospitalidad del más tranquilo Estado Mayor del General Longstreet. También me presentaron al Capitán Schreibert, del ejército prusiano, que a veces es invitado del General Lee y a veces del General Stuart de la caballería.

Ha estado presente en los últimos combates de caballería que se han entablado, que han sido una constante desde el súbito avance del ejército. Este avance ha sido también coordinado que ha permitido la toma de Winchester, con su guarnición yanqui y sus almacenes, y al mismo tiempo se han podido tomar los pasos de las montañas Blue Ridge. Todos los oficiales se lamentaban de las heridas sufridas por el Mayor Von Borke, otros Prusiano, ahora al servicios de la Confederación, y ayuda de campo del General Jeb Stuart. La hospitalaria Mrs. ____ con la que se había alojado hace siete meses estaba encantada de volverle a ver. Sus dos sobrinas, tan agradables como guapas, nos pintaron con sombríos colores lo mal que los pasaron en su calidad de prisioneros de los jefes Federales Banks, Shields y Milroy.

La infortunada ciudad de Winchester parece haber constituido un objetivo común para ambos ejércitos. Stonewall Jackson la retomó al momento, y el domingo pasado su sucesor, el General Ewell, expulsó a Milroy. Este nombre se asocia siempre con el de Butler, y el modo que tuvo de gobernar en Winchester parecía semejante al de su “ilustre” rival en Nueva Orleans. Si estos dos sujetos son capturados vivos por los Confederados, supongo que Jeff Davis no podrá hacer nada para salvar sus vidas, aunque estuviera inclinado a hacerlo.

Antes de dejar Richmond todo el mundo lamentaba que no hubieran cogido a Milroy porque la reconquista de Winchester parecía un logro incompleto por eso mismo. Se capturó a más de 4000 de sus hombres que guarnecían dos fuertes que dominaban la ciudad, y que fueron tomados por asalto por una Brigada de Luisiana casi sin pérdidas de consideración.
La alegría de sus infortunados habitantes por su súbita liberación de su cautividad de 6 meses puede concebirse sin dificultad. Todo este tiempo no podían comprar ningún bien o artículo sin prestar el juramento de lealtad, que, con gran abnegación, no prestaba ninguno. No podían saber nada de sus parientes o amigos, todos en el ejército; había toque de queda a partir de las 8 PM, y les privaban a veces de la iluminación; parte de la vivienda de nuestro amable anfitrión estaba ocupada a la fuerza por un Oficial Federal vulgar ignorante y de mala casta, que antes había sido cochero; y constantemente fueron objeto de los insultos más humillantes, bajo el pretexto de registrar la casa para encontrar armas, documentos, etc.

Para sorpresa mía, sin embargo, las señoras hablaban del enemigo con menos saña y rencor que las demás damas que he conocido en mis viajes por la Confederación. Cuando se lo comenté me replicaron que habían visto tantos hombres abatidos en las calles ante sus propios ojos que ellas sí sabían de lo que estaban hablando, mientras que otras mujeres del sur más beligerantes no.
La división de Ewell está en frente y a lo largo del Potomac; y antes de que dejar el Cuartel general esta mañana pude ver al Cuerpo de Ejército de Longstreet marchar en la misma dirección.

23 de junio, martes. Lawley y yo fuimos a inspeccionar la vivienda de Mr. Mason (el diplomático inglés en Londres) antaño una hermosa mansión y ahora un lugar de desolación. Estaba coquetamente emplazada en las afueras de la ciudad, y según cuentan debía haber sido un lugar maravilloso. Cuando Lawley la vio hace siete meses ya era sólo una ruina; pero desde entonces la venganza del Norte (según órdenes de Milroy) se ha cebado destruyendo casi hasta los cimientos de la casa del que consideran architraidor. No queda, literalmente, piedra sobre piedra; y los restos deben haber sido trasladados, pues ahora no queda sino un enorme agujero donde estaba la vivienda. Evidentemente las tropas acamparon en el terreno, que estaba lleno de trozos de indumentaria yanqui, correajes, etc

Por lo que entendí Winchester era una ciudad encantadora, con una sociedad muy respetable. Muchas de sus viviendas están destruidas o convertidas en hospitales de campaña; las demás tienen un aspecto destartalado y miserable. Las damas (porque todos los varones sanos de cuerpo están en el ejército) están bien familiarizadas con la sangrienta realidad de la guerra. No menos de 5000 heridos han sido alojados aquí al mismo tiempo. Las mujeres están acostumbradas al rugir de los cañones y al terrible espectáculo del combate. Y todas se han vuelto enfermeras o cocineras.
Debido a la total imposibilidad de procurarme forraje, me vi obligado a llevar a los caballos a pastar a una milla de la ciudad durante cuatro horas por la mañana y dos por la tarde. Como uno no puede perderlos un momento de vista, esto me llevó todo el día, mientras Lawley estaba escribiendo. Por la tarde noche fuimos a visitar a dos oficiales heridos en casa de Mrs. _____, un mayor y un capitán de la brigada de Luisiana que asaltó los fuertes el domingo pasado. Temo que el capitán fallecerá. Los dos recibieron impactos de bala, pero están bien de ánimo. Prestaron servicio con Stonewall Jackson hasta su fallecimiento, y veneran su nombre, aunque ambos convienen en que Ewell, su antiguo compañero de armas, es un digno sucesor. Me confirmaron en gran medida lo que me había contado el General Johnston acerca de la deuda que Jackson había contraído con Ewell por varias de sus victorias. Nos ofrecieron un vívido relato de la moral y de los sentimientos del ejército. En ningún periodo de la contienda, nos aseguraron, habían estado los hombres tan bien equipados, tan bien vestidos, tan deseosos de combatir, y tan seguros del éxito, un estado de ánimo bien diferente al de la invasión de Maryland del año pasado, cuando la mitad del ejército eran merodeadores descalzos y muchos de los que quedaban no estaban muy por la labor de cruzar el Potomac.

La señorita ----- me contó hoy que el baile y las carreras de caballos están prohibidos por la Iglesia Episcopaliana en esta parte de Virginia.

24 de junio, miércoles. – Como Lawley estaba mal de salud, nos decidimos a pasar un día más con nuestros queridos amigos de Winchester. Volví a llevar a los caballos a forrajear unas seis horas, y conocí a dos irlandeses, que me dieron algo de pasto y sal para los caballos. Uno de esos hombres había prestado servicio, siendo herido, en el ejército del Sur. Le señalé que debía haber matado a muchos compatriotas, a lo que respondió “sí, pero que se aguanten”. Siempre he observado que los Sureños Irlandeses hacen excelentes “Rebes” y que no tienen el menos escrúpulo en liquidar tantos de sus hermanos norteños como puedan.

Puede ver hoy muchas tumbas yanquis, pues las muertes entre los prisioneros aumentan cada vez más. Carteles de madera se colocan en cada tumba, donde se lee “Soldado Desconocido USA, murió por heridas recibidas en el campo de batalla, junio 21, 22 o 23 de 1863.

Me detuvo hoy un centinela cuando estaba saliendo de la ciudad, y cuando le mostré el pase del General Chilton replicó con gran firmeza, pero con toda educación “lo siento muchísimo señor, pero aunque fuera usted el mismo Secretario de Guerra o Jeff Davis en persona no le dejaría pasar sin un pase del Provost-Marshall”.
25 de junio, jueves. Nos despedimos de la Sta. _____ y de su hospitalaria familia, y nos pusimos en marcha a las 10 AM para alcanzar a los Generales Lee y Longstreet, que se suponía que estaban cruzando el Potomacat Williamsport. Antes de que hubiéramos avanzado unas pocas millas empezamos a cruzarnos con caballos y bueyes, los primeros frutos de la incursión de Ewell en Pennsylvania. El tiempo era frío y húmedo, y todos íbamos poco menos que braceando las primeras 15 millas, hasta que alcanzamos a la división de McLaws, que pertenece al cuerpo de ejército de Longstreet. Como mi caballo empezaba a mostrar signos de fatiga, y como el de Lawley se zarandeaba de la manera más alarmante, los llevamos a un campo de tréboles para que pastaran un poco, mientras veíamos marchar por el camino dos brigadas. Las mandaban, creo, Semmes y BarksDale, que posteriormente fue muerto. Semmes fue mortalmente herido en la batalla de Gettysburg.
Las brigadas estaban compuestas de Georgianos, naturales de Mississippi y de Carolina del Sur. Marchaban muy bien, y no había rezagados; muy distinta la situación con respecto a los hombres de Johnston en Mississippi. Todos iban bien calzados y con uniformes adecuados. A retaguardia de cada regimiento había de 20 a 30 esclavos negros, y un cierto número de hombres desarmados llevando camillas, destacando en sus sombreros el distintivo rojo del cuerpo de ambulancias. Es una excelente institución, pues evita que los hombres ilesos se hagan los muertos con el fin de que los lleven a retaguardia. Las mochilas de los hombres todavía llevan los nombres de Massachusetts, Vermont, New Jersey, o otros regimientos a los que originariamente pertenecieron. Había 20 vagones por brigada, figurando en la mayoría de ellos las siglas USA y cada una de esas brigadas se componía de unos 2800 hombres. Había cuatro brigadas en la división de McLaws. Todos los hombres parecían muy altos de moral, gritando y aullando como diablos.

Llegamos a Martinsburg (22 millas) a las 6 PM, y en ese momento mi caballo se derrumbó, y no me quedo más remedio que ir a pie. Martisburg y esta parte de Virginia en general se supone que son más Unionistas que pro sureños; sin embargo muchas de las mujeres vitorearon la división de McLaw a medida que pasaba. Me atrevería a decir que lo mismo harían si pasaran los yanquis mañana.

Tres millas más allá de Martinsburg no tuvimos más remedio, debido al estado de nuestros caballos, que insistir en solicitar la dudosa hospitalidad de un muy antipático nativo, de claras simpatías unionistas. Nos vimos obligados a llevar a nuestros caballos al campo para que pastaran durante la noche. Esto fue muy peligroso, porque el soldado Confederado, pese a sus muchas virtudes, es, por regla general, el ladrón de caballos más incorregible del mundo.

26 de junio viernes. Me levanter un poco antes del alba, y a pesar de la lluvia persistente, comprobé el estado de nuestros caballos, que, para mi enorme alivio, estaban presentes. Pero mi caballo mostraba un lomo cada vez malparado, y ambos parecían “jorobados” en cierta medida. Como Lawley estaba enfermo, no se quiso poner en marcha con la lluvia, y nuestro hospedador todavía se puso más antipático si cabe cuando le anunciamos de nuestra intención de seguir con él. Sin embargo, le suavizó pronto la vista de oro de verdad y no de papel moneda confederado, (o verdes incluso) así que nos dio de desayunar. Todo este tiempo la división de McLaw estaba pasando junto a la puerta. Pero tan estricta era la disciplina, que el único hombre que se puso a haraganear fue apresado inmediatamente y puesto bajo custodia. A las 2 PM el tiempo se había aclarado, y nos pusimos en marcha de nuevo, aunque en circunstancias poco propicias. Lawley estaba tan enfermo que podía cabalgar a duras penas; su caballo no era seguro y había perdido una herradura. Mi caballo se hallaba en tan mal estado que por pura humanidad no me vi capaz de montarlo; pero, llevándolo por la cola, conseguí pasar como pude a través del profundo barro.

Pronto nos unimos a la división de McLaw y llegamos al Potomac, a una distancia de nueve millas u media, a las 5 PM; el río es ancho y profundo, y al vadearlo (no me quedó más remedio que montar entonces) no podíamos mantener nuestras piernas fuera del agua. La pequeña ciudad de Williamsport está en la orilla opuesta del río, y ahora nos hallamos en Maryland. Nos mortificó mucho saber que Lee y Longstreet habían abandonado la ciudad por la mañana a las 11 y nos vimos obligados a marchar penosamente hasta Hagerstown, seis millas más lejos. Este último lugar no es precisamente pro-Rebelde, porque todas las casas estaban cerradas y muchas de ellas parecían abandonadas. Los pocos nativos que vimos se quedaban mirando a las tropas con resentida indiferencia.

Después de atravesar esta ciudad no pudimos obtener información fiable del paradero de los dos generales, y tampoco nadie nos daba hospitalidad de buen grado; pero a las 9 PM cuando nuestros caballos estaban exhaustos, conseguimos alojarnos en casa de un holandés, que fue un poco más cortés a la vista del oro. No había hecho ningún efecto decir que éramos viajeros ingleses y no rebeldes. He caminado hoy, con barro y lluvia, 17 millas, y no se me ha ocurrido quitarme mi único par de botas, pues sabía bien que no las volvería a ver.

27 de junio, sábado.Lawley estaba tan enfermo esta mañana que no podia montar. Por tanto me monté en su caballo un poco antes del alba y empecé la búsqueda de los generales. Después de cabalgar ocho millas puede encontrar al General Longstreet a las 6:30 y fue justo a tiempo, pues ya iba a avanzar de nuevo. Tanto él como su estado mayor fueron extremadamente amables cuando me presenté y les conté mis problemas. Dispuso que una ambulancia llevara a Lawley y me invitó inmediatamente a unirme a ellos durante la campaña. Me dijo (algo que yo no sabía entonces) que estábamos en Pensilvania, en país enemigo, ya que Maryland sólo tenía diez millas de anchura en ese punto. Me explicó que había guerrilleros en los bosques, que disparan a los rezagados desprevenidos, y que no sería seguro que Lawley y yo viajáramos solos. El General Longstreet es de Alabama, un hombre rechoncho y decidido de 43 años. Fue mayor de infantería en el ejército de la Unión, y ahora manda el primer cuerpo de ejército. Nunca está muy lejos del General Lee, que confía mucho en su criterio. Los soldados hablan de él como “el mejor soldado que hay en el ejército”. Me dijo que al internarse en terreno enemigo sería tomarse una justa revancha aplicar la antorcha, pero que hacerlo desmoralizaría el ejército y echaría a perder la excelente disciplina que ahora guardaba. Por lo tanto se respeta totalmente la propiedad privada.
A las 7 AM volví con un ordenanza (o correo, como les llaman aquí) a la granja donde había dejado a Lawley; y después de ver que todo se había arreglado de forma satisfactoria en relación con la ambulancia, cabalgué despacio para reunirme con el General Longstreet, cerca de Chambersburg, que es una ciudad de Pennsylvania, que dista dos millas de Hagerstown. Estaba con la división e McLaw, y observé que desde el momento en que entraron a Pennsylvania, las tropas abrieron las vallas y alargaron el camino unas veinte yardas a cada lado, de modo que se permitía que los vagones y ellos mismos fueran juntos. Es el único daño en país enemigo que he visto ocasionar a los confederados. Esta parte de Pensilvania es muy feraz, muy bien cultivada y está muy densamente poblada en comparación con los Estados Confederados. Pero como todo el ganado y los caballos han sido requisados por Ewell, el trabajo en las granjas está parado.

Al pasar por Greencastle vimos todas las casas y las ventanas cerradas, los nativos se hallaban con sus trajes de domingo delante de las puertas contemplando a las tropas de manera muy inamistosa. No vi saqueo alguno, ni que los ciudadanos fueran de ninguna manera molestados o perturbados por los soldados. Se pusieron centinelas en las puertas de muchas de las mejores casas, para prevenir que cualquier oficial o soldado se metiera dentro con cualquier pretexto.
Llegué a Chambersburg a las 6 PM. Es una ciudad de cierto tamaño e importancia. Todas sus casas estaban cerradas; pero los nativos estaban en las calles, o en las ventanas superiores, mirando malhumorados y sorprendidos a los soldados Confederados, que marchaban alegremente al son de Dixie Land. Las mujeres (muchas de ellas guapas y bien vestidas) eran particularmente ásperas y desagradables en sus comentarios. Oí a una decir “mira al Ejército del Faraón dispuesto a meterse en el Mar Rojo”. Otras señalaba riéndose a los chicos de Hood, que pasaban en ese momento. Esta división, bien conocida por sus cualidades guerreras, se compone de Texanos, gente de Alabama y de Arkansas, y la verdad es que son unos tipos algo estrafalarios. Llevan menos que las demás tropas, muchos sólo tienen un viejo trozo de alfombra por todo bagaje; muchos han perdido sus zapatos en el barro; todos están harapientos y sucios; pero todos están de buen humor y confiados en sí mismos y en su general Hood. Respondían a las pullas de las damas con vítores y risas. Una señora juzgó oportuno adornar su amplio pecho con una enorme bandera yanqui, y se quedó de pie desafiante delante de su casa, con su rostro expresando el mayor de los desprecios por los descalzos rebeldes; varias compañías pasaron sin prestarle atención; pero al fin un tejano dijo seriamente, “cuídese señora, porque los chicos de Hood son buenos atacando parapetos si los colores yanquis están en ellos”. Después de este discurso la patriótica dama se retiró y no en buen orden.

Se colocaron centinelas en las puertas de las casas principales, y la ciudad fue despejada permitiendo sólo pasar a los militares. Algunas de las tropas marcharon por medio de la ciudad y vivaquearon en Carlisle Road. Otras giraron a la derecha y ocuparon la barrera de portazgo de Gettysburg.

Encontré a Lee y a Longstreet acampados en la última carretera, a tres cuartos de milla de la ciudad. El General Longstreet y su estado mayor me recibieron para que hiciera rancho con ellos, y me presentaron al Mayor Fairfax, Mayor Latrobe, y al Capitán Rogers de su estado mayor personal; también al Mayor Moses, el Comisario Principal, cuya tienda voy a compartir. Es el más jovial, divertido e inteligente hijo de Israel que he tenido la fortuna de conocer. Los demás oficiales del estado mayor de Longstreet son el Coronel Sorrell, el Teniente Coronel Manning, (oficial de abastos) el Mayor Walton, el Capitán Goree y el Mayor Clark, excelentes muchachos y muy serviciales.

Habiendo vivido en los cuarteles generales de los principales Generales Confederados, puedo afirmar que la relación entre ellos y sus subordinados y la manera en que se reparten sus cometidos es muy similar a la del ejército británico. Todos los Generales., Johnston, Bragg, Polk, Hardee, Longstreet, y Lee son verdaderos soldados, y sus estados mayores están formados por gente de posición y cultura, que han sido adiestrados recientemente para hacer excelentes y celosos oficiales de estado mayor.

Lawley va a vivir con tres doctores del cuartel general; sus nombres son Cullen, Barksdale y Maury; conforman un jovial triunvirato y viven con mucho más lujo que sus generales.

EL Mayor Moses me comenta que sus órdenes son abrir las tiendas de Chambersburg por la fuerza y tomar lo que precise el ejército de modo oficial y regular, dando su valor en dinero confederado y ofreciendo un recibo. Los tenderos sin duda alguna se habían deshecho de sus bienes más valiosos según se acercaba el ejército Confederado. Ewell ya se había apropiado de mucho, pues pasó por aquí hace una semana. Pero Moses estaba muy emocionado por haber descubierto una gran cantidad de sombreros excelentes, escondidos en una bodega, que no dudó en “anexarse” al momento.
Me informaron del número de soldados que cruzaron el Potomac y también el de piezas de artillería. Hay un gran tren de municiones; pues si el ejército avanza más en país enemigo, el general no puede esperar mantener sus comunicaciones al descubierto en retaguardia; y como dicen los oficiales de estado mayor “en todas las batallas que luchemos hemos de capturar tanta munición como gastemos”. La necesidad, no obstante, no parece incomodarles mucho, pues hasta ahora ha sido su modo regular de hacer negocios.

Ewell, tras la captura de Winchester, había avanzado rápidamente a Pennsylvania, y ha mandado a casa gran cantidad de caballos, mulas, vagones, reses y otras cosas necesarias. Ahora está más allá de Carlislie, poniendo el país bajo contribución, y haciendo que Pennsylvania sufrague la guerra en vez de la pobre, agotada y asolada Virginia. Los cuerpos de ejército de los generales AP Hill y Longstreet están ahora cerca de este lugar, llenos de fe y con la moral muy alta.

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 Asunto: Re: Tres meses en los Estados del Sur.
NotaPublicado: Mar Mar 22, 2011 4:41 pm 
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28 de junio, domingo- Ningún oficial o soldado con rango inferior al de general pude pasar a Chambersburg sin órdenes especiales del General Lee, que es muy cauto a la hora de dictarlas; he oído que hay oficiales de alto rango a los que les niega el paso.

Moses entró en la ciudad a las 11 AM donde se efectuó una requisa oficial en dicha localidad para obtener raciones de tres días para el ejército. Las raciones se tomarían por la fuerza si no se ofrecían de grado.

Me presentaron al general Hood esta mañana; es un hombre alto, delgado, nervudo, de rostro grave y barba brillante, de 33 años, y que se conoce como uno de los mejores y más prometedores oficiales del ejército. Sus tejanos y los de Alabama le adoran; antes mandó una brigada en Texas, pero ahora le han ascendido a comandante de un división. Se reprocha a sus tropas ser gente problemática y difícil de gestionar; y es objetivo principal de sus jefes acabar con su innata propensión al saqueo por todos los medios posibles.

Fui a Chambersburg a medio día, y halle a Lawley escondido en el Hotel Franklin. Los dos tuvimos muchos problemas para llegar allí. Todas las puertas estaban cerradas y sólo se abrían con la mayor de las cautelas. Lawley había pasado lo suyo en la ambulancia ayer, y estaba completamente agotado. EN el hotel nadie se fijó en él en lo más mínimo, y sólo me encontré ceños fruncidos y expresiones desagradables. Media docena de arpías de Pennsylvania me rodearon y me asaltaron de consuno con sus lenguas viperinas hasta dejarme sordo. No me querían creer cuando les decía que era un mero observador inglés y no un combatiente; decían que yo debía ser o Rebelde o Yanqui (que al decirlo ellas conocí por primera vez que aquí es un término tan peyorativo como en el Sur) No obstante la visión del oro, que cambié por sus verdes, hizo que se suavizaran bastante, como en otros casos. Todas parecían muy ignorantes, y confundían a los Tejanos con los mexicanos.

Después de dejar a Lawley en una situación bastante cómoda, me di una vuelta por la ciudad y presencié las operaciones de suministro de Moses y sus mirmidones. Ni el mayor ni la corporación municipal podían encontrarse por ningún lado, ni tampoco estaban disponibles las llaves de las tiendas principales hasta que Mosescomenzó a darle uso a las hachas.
Los ciudadanos estaban paseando por la calle de manera indiferente, sin mostrar muchas señales de descontento. Habían dejado a sus mujeres el cometido de resistir a los comisarios, un cometido para el que eran plenamente competentes. No se veían más soldados por la calle que aquellos empleados para este servicio.

Por la noche fui a ver otra vez a Lawley, y le hallé en su habitación con un oficial austriaco, vestido con el uniforme completo de los Húsares húngaros. Le habían dado un año de permiso, y había conseguido cruzar el Potomac sin demasiadas dificultades. Cuando me comunicó su intención de llevar puesto el uniforme, le expliqué que los soldados Confederados tenían el invariable hábito de lanzar un torrente de bromas o pullas ante cualquier peculiaridad de vestido o aspecto, y que aunque había buena intención, acababa siendo bastante aburrido.

Regresé al campo a las 6 PM. El Mayor Moses no regresó hasta mucho más tarde, muy deprimido por el fracaso de su misión. Había registrado todo infatigablemente, todo el día, y había tenido que aguantar muchas groseras injurias por parte de las damas “Unionistas” que lo llamaban “rebeldito canalla y ladrón”, y otros epítetos igual de amables. Pero esto no le molestaba tanto como el hecho de que toda cosa necesaria ya había sido trasladada fuera de la localidad o ocultada en viviendas privadas que debido a las órdenes del Genera Lee no podía registrar. Sólo había podido hacerse con un poco de melaza, azúcar y whisky. Estaba extenuado el pobre, pero aguantó las chanzas de sus hermanos oficiales con buen humor, y estos a su vez le hacían repetir todas las cosas que le habían llamado. Dijo que el principio las mujeres rehusaban su “bazofia” Confederada con gran desdén, pero al final acababan regateando hasta el céntimo.

29 de junio, lunes. Aún estamos en Chambersburg; Lee con gran nobleza ha dado orden de no tomar represalias, lo que por lo general ha sido bien recibido; pero he escuchado quejas de personas que vieron sus casas y bienes incendiados que clamaban venganza; y no se puede uno sorprender mucho por ello dada la cantidad de oficiales y soldados que han visto arruinado su patrimonio por la devastación de las tropas norteñas.

De nuevo en Chambersburg, puede ser testigo del singular buen comportamiento de las tropas con los ciudadanos. Los soldados comentabas que no les gustaba estar en una ciudad donde les detestaban tanto. Para cualquiera que haya visto como he visto yo las secuelas de las actuaciones yanquis en las ciudades del sur, tanta paciencia resulta sorprendente y digna del Santo Job. Pero estos alemanes de Pennsylvania (esta parte del país está muy poblada con descendientes de alemanes, que hablan un lenguaje incomprensible) no parecen nada agradecidos, y no parecen conscientes de que sus propias tropas llevan dos años dando un trato diez veces peor a las ciudades del sur. Son la gente menos patriota que he visto jamás, y dicen a las clara que les da igual quien gane con tal de que les dejen en paz. A Lincoln lo ponen como chupa de dómine.

Por supuesto, en un ejército tan grande siempre tiene que haber casos de individuos de mala casta, siempre dispuestos a saquear y pillar si ven que no les van a coger. Los rezagados, que se quedan detrás cuando avanza el ejército, harán sin duda mucho daño. Es imposible evitar esto,; pero todo lo que humanamente se puede hacer para proteger la propiedad privada y a los no combatientes, por lo que yo puedo observar, se está haciendo y con gran éxito. He sabido, no obstante, de casos en que los soldados, al encontrarse con ciudadanos bien vestidos, han “sacado a pasear el brazo” y han intercambiado los sombreros, para disgusto de los primeros, que todavía están más molestos cuando les proponen cambiar las botas; sus telas superfinas nunca están en peligro real.

El general Longstreet es por regla general un hombre reservado y taciturno, pero esta noche tuvimos una larga conversación sobre Tejas, donde había estado destinado largo tiempo. Recordaba a muchos de los que conocí allí, y le divirtió mucho mi descripción de mis viajes por el país. Le felicité por la dedicación con que los centinelas confederados cumplían con su cometido, y me comentó que eran tan estrictos y diez veces más educados que los soldados regulares. Me dijo, riendo, que un centinela, después de negarte la entrada a un campamento, es muy posible, que si se lo pide uno con educación te diga otro camino para llegar donde no te vas a encontrar a ningún centinela.

Vi al General Pendleton y al General Pickett hoy. Penderton manda la artillería del ejército y es graduado en West Point; pero en tiempos de paz desempeña el puesto de clérigo episcopaliano en Lexington, Virginia. Al contrario que Polk, conjuga en su persona lo militar y lo clerical y se pone a echar un sermón a la menor ocasión. En esos callos lleva una sobrepelliz sobre el uniforme.

El General Pickett manda una de las divisiones del cuerpo de Longstreet. M'Laws, Hood, y Pickett, son los tres comandantes de división o Mayores Generales en el cuerpo deejército de Longstreet.

Tiene el pelo muy rizado y aspecto de un valor desesperado. Es el oficial que, como Capitán Pickett del ejército de EEUU, se distinguí en los problemas que surgieron entre Gran Bretaña y EEUU en el asunto de las isla de San Juan, hace cuatro o cinco años bajo el mando del General Harney.

Esta mañana, antes de dirigirme a Chambersburg, el General Longstreet me presentó a su Comandante en Jefe. El General Lee, es, sin que me quepa la menor duda, el más apuesto de su edad que jamás he visto. Tiene 56 años y es de elevada estatura, ancho de hombros, bien constituido, con figura de un verdadero soldado, en suma. Sus modales son extremadamente corteses y dignos. Es un perfecto caballero en todos los aspectos. No puedo concebir un hombre con menos enemigos que él, o que sea tan universalmente estimado. En el Sur, todos convienen en proclamar que está tan cerca de la perfección moral como puede estarlo un hombre. No tiene ni uno sólo de los pequeños vicios corrientes, como fumar, beber, mascar tabaco o soltar tacos, y el más obstinado de sus enemigos nunca se atrevería a acusarle de vicios más graves. Por lo general lleva con mucha elegancia un abrigo gris, un sombrero alto negro de fieltro y pantalones azules embutidos en sus botas Wellington. Nunca le vi llevar armas, y sólo se conoce su rango por las tres estrellas que lleva en la solapa. Cabalga un soberbio caballo, muy bien cuidado. Es extremadamente pulcro en su atuendo y su persona, y mantiene su elegante aspecto intacto en medio de las marchas más rigurosas. En los tres días de lucha de Gettysburg pude observar esto, y también en la retirada, cuando todo el mundo parecía, o estaba, muy sucio.

Nunca vi a Lee o a Longstreet llevar armas. A P Hill suele llevar una espada. La única señal del rango militar de Lee son las tres estrellas que lleva en la solapa.

En el antiguo ejército siempre fue considerado uno de los mejores oficiales; cuando empezó el conflicto era Teniente Coronel del 2 de caballería. Era un hombre acomodado, pero su excelente hacienda fue una de las primeras que cayó en manos del enemigo. Creo que no ha dormido nunca en una casa desde que manda el ejército de Virginia, y rechaza invariablemente todas las ofertas de hospitalidad, porque teme que esa persona pueda meterse posteriormente en problemas por haber dado cobijo a un General Rebelde. Su relación con el general Longstreet es conmovedora: siempre están juntos. El Cuerpo de Ejército Longstreet se queja de esto, ya que sostienen que rara vez tienen oportunidad de realizar un servicio independiente, que recae sobre los hombres de Ewell. La mejor manera de agradar a Longstreet es alabar a Lee. Creo que estos dos generales están entre los menos ambiciosos y menos egoístas del mundo. Ambos suspiran por la pronta y exitosa terminación de la guerra para que puedan retirarse a la relativa oscuridad de sus vidas privadas. Stonewall Jackson (que hasta su muerte era el tercer al mando del ejército) que otro de esos ingenuos y dedicados servidores de su nación. Se sabe que Lee es un hombre profundamente religioso, aunque no lo demuestra tanto como lo hacía Jackson, y al contrario que su compañero de armas, es miembro de la Iglesia de Inglaterra. Sus únicos defectos, hasta donde he podido comprender, nacen de su excesiva amabilidad.

Algunos soldados tejanos fueron enviados esta mañana a Chambersburg par destruir cierto número de barriles de un whiskey excelente, que no se podían llevar. Fue una dura prueba para su disciplina, y meditaron mucho y muy tristemente sobre el hecho de que para una vez que entran en una ciudad enemiga tienen que destruir su amado whisky. Sin embargo, cumplieron con sus órdenes como buenos soldados.

Avanzamos 6 millas por el camino de Gettysburg, y acampamos en una aldea que se llamaba (creo recorda) Greenwood. Iba montado en el viejo caballo de Lawley, con el austriaco y el doctor empleando la ambulancia de este último. Por la tarde el General Longstreet me dijo que había recibido inteligencia de que habían relevado a Hooker y nombrado a Meade en su lugar. Por supuesto había conocido a ambos en el antiguo ejército, y me comentó que Meade es un hombre íntegro y respetable, aunque no tan valiente como Hooker.

Conversé extensamente con muchos oficiales sobre la inminente batalla, que claro está que no se puede hacer esperar mucho, y que se desarrollará en esta carretera en vez de en dirección de Harrisburg, como habíamos supuesto. A Ewell que ha sometido a contribución a York y a Casrlisle, le han ordenado que se reúna con el resto del ejército. Todo el mundo, por descontado, tiene mucha fe. Señalé que tal vez sería bueno que en esta ocasión la caballería persiguiera a la infantería desbaratada si conseguían la victoria, pero para sorpresa mía me dijeron que su caballería no servía para eso. La verdad es que los hombres de Stuart, aunque son excelentes tanto haciendo incursiones como apropiándose de vagones o saqueando almacenes y cortando las comunicaciones del enemigo, no saben cargar directamente contra la infantería en ninguna circunstancia. Al contrario que la caballería de Bragg llevan espadas, pero no tienen mucha idea de cómo usarlas. Sólo confían en sus carabinas y revólveres. Constantemente montan con sus espadas colocadas entre su pierna izquierda y la silla de montar, lo que les da un aspecto divertido; pero sus caballos suelen ser buenos y son muy buenos jinetes. La infantería y la artillería de este ejército no parecen respetar mucho a la caballería, y con frecuencia son objeto de abucheos.

Me vi forzado a dejar mi caballo aquí, pues estaba tullido de tres patas y con el lomo en las últimas.
1 de julio miércoles- No abandonamos el campo hasta mediodía, tan pronto como el cuerpo del General Hill había pasado nuestro campamento en su marcha hacia Gettysburg. Una de las divisiones de Ewell también se reunió con ellas más allá de Greenwood, y el cuerpo de Longstreet tenía que cubrir la retaguardia.

Por la mañana conocí al Coronel Walton, que solía mandar a la bien conocida artillería de Washington, pero que ahora es comandante de artillería del cuerpo de ejército de Longstreet.

Es un hombre grande y corpulento, antes subastero de Nueva Orleans, y creo que anhela volver con su querido mazo.
Justo después de partir nos introducimos en un paso en South Mountain, una prolongación, según creo, de la cordillera Blue Ridge, que se ve cortada por el Potomac en Harper´sFerry. El paisaje es de nuevo muy hermoso en este punto. Las primeras tropas con las que cabalgábamos pertenecían a la división de Johnson del cuerpo de Ewell. Pude ver entre ellos, por primera vez, a la celebrada brigada mandada por Stonewall Jackson. Sus hombres de distinguen poco de los demás soldados Confederados, con la salvedad, quizás, de que esta brigada contiene gente de más edad y pocos muchachos. Todos menos (creo) un regimiento son virginianos. Como siempre han prestado servicios separados, pocos conocían al General Longstreet, salvo por su reputación. Muchos de ellos me preguntaban si el General al frente de ellos era Longstreet y cuando les dije que sí, muchos se ponían a correr cien yardas al frente para poder verlo. Para mí este es el mayor de los cumplidos que puede hacer un soldado a un superior después de una larga marcha.
A las 2 PM se podían escuchar disparos perfectamente en frente nuestra, y aunque aumentaba su frecuencia a media que avanzábamos, no parecía tratarse de un fuego muy intenso.

Un espía que se hallaba con nosotros insistía que había “una pandilla de tripas azules muy ordenaditos y apañados dentro o cerca de Gettysburg, y nos contó que les hizo compañía hace tres días.
Después de superar a la división de Johnson, nos encontramos con una brigada de Florida que está ahora integrada en el cuerpo de ejército de Hill; pero como había servido anteriormente con Longstreet, los hombres le conocían bien. Algunos de ellos (después que el General había pasado) gritaban a sus camaradas “se avecina trabajo duro chichos, pues ha vuelto el viejo bulldog”.
A las 4 PM comenzamos a encon
trarnos con heridos que eran transportados a retaguardia, en números superiores cada vez, algunos volvían renqueando, otros en camillas que portaba el cuerpo de ambulancias. Muchos de los últimos estaban casi desnudos, con muy malas heridas. Este espectáculo, tan repulsivo para una persona desacostumbrada, no producía el menos efecto en las tropas que avanzaban, que van hacia el fuego con la más perfecta tranquilidad. No vi entusiasmo ni emoción alguna, sólo la más completa indiferencia. Este es el efecto de dos años de combates ininterrumpidos.
Después comenzamos a ver prisioneros yanquis trasladados a retaguardia en grandes números. Muchos de ellos estaban heridos, pero se llevaban bien con sus captores, con los que habían empezado a intercambiar cantimploras, tabaco, etc.
Había entre ellos un Coronel de Pennsylvania que ofrecía un aspecto miserable debido a una mala herida en la cara. En respuesta a una pregunta, oí a uno de ellos observar, entre risas, “nos han dado una buena soba ya”. Después vimos a un soldado confederado con una bandera yanqui que correspondía a un regimiento de Pennsylvania, que me dijo que acababa de capturar.
A las 4:30 PM pudimos divisar Gettysburg, y nos unimos con el General Lee y el General Hill, que estaban en la cima de una de las colinas que conforman los rasgos peculiares del país que circunda Gettysburg. Podíamos ver que el enemigo se retiraba a las elevaciones opuestas, perseguidos por los Confederados que lanzaban sus característicos alaridos. La posición a la que ha sido empujado el enemigo es muy fuerte. Su derecha parecía descansar en un cementerio, en lo alto de un risco a la derecha de Gettysburg, según mirábamos.

El General Hill se acercó a mí y me dijo que había estado muy enfermo todo el día, y la verdad es que parece delicado de salud. Me dio que había tenido combatiendo a dos de sus divisiones, y que había empujado al enemigo cuatro millas hasta su presente posición, capturando muchos prisioneros, algunos cañones y banderas. Dijo, sin embargo, que los yanquis habían luchado con una ardor y una determinación que no eran normales. Me señaló parte de una vía férrea cortada, donde habían resistido muy bien; también un campo en el centro donde había visto a un hombre plantar la bandera del regimiento, alrededor de la cual el regimiento había luchado bastante tiempo con gran denuedo, y cuando no les quedó más remedio que retirarse, el portaestandarte se retiró el último, volviéndose a cada paso para mostrar el puño a los rebeldes que avanzaban. El General Hill dijo que se sintió muy apenado cuando vio morir a este gallardo yanqui.
El General Ewell se había presentado a las 3:30 en la derecha del enemigo, con parte de su cuerpo de ejército, y completó su desbarate. El General Reynolds, uno de los mejores generales yanquis, fue muerto. Mientras hablábamos llegó un mensaje del general Ewell, que pedía a Hill que presionara más al enemigo en el frente, mientras el hacía lo mismo a la derecha. Se aplicó así la presión pero moderadamente, pues el enemigo estaba bien posicionado, y ya era muy tarde, casi de noche, para un ataque serio. La ciudad de Gettysburg estaba ocupada por Ewell y llena de soldados yanquis muertos y heridos. Me subí a un árbol en el sitio más elevado que encontré y me hice una buena composición de lugar de la posición enemiga, aunque como la cimas de las colinas estaban cubiertas de pinos no era fácil saber cuantas tropas estaban presentes en ellas. El fuego cesó por la noche, y en ese momento regresé con el General Longstreet y su Estado Mayor a su cuartel general en Cashtown, una pequeña aldea a 8 millas de Gettysburg. En ese tiempo las tropas estaban inundando la carretera, marchando hacia la posición que deberán ocupar mañana.
En los combates de hoy se han tomado 6000 prisioneros y 10 cañones. 20000 hombres han combatido en el campo de los Confederados. El enemigo tenía combatiendo a dos cuerpos de ejército. Todos los prisioneros pertenecen, creo a los cuerpos 1 y 11. El trabajo de hoy se ha calificado de “asunto pequeño y llevado con prisas” y todos esperan la verdadera batalla mañana.
Pude observar que los artilleros a cargo de los caballos se embuten en pequeños agujeros como tumbas, echando tierra en el extremo superior. Se esconden en esos agujeros cuando sufren el fuego enemigo.
Cuando estábamos cenando, el General Longstreet me dijo que la posición enemiga era “de lo más formidable”, y me comentó también que sin duda se atrincherarían metódicamente durante la noche. Conocido el resultado final, tengo buenas razones para suponer que la lucha comenzó algo prematuramente y que ni Lee ni Longstreet pretendían que comenzara hoy. También creo que los acontecimientos del primer día les estropearon los planes.
Los oficiales de Estado Mayor hablan de la gran batalla de mañana como una certeza, y el sentimiento universal en el ejército era de un profundo desprecio hacia un enemigo que ha sido batido constantemente a pesar de sus muchas ventajas.
El Coronel Sorrell, el Austriaco, y yo, llegamos a las 5 Am a la misma posición dominante en la que estábamos ayer, y trepé a un árbol en compañía del Capitán Schreiber, del ejército prusiano. Bajo nosotros estaban los generales Lee, Longstreet y Hood, en consejo de guerra. Con los dos últimos auxiliando a sus deliberaciones con la costumbre ciertamente muy americana de esculpir palos. El General Heath también estaba presente; lo hirieron ayer en la cabeza, y aunque no le dejan mandar su brigada su instinto guerrero le impele a volver al campo.
A las 7 AM cabalgué parte del terreno con el General Longstreet le vi asignar a la división de McLaws para los combates de mañana. El enemigo está asentado en una cadena de altas colinas, con sus cimas cubiertas de árboles, pero los valles que están en los intervalos entre sus colinas y las nuestras están despejados y en parte llenos de cultivos. El cementerio estaba a su derecha, y su izquierda parecía descansar en una elevada colina rocosa. Las fuerzas enemigas, que ahora parecen ser el total del ejército del Potomac, estaban concentradas en un espacio de no más de dos millas de longitud. Los confederados los habían rodeado en una especie de semicírculo, y la parte más extrema de nuestra posición debía haber sido como mucho de 6 o 7 millas. Ewell estaba a nuestra izquierda, con su cuartel general en una Iglesia (con una gran cúpula) en Gettysburg; Hill estaba en el centro y Longstreet a la derecha. Nuestras colinas también estaban cubiertas de pinos en la cima, y también en las pendientes de atrás. La artillería de ambos bandos se enfrentaba desde el borde de estos cinturones de árboles, con las tropas totalmente ocultas. El enemigo estaba bien atrincherado, pero los sureños no cedían un palmo de terreno. Un silencio mortal reinó hasta las 4:45 PM y nadie hubiera imaginado que tan grandes masas de hombres y tan poderosa artillería fueran a comenzar su trabajo de destrucción en poco más de una hora.
Sólo estaban presentes hoy dos divisiones de Longstreet, a saber, las de McLaws y la de Hood, la de Pickett estaba aún a retaguardia. Como toda la mañana se iba a ocupar en disponer a las tropas para el ataque próximo, cabalgué hasta la posición en la derecha extrema con el Coronel Manning y el Mayo Walton, donde comimos gran cantidad de cerezas y obtuvimos forraje para nuestros caballos. También nos bañamos en un pequeño arroyo, pero no sin cierta inquietud por mi parte ya que estábamos prácticamente más allá del frente, expuestos a la caballería enemiga.
A la una pude ver a muchos soldados federales prisioneros que habían capturado merodeando. Me decían que pertenecían al cuerpo de Sickles (el tercero creo) y que habían llegado desde Emmetsburg durante la noche. En ese momento comenzaron las escaramuzas a lo largo del frente, pero de manera no muy intensa.
A las 2 PM el general Longstreet me aconsejó que si quería ver bien la batalla me subiera a mi árbol de ayer, cosa que hice, quedándome allí con Lawley y el Capitán Schreibert lo que quedaba de tarde. Pero hasta las 4:45 PM todo estaba muy parado, y empezábamos a dudar de si iba a entablarse una batalla de verdad o no. En ese justo momento, Longstreet comenzó un tupido cañoneo en la derecha. Ewell inmediatamente se puso en movimiento en la izquierda. El enemigo replicó con parecida furia, y en un momento el fuego de artillería era tan intenso a lo largo de todo el frente que era casi inconcebible. A lo largo de seis millas se veía un humo intenso, y el aire parecía repleto de proyectiles, y cada uno parecía volar de modo diferente y hacer distinto ruido que los demás. La munición de ambos bandos es muy variada. Cada cierto tiempo reventaba un cajón de municiones. Si era Federal, el alarido rebelde le seguía con presteza. Las tropas sureñas, cuando cargan, o para expresar su alegría, lanzan siempre ese alarido tan peculiar. El grito de guerra yanqui es más parecido al nuestro, pero los oficiales Confederados están muy orgullosos del suyo, y sostienen que produce un devastador y útil efecto en sus adversarios. Se habla de un cuerpo de ejército como de un “buen regimiento gritón”.
Tan pronto como comenzó el fuego, el General lee se unió a Hill justo debajo de nuestro árbol, y se quedó allí todo el tiempo, mirando con sus prismáticos de campaña, hablando algunas veces con Hill y otras con el Coronel Long de su estado mayor. Pero por lo general se sentaba sólo en el tocón de un árbol. Lo que noté particularmente, es que mientras duró el fuego, sólo mandó un mensaje sólo recibió un informe. Su sistema es evidentemente planear las cosas minuciosamente con los tres comandantes de cada Cuerpo de Ejército y luego dejarles iniciativa para ejecutarlo o alterarlo confiando en sus capacidades.
Cuando el cañoneo estaba en su punto culminante, una banda de música Confederada, entre el cementerio y nosotros, empezó a tocar Polkas y Valses, lo que acompañado del rugir de los cañones sonaba de lo más curioso.
A las 5:45 todo se paró mucho en comparación en nuestra izquierda y en el cementerio, pero las salvas de mosquetería en la derecha nos indicaban que la infantería de Longstreet estaba avanzando, y el progreso del humo mostraba que iban bien las cosas; pero a las 6:30 debieron sufrir un revés, y tuvieron que retirarse un poco. Después de las 7 el General Lee recibió un informe a través de una señal que quería decir “vamos bien”. Un poco antes de que cayera la noche el fuego fue disminuyendo en todas direcciones y pronto cesó.
Después nos informaron que durante algún tiempo Longstreet se o había llevado todo por delante, capturando varios cañones y expulsando al enemigo de las posiciones que ocupaban; pero cuando la brigada de Florida de Hill y otras tropas cedieron, no les quedó otra que abandonar la pequeña fracción de terreno que habían ganado, junto con todos los cañones capturados, menos tres. Sus tropas, sin embargo vivaquearon durante la noche en terreno que esta mañana ocupara el enemigo.
Todo el mundo lamenta que Longstreet se exponga de modo tan imprudente. Hoy lideró a un regimiento de Georgia en una carga contra un batería, con el sombrero en la mano y delante de todos. El General Barksdale fue muerto y Semmes mortalmente herido; pero la pérdida más seria fue la del General Hood, que no pudo resistir una mala herida que sufrió en el brazo al comenzar el día. Por lo visto sus Tejanos están desolados.
Cabalgué junto con Lawley al campamento del General, que había sido trasladado una milla del escenario de la acción. Longstreet, sin embargo, junto con la mayoría de su estado mayor, vivaqueó en el campo.
El Mayor Fairfax llegó a las 10 PM de muy mal talante. Había tenido a su cargo de 1000 a 1500 prisioneros yanquis, capturados hoy mismo, entre ellos un general. Oí a un de sus hombres acusarle de estar tan bebido del hijop…… que había vuelto sus cañones contra sus propios hombres. Pero por otro lado su acusador era un sinvergüenza tan evidente y soltaba tantos juramentos para escapar del ejército que no merece mucho crédito. Una larga línea de caballos y mulas llegó hoy, mandados por el General Stuart y capturadas, se entiende, por su caballería, que había penetrado a sólo seis millas de Washington.

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Traducción al español por Huan Manwe