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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Jue Dic 20, 2012 6:34 pm 
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Virgo potens
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Ahora estamos de acuerdo del todo, "sureño" queda que ni quelao. Aquí los modernos, de 100.000 no bajan.

Gracias, rumboso.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Jue Dic 20, 2012 6:42 pm 
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Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
:lol:

Una de las cosas graciosas de la novela es el contraste entre la (relativa) caballerosidad decimonónica y la absoluta falta de escrúpulos de los modennos.

En lo único que les superan es en tecnología.

And I wish they were three million,
instead of what we´ve got. :twisted:

Seguiremos.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Jue Dic 20, 2012 6:45 pm 
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Virgo potens
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No lo dudo. O no me cabe duda razonable.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Lun Dic 24, 2012 2:12 pm 
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Una anédota graciosa de la magistral campaña del Valle de Shendandoah de Stonewall Jackson:

Citar:
"Entretanto, el desbarate de los hombres de Banks era absoluto, y no hacía falta perseguirlos mucho para que siguieran corriendo. El General Banks trató de reagruparlos, gritando, "Deteneos, soldados, ¿es que no amais a vuestra patria? Uno de sus hombres respondió "¡Dios mío, ya lo creo que sí! ¡Y por eso estoy tratando de volver a ella lo más rápido que puedo!"


Hay una película que hará las delicias de los libertarios, "Shenandoah" llamada en castellano "EL valle de la violencia".

El Valle rebosa de belleza natural, cuesta pensar que fuera el escenario de batallas ( y crímenes de guerra) tan cruentos:

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Lo yanquis acabaron dejándolo hecho un solar, al mando de Sheridan que era un irlandés con pocos amigos.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mar Dic 25, 2012 5:20 pm 
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Gañán Pedante, Insustancial y Frívolo.
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Ubicación: Al norte de Berlin.
En que estado es la valle de la foto? Virginia,Iowa, Pennsylvania, otro?

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bebíamos de una cosa espantosa llamada porrón
George Orwell, el urbanita y el porrón.


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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mar Dic 25, 2012 5:24 pm 
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[unknow] escribió:
En que estado es la valle de la foto? Virginia,Iowa, Pennsylvania, otro?


Virginia y Virgina Occidental.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Dic 26, 2012 2:10 pm 
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Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
Lee se fue a tomar su propio tazón. Cuando todo el mundo se juntó, tazón en mano, en la tienda de Rhoodie, había puesto su cazuela en el fuego. Con la mano que tenía libre, pasó a cada oficial confederado un sobre pequeño y plano. Rhoodie dijo: ábranlo y viertan su contenido en la taza. “CAFÉ INSTANTANEO FOLGER”, leyó Lee en el sobrecito. Más abajo, en letra muy pequeña, ponía algo que no distinguía. Se puso sus anteojos, y así pudo leer: “fabricado en Estados Unidos”. Volvió a meter sus anteojos en su bolsillo, pensando que podía haberlo adivinado sin necesidad de leerlo.

Siguiendo las instrucciones de Rhoodie, vertió el contenido en el tazón. La sustancia no parecía café normal “¿Se trata de otra de sus deshidrataciones Señor Rhoodie?, preguntó.
“Podría decirse que sí, General. Ahora si me hace el favor de sostener su taza”. Rhoodie la llenó hasta el borde con agua caliente. Al instante olía a café. “Remuévalo un poco para que se disuelva bien”. Y a renglón seguido Rhoodie pasó a llenar los tazones de los demás oficiales.
Lee se llevó la taza a los labios. No era el mejor café que había probado, pero era café, sin la menor duda. Tomó un sorbo largo y lento, cerrando sus ojos de puro placer. “Esto es maravilloso” dijo. Uno detrás de otro, los oficiales secundaron su entusiasmo.

“Me alegro que le guste” dijo Rhoodie. Charles Venable examinó el paquetito. “Café instantáneo” musitó. Una denominación muy propia, aunque nunca había oído hablar de algo semejante. ¿Esta hecho este sobre con papel de estaño, Señor Rhoodie?

“Creo que sí”, dijo el alto forastero después de vacilar un instante, algo de lo que Lee se percató: semejaba la flema de un hombre que no contaba todo lo que sabía. Andries Rhoodie parecía saber muchas cosas que no decía. Y eso que las cosas que había dicho y los artefactos que había mostrado ya eran más que notables. Lee se preguntó que más secretos guardaba en la chistera.

Walter Taylor señaló al tazón de Rhoodie. “¿Qué emblema está inscrito en su tazón, señor, si puedo saberlo? Al principio como he visto el fondo rojo y el blanco creía que era un símbolo Confederado, pero ya veo que no”. Rhoodie sostuvo el tazón cerca del fuego para que Taylor pudiera observarlo mejor. Lee miró también. Dentro de un círculo blanco sobre fondo rojo había un emblema con puntas que le recordaba un abrojo. Bajo el emblema había tres siglas: A.W.B. Rhoodie dijo “se trata del emblema de mi organización”. Era muy ducho en hacer como que respondía cuando en realidad no decía nada. Lee preguntó “¿qué significan esas siglas?”.
“Nuestro lema”, replicó Rhoodie con una amplia sonrisa” “America will Break” (América se disolverá)” Taylor saludó alzando su tazón “brindo por ello, a fe mía”. Los demás oficiales le secundaron. Lo mismo hizo Lee. Había permanecido en el ejército Federal casi hasta el final, pero cuando Virginia se separó de la Unión ofreció sus servicios a su Estado. Para él su tierra era más importante que los Estados Unidos.

“Otra taza, caballeros” preguntó Rhoodie. “Tengo más”. Todos los oficiales dijeron sí a coro. El café los había ganado allí donde el rifle de Rhoodie había levantado sospechas. Lee declinó la oferta. “Después de tanto tiempo sin café, otra taza me desvelaría. Y con mis años, tengo que dormir bien, porque aunque me hace falta, cada día me cuesta más”.

Inclinó la cabeza hacia Rhoodie, y se marchó. Sus oficiales le saludaron militarmente. Les devolvió el saludo y se dirigió parsimoniosamente a su tienda de campaña. Se quitó las botas y su casaca, se tendió en el catre y se cubrió con dos o tres mantas. Y aún así la noche iba a ser fría. La mayoría de sus hombres sólo disponían de una manta, y muchos de ellos de ninguna en absoluto. Los médicos tendrían mucho que hacer con los catarros y resfriados, que eran cosa cotidiana todas las mañanas.

El café no le impidió dormirse enseguida. Lo que hizo fue despertarle a las dos horas de sueño. Se levantó para utilizar el orinal. El frío suelo congelaba los dedos de los pies, a pesar de los gruesos calcetines. Ante de volver a la cama, echó un vistazo fuera de la tienda. Andries Rhoodie había dejado el fuego encendido y bien alimentado. Se sentaba en una silla plegable confeccionada con una lona chillona y madera. No se percató de la presencia de Lee, concentrado como estaba en el libro.

“¿Qué lee señor, a hora tan tardía?” preguntó Lee en voz baja y amable.

Rhoodie alzó la vista y escudriñó a través de la negrura. Al tener los ojos fijos en la hoguera antes, necesitó unos segundos para distinguir a Lee. Cuando lo hizo, puso un pulgar en el libro para señalar dónde había detenido la lectura, lo cerró y lo sostuvo para que lo viera. Una dorada cruz relucía sobre la negra cubierta.

“Ah”, dijo Lee, y al momento confió más en Rhoodie de lo que lo había hecho hasta entonces. “No se puede encontrar un amigo mejor, ni de día ni de noche. ¿Puedo preguntarle qué pasaje estaba leyendo?”

“La historia de Gedeón”, respondió el alto forastero. “La leo muchas veces. Me parece que es muy apropiada”.

“Ya lo creo que lo es”, dijo Lee. “Ya lo creo. Buenas noches señor, espero que duerma bien cuando se tienda en su lecho”.

“Gracias General. Igualmente”.

Lee volvió a la cama. Como le había dicho a Rhoodie, a veces le costaba dormir. No esa noche, sin embargo. Se dejó caer con tanta suavidad y sencillez como una criatura. Justo antes de dejar de dar vueltas a la cabeza, se preguntó la razón. Tal vez era esperanza, algo que había sido escaso desde Gettysburg. Durmió profundamente.

Los siguientes dos días pasaron en una suerte de anticlímax. El General Samuel Jones del Departamento de Virgina Occidental había mandado una carta prometiendo ganado y ternera para el Ejército de Virginia del Norte. Lee le respondió agradeciéndoselo efusivamente, pero las reses se hicieron esperar más que la carta de Jones. Como se había temido, no le quedó otra que recortar más las raciones.

Y justo cuando acababa de redactar la orden relativa a tan triste necesidad, la cabeza de Charles Venable asomó a la entrada de la tienda. “Un telegrama para usted mi General”. Se detuvo un instante de modo efectista. “Es de Rivington”.

“Léamelo de inmediato, Comandante” dijo Lee”.

“Sí, mi General”. Venable desplegó el arrugado papel: “Paramos en Rivington en dirección al norte según órdenes de enero 20. Muchas cajas de diferentes tamaños a bordo. Paisanos serviciales y bien organizados. Después de partir, se abrieron dos cajas al azar, conteniendo cartuchos metálicos y rifles de peculiar manufacturan. Una docena de hombres también subieron a bordo. Asbrury Finch, Teniente, E.C.A.

“Bien, bien”. Dijo Lee, y después “pero que muy bien. Ese extraño señor Rhoodie tiene de verdad los rifles que nos había prometido, o como mínimo algunos de ellos. A pesar de lo seguro que estaba, no las tenía todas conmigo, ya lo creo que no”.

“Yo hacía más que preguntármelo, mi General”. Respondió. “Dudaba de ello y no poco. Pero como ha señalado, ha cumplido con la primera parte de su promesa”.

“Sí, y cuando el General Stuart se haga con estas carabinas, no querrá otras. Los rifles de repetición que cada vez emplea más la caballería federal han perjudicado mucho a sus jinetes. Ahora podrá replicar en los mismos (o mejores) términos”. Y si lo del señor Rhoodie no es el cuento de la lechera, habrá también rifles para la infantería.”.

“Me pregunto cuánto está pagando el Buró de Munición por cada rifle de estos, ¿cómo os llamaba?”

“Ak-47” le ayudó Lee. “Sea cual sea el precio, no será demasiado elevado, pues puede suponer la diferencia entre la libertad o nuestro sometimiento”.

“Sí, mi General”. Venable vaciló un momento, y después prosiguió, “Puedo preguntarle, mi General, qué opina del señor Rhoodie?”

“Bueno ahora tengo mucha mejor opinión que él, porque ya sé que no es un charlatán solitario con una única carabina maravillosa”. Respondió Lee al momento. Después se paró un momento también. “¿Pero eso no es todo lo que quería saber, no Comandante?”.

“No, mi general”. Aunque por lo común era hombre elocuente, se notaba que a Venable le costaba en esta ocasión expresar lo que sentía. “Creo que es el hombre más peculiar que he conocido. Su rifle, incluso la comida y el café que come… nunca he visto ni oído nada semejante”.

“Ni yo, y son tan extraordinarias y excelentes que ojalá lo hubiera hecho. Nos hubiera ido mejor en esta guerra”. Dijo Lee. “También hay algo más. Ese hombre sabe más que lo que demuestra. ¿Cómo pudo enterarse de mis órdenes que enviaban al sur al General Hooke. Todavía estoy perplejo y no poco asustado. Si llega a ser un impostor, le hubiera interrogado con dureza sobre ello, y de haber hecho falta, por las malas. Pero como están las cosas”, Lee se encogió de hombros, “no hay duda de que es sureño y hombre de bien. ¿Cuánto cree que hubiéramos durado si se hubiera ido al Norte y le hubiera vendido los rifles al enemigo?
Venable torció el gesto, como si no le hiciera nada de gracia la idea. “No mucho, mi General”.

“Totalmente de acuerdo. Ya nos sacan demasiada ventaja como están las cosas. Pero en vez de ello eligió nuestro bando, así que de momento el interrogatorio puede esperar. Y es un hombre piadoso. Nadie se hubiera puesto a leer la Biblia de madrugada sabiendo que nadie lo iba a ver”.

“Todo lo que dice es la pura verdad, mi general”. Dijo Venable. “Y aún así… no sé, todo lo que tiene este tipo es demasiado bueno para ser verdad”.

“La Unión nos ha superado en recursos materiales durante toda esta guerra, Comandante. ¿Me está diciendo que no nos toca recibir nuestra parte, ya que la fortuna decide sonreírnos por una vez, y aprovecharnos de ello?”

“Visto de ese modo, no, claro que no, mi General”.

“Bien”. Dijo Lee. “porque estoy dispuesto a aprovechar la más mínima ventaja”.

Una traza de humo anunciaba que llegaba el tren que recorría el ferrocarril de Orange y Alexandría con destino a la aldea de Orange Court House. Lee lo señaló con la avidez de un muchachito que trata de ver sus regalos de navidad a hurtadillas antes de recibirlos. “si he calculado bien, caballeros, este es el tren procedente de Rivington. ¿Vamos a verlo a caballo, y así presenciamos la primera entrega de los rifles del Señor Rhoodie?”

Sus oficiales se montaron en los caballos con premura. Andries Rhoodie les acompañó. Perry le trajo a Traveller (N. del T. el magnífico caballo de Lee) Lee tomó hacia el humo. Pronto le acompañaron sus oficiales y Rhoodie. Cabalgaron juntos por las colinas rumbo a Orange Court House. Lee y sus ayudantes eran magnífico jinetes. Pronto se dio cuenta de que no era el caso de Rhoodie, aunque no lo hacía mal.

Civiles, la mayoría ancianos, que iban andando o cabalgando por las calles de Orange Court House se descubrieron por consideración a Lee cuando este pasaba. Les devolvió el saludo con mucha dignidad. Había pocos jóvenes, en esta ciudad o en cualquier otra de la Confederación. Sí había bastantes soldados, que miraban qué podían comprar en las tiendas. No mucho, seguramente. Saludaron militarmente a Lee y a sus oficiales. Algunos señalaban a Andries Rhoodie: su talla, sus extrañas ropas y el hecho de que él, un forastero, cabalgara junto a Lee llamaban poderosamente su atención.

La estación de tren no estaba lejos de la quinta que daba la mitad de su nombre al villorrio. La verdad es que nada estaba muy lejos de Orange Court. El tren había llegado ya cuando Lee y sus compañeros estaban en la estación. Bajo la atenta mirada de la tripulación, los esclavos cargaban troncos cortados en el tender para el próximo viaje al sur. Otros negros estaban ya descargando los vagones. Algunos de los hombres que los supervisaban llevaban el uniforme Confederado; otros iban vestidos como Rhoodie, con gorras y chaquetas y pantalones moteados. Incluso sus gruesas botas eran parecidas. Lee se llevó la mano a la barbilla, pensativo. Lo que llevara puesto un hombre era asunto suyo. Pero que una docena (justa, si contábamos a Rhoodie) llevaran trajes semejantes, indicaba que debía tratarse de algún tipo de uniforme. Y ciertamente los compañeros de Rhoodie parecían más uniformados que los soldados sureños que los acompañaban, cuyos pantalones, abrigos, y sombreros eran de muy diferente color y con un corte igualmente muy variado.

Detrás de Lee, Walter Taylor se dirigió a Rhoodie y señaló “Sus amigos también son muy altos, señor”. Así era. El más pequeño media cinco pies y diez pulgadas. La mayoría de ellos medía seis pies, y había dos o tres que eran tan altos como Rhoodie. También parecían bien alimentados, a pesar de la guerra y el duro invierno. Los soldados confederados se fijaron en Lee cuando llegó. Los hombres de Rivington no. Unos pocos saludaron rápidamente con la cabeza y la mano a Rhoodie. La mayoría de ellos seguían dando órdenes a los esclavos, que estaban sacando los embalajes del tren.

“Esos tipos tienen el mismo curioso acento que usted”. Observó Venable.

“Somos paisanos”, dijo Rhoodie indiferentemente. Lee se sonrió con la educada indirecta del comandante y con la réplica igualmente educada pero nada ilustrativa. Rhoodie había dado ya muchas respuestas corteses pero poco ilustrativas en los últimos días. Lee se dijo que un tren (probablemente muchos trenes) cargados de rifles de repetición con sus cartuchos le daban derecho a no hablar demasiado.

Lee desmontó. Sus ayudantes y Rhoodie le secundaron. Venable enganchó a Traveller al raíl. Un soldado con dos bandas en cada lado del cuello de la camisa se les acercó. Su rostro, pensó Lee, era demasiado delgado para llevar esas patillas, que se parecían a las del General Federal Burnside. El hombre saludó militarmente “Absbury Finch, mi Generah, der 21 de Georgia”.
“Si teniente. Recibí su telegrama”.

“Sí mi generah”. Finch echó un vistazo a Andries Rhoodie. “¿Así que ya conose a arguno de estos tíoh tan sabelotodo? Han hesho maravillaah por Rivington, ya lo creo”.

“Estuve al mando en Carolina del Norte hace dos años, teniente, pero confieso que no recuerdo la ciudad”.

“Hase dos años, Generah Lee, quien se iba acordá, no era más que un pueblo bastante grande pa que parara el tren. Pero ahora ha cresio que no veah, grasiah a ehtos tíoh. Un puñao de elloh vinieron a vivir aquí, se pillaron unos cuantoh negroh, y empesaron a hasé casa y armasené y yo que sé que mah. Y tó en treh o cuatro meseh. Se lo oi desí a uno de los der pueblo de tó la vida cuando cargábamoh lah cajah. Y ensima pagan todo con oro”.

“No me extraña que hayan sido bien recibidos” Dijo Lee. El papel moneda Confederado se había devaluado hasta el punto de que un par de zapatos costaban la paga de tres o cuatro meses de un soldado. Y esa era la causa de que algunos soldados del ejército de Virginia del Norte fueran descalzos incluso en verano. Otra era que aún teniendo dinero no había zapatos suficientes.
“Es una pena que no llegaran un año antes”, dijo Walter Taylor. “imaginemos lo que podíamos haber hecho con esos rifles en Chancellorsville, o ahí arriba en Pennsylvania”.

“Sí, yo también he pensado en eso unas cuantas veces últimamente, Comandante”, dijo Lee, “Pero agua pasada no mueve molino”.

“Las armas, son tan buenah como dicen mi Generah? Preguntó Finch. “Sí que lo son Teniente” dijo Taylor. “Con ellos creo que tenemos agarrada la gallina de los huevos de oro”.

“o nos tiene ella agarrados a nosotros”, dijo Mashall con acritud.

Lee le observó con interés. Marshall todavía no se fiaba nada, pero que nada de Andries Rhoodie. Pero después de pensar un momento, Lee decidió que no le faltaba razón. Un cargamento de rifles de repetición podía salvar la Confederación, pero si Rhoodie y sus amigos eran los únicos que podían suministrarlos tenían cogido al Sur por el pescuezo. Ahora mismo no estaban apretando, al contrario, pero como les diera por hacerlo….

“Comandante Marshall”. Dijo Lee.

“Mi General”

“Por favor, redacte una carta dirigida al Coronel Gorgas en Richmond. Me gustaría saber su opinión sobre la factibilidad de fabricar réplicas de estar armas, como hacemos ahora con los rifles Springfield y Mississippi. Cuando llegue el primer cargamento de rifles a nuestro cuartele general, puede enviar también uno y una remesa de cartuchos al Coronel G.W.Rains en Georgia, que, según tengo entendido, es el hombre más experto del Buró de Municiones por lo que se refiere a la pólvora. A lo mejor puede explicarnos porqué estas balas producen tan poco humo”.

“Ahora me ocupo de ello, mi General”. Dijo Marshall. Sus anteojos no podían ocultar que había alzado una ceja. “Así que no se fía del todo del Señor Rhoodie, después de todo?

“Sólo se puede uno fiar del todo de Dios”. Respondió Lee. Marshall se sonrió y asintió con la cabeza. Un pariente del presidente del Tribunal Supremo, había sido abogado antes de la guerra, lo que, aparte de la religión, le había enseñado a no confiar plenamente en ninguna institución humana. Poro después Rhoodie se acercó a Lee, a sus oficiales y al Teniente Finch.
Varios de sus compañeros venían detrás. Dijo “General, déjeme presentarle a algunos de mis camaradas. Aquí están Konrad de Buys, Wilhem Gebgard, Benny Lang y Enrie Graaf”.
“Caballeros”, dijo Lee tendiendo su mano.

Se la estrecharon una detrás de otro. “Es un honor estrechar la mano del gran General Lee” dijo Ernie Graaf. Era de la talla de Lee y tenía una perilla bien recortada del color de la arena que apenas ocultaba una cicatriz que surcaba su mandíbula. Como había señalado el Comandante Venable, él y el resto de los hombres que vestían esas ropas moteadas tenían ese mismo acento lejanamente británico que Rhoodie, y el mismo duro deje gutural, (si acaso todavía más pronunciado que el de Rhoodie)

“No hace falta que diga mi nombre como si lo hubieran sacado de un libro de historia, señor mío” protestó Lee cortésmente. Todos los camaradas de Rhoodie se sonrieron o rieron a carcajadas, en realidad mucho más de lo que merecía la bromita. Pero con todo, Lee quedó contento por haber acabado con sus ceremonias.

“Quiero conocer al General Stuart” dijo uno de los que habían presentado como Konrad de Buys. La mayoría de los forasteros tenían un aspecto muy profesional, pero los ojos leoninos le recordaban a un puma. Ese hombre combatía por puro placer. Lee recordó como montaba Rhoodie. De Buys tendría que ser mejor jinete si quería impresionar a Jeb Stuart. “Es usted jinete, señor” Preguntó Lee. De Buys asintó de una manera tan rotunda que no dejaba lugar a dudas. Lee dijo “entonces seguro que el General Stuart estará encantado también de conocerle. También el Coronel Mosby, quizás, y sus partisanos. Por el modo en como sonreía De Buys, Lee supo que había juzgado bien a su hombre.

“El General Stuart está por Fredericksburg? Preguntó Wilhem Gebhard.

Pronunció la ge de General de una manera muy dura, como lo había hecho un alemán. Detrás de Lee uno de sus ayudantes dijo “alemanes”. Lee pensó que era Marshall, parecía dudar mucho aún de Rhoodie, y el grueso de los alemanes que vivían en América, (incluidos una buena parte de los que vivían en la Confederación) eran Unionistas.

Pero esos tipos eran demasiado abiertos (y demasiado raros) para ser espías, y de todos modos el General Meade sabía bien donde estaba pasando el invierno la caballería del Ejército de Virginia del Norte. “Sí, cerca de Fredericksburg”. Respondió Lee. Hubiera preferido tener más cerca a los jinetes de Stuart, pero mantener a los caballos en invierno era más difícil y requería más terreno que a los hombres.

Gebhard se volvió a Rhoodie, le preguntó algo en una lengua que sonaba parecida al inglés pero que no lo era. Rhoodie le respondió en el mismo idioma. “Son alemanes” pensó Lee. Rhoodie dijo, en inglés “Quiere saber si él y De Buys tienen que acudir a Frederickburg para mostrar nuestras armas o si hará venir aquí al General Stuart”.

Lee pensó en ello. Al final dijo “con la caballería desperdigada por el país como está, lo más adecuado sería hacer venir al Coronel Stuart y sus comandantes de división y de brigada aquí a Orange Court House para que puedan juzgar sus rifles por sí mismo”.

“Perfecto”. Dijo Rhoodie. “Cuando disparemos, eso si´, mejor que nos volvamos a su cuartel general, para que el enemigo no se entere de lo que pueden hacer esas armas”.
“Un plan muy razonable”. Convino Lee.

Hablando consigo mismo tanto como con Lee, Rhoodie prosiguió: “puesto que este será el eje del cual partirán todas las armas que entreguemos a su ejército, deberíamos alquilar alojamiento aquí, y también almacenes. Tenemos mucho trabajo que hacer hasta primavera, adiestrando a sus hombres”.

“Los oficiales del Ejército de Virginia del Norte tal vez puedan serle de alguna utilidad” dijo Lee ásperamente.

La ironía rebotaba en Andries Rhoodie como un cañonazo en la quilla de un acorazado. Miró directamente a los ojos a Lee y le dijo “algunos nos serán de ayuda, General, no le digo que no. Pero si estuviera en la otra orilla del Rapidan tratando con los Federales, por ejemplo con el General Burnside o con el General Siegel, puede que no hubieran querido ni oírme. Después de todo ya tienen sus Springfield, y una vez que un rutinario se adapta a alguna cosa, es difícil que quiera cambiar.”

“Usted va a tratar con mejores hombres que los dos que ha nombrado. O desde luego eso espero”.

“¿Responde por cada brigada, por cada coronel?” Insistió Rhoodie. “Mis compañeros y yo no tenemos hombres suficientes más que para enseñar lo básico sobre como disparar y limpiar el Ak-47, regimiento por regimiento. Enseñar a los soldados a usarlo después será tarea de sus oficiales. Y algunos de ellos puede que no se fíen de algo nuevo y diferente”.

“Ya veo lo que me quiere decir, señor” Admitió Lee. No le faltaba razón. Los Estados Confederados se habían separado en la esperanza de conservar su antiguo modo de vida frente a la creciente población y prósperas fábricas del Norte. Pero aquí…

“Usted ocúpese de que les lleguen los rifles a mis hombres, y yo me ocuparé de que los utilicen”.

“Eso es lo que quería oír, General Lee”.

“Pues ya lo ha oído”.

Cantando mientras trabajaban, los negros descargaban de los vagones largas cajas que contenían rifles y cajas cuadradas con munición y después las apilaban al lado de la vía del ferrocarril, más y más altas cada vez.

Capítulo II.

“¿Qué más pongo, Alsie? Preguntó pacientemente el Sargento Primero Nate CAudell.
El soldado raso Alsie Hopkins frunció el ceño, como lo haría un hombre en su temprana veintena. “Leh dise que ettoy bien”, dijo al fin, “dilh que ya no me duele má er braso del tiro que me dieron en Gettysburg, y que ya no tengo diarrea tampoco”. La pluma de Caudell recorría la hoja. La verdad es que no era una hoja de verdad, sino la parte trasera de un trozo de papel viejo de empapelar. Escribía alrededor de un pegote de cola que aún quedaba. Estaba seguro de haber escrito más cartas que cualquiera en la Compañía D, puede que más que cualquiera en todo el regimiento 47 de Carolina del Norte. Eso es lo que tenía ser maestro en una unidad llena de granjeros en la que muchos (como le pasaba a Alsie Hopkins) eran analfabetos.

“Algo más Alsie” Preguntó de nuevo.

Hopkins pensó un poco más “Dile que tuvimoh una pelea de nieve que no veah el otro día, y que a un tío le sartaroh dos dientes con una bola que llevaba metía una piedra, y que menua pansá de reih.”

“Seguro que al que le dio no se reía mucho”.

“No, si er también se reía”.

Caudell pensó que eso podía hacer reir a la familia de Hopkins, así que empezó a escribirlo. Sin embargo, en ese momento, sonó un toque de corneta en la única ventana de la cabina. Se guardó la pluma. “Tendremos que acabarla después Alsie. Es una reunión de Oficiales, sargentos y cabos”.

“Todos menoh los sordaos”. Dijo Hopkins, al que se le veía contento por que sus superiores estuvieran trabajando y él no. “Pueo dejá er papé aquí Sargento, y acabamoh dehpué”.
“Supongo que sí”, dijo Caudell con resignación. Su arrugado sombrero de fieltro de ala ancha estaba tirado en la cama, a su lado. Se lo puso, y se levantó. “Pero ahora me tengo que ir”. El y Hopkins se agacharon para salir de la puerta baja de la cabina. Como no tenía nada mejor que hacer, el soldado se fue a dar un garbeo. Caudiell se apresuró por la “avenida” que atravesaba las cabinas y las tiendas de campaña de los cuarteles de invierno del regimiento. Su cabina, que compartía con otros cuatro sargentos de la Compañía D estaba lo más lejos posible del claro en el centro del campamento. Cerca de ese claro estaba la tienda del Capitán Lewis; como era capitán, tenía una tienda para él sólo. El estandarte de la compañía estaba al lado, con las palabras INVENCIBLES DE CASTALIA, bordadas en seda roja sobre fondo azul, perforada por más de una bala.

Muchos hombres con galones e insignias en el cuello se congregaron en el campo de entrenamiento. Ni mucho menos lo llenaban; eran como mucho un séptimo de los seiscientos y pico hombres que eran adiestrados allí.

Junto con los oficiales y suboficiales estaba un soldado. Ben Whitley de la Compañía A. Como de ordinario, el conductor estaba encaramado en el vagón. Con él se sentaba otro hombre, un forastero, cuya gorra, abrigo y pantalones parecían estar hechos de remiendos, unos del color de la tierra, otros de hierba y otros de barro. Colgada de la espalda del forastero había una carabina de extraña manufactura.

Caudell estaba emocionado. La caballería había recibido rifles nuevos hacía dos semanas. Y también la división de infantería del General Anderson, cuyo cuartel estaba aún más cerca de Orange Court House que los de la División de Henry Heth, de la que formaba parte el 47 de Carolina del Norte. Si la mitad (o sólo un ápice) de lo que se contaba de los rifles era verdad…
El Coronel George Faribault salío cojeando del extremo del vagón. Caminaba lentamente y con ayuda de un bastón; le habían herido en el pie y en el hombro en Gettysburg y acababa de volver al regimiento. A juzgar por su palidez, ya le costaba bastante mantenerse en pie. Dijo “Caballeros, como ya habrán adivinado, nuestras brigada y nuestra división van a ser las siguientes en recibir el nuevo rifle de repetición, el Ak-47, como lo llaman”. “Este”, señaló al extraño con el traje moteado, “es el señor Benny Lang, que les enseñará como manejar el rifle, a fin de que después puedan adiestrar a sus hombres ustedes mismos. Señor Lang”. Lang saltó con agilidad del vagón. Media 5 pies y diez pulgadas, era moreno y bastante delgado. Sus ropas no tenían distintivo alguno, pero se conducía como un soldado. “Normalmente me hacen dos preguntas en este momento”m dijo. “LA primera es, ¿por qué no le enseñas tú a todo el mundo? Lo siento, pero no tenemos suficientes hombres. Hoy mis amigos y yo estamos trabajando con la brigada del General Kirkland: la componéis vosotros, el 11 de Carolina del Norte, el 26 de Carolina del Norte, el 44 de Carolina del Norte y el 52 de Carolina del Norte. Mañana estaremos con la Brigada del General Cooke, y así sucesivamente. Se las arreglarán bien. Hay que ser muy tonto para joder un Ak-47. Hay que ser idiota, y aún así no es fácil”.
Mientras le escuchaba, Caudell se dio cuenta de que fruncía el ceño. Los rumores del campamento decían que estos tipos con ropas estrafalarias no eran sólo de Carolina del Norte sino de su propio Condado., Nash. Pero Lang no sonaba como uno de Carolina del Norte, ni como un sureño de cualquier otro lugar. Tampoco tenía acento yanqui. En los pasados dos años, Caudell había escuchado muchos acentos yanquis. El sargento siguió escuchando.
“La otra pregunta que me suelen hacer es, ¿y por qué vamos a ponernos con algo nuevo cuando ya estamos contentos con nuestros rifles normales? Prefiero demostrárselo a contarlo. ¿Quién es vuestro mejor tirador con el Springfield, o el Enfield, o lo que usen?

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Sab Dic 29, 2012 12:19 pm 
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Ahí, dándolo todo
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Registrado: Mar Nov 20, 2007 1:39 pm
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Recién leída. Conociendo a Malet, seguro que también. Y, si no, la recomiendo.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Ene 30, 2013 12:57 pm 
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Más Feliz que una Perdiz
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Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
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Como en otro hilo estabamos hablando del realismo y el idealismo político, pos voy a contar una anénsdota de la Guerra de Secesión.

Cuando Sherman después de haber arrasado Georgia hacía lo mismo multiplicado por dos con las Carolinas, y cuando Grant seguía acogotando a Lee contra Richmond, y este veía desertar a sus hombres de 100 en 100 al día por falta de comida, se hacía evidente que al Estado Confederado le quedaban dos telediarios aunque no hubiera tele en la época y que había que adoptar medidas drásticas. No les quedaban más hombres.

Bueno, sí, les quedaban 4 millones de esclavos negros poco más o menos que podían adiestrar. Lee pidió que los alistaran y los liberaran, y Davis al fin aceptó la idea, y la propuso al Congreso Confederado.

Evidentemente, las objeciones (bastante lógicas) no se hicieron esperar:

-¿Para qué demonios hemos librado esta guerra, si no es para defender nuestra propiedad (la de dos patas, claro)?

-¿Que sentido tiene entonces la Secesión si hacemos esto?

-"Si un negro puede ser un buen soldado" (o sea un hombre adiestrado, disciplinado y valiente ante el fuego) entonces "todas nuestras teorías sobre la esclavitud están mal".

Todo muy lógico pero Davis el presidente Confederado también decía muy lógicamente que más valía que quitaran la esclavitud ellos y preservaran su independencia que lo hicieran unos yanquis vengativos y codiciosos (que suelen serlo los yanquis)

Cansado de la oposición del Congreso, dijo, airado e indignado:

"Cuando la Confederación perezca, en su tumba inscribirán este epitafio: "murió de una TEORÍA".

Al final formaron unos cuantos regimientos negros, pero too little, too late.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Ene 30, 2013 1:22 pm 
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Demasiado patriota
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Registrado: Mar Ene 08, 2008 10:17 am
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Ubicación: La Antiespaña
HdC escribió:
No, hay pocos, agente de Bizancio, en presencia de mis enemigos y alguno más. Los de la guerra civil los iba a publicar un amigo, pero decidió que no era un conflicto que aquí despertara demasiado interés. La serie Worldwar con extraterrestres que llegan en plena WWII y toman partido tiene que estar bien, los tengo todos por ahí en inglés, a ver si me los leo algún día.




los tienes en formato físico o en formato... 8)

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Éste soy yo, entrando en el hilo que has abierto, a leer todos y cada uno de tus posts:
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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Ene 30, 2013 2:17 pm 
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Xarnigger
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Registrado: Vie Feb 24, 2006 3:39 am
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Ubicación: Republic of Selfawaria
los de tutledove? los tiene todos un colega que ahora lee guerras napoleónicas con dragones...Me gusta que exista un género de [evento histórico relevante] + [ser sobrenatural/mítico].

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This struggle must be organised, according to “all the rules of the art”, by people who are professionally engaged in revolutionary activity. The fact that the masses are spontaneously being drawn into the movement does not make the organisation of this struggle less necessary. On the contrary, it makes it more necessary.


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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Ene 30, 2013 3:14 pm 
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Men of Mayhem
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Registrado: Mié Ago 03, 2005 10:10 am
Mensajes: 24979
Ubicación: Cansino de Torrelodones
neckbearded sockshitter escribió:
HdC escribió:
No, hay pocos, agente de Bizancio, en presencia de mis enemigos y alguno más. Los de la guerra civil los iba a publicar un amigo, pero decidió que no era un conflicto que aquí despertara demasiado interés. La serie Worldwar con extraterrestres que llegan en plena WWII y toman partido tiene que estar bien, los tengo todos por ahí en inglés, a ver si me los leo algún día.




los tienes en formato físico o en formato... 8)


Los que están en español en físico, los otros en químico.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Feb 06, 2013 12:05 pm 
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Mary Poppins me chupó un pezón
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Registrado: Mar Abr 17, 2012 6:39 pm
Mensajes: 665
Ubicación: País Palencià (Països Castellans)
No he leido el post entero así que es posible que esté repe.

La revista Despertaferro Historia Moderna (revista de historia militar y política) saca este mes un número dedicado a la Guerra de Secesión:

Artículos:
-La última guerra antigua, la primera guerra moderna por Peter Cozzens
-Crear un Ejército por Robert I. Girardi
-La Brigada Irlandesa por Joseph G. Bilby
-La vida en el Ejército de la Península por John V. Quarstein
-Hampton Roads: la batalla de los Ironclads por John V. Quarstein
-Las batallas de los Siete Días por David Martin
-Prensa y opinión pública en la Guerra de Secesión por William E. Huntzicker
-Armas ligeras en la Guerra de Secesión por Joseph G. Bilby

http://www.despertaferro-ediciones.com/ ... .php?op=08

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Si tu casa ves arder, y en tu culo un avispero, y a tu mujer con el cura, ¿dónde acudirás primero?


Ultima edición por Michael Banks el Mié Feb 06, 2013 1:57 pm, editado 1 vez en total

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Feb 06, 2013 1:54 pm 
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Virgo potens
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Registrado: Mar Ago 02, 2005 5:25 pm
Mensajes: 28744
No hacía falta ponerse así.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Feb 06, 2013 1:57 pm 
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Mary Poppins me chupó un pezón
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Registrado: Mar Abr 17, 2012 6:39 pm
Mensajes: 665
Ubicación: País Palencià (Països Castellans)
Perdón, no revise el tema y no vi el tamaño de la imagen.

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Traducción al español por Huan Manwe