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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Dom Feb 26, 2012 2:27 pm 
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Virgo potens
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Bueno, aquí el uxoricidio fue legal hasta el 61.

Citar:
El "Uxoricidio por causa de honor" se mantuvo en vigor hasta la reforma del Código Penal y aprobación de la ley 79/1961 de 23 de diciembre, pero no sería hasta la aprobación de la Constitución de 6 de diciembre de 1978, cuando se produjera el reconocimiento de los derechos, igualdad y libertades de todos los españoles, hombres y mujeres.


http://destylou-historia.blogspot.com/2 ... uista.html

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Lun Feb 27, 2012 1:31 am 
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6:11 en adelante

Otra escena que te pone la carne de gallina. Eso son hombres, eso es solidaridad y eso es un líder.

Por cierto que el regimiento de negros de verad iba al asalto diciendo "Massachussets y 10 dólares al mes". :lol:

Sentido del humor no les faltaba.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Lun Feb 27, 2012 8:35 pm 
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Virgo potens
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Un par de líderes.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mar Feb 28, 2012 5:08 pm 
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Cad escribió:
Un par de líderes.


Cierto dos. Uno por no someterse a la cabronada y otro por compartir la suerte de sus hombres.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Feb 29, 2012 11:52 am 
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Virgo potens
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Se alimentan y complementan. Mira cómo mueren.

Vaya época.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Feb 29, 2012 11:56 am 
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Malet escribió:
Mí película favorita sobre la Guerra de Secesión es Glory, con diferencia.

Cada vez que oigo eso de "¡a por ellos 54!" se me ponen los vellos de punta.


La vi en La Sexta 3 este finde. Sí, pelos como escarpias

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Dom Mar 04, 2012 6:53 pm 
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Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
Un periodista de la época sobre la difícil campaña de Vicksburg (necesario tomar esa ciudad y fortaleza si se quería dominar el Mississippi y partir en dos a la Confederación:

http://books.google.es/books?id=m88SoP- ... 22&f=false

"El ejército se está echando a perder en el barro, bajo el mando de un borracho (Grant) cuyo confidente y consejero más íntimo es un lunático" (Sherman). :lol:

Bueno, tal vez algo exagerado, pero no está lejos de la verdad del todo. Grant aparte de fracasar en casi todos los negocios que emprendió, le daba bien a la botella cuando estaba destinado en el Oeste, sin poder ver a la parienta.

Y Sherman estaba más pallá que pacá, incluso consideró seriamente suicidarse, aparte de que tenía un punto sádico.

Considerando que Stonewall Jackson (seguramente con estos dos y Lee el mejor general de esta guerra) era un fanático religioso también pirado y sin sentido del humor alguno, le hace pensar a uno cuales son las cualidades que debe tener un buen jefe militar.

O un buen jefe, ya que hablamos.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mar Mar 13, 2012 10:24 pm 
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Capítulo IV.
MISSOURI, LOUISIANA, Y CALIFORNIA
1850-1855.

Tras regresar de California en enero de 1850, con despachos para el departamento de Guerra, después de entregarlos en persona al General Scott en Nueva York y después al Secretario de Guerra Crawford en Washington, solicité, y me fue concedida, una licencia de seis meses.

Lo primero que hice fue ir a visitar a mi madre, que vivía en Mansfield, Ohio, y después volvía Washington, donde el primero de mayo de 1850 contraje matrimonio con la señorita Ellen Boyle Ewing, hija del honorable Thomas Ewing, Secretario del Interior. Asistieron muchos y muy distinguidos invitados a la ceremonia, entre las que se hallaban Daniel Webster, Henry Clay, T. H. Benton, el Presidente Taylor, y su gabinete al completo. El banquete se celebró en la mansión de Mr. Ewing, la misma que ahora es propiedad de Mr. F.P.Blair, padre, en la Avenida de Pennsylvania, frente por frente con el Ministerio de Guerra.

Fuimos de viaje de bodas a Balimore, Nueva York, Niagara y Ohio, y volvimos a Washington el 1 de julio.
El General Taylor participaba en las celebraciones del 4 de julio, en un día extremadamente caluroso, y estaba atendiendo a una elocución del Honorable Henry S. Foote, que se pronunciaba al lado del Monumento a Washington. Después de volver de las fiestas muy fatigado y acalorado, dio buena cuenta de su comida favorita, helado con cerezas, y por la noche sufrió un cólico severo. La mañana siguiente estaba postrado en la cama. Se dijo que mando hacer venir a su yerno, el Cirujano Wood del Ejército de los Estados Unidos, destinado en Baltimore, y que rechazó la asistencia de cualquier otro médico. Mr. Ewing le vistió varias veces, y bien se conocía que estaba nervioso e intranquilo, como también lo estaba su yerno, el Mayor Bliss, entonces en el ejército, y su secretario y confidente. Su situación fue empeorando y falleció en cuatro días.

En esos días la política suscitaba mucho interés en el país, debido a los problemas que inevitablemente habían surgido a raíz de la adquisición de los territorios conquistados en la Guerra contra México. El Congreso estaba reunido, y la súbita muerte del general alarmó mucho a todos, como es natural. Yo estaba presente en una de los corredores del senado, y pude ver como prestaba juramento el Vicepresidente, Mr. Filmore, un hombre de gran corpulencia y con una presencia física imponente. Pero bien se veían reflejadas en el rostro de los Senadores y del pueblo las dudas y la incertidumbre. Todos sabían que lo más probable sería que se produjeran cambios en el gabinete y en la política general, pero en esos días se suponía que Mr. Filmore, que era natural de Buffalo, sería menos condescendiente que el General Taylor con los políticos del Sur, que temían, o hacían ver que temían, una cruzada antiesclavista; o bien que la esclavitud sería abolida en los Territorios y en aquellos lugares que estuvieran sometidos a la exclusiva jurisdicción del gobierno Federal. Pero el tiempo se encargó de desmentir esta creencia.

Asistía al funeral el General Taylor, como una suerte de ayuda de campo, a petición del General Adjunto del Ejército, Roger Jones, cuyo hermano, un general de milicia, dirigía la escolta, formadas por miliciano y algunos soldados regulares. Recuerdo entre los primeros a los Capitanes John Sedgwick y W. F. Barry.

Casi no estaba bien enterrado el pobre General Taylor en el Cementerio del Congreso cuando se empezó a renovar la disputa política, y acabó quedando muy claro que Mr. Fimore. era más partidario el compromiso general que entonces se conocía como la "Ley Omnibus" de Henry Clay, y también que efectuaría cambios en el el gabinete: Webster iba a suceder a Mr. Clayton como Secretario de Estado, Corwin reemplazaría a Mr. Meredith como Secretario del Tesoro y A. H. H. Stuart a Mr. Ewing como Secretario del Interior. Sin embargo el Gobernador del Estado nombró inmediatamente a Mr. Ewing como sucesor de Corwin en el Senado.

Con esos cambios Mr. Ewing tuvo que mudarse, y Mr. Corwin se quedó con su casa y su menaje. Escolte a su familia a Lancaster, Ohio, pero, antes de que ocurriera esto, se celebraron vivos debates en el Senado, de los que muchas veces era espectador y podía escuchar a Clay, Benton, Foots, King of Alabama, Dayton y muchos de los grandes oradores de aquellos días. Mr. Calhoun ocupaba aún su escaño, pero era evidente que su carrera política estaba llegando a su fin, pues se le veía muy pálido y con un aspecto enfermizo.

Pude escuchar el último discurso de Mr. Webster en la cámara del Senado, en circunstancias que precisarían de una explicación. Era bien sabido que iba a dejar su puesto como senador para incorporarse al nuevo gabinete de Mr. Fillmore, como su secretario de Estado, y que antes de irse pronunciaría su gran discurso sobre la "Ley Omnibus".
Muy interesado en escuchar ese discurso, acudí al Capitolio el día fijado, incluso casi una hora antes de lo habitual. El discurso iba a ser pronunciado en la vieja Cámara del Senado, que ahora sirve de sede del Tribunal Supremo. Los pasillos eran mucho más estrechos que ahora, y la gente estaba apretadísima, peleando por acercarse a la puerta y llegar a las escaleras. No puede acercarme, así que traté de llegar por los pasillos de los periodistas, pero resultaron estar también hasta los topes; así que temía que iba a perder la única oportunidad que tendría de escuchar a Mr. Webster.

Sólo tenía una relación superficial con algunos de los senadores, pero me había encontrado con Mr. Corwin muchas veces en casa de Mr. Ewing, y sabía también que había sido muy amigo de mi padre; de modo que me atreví a hacerle llegar mi tarjeta: "W.T.S, Primer Teniente, del Tercero de Artillería". Se acercó enseguida a la puerta, y le dije "Mr. Corwin, tengo entendido que Mr. Webster pronunciará un discurso hoy". Respondió: "así es, a la una en punto". Añadí que tenía mucho interés en presenciarlo. "Bien", dijo, "¿y por qué no accede al pasillo? Le expliqué que estaba repleto, y que ya lo había intentado todo pero en vano.

"Bueno" dijo él, "y qué quiere que haga yo". Le expliqué que quería que me guiara hasta uno de los asientos de la cámara; que había visto antes desde los pasillos gente sentada en los escaños, que no tenían mejores títulos que yo. Después me preguntó socarronamente: "¿Es usted acaso un embajador extranjero?" "No" "¿Es usted Gobernador de un Estado" "No" "Es usted Congresista" "Claro que no". ¿Ha recibido usted alguna vez una mención honorífica del Senado" ¡No! "Pues bien ese tipo de personas son las que pueden gozar de tal privilegio". Pero yo insistí y le dije que él sabía muy bien quién era yo y que si le daba la real gana podía conseguir que me dejaran pasar.

Entonces me dijo "¿Tiene usted mucha cara dura? Le contesté "Dios me ha dado una buena porción si la ocasión lo demanda". ¿Cree que podría parecer tan interesado en mi conversación como para no fijarse en el guarda de la puerta? (al tiempo que lo señalaba) Le dije que sin duda, si me contaba una de sus divertidas anécdotas. Así que me tomó por el brazo, me tuvo un momento en el vestíbulo, hablando de cualquier bagatela, pero al mismo tiempo haciéndome mirar hacia su mano izquierda pues apuntaba a la misma con gestos con la derecha, y así nos acercamos hasta el ujier, que empezó a preguntarme "¿Embajador extranjero? ¿Gobernador del Estado? ¿Congresista?, etc, pero yo miraba directamente a los ojos a Corwin, que me dijo sin rodeos, "ni caso, usted míreme a mí", y de ese modo entramos en la Cámara del Senado por una puerta lateral. Una vez dentro Corwin me dijo, "ahora ya es asunto suyo" y le di efusivamente las gracias.

Pude sentarme en un escaño justo detrás de Mr. Webster y cerca del General Scott, así que pude escuchar todo el discurso. Me resulto plúmbeo, la verdad, y confieso que me sentía tan cansado como defraudado cuando terminó. Es cierto, el discurso estaba repleto de datos y argumento, pero no se podía comparar con la oratoria ardiente y electrizante de Mr. Clay.

A finales de julio, como ya se ha dicho, toda la familia regresó a casa, a Lancaster.

El Congreso aún se hallaba en sesión, y la ley que nombraba cuatro capitanes más para el Departamento de Intendencia no se había aprobado, pero estaba al caer, y yo estaba seguro de que iba a ser uno de los nombrados.
En aquellos días mi nombre figuraba en la lista de enrolados en la Compañía Ligera del Tercero de Artillería (de Bragg) que estaba destinada en los cuarteles de Jefferson, Cerca de San Luis. Pero, como se había extendido una epidemia de cólera allí, se me permitió retrasar mi incorporación hasta septiembre. A principios de ese mes, me puse en marcha a Cincinnati, y desde allí continué por vapor a San Luis, y luego a los Cuarteles de Jefferson, donde me presenté para ocupar mi puesto ante el Capitán y Coronel honorario Braxton Bragg (N del T. después un General Sureño cuyas malas pulgas sólo eran comparables a su incompetencia, que mandó un ejército por ser amigo íntimo del presidente Confederado Jefferson Davis) que mandaba la la Compañía C Ligera del Tercero de Artillería. Los demás oficiales eran el Primer Teniente James A. Hardie, y después Haekaliah Brown.

Se acababan de adquirir nuevos caballos para la batería, y estábamos preparándonos para el trabajo cuando llegaron por correo las órdenes que anunciaban la aprobación de la ley que aumentaba en Cuatro Capitanes más el Departamento de Intendencia, siendo ascendidos a esta graduación Shiras, Blair, Sherman, y Bowen. Me ordenaron ocupar mi puesto en San Luis y relevar al Capitán A. J. Smith, del primero de dragones, que había ocupado ese puesto durante algunas meses. Mi nombramiento se produjo el 27 de septiembre de 1850. Consiguientemente me dirigí a la ciudad, relevé al capitán, y empecé a desempeñar mi labor.

El Coronel N. S. Clarke, del Sexto de Infantería, estaba al mando del departamento, el Comandante D.C. Buell, era el adjunto, y el Capitán W. S. Hancock, el oficial de intendencia del regimiento. Había cuatro oficinas en el mismo edificio, en la esquina entre la Washington Avenue y la Calle Segunda. Después el Comandante S. Van Vliet relevó al Coronel, Swords. Yo me quedé en la "Planter´s House" hasta que llegó mi familia, y después nos alojamos en una casa en la "Chouteau Avenue" cerca de la Calle doce.

Durante la primavera y el verano de 1851, Mr. Ewing y Mr. Henry Stoddard, de Dayton, Ohio, que era un primo de mi padre, pasaban mucho tiempo en San Luis, por un negocio que tenía relación con la finca del Mayor Amos Stoddard, que estuvo en el Viejo Ejército, a principios de siglo. Se hallaba en la aldea de San Luis en los tiempos de la adquisición de Luisiana a Napoleón,. La misma época en que Lewis y Clarke emprendieron su célebre expedición a través del continente, llegando hasta el río Columbia. El Mayor Stoddard, ya en aquellos lejanos días, había adquirido una pequeña granja detrás de la aldea, no recuerdo si propiedad de un español o de un francés, pero, como era soltero, y le mataron en Fort Meigs, Ohio, durante la Guerra de 1812, el título se perdió de vista, y en el terreno lo ocupaban otras personas que decían tener otros derechos.

Como San Luis comenzó a crecer, sus hermanos y hermanas, así como sus descendientes, se resolvieron a reclamar su propiedad. Después de mucho e infructuoso pleitear, consiguieron retener al menos a Mr. Stoddard, de Dayton, que a su vez empleo a Mr. Ewing, y estos, después de muchos años de trabajo, consiguieron que se reconociera su título, y en el verano de 1851 les dio posesión un Sheriff de los Estados unidos.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Mar 14, 2012 3:22 am 
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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Mar 14, 2012 3:23 am 
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Malet escribió:


El Sargento Irlandés, te descojonas.

"Putas, feas mejicano-africanas. Vamos a estar todo el día entrenando hasta que lo hagamos bien".

"Hijo de puta negro medio subnormal. ¿Es verdad que os cortan las pelotas al nacer?

"Putos hindús, a ver si lo hacéis bien".

Hay que decir que luego les saluda con orgullo, pero la instrucción es la instrucción. Odiar al capullo que te enseña crea espíritu de cuerpo, supongo.

Por cierto, que tan racistas eran en el Norte como en el Sur. A veces, más, había estados con leyes que literalmente no dejaban asentarse a negros allí.






"noooow you're learnin' boyoo"




a true son of Eire.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Dic 19, 2012 10:38 pm 
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Armas para el Sur.

Harry Turtledove.

Señor presidente:

“No me ha sido posible hasta ahora dar respuesta a su misiva fechada el cuatro de enero debido a la tentativa contra New Berne. Lamento mucho que no se hayan rematado los barcos del Neuse y el Roanoke. Con ellos pienso que el éxito sería seguro. Sin ellos, aunque podríamos tomar la plaza, no se aprovecharían todos los frutos de la expedición y nuestro dominio fluvial en Carolina del Norte quedaría en entredicho”.

Robert. E. Lee se detuvo un momento para volver a mojar su pluma en el tintero. A pesar de su camisa de franela, su casaca de reglamento, y sus pesadas botas de invierno, temblaba un poco. La tienda donde sentaba sus reales era fría. El invierno había sido muy duro, sin signos de moderarse. “Clima de Nueva Ingleterra”, dijo para sí, preguntándose por qué razón la providencia había decidido que visitara su querida Virginia.

Tras un breve suspiro, se inclinó de nuevo sobre su mesa plegable para explicar en detalle al Presidente Davis las disposiciones tomadas con el fin de enviar a la brigada del General Rote hacia el sur, a Carolina del Norte, para la ofensiva contra New Berne. Tenía pocas esperanzas de triunfar, pero el Presidente mismo había ordenado el ataque, y su deber era ejecutar las órdenes según su mejor saber y entender. Incluso sin los barcos, el plan que había concebido no estaba mal, y el presidente Davis consideraba muy apremiante la cuestión.

“En vista de las manifestaciones contenidas en su carta, acudiría yo mismo a Carolina del Norte, pero considero que mi presencia aquí sigue siendo necesaria, especialmente ahora que existen tantas dificultades para alimentar y vestir al ejército”.

Sacudió la cabeza con pesar. Alimentar y vestir al ejército de Virginia del Norte era una lucha sin fin. Sus hombres confeccionaban sus propios zapatos, si es que podían conseguir cuero, que no solía ser el caso. La ración se había reducido a tres cuartos de libra de carne, un poco de sal, azúcar, café (o más bien un sucedáneo elaborado a base de achicoria y maíz molido) y tocino. El pan, el arroz, el maíz… llegaban de vez en cuando de la Estación Central de Virginia y de los ferrocarriles de Orange y Alexandria, pero no con la frecuencia necesaria. Y si no llegaba más pronto tendría que volver a reducir la ración.

El Presidente Davis, sin embargo, conocía tan bien la situación como se lo hubiera podido hecho ver el General, e insistir podría suponer falta de tacto. Lee continuó: El General Early está en---

Sonó un disparo, muy cerca de su tienda. Su instinto marcial espoleó a Lee a alzar la cabeza, pero después se rió de sí mismo. Uno de los oficiales de su Estado Mayor, que lo más seguro es que tirara contra una ardilla o una mofeta. Esperaba que el joven hubiera acertado.

Pero su sonrisa se desvaneció casi al tiempo de aparecer. El sonido era extraño. Había sido abrupto, no como un disparo de pistola o el profundo restallar de un mosquete Enfield. Puede que se tratara de un arma Federal capturada. El rifle disparaba una y otra vez. Y la sucesión de sonidos era más cercana que la de los latidos del corazón. “Sin lugar a dudas, un arma Federal”, se dijo, “uno de esos repetidores Federales que tanto aprecia su caballería”. Los tiros seguían y seguían. Frunció el ceño ante el desperdicio (ningún arsenal sureño podía reproducir fácilmente la munición)

Frunció de nuevo el ceño, pero esta vez debido a la sorpresa, cuando se hizo el silencio. Había contado inconscientemente los disparos. Y ningún rifle del Norte que conociera disparaba treinta veces seguidas.

Volvió a concentrarse en la carta al Presidente Davis, “Valle” escribió. Después volvió a oír fuego, pero una profusión de disparos increíblemente rápida, tanto que no se podía llevar la cuenta y diferente de cualquier cosa que hubiera oído. Se quitó las gafas, dejó la pluma, y se levantó para ver lo que ocurría.

A la salida de la tienda, por poco no chocó con uno de sus ayudas de campo, que estaba tratando de entrar cuando él trataba de salir. El joven dijo “le pido mil perdones, mi General”.

“No pasa nada, Comandante Taylor. ¿Tiene esto algo que ver con la extraña arma que, ah, acabo de oír hace nada?”

“Sí, mi General”. Parecía que el joven se aferraba con ambas manos a la disciplina recibida. Sólo, recordó Lee, tenía 25 años, el benjamín de sus oficiales de Estado Mayor. A continuación sacó una hoja que entregó a Lee. “Mi General, antes de que vea en acción el arma, como lo acabo de hacer yo, le hago entrega de un mensaje del Coronel Gorgas acerca de ella”.

“En lo que a munición atañe no puede haber dictamen más cualificado que el del Coronel Gorgas” convino Lee. Después extrajo sus gafas de cerca y se las colocó en la punta de su nariz.

Departamento de Municiones, Richmond, a 17 de enero de 1864.

General Lee:

Tengo el honor de presentarle con esta misiva a Andries Rhoodie de Rivingnton, Carolina del Norte, que me ha hecho una demostración de un nuevo rifle, que creo puede resultarnos de extrema utilidad. Como expresó su deseo de conocerle y como es probable que el ejército de Virginia del Norte se enfrente de nuevo a una enconada lucha en los meses venideros, le he hecho venir para que pueda juzgar tanto al hombre como a su notable arma. Suyo afectísimo, Josiah Gorgas, Coronel.

Lee plegó la carta y se la devolvió a Taylor. Mientras volvía a introducir las gafas en el bolsillo dijo: “Muy bien Comandante, ya tenía curiosidad antes, pero ahora se ha redoblado. Presénteme al Señor Rhoodie, ¿no se llama así?

“Sí, mi General. Está por las tiendas. Si es tan amable de acompañarme…”

Echando vaho a causa del aire gélido, acompañó a su ayuda de campo. No le sorprendió en absoluto que las tiendas de campaña estuvieran abiertas de par en par; cualquiera que hubiera escuchado ese ruido querría saber qué lo había ocasionado. No cabía duda de que el resto de sus oficiales se congregarían alrededor de ese hombre alto que no llevaba el gris Confederado.

Y no, ese hombre de gran talla no llevaba el marrón amarillento que era característico de esos uniformes confeccionados en casa, ni tampoco el negro propio de la mayoría de las ropas civiles. Lee nunca había visto una vestimenta parecida. Su chaqueta y sus pantalones estaban moteados de verde y gris, de modo que casi desaparecía entre el polvo y la hojarasca y los árboles desnudos. Y una gorra igualmente moteada estaba provista de orejeras.

Viendo acercarse al General, sus oficiales de estado mayor le saludaron militarmente. Lee respondió del mismo modo. El Comandante Taylor se adelantó. “General Lee, caballeros, este es Andries Rhoodie. Señor Rhoodie, este es el General Lee, a quien no me cabe duda que ha reconocido, como a mis compañeros, los Comandantes Venable y Marshall”.

“Mucho gusto en conocerles, caballeros, en especial al famoso General Lee”. Dijo Rhoodie.

“Muy amable, señor”. Musitó Lee cortésmente.

“En absoluto. Sería para mí un orgullo poder estrechar su mano.” Y le tendió la suya.

Mientras la estrechaba, Lee trataba de evaluarle. Hablaba como un hombre culto, pero no como un natural de Carolina. Su acento parecía británico, pero con un cierto y suave deje gutural.

Aparte de sus extrañas ropas, tampoco tenía un aspecto típico de un natural de Carolina. Su rostro era demasiado macizo, sus rasgos muy redondeados. Y esa circunstancia hacía que casi le pareciera al General indecentemente bien alimentado, acostumbrado como estaba a los escuálidos y hambrientos hombres del ejército de Virginia del Norte. Pero el porte de Rhoodie era erguido y varonil, y su apretón de manos firme y poderoso. Sus ojos grises se encontraban sin vacilar con los de Lee. Y Lee tuvo súbitamente la certeza de que este hombre había sido soldado en el pasado, eran ojos de tirador. Sus arrugas y las canas que adornaban su rojizo mostacho indicaban que frisaba los cuarenta, aunque los años sólo le habían endurecido.

Lee dijo: “El Coronel Gorgas me ha hablado muy bien de usted y de su rifle, señor. ¿Me hará una demostración?”.

“Sí, muy pronto”. Respondió, para sorpresa de Lee. En su experiencia, los inventores siempre estaban ansiosos de mostrar los frutos de su ingenio. Pero Rhoodie continuó, “Antes que nada, señor, me gustaría preguntarle algo, y espero que su respuesta sea sincera”.

“Señor, sois muy atrevido”, dijo Charles Marshall. El tenue sol invernal se reflejaba en sus lentes y tornaba su rostro animado por lo general en algo severo y bastante inhumano.

Lee terció. “Deje que pregunte lo que quiera, Comandante. No hay que prejuzgar sus intenciones”. Echo un vistazo a Rhodie, y asintió con la cabeza para que continuara. Tenía que elevar la vista para mirar a los ojos al extraño, lo que no era normal, porque él medía también casi un metro noventa. Pero aún así Rhoodie le sacaba unos centímetros.

“Le agradezco su comprensión, señor”, dijo en ese acento no totalmente británico. “Dígame, ¿qué piensa de las posibilidades de la Confederación en la campaña de este año y en la guerra en su conjunto?”

“Ser o no ser, he aquí el dilema”. Dijo Marshall.

“Espero que lo tengamos un poco mejor que el pobre Hamlet, comandante”. Dijo Lee, entre las sonrisas de sus oficiales. Rhoodie, sin embargo, esperaba con calma. Lee se detuvo un momento para ordenar sus pensamientos.

“Señor, puesto que hace tan poco que tengo el gusto de conocerle, me permitirá que me ciña en mi respuesta a lo que cualquiera con algo de seso y conocimiento puede ver: que nuestros enemigos nos superan en número, recursos y en los medios e instrumentos necesarios para librar una guerra. “Si esta gente” (su eufemismo preferido para los Federales) emplea con algo de tino sus ventajas, no podemos sino oponerles el valor de nuestras tropas y la confianza en que la Providencia comprenderá la justicia de nuestra causa. Y hasta ahora con eso nos ha bastado. Y, Dios mediante, espero que nos siga bastando.”

“¿Quién dijo que Dios está siempre con los batallones más nutridos? Preguntó Rhoodie.

“¿Voltaire, no? dijo Charles Venable. Había sido catedrático de matemáticas antes de la guerra y era hombre cultivado.

“Un librepensador como pocos” dijo Marshall con tono de desaprobación.

“Desde luego”, dijo Rhoodie, “pero de tonto no tenía nada. ¿Cuándo eres más débil que tu adversario, no debe uno hacer uso de todo lo que tenga?”

“Simple sentido común”, dijo Lee. “¿Quién podría no estar de acuerdo?” .

Ahora quien sonrió ampliamente fue Rhoodie, aunque fue su boca y no sus fríos ojos. “Gracias General Lee. Ya me ha vendido el producto”.

“¿Ah sí?”

Sí, señor. Verá, mi rifle le permitirá conservar su más preciado recurso, sus hombres.

Walter Taylor, que había visto operar el arma, inspiró hondo. “Puede que sí”, dijo quedamente.

“Espero la demostración, Señor Rhoodie”, dijo Lee. “Ahora mismo”. Rhoodie sacó el arma. Lee ya se había dado cuenta de que tenía la longitud de una carabina, corta en comparación con un mosquete reglamentario. Por ser tan corta, la bayoneta ajustada al cañón parecía más larga. Rhoodie metió la mano en la mochila. Estaba confeccionada de la misma tela moteada que el resto, y parecía de mejor manufactura incluso que las que llevaban los soldados de la Unión. La mayoría de los soldados de Lee se apañaban con una manta enrollada.

El alto forastero sacó un objeto metálico curvo, de unas ocho pulgadas de largo y una pulgada y media de ancho. Lo colocó en su lugar, delante del gatillo de la carabina. Este es el peine. Cuando está lleno, lleva treinta balas. Ahora el rifle tiene las balas dentro, dijo Taylor. Como habrán notado todos ustedes, es un arma de retrocarga. El resto de oficiales asintieron. Lee seguía callado. Con un sonido de rozadura seguido de un agudo click metálico, Rhoodie tiró de una brillante palanca de acero en el lado derecho del rifle. “La primera bala de cada peine ha de ser alojada manualmente”, dijo.

“¿y qué pasa con las demás?” le susurró Venable a Taylor?” “Ahora lo verás” dijo Taylor.

Rhoodie volvió a echar mano a la mochila y esta vez extrajo algunos papeles plegados. Desplegó uno de ellos. Era un objetivo, cortado toscamente en la forma de una cabeza y un cuerpo de hombre. Lo entregó a los oficiales de Lee y les dijo “¿caballeros, podrían colocar estos papeles a diferentes distancias, digamos, a cuatrocientas o quinientas yardas?”

Será un placer, replicó Taylor prontamente. “Ya he visto lo rápido que dispara su rifle. Ahora quiero saber si es preciso”. Tomó alguno de los objetivos, y Rhoodie entregó el resto a los demás. Unos los pusieron sobre ramas bajas, otros contra arbustos, tanto de pie, como de lado.

“¿Puedo hacer que estos los pongan más rectos, señor?” dijo Lee, “si no tendrá que afinar más la puntería”.

“No importa”, dijo Rhoodie. “Tampoco los soldados están siempre de pie”. Lee asintió. Al forastero no le faltaba cuajo.

Cuando terminaron los oficiales, una columna de 30 objetivos se extendía hasta el suroeste hasta Organge Court House a un par de millas. El nudo de tiendas de campaña que constituía el cuartel general de Lee estaba situado en una ladera empinada, lejos de las tropas acampadas o de otras viviendas. Los jóvenes se reían y hacían chistes cuando regresaron a donde estaban Rhoodie y Lee. Charles Marshall decía, señalando con el dedo al objetivo más cercano” ese es el general Mclellan, dele su merecido”.

Los demás siguieron la broma “Ese es el general Burnside”, “General Hooker”, “General Meade” “Hancock”, “Warren”, “Stoneman”, “Howard”, “Hay está el honrado Abe” “dale lo suyo, vive Dios”.

Lee se volvió a Rhoodie, “cuando quiera, señor”.

Todos guardaron silencio enseguida. “Uno de sus hombres puede que quiera cronometrarme”. Dijo Rhoodie.

“Yo me encargo, señor”. Dijo Charles Venable sacando un reloj del bolsillo. “¿Le digo yo cuanto tiene que empezar? Rhoodie asintió. Venable tenía el reloj cerca de los ojos para poder ver la diminuta manecilla. “Ahora”.

El forastero se echó el rifle al hombro. Apretó el gatillo: crack, un cartucho en el aire, que brillaba con el sol al caer al suelo. Crak, otro, crack otro. Era el mismo tipo de fuego rápido que había interrumpido la carta al Presidente Davis.

Rodhie se detuvo por un momento. “Estoy ajustando la mira” explicó. Pero en cuanto acabó de hablar ya estaba disparando otra vez. Al final el rifle hizo click inocuamente en vez de disparar.

Charles Venable alzó su rostro. “Treinta disparos. Treinta y dos segundos. Realmente impresionante. Volvió a mirar el rifle y a Rhoodie. “Treinta tiros”, repitió, “dónde está el humo de treinta tiros”.

“Dios santo”. Dijo Taylor atónito, tanto por la falta de humo como por no percatarse. “¿Cómo no me he dado cuenta antes?”

Lee tampoco se había percatado. Treinta tiros tan seguidos debían haber dejado a Rhoodie en medio de una buena neblina. Pero en vez de ello, sólo había tenues trazas de humo. “¿Cómo consigue esto señor?”

“La pólvora de los cartuchos no es su pólvora negra corriente” dijo Rhoodie, que no le dijo a Lee nada que no fuera obvio. Ese hombre alto continuó “si los oficiales traen los objetivos, comprobaremos como lo he hecho”. Talylor, Venable y Marshall fueron a recoger los hombres de papel. Los pusieron en fila en el suelo y caminaron mientras miraban los agujeros de bala. Lee caminaba con ellos, silencioso y pensativo. Cuando examinaron todos, se volvió a Rhoodie “28 de 30, me parece”. Dijo. “Parece un arma fuera de serie señor, y sin duda alguna su puntería también lo es”.

“32 segundos” dijo Venable. Y lanzó un largo silbido.

“¿Puedo enseñarles otra cosa? Dijo Rhoodie, y sin esperar respuesta aflojó el enganche del peine, lo metió en el abrigo, metió un peine nuevo sacado de su mochila y lo colocó en posición. No tardó más que un momento.

¿Treinta tiros más?

Treinta tiros más.

Tiró de la brillante palanca con el click que Lee había oído antes. “Ahora volveré a disparar, ¿pero y si los americanos?”

“Somos Americanos, señor”, prorrumpió Lee.

“Disculpe. Quiero decir los yanquis. ¿Y si los yanquis están muy cerca y no da tiempo de apuntar? Debajo de la manija había una pequeña palanca metálica. Roodi la desplazó hacia debajo de modo que en vez de estar paralela a la manecilla su extremo frontal apuntaba casi más cerca del suelo. Se alejó de Lee y sus oficiales. “Esto es lo que pasa”.

El rifle rugió. Las llamas salían por el cañón. Los cartuchos salían volando y echando chispas del rifle. El silencio que siguió llegó tan seca y abruptamente como un golpe. Lee preguntó ¿Comandante Venable, lo ha cronometrado?

“Eh, no señor”. Dijo Venable. Le pido disculpas. “No importa. Ha sido muy rápido.”

Rhoodie dijo. “excepto a corta distancia o ante enemigos agrupados, el fuego automático no es tan eficaz ni preciso como el modo tiro a tiro. El arma se desvía arriba y a la derecha”.

“Fuego automático…” Lee saboreó las palabras. “¿Cómo funciona este rifle de repetición, si me permite que se lo pregunte señor? He podido ver las carabinas Spencer que emplea la caballería enemiga, en las que se acciona una palanca para cargar cada bala. Pero usted no accionó palanca alguna, salvo para alojar el primer peine. El rifle simplemente disparó una y otra vez”.

¿Cuándo explota la pólvora, produce un gas que se expande con celeridad y empuja la bala fuera del cañón. Me sigue?

“Pues claro señor. Si me permite que se lo recuerde, yo era ingeniero”. Lee se molestó un poco porque le fuera explicada semejante obviedad.

“Es verdad… lo era.” Rhoodie hablaba como si recordara. Prosiguió “Mi arma desvía parte del gas y lo emplea para hacer retroceder el cerrojo de modo que sube una nueva bala desde el peine hasta la cámara. Después el ciclo se repite hasta que no queda más munición”.

“Terriblemente ingenioso”. Lee se mesó la barba, sin querer continuar. Los inventores del Sur habían aportado ideas muy inteligentes durante la Guerra, pero que quedaban en nada ante la práctica ausencia de una infraestructura industrial en el Sur que las convirtiera en realidad. Sin embargo, había que preguntar: “¿Cuántos de estos rifles puede venderme?

Rhoodie sonrió ampliamente. “Cuántos quiere”.

Tantos como tenga. Dijo Lee. Su empleo dependerá del número. Si me puede dar, digamos, cien, se los entregaré a la artillería montada, para que gocen de buena protección frente a los ataques de la infantería enemiga. Si, en cambio, tiene la suerte de disponer de unos quinientos, con su correspondiente munición, pensaría en equipar un regimiento de caballería con ellos. Sería agradable que nuestros jinetes pudieran enfrentarse a la potencia de fuego de que dispone esa gente, en vez de enfrentarse a ellos con pistolas y escopetas.

La sonrisa de Rhoodie se tornó aún más amplia. Pero no era la sonrisa de alguien que comparte algo festivo con los amigos. A Lee le recordó más bien a la pícara sonrisa de un ilusionista profesional que va a sacar dos palomas de la chistera. Rhoodie dijo: “Y suponga, General Lee, suponga que puedo entregarle cien mil rifles con su munición correspondiente? ¿Cómo los emplearía?

¿Cien mil? Lee mantuvo su tono tranquilo y firme, pero tuvo que esforzarse mucho. En vez de sacar dos palomas de la chistera, había sacado la bandada completa.

“Señor esa no es una oferta poco generosa”.

“Ni generosa ni posible, si me permite que se lo diga”. Dijo Charles Marshall. Son tantas armas como hemos podido comprar a Europa en tres años que llevamos de guerra. Y por supuesto supongo que nos hará la primera entrega con el próximo tren que se dirija hacia el norte, ¿no? La ironía teñía cada palabra.

Pero Rhoodie pareció no hacer caso. “Casi”. Dijo fríamente. “Mis compañeros y yo llevamos mucho tiempo preparándonos para este momento. General Lee, usted iba a enviar a la brigada del General Hooke a Carolina del norte dentro de un par de días no?

Sí, así es. Dijo Lee sin pensarlo apenas. Pero luego dirigió toda su atención a Rhoodie, ¿pero como puede saber eso señor? Acabo de redactar esas órdenes y estaba informando al presidente de ellas cuando me interrumpió su rifle de repetición. ¿Así que cómo puede conocer mis planes?

Mis compañeros y yo estamos bien informados de todo lo que queremos saber. Respondió Rhoodie. Parecía muy tranquilo, incluso contento: Lee le miraba con admiración. Sabía bien que su presencia impresionaba a la mayoría de las personas. El forastero continuó: “No queremos perjudicar ni a usted ni a su ejército, General. Créame cuando le digo que queremos ver al Sur libre e independiente tanto como usted.

“Todo eso está muy bien, pero no ha respondido a la pregunta del general” Dijo Marshall. Se pasó la mano por su cabello rubio y liso y dio un paso hacia Rhoodie. “Como ha podido saber de las órdenes dadas al General Hooke?

“Lo sabía. Y con eso basta. El forastero no se achantó. Si ordena al próximo tren que se detenga en Rivington General Lee, lo cargaremos con la primera remesa de rifles y munición.

Eso sería, mmm, 25.000 rifles, con varios peines cada uno. Después cada noche podemos cargar otros tantos, hasta que todo su ejército este equipado con las nuevas armas.

“Son demasiados rifles para el ejército de Virginia del Norte”. Dijo Lee.

La Confederación tiene más ejércitos. ¿No cree que el General Johnston agradecería tener unos cuantos cuando el General Sherman ataque con toda la división militar del Mississipi esta primavera?

“El General Grant está al mando de la división militar del Mississippi”. Dijo Walter Taylor. “Todas las tropas federales entre las Alleghenies y el río”.

“Ah, si´, es verdad. Sí, de momento. Me he equivocado.”. Dijo Rhoodie. Luego se volvió hacia Lee, este tiempo con una expresión de cazador al acecho “Y no cree, general, que a los jinetes de Nathan Bedford Forrest les encantaría no sólo ser mejores guerreros que los yanquis sino tener también más potencia de fuego”.

“Lo que creo, señor, es que está edificando preciosos castillos en el aire con un solo rifle”. Respondió Lee. No le importaba la forma en que Rhoodie le miraba ni su arrogancia, ni nada. Lo único que le importaba es su rifle. Si un sureño podía gozar de la potencia de fuego de cinco o diez federales, su desventaja numérica se vería reducida a nada en absoluto.

Rhoodie aún lo estudiaba. Lee sentía enrojecer sus mejillas, a pesar del gélido invierno, pues sabía bien que el forastero podía ver que estaba siendo tentado. Vino a su mente el Evangelio según San Mateo: “Y el diablo le condujo a una elevada montaña y le mostró todos los reinos de este mundo, y le dijo “todas estas cosas te daré, si te postras y me adoras”.

Pero Rhoodie no pedía que se le rindiera culto alguno; y no era el diablo. Sólo un hombre alto y duro, no tan duro como para no llevar orejeras. Y a pesar de la desconfianza de Lee, hablaba como un hombre sensato, y ahora siguió hablando del mismo modo “General, yo me quedo aquí y garantizo con mi persona la verdad de lo que digo. De la orden al tren para cargar los rifles y la munición. Si no vienen cargados, como le digo, puede hacer conmigo lo que le plazca. ¿Dónde está el riesgo?

Lee pensó en ello, pero no encontró ninguno. Charles Venable comentó (a nadie en particular) “a este tipo no le falta cuajo, eso está claro”.

“No, no le falta”. Convino Lee. La apreciación del comandante le ayudó a decirse. “Muy bien Señor Rhoodie, daré esa orden, y veremos lo que llega en ese tren. Si hace buenas sus promesas, los primeros rifles serán entregados a la caballería del General Stuart. Después, bueno, las divisiones del General Anderson y de Henry Heth están acampadas cerca de aquí. Recibirán los rifles en primer lugar.

“Si las hace buenas” dijo Charles Marshall. “Y si no, ¿qué?”

“Que propone usted, Comandante” Preguntó Lee, con cierta curiosidad.

“Una buena paliza, para quitarle la chulería”.

“Qué dice a eso Señor Rhoodie”.

“Correré el riesgo”. Respondió. A pesar suyo, Lee estaba impresionado. Si ese tipo podía hacer lo que decía, había que verlo, pero él creía que podía. Rhoodie continuó, “con su permiso, General, algunos de mis hombres se dirigirán al norte con sus rifles. Necesitará instructores para adiestrarles correctamente.

“Que vengan” Dijo Lee. Después pensó que por un momento era el único que empezaba a creer de verdad que Rhoodie iba a traer un tren cargado de maravillosos rifles de repetición y de munición procedentes de Carolina del Norte. Rhoodie estaba demasiado seguro de si mismo como para dudar de ello.

Walter Taylor preguntó: “Señor Rhoodie, ¿cómo llama a su rifle? ¿Es un Rhoodie? La mayoría de los inventores ponen su nombre a los productos de su ingenio, no?

“No, no se llama Rhoodie. Dele su nombre correcto Comandante. Es un AK-47”.

Lee regresó a su tienda para acabar de redactar la carta al Presidente Davis, después volvió a salir para ver como sus oficiales de estado mayor estaban ocupándose de Andries Rhoodie. Rhoodie, por su parte, parecía perfectamente convencido de demostrar la verdad de lo que decía. O de su amplia mochila o de l paquete que colgaba detrás de la silla de montar extrajo y erigió una excelente tienda de campaña individual y había encendido una hoguera.

Los Comandantes Talylor, Venable y Marshall se pararon a observarlo. Todos fijaban la vista en sus pistolas. Se le ocurrió a Lee que con un rifle de repetición semejante, Rhoodie podía aprovechar un segundo de distracción para acabar con los tres sin que pudieran responder a su fuego.

La idea era perturbadora. Pero esa arma extraordinaria se había quedado en la tienda de campaña, y el forastero no mostraba el menor indicio de hostilidad. Encendió el fuego a la primera con su cerilla, y se calentó las manos. Lee sonrió. Rhoodie no tenía el aire de un hombre agresivo. Se agachó para entrar en la tienda y lo más mortífero que sacó fue un recipiente y una plataforma metálica plegable. Tomó agua de un arroyuelo tributario del Rapidan y después volvió a donde se hallaba la hoguera y puso el recipiente a hervir.

El criado de Lee se acercó. “La cena estará lista enseguida, amo Robert”.

“Gracias Perry. ¿Qué tenemos esta noche?”

“Sopa de ardilla, sabrosita y espesada con cacahuetes” respondió el negro.

“Umm, qué rico”. Lee se dirigió a Rhoodie “¿le gustaría compartir mi cena, señor? Perry no tiene demasiada materia prima, pero uno nunca lo diría probando sus platos”. Los ojos de Rhoodie se clavaron en Perry. “¿un esclavo suyo?”. “Es libre” respondió Lee.

Rhoodie se encogió de hombros. Lee veía que lo desaprobaba. El forastero pareció que iba a comentar algo, pero luego se lo pensó mejor, lo cual estaba muy bien. Cuando habló, fue sobre la cena. “¿Me permite que comparta mi cena con usted? Sé bien que andan cortos de raciones. “No quiero aprovecharme de usted. Los tiempos son duros para todos”. “No importa. Tengo de sobra”. Rhoodie miró al recipiente. “Ah, bien, ya está hirviendo”. Lo colocó en el suelo. “Si me excusa”. Después volvió a la tienda. Cuando salió llevaba un par de envases cuyos lados y parte inferior metálicos reflejaban el fuego. Extrajo la cubierta. También parecía de metal. Puso los envases en el suelo y vertió agua hervida. Al instante, olía a estofado.

Lee miraba (y olía) con sumo interés. “¿Se trata de un estofado deshidratado? Los Federales tienen verdura deshidratada, pero nunca había oído que nadie preparara un plato completo de ese modo.”

“Estofado deshidratado es, General”. La voz del alto forastero sonó extrañamente cauta, como si hubiera esperado que Lee se sorprendiera más. Le pasó uno de los envases y una cuchara. “antes de probarlo, remuévalo un poco”. Lee lo removió y luego lo probó. “Excelente. Si los probaran mis soldados, no bromearían tanto sobre “verduras deshonradas”. Tomó otro par de cucharadas. “Muy rico. Siento mucho no poder ofrecerle a cambio más que sopa de ardilla”. “Bah, no se preocupe General”. Dijo Rhoodie. Sostuvo su envase metálico como un cuenco cuando Perry llegó un par de minutos después con la olla. Perry llenó el envase. Rhoodie sonrió. “No hay nada de qué avergonzarse, su negro es muy buen cocinero”.

“Parece hacer milagros, ¿verdad? Hoy en día me temo que no le queda otro remedio”. Lee acabó el guiso. Incluso deshidratado, tenía más y mejores ingredientes que aquellos a los que estaba acostumbrado. Aún sentía el rico regusto en su boca. Dijo “Señor Rhoodie, ha hablado largo y tendido de los rifles que nos va a proporcionar. ¿podría también suministrarnos raciones deshidratadas de esta índole, para que el hambre no azote al ejército hasta la primavera?

“Nuestra, ehhhh, empresa, se ocupa sobre todo de armamento. Para las raciones, tendría que preguntar antes de decirle cuantas puedo darle”.

“Ojalá pudiera. Un soldado que no puede marchar y pelear es tan inútil para su país como uno sin rifle”.

“Haré lo posible”. Dijo Rhoodie. “No sé lo que se podrá hacer. Los rifles ya los tenemos preparados, pero para la comida habrá que hacer ciertos planes especiales, y pueden llevar tiempo”.

“Usted conoce sus asuntos mejor que yo, claro. Lo único que le digo es que si fuera posible, las raciones nos vendrían muy bien”. Lee se puso en pie. Igual el forastero. Volvió al arroyuelo con su olla. “No creo que aún tenga hambre señor”.

Iba a hervir agua para el café. ¿Quiere un poco?

“¿Café de verdad? Preguntó Lee. Rhoodie asintió con la cabeza. Con una triste sonrisa, Lee dijo “El café de verdad va a ser muy fuerte para mi, después de tanto tiempo tomando achicoria y maíz tostado como mal sucedáneo. Sin embargo, no me importa mucho arriesgarme, siempre que le de también a mis oficiales. No me gusta privarles de lo que a mi también me gusta”.

“No hay problema” Dijo Rhoodie. “pero que se traigan sus tazones”.

“Por descontado”. Lee llamó a sus oficiales, y les hizo partícipes de las buenas noticias. Gritaron de pura alegría y corrieron hacia sus tiendas. Lee fue a la suya para coger su propio tazón. En un momento todo el mundo se congregó alrededor de la tienda de Rhoodie.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Dic 19, 2012 10:38 pm 
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Ultima edición por Malet el Mié Dic 19, 2012 10:50 pm, editado 1 vez en total

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Dic 19, 2012 10:41 pm 
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Estás leyendo a Turtledove? Jeje. Esa la tengo en la pila, aunque me he leído unas cuantas suyas.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Dic 19, 2012 10:50 pm 
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Jeje. Estoy traduciéndolo, los de la Serie de la Guerra de Secesión no están traducidos, que yo sepa.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mié Dic 19, 2012 11:13 pm 
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No, hay pocos, agente de Bizancio, en presencia de mis enemigos y alguno más. Los de la guerra civil los iba a publicar un amigo, pero decidió que no era un conflicto que aquí despertara demasiado interés. La serie Worldwar con extraterrestres que llegan en plena WWII y toman partido tiene que estar bien, los tengo todos por ahí en inglés, a ver si me los leo algún día.

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Traducción al español por Huan Manwe