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 Asunto: Re: La Memoria Viva
NotaPublicado: Mié May 30, 2018 5:10 pm 
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"Indecente", "ridículo" y "casi asqueroso", la reacción de víctimas de Billy el Niño al cinismo de Zoido


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Varias personas víctimas del inspector de la Brigada Político Social Juan Antonio González Pacheco, apodado Billy el Niño, entre ellos Willy Meyer (c) (exeurodiputado de IU), durante la sesión de control al Gobierno hoy en el Congreso de los Diputados. EFE/BALLESTEROS


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El ministro de Interior dice que si los crímenes de Billy el Niño estuvieran en una sentencia judicial nadie dudaría en retirar la condecoración de la que disfruta. Víctimas denuncian que el Estado ha hecho todo lo posible por mantener la impunidad del torturador y de los "criminales franquistas".



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El argumento de Zoido ha caído en la tribuna de los invitados del Congreso, donde estaban víctimas de Billy el Niño, como un insulto casi personal a las víctimas


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Pero no son solo la Audiencia Nacional o la Fiscalía. En los últimos meses los juzgados de Plaza Castilla (Madrid) han rechazado un buen puñado de denuncias de víctimas de Billy el Niño. Lo han hecho con la misma argumentación que la Audiencia Nacional. "Al torturador no se le juzga en España porque está protegido. Si cae él, caerían el resto de franquistas. Y hoy día España ya no tiene otra salida. Tiene que juzgarlos a todos", denuncia Galante.

Junto a Chato Galante, en la tribuna de los invitados del Congreso, ha estado Felisa Echegoyen, Kutxi, también víctima de las torturas del policía condecorado: "Es de sinvergüenzas. Hacen lo posible por no juzgarlo y ahora rechazan quitarle sus privilegios porque no han sido juzgados. ¿Cómo nos vamos a sentir después de esto? Pues cabreadas. Pero que nadie dude que vamos a seguir adelante y no vamos a parar hasta que sea juzgado. Y si no lo consigo yo, serán mis nietos".



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El PSOE, en contra de cambiar la Ley de Amnistía

Las víctimas represaliadas de la dictadura y del torturador, como Julia Hidalgo, tampoco perdonan al PSOE, al que señala como la otra pata que ha permitido la impunidad del franquismo. "Hasta en dos ocasiones ha rechazado el PSOE en el Congreso modificar la Ley de Amnistía para que no sea aplicable a los criminales franquistas", señala Julia Hidalgo, que señala que la Transición "se hizo como se pudo", pero carga contra aquellos que no hicieron nada por profundizar en las reformas democráticas que necesitaba el país.

"El problema no es solo Billy el Niño. No hubo Transición ni en la judicatura ni en la Policía. Nunca se desmantelaron los aparatos represivos franquistas y eso nos explica el país que tenemos hoy", denuncia Julia Hidalgo desde Sanlúcar de Barrameda (Cádiz).

La ONU pide a España que juzgue a los torturadores

La experta en políticas de Memoria, Manuela Bergerot, en conversación telefónica con este periódico, también ha recordado que instituciones internacionales como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU o el Relator Especial para los Derechos Humanos de la ONU han instado a España hasta cinco veces en los últimos años que ponga fin a la impunidad del franquismo.

"Nos han pedido que atendamos a las víctimas que continuan en cunetas y que sea el Estado el encargado de buscarlas y darles un entierro digno. También que investiguemos las torturas sistemáticos en comisarías contra la oposición política", recuerda Bergerot, que denuncia que el Gobierno de Rajoy ha hecho caso omiso a todas estas recomendaciones.

"González Pacheco no ha sido juzgado por la ausencia de políticas de Memoria que sufre España y el ejemplo de Billy el Niño es uno de los mejores. Fue condecorado por el ministro Martín Villa y los dos juntos representan a la perfección ese mito de la Transición de que un buen día se acostaron franquistas y al otro se levantaron demócratas. Tampoco hubo una renovación en la judicatura o en los órganos policiales, por lo que España no pasó a disfrutar de una cultura de los derechos humanos. Aquí lo que tenemos instalado aún es la cultura de la impunidad", sentencia Bergerot.


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 Asunto: Re: La Memoria Viva
NotaPublicado: Mié May 30, 2018 9:24 pm 
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Eurodiputados piden una "reacción contundente" de Bruselas tras mantener el Gobierno la condecoración de Billy el Niño



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El grupo de Memoria Histórica del Parlamento Europeo realiza una "dura condena" al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, ante la negativa a retirar la condecoración al expolicía franquista José Antonio González Pacheco

Parlamentarios de PSOE, PNV, IU, ERC, BNG y Podemos firman una carta que solicita la intervención de la Comisión Europea en el caso


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 Asunto: Re: La Memoria Viva
NotaPublicado: Jue May 31, 2018 1:28 pm 
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"Lo que hay detrás de todo esto es la protección que todos los gobiernos de España desde Franco han otorgado a estos policías, pero también nos preguntamos si además se estaba, de algún modo, comprando su silencio", señala Emilio Silva, presidente de la ARMH, que pidió el pasado 10 de mayo la retirada de la condecoración a Billy el Niño y ha provocado el debate que este miércoles se vivió en el Congreso. "No deja de ser triste que una democracia que no ha dado verdad justicia y reparación a las víctimas de la dictadura continúe premiando 40 años después a quienes cometieron violaciones de derechos humanos para proteger al dictador y hacer carrera en la policía franquista", prosigue Silva.


http://www.publico.es/politica/billy-ni ... ganes.html


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 Asunto: Re: La Memoria Viva
NotaPublicado: Mié Jun 06, 2018 3:29 pm 
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La Vall d'Uixó derriba la cruz de los caídos con apoyo de cuatro furgones de antidisturbios


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El Ayuntamiento pidió el martes ayuda a la Subdelegación para mantener un perímetro de seguridad en torno al monumento, después de que una multitud, entre la que estaban los líderes del PP, parara la operación durante todo el día.



https://twitter.com/esquerraunida/statu ... 31/video/1


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 Asunto: Re: La Memoria Viva
NotaPublicado: Dom Jun 10, 2018 3:20 pm 
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Un pueblo de Sevilla nombra a su alcalde asesinado en la guerra civil alcalde honorario


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El Ayuntamiento del pueblo de Guillena (Sevilla) ha concedido al que fuera su alcalde en 1936, Fernando Ortega, posteriormente fusilado en 1938, el título de Alcalde honorario. Asesinado a los 49 años de edad, Ortega acompañó a muchos de sus vecinos en su huida del pueblo en el verano de 1936 por las represalias de las tropas golpistas.



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“Ortega era muy querido por todos sus vecinos y dio lo que no tenía para que en Guillena no se pasara hambre”. Manuel Martínez, concejal del pueblo, recuerda a Público cómo el alcalde republicano de esta pequeña localidad, Fernando Ortega, no se ha borrado de la memoria de los que vivieron aquella cruenta guerra y la posterior represión. “Hemos querido homenajear y reconocer su labor y por eso hoy Fernando Ortega es Alcalde honorario de nuestro pueblo”.

La iniciativa a este reconocimiento ha llegado de la mano del grupo Guillena Sí se Puede, representado por el concejal Manuel Martínez. “Este homenaje no se lleva a cabo en muchos municipios y es necesario dar reparación a la figura de estos alcaldes republicanos andaluces que fueron, en la mayoría de los casos, borrados del mapa los primeros días del golpe de estado”.
El cuerpo de Fernando desparecido ochenta años después de su muerte

Manuel Puntas, nieto de Fernando Ortega, no olvida la angustia de su familia. Nunca han logrado conocer el paradero de su abuelo. Demasiados años de búsqueda han dado lugar a muchas teorías. "Nos dijeron que lo habían escondido en un convento, que un policía acabó con su vida en la cárcel de Sevilla tras un interrogatorio o que fue fusilado en las tapias del cementerio de San Fernando de Sevilla", afirma con angustia a Público.

Manuel Martínez, concejal y portavoz del grupo Municipal Guillena Si Se Puede, sabe de la labor que Ortega hizo con los vecinos. “Era justo rendir homenaje y llevamos al pleno Ayuntamiento de Guillena, gobernado por el PSOE, la petición de nombrar a Ortega Alcalde honorario. “Mi sorpresa fue que todos los grupos respaldaron la propuesta”. Con 16 votos a favor, hoy Fernando Ortega tiene reconocido este título póstumo en su pueblo. “La idea era que los más jóvenes pudieran saber más de cerca quién era, qué hizo y por qué la historia no le había agradecido su labor”.



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Otro crimen atroz. Las 17 rosas de Guillena

Manuel Martínez relata a Público cómo en Guillena los asesinatos cometidos durante la represión franquista siguen estando “muy presente para sus vecinos”. El caso de las 17 rosas es uno de los más sangrantes. En aquellos días, donde ya el alcalde Ortega se encontraba en prisión, los pelotones de fusilamiento torturaron, raparon y pasearon por el pueblo a estas 17 mujeres de entre 24 y 70 años de edad. Su delito, ser hija, hermana o esposa de algún desaparecido. El asesinato de estas mujeres ocurría entre el 6 y 8 de noviembre de 1937. Su fosa fue exhumada en el año 2012. La Diputación de Sevilla les ha otorgado el título de Hijas Predilectas de la Villa de Guillena.


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 Asunto: Re: La Memoria Viva
NotaPublicado: Sab Jun 30, 2018 4:36 pm 
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Al fin, parece que las cosas vayan cambiando en el buen sentido. :worthyl:



https://www.eldiario.es/investigadoresm ... 81280.html

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La Memoria Histórica es parte central de su labor investigadora: "Conocer la verdad" es la máxima garantía de no repetición de la barbarie fascista, explica

El franquismo fabricó "una memoria distorsionada y maniquea" trasmitida entre generaciones que la democracia debe tumbar con políticas de Estado y símbolos como sacar a Franco del Valle de los Caídos


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 Asunto: Re: La Memoria Viva
NotaPublicado: Lun Jul 02, 2018 5:21 pm 
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Los últimos españoles de Mauthausen
De Carlos Hernández


Pag. 53
(...) Las autoridades galas optaron por una drástica estrategia: agrupar, aislar y confinar a todos los españoles. Tras pasar por campos de tránsito en los que se separaba a los hombres de las mujeres, la legión humana fue conducida a espacios al aire libre rodeados por alambradas y custodiados por guardias coloniales senegaleses. Casi la mitad de los refugiados fue concentrada en las playas próximas a la frontera catalana; 80.000 en Argeles, más de 100.000 en Saint-Cyprien, 20.000 en Barcarès y otros 25.000 en Agde. El resto fue repartido entre diversos campos de la Cerdaña francesa, el Vallespir, Gurs, Vernet d´Ariège y Septfonds. Ya fuera en las arenas frente al Mediterráneo o en las zonas habilitadas en el interior, los españoles probaban, por primera vez, la dura vida de los campos de concentración. (El propio Gobierno francés habla en sus documentos oficiales de "campos de concentración" y no de campos de refugiados o campos de internamiento. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, las autoridades franceses trataron de minimizar el maltrato sistemático al que fueron sometidos los refugiados españoles en 1939. Es entonces cuando se trató de cambiar el término "campo de concentración" por otro más benevolente).

El malagueño José Marfil recuerda la decepción que sintió en aquellos momentos : "No podíamos creer que los franceses nos hicieran eso. Nos recibieron como borregos que había que poner en su sitio. Habían rodeado las playas y otros lugares con alambradas y nos metieron dentro. Realmente nos sentimos peor que los borregos porque a los animales no les custodian soldados armados con fusiles, pero con nosotros sí lo hicieron". Los refugiados recibieron el trato que se reserva a los peores delincuentes, encerrados y férreamente vigilados en esos espacios abiertos en los que no había la más mínima infraestructura.

El murciano Francisco Griéguez pasó las primeras semanas en las playas de Saint-Cyprien: "Fue horrible. Nos moríamos de hambre en esa playa. Estábamos todos revueltos, las mujeres, los chiquillos... todos revueltos allí. No había agua y no nos daban de comer casi nada".

Veinte kilómetros más al norte, en las arenas de Barcarès, sobrevivía Virgilio Peña: "Cuando entramos allí nos encerraron como animales. A un lado teníamos el mar Mediterráneo y al otro los alambres y los guardias senegaleses impidiendo que nos escapáramos. Y aquello fue criminal porque no tenías qué comer, no tenías agua, no tenías dónde hacer tus necesidades, no te podías lavar, no podías hacer nada. Además, el Ejército francés no permitía que llegaran las organizaciones de izquierda que nos querían llevar ropa y alimentos. Total, que tenías que aguantarte con lo que te daban ellos. Había unos panes redondos que debían pesar unos dos kilos y que nos teníamos que repartir entre veinte. Tocábamos a un cacho de nada. Y cuando llegaba la noche, con el frío y la humedad que hacía al lado del mar... era imposible dormir". Lo único con lo que contaban para protegerse del helador aire que les azotaba en pleno mes de febrero eran algunas mantas y sus propios abrigos.

La experiencia adquirida durante la guerra, según explica Marcial Mayans, les ayudó a idear formas para sobrellevar el fío nocturno: "Para protegerte del viento, ¡que azotaba de miedo!, hacíamos agujeros en la playa y nos metíamos dentro. Para intentar calentarnos le metíamos fuego a algún neumático que encontrábamos. Pero cuando el viento soplaba desde el mar te tragabas todo el humo. Aquello era infame. Estaba tan desesperado que una madrugada, pasados unos días, me escapé por el río. El agua estaba más fría que la hostia". Fugas como la de Marcial fueron habituales pero los evadidos no tenían a dónde ir, por lo que eran capturados muy pronto y devueltos a los campos.

La situación mejoró levemente cuando las autoridades francesas llevaron madera y otros materiales de construcción. Con ellos los propios españoles levantaron barracas y unas mínimas infraestructuras. Manuel Razola se encontraba en el campo de concentración de Septfonds, más conocido como "camp de Judes". En él se apiñaban algo más de 15.000 republicanos, en su totalidad hombres: "A medida que íbamos construyendo barracones nos transferían a ellos. Dichos barracones eran mucho peores que los de los campos de concentración alemanes. No estaban tapados más que por la parte trasera y cuando llovía el agua entraba por todos los lados. Para dormir echábamos paja sobre el suelo. Nos veíamos obligados a dormir vestidos dado que no teníamos mantas. La alimentación estaba reducida al mínimo. Jamás en nuestras trincheras españolas nos habíamos visto acosados por tantos piojos y pulgas. Pronto, la espantosa ausencia de higiene propició la aparición de casos de disentería, a veces mortales".

(...)

Había barracas pero, según explica Mariano Constante, las condiciones sanitarias e higiénicas seguían siendo lamentables: "La comida era todavía insuficiente y mala. Los grifos de agua potable no estaban abiertos más que algunas horas al día. En cuanto al arroyo era casi imposible acercarse a él. El agua estaba sucia. Por culpa de la falta de agua, la imposibilidad de ir al baño y de lavar la ropa teníamos pulgas en cantidades increíbles al punto que los guardias móviles dudaban si entrar al campo cuando realizaban la ronda. Esta situación dio lugar a numerosas epidemias. Las autoridades habían construido una enfermería donde algunos camaradas se esforzaban en realizar las curas pero no tenían ni camas ni material. En cuanto a los medicamentos, la Cruz Roja los distribuía en proporciones insignificantes".

(...)

La situación con pequeños matices era similar en el resto de los campos de concentración repartidos por el sur de Francia. Los refugiados/prisioneros españoles constataron la nula presencia de la Cruz Roja francesa en aquellos terribles meses. La verdadera ayuda llegó de algunas asociaciones de la izquierda gala y también de los cuáqueros. Este movimiento religioso de raíces cristianas se volvó en el reparto de comida, medicinas y alimentos. (...) Otro factor que contribuyó a que la situación mejorara paulatinamente fue la actitud de los propios exiliados. La experiencia de la guerra hizo que se creara una mínima organización en cada campo para dotar a la comunidad de algunos servicios básicos. Virgilio Peña salvó la vida gracias a ello en las arenas de Barcarès: "Yo aún arrastraba una herida de la batalla del Ebro. Y menos mal que, muy pronto, los médicos españoles montaron una enfermería y empezaron a tratarnos. Ellos fueron los que me curaron porque no había doctores franceses ni de ninguna otra nacionalidad para ayudarnos".

MUERTE Y REPRESION

Los ímprobos esfuerzos de los médicos republicanos no pudieron evitar la muerte de miles de hombre, mujeres y niños. Solo en los primeros seis meses de reclusión, en estos campos de concentración perecieron al menos 14.617 refugiados españoles. Esos son los fallecimientos por hambre, fío y enfermedades que han podido documentarse. Resulta imposible saber la cifra exacta de víctimas porque fueron muchos los que murieron sin que quedara constancia alguna de su triste final.

Francisco Guerra fue uno de los doctores que trabajó en los campos: "Es difícil describir la miseria de los exiliados españoles en los campos de concentración: el olor de sus cuerpos, el frío y la humedad que soportaban, la diarrea que continuamente sufrían, el hambre, la privación de libertad, la incomunicación y la ansiedad por su destino. Los informes sanitarios franceses iniciales indicaban que casi el 100% tenía parásitos, sobre todo piojos, el 30% sarna, la disentería bacilar era habitual y comenzaba a extenderse la fiebre tifoidea. Las autoridades francesas habilitaron para los heridos el Hospital Saint Jean Civil, el de Saint Louis y el viejo Hospital Militar de Perpignan, además de dos barcos hospital que estuvieron de servicio pocas semanas. Los médicos españoles atendimos a los exiliados en los campos de concentración pero carecíamos de medios y no existían recursos terapéuticos apropiados, salvo los de la Sanidad Militar republicana transportados durante la retirada, que pronto se agotaron".

Un significativo ejemplo lo encontramos en Saint-Cyprien, donde habían contraído disentería 85.000 de los 100.000 refugiados que malvivían en el campo. Dolors Casadella se encontraba allí con su hija de corta edad: "Tuvimos que dormir directamente encima de la arena. Sentada en el suelo, pasé la noche con mi niña encima de las rodillas. Rápidamente empezaron a morir los niños españoles. Mi hija vivió 15 días" (Dolor Casadella estuvo prisionera después en los campos de concentración nazis de Ravensbrück y Flossenbürg).

Junto a los más pequeños, según pudo observar Sixto Úbeda, los ancianos fueron los más vulnerables: "Allí morían los que tenían más de 50 años, pues no podían aguantar las calamidades, las vicisitudes, la intemperie, el frío. Cada día enterrábamos a una pila de ellos en el cementerio que estaba enfrente del campo. Nos daban de comer un pan de dos kilos para 24 personas y tocábamos a dos sardinas. El agua que bebíamos era de las bombas artesanas que filtraban del mar y la descomposición del vientre era algo terrible". Eulalio Ferrer aporta un dato más sobre la utilidad de esas bombas que filtraban el agua: "Teníamos que hacer nuestras deposiciones en la misma orilla de la playa y se les ocurrió a los franceses en lugar de aljibes, poner unas bombas que extraían y depuraban, teóricamente, el agua del mar. Y lo que extraían eran nuestros propios detritus y claro la cantidad de gente que murió de disentería fue enorme".

La indiferencia ante la muerte de miles de españoles que demostraban las autoridades francesas contrastaba con el enorme interés que ponían en aplicar estrategias represivas. Los refugiados eran tratados como delincuentes, sometidos a una disciplina cuasi militar y a duros castigos físicos. Mariano Constante narra algunos aspectos de la vida cotidiana en Septfonds: "A veces, por la noche, una compañía de guardias móviles a caballo sitiaban una barraca y nos hacían salir bajo el pretexto de realizar un control. El comandante del campo nos obligaba mañana y noche a asistir a la izada y a la bajada de la bandera francesa sobre el mástil que había a la entrada del campo. Nosotros no teníamos nada contra la bandera francesa, era la bandera de la libertad, de la Revolución francesa. Pero las autoridades, que nos tenían encerrados en esas condiciones, exigieran de nosotros la postura de "firmes" delante de ella, era demasiado. El comandante nos cortaba los víveres y la barraca se quedaba 24 horas sin comer".

Los malos tratos no distinguían entre hombre y mujeres, adultos o niños. Joaquín Prades tenía solo 14 años de edad: "Estábamos muertos de hambre y teníamos tanto frío que una noche nos escapamos para coger cañas y cepas con las que hacer fuego. A la vuelta nos sorprendieron los guardias senegaleses que nos golpearon con la culata de sus fusiles. Allí todo funcionaba así, a gritos y golpes"

El Gobierno galo creó centros especiales de internamiento en los que encerró a oficiales republicanos y miembros de las Brigadas Internacionales. El trato en estas cárceles era tan vejatorio y violento que algunas de ellas acabaron siendo clausuradas por las quejas de los partidos de la izquierda francesa. El campo disciplinario de mayor tamaño se estableció en Vernet d´Ariège. El recinto había sido utilizado como lugar de reclusión para los prisioneros de guerra alemanes, durante la Primera Guerra Mundial. Reutilizado desde 1939 como camp répressif pour ètrangers suspects, recibió a algo más de 15.000 republicanos entre los meses de febrero y marzo. Entre ellos se encontraban excombatientes de la Columna Durruti, de las Brigadas Internaciones y de otras unidades del Ejército Popular.

José Jornet explica la forma en que fueron tratados durante su estancia en Vernet: "Son sometidos a un severo registro a su llegada. Sus efectos personales son inmediatamente confiscados cuando no robados por los supervisores a cargo de la inspección. Al contrario que en otros campos de internamiento, hay una estricta división por zonas para aislar e identificar a los diferentes grupos presentes en el campo. La zona A está reservada a los internos comunes; la B para los considerados peligrosos como los comunistas y anarquistas; la C para el resto. La disciplina es draconiana y la insubordinación o la rebeldía conllevan la detención de los presos en reducidos cubículos que los refugiados bautizan como cuadrilátero o picadero".

El tarraconense Josep Figueras se encontraba junto a uno de esos lugares en que internaban a los prisioneros que cometían alguna supuesta falta "Yo dormía en la barraca 16. Muy cerca había un recinto descubierto rodeado de más alambradas en el que metían a los que no se portaban bien. Era un castigo tan o más duro como el que recibimos años después en los campos de concentración nazi. No les daban comida, ni mantas... les dejaban a su suerte. Era una cárcel dentro de otra cárcel".

Es difícil comprender los motivos por los que estos españoles fueron a parar a Vernet. Las autoridades les consideraban todavía más peligrosos que al resto de exiliados. Sin embargo, la mayoría eran simples excombatientes republicanos y otros ni siquiera eso. Ramiro Santisteban era solo un niño que había huído de España junto a su familia "Pusieron unas tuberías para que nos llegara el suministro de agua, pero había un coronel en la gendarmería que ordenaba que se cortara la llave de paso cuando más calor hacía. Y así nos tenía, durante horas, sin agua para beber ni para poder refrescarnos".

En las primeras semanas murieron decenas de españoles en Vernet y la enorme masificación forzó a los responsables del campo a trasladar a 6000 republicanos y apiñarlos en el interior de una antigua fábrica de ladrillos en la vecina localidad de Mazères.

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 Asunto: Re: La Memoria Viva
NotaPublicado: Lun Jul 02, 2018 6:55 pm 
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 Asunto: Re: La Memoria Viva
NotaPublicado: Lun Jul 02, 2018 10:08 pm 
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 Asunto: Re: La Memoria Viva
NotaPublicado: Mar Jul 03, 2018 5:43 pm 
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Los últimos españoles de Mauthausen
De Carlos Hernández


Pág 61

Los refugiados no conseguían entender las razones que llevaban a las autoridades francesas a comportarse de una forma tan inhumana. El maltrato físico iba acompañado de una profunda campaña de desprestigio en los medios de comunicación. El Gobierno y los partidos de derecha tachaban a los exiliados de criminales, violadores, asesinos de curas e inmorales. Políticos y periodistas, mano a mano, se encargaron de provocar una alarma social que caló hondamente en la población francesa.

Los propios refugiados españoles eran conscientes del miedo irracional que llegaron a levantar entre la gente. Cristóbal Soriano no podía creer lo que escuchaba mientras era trasladado de un campo a otro, escoltado por gendarmes franceses: "En esa zona se Francia se habla catalán y yo les entendía todo lo que decían. Cuando íbamos a pasar, le decían a los más pequeños que se escondieran porque venía la gente que se comía a los niños". Los domingos, los campos se veían rodeados por decenas de curiosos que se acercaban para ver a los "monstruos españoles".

(...) El primer objetivo que buscaban las autoridades francesas era conseguir que el medio millón de exiliados cogiera sus escasas pertenencias y volviera a España. Las calamitosas condiciones de vida a las que fueron sometidos en los campos de concentración constituyeron el primer revulsivo con el que animarles a hacerlo. Los datos demuestran que fue una fórmula eficaz. Ver morir a niños en las playas, padecer hambre, frío y todo tipo de humillaciones empujaron a miles de personas a desandar el camino del exilio.

(...) El Gobierno francés tuvo que redoblar su campaña de coacciones contra los españoles que, como Mariano Constante, se negaban a regresar "Una presión intolerable fue ejercida por la autoridades del campo para hacernos retornar a España. las condiciones de vida detestables, las amenazas, las presiones, todo era bueno para hacernos coger el camino de la frontera. Una verdadera quinta columna había sido creada en el interior del campo para desmoralizarnos y empujar a nuestros camaradas a volver a España".

(...) Conforme avanzaban los meses, según Ramiro Santisteban, el nivel de presión resultaba cada vez más difícil de soportar "El buen trato se lo guardaban para los que regresaban a España. Todos los días nos hacían formar y un gendarme francés nos preguntaba "¿Con Negrín o con Franco?". A los que decían "con Franco" y regresaban a España los ponían al otro lado de la carretera y veías llegar los camiones con pan para ellos".

A pesar de la incertidumbre que les aguardaba en su patria, la campaña de maltrato, acoso y coacciones del Gobierno francés dio sus frutos. En agosto de 1939 había regresado a España la mitad del medio millón de refugiados que habían huido de las tropas franquistas durante el mes de febrero. Solo unos pocos miles habían logrado establecerse en otros destinos como México, Venezuela o la Unión Soviética.

Cuando Hitler invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939 y, dos días después, Londres y París declararon la guerra a Alemania, quedaban en torno a 220.000 exiliados españoles en territorio francés. La inminente contienda bélica provocó que las autoridades francesas pasaran a necesitar la colaboración de los hasta entonces molestos delincuentes españoles.

DE INDESEABLEA A DESEADOS

Ya en el mes de abril, el Gobierno francés había declarado movilizables a todos los españoles refugiados en su territorio. Con ello pretendían lograr dos objetivos. El primero, dar otro argumento más para volver a España a quienes seguían dudando sobre su futuro. El segundo, explotar a aquellos republicanos que en ningún caso pensaban regresar a su país. En los casi cinco meses que habían pasado desde entonces varios miles de hombres se habían alistado en el Ejército francés ya fuera en la Legión Extranjera o en las llamadas Compañías de Trabajadores Españoles. Un número importante de republicanos se incorporó por una cuestión de principios. Pensaban que tras haber sido derrotados en España por el fascismo la previsible guerra contra Hitler les daría una segunda oportunidad.

José Marfil se alistó junto a su padre en las Compañías de Trabajadores Españoles: "No lo hice para defender a Francia, sino para luchar contra el fascismo. Veníamos de luchar contra los alemanes en España, así que dijimos "Merece la pena". Confiábamos en que países como Inglaterra y Francia contaran con el armamento necesario para combatirlos. Y por eso nos apuntamos voluntarios.

Lo mismo pensó el cordobés Juan Romero, que optó por la Legión Extranjera "Me fui voluntario porque creía que era mi deber volver a combatir contra los alemanes. Nadie me obligó. Me enrolé porque quise".

Sin embargo, la mayoría de quienes se habían alistado lo hicieron para escapar de las terribles condiciones de los campos y con la esperanza de ganar algo de dinero que les permitiera rehacer sus vidas. El barcelonés Josep Simon resume de forma sencilla por qué se unió a una compañía: "Tendríamos derecho a un paquete de tabaco diario, comeríamos el rancho de los soldados franceses y cobraríamos medio franco por cada día de trabajo. También podríamos mantener correspondencia con nuestra familia y recibir paquetes de casa. Considerando las otras alternativas, esta me pareció la menos mala".

En las semanas previas a la declaración de guerra, y especialmente a partir de ella, las presiones para alistarse volvieron a intensificarse. Manuel Razola era un veterano luchador antifascista, sin embargo, se resistía a incorporarse al Ejército francés "Si a nuestra llegada a Francia hubiésemos visto en este Gobierno una clara determinación de luchar contra el nazismo, todos nosotros hubiésemos sido voluntarios para reanudar la lucha contra nuestro enemigo. Pero de su actitud para con nosotros, de su represión, habíamos deducido que se trataba de un gobierno de capitulación.

(...) José siguió negándose a alistarse pero cada vez más españoles como Manuel Alfonso cedían a las interminables presiones "Fui voluntario a la fuerza. Era tanta la necesidad, la miseria... No tenía dinero, ropa ni amigos, así que para poder comer un poco mejor me apunté a una compañía de trabajadores".

A finales de 1939, en el campo de concentración de Septfonds se congregó un último grupo de resistentes españoles que seguían sin querer formar parte de las filas del Ejército francés. Entre ellos figuraban muchos de los más de 7000 españoles que acabaron en el campo de concentración nazi se Mauthausen. El fotógrafo Francesc Boix, el futbolista Saturnino Navazo, el boxeador Segundo Espallargás y destacados miembros de la organización comunista como Mariano Constante y Manuel Razola. Este último describe el capítulo final de su acto de rebeldía "Fue necesario que las autoridades francesas ocupasen militarmente nuestro campo y que recurriesen a la fuerza para diseminarnos en las compañías de trabajo formadas desde hacía ya meses en otros lugares".

En las fichas que se conservan del registro del campo, los nombres de todos ellos, junto a otros centenares de españoles, figuran como trasladados el 1 de noviembre de 1939 a localidades como Toul o Épinal, próximas a la frontera alemana. Lo quisieran o no, los hastiados y desmoralizados republicanos se veían abocados a participar en una nueva guerra.

Joaquín Prades fue uno de los pocos que consiguió librarse de esa redada final realizada en Septfonds por los militares franceses. Él ya sabía que aunque solo tenía catorce años otros chavales de su edad habían sido reclutados "Yo estaba con mi hermano Miguel, que tenía siete años más que yo. No queríamos alistarnos pero ya nada parecía que pudiera salvarnos. Nos cogieron y nos obligaron a pasar un reconocimiento previo a nuestra marcha. Allí había un médico español y uno francés. Yo iba detrás de mi hermano que de golpe se dio cuenta de que el doctor que pasaba la visita había hecho la guerra con él. Nos llevó aparte y nos dijo "Os voy a hacer un papel para que vayáis a la barraca de la sarna. Allí nadie os hará nada". Y así, como falsos sarnosos, nos libramos de ir a las Compañías de Trabajadores Españoles". Hoy Joaquín sabe que aquel encuentro casual con el doctor republicano les salvó, a él y a su hermano, de morir en el frente o de acabar en un campo de concentración nazi.

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Los últimos españoles de Mauthausen
De Carlos Hernández


Pag. 68

DE LAS HUERTAS A LA LINEA MAGINOT

Desconfianza, discriminación y desprecio. Estas son las tres "des" que definen la situación de los republicanos que sirvieron en las filas del Ejército francés. Una penosa coyuntura que, sin embargo, no les cogió de sorpresa después del trato que habían recibido en los campos de concentración y de la forma en que habían sido forzados a alistarse.

El número de españoles que estuvieron a las órdenes del Ministerio de la Guerra superó los 100.000. De ellos, unos 10.000 fueron enrolados en la legión Extranjera y otras unidades militares, mientras que entre 30.000 y 35.000 hombres trabajaron en industrias de armamento, minas y tareas agrícolas. El resto, algo más de 60.000, constituyeron las llamadas Compañías de Trabajadores Españoles. Este cuerpo fue una invención del Gobierno francés para explotar laboralmente a los exiliados. Eran unidades militarizadas puesto que estaban sometidas a la disciplina castrense, dependían de los diferentes cuarteles generales y estaban dirigidas por oficiales del Ejército. Sin embargo, sus integrantes no portaban armas, vestían uniforme civil, realizaban trabajos estrictamente manuales de construcción, fortificación e incluso colaboraban en tareas agrícolas y forestales. Como apunta el madrileño Enrique Calcerrada, se trataba de un engendro de tal calibre que ni sus propios integrantes sabían lo que representaban: "A estas alturas ya no sabíamos lo que éramos. Si se nos decía que éramos civiles, respondíamos que no, que éramos militares. Si se nos decía que éramos militares, decíamos lo contrario". A Manuel Alfonso le cuesta explicar el papel que desempeñó en aquellos meses "Nos habíamos alistado, más o menos, como voluntarios. No éramos militares pero estábamos al servicio de ellos para toda clase de trabajos. Íbamos vestidos con una traje civil muy sencillo, pero al ser para todos igual era como un uniforme". A esta clamorosa indefinición hay que sumar la situación de desarraigo que sufrían estos hombres. Un desarraigo dramático que se resume en la experiencia que vivió el propio Manuel cuando cayó enfermo en la compañía en la que prestaba sus servicios: "Al ingresas en el hospital me pidieron mis datos para el registro. Me preguntaron: ¿domicilio" y respondí: Ninguno. ¿A quién avisar en caso de necesidad? A nadie ¿Religión? Ninguna. La enfermera aquella se quedó parada y mirándome como un bicho raro.

Cada CTE estaba formada por 250 españoles: 10 oficiales, 230 trabajadores y otros 10 empleados que ejercían de peluqueros, sastres, cocineros, enfermeros y secretarios. El grupo era tutelado por unos 25 militares franceses entre los que se encontraba el comandante, su segundo oficial y 12 guardias móviles que se encargaban de vigilar a los republicanos.

El 3 de septiembre de 1939 Francia había declarado la guerra a Alemania como respuesta a la invasión de Polonia. Aunque durante más de siete meses no se produjeron combates los jóvenes franceses fueron llamados a filas.

la mano de obra española resultaba, en esos momentos, de gran utilidad, según explica Joseph Gonzáles: ¿Qué ocurre en septiembre? Que es época de cosechas, de vendimia. Francia había movilizado a su juventud y la había mandado a la frontera. Alguien tiene que recoger esas cosechas y encuentran esa mano de obra española casi gratuita. Cuando tú empleas a alguien en un trabajo y no le das más que la comida y la cama eso se llama esclavitud. Y así fue. Cogieron a la juventud española y la pusieron a trabajar en el campo".

Otra parte de las compañías fue destinada a tareas relacionadas con la defensa nacional en localidades situadas junto a la frontera con Alemania. El alto Mando francés decidió apostar por la estrategia que tan buenos resultados le había dado en la Primera Guerra Mundial. Resucitar y reforzar la línea Maginot le pareció la mejor opción para frenar a Hitler. Unos 12.000 españoles se dedicaron a construir fortificaciones y reforzar las ya existentes a lo largo de la que debía ser una inexpugnable barrera para las tropas alemanas.

Eduardo Escot fue de los primeros en llegar a la zona fronteriza. "Nosotros nos dedicamos a hacer una gran zanja anticarros. En su construcción trabajamos muchos españoles". José Sáez pertenecía a otra CTE desplegada a pocos kilómetros de la de Eduardo: "En la línea Maginot estuvimos en un gran bosque en el que teníamos que colocar estacas con alambres de púas. Una práctica que se hace en todas las guerras y que, de hecho, ya habíamos utilizado en España. El problema era las condiciones en que estábamos. Había compañeros que no tenían ni zapatos. El capitán que nos comandaba nos decía que no tenía importancia, que utilizáramos la tela de unos sacos para envolvernos los pies y que , así, fuésemos a trabajar sobre la nieve. Teníamos poca comida, escasa ropa y muchos malos tratos. Cuando llegábamos a un pueblo, siempre nos dejaban las casas más apartadas para que no tuviéramos contacto con el Ejército francés. A los soldados, para meterles miedo, sus mandos les habían dicho que teníamos la sarna".

(...) Pese a esa valoración positiva, los españoles seguían sin contar con los medios más imprescindibles para hacer frente a lo que se avecinaba. El dos de mayo, solo ocho días antes de que el Ejército alemán iniciara la invasión, el comandante de uno de los grupos más numerosos de la CTE solicitaba que "fueran enviados con urgencia 2.200 cascos" y otras tantas máscaras antigás. En siete meses de drôle de guerre no se le había ocurrido hacer tan importante petición. El documento no llegó a su destino hasta el doce de mayo. 2200 españoles ya llevaban dos días haciendo la guerra a cabeza descubierta.

(...) Servídeo recuerda la sensación que les invadió en el momento de ser capturados: "Es así como sin dejar de estar recluído ni gozar de un átomo de libertad desde que penetré en Francia, pasé de manos de unas tropas a otras y abandoné el territorio francés en el que tantos desengaños, calamidades y sinsabores había sufrido".

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Los últimos españoles de Mauthausen
De Carlos Hernández


Pág 469

INFORME SOVIÉTICO
LA DOBLE TRAICIÓN DEL CAMARADA STALIN

"Si Stalin lo hace, por algo será". Este era el dicho que, antes y durante la guerra mundial, los comunistas españoles utilizaban para justificar las aparentes locuras del líder soviético. Buena parte de los españoles deportados a los campos de concentración nazis militaba en organizaciones comunistas y mantuvo la confianza en Stalin durante su cautiverio. El apoyo de la URSS a la República durante la guerra contrastó notablemente con la pasividad de las democracias occidentales. Es obvio que tenía un interés estratégico por controlar o ganar cuotas de poder en España: pero fuera por los motivos que fuese el líder soviético si exceptuamos al presidente mexicano Lázaro Cárdenas fue el único que ayudó decididamente al gobierno democrático de España a defenderse de una sublevación respaldada ideológica y militarmente por Hitler y Mussolini.

Esta actitud, que se percibía con claridad en el seno de la sociedad republicana, permitió al Partido Comunista de España (PCE) ganar influencia y crecer exponencialmente en número de militantes y simpatizantes. Tras el triunfo de Franco, el PCE fue la organización que mejor se articuló y por tanto que más eficaz resultó para los exiliados que se encontraban encerrados en los campos de concentración franceses. Esa fortaleza le permitió también ser la base del primer y más poderoso núcleo de resistencia en Mauthausen, Buchenwald o Dachau. La proximidad ideológica a la URSS, sin embargo, no sirvió de nada a los deportados españoles. Stalin ignoró primero y despreció, más tarde, a los republicanos que se encontraban en los campos de concentración nazis.

(...) Nueve días después de firmarse el Tratado de No Agresión en Moscú, las tropas alemanas entraban en Polonia y provocaban la declaración de guerra por parte de Francia y el Reino Unido. Stalin, como era de esperar, no movió un dedo salvo para dar un giro de 180 grados en su estrategia de propaganda. En la URSS y en la órbita de los partidos comunistas europeos, la guerra se definió como un conflicto imperialista en el que las naciones capitalistas se enfrentaban por intereses puramente económicos. Esgrimiendo ese argumento, se hizo un llamamiento a los trabajadores europeos para que no se implicaran en la contienda. Numerosos militantes se desentendieron de la orden llegada desde Moscú, pero algunos líderes de organizaciones tales como el Partido Comunista Francés siguieron al pie de la letra la doctrina oficial. Los panfletos y los carteles con mensajes antifascistas fueron retirados de las calles y sustituidos por llamamientos a la paz.

El 17 de septiembre Stalin ordenó a sus tropas invadir la zona de Polonia que no había sido ocupada por Alemania. la propaganda comunista vendió esta acción como una campaña de liberación del pueblo polaco que había sido abandonado por sus gobernantes. Excusas similares se dieron dos meses más tarde, cuando el Ejército Rojo inició la frustrada invasión de Finlandia. A finales de junio de 1940, mientras Hitler se dejaba fotografiar por su aparato de propaganda frente a la Torre Eiffel, Stalin culminaba la anexión de las repúblicas bálticas y de parte de Rumanía. El reparto de papeles y de territorios entre Alemania y la URSS no era improvisado ni casual. El pacto germano-soviético suscrito en Moscú contenía un anexo secreto que solo se conocería al finalizar la guerra. En él, Hitler y Stalin habían acordado repartirse Europa. En los dos primeros puntos del documento se establecían los límites territoriales de cada una de las potencias firmantes: "En caso de reorganización territorial o política de las zonas que pertenecen a los estados bálticos -Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania- la frontera norte de Lituania constituirá el límite entre las esferas de interés de Alemania y de la URSS(...) En caso de reorganización territorial y política en las regiones que forman parte del Estado polaco, la frontera entre las esferas de interés de Alemania y de la URSS deberá pasar aproximadamente a lo largo de los ríos Narev, Vístula y San (...)". Se trataba por tanto de un reparto concienzudo y bien meditado. El protocolo sería matizado y modificado secretamente durante los meses siguientes, en función de los intereses de ambas partes. La última actualización, firmada el 19 de enero de 1941, supuso la renuncia de Alemania a la parte del territorio de Lituania que le correspondía. A cambio, Moscú tuvo que pagar a Berlín 31,5 millones de marcos. Stalin entregó a Hitler esa importante suma de dinero que le serviría para financiar, precisamente, la invasión de la Unión Soviética.

Tras la guerra, la propaganda comunista mantuvo que el líder de la URSS había ejecutado una premeditada e inteligente estrategia para ganar tiempo y prepararse ante el previsible ataque alemán. No obstante, los hechos demuestran que cuando Hitler, en el mes de junio de 1941, dio luz verde a la llamada "operación Barbarroja" e inició la invasión del territorio soviético, cogió totalmente desprevenido al Ejército Rojo


CAMARADAS OLVIDADOS

El pacto germano-soviético tuvo cierta influencia en la actitud con que los exiliados republicanos afrontaron la guerra. quienes militaban en organizaciones comunistas recibieron las directrices de Moscú que hablaban de un conflicto entre capitalistas en el que los trabajadores no tenían nada que ganar y mucho que perder. Esas órdenes chocaban frontalmente con sus sentimientos y con su terrible experiencia durante la guerra de España. Resultaba difícil asimilar un acuerdo con quien había apoyado decisivamente a Franco para acabar con la República. El recuerdo de los criminales bombardeos de la Legión Cóndor sobre la población civil pesaba más que cualquier decisión, por estratégica que pudiera parecer. Por si fuera poco, la Gestapo había comenzado a ayudar a la policía franquista a perseguir a los republicanos y muy especialmente a los comunistas que se encontraban refugiados en el sur de Francia.

Todas estas razones provocaron que las instrucciones que llegaron desde Moscú no convencieran a la inmensa mayoría de los comunistas españoles que se encontraba en Francia. Lo que sí hicieron fue darles un motivo más para no creer en esa guerra. En su ya largo camino habían visto cómo la Francia democrática les daba la espalda en su lucha contra Franco y después les hacía la vida imposible en el exilio. Pocos motivos encontraban para jugarse su vida defendiendo un país que les había tratado así. Comunistas y no comunistas tenían, en cualquier caso, la convicción de que las grandes potencias seguían jugando una partida de colosales dimensiones en un tablero en el que ellos solo eran una serie de piezas prescindibles, como lo había sido la propia República.

La invasión de Francia agravó las ya de por sí enormes discrepancias existentes en el seno de las organizaciones comunistas. En el parís ocupados, dirigentes del PCF trataron de negociar con los alemanes la legalización de su partido y el permiso para publicar su órgano de expresión L´Humanité. En esos momentos, la publicación comunista, que se editaba de forma clandestina, difundía mensajes en los que llamaba a la confraternización con los invasores: "Las conversaciones amistosas entre los trabajadores parisinos y los soldados alemanes se multiplican. Nosotros nos sentimos felices". Otro importante sector del PCF, sin embargo, organizaba la resistencia popular contra los nazis. Peleas similares se producían en aquellos momentos en el seno del PCE. Mientras que algunos de los dirigentes que se encontraban en Moscú defendían la estrategia de Stalin, en Francia y México, la militancia se movía entre la indignación, el desconcierto y la obediencia debida

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Traducción al español por Huan Manwe