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 Asunto: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Mar May 24, 2016 5:48 pm 
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En el blog de El Viejo Topo han traducido algunos capítulos, como el libro está disponible online en inglés por doquier, me voy a poner con la traduccion entera, ya que no existe (que yo sepa, ni el dueño de este blog) una versión digital traducida.

http://www.amazon.com/Killing-Hope-C-I- ... 1567512526

http://blogdelviejotopo.blogspot.com.es ... libro.html

Así que empiezo:


Asesinando la Esperanza.

Intervenciones del ejército norteamericano y de la CIA desde la Segunda Guerra Mundial Parte 1. William Blum.

Introducción.

Una sucinta historia de la Guerra Fría y del Anti-Comunismo.

Nuestro temor a que el comunismo pudiera apoderarse del Mundo algún día nos ciega ante el hecho de que el anticomunismo ya lo ha hecho.

Michael Parenti.1

Al comienzo de los combates en Vietnam un oficial del Vietcong le dijo a un prisionero de guerra Americano: “Erais nuestros héroes antes de la Guerra. Leíamos libros americanos y veíamos películas americanas, y era un dicho popular en esos días “ser tan rico y tan sabio como un americano”, ¿Qué ha ocurrido? 2

Un Guatemalteco, un Indonesio o un Cubano podía haber preguntado algo parecido durante los 10 años anteriores, o un uruguayo, un chileno o un griego en las posteriores. La notable credibilidad y buena voluntad de la que gozaba EEUU al final de la segunda guerra mundial se fue disipando país por país, intervención por intervención. La ocasión de reconstruir el mundo asolado por la guerra, de asentar los fundamentos de la paz, la prosperidad y la justicia, se derrumbaron bajo el peso terrible del anticomunismo.

Ese peso se había acumulado durante algún tiempo; ciertamente desde el Día Uno de la Revolución Rusa. En verano de 1918 13.000 tropas americanas se hallaban en la recientemente fundada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Dos años y miles de bajas después, las tropas americanas abandonaron el país, fracasando en su misión de “estrangular en la cuna” al Estado Bolchevique, como lo expresó Winston Churchill. 3

El joven Churchill era el Ministro de Guerra Británico en este periodo. Cada vez más fue él quien dirigió la invasión de la URSS por los aliados (Gran Bretaña, EEUU, Francia, Japón y otras naciones) al lado del contrarrevolucionario “Ejército Blanco”. Años más tarde, Churchill el historiador iba a dejar constancia de su punto de vista sobre este singular acontecimiento para la posteridad:

¿Estaban en guerra [los aliados] con la Rusia Soviética? Ciertamente no; pero disparaban a los rusos soviéticos cuando los tenían a tiro. Permanecieron como invasores en el suelo Ruso. Armaron a los enemigos del gobierno soviético. Sometieron a un bloqueo sus puertos y echaron a pique sus acorazados. Deseaban y conspiraban para derribar a la URSS. Pero la Guerra ¡chocante! La interferencia ¡vergüenza! Era, reiteraban completamente indiferente para ellos como llevaran los rusos sus asuntos. Eran imparciales. ¡Bang! 4

¿Que era tan especial en esta Revolución Bolchevique que alarmó tanto a las naciones más poderosas del mundo? ¿Qué les llevó a invadir un país cuyos soldados habían luchado a su lado durante 3 años y que habían sufrido más bajas que cualquier otro país en la Primera Guerra Mundial?

Los bolcheviques fueron tan audaces como para hacer la paz con Alemania con el fin de abandonar una guerra que consideraban imperialista y que de ningún modo era suya, y tratar de reconstruir una Rusia fatigada y devastada. Pero los bolcheviques habían tenido la audacia mucho mayor de derrocar un sistema entre feudal e incipientemente capitalista y proclamar el primer Estado Socialista en la Historia del Mundo. Se trataba de una declaración increíblemente arrogante. Ese era el crimen que tenían que castigar los Aliados, el virus que había que erradicar antes de que se extendiera por el mundo.

La invasión no logró sus propósitos inmediatos, pero sus consecuencias fueron profundas y persisten en el presente. El Profesor DF Fleming, el historiador de la guerra fía de la Vanderbilt University ha señalado:

“Para el pueblo americano la tragedia cósmica de las intervenciones en Rusia no existe, o es un hecho menor largo tiempo olvidado. Pero para los pueblos soviéticos y sus dirigentes el periodo suponía una matanza sin fin, saqueos y rapiñas, epidemias y hambruna, un sufrimiento inconmensurable de millones de personas, una experiencia marcada a fuego en la misma alma de una nación, que muchas generaciones no pueden olvidar, si es que se puede olvidar alguna vez. Durante muchos años las rigurosas regimentaciones Soviéticas pudieron justificarse por el miedo de que las potencias capitalistas regresaran para terminar el trabajo. No es raro que en su alocución en Nueva York el 17 de septiembre de 1959, el Primer Ministro Jrushev nos recordara esas intervenciones, “de la época en la que enviasteis vuestras tropas para sofocar la Revolución”, como lo expresó. 5

En lo que puede considerarse como un portento de mentalidad de superpotencia, un informe del Pentágono en 1920 sobre la intervención reza: “Esta expedición ofrece al mundo uno de los mejores ejemplos en la historia de los tratos honorables y abnegados […] en circunstancias muy difíciles estamos ayudando a personas que quieren conseguir una nueva libertad” (6)

No podemos saber cómo se hubiera desarrollado la Unión Soviética en condiciones normales y con autonomía. Lo que conocemos, sin embargo, es la naturaleza de una Unión Soviética atacada desde la cuna, que creció sola y rodeada de un mundo extremadamente hostil, y que, cuando logró llegar a la madurez, fue superada por la máquina de guerra Nazi con las bendiciones de ciertas potencias Occidentales. Los miedos e inseguridades resultantes han llevado inevitablemente a deformidades de carácter que no son muy distintas de las que se encuentran en cualquier individuo criado en circunstancias tan brutales.

En Occidente nunca se nos permite que olvidemos los defectos políticos (reales o inventados) de la Unión Soviética; pero casi nunca se nos recuerda la historia que hay detrás de ellos. La campaña de propaganda anticomunista comenzó antes que la intervención militar. Antes de que acabara el año 1918, expresiones como “peligro rojo”, “el asalto bolchevique a la civilización”, “y la amenaza roja al mundo” se podían leer habitualmente en un periódico “serio” como el New York Times.

En febrero y marzo de 1919, se expusieron muchas historias bolcheviques de terror ante un Subcomité del Senado de EEUU. El carácter de algunos de los testimonios puede evaluarse por el titular del Times del 12 de febrero de 1919 (un periódico normalmente neutro):

DESCRIPCIÓN DE HORRORES BAJO EL GOBIERNO ROJO. R.E. SIMONS Y W.W.WELSH NARRAN A LOS SENADORES LAS BRUTALIDADES DE LOS BOLCHEVIQUES, DESNUDAN A LAS MUJERES EN LAS CALLES, GENTE DE TODAS LAS CLASES SALVO LA ESCORIA SOMETIDA A LA VIOLENCIA DE LA CHUSMA.

El historiador Frederick Lewis Schuman ha escrito: “El resultado neto de estos comités […] era pintar la Rusia Soviética como una especie de manicomio habitado por esclavos abyectos a completa merced de una organización de locos homicidas cuyo fin era destruir cualquier resto de civilización y devolver a la nación a la barbarie”. (7)

No había, literalmente, historia sobre los bolcheviques que fuera tan falsa, estrafalaria, grotesca o manipulada que no se imprimiera y fuera creída en general-desde la nacionalización de las mujeres o que los comunistas se comían a los bebés (como los tempranos paganos creían que los cristianos se comían a sus hijos; lo mismo se pensó a veces de los judíos en la Edad Media. La historia de las mujeres, con todas sus pintorescas connotaciones de propiedad estatal, matrimonio obligatorio, “amor libre”, etc, “fueron retransmitidas por todo el país a través de mil canales”, escribió Schuman, “y tal vez contribuyó más que cualquier otra cosa que crear en el pueblo americano la idea de que los comunistas rusos eran pervertidos criminales” (8) Este cuento siguió teniendo mucho predicamento incluso después de que el departamento de Estado se vio obligado a reconocer que era un fraude (todavía en 1978 la John Birch Society enseñaba a su amplia audiencia que los soviéticos se comían a los bebés) (9) A finales de 1919, cuando la derrota de los Aliados y el Ejército Blanco parecía probable el New York Times ofrecía a sus lectores titulares e historias como las siguientes:

30 diciembre 1919. “Los rojos quieren declarar la guerra a América”.
9 de enero de 1920 “Los informes oficiales consideran la amenaza bolchevique en oriente medio ominosa”
11 de enero de 1920 “los oficiales y diplomáticos aliados contemplan una posible invasión de Europa”.
13 de enero de 1920, “Los círculos diplomáticos aliados” temen una invasión de Persia.
16 de enero de 1920: un titular en primera página, de ocho columnas: “El Reino Unido, enfrentándose a una guerra con los Rojos, convoca al Consejo en París”. “Diplomáticos bien informados” esperan tanto una invasión militar de Europa como un avance soviético en el Asia oriental y meridional.

La mañana siguiente, sin embargo, se leía “no hay guerra con Rusia, los Aliados comerciarán con ella”.

7 de febrero de 1920: “Los Rojos están alzando un ejército para atacar la India”.
11 de febrero de 1920: “Temor a que los bolcheviques invadan territorio japonés”.

Se esperaba que los lectores del New York Times creyeran que una nación destrozada como pocas en la historia del mundo iba a empezar a invadir el mundo; una nación que aún se estaba recuperando de la terrible Gran Guerra imperialista; que se hallaba en la anarquía más extrema debido a una revolución social fundamental que acababa de despegar; en la que sus industrias, que no se contaban entre las más avanzadas, estaban hechas pedazos; y el país a merced de una hambrina que iba a dejar millones de muertos antes de remitir.

En 1920, la revista “La Nueva República” presentó un detallado análisis de la cobertura de noticias del New York Time con respecto a la Revolución Rusa y la intervención. Entre muchas otras coas señaló que en los dos años que siguieron a la revolución de noviembre de 1917, el Times había dicho no menos de 91 veces que los soviéticos “estaban a punto de caer, o que ya habían caído”. (10)

Pues si esta es la realidad que se presentaba a los ciudadanos de Estados Unidos por parte de un periódico “serio”, ya nos podemos imaginar, asqueados, que tipo de bazofia estaban suministrando a los lectores el resto de los diarios.

Esto, por tanto, constituyó la primera experiencia popular de un nuevo fenómeno social que había asaltado el mundo, la educación preparatoria sobre la Unión Soviética y esa cosa llamada “comunismo”. Los estudiantes nunca se han recuperado de esas lecciones. La Unión Soviética tampoco se recuperó.

La intervención militar terminó pero, con la única (y parcial) excepción de la Segunda Guerra Mundial, la ofensiva propagandística nunca se detuvo. En 1943, la revista Life consagró una edición completa para rendir honor los logros soviéticos, yendo mucho más lejos de lo que exigía la solidaridad en tiempos de guerra, hasta el punto de decir que Lenin era “quizás el hombre más grande de los tiempos modernos”. (11) Dos años después, no obstante, con Harry Truman en la Casa Blanca, ya no iba a sobrevivir esa fraternidad. Truman, después de todo, fue el hombre que, poco después de que los nazis invadieran la Unión Soviética, dijo lo siguiente: “si vemos que ganan los Alemanes, deberíamos ayudar a Rusia, pero si Rusia es la que gana, deberíamos ayudar a Alemania, y matar tantos rojos como podamos, aunque no quiero que Hitler gane en ninguna circunstancia”. (12)

Se han obtenido muchos réditos propagandísticos del pacto Germano-Soviético de 1939, pero sólo haciendo intencionadamente caso omiso del hecho de que se forzó a los rusos al pacto después de que las potencias occidentales, en especial el Reino Unido y Estados Unidos, se negaran repetidamente a unirse con Moscú en contra de Hitler (13) al igual que se negaron a ayudar al gobierno izquierdista español asediado por los fascistas alemanes, italianos y españoles en 1936. Stalin se percató de que si Occidente no rescataba España del fascismo, desde luego que no lo iba a hacer con la Unión Soviética. Desde el Miedo a los Rojos de los años 20 al macartismo de los cincuenta, a la cruzada de Reagan contra el Imperio Malvado de los ochenta, se ha inculcado al pueblo americano la doctrina anticomunista. Se mama desde la cuna, aparece en los comics, en los manuales escolares; sus diarios les ofrecen titulares que les cuentan lo que tienen que saber; los ministros religiosos sermonean sobre ello, los políticos se sirven de ello y el Reader´s Digest se forra con ello.

Esas convicciones inquebrantables que resultan inevitables cuando el intelecto se ve objeto de tan insidiosos ataques han ocasionado un gran mal en el mundo, tal vez por el mismo diablo, pero en forma de personas; personas que no están motivadas por las mismas necesidades, hazañas emociones y ética personal que gobiernan a otros miembros de la especie, sino personas que están consagradas a una conspiración extremadamente astuta, monolítica e internacional consagrada a apoderarse del mundo y esclavizarlo; por motivos que no siempre son demasiado claros, parece que el mal no necesita más motivación que el mal mismo. Además, por más que estas personas traten de aparentar que son seres humanos racionales que quieren un mundo mejor, no se trata más que de una farsa, un disfraz para confundir al prójimo, y lo único que demuestra es su astucia; la represión y las crueldades que acontecieron en la Unión Soviética son una prueba eterna de la bancarrota de la virtud y de las perversas intenciones de esa gente en cualquier país en el que lleguen al poder, con independencia de cómo se llamen a sí mismos; y, lo más importante, la única opción que tienen los ciudadanos de Estados Unidos es el modo de vida americano y el modo soviético de vida, y no hay un punto intermedio.

Ese es el punto de vista de la gente sencilla de Estados Unidos. Y uno encuentra que la gente más sofisticada, cuando se va más allá de la superficie de su jerga académica, son de la misma opinión. Para un espíritu adulto al que se le han inculcado esas ideas en los Estados Unidos, las verdades del anticomunismo son auto-evidentes, tan auto-evidentes como que la tierra era plana en tiempos pretéritos; al igual que el pueblo soviético creía que todas las víctimas de las purgas de Stalin eran en verdad reos de traición.

Si queremos comprender los caprichos de la política exterior americana desde finales de la Segunda Guerra Mundial tenemos que tomar en cuenta esta “rebanada” de la historia Americana, especialmente la constancia, tal y como se presenta en esta obra, de lo que han hecho el ejército americano, la CIA y otras ramas del gobierno estadounidense a muchos pueblos del mundo.

En 1918 los barones del capital americano no necesitaban motivo ni razón alguna para guerrear contra el comunismo más que enfrentarse a una amenaza a su riqueza y privilegios, por mucho que presentaran su oposición como indignación moral.

En el periodo de entreguerras, la diplomacia norteamericana de las cañoneras operó en el Caribe para conseguir que fuera un “Lago Americano”, que asegurara la fortuna de United Fruit y W.R. Grace & Co., ocupándose al tiempo de advertir de la “amenaza bolchevique” a todo lo santo y decente de tipos como el rebelde nicaragüense Augusto Sandino. Al final de la Segunda Guerra Mundial, todo americano que hubiera pasado los cuarenta había sido sometido a 25 años de irradiación anticomunista, el periodo medio de incubación preciso para producir una malformación. El anticomunismo ha adquirido vida propia, independiente de su padre capitalista. Cada vez más en el periodo de posguerra, los maduros políticos de Washington y los diplomáticos vieron el mundo como si se compusiera de comunistas o anticomunistas, con independencia de movimientos, individuos o particularidades nacionales. Esta visión de cómic del mundo, con los justos superhombres americanos luchando contra el mal comunista dondequiera que fuera necesario, pasó de ser un cínico ejercicio propagandístico a un imperativo moral de la política exterior norteamericana. Incluso el concepto de “no comunista” que implica en cierta medida neutralidad, tiene escasa legitimidad en este paradigma. John Foster Dulles, uno de los mayores arquitectos de la política exterior norteamericana de posguerra supo expresarlo concisamente de esta forma característicamente simplona y moralista: “para nosotros hay dos tipos de personas: los que son cristianos y apoyan la libre empresa y el resto”. (14) Como confirmarán varios estudios en la presente obra, Dulles llevó ese credo a la práctica de la forma más seria y concienzuda.

La palabra “comunista” (al igual que marxista) ha sido tan gastada por los dirigentes y los medios americanos de masas que casi carece de significado (Bien es cierto que la izquierda ha hecho lo mismo con la palabra fascista) Pero dar un nombre a algo, aunque sean brujas o platillos volantes, le confiere cierta credibilidad.

Al mismo tiempo, el público americano, como hemos visto, ha sido sólidamente condicionado para reaccionar ante el término como el perro de Pavlov. Ser comunista es ser parte de los peores excesos de Stalin, desde purgas indiscriminadas a los campos de trabajo en Siberia. Significa, como Michael Parenti ha observado que las “predicciones clásicas marxista-leninistas, sobre la revolución mundial, se consideran declaraciones de intenciones que rigen todas las acciones de los comunistas de hoy en día. (15) Significa “nosotros” contra “ellos”.

Y “ellos” lo mismo puede ser un campesino de Filipinas, un pintor mural en Nicaragua, un primer ministro democráticamente elegido en la Guayana Británica, un intelectual europeo, un no alineado Camboyano, un nacionalista africano, todos, pese a las diferencias, parte de la misma conspiración monolíticas, y todos ellos , a su modo, una amenaza al estilo de vida americano; no hay país demasiado pequeño, demasiado pobre o demasiado lejano que no pueda plantear esa amenaza, la “amenaza comunista”. Los ejemplos presentados en esta obra ilustraran, esperamos, que da un poco lo mismo si los objetivos del intervencionismo americano, ya sean individuos, partidos políticos, movimientos sociales o gobiernos, se consideraran comunistas o no. Importa poco si eran expertos en el materialismo dialéctico o no tenían ni idea de quien era Karl Marx; si eran ateos o curas; si había un poderoso partido comunista en el escenario o no; si el gobierno había llegado al poder por medio de una revolución violenta o tras unas elecciones libres… eran objetivos, todos “comunistas”.

Lo mismo ha dado también que la KGB soviética estuviera en el escenario. Se ha aseverado con mucha frecuencia que la CIA juega sucio sólo porque reacciona ante operaciones “aún más sucias” que la KGB. Esto es una mentira sin el menor sustento. Puede haber existido alguna acción aislada en la historia de la CIA, pero ha quedado bien oculta. La relación entre las dos siniestras agencias ha quedado marcada por la confraternización y el respeto mutuo profesional más que por el combate directo. El antiguo funcionario de la CIA John Stockwell escribió:

“En realidad, al menos en las operaciones más rutinarias, los agentes temen primero al embajador americano y su personal, después a los cables restrictivos provenientes del cuartel general y después a los vecinos cotillas y curiosos de la comunidad local como amenazas potenciales para las operaciones. A renglón seguido a la policía local y a la prensa. El último de los temores es la KGB. En 12 años de profesión nunca he visto u oído una situación en la que la KGB atacara o impidiera una operación de la CIA. (16)

Stockwell añade que los distintos servicios de inteligencia no quieren “complicarse la vida” asesinándose entre sí:

“No se hace así. Si un agente de la CIA sufre un pinchazo en una carretera solitaria por la noche, no dudará en que le lleve su colega de la KGB, lo más probable es que los dos paren en un bar para tomarse unas copas. De hecho los oficiales de la CIA y de la KGB se acogen mutuamente en sus casas. Los archivos de la CIA están llenos de alusiones a ese tipo de relaciones en casi todos los países africanos donde tienen agentes.” (17)

Los defensores de “responder con la propia moneda” se acercan muy peligrosamente a la tesis de que, por ejemplo, si la KGB tuvo parte en el derrocamiento del gobierno Checoslovaco en 1968, no pasa nada porque la CIA derroque al gobierno chileno en 1973. Es como si la destrucción de una democracia por parte de la KGB meta fondos en una cuenta bancaria de la que la CIA puede sacar justificadamente.

¿Cuál ha sido, pues, la moneda común en los diversos objetivos de la intervención americana que han atraído la cólera y a veces la potencia de fuego de la nación más poderosa del mundo? En casi todos los casos que han tocado al Tercer Mundo examinados en este libro, se ha tratado, de un modo u otro de una política de “autodeterminación”, de un deseo, nacido de la necesidad o de principios, de seguir un camino de desarrollo autónomo con respecto a los objetivos de política exterior americana. Por lo común, esto se ha manifestado en la ambición de liberarse de la sumisión política y económica con Estados Unidos, la negativa a tener relaciones con el antiguo bloque socialista o a suprimir a la izquierda no domesticada en casa, o a dar la bienvenida a una base americana en su suelo; para ser breves, la negativa a ser un peón de la política exterior americana; o la tentativa de cambiar o sustituir un gobierno que no tuviera ninguna de esas aspiraciones, es decir, un gobierno apoyado por los Estados Unidos.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Mar May 24, 2016 8:16 pm 
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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Mar May 24, 2016 8:59 pm 
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Me ha pasado lo mismo: pensé que era cosa de los bolcheviques y las checas.

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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Mié May 25, 2016 10:18 am 
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La Guerra de Vietnam, de Christian G. Appy. Demoledora.

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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Jue May 26, 2016 9:43 pm 
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Esa política de independencia política y económica, debemos recalcar con vigor, se ha explicado por numerosos dirigentes y revolucionarios del Tercer Mundo como una política que no equivalente al anti-americanismo o al pro-comunismo, sino sencillamente como la determinación de mantener una posición de neutralidad y de no alineamiento frente a las dos superpotencias. Sin embargo, una y otra vez, veremos que EEUU no estaba dispuesto a aceptar esta premisa. Arbenz en Guatemala, Mossadegh en Irán, Sukarno en Indonesia, Nkrumah en Ghana, Jagan de la Guayana Británica, Sihanouk de Camboya… la lista sería interminable. Y el Tío Sam insistía en que debían posicionarse de forma inequívoca con el “Mundo Libre” o atenerse a las consecuencias. Nkrumah defendió la postura no alineada como sigue:

“El experimento que tratamos de llevar a cabo en Ghana consistía fundamentalmente en desarrollar el país en cooperación con el mundo en su conjunto. La neutralidad significaba exactamente eso. No éramos hostiles a los países del bloque socialista como lo eran los antiguos territorios coloniales. Debería recordarse que cuando el Reino Unido coexistió con la Unión Soviética en la metrópoli, esto nunca se permitió a los territorios coloniales. Los libros acerca del socialismo, que se publicaban sin ningún problema en el Reino Unido, eran prohibidos en las colonias, y cuando logramos la independencia se suponía que se adoptaría el mismo enfoque ideológico restrictivo. Cuando nos comportamos del mismo modo que el Reino Unido en sus relaciones con el bloque socialista se nos acusó de ser pro-rusos e introducir ideas peligrosas en África. . 18

Esto recuerda al Sur de Estados Unidos en el Siglo XIX, cuando muchos sureños se sentían muy ofendidos por el hecho de que tantos esclavos se pasaran al gobierno federal en la Guerra Civil. Se habían creído en serio que los negros estaban agradecidos a sus amos blancos por todo lo que habían hecho por ellos, y que vivían contentos y felices. El señalado cirujano y psicólogo, el Doctor . Samuel A. Cartwright llegó a decir que muchos esclavos padecían de una suerte de enfermedad mental, que llamó “drapetomania” que diagnosticaba como una avidez incontrolable de escapar de la esclavitud. En la segunda mitad del siglo XX, esta enfermedad, en el Tercer Mundo, ha recibido a veces el nombre de “comunismo”.

Tal vez el reflejo condicionado más asentado del anti-comunismo es la creencia en que la Unión Soviética (o Cuba, o Vietnam, etc, actuando por poderes de Moscú) es una fuerza clandestina que se cierne tras la fachada de la autodeterminación, espoleando la hidra revolucionaria, o simplemente creando follones, aquí, allí, por todas partes; otra encarnación, aunque a más gran escala, del proverbial “agitador forastero” que ha aparecido a lo largo de la historia. El rey Jorge culpó a los franceses por incitar a las colonias americanas a la revuelta, los granjeros y soldados veteranos que protestaban por las gravosas condiciones económicas tras la revolución (la rebelión de Shays) fueron acusados de agentes británicos que querían arruinar la nueva república, las huelgas de finales del siglo XIX fueron atribuidas a “extranjeros” y “anarquistas”, durante la Primera Guerra mundial a “agentes alemanes” y después de la guerra a los “bolcheviques”.

En los años 60, según la Comisión Nacional sobre las Causas y la Prevención de la Violencia, J. Edgar Hoover “ayudó a diseminar en la policía el punto de vista de que cualquier tipo de protesta de masas se debía a una conspiración de agitadores, con frecuencia comunistas, que engañan a gente que de otro modo estaría contenta con su suerte”. (19)

Esta última frase es clave, y es la que atrapa la mentalidad conspiratoria de los que ostentan el poder, la idea de que ningún pueblo, salvo los que viven bajo la égida del enemigo, puede sufrir tanto o estar tan descontento como para recurrir a la revolución o a la protesta masiva; que son sólo agitadores externos los que desvían a la gente del recto camino. Por lo tanto, si Ronald Reagan hubiera aceptado que las masas de El Salvador tenían toda la razón del mundo para rebelarse contra unas condiciones de vida terrible, el fundamento de la intervención americana quedaría en nada, ya que era principalmente, (o sólo) que la URSS y sus aliados cubanos y nicaragüenses incitaban a los salvadoreños: parece que los comunistas gozan de una suerte de poder mágico en cualquier sitio, y que, con un juego de sus rojas manos, pueden transformar a gente pacífica y feliz en guerrillas furiosas. La CIA sabe lo difícil que es conseguir esta hazaña. La agencia, como veremos, trató de desencadenar revoluciones de masa en China, Cuba, la Unión Soviética, Albania y en toda Europa del Este con extraordinario poco éxito. Los escribas de la agencia, han culpado de esos fracasos a la naturaleza “cerrada” de las sociedades implicadas. Pero en los países no comunistas, la CIA ha tenido que recurrir a golpes militares o a maniobras extra-legales para conseguir meter a su gente en el poder. Nunca ha podido alentar una revolución popular.

Además, si Washington concediera alguna virtud o mérito a ciertas insurgencias del Tercer Mundo plantearía esta cuestión: ¿Si EEUU debe intervenir, por qué no del lado de los rebeldes? Eso no sólo haría un mejor servicio a la causa de la justicia y los derechos humanos, sino que acabaría con el pretendido papel de los rusos. ¿Qué mejor modo de frustrar la conspiración comunista internacional? Pero esta es una cuestión que no se plantea en el despacho oval, que nadie se atreve a plantear, y que es de relevancia para los casos que nos ocupan en esta obra.

Por el contrario, Estados Unidos ha venido consagrándose a esa política demasiado familiar de instaurar y/o apoyar a tiranías que se cuentan entre las más viles del mundo, cuyas atrocidades contra su propio pueblo vemos en las páginas de nuestros propios periódicos: masacres brutales; tortura sofisticada y sistemática; latigazos públicos; la policía y los soldados disparando contra las masas; escuadrones de la muerte apoyados por el gobierno; decenas de miles de desaparecidos; extrema privación económica, un “way of life” que ha sido un monopolio virtual de muchos de los aliados de Estados Unidos, de Guatemala, Chile y El Salvador a Turquía, Pakistán e Indonesia, todos miembros bien considerados de la Santa Alianza contra el Comunismo, todos miembros del mundo (lol) libre, esa región de la que tanto se oye hablar y tan poco se ve. Las restricciones de los derechos civiles en el bloque comunista, graves como fueron, palidecen en comparación a los Auschwitz industriales-cortijo del “Mundo Libre”, y, salvo en el curioso estado mental del anticomunista creyente, tienen poco o nada que ver con las abigarradas intervenciones norteamericanas presuntamente por un bien mayor.

Es interesante observar que siendo moneda común que los dirigentes de Estados Unidos sermoneen sobre la libertad y la democracia cuando han apoyado y están apoyando dictaduras, los dirigentes rusos también han hablado de guerras de liberación anti-imperialismo y anti-colonialismo pero sin hacer mucho para ayudar a esas causas, a pesar de la propaganda americana. Los soviéticos se presentaban como campeones del Tercer Mundo, pero hicieron poco más que decir “tsk. Tsk” cuando los movimientos y gobiernos progresistas, e incluso los Partidos Comunistas, en Grecia, Guatemala, la Guayana Británica, Chile, Indonesia las Filipinas y otros lugares han sido puestos contra la pared con la complicidad americana.

A comienzos de los 50, la CIA instigó varias incursiones militares en la China Socialista. En 1960, los aviones de la CIA, sin provocación, bombardearon la nación soberana de Guatemala. En 1973 la agencia alentó una sangrienta revuelta contra el gobierno de Irak. En los medios de masa americanos de esos días, y en la mente americana, esos acontecimientos no ocurrieron. “No sabíamos lo que estaba pasando” se convirtió en un tópico para ridiculizar a los alemanes que alegaban su desconocimiento de lo que había pasado con los Nazis. ¿Pero era esta respuesta tipo tan descabellada como nos gustaría pensar? Es una lección de humildad reflexionar que en esta era de comunicaciones casi instantáneas y mundiales, los Estados Unidos han sido, en ocasiones, capaces de montar operaciones militares a gran o menor escala o emprender alguna otra forma, igualmente flagrante, de intervención sin que el pueblo americano sea consciente de ello hasta muchos años más tarde, si es que es consciente alguna vez. Con frecuencia la única información sobre el acontecimiento ha sido una referencia de pasada al hecho de que un gobierno comunista ha realizado ciertas acusaciones, la clase de “noticias” que el público americano ha sido bien condicionado para rechazar de entrada, y la prensa tres cuartos de lo mismo; al igual que al pueblo alemán se le inculcaba que los informes del extranjero sobre las fechorías nazis no eran más que propaganda comunista.

Con escasas excepciones, las intervenciones nunca eran parte de las informaciones principales en la televisión. En otros casos, algunos fragmentos de la historia han saltado aquí y allá, pero rara vez se han conjuntado para formar una totalidad ilustrativa y coherente; los fragmentos suelen aparecer después de los hechos, enterrados en otras historias, se olvidan silenciosamente y sólo salen a la palestra cuando se dan circunstancias extraordinarias, como el caso de los iraníes que tuvieron como rehenes al personal de la embajada americana en Teherán en 1979, que generaron muchos artículos sobre el papel desempeñado por EEUU en el derrocamiento del gobierno Iraní en 1953. Es como si a los editores se les hubiera espoleado a pensar: “eh, que leches hemos hecho en Irán para que esa gente nos odie de ese modo”.

En el pasado reciente de Estados Unidos ha habido muchos “Irane”s, pero como el New York Daily News o Los Angeles Time no han tomado de forma conspicua al líder por la solapa y le han echado en cara las perversas implicaciones del hecho, como la NBC no ha sacado imágenes de gente real que sufre las consecuencias, estos acontecimientos no existen para la gran mayoría de los americanos, y pueden decir, con completa honradez que “no sabíamos que estaba pasando”.

El antiguo Primer Ministro chino Chu-En-Lai observó una vez: “Una de las cosas más deliciosas de los americanos es que carecen casi completamente de memoria histórica”. Probablemente es peor de lo que pensaba. Durante el accidente de la Central Nuclear de Three Mile Island, en Pennsylvannia en 1979, un periodista japonés, Atsuo Kaneko, del Servicio de Noticias de Kyoto, pasó varias horas entrevistando a gente a la que se había alojado temporalmente en un estadio de Hockey, la mayoría niños, mujeres embarazadas y madres jóvenes. Descubrió que ninguno de ellos había oído hablar de Hiroshima. Cuando sacó el nombre pusieron los ojos en blanco. (20)

En 1982, un juez de Oakland, California, mostró su consternación cuando 50 posibles jurados seleccionados para un caso de asesinato que podía conllevar la pena de muerte no supieron responder quién fue Hitler. (21). Para la oligarquía que dicta la política exterior en Washington es más que “delicioso”. Es una conditio sine qua non.

Tan oscurecido está el extenso registro de las intervenciones americanas que, cuando, en 1975, el servicio de investigación de la Biblioteca del Congreso recibió el encargo de llevar a cabo un estudio de las actividades secretas de la CIA hasta la fecha, sólo pudo encontrarse con una fracción muy menor de los incidentes de ultramar que se expondrán en este libro en el mismo periodo. (22)

Con toda la información que ha entrado en la conciencia popular, o en libros de texto escolares, enciclopedias y otros libros de referencia, bien pudiera haber existido una estricta censura en Estados Unidos, teniendo en cuenta el estado de cosas. Se invita al lector a examinar las secciones relevantes de las tres principales enciclopedias americanas, Americana, Britannica, y Colliers. La imagen de las enciclopedias como últimas depositarias del saber objetivo queda sin un hueso sano. Lo que equivale a un no reconocimiento de las intervenciones americanas puede muy bien deberse a que esas estimada sobras emplean un criterio similar al de los funcionarios de Washington como se refleja en los Documentos del Pentágono. El New York Times resumió este fenómeno tan interesante como sigue:

“La guerra clandestina contra Vietnam del norte, por ejemplo, no se considera que conculcara los Acuerdos de Ginebra de 1954, que dieron fin a la guerra de Francia en Indochina, o que entraran en conflicto con los pronunciamientos de política pública de distintas administraciones. La guerra clandestina, precisamente por su carácter secreto, no existe por lo que respecta a los tratados y las declaraciones públicas. Además, las vinculaciones secretas con naciones extranjeras no se considera que infrinjan la competencia exclusiva del Senado para celebrar tratados, ya que no se reconocen públicamente”. (23)

Esta censura de facto convierte a muchos americanos en analfabetos funcionales por lo que concierne a la historia de los asuntos exteriores de EEUU, y es mucho más eficaz porque no es oficial, dura o conspiradora, ya que está tejida con arte en la misma fábrica de los medios y la educación. No hace falta conspiración alguna. Los editores del Reader's Digest y U.S.News y World Report no necesitan reunirse en secreto con el representante de la NBC en un priso franco del FBI para planear los programas e historias del mes siguiente; pues la mera verdad es que estos individuos nunca hubieran alcanzado su posición si no hubieran estado guiados en su integridad por el mismo canal de historia camuflada y hubieran salido de él con la misma memoria selectiva y sabiduría convencional.

“Las conmociones que se han producido en China son una Revolución que, si la analizamos desprejuicidamente, ha sido desencadenada por las mismas razones que desencadenaron las revoluciones británica, francesa o americana”. Generosos y cosmopolitas sentimientos expresados por Dean Rusk, que era por aquel entonces Secretario Adjunto para los Asuntos de Oriente Medio, y que llegó a ser después Secretario de Estado. Y mientras se hacían esas declaraciones en 1950, otros miembros del gobierno estaban tramando activamente el derrocamiento del gobierno revolucionario chino.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Mar May 31, 2016 7:42 pm 
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Se ha tratado de un fenómeno común. En muchos casos de los descritos en las páginas siguientes, uno puede encontrar declaraciones de funcionarios de alto o medio nivel en Washington que ponen en tela de juicio la política de intervención; con reservas basadas en principio (la mejor parte del liberalismo americano) o preocupaciones porque la intervención no sirva a ningún fin que merezca la pena o incluso pueda acabar en el mayor de los desastres. No he dado mucho peso a esas declaraciones disidentes, y, ciertamente, en un análisis final, hicieron los que tomaban las decisiones en Washington que siempre jugaban la carta anticomunista. Al presentar las intervenciones de ese modo, estoy declarando que la política exterior americana es lo que hace la política exterior americana. Sus actos.

Extractos de la Introducción para la edición de 1995.

En 1993, me encontré por accidente con una reseña de un libro sobre negadores del Holocausto. Escribí al autor, una catedrática universitaria, diciéndole que su libro me hacía preguntarme si sabía o no que se había producido un holocausto americano, y que la negación del mismo dejaba en nada a la del holocausto nazi. Tan profunda y amplia es la negación del holocausto americano, le dije, que nos negadores ni siquiera son conscientes de que hay gente que sostiene que existe. Sin embargo algunos millones de personas han muerto en el holocausto americano y muchos más han sido condenados a torturas y vidas miserable como resultado de las intervenciones americanas desde China y Grecia en los años cuarenta a Afganistán e Irak en los años 90. Le mandé una lista de tales intervenciones, que por supuesto son la materia de esta obra. Después le propuse que cambiáramos una copia de la primera edición de mi libro por una copia del suyo, pero me respondió informándome que no estaba en posición de hacerlo. Y eso es todo lo que me respondió. No comentó nada, lo que se dice nada, del resto de mi carta, la parte que trataba de la negación del holocausto americano, ni siquiera para reconocer que había sacado al tema. La ironía de que una respetada académica sobre la negación del holocausto nazi negara de esa manera el holocausto americano tenía ciertamente solera. Lo único que me sorprendió es que la buena catedrática se hubiera molestado incluso en responder. Está claro que si mi tesis recibe una respuesta semejante de una persona tan respetable, yo y mi tesis enfrentamos una empresa muy difícil. En los años 30, y después de la guerra en los 40 y 50, los anticomunistas de diferente signo en los Estados Unidos lo dieron todo para poner en evidencia los crímenes de la Unión Soviética, como los procesos espectáculo y las ejecuciones masivas. Pero ocurrió algo extraño: la verdad no importaba. Los comunistas americanos y sus compañeros de viaje seguían apoyando al Kremlin. Incluso si tomamos en cuenta las indudables exageraciones y la desinformación distribuida por los anticomunistas que perjudicaba su credibilidad, la ignorancia y actitud de negación de los izquierdistas estadounidenses es muy notable.

Cuando concluyó la Segunda Guerra Mundial, y los aliados victoriosos descubrieron los campos de concentración nazis, ciudadanos alemanes de ciudades cercanas fueron forzados a visitar los campos para ver cómo eran, con las pilas de cadáveres y los esqueletos vivientes que habían conservado la vida; algunos respetables ciudadanos fueron obligados a enterrar a los muertos. ¿Cuál podría ser el efecto en la psique americana si los verdaderos creyentes y negadores tuvieran que presenciar las consecuencias de medio siglo de política exterior norteamericana de cerca?

¿Qué ocurriría si esos bonachones chicos americanos de pura cepa que lanzaron una infinita cantidad de bombas, en una docena de diferentes países, a gente de la que no sabían nada, como si fueran personajes de un videojuego, bajaran a la tierra y olieran la carne quemada?

Se considera sabiduría convencional que las políticas inflexiblemente anticomunistas de la administración Reagan, con su carrera armamentística acelerada, llevaron al colapso y la reforma de la Unión Soviética y sus países satélites. Los libros de historia americanos parece que han comenzado a esculpir esa tesis en mármol. Los conservadores británicos afirman que Margaret Thatcher y sus firmes políticas también contribuyeron al milagro. Los alemanes del este también son creyentes. Cuando Ronald Reagan visitó Berlín este, la gente le jaleaba y le daba las gracias por “su papel en la liberación del Este”. Incluso muchos analistas de izquierda, especialmente los que tienen proclividades conspiratorias, son creyentes. Pero esa visión no es universal, ni debería serlo.

El más destacado experto soviético sobre los Estados Unidos. Georgi Arbatov, director del Instituto Moscovita para el estudio de EEUU y Canadá, escribió sus memorias en 1992. Una recensión en Los Angeles Times de Robert Scheer resumió parte del mismo:

“Arbatov entendió demasiado bien las carencias del totalitarismo soviético en comparación con la política y economía de occidente. Nos queda claro después de leer sus francas y matizadas memorias que el cambio había estado incubándose firmemente desde los más altos pasillos del poder desde la muerte de Stalin. Arbatov no sólo aporta pruebas considerables de la polémica idea de que este cambio no exigía presión exterior, sino que insiste en que el acopio militar durante los años de Reagan entorpeció en realidad este desarrollo. (25)

George F. Kennan lo comparte. El antiguo embajador estadounidense en la Unión Soviética, y padre de la teoría de la “contención” del mismo país, sostiene que “pensar que cualquier administración norteamericana tenía capacidad de influenciar directamente el tremendo vuelco político que se dio en otro gran país al otro lado del mundo es sencillamente pueril”.

Sostiene que la militarización extremada de la política americana fortaleció a los dirigentes recalcitrantes de la Unión Soviética. “Por lo que el efecto general del extremismo de la Guerra Fría fue demorar en vez de acelerar el gran cambio que se enseñoreó de la Unión Soviética”. (26)

Si bien el gasto en la carrera de armamento no hay duda alguna de que perjudicó la misma fábrica de la economía soviética civil y la sociedad más que en Estado Unidos, ya se llevaba produciendo durante 40 años antes de la llegada al poder de Mijail Gorbachov sin que se adivinara el final el absoluto. El más íntimo asesor de Gorbachov, Aleksandr Yakovlev, respondió a la pregunta de si fue el alto gasto militar de la administración de Reagan, en conjunción con su retórica del “imperio malvado” la que forzó a la Unión Soviética a ser más conciliadora, respondió:

“No desempeñó ningún papel. Ninguno. Lo digo desde mi complete responsabilidad. Gorbachov y yo queríamos cambiar nuestra política y daba igual si el presidente era Reagan, Kennedy o alguien más de izquierdas. Estaba claro que nuestro gasto militar era enorme y teníamos que reducirlo. (27)

Es comprensible que a algunos rusos no les haga mucha gracia admitir que fue el archienemigo el que les forzó a hacer cambios revolucionarios, y admitir que perdieron la guerra fría. Sin embargo en esta cuestión no tenemos que fiarnos de la opinión de ningún individuo, ruso o americano. Sólo tenemos que contemplar los hechos históricos.

De finales de los cuarenta a mediados de los 60 fue un objetivo de la política americana instigar la caída del gobierno soviético y de distintos regímenes del este de Europa. Cientos de exiliados rusos fueron organizados adiestrados y equipados por la CIA y después se infiltraron en su patria para crear redes de espionaje, espolear la lucha armada política y llevar a cabo asesinatos y sabotajes, como descarrilar trenes, sabotear puentes, dañar fábricas de armas y centrales de energía y así sucesivamente. El gobierno soviético, que atrapó a muchos de esos hombres, sabía perfectamente quién estaba detrás. En comparación con esta política, la administración Reagan puede considerarse que virtualmente capituló. ¿Cuáles fueron los frutos de esta dura política anticomunista? Enfrentamientos graves y reiterados entre los EEUU y la URSS en Berlín, Cuba y en otros lugares, intervenciones soviéticas en Hungría y Checoslovaquia, la creación del Pacto de Varsovia (como respuesta directa a la OTAN), nada de glasnost, nada de perestroika, sólo una suspicacia omnipresente, cinismo y hostilidad en ambos bandos. Parece que los rusos eran humanos después de todo, y respondían duro a la dureza. Y su corolario: durante muchos años existió una clara correlación entre la amistad de las relaciones soviético-norteamericanas y el número de judíos a los que se permitió emigrar de la URSS. La suavidad engendraba suavidad.

Si existe un responsable de los cambios en la Unión Soviética y en Europa del este al que puedan atribuirse los cambios, tanto los beneficiosos como los que se pueden poner en tela de juicio, ese es sin duda alguna Mijail Gorbachov y los activistas a los que sirvió de inspiración. Debe tenerse en mente que Reagan estuvo ocupando la presidencia cuatro años antes de que llegara Gorbachov al poder, y Thatcher seis años, pero en ese periodo de tiempo no hubo ninguna reforma de nota en la Unión Soviética pese a la aversión indesmayable de Thatcher y Reagan frente al país socialista. Se dice que a toro pasado es fácil desdeñar la paranoia norteamericana de la guerra fría en relación con la seguridad nacional, con todos su absurdos, como la colosal y supraestatal OTAN, sus sistemas de advertencia rápida y sus simulacros de ataques aéreos, sus silos nucleares y sus aviones de espionaje U-2, pero que después de la guerra en Europa los soviéticos sí que parecían ser una amenaza monstruosa. Este argumento se quiebra frente a una sola pregunta, es todo lo que había que preguntar en esos días: ¿Por qué iban a querer los soviéticos invadir Europa Occidental o bombardear los EEUU? Poco tenían que ganar con ello salvo la segura destrucción de su país, que estaban construyendo con indecible esfuerzo después de la destrucción de la guerra.

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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Mar May 31, 2016 10:46 pm 
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Polin, Golds, no, esto son cositas del Imperio del Bien, ya sabéis, excusas que ponen los perdedores y tal, lol.

Luego va Rogue State, ¿ein? :naughty:

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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Dom Oct 23, 2016 12:38 pm 
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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Dom Oct 23, 2016 12:48 pm 
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Coincido bastante con la visión del japo. Por eso encuentro bastante hipócrita eso de "asesinando la esperanza".

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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Dom Oct 23, 2016 2:03 pm 
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Ateo dogmático
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Malet escribió:


Excepto que a los japoneses se les atribuyen más de 6 millones de civiles muertos en crímenes de guerra (sin contar las bajas militares y civiles muertos en acciones militares).


Fuente, para quien le interese y sepa inglés (minuto 12):

phpBB [video]

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Metzger escribió:
Solo un apunte: Eso del neo-liberalismo no existe


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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Dom Oct 23, 2016 2:13 pm 
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Conozco los crímenes de GUerra de los Japos, a veces resultan incluso difíciles de creer, mujeres, niños, ancianos, lo que pillaran. Estoy con Hiro Hito´s war, que mola mazo.

Pero tiene su parte de razón el pavo.

Por cierto, me alegro de verte Seppy, ¿cómo va la cosa?

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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Lun Oct 24, 2016 12:43 am 
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Registrado: Jue Ene 29, 2009 6:34 pm
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Ubicación: China
Malet escribió:
Si bien el gasto en la carrera de armamento no hay duda alguna de que perjudicó la misma fábrica de la economía soviética civil y la sociedad más que en Estado Unidos, ya....


Muy interesante :thumb:

Por cierto que hay algún término traducido a medias, como algún "complete" sin más o el "fábrica" de la frase que cito, que por el contexto yo diría que debería ser "tejido" (fabric, en inglés).

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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Lun Oct 24, 2016 4:49 pm 
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Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
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Manuel H escribió:
Malet escribió:
Si bien el gasto en la carrera de armamento no hay duda alguna de que perjudicó la misma fábrica de la economía soviética civil y la sociedad más que en Estado Unidos, ya....


Muy interesante :thumb:

Por cierto que hay algún término traducido a medias, como algún "complete" sin más o el "fábrica" de la frase que cito, que por el contexto yo diría que debería ser "tejido" (fabric, en inglés).


Sí, lo hice del tirón como suel0, pero creo que es aceptable:

https://books.google.es/books?id=tH7ADl ... 22&f=false

Fábrica en el sentido del tejido, de la hechura del Estado, y tal.

De todos modos lo dejé porque en el blog del viejo topo lo están traduciendo y muy bien, por cierto.

Gracias por leerlo.

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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Mar Oct 25, 2016 12:40 am 
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Registrado: Jue Ene 29, 2009 6:34 pm
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Malet escribió:
Manuel H escribió:
Malet escribió:
Si bien el gasto en la carrera de armamento no hay duda alguna de que perjudicó la misma fábrica de la economía soviética civil y la sociedad más que en Estado Unidos, ya....


Muy interesante :thumb:

Por cierto que hay algún término traducido a medias, como algún "complete" sin más o el "fábrica" de la frase que cito, que por el contexto yo diría que debería ser "tejido" (fabric, en inglés).


Sí, lo hice del tirón como suel0, pero creo que es aceptable:

https://books.google.es/books?id=tH7ADl ... 22&f=false

Fábrica en el sentido del tejido, de la hechura del Estado, y tal.

De todos modos lo dejé porque en el blog del viejo topo lo están traduciendo y muy bien, por cierto.

Gracias por leerlo.


Por si me estuviera desactualizando (que puede ser) lo he mirado:

RAE escribió:
fábrica.
Del lat. fabrĭca.
1. f. Establecimiento dotado de la maquinaria, herramienta e instalaciones necesarias para la fabricación de ciertos objetos, obtención de determinados productos o transformación industrial de una fuente de energía. Fábrica de automóviles, de harinas, de electricidad.
2. f. Construcción, o parte de ella, hecha con ladrillos o piedras naturales o artificiales, entrelazados entre sí con mortero. Una estantería de fábrica.
3. f. fabricación.
4. f. edificio.
5. f. Invención, artificio de algo no material.
6. f. En las iglesias, renta o derecho que se cobraba para repararlas y costear los gastos del culto divino.
7. f. Fondo que solía haber en las iglesias para repararlas y costear los gastos del culto divino.
marca de fábrica
mayordomo de fábrica


Es uno de esos casos de falsos amigos entre inglés y español :fermes:

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 Asunto: Re: Asesinando la Esperanza: intervenciones del mundo libre.
NotaPublicado: Mar Oct 25, 2016 3:49 pm 
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En la acepcion 5 podria colar. Pero si, es mejor tejido en el contexto. Los falsos amigos se te acaban colando cuando vas rapido.

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Traducción al español por Huan Manwe