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 Asunto: La Novemberrevolution y la traición del SPD
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La Novemberrevolution, la dualidad reforma-revolución en Alemania y la traición del SPD

Es la parte de la historia más desconocida de la Alemania contemporánea. Avergüenza a unos y a otros. Sobre ella se ha cernido un manto de silencio. Los demócratas en general tienden a tapar cómo colaboraron en lo que después vendría. Los socialdemócratas no quieren hablar de la parte más turbia, sucia y repugnante de su pasado, aquel en el que reclutaron a sus enemigos ultraderechistas para vencer a los que, hasta hacía poco tiempo, eran sus compañeros de partido. Los comunistas en reconocer sus errores en la revolución alemana y la incapacidad para tomar el poder. Y los nazis sienten repugnancia en reconocer que la primera vez que practicaron el asesinato al disidente y bebieron sangre no fue a las ordenes de Hitler, sino bajo la dirección del Partido Socialdemócrata Alemán (Socialdemocratische Partei Deustchlands, SPD)

Es posible que si la Revolución Alemana (Die Novemberrevolution) hubiese triunfado y no hubiese sido apuñalada, quizá nunca hubiesen llegado Hitler y los suyos al poder. Ni los campos de concentración, ni Treblinka ni Auschwitz... Nunca lo sabremos. Es historia que no existe.


La Revolución Alemana

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La Revolución triunfa en Berlín: Alemania abría, de par en par, las puertas al socialismo. 9 de noviembre de 1918.

Tras el estallido revolucionario en Kiel unos días antes, tras el amotinamiento de los marineros, la Revolución se extendió como un reguero de pólvora por toda Alemania. La antigua dictadura militar era derribada, izada la bandera roja del proletariado, constituidos consejos y el poder pasaba a manos de los trabajadores y los soldados. Fue avanzando y el 9 de noviembre la Revolución estalla en Berlín. Miles y miles de personas salen a la calle. Los soldados confraternizan con los trabajadores, la población civil pide la unión: "HERMANOS, NO DISPARÉIS".

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El Kaiser salía del país y con él, la monarquía alemana para siempre. Y Alemania abría, de par en par, las puertas a los aires del socialismo. Los trabajadores parecían acariciar el poder con los dedos. Sin embargo, la cúpula del Partido Socialdemócrata, que ya había sido llevada a los ministerios del moribundo II Reich tras la dimisión "sospechosa" de Luddendorff antes de la Revolución, trabajaba ya para aplastar la Revolución que, por paradójico que parezca, acababa de llevarles al poder sin hipotecas ni concesiones. Sin el aval de los poderosos.

De noviembre a enero

Durante ese tiempo, hubo un constante tira y afloja. Los socialdemócratas, con miedo a perder y ser rebasados, aceptaron un gobierno de Comisarios del pueblo donde había miembros del USPD (socialdemocratas de izquierdas), que nace el 10 de noviembre de 1918.

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Los tres grupos socialistas presentes en la revolución alemana eran:

SPD (socialdemócratas): Sus masas son las que hacen la revolución, pero los dirigentes traicionan a ésta. Se conforman con una democracia burguesa donde poder alternarse el poder con partidos de derechas. Sus lideres eran: Ebert, Scheidemann y Noske

USPD (Socialdemócratas de izquierda): Antiguos miembros del SPD descontentos con la linea cada vez más reformista y burguesa del SPD y descontentos con el papel del SPD apoyando al Reich en la guerra de 1914-18. Aspiran a consolidar el socialismo (en teoría) pero defienden una república democrática con consejos.

Liga Espartaquista (Comunista, futuro KPD): Aspiran a consolidar la Revolución mediante los consejos de obreros y soldados y a la toma del poder por la clase trabajadora y, por tanto, rechazan la actitud del SPD.

La revolución crea, pese al rechazo del SPD, Consejos de Obreros y Soldados en toda Alemania, que tratan de ejercer el contrapeso y el impulso a la revolución. Esos consejos, muchas veces compuestos por gente del SPD, eran rechazados tanto por el SPD como por la burguesía alemana. Veían en ellos la posibilidad de adoptar un camino similar al ruso y un estorbo para consolidar una democracia burguesa. La burguesía, un elemento de esa "repugnante chusma roja".

Mientras esto pasa, Ebert llega a dos pactos: El primero es el pacto con la patronal alemana, mediante el cual se consiguen mejoras temporales para los trabajadores para evitar la Revolución social (40 horas laborales, derecho laborales, sindicatos, etc.) Y el segundo es secreto: Ebert pacta con el Alto Mando del Ejército (del Ejército Monárquico, aun existente), general Groener, poner a disposición del SPD a soldados que aplasten la revolución y consoliden el triunfo y las tesis del SPD. A cambio de ello, Ebert mantendrá a los funcionarios, militares y altos cargos del Ejército que lo habían sido del Reich Alemán. Y se comunicarán a través de una linea telefónica secreta que existía entre la Cancillería y el Cuartel General del Ejército de los pasos a seguir: Es la semilla de los Freikorps y los crímenes de enero de 1919.

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Caricatura del Pacto Ebert-Groener: Habló a los obreros y luego pactó contra ellos.

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Groener y Ebert. 1922

Ebert estaba dispuesto a aplastar la Revolución y los consejos. De momento no se sentía fuerte. Pero para ello, debía liderarla. Y al hacerlo, la derecha y los militares de alto rango siempre le vieron como un revolucionario más. Por sorprendente que parezca, la dirección del SPD no veía enemigos a esos monárquicos y ultranacionalistas que les detestaban. Solo veía enemigos a esos antiguos compañeros que ahora querían ir más allá (Rosa Luxemburgo, a la que ordenó matar, había sido su profesora).

Cuando los soldados regresaron del frente tras firmarse la paz con la Entente, creyó que había llegado el momento de meter en vereda a los consejos y a los espartaquistas. Pero esos soldados, hartos de la guerra, deseaban volver a sus casas. Aun no había llegado el momento y los revolucionarios aun tenían fuerza. La revolución alemana, pese a todo, había sido pacífica: Se izaban banderas rojas, se humillaba a los oficiales, y se constituían Consejos. Pero no hubo víctimas. Los antiguos funcionarios siguieron trabajando como si nada hubiera pasado. La respuesta de la contrarrevolución sería despiadada.

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Propaganda antisocialista y para reclutar a los Freikorps

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Propaganda antibolchevique distribuida en 1918

La batalla de Navidad y el surgimiento de los freikorps

A principios de diciembre, una manifestación de soldados revolucionarios había sido tiroteada por oficiales. Resultaron muertos varios de esos soldados. Fue la carta de presentación de unos nuevos "militares". Nadie fue juzgado por ello.

Mientras todo esto pasaba, estaban regresando también soldados y oficiales del Ejército que, a diferencia de muchos soldados que apoyaban la Revolución, no tenían ninguna simpatía por ésta, la odiaban y deseaban que todo volviese a su antigua forma. De estos soldados, el SPD y los comisarios del pueblo del SPD fueron reclutando, con ayuda de Groener, a los FREIKORPS. Eran soldados rabiosamente nacionalistas alemanes, profundamente anticomunistas y que detestaban a los políticos que tenían el poder en Berlín: "Los criminales de Noviembre", para ellos. Muchos de ellos acabarían en el partido nazi en el futuro. De hecho algunos llevaban ya la esvástica en sus cascos en 1919.

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Cascos usados por los Freikorps en 1919

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Llamamiento para reclutamiento de Freikorps, 1918

A finales de mes, a los miembros de la Volskmarinen División, una unidad de élite de la Revolución, el comisario del SPD les retuvo los sueldos. Los marineros se presentaron y cercaron la Cancilleria exigiendo soluciones, y finalmente fueron respondidos por los soldados del Gobierno del SPD, que intentaron desalojarles del edificio que ocupaban. En medio de la batalla, empezaron a llegar civiles que se pusieron de parte de los marineros. La batalla se saldó con la victoria de los marineros y la rendición de los soldados afines al Gobierno.

Ebert y los altos mandos del Ejército creyeron que era el fin, que nada se podía hacer. Hubo 30 muertos en la refriega. Los consejeros del USPD, que llevaban desde noviembre, dimitieron como protesta. Llevaban ya tiempo siendo un cero a la izquierda porque los antiguos funcionarios solos servían a Ebert. Al salir del Consejo de Comisarios, le dieron a Ebert el triunfo más inesperado. Ahora podía nombrar a nuevos consejeros, todos del SPD. Se convocaron elecciones parlamentarias para el 19 de enero y el nuevo Consejero de Defensa, Noske, empezó a reclutar nuevos Freikorps para aplastar la Revolución. Como él mismo dijo: "alguien debe ser el perro sanguinario".

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Miembros de la División de Marina, los vencedores de la crisis de Navidad, guardia de élite de la Revolución

El levantamiento de enero y el aplastamiento en sangre definitivo de la Revolución por el SPD y los Freikorps

Noske estaba reclutando Freikorps para iniciar el asalto a Berlin y a otras ciudades. La destitución de un jefe de policia llevó al USPD, miembros de los consejos y a los espartaquistas a liderar una protesta que derivó en insurrección. Se convocaron masivas manifestaciones, se creó un comité revolucionario y se ocuparon algunos puntos neurálgicos de Berlin junto a las redacciones de algunos periódicos burgueses y el Vorwarts (periódico del SPD).

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Obreros y soldados espartaquistas defienden el Vorwarts, enero de 1919.

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Combates callejeros entre tropas del Gobierno del SPD y Espartaquistas. Enero de 1919.

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Miembros del Freikops Epp, 1919.

La toma del Vorwarts sirvió al Gobierno del SPD para dar la orden definitiva, ahora que se sentía fuerte: La Revolución debe ser aplastada sangrientamente en Berlin. Todos los diarios berlineses de derechas y de centro apoyaron al SPD, exagerando "excesos" espartaquistas.

Durante varios días se sucedieron los altercados. Al final, el Vorwarts fue rendido. Incluso un general de la vieja escuela que tomó el edificio quiso saber, a ciencia cierta, qué hacer con los prisioneros. La orden de Noske (SPD) fue clara: "¡Fusiladlos a todos!". Un oficial fue apaleado por sus propios soldados al agradecer a los espartaquistas, ahora presos y rápidamente asesinados a culatazos, el trato recibido durante el tiempo que había sido rehén.

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Freikorps en Berlin, 1919

Todo aquel espartaquista que era capturado era inmediatamente asesinado. Los Freikorps entran el 11 de enero en Berlín y comienzan a recuperar edificios, y son recibidos con regalos y flores en el oeste de la ciudad (zona burguesa y noble) mientras comienza el baño de sangre.

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Pilas de cádaveres de espartaquistas asesinados por los Freikorps, Berlin, 1919

La Liga Espartaquista se había transformado en el KDP, el Partido Comunista Aleman, el 31 de diciembre de 1918. Liebknecht y Rosa Luxemburgo, sus líderes, fueron capturados por un Freikorps, asesinados a culatazos y lanzados al canal del río el 15 de enero de 1919. Ambos eran los líderes más brillantes del movimiento socialista alemán y habían comprendido, desde el primer momento, la traición de Ebert a la revolución. Años más tarde su asesino, Pabst, en 1960, reconoció haber recibido la orden de Noske de asesinarlos.

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Karl y Rosa, asesinados por los freikorps el 15 de enero de 1919.

Rosa Luxemburgo, desde su periódico Die Rothe Fahne, dejó escrito antes de su muerte su epitafio: "El orden reina en Berlín", denunciando la brutalidad socialdemócrata y burguesa que ella misma probaría horas después.

Tras ello los Freikorps avanzaron por toda Alemania con el mismo método: ocupar la ciudad, desposeer de su poder a los consejos de obreros y soldados y fusilar a sus miembros y aquellos simpatizantes de la revolución, en ocasiones incluso a militantes del propio SPD con la aprobación de la cúpula del SPD en Berlín. También en Baviera, donde los consejos habían resistido todo este tiempo.

La revolución era ahogada en sangre por unos soldados que no ocultaban ya su anticomunismo, su carácter ultraderechista y su simpatía por las ideas pangermánicas. De hecho llevaban en sus casos algunos, incluso, símbolos distintivos de su cáracter, como la calavera o la esvástica.

La revolución había sido liquidada. Las elecciones se celebraron el 19 de enero de 1919 y el SPD las ganó sin mayoría y formó gobierno con el Zentrum católico y los liberaldemócratas. Todas las conquistas fueron cayendo hasta que en 1920 los Freikorps, suficientemente fuertes, creyeron que era la hora de tomar el poder: fue el Golpe de Estado de Kapp de 1920.

Todos los altos funcionarios, oficiales de policía, militares a los que el SPD había defendido de la revolución, se pusieron del lado de los militares golpistas. O bien dudaron, con la conocida frase de un militar a Noske: "la Reichswehr no dispara contra la Reichswehr". El gobierno se vió solo y obligado a huir a Sttudgart. Antes de hacerlo los ministros del SPD decidieron recuperar el lenguaje revolucionario y convocar una huelga general, algo a lo que se negaron los miembros del Zentrum y el DDR.

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Miembros de Freikops sublevados, tras la toma de Berlin en 1920

A pesar del recuerdo de las masas del SPD y el KPD a las traiciones de Ebert, la huelga del 14 de marzo de 1920 fue total. Los golpistas no pudieron ni sacar un comunicado. Alemania entera se paralizó y el golpe se ahogó. Y el SPD, poco tiempo después, reconciliado con los golpistas, volvió a mandar a esos golpistas a sofocar a aquellos soldados y obreros que se habían opuesto militarmente al golpe de Kapp (Ejército Rojo del Ruhr), con un saldo de casi 5.000 asesinados. Por muy paradójico y surrealista que parezca, como muchos de los actos de este período.

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Soldados del Freikorps posan junto a los soldados abatidos del Ejército Rojo del Ruhr, 1920

Poco después, se celebraron elecciones y el SPD perdió 5 millones de votos. La enemistad entre KPD y SPD determinó que Hitler llegase al poder en 1933. Y todo lo que vino después. La revolución, que podía haber evitado todo eso, fue ahogada en sangre por los mismos que habían sido llevados al poder por ella. Y para ello, los socialdemócratas no dudaron en reclutar a los más sanguinarios militares ultraderechistas que luego formarían parte de las SA y las SS. Y burgueses como el judío Rathenau no dudaron en financiar a los Freikorps, a pesar de que él mismo fuese después asesinado en un atentado por ellos.

La burguesía alemana había vencido. La revolución había sido aplastada. Y con esa tesitura, a Weimar ya no le quedaban apoyos: Ya nada podía detener al nazismo y a Hitler, sólo era cuestión de tiempo. En 1918 la pregunta en Alemania era ¿qué tipo de revolución? En 1919 sería ya ¿revolución o contrarrevolución? Finalmente, en 1933 ¿qué tipo de contrarrevolución? Nada de esto hubiera sucedido si la socialdemocracia no hubiese, como siempre, apuñalado a sus teóricos defendidos para ayudar a aquellos a los que siempre defiende. Y en este caso incluso al precio de someter a Alemania a un baño de sangre, donde bebieron por primera vez muchos futuros nazis. No bajo mando del Führer, desaparecido en 1919, sino bajo el mando de Gustav Noske, el socialdemócrata que armó a los nazis para mantener su frágil poder.


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 Asunto: Re: La Novemberrevolution y la traición del SPD
NotaPublicado: Vie Nov 09, 2018 10:10 pm 
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1918 puñaladas: cien años de la Revolución de noviembre en Alemania

Hace 100 años, cuando la Gran Guerra se apagaba, la revolución estalló en Alemania: esta es su historia, también la de Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo y el mito de la "puñalada por la espalda"

JORDI COROMINAS I JULIÁN

03/11/2018 05:00 - ACTUALIZADO: 03/11/2018 10:24


En la Historia hay algunos momentos tan repletos y trascendentes que el mismo relato oficial oculta -y consolida- una retahíla de tópicos, esferas delimitadoras que sirven para explicar lo ocurrido desde una dirección concreta y asumida por la mayoría. En el siglo XX alemán el engranaje ciego es la llamada Revolución alemana acaecida entre 1918 y 1919, también llamada Revolución de Noviembre. En el imaginario de la cultura general los cadáveres de los espartaquistas Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht ocupan una destacada 'pole position'. A mucha distancia figura la abdicación del Káiser y luego alcanza el podio la proclamación de la República de Weimar, como si se tratara de un proceso sin matices en los estertores de la I Guerra Mundial.

En realidad, el pistoletazo de salida de esta catarsis esquizofrénica tiene varios natalicios, todos en relación con las metamorfosis del SPD, el partido clásico de la socialdemocracia alemana. Un posible inicio llegaría en 1890, cuando la renuncia de Bismarck levantó las leyes antisocialistas del Reich. Ello hizo posible el renacimiento de los socialdemócratas, hasta entonces paralizados por esas medidas. El partido mantuvo en sus estatutos la voluntad revolucionaria, pero lo cierto es que el levantamiento de las limitaciones los integró en el sistema, hasta el punto de votar a favor de los créditos de guerra en 1914, en los primeros compases del primer conflicto mundial.

Sin embargo, algunos discreparon, en una tendencia manifiesta en el socialismo de esos años, quebrado entre la lealtad al Estado y el pacifismo. 1914 y el problema de apoyar o rechazar la guerra fueron la semilla para desmembrar la unidad. En el caso germánico estas tensiones condujeron a la ruptura de 1916, cuando un núcleo se desmarcó de la connivencia con el poder, se escindió del SPD y fundó el USPD para no perder el sueño de luchar contra el régimen.

Se derrumba el castillo de naipes

Los contrarios a la escisión siguieron apoyándolo con la aspiración de convertir al Imperio en una verdadera monarquía parlamentaria. Se conformaban con ese postulado mientras el desarrollo de la contienda había proporcionado al Alto Comando Militar una posición de preponderancia en forma de dictadura encubierta. La dirigían Erich Luddendorf y Paul Von Hindenburg. El primero mandaba. El segundo asentía. A posteriori sirven para explicar la crisis y el posterior ascenso del nazismo.

El desarrollo de las operaciones en el campo de batalla fue favorable a los intereses de este particular consulado. Hasta 1917 todo iba sobre ruedas para las potencias centrales. La entrada de Estados Unidos iba a ser decisiva para cambiar el curso de la contienda, pero ese año la revolución rusa allanó el frente del Este y posibilitó a Alemania concentrarse en el Occidental para poner toda la carne en el asador. El optimismo se incrementó mediante el más que ventajoso tratado de Brest-Litovsk con la Unión Soviética.

Todas estas perspectivas de victoria se desvanecieron en un abrir y cerrar de ojos. En 1918 el bloqueo inglés hizo mella, la producción, aguas, y las trincheras se desmoronaron para abrir la ruta aliada hacia el interior del Reich.

Estas condiciones decidieron a Luddendorff a una insólita renuncia el 29 de septiembre de 1918. Aconsejó firmar un armisticio para frenar el riesgo de una debacle militar. Al ceder su mando pretendía salvar al ejército de la deshonra de la derrota para cargarla al ejecutivo, pues a partir de entonces el bastón pasaba a manos de un gobierno parlamentario donde, por primera vez en la Historia de Alemania, ingresó un socialdemócrata, Philipp Scheidemann.

Con el giro copernicano del 5 de octubre, Friedrich Ebert, líder del SPD, consideró concluido el trayecto deseado por el partido. Ahora tocaban carteras y estaban en la mesa de las responsabilidades. El nuevo y pionero ejecutivo pidió el armisticio al presidente norteamericano Wilson, quien exigió a Alemania la retirada de los territorios ocupados, cesar la guerra submarina y la abdicación del Káiser Guillermo II. Este punto hizo salir de su letargo a Luddendorff, quien a finales de octubre pidió retomar la contienda cuando era imposible; las deserciones abundaban y la mayoría de soldados habían aceptado el desenlace, incubándose en muchos de ellos un deseo de paz y democracia. En un mes Luddendorff devino un fantasma del pasado y desapareció del mapa durante unos años, demasiado pocos. Fue reemplazado como adjunto al jefe del estado mayor por Wilhelm Groener, quien más tarde desarrollaría un papel primordial en el desarrollo de los acontecimientos.

¿Los socialdemócratas en el poder?

Nadie pensaba en Kiel. Desde esta localidad báltica un hombre quería ser dadaísta con galones. El Almirante Scheer codiciaba poner un absurdo broche de oro con un último ataque contra la Royal Navy. El 29 de octubre las tripulaciones de dos buques se amotinaron. Más de mil hombres fueron trasladados a la cárcel, antesala de la corte marcial que debía dictar sentencia y firmar su previsible ejecución.

La detención de los marineros rebeldes prendió la mecha de la revolución. Muchos de sus compañeros pidieron su liberación, rechazada por los mandamases. El 3 de noviembre se reunieron con los astilleros, manifestándose por las calles hasta recibir los disparos de las tropas del teniente Steinhaüser. Los nueve cuerpos tendidos en el suelo de la alianza entre obreros y marineros encendió su reacción. Horas más tarde formaron el primer consejo de soldados y trabajadores, al que fueron uniéndose otros militares llegados al lugar para sofocar la revuelta.

El gobierno de Berlín reaccionó con rapidez y envió al diputado socialista Noske. El consejo de nuevo cuño pensaba que los socialdemócratas estaban de su lado, y por eso no vacilaron en nombrarlo gobernador. Noske respiró tranquilo y pensó tener todo bajo control. El problema es que la llama se había extendido por todo el país. Los revolucionarios ocupaban casernas y administraciones públicas. Según Sebastian Haffner querían un gobierno de la socialdemocracia reunificada para gestar una democracia proletaria donde los obreros reemplazarían a burgueses y aristócratas como clase dominante desde la democracia, nunca desde una coyuntura dictatorial.

El 9 de noviembre fue el día clave: se proclamó la República en Baviera y en Berlín empezó a condensarse el caos en un despacho. El canciller Max von Baden comprendió que la revolución social sólo podía pararse con la abdicación del Káiser, quien tras muchos vaivenes aceptó para evitar el desastre y facilitar la firma del armisticio con los aliados.

Pocas horas después, en otra vuelta de tuerca del enrevesado guión, von Baden cedía su sillón en la cancillería a Friedich Ebert. De este modo el dirigente socialdemócrata ponía la rúbrica a sus metas políticas. Su partido alcanzaba el vértice de la pirámide. La disyuntiva en apariencia shakesperiana surgía con sólo abrir la ventana. La calle no quería saber nada del orden imperante y ni siquiera contemplaba la vía parlamentaria desde la normalidad.

En todo Berlín se calcaron los hechos ocurridos en otras ciudades. Los soldados encargados de aplacar la revolución abandonaban las armas. Los socialdemócratas, inmersos en un doble juego, convencieron a muchos militares para unirse a la causa del nuevo Estado mientras ofrecían a la USPD unirse al gobierno. No sabían cómo capear el temporal, siempre más próximo al ciclón. El 9 de noviembre clausuró sus puertas con la ocupación obrera del Reichstag, metamorfoseado en cámara revolucionaria que convocó elecciones para el día siguiente con el fin de elegir a los miembros del Consejo de Representantes del Pueblo.

El gatopardo alemán

Esta iniciativa hizo que Ebert diera en el clavo tras muchas intentonas fallidas. Durante toda la semana de revolución, pese a creerlo, no había llevado nunca la iniciativa. El encadenamiento de sucesos, la abdicación del Káiser, su ascenso a la cancillería y, sobre todo, la gobernación de Noske en Kiel le hicieron vivir su propia fantasía de llevar las riendas. El caballo se había desbocado, pero aún le quedaba una carta en la mesa.

Los millones de personas que ocupaban las ciudades de toda Alemania querían ser ciudadanos de pleno derecho. Lo logrado era increíble. La lectura de la tetralogía 'Noviembre de 1918' de Alfred Döblin da voz a implicados de todas las vertientes. Entre lo que aún podía llamarse pueblo nadie tenía en la punta de la lengua un héroe revolucionario, entre otras cosas porque no existían directores de orquesta y el vuelco se había producido de modo espontáneo ante el cortocircuito del sistema. A eso se le suele llamar revolución, pero en noviembre de 1918 la aplastante mayoría de los que votarían en los comicios confiaban en el SPD al identificar sus siglas con otro mundo mejor, no en el gatopardismo de Ebert, quien al ser incapaz de bloquear las votaciones optó por presentarse al Consejo de los Representantes del pueblo.

Fue elegido junto a dos representantes socialdemócratas y tres militantes del USPD para asegurar un simulacro de unidad obrera. La victoria revolucionaria era un espejismo víctima de sus ilusiones y credos de ingenuidad. Al día siguiente se firmó el armisticio. Para los militares, y en eso Luddendorf ganó su envite, la responsabilidad del mismo, con el agravio de Versalles, recaería en los socialdemócratas, a quienes se acusaría de propinar la puñalada por la espalda, el falso pero muy eficaz mito narrativo para explicar la derrota como producto de la traición del que se apropiarían más tarde los nazis.

Ebert interpretó bien su asunción del nuevo poder, que supuestamente comandaba. Quería revertir la situación y pactó con Groener la liquidación de la hegemonía obrera. En diciembre se celebró en Berlín un Congreso de los Consejos. El SPD impuso su abrumadora superioridad numérica y consiguió convocar elecciones para una Asamblea Constituyente que decidiría la forma del Estado.

Otra vez se había parado el golpe, pero la idea previa era impedir la reunión del Congreso. Un regimiento se precipitó y se descubrieron las intenciones, posponiéndose para una mejor ocasión, en la que ya intervendrían los temibles 'freikorps', fuerzas de choque contrarias a la República y felices de integrar las fuerzas armadas. En enero de 1919 reprimirían con fuerza la revuelta espartaquista, con la que Doblin finaliza su trilogía con el recuerdo de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht encabezando su último volumen, deudor de la épica generada en torno a estos dos ideólogos del KPD, el Partido Comunista Alemán que con su creación zanjaba la división izquierdista para establecer su dualismo entre socialismo y comunismo hasta los estertores de la Guerra Fría.

Rosa desde el periódico fue un bastión ideológico que en enero de 1919 intentó disuadir cualquier intentona revolucionaria, mientras Karl tenía vocación agitadora y era un estorbo para sus enemigos entre arengas y carisma. Lo cierto es que ninguno fue clave en la revuelta espartaquista fracasada de ese mes que los hizo célebres. El 15 de enero los 'freikorps' encontraron a Rosa y a Karl en su escondite berlinés. Los destrozaron a culatazos de rifle y los remataron a tiros. A él le enterraron en una fosa común; a ella la arrojaron al Landwehr Canal. Ebert y sus socialdemócratas habían traicionado a sus acólitos en aras de cimas más altas y conformistas. Para corroborarlas no les importó pactar con el enemigo de clase y dar alas a los extremismos humillados por la derrota, el caldo de cultivo para un mañana incierto. El SPD quería ser el orden y en él figuraba. Otra cosa es que los habituales del mismo lo aceptaran en la familia y le dieran las gracias.


https://www.elconfidencial.com/cultura/ ... a_1638740/

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La gran pregunta: ¿cuál hubiese sido la deriva de Europa, y por tanto del mundo, si la socialdemocracia no hubiera traicionado a la revolución alemana y ésta se hubiese consolidado al igual (y paralelamente) que la revolución rusa?

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Retórica. Cada segundo el camino se bifurca. Pero una posible consecuencia podría haber sido que Stalin habría pasado al primer puesto de la lista de asesinos en masa.

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Traducción al español por Huan Manwe