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 Asunto: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mar Ene 03, 2017 12:06 am 
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Es un poco coñazo corregir la ortografía, pero es fascinante, la versión de archive no hay quien la lea:

Historia del Principio y Progreso de la Compañía de Jesús en las Indias Orientales dividida en dos partes.

PRIMERA PARTE


Esta historia de las cosas que N. Señor fue servido de obrar en nuestros tiempos en las Indias Orientales, por medio de sus mínimos siervos e hijos de V. P., los Padres y Hermanos de la Compañía de Jesús, determiné de escribir entre tantas ocupaciones por tres razones.

La primera es, porque, como los vivos ejemplos de los pasados mueven mucho a los que después suceden, especialmente cuando fueron todos de una misma religión y profesión, me parecía que animaría mucho a los nuestros saber los ejemplos de virtud que dieron los primeros Padres, que pasaron a estas partes. La segunda fue, porque, como deleitase mucho a los de Europa la lectura de las cosas del Oriente, algunos devotos de la Compañía fueron tan deseosos de las hacer saber a todos, que así como llegaban las cartas de los Padres y Hermanos que esta van en la India, las hacían trasladar e imprimir en diversas partes.

Y como las cartas eran de muchos, que las escribieron de diversos lugares, entre sí distantes, y de cualidades muy diferentes, como hay en aquella tan grande Provincia; y no se escribieron para imprimirse, ni se imprimieron ordenadamente, causaron una cierta confusión, por la cual muchas cosas o no se entendieron o parecieron contrarias: y así para remediar este inconveniente me pareció necesario escribirse una historia de todas aquellas cosas más clara y ordenadamente.

La tercera causa que a esto me movió fue, porque N. P. Everardo*, de santa memoria, me encomendó algunas veces, y V. P. me lo tornó a encomendar*, que se hiciese algún tratado del progreso que tuvo la Compañía en el Oriente, para que con el tiempo no se perdiese la memoria y certeza de muchas cosas que pueden aprovechar, como suele acontecer. Y por esto, después de haber yo visitado toda esta Provincia, por orden de N. P. Everardo y de V. P., y visto por experiencia las cosas de ella, y tratado con todos los Padres y Hermanos, que desde el principio aquí trabajaron, determiné de escribir, cuanto más clara y ordenadamente pude, la dicha historia, en la cual guardaré dos cosas. La primera será, no escribir aquí ninguna cosa si no fuere muy verdadera y cierta; la será tratar más de los nuestros, que ya murieron, que de los que viven ; porque, aunque de los unos y de los otros habría mucho que decir, todavía de los muertos se puede hablar más seguramente, y de los vivos parece que es mejor guardar lo que dice la Santa Escritura : « ne lauda veris hominem in vita sua; como si dijese (conforme a lo que un santo doctor nota) : « lauda post vitam, magnifica post consumationem »

Y aunque esta historia contiene en sí mucha diversidad de cosas, que pueden dar gusto y edificación a los que las leyeren, principalmente ayudará y animará mucho a los nuestros, como dije, con ver los ejemplos tan vivos de los trabajos que sus mismos Hermanos padecieron, y la buena y grande prueba que dieron de sus virtudes en plantar y cultivar entre gente tan inculta y bárbara tanta cristiandad, como en diversas partes hicieron, pues por el discurso de toda ella (si bien se considera) pueden los nuestros dar muchas gracias a nuestro Señor, que, aunque no los dotó ni levantó con dones de lenguas y de milagros', todavía les comunicó mucha caridad y esperanza, y mucha longanimidad y paciencia, y los hizo merecedores de padecer por su amor muchas persecuciones y trabajos en procurar la conversión y remedio de tantas gentes ; de cuyas tierras y costumbres trataré también algunas cosas, en cuanto me pareciere que pueden servir pera mayor claridad de esta historia. V. P. reciba la buena voluntad e intención con que este tratado se escribe y con sus santos sacrificios y oraciones alcance de N. Señor para sus hijos, que aun ahora pasan no menores trabajos, gracia para llevar adelante tan grande empresa, como es la conversión de tantos reyes y provincias como ay en este Oriente.

Habiendo de tratar del principio y progreso, que tuvo nuestra Compañía en las Indias Orientales, razón es que comencemos a tratar del P. M. Francisco Xavier, que fue el de la Compañía que pasó a estas partes, y el que fundó las casas de la Compañía que en ellas hay.

Fue este bienaventurado Padre de nación española, del reino de Navarra, noble y bien criado de sus padres: y siendo mancebo fue a estudiar filosofía a la Universidad de París en Francia, donde tomó muy estrecha conversación con el bienaventurado P. N. y primer fundador de la Compañía M. Ignacio, que también en el mismo tiempo allí estudiaba, por cuyo ejemplo y exhortación (no desando de continuar su propio estudio) se aplicó con mucho fervor a otra mejor filosofía, de conocerse a sí mismo y servir a N. Señor: y habiendo su divina Majestad movido las voluntades de algunos otros honrados y virtuosos estudiantes a seguir la vida y instituto del P. Ignacio, escogió también al P. M. Francisco por una de aquellas primeras diez piedras fundamentales, sobre las cuales fue servido de fundar la Compañía ; la cual aun antes de ser confirmada daba, por medio de aquellos diez primeros Padres *, tan buen olor de sí en todas las partes, que el rey de Portugal Don Juan, deseando, como católico príncipe, acrecentar nuestra santa religión cristiana en las Indias Orientales de su conquista, y entendiendo el fervor y buena vida y manera con que procedían los dichos Padres en ayudar a las almas, escribió a Don Pedro de Mascareñas', embajador suyo en Roma, persona de mucha estima, que hiciese con Su Santidad y con el P®. Ignacio de manera, que mandasen a la India seis de los dichos Padres

Mas porque el pequeño número de ellos no permitía tantos a una sola parte, fueron escogidos el año de 1540 para esta misión dos de ellos, conviene a saber, el P. M. Francisco Xavier', y el P. M. Simón Rodríguez de nación portuguesa; y llegados ambos por diversas vías a Lisboa y aposentados en el hospital del Rey, entre tanto que se espera va el tiempo para su partida a la India, hacían, como tenían de costumbre, con los enfermos y con los sanos todo lo que podían para encaminarlos al servicio y conocimiento de su Creador.

Y con el mucho ejemplo y edificación, que da van con obras y con palabras, con el desprecio del mundo y de sí mismos, y con la buena manera de proceder con los prójimos, dieron tanta satisfacción a los portugueses, que muchos caballeros y señores de aquel reino, espantados de las obras y fruto que hacían, juzgaron ser cosa muy provechosa para aquel reino quedar los Padres en Portugal : y como muchos por sus sermones y pláticas se movían mutando la vida y deseando seguir sus pisadas en su nueva religión (que en el mismo año fue aprobada y confirmada por el Santísimo Padre y Vicario de Cristo nuestro Señor Paulo 3°) no faltaron quienes propusiessen a Su Alteza cuánto convenía detener tan santos hombres en Portugal El rey, que tanto deseaba la reforma de su reino (por la cual sabe todo el mundo cuánto trabajó), movido, así por las obras que los dichos Padres hacían, como por las informaciones que muchas personas de crédito le daban de ellos, tuvo para sí que, quedando allí los Padres de la Compañía (la cual con mucha edificación cada día iba creciendo), no solamente se ayudarían mucho los reinos de Portugal, mas también sería muy a propósito para las partes de la India. Y finalmente, después de haber mucho tratado sobre esto, acordó, conforme al parecer que acerca de esto le dio el P. M. Ignacio, que el P®. M. Simón quedase en Portugal para dar principio a un colegio en Coímbra, donde se criase gente para ayuda de las Indias y de Portugal, y que el P. M. Francisco Xavier viniese al Oriente para ayudar a los indios y a los portugueses que están en estas partes. Y de esta manera el P. M. Simón quedó fundando la Compañía en Portugal, donde por la gracia de Dios creció tanto, como ahora se ve, y al P. M. Francisco cayó la suerte de venir a estas Indias del Oriente ; la cual él recibió con mucha alegría, como 3° empresa que bien parecía tenerle guardada la divina Providencia. Porque, como se lee en la vida del B°. N. P®. Ignacio, donde se escriben los trabajos que el P*. M. Francisco padeció en el principio de la Compañía, de los cuales yo aquí no trato, muchas veces en sueños le parecía que va a cuestas con mucho trabajo un indio que fue pronóstico verdadero de lo que después le aconteció: y por esto era muy inclinado a emplearse en la ayuda y conversión de esta gente oriental.

Fue tanto el crédito, que en el tiempo que estuvo en Portugal tuvo Su Alteza de él, que, movido por sí mismo, le negoció un breve de Su Santidad, para que en las Indias tuviese poderes de Nuncio suyo apostólico, para poder ejecutar mejor lo que pretendía hacer. Y llegando el tiempo de la partida le encomendó Su Alteza muy encarecidamente la conversión de los gentiles y la ayuda de las almas, especialmente de los portugueses que en estas partes estaban, diciéndole que, para mejor poder hacer esto, le alcanzó los poderes que Su Santidad le da va por aquel breve de Nuncio Apostólico, y que pidiese a sus oficiales todo lo que para aquel viaje qui- seise, porque así tenía mandado le proveyesen ; y lo mismo mandaba hacer en la India para todo lo que le fuese necesario para el servicio de N. Señor, y sustentación de él y de los demás de la Compañía. Le dio el Padre los debidos agradecimientos, prometiéndole que haría de su parte lo que pudiese para satisfacer a tan santo deseo como S. A. tenía, y recibió con mucha reverencia el breve, del cual por su grande humildad nunca se quiso valer en la India, sino una sola vez en un caso en Malaca, como a su tiempo diremos ; porque trató siempre con tanta humildad, no solamente con los obispos y perlados, mas también con todos los curas y clérigos, que más parecía súbdito de todos ellos que Nuncio Apostólico.

Y deseando los oficiales proveerlo muy bastantemente, conforme al orden y deseo de S. A. por más que instaron no pudieron alcanzar de él que tomase otra cosa sino unos libros que en la India le serían necesarios, y algún pobre vestido de que servirse en la mar determinando de hacer aquella tan larga y desacomodada navegación pidiendo limosna, como lo hizo. Ni bastó Martín Alfonso de Sosa que lo venía por gobernador a la India (en cuya compañía el Padre 3rva), ni otros caballeros devotos suyos, que querían tomar a su cargo el sustentarlo, para que dejase de alcanzar este merecimiento que él pretendía. Y diciéndole una vez un señor en Portugal " que, aun para tener la reputación y crédito necesario para ayudar a las almas, no convenía tratarse con tanto desprecio, yendo sin mozos y haciendo en la nao oficios tan bajos, le respondió con mucha gracia y prudencia que la reputación y crédito necesario lo daba Dios por medio del desprecio de las honras y de sí mismo ; porque el quererlo alcanzar de otra manera, tratándose con fausto y honra, avía puesto la religión en muchas partes en el estado en que se veía, con la cual respuesta alcanzó con él y con los otros el crédito que él decía. Y de esta manera sin ninguna provisión más que con la esperanza yconfianza en Dios /comenzó su viaje tan largo y peligroso, del cual, para que tengan noticia los que no saben, no será fuera de nuestro propósito tratar alguna cosa.

Del viaje y navegación de Portugal para la India, Y de sus cualidades, y de los trabajos que en él se padecen.
Cap. 2.

Este viaje de Portugal para la India (que se comentó a descubrir en el año de 1405 por mandado de Don Enrique infante de Portugal, y se acabó de descubrir por Don Vasco de Gama que llegó a la India en el año de 1498 por orden 15 del valerosísimo y muy invicto príncipe Don Manuel, de feliz memoria, rey de Portugal) es sin ninguna contradicción la mayor y más ardua de cuantas hay en lo descubierto.

Porque los portugueses no solamente llegan de Portugal a la India, que son más de cuatro mil leguas, mas con su esfuerzo y valor penetraron por todas las remotísimas provincias de este Oriente : porque de la India, por una parte van cada día por el mar Pérsico, tomando por las costas de Arabia y Persia, y por el Estrecho entran en el mar Bermejo y pasan a Etiopía, y por otra parte van a Malaca y Maluco, y llegan hasta la China y Japón, pasando muchos populosísimos reinos, y descubriendo islas y tierras incógnitas, y haciendo en diversas provincias sus poblaciones, en las cuales residen, teniendo sus tratos y comercios con los naturales de la tierra.

Más porque el principal poder que S. A. tiene es en la India (como diremos), por eso manda cada año cuatro o cinco naos de Lisboa a la India con diversas municiones y gente de guerra, la cual desando ahí se tornan a Portugal cargadas de pimienta y de otras muy preciosas mercadurías ; y en este viaje de ida y vuelta gastan comúnmente casi año y medio, sin detenerse más de tres o cuatro meses en la India para tomar su carga: porque por lo menos son necesarios seis meses para de Lisboa llegar a Goa, no tomando ni descubriendo ordinariamente otra tierra sino la isla de Mozambique, que está novecientas leguas de Goa, donde, cuando pueden llegar, toman algún refresco; de manera que, partiendo al principio de Margo de Lixboa, que es el proprio tiempo de comenzar esta navegación, no llegan a la India sino al principio de Septiembre. Y si no pueden tomar la isla Mozambique, van por fuera de la isla de S. Laurencio gastando siete y ocho meses en el mar, sin jamás tomar tierra, y apenas llegan a la India en Octubre o Noviembre: y muchas veces o porque parten tarde de Lisboa, o porque hallan diversas contrariedades de vientos tempestades y calmerías detiénense tanto en el viaje, que se les acaba el tiempo, y son forzados a invernar en Mozambique que, yendo después a Goa en Mayo del año siguiente. Y a la tornada de la India para Portugal, partiendo al fin de Diciembre o al principio de Enero, llegan a Lisboa en el fin de Junio o en Julio, tomando 1° comúnmente, cuando tienen buen viaje, reposo y refresco por algunos días en la isla que llaman de Santa Elena, que está más de quinientas leguas adelante del Cabo de Buena Esperanza yendo para Portugal : la cual en cierta manera parece haberla nuestro Señor producido para consuelo y remedio de las naos de la India ; porque siendo una isleta despoblada de cinco o seis leguas de circuito es tan abundante de agua y pescado, y tan fértil de diversas frutas (que de paso sembraron allí los portugueses), y tan bastecida de puercos, cabras y gallinas, que dejadas de esta manera se multiplican, que con llegar allí cada año cuatro o cinco naos, y hartarse todos por quince o veinte días que allí están, y cargar de refresco para su viaje, queda siempre aquella isla más bastecida y llena.

Otro segundo refresco toma las naos en las islas Terceras, que están trescientas leguas poco más o menos de Portugal; y sin ver más tierra llegan a Portugal en el tiempo dicho. Y muchas veces, no pudiendo doblar el Cabo de Buena Esperanza, después de haber padecido muchas tempestades y trabajos, son forzados a tornar a arribar a Mozambique y detenerse allí hasta Noviembre, y así llegan a Portugal en el mes de Abril del año siguiente.

Los peligros y trabajos que en esta navegación se padecen, son muy grandes y espantosos, así por el enfadamiento de pasar tanto tiempo en el mar, como por los grandes temores y muchas incomodidades que comúnmente se pasan.
La 1ª incomodidad es de los lugares y cámaras ; porque aunque las naos son grandes y poderosas, como van cargadas de mercadurías y de gente, y de grandísima cantidad de agua y mantenimientos, que basten para viaje tan largo, quedan los lugares tan estrechos, que la gente común está toda desacomodada, durmiendo y estando todo el día y toda la noche al sol y frío en el combés de la nao ; y la gente noble tiene unas camaritas tan estrechas y bajas y pequeñas, que apenas pueden caber en ellas.

La 2ª incomodidad es de los mantenimientos, especialmente para la gente común, porque, aunque S. A. provea liberalmente a todos, dando para cada día una cierta cantidad de bizcocho, carne, pescado y agua y vino, con lo que un hombre podría pasar su vida, todavía como todo es crudo y salado, y los soldados no tienen vasijas para lo concertar sino muy incómodamente, no se puede decir lo que padecen.

La 3 ª es de los vestidos, en que no poco padece la gente común; porque como la mayor parte de ellos son pobres y nuevos en tal viaje, vienen de todo desapercibidos, y los pocos vestidos que traen se rompen y consumen en tanto tiempo; por lo cual después, pasando por lugares muy fríos, padecen grandemente así frío como muchas inmundicias.

La 4ª incomodidad es de las calmerías, que como pasan dos veces la línea equinoccial, debajo de la cual (especialmente por Guinea) se detienen las naos algunas veces por cuarenta, cincuenta y sesenta días, sin poder andar un solo grado adelante por falta de viento; en este tiempo están los hombres destilando de sí un perpetuo sudor, que con tanta estrechura, calor y falta de todo género de refrigerio, no se puede declarar lo que se padece.

La 5ª incomodidad, que es la mayor de todas y que más se siente ordinariamente, es la falta de agua ; porque los que no tienen comodidad para la traer por sí en sus jarras, aunque sean proveídos con la regla común que cada día se les da, en mucha parte del viaje es tan podrida y hedionda, que no se puede sufrir su olor, y comúnmente ponen un lienzo en la boca cuando beben para que quede en él la corrupción que tiene el agua, y puedan beber el agua no la viendo. Y fuera de ésto, como toda se da de una vez, y muchos, o porque no tienen vasijas en que guardarla, la pierden, o porque vencidos de la sed presente, la beben luego toda junta, se quedan después todo el día muriendo de sed.

La 6ª incomodidad es de las dolencias, que son tan ordinarias y frecuentes, como es necesario haber, donde se padece tanto por tanto tiempo, las cuales van acompañadas de otras mil incomodidades, porque no tiene hombre refrigerio ninguno para alivio de su trabajo: que, aunque S. A. manda en cada nao un cirujano con su botica y provisión para los dolientes, no ay cosa que baste para tan grande viaje y para tanta gente; y así todo es poco y mal concertado y que presto se acaba. Y estas dolencias tanto son más graves, cuanto la mayor parte de ellas es debajo de la tórrida zona, donde son grandísimos los calores que se padecen. De todo lo dicho se ve cómo son grandes los trabajos de esta navegación.

Pues no son menos graves los continuos y temerosos peligros, que en este viaje se ofrecen, de los cuales pondré aquí solamente algunos, los más comunes y ordinarios. Él es el peligro y contraste de las tempestades, las cuales son tan furiosas y grandes y duran por tanto tiempo, especialmente en el paraje del Cabo de Buena Esperanza que muchas veces, con ser las naos tan poderosas y grandes, se las traga el mar, perdiéndose ellas con toda la gente y otras veces con la fuerza de los mares se abren las naos, siendo nuevas y las más fuertes que se hacen por ventura en todo el universo ; y otras veces son forzados a dar en la costa, y a desgarrar y ir a islas despobladas y no conocidas, en las cuales salvándose la gente, aunque se pierden las naos, mueren después o de hambre o de otros desastrados acontecimientos, de los cuales se leen muchos en las historias de Portugal tan lastimeros, que no se pueden contar sin mucho sentimiento.

El 2ª peligro es de los bajos y restingas, que tiene en un continuo temor toda la gente ; porque aunque van las dichas naos proveídas de pilotos, maestros y otros oficiales muy prácticos y excelentes, todavía, porque acontece navegar muchos días sin tomar sol, con grandes nieblas, obscuridades, lluvias y tempestades y tormentas, pierden los hombres el tino, sin poder saber muchas veces el lugar y puesto donde están ; y así, cuando menos se catan, sienten dar la nao en un bajío o estar tan cerca de él, que es cosa pasmosa y mortal para los que allí se hallan.

El 3º peligro es de fuego, que no menos se teme que las tormentas, el cual, si de veras se enciende en la nao, no tiene remedio ; y aunque se acostumbra tener suma vigilancia para evitar este peligro del fuego, como la confusión de la gente es tanta, y en tanta multitud siempre hay muchos que se descuidan, y el camino es tan largo, y la nao va con tanta pólvora, y todo es bitumen brea y pez, a las veces acontecen desastres muy grandes, aun de descuidos muy pequeños.

El 4º peligro es de los cosarios franceses que van corriendo por los majes de las islas Terceras con muchas naos juntas y poderosas, y encontrándose donde tengan comodidad de hacer presa, procuran robar lo que pueden : y aunque las más veces llevan lo peor con las naos de los portugueses, todavía no dejan de causar mucho temor y enfadamiento ;y aun, con la mucha ventaja que llevan, toman alguna de ellas ; y como son ladrones y herejes usan de muchas crueldades, como hicieron en el año de 1570, que en una nao que iba para el Brasil, mataron, entre otros, cuarenta de los nuestros entre Padres y Hermanos, por decir que eran católicos y que contradecían a sus herejías, los cuales iban todos juntos y en el año siguiente mataron otros doce en un navío que tomaron, por el mismo respecto.

El 5º peligro es de la falta de agua ; porque a las veces de- teniéndose las naos más de lo acostumbrado en el camino por diversos contrastes e impedimentos, falta el agua de tal manera, que muchos mueren de pura sed, padeciendo gravísimos tormentos ; y a muchos otros acontece, por la grande sed que padecen y por comer siempre cosas saladas, hinchársele de tal manera las encías que le salen muy fuera de la boca, criándose en ellas unas carangas que, podreciéndose, causan mucho tormento ; y con el grande dolor que dan no pueden los enfermos comer, de que algunas veces mueren

El 6° peligro es de la muerte, que es tan presente, que muchas veces acontece, con las graves enfermedades que corren, morir la mayor parte de la gente ; y por la grande mortandad y pestilencia que en ellas da, de que a las veces mueren en una nao doscientas, trescientas y cuatrocientas personas, suelen quedar las naos destrocadas y solas, que aún no les queda gente para su gobierno de ellas : y ver cada día echar hombres a la mar, especialmente estando casi todos flacos y dolientes, es cosa lastimosa. Mas con todos estos y otros peligros que se ofrecen, es cosa de maravilla ver la facilidad y frecuencia, con que se embarcan para la India los portugueses: porque, como está dicho, parten cada año de Portugal cuatro o cinco naos cargadas de ello ; y muchos se embarcan, como si tuviesen de ir de allí a una legua, con una camisa, y dos panes en la mano, y con un queso y una caja de mermelada, sin otra alguna manera de provisión.

No bastaron los peligros y incomodidades de este viaje para mover al Padre a proveerse de otra manera de lo que se dijo. Embarcó, pues, en la nao del gobernador Martín Alfonso de Sosa a los 7 de Abril del año de 1541 con otro Padre, italiano, su compañero, llamado Micer Paulo, y un Hermano novicio, portugués, que nuevamente avía entrado en la Compañía. Y en esta navegación se ofreció muy buena ocasión al P. M. Francisco y a sus compañeros de dar muestra de la paciencia y caridad que tenían, curando los enfermos y ayudándolos a bien morir, socorriéndolos lo mejor que podían en sus necesidades corporales y espirituales, consolándolos y lavándolos y limpiándolos con sus propias manos de todas aquellas inmundicias y malos olores, que pasan por los enfermos mayormente en tanta estrechura e incomodidad de lugar y en tiempo de semejantes enfermedades y muertes; lo cual todo se hace en esta navegación con mucho mayor mortificación y trabajo de lo que en curar los enfermos en los hospitales se padece por las incomodidades, aprieto, multitud de los dolientes y falta de todo lo demás necesario, como está dicho, especialmente debajo de la línea equinoccial y de la tórrida zona, donde son mayores las enfermedades y más frecuentes las muertes por los excesivos calores de aquel lugar ; y aun no teniendo que hacer, apenas pueden vivir; y por eso el servir en este tiempo, con tanta incomodidad y estrechura tan grande número de dolientes, es trabajo incomportable; más la caridad y paciencia grande del P®. M. Francisco era más poderosa que todas estas dificultades. En este oficio de servir a los dolientes fue grandemente ayudado del P®. Micer Paulo, el cual era muy inclinado a socorrer a los necesitados y enfermos y servir en los hospitales.

Asimismo enseñaban la doctrina a los niños y esclavos, y predicaban a los portugueses; y finalmente gastaron todo aquel tiempo en continuas obras de misericordia y caridad, con ejemplo de grande humildad y paciencia, especialmente el P®. M. Francisco, que se trataba con tanto desprecio, que más parecía un grumete de la nao que un hombre de tanto crédito, haciendo los más bajos oficios que se hacen en ella, lavando él por sus manos su misma ropa y la de los dolientes, y tratándose de tal manera, que (como él mismo decía) la lo mayor parte del tiempo de esta navegación tuvo por cama una maroma y con esto, y con la grande prudencia y suave modo de tratar que el Padre tenía, le fue cosa muy fácil hacerse en cierta manera señor de los corazones de todos, dejando a sus hijos (que lo avían de seguir en la India) dibujado el modo 15 que habían de tener en esta navegación, el cual guardan hasta ahora. Y vino con esto a tener tanta opinión y concepto entre los portugueses, que era de todos tenido y reputado por santo.

En la conversación era fácil y muy alegre, de tal modo, que bien mostraba en el rostro la paz y serenidad que tenía en su alma; y fácilmente entraba y trababa conversación con cualquier suerte de gente, haciéndose con mucha prudencia y caridad «omnia ómnibus ut omnes lucrifaceret»; de tal manera que, aun los hombres metidos en grandes pecados y que aborrecen la conversación de justos y religiosos, conversaban y trataban con el P®. M. Francisco de buena gana; y así los iba él aprovechando, que en breve tiempo se hallaban muy trocados de lo que primero eran. Finalmente con este suave modo de tratar vino a ser tan amado y tenido de todos, que en cierta manera hacía de ellos lo que quería; y con esto hizo (como veremos) en toda la India notabilísimo provecho, y dio grandísimo nombre y crédito a la Compañía, siempre en vida y en muerte estimado y llamado por santo.

Cuanto al comer y vestir se trataba pobre y simplemente no mostrando en ninguna cosa singularidad, antes viviendo una vida común ; de manera que más parecía cualquier hombre del pueblo, que persona de tanta estima y de tan santa vida ; mas con esto se veía en todas las cosas cuán lleno estaba de Dios, y cuán humilde y templado era, y que todo lo que hacía era para mayor gloria divina ; y lo que comía era para sustentar la naturaleza y fuerzas corporales, tan necesarias , para lo que en servicio de Dios él pretendía y para ayuda de las almas y porque como su vida fue siempre una perpetua peregrinación llena de muchos trabajos, como veremos, comía de lo que le daban, aunque su ordinario era comer de una cosa , sola, que fuese suficiente a sustentar sus fuerzas corporales; y por muchos años no bebió vino hasta que la edad y los trabajos corporales que padeció, le dieron a entender que debía usar de un poco de vino bien aguado: y solía decir muchas veces, que deseaba que los sacerdotes y religiosos se abstuviesen del vino, si no fuese bebiendo algún poco por necesidad ; porque decía que el vino hace hablar muchas veces más de lo que conviene, y descubrir muchas cosas que se debían guardar en secreto, fuera de otros muchos males que suele hacer, inflamando la carne con su calor y causando muchos pensamientos deshonestos y desordenados.

Este viaje de Portugal a la India, que de suyo es trabajoso, lo fue mucho más cuando vino el P.® M. Francisco, porque aquel año partieron las naos muy tarde, y por eso hallaron muy grandes contrariedades de vientos y calmerías ; y no fue posible pasar el mismo año a la India, porque se acabó el tiempo de navegar por aquellos mares, y fueron forzados a invernar en Mozambique que es una isleta en la costa de la Cafrería seiscientas leguas más acá del Cabo de Buena Esperanza y novecientas leguas antes de llegar a Goa, en la cual isla S. A. tiene una fortaleza, y comúnmente llegan a ella las naos que vienen a la India, para tomar refresco, donde se detuvieron cerca de seis meses esperando el tiempo de navegar para Goa.

En este tiempo no tuvieron los Padres menor ocasión de ejercitar sus talentos que en la mar, por ser aquella isla muy enferma, y adolecer y morir en ella más portugueses que en el mismo viaje: y por esto, más tomaron los Padres doblado trabajo que algún reposo y refresco, saliendo a tierra, porque se aposentaron en el hospital que allí sustenta S. A. con mucho gasto, para proveer a los que llegan dolientes y a los que enferman allí : y como aquel año cargó grande número de líos, fue tan grande el trabajo que padecieron, especialmente el P. M. Francisco (que comúnmente solía dormir junto de las camas de los que estaban más enfermos para les acudir), que de puro cansancio adoleció de una grave enfermedad, en la cual fue muchas veces sangrado : y aunque muchos portugueses, sus devotos, lo importunasen con grande instancia para lo llevar a curar a sus casas, nunca quiso, por no perder el merecimiento de ser curado y tratado en el hospital como pobre. Finalmente, después de convalecido, queriendo el Gobernador llegar a la India antes que las otras naos, se embarcó en un galeón que ordinariamente parte de allí para Chaul, fortaleza de S. A. en la India, y llevó consigo al P.® M. Francisco : y pasando por Melinde fueron a dar en la isla de Qocotorá donde viven unos pueblos que se llaman cristianos, y dicen que fueron bautizados por S. Tomé aunque más lo son de nombre que de otra cosa, por no tener ya casi ninguna cosa de cristianos, por estar debajo del señorío de moros y vivir como gente bruta ; de los cuales tuvo el Padre tan grande compasión, que con S. A. y con los virreyes de la India los procuró muchas veces de ayudar : y por 10 el tiempo se enviaron allí dos Padres, que en dos años que ahí estuvieron, padecieron muchos trabajos y dolencias muy graves, por ser tierra enferma y carecer de todo remedio y ayuda humana, de los cuales uno murió allí, y otro medio muerto fue llamado de nuevo a la India, no se pudiendo allí hacer nada por la poca capacidad de aquella gente, como en otra parte por ventura diremos.

Finalmente a seis de Mayo del año siguiente de 42 llegó el Governador con el P.® M. Francisco a Goa y de ahí a pocos días llegaron los compañeros que con las naos venían, y todos juntos fueron a vivir en el hospital sirviendo a los dolientes En este tiempo y de esta manera fue vista y conocida la primera vez en Goa gente fe la Compañía, en la cual ciudad se dio principio a lo mucho que después se hizo por ella en todas las partes de Oriente.

De algunas cualidades y costumbres de los indios orientales.
Cap. 4.


Aunque por este nombre de India solamente se llama propiamente la costa que va corriendo desde la ciudad de Dio hasta el Cabo de Comorín , que son cerca de doscientas y cincuenta leguas, y solamente contiene en sí algunos reinos de malabares, camarines y algunos otros más pequeños, hasta Camboya ; más tomando este nombre como se toma comúnmente en Europa, contiene la India en sí tanta y tan grande diversidad de provincias y reinos, que no se puede entender sino por quien anduvo por parte de ellos ; porque conforme a lo que entienden comúnmente los hombres que están en Europa, con este nombre de la India comprehenden todas estas partes, que a ellos son orientales, y de esta manera se entiende por infinitas tierras ; porque llega hasta Persia y Etiopía por una parte, y por otra incluye los reinos de Bisnagá, de Pegü, de Bengala y de Siam, y passa a Malaca y Maluco, y llega hasta la China y Japón, que es cosa infinita.

Y por todas estas partes ay innumerable multitud de provincias y reinos muy grandes y poderosos, unos de gente blanca , otros de color baja, y otros morenos, que difieren grandemente entre sí, y de los unos a los otros ay grandísima distancia y grande diversidad de climas, cualidades y costumbres, de lo cual todo sería cosa infinita tratar ; y aunque fuera cosa gustosa y curiosa, no pertenece a la materia de nuestra historia : más porque verán a propósito tratar a su tiempo de algunos de estos reinos, por los cuales se fue dilatando la Compañía procurando la conversión de las gentes, ahora solamente diremos alguna cosa de las cualidades y costumbres de los que propiamente están en la costa de la India.
Esta región es toda habitada de gente de color baja, porque está de los siete hasta los veinte y veinte y un grados del norte; y por eso en todo el año hay verano y calores continuos, como los hay en el mes de Julio y Agosto en Europa ; 20 más todavía es ayudada de mareas y vientos, que comúnmente corren, y de las lluvias que a sus tiempos hay.

Es tierra fértil, habitable y cómoda. Toda aquella costa está repartida en diversos reinos de varias naciones y diferentes lenguas, de manera que no se entienden los unos con los otros, y es toda señoreada de reyes gentiles y moros Los gentiles señorean de aquella parte que está de Goa para el sur y los moros de la otra parte que va para el norte, aunque por la costa de algunos de estos señores gentiles ay grande número de moros que les son sujetos, los cuales, por diversas comodidades que hallaron en aquella tierra, se aposentaron por toda aquella costa ; así como en las tierras, que en la parte del norte son señoreadas de los moros, hay grande cantidad de gentiles, porque los moros son advenedizos que por industria y fuerza se lo hicieron señores de aquellas naciones.

Entre los moros y gentiles hay mucha diferencia no solamente cuanto a la ley, más cuanto a las costumbres y modo de vivir. Más porque los moros son advenedizos, como está dicho, que vinieron de Meca o de Persia, aunque después tomaron su secta muchos de los naturales de la India, no trataremos ahora de ellos, porque corren con las costumbres y ceremonias comunes a los demás moros, más diremos alguna cosa de los gentiles y naturales de la India.

Es universalmente esta gente (la cual es sobre lo prieto 20 y andan medio desnudos) despreciable y reputada por vil de los portugueses y de la demás gente de Europa ; y a la verdad, comparada con ellos, es de poco ser y poco primor, y gente que parece, como dice Aristóteles, de naturaleza producida para servir porque comúnmente es pobre, miserable y escasa, que por cualquier ganancia hacen muchas bajezas Con todo eso tienen ellos de sí muy contrario concepto, porque se estiman por gente noble y limpia : y cuando quieren loar mucho a los de Europa dicen que se parecen alguna cosa con ellos.

Tienen entre sí sus grados de dignidades y preminencias y su manera de gobierno y policía, con la cual, como gente racional se sustentan y conservan en la paz y en la guerra ; porque hay entre ellos reyes y señores muy poderosos de dinero y de gente, que a las veces juntan muy gruesos ejércitos de sesenta y cien mil hombres de guerra, con poca costa y en breve tiempo, porque viven con poco, y tienen sus tierras repartidas con obligación de acudir a su costa al tiempo de la guerra ; /y en partes del Oriente hay tan grandes señores, que hacen ejércitos de quinientos y ochocientos mil hombres, y de un millón y más gente con mucha caballería, muchos elefantes, y con sus armas, que son comúnmente langas, espadas y rodelas, arcos y flechas ; aunque después que vinieron a la India los portugueses, en muchas partes hacen muy gruesa artillería y grande multitud de arcabucería , de pólvora y otras municiones para eso necesarias.

Debajo de estos reyes hay otros diversos señores, que son entre ellos de mucha autoridad y preminencia, los cuales tienen alguna semejanza con los condes y duques de Europa, aunque ellos se llaman por otros nombres porque tienen debajo de sí muchas tierras y mucha gente, y pueden matar y hacer de sus vasallos lo que quisieren, por lo cual son muy temidos y reverenciados de ellos : y así comúnmente los unos y los otros son tiranos, porque no tienen ley ni conciencia para dejar de tomar a sus vasallos lo que quieren : y así ellos son ricos y los vasallos muy pobres ; más por justica de Dios son cautivos de sus riquezas, viviendo miserable y bajamente; porque aunque tengan poder y fausto en algunas cosas, y mucho oro y riquezas, todavía en otras son tan miserables y tan bajos, que bien se les parece que son negros Andan así los señores como los demás hombres y mujeres medio desnudos, descubiertas las cabezas y descalzos, cubriéndose con unos paños blancos o pintados desde la cintura hasta las rodillas, quedando todo lo demás descubierto ; aunque algunos, especialmente los que viven entre moros, se cubren con sus vestidos de algodón blanco o pintado todo el cuerpo : mas parte por la grandeza del calor, parte por la costumbre universal en todas estas partes del Oriente, aun los que andan más vestidos no reparan en desnudarse y andar buena parte de su cuerpo descubierto.

Y así los hombres como las mujeres acostumbran comúnmente en toda esta costa de la India traer colgadas de las orejas sus garcillos de oro, plata o latón conforme a la cualidad de la gente; y las mujeres, aun fuera de estos, traen unos garcillos colgados de las narices, y en los brazos sus manillas de oro o de latón y aún muchas traen sus ajorcas en los pies, y los dedos traen con muchos anillos. Los hombres traen el cabello largo, que atan encima de la cabeza, y los que lo rapan, dejan a lo menos una guedella de él, que es como un manojito de cabellos que quedaron por cortar en la cabeza. Y los que están de Goa para el sur, que son malabares así hombres como mujeres, traen las orejas hechas de tal manera, que casi llegan a los hombros, porque, agujerándolas por la parte más baja, van ensanchando poco a poco el agujero con unas invenciones, tanto que vienen a quedar muy largas y colgadas, y tienen ellos esto por mucha honra.

Sus casas son bajas, sin ningún alto, y de muy poca costa, cubiertas de hojas de palma, que es un árbol el más provechoso, que por ventura se halla en el mundo para servicio de los hombres, porque de él hacen vino, vinagre y aceite, lo y su manera de azúcar, que llaman jágra y de él se ayudan mucho para su mantenimiento comiendo la fruta que da, fresca y seca, y conciertan con la leche o grumo de él la mayor parte de los comeres que hacen. Dé el también hacen sogas, maromas y esteras, de que se sirven para velas de sus navíos y para sus casas: dé el hacen sus casas retejándolas, o por mejor decir cubriéndolas de sus hojas y de las mismas hojas se sir- ven para escribir, en las cuales escriben con unas plumas de hierro, y ensartándolas en un cordel las juntan, y de esta manera hacen sus libros.

El mantenimiento común de todos ellos y de todo este Oriente es arroz que sirve en lugar de trigo, el cual, aunque lo hay en muchas partes y se ayudan de él, todavía no lo tienen en la cuenta que nosotros por proprio mantenimiento, más el arroz les sirve de pan con el cual comen los demás manjares que de carnes, hierbas o pescados hacen.

Es gente bien criada entre sí, aunque sus cortesías y ceremonias son diferentes de las que se usan en Europa ; y así, aunque a los nuestros parecen descorteses por la contrariedad de costumbres, entre sí usan de mucha crianza y cortesía, a su manera, la cual saben y guardan todos mucho mejor que hacemos nosotros ; y así de ellas como de las demás cosas, en que pusieron su honra, hacen muy grande caso ; mas no tienen cuenta de la honra de las mujeres como es razón y se tiene en Europa, antes son viciosos comúnmente y malos y sobremanera mentirosos; y tienen tan estragadas sus conciencias con la mala vida que hacen, que del todo parece estar en ellos apagada la lumbre natural y el remordimiento de la consciencia. Con todo esto sus señores gobiernan de tal manera que, siendo solamente ellos los tiranos y ladrones, no permiten que los haya en sus tierras, por lo cual viven todos entre sí pacíficamente.

Están todos repartidos por sus castas o generaciones de la más extraña manera del mundo; porque no solamente están divididos entre sí, como lo estaban los hijos de Israel, en tribus, más tienen otras mayores divisiones y ceremonias con sus grados y preminencias, que una casta es mayor y de más dignidad que otra, hasta la más vil y baja gente de la tierra: de tal manera que no solamente no se pueden en ninguna manera casar, ni trabar parentesco una casta con otra, mas no se pueden tocar, ni comer juntos, ni estar en un mismo lugar ni entrar los unos en las casas de los otros, especialmente cuando hay mucha diferencia entre las castas.

Y así tienen entre sí una manera de no se comunicar, la más extraña que se puede imaginar ; tanto que llegan algunas castas a no poder pasar por las calles en el tiempo que las otras pasan, antes de muy lejos se han de apartar y huir, dando lugar a los más nobles que pasan, teniendo acerca de esto tantas ceremonias y supersticiones y guardándolas tan estrechamente, que es cosa lo espantos; porque es de maravillar cómo niños y de tan poca edad pueden saber ni guardar entre sí esta suerte de incomunicación y de ceremonias ; las cuales todos infaliblemente guardan, sim poder hacer menos, porque fuera de ser severísimamente castigados de sus reyes, pueden ser apaleados y heridos, sin ninguna pena, de aquellos a quien no guardaron la debida cortesía por lo cual se saben y guardan entre ellos sus costumbres de manera que no hay errar en ellos y los que se juntan, o comen, o hacen otras cosas prohibidas con gente de otra casta más baja, pierden la suya y quedan, como dicen ellos, empolvados y contaminados, de suerte que son aborrecidos de sus mismos hermanos y parientes y mujeres, y pierden todo el ser que antes tenían, y no pueden en cosa ninguna comunicar con ellos ; y para haber de tornar de nuevo a cobrar su casta han de hacer muchas penitencias y gastos.

Y no solamente hay esta división de las castas, mas también la tienen acerca de los oficios y artes mecánicas, porque no pueden todos hacer el oficio que quieren, sino que también tienen repartidos los oficios por castas, de manera que unos son sastres, otros herreros, otros carpinteros, otros labrado res, otros pescadores, otros lavanderos y otros soldados, y así de los demás oficios ; y todos los que son de aquella casta han siempre de usar aquel oficio y no otro, de manera que nunca pueden subir a otra dignidad ni otro oficio, que al que es proprio y natural a su casta: lo mismo guardan las mujeres, las cuales tienen más cuenta con el comer y con tener limpia su casa.

Es comúnmente de poco entendimiento esta gente, por ser ruda y que ninguna manera tiene de ciencias especialmente de las cosas de la otra vida se aunque hay muchos entre ellos, que saben mucho y son de muy delicado entendimiento, mayormente en las cosas que tocan a sus intereses, y todos sus pensamientos son en comer y en cosas de la tierra: algunos hay lo también, que saben alguna cosa de astrología y medicina y saben tan a punto los eclipses como nosotros. Comúnmente saben escribir, y componen sus libros de historias y de canciones en prosa y verso ; y finalmente es gente que, aunque comparada a los de Europa son viles y bajos, todavía son hombres racionales, que se saben gobernar y regir bien a su modo, y tienen su manera de saber y policía : y después que se hacen cristianos, si son bien cultivados, son capaces de enseñanza y doctrina : más porque este capítulo es muy largo, trataremos alguna cosa de sus leyes y ceremonias en el que se sigue.

Cap. 5.

Entre estos indios la más principal y honrada casta es la de los brahmanes los cuales son entre ellos muy reverenciados y estimados, porque son los más poderosos y nobles por la autoridad real y sacerdotal que tomaron ; porque ordinariamente, entre los gentiles, donde esta casta está (como los hay en toda la India y en otros muchos reinos orientales), ellos son los reyes y señores que mandan la tierra, y ellos mismos son los que tienen cuidado de la religión y culto de los ídolos, y los que sirven y administran sus templos, de manera que por la dignidad temporal y espiritual que tienen son en todas las partes estimados y poderosos.

Y porque no se lo pueden servir en sus casas sino de brahmanes, por no contaminarse con los otros, tienen entre sí diversos grados, en los cuales tienen repartidos sus oficios; por lo cual, aunque unos sean más ricos y más honrados que otros, todavía los más bajos entre ellos son más honrados que todas las otras castas.

Y todos estos brahmanes son muy templados en su comer; porque ninguno de ellos, aunque sea rey, puede comer ninguna manera de carne o pescado u otra cosa viva, ni pueden beber vino ; y todos tienen muchos ayunos, sustentándose con arroz, leche, frutas y hierbas, y otras cosas semejantes. Son de muy delicado ingenio y muy hábiles cuanto a lo que toca a sus tratos y negocios de la tierra. La suma de la religión de estos y de todos los demás indios es, que hay un señor, al cual ellos dan todos o casi todos los atributos que nosotros damos al verdadero Dios, añadiendo ellos muchas monstruosidades y quimeras.

A este señor llaman Parabráma, y dan otros epítetos, con que significan que es cosa primera y perfecta, y que teniendo siempre ser por sí mismo, da el ser a todas las cosas; y este dicen que creó los cielos y la tierra ^con los elementos, y después, siendo invisible, se hizo visible, tomando forma humana: y deseando tener un hijo concibió con su deseo al primero, el cual echó por su boca y lo llamó Maéso: después deseando tener otro lo echó por el pecho, y a este llamó Visnú. Y no estando aún satisfecho, deseó tener otro hijo, el cual echó por el ombligo, llamándolo Brama: y habiendo ya producido de esta manera tres hijos, deseó tener una hija, mujer, la cual llamó Satín y la casó con Maéso su hijo ; y haciéndolo a él señor de sus hermanos le dio para lugar suyo el cielo que está inmediatamente debajo del cielo de Parabráma, dándole poder sobre los elementos para hacer de ellos lo que quisiese; y así, por la autoridad que su padre le dio, Maeso y su mujer hicieron de los elementos todas las criaturas que hay en el mundo, quedando con el señorío de ellas. Y a Visnú, hijo, dio el cielo, que está debajo del cielo de Maeso, con el cuidado y cargo de hacer justicia en el mundo, y de socorrer a los que estuviesen en necesidad.

Y a Brama, hijo, dio otro cielo debajo del cielo de Visnú, dándole la superintendencia de todos los sacrificios, ceremonias, lavatorios y culto, de que los hombres habían de usar; y de este descienden las castas de los brahmanes, los cuales, con estas falsedades y otras que añaden en la institución de su culto, engañaron a estos ciegos gentiles y tomaron entre ellos el lugar de suerte que, habiendo Parabráma repartido de esta manera el gobierno del mundo a sus hijos, los deja gobernar a su modo, quedándose él descansando en reposo de tres personas a los cuales atribuyen una misma divinidad, adorándolos por tres dioses; y a su honra hacen muchos templos con tres torres, que se rematan en ángulo agudo.

Y todos los brahmanes traen un cordón al cuello, que pasa por debajo de un brazo atravesando los pechos el cual es de tres hilos atados con un nudo para significar la unión que en la divinidad tienen estos tres dioses ; y así los gentiles, conforme al mando que cada uno de estos tres tiene en el mundo, acuden a él en sus necesidades ; y olvidados en cierta manera de Parabráma, como de quien vive apartado y no tiene cuenta con el mundo, no hacen ninguna mención de él a lo menos la gente común.

Dicen más, que Visnú, a quien pertenece hacer justicia y acudir a las necesidades del mundo, bajó a la tierra muchas veces para salvar a los hombres, tomando muchas especies y figuras, ora de hombre, ora de brutos animales los cuales por respecto de él adoran en su propia figura; y de aquí nacieron muchas diversidades de ídolo que ellos llaman pagodas de los cuales y de los demás hijos de Parabráma cuentan tantas cosas ridículas y fabulosas, repugnantes a todo sentido y razón, y tantas historias y transformaciones sucias y deshonestas, que exceden a las que cuenta Ovidio en su Metamorfosis, de manera que parece cosa imposible hombres de razón y discurso poder creer cosas tan imposibles y monstruosas como ellos creen.

En lo cual por cierto se echa mucho de ver cuán grande es la gracia y luz que los cristianos recibimos de Dios, sin la cual es averiguado que semejantes mentiras se encajarían como verdades en nuestros entendimientos, así como se encajaron en los griegos y en los romanos, que eran tan discretos y sabios, y ahora son creídas de los japoneses, chinos y otras muchas naciones de grande entendimiento y juicio natural.

A honra de estos sus dioses hacen en muchas partes templos de piedra muy suntuosos y ricos, entre los cuales hacen algunos muy grandes, que llevan mucho artificio, todos de piedra de sillería labrada y juntada de tal manera, que hacen con manera de cal, tan limpios y tan fuertes, que en ninguna manera se puede imaginar la hechura de su obra ; porque están las piedras tan justas y encajadas unas con otras, que parecen pegadas con cal ; más son sueltas y desatadas, sin ninguna manera de bitumen, que cierto es cosa para ver, y gusté yo mucho de los ver muchas veces Mas aunque sean sus templos grandes y hermosos por de fuera, están todos hechos por dentro de tal manera, que muestran bien el amo cuyos son, porque todos son oscuros, melancólicos y feos, y sus ídolos y figuras mal hechas y monstruosas, llenas de mal lo olor por el aceite con que los untan. Y tienen los templos al derredor de sí diversas casas de malas mujeres, que son bailadoras consagradas a sus ídolos, con las cuales solemnizan sus nefandas y sacrílegas fiestas bailando y cantando y dándose a toda deshonestidad con los romeros y peregrinos, que visitan los dichos ídolos.

Tienen estos indios, y universalmente todos los demás gentiles, algunas cosas las más extrañas y espantosas que se pueden decir, las cuales, siendo muy arduas y repugnantes a todo ser natural, las hacen ellos tan fácilmente, que se muestra bien cuánto puede entre los hombres el apetito de la honra y la costumbre. Una de ellas es, que los brahmanes y otras muchas castas en muchos reinos tienen por costumbre y por ley que, cuando ellos mueren, son obligadas sus mujeres a quemarse vivas, o con ellos juntamente, o a cabo de los ocho días; y para esto hacen una grande hoguera, en la cual, lo mejor ataviadas y vestidas que pueden, en presencia de todo el pueblo (que a este espectáculo concurre) se echan vivas; y luego acuden los parientes y amigos más queridos echando en la hoguera aceite, brea y otras semejantes misturas, para que se quemen más deprisa, y con esto quedan ellas santificadas y sus parientes honrados. Y en muchas partes hacen lo mismo las mancebas que tienen los señores, y muchos de sus criados, para mostrar al mundo el amor que le tienen. Y puede tanto, como digo, esta antigua costumbre, que hacen esto con tanta facilidad, que más parece ir a bodas que a morir; porque muy vestidas y ataviadas, bailando y cantando, con músicas de mucha alegría caminan para la hoguera, y despidiéndose de sus parientes y conocidos, con mucha prontitud y ligereza se lanzan por sí mismas en ella. No es menos espantosa cosa ver las crueles penitencias que muchos hacen de su propia voluntad que bien nos pueden dar a nosotros materia de mucha confusión y vergüenza; porque de más de las abstinencias grandes, de que arriba tratamos, y de los rigores que en muchas cosas tienen, llegan a tal término muchos de ellos, que en los días de sus fiestas, a las cuales concurre infinidad de gente popular, se cuelgan delante de todos en alto con unos ganchos de hierro, que meten dentro de los lomos, y así colgados (con que sólo verlos basta a dar tormento), muestran ellos tan poco sentimiento, que están dando vueltas al rededor, cantando y diciendo diversas cosas en loor de sus ídolos, como si no tuviesen dolor ninguno : y otros, pasando más adelante, están así colgados y cortan con sus propias manos pedazos de su cuerpo, los cuales, metidos en las puntas de unas flechas que para eso tienen, tiran con un arco cuanto pueden para lo alto, y los que llegan a alcanzar algún pedazo de aquella carne la estiman y reverencian como reliquias muy grandes.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mar Ene 03, 2017 12:06 am 
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Otros hay que, como en ciertas fiestas suyas llevan sus ídolos en unos castillos muy altos sobre unas cuatro o seis ruedas muy grandes, cuando pasan corriendo con grande ligereza por las calles, ellos, para alcanzar perdón de sus pecados y ser tenidos por santos, de su grado y voluntad se echan tendidos delante de aquellos carros, para que, pasando por encima dellos, sean molidos y hechos pedazos. De estas penitencias y otras semejantes que hacen se ve cuánto puede en esta gente el deseo de la honra y codicia.

Otra cosa hay en esta costa de la India, que va de Goa hasta el cabo de Comorín, que no es menos espantosa, la cual es particular de esta costa, y es, que hay entre ellos una casta de gente, que llaman naires que después de la de los brahmanes es la más honrada, porque propiamente son caballeros y gente de guerra (que los brahmanes no pelean, sino entienden en otras cosas), los cuales son muchos en cantidad, porque hay rey que debajo de sí tiene más de ciento y cincuenta mil de ellos ; y están debajo de diversos capitanes, con los cuales el rey tiene repartidas sus tierras, con obligación de le acudir con tantos soldados de guerra. Entre estos, pues, hay una obligación la más extraña del mundo, que es, que, sucediendo por alguna manera matar a su señor o a el rey a quien sirven, o hacerle alguna afrenta notable, son todos por ley y por costumbre obligados a hacerse (como ellos dicen) amocos, que quiere decir, gente desesperada y ofrecida a morir por vengar la injuria de su señor: y hechos de eta manera como endemoniados, se meten por las tierras de los que mataron o injuriaron a su señor, y queman, matan y asuélalo todo, sin perdonar a mujer, niño, ni otra alguna criatura racional ; y sin temer ningún peligro, ellos mismos se meten por las lanzas y espadas de los enemigos hasta matar a los enemigos o morir ellos : y hacen esto ellos con tanta facilidad y prontitud, lo que si su señor, heredero del difunto, o el rey, que es superior a todos, no los detiene, mandándoles que no hagan tal cosa, no descansan de hacer mal hasta morir ; más pareciendo a su señor que no vayan a morir todos, van los que él manda, y quedan todos los otros con la misma obligación de morir cuando su señor quisiere: y son en esto tan puntuales, que entre cien mil no se hallará uno que deje de hacerlo así.

Y por esta costumbre son aquellos reyes y señores de aquella tierra, que llaman malabares, tan estimados y temidos, que, aunque sean entre sí crueles enemigos, no solamente no se matan los reyes aunque puedan, más como se sabe y conoce el lugar donde el rey está alojado en el campo, huyen los enemigos, y temen grandemente de tirar con arco o arcabuz para aquella parte, por el temor que tienen de herir a el rey, con lo cual se hagan después amocos los suyos. Y para ser conocidos los reyes traen consigo, cuando van a la batalla, un sombrero en alto, con el cual todos entienden que allí está la persona del rey.

Son también estos naires los más valerosos y diestros en las armas, de cuantas naciones hay entre estos negros: porque no tratan de otra cosa que de sus armas, las cuales llevan siempre consigo por la ciudad y por el campo ; y están todos de tal manera repartidos, que todos tienen su particular y determinada manera de armas, en la cual se ejercitan y hacen diestros cuanto pueden, aprendiendo a jugar de ellas, para lo cual tienen sus maestros de esgrima, a los cuales estiman y honran mucho, y fuera de aquellas armas, que son propias suyas, no usan ni saben usar de otras ; de manera que unos se sirven solamente de espada y rodela, otros solamente de lanza, otros no saben sino tirar arco y flecha, y otros solamente con escopeta, y así hacen lo que es de su proprio ejercicio muy diestramente.

Y son muy ligeros, valientes y soberbios, de manera que desestiman y tienen en poco a todos los otros, aunque la experiencia les mostró muchas veces de cuánto mayor esfuerzo y valor son los portugueses, y así los temen ahora. Para estar estos naires más prontos y desembarazados para la guerra tienen por costumbre universal de no se casar propiamente más sus mujeres quedan mancebas, sueltas y libres para hacer de sí lo [que] quieren; de la cual costumbre tomaron ocasión para hacer otra ley, que es entre ellos no heredar los hijos las haciendas de sus padres, más en lugar de los hijos heredar los sobrinos, hijos de sus hermanas ; y dan por razón a esto, que los hijos que de sus mujeres nascen no saben si son sus hijos, más saben de cierto que los sobrinos son hijos de sus hermanas. Aunque estos tengan otras costumbres y cosas que pueden espantar, bastará lo dicho para tener alguna noticia de los pueblos de esta India.

Del poder y señorío que el Rey de Portugal tiene en la India y de la real ciudad de Goa.
Cap. 6.


Aunque, como está dicho, la India es señoreada de reyes gentiles y moros, todavía es muy grande el poder y señorío que el Rey de Portugal tiene en toda ella; porque en toda la lo costa de la India tiene ciudades y fortalezas muy nobles y fuertes, habitadas de portugueses y naturales de la tierra, vasallos de S. A., con los cuales, y con las gruesas armadas que siempre envía, cercando y andando toda la costa, es absoluto señor de este mar de la India, de manera que los naturales no pueden navegar seguramente por él sin cartazos, que dicen, o licencia expresa por escrito, y sin pagar los debidos derechos a las fortalezas de S. A.; y con esto, y con las ciudades y fortalezas que tiene por aquella costa, tiene en cierta manera puesto un freno a todos los señores de la India ; de 20 manera que, o por amor, o por fuerza, todos procuran tener amistad con los portugueses, y mandan sus embajadores a tratar diversos negocios con el Virrey de la India.

Y porque sufren mal tener perdido este poder y señorío que primero tenían, y verse casi sujetos a S. A., procuran muchas veces, cuando se les ofrece ocasión, destruir el poder de los portugueses, haciendo muy grandes ligas entre sí, poniendo cercos a las fortalezas y haciendo crueles guerras por mar y por tierra: más porque siempre salieron mal del partido, quedaron destruidos y vencidos por Su Alteza, de manera que son forzados a procurar paz y amistad con los portugueses.

La 1ª y más principal ciudad que los portugueses tienen en la India, es la real ciudad de Goa, metrópoli de toda ella, que está en el medio de aquella costa, que, como está dicho, corre de la ciudad de Dio hasta el Cabo de Comorín. Está situada esta ciudad en una isleta, que tendrá cuatro o cinco leguas de circuito, a los 15 grados y medio del norte, de la cual isleta tomó su nombre esta ciudad, que la una y la otra se llama Goa. Es esta ciudad muy grande y populosa, habitada de portugueses y naturales de la tierra, muy noble y principal, así por los edificios, como por la gente, comercio y riquezas que tiene, de manera que con razón se puede igualar con las grandes y hermosas ciudades de Europa ; y ennoblécela mucho más estar allí el Virrey de toda la India con su consejo real, y el Arzobispo primado de toda ella con su clerecía, y ser cabeza de donde se gobiernan en lo spiritual y temporal todas las demás fortalezas y ciudades que S. A. tiene en este Oriente ; y también tener su puerto de mar, adonde vienen dirigidas las naos de Portugal, y concurren diversas naos con muy ricas mercadurías, que de varios reinos deste Oriente vienen. Y por esto y por estar toda la isla llena de aldeas de los naturales de la tierra, es ciudad muy bastecida, rica y llena de gente.

Era esta isla primero de un moro llamado Dialcán, que es muy poderoso y muy rico, y señorea toda la tierra firme y provincia de los canarines, que está en el contorno de Goa y se extiende para el norte más de cincuenta leguas ; mas por la industria y esfuerzo de los portugueses, especialmente del ilustre y famoso capitán Alonso de Albuquerque, fue conquistada y tomada dos veces por fuerza de armas ; y desde la postrera, que fue en el año del Señor de 1510, que la tornaron a tomar (con una victoria maravillosa y milagrosa, como se lee en sus crónicas), estuvo hasta ahora siempre debajo del señorío de los portugueses, con otras tres isletas que están cerca de ella.

Demás de esta ciudad, por la costa que de Goa corre para el Cabo de Comorín hacia el sur, que, como está dicho, es seño-reada de reyes gentiles, tiene S. A. otras siete fortalezas de doce o quince en quince leguas y entre ellas la ciudad de Cochín, que después de Goa es la mayor y más principal de todas que dista de Goa cien leguas: con estas fortalezas tiene puesto un freno a todos los reyes y señores de aquella costa, y se extiende su señorío y dominio adelante del Cabo de Comorín por la otra costa de él, que llega hasta Manar Nepatón y S. Tomé como veremos; y sobre todos, con ellas abajaron el poder y soberbia de Famorin, rey de Calicüt, que por el gran poder que tiene por mar y por tierra, con el ayuda de los moros que están por aquella costa, siempre fue el mayor señor entre los malabares, contra el cual y contra los moros que están en sus tierras tuvieron siempre los portugueses guerras continuas alcanzando muy grandes y señaladas victorias de ellos, con que quedó muy desbaratado y disminuido el poder de este rey; y ensalzaron mucho a otro rey su vecino, llamado el rey de Cochin, porque siempre fue fiel amigo de los portugueses; de manera que siendo antes pequeño lo señor y vasallo de Qamorin, ahora tiene casi tanto estado y poder como él, y, ayudado de los portugueses, que residen en la ciudad de Cochín, le hace perpetua guerra.

Asimismo por la otra costa, que corre de Goa hacia el norte, señoreada, como está dicho, de reyes moros, tiene Su Alteza adelante de Goa las ciudades de Chaü Bagaim Damán y Dio, y otros lugares pequeños con muchas aldeas, que tiene en la tierra firme cerca de Goa, y por la costa que va de Damán a Bagaín, que todas son muy fuertes y de mucho provecho para Su Alteza, con las cuales tiene reprimido el poder de los moros. Y demás de esto tiene en otras diversas provincias, muy apartadas y remotas de la India, otras ciudades y fortalezas muy populosas y ricas, como diremos en su lugar, las cuales conquistaron y sustentan milagrosamente los portugueses, extendiendo con su valor la ley de Dios, y la fama y gloria de su rey y de su nombre por todo este Oriente.

Y cierto, es cosa de que se puede espantar el mundo, que siendo la India de señores tan ricos y poderosos, con tantas armas, artillería y gente tan belicosa y ejercitada en la guerra, pueda S. A. en partes tan remotas sustentar el poder y señorío, y las ciudades y fortalezas que tiene en ella, y en otras 5 provincias y reinos remotísimos de este Oriente; de lo cual bien se puede entender cuán valerosa y fiel sea a su rey la nación portuguesa.

Y de todas estas ciudades y fortalezas no solamente tiene el rey muy gruesas rentas, con que sustenta la India, más saca lo mucho provecho cada año para Portugal con las naos que van de la India cargadas de mercadorías de grande precio, así por lo que rinden a S. A., como por el bien que a todo el reino se sigue de ellas. Y demás de esto todas las capitanías que el rey da en la India, así de sus fortalezas como de sus viaje (que cada año hacen sus capitanes a diversos reinos, con que tienen comercio), son tales, que los capitanes de ellas en breve tiempo se hazen muy ricos y tornan muy abastados para Portugal de manera que por ventura en toda Europa no hay ningún rey que pueda dar tan grandes premios y mercedes a los que le sirven, como da el Rey de Portugal : porque sin dar ninguna cosa de su hacienda, dando un viaje de un año, o tres de capitanía en las fortalezas de tierra, sacan los capitanes de ello 20, 30, 50 y ochenta mil ducados de ganancia ; y tiene otros diversos beneficios, que se dan comúnmente a los soldados, de muy grande provecho, con los cuales, conforme a los merecimientos y cualidades de cada uno, remunera a los que le sirven en la guerra.

Del estado en que estaba la India cuando llegó a ella el m. Francisco y de lo que en ella hizo.
Cap. 7.


Porque para saber cuánto hizo el P. M. Francisco importa mucho saber el estado y disposición en que halló la India, trataremos en este capítulo alguna cosa de esto.

Cuando llegó el P. M. Francisco a Goa no avía casi ninguna cristiandad entre los naturales de la tierra; más así ella como las otras islas sus vecinas eran todas habitadas de gentiles y moros, que vivían mezclados con los portugueses.

Y el estado de toda la India en aquel tiempo, cuanto a lo espiritual, era muy flaco, porque no había en toda ella más que un obispo sólo, que comúnmente residía en Goa, y de ahí gover- nava y proveía de clérigos, como mejor podía, todos los demás lugares y fortalezas de S. A.

Este se llamaba Don Joan de Albuquerque, religioso de la orden del B. S. Francisco, persona de mucha virtud y muy amigo del P.* M. Francisco y de la Compañía. Y aunque, como virtuoso y de santo celo hiciese lo que podía por dilatar nuestra sancta fe en la India, era tanta la falta de clérigos y religiosos y otros obreros que le pudiesen ayudar conforme a su deseo, que ni aun podía proveer bastantemente a los portugueses; porque en toda la India no avía otros religiosos sino algunos pocos Padres de S. Francisco , los cuales con su virtud y ejemplo hacían mucho; más por ser ellos también pocos y solos, no podían suplir a tantas necesidades, como en todas las partes avía ; y por esto se trataba muy poco de la conversión, y los portugueses tenían muy pocas ayudas, especialmente en las partes remotas de Goa.

Y porque entre ellos vivían mezclados gentiles y moros muy ricos y poderosos, eran en todos los lugares muy públicas las idolatrías de los gentiles, y muy grandes las abominaciones de los moros, las cuales aún no se prohibían entonces en las tierras de S. A., así por ser nueva la conquista y su reino en cierta manera aún no bien confirmado, como porque no había persona que pudiese suplir a tanto, ni contradecirles bastantemente, ni procurar la conversión de ellos y el acrecentamiento de nuestra santa religión cristiana ; y si algunos se hacían cristianos, que eran muy pocos, quedaban entre ellos tan bajos y abatidos, que casi no se atrevían a descubrirse y llamarse cristianos, porque los gentiles, que eran muchos, ricos y poderosos, por tener las mercadurías y las ren-tas del Rey casi todas en sus manos, perseguían y injuriaban de tal manera los que querían ser cristianos, que avía entre ellos muy pocos y eran muy despreciados ; tanto que en la misma ciudad de Goa era muy grande el poder de los gentiles y moros, y muchas y muy públicas las idolatrías y fiestas a sus ídolos; porque o por vía de interés, o por ser ricos, o por otros respectos, eran muy favorecidos y honrados de los portugueses, mayormente de algunos ofíciales de S. A.

Asimismo había tanta necesidad de quien sembrase la palabra de Dios y ayudase a los portugueses, que en toda la India apenas avía dos o tres predicadores; de manera que la mayor parte de los lugares y de los portugueses estaban sin sermones los años enteros, y aun en muchas partes sin haber clérigos, ni quien les administrase los sacramentos, ni aun diese misa. Y por estar tan mezclados con moros y gentiles, que son tan dados a sensualidad y a todo pecado, sin tener cuenta con honra de mujeres ni con sus almas, y ser la tierra de su natural muy relajada, viciosa y llena de regalos, y ocasionada para todo género de pecados, y tratarse los portugueses muy bien en la India, y ser muy liberales en gastar y ser en aquel tiempo casi todos solteros, sin haber quien les fuese a la mano con el castigo, amonestación y doctrina, era entre ellos tan grande la disolución y vicio sensual, que la mayor parte de ellos vivían públicamente amancebados ; y por hallarse aquí infinidad de doncellas y mujeres, que de diversos reinos se compran muy barato, muchos no se con una sola, más antes tenían cuatro y cinco y cuantas querían en sus casas, como lo hacen los moros y gentiles.

Que, aunque la gente portuguesa naturalmente es bien inclinada y religiosa, todavía la ociosidad y regalo de la India y la ocasión tan grande que en ella hay para este pecado, con el uso acostumbrado y tan común de toda esta gente, que no lo extrañan, fácilmente pudieron corromper las buenas costumbres y buena inclinación de los portugueses. Y como nuestra humana naturaleza está tan corrupta por el pecado, lo con tantas ocasiones y tan pocos remedios vinieron a tanto estrago, que el vicio ya entre ellos no se extrañaba, más ni aun era conocido por tal; y como en semejante abuso acontece, el que con menos vergüenza y temor de N. Señor se daba a la vida suelta y mala, era tenido por hombre de mejor condición y más honrado ; por lo cual el uso de los sacramentos estaba tan olvidado, que la mayor parte de ellos estaba muchos años sin se confesar ; y el confesar y comulgar más que una vez en el año era tenido por hipocresía ; y así se afrentaban de lo hacer, que no lo osaban hacer en público, buscaban a Jesús de noche como Nicodemo: y sus mujeres o mancebas, por ser naturales de la tierra o hijas de ella, aunque fuesen cristianas, sabían tan poco de las cosas de nuestra ley y eran tan mal instruidas, que vivían casi como gentiles, metidas en mil supersticiones, idolatrías y agüeros", y criaban sus hijos en las mismas disoluciones y errores que ellas tenían : de manera que en toda la India era muy poca la religión y mucha la disolución entre todos.

A todo esto se añadía la codicia y trato de muchas y muy ricas mercadurías, las cuales van comprando y vendiendo los portugueses por todo este Oriente en tierras de moros y gentiles, que, como no conocen qué cosa es usura ni consciencia, y tienen por lícita toda ganancia, los portugueses, que tan mezclados están con ellos, parte movidos de la codicia y deseo de ganar, parte por la ignorancia que tenían de saber cuál era lícito o usurario contrato, hacían en sus tratos y distractos muy grandes injusticias, las cuales, como corrían comúnmente por todos, la costumbre, codicia e ignorancia les hacía parecer lícitas, tanto que ni escrúpulo hacían de ellas.

De manera que el uso y conversación de la tierra tenía ya tan inficionados los portugueses, que cuanto a las costumbres y pecados vivían muy poco diferentemente de los naturales.

Este, pues, era el estado de la India, cuanto a lo spiritual, cuando el P. M. Francisco llegó a Goa; y quien lo ve reducido a la forma en que ahora está, bien entiende cuánto fue el fruto que hizo la Compañía y como el P.® M. Francisco venía tan lleno de caridad y celo de ayudar las almas, la necesidad que halló en la India fue espuelas al caballo que corre; y así comenzó a doblar sus trabajos, y más de lo que se puede decir; con admiración de todos se empleó de tal manera en ayudar a los próximos, que no cesaba de día ni de noche, ahora de confesar, ahora de predicar, ahora de servir los enfermos y visitar los presos, ahora de hacer amistades, y otras mil obras de caridad.

Y a todo esto acompañaba la continua oración, gastando en ella gran parte de las noches, y doblando las propias fuerzas naturales con la fuerza del espíritu. Y con sus sermones y conversación particular que con los hombres tenía, y con otras semejantes cosas, comenzó a hacer muy grande provecho entre los portugueses, sacándolos de muchos errores e ignorancias ; y con el temor de la muerte y penas del infierno, que comúnmente les proponía en sus pláticas, los reprimía y sacaba de muchos pecados y disoluciones; y con su afabilidad y suave modo de conversar, los movía a la confesión y al uso de los santos lo sacramentos, consolándolos y animándolos cuando los confesaba, de tal manera que comúnmente se partían de él con nuevos propósitos de mudar la vida y con mucha satisfacción.

En las cárceles y hospitales era muy continuo, consolando y ayudando, como mejor podía, los presos y enfermos, y socorriendo espiritual y corporalmente a sus necesidades con diversas restituciones que se hacían, y con varias limosnas que sus devotos le daban para este efecto; de suerte que en breve tiempo adquirió grande crédito con todos, y se encendió en Goa un nuevo fuego de espíritu. En enseñar la doctrina a los niños y esclavos era tan inclinado y continuo, que con su diligencia puso en toda la India la costumbre tan provechosa y buena, que aún dura por todas partes, que es enseñarse en todas las casas, después de tocar a las avemarías, la doctrina, cantando a los niños y esclavos, haciendo para esto una doctrina muy fácil y conveniente para ellos con algunas oraciones muy devotas, que dicen en el principio y en el fin, con lo cual se ha hecho y se hace cada día notabilísimo provecho ; por- que comúnmente todos saben muy bien la doctrina, y con ella se ayudan mucho, como se ve por experiencia ; y para que mejor la entendiesen, se la declara va los domingos y fiestas, hablándoles medio negro como ellos suelen cuando hablan nuestra lengua portuguesa : por donde la opinión de su virtud y de la Compañía creció tanto en aquel invierno, que le encargaron el colegio de Goa, que entonces se había comenzado de la manera que diremos.

Del principio y fundación del colegio de Goa.
Cap. 8.


En este tiempo que el P. M. Francisco llegó, vivía en Goa un clérigo secular, llamado el P M. Diogo persona de buena y sancta vida, predicador y celoso del servicio de N. Señor y de la salvación de las almas ; el cual, deseando dar algún remedio a tanta muchedumbre de gente, que, metida en las tinieblas de la infidelidad, no tenía ningún conocimiento de su Criador, y sin ningún remedio se iban al infierno por todas estas grandes provincias del Oriente ; y pareciéndole el remedio dificultoso por la diversidad de la gente, y de sus lenguas y costumbres tan diferentes entre sí, juzgó que ninguna cosa sería tan provechosa para dar remedio a este mal como hacerse una casa o colegio de niños naturales de la tierra, que fuesen de diversas naciones y diferentes lenguas, los cuales, instruidos allí desde niños en las buenas letras y costumbres, pudiesen después manifestar nuestra sancta ley en sus provincias, predicándola y enseñándola a sus naturales por sí mismos, o como lenguas e intérpretes de los portugueses ; y comunicando esta su traza y deseo con otro Padre de mucha virtud y celo de ayudar a las almas, llamado Miguel Vaz que fue vicario general en la India, y con Cosme Yáñez persona honrada y que fue en la India secretario y factor de la hacienda de S. A., que tenía el mismo celo, pareció a todos consejo muy acertado y santo ; y tratando sobre esto con Don Esteban de Gama, que entonces era gobernador por S. A. , aprobó lo que ellos decían ; y mandando que se hiciese así, dio las tierras de los pagodas de Goa, que rentan cerca de dos mil ducados de renta cada año, para la sustentación del dicho colegio : y dando información a S. A. de lo que deseaban hacer como al santo celo y católica voluntad del rey Don Joan bastaba apuntar la buena obra para hacerse luego, ordenó que este santo consejo se efectuase, y confirmó todo lo que su gobernador había hecho.
Y habiéndose ya dado principio al dicho colegio y recibido a vivir en él muchos mozos de diversas naciones hallaban los inventores de tan santa obra (a los cuales estaba encomendado el gobierno de ellos) mucha dificultad en regirlos, y hallar personas, que los criasen bien y con provecho, y que fuesen adelante con esta obra.

Estando, pues, las cosas de este colegio en este estado, llegó a Goa el P. M. Francisco, con la fama y opinión que en el viaje había acerca de todos adquirido, la cual, como cada vez se fuese más acrecentando con las buenas obras y continua edificación que daba, viviendo en el hospital con sus compañeros, considerando Maestre Diogo con los otros la vida y modo de proceder que los Padres tenían, les pareció haber sido como enviados del cielo para efectuar lo que ellos pretendían en ayuda de aquellos niños, pues veían que los Padres tenían por propio instituto y oficio lo que ellos habían tragado y tomado a su cargo: y así, tomando muy estrecha amistad y familiaridad con ellos, rogaron al P.® M. Francisco que tomase el asunto de aquel colegio y fuesen a vivir en él y el Padre, entendiendo cuán grande servicio harían a N. Señor con la buena instrucción de aquellos niños, mandó al P Micer Paulo para que viviese con ellos entre tanto que él iba a tratar de la conversión de los infieles en muchas partes, juzgando por especial merced de N. Señor hallar el instituto de aquel colegio tan a propósito del suyo propio.

Y cierto, pareció bien ser obra muy particular de la divina providencia; pues en el mismo tiempo que los tres, movidos por inspiración de Dios, iban aparejando y ordenando aquel colegio, en ese mismo, por otra parte, escogía y enviaba nuestro Señor las personas que lo pudiesen gobernar y tomar el asunto y cuidado de él ; de manera que no sé si se puede más propiamente decir que N. Señor por medio de los dichos tres aparejaba el colegio al PM. Francisco y a la Compañía, lo que aparejaba y enviaba el P ® M. Francisco y la Compañía para el bien y provecho del dicho colegio : mas todo se puede decir, que hacía lo uno y lo otro juntamente ; pues todo se hizo tan apunto, que no menos a tiempo se hizo el colegio para recibir aquel santo Padre, de lo que el Padre llegó a Goa para encargarse de él. Y así 15 poco después, dándose cuenta de la cosa a S. A., como rey que tenía mucho amor y crédito del P.® M. Francisco y de la Compañía, no solamente aprobó lo que estaba hecho, mas aplicó el mismo colegio con mucha mayor renta para siempre a la Compañía así para criarse en él niños naturales de la tierra como principalmente para que fuese seminario de la misma Compañía para toda la India : y de este colegio, que se llamaba de S. Paulo, dieron los portugueses a los Padres de la Compañía apellido de Padres de S. Paulo, que así los llaman en todas estas partes comúnmente.

Y de este colegio se extendieron los nuestros por toda la India y por otras diversas provincias más distantes con mucho fruto ; y creciendo el número de los nuestros, fue acrecentado y dotado de más renta por el rey Don Sebastián de buena memoria, nieto del rey Don Joan, y por el serenísimo rey Don Enrique, su hermano, que ahora reina ; y de esta manera, por la piedad y liberalidad de estos reyes, tuvo en la India la Compañía su primer asiento y el principal colegio que ahora tiene; el cual en poco tiempo creció tanto, después que vino a manos de la Compañía, que así en el número como en la fábrica y en las demás cosas no es inferior a los mayores y más famosos colegios, que tiene la Compañía en Europa, como veremos adelante.

Cómo el p. m. Francisco fue a la pesquería a visitar los cristianos malabares, y de lo que en ella hizo.
Cap. 9.


Descendiendo de Goa por la costa del mar, del norte para el mediodía, están, como está dicho, los pueblos malabares, que en las costumbres y lengua son muy diferentes de los canarines de Goa, los cuales están divididos en diversos reinos y se extienden más de doscientas leguas, porque pasan grande trecho adelante del Cabo de Comorín, y llegan hasta la provincia de los badagás y reino de Bisnagá, con los cuales confinan. Y en un lugar de esta costa tiene S. A. una fortaleza, e tre otras, llamada Coulón, que está entre la ciudad de Cochín y el Cabo de Comorín, y dista 25 leguas de un lugar y otro. De este Coulón caminando hacia al Cabo está la costa de Trabancor, habitada de pescadores que tienen diversas poblaciones por ella; y pasado el Cabo de Comorín está la costa de Pesquería, que es mucho mayor que la otra, habitada también de pescadores de otra casta, la cual, porque, además del pescado que allí pescan, tiene una riquísima pesquería de aljófar, que se pesca en la mar dos veces en el año, toma este apellido, llamándose la Pesquería.

En este Cabo de Comorín, que está en el medio de la una y otra costa, se ve una grande mudanza ; porque yendo por la costa de Trabancor al dicho Cabo, se baja por los grados del norte y se llega hasta los siete, en que está la punta, y volteando como un tiro de piedra por la costa de la Pesquería, se comienza de nuevo a subir por los mismos grados ; y siendo continuada la una costa con la otra, en un mismo tiempo del año por una parte es invierno y por otra verano; y corren en un mismo tiempo contrarios vientos, de manera que, navegándose por una parte con mucha tranquilidad, luego, en dando la vuelta a la otra, se hallan tempestades y vientos tan contrarios, que no se puede navegar; y la causa de esto es, porque entra la punta de aquel Cabo mucho por la mar adentro, y, dejando un bajo muy estrecho, va con muchas restingas haciendo la división que dije.

En este paraje de la Pesquería poco antes que el P®. M. Francisco llegase a la India, se habían hecho cristianos muchos lugares de estos pescadores tomando con esto ocasión para salir de la tiranía de los moros que están en aquella falda de mar, los cuales, porque entonces eran muy ricos y como señores de aquella Pesquería, hacían muy grandes insultos y agravios a estos pescadores ; y así, no pudiendo sufrir lo que padecían, mataron ellos algunos moros, por lo cual (como temiesen la venganza de ellos que ya estaban aparejados para matarlos a todos) determinaron de socorrer a los portugueses tomando el consejo de un cristiano, llamado Don Joan de la Cruz que les persuadió que no tenían otro remedio para huir de la muerte y tiranía de los moros, sino socorrerse a los portugueses, haciéndose cristianos y dándose por vasallos de S. A. ; y que haciéndolo así, aún podía ser que alcanzasen para sí la pesquería del aljófar que tenían aquellos moros, pagando un cierto tributo a S. A. para que con su armada los defendiese en el tiempo que ellos la pesca.

Y pareciendo buen consejo a todos, enviaron 20 sus embajadores a Cochín, y por medio del P*. Miguel Vaz, de quien arriba hicimos mención, alcanzaron del capitán y del Virrey lo que pretendían, y se bautizaron ellos y mucha gente de los lugares de aquella costa; más porque ni ellos pretendían otra cosa que su bien temporal, ni tenían Padres que los pudiesen enseñar y gobernar como convenía, y vivían mezclados con los gentiles, quedaron con las costumbres que de antes tenían y con casi sólo el nombre de cristianos. De estos dio larga cuenta el Miguel Vaz al P®. M. Francisco, mostrándole la grande necesidad en que estaban, y cómo perecían todos por falta de obreros, y diciéndole el fruto que se haría y el grande aparejo que avía para convertirse toda aquella costa.

Y deseando el Padre socorrer a esta necesidad, trató sobre esto con el Obispo y con el Señor Gobernador, que entonces manda va allá un capitán, y con parecer y licencia de ambos determinó de ir a favorecerlos. Y así, 1º dejando en el colegio de los niños de Goa al P®. Micer Paulo, él se embarcó con el Hermano, que traía consigo en probación y con el capitán que iba a aquella costa, en el mes de Noviembre del mismo año 42 ; y llegando allí, halló los cristianos, tan ignorantes y tan laxos de todo conocimiento de las cosas de la ley de Dios, que ni la señal de la cruz sabían hacer, ni aun sabían el nombre que tomaron en el bautismo, ni menos lo que habían de creer; en las costumbres vivían como gentiles; y finalmente no sabían de nuestra ley otra cosa sino decir que eran cristianos.

Y porque el Padre no se entendía con ellos por la diferencia de la lengua, viéndolos en tanta necesidad reventaba su corazón con el deseo que tenía de decirles lo que la lengua no le permitía : y así tomando algunos cristianos que sabían la lengua portuguesa, comenzó con suma diligencia a procurar trasladar en su lengua la doctrina cristiana y juntamente con ella un sermón, en que brevemente da va a entender la substancia de nuestra ley, para poderlos catequizar conforme a su capacidad, lo cual todo después de trasladado decoró; y andando con una campanilla juntaba los niños cada día a la doctrina, y los domingos a todos, grandes y pequeños, hombres mujeres, enseñándoles la doctrina en su lengua, y declarándosela como mejor podía con lo que había aprendido ; y hacía también que los mismos niños, después que la sabían, la enseñasen en sus casas.

Y de esta manera anduvo por más de un año entero, peregrinando siempre y discurriendo de un lugar a otro en aquella costa, y tuvo mucho que hacer y mucho que padecer, enseñando a los ya cristianos y convirtiendo grande multitud de gentiles ; de suerte que en este tiempo bautizó la mayor parte de la gente que quedaba por bautizar en aquella costa extendiendo la conversión por los lugares adelante hasta Beadála y Ramanancór con padecer hambre y sed y muchas contrariedades ; y lo que sobre todo lo congojaba era verlos vivir tan descuidados y tan poco deseosos de su salvación y tan poco capaces para ello, y finalmente tan fríos en todo lo que pertenecía a sus almas, que ni ellos buscaban lo que les era necesario para su salvación, ni aun querían, sino de mala gana y casi por fuerza, oír lo que el Padre para bien de sus almas les enseñaba. Mas no bastaba todo esto para resfriar la grande caridad del Padre, antes cada vez se encendía más como lo hace el fuego cuando le echan algunas gotas de agua ; y con paciencia y perseverancia, que todo lo vence, y con el ejemplo de virtud y caridad que daba, fue poco a poco moviendo los corazones de aquella gente, y los trajo a tal término, que ya le oían de buena gana lo que les decía, y después muchos de ellos comentaban a desear ponerlo por ejecución, dejando la mala vida que hacían; y finalmente le tomaron tan grande amor, que lo amaban y respetaban todos como a su padre ; y así ellos como los gentiles ni lo llamaban ni conocían por otro nombre que por Padre santo.

Y parte por la vida que hacía, mostrando tan grande desprecio de sí y tomando tan grandes trabajos, tratándose en el comer y dormir de la misma manera que los naturales de la tierra lo hacían y daban de limosna, parte porque muchos enfermos por sus oraciones se hallaban bien, y algunos endemoniados eran libres de los demonios, fue tanto el crédito que ganó con aquella gente, que no lo dejaban vivir, llamándolo para sus casas a decir el Evangelio a sus enfermos y echarles su bendición ; tanto que no pudiendo él ir a todos, enviaba algunos de sus niños que rezasen sobre ellos, y muchos sanaban como de todo esto y otras cosas se hace mención en la información, que auténticamente se tomó, después del Padre muerto, por orden de S. A.

Y pasando tantos trabajos de día, muchas veces gastaba también parte de las noches en oración ; aunque bien se puede decir de él que estaba siempre en oración de día y de noche, así porque siempre se ocupaba en obrar y tratar de cosas del servicio de Dios, como también porque continuamente levantaba a él su corazón con suspiros y oraciones jaculatorias a propósito de lo que trataba ;por lo cual era tan grande la comunicación y consuelo que de Dios recibía, que muchas veces le oyeron decir: «Señor, no más; Señor, no me deis tantas consolaciones»

Y para que se entienda mejor lo que en este tiempo pasó en aquella Costa, pondré aquí la substancia de lo que acerca de esto escribió el mismo Padre de Cochín a los Hermanos de Roma a de Enero del año de 44, en una carta, que por ser muy larga no refiero aquí; más en suma dice así : « Más ha de un año que un Hermano y yo estamos con estos cristianos del Cabo de Comorín, los cuales hallé que no me sabían dar otra respuesta a lo que yo les preguntaba, sino que eran cristianos, y que no sabían nuestra ley, porque no nos entendían: por lo cual trabajé por medio de algunos cristianos de traducir en su lengua la doctrina cristiana y un sermón en que se contiene lo substancial de nuestra fe; y habiéndolo sabido de coro todo, ando de lugar en lugar enseñándola cada día a los niños, y los domingos a todo el pueblo junto, llamándolos por los lugares con una campanilla, y haciendo que después los niños enseñen lo mismo en sus casas: y de esta manera enseñándoles a hacer la señal de la cruz y a decir el credo, mandamientos, Páter noster y Ave María y Salve Regina, y la confesión general, en su lengua, me paso de un lugar a otro; y es tanto el número de los que se convierten, que muchas veces me acaece tener cansados los brazos de bautizar y no poder ya hablar por decir tantas veces el credo, y los mandamientos, y las demás oraciones, con una plática que les hago en su lengua, dándoles a entender lo que han de saber antes de bautizarse.
El fruto que se hace en enseñar y bautizar esta gente nunca lo podría decir; y es grande el contentamiento y alegría que da ver que sus niños y ellos escupen y hacen pedazos sus ídolos, que antes adoraban, y huelgo mucho de los ver quebrar, ya que por tanto tiempo tuvo atrevimiento el demonio para hacerse por ellos adorar. Y eran tantos los que me venían a buscar para ir a sus casas a rezar las oraciones y leer el Evangelio a los enfermos, que bien tenía que hacer en sólo esto, aunque no me ocupase en enseñar y bautizar, y enterrar los difuntos, y satisfacer a los pleitos y dudas que preguntan, con que no me dejan: y no pudiendo yo solo cumplir con la devoción de tantos, que me venían a buscar, enviaba en mi lugar los niños que sabían las oraciones, para que no perdiesen la fe que a nuestra religión cristiana tiene aquella gente, los cuales, ajuntando los de casa y de la vecindad diesen el credo y las oraciones a los enfermos, animándolos a que creyesen firmemente y que sanarían ; y así plugo a N. Señor por la fe de estos niños y dolientes hacerles muchas mercedes, dándoles salud corporal y spiritual, usando de misericordia con ellos.

Y de esta manera dejando orden en un lugar para llevar adelante lo comentado, paso a otro lugar a hacer lo mismo y de aquel a otro, y así los ando todos ; y acabados les torno a dar otra vuelta por el mismo orden, dejándoles escritas las oraciones en su lengua, y haciendo que las decoren y digan cada día, y se junten los domingos todos a las decir, dejándoles un hombre (que aquí llaman canacápola) para que se las enseñe, el cual se paga con una cierta renta que el Virrey de la India dio para eso. Y son tantas las consolaciones espirituales que N. Señor comunica a los que andan entre estos infieles convirtiéndolos a nuestra santa fe, que, si contentamiento hay en esta vida, este se puede decir ; y muchas veces me acontece oír decir a una persona que anda entre estos cristianos: ¡ o Señor ! si sois servido, no me deis tantas consolaciones en esta vida, y ya que me las dais por vuestra bondad, llevadme a vuestra gloria, pues es tanta pena vivir sin veros después que tanto os comunicáis interiormente a vuestras criaturas »

Y para que se entienda mejor cuál era el deseo que el Padre tenía de ayudar a las almas, y cuánto era lo que padecía en aquella Costa, pondré también aquí en substancia algunas cosas que en diversas cartas escribió al Hermano que tenía en la Costa, que, como dije, fue con él de Goa, animándolo y esforzándolo a padecer con paciencia los trabajos que en ella pasaba ; en las cuales en suma dice así:« Mucho os encomiendo, carísimo Hermano, que continuamente andéis discurriendo por esa Costa de lugar en lugar, bautizando las criaturas que nascen, y haciendo enseñar por todos los lugares las oraciones, así a los niños como a los adultos, y que después las digan en sus casas ; y mirad que os encomiendo que en ningún lugar estéis de asiento, sino que siempre andéis discurriendo por todos, como yo hacía cuando estaba allá, y ahora hago aquí, donde ando ; sino que al presente quedo sin intérprete, y por aquí veréis la vida que llevo y otra vez os torno a encomendar, carísimo Hermano, la enseñanza de los niños ; porque si los adultos por bien ni por mal no quisieren ir al paraíso, a lo menos vayan los niños que mueren bautizados, antes de perder la gracia que por el baptismo recibieron.
Y os pido que vayáis con esa gente, especialmente con los grandes, con mucho amor y caridad, haciéndoos amar de ellos, y haciéndoles obras para eso vos, porque sabed, que como de ellos fueses amado, haréis en ellos mucho fruto. Sabed llevar sus flaquezas con mucha paciencia, pensando que, aunque ahora no sean tan buenos como vos deseáis, en algún tiempo lo serán: y si no acabarais con ellos todo lo que queréis, contentaos con acabar lo que podéis, porque así lo hago yo. Tratad con ellos como buen padre con malos hijos, y no canséis ni desistáis del bien que les hacéis, por más males que veáis en ellos, pues el Señor Dios, a quien ellos y nosotros ofendemos, no cesa de hacernos a todos beneficios y mercedes, y pudiéndonos matar, no nos mata, ni deja desamparados de lo necesario; y cuando os viereis con muchas ocupaciones que no podéis satisfacer a todos, consolaos con hacer lo que podéis, y dad muchas gracias a nuestro Señor, que os trajo a tierra donde, aunque queráis estar ociosos, no podéis por las ocupaciones, y todas de servicio de Dios, que no es pequeña merced: y haced cuenta que estáis en el purgatorio purgando por vuestros pecados, y que os hace Dios grande merced en purgar antes en esta vida que en la otra.

Y si todavía por bien no pudieres acabar con ellos lo que les es necesario, usad a las veces de la obra de misericordia que dice, castigar a los que han menester castigo; porque sabed que es muy grande pecado no castigar a quien lo merece, en especial cuando escandalizan. Y nunca me pareció que los habíamos de dejar ahora en el tiempo de su trabajo; mas haréis que los niños digan las oraciones ahora más que nunca, para que nuestro Señor nos socorra, pues en esta tierra no tenemos ahora otro que nos ayude sino él ; porque si es verdad, como lo es, lo que dice el Salvador « qui non est mecum contra me est » por aquí entenderéis, carísimo Hermano, cuán pocos amigos tenemos en estas partes que nos ayuden a hacer esta gente cristiana : mas no desconsolemos, porque al cabo Dios dará a cada uno su pago, y si quisiere, así se puede servir de pocos como de muchos ; y más les tengo compasión a los que son contra Dios, que no les deseo castigo; más yo os confieso que a las veces me enfada tanto vivir, y me parece mejor morir en servicio de nuestra santa ley y fe, que vivir viendo tantas ofensas de Dios, cuando se ven cada día sin les poder ir a la mano. De Manapar a 10 de Noviembre de 1544 »

Cómo el m. Francisco tornó a Goa y fue de nuevo a la Pesquería y después a la costa de Trabancor, y de lo que hizo en ella. Cap. 10.

Después de haber gastado más de un año en esta costa de la Pesquería el Padre, haciendo tanto provecho en ella, como dijimos, ofreciéndose necesidad de tratar algunas cosas con el Señor Gobernador en favor de los cristianos, determinó de ir a Goa con algunos de ellos: y porque la fama de lo que hizo en la Costa y el nombre de la santidad de su vida corría por todas partes, fue recibido en Cochín y después en Goa, de los portugueses y del Gobernador con mucho respeto; porque como suele, corriendo, crecer la fama, se decían tantas cosas de los milagros que en aquella Costa hacía, que excedían aun a la verdad; y comúnmente se decía por toda la India, que entre otras cosas que hizo, había resucitado un muerto, del cual caso, aunque no se puede saber la certeza, todavía esta era la fama pública que entonces corría y hasta ahora corre.
Llegando, pues, a Goa fue recibido del P * M. Diego y de Micer Paulo con grande alegría en el colegio, donde se detuvo bien pocos días, por el grande deseo que tenía de llevar adelante y continuar lo que hacía en aquella Costa ; y así después de haber negociado con el Señor Gobernador lo que deseaba, luego tornó a Cochín, y de ahí a la Pesquería, continuando casi por otro año la peregrinación que hacía, discurriendo por aquellos lugares de la Costa, en la cual tuvo muchos trabajos y persecuciones ; porque en este tiempo una nación de gentiles, llamados badagás, que por la tierra adentro confinan con los malabares, entraban muchas veces con grande poder salteando y destruyendo aquella tierra, por lo cual era muy grande la persecución que por eso padecían los cristianos; de los cuales como siempre el P®. M. Francisco se compadeciese, trabajaba mucho en su favor y ayuda, como se ve por un capítulo de una carta suya, en la cual, escribiendo a un Hermano, decía así : « Yo me parto para el cabo de Comorín con veinte embarcaciones de mantenimiento para socorrer aquellos pobres cristianos, que con miedo de los badagás infieles, enemigos suyos, se metieron por la mar, y estando dentro en ella, puestos en las piedras y peñascos del Cabo, padeciendo grandísima hambre y sed, de que algunos mueren, que es para tener grandísima compasión »

Y en otra carta dice así: «Yo me parto para la costa de Trabancor y voy por tierra hasta al Cabo visitando los lugares de los cristianos: encomendadme mucho a nuestro Señor en vuestras oraciones y en las de los niños, porque con tales ayudas no tengo temor de los miedos que me ponen los cristianos, para que no vaya por tierra, porque todos los que les quieren mal me lo desean a mí mucho mayor”.

Después de haber gastado casi otro año por aquella Costa, teniendo ya en ella algunas ayudas más de las que tenía de antes, con dos sacerdotes naturales de la tierra, que para eso alcanzó del Señor Obispo, él se pasó a la otra costa, llamada de Trabancor, que está del Cabo de Comorín para Coulón, como está dicho ; porque aunque por la tierra adentro entre una y otra costa haya grande gentilidad, trabajó el Padre por hacer antes la cristiandad por aquellas partes, movido por tres razones principalmente.

La 1ª, porque la tierra adentro están los brahmanes y los 15 naires y las demás castas nobles, los cuales, como son poderosos y muy metidos en sus supersticiones, no dan lugar a poderse hacer en ellos ningún fruto mayormente los brahmanes, que como su dignidad y poder está fundado en las leyes y ceremonias que ellos dieron, el destruir sus leyes es destruir a ellos mismos : por donde los brahmanes, que son especialmente los que tienen cuenta del culto y ceremonias de los ídolos, son cruelísimos enemigos de nuestra sancta ley cristiana ; y como tienen ellos tanto poder en la tierra, en ninguna manera se puede hacer provecho ninguno por la tierra adentro.

La 2ª razón es, porque el Padre entendía con su espíritu y prudencia cuán incapaz y rudo es el natural de esta gente en las cosas de Dios, y que no tiene con ellos tanto vigor la razón como la fuerza ; y por eso juzgó que muy dificultosamente se haría cristiandad entre los negros, y con mucho mayor dificultad se conservaría, si no fuese debajo del señorío de los portugueses , o donde en alguna manera se pudiese extender su poder, como es por la costa de mar, por donde, pasando y llegando las armadas de S. A., puedan dar favor y castigo conforme a lo que las gentes de ella merecen.

La 3ª razón es, porque con esto proveía juntamente el Padre al bien de la cristiandad que se hiciese, y a las necesidades que muchas veces se ofrecen a las dichas armadas y a los demás portugueses, que van por aquellas costas haciendo sus mercadurías, a los cuales importa mucho tener por la costa de mar los pueblos cristianos, mayormente porque aquella costa en aquel tiempo era unas cuevas de ladrones que por mar y por tierra hacían el mal que podían a los portugueses. Por esto, pues, procuró el Padre poner todas sus fuerzas en hacer cristiana la gente de aquella costa ; y así, ayudándose de algunos intérpretes y del favor del capitán de Coulón, comenzó a persuadir aquella gente que se hiciesen cristianos, pues fuera de salvar sus almas les era esto cómodo para su vida y sustentación temporal, diciéndoles que, siendo cristianos, temían el favor de los portugueses, y vivirían seguros, y serían favorecidos de sus armadas, teniendo mucho favor y libertad en la mar para hacer su trato y pesca, la cual, así para moverlos como para castigarlos de sus insultos, les impedía muchas veces el capitán de Coulón con parecer del mismo Padre.

Y aunque, como acontece entre gente tan ruda y bárbara, tuvo mucha dificultad y contradicción para los convertir, todavía trabajó tanto con ellos, ora con las obras de caridad, que les hacía, ora con el ejemplo de los cristianos de la Pesquería, y ora con los favores que les prometía, y a veces añadiendo algunas amenazas y temores del mal que les venía con quitar el capitán la pesca y trato de la mar, que finalmente «compeliendo eos intrare ad nuptias»", como dice el Señor, movió grande multitud de ellos a hacerse cristianos, con los cuales para instruirlos guardaba el mismo orden que tenía en la Pesquería; y en breve tiempo, como él mismo escribió de Cochín y de Enero de 45 a los Hermanos de Roma bautizó más de diez mil almas en esta costa; en la cual estando bien ocupado, movidos algunos gentiles, que estaban en la isla de Manar en un lugar llamado Patim que está cincuenta leguas poco más o menos del Cabo de Comorín, determina- ron de hacerse también cristianos; y enviando a pedir al Padre que los fuese a bautizar, como él no pudiese ir, envió uno de aquellos clérigos que los fuese a bautizar, lo cual sabiendo el rey de Jafanapatón que era señor de aquella isla, encendido de furor diabólico y de grande ira, envió muchos soldados con orden que metiesen a fuego y a sangre todo aquel pueblo ; del cual caso él en la misma carta que escribía a los 25 Hermanos de Goa dice así :

«Andando en esta costa de Trabancor, adonde en un mes bautizó más de diez mil almas, me enviaron a llamar de la isla de Manar los moradores de ella, diciendo que querían ser cristianos, y me rogaban que los fuese a bautizar ; mas por estar yo muy ocupado en otras cosas semejantes de mucho servicio de Dios, y no pudiendo ir, rogué a un clérigo secular que los fuese a bautizar; fue y los bautizó, y después de tener muchos de ellos bautizados, el rey de Jafanapatón, cuya es aquella isla, hizo grandes crueldades y estragos en ellos matando muchos, porque se hicieron cristianos, de lo cual se deben dar gracias a N. Señor, lo pues en nuestros días no faltan mártires, y ya que por piedades tan de vagar se va poblando el cielo, permite nuestro Señor, por su innata providencia, que por crueldades que en la tierra se hacen se vaya cumpliendo el glorioso número de los escogidos »

Fue tanto lo que el Padre sintió el insulto del rey de Jafanapatón, que se fue luego a Goa, y de ahí a Camboya, donde estaba entonces el Señor Gobernador, para le pedir que diese algún remedio a tanto mal, enviando para allá sus armadas, y luego tornó a la misma costa con muy buen despacho. Mas porque por diversas cosas que sucedieron no se pudo entonces efectuar lo que pretendía determinó de pasar a S. Tomé, y de ahí a Malaca, así para socorrer las necesidades espirituales, que entendió haber en aquellas partes, como también porque avía oído el grande aparejo que había para hacerse mucha cristiandad en ellas, especialmente en la isla de los Macazáres. Y lo que entonces no se pudo efectuar en la isla de Manar, conforme al deseo del P. M. Francisco, fue nuestro Señor servido se efectuase después de algunos años por el virrey Don Constantino, que fue contra el rey de Jafanapatón, y dándole un grande agote en toda su tierra le tomó la dicha isla de Manar, donde hizo una fortaleza; y desde entonces fue siempre de S. A., haciéndose toda la isla cristiana, y hay en ella residencia de los Padres.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
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CÓMO EL P M. Francisco fue a S. Tomé, pasando por Ceilán y Negapatón, y de lo que hizo allí.

Cap


Partido el Padre de Comorín para ir a S. Tomé, se embarcó en Cochín en Abril de 45, y fue a Ceilán, que es una isla de cincuenta leguas de largo, habitada también de malabares, que llaman chíngalas, la cual es de un rey cristiano, aunque ahora la tiene señoreada un su vasallo gentil, que se levantó contra él y lo tiene como de cerco en una fortaleza que el Rey de Portugal mandó hacer allí para defensa del dicho rey de Ceilán, que se dio por su vasallo, encomendándose a S. A.
Esta isla es muy fértil y bastecida de diversas cosas, especialmente de canela, porque aquí nasce y se hace toda la canela que cada año de la India va para Portugal; y porque hay muchos elefantes, hacen los naturales de ellos vasos y busetas y otras piezas de marfil tan hermosas, y labradas tan delicadamente, que bien se pueden igualar con las delicadas obras de Flandes.

Y porque el Padre fue allí de paso, no se detuvo mucho tiempo; mas ese poco que allí se detuvo no lo gastó mal, porque, entre otras obras que hizo, una de ellas fue sacar del mal estado en que estaba el piloto del navío, en que él iba, el cual, no habiéndose confesado en mucho tiempo, como al cabo descubriese su llaga al dicho Padre, aunque él lo animase mucho y le facilitase la cura, con lo cual prometió el piloto de confesar con el Padre cuando llegasen a tierra, todavía, desconfiado y confundido de vergüenza y temor, huía de encontrarse con el Padre, y así se escondía de él. Mas en vano procuraba huir de quien lo seguía; por lo cual encontrándose con él en la playa y quedando por eso avergonzado, fue recibido del Padre con mucha alegría, tanto que, entrando en buena conversación con él, no solamente le dio lugar para respirar, más le facilitó el negocio de su confesión, tanto que dijo que lo confesaría paseando por aquella playa, caminando juntos como iban, para quitarle el temor y confusión en que estaba, con lo cual el piloto tomó tanto ánimo, que comenzó poco a poco a descubrirse ; y finalmente se hubo el Padre con él de tal manera con su facilidad y blandura y con la caridad con que lo trataba, que, compungido su corazón de un sentimiento muy vivo, con lágrimas y gemidos determinó de descubrirse todo al Padre; y así entrando en una iglesia, hizo con él una confesión general, determinando de vivir de otra manera, como lo hizo hasta su muerte, teniendo mucha cuenta con su consciencia y confesándose a menudo. De lo cual se puede entender cuánta era la prudencia y destreza que el Padre tenía en ayudar a las almas.

Y no menos mostró su celo en una cosa que le aconteció otra vez en Cananór, que es un puerto de mar donde S. A. tiene una fortaleza entre Goa y Cochín, con otro hombre; que, viniendo ambos por la mar, nunca lo pudo persuadir a confesar, antes jura va que no lo había de hacer; desembarcados en tierra le rogó el Padre una vez se fuese con él por aquellos palmares; y llegando a un lugar secreto, apartado de gente, quitándose su loba y puesto de rodillas, tomó delante de él una muy áspera disciplina, diciendo que se disciplinaba por amor de él, para que Dios N. Señor lo convirtiese; con lo cual quedó el otro tan movido y compungido, que luego se echó a sus pies y trató de su enmienda, Tan ingeniosa era la caridad del Padre, que le hacía buscar tales medios para convertir a Dios los pecadores.

Mas tornando a propósito, de Ceilán pasó el Padre a Negapatón, que es un lugar de portugueses, el cual entonces era cosa pequeña, y ahora es una población muy noble y rica, que está a los once grados del norte en las tierras del señorío de Bisnagá, y por ser fértil y abundante se recogieron allí algunos portugueses, haciendo sus mercadurías en aquella tierra ; y favorecidos del señor de ella, que es un capitán muy grande del rey de Bisnagá, poco a poco fueron echando raíces, de manera que, andando el tiempo, hicieron muchas y muy buenas casas y una medio ciudad, a la cual manda S. A. un capitán de tres en tres años, que administra justicia a los portugueses y a los naturales cristianos de la tierra que están a su cargo.
En este lugar, por ser, como dije, entonces cosa pequeña, se detuvo también el Padre pocos días, haciendo en cuanto estuvo allí lo que tenía de costumbre hacer en todas partes, sacando muchos de muchas ignorancias y pecados; especialmente afirmó con juramento una persona, que lleva va al Padre a su cargo en aquel viaje, que, surgiendo el navío doce leguas de Negapatón yendo para S. Tomé, y deteniéndose allí siete días por serles contrario el viento, el Padre no comió cosa alguna en todos ellos ; al cabo de los cuales, queriendo partir el navío, preguntó el Padre si era nuevo; y diciendo que antes era viejo, les dijo que debían arribar a Negapatón por el peligro que avían de correr: y así fue; porque quriendo ellos continuar su viaje, les sobrevino tan grande tempestad, que con bien de miedo les fue forzado arribar a Negapatón de lo cual quedaron espantados todos los que en el navío venían, persuadiéndose que era verdad lo que se decía de la santidad y espíritu de profecía que tenía el Padre.

De allí, pues, llegó a la ciudad de S. Tomé que está a los 13 grados del norte, en el mismo reino de Bisnagá, la cual es también muy rica y noble, habitada de portugueses, los cuales, cansados de pelear y de hacer tanto tiempo vida de soldados, hallando mucha abundancia y muy buena comodidad en aquel lugar para ganar su vida, se aposentaron allí y hicieron una muy hermosa ciudad, la cual, además de la mucha abundancia de mantenimientos y otras cosas que la tierra da de sí, es muy acomodada para tratar y enviar sus mercadurías a diversas partes, y especialmente a los reinos de Pegü y Bengala, de los cuales el 1° es de gentiles, muy rico de oro y de mucha cantidad de lacre que en toda la India se usa y estima mucho, para lacrear con él de diversas colores las cosas, fuera del común servicio que tiene de sellar las cartas; y el 2® es señoreado de moros del cual, además de la grande cantidad de mantenimientos que va para la India, viene tanto azúcar, que basta para tener abundante y harto todo el Oriente.

También viene de allí grandísima cantidad de paños de algodón muy delicados y ricos, de los cuales se sirven en toda la India y van a Portugal grande copia. Tiene también esta ciudad de S. Tomé trato y comercio con la ciudad de Malaca, adonde mandan cada año por Septiembre una nao cargada de paños pintados, que se hacen en aquella tierra, y torna después con mucho dinero y muchas mercadurías que concurren a Malaca.

Mas mucho más noble y más para estimar es esta ciudad por la casa que en ella hizo el apóstol S. Tomé, y por el martirio que en ella padeció, y las reliquias de su sagrado cuerpo que allí están; porque hasta ahora se ve la misma capilla, en la cual ofrecía el divino sacrificio el Santo Apóstol, la cual los portugueses aumentaron después haciendo una hermosa iglesia, y llamando a la ciudad del nombre del Apóstol, la cual antes se llamaba Meliapór, que era en el tiempo del dicho Apóstol ciudad real muy hermosa y grande. En esta capilla, cavando para hacer la fábrica, hallaron el santo cuerpo del bienaventurado Apóstol, metido en una arca con un vaso lleno de tierra y de sangre, y con el hierro de la langa con que fue muerto; la cual arca estaba enterrada debajo de tres o cuatro camas hechas de piedra y cal muy fuertes, cuyas reliquias fueron después repartidas por diversos lugares

Hay también encima de un monte, una legua de aquel lugar una capilla, la cual, por decirse que también la hizo el mismo Santo y entonces estaba derribada, queriendo los portugueses renovarla por honra del Santo, cavando los cimientos hallaron otra reliquia muy grande, sílices, una piedra, en la cual está esculpida una cruz con unas letras antiguas al derredor, que hasta ahora no se halla quien de cierto las sepa leer la cual piedra está señalada con unas señales y gotas de sangre muy vivas y claras, que en el tiempo que se hallaron estaban tan frescas, como si poco antes se hubiera derramado, de tal manera que tocándolas con un lienzo quedó teñido con la sangre: y por las circunstancias que allí en el arca, en que estaba el santo cuerpo, se hallaron y por la memoria y tradición que avía entre los antiguos naturales de la tierra de cómo se recogía muchas veces el santo Apóstol a orar en aquel monte, se tiene por cosa cierta que, haciendo oración delante de aquella cruz, lo mataron; y así hicieron allí los portugueses una hermosa ermita, y en el altar de la capilla pusieron la dicha piedra en lugar de retablo, metida en la misma pared.

Y para mayor certeza de lo que el pueblo cree, hace nuestro Señor casi todos los años un maravilloso milagro en aquella piedra; porque el día de nuestra Señora, que llaman de la O, o expectatio partus, que es a los i8 de Diciembre'®, tres días antes de la fiesta de S. Tomé, en el tiempo que se dice allí la misa, aquella piedra, que de su naturaleza es blanca, comienza poco a poco a mudar su color, haciéndose parda y casi negra, y después comienza a sudar, echando de sí una agua de la misma color en presencia de todo el pueblo, y en el fin de la misa cesa de sudar y torna de la misma manera poco a poco a su antiguo color; y si deja algún año de sudar tiene la gente de aquel pueblo por experiencia, según dicen, que ha de haber alguna novedad en la tierra de hambre o de guerra.

Con este milagro no solamente se confirma que fuese martirizado orando delante de aquella cruz, y por ventura abracado con ella, mas también se cree que lo mataron o hirieron en el mismo día que la piedra suda. Y cierto que así la cruz como la capilla, donde esta va encerrado el cuerpo santo del Apóstol, es cosa muy devota y santa, que mueve los corazones a contrición de los pecados, y concurre a ella mucho número de cristianos en romería, particularmente en aquel tiempo; y aun los mismos gentiles tienen grande estima y hacen grande reverencia y acatamiento a aquella casa, y muchos de ellos entran a ella a hacer oración, ofreciendo su aceite para la lámpara, y encomendándose al Apóstol, aunque saben mal lo que hacen.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mar Ene 03, 2017 7:07 pm 
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¿No tendras este texto en un pdf no?
Serviría el archivo para entrarlo en el ebook y poder así leerlo más cómodamente.

Si es sí me lo envías por mail plis?

Merci.


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ImagenOh, benvinguts, passeu, passeu... Casa meva és casa vostra si es que hi ha cases d'algú. Imagen Desinfórmame otra vez.


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mar Ene 03, 2017 7:37 pm 
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Claro, Silvia. He tratado de corregir la ortografía, y modernizar lo justo la sintaxis.

Pero aún no lo he acabado.


Esta ciudad está en el reino de Bisnagá, que por otro nombre se llama Narsinga el cual pocos años atrás era uno de los mayores, más poderosos y ricos reinos que había en todo el Oriente; porque su rey era señor de infinita gente y ponía en campo un millón y millón y medio de gente, de manera que todos los reyes y señores vecinos le obedecían, y tenía grande suma de dinero; y llevaba en su ejército muy grande número de elefantes y caballos, porque tenía más de tres mil elefantes y más de 30 o 40 mil caballos de los mejores que hay en estas partes, porque son todos árabes, que le vienen de Arabia y Persia; más de 18 años a esta parte por diversos acontecimientos fue su poder muy disminuido; porque faltando sucesión de la verdadera progenie de los reyes, se movieron en él diversas guerras, por causa del suceder, y se levantaron muchos señores principales contra el que ahora gobierna, y en una guerra fue destruida y asolada la grande ciudad de Bisnagá que era ciudad real, y cabeza de toda aquella tierra, tan populosa, rica y abastecida, que dicen avía en ella cerca de mil templos ; y en las ruinas que quedaron se muestra bien haber sido una de las mayores cosas que en este Oriente había: con todo eso no quedó tan abatido el rey de esta tierra que aun ahora no sea muy poderoso y muy rico, porque posee mucho estado, y tiene buen número de elefantes y grande caballería y gente de guerra. Son estos pueblos, llamados badagás, aunque del mismo color y cualidad de la gente de la India, más esforzados y poderosos en la guerra; porque, como digo, es gente rica y de mucha caballería, y que se trata con mayor estado que ellos, y tiene todas las ciudades y villas recogidas y cercadas al derredor con muros de tapia o de piedra, con sus baluartes, conforme a nuestras fortalezas, en lo cual también difieren de la gente de la India, que comúnmente no viven juntos y cercados de esta manera; más todavía en muchas cosas se conforman los unos y los otros, especialmente en la religión y culto de sus ídolos; y así como son muy ricos, así están entre estos más encumbradas las idolatrías ; y en todos los lugares tienen sus templos de piedra y cal comúnmente bien hechos, y en muchas partes tan grandes y suntuosos y de tanta costa, que es cosa de espanto, como yo mismo los vi yendo de S. Tomé a Goa, y pasando por todo este reino.

De esta tierra sale, entre otras cosas, la mayor parte de la rica pedrería que se halla en la India; porque de aquí se sacan los ricos diamantes, rubís y otras piedras preciosas de mucha estima que van para Portugal y otras diversas partes; las cuales, aunque en la misma tierra son conocidas por preciosas y de estima, todavía los mercadores que las compran de los naturales, tienen en el trato de ellas muy gruesas ganancias.
Tiene este rey amistad con el estado de S. A. y con los portugueses, por causa de los caballos; porque como todos los que van a su tierra pasan de Ormuz a Goa, que son ambas ciudades de S. A., no puede averíos si el Virrey de la India no quisiere; y por eso van todos los portugueses seguramente de S. Tomé para Goa, que son ciento y cincuenta leguas de traviesa, casi todas de su señorío.

Llegando a esta tierra el P. M. Francisco, por ser tan rica y abastada como está dicho, halló los portugueses metidos en muchas disoluciones y pecados, y luego con su fervor comenzó a entender con ellos, procurando ayudarlos con sus ministerios acostumbrados: y la fama de su virtud pudo tanto con ellos, que sacó a muchos del mal estado en que de mucho tiempo estaban, y curó de muchas enfermedades espirituales, empleando muy bien en servicio de N. Señor sus talentos en el tiempo que allí estuvo, que fue cerca de cuatro meses.

En el cual tiempo, movido con sus pláticas y ejemplos un mercader, se determinó a tomar otra manera de vivir y a distribuir a pobres lo que tenía, por negociar y tratar más seguramente para otro reino. Mas, yendo distribuyendo su hacienda, fue de nuevo tentado del enemigo, por medio de la codicia, de tal manera que, aparejándose para ello, determinó partirse para otra parte a continuar con sus antiguos tratos y ganancias; y estando ya todo a punto, cuando él pensaba estar muy secreto, fue interiormente revelado al P.® M. Francisco lo que determinaba hacer este su amigo, por lo cual llamándolo por su propio nombre le dio : «Joan de Airo, pecaste», con la cual palabra lo movió a tanta compunción, viéndose descubierto, que llorando y gimiendo se echó a sus pies confesando su pecado; y confirmado en su primera resolución distribuyó todo lo que tenía a los pobres, y se fue con él a Maluco, y después se hizo religioso de la orden de S. Francisco, conforme a lo que el mismo Padre le dio en otra revelación, que acerca de él tuvo en Malaca, y acabó su vida religiosamente en su profesión, testificando 1° lo que le pasó con el P.* M. Francisco acerca de la una y otra revelación.

Finalmente, gastando los días en estas y otras cosas de servicio de Dios y provecho de los próximos, en las noches satisfacía a la devoción que aquella sancta capilla le daba; y fue tan grande la opinión que todos tomaron de su santidad, que hasta ahora no se hartan los moradores de aquella población de contar las obras que hizo, y las peleas que tuvo con los demonios, de noche, velando en oración, y de los azotes que le dieron en aquella sancta casa, y del mucho espíritu que en ella le fue de N. Señor comunicado, como todo esto está testificado por el mismo vicario que lo tuvo en su casa todo aquel tiempo . Finalmente con el deseo que tenía de pasar a los Macazáres se embarcó en la nao, que de S. Tomé iba para Malaca por Septiembre, dejando toda aquella ciudad con grande deseo de tener allí algún Padre de la Compañía; hasta que después de la tornada del P.® M. Francisco de Maluco lo alcanzaron, por medio del Señor Obispo de Goa, como diremos en su lugar.

Cómo el P. M. Francisco fue a Malaca y de lo que en ella mzo.
Cap. 12.


Las muchas necesidades que en todas las partes, adonde el Padre iba, hallaba de quien imitase en espíritu a los portugueses y moradores de los lugares, le aumentaba el deseo y voluntad de caminar adelante a visitar las partes de Malaca y Maluco, donde entendía que habría tanto mayores necesidades, pecados y ignorancias, quinto más lejos estaban de Goa; y era tan grande el fervor y deseo que abrasaba su pecho de ayudar a todos, que le parecía en cierta manera poder y deber él solo acudir a todas las partes ; ni lo espantaba la distancia de los lugares, ni los peligros que para llegar a ellos avía de pasar por mar y por tierra, ni la diversidad de las lo lenguas ni la barbarie de las gentes, ni otras mil dificultades que en cada parte halla va, porque a la caridad y paciencia que tenía, todo se le hacía posible y fácil. Y juntase con esto que, como había de dar él forma y manera a los de la Compañía que de Europa venían a la India, le parecía razón andar primero y tener vista por experiencia la disposición y calidad de todos los lugares para los poder después más acertadamente repartir, y dar a cada uno de ellos la empresa que fuese más propia y acomodada a sus fuerzas y condición natural ; y así muchas veces solía decir cuando mandaba algunos a alguna parte:« ¿cómo pudiera yo hacer esta misión con satisfacción mía, si no tuviera visto y experimentado lo que allí passa?». Por estas y otras razones se determinó de pasar a Malaca y a Maluco primero que tornase a Goa, porque la misión que él deseaba hacer en persona a los Macazáres, por diversos casos que en aquella tierra acontecieron, no se pudo efectuar. Y así se embarcó en Septiembre del año 45 en un navío que y va de S. Tomé para Malaca, con aquel mercader que arriba dijimos que convirtiera en S. Tomé.

Esta ciudad de Malaca está situada debajo de la línea equinoccial (porque solamente dista dos grados de ella), en el reino y provincia de los malayos que es señorío de moros y aun [que] en el color poco se diferencian de los indios, todavía son muy diferentes en la lengua y facción de rostro ; porque en la lengua no tienen ninguna comunicación, y estos tienen las narices como amasadas y romas, a manera de los chinas y japoneses, y los de la India las tienen como los de Europa. Su ley es la misma que la de los moros, porque casi todos los naturales tomaron esta ley. Y esta malvada secta de Mahoma se extiende por todo aquel archipiélago hasta Maluco, así en las islas, que son muchas y grandes, como en tierra firme, aunque en algunas partes hay también gentiles; de manera que hay entre ellos diversos reyes y señores muy ricos y poderosos, entre los cuales el principal es el rey de Dachén, que señorea la mayor parte de la isla de Sumatra, llamada de los antiguos Trapobana, o según otros, Aurea Chersoneso, que es más de doscientas leguas de largo, el cual, con las muchas y gruesas armadas que hace, es como señor de todo aquel archipiélago, muy estimado y temido de los reyes y señores sus vecinos; y contra estos y sus armadas tiene Malaca y los portugueses continua guerra y comúnmente, cuando se encuentran, salen mal del partido.

Está la ciudad de Malaca en un promontorio cercado al derredor de mar, de manera que es casi una isla, que no queda lo sino una punta de tierra, con la cual se continúa con la tierra firme, la cual es de un rey moro, cuya también era esta ciudad antiguamente, la cual cuando la tomaron los portugueses era cosa muy grande y rica, y muy poblada de gente de diversas naciones, gentiles y moros, y finalmente era uno de los famosos y nombrados emporios del Oriente, llamado de los antiguos, según algunos, Aurea Chersoneso, la cual tomaron los portugueses en el año de 1511 con mucho esfuerzo y valor, guiados por el capitán y gobernador Alonso de Albuquerque ; estando cerca de seiscientas leguas apartada de Goa en medio de tantos reyes moros, enemigos poderosos, fue desde que la tomaron hasta ahora sustentada siempre casi milagrosamente, estando muchas veces por mucho tiempo cercada por todas partes por mar y por tierra.

Y aunque con las muchas guerras y cercos " que tuvo, a los cuales después se siguieron hambres, enfermedades y pestes, quedó muy disminuida de gente, y está muy diferente de lo que antes estaba, con todo eso es una de las mayores y más importantes fortalezas que S. A. tiene en el Oriente, porque es como una llave de todos aquellos mares y a ella concurren las más ricas mercadurías que en estas partes hay ; porque a Malaca van las naos que vienen de Japón, de la China, de Syón, de Jáoa, de Banda, de Suindá, de Solór, de Timor y de Maluco y de otras muchas islas de aquel archipiélago ; y así concurre allí mucha cantidad de oro, de pimienta, de clavo, de masa, de nuez moscada, de benjuín, de sándalo de estaño, y de otras muchas y ricas mercadurías; y así vienen a Malaca naos de Goa, de Cochin, de Chaül, de S. Tomé, de Bengala, de Pegü, y otras partes que, vendiendo y trocando aquí sus mercadurías, llevan otras a sus tierras con mucha ganancia.
Asimismo, aunque esta tierra está tan cerca de la línea equinoccial, es mucho más fresca y templada que la India, porque todo el año está cubierta de hierba y de frescura, de suerte que en ella hay una continua primavera, sin ninguna mudanza de tiempos de invierno ni de verano; porque N. Señor, para remediar los grandes calores que hay debajo de la línea, proveyó aquella región de dos remedios, con que, como dice, está siempre muy fresca y templada. Él lo es, que casi cada día, estando el cielo muy sereno, se arman de improviso unos nublados con grandes lluvias los cuales pásense luego y dejan como de antes el cielo muy sereno, con lo cual queda la tierra continuamente fresca y bien regada. El 2° remedio es, que hay en ella siempre unas mareas de vientos frescos y saludables, con los cuales se modera el ardor del sol y queda el calor moderado; de donde se ve cuánto se engañaron los antiguos, diciendo ser inhabitable esta tórrida zona; porque, aunque así parece que fuera realmente, si no tuviera algún refresco, todavía fue proveída del Autor de la naturaleza de tales remedios, que queda la más fresca y templada tierra que hay en el mundo, abastada y fértil de varias mercadorías y riquezas.

En el tiempo que aquí llegó el P. M. Francisco, aún estaba Malaca en su prosperidad cuanto a lo temporal; mas cuanto a lo espiritual era un bosque cerrado, lleno de toda inmundicia y maldad; porque como estaban allí tantos gentiles y moros tan ricos y abastados, viviendo mezclados con los portugueses, eran tantas las disoluciones, abominaciones y pecados, que no parecía casi tierra de cristianos. Aquí se detuvo el Padre algunos meses hasta venir el tiempo para navegar a Ambóyno, que es en Enero, posando siempre en el hospital que tiene allí S. Alteza; y en el principio, antes que comenzase a entrar en bosque tan cerrado, halló muchas lo dificultades; porque los portugueses que allí estaban vivían con mucha licencia y muy mal habituados, teniendo sus casas llenas de mancebas : y fuera de esto estaban tan engolfados en sus ganancias y tratos lícitos y ilícitos, como avía en aquella tierra, que mal podía el Padre sacarlos de vida tan ancha y estragada. Mas aquí se mostró más que en ninguna otra parte cuán grande era su prudencia y caridad ; porque entendiendo que no había allí otro remedio, se fue de tal manera acomodando con ellos, que hasta hoy día queda aquella ciudad espantada de su memoria; porque tomó muy estrecha amistad con todos, con la muy alegre conversación que tenía con ellos, yendo muchas veces adonde ellos estaban jugando, mostrando que holgaba con ellos y con sus juegos, de suerte que cuando veía que [se] retiraban por su respecto, los convidaba con mucha alegría a holgar, diciendo que él también holgaría con ellos, pues eran soldados y no habían de vivir como frailes ; y que en cuanto no hubiese ofensas de Dios mejor era jugar y holgar que murmurar y hacer otros pecados. Y asimismo ahora se convidaba con uno, ahora con otro, yendo a comer a sus casas con mucha familiaridad; y alabando mucho los guisados y platos que le daban, mostraba holgar con ellos, y preguntaba quién había sido la cocinera de aquellos manjares, y después decía al huésped que la hiciese venir allí; y luego que ella parecía, le mostraba alegría, y alababa la comida y los guisados que hacía; diciéndole que fuese sancta la mandaba tornar a su lugar y despedía.

Otras veces decía al huésped que le mostrase su casa, que la quería ver, y no dejaba canto que no escudriñase, preguntando qué moza era la que allí estaba, y de que nación era la lo otra, mostrando contentarle todo; y trataba con ellos con tanta familiaridad, como si fuera entre soldados un soldado, y un mercader entre mercaderes que no solamente los portugueses, más aun sus mancebas y criadas amaban mucho al Padre y holgaban que fuese a comer a sus casas, porque los favorecía y mostraba amarlos a todos; y después de les tener así ganadas las voluntades, a uno de ellos decía que aquella moga que tenía, era muy gentil mujer y hermosa, que merecía ser mujer de cualquier hombre honrado; y yendo con la plática adelante, al cabo concluya con decir que, pues ella era tal y él la amaba tanto, para qué era vivir con ella en tanta ofensa de Dios y perdición de sus almas, pudiéndola tener por su mujer con honestidad y santidad; y de esta manera convencido, lo movía a casarse con ella.

A otro decía todo lo contrario : que para qué era tener en su casa una negra tan sucia como era aquella moza que tenía de lo cual se reyan y hacían burla los portugueses, viviendo él con ella metido en tantos pecados; que mucho mejor sería proveerse de otra moza conveniente a él; y que si él quería él le daría una muy virtuosa y hermosa, que era para ser mujer de cualquier rey, y de esta manera saldría él de pecado y ampararía aquella huérfana, haciendo una cosa muy honrada, como también había hecho fulano, dejando sus negras y casándose con otra. A otros, que estaban más indispuestos, con los cuales no podía alcanzar luego lo que quería, decía que para qué querían tantas mancebas en casa, las cuales no le servían para más que destruirle su salud y hacerlos caer en diversas dolencias, y no hacían sino pelear entre sí y tener inquieta la casa, dándole muchos gastos; que ya que no las podía dejar todas, a lo menos que por amor de él dejase una o dos y después, tornando a comer a sus casas y a tratar con ellos, les tornaba a rogar que dejasen otra, para que no se ofendiese tanto Dios y así tuviese misericordia de ellos; pues, aunque quedaban en pecado con una sola, más parecía flaqueza que malicia, más teniendo tantas juntas no tenían ninguna excusa; y de esta manera, cuando más no podía, hoy les quitaba una, y de allí a algunos días otra, hasta que al cabo al cabo los casaba con una y tal hubo a quien quitó de esta manera siete mancebas.

Y con esta facilidad de tratar, y con los sermones que hacía todos los domingos y santos proponiéndoles muchas veces la muerte, el infierno y juicio final, y con las continuas confesiones, hizo en Malaca en tres o cuatro meses que allí estuvo notabilísimo provecho. Enseñaba también cada día a los niños y niñas la doctrina, como tenía de costumbre, y los domingos a los esclavos; y para mover a los moros y gentiles, hacía hacer a los niños en las calles, al tiempo de las avemarías, sus altarcitos, delante de los cuales cantaban la doctrina: y yendo ya tarde con una campanilla tocaba a la oración por las almas del Purgatorio, y rezaba con los que allí se hallaban delante de cada altar un Páter noster, y una Ave María de rodillas y con estas obras y con la manera de vida que hacía, velando grande parte de la noche en oración, como después testificaron los mismos que lo estuvieron acechando, y durmiendo el poco tiempo que le quedaba, echado en un catre de estera con una piedra a la cabecera, y sirviendo con tanta diligencia a los enfermos del hospital donde estaba, alcanzó tanto crédito en Malaca, que no solamente a él, más 10 a los niños, de quien se servía para enseñar la doctrina, estimaban los moros y gentiles como si fueran santos. Júntese a esto que, llamado a rezar sobre un endemoniado en aquella tierra, haciendo oración y diciendo misa por él quedó sano, como depusieron después testigos con juramento; por donde se confirmó la fama que traía de su santidad, y de los milagros que en el Cabo de Comorín había hecho.

En este tiempo, que era el año de 1545, llegaron de Portugal tres Padres, que fueron los 1°que vinieron a la India después del P.® M. Francisco. Él fue el P.® Nicolao Lancinio Criminal, también italiano, de la ciudad de Parma; el 30 fue el P.® Juan de la Vera gallego, de Pontevedra, todos hombres de mucha virtud; con cuya venida se alegró extrañamente el P. M. Francisco, cuando lo supo en Malaca; y quedando el P. Nicolao en el colegio de Goa con el P. Micer Paulo, que tenía cuidado de los niños, fueron los otros dos por su orden a la costa de Pesquería.

CÓMO EL P. Francisco fue a Ambóyno y Maluco, y de lo que hizo allí.
Cap. 13.


De Malaca partió el P. M. Francisco en el principio de Enero de 46 para Maluco en la nao que iba para la isla de Banda con determinación de desembarcar de ella en la isla de Amboyno, que es una isla de hasta veinte y cinco leguas de circuito, en la cual estaban siete poblaciones de cristianos que avían hecho los portugueses que en ella moraban. Y aunwue los de Malaca le rogaban con mucha instancia que no los dejase, pues en ella hacía tanto fruto, no lo pudieron alcanzar, porque la caridad lo llevaba a socorrer las necesidades que había en Maluco, donde, como estaban los portugueses más apartados y con menos ayudas, vivían metidos en mayores ignorancias y pecados.

Maluco es una región de muchas islas, divididas en cuatro reinos, conviene a saber, de Ternáte , de Tidóri de Bachao y de Zilólo; más allende de estas comúnmente se entienden por Maluco todas las islas que están en aquellas partes; y así demás de aquellas cuatro incluye las tierras de los Syónes, de los Célebes, del Moro, de Ambóyno y de otros muchos lugares e islas, que están en aquel archipiélago, entre los cuales, porque el de Ternáte es principal señor, a quien los otros tienen en cierta manera sujeción y respecto, por eso se llama el rey de Malíico. Toda aquella región está debajo de la línea equinoccial, y tiene mucha semejanza, cuanto a la calidad y costumbres, con los malayos, cuya lengua también entienden aunque tienen ellos entre sí su proprio lenguaje. Son comúnmente moros, aunque también hay en algunas partes gentiles. Tiene aquí el rey de Portugal dos fortalezas, una en la misma isla de Ternáti y otra en Ambóyno, con las cuales es como señor, muy estimado y temido en todas aquellas islas, y por tal lo reconocen aquellos reyes, aunque algunos de ellos, de algunos años a esta parte, viven como levantados.

De estas islas, especialmente de Ternáte, sale muy grande cantidad de clavo, con la cual no solamente queda proveído todo este Oriente, más va grande copia por vía de la India a Portugal, y por la vía de Arabia y Persia a Turquía; y finalmente parece que sale de aquí todo el clavo que en Europa y en las otras partes de África y Asia se gasta. Está Maluco más de cuatrocientas leguas de Malaca yendo de oeste al este, que es de poniente a oriente, y se va de Malaca a él dos veces en el año: en Enero, por vía de Amboyno, que está ochenta leguas de Maluco; y la 2* en Agosto, por la vía de Borneo, que es otro reino, de donde sale mucha y muy rica canéfora.

Embarcó, pues, como dijimos, el P. M. Francisco, 1° día de Enero, y llegó a los 14 de Enero a Amboyno; y antes de tomar aquella isla le aconteció, como después testificaron con juramento algunos que fueron con él, que, pensando el piloto haber ya pasado la isla, y congojándose mucho, porque ya no podían tomar aquel puerto para dejar al P.® M. Francisco, como lo había prometido, le dijo el mismo Padre que no tomase pena, porque aún no habían pasado el puerto, que otro día por la mañana, con ayuda de Dios, amanecerían con él; y así fue como el P. M. Francisco dijo; y demás de esto, haciendo tan grande viento que no daba lugar a poder el Padre desembarcar, en llegando al lugar determinado cesó el viento, de manera que lo reputaron todos por milagro.

Desembarcando el Padre en Amboyno se detuvo allí cerca lo de cuatro meses esperando el tiempo para ir a Maluco, en el cual tiempo visitó todos los cristianos, e hizo con ellos y con los portugueses conforme a su talento y costumbre. Y particularmente se le ofreció aquí una ocasión de los castellanos, que de las Indias Occidentales llegaron por diversos casos a las islas de Maluco, y después de pasar muchos trabajos se concertaron con los portugueses que pesasen a Malaca y a la India, para de allí tornarse los que quisiesen a España; y aunque fueron muy bien tratados de los portugueses, como eran muchos y venían pobres y cansados de los trabajos pasados, llegando a Amboyno dio en ellos una medio peste, de la cual murieron muchos ; y vino para ellos el P. M. Francisco en muy buena coyuntura ; porque fuera de la consolación que con su vista y caridad les dio, los ayudó mucho, no solamente cuanto a lo espiritual, mas también cuanto a lo corporal, sirviendo a los enfermos y dándoles diversas limosnas, que él pedía a los portugueses para los ayudar. Aquí también le aconteció que, enviando a pedir muchas veces conservas a un mercader amigo suyo, llamado Juan de Araujo, para los enfermos, y mostrando él que las daba de mala gana, le envió a decir el Padre que holgasse de dar por amor de Dios lo que tan poco tiempo había de lograr; porque le hacía saber que a cabo de pocos días había de morir en Amboyno y se distribuiría a los pobres su hacienda; lo cual todo aconteció de la misma manera como el Padre lo tenía dicho. Y no solamente predijo antes del tiempo su muerte, mas yendo el Padre de allí a pocos días a Maluco, estando un día diciendo misa, volviéndose para el pueblo al tiempo del ofertorio dijo: «Señores y hermanos, encomendad a Dios el alma de Juan de Araujo, que falleció en Amboyno», de lo cual todos quedando espantados, por vía de una embarcación que de ahí a pocos días vino de allá, supieron que había fallecido en el mismo tiempo en que el Padre lo encomendó al pueblo.

Acerca de lo que pasó en Amboyno escribió a los Hermanos de Goa el mismo Padre una carta con la data de los 10 de Mayo de 46, en la cual entre otras muchas cosas dice así

«Partí de Malaca para Maluco al de Enero de 46 y llegamos a Amboyno a 14 de enero, que es una isla de veinte y cinco hasta treinta leguas de circuito, y tiene siete lugares de cristianos, los cuales todos visité luego que aquí llegué, bautizando muchos niños que estaban por bautizar ; y acabado, llegó a este Amboyno la armada de Joan de Sosa, que traía los castellanos que vinieron de la Nueva España a Maluco; y como eran ocho navíos, eran tantas las ocupaciones en confesar, predicar, hacer amistades, visitar los enfermos, servirlos y proveerlos de lo necesario y ayudarlos a bien morir, que me faltaba tiempo para acudir a todos y cumplir con ello».

Después, viniendo el tiempo para ir a Maluco, él escribió a sus amigos a Malaca, encomendándole los mismos castellanos para que fuesen recibidos y proveídos en sus necesidades; de manera que dejó así a ellos como a los portugueses edificados y admirados de su virtud; y entre los otros a quien hizo mucha impresión de santidad, fue el P.« Cosme de Torres " que con ellos iba, el cual después entró en la Compañía, y fue varón muy insigne y que hizo en Japón mucho fruto y servicio a nuestro Señor.

De Amboyno fue el P. M. Francisco a Maluco, adonde llegó en el mes de Julio del mismo año de 46, y de todos fue muy bien recibido por la fama de santidad que tenía y traía consigo, y halló los portugueses viviendo en muy peor estado que los de Malaca; porque era tanta la disolución e ignorancia, que se persuadían serles lícito tener todas las mancebas que querían, por no pecar con las casadas, y no sabían cuál era ganancia lícita, cual ilícita, por lo cual en todo procuraban ganar lo que podían. Hizo aquí el Padre lo mismo que había hecho en Malaca; y fueron tantas las restituciones que en este tiempo se hicieron, que con ellas de antes eran muy pobres; y porque supo que en las islas del Moro, que están más adelante de Maluco, avía muchos cristianos por cultivar que los portugueses habían hecho, determinó después de estar cerca de dos meses en Maluco e irlos a visitar y porque los portugueses ya le estaban muy aficionados y temían grandemente que no le aconteciese algún peligro con aquella gente bestial, que era la más feroz y cruel de cuantas había en aquellas islas, hicieron todo lo que pudieron para le persuadir que no fuese; y no pudiéndolo de él alcanzar con ruegos ni con poner los temores y peligros que había, determinaron de impedirle por fuerza su ida, haciendo con el capitán que no le diese embarcación, de lo cual sintiéndose mucho y quejándose en un sermón que hacía, vino a tanto fervor, que dijo que él no temía los peligros, ni la crueldad de los enemigos, ni la muerte con que lo amenazaban, para que dejase de ir a las islas del Moro; y que no conocía ni tenía otros enemigos sino a los que le procuraban estorbar que no fuese a hacer tan buena obra; y que entendiesen que en todo caso él de ir para hacer lo que entendía ser servicio de Dios nuestro Señor, y que cuando no hubiese embarcación se echaría en la mar y a nado iría de suerte que, entendiendo ellos su determinación, no solamente no lo impidieron, más aun algunos lo acompañaron, y otros le ofrecían diversos remedios contra la ponzoña, de que mucho usan aquellas gentes para matar los hombres; a los cuales respondía el Padre muy graciosamente, que no quería otra contra ponzoña que su Dios. Acerca de esto, escribiendo a los Hermanos una carta, dice así:

«De esta isla algunas leguas más adelante está la tierra que llaman costa del Moro, donde hay muchos cristianos sin ninguna doctrina, y yo me parto para allá para salvación de las almas, por la obligación y necesidad que tengo de perder la vida corporal por socorrer a la espiritual de los prójimos, ofrecido a todo peligro de muerte y puesta toda mi esperanza en Dios nuestro Señor, deseando con mis flacas fuerzas conformarme con aquel dicho del santo Evangelio: "qui voluerit animam suam salvam facere perdet eam, qui autem perdiderit eam propter me inveniet eam”. Y sabed, carísimos Hermanos, que aunque el latín de esta sentencia y ella en universal sea fácil de entender, cuando un hombre viene a lo particular de aparejarse y disponer y determinar a perder la vida por Dios, ofreciéndose a casos peligrosos, en que probablemente le parece la perderá, se hace este latín tan oscuro, con ser tan claro, que sólo aquel lo entiende bien, a quien Dios nuestro Señor por su infinita misericordia lo quiere dar a entender; y en tal tiempo y en semejantes casos se conoce bien la condición de nuestra flaca y miserable naturaleza».

Y en otra carta dice así:

«Yo, viendo el amor y cuidado que mis amigos tenían de mí, les di muchas gracias; mas por no me meter en semejantes cuidados, y mucho más por no disminuir ninguna cosa de la confianza que tenía puesta solamente en Dios, excusé todas las contra ponzoñas que ellos llorando y con mucho amor me ofrecían, pidiéndoles que no dejasen de rogar por mí a Dios, porque no había más cierta contra ponzoña que ésta».

Llegando el P. M. Francisco a las islas del Moro halló aquella gente tan bestial, que huyan de él como si no fueran hombres, y se detuvo con ellos cerca de tres meses procurando, cuanto podía, amansarlos y hacerlos familiares y reducirlos a mejor vida y a aprender la doctrina ; y aunque halló aquella gente tan incapaz y brutal, no por eso perdió el deseo ni la esperanza de poderlos ayudar, antes creciéndole la esperanza, contra lo que se podía esperar por la experiencia que de ellos tomaba, creía firmemente que la semilla de la palabra de Dios, que entonces en aquella tierra estéril sembraba, era tan poderosa, que nascería y vendría tiempo en que daría su fruto cogiéndose en abundancia por sus hijos, como se cogió después; y en fin trabajó tanto, y de tal manera se tuvo con ellos, que poco a poco los fue domesticando, haciendo allí muchos cristianos, y procurando ayudarlos y enseñarles la doctrina.

Aunque en tan breve tiempo no pudo hacer con tan ruda gente todo lo que deseaba, todavía dejó en ellos tal principio, que abrió camino para poder cultivar; y parte por la rudeza y mala disposición que halló en ellos, parte por la contrariedad que le hacían algunos moros poderosos en la tierra, pasó muchos peligros y trabajos para reducirlos a algún buen término, padeciendo cansancios, hambres y sedes y otros disgustos, que tratando [de] reducir a buena vida semejante manera de gente se padecen. Y así como él padeció mucho y sufrió muchos disgustos por amor de Dios, así fue muy grande la comunicación y consolación que de N. Señor recibió; porque se halló tan lleno de sentimientos y consolaciones divinas que, escribiendo una carta a los Hermanos del colegio de Roma, dando relación de las dificultades, pobreza y cualidades de aquella tierra, entre otras cosas que escribe dice así:

« Esto lo os escribí porque sepáis cuán grande sea el abundancia de las consolaciones celestiales en estas islas; porque todos estos peligros y trabajos, tomados voluntariamente por amor de Dios, son unos tesoros llenos de muchas alegrías espirituales, de tal manera que parece esta tierra muy propia y acomodada para perderse en ella en muy pocos años la vista de los ojos por la abundancia y suavidad de las lágrimas que se derraman. Y cierto que en toda mi vida nunca tuve tantas y tan continuas consolaciones, cuantas siento en estos lugares, y nunca tan poco sentí la molestia y trabajos corporales, con estar siempre rodeado de enemigos vecinos, y aún no ser muy nuestros amigos los mismos moradores, y ser la tierra tan infeliz y estéril, que no solamente carece de todos los remedios para curar las enfermedades, mas también aun del ayuda acostumbrada para sustentar la naturaleza; de manera que me parece que estas islas más propiamente se podrían llamar de la divina esperanza que del Moro».

Por lo dicho se entiende cuán grande era la fortaleza y virtud del Padre, pues en lugares tan llenos de disgustos y trabajos se hallaba tan consolado como aquí escribe.

Después de haber pasado casi tres meses en aquellas islas, conversando más con Dios nuestro Señor que con los hombres, tornó de nuevo a Maluco a proseguir la obra que avía primero comenzado, y porque hacía mucho tiempo que había partido de Goa, y la obligación que tenía de su oficio lo fuerza va a tornar de nuevo a la India, donde ya en este tiempo iba en crecimiento la Compañía, queriéndose embarcar para Amboyno adónde iba entonces la nao, para esperar el tiempo en que se parte para Malaca, fueron tantos los ruegos que el capitán y los Hermanos de la Misericordia con los demás portugueses le hicieron, para que se detuviese con ellos por aquel tiempo que la nao está esperando el tiempo para Yr a Malaca, prometiéndole de llevarlo a Amboyno en una embarcación pequeña algunos días antes que partiese la nao, que le fue forzado condescender con sus piadosos deseos, de buena gana, por el mucho provecho que vía hacerse en ellos. Y así comenzó a renovar su fervor; y fuera de los sermones ordinarios, que hacía todos los domingos y santos, en la cuaresma predicó los miércoles y viernes en particular a las mujeres e hijos de los portugueses sobre la doctrina cristiana; y para declararla mejor hablaba medio portugués, medio negro; y ayudándose de algunos vocablos de la lengua malaya, con que lo entendían bien, y haciéndoles después varias preguntas, les hacía repetir lo que les enseñaba; con que hizo tanto provecho, que de ignorantes y brutas las hizo cristianas.

Ni por eso dejaba de enseñar la misma doctrina a los niños y esclavos haciendo que cada noche la cantasen en sus casas, como acostumbra va introducir en todas las partes a donde iba; y finalmente fue tan grande el provecho que hizo en Maluco, que totalmente se puede decir que quedó otro pueblo muy diferente de lo que de antes estaba, y se supo de cierto que de tantos que vivían amancebados no quedaron, al tiempo que el Padre se partió, por casar y salir de pecado sino dos solamente; y aunque trabajando mucho no pudo alcanzar lo que pretendía con estos dos, no quedó con ellos indignado, antes, escribiendo de Amboyno una carta a un su devoto a Maluco, le decía, entre otras cosas, que le encomendase a aquellos dos, que con él avían sido tan pertinaces, diciéndoles de su parte que si él pensase hacer algún provecho para ayuda de sus almas, luego se tornaría para Maluco, y que no los dejaría de encomendar a nuestro Señor; y así era que, como el Padre no buscaba su honra en la conversión de las almas, no quedaba indignado con los que no se querían aprovechar de sus consejos, antes les tenía grande compasión y siempre los encomendaba a Dios.

Aquí en Maluco se mostró muy claramente el espíritu de profecía que le comunicó nuestro Señor, revelándole muchas cosas ausentes; porque no solamente prenunció la muerte de Juan de Araujo, como arriba dijimos, más otro día, predicando, dijo de la misma manera tornándose a el pueblo: «Señores, digamos un Páter noster y una Ave María por el general de la armada de los castellanos, que ahora falleció en Amboyno »; y como después se supo, había en el mismo tiempo fallecido
Asimismo tornando de Maluco a Amboyno, yendo en buena conversación en el navío, se levantó de improviso el Padre, y rasgando con las dos manos su vestidura con grande ímpetu, comenzó a dar voces, diciendo : «Jesús, Jesús, aquellos hombres que matan, aquellos hombres que matan», de que todos espantados se levantaron a ver lo que el Padre quería; y después, llegando a Amboyno, hallaron que los ladrones habían muerto unos portugueses, en el mismo tiempo que el Padre gritó, rompiendo su vestidura de aquella manera.

Otra vez, predicando en Amboyno, dijo al pueblo que todos, puestos de rodillas, rezasen un Páter noster y una Ave María por el alma de Diego Gil, que estaba en aquel punto en pasamiento en Maluco; y después supieron que murió en aquel mismo tiempo.

Y partiendo una nao para Malaca, en que iban muchos amigos suyos, no se quiso embarcar con ellos, aunque se lo rogaban muchos, diciéndoles que no se quería embarcar en 10 aquel navío, porque le temía algún desastre y así fue, porque dio dos veces en vacíos y estuvieron todos perdidos, aunque por la misericordia de Dios al cabo se salvaron.
También aconteció que, mandando el capitán de Maluco a petición e instancia del Padre una armada a la isla del Moro contra un regidor de un lugar llamado Tolo, que hacía muchas persecuciones a los cristianos, no pudiendo los portugueses acometer el lugar, por estar todo cercado alrededor de abrojos, fue servido nuestro Señor que por la noche lloviese tanta ceniza, que se cubrieron los abrojos, de manera que pasaron los nuestros por encima de ellos y tomaron el lugar, cosa que todos atribuyeron a las oraciones del P.M. Francisco.

Llegado, pues, el tiempo de embarcarse para Amboyno, como era grande el respecto y amor que todos le tenían, así fue grande el concurso de gente que lo acompañaba hasta la embarcación, y mayor el llanto que se levantó al tiempo de la despedida; y abracándolos a todos y a cada uno por sí, de manera que no le daban lugar de embarcarse, movidas sus amorosas entrañas, no hacía sino consolarlos y animarlos, prometiéndoles que luego vendrían Padres de la Compañía que ya los había enviado a llamar de Amboyno, con los cuales se consolarían. Y tan grande fue el sentimiento que en todos dejó, que aun hasta los niños y esclavos quedaron llorando lo en voz alta; y por muchos días, cuando se ofrecía hablar de él, se movían los hombres y mujeres a lágrimas con mucho amor que les causaba la dulce memoria de tal Padre, y llegando a Amboyno visitó de nuevo a los cristianos, deteniéndose allí algunos días hasta que se embarcó para Malaca dejándolos a todos muy edificados.

En Malaca fue recibido con mucha alegría; y renovando los fervores pasados y los acostumbrados ejercicios que siempre hacía, se detuvo ahí cerca de cuatro meses, esperando ahí el tiempo para navegar para Goa. En este tiempo aconteció que, viniendo una flota de los enemigos dachénes a hacer un insulto en aquel puerto, envió contra ella el capitán de Malaca otra armada, en la cual trabajó mucho el P.® M. Francisco para que la despachase de prisa, por la instancia que muchos le hacían y la autoridad que tenía con todos, tanto que el mismo capitán decía que el P®. M. Francisco despachó aquella armada, la cual él por sí no pudiera haber concertado; ida, pues, esta armada y desmandándose en el alcance más de lo que pensaban, como no se sabía en Malaca el suceso de ella, estaban muy tristes, viendo que hacía tantos días que no tornaba ni enviaba nuevas de sí; y así se decían en este tiempo diversas cosas en aquella fortaleza; y estando un día predicando en la iglesia mayor, dijo que bien sabía que algunos tenían muy poca fe y confianza en Dios acerca del suceso de aquella armada, tanto que algunos, por vía de hechiceros, procuraban saber lo que pasaba, y que por eso avía tanta tristeza en la ciudad; más que él les quería dar una buena, y era, que nuestra armada avía alcanzado una victoria muy señalada de los enemigos, y tornaría presto con los despojos, y que por eso rezasen todos un Páter noster y una Ave María dando gracias a nuestro Señor; con lo cual espantados todos, y consolados por el crédito que tenían de él, vieron de ahí a algunos (días) venir la armada victoriosa con las embarcaciones de los enemigos que había vencido, en el mismo tiempo que lo dijo el Padre con lo cual y con las demás cosas que avía profetizado en Maluco, lo tenían todos por santo y por profeta, daban a sus palabras tanto crédito, que parecía había de ser infalible todo lo que él decía.

Y aquí mismo manifestó otra revelación a su compañero Juan de Airo diciéndole que había de ser y morir fraile de S. Francisco como dijimos arriba.

Entretanto que el M. Francisco andaba haciendo tan grande fruto y servicio a N. Señor, se iba la Compañía acrecentando en diversas partes de la India, y creciendo el número de los Padres y Hermanos de ella; porque además de los tres primeros que vinieron el año de 45, como está dicho, había el bienaventurado P. N. Ignacio mandado en el año de 46 otras ocho personas de la Compañía, de los cuales cinco eran Padres y tres Hermanos; los Padres fueron Francisco Pérez , Enrique Enríquez , Alonso Cipriano Francisco Enríquez 5 y Xuno Ribero, de los cuales el 1° y 3° eran castellanos, y los otros, con los Hermanos Adán Francisco, Nicolás Núñez y Baltasar Núñez , eran todos portugueses ; y en el año de 47 fueron recibidos en la India algunos especialmente el P*. Alonso de Castro, que después murió mártir, como diremos.

Y porque en este tiempo llegaron cartas de Maluco del P M. Francisco, que el P. Juan de la Vera con uno o dos compañeros fuesen a Maluco, y los demás que de Portugal viniesen fuesen a la cristiandad de la Pesquería el P. Nicolao que entonces era rector del colegio de Goa por orden que vino de Portugal, envió a la Pesquería al P.« Fran- cisco Enríquez con otro Hermanos y poco después a los Padres Enrique Enríquez y Cipriano y al Hermano Adán Francisco ; y a Maluco fueron el P. Juan de la Vera y el P. Nuño Ribero y el Hermano Nicolás Núñez, quedando solamente en Goa, con el P. Nicolao y Micer Paulo, el P. Francisco Pérez, que venía de Portugal deputado para leer latín, y el Hermano Baltasar Núñez para servicio de la casa, los cuales todos acabaron sus días en servicio de nuestro Señor, fuera del P. Enrique Enríquez que aún vive.
Y porque cuando llegó el P. M. Francisco a Malaca halló allí al P. Juan de la Vera co sus dos compañeros, que iba para Maluco, conforme a la orden que él había dado, y lo despachó para allá, encomendándole que llevase adelante lo que él había comenzado, y lo hizo superior de aquellas partes animándolo mucho, y prometiéndole mandar luego otros compañeros.
Entre tanto que el P. M. Francisco estaba esperando tiempo para embarcarse para Goa, con deseo de ver sus compañeros que en la India estaban, con ánimo de emprender di- versas empresas para socorrer las muchas necesidades que había visto, llegó una nao de la China, que también había ido a Japón; y los portugueses que en ella venían daban tales nuevas de Japón, y decían tantas cosas del ingenio, policía y costumbres de la gente de aquella tierra, cómo era blanca, y sujeta a la razón y dispuesta a convertirse, que se encendió el P. M. Francisco en un vivo deseo de ir a manifestar el nombre y Evangelio de Jesucristo nuestro Señor en aquellas partes, pareciéndole que, siendo tal la gente y tan diferente de toda la gente negra, se haría en ella más fruto y más servicio de nuestro Señor; y para cumplir su deseo se le ofreció muy buena ocasión de un japonés que venía en aquella nao, que era persona honrada, del reino de Sáxuma, que traía consigo otros dos criados de la misma tierra, el cual por la conversación que tuvo con los portugueses hablaba, aunque mal, alguna cosa de nuestra lengua. Este, huyendo de su tierra por causa de una muerte de hombre que hizo se acogió a la nao de los portugueses; y persuadido por ellos vino después en la misma nao a Malaca con intención de hacerse cristiano, y conocer y darse a conocer al P. M. Francisco, de cuya santidad había oído decir a los portugueses muchas cosas; y hallándolo en Malaca fue luego a visitarlo y decirle el deseo con que venía ; y el Padre lo recibió con mucha alegría, holgando tanto con él como si del cielo le tuviera venido, porque le parecía ésta muy buena ocasión para lo que él pretendía;

porque como este era natural de Japón, haciéndose él cristiano y aprendiendo alguna cosa más de nuestra lengua, lo podría guiar y ayudar mucho, sirviéndole de intérprete. Y tratando con él e informándose de las cualidades de la tierra, lo halló de tan buen discurso y prudencia, que, por lo que en él halló, entendió ser verdad todo lo que los portugueses le decían del entendimiento y ser de los japoneses, y así fue grande el contento que con este hombre recibió; y dándole nuestro Señor interiormente a entender que era su voluntad ir él a Japón, determinó de hacerlo así, y ir luego en dando orden a Goa acerca del gobierno de la Compañía de la India y de aquel colegio, y así, llegando el tiempo para navegar, encomendó a un devoto suyo, capitán de un navío que llevase aquel japonés con sus criados a Goa, y él se embarcó en otro navío con determinación de ver primero los cristianos y Padres que estaban en el Comorín ; y así en llegando Cochín fue luego a la Pesquería consolando los cristianos; y juntando todos los Padres y Hermanos, que en ella estaban en Manipur se detuvo allí pocos días, animándolos a tomar con paciencia y buena gana los trabajos de aquella Costa.

Y dejando por superior de todos al P. Antonio Criminal, él se fue para Goa, a donde llegó a los 20 de Marzo del año 48 y entre otros que halló en aquel colegio fue uno el P*. Cosme de Torres, con el cual se avía visto en Amboyno, como dijimos, el cual, llegando a Goa y movido por ver la manera de vivir de los Padres, estaba en aquel colegio, recogido, haciendo los Ejercicios para determinarse en qué modo de vida tomaría, y como él mismo escribió en una carta a los Padres de Portugal, fue para él la venida del P .® M. Francisco obra divina; porque estando ya en el fin de los Ejercicios, se hallaba muy perplejo y combatido de varias tentaciones que lo perturbaban; mas con la buena venida del P. M. Francisco fue libre de todas ellas, y tan consolado y esforzado, que se determinó del todo a entrar en la Compañía, y fue recibido por el Padre en ella con mucha alegría de ambos.

Halló también allí los japoneses, que días había eran llegados, los cuales se consolaron grandemente con su venida; y de allí a pocos días, siendo bien instruidos, se bautizaron con mucha solemnidad, y al señor de ellos llamaron Paulo de Santa Fe, y a todos hizo dar el Padre los Ejercicios y meditaciones acostumbradas en la Compañía, y les hizo enseñar a leer y escribir y hablar en nuestra lengua con mucha diligencia, para que lo pudiesen ayudar en Japón, a donde determinaba de ir el año siguiente. En este tiempo falleció Don Joan de Castro, que fue aquel año confirmado por virrey, habiendo estado primero tres años por gobernador, al cual ayudó el P.® M. Francisco en su muerte, hallándose allí presente, porque el Virrey lo amaba mucho; y habiendo estado algún tiempo adverso a los Padres por algunas malas informaciones, quedó con la venida del P. M. Francisco muy grande amigo suyo y de la Compañía, aun-que le duró después tan poco la vida, que murió dentro de pocos días, dejando a toda la India grande sentimiento, y grande nombre y memoria de su esfuerzo y virtud.

En este mismo año de vinieron muchos obreros de Portugal, los cuales fueron el P.® M. Gaspar Antonio Gómez, mucho fruto y servicio a nuestro Señor; y otros fueron aquí recibidos, con los cuales se alegró en extremo el Padre, por tener comodidad para hacer con ellos misión a diversas partes, conforme a la necesidad que avía visto, y a la instancia que le hacía el Señor Obispo y los portugueses que estaban en los dichos lugares. Y así mandó en Abril de 48 para Malaca al P. Francisco Pérez con un Hermano para que, prosiguiendo en todo con el orden y modo que él tenía, procurase llevar adelante el fruto comenzado; el cual P®. Francisco Pérez adquirió en el camino al P®. Juan Bravo, que iba en la misma nao, y entonces era un mancebo muy honrado, y por dar en breve tiempo en Malaca muy buena satisfacción de sí, fue recibido del P.® M. Francisco cuando por allí pasó para Japón, y fue después persona de mucha estima, y que mandó también para Coulón al P.* Nicolao Lanciloto, y al P*. Alfonso Cipriano a S. Tomé, y ambos hicieron en aquellos lugares muy grande servicio a nuestro Señor, siendo las primeras plantas que arraigaron allí la Compañía; y para las costas de Comorín mandó al P.° Paulo del Vale, a donde poco antes avía mandado de Cochín a los Hermanos Baltasar Núñez y Adán Francisco que por negocios había sido enviado a Goa, de los cuales, el 1° y 3° fallecieron allí mismo en la costa de Pesquería después de pasar muchos trabajos y cansancios en servicio de nuestro Señor, y el 2°, después de haber allí estado mucho tiempo, falleció en Goa de una enfermedad muy larga y trabajosa, adquirida en la misma costa de la Pesquería.

A Ormuz mandó al P. M. Gaspar, que hizo allí cosas maravillosas, y fue con él el Hermano Remón Pereira, que después murió muy santamente en el colegio de Goa; y él se aparejó con el PCosme de Torres y con el Hermano Juan Fernández para ir a Japón con Paulo de Santa Fe y sus dos criados japoneses.

Para Maluco envió también al P.® Alonso de Castro con 20 dos compañeros los cuales fueron a Malaca, en el mismo tiempo de Abril del año 1549; y de esta manera con este año de 48 hasta 49 sembró la Compañía en diversas provincias del Oriente ; y fueron todas estas misiones tan acertadas, que en todos estos lugares fue la Compañía creciendo con el crédito y fruto que ahora vemos; y fue tan grande el ejemplo que todos estos Padres dieron cada uno en su lugar, y tan grande el provecho que hicieron en las almas con sus sermones y doctrina, que en todas las partes donde estaban eran tenidos y llamados Padres santos, así de los portugueses como de los naturales de la tierra, cristianos e infieles; y así como vivieron con este nombre, así acabaron como santos, como veremos en su lugar.

Mas tornando al P. M. Francisco, como tenía aquel pecho lo tan lleno de caridad (que no es ociosa), no hallaba ningún descanso sino en trabajar; y así, pasado el invierno, tornó de nuevo a visitar los Padres y los cristianos de la Pesquería en cuanto se llegaba el tiempo de navegar para Japón; y después de haber allí estado algunos días dando orden a las cosas de aquella Costa, tornó de nuevo a Goa; y porque el Señor Gobernador García de Sa estaba en el norte, fue a pedirle licencia y despachar algunos negocios con Su Señoría ; y encontrándose con un amigo suyo en Baaín, el cual venía muy alegre a lo abrazar, le dijo el Padre: «Señor, no he de hablar con vos, ni ser vuestro amigo, pues no cumpliste lo que me prometiste»; con las cuales palabras quedó este su amigo tan traspasado, que, como el mismo decía, le pareció que le había visto el alma el Padre, que hacía dos años que no se confesaba; por lo cual, arrepentido y contrito, luego se confesó con él; y alcanzando despacho de todo, como quiso, del Señor Gobernador, se tornó a Goa para hacer su jomada a Japón tan deseada.

Cómo el P. M. Francisco fue a Japón y de lo que en el viaje le aconteció.
Cap. 16.


Tornando el P. M. Francisco de las partes del norte a Goa, y dado el orden que convenía a aquel colegio, dejando por superior de todos los Padres de la India en su lugar al P Micer Paulo, su compañero antiguo, y al P.® Antonio Gómez por rector de Goa se apercibió él con los dichos P. Cosme de Torres y Hermano Juan Fernández, ambos castellanos y personas de mucha virtud, para ir a Japón : y aunque muchos de sus devotos le persuadían que no fuese, temiéndole, por el amor que le tenían, los muchos y grandes peligros de aquella tan larga navegación, que passa de mil y trescientas leguas; y así unos le ponían delante las tempestades y tormentas de aquellos mares, que son las mayores de cuantas acontecen en Oriente, por causa de un viento que los naturales llaman tifón, el cual en poco espacio de tiempo corre todos los rumos con tan grande ímpetu y furor, que, levantando el mar por todas partes con grande tormenta, desatina las naos y las deshace de tal manera, que ordinariamente no les quedan castillos de popa ni de proa; y quebrando los leñes y gobernalles y los mástiles, las ponen de repente en tan grande peligro, que, o del todo las engulle el mar, o llegan a punto de perderse; y es tanto el temor que causa en todos los que van este viaje, que lo hace sobre manera temeroso y trabajoso. Otros añadían a esto los peligros que le ponían delante, de muchos bajíos, y de los ladrones y enemigos que se hallan por aquellos mares, porque en el mar de Malaca hacen muy grandes armadas los moros de Dachén, enemigos crueles de los portugueses, y en el mar de la China van otras arma das de ladrones y de los oficiales que los persiguen, los cuales todos no perdonan a navío que encuentran, especialmente cuando son extranjeros; y en aquel tiempo era mayor el peligro, porque ni los portugueses tenían entonces el puerto de Macao, que ahora tienen, ni el comercio libre y seguro con los chinas con licencia de los mandarines, ni mucha experiencia de la navegación de Japón. Mas todo esto, que sus devotos decían al P. M. Francisco, no le ponía ningún temor, ni era bastante para mudarlo de su deseo de hacer aquella jornada, ofreciéndose a todo peligro y a la muerte por el servicio de Dios. Sobre lo cual, escribiendo una carta al P. Provincial de Portugal, dice así:

«Espántense mucho todos mis devotos y amigos de querer yo hacer un viaje tan largo y peligroso, proponiéndome muchos peligros de tempestades, de bajíos y de ladrones; pero yo más me espanto de ellos de ver la poca fe que tienen, pues Dios nuestro Señor tiene mando y poder sobre todas estas cosas; y como todo esté a su obediencia, de ninguna cosa tengo miedo sino de él solamente, que me dé algún castigo por ser negligente en su servicio, e inhábil e inútil para acrecentar el nombre de Jesucristo entre las gentes; por eso todos los otros temores y peligros y trabajos que me dicen, tengo en nada, que solamente tengo el temor de Dios, pues el poder de las criaturas tanto / se extiende, cuando el Creador de ellas les da lugar».

Así que, ordenadas las cosas como parecía convenir para ser la Compañía bien gobernada en la India entre tanto que él se ausentaba de ella, se embarcó en el mes de Abril de 49 con sus dos compañeros, y Paulo de Santa Fe con sus dos criados japoneses, en un navío que iba de Goa a Cochín, y de ahí a Malaca, a donde llegaron postrero de Mayo y fueron recibidos de todos con grande alegría.

En el mismo tiempo llegó allí el P. Alonso de Castro con sus compañeros, que fueron en otro navío, y todos juntos se consolaron grandemente con el P. ® Francisco Pérez y con el Hermano Juan Bravo, que el Padre recibió entonces en la Compañía; y después de haber allí estado algunos días y haber escrito al P. ® Juan de la Vera y los demás compañeros animándolos y enviándoles compañeros, se embarcó a los 24 de Junio, día de S. Juan Baptista, para Japón.
Y como tenía tanto deseo de llegar en breve tiempo, no habiendo otro navío que entonces fuese derecho a Japón, sino un junco de los chinas gentiles, y tales que se llamaba aquel navío el junco del ladrón determinó el Padre de irse con ellos a Japón, prometiéndole de llevarlo derecho sin detenerse en la China, en lo cual se entiende bien cuán confiado estaba en nuestro Señor, pues sola esta confianza bastaba a hacerle a solo él meterse en semejante navío de hombres gentiles, tan malos y traidores como son los ladrones de la China.

En este viaje pasó muchos peligros y tuvo muchos trabajos; porque allende de las tormentas que padeció, se vio muchas veces metido en grandes angustias y temores por la mala compañía de aquellos chinas. De esta navegación escribió después una carta muy larga a los Hermanos del colegio de Goa, que es muy digna de ser leída por las muchas advertencias y consejos sacados de la experiencia que en ella dio a sus hijos, de la cual pondré aquí en suma alguna cosa que más hace a nuestro propósito, que es saber lo que en aquel viaje le aconteció. En suma, pues, dice así:

"Icémonos a la vela muy contentos todos, los gentiles muy confiados en el ídolo que llevaban con mucha veneración en la popa del navío, y nosotros en Dios, creador de todas las cosas, y en Jesucristo su Hijo, por cuyo amor y servicio íbamos a Japón; y dándonos nuestro Señor muy buen tiempo, como sean los gentiles muy inconstantes, mutando su parecer el capitán de ir a Japón, se detenía sin necesidad en algunas islas, cosa que sentíamos mucho por dos causas; la que, como no nos ayudábamos del buen tiempo que teníamos, se acababa el tiempo de navegar para Japón, y habíamos de esperar un año en algún puerto de la China por el otro tiempo; la otra era ver las continuas idolatrías y sacrificios que hacían los gentiles a su ídolo sin poder impedirlo, echando suertes muchas veces, y preguntando si iríamos o no a Japón; y no era pequeño trabajo estar al parecer del demonio y de sus ministros.
Y en este viaje, estando en una tormenta que tuvimos cerca de Cochinchina, nos acontecieron dos desastres; el 1º fue, que cayó Manuel China, nuestro compañero, en la bomba del navío, quedando mal herido y casi muerto; el 2º, que se ahogó la hija del capitán, cayendo del navío en la mar; y fueron tantos los llantos y voces todo aquel día y noche, que era piedad grande oírlos; y haciendo por esto muchos sacrificios a su ídolo, echaron suertes, y salió que si Manuel cristiano muriera cuando cayó en la bomba, no se ahogara ni cayera en la mar su hija; de suerte que estaban nuestras vidas en suertes del demonio y en poder de sus siervos y ministros.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mar Ene 03, 2017 7:38 pm 
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En el día y noche que estos desastres nos acontecieron, me hizo N. Señor merced de darme a sentir por experiencia muchas cosas acerca de los feos y espantosos peligros y temores que pone el enemigo cuando Dios se lo permite y halla cómoda oportunidad para eso; y asimismo los remedios de que hombre debe usar en semejantes trabajos contra las tentaciones del enemigo.

La suma de todos es, mostrarle grande ánimo en tal tiempo, desconfiando totalmente de sí, y confiando grandemente en Dios, y poniendo en él todas sus fuerzas y esperanzas; y con tan gran defensor y valedor guárdese mucho de mostrar cobardía, no dudando de vencer; porque permite Dios que el enemigo veje y desconsuele a aquellos que por pusilanimidad dejan de confiar en su Creador, no tomando fuerzas y esperanzas en él, la cual pusilanimidad nace de confiar el hombre de sí mismo ; porque como él es cosa tan pequeña y de tan poco poder, cuando se ve en trabajos, en lo los cuales tiene necesidad de mayores fuerzas, pierde luego el ánimo y desfallece; y esto acontece a los hombres por hacer fundamento en sí mismos. Más los que se fundan en Dios, y desconfiando de sí ponen toda su confianza en él, cuanto mayores son las tribulaciones, se ven con más ánimo, y nunca desmayan, entendiendo que Dios es poderoso para ayudarlos; y por eso ni el diablo con sus ministros, ni las muchas tempestades de la mar, ni la malicia de las gentes bárbaras y feroces, ni otra criatura le puede hacer mal sin permisión y licencia de Dios. Y cuando Dios permite que los tiente y persiga, entienden que es para prueba suya, y para entrar dentro de sí, y conocer más su bajeza, o por pena de sus pecados, para limpiarlos y purificarlos, o para que alcancen mayores merecimientos y virtudes, por lo cual da muchas gracias a N. Señor en tal tiempo por las mercedes que le hace; y aman a los prójimos que los persiguen, porque ven que son instrumento por donde les viene tanto bien ; y como no tienen con qué les pagar el bien que les hacen, por no les ser ingratos ruegan a N. Señor con mucha instancia por ellos.

Y así yo sé de una persona, a quien Dios hizo muchas mercedes, ocupándose muchas veces, así en los peligros como fuera de ellos, en esta confianza; y el provecho que le vino de ella sería cosa muy larga contarlo por escrito; y por eso hemos de procurar de nos fundar en verdadera humildad, porque para eso permite Dios que el enemigo nos proponga tantos miedos, peligros y trabajos, para que humillados y abajados no confiemos en nuestras fuerzas y poder, sino solamente en Dios.

Y bien nos muestra la infinita misericordia y particular memoria que en esta parte tiene de nosotros, dándonos a conocer y sentir en nuestras almas para cuán poco somos, pues nos permite ser perseguidos de no pocos ni pequeños peligros y trabajos, para que no nos olvidemos de él, estribando en nosotros mismos; porque a los que estriban en sí, las pequeñas tentaciones y persecuciones son más trabajosas y dificultosas de pasar, que lo son los muy grandes peligros y trabajos a los que, desconfiando del todo de sí, confían mucho en Dios».

Este capítulo referí aquí de la carta del Padre, teniendo más cuenta con la substancia de las cosas que con el orden de las palabras, por hacerlo más breve; del cual y de todo lo demás que escribe en aquella carta se puede entender alguna cosa de la grandeza de su espíritu, y de los trabajos que pasó en aquel viaje. Finalmente después que el capitán de aquel navío estuvo muchas veces dudando y consultando con su ídolo si había de ir o no a Japón, saliéndole por suerte que el navío llegaría, mas no tornaría, desconfiado del todo, determinó 1° de entrar a invernar en algunas de las islas de Cantón, y después, habiéndolas todas pasado, tomó su camino para entrar en el puerto de Chinchéo; y yendo para allá muy contra la voluntad del Padre, le dieron nuevas que había allí ladrones, por donde le fue forzado volver la proa; y así teniendo (como escribe el Padre) el viento por la proa para tornar a Cantón y en popa para ir a Japón, y no pudiendo entrar en Chincheo, contra toda su voluntad y de todos los que con él iban, tuvo el capitán de ir a Japón; de manera que ni el demonio ni sus ministros pudieron impedir nuestra ida a Japón. A la cual tierra llegaron día de nuestra Señora de Agosto del año 1549, habiendo partido de Malaca a los 24 de Junio en el día del bienaventurado S. Juan Baptista, y fueron a Sáxuma en el puerto de Cangóxima que era la tierra natural de Paulo de Santa Fe, que iba con el Padre. En la cual fue la primera vez vista gente de la Compañía, y persona que publicase y predicase el santo Evangelio. Más para que mejor se entienda lo que el Padre hizo y padeció en el tiempo que ahí estuvo, será necesario decir alguna cosa de las cualidades y costumbres de Japón.
De algunas cualidades y costumbres de los japoneses.

Cap. 17.

Japón es una provincia de diversas islas, repartida en sesenta y seis reinos ^y conforme a lo que dicen es más de doscientas leguas de largo; mas es muy estrecha, porque en parte es de diez y quince leguas, y en parte aún menos y lo más ancho de ella no pasa de 25 o 30 leguas. Es tierra de muchos fríos y nieves, porque está desde treinta hasta treinta y siete u ocho grados del norte.

La gente es toda blanca y de mucha policía, porque aun los plebeyos y labradores son entre sí bien criados y a maravilla corteses, que parece ser criados en corte; y en esto exceden no solamente a las otras gentes de Oriente, más a los nuestros de Europa. Es gente muy capaz y de buen entendimiento, y los niños son muy hábiles para aprender todas nuestras ciencias y disciplinas, y decoran y aprenden a leer y escribir en nuestra lengua mucho más fácilmente y en menos tiempo que nuestros niños de Europa; ni en la otra gente baja hay tanta rudeza e incapacidad como en nuestra gente, antes comúnmente son todos de buen entendimiento, bien criados y expertos.

La tierra en algunos lugares es abastecida de arroz, que es su proprio mantenimiento, y también hay en ella trigo. En otros reinos es estéril y montuosa, y universalmente es de las más estériles y pobres que hay en todo el Oriente, porque casi no tienen otras ningunas mercadurías sino de la seda, que usan en sus vestidos, la cual les traen los portugueses de la China 9 ; ni tienen ganados ni otras industrias, con que aprovechar la tierra, sino solamente aquel poco de arroz con que se sustentan ; por lo cual comúnmente así los plebeyos como los nobles son muy pobres, aunque ni la pobreza es tenida entre ellos por afrenta, ni aun en cierta manera se les conoce, porque con aquello poco que tienen andan muy limpios y bien tratados.

Los nobles son tenidos entre ellos en mucha estima, y comúnmente van bien acompañados conforme a sus cualidades y estados; sus casas son de madera cubiertas de tablas o lo de paja, y son muy limpias, acomodadas y bien hechas, las cuales están siempre esteradas con unas esteras a manera de colchones, con que vienen a estar muy limpias y concertadas : y paréceme que es la más puntosa gente y de más honra que se halla en el mundo, porque no sufren ninguna palabra, no solamente afrentosa, mas ni aun dicha con cólera; y así aun con los más bajos oficiales y labradores no se habla ni se puede hablar sino cortésmente, porque de otra manera no lo sufren : mas o dejan la obra, sin hacer caso de lo que ganan en ella, o hacen otras cosas peores.

Tienen entre sí el más extraño modo de gobierno que hay en el mundo; porque cada uno es tan absoluto señor de su casa y de los que están debajo de su mando, que, como él quisiere, los puede cortar y matar justa e injustamente sin dar de ello cuenta a nadie; y así cualquiera puede matar a sus hijos y criados, aunque tenga otro señor sobre sí, porque acerca de esto no tiene el señor cuenta con ellos y no solamente los puede matar, más de la misma manera, cuando quisieren, les pueden quitar la hacienda ; porque la manera y gobierno de Japón es tal, que quien es rey o señor de alguna tierra lo es tan absoluto, que toda la tierra es suya, y él la tiene repartida entre sus capitanes y criados, de modo que la menor parte queda para él; y estos de la misma manera reparten con los otros sus criados, que viven debajo de ellos, quedando todos con una cierta y determinada obligación de servir a su costa a sus señores, así en el tiempo de paz como de guerra; de manera que hasta los más bajos labradores tienen sus días y tiempos determinados, en que han de acudir al servicio de su señor, cada uno en sus propios ministerios, conforme a su cualidad y a la cantidad de tierras que tienen. De lo cual primeramente se sigue que, aunque los reyes son muy grandes y señores de muchos reinos, todavía, como tienen repartida de esta manera toda la tierra, y los vasallos no le dan cosa otra alguna sino su servicio ordinario, a que son obligados, y como no tienen otros pechos, ni tributos, ni rentas más que aquel poco arroz que sacan de las tierras, que reservan para sí mismos, son comúnmente muy pobres de dinero.

Lo 2° se sigue que, siendo muy poderosos de gente, y sirviéndose con mucho estado, y haciendo muy grandes ejércitos, no gastan casi nada; porque todos los sirven a su propia costa, conforme a la obligación que tienen, no gastando él más de su ordinario, porque ni les da de comer, ni algina otra paga que aquellas tierras; de suerte que, siendo algunos de ellos tan poderosos en gente, que parecen unos reyes de Europa, son en hacienda y renta tan pobres, que cuanto a esto no parecen señores. Y como son de esta manera señores de la vida y hacienda de sus vasallos, son de ellos sobre manera temidos y reverenciados, aunque muchas veces los principales caballeros y capitanes, que están debajo de ellos, cuando son poderosos se ligan entre sí, de tal manera, que ni siempre los señores pueden hacer todo lo que quieren, y muchas veces no pueden hacer más de lo que a ellos les parece.

Está todo Japón repartido en diversas suertes de gente; la 1ª es de señores que llaman tonos que son los que mandan y señorean la tierra, entre los cuales hay mucha diferencia de dignidades y preeminencias, como son entre nosotros los condes, marqueses y duques, aunque estos tienen otros nombres, y hay más variedad de grados, y todos ellos viven con mucho estado conforme a su poder y preminencias.

La 2ª suerte de gente es de los religiosos, que llaman bonzos que son muchos en número y poderosos; porque allende de la reverencia que el pueblo les tiene por razón de su estado, hay entre ellos muchos que de su natural son nobles, hermanos, parientes e hijos de los mayores señores, y gozan de todo lo mejor de la tierra, aunque de algunos años a esta parte van cayendo mucho de su poder

La 3ª suerte de gente es de soldados, que son los caballeros e hidalgos honrados de la tierra.

La 4ª es de mercaderes y otros oficiales, que viven con su industria de comprar y vender, y hacer los otros oficios y artes mecánicas.

La última es de la gente más baja, labradores y de servicio, que hacen en casa y fuera de ella todos los ministerios más bajos, de los cuales hay mucho más que en nuestra tierra.

Es esta gente de su naturaleza tan dada a las armas, que todos, de cualquier suerte que sean, como lleguen a doce o quitarse años andan siempre con daga y espada, sacando los bonzos, de los cuales también algunos hacen profesión de soldados, como lo son los que llaman néngoros; y aunque comúnmente hay guerra entre los reyes y señores, procurando cada uno cuanto puede aumentar su estado o defenderlo, todavía los que están debajo de un señorío viven entre sí en paz y mucho más quietamente que entre nosotros se vive, porque no hay entre ellos tantas peleas y cuchilladas como en Europa se acostumbra, antes hay entre ellos pena de muerte a quien hiriere o matare a alguno, como no fuere su criado o lo vasallo ; y por eso muy raramente echan mano a la espada unos contra otros : mas cuando llegan a eso son tan determinados, que comúnmente es con resolución de matar y de ser muertos.

No tienen cárcel ni ay entre ellos otra manera de castigo sino desterrar, o matar, o tomarle las tierras, aunque en algunas partes del Meacó a los ladrones y otros malhechores los crucifican ; y cuando matan, ordinariamente no es sino con espada y a traición, cuando el otro menos se teme, porque de otra manera no se dejan prender ni matar sin vender ellos muy bien sus vidas; aunque entre la gente más noble, cuando sus señores no pueden matar los que quieren de esta manera, o los quieren matar con más estruendo, acostumbran mandarles poner cerco en sus casas con mucha gente ; y haciéndoles saber que han de morir, está en su elección , si quieren defenderse contra ellos hasta morir, o matarse ellos mismos por sus manos; y si escogen defenderse, hacen lo que pueden hasta que los maten con toda la demás gente, sin perdonar a veces ni a niños ni a mujeres; y si él dice que se quiere matar por sí mismo, llama un amigo suyo o criado, rogándole que, después haberse él herido, le corte luego la cabeza; y así, desenvainando luego su puñal, se corta las tripas al través; y lo los que son más valientes las cortan en cruz, mostrándose tan intrépidos como si no sintiesen nada; y como le salen las entrañas por la herida, luego aquel, a quien se lo rogaron, les corta la cabeza; y los que de esta manera mueren son tenidos por hombres muy esforzados y de mucha honra; y a las veces hacen lo mismo muchos de sus criados, cortándose las tripas juntamente con sus señores, para mostrar el amor y fidelidad que les tenían; y el cortarse por las barrigas de esta manera es cosa tan usada en Japón, que a las veces acontece hacerlo los hijos muy pequeños delante de sus padres por algún enojo o indignación que con ellos toman.

Tenían antiguamente un rey, que era señor universal de todo Japón, llamado Dayri, que residiendo en la ciudad del Miacó que es la más principal de todas, gobernaba sus reinos por medio de sus gobernadores y capitanes; y entonces vivía Japón en mucha paz, y era su rey muy rico, poderoso y servido con grande estado, y la ciudad del Miacó era muy noble y populosa; más de quinientos o seiscientos años a esta parte se levantaron contra él diversos señores y fueron ocupando tanto la tierra, que quedó el Dayri desposeído de todo su estado sin le quedar un solo reino; porque como su vida era muy muelle y afeminada, no haciendo ni él ni sus grandes, que llaman Qüngues ninguna profesión de armas, sino solamente de llevarse buena vida y regalada, fue fácil a los capitanes que tenían el asunto de la guerra, levantarse y hacerse señores de su estado; y desde estonces perdieron la paz que tenían, y estuvo y está hasta ahora todo Japón metido en continuas guerras; y la ciudad del Miacó con todas las demás fueron muchas veces asoladas y destruidas, de manera que quedaron muy diferentes de lo que de antes eran, y el Dayri quedó muy pobre con sus Qüngues, teniendo solamente la dignidad y el nombre sin poder alguno; porque aunque él da las dignidades y le tienen todos los señores reverencia y acatamiento en cuanto a lo exterior, todavía no le obedecen ni le dan ayuda ni renta, sino una cosa muy poca, que le da el que es señor de la monarquía de Japón, al cual queda él en cierto modo sujeto.

Es toda esta gente de Japón pacientísima, y muy sufridora de hambre, frío y de todo trabajo e incomodidad humana, porque desde niños se crían, aun los señores más principales, de manera, que se acostumbran a padecer mucho de todo esto, y andan siempre, invierno y verano, la cabeza descubierta y de tal manera vestidos, que están muy abiertos al frío; y comúnmente arrancan con tenazas los cabellos, de manera que quedan del todo calvos, dejando solamente una guedella o manojo de cabellos, en la parte del cogote, que traen atado; y los bonzos rapan toda la cabeza, y otros muchos, o porque dejan las casas a sus hijos, o porque hacen profesión de vivir recogidos como hombres que quieren tener poca cuenta con las armas y ceremonias del mundo, los cuales, aunque con esto se descargan de muchos cumplimientos y obligaciones que los otros tienen, quedando en cierta manera en reputación de hombres ancianos y de consejo, todavía son tan dados a sus sensualidades e intereses como de antes; mas de algunos años a esta parte muchos comienzan a dejar esta costumbre de arrancarse los cabellos, y los niños hasta los 14 años traen el cabello largo y atado encima de las cabezas como las mujeres.

Son pacientísimos más de lo que se puede creer y sufridores en sus adversidades; porque muchas veces se ven reyes y señores muy grandes y poderosos perder todo lo que tenían, y ser desterrados de sus reinos, y padeciendo extremas miserias y pobrezas se muestran y viven tan quietos y descansados, como si no hubieran perdido nada; y parece que buena parte de esto nasce de ser cosa tan usada y acostumbrada en Japón estas mudanzas de estados; porque no hay tierra en el mundo, en que tantas vueltas dé la rueda de la fortuna como en Japón, donde a cada paso se ve hacerse muy poderosos señores hombres de nonada, y al contrario otros muy grandes quedar perdidos y asoladas sus casas : y como digo, es ya esto tan ordinario entre ellos y tan común, que todos viven apercibidos para ello; y cuando sucede acontecer lo sufren bien, como cosa acostumbrada y pensada.

Asimismo son en sus pasiones tan moderados, que, aunque las sientan dentro, no las muestran en lo de fuera, y la ira y cólera tienen comúnmente tan sopeada que por maravilla muestra alguno estar enojado, y por eso no hay entre ellos las voces y contrastes que entre las demás gentes, ni por las calles, ni en sus mismas casas; porque ni los maridos pelean ni gritan con sus mujeres, ni los padres con sus hijos, ni los señores con sus criados; mas, mostrando en lo exterior mucha paz, se negocian o por recados que se envían, o con palabras bien criadas que se dicen, de manera que, aunque se destierren, maten o echen de sus casas, todo lo hacen con quietud y buena manera; y finalmente, aunque sean muy crueles enemigos entre sí, se muestran los unos a los otros muy alegre semblante, y no dejan de hacerse ninguna de sus cortesías acostumbradas. Y no se puede creer ni entender lo que acerca de esto passa; porque llega la cosa a tanto, que, cuando están más determinados de vengarse y matar alguno, entonces le muestran más amor y alegre familiaridad, riéndose y holgando con él, y en viendo comodidad, cuando el otro está más descuidado, echan mano a sus espadas, que cortan como navajas y 20 son muy pesadas, y le dan de tal manera, que comúnmente con el 1° o 2° golpe lo despachan; y tornan después a envainar sus espadas tan desapasionada y descansadamente, como si no hubieran hecho nada, sin dar alguna señal, ni de palabra ni con mudanza de rostro, de estar apasionados ni enojados; por lo cual parecen todos muy mansos, pacientes y bien acondicionado ; y no se puede negar sino que llevan en esto ventaja a todas las demás gentes.

En el vestir y en el comer y en todo lo demás de su servicio son muy limpios, ataviados y concertados, y todos los japoneses tienen el mismo orden y modo de proceder, tanto que parecen todos enseñados en una escuela. Y finalmente no se puede negar ser la gente de Japón noble, cortés y de muy buen natural y entendimiento tanto que en muchas cosas hacen ventaja a los nuestros de Europa, aunque en otras les son muy inferiores como ahora veremos.

De algunas otras extrañas costumbres de los japoneses.
Cap.18.


Las buenas partes que tienen los japoneses son muy afeadas y destruidas con otras malas que se hallan entre ellos, que fueron siempre comunes a toda la gentilidad, con las cuales se ven en ellos unos altibajos y unas contrariedades tan grandes, que se puede bien decir de ellos lo que decía Jeremías de los cestos que delante del templo le mostró N. Señor, de los cuales uno estaba lleno de buenos higos y muy buenos, y otro estaba lleno de malos higos y muy malos; porque de la misma manera los japoneses tienen algunas partes buenas y muy buenas, con las cuales se pueden comparar con las más nobles y prudentes y bien criadas naciones que hay en el mundo, y tienen otras partes malas y que no pueden ser peores, las cuales, con tener entre sí una cierta contradicción, es cosa maravillosa cómo se pudieron juntar en los mismos en tan subido grado.

Mas no es de espantar; porque siempre fue costumbre de gentiles vivir metidos en grandes vicios y pecados, pues de sus ídolos y maestros no pueden recibir otras leyes ni otra doctrina; y particularmente se ve esto en Japón, donde parte por las perversas leyes que el demonio y los bonzos les dieron, parte por la pobreza y continuas guerras, no es mucho verse entre ellos algunas malas cualidades, con las cuales vinieron a corromper en parte su buen natural; mas antes es de espantar cómo con tan perversas leyes, y tantas ocasiones y libertades, pudieron conservar tantas y tan buenas partes como tienen, sujetándose, sobre todas las naciones que yo he visto, a la razón, de la cual se dejan fácilmente convencer.

Por donde se entiende mejor cuán bien acondicionados y de cuán buen natural sean los japoneses; porque la pobreza hace a los hombres hacer mil extremos y bajezas y todavía son ellos tan honrados, que aborrecen en extremo toda manera de hurto, y sufren grandes extremos de pobreza por no pedir una limosna o algún dinero prestado; y las guerras, que son continuas, hacen a los hombres crueles y deshumanos; y las leyes perversas y sucias afean y destruyen toda manera de bien; y todavía, aunque entre ellos hay algunos grandes pecados, son en otros tan moderados, que pueden hacer confundirse a la gente de Europa; porque entre ellos no hay blasfemias, ni juramentos, ni murmuraciones , ni detracciones, ni palabras injuriosas, ni hurtos, sacando los que se hacen con especie de guerra, o de arrendadores, o de algunos piratas de la mar, antes grande-mente aborrecen y castigan todas estas cosas; y, como arriba dijimos , es espanto ver cuán enfrenados son en sus pasiones. Asimismo no tienen los odios y codicias tan desordenadas como en otras muchas gentes vemos, porque realmente son muy sujetos a la prudencia y razón.

Todavía la mala cualidad que tienen es, ser muy dados a vicios y pecados sensuales, como fue siempre costumbre dela gentilidad, no teniendo mucha cuenta de lo que en esta parte hacen sus mujeres, porque los japoneses confían mucho en ellas, aunque hay pena de muerte para las casadas, y los maridos y parientes las matan con los adúlteros sin ninguna pena ; y lo que peor es, mayor disolución hay en el pecado, del cual no se puede hablar, el cual estiman tan poco, que así los muchachos como los que andan con ellos se precian de eso, y lo dicen públicamente y no lo encubren, porque por la doctrina que dieron los bonzos no solamente no lo tienen por pecado, más lo tienen por cosa tan natural y virtuosa, que como tal la reservan para sí en cierta manera los mismos bonzos; porque siéndoles a ellos prohibido por leyes y costumbres antiguas, debajo de graves penas, el uso de mujeres, hallaron por remedio de sus desordenados apetitos, dar a estos ciegos gentiles esta tan perniciosa doctrina, en la cual como son ellos los maestros, así son los peores y más públicamente engolfados en ella que todos los otros; y puede tanto la autoridad que con el pueblo alcanzaron, y la costumbre recibida por sus mayores, que bastó a cegar tanto los japoneses, que no entiendan ser este vicio tan abominable y perjudicial como muestra la razón; aunque después que apareció en Japón la luz del santo Evangelio comentaron muchos a entender cuán grande es la oscuridad de sus tinieblas, por lo cual los cristianos huyen y aborrecen este vicio como es razón. Dicen que antiguamente no había este pecado en Japón, y así vivían entonces todos debajo de un solo rey con mucha paz; mas después que un perverso bonzo, tenido entre ellos por santo y profeta, comentó de quinientos o seiscientos años a esta parte a sembrar esta mala doctrina, se introdujo entre ellos de la manera que vemos; a la cual luego se siguieron los levantamientos, destrucciones y guerras, que ahora hay en Japón; de manera que se muestra bien que la espada de la justicia de Dios anda sobre ellos castigando este pecado, pues con las guerras y levantamientos continuos la mayor parte de los hombres muere a cuchillo, y las ciudades y familias cada día se asuelan y destruyen, viviendo todos con continuas miserias y trabajos.

La 2ª mala cualidad de esta nación es, haber entre ellos poca fidelidad para con sus señores, contra los cuales se rebelan cuando les viene bien, haciendo liga con sus contrarios, o haciéndose ellos mismos señores, y dando vuelta tornan a hacerse sus amigos, y después se tornan a levantar de nuevo conforme a las ocasiones que suceden, sin perder por eso nada de su honra; de lo cual se sigue no estar seguros ningunos o muy pocos en sus tierras, y haber tantas mudanzas y guerras como vemos, con las cuales van juntas muchas muertes y traiciones de parientes y amigos, porque sin ellas no pueden los señores salir con lo que pretenden. Y la principal raíz de este mal es no estar como primero sujetos todos al Dayri, que era su señor natural y verdadero, contra el cual como se levantaron, quedando Japón dividido entre tantos señores, que no son naturales ni legítimos, por eso hay siempre guerras entre ellos, procurando cada uno adquirir para sí la más tierra que pueden. Y a la verdad el vasallaje de Japón es tan libre y tan diferente del de Europa, y el señorío y mando de los señores tan de otra manera que el nuestro, que no es de maravillar a ver en ellos tantas traiciones y levantamientos en los cuales no tienen pequeña culpa los bonzos, porque comúnmente por medrar ellos son los principales fautores y terceros de estos levantamientos

La 3* cualidad mala de esta gente es la que fue siempre común entre los gentiles, que, viviendo en leyes mentirosas y llenas de engaños y ficciones, no extrañan el mentir y ser doblados y fingidos; y es esto más en Japón con la profesión que hacen de se haber en todas las cosas como prudentes; y como no saben la diferencia que hay entre prudencia de carne y mundo (que es falsedad y locura delante de Dios) y la verdadera prudencia, dieron en este error, atribuyendo a prudencia ser doblado y fingido, y haberse en lo exterior de tal manera, que no se pueda entender lo que se tiene dentro en el corazón. La cual doctrina, si moderaran conforme a las reglas de la ver- dadera prudencia, fuera muy digna de ser loada ; porque, a la verdad, en esta parte se guían en muchas cosas con más consideración que nosotros, sabiendo callar y disimular mu- chas cosas a su tiempo, de lo cual se seguirían muchos bienes si, como digo, esta prudencia no pásaselos límites de la razón; más porque los j apones no la supieron regular, de convirtió la prudencia en malicia, haciéndose tan doblados, que con mucha dificultad se pueden entender, y en ninguna manera se puede averiguar por las palabras y señales exteriores lo que sienten y pretenden en sus corazones.

La 4ª calidad es, que son muy crueles y fáciles en matar, porque por levísimas causas matan a sus súbditos, y no estiman en más cortar a un hombre de medio a medio que si fuera un perro; tanto que muchos, cuando lo pueden hacer sin peligro suyo, encontrándose con un pobre hombre lo cortan por medio, no más de por probar como cortan sus catanas. Y en las guerras queman y destruyen las poblaciones a fuego y a sangre, sin perdonar ni a los templos de sus ídolos ; y llegan a tanto, que fácilmente se matan, cortándose por las tripas a sí mismos, hora sea por disgustos, hora por no venir a manos de sus enemigos, y lo que aún es más cruel y contra todo orden de naturaleza, las mismas madres muchas veces matan a sus hijos, o en su vientre, tomando cosas para mover, o poniéndoles los pies en el pescuezo, ahogándolos después de nacidos; y esto solamente por no tener trabajo en criarlos, o por decir que son pobres y que no pueden sustentar tantos hijos. En lo que también tuvieron no pequeña culpa los mismos bonzos; porque queriendo encubrir las maldades que hacían con sus monjas, que llaman bicunis inventaron esta maldad, la cual se fue introduciendo de manera, que muchos de ellos dan ahora hiervas y medicinas a los que las piden para hacer mover.

La 5ª cualidad de esta gente es, que son muy dados a beber y a fiestas y banquetes, en las cuales gastan tanto tiempo, que se les pasan las noches enteras. Y estos banquetes acompañan con varias músicas y diversas representaciones, que bien parecen invenciones todas estas de quien tales leyes les dieron; y como el vino y semejantes fiestas y tanto comer van siempre acompañados de otras muchas disoluciones, se pervierte mucho con esto el buen natural de los japoneses.
Tienen también otros ritos y costumbres tan diferentes de todas las otras naciones, que parece estudiaron de propósito cómo no se conformar con ninguna gente. No se puede imaginar lo que acerca de esto pasa; porque realmente se puede decir que Japón es un mundo al revés de como corre en Europa; porque es en todo tan diferente y contrario, que casi en ninguna cosa se conforman con nosotros; de manera que en el comer, en el vestir, en las honras, en las ceremonias, en la lengua, en el modo de tratar, en el asentarse, en el edificar, en el servicio de sus casas, en el curar los heridos y enfermos, en el enseñar y criar sus niños, y en todo lo demás, es tan grande la diferencia y contrariedad, que no se puede escribir ni entender; y lo que en esto me admira es, que en todas estas cosas se gobiernan como gente de mucha prudencia y policía, que si en ellas se tuviesen como gente bárbara no era de espantar ; mas ver que en todo van al revés de Europa, y que con esto concertasen sus ceremonias y costumbres tan políticas y puestas en razón, para quien bien las entiende, es cosa que puede causar no pequeña admiración; y lo que mucho más es para espantar, es que en los mismos sentidos y cosas naturales son muy diferentes y contrarios a nosotros, cosa que no me atreviera a afirmarlas si no lo tuviera entre ellos tanto experimentado; porque de tal manera tienen el gusto contrario al nuestro, que las cosas que a nosotros nos saben mejor, comúnmente ellos aborrecen y desprecian; por el contrario, lo que ellos mucho estiman, nosotros no lo podemos meter en la boca. Asimismo los colores y cosas, que a nuestros ojos parece muy bien, ordinariamente no les contenta tanto a ellos; y lo que agrada a su vista tenemos nosotros en menos cuenta; por lo cual, lo blanco, que nosotros tenemos por color alegre y festiva, tienen ellos por luto y tristeza y se alegran mucho con lo negro y morado, que nosotros traemos por luto. Pues no es menor la contrariedad en el oído; porque nuestras músicas de voces e instrumentos comúnmente les hieren las orejas, gustando en extremo de sus músicas, las cuales realmente nos atormentan el oído.

Asimismo muchas cosas, de que nosotros usamos para olores, como incienso, betún y otras cosas semejantes, ellos no las pueden sufrir, usando ellos de otros, hechos a su modo. Y para que se entienda aún más de lo que acerca de esto pasa, me extenderé un poco: como nosotros quitamos la gorra o sombrero, y nos levantamos en pie para honrar a los que vemos, así ellos, por lo contrario, se quitan el zapato y se sientan, teniendo por suma descortesía recibir alguno en pie; nosotros gustamos de tener los cabellos rubios y los dientes blancos, mas ellos así los unos como los otros tiñen con tinta haciéndolos negros dejando para gente baja y abatida los dientes blancos y cabellos rubios. Nosotros cabalgamos en un caballo por la parte izquierdo, metiendo en el estribo el pie izquierdo para cabalgar; ellos lo hacen al contrario, cabalgando por la parte derecha.

Las mujeres andan a caballo como los hombres, y cuando llevan en su acompañamiento las señoras mogas y doncellas y otras mujeres, todas van delante de ellas, y los criados atrás, al revés de lo que usan las mujeres en Europa.
Hasta las trébedes han de poner al revés de nosotros en el fuego, porque ponen los pies para arriba y el círculo para abajo.
Más cosa de espanto es ver la manera del curar, de sus medicinas y maneras de regimiento, cuán contrario lo tienen todo a lo que nosotros usamos; porque todo lo que nosotros concedemos a los enfermos les vedan ellos, concediéndoles, por el contrario, lo que nosotros les defendemos. Y así tienen por cosa pestilencial para enfermos gallinas, pollos, cosas dulces, y casi todo lo demás que nosotros les damos: y les dan ellos por cosa provechosa pescado salado y fresco, limos, caramujos, y otras cosas amargas y saladas, y hallan por experiencia que les hacen provecho. Nunca sacan sangre, y las purgas5 que dan son todas muy olorosas y suaves, en lo que nos llevan mucha ventaja, siendo las nuestras tan hediondas y pestilenciales.

Ni es menos de admirar ver lo que hacen con las mujeres que están para parir y cuando paren; porque todas las mujeres en doncellas y antes de concebir andan ceñidas con un cinto de seda tan flojamente y tan ancho, que se les va cayendo el cinto, y huelgan mucho de andar de esta manera por ir desavahadas ; y cuando conciben se aprietan tan fuertemente con una faja, que parece que quieren reventar ; de manera que estando ya para parir muestran menor barriga y hacen menos bulto que antes de concebir. Y no entiendo cómo de esta manera no se matan a sí mismas con sus criaturas; con todo esto dicen que tienen por experiencia que si cuando están preñadas no andan así apretadas les suceden muy mal sus partos; y luego que paren se lavan ellas y sus criaturas con agua fría, y han de estar sentadas por muchos días sin nunca echarse; porque en echándose, dicen que luego se ahogan con la sangre que les sube a la cabeza; y aquellos días han de comer cosas de muy poca substancia, de lo cual se ve cuán contrario es el modo de curarse que ellas tienen. Con todo esto es gente que se trata con mucho regalo y nobleza, como nosotros en Europa.

Cuanto a lo que toca al vestir y comer son tan particulares, que no se puede dar a entender lo que en esto pasa; porque siendo su modo de vestir muy pulido y limpio, en ninguna cosa se parece con el nuestro; y mucho menos se puede entender cuál sea la manera de servicio en su comer y sus guisados y potajes ; porque, guardando en todo mucha limpieza y gravedad, no tienen ninguna semejanza con nosotros; porque cada uno come en su propia mesa y sin tener ninguna manera de manteles ni servilletas, ni cuchillos, ni tenedores, ni cucharas ; solamente con dos palitos, que ellos llaman faxéis se negocian con tanta limpieza y destreza, que sin tocar ninguna cosa con la mano, no dejan caer del plato en la mesa ni una sola migaja ; y comen con tanta modestia y cortesía, que no tienen menos reglas acerca de cómo han de comer que acerca de las otras cosas.

Y fuera del vino que hacen de arroz, con el cual ellos huelgan mucho, siendo para nosotros muy pernicioso, al cabo de su comer siempre beben agua caliente, invierno y verano, y tan caliente que no se puede pasar sino a tragos; y los manjares que comen son tales y guisados de tal manera, que no tienen cosa en que se parezcan, ni cuanto a la substancia, ni cuanto al sabor, con las cosas de Europa. En fin, es todo de manera, que hasta que hombre se acostumbre a sus comeres pasa mucho trabajo y pena.

Y no menos se padece en su manera de asiento; porque están las rodillas en el suelo, asentados sobre sus pies, en cuclillas, como nosotros décimos, cosa que para ellos es descanso y para el otro grandísimo cansancio y pena, hasta que poco a poco se van acostumbrando con el tiempo.

No es menos cosa para espantar ver el caso que hacen de algunas cosas, que son las principales riquezas de Japón, que entre nosotros son niñerías y cosas de risa teniendo también ellos por el contrario, nuestras joyas y pedrería en bien poca cuenta. Para lo cual es de saber que acostumbran universalmente en todo Japón usar de una bebida hecha de agua caliente y de unos polvos de una hierba, que llaman chá que entre ellos es tenida en grande cuenta, y todos los señores tienen en sus casas un lugar particular donde hacen esta bebida; y porque el agua caliente en Japón se llama yu, y esta hierba chá, llamaron el lugar para esto deputado, chanoyu, que es la cosa más estimada y venerada que hay en Japón, tanto que los principales señores se enseñan muy de propósito a hacer este brebaje, el cual a las veces hacen de su mano para mostrar grande amor y hacer mucha fiesta a sus huéspedes; y por el grande caso que hacen de este chanoyu estiman mucho algunas piezas y vasijas, de que se sirven en este chanoyu, las principales de las cuales es una manera de olla de hierro colado, que ellos llaman quánso, y unas trébedes de hierro muy pequeñas, que no sirven de más, que de poner en ellas la cubertería de aquella olla en el tiempo que hacen el dicho brebaje. Tienen también una manera de escudillas de barro, con que dan a beber el dicho chá, y unos vasos en que guardan el mismo chá, de los cuales unos son grandes, en que conservan la dicha yerba todo el año, y otros muy pequeños, que sirven de tener la dicha hierba en ellos después de molida, de la cual usan en la dicha bebida; y todas estas vasijas, cuando son de una cierta manera (que solamente los japoneses conocen) son tenidas entre ellos en tanta estima, que en ninguna manera se puede creer; porque muchas veces por o una de aquellas ollas, o por una de aquellas trempes, o por una de aquellas escudillas, dan tres, cuatro y seis mil ducados y mucho más, siendo todas ellas a nuestro parecer cosas de risa y de ningún valor; y el rey de Bungo me mostró un boyoncito de barro, que realmente entre nosotros de ningún otro uso sirviera sino para meterlo en una jaula de pajaritos para que bebiesen agua en él, el cual compró el mismo por nueve mil taléis de plata, que son cerca de catorce mil ducados, por el cual de verdad no diera yo más de uno o dos maravedís; y un nuestro cristiano me mostró por grande cosa en la ciudad del Sacay una de estas trébedes de hierro, que por más privilegio tenía tres remiendos, la cual él había comprado por novecientos taléis, que son cerca de mil y cuatrocientos ducados, por la cual no diera yo más que por 5 el boyoncito que dije del rey de Bungo; y lo que es más de espantar es, que, aunque se hagan mil boyoncitos y mil trevedecitas como aquellas, no tienen entre los japoneses más estima y valor de lo que entre nosotros tenía; porque las que son entre ellas estimadas han de ser hechas por algunos maestros antiguos; y ellos tienen tales ojos, que luego entre mil los conocen propiamente, como suelen hacer entre nosotros los plateros, que saben conocer y distinguir las joyas falsas y verdaderas; y este conocimiento no me parece que podrá nunca alcanzar ningún hombre de Europa, porque por mucho que las miramos no podemos acabar de conocer en qué consiste el valor, ni en qué está la diferencia.

Asimismo usan tener un papel pintado con una avecita, o con un arbusto de tinta negra, que cuando fue hecho por mano de algún antiguo, que ellos conocen, se compra y vende entre ellos en tres, cuatro y diez mil ducados, sin tener otro ningún valor a nuestros ojos y parecer.

Ni menos estiman ellos sus catanas, que nosotros llamamos espadas, y otras armas de que ellos usan, en las cuales, aunque parece que van más encaminados, porque una buena espada en toda parte se precia, más todavía ellos tienen en esto no pequeño exceso porque compran en tres, cuatro y seis mil ducados una catana; de las cuales vi yo algunas de mucho precio, y entre otras una que me mostró el rey de Bungo, que él compró por cuatro mil y quinientos ducados, no teniendo ninguna manera de guarnición ni oro, sino sola la hoja de puro hierro ; y cuando nosotros le dijimos por qué gastan tanto dinero en estas cosas, que de su naturaleza no tienen ningún precio ni valor, responden que lo hacen por la misma razón por que nosotros compramos un diamante o un rubí por tan grande precio, de lo cual ellos no menos se espantan, diciendo que no es menor necedad esta que la que nosotros les tachamos en comprar tales cosas por semejantes precios; antes dicen que las cosas que ellos compran y estiman tanto, sirven para algún uso, y por eso es menos culpable su imaginación en dar por ellas tanto, que la imaginación de los de Europa en comprar piedrecitas, que no sirven para uso alguno.

En el modo de tratar son muy prudentes y discretos, porque nunca son pesados con quejas, murmuraciones y con contar sus miserias, como hacen los nuestros de Europa, porque ellos tienen para sí que cuando se va a visitar alguno no se le ha de decir cosa que le dé disgusto; y así nunca vienen a contar sus trabajos ni agravios ni quejas, porque, como profesan ser sufridores de todo trabajo, y de mostrar grande ánimo en las adversidades, digieren dentro de sus pechos sus cosas que padecen, como mejor pueden; y cuando se encuentran o van a visitar a alguno, muestran siempre grande ánimo y alegre rostro, y o no tratan nada de sus trabajos, o no más que con una palabra los tocan riéndose de ellos, como si no los sintiesen y no hiciesen de ellos ninguna cuenta.

Y comoquiera que sean tan contrarios a todo género de murmuración, nunca tratan de vida ajena, ni andan con quejas de sus príncipes y señores, más tratan de otras cosas conforme al tiempo y otras ocasiones, deteniéndose no más de cuanto les parece que pueden dar gusto y contentamiento a los que visitan.

Por la misma razón, y por no venir a pasiones sobre los negocios que tratan, tienen por costumbre universal en Japón no tratar negocio importante y dificultoso inmediatamente por sí mismo, rostro a rostro, mas todo lo hacen por recados y terceros, tanto que esto se usa aun entre padres e hijos, entre señores y criados, y finalmente entre maridos y mujeres; porque donde puede haber enfadamientos o réplicas o contradicciones, tienen por prudencia tratarse las cosas por terceros; por lo cual se ve en ellos tanta concordia y quietud, que ni aún entre muchachos se dicen palabras mal criadas, ni pelean dándose bofetadas o puñadas, como los nuestros, antes se tratan con palabras de mucha cortesía, sin nunca se perder el respecto los unos a los otros, con tanto seso y gravedad que no parecen niños, antes hombres muy graves; esto es en tanto grado, que no se puede creer.

También acostumbran todos los señores y caballeros, grandes y pequeños, luego que se casan sus hijos y llegan a dieciocho o veinte años, entregarles el gobierno de sus casas y estados, recogiéndose ellos con alguna pequeña parte que reservan para sí, y ayudando a sus hijos con consejo; de lo cual, aunque por una parte se siguen grandes desórdenes, gobernando comúnmente mancebos, los cuales, apartándose muchas veces del consejo de sus padres, hacen muchas imprudencias, todavía por otra parte se muestran en esto prudentes y de grande ánimo, renunciando tan fácilmente sus estados y mando, y reduciéndose a vivir como particulares con descanso, cosa que pocos hacen en otras partes.

Y finalmente tienen todos sus ritos y costumbres tan diferentes de las demás naciones, que no se puede fácilmente entender ni aprender sino con mucho tiempo. Y cierto que es maravillosa cosa, cómo pudieron inventar tal traje de vestir, tales comeres, tal manera de tañer y cantar y bailar, y otras mil ceremonias que ellos usan, que a toda suerte de gente son tan nuevos, que, por prudentes y sabios que sean, los hombres se hallan en Japón niños y ignorantes, de manera que les es necesario aprender a hablar, a a sentarse, a andar, a comer y hacer otras mil cosas nuevas, las cuales al principio le parecen muy extrañas y fuera de razón, más después que hombre se acostumbra a ellas le parecen bien; y están los japoneses tan casados con sus costumbres y ceremonias, que, aunque se hunda el mundo, no han de dejar ni un punto de su ordinario. Y a la verdad, proceder entre ellos de otra manera es descortesía y poca crianza; por lo cual los que no corren con sus costumbres son tenidos por hombres groseros, mal criados y de poca cuenta.

Tienen todos cuantas mujeres quieren, aunque comúnmente tienen una por principal y propia mujer, a la cual renuncian cuando quieren, haciendo con ella divorcio y tomando otra sin quedar por eso ninguna de las partes ofendida; y hacen esto tan quietamente, que es cosa de espanto, porque ningún sentimiento se sigue entre los parientes, más antes se visitan, tratan y conversan como primero hacían.

Tienen todos una lengua, que es la mejor y más elegante y copiosa que se sabe en lo descubierto, porque es más abundante y exprime mejor sus conceptos que la nuestra latina; porque fuera de tener mucha variedad de nombres, que significan una misma cosa, tiene de su naturaleza una manera de elegancia y honra, que no se pueda tratar con todas las personas ni de todas las cosas, con los mismos nombres y verbos, antes conforme a la cualidad de las personas y de las cosas han de usar de sus vocablos altos y bajos, de desprecio y de honra ; y de una manera hablan y de otra escriben, y es muy diferente el hablar de los hombres del de las mujeres.

Y no hay menos diversidad en el escribir; porque de una manera se escriben las cartas y de otra los libros; y finalmente por ser tan copiosa y elegante es necesario mucho tiempo para aprenderla y hablar o escribir de otra manera de lo que ellos acostumbran es cosa ridícula y de poco miramiento, como fuera entre nosotros hablar al revés y con muchos solecismos en el latín.

Esto bastará para tener alguna noticia de las costumbres de los japoneses, acerca de las cuales hay tanto que decir, que no se podía escribir todo en pequeño volumen; porque tienen ellos infinitos libros, que enseñan estas sus ceremonias y costumbres, los cuales componen en prosa y en verso con tanta elegancia que es cosa de maravilla. Por donde se ve bien cuán grande sea el ingenio y entendimiento natural de los japoneses. Réstanos ahora decir alguna cosa de su religión.

De la religión y sectas de los japoneses.
Cap. 19.


Cuanto a lo que toca a la religión de los japoneses hay entre ellos muchas y diversas sectas, de las cuales unas son propias suyas de japoneses y otras tomaron de los chinos. Porque primeramente tienen dos maneras de dioses: unos que llaman kamis, y otros que llaman fotoques, y los unos y los otros tenían primero en suma veneración. Los kamis son los dioses antiguos de los japoneses, los cuales comúnmente fueron reyes, y otros fueron hombres señalados que hubo en Japón; y de estos cuentan historias tan imposibles, sucias y de burla, como fueron siempre las historias de los dioses de los gentiles. Y estos kamis son más honrados en Japón por una falsa opinión de que pueden en este mundo alguna cosa y que fueron de progenie de reyes y cüngues de Japón, que por creerse de ellos que den salvación ni puedan en el otro mundo alguna cosa.
Los otros, que llaman fotoques, son dioses de la China que también ellos tomaron de Siam, entre los cuales dos son los principales, llamados el uno Amida y el otro Saca.

Fue este Saca un perverso filósofo natural, ambicioso, sagaz, el cual deseando ennoblecer y levantar su nombre en este mundo, como quien sabía poco del otro, fingiendo una santa vida y de mucha penitencia, comentó entre los siameses (que es un reino grande y rico cerca de la China) a predicar a Amida ensalzándolo y dándole atributos y honras divinas, haciéndolo principio de donde salieron todas las cosas, y al al cual tornan todas, diciendo que a este, que es el verdadero y santo fotoqué, que está en todas las cosas dándoles ser y vida, deben adorar y reverenciar todos los hombres. Escribió este Saca un grande número de libros, o por mejor decir, escribieron sus discípulos en estos libros la doctrina que él predicaba al pueblo, los cuales quedaron entre ellos en tanto crédito y autoridad, como está entre nosotros el texto de la Biblia.

Mas como este Saca era sagaz, para alcanzar mejor lo que pretendía, predicó su doctrina de tal manera que se puede interpretar variamente; por donde, tratando de nuestra alma y de la otra vida, habló de manera que, por una parte parece que hay alma que se salva y condena, y otro mundo, en el cual alcanzan los hombres pena o premio conforme a su merecido; por otra parte parece que todo se acaba en esta vida, y que no hay otro mundo para los hombres, y que sus contentos y penas, de que él escribe, se acaban y encierran en esta vida; porque habla de suerte, que parece que las almas no difieren del mismo Amida, o son de su substancia, que, pasando de un cuerpo en otro, padecen diversos infiernos y penas, hasta que llegan a saturar (como ellos dicen), entendiendo que todas las cosas proceden de este Amida, que es su principio, del cual no difieren, y que cuando acaban se resuelven en él, y que llegando a esto tienen su contento y paraíso; mas, como digo, todas estas y otras cosas dice tan confusamente, que no se puede averiguar en limpio la verdad de lo que dice, más fácilmente se interpreta de diversas maneras.

Después de haber este Saca ganado crédito con aquella gente con esta su doctrina y fingida santidad, últimamente en un libro que hizo mostró que revocaba todo lo demás que en los otros libros había escrito, diciendo que la doctrina que en este daba era la verdadera y divina; mas también esto dijo de tal manera, que se pueden interpretar sus palabras, como muchos interpretan, que no dijo esto por querer decir que lo que en los otros libros tenía escrito no fuese cosa sancta y verdadera, sino que en ellos se acomodó a la rudeza de la gente, reservando la doctrina más profunda y excelente para este Último libro; y finalmente llegó a tal término, que él se hizo el mismo Amida atribuyéndose a sí mismo lo que avía atribuido a Amida, haciéndose una misma cosa con él, y dando a entender que había venido para salvar al mundo con su penitencia; más aún esto también lo dice de tal manera, que se puede interpretar de diversas maneras.

De la doctrina confusa de este perverso hombre tomaron los bonzos, sus discípulos, ocasión de hacer diversas sectas; porque unos dijeron que Amida y Saca eran una misma cosa y por eso le atribuyen todas las honras divinas; otros, por el contrario, dijeron que era diferente, teniendo a Amida por principal y a Saca por hombre santo y profeta; y unos dijeron que había condenación en el otro mundo, haciendo diversos paraísos y diversos infiernos; otros dijeron que las penas y gozos de los hombres se acaban en este mundo; unos recibieron solamente este último libro, que llaman foquequió como última y verdadera doctrina, no haciendo caso de lo que Saca en los otros había dicho, y otros fundan sus opiniones en los otros libros; y como todos van fundados sobre lo que Saca escribe, interpretando cada uno como mejor le parece, es tanta la confusión que hay en estas sectas, que ellos mismos no saben lo que dicen ni lo que creen, porque de la misma secta lo que unos afirman otros niegan, y a cada paso varían en sus opiniones; todavía se resuelven en esta palabra, góngit que quiere significar dos cosas, scilicet, apariencia y verdad; porque unos siguen la apariencia de las cosas que se lo dicen por de fuera, y otros lo interior que dentro se encierra, que ellos llaman verdad.

Y cuanto a los que siguen la apariencia de lo que se dice por de fuera, todas las sectas (sacando una que llaman Jénxu), se resuelven en decir que hay Amida y Saca y otros fotoqués,los cuales tienen ciertos lugares en que viven felices y contentos; y que los que creen y siguen la doctrina de estos fotoqués, cuando mueren van a nacer en aquellos lugares, y toman el ser de fotoqués, recibiendo treinta y dos figuras y ochenta cualidades, con las cuales viven siempre contentos y alegres; y los que no siguen la doctrina de los fotoqués caerán en otros lugares del infierno, que son seis, en los cuales con seis maneras de penas son atormentados.

Y aunque acerca de estas cosas cada una de las sectas habla como quiere, declarándolas como mejor le parece, todavía generalmente se resuelven en concluir que hay infierno y paraíso en la otra vida, y esto es lo que los bonzos predican y lo que la mayor parte de ellos y el pueblo cree. Más los letrados, que saben más de estas mismas sectas, y que siguen lo interior de sus leyes, y que ellos tienen por verdad, y los que son de la secta de los Jénxu, se resuelven comúnmente en decir, que no hay en el otro mundo infierno ni paraíso, y que así los placeres como las penas, de que Saca escribió, se acaban en esta vida, en la cual, cuando los hombres acaban por el satori de abrir su entendimiento, conociendo la perfección y verdad de su principio, allí está su gloria y la honra consumada de fotoqué; y los que no acaban de saturar andan naciendo de un infierno para otro, entrando en diversos cuerpos de hombres y de animales, hasta que al cabo todos tornan a aquel primer principio, de quien tienen el ser; el cual principio unos llaman Amida, otros Saca, otros Dainichi, y otros con otros nombres, que, aunque parecen diversos conforme a la diversidad de las sectas y del modo que tienen de hablar, al cabo todos concuerdan en la misma cosa. De manera que una cosa es la que estos letrados creen y tienen para sí, y otra la que predican y dan a entender al pueblo; por lo cual los japoneses están de esta manera divididos, porque el pueblo común cree que hay salvación, como está dicho, más los que saben más, y la mayor parte de los nobles, tienen para sí que en esta vida se acaba todo, y por esto hacen poco caso de las cosas de la otra vida.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mar Ene 03, 2017 7:39 pm 
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Fue esta doctrina de Saca con sus sectas primero recibida en la China, y después vino a Japón en tiempo que los japoneses trataban poco de las cosas de la otra vida, porque no conocían otros dioses que los kamis, de los cuales solamente pedían los bienes de este mundo; y como doctrina recibida entre los letrados de la China (a los cuales los japoneses tienen en suma veneración) y que parecía en lo exterior buena y puesta en razón, fue también recibida entre ellos fácilmente. Más todavía porque ellos estaban aficionados a sus kamis, y los bonzos no pretendían más que cautivar las voluntades de los japoneses, no solamente no hicieron instancia en quitarles los kamis, mas antes, tomando ellos tan buena ocasión para alcanzar lo que ellos querían, juntando los fotoqués con los kamis, teniendo en reputación los unos y los otros y ayudándose de todos, jugando, como dicen, con ambas las manos para sacar dinero y limosnas de los japoneses, y de esta manera quedaron los japoneses muy contentos con su doctrina, venerando juntamente los kamis y fotoqués y pidiendo a los unos bienes de esta vida, y a los otros bienes de la otra; y se aficionaron y pagaron tanto de la modestia y fingida vida de los bonzos, que hicieron templos magníficos por todo Japón.

Les dieron tantas limosnas y rentas, que se multiplicaron los bonzos en un número casi infinito, teniendo los mejores lugares y tierras de todo Japón, y haciéndose muy grandes y poderosos, porque les facilitaron tanto su salvación, que vinieron a decir que es tan grande el amor que Amida y Saca tienen a los hombres, que, aunque hagan cuantos pecados quisieren, con invocar su nombre, diciendo, Námu Amida büt, que quiere decir, santísimo Amida fotoqué y teniendo fe y esperanza en él y en los merecimientos que él tuvo, o nombrando este nombre, Meó, que es una letra en la cual Saca encierra todos sus secretos. quedan los hombres purgados y limpios de todos sus pecados por la virtud y merecimiento de estos fotoques, sin tener necesidad de hacer otra penitencia, ni tener cuenta con otras obras, porque con ellas se hace injuria a las penitencias y obras que ellos hicieron para salvar a los hombres; de manera que tienen estos propiamente la doctrina, que el demonio, padre de ambos, enseñó a Lutero; de lo cual podrían los desventurados herejes de nuestro tiempo tomar buena ocasión de conocer su ceguedad, confundiéndose en la doctrina que tienen, bastándoles para eso saber que esa su misma doctrina tiene dada el demonio por sus ministros a la gentilidad de Japón, no mudando otra cosa que el nombre de la persona en que creen y esperan, con la cual hace el mismo efecto entre los herejes que hace entre estos gentiles ; porque así los unos como los otros están metidos en toda carnalidad y torpeza, dividiéndose en diversas sectas, y viviendo por eso en grande confusión de lo que creen y en continuas guerras.

Mas tornando a los japoneses, fueron estos bonzos sagacísimos cuanto a la prudencia de este mundo, que para con Dios es locura porque se gobernaron de tal manera con sus ceremonias y modestia exterior y fingida santidad, no comiendo de ninguna suerte de carne ni pescado, y sabiéndose acomodar a los japoneses, que tomaron entre ellos el primer lugar, tratándolos todos los reyes y señores con tanto respecto y veneración, que es cosa maravillosa; de donde se conoce bien cuán sujeto a razón sea el entendimiento de los japoneses, tratando con tanta reverencia a los que tomaron por maestros suyos, y ellos mismos los pusieron en tal fuero, que muestran bien la astucia y sagacidad que tenían. Hicieron también otras sectas de monjas, que llaman biconis que, profesando en lo de fuera no conocer hombres, son tan sucias y abominables como sus bonzos, con los cuales viven juntas y tienen su principal comercio, del cual se introdujo buena parte de la costumbre que hay en Japón, de matar las madres a sus hijos de la manera arriba dicha.

Tuvieron también estos bonzos tan grande aparato en sus cosas, instituyendo tantas ceremonias, y viviendo cuanto a este culto exterior con tanta modestia y limpieza, y procediendo con tanto orden y madurez en sus cosas, que no es de maravillar si alcanzaron tan grande reputación entre los japoneses; porque muchas sectas se levantan de noche, y cantan juntos sus oficios con tanto reposo y ceremonias, como podrían hacer frailes capuchinos; y hacen sus fiestas y sus enterramientos con tanta solemnidad y pompa, cuando los hacen solemnes (que es pocas veces, por lo mucho que han de gastar los herederos del difunto), que parece en cierta manera que el demonio les enseñó a remedar nuestras cosas; porque en muchas se conforman con lo que nosotros decimos y hacemos, aunque va tanta diferencia de ellos a nosotros, como de la mentira a la verdad, y de las tinieblas a la luz.

Tienen también otras muchas supersticiones; porque hay algunos entre ellos que, o por ganar nombre de santos, o para ir a un cierto paraíso que ellos imaginan, se van a echar con mucha pompa vivos en la mar, y así se ahogan; y otros hay, que se entierran y sepultan vivos; y otros adoran al demonio al cual pintan con tan fea y espantosa figura como lo pintamos nosotros. Y finalmente hacen muchas y muy rigurosas penitencias 33 para que él y sus kamis y fotoqués los ayuden; con las cuales cosas se acreditaron tanto, que comían todo lo bueno de la tierra, dando mil maneras de reliquias, y papeles, y cartas de seguro para el otro mundo, tomando dinero por todo, con lo cual hicieron en diversos reinos muy grandes universidades, en las cuales se sustentaba grande número de ellos.

En esta pujanza y estado estaba Japón cuando llegó allí el P. M. Francisco, el cual, aunque entonces pareció a los bonzos persona despreciable y baja y de poco valor, fue con la semilla de la palabra de Dios que comenzó a predicar en aquel reino, causa de su total destrucción y ruina, como adelante veremos.

Llegado el P®. M. Francisco, como dijimos a Japón, en un puerto del reino de Sáxuma, que está en la ciudad de Cangóxima, que es la principal de aquel reino (de donde era Paulo de Santa Fe, que iba con el Padre), comenzó luego con los compañeros a procurar informarse con mucho estudio de las cualidades y costumbres de la tierra, y aprender alguna cosa de la lengua, procurando por medio de Paulo reducir en Japón alguna cosa de la doctrina cristiana, con la cual pudiese sumariamente declarar y dar a entender a el pueblo lo que pretendía para los convertir; y en todo halló tanta dificultad, como se puede entender de lo que está dicho acerca de las cualidades y costumbres y lengua de Japón, que tan diferentes son en todo de las nuestras; y como sean ellas tales que no se pueden deprender deprisa, sino muy despacio y con mucho tiempo, en todo se hallaban el Padre y sus compañeros muy atados y nuevos; y como Paulo no era hombre letrado, aunque hacía lo que podía para trasladar nuestra doctrina en japonés, se hacía todo tan mal, que era cosa de escarnio y risa para los japoneses; porque ni se exprimía bien la verdad de lo que el Padre decía, ni se escribía de manera que sin reír se pudiese leer entre sus letrados; mas como la caridad del Padre con ninguna cosa se resfriaba, antes cada vez se encendía más con las dificultades, más daba a entender con la santidad de su vida y con el espíritu que nuestro Señor le comunicaba, que lo que quería decir era bueno, que no por Paulo de Santa Fe, o por aquel libro por el cual les leía.

Y como pareció en Japón gente tan nueva, y predicando tan nueva ley y tan nunca oída de japoneses, era grande el concurso de la gente que acudía, movida con curiosidad de ver los Padres con hábito y costumbres tan diferentes y nuevos, y de oír lo que ellos decían y como por falta de lengua no podían declarar bien sus conceptos, ni satisfacer del todo a sus preguntas y cuestiones, unos burlaban de ellos, otros se reían, otros se espantaban de su traje y costumbres, y otros finalmente se compadecían de ellos, entendiendo que hombres, que venían de tan lejanas tierras para predicar a los japoneses una ley nueva, no habían de ser necios, y que era de algún tomo lo que decían; por lo cual avía en el pueblo diversa manera de sentir y hablar de ellos.

Con todo esto, por medio de Paulo hablaron con el rey y principales gobernadores, los cuales, sabiendo el crédito y autoridad que los Padres tenían con los portugueses, y deseando mucho que por su medio viniesen a aquel puerto con sus navíos, recibieron bien a los Padres, mostrándoles holgar de que se manifestase en su tierra la ley de Dios, dando licencia para hacerse cristianos los que quisiesen : y así tratando los Padres con diversos que acudían, bonzos y seculares, aunque mal podían declarar lo que decían, todavía se comenzaron algunos a mover y hacer cristianos; y los bonzos al principio no mostraron extrañar a los Padres, o porque metidos en tanta soberbia y poder, como tenían, no hacían cuenta de las cosas que los Padres predicaban, o porque no entendían bien lo que decían; mas después que comenzaron a ver que se hacían cristianos, y que la ley que los Padres predicaban deshacía del todo las suyas, levantaron contra ellos muy grande persecución, diciendo mucho mal y muchas mentiras de ellos, y haciendo de tal manera con los regidores y con el pueblo, que se impidiese el fruto que allí los Padres hacían.

Y así en un año que allí estuvieron padecieron hambres y fríos, con carecer de toda comodidad y consolación humana, aunque no les faltaba la de Dios N. Señor, con el cual conversaban más que con los hombres el tiempo que de su estudio de la lengua y de predicar a los cristianos y gentiles les sobraba; lo cual todo como parte por experiencia, parte por conjeturas, pudo entender el P.M. Francisco, escribió en una carta a los cinco de Noviembre del año 49 a sus Hermanos, en la cual en substancia dice así :

«Nos hizo Dios muy grandes y señaladas mercedes en traernos a estas partes, en las cuales, por ser todas de infieles, no tenemos en quien poder confiar y esperar sino en solo Dios, pues aquí no hallamos conocidos ni alguna piedad cristiana, sino todos enemigos de Dios su Creador. Y como en otras partes, donde se hallan conocidos y comodidades y abundancia de lo necesario, suelen ser causa las criaturas de que hombre se descuide de Dios, no teniendo aquí ninguno, que nos ayude en las cosas corporales ni espirituales, nos hace nuestro Señor tanta merced, que las mismas criaturas nos ayudan a poner toda nuestra esperanza y confianza en Dios, pues ellas carecen de todo amor de Dios y piedad cristiana. También nos ayuda a eso que la abundancia de los mantenimientos corporales, que suelen en otras partes ser ocasión y causa de que los desordenados apetitos salgan con la suya, quedando muchas veces desfavorecida la virtud de la abstinencia, aquí tenemos tanta falta, que aunque quisiéramos dar al cuerpo estas superfluidades, no lo sufre la tierra, en la cual se ve muy claro cómo nuestra naturaleza se sustenta con poco, aunque no hay cosa que la contente.

Otra merced parece que nos va aparejando N. Señor, y es de las persecuciones que esperamos de los bonzos; porque como ellos son muchos y poderosos y muy obedecidos en la tierra, y nosotros predicamos ley contraria a sus opiniones, no será mucho ser perseguidos de ellos más que de palabras ; mas nosotros no dejaremos de manifestar la verdad. por mucho que ellos nos contradigan y persigan, pues ni por su temor hemos de dejar de procurar la gloria de Dios y salvación de las almas, ni ellos nos pueden hacer más mal del que N. Señor les permitiere; y el mal que por parte de ellos nos viniere será merced que N. Señor nos hará, si por su amor y servicio y celo de las almas nos cortaren los días de la vida, siendo ellos instrumento para que se acabe esta continua muerte en que vivimos, y se cumplan nuestros deseos, yendo para siempre a reinar con Cristo; y solamente tenemos un grande cuidado y temor con que vivimos; que siendo a N. Señor Dios lo manifiesta todas nuestras continuas maldades y grandes pecados, no nos deje de hacer estas mercedes y de darnos gracia para comentar a servirlo con perseverancia hasta el fin. Ahora estamos entre ellos como unas estatuas, porque hablan y platican de nosotros muchas cosas, y nosotros, por no entender la lengua, nos callamos; y cúmplenos ahora ser niños y aprender la lengua y todo lo demás, y pluguiese a Dios que con verdadera pureza y sencillez de niños; y para esto nos hizo Dios muy grandes mercedes y muy señaladas en traernos a estas partes para que no nos descuidásemos de nosotros»
Esta es brevemente la suma de lo que el Padre más largo escribió a sus Hermanos tres meses después que llegó al reino de Sáxuma; de la cual fácilmente se puede colegir cuánto fue lo que padeció, y cuán grandemente era consolado y amado de Dios.

Se detuvo ahí el Padre un año entero, haciendo lo que podía para manifestar la ley de Dios; y el rey de la tierra con sus regidores, pretendiendo que viniese allí algún navío de los portugueses, por lo mucho que con ellos interesan, detuvieron allí a los Padres con muchos engaños y promesas diciendo que les darían embarcaciones y favor para ir al Meacó, permitiendo que entre tanto se hiciesen algunos cristianos; mas después que vio salir le en vano su pretensión, y que el navío de los portugueses era ido a otro puerto, no solamente no les dio embarcación ni favor para ir al Meacó, mas por persuasión de los bonzos prohibió que ninguno se hiciese cristiano. Y fue tanto lo que allí fueron perseguidos, que, viendo que no podían hacer allí ningún fruto, fueron forzados a dejar aquella tierra con mucha desconsolación de los cristianos, y se fueron a la isla de Firando, que está en el reino de Figén, adonde habían ido los portugueses con su navío aquel año; y para consolación de los cristianos de Satsuma quedó con ellos Paulo de Santa Fe, los cuales después parte murieron, parte con las persecuciones faltaron por no tener allí Padres que los ayudasen, y parte aún viven teniendo muy viva la memoria de la grande virtud y santidad del dicho Padre.

Llegados los Padres a Firando fueron muy bien recibidos de los portugueses, y por causa de ellos lo fueron también del señor de la tierra, del cual tuvieron luego licencia para predicar nuestra ley y hacer cristianos. Y porque ya el Hermano Juan Fernández había aprendido en aquel año mucho de la lengua, tanto que ya comenzaba a hablar en ella, con él y el libro que en Satsuma compusieron, comenzaron a mover aquella gente de manera, que en pocos días se hicieron cerca de cien cristianos.

Mas porque el P. M. Francisco tenía determinado desde el principio de ir al Meacó, para hablar al que le decían ser rey de todo el Japón , pareciéndole que si en el Meacó se plantaba la ley de Dios, fácilmente se extendería después por todos los demás lugares, dejando al P. Cosme de Torres con los portugueses en Firando, para que llevase adelante la conversión y enseñanza de aquellos cristianos, determinó de ir él con el Hermano Juan Fernández al Miacó a pie, sin otra ninguna ayuda ni favor humano, intentando una cosa verdaderamente de ánimo grande y confiado; porque meterse por la tierra adentro, pasando con hábito tan nuevo y tan extraño, por medio de toda la gentilidad de Japón, sin otra guía ni otra esperanza que la que tenía en Dios, fue cosa, para los que saben lo que entonces era Japón, de muy heroica y sobrenatural confianza.
Y así en el fin de Octubre, que es cuando comienza allí el invierno, se partió con el dicho Hermano discurriendo por muchos lugares, y fue primero a la ciudad de Amangüche que entonces era muy grande, y de uno de los principales señores de todo Japón, donde se detuvieron algunos días; y conforme al espíritu y deseo, que ambos levaban, de dar la vida por la predicación del Evangelio, se ponían en medio de las calles;

y parte con lo que el Hermano les decía, y parte con lo que por aquel libro les leía, cada día dos veces predicaban; y como todo cuanto ellos hacían y decían era extraño y nuevo en Japón, era grande el concurso de la gente que iba a ver tal novedad, haciéndoles mil burlas y escarnios, tanto que ni por las calles podían pasar sin que fuesen de los niños y más hombres perseguidos y afrentados como locos, lo que ellos todo sufrían callando, y mostrando tanto desprecio de este mundo en la manera de su vestido y en todo lo demás, que los hombres por una parte se reían, y por otra se espantaban, entendiendo los que eran más discretos, que hombres que tal vida hacían y padecían con tanto sufrimiento afrentas y palabras, viniendo de partes tan remotas a reinos extraños por predicar su ley, no podían ser sino hombres de mucha estima. Por lo cual eran llamados a diversas casas de señores y de bonzos, haciéndoles cada uno de ellos mil preguntas, y quedando después con diversas opiniones y pareceres, unos sintiendo bien de ellos y otros mal; tanto que el mismo rey los mandó llamar y oyó por buen rato de tiempo lo que por aquel libro le leían; mas por ser él tal que apenas lo entendían, aunque muchos comenzaban a tener alguna noticia de la ley que el Padre predicaba, todavía hasta entonces ninguno se atrevía a la tomar, haciéndose cristiano. De manera que después de muchos días, viendo cuán poco era el fruto que hacían, determinaron de pasar adelante para descubrir y ver lo que pasaba en el Meacó, y escoger después el lugar que pareciese mejor para hacer asiento. Acerca de lo que en este tiempo pasaron en Amangüche, escribiendo de aquella misma tierra el Padre otra carta a sus Hermanos, dice entre otras cosas esta manera :

«Estuvimos un año en Sáxuma, y con la lición de un libro que les leíamos, en el cual están declaradas las cosas de nuestra fe, hicimos muchos cristianos; y si se dejaron de hacer muchos más fue por el temor que tenían del señor de la tierra; porque los bonzos, viendo que la ley de Dios se iba aumentando, lo atajaron, diciendo al señor de la tierra que si nos dejaba ir así y consentía que los suyos se hiciesen cristianos, se enojarían los pagodas y le darían algún castigo y perdería su tierra. En fin se tuvieron de tal manera con él que vedó so pena de muerte que ninguno se hiciese cristiano; por lo cual, no pudiendo hacer por entonces allí más fruto, nos fuimos para otra tierra, despidiéndose de nosotros los cristianos con muchas lágrimas y sentimiento por el grande amor que ya nos habían cobrado, agradeciéndonos mucho el trabajo que pasamos en enseñarles cómo se habían de salvar; y quedó con ellos Paulo de Santa Fe, nuestro compañero y su natural, para doctrinarlos. Y en la otra tierra adonde fuimos, llamada Firando, nos recibió el señor de ella con mucho amor y honra, y en pocos días se hicieron allí cerca de cien cristianos con lo que predicaba el Hermano, que ya sabía hablar, y con el libro que les leía hecho en lengua de Japón; y dejando con ellos al P. Cosme de Torres fuimos el Hermano Juan Fernández y yo a una ciudad de más de diez mil vecinos, llamada Amangüche, donde determinamos de predicar por muchos días por las calles dos veces cada día, leyendo por el libro que llevábamos, y haciendo algunas pláticas conforme a lo que en él se contenía.
La gente que acudía era mucha, y muchas veces éramos llamados a casas de grandes señores, los cuales nos preguntaban muchas cosas, y unos mostraban gustar de lo que oían, otros burlaban, y a otros les pesaba de la ley de Dios que predicábamos; y cuando íbamos por las calles, los niños y la otra gente nos perseguía, escarneciéndonos; unos nos decían una cosa y otros otra, llamándonos con diversos nombres de burla y ignominia; y después fuimos llamados del duque y señor de la ciudad, el cual nos preguntó muchas cosas; y diciéndole que veníamos a predicar la ley de Dios y de su Hijo Jesucristo nuestro Salvador, sin la cual nadie se puede salvar, quiso oír qué ley era la que predicábamos, y así le leímos mucha parte del libro, estando él por más de una hora muy atento, y después nos despidió; y perseverando en esta ciudad, predicando por las calles y casas muchos días, viendo cuán poco era el fruto que se hacía, determinamos de ir al Meacó, que es la más principal ciudad de todo Japón»

Más de lo que le acaeció en este viaje y en el más tiempo que estuvo en Japón diremos ahora en el capítulo que se sigue.

CÓMO EL P M. Francisco fue a la ciudad del Miacó y después tornó a Amangüche, y de lo que en ella se hizo

Partió el Padre con el Hermano de Amangüche a cabo de haber pasado en esta peregrinación cerca de dos meses, tomando otra mayor y pasando más adelante hasta llegar a la ciudad del Meacó, en la cual y en todo el camino pasó muy grandes cansancios y trabajos, y mayores injurias y afrentas de las que en la otra había pasado ; porque como los japoneses son altivos y soberbios, y tienen puesto todo su ser y negocio en ceremonias exteriores, y costumbres muy diferentes de las de toda otra nación del mundo, como está dicho, a las cuales están ellos tan atados, que no estiman en nada todas las otras gentes, especialmente los que no saben sus costumbres y ceremonias, viendo que el Padre y el Hermano se trataban con tanto desprecio, y tenían vida y modo de proceder tan diferente de lo que en Japón se usa, eran tenidos en tan poca cuenta y reputación, que por todas las partes, así en las embarcaciones por mar, como en la tierra, los trataban como a hombres bajos y de ninguna cuenta; y bien podían usurpar para sí lo que S. Paulo decía : « Facti sumus omnium peripsema usque adhuc »; porque ni los pequeños ni los grandes hacían otra cosa que reírse y burlar dellos, concurriendo por todas las partes gentes a ver hombres tan desconocidos, y que hacían profesión tan contraria a este mundo.

Eran en todos los lugares, por amor y servicio de Dios, una farsa del pueblo; por lo qual, llegados al Miacó, no solamente no hallaron remedio para hablar al Dayri ni para verlo, más ni aun una mínima disposición de por alguna vía sembrar la doctrina del santo Evangelio en aquella ciudad; porque parte por ser ella lugar de corte y donde entonces más florecía el poder de los bonzos, y ellos ambos ser como mudos y sin lengua y tenidos en poquísima o ninguna cuenta, parte porque todas aquellas partes estaban ardiendo en guerra, no hallaron allí otra comodidad que para padecer muchos y gran- des trabajos, ganando para sí muchos merecimientos; y así tornaron de nuevo a Amangüche, de la cual aún no había el Padre desconfiado por ver el poco fruto que en ella se había hecho, ni temía pasar de nuevo las injurias y desprecios que en ella había experimentado. Tan grande era la esperanza en N. Señor, y el celo de publicar al mundo la ley de Dios, y la caridad de ayudar a las almas, y el menosprecio de sí mismo que tenía. Escribiendo él de esta peregrinación en la misma carta a sus Hermanos dice así:

«Fuimos al Meacó y gastamos en este camino dos meses hasta tornar a este Amangüchi, en el cual camino pasamos muchos trabajos y peligros por causa de las muchas guerras que en los lugares por donde íbamos avía; no hablo de los grandes fríos que hace en aquellas partes, y de los muchos ladrones que hay por los caminos. Llegados al Meacó estuvimos allí algunos días, procurando hablar con el rey, para le pedir licencia de predicar la ley de Dios en su reino, mas no le pudimos hablar; y no hallando ninguna disposición en aquella gente para manifestar el Evangelio, así por las muchas guerras, como por no a ver en ella aparejo para hacerse por ahora fruto, nos tornamos a esta ciudad de Amangüche»

Y aunque el Padre escribe sucintamente los trabajos que pasó en aquel camino (como quien acostumbraba tener guardados para sí sus merecimientos, sin ponerlos delante de los ojos del mundo más de cuanto le parecía conveniente para el bien de las almas), todavía bien se puede entender cuáles fueron, por un capítulo de una carta, que escribió el P®. Cosme de Torres el año de cincuenta y uno a los Hermanos de la India, donde en suma dice así:

« Partió el P. M. Francisco con el Hermano Juan Fernández de Firando (donde me dejó a mí para tener cuenta con los cristianos que allí había) al fin de Octubre, cuando comienzan los grandes fríos y nieves de esta tierra; mas ni esto, ni el temor de la gente no conocida, ni los muchos peligros y trabajos que había de pasar por mar y por tierra, ni los ladrones que se encuentran en muchas partes, pudieron tanto con el P*. M. Francisco, que le estorbasen el tomar este camino, en el cual por espacio de cuatro meses que gastaron, discurriendo por muchas partes de la tierra, padecieron tantos trabajos, que mal se pueden entender; porque muchas veces pasaron debajo de las cubiertas de las barcas por no ser conocidos, y otras muchas fueron por mozos de espuelas con algunos caballeros, corriendo al galope por no errar el camino, llegando muchas noches a las posadas, muertos de hambre y de frío, mojados, sin hallar en ellas ninguna consolación; y muchas veces por las grandes nieves y fríos se les hinchaban las piernas, y resbalando por la aspereza del camino, y llevando su hatillo a cuestas, cabían en él; y en los lugares y ciudades adonde llega van eran apedreados muchas veces de los muchachos por las calles y plagas ; y finalmente en cuanto iban por tierra siempre caminaban a pie, cargados con su hatillo, y muchas veces descalzos pasando por muchos y grandes ríos con tamaños fríos. De manera que haber de contar menudamente los vituperios y afrentas, las hambres y los fríos que pasaron en aquel tiempo, será nunca acabar. Estos fueron los principios que el Padre puso en esta tierra, y el modo que han de tener los que en ella lo hubieren de imitar, a los cuales más anima él con obras que con palabras; de manera que siempre quedarán los súbditos avergonzados, pareciéndoles, por mucho que hagan, todo poco en comparación de lo que hizo el P®. M. Francisco»

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mar Ene 03, 2017 7:40 pm 
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CUando lo acabe te lo mando por correo (Francisco Javier me tiene fascinado, y eso que no soy dado a leer vidas de santos. Qué tío. Qué fe.

Estoy deseando ir al cine a ver esta, Embolic:


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mar Ene 03, 2017 7:42 pm 
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Eso sí, parece que Alessandro Valignano tenía algo contra los "negros". Algunas expresiones no son políticamente correctas, que digamos, pero bueno, es un hombre del Siglo XVI. Tampoco todo el mundo tiene que superar su tiempo

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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mar Ene 03, 2017 7:44 pm 
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Una cosa, porque ahora me ha dado por clásicos castellanos, de la dorada centuria, algunos que no había leído para mi vergüenza cerca de los 40 ya, y otros que hace mucho que leí. Como en kindle los tienes a peloputa, pues...

¿Es mi impresión o escribían de puta madre y en un castellano mucho más rico y expresivo que los tíos de ahora? Incluso en esta relación se ve un nivelazo envidiable. Fluye con una naturalidad que no veo en la mayoría de los escritores de ahora.

Es verdad que servidor siempre fue un poco chapado a la antigua en cuestión de gustos.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mié Ene 04, 2017 3:35 pm 
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Esta es la substancia de lo que el P. Cosme de Torres escribió de esta peregrinación del Padre, de la cual casi por milagro de Dios salieron salvos; porque, como decía el Hermano y confesaba el mismo Padre, la mayor parte de aquel camino, cuando entre día se hallaban muy hambrientos y cansados, no tenían otro refrigerio para consolarse que una poca de avela, que para eso traían en las mangas, que no es otra cosa sino unos granos de arroz crudo y torrados algún tanto, padeciendo siempre mucha hambre y necesidad, y pasando por muchos peligros por mar y por tierra; y no podía ser menos, porque los comeres de Japón, como está dicho, son tales de suyo, que, aunque sean estimados entre ellos y bien guisados, son asquerosos y odiosos para los de Europa, hasta que con el tiempo se van acostumbrando a ellos; ¡cuánto más padecerían en esta parte el Padre y el Hermano, que no tenían ninguna comodidad, y que en todas las partes eran despreciados y tenidos por viles! En fin, se vio mucho la providencia que Dios nuestro Señor tuvo con ellos, pues los libró de tantas necesidades, peligros y trabajos, y los tornó a traer a Amangüche con salud; y la experiencia de lo que aun hasta ahora padecen en Japón sus hijos, teniendo tan diferente crédito y tan otras comodidades de las que entonces había, da muy claramente a entender cuánto fue lo que el Padre con sus compañeros en aquel tiempo padeció, pues carecían de todo humano refrigerio.

Tornando, pues, el Padre del Miacó a Amangüche, determinó de presentar a el rey de aquella tierra las cartas, con los presentes que le había dado el Virrey de la India para el rey de Japón, las cuales aún no las había presentado, porque pensó de las dar al mismo Dayri, pareciéndole que él tenía poder sobre todo Japón; mas después que vio que ni el Dayri tenía más que la honra del nombre, ni él le pudo hablar, determinó de darlo todo al rey de Amangüche, que entonces era señor de muchos reinos y uno de los más poderosos reyes que había en Japón; para lo cual se determinó, de tornar a Filando a tomar los presentes que allí había dejado.

Y como halló por experiencia que el ir tan mal vestido y roto y tratándose con tanto menosprecio no solamente no ayudaba, más impedía lo que en Japón pretendía hacer a gloria de Dios, porque, puestos los japoneses en tantas ceremonias y aparatos exteriores, como ellos acostumbran, no tenían conocimiento de humildad ni de semejantes mortificaciones, determinó de vestirse y tratar de otra manera de allí adelante, mostrando con esto el verdadero despreciador de sí mismo, que no pretendía en cuanto hacía sino la gloria de Dios, por la cual se valía a sus tiempos de la honra y del menosprecio; y así, vestidos mejor y llevando consigo dos o tres mozos, tornaron luego, con las cartas del Virrey y del Obispo y con los presentes, de nuevo a Amangüche; y llevaban trece piezas muy buenas, entre las cuales llevaba un clavicordio, un reloj, algunos paños de Portugal y vino de Portugal, y otras cosas nunca vistas en aquella tierra hasta entonces; y todas las presentó el Padre juntamente con las cartas al rey, el cual, viendo venir a los Padres en otro traje y con un presente de tantas piezas tan nuevas y de tanta estima, mostró alegrarse mucho del presente, dándose a entender con sus regidores que los Padres eran hombres de más estima de lo que hasta entonces los tenían; y tratándolos con más respecto que primero, sabido que querían quedar en aquella tierra predicando la ley de Dios, les hizo dar una casa de bonzos, que ellos llaman várela para morar con ella, dándoles juntamente licencia (la cual hizo escribir en tablas y publicar por las calles) que pudiesen predicar en aquella ciudad y en todos sus reinos la ley de Dios, y que la pudiese tomar quien quisiese conforme a su voluntad, mandando que nadie se atreviese a hacer mal a los Padres que la predicaban ; con lo cual comenzaron a tener en aquella tierra algún más crédito.

Y era tanta la multitud de gente que cada día acudía adonde ellos estaban, haciéndoles diversas preguntas, que la mayor parte de los días y de las noches gastaban disputando con ellos y dándoles a entender lo que predicaban; y venían gentes de diversas sectas y estados, bonzos, monjas, caballeros y otra gente menuda de manera que no se podían valer, teniendo siempre llena la casa de ellos, y como hasta entonces no sabían bien la lengua, y por la cualidad y elegancia de ella el hablar y escribir de otra manera de lo que se usa movía a risa, explicaban lo que decían, y leían tan bárbaramente, que no se podía oír sin riso; por donde unos burlaban de ellos, otros se reían, otros porfiaban con ellos para hacerles hablar; más todavía el espíritu con que respondían, y santidad de la vida que hacían, y la ley que profesaban, que tan diferente era todo de la vida y doctrina de los bonzos, de tal manera los convencía, que les hacían entender con las obras lo que con palabras no les podían declarar.

Y como los japoneses sean de buen ingenio y tan sujetos a la razón, muchos se movían, entendiendo ser cosa santa y muy buena lo que predicaban; y así, después de haber pasado muchas disputas por algunos días, se comenzaron a hacer cristianos, y el que se convirtió en Amangüche fue por un caso que aconteció al Hermano, que, estando un día predicando en una calle, y oyéndolo un gentil que por allí pasaba, por burlarse de él y afrentarlo más le echó un grande gargajo en el rostro, lo cual sufrió el Hermano con tanta paciencia, que sin hacer ninguna manera de mudanza, más que limpiarse con el lienzo, proseguía confiadamente su plática; de lo cual se edificó tanto otro gentil que allí estaba, que se persuadió que hombres que tal sufrían no podían enseñar sino ley sancta; por lo cual yéndolos a buscar a su casa se bautizó. Tanto puede la virtud en un hombre de buen entendimiento.

Y finalmente se tuvieron en aquella tierra de tal manera, dando de sí tan buena cuenta y tan buen ejemplo, convenciendo a los que a ellos venían, parte con la razón, parte con la paciencia, que en breves días creció mucho el número de los cristianos, lo cual comenzaron a sentir muy grandemente los bonzos, levantando contra ellos mil falsedades hasta decir que eran demonios y que comían carne humana; más se tuvo con ellos el Padre con tal prudencia y santidad, que hacía entender a todos que, por no tener los bonzos otra manera para defenderse, inventaron semejantes blasfemias vanas y mentirosas; y así, deteniéndose allí cerca de cinco o seis meses, bautizó allí como quinientos cristianos a los cuales comunicó N. Señor tanta fortaleza, que, quedando después por diversos acontecimientos (como diremos ) cerca de veinte y cinco años sin ninguna persona de la Compañía que los cultivase todavía se sustentaron por sí mismos, y hasta ahora se sustentan en la fe que tomaron, en medio de tanta gentilidad y de tantas persecuciones, como buenos cristianos.
Entre los otros hijos, que entonces parió al Señor, fue un japonés llamado Laurencio que, siendo medio ciego de la vista corporal, fue tan iluminado por Dios nuestro Señor en lo interior, que, entregándose del todo a su divino servicio y a la voluntad de los Padres, después de haber vivido en casa mucho tiempo, mereció alcanzar de la bondad de Dios ser recibido en la Compañía por Hermano, tomándolo por su principal instrumento de la conversión y fruto tan grande que hasta ahora se hizo y va haciendo continuamente en Japón, porque salió muy grande predicador, como veremos.

Del fruto que en este tiempo se hacía en la India y de la muerte del P. Antonio Criminal.
Cap. 22.


En el tiempo que pasaban estas cosas en el Japón por lo medio del P. M. Francisco y de sus compañeros, no era menor el fruto que se hacía en la India, donde iba creciendo mucho la Compañía en gente y reputación; porque muchos, movidos por la santidad y cosas que del P. M. Francisco se decían y compungidos de los sermones y modo de vivir de los nuestros, dejando el mundo entraban en ella a servir a N. Señor. Entre los cuales fueron los Hermanos Simón de la Ver, Fernando de Osorio y Pedro de Alcáceva , de los cuales los dos primeros fallecieron en Maluco, adonde los envió la obediencia a ayudar aquella cristiandad, y el falleció en Goa, donde tuvo cuidados de los niños más de veinte y cuatro años. Otros por orden del B. P. Ignacio venían de las provincias de Europa al olor del grande fruto que desde allá entendieron hacerse en la India, entre los cuales el año de 51 vinieron los Padres M. Melchor, M. Gonzales y Manuel de Morales, y los Hermanos Cristóbal de Acosta, Pedro de Almeida, Antonio Diez, Manuel Texera y Francisco Durán los cuales todos hicieron mucho fruto en esta India, acabando en ella sus vidas en servicio de N. Señor, sacando los dos últimos que aún son vivos.

Vino también con ellos el Hermano Alexo Madera persona de tanta fe y sinceridad y candor, que, exhortando en Batecala unos infieles a que se hiciesen cristianos, en tiempo que se llevaba un difunto a enterrar, y respondiéndole ellos que se harían si él resucitase aquel muerto, dijo con mucha facilidad que él lo resucitaría en virtud de Jesucristo, si, resucitándolo, prometían ellos de hacerse cristianos; y llegó la cosa a término, que, tomando consejo consigo los dichos infieles sobre eso, y viendo tan determinado al Hermano, no quisieron prometerlo, ni entrar en esta prueba; y diciéndolo después el superior al Hermano, qué determinaba hacer si los infieles aceptaran aquella condición, respondió con mucha sinceridad que sin duda resucitara al difunto, con lo cual quedó espantado el superior de la virtud y fe de este Hermano; el cual, después de haber estado en la costa de Pesquería algún tiempo, fue enviado a Ormuz, y allí falleció, dejando de sí muy grande edificación a todos.

Y así, fuera de los que estaban repartidos por diversas partes, había en el colegio de Goa buen número de los nuestros, los cuales todos, con las muchas mortificaciones y obras heroicas que hacían, habían encendido en ella un nuevo fuego. En este tiempo también los nuestros habían tomado lugar en las ciudades de Cochin y de Baaín, y también hacían residencia en Tana dando en todas las partes muy buen olor de la Compañía y haciendo mucho fruto ; y entre todos daban a los hombres muy particular ejemplo de vida aquellos primeros que el P. M. Francisco escogió para proseguir las empresas que él había comenzado, los cuales todos las llevaban adelante con tanto fervor, que se veía bien ser hijos escogidos de tal Padre; de suerte que, con lo que cada uno de ellos hacía en su lugar, se renovaron los portugueses de tal manera, que universalmente comenzaban a hacer otra vida; y como quien abre los ojos y sale de las obscuras tinieblas, dejaban muchos pecados públicos en que vivían; y apartando lo precioso de lo vil, entendían la diferencia que hay entre la buena vida y la mala; y oyendo cuál cosa era lícita y cuál pecado, dejaban muchas maneras de ganancias ilícitas y hacían muchas restituciones de lo mal llevado; y muchos, confesándose generalmente, tomaban nueva manera de vivir, y perdiendo la vergüenza que de mostrarse devotos tenían, y avergonzándose de vivir como de antes en pecados, frecuentaban más a menudo los sacramentos. Y como sean los portugueses de su natural bien inclinados, con estas ayudas de que 1° carecían, y principalmente con la gracia de Dios nuestro Señor, y con el buen orden de los perlados y otros religiosos que después vinieron, creció tanto el respecto que entre ellos se tiene a la religión y a la virtud, que ha mucho tiempo que se tiene en la India por grande afrenta saberse que un portugués vive amancebado;

y aunque no falten pecados (como lo lleva de suyo la maldad y miseria del mundo) con todo eso, considerada la cualidad de la tierra, la licencia y libertad que primero tenían, es cosa para maravillar ver que soldados y mancebos tan esforzados, como son los de la India, vivan con tanta religión y honestidad; porque es tan grande el respecto que ellos tienen a las cosas de la Iglesia y a sus prelados y a todos los religiosos, y es tan grande la frecuencia de los que acuden a los sacramentos por todo el año, especialmente cuando se van a embarcar para ir a las armadas, que más parecen religiosos que soldados tan esforzados y valerosos como son; de manera que en la India es muy común en los portugueses confesarse y comulgar entre año muchas veces; en lo cual aunque ayudaron y trabajaron mucho los perlados y religiosos, todavía, después de Dios, se deben principalmente las gracias de todo esto, a los serenísimos reyes de santa memoria Don Juan y Doña Catalina, su mujer que gobernando con tanto y tan religioso celo sus súbditos, dieron principio a extirpar las disoluciones y desórdenes que en ellos había, reformando y ayudando aun las mismas religiones, y dejando a sus súbditos, cuanto a las costumbres, una nueva forma de vida; con los cuales de tal manera se conformó el serenísimo rey Don Sebastián, su nieto, con ser tan mozo, que tiene bien que llorar el mundo haberlo perdido tan de repente y en la flor de su edad; y no menores gracias se deben al católico y devotísimo rey Don Henrique, que ahora reina pues además del favor que dio para todo esto, principalmente con el ejemplo y santidad de su vida tan conocida, gobernó siempre de tal manera sus reinos, que bien lo puede tomar por regla y dechado cualquier rey y prelado que gobernare.

Por donde no es maravilla si se volvió del todo la rueda, subiendo la virtud a su debido lugar con mucha honra, y abajando muy ignominiosamente el vicio a su ínfimo lugar. — Mas tornando a lo que decíamos, no solamente hacían los Padres con los portugueses lo que está dicho, mas también trabajaban con no menor fruto en conservar a los cristianos; porque en Maluco el P. Juan de la Vera con sus compañeros tenían ya bautizados un grande número de ellos; y en Malaca el P. Francisco Pérez continuaba con el fruto que el P. M. Francisco había comenzado; y en el Cabo de Comorín era mucha la cristiandad que hacía el P. Antonio de Criminal y en las tierras de Goa y Bagaim se iban también convirtiendo algunos gentiles, porque ya los nuestros avían comentado una iglesia en la isla de Choran y otra en Tana, y bautizado en el un lugar y en el otro muchos cristianos, y el P. Micer Paulo ayudaba quinto podía a los cristianos de Goa, para los cuales hizo junto al colegio un hospital de que él mismo tenía cuidado, buscando por la ciudad limosnas para sustentarlo y curándolos con tanto cuidado, que a todos espantaba con su humildad y caridad, tanto que de todos era tenido por santo; y en S. Tomé y Coulón no hacían menor fruto el P. Cipriano y el P. Nicolao Lanciloto : y sobre todos llevaba en pos de sí espantados a todos los que estaban en Ormuz el P. M. Gaspar con la santidad tan grande de su vida y notable edificación que de sí daba.

Y aunque por ser toda esta gente morena, naturalmente ruda, como está dicho el provecho con ellos se siguió más tarde que con los portugueses, más siempre los Padres con mucho sudor y trabajo suyo procuraban arrancar las espinas y cardos de las malas costumbres, que estos cristianos tenían, y juntamente convertir los gentiles. Y cierto, los trabajos y paciencia con que esta nueva cristiandad se hace y cultiva, es cosa que con razón causa tanta edificación y espanto en Europa, donde sí se entendiese bien cuán grandes son las contradicciones, desconsolaciones y peligros que los Padres pasan en hacer y cultivar los cristianos de estas partes, se espantarían mucho más de cómo pueden vivir en medio de tantos trabajos y disgustos toda la vida con tanta alegría, prosiguiendo las empresas que tiene la Compañía entre las manos; en lo cual no se puede negar ser muy grande la asistencia y providencia divina sobre ellos; porque son ellas tantas y tales, que pueden bien espantar a muy grandes y confiados corazones, y en ninguna manera se podrían llevar adelante sin mucho y muy particular concurso de Dios, y de lo que hasta ahora los Padres padecen se puede bien entender cuánto fue más lo que padecieron aquellos primeros, que comenzaron a rogar y cultivar bosque tan cerrado, no teniendo entonces ninguna de las comodidades y ayudas que ahora nosotros tenemos, ni gozando del fruto y provecho de que nosotros ahora gozamos; porque como era gente tan bárbara y tan mal acostumbrada, y el fruto que de ellos se sacó fue con mucho cansancio y muy de espacio, y con pasar muchos disgustos y trabajos, aparejando y disponiendo esta tan estéril tierra para poderla después sembrar, y por eso los Padres que al principio la comenzaron a rozar, no tenían sino trabajos muy puros, sin mezcla de consolación humana, sustentándose con sola la esperanza de lo que se cogería después con el tiempo, comunicándoles nuestro Señor tanto esfuerzo y tan grande longanimidad, que esto les bastaba para vivir contentos en medio de tantas persecuciones, trabajos y peligros, padeciendo hambres, sedes y otras desconsolaciones corporales y espirituales, con las cuales nuestro Señor los perfeccionó y apuró de tal manera, que en muerte y en vida alcanzaron entre los hombres fama y nombre de santos, y se puede juntamente esperar que nuestro Señor confirmó esta opinión común del pueblo, haciéndolos bienaventurados en la gloria, pues acabaron todos sus vidas en su servicio, unos derramando su sangre por la fe y publicación del santo Evangelio, y otros acabando sus días como muy buenos y santos confesores. Entre los cuales el 1° fue el P. Antonio Criminal, que el P. M. Francisco había dejado por superior de los Padres y cristiandad de Comorín, el cual en el tiempo que el Padre iba a Japón en el año 49, en el mes de Junio dio la propia vida para salvar sus ovejas, haciéndolo como muy bueno y verdadero pastor.

Fue este Padre, como está dicho italiano, de la ciudad de Parma; y habiendo entrado a servir a N. Señor en la Compañía, poco después de ser ella confirmada, fue mandado por nuestro P. Ignacio a Portugal en el año de 42, y poco después por las buenas partes que tenía y por su santidad de vida. fue enviado con los primeros que pasaron a la India donde en poco tiempo dio tales muestras de su prudencia y virtud, que el P. M. Francisco le encomendó su cristiandad de Comorín, haciéndolo superior de los demás Padres que allí estaban, donde así por causa de las continuas guerras de los badagás, sus vecinos, y de las diversas persecuciones que los gentiles les hacían, como por las dificultades que halló en enseñar y reducir a mejor vida aquella gente, peregrinando siempre por aquella costa tan estéril y tan sujeta a excesivos calores, padeció, cerca de cuatro años que allí estuvo, muchas hambres y trabajos del cuerpo y aflicciones del espíritu; y hallándose un día en una población, que está cerca de los bajos de Ramanancór catequizando y enseñando aquella gente, entraron de improviso los badagás en grande número destruyendo y cautivando los que por la tierra hallaban; y no teniendo los cristianos otro remedio que meterse en unas embarcaciones que había en aquel puerto, era tanta la confusión y los gritos de niños y hombres y mujeres que huían, por venir los enemigos muy cerca, que había en ellos grande desorden, como suele acontecer en casos tan peligrosos y repentinos; por lo cual corrían grande peligro de quedar en poder de aquellos bárbaros muchos de ellos; y queriendo el Padre acudir a este desorden con su caridad y darles algún remedio, tomó sobre sí el cargo de hacerlos embarcar; y estando en esto ocupado, parecieron a vista los enemigos, corriendo con grande furia para él; y aunque veía tan grande peligro, y muchas veces fuese llamado e importunado de los cristianos y portugueses con mucha instancia que se embarcase y librase su vida de tan evidente peligro, y no quisiese perder su vida, que tanto importaba, por tener demasiado cuidado de las ajenas, nunca lo quiso hacer; antes, como olvidado de sí, con suma solicitud y diligencia hacía embarcar los niños y mujeres, de los cuales tenía más temor que no viniesen a manos de sus enemigos, que de sí mismo, y entre tanto que se estaba ocupando el Padre en tan santo ejercicio, sobrevinieron los bárbaros, y se atajó el camino para entrar en los navíos, de manera que, puesto en este último peligro, no viendo otro remedio de vida, con grande esfuerzo y con las manos y los ojos levantados al cielo, puesto de rodillas, ofreció su cuerpo a Dios en sacrificio; y cercado de esta manera de los enemigos, aunque los primeros que venían delante pasaron sin hacerle mal ninguno, los que se siguieron después le dieron muchas heridas, atravesándolo con sus lanas y espadas por diversas partes; y cortándole después la cabeza, la colgaron en alto en señal de victoria, dejando en tierra el cuerpo lleno de sangre y desnudo; y así de esta manera triunfó este santo Padre de este mundo, alcanzando con el trabajo de pocos años la corona eterna de la gloria, mereciendo ser el 1° de la Compañía que en la India derramó su sangre por la promulgación del santo Evangelio consagrando su cuerpo en vivo sacrificio

CÓMO EL P. M. Francisco fue a Bungo y se embarcó para tornar a Goa.
Cap. 23.


Teniendo noticia el P. M. Francisco, por cartas que recibió con un navío de portugueses que entonces llegó a Bungo del grande fruto que en este tiempo los Padres y Hermanos hacían en diversas partes de la India, determinó de dejar por algún tiempo a Japón y tornarse para Goa aquel año; porque la perpetua solicitud y cuidado que tenía de llevar adelante con provecho las empresas comenzadas, no lo dejaban descansar, deseando hallarse siempre presente, si le fuera posible, en todas las partes para ayudar a los Padres en los trabajos, que sabía bien que cada uno de ellos había de pasar en los lugares a donde los había enviado. Y ya que esto no podía ser, se resolvió en tornar a la India, para poderlos consolar y ayudar mandándoles compañeros; y especialmente deseaba enviar obreros a Japón, entendiendo que en él se podía hacer mayor provecho que en todas las otras partes. Mas porque su caridad no se satisfacía con poco, tenía ya concebido deseo en su corazón de intentar si podía por alguna vía entrar a manifestar el Evangelio en la China, tomando entre manos otra empresa mayor y más dificultosa que todas, como si hasta entonces no hubiera hecho nada, y las otras fueran muy pequeñas y pocas, y no hubiera pasado en ellas los trabajos que tenía padecido. Mas en fin, como el Padre había mucho que tenía ofrecida y entregada su vida a todo género de cansancios y peligros y a la misma muerte por servicio de Dios y bien de las almas, no hacía cuenta de ellos, antes los andaba buscando como medios de su merecimiento y corona.
Y cierto que es cosa de espanto considerar la grandeza de su corazón, pues a él solo parecían pocas y pequeñas todas estas empresas, las cuales a nosotros ahora, que pasamos de trescientos de la Compañía, nos parecen tantas y tan grandes, que nos hacen muchas veces temer y dudar si las hemos de poder llevar adelante; tanto puede en un corazón humano el estar vacío de amor proprio y de toda confianza en sí, y lleno de confianza y amor de Dios, como el Padre lo tenía; por lo cual nuestro Señor le tenía tan ensanchado el corazón, que era capaz para meter en él a todo el mundo, pareciéndole posible y fácil la conversión de todo él.

Dos cosas lo movían a tomar, como digo, esta empresa de la China: una era, porque por la información que tenía le parecía la China la más dispuesta, para poder hacerse fruto en ella, de cuantas tierras hay en toda la gentilidad, por diversas cualidades que en su lugar tocaremos. La otra razón es, porque, aunque los japoneses, cuanto a lo que toca al esfuerzo y otras cosas pertenecientes a la guerra, tengan a los chinos por muelles y afeminados y en muy baja estima, todavía, en cuanto a las letras y saber de los que gobiernan, los tienen en mucha reputación y estima, como a tierra de donde ellos tomaron las leyes y letras que tienen; por lo cual muchas veces decían los japoneses al P. M. Francisco, que, aunque sus razones los convencían, queda van siempre con duda y recelo por no ver recibida en la China esta ley que él predicaba; que si era verdadera, no era posible no la saber los letrados de la China; y así demás del fruto que en la misma tierra haría, juzgaba el Padre que, recibiéndose nuestra ley en la China, ganaría mucho crédito y concepto para con los japoneses. Por las cuales y por otras causas se determinó de ir a Bungo, que es de otro rey, señor de cinco reinos que está cuarenta leguas de Amangüche, y ver si podía también encender allí alguna centella del fuego de Dios, y después embarcarse para la India a ver sus Hermanos; y así, dejando en Amangüche al P. Cosme de Torres, que avía antes hecho venir de Firándo, y al Hermano Juan Fernández, los cuales ya sabían razonablemente la lengua, se fue él para Bungo, encomendando la cristiandad de Japón al Padre que dejaba por superior de todos los que él enviase.

Llegado a Bungo trató con el rey lo que pretendía, del cual fue bien recibido, sabiendo de los portugueses quién él era, y el respecto que todos le tenían; y como deseaba tener él amistad con el Virrey y comercio con los portugueses, hizo al Padre grandes ofrecimientos, diciéndole que, si mandase Padres a Bungo, les daría lugar para residir, y licencia lo para predicar en su tierra y para que se hiciesen cristianos todos los que quisiesen.

Y para efectuarse mejor todo esto determinó enviar un su criado con el mismo Padre a la India a visitar de su parte al Virrey, enviándole algunos presentes. Finalmente en pocos días que allí se detuvo el Padre, dejó tal rastro de su santidad, que, aunque el rey entonces era muy mogo y gentil, y dado a los vicios que dije atrás traer consigo la gentilidad, todavía quedó tan aficionado al Padre, que de ahí adelante fue siempre amigo de la Compañía, y recibió en su tierra los ilustrísimos Padres que vinieron de Goa después de la tornada del P. M. Francisco, dándoles lugar en Funáy en una casa que había sido de su padre, con licencia de predicar libremente la ley de Dios y de bautizar los que quisiesen ser cristianos; y después favoreció siempre todas nuestras cosas no solamente en Bungo, más en otros diversos reinos y señoríos, tanto que se puede decir que lo tomó Dios por instrumento para que con su amparo los Padres viviesen en Japón con comodidad de hacer tanto fruto como hicieron.

Y no lo dejó Dios N. Señor sin galardón por tal servicio, porque a cabo de treinta años lo alumbró con su divina gracia de manera que se hizo cristiano y por la afición y opinión que tenía de la santidad del Padre se quiso llamar Francisco después de convertido, tomando en el / baptismo su nom-bre, como diremos en su lugar; y así, habiendo el Padre en muchas partes principales de Japón sembrado la palabra de Dios, que después tanto fructificó, se embarcó el mes de Noviembre de cincuenta y uno juntamente con el criado del rey de Bungo y otros cristianos japoneses, que deseaban ir con el Padre; de los cuales uno fue Bernardo, hombre prudente y virtuoso, al cual el mismo Padre envió después a Roma, y recibido por N. P. Ignacio en la Compañía murió en el colegio de Coímbra con mucha edificación.

Partidos de Japón llegaron en pocos días a un puerto de la China, adonde en aquel tiempo acostumbraban Yr los portugueses con sus navíos porque no tenían aún el de Macao que ahora tienen, y aquí halló un portugués, grande su amigo, llamado Diego Pereira , que era persona honrada y señor de una nao, que estaba a punto para partirse para la India, con el cual el Padre holgó en extremo, así por tener comodidad de ir con él, como porque pretendía por medio suyo entrar en la China, por ser persona que tenía mucho trato en aquella tierra; y tratando ambos del modo que podía haber para efectuarse esto, se resolvieron finalmente en que el mejor modo que se ofrecía era, que el Virrey de la India mandase un embajador al rey de la China con algunos presentes, y, yendo el Padre juntamente con él, se procurase alcanzar licencia de él para estar en aquella tierra y predicar libremente la ley de Dios, que de otra manera habría mal remedio, por las leyes y prohibiciones tan severas que hay en aquel reino contra cualquiera que se atreve a llevar a ella forasteros, y contra ellos mismos y cualquiera que los recibe.

Y por hacerse esto mejor y más presto, se ofreció el mismo Diego Pereyra a tornar con la misma nao a la China el año siguiente, y llevar esta embajada a el rey, y hacer todo esto a su costa, lo cual todo hacía él, parte por entender que, además del servicio que a N. Señor hacía, había de salir de aquella embajada con mucha honra y provecho, como en hecho de verdad le aconteció, porque aunque (como diremos) en Malaca le impidieron que no pasase a la China, por lo que en esto hizo, y por las cartas que el Padre escribió en su favor a el rey de Portugal recibió de S. A. muchas honras y mercedes, con las cuales vivió después rico y abastado. Pues con esta determinación se embarcó el Padre en su nao para ir a Malaca; y antes que se embarcase (como afirmaron después testigos con juramento), no se sabiendo allí ninguna nueva de Malaca, un día, hablando el Padre con muchos portugueses que estaban en aquel puerto con sus navíos, les dijo que encomendasen mucho a N. Señor la ciudad de Malaca, porque estaba en necesidad y la tenían los enemigos en mucho aprieto, y por eso que todos los que pudiesen debían ir de prisa a socorrerla; y después, yendo Diego Pereira con los demás muy solícito por lo que el Padre había dicho, los tornó a asegurar diciéndoles que ya Malaca estaba de paz, lo cual todo hallaron que pasó puntualmente como él dijera; porque había estado Malaca cercada de los jáos no la pudiendo tomar, se tornaron con mucho daño suyo, dejándola en paz.

También en este camino de la China a Malaca tuvieron una grande tempestad, en la cual con la fuerza de los mares se quebró la soga con que estaba atado a la nao el batel ; y así, llevándolo la tempestad con algunos marineros que iban en él, lo perdieron de vista, y sin haber ningún remedio y va la nao su camino no haciendo ya cuenta de él. Mas el P. M. Francisco comenzó con grande instancia a rogar que amainasen porque se salvaría el batel; y no lo queriendo hacer el piloto, por decir que ellos corrían peligro y el batel no tenía ningún remedio, hizo tanta instancia, asegurándolo que la nao no correría peligro y el batel se salvaría, que, por el mucho crédito que le tenían, como a hombre santo y profeta, mandaron amainar, y de allí a poco tiempo vieron venir el batel en busca de la nao, de manera que el batel se salvó; y los marineros que venían en él, sabiendo lo que había pasado, se convirtieron y hicieron cristianos
.
En Malaca fue recibido el Padre con mucha alegría de los Padres que allí estaban y de todo el pueblo; y despachándose en breves días, fue a Cochín, y de allí llegó a Goa a tantos de Febrero del año de 52 con tanto contentamiento de los Hermanos, cuanto era el amor y caridad con que lo amaban y el deseo que todos tenían de su llegada; y después de haberlos abrazado a todos con mucho amor, sabiendo cómo algunos estaban enfermos, fuese derecho a la enfermería y halló un Hermano, que, estando ya desconfiado de los médicos y muy al cabo, esperaba con grande confianza su venida, porque decía él que si el Padre lo hallaba vivo alcanzaría salud por medio de él; y así le aconteció como él lo esperaba; porque yendo el Padre a verlo, y animándolo y consolándolo y rezándole un Evangelio, fue N. Señor servido que se hallase mejor y sanase del todo en pocos días.

Cómo el p. m. Francisco fue de Goa a Malaca y de lo que en el viaje le aconteció.
Cap. 24.


Se detuvo en Goa el P. M. Francisco bien pocos días, porque se llegaba ya el tiempo de navegar para la China; y tratando con el Señor Virrey y con el Obispo de la intención con que venía y de lo que Diego Pereyra le avía ofrecido, les pareció bien que así se hiciera; y para eso el Virrey Don Alonso de Noroña nombró a Diego Pereira por embajador, dándole las provisiones necesarias para que en nombre de S. A. fuese a la China para tratar del amistad y comercio con el rey de ella.
En esta vuelta a Goa mostró mucho el P. Francisco la grandeza de su ánimo, y el cuidado que tenía de conservar en la Compañía inviolable y limpia la virtud de la obediencia, y lo mucho que sentía tener los nuestros opinión de sí mismos y quererse guiar a su modo, porque halló que el P. Antonio Gómez, que él había dejado por rector del colegio de Goa, confiado demasiadamente de sí mismo y de sus talentos, con los cuales había alcanzado muy grande autoridad con el Virrey y con toda la demás nobleza y gente de la India, pareciéndole que el P. Micer Paulo, que quedaba por superior en la India, procedía con demasiada simplicidad y humildad, comenzó a usar de la autoridad y crédito que tenía de tal manera, que poco a poco vino a perder el respecto al P. Micer Paulo, habiéndose con él de manera que más parecía superior suyo que inferior; porque como Micer Paulo era tan humilde y encogido, no queriendo tener contrastes con él, lo dejaba proceder a su modo, y él atendía a su hospital, contentándose con servir y curar sus pobres dolientes; de suerte que el P. Antonio Gómez no solamente gobernaba a su modo el colegio de Goa, mas hacía y ordenaba lo que quería en todas las demás residencias, y aun fuera de esto despidió de su proprio motu del colegio de Goa todos los mozos y niños que se criaban allí, 5 de lo cual se escandalizaron muchos, pues el principio que se dio a aquel colegio fue para la enseñanza y buena educación de los dichos mogos. Asimismo en Cochín, deseando hacer allí casa de la Compañía y haber allí para esto la iglesia de nuestra Señora, que era la principal cofradía de aquella ciudad, y hallando alguna resistencia en los cofrades, se valió demasiadamente del favor del Señor Virrey, que en eso lo ayudaba, de manera que los cofrades soltaron mano de la iglesia con alguna violencia, quedando la ciudad de Cochín sentida y escandalizada.

Viniendo, pues, el P. M. Francisco sintió estas cosas sobremanera, y luego que llegó a Cochín deshizo lo que el P. Antonio Gómez tenía hecho; y entregando las llaves de la iglesia a la contraría y a la ciudad, dio toda la satisfacción que pudo para quitarles el escándalo que tenían, hablándoles con tanta humildad y amor, que quedaron satisfechos, de tal manera, que poco después ellos mismos de su propia y libre voluntad entregaron la dicha iglesia a la Compañía para que lo hiciese allí casa y colegio, como ahora está hecho. En Goa también mandó que se tornasen a recibir los mozos y niños naturales de la tierra para los criar y enseñar, conforme al primer instituto con que aquel colegio se avía comenzado; y así por esto, como principalmente por lo que el P. Antonio Gómez había pasado con el P. Micer Paulo, le dio diversas reprehensiones y mortificaciones y no hallando en él el arrepentimiento y conocimiento que deseaba, mas antes viendo que tenía demasiada opinión y confianza en su prudencia y talentos, puesto que en lo demás era devoto y daba buen ejemplo de sí, primeramente lo envió a Dio en misión, y después dio orden que se mandase a Portugal como despedido de la Compañía, no haciendo caso ni de los talentos que el P. Antonio Gómez tenía, con que tanta autoridad había ganado en toda la India, ni de la necesidad que entonces páresela tener de él la Compañía por ser persona de tanto crédito y tanto respeto; en lo cual tuvo el P. M. Francisco muy grandes contrastes, por oponerse a eso el mismo Virrey con toda la nobleza; lo cual tanto más exasperaba el ánimo del Padre, viendo que se quería llevar la cosa por estos términos tan contrarios al modo de proceder de la Compañía; y determinando de cortar en todo caso la ocasión a semejantes ejemplos, y estimando en más el entenderse en la Compañía que es más estimada la humildad y obediencia que todos los otros talentos, no fueron bastantes ruegos, ni autoridad de ninguna persona, para lo mover de esta determinación, y así la efectuó. Mas porque después de partirse para la China y morir tan presto, como veremos, el P. Antonio Gómez, reconociendo su falta, se humilló, y escribió a Roma a N. P. Ignacio de santa memoria pidiéndole perdón y fue de N. Padre recibido a misericordia, mandándole que fuese de la India a Roma para allí darle remedio.

Yendo para allá fue N. Señor servido que se perdiese con la nao en que iba. Y parece que con este castigo quiso N. Señor purgar sus yerros, dándole lugar de penitencia, y castigándolo en esta vida para perdonarle en la otra; y a nosotros todos nos quiso dar ejemplo de lo mucho que tenemos de velar sobre nosotros mismos, no nos engriendo ni levantando con nuestros talentos, y de cuánto hemos de procurar de fundarnos en la verdadera humildad y proprio conocimiento y en todas las demás sólidas virtudes, para que, fundados en ellas, nos sean provechosos los demás talentos.

Mas tomando al P. M. Francisco, en aquel breve tiempo que estuvo en Goa hizo diversas misiones, y dio el orden que convenía para que fuese la India bien gobernada en su ausencia; y así dejó en su lugar al P. M. Gaspar por superior de todos el cual era ya venido de Ormuz por su orden y mandamiento, y a Bagaim mandó al P. M. Melchor para tener cuidado de aquella casa; a Taaná al P. M. Gonzalo; a Cochin fué el P. M. Francisco Enríquez, y al Cabo de Comorín el Hermano Luis Méndez, adonde poco después fue también el Hermano Diucón ; a S. Tomé mandó también al Hermano Juan López por compañero del P^ Cipriano y para Roma y Portugal mandó al Hermano André Fernández que es ahora Padre, juntamente con un japonés llamado Bernardo, que después fue recibido de X. P. Ignacio por Hermano, y murió santamente en el colegio de Coímbra estando para tornar a Japón; y a estos envió para que fuesen a pedir a Su Alteza y a nuestro Padre obreros y las demás ayudas necesarias para poder acudir a tantas y tan grandes empresas como tenía entre manos.

Dio también orden a otras muchas cosas que entonces se ofrecían, dejando por escrito algunos avisos al P. M. Gaspar; y dejando muy animados y aprovechados con sus ejemplos y exhortaciones a los Padres y Hermanos de aquel colegio, se tornó a embarcar a los 17 de Abril del año 52 para ir a la China, llevando consigo al Baltasar Gago y los Hermanos Pedro de Alcáceva y Duarte de Silva que habían de ir a Japón, y otro Hermano con un intérprete y un mozo que habían de ser sus compañeros en la China. Quedaron espantados los de la ciudad de Goa de ver el grande esfuerzo de corazón del Padre; pues acabando de llegar allí de una tan larga y trabajosa jornada, no solamente no descansaba, mas comenzaba a tomar de nuevo esta otra no menos peligrosa y trabajosa, tan presto, en este viaje que hacía.

Yendo, pues, a Malaca tuvieron un recio temporal con tan peligrosa tempestad, que fue necesario descargar la nao, echando las mercadurías a la mar; y esta van todos muy des- consolados, y unos se confesaban, otros se estaban aparejando como hombres que se veían con la muerte al ojo. Viéndolos el Padre de aquella manera, llenos de desmayo y tristeza, salió a ellos con un rosto alegre animándolos y consolándolos, diciéndoles que no temiesen, porque nuestro Señor salvaría la nao; y subiendo al chapitel de ella, tomó su relicario, y en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo lo echó en la mar, rogando a la SSª. Trinidad, que tuviese misericordia de aquella gente; y recogiéndose luego a hacer oración, fue N. Señor servido que se mitigasen los vientos y cesase del todo la tempestad; la cual acabada tornó a decir el Padre al maestro, que temía que en aquel viaje había de padecer algunos trabajos; y fue así, porque dieron en unos bajíos, y les fue necesario pasar sobre ellos con mucho peligro.

También llevaba mucho temor de que en Malaca le estorbasen el paso para la China; y así dijo muchas veces a los Hermanos que encomendasen a nuestro Señor el negocio de su viaje, porque se recelaba mucho que el capitán de Malaca se lo había de impedir, como quien ya en cierta manera entendía lo que después le aconteció; porque llegados a Malaca, y despachando al P. Baltasar Gago, que iba para Japón con los dos Hermanos que dije, y consolando por cartas los que estaban en Maluco, quedose él allí para ir con sus compañeros en la nao de Diego Pereira. Y estándose él aparejando con mucho fervor, el enemigo del humano linaje y de todo bien, no pudiendo sufrir lo que el P. M. Francisco hacía, usó de sus acostumbradas invenciones para estorbar esta ida del Padre ; y así tomando ocasión de los intereses que el capitán de Malaca pretendía, haciendo él el viaje de la China, pervirtió de tal suerte su corazón, que determinó de hacer que no fuese Diego Pereyra, deteniéndolo en Malaca so color de que era necesaria su presencia en Malaca para defenderla de la guerra y cerco que de sus enemigos, decía, esperaba por las nuevas que tenía; y también pretendiendo ser suyo el viaje de la China, y que yendo allá Diego Pereyra se la echaría a perder.

No bastaron los ruegos y autoridad del Padre, ni el proponerle el grande deservicio que a Dios se seguía de eso, ni las provisiones que traían del Virrey ni el temor del Rey ni de Dios, para dejar el capitán de impedir esta embajada; tanto puede en un hombre la codicia cuando a ella se entrega. Sintió el Padre mucho esto, como se puede entender de quien tanto amaba nuestro Señor, y veía estorbar su servicio quien a él había de ayudar; e hizo cuanto pudo con el capitán, unas veces con blandura y ruegos, otras mezclando algún rigor, mostrándole el castigo que recibiría de Dios y de Su Alteza si hacía una tan grande injusticia y sinrazón, para moverlo por aquí a que desase pasar a Diego Pereyra. Y viendo que con esto no aprovechaba ninguna cosa, tomó por último remedio servirse de sus facultades, y del breve que tenía del Nuncio Apostólico (del cual hasta entonces nunca avía usa-do), venciendo la caridad y el celo de la gloria de Dios y de ayudar a las almas a su humildad; y así presentó el dicho breve, mostrándole, por medio del vicario de Malaca las censuras y excomuniones que el capitán incurriría si impedía esta embajada, pues iba como Nuncio mandado por Su Santidad. Mas estuvo el capitán tan pertinaz y obstinado en su pretensión, que ni esto bastó para amansarlo; y no teniendo ningún respecto ni temor de incurrir en las censuras, no solamente no quiso que fuese Diego Pereyra con su embajada, más hizo muchas descortesías y desacatos al dicho Padre, usando contra él de palabras afrentosas y mal miradas no respectando ni la autoridad que el Padre tenía, ni su tan conocida santidad, por la cual de todos los portugueses era tan amado y estimado. Finalmente lo hizo este capitán como hombre que degeneró mucho del ilustre linaje y del celo cristiano que tuvieron sus antepasados, y los que de su misma casta fueron después capitanes de Malaca.

Viendo, pues, el Padre que todo cuanto se trabajaba con el capitán era de balde, y que se impedía tan grande servicio de Dios como él pretendía, fue tanta la tristeza que sintió, que, con haber padecido en su vida muchas persecuciones y trabajos, ninguno llegó, como él mismo decía a darle tanta pena como esta sinrazón que aquí le hicieron; tanto que, según pública voz y fama de todos los que oyeron al Padre, y como de sus cartas se puede ver, dio sobre el capitán sentencia de Dios, diciendo de él con suspiros y mucha lástima suya: « ¡¿ay de él!, porque ha de ser muy presto castigado de Dios en la honra, en el cuerpo y en la hacienda; y plegué a su divina Bondad que no lo castigue en el alma» Y dicho y hecho, porque no pasó casi nada de tiempo que por las muchas injusticias que hacía, lo mandó prender el Rey con mucha deshonra, y fue llevado a Goa preso, y enviado a Portugal, donde le fue confiscada la hacienda mal ganada, y con grande menoscabo de ella y de su honra, en desgracia de su rey, cubierto de una muy hedionda lepra acabó en Portugal su vida miserablemente; y plegué a Dios que, como el mismo Padre decía, aun en el alma no fuese castigado.

Acerca de esta persecución escribiendo el Padre del estrecho de Singapur al P. M. Gaspar, en un capítulo dice de esta manera:

«No podréis creer, P. M. Gaspar, cuán perseguido fui en Malaca, ni os lo puedo yo decir; mas por otra vía lo sabréis. Yo me parto para las islas de Cantón del reino de la China, desasido y desamparado de todo favor humano, más 5 con esperanzas en el divino del Señor Dios, que algún infiel, moro o gentil, me lleve a la tierra firme de la China, ya que los fieles me impidieron en Malaca la embarcación que para eso llevaba; pues el capitán de ella no quiso guardar las provisiones que para eso traíamos del Señor Virrey, ni temer las censuras eclesiásticas que los santos Padres ponen a los que impiden sus nuncios y legados Apostólicos, las cuales será bien que el Señor Obispo le mande notificar y declarar que, aunque nunca yo seré en requerir a ningún perlado que excomulgue a alguno, todavía nunca seré en impedir que se declaren sus censuras a los que ya están excomulgados, para que salgan de ellas y hagan penitencia de los males que hicieron; y también para que adelante no se hagan otros semejantes, que tanto impiden el servicio de Dios nuestro Señor, y sean impedidos más los de la Compañía que van a Maluco, China y Japón y a otras partes a tratar del negocio de la conversión»
.
Otra carta escribió a Diego Pereyra, su amigo, consolándolo, en la cual entre otras cosas dice así:

« Le ruego, Señor, que mire mucho por su salud y vida, y que con mucha pru-dencia vaya curando las cosas con el tiempo, que lo gasta todo, y que se llegue mucho a N. Señor para ser consolado de él en tiempo tan trabajoso ; y por amor de Dios le pido una caridad, que para mí será muy grande, y es, que se confiese y tome el Señor, y converse a menudo con los Padres de la Compañía, consolándose con ellos, remitiendo a Dios sus cosas y conformándose con su santa voluntad, y la venganza de nuestros enemigos sea hacerles buenas obras nosotros, porque el castigo les vendrá de Dios mayor de lo que ellos ni nosotros pensamos; y plegué a nuestro Señor que no le haya venido, de lo cual tengo mucha lástima y compasión. Espero en Dios que este trabajo y persecución de V. Merced ha de ser para más provecho y honra suya » etc.

Finalmente fue tanto el sentimiento que tuvo de le haber el capitán impedido el pasage del embajador, dejándolo a él tan mal negociado, que dicen que, en saliéndose de Malaca, se quitó los zapatos y sacudió el polvo de sus pies, conforme a lo que Cristo nuestro Señor dijo a sus Apóstoles diciendo que venían muchas tribulaciones sobre aquella tierra. Y fue así, que después se le siguieron tantas guerras, muertes y hambres, que de una ciudad tan populosa y grande vino a ser tan pequeña como la vemos ahora; y demás de esto mandó a los Padres que esta van en Malaca, se fuesen para la In-dia, y no morasen en tierra donde tanto se avía Dios ofendido.

Y así en una carta que escribió de la China al P. M. Gaspar, a quien había dejado en su lugar en Goa (la cual fue la última que él escribió en su vida), con la data de 13 de Noviembre de 52, tratando de esto dice así:

«Allá escribo al P. Francisco Pérez en Malaca que se vaya para la India con todos los de la Compañía que están en aquella ciudad, pues no es por ahora merecedora de tanto bien, y fue causa de tanto mal en nos impedir tan injustamente nuestra entrada en la China, de que se espera va tanto bien».

Y en la carta que escribió al P. Francisco Pérez dice así:

«Mirad que por ninguna vía quedéis en Malaca ni dejéis en ella ninguno de la Compañía, pues se impidió ahí tanto bien y servicio de Dios nuestro Señor, como era nuestra entrada en la China con la embajada que para eso llevábamos; y no os muevan contra esto ruegos ni promesas falsas de ninguno, diciendo que se enmendará si quedáis ahí; porque en cuanto él allí estuviere, no tengo esperanza de se hacer cosa buena, y de que quede memoria en servicio de N. Señor, si Dios por otra vía no provee, al cual él por su misericordia perdone, pues fue causa de tanto mal; y temo que Dios le dará presto mayor castigo que él piensa, si ya no se lo hubiere dado; y no escribo lo que acerca de esto siento» etc.

El cual castigo, como está dicho, le vino de la misma manera; porque en el tiempo que él escribió estas cartas, ya venía orden de Portugal de que fuesse presso ; y antes desto, estando en el mismo oficio en Malaca, se comentó a henchir de lepra muy hedionda, de la cual (como dijimos) murió miserablemente en Portugal.

CÓMO EL P. M. Francisco fue de Malaca a la China y de lo que en el viaje le aconteció.
Cap. 25.


No bastó todo el esfuerzo y estorbo de los enemigos infernales y sus ministros, que se armaron contra el Padre, para derribar aquel tan incansable y fuerte corazón, porque, armado del amor de Dios, siempre quedaba entero y victorioso, sopeando todas las dificultades y contrastes que se atravesaban para le impedir el servicio de Dios; y así, viendo que el demonio, por medio del capitán de Malaca, le estorbado el entrar con la embajada en la China, tomó otra nueva resolución, mostrando que no había perdido por eso el ánimo, antes lo había aumentado, para que de esta manera quedase el demonio más confundido y abatido; y así determinó de no dejar de llevar adelante esta empresa de la China; y ya que no podía ser con el favor de la embajada, iría él solo sin otra seguridad ni ayuda que la que de Dios esperaba, procurando en todo caso de entrar en la China de la manera que pudiese, y pasar por el rigor de sus leyes para efectuar lo que pretendía; y así, quedándose detenido el embajador en Malaca, se embarcó él para la China.

Y un día antes que se embarcase le aconteció (como después contaron nuestros Pagas sobre una cama de una manera extraordinaria, que ni bien páresela que velaba ni bien que dormía, estuvo así un grande rato de tiempo, tanto que los Hermanos estaban espantados, y no se atrevían a llamarlo ni decirle nada; y después d eestar mucho tiempo de esta manera, como quien despierta y sale de un grande trabajo, nombrando muchas veces una persona decía: «Ay, fulano. Dios os perdone; perdónelos Dios, fulano» Y por las nuevas que después vinieron de Portugal, se halló que entre los nuestros de aquella Provincia hubo lo un grande sentimiento y trabajo, por causa de aquella persona que él nombraba, lo cual todo sucedió después bien, y se entendió que había mostrado N. Señor al P. M. Francisco lo que acerca de esto pasaba en Portugal. Partido, pues, de Malaca, llegaron en pocos días a las islas de la China; y no sabiendo el piloto si habían aún llegado a la isla llamada Sanchoán, a donde acostumbraban a ir los portugueses con sus navíos a contratar sus mercadurías con los chinas, surgiendo en aquel paraje, estaba mirando a todas partes para reconocer la tierra; y pareciéndole que aún no había llegado y que el puerto estaba más adelante, determinaba de dar a la vela de nuevo; más el P. M. Francisco le acudió, diciéndole que se engañaba, afirmándole de cierto que el puerto quedaba atrás, y esto de tal manera, que el piloto, por el grande respecto que le tenía y por el crédito que da va a sus cosas, se resolvió en enviar el batel pequeño a tomar vista de aquella tierra que el Padre decía, y de allí a pocas horas tornó puerto: y así quedaron persuadidos los que iban en aquella nao, que avía sabido el Padre por alguna revelación.

Llegados a Sanchoán, como estaban allí algunos navíos con muchos portugueses, hicieron allí una ermita pequeñita, en que el Padre decía misa cada día, y hacía sus acostumbrados ejercicios de confesar y predicar y enseñar a los esclavos la doctrina; y sobre todo procuraba con los chinos, que concurrían allí con sus mercadurías, de informarse de las cosas de aquella tierra, y del modo cómo podría entrar en ella a predicar el santo Evangelio; y entendiendo las rigurosas leyes que havía para que ningún forastero entrase en la China sin licencia de los mandarines, y la imposibilidad que para alcanzarla había entonces, pues ningún chino la podía pedir, ni menos los portugueses, que no se veían con ellos, ni podían entonces entrar en la tierra firme sin peligro de muerte o de cautiverio; viendo el Padre que no tenía otro remedio, determinó de correr por los dichos peligros, haciéndose echar escondidamente en alguna ciudad de la China, porque, hallado de esta manera y presentado a los mandarines, pudiese tratar con ellos lo que pretendía.

Los portugueses le contradecían mucho esta su determinación, diciéndole que se ponía a extremo peligro, porque los mandarines son en la observancia de sus leyes tan rigurosos y crueles, dando una manera de azotes que ellos usan, tan cruelmente, que matan cada día muchos por causas muy livianas, no teniendo ningún respecto a ninguna suerte de gente; por lo cual sin ninguna duda se ponía a evidente peligro de muerte, como los años pasados había acontecido a algunos portugueses que con tormenta dieron en aquella costa, los cuales, presos y maltratados, hacía tantos días que estaban en una cárcel sin poder hallarse remedio para librarlos; y que ponerse una persona como él a tan manifiesto peligro no era cosa que se debía hacer; y lo mismo le afirmaban los chinos, diciéndole que sin duda ninguna le había de acontecer así. Mas como en su corazón, que tan lleno estaba de temor y amor de Dios, no tenía lugar ningún temor humano, cada día aumentaba sus deseos de arriesgar su vida por salvar los chinos; por- que cuanto más oía de las cualidades de aquella tierra y de la manera del gobierno y saber de los mandarines, tanto más se movía a compasión y se encendía con un vivo deseo de los ayudar, teniendo para sí que, si de alguna manera se comenzaba a publicar la ley de Dios en la China, se haría extraordinario fruto por el buen gobierno y paz que en ella hay; y por esto se determinó del todo a hacer cuanto pudiese para entrar en la China; y así comenzó a tratar con algunos mercaderes que lo quisiesen llevar escondidamente a la ciudad de Cantón, que está treinta leguas poco más o menos de aquella isla, para que de noche lo pusiesen en tierra, dejándolo de aquella manera con sus compañeros; y para esto les ofrecía una buena cuantidad de pimienta, que algunos portugueses amigos suyos le dieron.

Pero es tan grande el temor que los chinos tienen de sus mandarines, que no hallaba ninguno que se atreviese a hacer esto. Mas como el interés y la codicia lo pueden todo con los chinos, al cabo se halló uno que por aquella suma se le prometió de meterlo de noche en Cantón, dejándolo después allí que corriese su riesgo.

Concertado, pues, esto, se ofreció otra dificultad: que un mozo, que tenía prometido al Padre de ir por intérprete suyo, vencido del temor de los azotes de los mandarines, se arrepintió y en ninguna manera quiso ir.

También en el Hermano se halló tan mal, que el Padre lo tornó a enviar a la India /112 / pareciéndole que con su indisposición le sería estorbo. De manera que vino a quedar él solo con Antonio de Sancta Fe, que era un mozo criado en el colegio de Goa, el cual, aunque era chino, no sabía casi nada de la lengua mandarín, y la lengua usada del vulgo común en Cantón hablaba piadosamente. También traía otro mozo de servicio, que tampoco sabía la lengua.

Mas con todo esto ninguna dificultad bastó para resfriarle el deseo que tenía de sacrificarse a sí mismo en servicio de Dios; y así se determinó sólo con sus dos mozos, sin tener entre todos aún una media lengua de ponerse en las manos de aquel chino, no corriendo con él menor peligro que con los mismos mandarines; porque era muy fácil cosa ahogarlo o matarlo en el camino para haber el dinero que le tenían dado, y librarse del peligro; y concluyendo de esta manera su concierto, sin se lo poder estorbar los portugueses, comenzaron a temer grandemente no se levantase con su entrada en la China alguna persecución también contra ellos, quejándose los mandarines de que se atreviese el Padre a entrar contra sus leyes en su tierra de aquella manera; y aunque «illic trepidabant ubi non erat timor» todavía, como ellos no buscaban sino sus intereses, y el temor humano tenía más lugar en sus pechos que en el P. M. Francisco, hicieron muy grande instancia al Padre, diciendo que, ya que él se quería entregar a tan grande peligro, no pusiese en peligro la hacienda y vida el tiempo que, tomada ellos su carga, se partiesen; y como el Padre no quería que otros padeciesen, mas antes quería que todo el peligro cargase sobre él, los libró de este temor, asegurándolos que esperaría hasta que partiesen los navíos, poniéndose él en esto en mayor desamparo y riesgo, no le quedando ninguna ayuda humana, en que pudiese esperar en todo lo que en la China le aconteciese, atreviéndose a hacer una cosa más temerosa de lo que hombre puede pensar, especialmente en aquel tiempo, que tan poco conocimiento y comercio se tenía entre los portugueses y los mandarines ; sobre la cual determinación escribió diversas cartas, en una de las cuales, que envió al P. Francisco Pérez, dice así:

«Fue N. Señor servido de traernos a salvamento a esta isla de Sanchoán del reino de la China, que está treinta leguas de la ciudad de Cantón; y como aquí llegamos, luego hicimos una iglesita, y en ella decía cada día misa hasta que adolecí de calenturas por quince días; mas ya, loado sea nuestro Señor quedo bien, y no faltan ocupaciones espirituales, como confesar, visitar los enfermos y hacer amistades. Concurren aquí muchos mercaderes chinos de Cantón, con los cuales trabajé mucho que me llevasen allá; mas todos se excusaron con el grande temor que de eso tienen, diciendo que ponen en mucho riesgo sus vidas y haciendas, si se supiere en Cantón que me llevaron, y así por ninguna vía querían. Mas plugo a nuestro Señor que un mercader se ofreció a llevarme por una cantidad de pimienta, que valdría más de doscientos ducados, que me dieron para eso de limosna los portugueses, y dice que me llevará en una embarcación pequeña, sin otros marineros más que sus hijos y criados, porque por otro en ninguna manera se sepa que me lleva él; y se ofrece a tenerme escondido en su casa tres o cuatro días, y al cabo de ellos ponerme un día, antes que amanezca, en la puerta de la ciudad de Cantón con mis libros y hatillo, para irme de allí a la casa de los gobernadores de la ciudad, y decirles cómo somos enviados a el rey de la China para declararle la ley de Dios. En esto corremos dos peligros grandes conforme a lo que nos dicen todos: el 1º es, que el mercader chino que nos lleva, después de recibido el precio, nos deje antes de llegar a Cantón en alguna isla desierta, o nos eche en la mar para no ser sentido que nos lleva, por el grande peligro que en eso corre. El 2° es que, aunque nos lleve a Cantón, los mandarines nos manden acotar, o nos cautiven y prendan, por ser cosa tan nueva y prohibida entrar alguno extranjero sin chapa en la China.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mié Ene 04, 2017 3:39 pm 
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Mas fuera de estos dos peligros ay otros mucho mayores que los naturales no alcanzan y son largos de contar. El 1º De ellos es, dejar de esperar mucho en la misericordia y bondad de Dios nuestro Señor, pues por su amor y servicio vamos a manifestar su sancta ley y a Jesucristo su Hijo, nuestro Redentor y Señor; y pues por su misericordia él nos comunica estos deseos, el desconfiar ahora de él, por los peligros que nos pue- den venir por su servicio, sería mucho mayor peligro que todos los otros juntos; porque si él fuere de ello servido, él nos guardará de todos los demás peligros y trabajos de esta vida, y todos los enemigos y demonios con sus ministros no nos pueden hacer ninguna cosa sin su licencia o permisión; por donde conviene conformarnos con lo que dice Cristo nuestro Señor en su Evangelio: 'Quien ama su vida en este mundo, perderla ha en el otro, y quien la pierde por amor de Dios, la ganará para siempre'; y también con lo otro que dice que: 'quien pone la mano en el arado y mira para atrás no es digno del reino de Dios'.

Y así considerando estos peligros del alma. que son mayores que los del cuerpo, hallamos por nuestra cuenta que es más seguro pasar por los peligros corporales que ser comprehendidos delante de Dios en los peligros espirituales; y así estamos determinados de entrar por todas las vías, con la ayuda de Dios, en el reino de la China, si él no ordenare lo contrario, por más que los enemigos y sus ministros nos impidan y persigan ; porque, 'si Dios fuere por nos, quién será contra nos ? '. De Sanchoán a 22 de Octubre de 52 »

Y en otra que después escribió al mismo Padre a los 12 de Noviembre, dice así: « De aquí a ocho días espero por el mercader chino que me ha de llevar a Cantón; el intérprete o lengua, de quien en la otra escribí que quería ir conmigo, de puro temor se queda; mas iremos, con el ayuda de Dios, Antonio de Santa Fe y Cristóbal y yo. Rogad mucho a Dios por nosotros, porque corremos todos grandísimo riesgo de ser cautivos; mas consolémonos con pensar que es mucho mejor ser cautivo que libre por huir de los trabajos de la cruz de nuestro Señor Jesucristo »

Y para que se entienda qué cosa es la China y los peligros que el Padre corría en entrar de esta manera en ella, será bien que tratemos alguna cosa de las cualidades, costumbres y gobierno de los chinos.

Del grande reino de la China y de sus cualidades.
Cap. 26.


El reino de la China es tan diferente de todos los demás reinos y naciones que hay en todo este Oriente, así en la cualidad de la gente y sus costumbres, como en la cualidad y fertilidad de la tierra, que no tiene casi ninguna semejanza con los otros, más a todos excede; y es la cosa más principal y más rica que hay en todo el Oriente; y se parece mucho en algunas cosas con la riqueza y hartura de nuestra Europa, y en muchas le excede; y aunque conviene con los japoneses cuanto a la blancura, fisonomía de rostro, y delicadeza de entendimiento, en todo lo demás son muy diferentes, cuanto a la cualidad de la tierra, naturalezas, costumbres y modo de vivir, que parece estudiaron de propósito los unos y los otros en cómo no se conformar en ninguna cosa, antes cómo ser en todo contrarios.

Es toda esta gente blanca y de grande ingenio, y tiene las facciones del rostro muy diferentes de los de Europa; porque tienen los ojos muy pequeños, y las narices muy sumidas y llanas, de manera que casi solamente la punta de ellas les sale de fuera.

Cuanto al clima es de la cualidad de nuestra Europa porque está de los veinte y dos hasta los cuarenta y siete o cuarenta y ocho grados del norte , conforme a lo que hasta ahora por sus libros e informaciones pude entender , y tiene en sí unas cualidades maravillosas y muy nobles, por las cuales lleva la ventaja a muchas provincias, y a ninguna es inferior.

La 1ª. es, que es el mayor reino que hay en todo lo descubierto, debajo de un solo rey; porque conforme a lo que hallé en sus libros, y entendí por otras diversas informaciones y conjeturas, es más de cuatrocientas leguas de largo de norte a sur, y más de trescientas de ancho del este a oeste; y por la parte del norte, conforme a lo que los chinas escriben y dicen, confinan con los tártaros, con quien tienen muy lo grande y cruda guerra, aunque a veces tienen treguas entre sí y tratan los unos con los otros. Para defenderse de los dichos tártaros hicieron en sus confines un muro muy grueso de increíble circuito de poco más o menos trescientas leguas; por- que como se ve en sus mapas y ellos lo dicen, cerca la China toda por aquella parte.

Está toda la China repartida en quince provincias muy grandes, cada una de las cuales puede ser un buen reino, así por la grandeza de la tierra que cada provincia posee, como por el número de sus villas y ciudades y de sus rentas.
De estas provincias las dos, que son Faquín y Nanquín, se llaman cortes, porque en Faquín, que es cerca de los confines de los tártaros, está de muchos años a esta parte el rey con su corte; y Nanquín que está en medio de la China, aunque más llegada a la parte del mar es también ciudad real, donde estaba primero el rey con su corte, y ahora tiene otros oficiales muy grandes en su lugar, y de tal manera están repartidas estas provincias, que las siete de ellas tienen correspondencia con el consejo real de una corte, y las otras siete dependen del de la otra

La 2 ª cualidad es que es la más poblada tierra que hay en todo el mundo, conforme a lo que parece; porque cada provincia de estas quince tiene en sí muchas villas y ciudades, y otras maneras de poblaciones tan grandes y tan pobladas, que es cosa de espanto; y demás de estas, que son todas cercadas tiene innumerables aldeas, de las cuales muchas son tan grandes, que bien pudieran en Europa ser tenidas por villas y ciudades; y lo que más es de maravillar es que están todas tan habitadas, que con tener sus calles y traviesas muy largas y derechas están siempre tan llenas de gente, que parece que no caben; y lo que más es, que no parece menos poblada en el agua que en la tierra, porque toda la China está cortada de muy grandes y hermosos ríos, en la cual hay infinitas embarcaciones que sirven de casas, donde vive infinidad de gente de noche y de día con sus familias.

Aunque estos chinas tienen diferentes maneras de poblaciones, que se distinguen por sus preminencias y dignidades y oficiales que tienen, las que son cercadas se reducen a cinco suertes. La primera es de unas, que ellos llaman Fuu que comúnmente son ciudades tan grandes como las mayores nuestras de Europa; y de estas tiene cada provincia ocho, diez, o doce más y menos, de las cuales cada una tiene su jurisdicción sobre tantas villas; y en cada provincia hay una de estas más principal, en que reside un gobernador, que ellos llaman Tután con su corte y consejo real, que es cabeza de toda la provincia. De manera que de estas ciudades grandes, que llaman Fuu, están repartidas por estas quince provincias más de ciento y cincuenta de ellas como yo saqué en limpio por sus libros, en que tienen ellos 20 distintamente en sí todas las cosas de la China.

La 2ª manera de lugares son llamados de ellos Cheu que son otras ciudades poco menores que las otras, que, como está dicho, se diferencian de ellas por la cualidad del gobierno y sus dignidades, y de estas hay repartidas en las dichas provincias más de otras ciento y cincuenta.

La 3ª suerte de lugares llaman ellos Hien que propiamente responden a las villas de España, aunque comúnmente son estas tan grandes como las nuestras mayores villas, que también están muy bien cercadas y parecen ciudades grandes, y de estas hay más de mil y ciento y veinte repartidas por las mismas provincias.

La 4ª manera de poblaciones es de las que ellos llaman Huy que son propiamente lugares de guarniciones, porque el cuerpo de la gente que en ellas está es de sus soldados; más porque son naturales de allí, y viven con sus casas y mujeres, y hay en ellas diversos oficiales y mercaderes, que son necesarios para sustentación de los mismos lugares, vienen a ser tan grandes como villas, y de estas hay repartidas en las dichas provincias cuatrocientas y noventa y tres.

La 5ª es otros lugares también de guarnición más pequeños, y de estos hay muy grande cantidad, que conforme a la cuenta de sus libros llegan a número de dos mil y quinientas y noventa y tres; más por cuanto la mayor parte de estas están metidas en las dichas ciudades y villas para su guarda, no hacen tantos lugares distintos como el número que ellos cuentan.

Demás de todas estas, en cada provincia hay innumerables aldeas que, por ser tantas, no ponen en sus libros número de ellas, las cuales tienen su correspondencia a las dichas villas, en cuyo territorio y jurisdicción están; y conforme a lo que yo vi en la descripción que ellos hacen en sus libros, aunque ellos cuentan los vecinos de otra manera diferente de lo la que nosotros contamos en Europa, porque ellos no cuentan todos los vecinos sino unos tantos de cada familia, que comúnmente de diez que son no cuentan cuatro ni tres, y aun en esta cuenta no entran ni los soldados de las guarniciones, ni los cautivos del rey, que es un número muy grande, todavía de la manera que ellos los cuentan hallé que pasan de estos vecinos más de sesenta millones y doscientos y cincuenta y tantos mil; y de aquí se puede entender cuán grande es el número de la gente y cuán pobladas son las ciudades y tierras de la China.

La 3» cualidad es que es el más fértil y abastecido reino de cuantos hay en todo el mundo; porque con ser la tierra tan grande y tan habitada, y ser los chinas de suyo más comedores que los nuestros de Europa es tan abundante de todas las cosas, que parece que no se puede desear más; porque están las calles llenas de mesones y bodegones con grande número de aves, gallinas, vacas, puercos, y de todas las demás suertes de carnes y pescados y de otras cosas de comer, en tanta abundancia, que parece imposible comerse cada día lo que se come, ni hallarse copia que baste para dar de comer a tanta gente tan voraz y tragadora, como son los chinos; mas es tan fértil la tierra, que provee a todo; porque en ella se halla muy grande copia de trigo, cebada, arroz, mijo, garbanzos y otros géneros de legumbres que hay en Europa, y mucha cantidad de hortaliza, como beigas, lechugas, rábanos, nabos, espinacas y otra verdura semejante.

Hay también mucha abundancia de frutas, como melones, peras, manganas, duraznos, nueces, castañas, y naranjas, las mejores del mundo y también uvas en algunas partes, aunque no hacen vino de ellas, y muchos piñones, y otras frutas semejantes que se hallan en nuestra Europa, y otras que son o de la India, o propias y particulares de aquel reino, muy buenas.

Hay también muchos animales domésticos y silvestres, como bueyes, vacas, infinidad de puercos, de que los chinos son grandes comedores.

También hay muchos animales de montería, como liebres, venados, puercos jabalines, gacelas y otros semejantes, y muchas yeguas y caballos, los cuales comúnmente son pequeños, más fuertes y andadores, especialmente por la tierra adentro, donde todas las cosas se hallan mejores que en la costa de mar. Asimismo hay mucha cantidad de aves mansas y bravas, y hacen grandísima cría de gallinas, ánsares y ánades en tanta cantidad que pone espanto, las cuales sacan de los huevos por industria de calor, sin hacerse las madres cluecas ni entender ellas en eso.
También hay muchas aves silvestres, de las cuales se hallan en Europa, otras son propias y particulares de la China, que son muy hermosas por la variedad de sus colores, y admirables por sus cualidades y figuras, y muchas de ellas muy estimadas y buenas para comer.

¿Pues pescado? Hay infinito por toda la China, porque de la mar y de los ríos los traen en agua por la tierra adentro, y así los venden vivos. Hay mucha cantidad de sardinas, sá-balos, gofos, pámpanos, muges y otros pescados semejantes.
Y de todas estas cosas hay tanta abundancia, que valen todas muy baratas, tanto que excede mucho a todas las partes de Europa; porque la gente pobre, con no gastar cada día más que seis u ocho maravedís, come hasta hartar por la mañana y por la tarde. También hay mucho vino, el cual para la gente común hazen de arroz y para los más ricos y mandarines, de una fruta que llaman lechias que es una de las lo mejores y más sabrosas que hay en la China.

La 4ª cualidad de este reino es ser tan rico, que parece que ningún otro reino se le iguala; porque tiene muy grandes y ricas minas de plata y oro en diversas partes, y también otras muchas de cobre, hierro, plomo, estaño, y de otros diversos metales y muchas y muy ricas mercadurías de mucha cantidad de seda de piezas de diversas maneras. Damascos, damasquillos, tafetanes dorados, y otras semejantes; y mucha cantidad de almizcle, aljófar, azogue, cáncora, añil, bermellón, ruibarbo, porcelanas e infinidad de cangas y todas las más cosas para un reino necesarias; y todo esto en tanta abundancia, que de cualquier cosa se pueden cargar naos, si hubiere plata para comprar. Pues el tráfago de embarcaciones pequeñas y de alto bordo, que van con diversas mercadurías de unas ciudades a otras por toda la China, es tanto, que parece cosa increíble el número de ellas; por donde se ve bien cuán grande sea la abundancia y riqueza de este reino de la China; y son tan baratas todas estas mercadurías, que, llevándolas de la China a otras partes, por lo menos doblan el dinero.

Mas sobre todas estas cosas se echa de ver la grande riqueza de este reino por las rentas que tiene el rey de la China, que son tan grandes, que parece gracia contarlas, y dificultosamente se podrán creer de los que no vieren lo que pasa en la China, de sus rentas y grandes gastos, porque sin duda tiene este rey más renta él solo, que todos los reyes y señores de Europa, y por ventura aun de África juntos. Y para que mejor se entienda alguna cosa de esto, pondré aquí solamente dos maneras de sus rentas que tiene este rey, que saqué de sus libros, por las cuales se verá alguna cosa de lo mucho que tiene este rey. La una de un tributo ordinario que le pagan los vecinos, de tres mazes por cada uno, que reducidos a nuestra cuenta son poco menos de medio ducado; y como estos vecinos sean, como está dicho, sesenta millones y doscientos y cincuenta y tantos mil, pagando poco menos de medio ducado cada uno, montan más de treinta millones de oro.

La 2ª manera de renta es del fuero de las tierras que se paga en trigo, arroz, seda, pasas, sal y otras cosas semejantes, que, como saqué en limpio de sus libros, saca de estas quince provincias de mantenimientos que las tierras dan para el rey, de arroz y trigo veinte y seis millones, ochenta y cinco mil novecientos y cinco picos y cada pico es más de un quintal nuestro, porque en la China todo se mide a peso; y de las salinas saca doce millones, menos diecinueve mil cuatrocientos y sesenta y seis picos; de seda tres mil seiscientos y ochenta picos y tres; de borra de seda dos mil y cuatrocientos 0 y sesenta y cinco picos y sesenta y dos cates: de piezas de tafetanes y damascos, doscientas y cinco mil y quinientas y noventa y ocho piezas; y de piezas de borra de seda ciento y treinta mil ochocientas y setenta piezas; y otras tres mil y setenta y siete piezas de otra suerte de piezas de mucha estima; de algodón dos mil y cuatrocientos y sesenta y cinco picos y sesenta y dos cates; de cangas, hechas del mismo algodón, quinientas y noventa y cuatro mil y setecientas y ochenta y ocho : y de nono (que es como lino) cuatrocientas y cuarenta y dos mil y doscientas y sesenta y nueve piezas; y de paja para los caballos, veinte y cinco millones ochocientos y cincuenta y cinco mil novecientos y noventa y uno hacen. Lo cual todo sumado por el más barato precio que vale en la China, pasa de veinte millones de oro de nuestros ducados: de manera que solamente estas dos rentas pasan de cincuenta millones. Y toda esta suma saqué muy particularmente de sus libros, en los cuales se escribe menudamente lo que paga cada provincia y cada ciudad, más por no ser tan largo puse aquí la suma.

Fuera de estas tiene otras muchas rentas, especialmente de los derechos de sus alfóndigas que son tan grandes cuanto se puede colegir del grande concurso que hay de mercadurías y embarcaciones, que van cargadas de ellas de una ciudad a otra en toda la China en tanto número como se ha dicho, las cuales todas pagan derechos de entrada y de salida. De manera que es dicho y voz común entre los chinas, que solamente la provincia de Cantón (en la cual tratan los portugueses) renta cada año a el rey tres mil picos de plata; y según otros dicen, cuatro, que reducido a nuestra moneda los tres mil picos hacen más de siete millones y cuatrocientos mil ducados. Y así en cada provincia hay una ciudad principal, en la cual el rey tiene su casa de tesoro, que, conforme a lo que todos dicen, es cosa de grandísima estima; y esto es demás de las casas de tesoro que tiene en las cortes reales de Nanquín y Faquín, en las cuales tiene tanto número de millones de oro, como todos dicen.

La 5ª cualidad de este reino es, que parece ser la más fresca y más aplacible tierra que se halla en el mundo, porque, aunque tiene muchos montes hermosos y frescos, es comúnmente toda tierra llana, y toda cortada de tal manera de ríos que abren los mandarines por fuerza de gente, haciéndolos rodear e ir por donde quieren, que queda toda muy fértil y muy fresca, porque todos ellos se pueden navegar; y de aquí nace la grande abundancia que de todas las cosas tiene. Y cierto que parece que se esmeró natura en hacer una tierra tan fresca y tan abastada, porque más parece cosa pintada que hecha por naturaleza; y yo mismo no lo pudiera creer si con mucha diligencia y cuydado no hubiera hecho sacar por sus libros un mapa de toda la China, con los nombres de todas las ciudades y villas y de los montes, y con todos los ríos y lagunas y lagos con que está cortada, que realmente es cosa de maravilla. Y demás de esto, que es natural, ayudó mucho el arte, así en abrir a fuerza de brazos muchos ríos, para ir por ellos embarcaciones de una ciudad a otra, como también por la grandeza y hermosura de las ciudades y villas, que están todas cercadas con muros de piedra y cal, con sus torres y puertas muy bien hechas, las cuales tienen sus calles y traviesas muy derechas y anchas, y tan largas, que ordinariamente atraviesan y cortan todos los lugares de una parte a otra, teniendo sus puertas y portales al cabo de ellas, que se corresponden las unas a las otras, y las hacen muy hermosas; y los oficiales están de tal manera repartidos por ellas, que todos los de un oficio están juntos en una parte, y todos los de otro en otra, con mucho concierto y orden; y hay todos los oficios en tanta cantidad que es cosa extraña; y de la misma manera están todos mercaderes repartidos en sus lugares, conforme a las mercadurías que tratan. Por lo cual, aunque en grandeza y nobleza de casas y edificios no tiene la majestad de las ciudades de Europa, porque en la China comúnmente hacen las casas bajas sin ningún altos, con todo eso, por ser cubiertas de muy buena teja, y las calles tan derechas, anchas y bien ordenadas, y las ciudades tan populosas y grandes y tan llenas de toda suerte de mantenimientos y mercadurías, como está dicho, son tan hermosas, que no les hacen ventaja las grandes ciudades de Europa; y así por las ciudades como por fuera hay mucha cantidad de puentes, unas de piedra y cal, otras de madera, tan grandes, anchas y bien hechas, y de tanto gasto, que parecen obras romanas.

La 6ª cualidad de este re5mo es, que la gente de él es la más industriosa de cuantas hay en el mundo, porque aun los ciegos y mancos ganan su comer y no pierden tiempo, tanto que se ven muy raramente mendigos en la tierra; y es para espantar de cuán poca edad se dan los niños al trabajo y comúnmente deprenden diversas artes; porque no teniendo que ganar en una se ocupen en otra; y naturalmente son tan sutiles de manos y de tanto ingenio, que luego aprenden, y salen muy buenos oficiales en todas las artes, haciéndolo todo con tanta facilidad y presteza.

Es cosa maravillosa ver cómo obras de mano tan ricas y tan bien hechas se venden en la China tan baratas : y son así hombres como mujeres tan industriosos y vividores, así en la lo tierra como en la mar, que de todo cuanto pueden se aprovechan ; y no solamente no dejan desaprovechado un palmo de tierra más de las cosas que las otras naciones echan a mal, como inmundicias, sacan ellos provecho como de huesos de pescados y otros diversos animales, y de las cascas y huesos de las frutas y cosas semejantes, de los cuales hacen bujerías y piececitas, que sirven para diversas cosa ; por lo cual de todo cuanto hombre desea hay tanta abundancia, que no se puede más decir; y así, de esta industria de la gente, y de la cualidad de la tierra, que de suyo es tan fértil y rica, nace 20 tanta abundancia como dijimos.

La 7 ª cualidad es ser la más pacífica y bien gobernada tierra que hay en lo descubierto; y es mucho de maravillar, especialmente siendo de gentiles, que no tienen luz de la verdad ni de la doctrina de Dios, que es la que enseña el verdadero modo de gobierno; más porque acerca de esto hay mucho que decir, lo trataremos en el capítulo siguiente.

Cap. 27.
El estado del rey de la China, y de sus parientes y mandarines, y de su poder, orden y concierto y modo de gobierno que es tal, que dificultosamente se podrá creer de los que no vieron la China.


Cuanto a lo que toca a su poder, de las riquezas, de la multitud de gente, de la grandeza de armadas, de la abundancia de oficios en todas las artes mecánicas, de las minas de diversos metales, y finalmente de la hartura y abundancia de la tierra, se puede colegir cuán grande sea, porque parece increíble la presteza con que hace cosas muy grandes, en que otros reyes suelen gastar mucho tiempo; porque así en las fábricas, como en hacer muy grandes ejércitos y gruesas flotas, es tanta la brevedad de tiempo que se gasta, que es cosa de espanto; porque en un tanto hacen sus mandarines, cuando les es necesario, ejércitos de uno y dos millones de gente, y de más, si más quisieren, aunque es la gente flaca como diremos.
Asimismo hacen luego infinidad de navíos de alto bordo, que ellos llaman barcones y juncos, tan grandes muchos de ellos como muy grandes naos, y echan fuera flotas de cuatrocientas y quinientas velas, y esto en tan poco tiempo, que no se puede entender cómo es posible hacerse con tanta priesa; mas por cuanto (como está dicho) a ellos no les falta dinero, ni industria, ni oficiales, ni pertrechos, ni mantenimientos, ni alguna otra cosa necesaria para esto, y por otra parte son tan temidos y obedecidos estos mandarines, y tan concertados y ordenados en su gobierno, que no hay de qué espantarnos si hacen las cosas tan prestamente.

El rey vive con su corte en la real ciudad de Faquín, que, conforme a lo que todos dicen, es tan grande, que un caballo de buena andadura apenas la puede atravesar en un día, lo caminando desde que sale el sol hasta que se pone; y según en sus libros escriben, y ellos dicen, tiene esta ciudad tres muros de piedra y cal, muy fuertes y bien hechos, que la cercan, y está tan bien tragada y ruada, tan hermosa, y tan llena de gente y de todas mercadurías y riquezas, que conforme a lo que se ve de las otras se puede entender que esta es la principal, o excede a todas las demás ciudades de lo descubierto, o tiene muy pocas iguales; porque las maravillas y cosas que los chinas y sus libros dicen de ella no se pueden contar, porque dificultosamente serán creídas.

Casase el rey con una sola mujer, que tiene por reina, y vive con grande estado ; mas fuera de esta tiene otras muchas mujeres, que son sus concubinas; y de las puertas adentro no se sirve sino de eunucos (que tiene en grande número, muy ricos y poderosos) y de mujeres; y para conservar la grandeza y autoridad de su estado casi nunca sale fuera de sus palacios, los cuales, según dicen, son tan grandes como una grande ciudad todos cercados al derredor de piedra y cal, y son muy ricamente labrados con muchas y grandes cámaras, y salas de muchos altos, y entre otros tiene dentro de su cerca quince palacios, apartados los unos de los otros, que representan las quince provincias de la China, llamándose cada palacio por el nombre proprio de la provincia que representa. En ellos tiene muy grandes huertas y jardines, con tanques de agua llenos de diversos pescados, y bosques en que hay muchos jabalís, venados y otra montería, y muchas aves de caza de diversas suertes.

De manera que sin salir de su casa va el rey por su recreación ora a una provincia, ora a otra, hallando en ellas todas las recreaciones y pasatiempos que quiere.

A el rey sucede su hijo primogénito, y los otros hijos, cuando llegan a cierta edad siendo aún bien muchachos, por ley del reino, se reparten a diversas ciudades, donde son aposentados en casas reales que el rey les manda hacer para cada uno de ellos, muy grandes y nobles, que tiene cada una en su proporción los mismos pasatiempos y comodidades que tiene el rey; porque estos tampoco no salen casi nunca de casa; y son muy bien servidos y proveídos abundantísimamente como personas reales, y estimados y reverenciados de los mandarines y goleadores de la tierra; mas todavía ninguno de ellos manda en la tierra, ni tiene que ver con el gobierno ni en tiempo de guerra ni en tiempo de paz, y en ninguna manera pueden salir del territorio de las ciudades en que están aposentados, sin licencia particular del rey; y no tienen otros vasallos ni otra renta más que un tanto de ordenado que de la hacienda del rey infaliblemente les pagan, con el cual viven muy ricos y en grande estado; y los mismos mandarines y criados que les sirven les son dados por la mano del rey. De manera que, viviendo en sus casas con mucha grandeza y estado real, están en cierta manera como presos, y sin posesión alguna, para que de esta manera no haya algún levantamiento.

También estos hijos del rey tienen muchas mujeres, aunque una sola es la principal; y los primeros hijos quedan como mayorazgos en aquel estado, viviendo en las mismas casas que sus padres, y los otros hermanos viven abundantemente con lo que les dan sus padres; mas de quedan como personas particulares viviendo sin ningún fausto aunque les tienen los otros mucho respeto, y no pueden ser castigados de los mandarines sin particular licencia del rey, el cual los manda castigar, conforme a lo que merecen, cuando yerran; y estas casas o mayorazgos de estos hijos y descendientes del rey son propiamente los grandes de la China, aunque, como está dicho, no tienen ningún poder ni mando en la tierra.
En cada una de las quince provincias, en que, como dijimos está todo el reino dividido, hay comúnmente un gobernador con su consejo de paz y de guerra, y un factor de la hacienda del rey, y otros muchos oficiales de mar y de tierra, que ordinariamente residen en la ciudad principal, que es cabeza de aquella provincia; y en todas las otras ciudades y villas tiene sus particulares capitanes y oficiales, los cuales todos se llaman mandarines; y quitados estos que mandan en la tierra, toda la demás gente es popular y común, que, aunque hay entre ellos mucho número de gente honrada y rica, no hay nobleza alguna sino aquella que tienen los mandarines, de los cuales hay en todas las provincias grande cantidad, por ser muchos los oficiales que en ellas hay.

Estos mandarines son de dos maneras : unos son soldados, que tienen cargo y cuidado de la gente de guerra y de sus flotas y armadas; y otros letrados, que tienen cargo de hacer justicia, y de las rentas reales, y del gobierno de la tierra, a los cuales también se reduce el mando de las cosas de la guerra; porque los mandarines soldados están de tal manera subordinados a los letrados, que el absoluto y principal mando y gobierno en la China está en los mandarines letrados Los mandarines, que son sobre la gente de guerra, son tales por casta y linaje, y en cierta manera como mayorazgos, porque suceden en lugar de los padres sus hijos primogénitos, y los otros hijos quedan gente común; y de estos mandarines de guerra hay muchos, grandes y pequeños, conforme a diversos grados de preminencias y dignidades que tienen, los cuales, según sus obras y merecimientos, son aumentados en sus dignidades. Los otros mandarines, que llegan a esta dignidad por vía de letras, no solamente non van por casta y linaje, lo más ningún género de mando tienen, sino cuanto les dura el oficio, el cual ordinariamente se muda de tres en tres años y estos acabados, si no son proveídos de otros oficios, se quedan en sus casas personas particulares como los otros, aunque cuando lo hicieron bien, son muy honrados y quedan con algunas preminencias entre los otros. Este grado de mandarín alcanzan siendo examinados en sus letras, porque no se dan estos grados ni se aumentan por pura voluntad del rey, más por sus debidos y ordenados exámenes, que de ellos se hace en el consejo real por los oficiales para eso determinados; y así suben de un grado a otro, conforme a la determinación y ordenación de las leyes del reino, teniéndose siempre respecto a sus letras y merecimientos.

Andan estos mandarines todos (así los de un género como los de otro) vestidos de ropas largas, con unas mangas anchas, y ceñidos por encima de sus ropas con un cinto, que será de tres dedos de ancho, casi de la misma manera que andan los venecianos con una caperuza en la cabeza, que por detrás levanta una punta a manera de media mitra, y a los lados tiene unas orejas, que salen de la una parte y de la otra que es la propia y principal insignia de mandarines.

Estos mandarines son como dioses de la China; porque son tan temidos y estimados de toda la demás gente, que, a la verdad, nada les falta para ser adorados; porque en el lugar de su jurisdicción no se puede hablar a ninguno de ellos sino con entrambas las rodillas en el suelo; y tienen todos tan grande severidad y autoridad, y andan con tanta majestad, que es cosa de espanto; y sobre todos los que están debajo de su jurisdicción tienen libertad para azotarlos, y mandan dar estos azotes a sus ministros, con los que ellos llaman üpos con unas medias cañas de bambús de tres o cuatro dedos de ancho, y largos como una braga con las cuales, haciendo prostrares a los hombres de bruces y tendidos en el suelo y quitados los calzones, les dan los üpos en las corvas cruel y fuertemente, que con seis u ocho azotes de estos, cuando quieren le abren las carnes, de manera que muchos quedan lisiados y otros mueren Es tan frecuente este castigo de azotes, tan común y tan universal en los chinos, que por cualquiera cosa luego azotan, de suerte que no hay día que no sean azotados muchos ; y los mismos mandarines unos a otros, conforme a la jurisdicción que tienen sobre ellos, quitándoles el cinto y la caperuza, que son las propias insignias de mandarín; porque antes de quitárselas no pueden ser azotados, por el respecto que a aquellas insignias se tiene; y así, quitándoselas, los azotan, y después de azotados, luego se las tornan a dar, sin perder por eso ninguna cosa de su honra.

Y aunque comúnmente los mandarines no pueden matar con hierro, ni dar sentencia de muerte, si no son algunos pocos de los más principales que tienen del rey esta facultad todos pueden agotar de esta manera; y aunque matan muchos con estos azotes, bien lo pueden hacer, especialmente los que son mandarines grandes. Pues como estos acotes son tan crueles, y todos los mandarines pueden azotar, es tanto el temor y respecto que les tienen, que a ningún rey en Europa se tiene tanto.

Todos estos mandarines viven en sus oficios a costa del rey, de tal manera que el rey da a cada uno su casa y todo el servicio que para aquel oficio es necesario, así de alhajas como de ministros y criados, los cuales todos viven a costa del rey, y están siempre deputados para aquel oficio, de tal suerte que, aunque se muden los mandarines, siempre queda la misma casa con las mismas alhajas y los mismos criados, sin nunca se lo deshacer; porque los mandarines, cuando entran en sus oficios, no traen consigo otros criados, ni otro estado, salvo si fueren dos o tres pajes de que se sirven; y cuando salen del cargo, entregan al otro que sucede la misma casa de la manera que ellos la tenían; y por pequeños que sean los mandarines, en el lugar donde residen con su oficio tienen su manera de estado, uno mayor, otro menor, conforme a sus dignidades; y cuando los mandarines son grandes o están en el lugar de su residencia, donde no hay otros mandarines mayores, aunque sean pequeños, andan siempre en sillas de estado que llevan sus ministros a los hombros, y delante de él va la guarda de sus üpos y oficiales, los cuales van como en procesión de dos en dos y algo apartados los unos de los otros, de manera que toman toda la calle; y unos llevan unas mazas de hierro estañadas, otros unas banderas, otros van armados con sus capacetes, otros traen aquellas medias cañas con que azotan, arrastrando por el suelo, otros arrastran unas cadenas de hierro, y otros traen otras insignias, conforme a las preminencias y dignidades de los mandarines que van acompañando; y con esta como procesión ocupan gran parte de la calle; y de trecho en trecho van estos ministros dando unas muy temerosas voces, que se oyen de muy lejos, dando a entender que pasa el mandarín, para que todos se aparten ; y detrás de estos va el mandarín en su silla de estado con tanta autoridad y gravedad, que casi nunca levantan los ojos, ni tuercen la cabeza a ver ninguna cosa. Detrás de él van otros mandarines, o en sillas o a caballo, conforme a sus cualidades, y otra mucha gente que lo acompaña; y cuando se encuentran con él, se apartan y se ponen de rodillas; y cuando los mandarines son grandes, totalmente se desocupan las calles de gente, y se cierran las tiendas y ]as casas de las calles por donde pasan, habiendo tan grande quietud y silencio, que es cosa de espanto; porque, aunque pase por donde está infinito concurso de gente, cállense todos de tal manera, hasta que pase, que parece no estar allí ninguno; porque, haciendo lo contrario, luego los manda azotar; y así no se puede creer cuánto es el temor que les tienen y cuanta sea la gravedad que tienen ellos.

Se tratan todos estos muy diferentemente de la otra gente; y así tienen diferente traje, diferente servicio, diferentes casas, y también diferentes embarcaciones, que les da el rey, muy ricas, hermosas y de mucho estado; y por donde estas embarcaciones pasan se apartan y huyen luego todas las otras; y como son tantos estos mandarines en toda la China, y a todos los sustenta el rey con sus casas y estado, de aquí se puede ver cuál será el gasto que el rey hace y cuál será también su renta.

Estos mandarines son de grandísimo ingenio y prudencia natural; y como su principal estudio es en esta materia del gobierno, introdujeron una tal manera de gobernar, que nunca se oyó semejante, como se verá por las condiciones y cualidades que se siguen. La es que, como los que tienen el mando y gobierno son tenidos en tanta estima y reputación, y llegan a estas dignidades por letras y merecimientos, subiendo por sus exámenes y grados conforme a las leyes del reino, de aquí viene que florecen las letras en la China tan grandemente, que hay infinidad de estudios, casi en todas las villas y ciudades, y hay grandes universidades con grandísimo número de estudiantes, más que en ninguna otra parte del mundo; porque como montan tanto las letras, cada uno hace lo que puede por aprenderlas y llegar a ser mandarín; y aunque sus ciencias en respecto de las nuestras son imperfectas y parece que están en el grado en que estaban en los filósofos antiguos, antes que Aristóteles las ordenase y se esclareciesen con la luz de la doctrina cristiana, todavía ellos tienen conocimiento de la filosofía natural y moral, de la astrología, de matemáticas medicina y otras diversas ciencias, especialmente de los caracteres y lengua mandarín, que es entre los chinas como latín entre nosotros, y tienen necesidad de mucho y largo estudio para aprenderlas ; y sobre todo estudian en su derecho civil de sus leyes y modo de gobierno; de manera que tienen tantos y más libros que nosotros en Europa, todos impresos que tratan de estas y otras ciencias; y tienen otros libros de historias y de verso y de otras mil diversidades, que es cosa maravillosa ver la multitud de librerías que hay por las ciudades de la China; porque como los principales son todos dados a las letras, no hacen sino componer libros cada día; y tienen libros muy curiosos que tratan muy en particular de todas las cosas de la China, y de todas las minas, mercadurías y otras cosas que hay en cada lugar de ella, hasta de la diversidad de los animales, de las aves, de los peces, de los árboles, de las frutas, lo de las hierbas y de otras menudencias, con las virtudes que todas ellas tienen, que es cosa muy para ver; y yo tuve muchos de ellos en las manos, viendo sus figuras como las pintan », y haciendo que me declarasen muchas cosas, que tengo por escrito traducidas por buenos intérpretes, que cierto es cosa maravillosa ver el orden y concierto que en todas las cosas tienen; y como el gobierno anda siempre entre hombres sabios y letrados, por fuerza es tenerse de hacer muy bien y ordenadamente.

La 2ª condición es la grande subordinación y orden que tiene este gobierno; porque, aunque es algún tanto cruel y fundado en puro temor servil, todavía es en su manera el más bien ordenado de cuantos hasta ahora hubo en el mundo ; de manera que en cierto modo parece una religión bien ordenada, por la mucha obediencia y subordinación que hay entre ellos; porque dado que no tienen más que un rey solo, el cual es señor de toda la China, y tan absoluto que no hay palmo de tierra en ella toda que no sea suya, porque todos los que tienen tierras pagan cada año un tanto al rey, y todas las ciudades y villas y aun las aldeas son suyas; de suerte que en toda la China no hay otro que tenga mando y señorío sino solo él, y así es sobre manera temido y obedecido y de todos reverenciado, con todo eso, por las leyes de su reino, que los mismos reyes sus antepasados hicieron, no gobierna el rey ni dispone de las cosas de la China a su voluntad, como se le antoja, mas gobiérnalo todo por medio de sus consejo ; de suerte que es como una república bien ordenada, de la cual el rey es cabeza y príncipe, mas no hace sino lo que es conforme a sus leyes, que con tanta consideración hicieron, gobernando con aprobación y parecer de su senado; y por esto están de tal manera subordinados el pueblo a los mandarines, y los mandarines unos a otros en las provincias donde están, conforme a sus dignidades, y estos a los gobernadores, y los gobernadores al consejo real y este a su rey, que no hay en ninguna religión más obediencia exterior ni más subordinación que en la China; porque la misma subordinación y temor que el pueblo tiene a los mandarines, tienen ellos a otros mandarines mayores que ellos; y de esta manera les hablan siempre de rodillas. Pues así en el cobrar de las rentas como en ordenar los ejércitos y flotas, y despachar todos los negocios que se ofrecen, y en el dar muy cierta relación de todo lo que passa en toda la China a el rey y a su consejo real, y en todas las demás cosas, es tan grande la subordinación, tanto el orden y concierto, y tanta la obediencia, que no se puede creer; porque como, en haciéndose alguna falta, luego inmediatamente caen sobre ellos aquellos crueles azotes, es tan grande el temor que les tienen, que no hay en el mundo obediencia semejante.

La 3ª condición es la grande diligencia en la buena ejecución de su gobierno, porque como hay entre ellos esta tan grande subordinación y obediencia, con tan grande orden y concierto, es tanta la diligencia y presteza en ejecutar lo que se manda, que es cosa de espanto; porque apenas el mandarín acaba de hablar, cuando ya está hecho lo que manda; y sus ministros le están oyendo con tanta atención, que en comentando a hablar parece que están oyendo y volando, y luego dan a correr, y en brevísimo tiempo se ponen en ejecución cosas muy dificultosas y grandes, que en otros reinos no se pudieran acabar en mucho tiempo; porque, como se ha dicho, hacen ejércitos y flotas muy gruesos, y fábricas muy costosas y grandes en tan breve espacio de tiempo, que no se puede creer; y no es esto mucho de maravillar, pues, como está dicho, tiene tanta cantidad de dinero, de madera, de mantenimientos, de municiones y de todas las demás cosas para eso necesarias, de las cuales hacen siempre provisión en todas las provincias y en diversas ciudades y villas, con sus propios oficiales que de eso tengan cuidado, que en lo todas ellas hay, por lo cual siempre están a punto; y así con tanta solicitud y diligencia, con tanto orden y concierto hacen con mucha brevedad cuanto quieren.

La 4ª condición, la grandísima vela, cautela y recato que tienen en su gobierno para conservar en paz aquel reino ; porque en todas las cosas se recatan y recelan, como si siempre estuviesen entre enemigos y de cerco; y así no quieren comunicación con otros reinos ni con gente extranjera, sino con mucha cautela, por lo cual hay pena de muerte a los que van de su reino a otro sin licencia, o sin la misma meten en el suyo algún extranjero; y la comunicación que tienen con algunos comarcanos es con tanta circunspección y recato, que no puede ser más; porque aun estos no pueden entrar en la China, ni ir de un lugar a otro, sino a un lugar determinado y en cierto tiempo, y con haber licencia para entrar en el dicho lugar; y es esto en tanto grado, que, con haber más de treinta años que los portugueses tienen trato con ellos, aun estando de asiento en una isla de su tierra no pueden ir a ninguna parte de la China, ni tratar de sus mercadurías, sino en la ciudad de Cantón, y esto en un cierto tiempo determinado, habiendo particular licencia; y han de estar tanto tiempo, y no más ; y entre tanto que ahí están no pueden dormir de noche en tierra, ni entrar aun de día en la ciudad vieja, donde están los mandarines, sino han de morar en sus embarcaciones en el río; basta que finalmente en todo se velan grandemente de los forasteros.

Asimismo en todas las ciudades y villas, que están cercadas con sus muros, como está dicho, hay gente de guarnición ordinaria, con sus centinelas, de la misma manera como si estuviesen cercadas; porque en siendo noche cierran todas lo las puertas y postigos de todas las ciudades y villas, y las sellan con sus sellos, y llevan las llaves al mandarín que tiene cargo de la ciudad; y los guardas, que están por las puertas y muros, tocan de trecho en trecho sus campanillas respondiéndose los unos a los otros de la misma manera que se hace entre nosotros en las fortalezas y ciudades que están de cerco; y la misma guarda y vigilia se hace dentro de las casas de los mandarines y dentro en las cárceles ; y todas las calles de la ciudad tienen sus puertas , que se cierran de noche, y en cada una de ellas está su guarda y vigilia, y no se abren hasta por la mañana con las demás puertas de la ciudad. Estas guardas y centinelas han de dar cuenta de todo el mal que se hace en la ciudad; de suerte que con esta guarda y recato viven en sus reinos y ciudades con mucha paz.

La 5ª condición es la manera que tienen para que nunca haya entre ellos levantamientos; porque los hijos de los reyes, que son los grandes de la tierra, están de tal manera repartidos y proveídos que, aunque viven con grande estado, no tienen ningún poder ni mando en la tierra; y los mandarines que tienen el mando están de tal modo, que, aunque quieran, no se pueden levantar; porque los de la guerra dependen en todo de los mandarines letrados, y estos letrados, como vienen a sus grados por sus letras siendo de baja suerte, no tienen parientes ni poder en la tierra sino cuanto a lo que toca a su oficio, y nunca tienen oficio en su propia provincia más siempre los mandarines son naturales de otras provincias; y así todos cuantos gobiernan en una provincia son de otras diversas, y ninguno es lo de aquella en que gobierna; y demás de esto están tan subordinados estos y tan repartidos entre sí, que los que tienen cargo de la gente no lo tienen del dinero ni de los mantenimientos, y los que tienen cargo del dinero y mantenimientos no mandan, y sus ministros no dependen de ellos sino son ordinarios del rey, de la manera que se ha dicho; y con todo esto tienen tanto recato y vigilancia, que en ninguna manera puede haber entre ellos levantamientos ningunos; y aun fuera de esto ninguno trae armas en toda la China, si no son algunos soldados a sus tiempos ciertos, y hay crueles penas contra los que hieren con ellas; de manera que entre los chinas no hay otras bregas y peleas que de puñadas y de asirse de los cabellos, que traen ordinariamente muy largos como mujeres; y lo bueno es que sus riñas comúnmente se acaban con quedar azotados los unos y los otros por los mandarines, y así se hacen las paces y quedan muy contentos, por lo cual no hay entre ellos ni las enemistades ni las heridas ni muertes que hay entre las otras gentes, más antes viven en mucha paz, que les dura muchos años ; solamente les falta la paz verdadera de sus almas, que no podrán tener jamás hasta conocer a Cristo nuestro Señor.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
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DE LAS COSAS QUE HAY EN LA CHINA, Y DE SU RELIGIÓN.

Cap. 28.


Tan grandes y maravillosas son las cosas del reino de la China, que no se puede escribir en pequeño volumen; y aunque se haya dicho mucho de la calidad de la tierra y de su gobierno, es sin comparación más lo que queda por decir; porque las particularidades y orden que ellos tienen en el gobierno son tan grandes, que parece que no se les puede más pedir.
Mas con todo esto, como les falta lo más principal, que es el conocimiento de Dios y de su sancta ley, no basta ni la orden ni la prudencia que tienen en su gobierno, para hacer que no haya en la China muchos desórdenes y muy graves.

El 1° es, el cual se causa de su mismo gobierno, de las muchas injusticias y tiranías que hacen los mismos mandarines; porque como ellos tienen tan grande libertad de agotar a su gusto todos los que están debajo de su mando, de aquí se siguen muchas injusticias y sinrazones, que hacen su gobierno lleno de robos y tiranías; porque los hombres, por verse libres de sus azotes y no caer en sus manos, dan cuanto ellos quieren, y los sobornan con mucho dinero, y ellos tienen la ocasión en la mano para haber de sus súbditos cuanto quieren; puesto caso que por sus leyes les son muy prohibidas dádivas y presentes, y hay en eso mucha vigilancia, y cuando en ellas son comprehendidos, son muy gravemente castigados, y el rey hace muy grandes diligencias para que sus provincias sean bien gobernadas, y cada año envía un pesquisidor o visitador, que ellos llaman chaen con grande autoridad para hacer pesquisa secreta y públicamente de todos los oficiales de la provincia, comenzando desde los gobernadores y mayores mandarines que tienen, castigándolos ásperamente cuando hallan que gobiernan mal o toman presentes. Mas con toda esta diligencia del rey, conforme a lo que los mismos chinos dicen, corre mucho esta peste entre ellos, tanto que casi todo se hace por dádivas, sobornando los unos a los otros tan secretamente, que, por muchas guardas que haya, por muchas prohibiciones y diligencias que para saberlo se hagan, ellos sacan mucho dinero de sus oficios, y la mayor parte d él es de presentes; aunque, según dicen, hay muchos que entre ellos son grandes, que no toman cosa ninguna de nadie; pero comúnmente ellos sacan de sus oficios, especialmente los grandes, mucha cantidad de dinero; por lo cual y por los gruesos fueros y derechos que pagan a el rey, aunque la China es tan rica y abundante, hay mucha pobreza y miseria, especialmente entre los labradores y la demás gente baja que mora por las aldeas.

El 2º desorden es, que, como ellos tienen tan poco uso de las armas, y son todos criados con aquel temor debajo de los azotes, son tan bajos de ánimo, que parece que no tienen corazón, que más parecen mujeres que hombres: y así la gente de la China es una de las más flacas gentes de cuantas hay en este Oriente, porque no parece que tienen manos ni ánimo para pelear, y un solo japonés se atreve a tomar contra cincuenta y cien chinos. Verdad es que dicen que en las partes del norte. donde están en fronteras con los tártaros y otras gentes con quien pelean, son muy ejercitados en las armas, y muy valientes y grandes jinetes y flecheros, de suerte que resisten y se defienden de los gruesos ejércitos de los tártaros, que en las armas son muy diestros. Y a la verdad, persona y fuerza tienen los chinos que, si se ejercitan en las armas, y con el ejercicio pierden el miedo y toman algún ánimo, parece que saldrán muy buenos guerreros, porque es gente de tierra fría, blancos y bien dispuestos, que comen muy bien, y, como está dicho, son de buen ingenio y diestros de manos; por donde se entiende que, si se ejercitan en las armas, han de salir bien con ellas; y así lo tiene mostrado la experiencia ; porque donde al principio ciento y doscientos japoneses desembarcaban en el Chinchéo y salteaban a su voluntad toda aquella costa, recogiéndose a Japón seguramente, ahora de ordinario se pierden, y ni aun con mucho mayor número se atreven a desembarcar en el Chincheo, porque poco a poco se fueron ellos ejercitando en las armas para defenderse de los japoneses, y vinieron a perder parte del miedo; de suerte que, como son muchos, no pueden ya los japoneses correr a su salvo la costa, como hacían primero; y también tomaron ellos de los portugueses el uso de arcabuces, de los cuales hay ya mucha cantidad en la China y no hay duda sino que, ejercitados en ellos, han de salir aún mejor que la demás gente de la India, que, con ser muy viles, de color bajo, y de pocas fuerzas en comparación de los chinas, con el continuo ejercicio de guerra, que tuvieron con los portugueses, se hicieron en muchas partes muy diestros y esforzados.

El 3º desorden es que parte con el temor servil con que son criados, parte por la poca comunicación que tienen con toda la demás gente, parte por su natural condición, es gente muy cruel e inhumana, que ninguna manera tiene de amistad y compasión; porque los mandarines con sus oficiales son inhumanos y crueles sobre manera en los agotes y cárceles y otros castigos que dan, y la otra gente con ningún forastero tiene amistad; de suerte que, aunque ha tantos años que los portugueses tratan con ellos, nunca se halló quien tuviese con ellos la amistad y cierta manera de comunicación que hay entre las otras gentes, con quien se trata; tanto que bien pueden pasar por cerca de un navío de portugueses mil embarcaciones de pescadores y otro género de gente, y pagarles los portugueses lo que ellos quisieren, que nunca se hallará ni uno que a ellos venga, aunque los llamen, y aunque supiesen que están para morir. Y la gente común y baja parece que es la más mala que hay en el mundo, porque son notablemente interesados y amigos de dinero, y por ganar alguna cosa se expondrán a cualquier peligro y harán toda maldad. Y son muy grandes y muy sutiles ladrones, traidores y engañadores; tanto que en todas las cosas que venden, especialmente a los forasteros, procuran de engañarlos, hinchiendo los papos de las gallinas de arena, y los animales que venden vivos, de agua y de viento para pesar más, porque todo lo venden a peso, y haciendo en todo lo demás mil mezclas y falsedades para engañar; basta que los mismos mandarines dicen que, por ser tan malos los chinos, no los pueden gobernar sino con crueldad y con el rigor de los azotes. Con todo esto no faltan entre ellos muchos mercaderes, que son de mucha verdad; más ordinariamente todos son muy falsos en sus tratos. Y no es maravilla que siendo gentiles tengan estas y otras maldades, pues no aprenden otras cosas de sus leyes malas y mentirosas; que parece que saldrían todos comúnmente tales si no entrase en ellos la luz de nuestra sancta verdad.

El 4º desorden es que, como la gente es mucha, y entre ellos hay muy pobres y de su natural mal inclinados, y los castigos de los mandarines son tan severos, porque, entre los otros rigores, cuando alguno hace un delito grave y después huye, usan meter en la cárcel todos sus más allegados parientes, forzándolos con tenerlos en ella mucho tiempo y con azotes a que ellos mismos entreguen al delincuente; por lo cual muchos, por ser de su naturaleza ladrones, y otros para huir de las manos de los mandarines, por ser parientes de los tales y no tener otro remedio, se hacen también ladrones como ellos, y de estos hay muchos en diversas partes de la China, especialmente por la costa de mar y en diversas islas, que hacen a veces muy gruesas flotas robando lo que pueden por mar y por tierra, desembarcando muchas veces en las aldeas y puertos de mar, y saqueándolas, matando y captivando mucha gente muy cruelmente; y contra estos hacen siempre los mandarines gruesas armadas que van corriendo y guardando el mar de la China ; y muchas veces hacen estos más daño que los mismos ladrones, porque, con achaque de decir que son ladrones, cuando pueden toman los navíos que encuentran, ahora sean de amigos ahora de enemigos, y los matan a todos diciendo que son ladrones. Y aun muchas veces acontece que, por ganar el premio que dan a los que matan ladrones, saltan en tierra estos mandarines de las flotas de noche y roban las aldeas de cuanto hallan, y matan los que encuentran, y llevan las cabezas a los mandarines grandes, diciendo que son de ladrones; y así se hacen otras muchas sinrazones y sin justicias.

El 5° desorden es, que hay entre ellos muchos y muy graves y públicos pecados, especialmente acerca del pecado nefando, al cual todos son muy dados, y de ellos se tomó en Japón, como está dicho; acerca del cual ninguna vergüenza ni empacho tienen. Y como es la tierra tan rica y fértil, y ellos son tan dados a comer y beber, hay entre ellos muchas torpezas y pecados enormes, con los cuales, aunque sean de suyo de tanto ingenio y tan prudentes y discretos en su gobierno, son tan rudos y tan ciegos cuanto al conocimiento de Dios y bien de sus almas y cosas del otro mundo, que parecen casi incapaces de esto y de ningún entendimiento; porque ni saben cosa alguna acerca de esto, ni lo quieren oír, ni saber, ni lo que les predican les entra por los oídos, que cierto es cosa espantosa.

Una cosa tienen, que es muy contraria a toda la gentilidad, que es el recogimiento de las mujeres, el cual entre los chinas es tan grande, que están todas encerradas como si fueran monjas sacando las que por ser solteras viven mal y públicamente; y esto es de manera que, con ser sus ciudades tan grandes y populosas, por maravilla se ve una mujer. Y cuando van de una parte a otra, van metidas en unas sillas todas cubiertas, de manera que no son vistas; y llegaron a tanto los chinas, que, para que sus mujeres no fuesen andariegas, introdujeron una costumbre, que luego que nacen les aprietan los pies de tal suerte que no pueden crecer, y quedan todas lisiadas, de manera que aunque quieran, no pueden andar sino muy poco, porque quedan con los pies tan pequeños, que apenas se pueden sustentar sobre ellos; y esta costumbre fue creciendo tanto, que ya tienen las mujeres por nobleza y hermosura tener los pies muy pequeños y casi lisiados de la manera dicha.

La gente toda es de la condición de los nuestros de Europa, sanguíneos, alegres y enojados, y que fácilmente muestran sus pasiones, porque no las tienen tan moderadas como los japoneses, antes gritan y pelean entre sí muchas veces, asiéndose por los cabellos y a puñadas, mas no con armas; y estiman mucho y tienen por grande honra traer todos sus cabellos muy largos, que comúnmente son más crecidos que los que traen las mujeres de Europa, porque les llegan a los pies, los cuales peinan cada día luego en se levantando, aunque sean muy bajos y trabajadores, y los conciertan como si fueran mujeres, retorcijándolos en lo más alto de la cabeza, la cual cubren con una escofia muy galana, hecha a manera de red de cerdas de caballo, y por un agujero que tienen en medio les sale aquel manojo de cabellos, de manera que no parecen mal. Su vestido es unos sayos con haldas largas y con mangas anchas, las cuales se van estrechando hacia las bocas de ellas; traen sus callones y medias caigas muy mal concertadas y anchas, con sus zapatones, que podían servir de pantuflos o chapines de mujeres; y finalmente en todo su traje es gente que tiene poca costumbre de armas, aunque los mandarines visten de otra manera, como está dicho y es muy grave su vestido.

Usan todos de mucha cortesía entre sí, especialmente los mandarines, las cuales hacen doblando las manos e inclinándose mucho; mas con los extranjeros, de cualquier suerte de gente que sean, son todos muy descorteses y malcriados mayormente la gente baja, que es muy zafia, y no tienen en esto ninguna manera de primor. Siéntanse todos en sus sillas, y comen en mesas altas contra el estilo universal de todo el Oriente, y usan de faxes cuando comen, de la manera que hacen los japoneses, y comen toda suerte de cosas muy abundantemente, aunque no guardan en el comer la policía y limpieza de los japoneses.

Cuanto a lo que toca a la religión y sectas que ellos tienen, también tienen ellos muchas, y casi todas están fundadas en los mismos libros de Saca que tienen los japoneses, los cuales las tomaron de los chinos; pero como los mandarines son hombres dados a letras, como está dicho y con su estudio y lumbre natural entendieron ser fabulosas y mentirosas sus sectas, hacen muy poca cuenta de ellas; y por eso las cosas que tocan a su religión están entre ellos en muy baja estima; porque como por una parte entendieron la falsedad de sus sectas, y por otra, ciegos con sus pecados y soberbia, no pudieron llegar a entender que hay un verdadero Dios remunerador y juez de los bienes y de los males que en este mundo se hacen, se resolvieron comúnmente en decir que no hay para ellos otro mundo y por eso quieren ser ellos adorados y estimados como dioses en la tierra. Además siguen las escuelas y doctrina de unos sus filósofos antiguos que trató de las virtudes morales y del buen gobierno, y no de la religión del pueblo común. De aquí viene que, aunque hay entre los chinas muy grande cantidad de bonzos de diversas sectas, no tienen ni la autoridad ni el poder que tienen en Japón, sino que por lo común los mandarines los tienen en muy poca cuenta, y así a cada paso los azotan como a la demás gente; aunque siempre hay entre ellos algunos bonzos principales que son tenidos en buena opinión, y de los cuales se hace mucho caso; mas, hablando comúnmente, son estos bonzos malos y deshonestos y peores que los de Japón; más por el temor de los azotes, y porque no pueden más, no tienen la libertad que tienen aquellos. Hay también entre ellos muchos, que viven vida recogida como ermitaños en el yermo, y hacen muchas penitencias y abstinencias, y son tenidos de los chinas por hombres de muy santa vida.
Como los mandarines tienen poca fe en sus ídolos, así también el pueblo común los tiene en poca cuenta, y todos les pierden el respecto y reverencia; porque dado caso que comúnmente todos tengan ídolos en sus casas y les hagan sus ceremonias y sacrificios, todavía llegan a tenerles tanta irreverencia, que muchas veces, cuando no les conceden lo que les piden o les sucede alguna adversidad, se enojan con sus ídolos y les dicen muchas injurias y aun los azotan y después los tornan a poner en su lugar, tornándoles a pedir lo que desean, y así hacen las paces con ofrecerles algún sacrificio de olor, o de otras cosas que ellos usan; y si no alcanzan lo que piden, los tornan de nuevo a azotar más fuertemente. Finalmente los principales ídolos que ellos tienen, son sus mandarines, a los cuales adoran y reverencian con mucho más temor y respecto que a sus ídolos.

Tienen los chinos en diversas provincias diferentes lenguas tanto que no se entienden unos a otros, aunque por escrito sí, porque escriben los mismos caracteres y letras, las cuales, como son figuras de cosas, y como las cosas tienen en todas partes una misma figura, de todos son entendidas, aunque en diversas lenguas tienen diversos vocablos, y de aquí viene entenderse por escrito, y no por lengua; y lo mismo les acontece con los japoneses, con los cuales se comunican y entienden por escrito y no se entienden de palabra, porque tienen la misma manera de escribir los japoneses, aunque también tienen otra, que es propia suya y que no entienden los chinos.

Tienen también los chinos otro lenguaje, que es casi universal y común, y este es el propio lenguaje de los mandarines y de la corte, y es entre ellos como entre nosotros el latín; y como aquella lengua sea propia de los mandarines, en los cuales está todo el poder y mando, como dijimos todos procuran de aprender a hablar o bien o mal esta lengua, para poderse negociar con los mandarines. De donde parece que si nuestro Señor fuere servido de abrir la puerta a su Evangelio entre esta gente, parece que con ellos se haría mucho mayor fruto que con todas las demás naciones del Oriente, así porque si nuestra ley contentase al rey y a su consejo, sin dudar ni replicar en cosa alguna la tomarían todos los chinos, por la muy grande obediencia y reverencia que les tienen, como también porque la gente es de su natural de buen ingenio y dada a las letras, con las cuales se hacen más fácilmente capaces de sus falsedades. Además de esto no tenía nuestra ley casi ninguna contrariedad, porque ni los chinos tienen mucha afición a sus dioses, ni los bonzos tienen entre ellos el poder y autoridad que entre los japoneses, ni nuestra ley es contraria al estado y grandeza de los mandarines ni a su gobierno, mas antes se conforma con él; porque, a la verdad, la mayor parte de sus leyes son muy buenas y fundadas en razón, y los desórdenes que se causan en este reino nacen de no guardarse bien sus leyes, que, si ellas se guardasen, del todo cesarían las tiranías y desórdenes que ahora hay; de suerte que nuestra ley ayudaría y favorecería 20 su manera de gobierno.

Ni menos aprovecharía para en breve tiempo se dilatar nuestra santa ley el recogimiento de las mujeres tan grande, y la paz universal que ay entre los chinos, y la comodidad que hay con las muchas y grandes ciudades y poblaciones, con la mucha riqueza del rey y de la tierra, porque todo esto ayuda para poderse nuestra ley promulgar y dilatar, y poderse debían hacer iglesias y catedrales con sus dignidades y beneficios, y no faltaría entre ellos gente que en breve tiempo se hiciese capaz para todo esto. Mas están por otra parte tan cerradas las puertas de la China y sus mismos entendimientos de ellos para las cosas de Dios, y son tan intratables, inconversables e incomunicables (digámoslo así) estos mandarines, especialmente con los extranjeros, y hacen tan poco caso de todas las otras naciones, que no se ve manera cómo poderse entrar con ellos. Además demás de esto están tan sujetos y subordinados los unos a los otros, y tienen los inferiores tan grande respecto y temor a los mandarines mayores, y estos al consejo real, que parece que, si no se toma el agua desde el rey, y no se comienza por él, nunca se ha de abrir esta puerta al santo Evangelio; y poder hombre llegar a tratar con el rey parece humanamente imposible a nosotros, que somos forasteros.

Mas con todo esto, como lo que es imposible a los hombres sea posible a Dios están dos Padres de los nuestros ya de algunos años a esta parte aprendiendo esta lengua mandarín y van aprovechando en ella como diremos a su tiempo; porque este es el camino, por donde podemos esperar (cuanto a lo que a nosotros toca) que haya alguna entrada en la China ; y esta es la causa porque el P. M. Francisco no desconfiaba de poder abrir esta puerta con la ayuda de Dios, aunque se metiese en mucho peligro, como diremos tornando ya a su historia.

De la muerte del P. M. Francisco;
Cap. 29.


Si el esfuerzo y grandeza de ánimo se conoce en emprender empresas muy grandes y nuevas, y en aventurarse a grandes peligros, cuando conviene, sin ningún temor, bien se puede entender de todo lo que está dicho, especialmente de la determinación de intentar esta empresa de la China, cuán grande y esforzado era en su Dios el ánimo de este P. M. Francisco; que viéndolo en sus fuerzas, lo estima por tan vil y bajo, pero porque, desconfiando del todo de sí mismo, tenía puesto su fundamento sobre la piedra viva y firme de la confianza en Dios, no es de maravillar si en todas las empresas y peligros se hallaba tan esforzado.

El entrar en la China forasteros, especialmente los portugueses entonces, es cosa prohibida so pena de muerte, y los que gobiernan aquel reino son en el ejecutar sus leyes tan rigurosos, que por cualquier cosa matan con agotes a muchos hombres. Por otra parte confiarse de un china gentil, que lo llevase a Cantón escondidamente para lo dejar allí, era cosa muy peligrosa, porque son estos muy falsos y engañosos ; y son tan temerosos de los azotes de los mandarines (como está dicho) que muy probablemente se podía temer de todo esto, o que este chino, que lo avía de llevar a Cantón, lo robaría y mataría en el camino, yendo tan solo como iba, o que, aunque lo llevase a Cantón, había de pasar por las cárceles y azotes de los mandarines, mayormente, como está dicho, porque no tenían aún los portugueses en aquel tiempo concierto con los mandarines para morar y tratar en su tierra, como ahora tienen, mas antes todos los portugueses que podían haber a las manos eran de ellos muertos o cautivados.

Mas todo esto ningún temor causaba en el corazón del Padre, que estaba lleno de Dios, al cual sabía él estar todas las cosas sujetas, y él mismo, que lo movía a meterse en estos peligros, lo aseguraba prometiéndole su favor en ellos, aunque la seguridad que le dio para moverlo a entrar por los peligros de la China, no fue para que pasase por ellos, sino para que alcanzando los merecimientos por el deseo y resoluta determinación que tenía de meterse por su amor en los dichos peligros, nuestro Señor lo librase de ellos quitándole la vida, o, por mejor decir, trasplantándolo de esta vida mortal, que él llamaba continua muerte, a aquella que es verdadera y sempiterna vida.

Es aquel puerto de Sanchoán inhabitable y yermo, que está en una isla, donde, como está dicho, llegaban los portugueses con sus navíos, los cuales, por no tener aún licencia de los mandarines para tratar en la tierra, vivían en la mar en sus embarcaciones con continua vigilia, haciendo escondidamente, como mejor podían, sus mercadurías con los chinos sin ser sentidos de los mandarines; y por los grandes intereses que ganaban, se metían algunos a peligro de pasar por las penas de los mandarines ; y como en esto gastaban tres o cuatro meses, y allí, como está dicho no había población, hacían los portugueses algunas casillas (por remedio) de paja y ramas en la orilla del agua, para entretenerse en tierra el tiempo que ahí se detenían, y después cuando se partían quemaban las dichas casas. A este puerto de Sanchoán vinieron aquel año algunos navíos de portugueses, los cuales después de hacer sus mercadurías se fueron para Malaca y para la India con cartas del mismo P. M. Francisco, que estaba allí esperando, como está dicho, para entrar en la China después de haberse partido estos navíos; y solamente quedó en aquel puerto un navío por no tener aún la carga que quería, y en él estaban algunos pocos portugueses. Ya en este tiempo había muy grande falta de mantenimientos y de las demás cosas necesarias; porque, como eran idos la mayor parte de los portugueses, y había grandes prohibiciones por los mandarines, y guarda contra los que llevaban mantenimientos al dicho puerto, carecían grandemente de todas las cosas, siendo esto en tiempo de grandes fríos por ser ya en el mes de Noviembre.

En este lugar y en este tiempo adoleció el P. M. Francisco, primero por algunos días, y tornó a sanar; mas como no tenía ninguna comodidad para convalecer y era ya llegada su hora, en la cual nuestro Señor quería sacarlo de estos trabajos y remunerarlo por los que había pasado, tornó de nuevo a enfermar en el tiempo que estaba esperando al chino, que escondidamente lo había de llevar a Cantón; y como la calentura era muy grande, y en el navío, que cabeceaba mucho por causa de los mares, se hallaba muy mal, se hizo llevar a tierra a una casita, que allí estaba, hecha de ramas y de paja, no teniendo consigo otros compañeros que los dos mogos que iban con él, y careciendo de toda suerte de remedio y alivio humano; tanto que, como el mismo mozo chino que con él estaba me dijo, no tenía cosa ninguna con que socorrerlo ni tratarlo como a doliente; y yendo él mismo al navío de los portugueses no halló otra cosa sino unas pocas de almendras que le dio el capitán del navío las cuales aún no llegaron a tiempo que el Padre las pudiese comer, porque cuando el mozo tornó lo halló ya en tales términos que no estaba para poder tomar nada. Y como los portugueses que quedaron en el navío, eran muy pocos y se estaban en su navío, y no pensaron que estuviese el Padre tan mal (que fue la dolencia tan apresurada que lo llevó en cinco días), quedó el Padre en el tiempo de su enfermedad y muerte en sumo desamparo humano, echado en aquella casilla, toda abierta al frío y al viento, privado de toda manera de consolación humana y lleno de la divina, queriéndole nuestro Señor dar este privilegio particular de que acabase su vida con suma pobreza, imitando en la muerte a su Salvador, como lo había imitado en la vida.

Un día antes que muriese, según me decía el dicho mogo, llamado Antonio de Santa Fe, que aún hallé vivo en la China, buen cristiano, honrado y viejo, estuvo el dicho Padre casi siempre con los ojos ahora levantados al cielo, ahora fijos en una sola parte, hablando en lenguaje que él no entendía y hablando de esta manera repetía muchas veces algunos versos de los salmos encomendando su alma a Dios ; y de esta manera estuvo hablando por sí mismo casi aquellos dos días enteros hasta que falleció ; y conforme a lo que de él colegí, parece que hablaba con Dios nuestro Señor, hablando en su lengua natural, que el mozo no entendía, y mezclando muchas veces en sus coloquios algunos versos de salmos ; y el día antes que muriese, volvió los ojos al otro mancebo, que allí estaba con él presente, y, mirándole en hito y mostrando una manera de lástima y compasión, le dijo en portugués, replicando tres veces : «¡ay triste de ti, ay triste de ti, ay triste de ti!» La significación de las cuales palabras no entendieron por entonces, sino de ahí a pocos meses; porque dándose el dicho mogo, después de la muerte del Padre, a sensualidades y vicios, y viviendo amancebado, le dieron una arcabuceada, de que murió súbitamente, y quedó tan triste y cuitado muriendo en tal estado.

Después de gastar el Padre dos días hablando de esta manera muchas veces, conformándose con su Maestro en la pobreza de la cruz y en el desamparo de todas las consolaciones humanas, fue nuestro Señor servido de sacarlo del trabajo en que estaba, llamándolo al perpetuo descanso de la vida eterna, dando su alma al Criador, que la hizo, a los dos de Diciembre del año 15 de cincuenta y dos; y quedó después de su muerte con un rostro tan hermoso y rosado, que parecía vivo, y causaba maravillosa admiración a todos.

De esta manera, pues, acabó el P. Francisco Xavier la trabajosa peregrinación, que por amor de nuestro Señor tomó en toda su vida, y especialmente en los diez años y siete meses menos cuatro días que estuvo en estas partes del Oriente. En el cual tiempo quien fuere considerando cuáles fueron los trabajos que tomó, y cuán remotos y distantes los lugares que visitó, y cuántas y cuán graves empresas intentó y comentó, y cuán grande fue el fruto que en todas las partes hizo, entenderá cuán grande era el esfuerzo y caridad que en su pecho tenía, y cuán grande fue la virtud y santidad de este buen Padre, de la cual dejó en todas las partes donde anduvo tan grande opinión, que en vida y en muerte en toda la India fue siempre tenido por santo.

Y aunque en el discurso de su peregrinación, y después de su fallecimiento acontecieron muchas cosas, que con razón causaron este concepto en los hombres, por ser testimonio muy claro de sus virtudes; y aunque tuvo el Padre muchas cosas que causan admiración, entre todas ellas dos son para mí de mayor espanto y maravilla. Una es la grandeza de su ánimo y corazón, de la cual se entiende cuán grande era su caridad y esperanza en Dios, pues a él solo le parecía poco la conversión de todo este Oriente, de la cual parece que estaba tan sediento, que, si pudiera, quisiera estar manifestando la ley de Dios en todas partes en un mismo tiempo; y así, siendo el casi solo en la India, discurrió en breve tiempo provincias tan grandes y tan remotas y distantes, y en todas ellas tomó empresas tan dificultosas y arduas, que cada una por sí podía satisfacer y ser bastante para mucha gente. Fue esto en tanto grado, que se podía atribuir a imprudencia o demasiado atrevimiento, como entonces atribuyan algunos prudentes de este mundo, que no entendían cuán ancha es la caridad, y cuánto puede el que tiene toda su esperanza y confianza puesta en Dios; pero la santidad de su vida y la experiencia mostró que la caridad de Dios lo movía, y que era guiado en todo lo que hacía por mucha prudencia, porque en todas las empresas salió muy bien, y en todas las partes a donde fue, dejó sembrada la palabra de Dios de tal manera, que fue creciendo y dando muy copioso fruto, como ahora vemos, dilatándose por medio de sus hijos la conversión y la Compañía en todas aquellas partes, en que el dicho Padre la comentó a plantar; y así, cuando murió, dejó sembrada la Compañía en todo este Oriente; porque cuando murió, ya entonces tenían los nuestros echadas raíces por orden suyo en Goa, en Tana, en Bacán y en Ormuz, por la parte del norte, y por la otra parte, yendo de Goa para el sur, en Cochin, en Coulón, en la costa de Trabancor y de la Pesquería, en S. Tomé, en Malaca, en Maluco y en diversas partes de Japón; y él murió en la demanda de la empresa de la China; y en todas estas partes se fue la Compañía dilatando, como veremos, con grande fruto.

La 2ª cosa que causa en mí grande admiración es, ver cómo fue posible en un hombre mortal unirse tanto la acción y la contemplación como se unieron en él; porque raras veces acontece que hombre metido en tantos y tan graves negocios, acompañados de una perpetua navegación por mar y por tierra, con las distracciones que a ellos se siguen, sin jamás cesar de obrar todas las obras que podía hacer en ayuda de los hombres, corporales y espirituales, y que fuese de vida en lo exterior tan común, y de tan buena y alegre conversación como era este bendito Padre, llegó a tener tan grande don de oración, y tanto concurso de espíritu como él tenía; porque luego en recogiéndose hall va tanta facilidad y atención, aunque fuese inmediatamente en saliendo de las conversaciones y ocupaciones que tenía, que parecía que luego se arrebataba y se absorbía todo, y se unía totalmente con Dios, como lo observaron algunos hombres curiosos muchas veces, que para eso lo acechaban; y era tanto el concurso de la devoción y consolación divina, que muchas veces hablando con Dios decía: «Señor, no más, porque no puedo con tanta consolación» Y apartando con sus manos la sotana del pecho, parecía buscar alivio para el grande ardor de la encendida caridad que lo abrasaba; y así continuamente tenía el nombre santo de Jesús en la boca ; y hablando con los hombres, muchas veces lo nombraba al principio y al medio y al fin de la plática dejándonos con esto un perfecto ejemplo de que la acción en los verdaderos hijos de la Compañía no impide a la oración cuando en la una y en la otra se ocupan buscando con pura y recta intención la mayor gloria de Dios N, Señor, pues nos debemos de ejercitar así en la una como en la otra conforme a nuestro Instituto.

Cómo fue llevado el cuerpo del p. m. Francisco de la China a Malaca, y después a Goa.
Cap. 30.


Muerto el P. M. Francisco, como está dicho, Antonio de Santa Fe, chino, que iba con él y lo amaba tanto, fue al navío a dar las nuevas a los portugueses de su muerte, y a buscar también si hallase allí algunas tablas para hacerle una caja, en que meter el cuerpo, por ser costumbre de los chinos enterrar los difuntos en cajas metidos, como se hace en Italia y en otras partes de Europa; y así acudieron luego sus devotos del navío con mucho sentimiento de su muerte; y hecha una caja, metieron dentro el cuerpo, vestido con su sobrepelliz encima, hinchiendo la caja de cal viva para que se consumiese el cuerpo más presto, por ver si podrían a su partida llevar sus huesos a Goa ; y de esta manera lo enterraron en un otero de aquel lugar desierto, que yo mismo vi, pasando por allí.

Y porque de ay a algunos días acabó de tomar el navío su carga, y se llegó el tiempo para salir los portugueses , pareció al capitán y a los demás devotos del Padre cosa muy dura dejar en tierra de gentiles y en un lugar tan silvestre aquel santo cuerpo, y así determinaron de ir a ver si estaba ya consumido de la cal, de manera que le pudiesen llevar a la India sus huesos; y cavando el lugar y abriendo la caja hallaron el cuerpo tan fresco y entero, que parecía que entonces acababa de morir; y no solamente no tenía mal olor, mas echaba de sí un olor muy suave, que a todos los confortaba, con lo cual quedaron todos muy alegres y consolados, tomando esto por testimonio muy claro de su santidad ; y así metiendo aquella caja con su cuerpo, como estaba, en el navío, lo llevaron camino de Malaca, y llegaron allí a tiempo que no estaba allí ninguno de la Compañía, porque el P. Francisco Pérez era ya ido con los demás que ahí estaban para la India, conforme a la orden que el mismo Padre le había mandado de la China.

Luego que supieron en Malaca que venía el cuerpo del Padre, de cuya santidad había tan grande concepto en aquella ciudad, y que venía de aquella manera entero, le aparejaron un grande recibimiento, especialmente su amado amigo Diego Pereyra, que aún estaba allí, el cual hizo los gastos necesarios ; y así fueron todos los principales de Malaca a recibirlo en procesión con muchas velas y hachas encendidas, concurriendo toda la ciudad con mucha devoción y reverencia a ver aquel santo cuerpo ; y llevándolo a la ermita de nuestra Señora, donde solían morar los nuestros y donde después se fundó el colegio que ahora tenemos en aquella ciudad, lo sacaron de la caja en que estaba, y lo enterraron de nuevo sin caja ni nada, conforme a la costumbre de los portugueses, poniendo solamente una almohada debajo de la cabeza y cubriéndole la cara con un paño. Y parece que ordenó nuestro Señor que tuviese este descuido en enterrarlo de esta manera sin caja, para manifestar más su gloria en aquel santo, certificando después mucho más el milagro de su incorrupción tan sobrenatural; porque estuvo enterrado de esta manera otros cinco meses, allende de casi tres que avía estado en la cal, hasta que en el tiempo del año de 53 vino un nuestro Hermano a Malaca, que el P. M. Gaspar había allí enviado, el cual, sabiendo lo que pasaba, parte con el deseo que tenía de saber si estaba aún entero el cuerpo del Padre, parte por meterlo en lugar más decente y acomodado para lo llevar a la India, hizo abrir la dicha sepultura, y halló su cuerpo que estaba entero y con un olor muy bueno, de la misma manera que lo habían puesto, salvo que hallaron el almohada y paño, que tenía sobre el rostro, llenos de la sangre que le había salido del rostro por la fuerza que sobre él hicieron pisando la tierra sobre él cuando lo enterraron, habiendo ya, como está dicho, tres meses que era muerto y enterrado en viva cal. De manera que ni la cal viva con su fuego, ni la tierra con su humedad fueron poderosas en siete u ocho meses para causar en aquel cuerpo alguna corrupción. Lo que más es para notar, que no solamente no corrompieron el cuerpo, más que aun parece tuvieron respecto a los vestidos del santo; porque estando de aquella manera enterrado tanto tiempo, se conservó el vestido entero, hasta la sobrepelliz que sobre todo tenía, de la cual se sirvió el P. M. Melchor, que después del P. M. Gaspar le sucedió en el gobierno, llevándola consigo a Japón y usando de ella mucho tiempo, poniéndosela en algunos actos solemnes de la misma manera que hizo S. Antón de la vestidura de palmas de S. Paulo, ermitaño.

Desenterrado, pues, 2^ vez este santo cuerpo y hallándolo el Hermano de aquella manera, quedó espantado de tan nuevo milagro; y dando muchas gracias a nuestro Señor por sus maravillas, hizo saber la cosa como pasaba al dicho Diego Pereyra ; y no pareciendo razón que quedase más de aquella manera enterrado, le mandó hacer a su costa una caja muy bien hecha, aforrada de damasco por dentro, y cubierta por fuera con un paño de brocado; y de aquella manera lo guardaron en un aposento de la casa, en lugar conveniente, hasta que se llegase el tiempo de navegar para Goa, confirmándose en todos la grande opinión que de la santidad del Padre tenían.

En este tiempo llegó el Hermano Pedro de Alcáceva a Malaca, que venía de Japón, enviado por el P. Cosme de Torres a algunos negocios a la India ; y llegado el tiempo de navegar ambos los Hermanos juntos embarcaron en una nao aquel santo cuerpo y se fueron con él a Goa, donde llegaron la semana santa de la cuaresma del año de 54, habiendo ya cerca de diez y seis meses que murió en la China ; y en el viaje, conforme a lo que el capitán de la nao y los demás creían, fueron librados por su intercesión de muy ciertos peligros y naufragios; porque dieron en seco dos veces y se les quebró el gobernalle y se vieron en mucho peligro, del cual, como ellos decían, invocando el nombre del P. M. Francisco fueron libres y salvos.

Llegada la nao a Batecala, que está veinte y tres o veinte y cuatro leguas de Goa, y dando aviso al colegio cómo venía, fue luego el P. M. Melchor con otros compañeros con una fusta para lo traer; y metiendo la caja, como venía con el cuerpo, en ella, con mucha solemnidad le hicieron los de la nao, que toda estaba embanderada, mucha fiesta, disparando mucha artillería al tiempo que pasaba el cuerpo; y llegando a Goa a una ermita de nuestra Señora , que está media legua de la ciudad, otro día por la mañana lo llevaron a nuestro colegio, saliéndolo a recibir con muy solemne procesión el Virrey, que entonces era Don Alonso de Noroña, con toda la nobleza y caballería, y el cabildo, y la contraría de la Misericordia con toda la demás gente de Goa. Así fue tanto el concurso de la gente por las calles y ventanas por donde pasaba, que era cosa maravillosa; y en la Calle Derecha pusieron muchos olores y perfumes, procurando cada uno mostrar la devoción que le tenía y haciendo mucha fiesta; y de esta manera lo llevaron a la iglesia del colegio, la cual estaba toda colgada de blanco; porque, aunque, como está dicho, era semana santa pareció a todos que se debía recibir con fiesta y alegría, y no con luto, aquel cuerpo, en el cual fue servido de glorificarse Dios N. Señor tanto en la vida y en la muerte; y de esta manera puesto a vista de todos, fue necesario dejarlo así tres días y tres noches, para satisfacer al grande concurso y devoción de la gente, que acudió continuamente en aquellos días todos, con tan grande número a verlo y besarle los pies, que apenas podían los Padres y Hermanos defenderlo, por lo mucho que todos deseaban llevar de él algunas reliquias; y ya que esto no se les concedía, no se hartaban de tocar con sus cuentas y rosarios, y palpar con sus manos aquel santo cuerpo, sobre el cual estaban allí muchos contando muchas maravillas de los milagros que en su vida había hecho, y de algunas cosas pasadas y venideras, que con espíritu de profecía había dicho.
Unos decían lo que de otros habían oído, y otros lo que con el mismo Padre les había acontecido ; y de esta manera, santificado por voz común de la India, fue depositado por los Padres en una caja junto al altar mayor de la iglesia, donde estuvo hasta se hacer la iglesia nueva y hecha ella y derribada la vieja, quitaron de allí el cuerpo y lo pusieron en otra caja, la cual está guardada hasta ahora junto al altar de la capilla del noviciado.

Y porque corrió por muchos a Portugal la fama de las virtudes y obras maravillosas que en la vida y en la muerte avía hecho, de los cuales aún están vivos muchos en la India, que dan testimonio de oída y de vista, con algunos de los cuales yo hablé, movido el serenísimo rey de Portugal Don Juan de lo que muchos acerca de esto le contaban, mandó a su Virrey que tomase información con mucha diligencia de los milagros y profecías del dicho Padre, mandando examinar los testigos fidedignos y hacer un instrumento auténtico de las cosas maravillosas, que en la vida y en la muerte habían acontecido. Esta información se tomó por testigos jurados; y como en ella se ve, se halló que había hecho muchos milagros, además de los que en esta historia tocamos, y que había dicho muchas cosas ocultas y venideras, que después acontecieron de la misma manera que el Padre las había dicho, las cuales no quise yo ponerlas aquí en particular, porque me remito al dicho acta e instrumento, y mi intención de escribir este tratado no fue más que contar el progreso de la Compañía en la India, proponiendo la vida del P. M. Francisco y de otros Padres a nuestros Padres y Hermanos de la Compañía, y especialmente a los que vivimos en la India, para que teniendo siempre delante de los ojos los trabajos que padecieron, y la virtud y esfuerzo con que comenzaron y llevaron adelante empresas tan dificultosas por servicio de nuestro Señor y ayuda de las almas, tomemos esfuerzo y deseemos también nosotros imitarlos en lo que podemos, que es en la paciencia y virtud, y en ser fieles y constantes en sufrir los trabajos que en ayudar a las almas y procurar la conversión de los infieles entre gentes tan bárbaras y rudas se padecen ; porque en esto los podemos y debemos imitar, y no en profetizar, ni hacer milagros, en los cuales propiamente no está la santidad, pues son gracias, que se conceden para bien del pueblo, las cuales comunica Dios N. Señor cuando y a aquellos que le parece que conviene. Y con la vida del P. M. Francisco yo también daré fin a la I» parte de este tratado, a gloria y honra de Dios N. Señor, al cual todos debemos dar muchas gracias por las que él concedió a su fiel siervo el P. M. Francisco Xavier.

Fin de la parte.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mié Ene 11, 2017 3:42 am 
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Meaco será Kyoto, me imagino. Que es donde vivía el Emperador, que no tenía poder ninguno, claro. Eso sí los huevos del padre son impresionantes, en otro momento le echan un gargajo que le da en toda la jeta (que los japones son hábiles) y sigue predicando como si nada, lo que ganó más conversos para la fe que las tontadas que decían, según dice el Padre Valignano.

Ese espíritu hubiera sido digno de mejor causa pero sólo se puede alabar a un hombre cuando es de una pieza, por lo raro.

Citar:
Y como los japoneses son tan inteligentes o y tan sujetos a la razón, muchos se conmovían, comprendiendo que les predicaban cosa santa y muy buena; y así, después de haber pasado muchas disputas por algunos días, se comenzaron a hacer cristianos, y el que se convirtió en Amangüche fue por un caso que aconteció al Hermano, que, estando un día predicando en una calle, y oyéndolo un gentil que por allí pasaba, por burlarse de él y afrentarlo más, le echó un grande gargajo en el rostro, lo cual sufrió el Hermano con tanta paciencia, que sin hacer ninguna manera de mudanza, más que limpiarse con el lienzo, proseguía confiadamente su plática; de lo cual se edificó tanto otro gentil que allí estaba, que se persuadió que hombres que tal sufrían no podían enseñar sino ley santa; por lo cual yéndolos a buscar a su casa se bautizó. Tanto puede la virtud en un hombre de buen entendimiento.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Historia del Progreso de la Compañía de JEsus en las Indias
NotaPublicado: Mié Ene 11, 2017 11:02 am 
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Traducción al español por Huan Manwe