Su última visita fue: Mar Nov 21, 2017 12:17 pm Fecha actual Mar Nov 21, 2017 12:17 pm

Todos los horarios son UTC + 1 hora [ DST ]




 [ 16 mensajes ]  Ir a página Previo  1, 2
Autor Mensaje
 Asunto: Re: La Práctica en el Estalinismo. Arch. Getty.
NotaPublicado: Vie Mar 17, 2017 1:33 pm 
Desconectado
Más Feliz que una Perdiz
Avatar de Usuario

Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
Mensajes: 68703
Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
Cuando se extinguió la dinastía Riurikida a finales del siglo XVI con la muerte de los vástagos de Iván el Terrible, el Estado dejó de hecho de existir, lo que arrastró al país a la anarquía denominada “el tiempo de turbación” que sólo se selló con la instalación de un cuerpo apropiado, de una nueva persona, en el trono. Podemos parangonar esto con el caos y el pesar generalizado que siguió al fallecimiento de Stalin en 1953, cuando parecía también que todo el orden político estatal se esfumaría y las autoridades temían que se desatara una anarquía general. Los tanques vigilaban las calles. Como en la coronación de Nicolás II en 1896, en 1953 la gente se agolpaba casi hasta la muerte en tratando de acercarse por última vez a la sagrada persona del gobernante. No se trataba únicamente de buscar seguridad y el buen orden en la continuación del Estado y en la persona que lo encarnaba; se trataba de estar cerca del cuerpo sagrado del padre.
Durante la época de Turbación, aparecieron una serie de “Falsos Dimitris” que pretendían ser hijos de Iván IV. EL Dimitri real había muerto en circunstancias poco claras en 1591. Como el Estado era inconcebible sin encarnarse en la persona del gobernante legítimo, cualquier grupo que tratara de apropiarse del poder político tenía que tener tal gobernante legítimo encabezándolo.

El primer Dimitri falso fue seguido por el segundo, respaldado cada uno de ellos por una coalición de boyardos, nobles y cosacos. Incluso los que incitaban a la revuelta contra estos impostores tenían sus propios “zares verdaderos” y en 1608 había más de 20 pretendientes a gobernar el Estado. Resultaba indiscutible que los aspectos sociales, culturales políticos y religiosos de la civilización rusa, así como del propio Estado, estaban ligados inextricablemente a la persona del príncipe o del Zar. Sin un Zar legítimo, no había Estado y sobrevendría el caos y todo tipo de desgracias. “Sin el Zar, la nación está viuda: Sin el Zar, el pueblo es un huérfano” como dice el refrán ruso.

Desde el siglo XVI al XIX, cada rebelión tenía que plantear el problema del “verdadero zar”. Defender un nuevo orden social o político era inconcebible sin la plasmación de ese nuevo orden en la persona legítima. Incluso los rebeldes más radicales no podían concebir un Estado apartado de su gobernante legítimo. La justicia de su causa no bastaba por sí misma sin un Zar legítimo que la acompañara. Y como el gobernante era sagrado por definición, si las cosas iban mal en el país únicamente había en reserva limitadas respuestas.

Una de estas respuestas era el monarquismo ingenuo. “Los Rebeldes en nombre del Zar” luchaban en su nombre contra los malvados boyardos y los grandes señores. El cosaco rebelde del siglo XVII Stenka Razin, como Bolotinov antes que él en el siglo XVI, luchaban por el “soberano legítimo”.

Otra respuesta era que la persona que ocupaba el trono era ilegítima o un impostor. Pero como el Zar era sagrado, si los tiempos eran malos por lógica tenía que ser un zar falso el que ocupaba el trono. Aunque Razin luchaba en nombre del “verdadero Zar”, mantenía en reserva a dos impostores: uno era supuestamente el zarévich, el verdadero heredero al trono. El otro era un patriarca impostor.

En 1705, los soldados de Moscú, descontentos por varias razones, enviaron cartas a los cosacos diciendo que el Zar Pedro el Grande era realmente un intruso, un chico que habían puesto en vez del heredero verdadero, haciendo el cambiazo en el momento del parto.

Otra historia que se contaba decía que Pedro el grande había muerto o había sido asesinado cuando viajó a Europa y había sido reemplazado por un impostor Alemán.

En el siglo XVIII, el líder rebelde Yemelian Pugachev pretendió ser el legítimo zar Pablo III, y dio a sus lugartenientes los nombres de los cortesanos de Catalina la Grande. La tradición del falso pretendiente continuó en el siglo XIX. En el siglo XVII había 23 “zares legítimos” pretendientes; 44 en el siglo XVIII, ocho de los cuales sostenían ser el hijo de Pedro el Grande Aleksei y 16 de ellos eran Pedro III, que se había salvado milagrosamente del asesinato: no había Estado sin Zar, sin el cuerpo “real”.
En el marco de tal concepción patrimonial del gobierno, el príncipe (más tarde, el zar) era el propietario de la nación como si se tratara de su hacienda heredable (Votchina) y la burocracia, se presentaba como sirvientes domésticos del amo. Los príncipes pensaban en sus posesiones, parte de las cuales habían conquistado, heredado o comprado, como en su finca personal y designaban así a Moscovia en sus testamentos y legados.

Según Vasilii Kliuchevskii, del mismo modo que la ley rusa identificaba “al amo de la casa con la propia casa”, “el concepto del Estado se identificaba con la persona del Zar”. Kliuchevskii creía que Pedro el Grande, sin embargo, dibujó una clara distinción entre la idea abstracta del Estado y la persona del Zar.

En el siglo XVIII, Pedro el Grande trazó a menudo la distinción entre su patrimonio personal y el del Estado, declarando en varias ocasiones que incluso él debía servir a este último. Pero la idea quedaba desvirtuada constantemente por el hecho de que no dejaba de emplear los mecanismos personalistas tradicionales de dominación.

Con toda su cháchara sobre el Estado como ente, en la práctica y en definitiva lo veía también como su patrimonio personal, más que como un entramado impersonal y abstracto que se sostenía por sí mismo. Esto queda claramente demostrado por su insistencia en ocuparse personalmente sería el heredero del trono y por lo tanto su votchina. Las recientes investigaciones sugieren que la de Pedro era una distinción sin diferencias reales.

Incluso mucho más tarde, cuando se elaboró el censo de 1897, el Zar Nicolás II escribió khoziain (dueño, propietario) de las tierras rusas, como si se tratara de su patrimonio particular.

Historiadores tan diferentes como Richard Pipes y Geoffrey Hosking convienen en que el sistema zarista era un régimen patrimonial. Por supuesto, nadie pensaba que Lenin o Stalin eran dueños verdaderos del país y de su gente. Pero en un sentido muy real sus personas encarnaban el Estado.

Y volviendo una vez más al revelador, si bien arcaico y figurativo uso del lenguaje, señalaremos que los lugartenientes de Stalin se referían con frecuencia a él como al “Amo”.

En los sistemas patrimoniales, los cargos públicos se consideran representantes personales del gobernante, sus “domésticos” si se quiere. Como hemos visto antes, al menos desde la época de los mongoles, el lenguaje formulario de las peticiones incluía las palabras b’et chelom kholop tvoi, o “su obediente esclavo se postra ante Vos”. Al menos desde los tiempos de Iván III en el siglo XV, los saludos formales al príncipe poseían esta naturaleza patrimonial, refiriéndose al mismo como “amo” y sus súbditos (incluso los de más categoría) a sí mismos como “esclavos”. No está nada claro que los aristócratas de primera fila se consideraran realmente esclavos, y ciertamente eso cambió con el tiempo y no era más que una formalidad de la élite, pero lo que sí es cierto es que el resto de personas sí se tales (literalmente hablando)
Quizás debido al hecho de que Jrushev así lo denominó en su “discurso secreto”, el culto ruso clásico a la personalidad es el de Stalin.

A estas alturas poca necesidad parece haber de describir la intensidad (o la profundidad) a la que llegó este culto. “El Padre de los pueblos”, el “mejor amigo de todos”, “el ser humano más grande que ha hollado la planta de la tierra con su pie”, etc. etc., era el centro de un culto a la personalidad fabricado oficialmente. Comenzó con el quincuagésimo cumpleaños de Stalin en 1929, pero ya se había evidenciado mucho antes, por medio de una serie de publicaciones e imágenes con forma de iconos que ensalzaban a la “más grande y más brillante persona de la era contemporánea”, que ya aparecían muy a menudo.
Como en el caso de Lenin, el culto a Stalin también poseía un innegable componente de genuina adoración popular, pero con la diferencia de que éste último comenzó a fabricarse desde arriba, y fue resultado de una campaña política muy bien concebida y mejor gestionada.

La historia y las peculiaridades del término “culto a la personalidad” han sido analizadas en detalle. En su célebre estudio sicohistórico de Stalin, Robert. C Tucker era portavoz de muchos estudiosos cuando aseveraba que los orígenes del culto a Stalin radicaban en la propia imagen que tenía de sí mismo el dictador que padecía de complejos de inferioridad, y de megalomanía narcisista, y que por consiguiente sentía la necesidad por lo tanto de ser más venerado que los más cumplidos intelectuales bolcheviques de su generación.

Por otro lado, varios académicos han señalado que la relación de Stalin con su culto era, al igual que la de Lenin, no tanto cargada psicológicamente como “compleja”.

Tenemos una célebre anécdota (aunque tal vez sea apócrifa) que trata de una supuesta conversación de Stalin con su hijo, que le dijo “a mí no me pueden hacer esto ¡yo soy un Stalin!”. Se dice que Stalin le respondió, “¡Tú que vas a ser un Stalin desgraciado! ¡Ni siquiera yo soy Stalin!”, y señalando a su retrato dijo, “Stalin es ese tipo que sale ahí”. En otra variante del cuento lo que en realidad le dijo fue “Yo no soy Stalin y tú menos. Stalin es el poder soviético, Stalin es ese tipo que sale en los periódicos y en los retratos, no tú. Ni siquiera yo”.

Cuando se sometió a su consideración la publicación de su biografía oficial, Stalin manifestó que “El culto a la personalidad […] es perjudicial e incoherente con el espíritu de nuestro partido”. En 1940, escribió a Emelian Iaroslavski atacando a la gente que “quería promocionarse con lisonjas tan excesivas como asquerosas a dirección. Nuestro deber detener es erradicar sin piedad esa untuosa y vergonzante adulación. Las hagiografías baratas no son compatibles con la historia científica”. En otra ocasión, calificó la obsesión con los detalles de su vida cotidiana como “amarillismo vulgar”. Cuando un periodista soviético le envió una entrevista con su madre, el Secretario General escribió en el encabezamiento, “Yo no tengo nada que ver con ésto. Ni lo confirmaré ni lo negaré. No es asunto mío”.

Otra vez devolvió un manuscrito de una biografía suya con la anotación “bastante tengo ya como perder el tiempo con estas estupideces”.

Incluso aunque él también creía que los grandes hombres tenían importancia en la historia, en más de una ocasión Stalin describió ese culto al líder (como lo había hecho Voroshilov con Lenin) como una “teoría imperial”, y con ello quería decir caer en el error de centrarse en las personas y no en las clases sociales.

Escribió a una editorial (en una carta que sólo fue publicada tras su muerte) que un libro infantil que se pensaba publicar sobre él, “estaba repleto de hechos improbables, alteraciones, omisiones y elogios inmerecidos. Esas tonterías de los “héroes” y las masas dirigidas por ellos no es bolchevique ni menos marxista. Recomiendo que quemen ese libraco”.
En esto seguía los pasos de Lenin que siempre se mostró abiertamente molesto con el culto que se desarrollaba a su alrededor. “Ya me da vergüenza leer esos disparates […] exageran todo, me pintan como un genio […] como una persona fuera de serie. Hemos consagrado nuestra vida a la lucha ideológica contra la glorificación de la personalidad […] esas tonterías sobre los héroes ya habían quedado amortizadas. ¡Y de repente nos encontramos de nuevo con la más repugnante glorificación del individuo!”.

Pero a pesar de que personalmente el culto le resultara repulsivo, Lenin tampoco dejó de percatarse del aspecto pragmático del mismo y permitió que le hicieran fotos profesionalmente y convertirse en una mercancía más. Y lo mismo hizo Stalin. Como Lenin, a Stalin le fastidiaban los peores excesos del culto, pero al igual que su predecesor adoptó una actitud funcional y utilitaria sobre él. En una conversación privada con el escritor alemán Lion Feuchtwanger, rechazó el culto como un “necedad” que debido a la falta de preparación ideológica de las masas había que ofrecer a los obreros y campesinos para que constituyera una especie de fuerza unificadora. Por supuesto, esas expresiones de modestia y negación del culto mismo, pudieran haberse manejado precisamente para apoyar ese culto “El culto se negaba con palabras precisamente para poderse construir mejor bajo la cobertura de la modestia y la negación del mismo”.

Por otro lado, cuando Stalin renegaba del culto el público general no tenía conocimiento de ello; la mayoría de estas afirmaciones sólo se conocieron tras su muerte. No se podía permitir que nada manchara su imagen, en tanto que representativa del poder soviético. No es difícil apreciar los aspectos pragmáticos y funcionales que el culto poseía para el régimen. Al unir a Stalin con Lenin (como camarada de armas o mejor discípulo) el culto a Stalin le otorgaba legitimidad, respaldo e ideología.

Un académico escribió que el culto “puede ser comprendido mejor cuando se le contempla como una tentativa desesperada de movilizar a una sociedad aún bastante inculta y atrasada que no podía asimilar aún los presupuestos filosóficos de la línea del Partido”. También servía como un símbolo de unidad que ocultaba las divisiones reales que existían a la dirigencia y que brindaba a la población campesina otro Dios al que adorar.

Aunque sabemos bastante sobre la construcción de estos cultos, aún no disponemos un cuadro completo. El enfoque de Tucker en la propia imagen de Stalin como creador del culto difícilmente explica su aparente repulsión por el mismo cada vez que se aludía al mismo.

Tampoco puede explicar la aparición del culto patrimonial de los dirigentes del partido a todos los niveles. Esos dirigentes se convirtieron también en centros de sus propios cultos a la personalidad, y a menos que imaginemos que todo el aparato del partido sufría de un complejo de inferioridad crónico, o de un crónico narcicismo debemos buscar una explicación mejor.
Los enfoques que se centran en cómo y por qué un culto que resultaba útil evolucionó o fue fabricado por la élite para consumo de masas tampoco pueden abordar una de las cuestiones más importantes: ¿por qué funcionó tan bien en Rusia?
No basta con citar a Stalin “nos guste o no, la gente necesita un zar”. La pregunta es ¿por qué? Como hemos visto antes la respuesta parece tener mucho que ver con estructuras profundas de la cultura rusa en relación con la persona consagrada del gobernante. Hay una tentación de caracterizar estos cultos en pleno siglo XX como modernos porque estaban dirigidos a las masas en una era de política de masas, porque se usaban medios de masas, y porque el régimen burocrático que los fabricaba era laico.

Pero el antiguo culto al Zar, como los iconos, iba dirigido también a la gente común, y la vinculación carismática que conseguían no dependía de la religión. Los mensajes que remitían y la conciencia popular a la que respondían eran antiguos y arcaicos, por mucho que se emplearan imprentas modernas en vez de pintores solitarios de iconos o retratos.
De igual modo, los cultos de los dirigentes regionales, e incluso locales, reflejaban igualmente un gobierno patrimonial personalizado, y puede que también las vinculaciones carismáticas del culto a Lenin y Stalin. A principios de la era soviética estos cultos locales trataban de los dirigentes como patronos de las artes, amigos de la gente sencilla y patriarcas benevolentes, ubicándoles por tanto en un pedestal. Se celebraban Sus cumpleaños en la prensa regional y sus discursos se publicaban íntegramente, por sosos que fueran. En ciertas ocasiones esos cultos recibían duras críticas, que hemos podido conocer como consecuencia de la constancia documental de las mismas:

“Se suponía que el camarada Kuznetsov tenía que pronunciar un discurso en la asamblea. Se instruyó a todo el mundo de antemano para que se rompiera las manos aplaudiendo y prorrumpiera en vítores. Se elaboró una lista de consignas para que las gritara la gente […] a las 10:00, Savinov vio por primera vez a Kuznetsov entrando en el pasillo y corrió hacia el Presídium para decírselo a Kutirov, que empezó a repartir las consignas y gritó “larga vida al Camarada Kuznetsov!”.
En un curioso y revelador intercambio en Kara-Kalpalk, el Primer Secretario Aliev incluso se refirió a sí mismo en tercera persona, casi en la misma forma que hizo Stalin con su hijo cuando señalaba su retrato:

“Pankratov: Siempre escribimos al “Camarada Aliev” y te escribo como al jefe (vozhd) de nuestra organización del partido.
-Aliev: El Camarada Aliev no es responsable de eso”.

Con frecuencia, esos notables locales daban su nombre a localizaciones geográficas, consagrándose a sí mismos en el espacio físico.

Pankratov prosiguió: “Mira los barcos a los que se ha dado el nombre de Alexander Lunev, el cutter Grigorii Kvachv, considera las decenas de granjas colectivas a las que se ha llamado Aliev, o Saparov o Alimov o Kurbanov, Loginov y muchos otros. ¿Y qué decir de los interminables anuncios de éxitos?

En Daguestán, tenemos granjas colectivas llamadas Mamedbekov, Tagiev, Saidov. Incluso se les dan nombres de personas expulsadas del partido y luego se olvidan de cambiarlos. Parece que todo el mundo se cree que tiene derecho a que den su nombre a varias granjas colectivas. ¿Si un Secretario trabaja en un distrito durante cuatro años, por qué no debería tener al menos 4 granjas colectivas con su nombre?”

En Kazajistán, los retratos públicos del Primer Secretario del partido L. I. Mirzoian eran más impresionantes que los de Stalin. Cuando los alpinistas llamaron a un pico que habían coronado “Stalin” se les advirtió que le pusieran Mirzoian al próximo.
En Smolensk, el Primer Secretario I. P. Rumiantsev tenía pelotas muy diestros promocionándole y parece que le gustaba:
“Kulikov consiguió cambiar el nombre al Raion (distrito) Rumiantsev. Y eso no es todo. En el distrito impuso la práctica de que si alguien se olvidaba del nombre nuevo y usaba el antiguo tenía que pagar 5 rublos de multa. Además compró 500 retratos de Rumiantsev a 65 kopeks cada uno además de 20 retratos procedentes de Leningrado por 75 kopeks. Cuando llegaron los retratos de Leningrado, que había que pagar, llamó al secretario del distrito Ispolkom y le dijo que pagara. Se negó a pagar diciendo que era ilegal. En ese momento Kulikov le asaltó físicamente y le quitó su carnet del partido”.

Geertz señaló la relación entre políticos poderosos y carismáticos y los territorios que gobernaban. “Cuando los reyes viajaban por la campiña, participando en fiestas, dispensando honores, intercambiando regalos, o desafiando a sus rivales, dejan su marca, como si se tratara de un lobo o un tigre que deja su “aroma” en su territorio, es casi como si dejaran una parte física por allí”.

El Primer Secretario de Smolensk Rumiantsev, que no era tan modesto como Stalin, marcaba su territorio con su aroma al igual que un zar paseándose por su reino o un señorito que visitaba sus posesiones pavoneándose:

“Cuando Rumiantsev llegaba al distrito, le recibían los jóvenes pioneros en la frontera del mismo. Rumiantsev llevaba 25 rublos en efectivo, y arrojaba monedas a los niños. Los niños se arrojaban sobre el dinero en plan sírvete tú mismo. Cuando la gente decente señalaba lo indecoroso de esta práctica, Rumiantsev decía que “deben saber quién manda aquí”.

Estos cultos locales del primer secretario del partido constituían parte de la conformación de “círculos familiares”: clanes políticos y redes que se centraban en un poderoso personaje y que se basaban en el clientelismo y la protección recíproca.
Analizaremos estas maquinarias políticas locales por extenso más adelante, pero por ahora nos interesan más sus rasgos de culto. En la mayoría de los casos, la autoridad del funcionario local se derivaba según se decía, de su cercanía o amistad con Stalin, y esa vinculación se presentaba de muchas formas. En Daguestán:

“Organizaron un grupo musical, muy agradable al oído, una buena representación, algo bueno, pero no entiendo por qué había que llamarle la Banda Samurskii… ¿Qué cantan en la banda? Primero la internacional y después un himno a Stalin. Vale. Pero después del Himno a Stalin cantan un himno a Samurskii. Podían habérselo ahorrado”.

Por supuesto, hay una diferencia entre el culto carismático a la personalidad y el más secular culto dispensado a los dirigentes. Stalin era trascendente, tanto por su propio derecho como por ser el “ungido” sucesor apostólico de Lenin y Marx. Los sucesores de Stalin en la era soviética, que carecían del poder y la autoridad de su predecesor, confiaban en su cadena de sucesión apostólica de Lenin (en los casos de Jrushev y Gorbachov, saltándose al ahora ilegítimo Stalin, incluso cuando había sido largo tiempo lacayo suyo en el caso del primero) y en su ratificación por el Partido Comunista.

Hace ya mucho tiempo que los estudiosos observaron la caracterización de Stalin como el pupilo de Lenin, su leal seguidor, el continuador de la causa del inmortal Lenin, etc. También se le pintaba con frecuencia como “maestro” una imagen que no era incoherente con la de sucesor apostólico. Las famosas fotografías donde Stalin aparecía acompañado de Lenin como el “ungido” recuerdan a las de Nicolás II junto con su hijo Aleksei y se parecían mucho a las que se venden hoy en Moscú, en las que aparece Putin esquiando y conversando con Medvedev.

Los antropólogos han observado los aspectos universales de la autoridad carismática en diversos tiempos y lugares. Todos estos cultos a la personalidad o al liderazgo fueron controlados o manipulados deliberadamente, si no inventados, por grupos de líderes que tenían objetivos funcionales.

Esto se llevó a cabo a lo largo de siglos por medio de ceremoniales de coronación, rituales variados, la religión, mitos y anécdotas y fundacionales y, en que se parece más a los días en que vivimos, lo que ahora se llama “marketing”. En el caso soviético, la autoridad que traía el culto podía ser individualmente carismática y trascendente (Stalin), basada en la sucesión apostólica (los líderes posteriores a Stalin), fabricada por los medios de comunicación (Putin) y/o reproducida en niveles inferiores.

Como los cultos apostólicos, los que como en el caso de Putin se basan en la persona individual poseen asimismo un componente estructural: tienden a existir hasta cierto punto en todos los niveles del sistema, siendo la cercanía al líder supremo fuente de autoridad de los líderes locales. En el caso de los cargos públicos regionales en la época de la dirección de Stalin, Jrushev o Putin, la cercanía al líder hacía las veces de carisma personal.

En Rusia, la relación de los cargos públicos con sus superiores y sus inferiores siempre se daba mediante los recursos del patrón, las relaciones clientelares y los contactos personales. Esta antigua forma patrimonial de política era “completamente incompatible con el concepto de una autoridad regular fundada en estructuras institucionales estables”.

Las instituciones políticas eran, de hecho, instrumentos de poderosas personalidades. No hace falta ni mencionar que esta era la situación bajo el poder de Stalin. La política en la práctica es casuística, dependiente de las circunstancias del momento presente, y la realizan cargos que dicen ser representantes personales y amigos del supremo patrón. Rara vez se basa en unos estatutos o en un ordenamiento jurídico coherente y acabado. El sistema no se caracteriza precisamente por su adhesión a la ley o a los límites impuestos por la misma, fundándose en realidad en la conveniencia política, de forma que al cabo poco tiene que ver la autoridad con la asignación formal de un cargo. El culto ruso a los dirigentes resulta, por tanto, una manifestación de una comprensión cultural más difundida del poder político como algo personal o patrimonial y no basado en la ideología o en estructuras formales, institucionales o estatales.

Cuando Stalin participaba en debates sobre la ejecución o el cumplimiento de una política concreta, hablaba de personas, no de instituciones. Los cambios políticos dependían de encontrar la composición correcta de los cuadros necesarios, fundándose de manera un tanto promiscua agencias superfluas y aparentemente redundantes porque lo principal era quien trabajara en ellas, no las competencias que tenían según sus estatutos o reglas fundacionales.
Estas agencias no eran tanto instituciones como lugares para alojar a los más importantes plenipotenciarios de Stalin como herramientas del patrón en lo que pudiera disponer.

En teoría el Comisariado de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia podría haber llevado a cabo la colectivización a finales de 1920, pero estaba repleto de gente “extraña”. Se formó un Comisariado de Agricultura con personal compuesto por “nuestra gente”. La versión de la RSFSR siguió existiendo, pero la verdad es que era como si no existiera. Para cumplir las decisiones se trataba de mandar a “nuestra gente” a alguna parte para enmendar las cosas. “El papeleo no sirve de nada. O mandamos a uno de los nuestros para que se ponga serio o no hay forma de arreglar las cosas”.
Al fin y al cabo, la dirección bolchevique consistía en mandar a “nuestra gente” para que resolviera los problemas y no en procedimientos burocráticos sometidos a Derecho.. Que el poder político emana de la proximidad con los notables es algo que en Rusia posee una larga historia. Ya en la Kievan Rus del siglo IX, los principales depositarios del príncipe eran miembros de la druzhina, una palabra rusa que tiene la misma raíz que “amigos”. Los soldados del príncipe eran “su gente” (svoiliudi). El poder irradiaba de estos depositarios y soldados profesionales por su cercanía al príncipe. En el periodo moscovita, “las competencias y el puesto que uno ocupara en la administración no estaban necesariamente ligados, y los cierto es que durante siglos en general no tenían nada que ver”.

Era la por tanto cercanía al príncipe, cimentada por lo común por vínculos matrimoniales y de sangre lo que hacía brotar el poder político. El matrimonio del príncipe (más tarde el del Zar) era un acontecimiento político clave. El padre de la novia, sus tíos hermanos y primos barones entraban en el gobierno y ocupaban posiciones claves. La novia, si el príncipe o el zar habían alcanzado la mayoría de edad, no ocupaba posiciones de poder, pero era un contacto de proximidad con los miembros masculinos de su clan, que funcionaba como una red clientelista con significado político.

Si bien las redes de clan soviéticas se basaban más en los contactos que en el parentesco, algunas de las asociaciones del parentesco con el poder político sobrevivieron en el periodo soviético. Antes hemos leído a Stalin hablando de destruir “la parentela del enemigo, su familia”, y ese fue con frecuencia el caso cuando los parientes de un bolchevique arrestado también eran detenidos o al menos tenían que padecer un estigma permanente. La dilución moderna del parentesco y la política también explica la reacción de Stalin frente a la propuesta de matrimonio del hijo de Beria Sergo a la nieta de Máximo Gorki. En la Moscovia medieval, los matrimonios eran alianzas que afectaban la vida política de todo el clan y los jefes de los clanes emparentados concertaban, aprobaban o desaprobaban el matrimonio de importantes miembros del mismo.
Stalin pudiera haber sido un jefe de un clan boyardo cuando le dijo a Sergo que debido a la dudosa lealtad hacia el partido de la familia de Gorki, “veo tu matrimonio como un expediente para vincularte con la intelectualidad opositora rusa”, y preguntó a Sergo “si su padre había sido o no el inductor del inapropiado compromiso matrimonial”.

La más clara manifestación de cercanía como marca de poder político es el clientelismo, y existen pocas dudas de que las redes de clientes y patronos gobernaban la Rusia Moscovita. Los estudiosos de la Rusia medieval y de la Rusia de la temprana modernidad han demostrado que la pertenencia a un grupo de clientes, ya se basara en contactos de clan o en un juramento de lealtad, era mucho más importante que el estatus formal de la función o el cargo. Han demostrado asimismo la forma en la que la “cercanía, el acceso físico avalado por la sangre o por relaciones matrimoniales, en la mayoría de los casos, era tanto aval como objetivo de la actividad política”.

A la inversa, “el exilio decretado por el soberano era la expresión simbólica de una caída en desgracia, que también incluía castigos más tangibles, como la prisión y la confiscación de bienes. Los caídos en desgracia quedaban privados, se decía, de la visión de los “resplandecientes ojos” del Zar.

Poco cambió en el periodo imperial. La cercanía a personas de poder y el clientelismo siguieron gobernando el sistema político ruso, y es muy conocido que se dijo que era “un gobierno de hombres, no de leyes”.

Cuando Pedro el Grande reemplazó el antiguo sistema de nombramientos mestnichestvo con un “moderno” almanaque de rangos meritocrático, poco fue lo que en realidad consiguió a la hora de erradicar la importancia del clientelismo y la precedencia personal.

Ciertamente, desde comienzos del reinado de Pedro el Grande al final del siglo XVIII, prácticamente se puede seguir la pista de todos los nombramientos significativos para puestos elevados hasta llegar a dos redes de clanes, principales, los Naryshkins y los Saltykovs.

A pesar de la predilección por las reformas legales ilustradas que mostró nada menos que Catalina la Grande, “nadie parecía comprender claramente que las buenas leyes, por sí mismas, poco podrían hacer para mejorar la justicia y la eficacia gubernamental si la gente seguía organizándose en grupos clientelares, haciendo de de estos grupos su principal foco de actividad”. En el periodo imperial, la proximidad y el clientelismo siguieron dominando el sistema político, y la cercanía al autócrata, la “proximidad monárquica” era la medida del poder.

En el comienzo del reinado de Catalina la Grande en el Siglo XVIII, Nikita Panin observó:

“Los asuntos del gobierno quedaban determinados por la influencia de individuos concretos mucho más que por el poder de las instituciones del Estado”.

El siglo XIX contempló ciertas ocasiones en las que estaban en el aire reformas racionalizadoras y modernizadoras. A principios de siglo, el reformador liberal Mijail Speranskii se había hecho íntimo del Zar Alejandro I y concibió una reforma administrativa que estaba dirigida a implantar un sistema constitucional regido por leyes. Pero la resistencia de los conservadores, no obstante, condenó sus planes al fracaso. A medida que avanzaba el siglo XIX, se registraron numerosas tentativas de crear un Rechtstaat, un ordenamiento jurídico autónomo regido por normas y no por personas. También fracasaron, o en algunos casos las reformas fueron poco significativas porque, como sucedió con Pedro el Grande su idea del Estado como Abstracción no impedía que en la práctica lo considerara su patrimonio personal, y en el siglo XIX el principio tan arraigado de la autoridad personal destruyó cualquier otra concepción más moderna.

Catalina la Grande comprendió esto muy bien, y sus herederos lo aprendieron a la fuerza cuando se pusieron a jugar a las reformas y vieron posteriormente como las fuerzas conservadoras los aplastaban.

Hay pocas dudas de que en la Rusia moderna en general, y en el periodo de Stalin en particular, el poder y la autoridad se hallaban en función de la cercanía y los contactos con personas todavía más poderosas, no con las competencias del cargo que ocupara uno. Los miembros del Politburó gozaban de autoridad porque se sabía que Stalin los había seleccionado personalmente para trabajar con él. A la inversa, ser apartados de su presencia, de sus famosas cenas de recreo y de sus “resplandecientes ojos” significaba caer en desgracia y perder el poder.

Esa cercanía quedaba manifestada visual y simbólicamente en las ocasiones más formales, cuando eran fotografiados al lado del dictador. Regresando por un momento al mausoleo de Lenin, la imagen de los miembros del Politburó en pie sobre su tumba, pasando revista a los militares en días importantes, nos resultan bastante familiares.

Los expertos en el Kremlin solían estudiar los lugares donde estaban ubicados los líderes soviéticos con el fin de adivinar quien estaba escalando o descendiendo en la jerarquía. Para nosotros, sin embargo, tal vez sea menos evidente el mensaje semiótico que comportaba toda la escena, un mensaje añejo que casi con toda seguridad resonaba en el inconsciente colectivo ruso: mientras que los miembros del Politburó estaban en pie y observaban desfiles en los que se exhibían los misiles más modernos y tecnológicamente sofisticados, los miembros y descendientes del clan de Lenin estaban literalmente en pie sobre el cuerpo sagrado de su casi mítico progenitor, si bien con la mediación del frío marfil de la estructura moderna de Shchusev.

Es difícil imaginar un símbolo mejor del poder como algo personal y basado en la proximidad. Stalin estaba a hombros de Lenin. Los miembros del Politburó hacían lo propio pero también reforzaban su autoridad estando al lado de Stalin. Los cuerpos y las cenizas de los héroes soviéticos se encontraban únicamente unos cuantos metros más atrás, añadiendo su aura peculiar a la escena, y por lo tanto completando una conjunción simbólica espacial del poder como una función de una proximidad que era tanto física como apostólica.

Cuando falleció Stalin, su cadáver permaneció algunos años en el mausoleo con Lenin, e incluso cuando fue desahuciado, no quedó muy lejos y sus sucesores crearon una nueva línea de sucesión simbólica saltándose a Stalin y que se remontaba a Lenin. En ambos casos, lo que se exhibía era la permanencia del “Estado”, y la representación consistía en una constelación de personalidades y relaciones personales.

Dejando el simbolismo aparte, a menudo ciertos políticos con autoridad se convirtieron en miembros de ls cuerpos superiores como el Politburó, el Orgburó, el Secretariado, y el Comité Central, debido al reconocimiento, del poder personal que ya habían adquirido por medio de su cercanía a Stalin.

Gran parte de los políticos más jóvenes que frecuentaban el despacho de Stalin y eran miembros del Politburó con capacidad de decisión no llegaron a formar parte del mismo hasta el siguiente Congreso del Partido, que no era más que una confirmación de la autoridad que ya habían obtenido por su proximidad a Stalin. A. A. Zhdanov, N. I. Ezhov, y G. M. Malenkov son ejemplos de los años treinta. Ezhov ya estaba funcionando de hecho como un miembro del Orgburó antes de 1934, cuando su posición se “oficializó”. Malyshev, Patolichev, Pervukhin, Saburov, y Zverev también llegaron al poder antes de ser miembros formales del Politburó en los años cuarenta.

En una comprensión parecida del poder, los políticos de alto rango cambiaban el estatus de las organizaciones que dirigían. El poder y la autoridad fluían de la persona a la institución, y no a la inversa. Todo el mundo comprendió que la NKVD había sido “degradada” cuando su jefatura pasó de Beria, que era un miembro del Politburó, a Kruglov, que no lo era. Igualmente, en 1949, el Ministerio de Asuntos Exteriores perdió su estatus cuando Molotov, un miembro del Politburó, fue reemplazado por Vyshinskii, que no lo era.

En los niveles inferiores, se valoraba a los políticos según la percepción de “su cercanía a” (blizkii) o “su relación con” (sviazan), un superior, y esas palabras aparecen frecuentemente en documentos oficiales y no oficiales.
Cuando Aleksandr Radzivilovskii llegó a Ivanovo como nuevo director de la NKVD, su nuevo nombramiento no era por sí mismo suficiente para establecer su autoridad. Pero el personal del organismo consideró que Radzivilovskii era un” blizkii” de Kaganovich, que a su vez era cercano a Stalin. Por lo tanto había que obedecerle. Incluso cuando una persona recientemente nombrada no estaba, claramente, preparada para el puesto, la cercanía le confería poder y ello le permitía hacerse obedecer y respetar. En 1937, un profesor de educación física fue enviado a Ivanovo para ser director del Departamento Provincial Secreto de la NKVD. Y el mero hecho de que Ezhov le conociera bastaba para acreditar su autoridad.
Cuando en 1937 Stalin decidió destituir a poderosos jefes regionales del partido, no sólo lo hizo ordenando a la policía que los arrestara. La cercanía al jefe de clan provincial era la medida cotidiana del poder para la militancia de base. Su culto local ofrecía un símbolo cultural de ese poder. Tenía que ser explicada por lo tanto su destitución en términos culturales comprensibles, debiendo reformularse las percepciones del poder.

Que la NKVD te arrestara bajo la acusación de traición era, ciertamente, una explicación importante. Pero cuando los arrestos volaban en todas las direcciones, siembre quedaba algo de duda sobre en realidad eran culpables. Que la dirección anterior de la NKVD hubiera sido recientemente destituida en pleno, acusada de traición, poco contribuía a la hora de cimentar la absoluta credibilidad de los arrestos policiales.

También existían dudas sobre la persona a la que había que obedecer después de la caída en desgracia del dirigente local. Así que, en cada caso, Stalin envió a uno de sus socios más cercanos del Politburó en el aparato del partido (nunca de la policía o del ejército) para presidir una asamblea local del partido que debatía la destitución. Los íntimos de Stalin, Kaganovich, Andreev, Malenkov, Molotov, y Zhdanov eran emisarios particularmente activos. Como veremos más adelante, esta purga efectuada valiéndose de “visitas” de miembros de la druzhina del príncipe cumplían varias funciones.
Permitía que un representante del centro, al que no estorbaban los contactos o lealtades locales, separara los amigos de los enemigos, los miembros del clan enemigo y los miembros ajenos a éste.

Igualmente se cumplía de modo simbólico con la función de exhibición de poder personal y cercanía jerárquica. Un Grande llegaba, pronunciaba un discurso y ratificaba los arrestos de los dignatarios locales, participando en el debate que trataba de sus “delitos”. Pero la cuestión más importante es que se sabía que el emisario lo había mandado Stalin personalmente y que era íntimo suyo. Esa autoridad, basada como siempre en la proximidad a la persona, más que a la institución o a la constitución del país, siempre destruía la del antiguo jefe y constituía por tanto la ratificación final de la destitución. La cadena de cercanía, la propia comprensión del poder, que podría haber quedado hecho trizas con la súbita destitución del Grande local hasta entonces todopoderoso, quedaba reparada y restaurada: el poder personal manaba ahora del emisario de Stalin.

El culto al dirigente, en todos los niveles de la sociedad soviética, y las manifestaciones del culto a los dirigentes después de Stalin sugieren que hay “algo más” que está obrando aquí, algo más que las meras necesidades de la personalidad de un individuo; algo más que los líderes locales copiando a Stalin que se había hecho una imagen a semejanza de Lenin, de forma consciente, o que había optado sencillamente por un método de gobierno basado en la herencia de los clanes de su Georgia natal.

Sencillamente no sirve de nada imaginar que Stalin y a sus socios se decantaban de forma racional por un particular método de gobierno fundado sobre el culto personalista entre un menú con diferentes platos, o incluso que consciente optaban por el método el gobierno patrimonial. Stalin simplemente no copió a Lenin (o a Iván el Terrible) y los secretarios regionales del partido tampoco copiaron sencillamente a Stalin.

Si encontramos esta comprensión de la política y del gobierno de Riurik a Putin, en todos los niveles de la jerarquía y en todo tiempo y lugar, es que se trataba algo inevitable. Era la estructura profunda con la que siempre se había gobernado Rusia. No había modelos alternativos que tomar en consideración.

Durante muchos siglos, el patrimonialismo había tanta parte de Rusia como la propia rica lengua rusa. De forma metafórica, el patrimonialismo y los cultos que reflejaba constituían, ciertamente, el lenguaje de la política, y no había otra alternativa que hablar este lenguaje. En su práctica política, los sucesores de Stalin desde Jrushev a Brezhnev hablarían diferentes dialectos del mismo, que al final eran comprensibles tanto para la élite como para la la población. Cuando Gorbachov trató de cambiar la comprensión del Estado y la naturaleza de la práctica política, lo mismo les podía haber hablado en Swahili o en Chino Mandarín. Nadie entendía ni jota, y fracasó. Putin regresó a ese lenguaje familiar y aún sigue ahí.

Cuando analizamos detalladamente el patrimonialismo y el personalismo en el periodo de Stalin, y las cuestiones relacionadas de la estructura de las instituciones superiores del partido, de la asignación del personal del partido, y de la propia representación de los bolcheviques en tanto que élite, apreciamos claramente que los nombramientos personales constituían el núcleo del poder bolchevique y de la administración y que así se entendía en su tiempo (y en todo tiempo)
También vemos que los cuerpos dirigentes del partido eran siempre efímeras colecciones de personalidades que nunca consiguieron desarrollar una institucionalización reglada que permitiría a las instituciones proyectar sus normas, procedimientos y autoridad en veteranos actores políticos o influir en su comportamiento. Escaleras arriba en el TsK, la vaguedad institucional era del gusto de los dirigentes veteranos desde el principio. De hecho, importantes cuerpos como el Politburó y el Orgburó existían informalmente antes de su organización “oficial”, y seguían existiendo incluso cuando ya nunca se reunían. Estas corporaciones no eran tanto instituciones como marcadores o identificadores de agrupaciones de grandes cuyo poder era personal, contiguo y arbitrario.

“Escaleras abajo” en el TsK (la materia del próximo capítulo) el personal presionaba en pro de una racionalización weberiana y una burocratización despersonalizada, en la que el comportamiento se estructurara mediante procedimientos y reglas impersonales. Pero veremos cómo persistió el patrimonialismo y el personalismo, incluso cuando ya no existía la considerable influencia de la personalidad de Stalin.

_________________
Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


Arriba
 Perfil Email  
 
Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
 [ 16 mensajes ]  Ir a página Previo  1, 2

Todos los horarios son UTC + 1 hora [ DST ]


¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: CommonCrawl [Bot] y 1 invitado


No puede abrir nuevos temas en este Foro
No puede responder a temas en este Foro
No puede editar sus mensajes en este Foro
No puede borrar sus mensajes en este Foro
No puede enviar adjuntos en este Foro

Saltar a:  
Powered by phpBB © 2000, 2002, 2005, 2007 phpBB Group
Traducción al español por Huan Manwe