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 Asunto: La Práctica en el Estalinismo. Arch. Getty.
NotaPublicado: Dom Ene 08, 2017 2:40 pm 
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Prólogo.

Pasé más de 20 años de mí tiempo trabajando en la biblioteca y después en los archivos soviéticos y rusos estudiando la historia política de la época de Stalin. Como era común en aquello tiempos, varios historiadores y científicos políticos participaron en mi formación. Mis colegas y yo le hincamos el diente al clásico “Cómo se gobierna Rusia” de Merle Fainsod, y estábamos bien informados sobre las pirámides jerárquicas y las estructuras del “patrón de controles políticos”. Aunque mi trayectoria intelectual acabó por hacerme rechazar gran parte del enfoque que estas obras hacían del “totalitarismo”, seguía convencido de que existía una estructura racional y moderna en el poder soviético, representado en Stalin, y que el comprender la organización y la interacción de las diversas instituciones podría manifestar esa estructura, ni más ni menos que en los países occidentales y en mis EEUU natales.

He visitado Rusia todos los años sin faltar uno desde 1987, y, como buen historiador político, me enfrasqué en los libros, revistas y periódicos soviéticos, y cuando me fue permitido, en los archivos, tratando de encontrar la clave de esta sociedad extraña, pero aun reconociblemente moderna. Las trabas que me pusieron archivistas hostiles, reglas que echaban para atrás a cualquiera, cautelas disparatadas, y restricciones múltiples en el acceso a los materiales, acreditaban el notorio poder de prohibir de la omnipresente burocracia soviética un día detrás de otro. Para los que estudiábamos política, eso parecía confirmar todo el rato la relevancia de estudiar la historia de esa burocracia.

Pero para muchos de nosotros, había otras experiencias soviéticas y rusas que eran igual de importantes. Después del trabajo, disfrutaba de algunos momentos de esparcimiento con mis amigos rusos, pasando tardes y las noches en tertulias donde no faltaba comida y bebida, en esas estrechas cocinas de los apartamentos moscovitas.

Los fines de semana paseábamos por la ciudad y proseguíamos con nuestras curiosas conversaciones sobre nuestras respectivas sociedades. Tal vez por ser tan estresante mi labor, yo no dejaba de separar rigurosamente trabajo y placer.
En mi trabajo pasaba mucho tiempo con burócratas muertos tiempo ha; después de mi trabajo me mezclaba con gente muy corriente y muy vivaz. Durante mucho tiempo, estos dos círculos de “amigos” parecían no tener nada que ver, y eso que algunos de mis amigos eran militantes del Partido Comunista.
Y gracias a esos amigos, aprendí mucho sobre Rusia. Aprendí por primera vez lo que significaba ser parte de un grupo, de un clan, de un “nosotros”. Entendí lo importante (y lo cómodo que era) hacer favores informales a los miembros de mi pandilla, guardarles las espaldas mientras ellos me las guardaban a mí, y aprender los cientos de modos de apañar las cosas de modo informal (y a veces técnicamente ilegal) desde conseguir un paseo en coche, a adquirir un buen filete, comprar una televisión en color o mandar tu hijo a una buena escuela. En el clima de escasez soviético (y ruso después) esas habilidades y conexiones eran importantes tanto desde un punto de vista económico como moral, y más de una vez me encontré comiendo de lo fino con mis amigos, y eso que el café de mi barrio y la mayoría de las tiendas de ultramarinos estaban cerradas, de forma inexplicable.
En Rusia, uno con frecuencia hace amigos de forma secuencial, por redes. Mi primer colega de Leningrado me presentó a sus dos mejores amiguetes del ejército, que me presentaron a sus vecinos, que me presentaron a sus amigos de la dacha, y así sucesivamente.

Mi círculo consistía no sólo o siquiera en su mayoría de académicos. Como suele ocurrir con la gente de mi quinta, se reían hasta de su sombra, y cuanto más tiempo pasaba con ellos, más observaba como ponían en práctica tanta irreverencia. Pasaban gran parte del tiempo despreciando las normas, no ya burlándose de ellas, sino conculcándolas y quebrantándolas de forma tan descarada como entusiasta.

En sistema oficial, obtusamente concebido y de poca comodidad, navegar legalmente era tarea de titanes, así que todo el mundo aprendía a sortearlo. Uno compraba un carnet de conducir. Otro sobornaba a un policía para que le dejara en paz. Otro llevaba el coche a los suburbios por la noche y pronunciaba un santo y seña en un claro recóndito para obtener gasolina. En una economía sumergida tú empleabas los recursos que tuvieras basándote en la reciprocidad, la amistad y cualquier cosa que no fuera la ley. El quebrantamiento de lo oficial constituía su cultura, y tú ayudabas a tus amigos (y ellos a ti) a la hora de maniobrar en una suerte de sociedad paralela que intersectaba con la pública, oficial y preceptiva sólo de vez en cuando (y por accidente).

Esos comportamientos no son nuevos y los académicos y los periodistas han escrito largo y tendido sobre ellos. Pertenecen al mundo de las “prácticas informales”, que, dependiendo con quién hables, o subvierten el sistema o en realidad le ayudan a funcionar con más eficacia. De un modo u otro, el supuesto general, que yo compartía, era que la línea divisoria entre las prácticas sociales informales y las prácticas políticas formales era segura y pertenecía a la época de la burocracia soviética y de la escasez económica.

Pero cuanto más tiempo pasaba con mis amigos, menos clara me parecía Tal división. Poco a poco empecé a encontrar una convergencia sorprendente entre las vidas de mis bolcheviques muertos de los archivos y mis queridos y muy vivaces amigos. En mi conciencia ciertos recuerdos se manifiestan como catalizadores que dirigieron mi pensamiento en diferente dirección.
Durante un tiempo, a principios de los 90, trabajé de modo informal en una universidad rusa, siendo mi tarea fundar un laboratorio informático que empleara métodos cuantitativos en la investigación histórica.

Trabajaba para amigos, que trabajaban a las órdenes de catedráticos, que trabajaban a la orden de decanos, que trabajaban a la orden de vicerrectores, etc., en una estructura soviética muy típica. Pese a que esta esta lucha de titanes sobrepujaba en mucho mi humilde labor, me afectó inmediatamente a mí y a mis amigos. Me dijeron que tenía que dimitir inmediatamente “y a mi propia instancia”. ¿Por qué? Pues porque estaba ligado con alguien que estaba ligado con el cliente de un funcionario purgado. “Así funciona aquí” me dijeron. “Todo el mundo pasa por eso, ya puedes quejarte que no va a servir de nada”. Fui una víctima de la secular noción rusa de responsabilidad colectiva (krugovaia poruka, explorada en el Capítulo 1) y trajo a mi memoria las sucesiones de clientes que cayeron en desgracia en los tiempos zaristas o moscovitas cuando un boyardo notable o una familia perdían su posición. O cuando redes completas de personas, sin descontar el más ínfimo nivel fueron arrestadas cuando su patrón bolchevique decano cayó en la desgracia purgas de Stalin. Ninguna, ley, reglamento o circular contemplaba este enfoque de “arrancar todo desde la raíz”; era una práctica informal y una costumbre tanto en los mundos burocráticos que estudiaba, como en los no burocráticos, ¡y parecía trascender los siglos! ¿Podrían esos mundos operar según reglas diferentes?

Otro recuerdo que me viene a la cabeza es un paseo con mi amigo Leonid por la Plaza Roja poco después de la caída de la URRS. Leonid se tomaba a guasa mis estudios que consideraba “muy americanos” y por lo tanto, un tanto ingenuos. Ese día, al tiempo que caminábamos, le pregunté lo que pensaba del crimen en Rusia. Me explicó con paciencia que el “crimen organizado” era una expresión occidental muy peculiar. “¿Dónde hay tantas leyes, dónde está el crimen? ¿Cuándo todo el mundo paga a alguien a cambio de protección, quién es el criminal? No pensamos mucho en conceptos como el “Estado” o la “Ley” o el “delito” estos días. Tratamos de saber quién es quién y cómo podemos ir tirando”.

Después le pregunté sobre la famosa mafia Rusa. “¿Cuál?”, me respondió. “Veamos. En Moscú tenemos a la mafia chechena que se ocupa de las frutas y verduras. Si quieres hacer negocio, más te vale hacerlo con ellos o eres hombre muerto. Después está la banda de Tambov que domina la prostitución en la mayoría de la ciudad. El cometido de los chicos de Yaroslavl es la extorsión, y con ellos bromas las justas. Y lo mismo con las verduras; si quieres dedicarte a eso, o eliges la banda correcta o te van a hacer un roto”. “Oh” e hizo un gesto hacia el Kremlin: “allí también hay una mafia. Hacen política, y es la mafia más grande. Están armados hasta los dientes. Si quieres hacer política, hazla con ellos. El tema con esa mafias es que están muy organizadas y son secretas, y no te queda otra: o estás dentro o estás fuera”.

Desde el punto de vista de Leonid, no existían grandes diferencias entre lo oficial y lo informal. Había varias “mafias”, definidas como grupos reducidos de personas, delincuentes o no, que se protegían unos a otros. Cuando medité y cavilé sobre ello un buen rato, me di cuenta de que me había proporcionado la clave de cómo veían los rusos el gobierno, el poder y las instituciones.
Las instituciones oficiales no eran sino grupos de personas cuya fachada pública mejor que el resto a la hora de exigir obediencia a la gente. Pocas personas confiaban o incluso creían en las instituciones; creían en personas concretas.
Todo era personal. Había grupos y organizaciones dentro, fuera, y superponiéndose sobre la línea divisoria fijada entre Estado y sociedad.
La línea que separaba las prácticas formales de las informales era imaginaria. Eran lo mismo, y uno podría decir que las vetustas prácticas culturales informales en la sociedad también teñían el mundo oficial, y las leyes podían decir misa a este respecto.
Después de un rato, mientras continuaba, cual ratón de biblioteca, con mis archivos, comencé a preguntarme si esos cartapacios estaban, en cierto sentido, burlándose de mí. ¿Se estaba creando el Estado Moderno, como sospechaba Pierre Bourdieu, sólo a través de mi lectura del mismo? ¿Estaba leyendo al Estado como el Estado quería que yo lo leyera? Tal vez un poco de sociología reflexiva de Bourdieu venía a cuento; tal vez iba siendo hora de ser consciente de mis propias ilusiones, puesto que tales archivos, organizados por departamentos jerárquicos, en cartapacios que contenían documentos oficiales y que aparentaban ser lógicos y racionales, eran los artefactos de un Estado bien organizado y moderno, o eso creía. Pero cuanto más leía, crecían las dudas, sobre todo cuando hablaba con rusos que no estaban en los archivos.

¿Era realmente posible que un Estado Racional-Burocrático (ya no digamos totalitario) gobernara a millones de anarquistas decididos a reírse de él? ¿O podría ser en realidad que las prácticas vetustas e informales de la sociedad rusa contaminaban, se filtraban o incluso constituían la hechura básica de un Estado que fingía desesperadamente ser otra cosa? Si descorremos la cortina, veríamos que había escasa diferencia entre las prácticas formales e informales, entre lo tradicional y lo moderno. Tal vez sólo eran prácticas, al más alto nivel y al más bajo.


Otra conversación con otro amigo ruso me situó ante otra tesitura. Estábamos a principios de los 90. El régimen soviético había terminado, y estaba empezando a funcionar una suerte de mercado salvaje. Me parecía que el impacto del dinero iba a acabar también con la forma tradicional e informal, de clan, de apañar las cosas.

¿Después de todo, no acabaría con el nepotismo de la élite la caída del PCUS y la celebración de elecciones libres? ¿No estaría claro que tu puesto de trabajo o la escuela a la que mandarías a tus hijos no dependería de tus contactos? ¿No sería ahora el dinero el medio de acceso a las cosas y no los círculos de amigos?

Nikolai convino en ello, pero sólo hasta cierto punto. Gran parte de lo que llamaba “el espíritu colectivista ruso” permanecería para siempre. “Vuestro dinero no cambiará eso”. Sí, pensaba, el dinero desempeñará un papel creciente, pero aún dentro del universo de la práctica informal: como soborno. Las prácticas del mercado negro ruso se universalizarían. Ciertamente, sería más fácil conseguir coches y frigoríficos y más variedad de alimentos, en principio, pero sólo si tenías dinero. Si no, el viejo círculo de contactos seguiría funcionando. Y moviendo la cabeza hacia el Kremlin (cosa que los rusos hacen aunque estén al otro lado de la ciudad), dijo “por allí, nada cambiará. Nobles, zares y clanes siempre se portarán de la misma forma”.

Pasados unos años, tuve la fortuna de poder trabajar con un talentoso y experto grupo de investigadores en el archivo del partido en Moscú, que eran además amigos íntimos. Cuando comienzo un nuevo proyecto, es mi costumbre explicárselo delante de un te para obtener su consejo. Esta vez comencé explicando que quería estudiar las prácticas informales, el favoritismo y los tejemanejes en el periodo de Stalin. Me escucharon con extremada cortesía y atención, después fruncieron el ceño y empezaron a mover la cabeza. Estaba seguro de que hablaba bien ruso y que sabían lo que estaba diciendo.

Pero me dijeron que no entendían. Sólo en nuestra tercera conversación una de ellas vio la luz y dijo: “¡Ahhhh! ¡Qué hablas de la vida real! Pero si eso todo el todo el mundo lo sabe. ¿Qué clase de investigación es esa?

Creo sinceramente que lo es, y ahora creo que ellos también son conscientes de ello. Y espero que el lector esté de acuerdo.

CAPTATIO BENEVOLENTIAE.

Que no hace falta con un estudio tan fantástico.

FIN DEL PRÓLOGO.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: La Práctica en el Estalinismo. Arch. Getty.
NotaPublicado: Mié Ene 11, 2017 3:55 pm 
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Introducción.

No existe un alegato modernista más rotundo que el mausoleo de Lenin en la Plaza Roja. El diseño del arquitecto A.V. Shchusev es constructivismo puro. En la tradición de la vanguardia de “fin de siècle”, se encuadraba en el arte arquitectónico moderno de los años veinte y era notable tanto por su sencillez de formas como por su falta de ornamentación. Se trataba del edificio como máquina. No se encontrará rastro aquí de la ornamentación clásica, de los retratos, de la florida caligrafía rusa tan presente en los edificios y sepulcros tradicionales.
El único adorno de la fachada del sencillo zigurat de marfil y granito del arquitecto es la palabra “Lenin”, escrita en líneas tan pulcras como sencillas.

En tanto parte del conjunto arquitectónico de la Plaza Roja, el mausoleo resulta a primera vista, detonante, en el marco de la tradición rusa. Detrás se halla el Kremlin, una fortaleza del siglo XV flanqueada por torres levantadas al viejo estilo moscovita. Si volvemos la vista a la izquierda, contemplaremos la Catedral de San Basilio del siglo XVI. Y más a la izquierda, frente por frente con el mausoleo, los almacenes GUM, un típico mercado del siglo XIX. De nuevo, a la izquierda, contemplaremos el Museo de Historia, con sus tradicionales ladrillos rojos moscovitas.

Teniendo en cuenta lo anterior, esta tumba híper-modernista parece fuera de lugar. Pero esta combinación de modernidad y tradición de algún modo da resultado. ¿Tal se deba a nuestra familiaridad con el lugar? El Mausoleo de Lenin, con el célebre cambio de la guardia (hasta 1991) es una faceta de la zona y la disonancia arquitectónica es sencillamente parte de un paisaje familiar y acostumbrado. Pero en otro nivel esta obra tratará de argumentar que en la Rusia moderna la tradición se halla por todas partes junto con la modernidad, sin que siempre se vinculen en términos de tensión o conflicto.
Mirando más detenidamente el propio mausoleo, podemos observar la mezcla de capas diversas. En primer lugar, Lenin, el santo y la reliquia incorruptible, no fue preservado por fuerzas místicas, sino por la ciencia.

Nos encontramos con otra capa más cuando al encontrar alojado este objeto sagrado y arcaico en el diseño arquitectónico más moderno de esos tiempos. Una capa tercera, más antigua, se manifiesta cuando en las más sagradas ocasiones rituales, la dirigencia del auto-proclamado estado más moderno se congregaba sobre el cuerpo de Lenin, como si se tratara de jefes tribales rindiendo homenaje a un pretérito y legendario antecesor, con la modernidad arquitectónica interponiéndose entre ellos y el pasado. La materia de esta obra consiste en la forma en que esta mezcla de impulsos contradictorios da lugar a una síntesis política.

Lo que sigue es una colección de ensayos vinculados entre sí que tratan ciertas prácticas rusas de las élites, arcaicas e informales, tal y como se reflejan en las redes de los “clanes” y “círculos familiares”, en la oligarquía elitista concertada con la autocracia, y en una serie de prácticas menores, pero no menos llamativas que, tomadas en conjunto, uno podría tildar de tradicionales, neo-tradicionales, patrimonialistas o carismáticas.

Aunque nos centraremos en el periodo formativo Estalinista, de vez en cuando haremos incursiones en el pasado y en el futuro. Estás prácticas y tejemanejes poseen raíces que se remontan a siglos de historia rusa, y muchas de ellas están vivas y coleando hoy en día. Su permanencia nos llevará a preguntarnos sobre la continuidad de las “estructuras profundas” en la historia rusa y sobre las supuestas “líneas divisorias” en la misma, tanto en el pasado como en el futuro.
Este estudio no trata de ser el pionero en el énfasis en las políticas y prácticas tradicionales y personalistas en la historia moderna soviética. Pero los anteriores estudios se han caracterizado por ver las prácticas tradicionales o informales como alfo ajeno al sistema, con independencia del carácter burocrático o dictatorial del mismo.

Prácticas como el clientelismo patrimonialista se han visto como vestigios anacrónicos que se acabarían extinguiendo, o accesorios del sistema predominante y moderno, y de ello se infiere que, en su conjunto, el sistema burocrático seguía siendo eficiente o al menos tolerable. Tales accesorios se han pintado como una manifestación de un nivel de institucionalización “subdesarrollado” o “pobremente desarrollado”. Otras veces se han visto como expedientes deliberados para gobernar por los que se decantaban Stalin u otros dirigentes.

Todas estas interpretaciones comparten algo: todas ellas asumen que las prácticas arcaicas o personalistas algo ajeno o contradictorio con la esencia del Estado moderno. Se supone son elementos que con respecto al sistema administrativo moderno, se le suman, facilitando o entorpeciendo su funcionamiento, pero ajenos a él. El perro racional burocrático arrastra el vestigio de su rabo arcaico, rabo que dicho sea de paso está comido de pulgas.

¿Pero qué ocurriría si fuera el rabo el que tirara del perro? Este estudio apuntará a que las prácticas políticas arcaicas y personalistas fueron siempre parte integral del sistema; fueron su esencia, ciertamente, y no un paliativo externo, un vestigio o una contradicción.

No se trataba de una cuestión de permanencia o de reinvención en las distintas épocas. Se trataba de un sistema en sí mismo, de rancio abolengo y que aún existe al presente. En verdad, constituye el sistema, junto con algunos elementos racional-burocráticos. Y precisamente por su antiguo pedigrí, no suponía un menú de posibles tácticas de gobierno por las que pudieran decantarse en un momento dado los miembros del gobierno.

Es fácil desdeñar los distintos residuos “pre-modernos” como materias de estilo y no de sustancia, tal vez interesantes (o tal vez muy poco interesantes) El cuerpo incorrupto del canonizado Lenin, los iconos de Stalin que llevaba la gente en las procesiones, los rituales de las confesiones de un proceso en las purgas, o los ritmos catequéticos de la prosa política Estalinista, todo ello trae a la memoria épocas pretéritas. Otros ejemplos de prácticas arcaicas, tradicionales o pre-modernas podrían comprender:

-El énfasis en lo heroico, lo personal y lo voluntarista, no en la virtud cívica republicana.
-Una jerarquía, muy precisa, de títulos y recompensan que otorgan status (ennoblecimiento).
-Una “economía moral” basada en regalos y la gratitud y reciprocidad y no tanto en el dinero.
-Organizaciones carismáticas de notables, provistas de una cultura secretista y de sus propios rituales, por contraposición a las organizaciones igualitarias de una sociedad más abierta.
-Relaciones clientelares muy extendidas que reemplazan o soslayan las estructuras formales de asignación de puestos.
-La comprensión de la autoridad política como un patrimonio personal, que no se deriva de la asignación formal y legal de los cargos.

El espacio de esta obra no permite un análisis minucioso de todas y cada una de estas y otras manifestaciones de prácticas tradicionales. La mayor parte de esta obra se centra en el último elemento, la concepción patrimonial y personal del poder. Pero los demás elementos anteriormente enunciados reflejan, de un modo u otro, que el punto de referencia social son las personas, más que las instituciones. Una lectura descuidada de Max Weber o Karl Marx podría indicarnos que tales atavismos acabarían apagándose en el curso de la evolución hacia una sociedad moderna, racional y despersonalizada. Un enfoque funcionalista estricto apuntaría a las mismas conclusiones, pues en ese enfoque tales prácticas, debido a su inutilidad, acabarían extinguiéndose en un mundo en vías de modernización.

Por consiguiente creemos que vale la pena preguntarse la razón por la que estas prácticas han sobrevivido tanto tiempo en Rusia, en concreto porque algunas de ellas han sobrevivido y otras no. ¿Cómo se han adaptado o modificado en función de la influencia y exigencias de un Estado moderno?

Podríamos preguntarnos también si algunas de ellas poseen funciones que aún no hemos sido capaces de descubrir.
¿O podría ser que señalan o simbolizan estructuras culturales más profundas y atrincheradas que se resisten a esfumarse tercamente?

Considérese, por ejemplo, la presente continuidad de ciertas concepciones políticas muy antiguas, de prácticas y de discursos acerca del liderazgo. Aquí encontramos montones de residuo de las viejas prácticas. Incluso después de Stalin, el clientelismo de dirigentes como Jrushev, Brezhnev y Putin recuerda a patrones no ya sólo de la época estalinista, sino del siglo XIX e incluso de siglos anteriores.

En los años 90, el alcalde de Moscú decidió imponer el registro residencial y ya podía decir misa la nueva Constitución post-soviética, lo que rememora una práctica tan antigua como la misma Rusia: que la persona que tiene mando decide qué leyes se cumplen y qué leyes no se cumplen.

La batalla personal (que pretendía ser jurídica) entre los titanes Vladimir Putin y Mijail Jodorkovsky, recordaba la pugna de Stalin y Trotsky (tanto que Putin, como Stalin, tenía mucho interés en que la cosa no pareciera perdonar) y las reyertas entre zares, nobles y pretendientes.

El suceso del aplastamiento de la Duma a cañonazos por orden de Yeltsin, y la posterio redacción de una nueva Constitución bastante menos democrática, recordaba a Nicolás II disolviendo la Duma y reformando el sistema electoral en 1906, o la derogación de los fueros de Nóvgorod obra de Iván IV en el siglo XVI. Los retratos en los que aparecen Putin y Medvedev, que tanto se venden hoy en día en Moscú, recuerdan a las famosas fotos de Stalin al lado de Lenin y de Nicolás II con su hijo Aleksei, como recuerdan a todo tipo de representaciones genealógicas icónicas que legitiman la sucesión monárquica a lo largo de la historia rusa.

Por descontado, Putin no es un Zar y el Politburó no era nada parecido a la Duma de Boyardos de tiempos pretéritos. A los soviets les movía el marxismo-leninismo, no el cristianismo; era una ideología, en principio, transformadora, no conservadora. La rápida industrialización y el cambio económico en el siglo XX supusieron una increíble reestructuración de la sociedad soviética. Cambiaron de modo dramático tanto la ideología como la economía.
¿Pero qué sucedió con la política práctica?

La tesis de esta obra es que si se quiere comprender la práctica política rusa del presente, es necesario analizar minuciosamente cómo fue esa misma práctica a comienzos del periodo soviético. En la era posterior a la Revolución, que acabó dando lugar a lo que se ha llamado Estalinismo, ya estaban bastante asentados los fundamentos de la práctica política de periodos soviéticos más tardíos. Se rechazaron ciertas ideas y prácticas del pasado; otras fueron conservadas; otras ideas fueron rechazadas de forma categórica.

No hay que olvidar que los dirigentes de la Rusia de hoy son los comunistas de ayer y sólo se puede comprender cabalmente sus prácticas si se entiende que tienen una historia y se percata uno de la forma en la que fueron transmitidas y asimiladas por sus antepasados a principios del siglo XX. . Esta obra indaga la posibilidad de que los tatarabuelos de los dirigentes de hoy comprenderían perfectamente estas prácticas.

Por lo tanto, antes de que (de manera un tanto arrogante) desdeñemos las prácticas tradicionales como arbitrarios gustos personales de un montañés primitivo del Cáucaso, debemos investigar en alguna medida las tradiciones y preguntarnos si son meros residuos o parte integral de las estructuras de las prácticas modernas.

Una forma de conseguirlo sería analizar de forma profunda la práctica política soviética, suspendiendo nuestra fe en la marcha de la modernidad, y preguntando a la gente lo que hacían, si más ni más.

Nos guste o no, todos los científicos sociales somos “de Weber”, menos en la medida en que damos por sentado separar lo moderno de lo pre-moderno, siguiendo una trayectoria evolutiva que lleva del pasado a la modernidad. Todos aludimos con frecuencia a la distinción clásica enunciada por Weber de los tres tipos de autoridad: la autoridad tradicional (o dominación) se basa en la costumbre; las cosas se hacen y se justifican de modo explícito porque siempre se han hecho así. La autoridad carismática se funda en un jefe, un profeta o un héroe que se cree que posee una vinculación trascendente con un poder más alto. Cuando se imponen los intereses políticos personales y con el impacto de instituciones políticas más permanentes se puede “rutinizar” el carisma, ora en el caso de la autoridad tradicional, ora en la forma moderna racional-burocrática.

En el tercer tipo de autoridad, la legal-racional, la administración está sometida a Derecho, a deberes y competencias bien delimitados y a un sistema despersonalizado en que lo que determina el comportamiento de la Administración es el cargo, y no la persona.

Las instituciones burocráticas sometidas a Derecho garantizan la seguridad jurídica, con independencia de las personas que ocupen los cargos públicos, y existe una clara disociación entre la esfera pública y privada. La burocracia está repleta de jefes impersonales y actores reemplazables, con esferas bien definidas de atribuciones, jerárquicas o procedimentales. Funciona como una máquina.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: La Práctica en el Estalinismo. Arch. Getty.
NotaPublicado: Mar Ene 17, 2017 7:43 pm 
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En algún lugar entre los intersticios que se hallan entre las formas tradicionales y carismáticas, Weber abordó la autoridad patrimonial. El patrimonialismo es una forma de dominación tradicional en la que el modelo político se basa en la familia, dominada por un padre. Constituye el máximo exponente del personalismo en política; la persona se identifica o confunde con el Estado.

La administración y la burocracia no son más que pertrechos del gobernante en un mundo de “libre arbitrariedad. Si en los sistemas racional-burocráticos, un comportamiento se rige por sistemas racionales e institucionales, en los sistemas patrimoniales “el poder y la identidad de una institución se define por medio del poder y de la identidad política del líder”.

La tesis de este libro es que la política con Stalin tenía características patrimoniales. Volvemos a insistir en que no somos los primeros que sugerimos ésto. No obstante los anteriores estudios han tendido a aplicar este calificativo al caso especial de Stalin, a sus preferencias sobre los métodos de gobierno, o, contemplar todos los citados rasgos, al igual que las prácticas tradicionales, en general, como características anacrónicas o antitéticas a una institucionalización moderna propiamente dicha.

La materia de este estudio es el supuesto especial del patrimonialismo, de la personalización de la política, como algo que, al igual que otras prácticas tradicionales, fue un rasgo omnipresente del sistema sociopolítico. Si sobrevivió o prosperó a expensas de la modernización “más propia” o “más avanzada” que describió Weber y que se acabó implantando en occidente, es algo sobre lo que no nos vamos a pronunciar.

Lo que trataremos de demostrar es que se trata de un fenómeno que antecedió y sobrevivió a Stalin, y que éste, al igual que sus rivales, predecesores y sucesores siguieron simplemente la tradición patrimonial. Trataremos de mostrar al lector que en la medida en que se trató de un rasgo que definió prácticamente todos los aspectos de la vida política, y que continúa haciéndolo en gran medida al presente, es difícil que se tilde de un vestigio o de la antítesis del sistema burocrático. Aún existe.
Weber pensaba que en los sistemas burocráticos modernos, “en lugar de la vieja suerte de dirigentes movidos por la compasión, el favor, la merced y la gratitud, la modernidad exige para sustentar el aparato externo a un experto poco emotivo, y por consiguiente “perito y profesional”.

La burocracia debe despersonalizarse. Las personas deben “obedecer a la ley, con precedencia a las personas encargadas de aplicarla”. Vamos a argumentar que, siendo cierto que el sistema político y administrativo soviético cambio con el tiempo, esa concepción se ajusta de forma harto inexacta al periodo anterior y posterior a Stalin, cuando el sistema estaba todavía caracterizado por potentes elementos y prácticas pre-modernos; algunas cosas no cambiaron demasiado.

Weber señalaba que los tipos ideales que describía en la práctica casi siempre se presentaban amalgamados entre sí. Con todo, en consonancia con las ideas teleológicas sobre el progreso propias del siglo XIX, él, (y sus seguidores posteriores) contemplaron que se iba a dar necesariamente una evolución hacia una burocracia racional moderna y sus sucesores en las ciencias sociales, suscribieron sus tesis, al percibir una contradicción fundamental entre el desarrollo del Estado (deseable, inevitable, moderno) y las (atrasadas) prácticas tradicionales, neo-tradicionales o patrimoniales que ponían trabas a esa evolución.

Las “burocracias frágiles” son ambientes perfectos para que se desarrollen prácticas informales. Allí donde tales prácticas son dominantes, los Estados y las instituciones son “frágiles”, “poco desarrollados” o “decadentes”. Las prácticas tradicionales informales “socavan la planificación racional”. Impiden o ponen trabas a la “institucionalización”, y, en última instancia, son opuestas al Estado moderno.

Pero hay personas que han defendido que el camino hasta llegar al Estado “moderno” racional burocrático no puede ser tan directo, o que cabe dudar si existe algún camino en absoluto. Esta viejo sendero por el que se transita desde lo tradicional hasta lo moderno comprender diversas varias categorías y “etapas” de “Estados infra-desarrollados”. Esta clase de académicos muestra menos aversión a las prácticas informales, considerándolas como elementos potencialmente ventajosos que en realidad consiguen hacer funcionar más eficazmente el sistema institucional. Esos “ensambles” o “complementos”, en realidad perfeccionan las instituciones “racionales-burocráticas” y enmiendan sus deficiencias.

En ocasiones las relaciones tradicionales o personalistas pueden obrar como mediadores entre el centro y la periferia, como paliativos necesarios para engrasar la relación entre la burocracia y el pueblo. Muchas veces “las relaciones sociales informales son responsables de los procesos metabólicos necesarios para salvaguardar el funcionamiento de las instituciones formales […] nos encontramos con que por elegante que parezca sobre el papel la organización formal, no funciona a plena satisfacción, al menos si no se encuentran mecanismos informales para conculcarla cuando haga falta, como ocurría con la red de blat (favores recíprocos informales e intercambios) entre los gerentes de la industria soviética”.

Sea o no cierto que el clientelismo y otras “prácticas informales” tradicionales funcionen como mediadores o complementos funcionales, muchos científicos sociales no ven ya estas prácticas como elementos contrapuestos a la burocracia racional. Las prácticas tradicionales informales pueden coexistir con la burocracia racional en una gran diversidad de tiempos y lugares.

“Las relaciones entre patrono y cliente no necesariamente se desvanecen con el desarrollo económico o con la modernización política […] perdura la centralidad de las relaciones de patrones y clientes como forma fundamental de control social y de regulación de las relaciones institucionales”.

Esta obra analizará este enfoque, concebido originalmente para Estados subdesarrollados, aplicándolo al moderno contexto ruso.

Otros estudiosos han planteado ciertos paralelismos entre la Unión Soviética en sus primeros días y los estados en vías de desarrollo más avanzado el siglo XX. Los especialistas soviéticos que han estudiado estas cuestiones también se dividen en dos campos.
Para algunos, las prácticas personalistas evitan o ponen trabas al desarrollo de las instituciones y son por lo tanto enemigas del crecimiento y de la funcionalidad de un Estado moderno. El poder personalista contraviene directamente “la emergencia de una organización institucional mediante los mecanismos formales del sistema” y denotaba una institucionalización insuficiente o poco desarrollada.

Para otros, no obstante, de no ser por las prácticas informales completamente opuestas a las leyes, el sistema estatal no podría haber funcionado en absoluto. Estas prácticas, que incluyen el favoritismo, “la mediación” informal en la economía, etc. han sido consideradas elementos necesarios para el mejor funcionamiento del sistema (y para que la población pueda soportarlo).

En cualquier caso, la carencia de instituciones autónomas (y/o representativas) en Rusia se piensa que ha dejado campo libre a la autocracia y a políticas personalistas o de clanes.

Por su parte Stephen White distanció los tejemanejes políticos soviéticos de las teorías de Weber o Parson sobre la modernización teleológica, argumentando que la evidencia empírica muestra que la modernización política, el desarrollo de la democracia o de las instituciones representativas, no conllevan necesariamente la modernización económica y social.

Algunos científicos sociales, han acuñado recientemente el concepto de “neo-tradicionalismo” para explicar la aparente supervivencia de las prácticas arcaicas en un contexto soviético moderno. Ken Jowitt escribió que:
“La llamativa amalgama en las instituciones soviéticas de rasgos carismáticos, tradicionales y modernos, halla expresión en el lugar central que ocupa lo “heroico” […] la centralidad del Blat en las transacciones sociales, el carácter solapado de la vida política soviética y la organización de la vida sociopolítica en torno al kolektiv”.
En opinión de Jowitt, los elementos tradicionales y carismáticos fueron “ensamblados” o “reunidos” en un sistema aparentemente moderno. Después de todo, el presidente de la moderna URSS, Mijail Kalinin, era conocido como el “anciano venerable” de toda la Unión.

Debido al interés existente por la relación entre las instituciones formales y las prácticas informales, vale la pena examinar por primera vez con todo detalle esta vinculación en el decisivo periodo de la historia soviética, bajo la dirección de Stalin. Trataremos de llevarlo a cabo por medio de un análisis de algunos elementos importantes de la política soviética, pero sin anticipar su eventual desaparición ni minimizarlos, llevados de una ideología modernizadora.

La continuidad de prácticas arcaicas y personalistas hace surgir cuestiones de periodización. Sabemos que los bolcheviques, ciertamente, transformaron Rusia de forma tan radical como trascendente. Trataron de romper a conciencia con casi todo el pasado de la vieja Rusia. La autocracia política zarista, la dominación social de la nobleza, el poder de la Iglesia Ortodoxa, el estatus subordinado de obreros y campesinos, los cánones artísticos y culturales existentes, todo fue barrido. A muchas personas, tanto dentro como fuera de Rusia les parecía el amanecer de un nuevo milenio, no maniatado ya por la tradición y por todo aquello que refrenaba el progreso humano. Para los que vivían en esos días, se trataba de un maremoto.

Y del mismo parecer eran más tardíos observadores. La primera generación de especialistas soviéticos se centró en la nueva naturaleza de la dictadura, y el modelo totalitario resultante, con su foco exclusivo en el control jerárquico eficaz se mantuvo durante décadas. Aparecieron nuevos enfoques académicos en los años 70 que pusieron en tela de juicio la eficacia de los controles totalitarios y dirigieron el foco hacia la historia social.
Los estudios recientes sobre la subjetividad han formulado preguntas cardinales sobre la relación del individuo con el régimen, sin prestar demasiada atención a antiguos modelos políticos o de historia social. Estos estudios, con independencia de su tendencia o enfoque, convenían en que en la URSS estábamos viendo algo fundamentalmente nuevo y diferente. Incluso los estudiantes de la modernidad, que situaban la Unión Soviética en un marco comparativo de regímenes transformadores post-ilustrados, estaban impresionados por la novedad y escala del experimento soviético, como ahora con frecuencia se le denomina.

A los historiadores les encanta periodizar, y si bien suelen criticarse unos a otros con saña y encono, tienden a compartir las líneas divisorias de la era soviética, considerándose que cada una de ellas traía consigo una nueva era.

1917 fue el año de las Revolución Soviética, cuando llegaron al poder los bolcheviques. 1921 fue el fin de la amarga y enconada Guerra Civil y el comienzo de la viraje semi-capitalista de la Nueva Política Económica (NEP). 1929 contempló la derrota final de los rivales de Stalin por la sucesión de Lenin y el comienzo del periodo que lleva su nombre. También marcó el comienzo de la Revolución de Stalin, que, mediante la colectivización agrícola y la industrialización forzosa, controlada por el Estado, acabó tanto con el pluralismo como con el capitalismo y fijo el patrón que seguiría la mayoría del porvenir soviético. Supuso el fin de los “experimentales” años 20 y el comienzo de la Gran Retirada al conservadurismo social y cultural. 1937-1939 fueron los años de las Grandes Purgas en los que la generación de Viejos Bolcheviques fue reemplazada por “hombres nuevos”.

1941-1945 fue la época de la Gran Guerra Patriótica, con sus inimaginables secuelas de muerte y destrucción acompañadas de una efímera liberalización que feneció prontamente. Después la muerte de Stalin en 1953 y el comienzo de la “desestalinización” de los 50 y 60, en 1964 comenzó la era de Brezhnev, “el estancamiento”, que duró hasta la perestroika de Gorbachov en 1985.
El colapso del sistema a finales de 1991 fue la última de una serie de líneas divisorias que dieron comienzo a nuevos periodos. Estas líneas divisorias parecen deslindar esos periodos de forma tan dramática, que un especialista ha llegado a referirse a la historia soviética como una serie de sistemas diferentes.

Y es cierto que los años, 1917, 1921, 1929, 1937, 1953, y el resto marcan cambios importantes, incluso “líneas divisorias” en la sociedad, en el gobierno y en la ideología. Pero si empleamos las lentes de la práctica, del lenguaje, la semiótica, la cultura política y los supuestos, conscientes e inconscientes, podremos observar igualmente una serie de continuidades.

Hemos solido tomar las declaraciones de los dirigentes soviéticos y rusos por su valor nominal siempre que hablaban de rupturas. Incluso antes de las revoluciones de 1917, hemos identificado líneas divisorias que se corresponden con los reinados de los zares. Al hacer eso, hemos seguido la pista de los mismos zares. Como ha señalado Richard Wortman, “cada reino reanudaba la cadencia Petrina, comenzando con cambios enérgicos que pretendían demostrar algo, desacreditando de manera explícita o implícita a sus predecesores, lo que constituía una nueva visión de la perspectiva creativa del autócrata. […] El siguiente monarca sigue la dinámica simbólica, repudiando las premisas de sus predecesores”.
En los años de cada una de nuestras líneas de ruptura, cuando se produce un derrocamiento dramático del régimen, un cambio de dirigentes o ajustes políticos, los que estaban en posición de autoridad presentaban explícitamente el nuevo orden como la negación del anterior.

Para Lotman y Uspenskii “un cambio escatológico total” era la norma y cada nuevo periodo “debía ser orientado hacia una ruptura decisiva con el pasado precedente […] la estructura profunda formada en el periodo anterior queda preservada pero con nuevos nombres, en tanto que se preservan todos los contornos estructurales fundamentales de lo antiguo. En este caso, se crean nuevos textos mientras que se conserva el marco cultural arcaico”.

El discurso de 1917 era la denuncia de la Rusia Imperial. Stalin tenía que negar la NEP. Los dirigentes posteriores a la purga eran sucesores de los “enemigos”. Hubo que desestalinizar a Stalin. Brezhnev tuvo que denunciar “los planes descabellados de Jrushev”. Gorbachov a su vez negó el “estancamiento” de Brezhnev y Putin niega el caos de Gorbachov. Esta práctica refleja, como lo expresan Lotman y Uspenskii, la comprensión binaria tradicional rusa de los buenos (nosotros-ahora) y los malos (ellos-entonces) Estos binarios persistentes, que se presentan como discontinuidades, constituyen en sí mismos una poderosa continuidad cultural.

Emplearemos ahora una nueva lente para ver los “marcos culturales arcaicos” preservados y las prácticas, que parecen hacer muy poco caso a las mentadas líneas divisorias. Nos interesan los “textos” arcaicos a espaldas de los nuevos, en unas líneas divisorias que tal vez no “dividen” tanto como habíamos creído.

Por poner un ejemplo, la “Gran Retirada” de los años 20 hasta finales de los 30 se ha visto como la transformación por parte de Stalin de la URSS de una tierra de experimentación libre en los años 20 a otra en la que primaba un duro conservadurismo ruso, en materias que iban desde el arte a la educación a la política familiar. Aunque algunos académicos sí han cuestionado las caracterizaciones simplistas de las diferencias entre las décadas, es cierto que en muchos ámbitos si parecía iniciarse un nuevo periodo, especialmente en las artes y en la literatura. Gran parte de esta percepción puede provenir del hecho de privilegiar cuestiones culturales que suelen interesar a los mismos intelectuales que efectúan sus estudios.

Pero más allá de la dudosa suposición de que todo fue obra de Stalin (o que cualquier personalidad, no importa su talla, pueda transformar una cultura de ese modo) muchos aspectos importantes, como las prácticas políticas de la élite, no cambiaron. No hubo una retirada ni grande ni pequeña, en la praxis política, en el ámbito crucial de los medios de los que se servía la élite para gobernar el país. El clientelismo, la política basada en el clan, y la comprensión patrimonial personalista del gobierno, que los bolcheviques heredaron de la historia Rusa persistieron sin retiradas, avances, o demasiados cambios en los años 20 y 30 y aún mucho después.
Aunque la tendencia historiográfica claramente se ha centrado en las líneas divisorias y sobre ellas ha escrito y conformado su estudio, algunos académicos sí llamaron la atención sobre diversas continuidades. Hace más de 70 años, Boris Souvarine describió el gobierno de Stalin como “el atavismo histórico de la vieja Moscovia”. Más recientemente, Robert C. Tucker veía a Stalin como un nacionalista ruso a la vieja usanza que configuró expresamente la Unión Soviética sirviéndose de las formas arcaicas tradicionales.

Como Stalin admiraba a Ivan el Terrible, “copió” de él sus políticas y sus purgas.

Igualmente Richard Hellie escribió sobre tres “revoluciones de servicio” que fueron reacciones frente a amenazas enemigas y que se extendieron a lo largo de la historia rusa, en las que “los elementos continuistas son patentes”, hasta llegar a 1917. Una, en el siglo XVI creó un “Estado Ciudadela” defendido por caballeros al servicio del mismo. Una segunda, a principios del siglo XVIII, sometió a la población al Estado para fortalecer el ejército. La tercera, de 1920 a principios de 1930, buscó la modernización y creó una nueva clase de servidores del Estado en nombre de la Defensa Nacional. En cada revolución, un elemento clave (servidumbre, colectivización) sometió a la población a las necesidades de la élite. Y en cada ocasión, cuando la crisis había pasado, la nueva élite trató de retener el poder y sus privilegios pero acabó enfrentándose con problemas de legitimidad insolubles.

Para Robert Daniels, el “régimen político post-revolucionario en la URSS no sólo era compatible con la cultura política rusa sino que fue configurado enérgicamente a partir de ella”. V. A. Kozlov escribió sobre “las prácticas sociales arcaicas de la vida soviética, el pan de todos los días de la existencia social cotidiana rusa, que podía extinguir las olas de transformación política y económica”. Richard Pipes encontraba “inconcebible que en un solo día, el 24 de octubre de 1917, el curso de mil años de historia de un vasto y populoso país pudiera atravesar una transformación completa […] sólo si se considera a los seres humanos como materia inerte completamente configurada por el entorno puede tomarse en serio disparate semejante”.

Esta obra desarrollará estos puntos de vista mediante un estudio sistemático de las continuidades en la práctica política del periodo soviético. Otros académicos han buscado las continuidades, no en los gustos de un solo individuo, o en las elecciones estratégicas de una élite enfrentada a la amenaza militar, sino en una cultura más amplia y “profunda”. En un artículo muy influyente al que debe mucho esta obra, escribió Edward Keenan:
“La cultura política soviética […] volvió a implantar una serie de rasgos subyacentes de la cultura política tradicional que han caracterizado secularmente la cultura soviética rusa”.

Las élites políticas siempre se encuentran con problemas parecidos a la hora de gobernar. Tengan o no agendas ideológicas o transformadoras, para seguir en el poder deben mantener la estabilidad tanto ante amenazas extranjeras como ante desafíos al orden social en el interior. Deben conseguir controlar la población para evitar la revuelta y los desmanes, extraer riqueza de la misma con el fin de sustentar al régimen y a ellos mismos y movilizarla o forzarla en ciertos momentos, en tiempos de crisis o cuando se acometen importantes empresas a nivel nacional.

A lo largo de siglos, las autoridades rusas se enfrentaron a versiones especialmente severas de estas necesidades. La élite de Rusia siempre tuvo que enfrentarse a un entorno muy riguroso. Su posición en el principal sendero migratorio del mundo, la Gran Llanura Euroasiática, significaba que la invasión extranjera siempre estuvo ahí como una amenaza constante. Hasta el siglo XVI, las hordas nómadas de Asia invadieron repetidamente Rusia, y después de eso el país se enfrentó con invasiones provenientes de las grandes potencias del Centro y Norte de Europa. Defender un Estado poco vertebrado, con pobres caminos, comunicaciones deficientes y escasas ciudades fortificadas no era una tarea fácil. La mera supervivencia, aquí, pendía siempre de un hilo.

Desde el momento en que Vikingos armados impusieron su hegemonía sobre los eslavos en el valle del Dniéper en el siglo IX, la vieja Rusia fue gobernada por militares y un poder autocrático centralizado. Los viejos nobles y príncipes de Rusia eran los gloriosos caballeros armados que luchaban cuando se lo pedía el gran príncipe.
Organizados en redes proto-feudales de clanes y clientes, los miembros de la élite se juramentaron para armarse y luchar por su patrón. A cambio recibían la lealtad militar de sus subordinados, concediendo protección y auxilio a su vez.

En tiempos de paz, esta organización de caballeros se transformó, de forma bastante natural, en una oligarquía política y basada en el clan, como en otras partes de Europa. En Rusia, una clase creciente de príncipes y grandes familias de Boyardos competía por la limitada riqueza nacional (Rusia tenía pocos minerales susceptibles de ser explotados en la superficie y un suelo pobre) así como por el poder y la hegemonía política. Los clanes principescos y nobiliarios ascendían y protegían a los suyos, concertaban matrimonios útiles, amasaban y conservaban su riqueza y disputaban unos con otros con alianzas e intrigas constantes.

Un Estado ciudadela dominado por militares profesionales que competían por el poder y por los recursos escasos era la receta perfecta para la guerra civil y el caos. La Kiev de los Rus fue descuartizada por guerras fratricidas mucho antes de la invasión de los mongoles en el siglo XIII.

Cuando llegaron los mongoles, encontraron un batiburrillo de pequeños reinos pendencieros, gobernado cada uno por un pequeño príncipe respaldado por su clan y sus nobles boyardos tributarios. Una desastrosa guerra civil en el siglo XV vio como coaliciones rivales de príncipes y clanes se destrozaron todavía más, si cabe.

Una respuesta lógica al caos era un monarca, una figura unificadora que se encarnó en la persona del Gran Príncipe de Moscú, que gobernaría conjuntamente con los príncipes de menos rango y los grandes boyardos. Para la quisquillosa oligarquía boyarda, tal persona hacía las veces de un árbitro, un juez, que se necesitaba desesperadamente. Eran en realidad los más elocuentes a la hora de proclamar su poder de modo extravagante (e impreciso) refiriéndose a sí mismos como sus “esclavos”. En Rusia, una poderosa nobleza principesca y boyarda coexistía pacífica y provechosamente con un supremo autócrata. Al contrario que Luis XIII en Franca, el príncipe Moscovita nunca se enfrentó a un frente de aristócratas rebeldes.

El príncipe de Moscú se convirtió en un autócrata ungido y en el líder supremo teórico con lo que podríamos llamar hoy en día “culto de la personalidad” que garantizaba su legitimidad.

No había parlamento u otras instituciones rivales o límites a su poder, y esto convenía a la élite. Hacer del príncipe el único poder político legítimo salvaguardaba la unidad del Estado frente a la competencia oligárquica.

En Rusia, “el autócrata no actuaba políticamente como la rama monárquica del gobierno, luchando constantemente contra las corporaciones o instituciones; por el contrario gobernaba con su carisma, obteniendo una completa lealtad y favoreciendo a hombres selectos con los que tenía relaciones personales, como sus consejeros. Junto con los consejeros y los boyardos, el soberano gobernaba de forma patrimonial”.

El absolutismo en conjunción con la oligarquía supuso la respuesta estructural y funcional de Rusia a la anarquía anterior. La combinación también servía a la necesidad de mantenerse en el poder. La imagen de un monarca por Derecho divino en un país con una única Iglesia aportaba un vigoroso cemento social para la población, considerando especialmente las ideas patrimoniales de la política como algo personal y del Estado como la propiedad del gobernante.

El príncipe necesitaba a los boyardos, no menos que los boyardos le necesitaban a él.

A pesar de la adoración y de las ruidosas aclamaciones del autócrata y las resplandecientes ceremonias de la corte, entre bastidores la vieja Rusia tenía muchos rasgos de una poderosa oligarquía. Antes de la época de Iván IV, los clanes de boyardos en la corte gobernaban el país tanto como el príncipe. Un príncipe o zar moscovita se ponía en grave peligro si desafiaba poderosas alianzas de clanes. Un gobernante fuerte como Pedro I o Catalina II podía a veces imponerse e inclinar el equilibrio de poder hacia el trono. En otras ocasiones, las cosas funcionaban en sentido contrario, y las facciones oligárquicas de la corte podían dominar a un zar o zarina frágiles, como ocurrió cuando los nobles presentaron sus demandas a la Emperatriz Ana en 1730, tras su coronación. Podrían encontrar igualmente necesario desprenderse de un príncipe o zar problemático (como en los asesinatos de Iván VI, Pedro III y Pablo I) pero estas acciones concernían más a individuos concretos que a la institución del poder real. Por lo general el equilibrio se mantenía, y las leyes se promulgaban en el Consejo “por el príncipe junto con sus boyardos”.

Algunas veces el equilibrio de los monarcas y de los notables se desdibujaba cuando grandes personalidades ejercían influencia. En el siglo XVI, Iván IV el Terrible sentía que sus competencias y prerrogativas estaban siendo usurpadas por los poderosos clanes de Boyardos. Rompió las reglas del juego, “dimitiendo” simbólicamente como zar, para convertirse en un oligarca más, dejando el Estado a los boyardos que pretendían gobernarlo. Después desencadenó un reino del terror “privado” la Oprichnina, masacrando a sus enemigos en una caótica guerra civil que recordaba la del siglo XV. Irónicamente, al dimitir como monarca lo que quería era convertirse en un rey absoluto de verdad, no en una figura ceremonial o símbolica, recordando a los boyardos el caos y la anarquía que pudiere sobrevenir sin un monarca fuerte. Al final, la “gente de Moscú” (léase aquí los supervivientes que contaban, los boyardos) “le pidieron” que volviera, lo que hizo con poderes reforzados.

Las políticas de clanes de los boyardos en los tribunales, con las alianzas y competencias con otros clanes, y con el poder medido en función de la proximidad del clan al trono, eran todas personales y no ideológicas. Todo esto encajaba de modo muy conveniente como cúspide de una organización social campesina en los bosques, donde la familia patriarcal era la unidad social básica, y las familias se aglutinaban en unidades de aldea cuyos jefes patrimoniales se ocupaban de todos.

Como sucedía con la élite política Rusa de los tiempos tempranos, muchos de los elementos de la práctica política estalinista y post-estalinista pueden contemplarse como respuesta al entorno en el que se encontraron los bolcheviques y sus herederos. La Revolución Rusa y especialmente la Guerra Civil de 1918-1921 destrozó el país e incluso cuando las cosas se calmaron, había un miedo permanente a la anarquía, tanto en el país como en el interior del partido. La supervivencia pendía de un hilo, como siempre había pasado en Rusia.

Cuando los más destacados bolcheviques veteranos comenzaron a gobernar la nación, también se consideraban como la élite, como una corporación y un grupo privilegiado con una crianza aparte. Cerraron filas y crearon su propia cultura y sociedad interior, se casaron entre ellos, controlaban lo que consideraban el pensamiento aceptable y cazaban a los “herejes”, del mismo modo que habían hecho sus predecesores nobiliarios y clericales.

Preservaron los restos mortales de su fundador y guerrero carismático y lo expusieron para que lo vieran los plebeyos. Crearon un culto del monarca con legitimidad trascendental, para tener un árbitro, un símbolo político que pudiera camuflar sus maniobras. Cultivaron y protegieron sus propios clanes políticos. Para evitar el caos, encontraron necesario generar un equilibrio oligárquico-absolutista funcional y no muy diferente al que había presidido la sociedad rusa durante siglos. Y este equilibrio en general trataba de evitar el caos y la anarquía.

Los viejos oligarcas bolcheviques eran los más elocuentes a la hora de ensalzar al “monarca” Stalin y sus glorias. Como los clanes boyardos clientelistas de antaño, que se ocultaban tras una fachada resplandeciente de ceremoniales de la corte y cargos resonantes, los viejos nobles bolcheviques trabajaban en un riguroso y forzado secretismo, ocultando sus propias maniobras personales detrás de una fachada igual de resplandeciente: el poderoso Estado Soviético y su prudente líder.

Como les sucedía a sus antecesores, los bolcheviques, a pesar de su supuesto control férreo, tenían un temor crónico a todo tipo de amenazas. Mantuvieron a las ignorantes “masas oscuras” fuera de la política, salvo de forma retórica. Y como cualquier tipo de nobleza vencedora, eran una panda quisquillosa y pendenciera cuando de precedencias, intereses de clan e ideología se trataba. Como sus antiguos predecesores, como corporación al igual que ellos, temían las guerras intestinas en un entorno hostil que comprometía su disfrute del poder.

Siempre parecía pender la espada de Damocles sobre ellos. Una serie de resoluciones y críticas sobre la unidad del partido y la disciplina (cuya reiteración en realidad lo que atestigua es impotencia) no consiguió evitar “la oposición” y el “faccionalismo”. Lo que les convenía era la oligarquía patrimonial, presidida por un príncipe y operando clandestinamente.

Pero tales sistemas se han caracterizado históricamente por tendencias descentralizadoras y disputas por el poder entre el centro y la periferia, otro rasgo del Estalinismo (y del periodo soviético más tardío)

“Cuando esos cargos públicos se convirtieron en dignatarios locales que pasaron a organizarse como grupos de notables con estatus, pudieron prevalecer sobre el gobernante y sus subordinados […] el declive de la autoridad central también se ve potenciado por la distancia física de esos notables con respecto al centro de autoridad […] los gobernantes patrimoniales, no obstante, no aceptan tal fragmentación de su autoridad sin oponer resistencia”.

El equilibrio oligarquía/monarquía funcionó hasta los años 30 cuando Stalin se empezó a dar cuenta de que los clanes nobiliarios que le rodeaban empezaban a ser demasiado poderosos, y de que estaban gobernando como una verdadera oligarquía. Como un nuevo Iván IV luchó contra ellos de varias maneras para tratar de reducir su poder y aumentar el suyo.

Quería ser absolutista en la realidad, no sólo como mito o figura decorativa. Por último desencadenó su propia Oprichnina, las Grandes Purgas, en las que su clan fue a la guerra contra los demás. Y como Iván, Stalin encontró que uno podía matar jefes de clanes en Rusia, pero lo que no podía era matar la idea del gobierno patrimonialista de clan.

La solución bolchevique, esa combinación de autocracia y oligarquía posterior a la guerra civil, parecía recordar las componendas de épocas más tempranas. En ambos casos, las respuestas funcionales al caos eran combinaciones oligárquicas presididas por un líder supremo. En ambos casos, las élites nobiliarias se situaban aparte, manteniendo su “otredad” por medio de genealogías que conferían estatus, convenciones sociales, e ideologías autorreferenciales. En ambos casos, el entendimiento y la práctica de la política eran patrimoniales y personales.

Y en este punto uno podría decir ¿y qué? ¿No es un lugar común en la historia moderna que los revolucionarios comienzan con una gran misión transformadora para luego degenerar al llegar al poder y convertirse en burócratas privilegiados o incluso en élites hereditarias? Ciertamente, esta eran los rasgos que León Trotsky analizaba en la Revolución Rusa en su obra “La Revolución Traicionada” y no hay nada más cómodo que ver las secuelas de esa revolución como una variante bastante socorrida de la decadencia del idealismo o un caso más (de manual) de la corrupción del poder.
De modo parecido, un antropólogo o sociólogo, poco impresionado con la verborrea transformadora moderna adoptada por los bolcheviques, vería inmediatamente las funciones llevadas propias de la cultura específica auto-consciente de un grupo selecto.

Uno podría analizar el atraso relativo del desarrollo político y económico ruso a comienzos del siglo XX e imaginar que esas prácticas de la élite eran perfectamente adecuadas para esos tiempos y lugares, dijeran de boquilla lo que dijeran los bolcheviques. Una vez más, uno puede apuntar a muchos casos históricos en las que una élite auto-consciente y modernizadora emplea ciertas herramientas para efectuar una transformación. En muchos países en vías de modernización en Asia, África e Iberoamérica, el ejército lleva a cabo las mismas funciones. Educa, socializa, aporta una organización cohesiva, y se unge a si propio como el líder natural de la sociedad. A lo largo de la historia, todas las élites han hecho cosas parecidas.
Este enfoque no carece de mérito, entre ellos el énfasis en la función y la práctica, y un sano escepticismo sobre lo que dicen las élites (o incluso sobre lo que piensan) que están haciendo.

También insiste en analizar estas prácticas en sus contextos vivientes (o “campos” como lo denominaría Bourdieu) en diferentes momentos y lugares, en vez de asumir su auge y su caída según alguna profesada teleología o finalidad histórica. Pero la fortaleza de las continuidades en este caso, sugiere a nuestro juicio que existe aquí algo más profundo, que el funcionalismo sistémico. Cuando estudiamos sociedades a lo largo de prolongados periodos de tiempo, hallamos con frecuencia que las prácticas antiguas pueden haber sido antaño funcionales en su especificidad: satisfacían una necesidad particular.

Con el tiempo, cuando ya no existe la necesidad, siguen permaneciendo como parte de la cultura. De algún modo quedan incorporadas en el acervo general de prácticas, en la cultura social y política de la sociedad. Los caballeros del siglo XC de Richard Hellie con sus arcos y lanzas eran una respuesta a amenazas militares extranjeras. Después, en el siglo XVII, consiguieron mantener sus privilegios e incluso someter formalmente a los campesinos precisamente en el momento en que ya no tenían ningún sentido militar. Aunque ya no eran importantes como caballería, no carecían totalmente de función, como si fueran un mero vestigio, ya que se habían convertido en partes unificadas y significativas de la cultura y la práctica política.

Como veremos, lo mismo puede predicarse de los estilos arcaicos de redacción de cartas, de las medallas y premios, de la responsabilidad penal colectiva y de la política de clan, así como de una comprensión de la política personalista y no institucional o legal. Cuando un crudo e intencional (si fue así alguna vez) funcionalismo se convierte en parte de la cultura, allí nos topamos con la particularidad rusa.

Aunque nuestra materia de estudio no es el control social per se, las reflexiones de Pierre Bourdieu sobre el “hábito” parecen muy relevantes aquí. Un cierto comportamiento o serie de prácticas se convierte en parte de la estructura social incluso cuando ya nadie recuerda su propósito original. Las prácticas del hábito funcionan de un modo profundo e inconsciente. Esta “amnesia con respecto al génesis”, es parte de “rumbos de pensamiento y expresión”.

A lo largo de siglos, la simbiosis entre gobernante, oligarcas y sus clanes, el sentimiento de identidad oligárquica autoconsciente, una comprensión y una práctica personalista de la política, y el desprecio más profundo hacia una burocracia legalista dejaron de ser respuestas funcionales episódicas. La simbiosis entre el trono y la nobleza fue continua a lo largo de los siglos; las rupturas forzadas por Iván IV o Stalin eran sólo casos extremos de esta relación duradera. En algún punto en el tiempo, esta forma de gobierno tradicional dejó de ser una elección o respuesta consciente, si es que alguna vez lo fue. Perdió su carácter de causa y efecto y se amalgamó en una continua e inconsciente serie de prácticas y en una estructura duradera. Dejó de ser una respuesta funcional consciente o inconsciente a una situación y se convirtió en hábito, práctica familiar, y por lo tanto en cultura.

Otras estrategias políticas o formas de organización pueden ser más útiles o funcionales, pero las antiguas persisten. Los bolcheviques podían haber elegido herramientas de gobierno modernas y burocráticas, pero no lo hicieron. Para élites con aversión al riesgo, y da igual que sean príncipes o secretarios del partido, Bolcheviques o Boyardos, estas prácticas antiguas eran las que seguían por defecto, seguramente sin considerar amenazas concretas de un posible caos y escogiendo respuestas prácticas individuales. En términos de práctica, montaron las cosas de la manera que más natural les parecía. Esas prácticas eran reflejos condicionados de largo plazo o, como las llamó Edward Keenan, estructuras profundas de la política rusa. El funcionalismo no lo era todo cuando desde los dirigentes posteriores a Stalin hasta Vladimir Putin, que no se enfrentaban a nada parecido a la crisis del siglo XV o a la Revolución Rusa, se continuó con prácticas políticas cimentadas en estas estructuras profundas. En todo aspecto, desde el diseño del sepulcro de Lenin a las convenciones sociales y políticas, a la política de personal del partido, a las disputas entre el centro y la periferia, la práctica siempre tenía caracterísitcas clientelares, y la política, personales. Estas concepciones y prácticas estaban “incrustadas” en la historia rusa, y daba lo mismo cual fuera la ideología, religión o programa del Estado que se impusiera.

Es momento de hacer algunas precisiones. Algunos historiadores podrán hallar que este enfoque es en general temático más que cronológico. Este libro trata de mirar más allá del periodo de Stalin para encontrar precedentes y antecedentes, no aportar una narrativa continua de las prácticas políticas rusas, que sería un estudio diferente, (y mayor y más ambicioso)

Muchos de los precedentes que encontramos provienen del periodo moscovita, aunque tendremos ocasión de advertir continuidades también en el periodo imperial. Pero fue con el auge de Moscovia cuando fueron implantados muchos de los rasgos de la política rusa (un poderoso Estado militarizado, autocracia personal, la vinculación de los campesinos a la tierra, etc.), de modo que no parece absurdo investigar las prácticas políticas en el siglo XX (y XXI) a la luz de aquellas que predominaban cuando comenzó ese Estado. Otros han encontrado útiles esas comparaciones.

La comparación de Tucker de Stalin con Iván el Terrible y la descripción de Boris Souvarine del Estalinismo como una “venganza de Moscovia” son ejemplos de ello. Por supuesto, comparar prácticas en los años 30 con las de los años 20, para no mencionar comparar elementos de la Rusia Estalinista con la de la vieja Moscovia, corre el riesgo de hacer caso omiso de los contextos sociales, económicos y de otra índole de los diferentes periodos. Y con todo, si las prácticas políticas son muy parecidas en periodos muy separados en el tiempo, eso sería muy revelador en sí mismo.

Y no implicaría privilegiar la práctica por encima de la historia social, económica e ideológica; simplemente implicaría reconocer su autonomía con respecto a estas disciplinas.

Así, por ejemplo, no trataremos aquí de ideología porque queremos recalcar otros factores para equilibrar una historiografía que hasta ahora ha venido privilegiando la ideología y la cultura. Una de las razones por las que los historiadores recientes han venido pasando por alto los efectos de las “estructuras profundas” de la práctica rusa en el periodo soviético ha sido por poner el foco en la ideología moderna, tomando lo que decían los bolcheviques por su valor nominal, y considerando que de verdad eran modernos, incluso modernos sin precedentes.

Los estudios han analizado la URSS en términos de modernidad, como si compartiera muchos rasgos con las sociedades modernas contemporáneas en occidente, incluyendo las democracias europeas, la Alemania Nazi y los Estados Unidos después de la Primera Guerra Mundial. Todos tenían fuerzas policiales estatales que vigilaban a sus poblaciones. En todas partes el gobierno desempeñaba cada vez un mayor papel, que, en la tradición de la ciencia y la ilustración, trataba de planificar, contabilizar, controlar y en última instancia “perfeccionar” a las poblaciones basándose en una ideología moderna.

Aunque este enfoque aporta interesantes meta-intuiciones relativas, no explica tan bien elementos carismáticos y tradicionales en las costumbres y en la política soviéticas.

Una tesis de este libro es que esos objetos y prácticas que fueron originariamente funcionales, se convirtieron al cabo en partes “encajadas” en la cultura incluso cuando su función original quedó olvidada. Tales prácticas se convirtieron posteriormente en tradiciones o costumbres, que podían tomar la forma de nuevas funciones o simbolismos, una idea que no es nueva para los antropólogos. Y pese a ello, aunque este estudio debe mucho a los descubrimientos y a la teoría antropológica, en realidad es más un trabajo empírico, a la vieja usanza, basado en su mayoría en una lectura minuciosa de fuentes de archivo.

No se va a tratar de hacer una crítica en regla de la teoría social existente, y tampoco habrá numerosas referencias a la literatura al respecto. Algunos lectores hallarán este enfoque “poco teórico”, lo que es una crítica muy de moda a los trabajos históricos. Pero los lectores a los que les interese la teoría ya conocerán la voluminosa literatura y podrán aplicar la teoría a este estudio si lo desean. Otros lectores pueden leerlo como historia política sin tener que soportar (o ser distraídos) por una jerga teórica en ocasiones demasiado “abstracta”.

Ciertamente, los bolcheviques eran ideólogos hasta los huesos. Molotov nos cuenta que él, Stalin y otros miembros del Politburó tenían debates ideológicos en momentos íntimos. Para nosotros, estudiar la ideología marxista-leninista es un trabajo importante, como lo es su recepción entre los individuos que conforman la sociedad.

Aunque uno no observa que faltaran, precisamente, ideólogos y literatos profesionales soviéticos ejerciendo su apostolado para perfeccionar al ciudadano soviético, es bastante más raro encontrar tales preocupaciones entre los dirigentes supremos del Partido que trazaban las políticas, validaban o vetaban ciertas actuaciones, y creaban el discurso oficial y autorizado. Salvo por reflexiones ocasionales sobre la propaganda, Stalin y sus socios casi nunca discutían como transformar o perfeccionar a los ciudadanos.

Stalin y la élite del partido actuaban de modo más pragmático que ideológico. No nos equivoquemos, se trataban comunistas convencidos que hicieron lo que hicieron con el fin de construir una utopía comunista moderna. Pero alcanzar el objetivo final conllevaba una rápida industrialización, la colectivización agrícola, y cierta “construcción de un Estado”.

Pero lo que las fuentes muestran meridianamente es que las decisiones cotidianas que se tomaban en estos casos estaban sometidas por la necesidad de ayudar a los amigos, destruir a los enemigos, industrializar el país y sobre todo, seguir sencillamente en el poder, todo lo cual era ideológicamente justificado a toro pasado. Una ideología flexible puede a veces utilizarse para explicar reveses tanto en la estrategia, tanto en la táctica como en el método.

Sería un poco incauto caracterizar una época en cualquier país como “moderna” cuando tantas cosas siguen permaneciendo tradicionales y carismáticas. Una “ideología moderna” no es un aval de modernidad. Hay muchos ejemplos.

Corea del Norte tiene una población urbana mayoritaria (el 60%) Dos terceras partes de la población trabajan en la industria o en los servicios. Tiene unas fuerzas armadas gigantescas y modernas y puede lanzar cohetes. Otros elementos modernos incluyen una burocracia rígida y desarrollada y una ideología marxista-leninista. Y sin embargo en términos de su práctica política es una monarquía hereditaria en el que los cargos de primer nivel son nombrados patriarcalmente por el “padre”, “el tío”, “el hermano” y así sucesivamente.
Además, en Rusia, una ideología modernizadora y una serie de prácticas pre-modernas nunca fueron incompatibles y pueden ser deslindadas a efectos dialécticos.

El marxismo ruso mediaba entre lo moderno y lo pre-moderno y contenía elementos de ambos. La ideología marxista-leninista-estalinista podía ofrecer acomodo a esas antiguas creencias rusas como el culto sacramental de la personalidad del líder, la noción del gobierno como árbitro de la verdad inalterable, la creencia intolerante consistente en considerar la oposición como unos herejes pecadores, y la creencia utópica en el futuro milenio.

La ideología predominante no sólo podía acomodar, sino en realidad alentar, elementos contradictorios de clientelismo y venalidad, una jerarquía de dictaduras burocráticas y una concepción de la política fundamentalmente personalista. Todas estas y muchas de las prácticas y creencias abordadas anteriormente, eran componentes tradicionales y usos de la cultura rusa que se ponían al servicio de la modernización o que se seguían como normas o rituales “subterráneos y en gran medida inconscientes”.

Procede hacer algunas precisiones de orden terminológico. En las páginas que siguen, me referiré frecuentemente a los secretarios soviéticos provinciales del partido como nobles, barones, grandes, boyardos, y demás. Por supuesto, en cierto sentido, en sus orígenes de clase sobre todo, los viejos bolcheviques y los antiguos nobles rusos estaban en un mundo social aparte. Pero por motivos que explicaré en el primer capítulo, en términos funcionales sus prácticas no eran tan diferentes.

No soy el primero en realizar esa conexión. Como escribió Daniel Orlovsky de los funcionarios soviéticos, “aunque los hombres y su filiación de clase pueden haber sido diferentes, la estructura institucional, los patrones de organización y por encima de todo la naturaleza del clientelismo siguieron siendo sorprendentemente similares a los patrones que hemos observado durante los últimos años del antiguo régimen. También veremos similitudes en su concepción de sí mismos, en su reputación en la sociedad y en la práctica política de los cargos del partido que recuerda, más que de sobra, a la antigua nobleza.

Ken Jowitt escribió sobre “la disposición de los cuadros nobles del partido hacia los proyectos económicos”. Graeme Gill denominaba “Grandes” a la élite del partido, y “notables” que se creían “elegidos”.
También compararé las estrategias de Carlomagno, Luis XIV, Iván el Terrible y Stalin.

Una vez más, aparte de estar separados varios siglos, estos gobernantes no podrían ser más diferentes bajo muchos aspectos. Y con todo, sin embargo, si vemos que cuando se enfrentaban a situaciones políticas parecidas, llevaban a cabo prácticas parecidas, vale la pena estudiarlo. La práctica informa.

Reconociendo plenamente la estrecha especificidad del término “clan” para denotar “parentesco”, emplearé la palabra para describir lo que Merle Fainsod llamó “círculos familiares” de cargos públicos. Estas eran máquinas políticas que se aglutinaban característicamente alrededor de una personalidad dominante, en la que sus miembros se protegían los unos a los otros, se ascendían los unos a los otros, y gobernaban las cosas como una máquina de favoritismo.

Esos clanes políticos poseían muchas de las características funcionales de los viejos clanes rusos de parentesco que se remontaban a siglos: sistemas patriarcales de autoridad, políticas personalistas más que institucionales, responsabilidad colectiva (krugovaia poruka). Además, la palabra “clan” fue usada con frecuencia por los contemporáneos en el periodo de Stalin, y después de él, para describir círculos políticos de patronos y clientes. Y hoy en día es moneda común emplear el término para describir los círculos familiares con Putin.

No soy el primero en asociar estas maquinarias políticas soviéticas con los antiguos clanes rusos basados en el parentesco. Hace 50 años, los “círculos familiares” de Fainsod eran un término bastante sugerente. Edward Keenan escribió que dentro del partido comunista, “los canales de poder informal y de influencia son los que operan, los que vinculaban tradicionalmente a los miembros de un clan o cliente o grupo de patronos”, y hablando de los boyardos moscovitas, “la cercanía a personas poderosas, más que detentar un cargo, era tanto la garantía como el objetivo de la actividad política […] sucesivos anillos exteriores estaban compuestos de grupos clientelares y de otras comunidades de miembros de círculos interiores […] en los tiempos modernos, iban a convertirse en grupos de interés y burocráticos”.

La comparación de la burocracia soviética con grupos de interés también era común en esos días. Como dijo Stalin “tanto en el centro como a nivel local, las decisiones se toman, no de forma infrecuente, de modo familiar, de andar por casa, por decir así”. En una reunión del Comité Central A.A Zhdanov y otros denunciaron el “compadreo” (semeistvennost’) cuando todo se decidía a puerta cerrada por pequeños grupos que compartían intereses comunes, entre ellos la auto-protección. Stalin estaba de acuerdo, y dijo “es un trata” (sgovor).

Los estudios que tratan de detectar las prácticas informales en la alta política, especialmente en una sociedad caracterizada por las relaciones personales, el secretismo y las tradiciones orales, se enfrentan a problemas con las fuentes. No obstante, con la debida consideración a problemas de sesgo, uno puede encontrar perlas por todas partes.

Este estudio se centra en el Partido Comunista Soviético, el grupo dirigente político y se basa en los archivos. Nuestras fuentes principales provienen del RGASPI (Rossiiskii gosudarstvennyi arkhiv sotsial’no- politicheskoi istorii), el archivo del antiguo PCUS. Concretamente las colecciones de archivos del Politburó, el Orgburó, y el Secretariado, junto con los archivos principales de Stalin y sus más destacados lugartenientes, Kaganovich, Molotov, Zhdanov, y Ezhov.

A pesar del modo posiblemente engañoso en el que se presentan ante nosotros como reflexiones documentadas organizadas de una estructura ordenada (que podía existir o no), aportan un voluminoso registro del funcionamiento del Partido Comunista. Como otras fuentes, deben ser empleadas con cautela, y, tiene que decirse, no sin ocasional aburrimiento. Uno puede leer cien páginas de rutina formal del Orgburó antes de encontrar documentos que abren un poco la ventana y nos dejan atisbar en el interior. Cuando una materia rutinaria por alguna razón se convierte en una cuestión importante o en una investigación (que no era poco frecuente) se abre una ristra de papeles que nos muestra quienes eran los jugadores y cómo funcionaban las cosas realmente entre bastidores.

Para poner otro ejemplo, en varios momentos en el periodo Estalinista, un discurso antiburocrático de Stalin o algún escándalo nacional abría una ventana discursiva en la que, al menos hasta que esta se cerraba, podemos ver a cargos del partido y a militantes, desde la cúpula hasta la base, hablando con franqueza sobre cómo funcionaba la política realmente sobre el terreno. Además, si podemos encontrar pruebas de prácticas informales y tradicionales en una fuente que pretende representar una burocracia racional, esto significaría algo por propio derecho.

Si el Mausoleo de Lenin puede leerse como una suerte de texto que combina mensajes antiguos y modernos, podemos ver entonces la misma fusión, o continuidad, en una variedad de prácticas soviéticas. Legados intrigantes se encuentran por todas partes, incluso en la propia experiencia de uno, en cuanto se empieza a pensar en ellos. En los tiempos moscovitas “grandes dificultades también se oponían todos los extranjeros que querían entrar en Rusia. Los guardias fronterizos tenían órdenes estrictas de expulsar a cualquier extranjero que no tuviera la debida licencia […] incluso aquellos que poseían la documentación necesaria sufrían muchas limitaciones en lo tocante a su lugar de residencia y a la duración de su estancia”.

Los que trataban de obtener visados para visitar la URSS o hasta hace poco la Rusia post-soviética reconocerán esta tradición. Los lectores de más edad recordarán también que cosa más audaz, y hablamos de época tan tardía como el gobierno de Brezhnev, era que un colega soviético invitara a cenar a un extranjero. Igual sucedía en épocas pretéritas, cuando los “se desalentaba el contacto de los nativos con los forasteros: todas las conversaciones entre los rusos (moscovitas) y los extranjeros exponían a los anteriores a serios recelos no sólo en lo tocante a su lealtad a la religión y tradición autóctona, sino también a sus instituciones políticas”.
Este capítulo analiza una selección, tal vez ecléctica, de tales prácticas y comportamientos, que sugieren la continuidad de las “estructuras profundas” de las prácticas rusas y de la personalización de la política.

Analizaremos las implicaciones de la redacción de cartas, de los premios y medallas y el valor de la responsabilidad colectiva y de los roles sociales de la élite. Todas estas prácticas tienen raíces profundas en la cultura soviética y de forma consciente o inconsciente continuaron durante el periodo soviético y después del mismo.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: La Práctica en el Estalinismo. Arch. Getty.
NotaPublicado: Jue Ene 19, 2017 6:50 pm 
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Capítulo Primero. Lo viejo y lo nuevo.

“Una cultura viva siempre hace surgir nuevos sistemas y textos funcional y estructuralmente novedosos. Pero, y esto es lo importante para nosotros, no puede dejar de contener en sí misma un residuo del pasado”.

—Yuri M. Lotman y Boris A. Uspenskii, 198

Los Textos.

Comenzaremos analizando los textos y géneros no oficiales. A lo largo del periodo soviético, los ciudadanos solicitaban ayuda y reparación de agravios en cartas dirigidas a las autoridades, Los archivos de Stalin, Kalinin, Molotov y otros están repletos de estas cartas, que con frecuencia incluyen una “resolución” por parte del interpelado. Pero aquí, no obstante, nos menos nos importa el resultado de la queja que su redacción, género y contenido.

Siglos antes de la llegada de los bolcheviques, los rusos habían escrito (o pagado a un amanuense para ello) peticiones a personas poderosas en las que se solicitaban mercedes o reparación de agravios. Claramente se pueden discernir formas rituales que muestran el clientelismo y la concepción patriarcal del poder en las misma. Conocidas como chelobitnye, literalmente “golpear el suelo con la frente”, esas peticiones seguían muy de cerca formas tradicionales y elementos retóricos comunes.

Se trataba de arengas que los inferiores dirigían a los poderosos, donde se conjugaba la adulación de la figura autoritaria con la súplica, con un tono despreciativo para con uno mismo. Los rusos parecen haber adoptado literalmente la expresión de “golpear la cabeza contra el suelo” que una ceremonia cortesana con los mongoles, que a su vez la habían tomado prestada de la antigua práctica China de la época del primer emperador mongol de China, Kubilai Jan. El Chelobitnye es un calco el ke-tou chino, o kowtow, literalmente, golpear la cabeza contra el suelo.

Las cartas poseían una estructura tripartita. En primer lugar, un exordio formulista saludaba al interpelado y presentaba al peticionario. En la segunda sección se enumeraban las peticiones o agravios del peticionario, y en la tercera parte se impetraba su auxilio o intercesión.
La primera sección introductoria estaba fijaba prestamente la relación entre el escritor y el lector.
Era corriente un panegírico del poderoso que se conjugaba con la humildad del peticionario, que se identificaba siempre como “esclavo suyo” o “el huérfano que le pide”

“Al Zar, Señor y Gran Príncipe Aleksei Mijailovich, Gran Soberano de todas las Rusias, padre, el huérfano Tarasko Mikiforov se inclina ante Vos”.

La introducción constaba de una disculpa por haber importunado al destinatario con los mezquinos problemas de un esclavo.

La segunda sección, de lejos la más prolija, contenía la queja concreta. Sus elementos narrativos comprendían una sarta de desgracias e injustas fechorías de sus ofensores. Se exageraban las mismas para intensificar la magnitud del sufrimiento del peticionario y presentar a los villanos en los peores términos posibles. En los casos en los que se pedían favores sin culpar a otros malhechores, la sección consistía en interminables relatos de desgracias acompañados de las más exageradas lisonjas hacia el poderoso.

La sección tercera y final contenía la petición de intercesión, que muchas veces incluía una persuasión adicional para predisponer al señor a hacer merced al peticionario y demostrar la rectitud del amo.

Encontramos aquí también alguna expresión de los motivos de la petición, pues la intercesión podría redundar en la causa de la justicia, en una cierta ventaja para él señor (un resultado favorable “me permitirá continuar sirviéndole”) o más frecuentemente una simple apelación a su merced.

Golfo Alexopoulos ha mostrado que existían dos “estilos de presentaciones” en las cartas de la era soviética que se dirigían a los jefes bolcheviques. Una era característicamente soviética, en el sentido de que el peticionario empleaba un lenguaje oficial con términos formales y convencionales y formulaba su petición basada en criterios “soviéticos” como la clase y el trabajo útil para la comunidad.

En la otra, que llamaba “el lamento ritual” uno se presentaba como un completo desgraciado. Como pasaba con los antiguos rituales griegos de lamentaciones en tiempos de luto, se trataba de sollozos por el propio destino. En el lamento ritual se presentaba uno como víctima de circunstancias penosas, de injusticias, o de la simple mala suerte y como persona digna de compasión, con flaquezas e indefensa.

Existen ciertamente diferencias entre los distintos tipos de cartas soviéticas, que dependen del autor y del tipo de petición. No obstante existen llamativos paralelismos y continuidades entre las cartas antiguas y los dos tipos empleados por los ciudadanos soviéticos, ya fuera en el lenguaje político o en el lenguaje más personal. Las cartas soviéticas se presentan en una variedad de estilos y fórmulas lingüísticas. Algunas de ellas resultan directas e institucionales; las cartas a diarios y revistas se encuadran en esta categoría. Pero la gran mayoría de las cartas escritas a personas reflejan y manifiestan una comprensión patrimonial del poder. Stalin es “el dispensador de todo bien”.

En primer lugar, podemos señalar que el mismo acto de pedir a una persona importante delata una comprensión personal del poder, con independencia del siglo en que se efectuara la petición. Aunque los ciudadanos soviéticos podían apelar a la administración formal y a la justicia ordinaria, y de vez en cuando lo hacían, su primer reflejo era el mismo que el de sus antepasados: escribir a un poderoso. Lo hacían porque no se podía conseguir nada por la vía burocrática o porque ni siquiera lo habían intentado. El poder era personalista, como siempre antes. El cargo importaba poco, lo que importaba era la persona y la influencia que se pensaba que tenía.

Otra implicación de la personalización de la política es que la gente trataba de evitar la burocracia y los canales formales en la medida de lo posible. Los modos informales de lidiar con el sistema se percibían como más naturales, simples y eficaces.

Pero la importancia de lo personal frente a lo burocrático-administrativo tenía un alcance superior a las meras prácticas de los ciudadanos comunes. Radicaba en el núcleo del propio sistema político que había existido luengos siglos.

La estructura de las cartas de la era soviética era prácticamente la misma que la de las del siglo XVII y la de tiempos aún más alejados en el tiempo. La gran mayoría de las cartas dirigidas a personajes, conservadas en los archivos, están dirigidas bien a Mijail Kalinin (Presidente del Comité Ejecutivo Central de los Soviets, después, del Soviet Supremo) y a Stalin.

Kalinin era la opción más clara en su condición de Jefe del Estado Nominal. Igualmente relevantes eran sus orígenes campesinos y su apodo “El Anciano de la Unión”; durante toda la historia rusa uno iba a pedir el consejo del anciano de la aldea. Al menos de manera simbólica, los plebeyos escribían al anciano de la aldea, y en algunos casos los peticionarios empleaban en familiar “ty” (tú) y no el usted, como el trato entre aldeanos exigía. En el caso de las cartas enviadas a Stalin (y también en muchas enviadas a Kalinin) se llamaba al poderoso destinatario “padre” muchas veces. La introducción elogiaba al lector e identificaba al peticionario como “un pobre hombre”, estableciendo de este modo su condición de suplicante y reconociendo el poder del destinatario. Incluso todo un ganador del Premio Stalin seguía las formas patriarcales:

“Querido Camarada Stalin. ¡Padre mío! Te escribo esto con todo mi corazón ensangrentado. Todas mis esperanzas están puestas en ti”.

Una mujer corriente de una granja colectiva escribió:

“Querido y amable Iosif Vissarionovich. Padre amado, he llegado a una situación tal que no me ha quedado otra que dirigirme a ti con una sincera petición para que desvíes tu sufrida atención durante un segundo, ya que de ese segundo depende mi destino”.

Y no es que todo un miembro de la Academia de Ciencias fuera menos tradicional en su exposición:

“¡Querido y sin medida respetado Iosif Vissarionovich! Me atrevo a escribirte, a ti, nuestro guía, maestro, padre y protector de nuestra gloriosa juventud, siempre alerta para consagrar toda tu vida y todas tus fuerzas en pro de los intereses de nuestra nación”.

Otros empleaban un estilo similar de presentación:

“Mi muy estimado Viacheslav Mijailovich (Molotov) Perdona el descaro con que a ti me dirijo, pero la injusticia ha hecho que ya no tenga fuerzas para permanecer en silencio”.

Y…

“Querido Viacheslav Mijailovich. No quiero importunarte, pero las cosas van de tal modo en el Comisariado para la Industria ligera que ya no me quedaba otra que escribirte”.

Parece que algunas veces los peticionarios se percataban de cierta “disonancia” entre este estilo “patrimonial” y el estilo soviético “neutro” supuestamente sancionado y oficial, y trataban de evitar un tono demasiado obsequioso, si es que no parodiarlo. Pero no podían evitarlo. Acababan exagerando, el carácter auto-denigratorio y suplicante de la primera sección:

“Iosif Vissarionovich, mi predilecto. Has recibido y recibes miles de telegramas y declaraciones que manifiestan amor por ti, lealtad incondicional hacia ti. ¡Iosif Vissarionovich! Mi amado líder. Estás acostumbrado a esto. Se ha convertido en un cliché, en una tradición, una usanza… en una obligación, al cabo. Eres una persona prudente y lo sabes…. Pero no te escribo esta carta por quedar bien, ni soy un traidor a la patria. Te amo y amo a mi país, y a mi pueblo, pero se están cometiendo infinidad de graves errores y te escribo no por mero formulismo y oficiosidad sino desde el mismo fondo de mi alma… provengo de una familia obrera y he trabajado como obrero metalúrgico durante nueve años… mi amado líder. No pretendo ser un genio, ni siquiera un hombre prudente o de especial talento. Simplemente amo a mi país y a mi pueblo… participé en la guerra (La Segunda Guerra Mundial) y aniquilé a unos 30 nazis… estimado Iosif Vissarionovich, no pretendo nada no quiero nada….”

Otros también fingían que no pedían nada, justo antes de pedirlo:

“Por favor perdóname si mi carta te aparta de cuestiones más apremiante. Me movió a escribirte una circunstancia que me ha puesto en un callejón sin salida. Creo que puedes darme una respuesta clara que no sólo me beneficiará a mí, sino a mi trabajo, al que estoy totalmente consagrado… mis propios intereses personales pueden ser dejados a un lado, en el distante porvenir”

Una diferencia entre las viejas cartas y las soviéticas consistía en la forma de las presentaciones. Mientras que uno se degradaba ante el poderoso, con frecuencia el peticionario soviético también manifestaba su buena fe de entregado ciudadano soviético, ya sea en el encabezamiento o en la propia presentación.

Los militantes del partido hacían constar su fecha de admisión y observaban que nunca habían pertenecido a la oposición ni sufrido sanción alguna. Los premiados hacían una relación de sus galardones, los proletarios veteranos contaban su historial laboral, y los soldados del Ejército Rojo (especialmente los veteranos de la Guerra Civil) sus hazañas y su servicio.

En el caso de los miembros del partido, no se empleaba un estilo completamente servil, sino más “lateral”: de camarada a camarada, en un tono que reflejaba la tradición igualitaria del partido, su etiqueta, la justicia de la petición, las penalidades compartidas y la misión común. El enfoque de “soy tu camarada” entrañaba riesgos porque se exigía un mayor nivel de comportamiento a los militantes: se suponía que tenían que cumplir con su deber y no quejarse por sus problemas personales. A ellos correspondía la rigurosa carga de la prueba si es que querían hacer ver que lo que criticaban estaba, objetivamente, muy mal
Podría parecer que la afectación mostrada en esta presentación de camarada a camarada se hallaba en contradicción con la naturaleza generalmente obsequiosa de estas presentaciones, pero al igual que en el tropo de “desvalido pidiendo al poderoso”, se trataba aquí de incrementar la posibilidad de una resolución favorable.

Tanto el acercamiento de “pobre-hombre-huérfano” como “oye-que-no-soy-un-cualquiera” formaban parte de un elenco de tácticas para aproximarse a un poderoso, para retratarse a sí mismo como una persona sin mácula y merecedora por lo tanto de ayuda y compasión.

Además, ya adoptara uno el sendero discursivo del “pobre huérfano” o del “camarada” (o ambos a la vez), el mismo hecho de escribir a una poderosa personalidad patriarcal dejaba claro el estatus subordinado del peticionario y confirmaba la naturaleza personalista del poder político.

La segunda sección de las cartas exponía la injusticia o planteaba el problema y pedía una solución. Como en las versiones antiguas esta versión era prolija, larga y repleta de “enumeraciones hinchadas”. Era necesario anticiparse a cualquier objeción y presentar tu caso de forma convincente.

Los escritores de cartas planteaban cadenas de comportamientos así como un completo relato de sus historias, sin omitir ningún acontecimiento yo detalle relacionado con ellas. Incluso cuando los peticionarios ponían “ya voy terminando” (tal vez para animar al destinatario a seguir con la letanía) rara vez lo hacían y en realidad continuaban largo rato, volviendo a insistir en cosas ya dichas. Antes y ahora, el peticionario contaba su batallita. Ya fuera el mal trato sufrido a manos de un noble, de un secretario del partido o de un burócrata, la carta tenía como objeto “formar, modelar y amalgamar varios elementos: la creación de una narrativa”. Esta sección también tenía cierta semejanza con antiguos textos rusos que presentaban lamentos rituales sobre lo difícil que era la vida:

“Yo la granjera del Koljoz que suscribe, he decidido escribirte una carta para relatar mi triste vida. Siempre lo he pasado muy mal. No hay suficiente pan en primavera. Tengo dos hijos, uno de 16 años y el otro de 5. Es difícil para mí sacarlos adelante. No tengo marido. Murió… mi hijo dejó de ir a la escuela porque estaba mal alimentado… no tenía botas que darle, ni un abrigo para el invierno. Como granjera viuda, y medio muerta de hambre, escribo con lágrimas en los ojos”.

De modo análogo:

“Soy la madre de cuatro hijos que ofrecieron sus vidas por la patria. Mi último hijo fue muerto el 5 de agosto cerca de Belgorod. Fue una gran pérdida que acabó de sumirme en las tinieblas… tengo 83 años, vivo con mi hija cuyo marido también está en el frente… te imploro, Iosif Vissarionovich, que no rechaces ni petición y no me dejes indefensa en mis últimos años, que pueda tener una pensión… no tengo más protección o ayuda, todos mis hijos han muerto. Te pido, como a mi propio hijo le pediría, que no me abandones en mi vejez”.

Las cartas soviéticas buscaban el mismo tipo de remedio que sus predecesoras. La recuperación de sus puestos (empleo o militancia en el partido) después de calumnias e injusticias, reparación de agravios o de malos tratos a manos de viles funcionarios, o simplemente clemencia y caridad en tiempos difíciles. Pero al igual que en las cartas antiguas, los culpables solían ser los malhechores. Podían ser vecinos o esposas, pero más frecuentemente eran burócratas o nobles insensibles o corruptos. Y los cargos acusados podían defenderse.

Como lo dijo V. A. Kozlov: “si el denunciante confiaba en “unas cuantas palabras sobre mí mismo” para fortalecer su caso, la refutación de la denuncia ofrecía una imagen especular del mismo truco. El denunciante, apuntando a sus servicios al régimen, trataba de mostrar que tenía razón porque era “uno de los nuestros” (svoi) mientras que los burócratas trataban de demostrar que estaba equivocado porque era un “outsider” (chuzhoi)”

Compárese una petición del siglo XVII:

“Solicitamos, con lágrimas ensangrentadas, que esos tiranos perjuros y sin temor de Dios, torturadores del pueblo llano y ladrones chupasangres que están desgobernando el país por todos los medios posibles valiéndose de la violencia y desmanes….”

Con otra de 1950, dirigida a Molotov:

“Le imploro que nos defienda, al pueblo llano, del terror de asquerosos y arbitrarios cuatreros que roban a la luz del día y van alardeando por ahí…. Pedimos que dictes una ley que haga que les corten los cinco dedos de la mano, como merecen”.

La sección final de la petición contenía la petición concreta de intercesión o reparación de agravios, y tanto en la versión moderna como en la antigua, los criterios eran similares.

El resultado favorable, frecuentemente, podía conseguirse mediante la apelación a un elemental sentido de la justicia, la evitación moral o religiosa del pecado, los derechos de clase o la compasión. Aunque las apelaciones a la compasión del poderoso eran más comunes en las viejas peticiones rusas, también eran un componente de las modernas. Debido al supuesto igualitarismo que impregnaba la cultura soviética, el lector de la petición no era un zar compasivo, así que apelación a la compasión revestía una forma implícita y no tanto directa.

Con el fin de conseguir una respuesta favorable a la petición se empleaban otros criterios o incentivos, como era el caso de las promesas de que la reparación del agravio permitiría al peticionario servir mejor al país en su trabajo. Si el Zar se mostraba clemente “yo, su devoto esclavo, no pereceré y podré seguir consagrándome a su augusto servicio”.

Las cartas soviéticas a menudo estaban también marcadas con un lenguaje de tintes apocalípticos (“estoy en las últimas”) así como por garantías como “te escribo a ti, como nuestro padre y señor natural, no para lamentarme, sino para prometer solemnemente que consagraré mi conocimiento, mi talento, y mi vida entera al servicio de nuestro gran pueblo”. O “Padezco terriblemente a causa de mi enfermedad, pero aun así no dejaré de trabajar y esperar tu respuesta. No importa cuál tu respuesta, pues tu respuesta será la mejor de las recompensas”.

El formato inmutable de tales peticiones a lo largo de siglos muestra una poderosa continuidad que vincula lo antiguo con lo moderno. Manifiesta la comprensión personalista de la política, un tema que analizaremos en detalle en los siguientes capítulos. Uno buscaba la reparación de agravios por medio del favor de los poderosos, no mediante cauces institucionales. Esa reparación, si llegaba, se basaba en la justicia y en la dispensación de un favor personal, y se entendía como un don recibido de lo alto, no como un deber cívico o un derecho transaccional.

No tenemos acceso a las cartas dirigidas a Yeltsin o Putin, pero podemos observar en los shows televisivos en los que aparece Putin modelos modernos similares. Uno de los pioneros de este formato fue el antiguo alcalde de Moscú Yuri Lushkov. Esas retransmisiones se prolongan con frecuencia horas enteras, y en las mismas Putin atiende a comentarios y peticiones de ciudadanos corrientes. Al igual que esas cartas históricas, son peticiones de la gente común a la autoridad, aunque algunas de ellas exhiben un tono indignado. Muchas de ellas son peticiones personales de auxilio en circunstancias muy difíciles o acusaciones a los burócratas por sus fechorías, y muchas veces la gente es demasiado prolija en sus lamentaciones y hay que interrumpirla cortésmente para que Putin pueda responderles.

De forma análoga, pero valiéndose de tecnología moderna, a lo que ocurría con las notas de Stalin al margen de las cartas, Putin responde muchas veces solidarizándose y/o poniéndose del lado del peticionario frente a los burócratas. Bastantes veces toma una decisión en el acto para rectificar el problema personal e inmediatamente, evitando los canales institucionales. Estas decisiones favorables muestran por tanto que la justicia proviene de una persona, que es un don fundado en su poder y clemencia.

Las peticiones no eran los únicos textos con contenido moderno en el seno de un género antiguo. En la cultura popular existen numerosos ejemplos de antiguas fórmulas repletas en el periodo soviético de nuevo contenido.
De esta suerte, fueron actualizadas las narraciones de batalla con héroes e imaginería moderna. Un cuento tradicional que trataba de un antiguo héroe ruso que luchó contra los mongoles se convirtió en una historia sobre el héroe de la Guerra Civil Chapaev. Una espada se convertía en una ametralladora; los mongoles eran los ejércitos blancos. Pero permanecían los elementos del cuento tradicional: el guerrero ensillando su caballo, armándose, marchando a la batalla contra un sinfín de enemigos, batalla que duraba de la mañana a la noche, y por último la derrota total y la consiguiente desbandada del enemigo.

“Se vistió asimismo con atuendo heroico,
Ensillo su montura
Se puso su armadura de acero de damasco,
Con su afilada espada, y su poderosa maza,
No olvidó su acerado cuchillo,
Su ametralladora, la gran Maxim,
Su caballo golpeaba la tierra con sus patas.
La buena y vieja tierra temblaba,
Los árboles en los foscos bosques se mecían,
El agua del mar se desbordaba cual ola,
Detrás de él, una fuerza innumerable,
Detrás de él cuarenta generales, cuarenta coroneles,
Detrás de él cuarenta capitanes, cuarenta tenientes,
Detrás de él hordas y hordas de bandidos,
Peleó con ellos el día entero,
Luchó toda la oscura noche hasta el alba,
Sin comer ni beber,
Comenzó rodeando las fuerzas enemigas,
Y empezó a batirlas por completo,
Dispersó y desbandó a todas las huestes Blancas“

Esta imagen folclórica del líder de la nación armándose caballero para encabezar la lucha contra el enemigo sigue vigente hoy en día:

“Oh, amada Rusia, nunca has vuelto las espaldas,
A los enemigos más terribles en la refriega,
¡Oh, soldados y generales todos,
Uníos en la llamada de la madre patria!
En la encrucijada, la nación no ceja,
Venid mañana y nos uniremos a la lucha,
Adelante, oh, Vladimir Putin,
Estaremos codo con codo en el ataque…
Y Rusia se alzará de nuevo renovada,
En un país que nadie reconocerá….
Por su impresionante y enorme poder,
Que será revelado a todos y cada uno,
Oh amada patria, tú ansías lo ideal,
Tú defiendes la razón en todas partes,
Adelante, Oh Vladimir Putin,
Pues la nación rusa contigo está”.

En otros casos, las coplas tradicionales sencillamente fueron actualizadas. Una canción del siglo 17 o 18 comenzaba así:

“Así sucedió en la Moscú nuestra,
la ciudad de piedra,
Sufrió una terrible desgracia,
A media noche las campanas repicaban,
Y nuestros comerciantes lloraban.
Comenzó el lamento del pueblo,
¿Hacia dónde marcháis?
¿Y por qué habéis decidido iros?
¿Y qué camino estáis tomando?
Y mientras estáis marchando,
¿Por dónde, por qué camino?
Cuando se fue, desapareció de aquí,
El poderoso líder, nuestro querido camarada,
Pero aún Lenin era el padre de toda Rusia,
Aún Vladimir Illich era la luz de nuestras vidas”


Un famoso ciclo de viejas coplas, la “manzanita” chastushki, comenzaba siempre con estos versos:

“Oh manzanita,
Hacia dónde vas”.

Una versión convencional era:

“Oh manzanita,
Vayas a donde vayas,
Ofréceme en matrimonio, padre,
Donde yo quiera,
Que se hizo,
De la manzanita,
Te has ido,
El poder del Partido de los Cadetes,
Ha sido abatido”.

En ocasiones, esto ocurría más o menos oficialmente, de arriba abajo, puesto que los representantes del régimen y sus empleados, reescribían simplemente viejas canciones, coplas e historias, añadiendo un contenido propagandístico. Pero como demostraron los estudios etnográficos, con frecuencia en formas antiguas y populares se alojaba el contenido moderno como parte de la cultura tradicional. Pero ya fuera desde arriba o desde abajo, la importante era la tradición que generaba o resguardaba el folclore.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: La Práctica en el Estalinismo. Arch. Getty.
NotaPublicado: Lun Ene 30, 2017 10:34 am 
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Premios y títulos.

La permanencia de prácticas centralizadas en los mayores se muestra igualmente en el simbolismo de la identidad y la autoridad. La mayoría de las sociedades modernas poseen modos más o menos parecidos métodos de dispensar poder y estado. La riqueza monetaria está, por descontado, relacionada siempre con el poder. En política, ostentar un cargo es una herramienta de status y de poder, considerando el poder y la autoridad que conlleva un cargo institucional en el seno de una sociedad burocrática.

Pero en sociedades pre-modernas o no capitalistas, se aplican criterios completamente diferentes que son conjuntamente herramientas de poder y estatus. Los privilegios a menudo no revisten un carácter pecuniario y un cargo institucional es un símbolo más que una competencia o poder propiamente dicho. De este modo, el Gran Chambelán no vestía en realidad al rey como podría sugerir la descripción de su cometido.

En la vieja Rusia, el título dumnyi d’iak, literalmente secretario de la Duma, era un importante funcionario que no tenía nada que ver con tareas administrativas. Era el carácter honorífico lo que contaba, y ostentar tal título confería poder y autoridad que iba mucho más allá de la que tenían aquellos más opulentos o de mejor linaje. Como veremos, el honor personal y el poder incorporado al cargo provenían de la cercanía a la personalidad suprema.

En la vieja Rusia, al igual que en muchas sociedades tradicionales, existía una jerarquía precisa de títulos y premios que conferían estatus o lo alteraban. Desde la época de Pedro el Grande, el lugar que ocupaba uno en el Almanaque de Rangos decretaba plenamente el estatus personal, e incluso antes de ello, el sistema de mestnichestvo instauraba un sistema de jerarquías. La misma identidad de una persona dependía del preciso rango que poseía, y de los títulos y premios que en ciertos casos podían ennoblecer a una persona.

Los títulos se relacionaban de un modo difuso con las instituciones. Así, en la cúspide de la sociedad, los que tenían el rango de boyardo, okolnichy (Cortesano), dumnyi dvorianin (Cortesano de la Duma) y Dumnyi dial tenían derecho a ser parte de la élite de los boyardos. Pero lo que contaba era el rango y el honor, y era irrelevante en relación con la "marca" si la institución se reunía o actuaba alguna vez. Los premios y los rangos concedidos funcionaban como "placas" y con frecuencia ya se anunciaban en el propio atuendo.
Todavía más importante era el hecho de que un premio o un título cambiaban a la propia persona.

El galardonado con una orden de nobleza era, funcionalmente, una persona nueva. La identidad en la vieja Rusia era por tanto dispensada, no inherente al individuo como sucede en la concepción moderna del ciudadano. Una persona que recibía una orden o un premio se relacionaba con los restantes miembros de la sociedad desde una nueva y específica posición, ora con sus superiores, ora con sus inferiores, y enumeraba a menudo sus títulos y condecoraciones en su correspondencia formal.

El estatus podía ser inseparable de la persona. Los que disfrutaban de un rango principesco o boyardo mantenían ese estatus por nacimiento. Pero la mayoría de los demás títulos y marcadores de estatus eran otorgados por el Zar, que, dentro de los flexibles límites de la tradición podía conferir títulos y privar de los mismos a sus súbditos.

El estatus y la autoridad, por lo tanto, eran constituyentes que no dependían ni de un accidente de nacimiento ni de la posición. Se trataba en gran medida de títulos simbólicos, cuyo número y distribución controlaba estrictamente el poder central, que anunciaba el premiado y reconocía el círculo en el que se movía.

A lo largo del periodo soviético las recompensas de carácter no pecuniario eran también extremadamente importantes. Un conjunto precisa de órdenes, condecoraciones y títulos como la Orden de Lenin, el Premio Stalin al mejor porquerizo o al Más Honrado Archivista tenían mucho prestigio y las condecoraciones se utilizaban como marcas de rango.

Incluso ahora, más de 20 años después de la caída de la URSS no es infrecuente ver a gente en la calle luciendo sus medallas.

Al igual que en la vieja Rusia, la pertenencia a las instituciones era un mecanismo de acceso al poder, pero lo más importante era el estatus que confería una identidad. Al igual que ocurre con el pedigrí, una breve biografía soviética comprendía una lista de posiciones y afiliaciones provistas de un carácter honorífico, que no eran formalmente palancas para obrar en dispositivo del poder.

Después de enunciar los cargos presentes y pasados de un ciudadano, la biografía citaba las dignidades más distinguidas, por ejemplo, “delegado en los Congresos del Partido del 12 al 18, miembro del Comité Central Ejecutivo de los Soviets en las convocatorias de la quinta a la novena, etc., incluso aunque esas corporaciones se reunían rara vez y nunca tomaban decisiones importantes. Después venían los títulos, quizás la Orden de Lenin, Héroe del Trabajo Socialista, Orden de la Bandera Roja, etc., que constituían el equivalente funcional a ejercer cargos en corporaciones que, como se ha dicho, rara vez se reunían.

Esas enumeraciones suponían una pieza obligatoria y reveladora de tu biografía y de tu personalidad social y política. Cuando uno escribía una carta de petición o queja a alguien provisto de autoridad, se enumeraban en todo caso las condecoraciones, ya en el preámbulo, ya en la conclusión (a menudo se hacía constar la fecha de afiliación al partido) para exteriorizar la categoría y la “calidad” del peticionario. Era más probable que los dirigentes más encumbrados respondieran debido a la categoría especial del peticionario.

Como sucedía con el estatus principesco o aristocrático, el viejo estatus bolchevique era inmutable y permanente. Además la alta dirección del Partido fiscalizaba la concesión de premios y la concesión de un estatus especial. Al igual que en la vieja Rusia, esas posiciones se dispensaban desde lo alto de la cúpula jerárquica, por el propio Stalin. La dirección se tomaba tan en serio los premios y medallas como la propia población en general. Los premios destacados eran materia de debate en el Politburó y muchas veces la decisión última sobre ellos la tomaba Stalin. Para él las medallas poseían “fuerza moral”.

En 1931, Stalin escribió al Politburó: “La decisión del Politburó de conceder la Orden de Lenin a esas personas da una mala impresión. Habéis comenzado a repartir condecoraciones de forma indiscriminada. De persistir este hábito, los premios perderán toda su fuerza moral. ¡Esto no puede suceder bajo ninguna circunstancia!

Cuando el Comisario de Defensa Voroshilov quiso conceder premios a una división de caballería, Stalin escribió “no conozco a la Segunda División de Caballería de Chernigov y por tanto no puedo pronunciarme sobre la concesión del premio”.
En 1934, el Politburó propuso conceder una orden al psicólogo I. P. Pavlov y fundar el Premio Pavlov dotado de 20.000 rublos y cinco puestos académicos para jóvenes estudiosos, además de dotar de un millón de rublos al centro de investigación biológica de Pavlov. Stalin replicó el día siguiente:

“Pavlov, por supuesto, no es Michurin. Michurin es de los nuestros políticamente y Pavlov no. Es importante no difuminar la diferencia en la prensa. Que no se le conceda ninguna orden, aunque la desee. Estoy de acuerdo con el resto”.

Stalin se tomaba estas cosas tan en serio como la mayoría de la población rusa, sus sucesores no fueron una excepción. Un decreto de Putin en el año 2010 enumeraba más de cien títulos y órdenes, así como los criterios para su concesión. Se galardonó al Presidente de Tartaristán con la medalla del “Amable Ángel de la Paz” y otras condecoraciones. El presidente de Udmurtia recibió medallas por haber fundado un Estado y también los títulos de Constructor Impresionante, Honrado Académico, y otros.

Responsabilidad colectiva.

Si los bolcheviques (y también la población) poseían una visión bastante tradicional del estatus y de los títulos honoríficos, su actitud ante la responsabilidad penal tenía raíces históricas más profundas si cabe. La mayoría de las sociedades modernas consideran que la responsabilidad civil y criminal radica en el individuo, y (al menos en principio, por supuesto) que todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Pero la práctica bolchevique, moderna y transformadora en apariencia, era bastante añeja en la realidad.

Desde la consolidación del poder soviético, los bolcheviques se sirvieron del terror no sólo contra individuos concretos, sino contra grupos de personas. En el Terror Rojo de la Guerra Civil se tomaron rehenes y fueron ejecutados como una cuestión política. Si unos cuantos campesinos detenían un tren que transportaba comida, se consideraba responsable a toda la aldea.

Durante la colectivización que comenzó a principios de los años 30, los campesinos que se oponían la misma fueron deportados en masa, y las poblaciones no rusas fueron deportadas o trasladadas a otras provincias. Durante la Guerra Mundial, nacionalidades enteras (Chechenos, Tátaros de Crimea y otros) fueron deportados cuando sólo cierto porcentaje de los mismos habían colaborado realmente con los nazis.
Esas acciones colectivas parecen involucrar una suerte de ingeniería social en la que un Estado moderno busca erradicar la “mala hierba”. Algunos académicos han señalado que los Estados modernos buscan “perfeccionar” a su población, narrando, regulando, adoctrinando, controlando y separando el trigo de la paja. También podemos contemplar estas prácticas como si se trataran de continuidades con la vieja “responsabilidad colectiva” rusa, en la que la responsabilidad concernía al grupo, que era castigado por los pecados de alguno o algunos de sus miembros.
A partir de 1943, los familiares de militares que huyeron al extranjero podían ser condenados y a 10 años de prisión por ser accesorios a la evasión o a 5 años incluso si no tenían conocimiento alguno de la defección.

Durante las Grandes Purgas de 1937 y 1938, se arrestaba a los familiares de forma rutinaria cuando caía en desgracia el páter familias, igual que se arrestaba a los socios de cualquier funcionario importante cuando también sufría un arresto.
El tiempos de Stalin, e incluso bastante después, los parientes de los “enemigos del pueblo” incluso si eran niños en el momento del arresto de sus padres, tenían que padecer ese estigma. Veían como todo eran trabas para acceder a la educación superior, a buenos empleos o incluso a la militancia en el Partido.
De modo semejante, uno no podía viajar al extranjero, hasta el fin de la URSS, sin dejar en el país al resto de la familia, una suerte de caución colectiva para que no se desertara.

En un brindis en el vigésimo aniversario de la revolución bolchevique, Stalin planteo explícitamente la cuestión de la responsabilidad colectiva de un modo llamativamente pre-moderno:

“Aniquilaremos a todos los enemigos, antiguos bolcheviques o no, destruiremos a sus allegados, a sus familias. Cualquiera que de palabra o de pensamiento, si, de pensamiento, quebrante la unidad del Estado socialista será aniquilado. ¡Por la completa destrucción de todos los enemigos y de su ralea”.

En este punto uno puede confrontar los sentimientos de Stalin con los de “un tal” Genghis Jan:

“Cualquiera que no se someta, cualquiera que trate de oponer resistencia, perecerá, junto con su mujer, hijos y parientes y todos sus allegados”.

Los descendientes tátaros de Genghis que gobernaron Rusia durante un tiempo ciertamente compartían este punto de vista. Se devastaban ciudades enteras y se pasaba a cuchillo a toda la población al menor indicio de resistencia.

Los Estalinistas albergaban cierta idea de “responsabilidad objetiva” que extendía la responsabilidad colectiva de forma que iba más allá de cualquier acto concreto o de la participación efectiva en una conspiración. Arthur Koestler supo expresarlo con agudeza en “El Cero y el infinito”, pues la idea subyacente es que cualquier puesta en tela de juicio de la línea oficial equivale objetivamente a la traición.
La tradición ortodoxa rusa también exploraba los “pecados de pensamiento”. Pensar en derrocar el Estado era tan vil como conspirar realmente para derrocarlo. Según el “álgebra” bolchevique de la responsabilidad, cualquiera que se opusiera a los bolcheviques se oponía objetivamente y casi por definición a la revolución, al socialismo y al bienestar de la humanidad, por muy buenas que fueran sus intenciones subjetivas. Pertenecer a un grupo crítico con el régimen o compartir pensamientos críticos con otras personas se consideraba tan criminal como la propia traición, como lo era conocer una “conspiración” y no informar de ella a las autoridades.
El Jefe de la NKVD Ezhov, en su libro “Del Faccionalismo a la revolución abierta” (que trataba de la organización contrarrevolucionaria zinoevista) mantenía que una oposición sostenida a la línea oficial del partido acababa llevando inevitablemente a la contrarrevolución y al terrorismo, inspirando a otras personas a hacer lo mismo, incluso si los inspiradores no eran inductores directos de tales hechos.

Kotolynov, uno de los acusados procesados en 1934 por organizar el asesinato de Kirov, aunque no sabía nada de planes terroristas, concretos, declaró en sede judicial que el “álgebra” de cualquier organización de ese tipo era tal que animaría a otros a emprender acciones criminales.

Algunos bolcheviques anti-estalinistas se resistieron al principio a la idea de responsabilidad colectiva. Durante su interrogatorio, G. E. Zinoiev mantuvo un debate con el fiscal:

“Zinoiev: No es lo mismo pasar la noche con alguien que pertenecer a una organización subversiva. Puedes mantener una amistad de años y no ser un contrarrevolucionario. No se puede meter a todos en el mismo saco”.

“Fiscal: Su respuesta no es juiciosa”.

Bujarin declaró en diciembre de 1936 en su discurso pronunciado ante el pleno del TsK:

“No niego que algunos miembros del Comité Central pasaran la noche en mi casa. Es cierto. ¿Pero debe uno inferir de este hecho que estoy conchabado con estados extranjeros, que me he postulado para candidato a jefe del gobierno, que estoy ayudando a esos hijos de perra a matar a los trabajadores en las minas?”

En el Pleno de febrero de 1937, A. I. Rykov también declaró lo siguiente en relación con su responsabilidad:
“Debo ser castigado por lo que hice, pero no por lo que no hice […] y no hay desgracia mayor que el hecho de que mucha gente perpetrara esos hechos repugnantes habiéndome tomado por referente […] esto es algo horrible. Pero ninguno de los demás hechos que se me imputan se sigue lógicamente de ese hecho, ya que por esa regla de tres uno debería acusarme de saber que los Trotskistas habían hablado con Hess, que habían prometido ceder Ucrania a Alemania, que iban a entregar la región de Primorskii a los japoneses, que practicaban sistemáticamente el espionaje y el sabotaje a gran escala. Y si de verdad creéis que yo sabía todo esto, está claro que esta gente debe ser eliminada. Pero yo soy inocente de ello”.

En algunos casos, debido a la presión del interrogatorio o a un cambio de parecer, el acusado reconocía la validez de la culpa objetiva. En “Una Sentencia Merecida” un manuscrito de 540 páginas que Zinoiev redactó en prisión poco antes ser ejecutado, comenzaba diciendo: “Esto es pacífico […] es un hecho. Quienquiera que juega con la idea de “oposición” al Estado Socialista está jugando con la idea del terror contrarrevolucionario…”

En los procesos-espectáculo, tanto Zinoiev, como Bujarin y Rykov confesaron todas sus traiciones. Por su parte Zinoiev admitió incluso ser “inductor activo” del terror. Bujarin, aunque seguía negando detalles concretos de su traición personal, admitió que su “responsabilidad moral” era pareja a la traición.
Un corolario cardinal de la responsabilidad colectiva y de su versión moderna de la “responsabilidad objetiva” lo constituía la idea de que conocer una conspiración y no denunciarla a las autoridades era equivalente a participar en la conspiración y por lo tanto, a la traición.

Como admitió el propio Rykov: “aquí no puede haber medias tintas porque si estos traidores y chaqueteros me hubieran hablado de traición y yo, aunque no les hubiera ayudado, hubiera tenido conocimiento de ello, su destino hubiera estado en mis manos”.

Aunque Bujarin siguió negando en sede judicial los detalles “técnicos” de su traición, en una carta privada a Stalin que le envió poco antes de su ejecución, admitió que conocía la conspiración pero no informó sobre ella a las autoridades:

“Aikhenval, mientras caminábamos por la calle, me informó de pasada acerca de una conferencia de la que yo no tenía conocimiento alguno (como tampoco tenía conocimiento de la plataforma de Riutin) Me dijo “se ha reunido el grupo y hemos leído el informe” o algo parecido. Y sí, oculté el hecho, llevado por la amistad. También soy culpable de mendacindad […] en mis relaciones con mis “partidarios” ya que creía sinceramente que podría hacerlos regresar al seno del partido”.

La práctica Estalinista convertía a todo el mundo, de hecho, en un delator obligatorio y puede entenderse como la acción de un Estado totalitario moderno, o del propio Stalin, que para controlar a la población concedía poderes de vigilancia inusitados a los poderes públicos.

¿Pero se trataba realmente de una práctica novedosa?

Stalin y los bolcheviques no inventaron la responsabilidad colectiva, ni Stalin se limitó a copiar a Ivan IV. La práctica de la responsabilidad y el castigo colectivo (krugovaia poruka) tiene un rancio abolengo en la historia rusa y se remonta a tiempos pre modernos.

Incluso antes de la invasión de los tátaros y los mongoles, el primer código legal ruso en el siglo XI, el Russkaia Pravda, consideraba que las comunidad eran responsable colectiva si se mostraba incapaz de prevenir los delitos. Durante el periodo tártaro, la recaudación de impuestos era responsabilidad colectiva de la aldea, de las ciudades y de la nación y la responsabilidad de subvenir a las cargas tributarias correspondía al grupo. Si nos remontamos aún más (y echamos la vista a levante) encontraremos que los Tátaros tomaron de los chinos el concepto de responsabilidad colectiva.

Ya en la dinastía Qin (230– 206 Antes de Cristo), se consideraban responsables colectivos grupos de granjero, y por delitos individuales familias enteras eran aniquiladas si no habían podido evitar la traición de un solo miembro. En el siglo XIII, el hijo de Genghis Jan Ogotai decretó que si una familia acogía a un criminal o a un prófugo de la justicia, se ejecutaría a todos los habitantes de la ciudad o la aldea responsable. El consejero de Ogotai Ye Lu Chu Caí convenció a Su Jan para que se tomaran las familias y las aldeas como unidades fiscales, no los individuos, de modo que si defraudaba un contribuyente su familia o la aldea serían responsables subsidiarios por los tributos impagados.

Normas parecidas a las citadas han estado en vigor durante siglos en la práctica rusa (y soviética) Otra responsabilidad colectiva era el deber de una comunidad de aportar soldados para el ejército. Ya en el tiempo de Iván III a finales del siglo XV, la responsabilidad colectiva estaba bien conceptualizada y formalizada. Iba desde la fiscalidad de los conjuntos de campesinos a la responsabilidad criminal de los integrantes de la élite, con garantías escritas en las que se hacía constar que los signatarios eran responsables por las acciones de otro individuo perteneciente al grupo.

Iván IV aniquiló a familias enteras en la Oprichnina y desató un baño de sangre Nóvgorod como castigo a su deslealtad y sirve de ejemplo muy gráfico de lo que estamos tratando.

La responsabilidad de informar a las autoridades se hallaba muy arraigada en la historia rusa, y se esperaba que los miembros de la élite informaran de las acciones y conversaciones de los demás

El Príncipe Kholmskii prometió por escrito a Ivan III:
“Servir fielmente a mi soberano, el Gran Príncipe Ivan Vasilievich, y a sus hijos, e informarles de cualquier cosa que otros pudieran decir, ya sea favorable o no favorable, tocando al Gran Príncipe o sus hijos”.

En 1527, los príncipes Belskii y Shuiskii prometieron no unirse a personas que desearan perjudicar al soberano “de cualquier forma, ora por obra, ora por toda suerte de astucia”. También se comprometían a informar cualquier cosa que se dijera del soberano “para bien o para mal”.

En el siglo XVI Moscú había extendido las antiguas garantías comunales en cuestiones criminales y tributarias a otra esfera, la lealtad política. Los campesinos pertenecientes a un boyardo y sus siervos podrían ser considerados responsables de garantizar que se sirviera a su señor fielmente. “Debían espiar sus conversaciones y llevar un registro de su conducta, informando de cualquier murmuración subversiva”. Las personas de alto rango que habían cometido faltas o que se hallaban bajo sospecha tenían que presentarse como garantes de la conducta de otras personas a su cargo.

La idea Estalinista de “culpa objetiva” tampoco era nueva. En el siglo XVII tratar de cometer un crimen contra el soberano era lo mismo que cometerlo. La responsabilidad colectiva quedó establecida en el pensamiento político ruso. Continuó actuando en el periodo imperial, como lo había hecho desde los tiempos moscovitas. Por ejemplo, cuando falleció el Emperador Pedro II, la princesa Dolgorukaia observó, “conocía lo suficiente sobre las costumbres de nuestros país como para caer en la cuenta de que cuando los emperadores caen, caen también todos los favoritos”.

La princesa relataba como Ernst Biron, el favorito del nuevo gobernante, la Emperatriz Ana Ivanovna, “comenzó a llamar a personas que habían sido amigos nuestros… preguntándoles qué clase de vida teníamos y si habíamos aceptado sobornos y ofendido alguna vez a alguien”.

La Krugovaia poruka ha durado siglos y perdura en la Rusia actual, y como ha apuntado un académico, es una tema que, con toda seguridad, merece más detenido estudio. Es otro ejemplo de una práctica que era funcional originariamente y que acabó establecida en la cultura política para terminar sirviendo como instrumento político o, quizás, como una respuesta a necesidades funcionales completamente diferentes de las originales.

Aunque en principio se trataba de un método de recaudación de impuestos aplicable a los campesinos, cuando se aplicaba a la élite era una herramienta del trono para generar suspicacias en el parentesco y en los clanes políticos. Tanto Ivan III como Stalin insistían que los miembros del grupo y del clan se delataran unos a otros y que si “pecaba” un único integrante del grupo todos tenían que pagar.
Tanto el Código de Leyes (Ulozhenie) de 1649 y el Artículo 58 del Código Penal vigente con Stalin hacían responsables a los ciudadanos, incluso a los familiares de no dar cuenta a las autoridades de la traición de amigos o parientes. Esta modalidad de responsabilidad colectiva beneficiaba al gobernante, en la medida en que hacía que los grupos se vigilaran a sí mismos cuando el Estado no podía infiltrarse de manera factible en esos círculos de afines. Stalin emplearía esa antigua tradición como un arma dirigida a fragmentar a los clanes rivales, alentando la suspicacia y la delación.

Al mismo tiempo, la responsabilidad colectiva podía también ser una práctica para fomentar la confianza mutua: proteger a los clanes y a los “círculos familiares” y al trono. La responsabilidad colectiva implicaba la seguridad colectiva, pues los miembros del grupo se guardaban las espaldas y practicaban distintas modalidades de auto-defensa.

De este modo, hasta los años 30, muchas organizaciones del gobierno soviético se regían por el “colegio” y las decisiones se adoptaban de forma colectiva. Las fábricas soviéticas se regían por el “triángulo” de la gerencia, el partido, y los directores de los sindicatos. Si algo iba mal, estos colegios o triángulos evitaban que un solo individuo asumiera toda la responsabilidad. Cuando en 1930-1931 Stalin decretó la “gestión unipersonal” en la industria, determinó la responsabilidad en el director de la fábrica, separándole de este modo de la protección colectiva y del refugio del triángulo y los colegios. Los directores de las fábricas sabían esto, por supuesto, y a pesar del aumento de su autoridad personal, se opusieron al cambio.

Stalin asestó un duro golpe contra una modalidad de responsabilidad colectiva mientras que al mismo tiempo usaba otra modalidad como herramienta de castigo político colectivo. Más tarde, en el periodo posterior a Stalin, la responsabilidad colectiva implicaba que los miembros del grupo se cubrían las espaldas y encubrían mutuamente sus desaguisados, evitando así amenazas de todo tipo. Se convirtió en el fundamento de la resurrección y la prolongada vitalidad de los “círculos familiares” políticos de cargos públicos que eran parte tan destacada de la vida soviética.
La responsabilidad colectiva, como muchas otras medidas funcionales que acabaron siendo prácticas culturales y políticas embebidas en el sistema, pudiera desempeñar papeles contradictorios y ser interpretada de modo diferente. Al separarse de su función original de recaudación de impuestos entre el campesinado, había pasado a formar parte del paisaje político y de la cultura. A pesar de su polémica significación y uso, persistió en lo fundamental: uno subía o caía junto con su grupo. La política (y en cierto sentido la supervivencia) era por lo tanto una cuestión de ayudar a tus amigos y resistir a tus enemigos (y los enemigos de tus amigos) Aunque el arresto o la ejecución de clanes políticos en su integridad acabo terminando como práctica habitual, seguía siendo cierto que la caída de un integrante de tu grupo significaba la caída de todo el equipo, y, como veremos, esta comprensión de la idea de la responsabilidad colectiva sigue muy vigente con Putin.

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 Asunto: Re: La Práctica en el Estalinismo. Arch. Getty.
NotaPublicado: Sab Feb 11, 2017 12:14 am 
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Los roles sociales: una nueva nobleza.

Los Bolcheviques se valieron de costumbres arcaicas y asumieron roles tradicionales sociales privilegiados, todo ello en nombre de la implantación de un Estado completamente racional y científico. Si se vieran enfrentados con esta aparente paradoja, los notables bolcheviques seguramente hubieran negado cualquier vinculación o semejanza con la nobleza del pasado. No obstante, pese haberse pasado la vida luchando contra las élites nobiliarias rusas, se adjudicaron muchos de los rasgos, prerrogativas y funciones de esas mismas élites. Como recordaba Molotov, “todos nosotros teníamos esa flaqueza de vivir como un señor. Nos habíamos acostumbrado a ese estilo de vida, es inútil negarlo. Todo estaba dispuesto para nosotros, se cumplían todos nuestros deseos”.
Hace años, Don Rowney demostró que pese a los dramáticos cambios en la conformación de las clases sociales y en la selección de personal, ciertos roles sociales hicieron las veces de puente en la línea divisoria de 1917. En la industria y en el sector tecnológico, tanto antes como después de la revolución, existían ingenieros, capataces y administradores industriales pertenecientes a distintos niveles y con funciones específicas. Cambiaron los rostros, el discurso y la ideología, pero no los roles y cargos.

Se trata un fenómeno análogo al que se produjo con la conquista normanda de Inglaterra, la conquista Mongola de China, o la conquista vikinga de tierras eslavas. Se traba de extranjeros e instauraron una dinastía extranjera. Pero con el correr de los años los conquistadores se fusionaron o sufrieron un proceso de aculturación por parte de los vencidos. En Rusia, los vikingos acabaron hablando eslavo, usaron nombres eslavos y se comportaban según la cultura eslava. Esta nobleza conjunta vikingo-rusa, sin embargo, nunca consideró que tuviera nada en común con la gente corriente. Un noble era un noble, y durante generaciones la élite quiso dar una imagen de “otredad”.

Tanto en su propia consideración como en la de los campesinos, se trataba de una casta aparte, dotada de su propia cultura, sociedad, estructura familiar y monopolios familiares y políticos. Esa “otredad”, entre otras cosas, estaba certificada por la genealogía y la historia familiar. Los bolcheviques no eran boyardos y sería absurdo considerarlos como tales. Pero cuando se contempla la cuestión desde el punto de vista de la sociología y la antropología, los paralelismos entre los viejos Bolcheviques y la antigua aristocracia rusa pueden decirnos algo sobre los grupos sociales y el rol que desempeñaban en tanto elementos neo-tradicionales del sistema soviético. En la sociedad soviética, los viejos bolcheviques gozaban de un prestigio y de un estatus equivalente al de la antigua aristocracia principesca rusa. Los niños aprendían sobre ellos en la escuela, y los admiraban. Eran reconocidos y aplaudidos en las reuniones. Tenían sus propias sociedades de veteranos. Y, durante los primeros 20 años posteriores a las revoluciones de 1917, dominaron como un grupo corporativo la política soviética como estadistas decanos y poderosos gobernadores regionales. Como los aristócratas principescos, se limitaba el derecho de admisión y no se admitía fácilmente a nuevos cofrades. Se creían una casta aparte, dotada de privilegios e inmunidades y de una especial visión, casi equivalente a un derecho de nacimiento, una “distinción” que les confería del deber de gobernar.

Uno podía discernir Incluso antes de 1917 señales de que los viejos militantes bolcheviques del partido comenzaron a considerarse a sí mismos un cuerpo selecto, gente especial con sabiduría y cometidos especiales. Aunque las ideas de Lenin acerca de un partido pequeño y militarizado con una disciplina muy estricta se quebrantaban a menudo, decían algo sobre lo que era un bolchevique. Formaba parte de una limitada cofradía y era uno de los pocos que habían comprendido el flujo de la historia, como Lenin lo había definido. Debido a ese conocimiento especial, los bolcheviques se consideraban de modo consciente las “parteras de la historia”, el grupo ilustrado que conduciría a los trabajadores y a los campesinos al paraíso socialista en la tierra.
Los paralelismos con el sacerdocio son aquí bastante patentes, pero por el momento estamos más interesados en la identidad corporativa y en la psicología de los viejos bolcheviques. Sus conocimientos especiales, sus penalidades compartidas en la clandestinidad, la causa común y las redes de confianza y vínculos personales suponían una poderosa identificación corporativa.
Aunque discrepaban con frecuencia, la hermandad bolchevique cerraba filas ante las amenazas exteriores, frente a la población e incluso a veces ante los militantes de base. Como personas especiales y predilectas, se mostraban suspicaces y temerosos de los que estaban fuera de su casta “aristocrática”.

Dentro de su casta, el sentido de identidad grupal de los Viejos Bolcheviques se reflejaba en su sociedad interna. Se conocían y socializaban entre ellos. Vivían juntos en lugares fortificados, y el Kremlin era sólo uno más de sus bien guardados castillos. Disponían de sus propias sociedades y publicaciones de veteranos y revolucionarios. Sus hijos e hijas asistían a las mismas escuelas, y contraían matrimonio con las hijas e hijos de otros Viejos Bolcheviques con los que se habían criado. Incluso el parentesco desempeñaba un papel (si bien no hasta el grado que había tenido con los nobles del pasado) Trotsky, Zinoiev, Kamenev, Bujarin, Molotov, y Stalin, por nombrar sólo unos pocos, se casaron con otras antiguas bolcheviques o con su descendencia, y los tres primeros estaban directamente emparentados por lazos matrimoniales. Los padres tomaban decisiones sobre los matrimonios de sus hijos, y era muy raro casarse fuera de la casta. Los Viejos Bolcheviques se confiaban el futuro de sus hijos, y era costumbre que adoptaran a los hijos huérfanos de sus camaradas fallecidas, una práctica que era común en casi todos los líderes veteranos de la época de Stalin.

Teniendo en cuenta su bagaje revolucionario y sus experiencias compartidas hubiera sido raro que no socializaran exclusivamente entre ellos. Sin embargo, estos hábitos contribuyeron a la naturaleza insular y cerrada de la cultura de los notables bolcheviques que, como sus correlatos aristocráticos, casi nunca se reunían con un plebeyo a menos que fuera una criada o un cocinero.
Lenin solía contar una anécdota de su primer encuentro con un obrero. Después de una larga conversación invitó a tomar al te a su casa al primer proletario que había conocido. Mientras hacía el té, el trabajador se marchó llevándose consigo el abrigo de Lenin.

1917 pronto se convirtió en un acontecimiento mítico y heroico en el discurso del nuevo régimen y los Viejos Bolcheviques asumieron de forma natural el papel de los prudentes héroes que habían luchado por la revolución. En los años posteriores, muchas enciclopedias y otras publicaciones ensalzaban sus vidas y hazañas. Eran los veteranos, y con frecuencia se los llamaba los “caballeros bolcheviques” (Bol’shevistskie rytsary) cuyas audaces hazañas eran materia de leyenda. Esta glorificación no podía sino acentuar su propia identidad de escogidos, de los que lucharon en los peores momentos, de los que poseían virtudes especiales que habían hecho triunfar por primera vez una revolución proletaria, en un proceso mental no menos arduo y en todo igual de autocomplaciente que el de los caballeros que habían conquistado un nuevo país. Habían peleado juntos en trances terribles, asumido enormes riesgos, se habían enfrentado juntos al peligro y todo eso les confería un verdadero espíritu de cuerpo. Pensaban que tenían la responsabilidad de gobernar y el derecho a hacerlo. Su comprensión de sí mismos como una estirpe aparte entraba evidentemente en conflicto con su imagen como “vanguardia del proletariado”, y en púbico lo pasaban mal cuando no tenían que distinguir entre la élite y las masas del partido. En 1921, el Camarada Medvedev fue expulsado del partido por un discurso que abordaba la cuestión de “los altos y los bajos” (verkhakh i nizakh).

Los viejos Grandes Bolcheviques incluso construyeron fortalezas para su uso personal. Aunque Stalin generalmente se contenía a la hora de criticar en público a sus camaradas Bolcheviques, le irritaba su suntuoso tren de vida. Se quejaba, por ejemplo, de que muchos de ellos “se han construido grandiosos palacios-dachas con más de 15 o 20 habitaciones, donde viven en el lujo y despilfarran el dinero del pueblo, demostrando así su completa liviandad (razlozhenie) y degeneración (pererozhdenie).”
El estatus de Viejo Bolchevique, como el nacimiento noble, era inmutable, pero el acceso a otros escalones de la élite podía ser (y tenía que ser) controlado y regulado. Cuando los bolcheviques tomaron el control del vasto territorio del antiguo Imperio Ruso, necesitaron un enorme número de administradores, especialmente para gobernar las regiones. Sencillamente no había suficientes bolcheviques para dar abasto, así que tenían que encontrar un modo de generar un nuevo estrato en la élite, un estrato de administradores del aparato del partido: nobles de servicio (pomeshchiki, en los viejos tiempos)

Cuando nos adentramos en los años 20, estos apparatchiki se convirtieron en parte de la “baja nobleza”, con un rango más o menos intermedio entre los militantes de base y los viejos príncipes bolcheviques. Estos nuevos hidalgos bolcheviques se definían por la élite en términos de sus stazh o partstazh: sus años en el partido, normalmente desde 1917.
Los viejos nobles rusos y sus clanes competían siempre unos con otros por la primacía que era la fuente del poder político, así como al acceso a los recursos y al favoritismo. La base para fijar el estatus y la jerarquía del noble eran complicados cómputos genealógicos, y los miembros de las más antiguas familias recibían las mejores posiciones, favores y mandos militares. La genealogía podía modificarse o incluso reemplazarse a veces por la proximidad al monarca (por ejemplo sus parientes u otros que él hubiera favorecido personalmente) para componer el orden mestnichestvo que por lo común seguían los nobles y los monarcas. El Mestnichestvo también servía para regular el conflicto entre los clanes nobiliarios. Existía una competencia natural entre ellos, y las jerarquías del mestnichestvo establecían el lugar que ocupaba cada uno, y por lo tanto el acceso a las preeminencias, mandos militares y monopolios económicos. Se trataba de una respuesta funcional al problema de la competencia entre las élites.

Los viejos Bolcheviques también instauraron un sistema para controlar quién podía pertenecer a la élite. Los viejos nobles habían hecho precisos cálculos de mestnichestvo en relación con el linaje y la descendencia ancestral para determinar el prestigio, el poder y el derecho a ocupar puestos y cargos públicos. Era la parte grave y polémica de la pertenencia a la corporación, y los bolcheviques no se la tomaban menos en serio. En el mestnichestvo bolchevique, el partstazh era algo similar a tener antepasados con nobleza de sangre, lo que servía como marcador de estatus y pertenencia a la nobleza, así como para determinar la elegibilidad para ocupar cargos públicos.

La pertenencia a su casta cerrada quedaba estrictamente definida por los cálculos de la duración del servicio al partido. Se hacían distinciones sutiles entre los que se unieron al partido antes de 1905, antes de 1917, y después entre los meses preciosos de afiliación en 1917 (antes de la revolución de febrero, durante las fortunas declinantes de los bolcheviques, antes de octubre) Se examinaban y comparaban los documentos, y se hacían encuestas entre los testigos.

Desde principios de los años 20, el personal central del partido que llevaba el trabajo administrativo registraba el nivel geográfico (masshtab) del puesto de uno: nacional, provincial, de distrito o de aldea. En el mestnichestvo de 1926, de los cargos del partido “responsables” a tiempo completo, sólo el dos por ciento fueron asignados rangos y puestos a nivel nacional.
De este modo, se instauró un sistema en el que un secretario del partido en un nivel determinado (de célula, fábrica, distrito o provincia) tenía que cumplir un número de años de servicios concretos en el partido para poder alcanzar cierto rango y estatus.

Continuando con nuestra metáfora de los años en el partido y la nobleza de sangre, estos nobles recién llegados no eran de rancio abolengo y servicio, pero tampoco se trataba plebeyos advenedizos. Reservar ciertos puestos para ciertas calidades de personas había sido algo tradicional en Rusia. El sistema moscovita de mestnichestvo y, después, el Almanaque de Rangos, había codificado tal práctica, y los Viejos Bolcheviques siguieron su ejemplo. Los órganos dirigentes del partido, el Politburó, el Orgburó y el Secretariado (que se analizarán posteriormente) se ocupaban principalmente del nombramiento de personal, y la oficina técnica para esos nombramientos (que en determinados momentos era conocida como uchraspred, orgraspred, orgotdel, o raspredotdel) se hallaba en el núcleo del aparato del partido. Además, desde 1923 el Partido instauró un sistema formal de nomenclatura: una serie de listas de nombramientos de puestos que necesitaban del aval y la anuencia de varios grupos de grandes veteranos.

Los bolcheviques estaban creando “una casta cerrada y cuidadosamente graduad […] en línea directa de sucesión con la clase de servicio Moscovita”. En algunos aspectos, era como una suerte de mestnichestvo bolchevique, debido a que “el ascenso a los rangos más elevados era recompensado con la inclusión en las filas de la nomenclatura, lo que implicaba potestades muy superiores a los funcionarios corrientes […] el equivalente comunista a una nobleza auxiliar o de servicio”.

Estos caballeros de la revolución acaparaban las posiciones clave en el Partido, el Estado y la administración económica, así como en los comités provinciales del Partido que gobernaban los territorios. Como grupo victorioso en la revolución, lo más natural era que asumieran las posiciones más elevadas en el nuevo régimen. Pero en este caso, había más ahí que una conciencia de una especial misión o de un privilegio. Eran los predilectos, los que habían luchado con más ardor y los que conocían el curso de la historia. Esta gente temía perder su monopolio o sus posiciones de poder, y no dieron puestos a nadie más hasta que no les quedó otra debido a la escasez de personal.

En los niveles inferiores, los viejos príncipes Bolcheviques también controlaban A MAMARLA A PARLA cuidadosamente la admisión en las filas del partido, en un nivel más general. Durante la revolución y la guerra civil (1918-1921) la militancia había aumentado de forma dramática. De menos de 20.000 a comienzos de 1920, el partido se había hinchado hasta llegar a tres cuartos de millón de militantes en 1921, a pesar de las purgas periódicas y de las bajas de la guerra. Y llegaría a un millón en 1926.

La militancia en el partido llevaba consigo privilegios y estatus, y era un umbral posible pera el acceso a la élite superior. Aunque un Partido Comunista enorme podría ser algo digno de encomio, los Viejos Bolcheviques estaban preocupados. Enfrentados con un flujo masivo de reclutas (que necesitaban) en las filas del partido ganador, los Grandes Comunistas temían la dilución o la redefinición de su estatus nobiliario, así como del control de la ideología y de los puestos administrativos.
Los millones de nuevos reclutas provenientes de la clase trabajadora, de los campesinos y de los trabaja
ores de cuello blanco no compartían ninguna de las experiencias comunes de los Viejos Bolcheviques. No habían estado en la clandestinidad, no habían sido arrestados o exiliados (una experiencia que unía mucho a los Viejos Bolcheviques) Carecían de experiencia política, de conocimiento de la historia de la lucha revolucionaria y poca o ninguna idea de la ideología leninista. Carecían del “conocimiento especial” de los caballeros bolcheviques. En fecha tan tardía como 1927, el 25 por ciento de los militantes del partido sólo habían completado cuatro cursos escolares; el 2,4 por ciento de ellos eran analfabetos. Algunos nuevos militantes tenían que preguntar qué era el Politburó. Como los nobles rusos, los Viejos Bolcheviques no podían pensar en estos recién llegados como iguales a “ellos” puesto que no eran en absoluto “como nosotros”.

De modo que los Viejos Bolcheviques implantaron un riguroso sistema de filtrado para limitar el acceso al partido. Los orígenes de clase de uno eran importantes; los bolcheviques temían menos a los obreros y campesinos que a los empleados de cuello blanco. Lenin fue muy franco respecto al peligro que entrañaban de admisiones masivas, debido a la pérdida del control de la “Vieja Guardia” del partido, llegando tan lejos como para emplear el control de la élite como un sucedáneo bastante insólito de los orígenes sociales proletarios:

“Debe tenerse en mente que la tentación de unirse al partido gobernante al presente es muy grande […] el tipo de gente que se ha emocionado por los éxitos políticos de los bolcheviques están muy lejos del proletariado y se apuntan a caballo ganador […] Si no cerramos nuestros ojos a la realidad debemos admitir que al presente la política proletaria del partido no queda determinada por el carácter de su militancia, sino por el enorme y no dividido prestigio de que goza el pequeño grupo al que pudiéramos denominar la vieja guardia del partido”.

Una vez, más, reflejando tradiciones de vínculos personales, los suplicantes tenían que tener cartas de recomendación de miembros del partido veteranos que pudieran avalarlos. Para asegurarse de que las filas del partido permanecerían limpias, a principios de 1921 la dirigencia del partido también instauró un ciclo de filtrados de militancia (chitska, o limpiezas o purgas) para desprenderse de timadores, enemigos, burócratas que abusaban su posición y en general “acoplados”.

Al igual que las tempranas élites, los Viejos Bolcheviques (que luchaban a veces entre ellos) instauraron un sistema de ortodoxia ideológica, si no religiosa.
Los debates entre Stalin, Trotsky, Zinoiev, y Bujarin en relación con la correcta lectura de la herencia de Lenin son bien conocidos. El “leninismo” era el estándar al que había que adherirse, y el “antileninista” llevaba el estigma de la creencia equivocada, de la herejía, o de algo peor.

Y como todas las herejías históricas los que mandaban eran los que las definían. Ciertamente esos debates tenían mucho que ver con la lucha de los veteranos por la herencia de Lenin después de 1924; la adhesión a la ideología correcta y las acusaciones de herejía eran un arma frente a tus competidores. Pero es importante reconocer que si bien los bolcheviques veteranos discrepaban sobre lo que era el leninismo correcto (y con frecuencia ellos mismos cambiaban de opinión de vez en cuando sobre lo que podía ser eso) existía un consenso en esta élite de que el control y el conformismo ideológico, en principio, eran una forma de educar uniformemente y socializar a las masas de nuevos militantes del partido.

Los paralelismos con el control de las creencias y la obsesión con arrancar de cuajo la herejía en los tiempos antiguos resultan impactantes. La obsesión de los Viejos Bolcheviques con la herejía hubiera resultado familiar a cualquier élite histórica: era necesario mostrar un frente común, un rostro, a la población. Para que la población aceptara las creencias correctas, era necesario presentarles un canon unificado, santificado por la fe y la creencia y apoyado unánimemente por la nobleza. Esta necesidad de unanimidad era particularmente vigorosa entre los bolcheviques. Todos los nobles y los sacerdotes deben permanecer unidos ante los campesinos, incluso cuando estos grandes se apuñalaban unos a otros por la espalda en privado.
Lenin había enseñado que la unidad del partido era de la mayor importancia y que una escisión en el partido sería un desastre:

“Un ligero conflicto en el seno de este grupo (La Vieja Guardia) sería suficiente, si no para destruir su prestigio, en cualquier caso para debilitar el grupo hasta tal punto que le privaría de su potestad para determinar la política”.
Stalin emplearía más tarde ese miedo a una división del partido para sus propios propósitos y para marginar a sus adversarios, pero podía hacerlo precisamente, porque con independencia de las diferencias ideológicas que tuvieran unos con otros, lo que compartían todos los bolcheviques era el miedo a dejar que el público viera conflictos entre sus “superiores”. Pues de ser el caso, se arriesgaban a ser derrocados o a la escisión del partido.

El control de los viejos bolcheviques ejercían respecto al acceso al partido, de la ideología y de las principales posiciones institucionales no reflejaba únicamente las tácticas universales de control de un nuevo régimen. El hecho de que se atribuyeran para sí mismos el poder y el deber de hacer todas esas cosas es más elocuente que nada si queremos que se haga ver su imagen propia de ser una casta exclusiva casi aristocrática. “Nosotros” debemos hacer cosas para salvar la revolución. Se convirtieron pues en una casta cerrada de gente especial, iguales unos a otros pero con un conocimiento y una misión que eran superiores a los de los militantes de base y el pueblo en general. Se consideraban a sí mismos los guardianes y guías de los plebeyos.
Los viejos bolcheviques también tenían entre ellos una cultura específica política-personal, que reflejaba sus tradiciones, estatus y privilegios. Esa cultura se reflejaba tanto en una práctica como en un lenguaje particular. Por ejemplo, una tradición revolucionaria bien entendida era que cada bolchevique era hasta cierto punto autónomo, un caballero individual. A pesar de las llamadas de Lenin a la disciplina y la obediencia dentro del partido, en realidad antes de 1917 el Tsk, con una composición fluida y no electa, no podía y no daba órdenes vinculantes a los comités del partido y a sus miembros.

El TsK de Lenin recomendaba y sugería y podía mandar emisarios con sugerencias o recomendaciones, pero antes de la revolución se entendía que ni el TsK ni el propio Lenin podían “ordenar” a nadie hacer nada. Como grandes emergentes, los Viejos Bolcheviques clandestinos eran en gran medida independientes. Después de la revolución, esta cultura continuó. Incluso el Politburó generalmente “recomendaba” y “sugería” lo que los miembros veteranos del partido deberían hacer. Raramente “obligaba” u ordenaba.
En 1925, en nombre del Politburó, Stalin escribió a Anastas Mikoyan, que en esos días era el primer secretario del Comité del Partido del Cáucaso norte, pidiéndole que liberara a uno de sus lugartenientes:

“Parece que en Ivanovo-Voznesensk tenemos una situación en la que es inmediatamente necesario enviar a Kolotilov allí como primer secretario del Comité del Partido en la Ciudad. Por favor, no pongas objeciones”.

Kolotilov trabajaba para Mikoyan, que en realidad puso objeciones. Stalin dijo:

“El Politburó ha confirmado la decisión del Orgburó de enviar a Kolotilov a Ivanovo-Voznesensk. El Tsk sugiere que se lleve a cabo el traslado en un mes, el día 12 como fecha más tardía”.

Mikoyan volvió a discrepar. Stalin respondió:

“Te ruego que no insistas. Hoy hemos votado por segunda vez para confirmar la decisión sobre Kolotilov. No nos queda otra, considerando la situación”.

11 años más tarde, en 1936, la etiqueta caballeresca obligó a Stalin a escribir cortésmente a Genrikh Yagoda, caído en desgracia y destituido recientemente como director de la policía de la NKVD, “pidiéndole” (proshu) que aceptara su degradación y un puesto como comisario de comunicaciones. Eran las formalidades en el trato de los nobles, al menos retóricamente.

Como sucede con las las élites en todo tiempo y lugar, los Viejos Bolcheviques estaban recelosos de su estatus y lo protegían. Siglos antes de 1917, “el Zar era asediado por peticiones de sus servidores que objetaban ser situados en posiciones de mando que se hallaban por debajo de las que por derecho les correspondían”. (mesta)

Al igual que ocurría en el pasado zarista, si se nombraba a un bolchevique para un puesto inferior a su “calidad” en las jerarquías personales y corporativas se registraban quejas tanto de sus superiores como de sus inferiores.

Lazar Kaganovich recordaba como en los años 20, los encargados de selección de personal trataron de construir archivos de personal sobre los Viejos Bolcheviques que suponían situar a cada uno en una “red” que registraba sus cualificaciones, su nivel geográfico de experiencia y por lo tanto su idoneidad para aun nombramiento concreto.
“En las localidades, las discusiones e incluso los conflictos (skloki) surgían con frecuencia por afrentas relacionadas con la insatisfacción que sentían sobre sus condiciones en la red de requisitos, y que nivel de trabajo (masshtab; nacional, provincial, local) se especificaba”.

Era moneda común en los años 20 e incluso en los años 30 que un bolchevique rechazara indignado un nombramiento que consideraba por debajo de su estatus. En 1922 y 1923, Lev Trotsky rehusó el nombramiento como adjunto de Lenin en el Consejo de Comisarios del Pueblo (que gobernaba el Consejo de Economía Nacional o el Gosplan) porque consideraba que un puesto de adjunto estaba por debajo de sus méritos; acabaría su carrera como un simple funcionario soviético.

El lugar de uno en el mestnichestvo soviético se hallaba parcialmente en función de la cercanía a la élite gobernante y, como en los viejos tiempos, el príncipe podía determinar el lugar de uno. Nadezhda Mandelshtam recordaba como:

“El Estado animaba a la gente a comportarse como boyardos de la Rusia Imperial, que se peleaban unos con otros por el lugar que debían ocupar en la mesa del Zar, siempre reservando al padrecito la decisión final sobre la cabecera. Se valía del antiguo sistema del mestnichestvo y nombraba él mismo a la gente para ocupar las posiciones de preeminencia”.

Con frecuencia se afirmaba explícitamente en los documentos soviéticos que los comités regionales del partido deberían ser gobernados sobre la base del mestnichestvo, y los cálculos de precedencia formaban parte de las rivalidades entre los bolcheviques notables de ámbito local.

La política patrimonial clientelar era el trabajo de la élite en la vieja Rusia. Cada príncipe antiguo o boyardo se hallaba en la cúspide de una tupida red de clientes, parientes y partidarios que se protegían y se ascendían entre sí, donde se rendía pleitesía a los superiores y se otorgaba protección a los inferiores a todos los niveles del clan que se tratara. Los nobles, especialmente los príncipes y boyardos, dirigían clanes cuyas fortunas ascendían y se desplomaban con los de sus más veteranos dirigentes.

En los tiempos que precedieron a las ideologías modernas (y tal vez incluso después) la política suponía competencia, intrigas y tejemanejes con otros clanes y con el propio Zar. Se perseguían objetivos como el prestigio, la acumulación de cargos y prebendas clientelares, y buscar la mayor parte posible del pastel para los tuyos:

“El gobierno […] era conspirador: los clanes conspiraban contra otros clanes con el fin de aumentar su poder; también hacían lo propio para preservar el sistema político frente las consecuencias potencialmente desestabilizadoras de tal competencia”.

Tras la revolución, los Viejos Bolcheviques se organizaban a sí mismos igualmente mediante redes clientelares centradas en torno a un antiguo patrón. Estos clanes de “círculos familiares” se analizan en esta obra en diferentes partes, pero por ahora nos limitaremos a hacer notar la evidente semejanza existente con las redes aristocráticas de clanes del pasado.
Esas redes se basaban con frecuencia en la familia y el parentesco, aunque llegaron a comprender a personas no emparentadas. Tanto las redes de los viejos bolcheviques como las redes nobiliarias de patrones y clientes se protegían unos a otros y conseguían ascensos para las demás. Necesitaban a los antiguos patrones veteranos para la protección política dentro la Corte y en otros lugares, e igualmente eran inexcusables como fuentes de acceso a los cargos que ostentaban. En ambos periodos, tales redes no poseían por lo general un carácter ideológico sino que se basaban más bien en la asignación de los cargos y en un favoritismo bastante descarado.

La política de ambas épocas consistía en buena medida en intrigas y maniobras en el seno de los clanes. La mayoría de la historia Rusa Imperial y del periodo moscovita no es sino la historia de la competencia entre los antiguos nobles y sus clanes. De igual modo, nadie que haya estudiado la historia soviética puede hace caso omiso a las omnipresentes intrigas, las estocadas, paradas, y puñaladas traperas, y la constante competición entre los grupos. La literatura está repleta de descripciones de la vida cortesana en la época de Stalin, en las que los Viejos nobles Bolcheviques de alto nivel, cabecilla cada uno de ellos de una red con “su propia gente” competían por los cargos valiéndose de constantes intrigas que podían acabar y acababan algunas veces con las muertes de los nobles derrotados en la contienda o que perdían el favor del soberano.

Y los cabecillas, y sus clientes, eran exiliados o ejecutados en grupo para dar ejemplo, y los grupos vencedores se hacían con el botín. Cuando su rival Zhdanov falleció de un ataque al corazón, Malenkov y Beria aniquilaron el clan de su adversario en el “asunto de Leningrado” de 1948-1949. Esto es un buen ejemplo de lo dicho.
Se preguntó a un aspirante a un puesto en la Segunda Guerra mundial. “supón que un hombre de Malenkov obtiene el puesto del primer secretario del Obkom (comité provincial del partido) ¿Qué puede hacer en este caso la gente de Zhdanov?”.

El así interpelado respondió que Zhdanov recogería material sobre este primer recabando información sobre otros secretarios del Obkom, como, por ejemplo, el secretario responsable de la industria, y que emplearía este material para desacreditar al primer secretario y conseguir su destitución. En respuesta a la pregunta el acusado añadió que el mismo sistema operaba en el nivel obkom del partido, repitiéndose casi de manera exacta.

El príncipe o el Zar mediaban con frecuencia entre la élite y los clanes, pero insistían en tener la última palabra. Cuando los boyardos se desmandaban, el Zar los castigaba con el exilio, la confiscación de bienes, o, en tiempos de Iván el Terrible, con la pena capital. En este punto tal vez no esté de más observar lo que hizo Stalin con sus boyardos regionales. En 1934 se refirió a los jefes provinciales viejos bolcheviques como “príncipes feudales” que pensaban que las decisiones centrales “no estaban pensadas para ellos, sino para imbéciles”. Señaló que los cargos locales hacían todo lo que podían para “ocultar la situación real del campo” en Moscú, y se quejaba de que los cargos locales no daban cumplimiento a las directivas centrales.
“Estos presuntuosos peces gordos se creen que son imprescindibles, y que pueden impunemente hacer caso omiso a las decisiones de los cuerpos directivos”.

Las prácticas de los viejos bolcheviques también se parecían a las de los nobles y aristócratas en la práctica cotidiana. Como ahora tenemos la suerte de poder acceder a los archivos conocemos bastante bien cómo funcionaban los bolcheviques. Si fijamos la atención, no a las revelaciones documentales sensacionales, sino más bien al más “mundano flujo de trabajo cotidiano” en el Politburó, en el Orgburó, en el Secretariado y en los cuerpos superiores, podemos ver que los políticos soviéticos pasaban gran parte de su tiempo arbitrando, evaluando y escogiendo entre opciones propuestas desde niveles inferiores. Ciertamente, por lo que concernía a tu rango formal, al nivel de uno en la jerarquía de cargos públicos, se trataba del nivel de debate que uno estaba autorizado a resolver y ello a su vez se basaba en el prestigio personal de uno o en su proximidad a un Grande poderoso.

Los directores de departamento veteranos del TsK podían resolver algunos de estos conflictos, si su prestigio o el de los implicados estaban a su nivel o a un nivel inferior. Conflictos más serios, o aquellos que involucraban a participantes de superior rango, iban al Orgburó. Algunas veces, debido al poder de los contendientes o a la complejidad de la disputa, era el “tribunal supremo” a estos efectos, el Politburó, quien tenía que zanjar estas querellas y los protocolos de esta corporación están atestados de sesiones donde se dedicaban principalmente a solventar conflictos.
Solicitar un árbitro partiendo de una posición inferior es, por tanto, una práctica que no es privativa de Rusia; los cargos ejecutivos en las empresas de hoy en día harían lo mismo. Pero en los sistemas modernos, los procedimientos y la formación de las políticas tienden a seguir patrones impersonales de reglas vigentes en mucha mayor medida que en la Rusia antigua o en la moderna, donde parece que la resolución de conflictos ocupaba la atención de los cargos públicos se destacaba más que en cualquier otro país.

Juzgar, por descontado, es la más antigua forma de liderazgo político. Los monarcas eran fundamentalmente jueces que resolvían disputas de su séquito, mucho antes de que éstos se convirtieran de jefes tribales en administradores o gobernadores. Más tarde, la dispensación de justicia por parte de los nobles dependía de la jerarquía de los solicitantes y del poder del juez. El primer código legal ruso, el Russkaia Pravda de Iaroslav el Prudente, era un manual para juzgar, en el que se hacían constar por escrito procedimientos y prácticas para resolver las disputas entre pleiteantes de jerarquía diversa.

Tal y como lo expresó Max Weber al referirse a épocas más tempranas, “los cargos administrativos son al mismo tiempo jueces, como lo es el propio príncipe, interviniendo a voluntad en la administración [… las fronteras entre la ley y la ética quedan pues conculcadas así como las existentes entre la coerción legal y el paternalismo, y entre las técnicas legislativas y los motivos y fines”. Esos Viejos Bolcheviques se valieron de un sistema parecido de resolución de conflictos, que nuevamente plantea paralelismos con la antigua nobleza.
Las disputas políticas y personales llegaban al “tribunal superior” constituido por una red de políticos veteranos que ejercían de árbitros finales y resolvían los conflictos. Estos informales “Tribunales del Partido”, zanjaban las afrentas, insultos y calumnias que se daban entre los Viejos Bolcheviques.

Como veremos, las disputas personales surgían entre el jefe de turno (que podrían no desear desprenderse de un subordinado) y el futuro jefe a quien esa persona le sería asignada. Dependiendo del rango de los implicados, esas disputas se iban filtrando hasta el nivel apropiado, donde, dado el rango de los implicados, un Viejo Bolchevique veterano podría zanjarlas usando su autoridad.
A pesar del célebre plan de Lenin en “¿Qué hacer?” el hecho es que los bolcheviques (especialmente los veteranos) habían trabajado siempre de forma más o menos autónoma o como grupos ad hoc de militantes a los que se les encomendaban tareas específicas. Los caballeros de la revolución hacían lo que querían, cuando querían y lo que consideraban necesario. No estaban acostumbrados a acatar órdenes de otros o a obedecer las cartas de algún comité de sus pares aristocráticos en un remoto lugar. Entendían las órdenes como exhortaciones o sugerencias y ocupaban nuevos cargos sólo si les parecía conveniente, si la petición provenía de alguien que respetaban, o si era amigo suyo o persona de confianza. Ese sentido de privilegio personal se daba por supuesto en el sistema de asignación de personal del partido.

Ya hemos visto como Trotsky rehusó una posición por debajo de su categoría. Desde el principio se entendía que los militantes del partido, especialmente los superiores, pero no sólo ellos, tenían “un derecho a negarse”. De hecho había una línea en el plan de trabajo del departamento de personal para cada nombramiento que rezaba “¿está de acuerdo el camarada con el nombramiento?” Y con frecuencia el camarada no lo estaba.

Los opositores eran bien conocidos por desafiar y rechazar los nombramientos del TsK. Trotsky era célebre por leer novelas en las reuniones del Politburó o por negarse a asistir a ellas. En 1921 Aleksandr Shliapnikov de la oposición obrera afirmó ante el Orgburó que “no se sometería al Orgburó, y que no iba a trabajar en el área de producción de alimentos”. Los comunistas de base abrigaban cierto rencor frente a los príncipes veteranos de la oposición por no aceptar nuevos nombramientos y esperar un destino permanente [nesmeniaemost’] en sus presentes puestos. En 1923 Stalin habló de ello comentando la negativa de Trotsky a ocupar un puesto subordinado con fundamento en que esto pondría fin a su carrera como como trabajador soviético:
“Por supuesto, camaradas, es una cuestión de gusto, pero no creo que los Camaradas Rykov, Tsiurupa y Kamenev estuvieran acabados como trabajadores soviéticos cuando fueron nombrados representantes del Sovnarkom, pero el Camarada Trotsky piensa de otra manera, y en cualquier caso, el TsK no es responsable [ni pri chem]. Evidentemente el Camarada Trotsky tendrá algún motivo, alguna idea que le impide aceptar un trabajo no militar, por muy difícil que pueda ser. Repito, el TsK no es el problema”.

Al rehusar ser trasladado fuera de Moscú, el Trotskista Smilga se quedó en la ciudad como funcionario del Gosplan. Trotsky sólo se hacía ver dos veces por mes en el Consejo de Economía Nacional. Más tarde, en el Comité Principal de Concesiones que presidía, se quedó en casa, empleando el secretariado del comité para reunir materiales en pro de la oposición que encabezaba. Stalin señaló en el Décimosegundo Congreso del partido que si los Grandes de oposición rechazaban aceptar nuevos puestos, poco podía hacer el TsK.
Cuando despegó la revolución de Stalin a principios de los años treinta, el entusiasmo y el fervor pionero y militante en pro de la modernización hizo que las negativas fueran cada vez menos, y cada vez se hacía más hincapié en el deber abnegado de servir al Partido. Pero aún se registraban negativas, pues debido a la escasez de cuadros experimentados significaba se ofrecía por lo general a los burócratas veteranos que eligieran puestos, pese a tener derecho a negarse a ocuparlos.

En general los Viejos Bolcheviques eran “vedettes”, muy puntosos y muy expeditos a la hora de defender su “honor”, valiéndose de maneras parecen anacrónicas entre personas que se supone que se consideraban el cénit de la modernidad política. Predominaban la vanagloria y las poses y redactaban cartas floridas donde argumentaban la gran importancia que había que dar a sus juicios y logros personales, y las razones por las que no deberían ocupar puestos subordinados a ciertas personas o comités. También se quejaban de forma un tanto patética de cómo otros camaradas les habían tratado con menosprecio o injuriado gravemente. Esta era la cultura del partido; todo era personal. Incluso en la parte álgida de la Guerra Civil, cuando el régimen estaba en peligro, desdenes e insultos que en épocas más tempranas se hubieran solventado con un duelo a florete, ocupaban el tiempo de los cuerpos veteranos del partido, y los notables bolcheviques defendían su honor y retaban airadamente a los que les ofendían.

Gran parte del tiempo de los comités veteranos del partido pasaba juzgando estas refriegas. Se crearon organismos específicos dentro del partido para el único propósito de sofocar rencores y ofensas personales. En los niveles superiores, esos rencores llegaban a las agendas de los cuerpos superiores del partido ocupados de cuestiones de personal y en los más altos niveles de la organización se daban peleas por las respectivas reputaciones, incluso cuando se estaba luchando una guerra civil por la supervivencia.

Iakov Sverdlov, su esposa Klavdiia Nogorodtseva, N. Krestinskii, Y M. Vladimirskii comenzaron a reunirse de manera informal en enero de 1919 como un “buró de organización”. Ya en su segunda reunión, tuvieron que ocuparse de un “conflicto personal” entre los camaradas Piliaev y Rapoport. Se encomendó a Krestinskii preparar un informe y una carta sobre la materia.
En abril de 1919, cuando una ofensiva polaca estaba expulsado al Ejército Rojo de Vilnius, A. I. Rykov informó al Orgburó que a pesar de las órdenes recibidas no podía mudarse de su apartamento hasta que fuera completada la renovación del nuevo que iba a ocupar. Considerando la cuestión, el Orgburó ordenó al camarada Malkov reparar las ventanas y las puertas del piso de Rykov.
En 1920, mientras que las fuerzas de Wrangel estaban todavía presionando al ejército rojo, Elena Stasova encontró insultante que la trasladaran a Baku, obligando al Orgburó a tomarse su tiempo “para comunicar a la camarada Stasova que el traslado del TsK a Baku no obedecía a una falta de confianza”.

El mismo verano, unos pocos días después de que los polacos volvieran a asaltar Vilnius, el Orgburó se tomó su tiempo para “expresar su confianza” en un grupo de ayudantes de Mijail Frunze que se habían sentido “insultados moralmente” por la indignidad de ser registrados en un tren.

Y precisamente cuando los levantamientos campesinos y la fermentación de la rebelión en la base naval de Kronstadt eestaban amenazando al nuevo régimen, el Camarada Angarskii consideró intolerablemente insultante que en un discurso Bujarin se refiriera a su anterior expulsión del partido pese a haber sido readmitido con posterioridad.

Después de gastar un tiempo precioso investigando el discurso de Bujarin y el historial de Angarskii el Orgburó decidió que Bujarin ciertamente había obrado “con poco tacto”.
Como en el Orgburó y en el Politburó, los archivos de la Comisión Central de Control (TsKK) de 1920 a 1924 están repletos de acusaciones de injurias personales, piques, quejas, contra-quejas, etc. En abril y mayo de 1921, entre muchos otros casos, el Presidium de la TsKK tomó en consideración el hecho de que el camarada Malyshev había pronunciado “groseras observaciones” sobre el camarada Avanesov, la “declaración del Camarada Kaidanovskii de que el Camarada Mrachkovskii le había calumniado” y las “declaraciones de muchos camaradas sobre las groseras observaciones del Camarada Kuziakov.

El Camarada Smilga fue obligado a retirar una queja contra las observaciones de Iaroslavskii en un discurso, en tanto que Iaroslavskii tuvo que admitir que sus observaciones sobre Smilga habían sido “demasiado hirientes”.

En 1924 Melnichanskii acusó a Semkov de “arribismo político”, pero la audiencia del TsKK no halló pruebas de ello. La camarada Bogashevskaia denunció a Meshcheriakov por conducta “poco comunista” pero el panel del TsKK no encontró “prueba que lo apoyara”. En 1923, la revista nacional del partido Izvestiia dedicó una columna entera a la afirmación del camarada Sosnovskii de que el camarada Meerzon, Secretario del Partido Responsable en Tula, era un “elemento aleatorio” en el partido. Al final tres comisiones de alto nivel examinaron las acusaciones y llegaron a la conclusión de que Meerzon “merecía la confianza del partido y era un militante honrado”.

Aunque la mayoría de los Viejos Bolcheviques tenían ciertamente mucho amor propio y sentido del honor, otros eran simplemente exhibicionistas. En 1920 Karl Radek gastó el tiempo del Orgburó con una declaración de que no podía asumir la edición del Vestnik propagandy i agitatsii sin que le dieran inmediatamente un despacho en el Kremlin y una secretaria. El año siguiente, acusó al representante comercial Stomoniakov de especulación con la moneda, negocios para provecho personal y “por no haber tenido durante 15 años nada en común con el movimiento obrero”. Después de oir a Radek, Stomoniakov, Krasikov, y otros bolcheviques veteranos, el presidium de la TsKK llegó a la conclusión de que no había nada reprochable en Stomoniakov y que “por lo que a Radek respecta, ha mostrado una falta total de cuidado al diseminar información falsa y presentar acusaciones completamente infundadas”.

En abril de 1921, Radek volvió a pedir al secretariado del TsK un nuevo despacho, una secretaria y un estenógrafo. Y no cumpliría las órdenes del TsK hasta que los tuviera. El Secretariado convino en proporcionarle un despacho pero “reconoció que la declaración del Camarada Radek es un ultimátum inaceptable”. Más tarde en ese mismo año el TsKK pidió “explicaciones por escrito” de Radek sobre sus supuestas calumnias dirigidas a Zinoiev cuando criticó el discurso de este último sobre la revolución alemana. La comparación de Aleksandr Shliapnikov de los métodos de la policía política (GPU) con los de la Ojrana zarista fue tomada como una calumnia personal por el director de la GPU Félix Dzherzhinskii, y se forzó a Shliapnikov a pedir disculpas.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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Algunas veces la que faltaba al honor de un militante veterano era la organización, no un noble concreto. En 1919, el Orgburó tuvo en consideración “la declaración del Camarada Roslavets. El camarada considera que no le es posible proseguir con su trabajo político para la Cheka de Moscú a la luz del hecho del rechazó su candidatura como miembro del colegio de la Cheka por parte del Comité del Partido en Moscú”.

El Orgburó expresó su “plena confianza” en Roslavets y le rogó que siguiera. Lo hizo.

En 1921 el Orgburó arbitró la petición de Samara Gubkom de destituir Camarada Jataevich y con sabiduría salomónica decidió:

“-Explicar al Camarada Jataevich que en su crítica al trabajo del Gubkom excedió los límites de las reglas y la disciplina del partido
.
-Explicar a Samara Gubkom que el TsK no veía suficiente fundamento para su destitución únicamente por haber expresado críticas al Gubkom desde el interior de la organización del partido”.

En Ivanovo-Voznesensk, un antiguo baluarte revolucionario, los viejos bolcheviques veteranos que habían compartido los rigores de la clandestinidad se mostraron afrentados cuando el secretario del gubkom del partido Zorin, no condujo como era debido el funeral del camarada Balashev, uno de los suyos.

Al final, docenas de ellos firmaron una carta donde se acusaba a Zorin de “no prestar la atención necesaria a los viejos bolcheviques […] lo que no se corresponde con las tradiciones históricas y las tradiciones de la organización de Ivanovo- Voznesensk”

Un equipo de tres personas, presidido por Kaganovich, tuvo que venir de Moscú para arbitrar la disputa. Recomendó que se destituyera a Zorin inmediatamente y sin mucho ruido antes de que la cuestión trascendiera y se enterara la militancia. El Orgburó lo aprobó.

Cuando el buró del partido del Cáucaso revocó una decisión del Secretario Responsable del Rostovon-Don Alexander Beloborodov, tan herido quedó su orgullo que insistió en ser trasladado:

“Estas circunstancias debilitan mi posición si tengo que seguir trabajando en Rosto […] cada paso que pueda dar en el futuro será considerado como una continuación de mis anteriores errores. Naturalmente en esta situación no tendría mucho sentido quedarme en Rostov para trabajar en el partido”.

El quejica crónico Beloborodov aprovechó la ocasión para fustigar a Zinoiev por un insulto vertido en un discurso que trataba del Ejército de Trabajo Soviético, en cuya dirección participaba Beloborodov.

“Esta caracterización mía, basada en informaciones completamente mendaces, no ha sido desautorizada hasta ahora y por lo que parece no va a serlo. Está claro que me resulta imposible permanecer más tiempo en mi puesto como vicepresidente del Ejército de Trabajo. Por lo antedicho, solicito formalmente al TsK que reexamine mi declaración y me envíe al frente de Wrangel, donde estoy dispuesto a ocupar cualquier puesto en que pueda ser útil al Partido”.

El Orgburó acabó decidiendo dar un mes de vacaciones a Beloborodov para que se tranquilizara. Cuando regresó, trató de nuevo de salir de Rostov y pidió que lo enviaran a los Urales. Dos meses después, pidió que le destinaran a Crimea. El Orgburó rechazó ambas peticiones y tuvo que quedarse en Rostov. Volvió a intentar largarse de allí en marzo de 1921 y después de 8 meses acabó saliéndose con la suya.

Además de tener la piel muy fina, los viejos bolcheviques padecían lo que pudiera parecer hipocondría. Beloborodov había adquirido cierta celebridad por ese tipo de quejas. En 1924 presentó un informe médico según el cual su salud se resentiría por su negativa a ocupar la posición que se le imponía.

También eran célebres los “ataques de nervios” de Trotsky, que le impedían asistir a asambleas cruciales del partido, y al igual que las quejas de Beloborodov, es posible que se tratara en el fondo de artimañas diplomáticas. Era moneda común que los viejos bolcheviques se quejaran de “dolor de hígado”, “anginas”, “ciática” y un variado surtido de enfermedades.

También es verdad que los viejos bolcheviques trabajaban duro, día y noche. Por consiguiente tampoco resulta disparatado que los “grandes” tuvieran derecho a uno o dos meses de vacaciones anuales aprobadas, en cada caso, por el Orgburó o el Politburó. A muchos de ellos les gustaba someterse a “tratamientos” y “curas” en el extranjero que el Orgburó solía aprobar sin hacer excepciones. Aunque el TsK sólo financiaba los tratamientos de los que estaban realmente enfermos.

Pero dada la recurrente tendencia a lamentarse por su estado de salud, es difícil saber si siempre era así. Un camarada no podía hacer su trabajo porque se había diagnosticado (él mismo) “las enfermedades más graves, úlcera siberiana, hígado hinchado, etc.)
Ezhov, que estaba en la reputación de trabajar duro y sin quejarse todo el día, también decía que padecía alrededor de siete destemplanzas. Había recibido tratamiento médico en diversas ocasiones por tuberculosis, anemia, malnutrición, anginas, ciática, agotamiento y colitis.

Ezhov fue tratado por un tal Doctor Noorden en 1934, cuando estaba pasando las vacaciones en Viena. Este doctor le recetó baños radiactivos como remedio para sus variadas dolencias. Ezhov informó de ello a sus camaradas tras someterse al tratamiento, y afirmó que aunque al principio se sintió mal, pero mejoró rápidamente. Lejos de ser considerado un impostor, el Doctor Noorden se convirtió en el doctor predilecto de todos los miembros del Politburó más hipocondriacos. En 1936 le invitaron a traer sus panaceas a Moscú para cuidar de la salud de los grandes, y el Politburó le ordenó que sometiera a tratamiento a Chubar, Ordzhonikidze, Ezhov, Kosior, Dmitrov, Gamarnik, Badaev, Piatnitskii, y otros.

Tal multiplicación de disputas y desacuerdos entre los quisquillosos viejos bolcheviques formaba parte del sistema hasta tal punto que los mecanismos para resolver este tipo de disputas constaban siempre en los estatutos de una organización. Los estatutos fundadores (llamados con frecuencia polozhenie) del Orgburó, del Secretariado, del TsKK, Orgraspred, así como de otros cuerpos contemplaban preceptivamente métodos explícitos para solventar los desacuerdos y procedimientos para apelar a instancias superiores. Por consiguiente las disputas se tenían por inevitables y las reglas para resolverlas constituían una parte esencial de la organización. Los bolcheviques llegaron a crear una agencia especial independiente, el Departamento de Conflictos, para, dado el volumen de litigiosidad, poder dar un poco de abasto.

No es que el Politburó ni el Orgburó se hubieran instaurado para reparar el honor herido de los Viejos Bolcheviques, pero pronto se encontraron haciendo justamente eso. A tal punto era así, que el décimo congreso del partido en 1921 fundó una Comisión Central de Control (TsKK) para abordar las disputas, las acusaciones y las denuncias de malas prácticas. Según sus estatutos:

“Se están fundando comisiones de control para hacer frente al arribismo y al burocratismo […] a los abusos de poder de los cargos del partido de sus posiciones y a nivel de la Unión, a quebrantamientos de las relaciones de camaradería en el partido, a la diseminación de rumores infundados y no sustanciados y a insidias que hacen caer en desgracia […] a militantes concretos”.

Se conoce mejor al TsKK como un arma que Stalin empleó a finales de los años 20 contra sus adversarios ideológicos del ala izquierda del partido: Trotskistas, Zinoievistas y otros. Pero como indican los estatutos, se habían pensado igualmente para ocuparse de los casos en los que los miembros del partido situaban sus intereses personales individuales por encima de las relaciones de camaradería, ya sea cometiendo delitos, ya sea diseminando rumores o acusaciones que hacían caer en desgracia a sus pares.
Veremos más adelante, sin embargo, que no existía contradicción alguna. En ese tiempo los miembros del partido consideraban que hacer “oposición” era lo mismo que permitirse ataques personales malévolos o caer en bajas intrigas. La agenda del Politburó, del Orgburó y del TsKK estaba atestada de afrentas al honor desde el principio. Para poder lidiar con semejante volumen, el TsK, instauró en 1920 un departamento independiente, el Sub-Departamento de Conflictos del Departamento de Organización (Konfliktnyipodotdel, o Kp/o, compuesto de afiliados regionales, que se ocuparía de estas ofertas personales. Así, la acusación del camarada Kaidanovskii de que el camarada Mrachkovskii le había calumniado fue trasladada del TsKK al Kp/o. La protesta del Camarada Kovylkin de que el Camarada Smilga le había arrestado injustamente también fue devuelta a ese departamento.

En los pocos meses en los que disponemos de datos, entre los años 1920 a 1921, parece claro que estaba empantanado también el propio Kp/o. Cada mes llegaba de cien a doscientos nuevos casos, que se unían a los doscientos o trescientos casos a los que aún no se le había dado solución.

El Kp/o no era capaz siquiera de procesar los nuevos casos que surgían cada mes, y cada vez se veía más regazado. Pero el principal problema del Sub-departamento de Conflictos era la enorme confusión reinante y la conciencia de estatus. En vez de acometer por sí misma la masa de acusaciones de vulneraciones al honor y faltas éticas, se convirtió sencillamente en la cuarta corporación que lidiaba con ellas, junto con el Politburó, el Orgburó, y el TsKK. Nunca se deslindaron las competencias de forma eficaz.

Las acusaciones de Kaidanovskii y Kovylkin se pasaron al Kp/o, pero cuando estaban involucrados dignatarios de rango superior la cuestión se trasladaba a los cuerpos superiores. Los mutuos ataques de Beloborodov y Zinoviev, por ejemplo, se dirigieron directamente al Orgburó.

Esto facilitaba que los militantes y las organizaciones del partido simplemente hicieran caso omiso de la Kp/o, puesto que parecía la corporación con menos autoridad en lo que concernía a menosprecios e insultos personales. Se imprimieron formularios con el encabezamiento del TsK, para impresionar al receptor:

Segundo Aviso.
Comunicar inmediatamente la razón por la que nuestra orden nº ________ de (fecha) atinente al camarada _______________ no se ha cumplido.
Firmado Director del Orgotdel.
Firmado Director del Kp/o

Ni siquiera las corporaciones de mayor rango del partido tenían las ideas claras en cuanto al destinatario de cualquier tipo de queja, apelación o protesta.

Es casi seguro que aparte del Presídium del TsKK alguien más debería enterado de la apelación del “Tío Vania” de Eisk, en Krasnodar.

El Tío Vania (su verdadero nombre es Dobrei) se quejaba de que la organización del partido de Eisk le había expulsado injustamente por robo. Solicitaba su readmisión. El TsKK decidió expulsar del Partido a Dobrei (“Él es el Tío Vania”) sin más ni más, sin derecho a apelar, y quedando además bajo custodia policial.

En noviembre de 1920, el Orgburó envió al TsKK “una comunicación sobre las impresiones del Orgburó en relación con la línea divisoria entre el trabajo del Kp/o y el TsKK” que solicitaba una aclaración. Junto con esta comunicación, el Orgburó envió al camarada Preobrazhenskii a debatir la cuestión. La respuesta final del TsKK fue imprecisa, señalando que “todas las quejas dirigidas al TsK o al TsKK deberían dirigirse directamente al TsKK. Todos los materiales restantes deberían transferirse al KP/o del TsK RKP (b)”
No era una respuesta útil en absoluto; porque las quejas casi siempre iban dirigidas al TsK o al TsKK, por lo que no estaba nada claro cuáles serían los “materiales restantes”.

Además, el mismo TsKK con frecuencia pasaba quejas al Kp/o sin motivo o razón aparente. A comienzos de 1921, la orden del TsKK “Sobre las actividades del Sub-Departamento de Conflictos” daba instrucciones al inspector del TsKK Chelishev para que se familiarizara con los archivos que se hallaban dentro y más allá del ámbito competencial del Kp/o. La confusión administrativa se prolongó después de tal medida casi un año más, hasta enero de 1922, cuando el Orgburó estableció una comisión para estudiar la efectividad del Kp/o.

La comisión recomendaba abolir el Kp/o en las regiones y volver al antiguo sistema en el que los comités del partido y las comisiones de control arbitraban las disputas. Poco después el Kp/o fue disuelto.

El fracaso del Kp/o se debió a la naturaleza personalista de la vieja cultura “nobiliaria” bolchevique. A ningún grande le gustaba un pelo ser juzgado por algún comité compuesto de quién sabe qué clase de empleadillos y funcionarios de bajo nivel. Los boyardos veteranos insistían en ser juzgados por sus pares, y ninguna institución les iba a decir lo que tenían que hacer. Esto significaba seguir trasladando estas materias al Secretariado, al Orgburó y al Politburó, así como al TsKK cuyos cuerpos superiores (el Presídium y el Colegio) estaban compuestos por Grandes con un rango lo suficientemente elevado como para abordar estas cuestiones.

No es una idea nueva esta deuda del comunismo soviético con el pasado. Nikolai Berdyaev y otros autores han expuesto la vinculación de la ideología comunista con la religión y especialmente con la ortodoxia rusa. Para Berdyaev, incluso cuando los comunistas se creían “regidos por motivaciones ideológicas estaban inspirados por su propia fe religiosa […] el mejor tipo de comunista […] es únicamente posible si es resultado de una formación cristiana del base del espíritu humano”.

Por mucho que aplastaran o trataran de aplastar violentamente la religión establecida instituyeron una “religión” comunista. Stephen White sugiere de modo análogo, que cuando llegó al poder “El nuevo gobierno bolchevique era bastante reacio a ceder las enormes prerrogativas de sus predecesores cuando las vidas de sus dirigentes estaban en peligro y también la propia existencia del Partido”.

Por supuesto, uno siempre puede ir demasiado lejos con las continuidades. Muchas prácticas soviéticas no tenían antecedente alguno en la historia rusa y muchas prácticas tradicionales fueron abolidas por completo en 1917. Yves Cohen está en lo cierto al advertirnos que:

“No se puede conseguir una completa explicación aludiendo sencillamente a formas antiguas ya conocidas bajo el zarismo, ya sean religiosas, políticas o de ambas suertes. La intersección de los actos gubernamentales y las prácticas populares […] se dio en un momento histórico particular. Cada práctica era, en sí misma y por su propio derecho, al menos parcialmente una interpretación política de la tradición dentro del particular contexto. La gente tomó prestados algunos aspectos de las formas tradicionales al tiempo que otros se rechazaban de plano, y esa selección se hallaba dominada por las reales exigencias de las circunstancias en las que se encontraban”.

Igualmente resulta bastante improbable imaginar que los Estalinistas de decantaban de forma consciente por algunas de prácticas tradicionales que venían en el menú que habían heredado.

Obviamente, como sugiere Stephen White, el nuevo régimen bolchevique se percató de que algunas de las herramientas políticas imperiales (como un Estado centralizado y una policía secreta) resultaban útiles. Pero los viejos bolcheviques no eligieron ser los herederos de la nobleza rusa y si se les hubiera planteado lo hubieran negado serlo apasionadamente. El sistema personalista estaba incrustado en la historia rusa y su adhesión al mismo no era auto-consciente.

Una oligarquía consciente de su condición de élite y de su misión, misión, temerosa del caos, seguramente tendría que organizarse de un modo particular, de forma consciente o no, especialmente si estas prácticas provenían de la cultura que habían mamado. Así era como se había gobernado siempre, y es fácil imaginar a los bolcheviques haciendo algo muy parecido a sus predecesores sin ser conscientes de haber elegido hacer eso.

La finalidad originaria, y funcional, de la oligarquía y el emperador, defender militarmente una inmensa llanura abierta y mantener la paz entre los grandes, no existía ya. Pero la práctica había sido embebida en la cultura política rusa. Para los bolcheviques se trataba tanto de una cuestión de seleccionar una herramienta entre varias. Como lo ha expresado Bourdieu:

“Lo que es esencial no hace falta ni decirlo porque viene sin decirlo: la tradición es silenciosa, y no es menos silenciosa con respecto a su naturaleza”.

Entre los viejos bolcheviques pocos se hallaban a más de una generación de la aldea rusa con sus prácticas tradicionales, el lenguaje y sus textos particulares, su sistema de premios y preeminencias, el sentido de la responsabilidad colectiva y los roles de élites, algo que habían heredado de forma inconsciente. De un modo u otro, estas prácticas y formas de organización social eran por tanto funcionales. El patrimonialismo, los privilegios oligárquicos y demás eran una respuesta lógica al temor al caos y la anarquía, y también al temor de ser desalojados del poder.

Ciertamente, para un antropólogo, sería sorprendente si los Bolcheviques (y los rusos) se transformaran súbita y completamente en 1917, aboliendo de un plumazo una cultura milenaria y prácticas funcionales, contemplándose a sí mismos desde el exterior. No deberíamos saltar a la conclusión de que podían prescindir de estas prácticas, o que podían bien haber prescindido de ellas, por sus ideas políticas futuristas. Eran herederos, si es que no eran rehenes, de siglos de tradiciones presupuestas, entre ellas una comprensión personal y patrimonial de la política, y ciertamente del mismo Estado. A ello es a lo que ahora volcaremos nuestra atención.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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Capítulo II. Personalidades y Cultos.

Política y Corporaciones.


“No hace falta ni decir que ni nosotros ni nuestros camaradas deseábamos convertir los restos mortales de Vladimir Illich Lenin en una reliquia que preservara su memoria”.

—Avel Enukidze, 1924

“-¡No puedes hacerme eso! Yo soy un Stalin.
-¡Yo no soy Stalin! Stalin es el poder soviético. Stalin es ese tipo que sale en los periódicos y en los retratos que lleva la gente, no tú. ¡Ni siquiera yo!

—Stalin a su hijo.

El culto de Lenin y Stalin proseguía la tradición rusa de contemplar el cuerpo del gobernante como una directa encarnación del Estado. Pero si profundizamos un poco podemos observar diferencias clave.

El culto de Lenin comenzó de forma espontánea, mientras que Stalin fue en mucha mayor medida una deliberada herramienta política de la dirigencia desde el primer momento. Ambos cultos, sin embargo, fueron rápidamente aceptados por la población.
No eran los únicos cultos en la URSS; el “cultismo” hacia la dirigencia penetraba en todos los niveles de la élite. Nuestra atención por tanto se dirigirá no solo a la fabricación y recepción de los cultos, sino a su papel como herramientas de comunicación entre gobernantes y gobernados, y en particular en su función como símbolo de la cultura del “paternalismo” en la historia Rusa.
Veremos que los cultos a la personalidad no eran sólo símbolo o reflejo de una comprensión personalista de la política, sino que eran inherentes a ella y producto necesario de la misma. Este capítulo se pregunta la razón por la que el culto a la dirigencia encontró un tan propicio suelo en Rusia.

Podríamos comenzar con la idea de preservar de modo permanente el cadáver de Lenin y permitir su pública veneración. En la mentalidad bolchevique no había precedentes de nada semejante. Y en la medida en que pudiera haber una tradición del partido, fue bien explicada por el viejo bolchevique M. S. Olminskii:

“Llevo siendo partidario mucho tiempo del ritual funerario que defiende el partido. Creo que cualquier residuo de beatería (ataúdes, funerales, cremación y el resto de la farfolla) no son más que estupideces. Prefiero pensar que mi se dará un uso más racional a mi cadáver. Debería ser enviado a una fábrica, sin ritual alguno, y allí la grasa se aplicaría para usos industriales y el resto de materia orgánica serviría como fertilizante. Ruego al Comité Central que medite seriamente sobre esta cuestión”.

Otro camarada, de ideas parecidas, manifestó que su última voluntad era que mandaran a su cuerpo a una fábrica de jabón. Por su parte, la tradición ortodoxa rusa rechazaba la cremación y prescribía el enterramiento, pero consentía la exposición perpetua de reliquias de santos.

Pese a opiniones semejantes, y pese a su acen
drado anticlericalismo, los Bolcheviques sencillamente no podían soportar que la tierra le fuera ligera al gran Lenin.
¿Así pues, cómo llegaron los bolcheviques a la solución final que hoy bien conocemos? La solución definitiva es más deudora de la tradición rusa que las cenizas, las fábricas de jabón o incluso los monumentos. Aquí el arcaico pasado comparece como un intruso.
Las tradiciones ortodoxas rusas (y las paganas más tempranas) consideraban el cuerpo incorrupto como un símbolo mágico de santidad. Vladimir Putin ha dicho que embalsamar a Lenin se hallaba en consonancia con las tradiciones rusas:

“Acudan al monasterio de las Cavernas de Kiev, o contemplen el Monasterio de Pskov o el del Monte Athos. Allí se conservan celosamente reliquias de santos, y tal sentido los bolcheviques no hicieron sino adaptarse a la tradición".

Los cuerpos de los santos ortodoxos no se corrompen, y durante los siglos la revelación accidental de un cadáver incorrupto era razón suficiente para la canonización. En el inconsciente tradicional ruso, por tanto, los restos incorruptos de “San Lenin” representaban de forma natural e inconsciente una clara vinculación con lo trascendental, y también con lo político.

El Mausoleo de Lenin es una extraña combinación de modernidad y tradición. Por supuesto, las reliquias de un santo y especialmente de un jefe del estado deben ser propiamente conservadas, y los visitantes al mausoleo en los tiempos soviéticos recordarán una atmósfera reverente parecida a la que reina entre peregrinos que visitan un santuario. No existía en la URSS un espacio más sagrado, y el visitante no podía evitar pensar intensamente en un Templo Tradicional Ortodoxo, en una sala tenuemente iluminada donde no podías avizorar cada rincón, y por lo tanto el límites, del recinto sagrado. Al igual que en una catedral, el cuerpo quedaba iluminado por bombillas modernas que se correspondían con las antiguas velas que proyectaban su luz hacia los sagrados iconos de los santuarios.

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NotaPublicado: Vie Feb 24, 2017 3:34 pm 
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En días pretéritos, la puerta frontal del mausoleo quedaba ligeramente entreabierta. Un tipo ruso de puerta que también se deja intencionadamente algo entreabierta es la puerta sagrada que conduce al iconostasio del Templo en los días sagrados, puerta que conduce a una suerte de sanctasanctórum dónde sólo los sacerdotes pueden pasar.

Además, como me dijo un chico “A lo mejor Lenin quiere salir de ahí y hay que darle facilidades”. De hecho, en el mito del “Lenin Listo” (basada en una fábula similar sobre el fallecido Alejandro I) Lenin se levanta periódicamente y se pasea por la tierra rusa indagando como van las cosas.

Los radicalmente modernos bolcheviques estaban renunciando a la religión y a la creencia espiritual, al mismo tiempo que cumplían con una manifestación antigua de creencia en la inmortalidad. Conservar los restos mortales de Lenin y exponerlos al pueblo, negaba de algún modo el tiempo, y por lo tanto la muerte. A todo escolar soviético se le enseñaba el lema: “Lenin vivió, Lenin vive, Lenin vivirá”.
En la muerte, por tanto, Lenin se convirtió en una figura carismática ligada con lo inmortal y trascendente.

Lo moderno se impuso sobre lo tradicional en el diseño del Mausoleo. Además de la arquitectura constructivista elegida para albergar al Santo, las medidas de seguridad más modernas se amalgamaban continuamente con un respeto y una reverencia claramente religiosos: al igual que en la Iglesia, uno no podía meterse las manos en el bolsillo. La magia tradicional de la preservación física de los santos incorruptos fue reemplazada por un procedimiento químico de laboratorio.

Las reliquias incorruptas del santo se albergaron no sólo en la estructura más modernista de su tiempo, sino directamente encima de un laboratorio clandestino que investigaba diversas patologías dotado de un equipamiento a la última. ¿Cómo se llegó a esta mezcolanza semiótica? ¿Eran conscientes los bolcheviques de la disonancia entre lo antiguo y lo moderno?

Nada resultaría más obvio y hacedero que imaginar que con la muerte de Lenin sus sucesores, con Stalin a la cabeza, inmediatamente trataron entre bastidores, y que cayeron pronto en la cuenta de la utilidad política de preservar, exhibir y adorar su cadáver.
El culto de Lenin, fabricado por la dirigencia, sería un subrogado de religión para los campesinos, que podían reverenciar las reliquias del santo fundador, y así suplir a la Ortodoxia Rusa que pretendían echar abajo. Fortalecería la legitimidad de los sucesores de Lenin y del régimen en general vinculándose con el fundador, que se estaba convirtiendo intencionadamente y a marchas forzadas en el progenitor mítico sobre cuya pirámide sus acólitos sucesores se pondrían en pie para demostrar su abolengo.

Ciertamente este fue el resultado final; Lenin fue convertido en una marca que el régimen comercializó por su valor simbólico. Pero esto no significa que, desde el principio y para fines utilitarios, los bolcheviques pudieran elegir libremente entre símbolos antiguos y modernos. Esto sería lo mismo que admitir que eran conscientes de la disonancia entre sus objetivos transformadores futuristas y los medios arcaicos que estaban empleando y que en realidad les daba lo mismo. Esta idea, que no es poco común en la literatura académica, supone que los bolcheviques tenían un plan.

Esta cuestión, si sabían lo que estaban haciendo cuando empleaban prácticas antiguas al perseguir sus objetivos modernos, nos la volveremos a planear a medida que avance nuestro análisis. Como ocurre con todas los análisis de intenciones de figuras históricas, no existen respuestas fáciles o bien definidas. Parece que no había un plan, ni Stalin desempeñó un papel fundamental en dicha decisión, sino más bien una serie de propuestas polémicas, ad hoc y contradictorias que reflejaban el “insumo” de la dirigencia y las clases populares. Los sucesores de Lenin se mostraron largo tiempo dubitativos sobre el destino de los restos mortales de Stalin.
En primer lugar parece que Stalin tuvo poco (si es que tuvo algo que ver) con la decisión de exponer a Lenin de forma permanente. No se hallaba en la comisión para el funeral de Lenin, presidida por Félix Dzerzhinskii, donde se tomaron esas decisiones, y su socio Kliment Voroshilov, que era miembro de dicha comisión, se oponía vehementemente a la idea. Stalin era un miembro más del Politburó que, como sucedió, aprobó todas las recomendaciones de la comisión, pero que parece no haber tenido un papel activo en la decisión. Según rumores que salieron a la luz décadas después (en los 60), Stalin había sido el inductor de la idea de momificar a Lenin incluso antes de que Lenin muriera, y supuestamente había propuesto la idea en una reunión informar del Politburó en 1923, y según ese rumor Trotsky se opuso tajantemente a semejante medida.

Esta historia es difícil de creer ya de entrada. La idea de que un político hábil y con tanta experiencia como Stalin pudiera hablar abiertamente de lo que había que hacer con Lenin cuando aún estaba vivo, y encima en presencia de su archienemigo Trotsky, roza lo ridículo. Los dirigentes veteranos considerarían una grosería imperdonable debatir tal cosa mientras vivía su adorado Lenin, y Stalin le hubiera puesto nunca en bandeja ese falso paso a Trotsky.

Está claro que en años posteriores el culto a Lenin fue empleado de forma deliberada, instrumental e utilitaria por Stalin y otros dirigentes Pero cuando Lenin falleció, de los archivos no resultan conclusiones claras sobre los orígenes y la supuesta naturaleza planificada del culto.

La primera idea era enterrar sin más a Lenin. El 24 de febrero de 1924, el Politburó, decidió enterrarle al lado de Iakov Sverdlov cerca de la muralla del Kremlin. El 26 de enero Bujarin dijo al Congreso de los Soviets que pronto Lenin “sería sepultado”. En el funeral de Lenin, el día siguiente, el principal orador G. Evdokimov dijo que “estamos enterrando a Lenin” y al final de la ceremonia las emisoras de radio en todo el país anunciaban que Lenin descendía al sepulcro.

La decisión de conservar y exhibir el cadáver de Lenin fue madurando paulatinamente, a lo largo una serie de años, y no fue hasta 1929-1930 cuando se decidió que su lugar final de descanso sería el mausoleo de piedra.

El 24 de enero de 1924, Lenin fue situado en el Salón de Columnas del Kremlin para que lo viera el público. El profesor Abrikosov embalsamó el cadáver en la forma ordinaria para que durara tres días sin descomponerse entre el plazo que mediaría entre el funeral y su inhumación. Nadie tenía en mente que fuera expuesto más tiempo.

Dos días después, la enorme multitud que se congregaba obligó al Politburó a ordenar trasladar la exposición a la Plaza Roja cerca de la muralla del Kremlin. Se contrató rápidamente al arquitecto A. V. Shchusev para que diseñara y edificara una estructura temporal que fue instalada allí alrededor del 27 de enero. Las multitudes seguían acudiendo, y poco después se encomendó al arquitecto que diseñara una estructura de mayores dimensiones que fue completada unas semanas más tarde. Pero no estaba pensada para durar. Era una estructura de madera a la que se denominó “Mausoleo temporal”.

Entre tanto, en este periodo donde la afluencia de peregrinantes seguía siendo intensa, el tiempo “hizo su trabajo” y el cuerpo de Lenin comenzó a corromperse. La Comisión Dzerzhinskii tenía que tomar una decisión sobre destino el cadáver a largo plazo. En febrero el miembro de la comisión e ingeniero Leonid Krasin sostuvo que podía conservar el cadáver congelándolo, y el día 7 la comisión le autorizó a comprar costosa maquinaria alemana para tal fin. El 14 de marzo, el cuerpo seguía deteriorándose, y aunque Krasin seguía defendiendo la congelación, la comisión llamó a los profesores Zbarskii y Vorovev que presentaron un nuevo procedimiento químico para la preservación a largo plazo. No fue hasta el 16 de julio cuando la comisión decidió por fin embalsamar a Lenin y exhibirlo para siempre, empleando un procedimiento químico.

Cuando se había dispuesto a Lenin en el Salón de Columnas, ya estaban circulando rumores de que la presión popular y también ciertos bolcheviques eran partidarios de preservar el cuerpo “durante un tiempo y construir una cripta o bóveda”. Pero cuando la cuestión se presentó en la Comisión Dzerzhinskii, primero se debatió si era apropiado tener o no un ataúd abierto, en un clima muy desabrido, y como dijo más tarde A. Enukidze a modo de eufemismo “Hubo grandes discusiones sobre la preservación del cadáver de Vladimir Illich… muchas dudas”.

El 23 de enero, los bolcheviques veteranos T. Sapronov y K. V. Voroshilov se ocuparon seriamente de la propuesta de N. I. Muralov de exhibir el cuerpo. Según Voroshilov, “no debemos recurrir a la canonización… poco menos que sería cumplir con la tradición ortodoxa… dejaríamos de ser Marxistas Leninistas…. si Lenin hubiera podido escuchar el discurso de Muralov, no creo que le hubiera hecho precisamente mucha gracia. La gente civilizada cremaría el cuerpo y colocaría las cenizas en una urna”.

“De otro modo”, añadía Voroshilov, “seríamos unos perfectos hipócritas: los campesinos no tienen un pelo de tontos y enseguida se darían perfecta cuenta de que estaríamos destruyendo a su Dios y suplantándolo con nuestras propias reliquias sagradas”.
En vez de adoptar una decisión tajante sobre la preservación del cuerpo de Lenin, los miembros de la Comisión Dzerzhinskii y K. Avanesov evitaron cuidadosamente tomar una posición de principio. Como dijo el primero, “tener principios en esta cuestión es como tener principios a la hora de poner comillas”. ¿Lo habría aprobado Lenin? Seguramente no, admitía, pero porque era una persona de excepcional modestia.

El ya no estaba aquí, y sólo había un Lenin, por lo que a los vivos les tocaba decidir sobre lo que había que hacer con su cuerpo. Dejó de lado cuestiones de mayor profundidad ideológica, señalando que todo el mundo quería a Lenin. Se atesoraban sus retratos: todo el mundo quería verle. No se podía negar que era una persona muy especial. “Es tan querido para nosotros que, dejando otras consideraciones al margen, y podemos conservar el cuerpo y seguir viéndole, por qué no hacerlo? ¿Si la ciencia puede realmente preservar el cuerpo durante un largo tiempo por qué no vamos a hacerlo? Si resulta imposible, no lo haremos". Para Dzerzhinskii, la pregunta no era ¿por qué?, sino ¿por qué no?

Aunque la facción de Voroshilov no quedó muy satisfecha, el grupo de Dzerzhinskii se impuso e informó de esta recomendación, ese “¿y por qué no?” al Politburó, que la aprobó.

Las declaraciones de Dzerzhinskii, que eludía un debate de principios nos permiten fijar de la forma más aproximada el tiempo y lugar específico en que se adoptó la decisión final. Se trató de un proceso gradual. Poco a poco, los bolcheviques fueron adoptando medios tradicionales e incluso arcaicos, combinándolos con rasgos y objetivos modernos. ¿Se percataban de la aparente incoherencia? Algunas veces sí. Parecía que el Partido padecía algún tipo de esquizofrenia, discutiendo consigo mismo, racionalizando a posteriori, dándose palmaditas y llegando a compromisos.

Y había debate. Las protestas contra estas prácticas arcaicas tenían como respuesta argumentos muy alambicados. Dzerzhinskii, respondiendo a los que temían un culto a la personalidad no muy diferente del zarismo, respondió con esta pirueta dialéctica “esto no es culto a la personalidad, sino, en cierta medida, un culto a Vladimir Ilich”.

Voroshilov, como hemos visto antes, temía la hipocresía flagrante que pudiera implicar el culto a una persona y la preservación de su cuerpo. Temía que comenzara un mercado de reliquias religiosas. Dzerzhinskii le respondió que no podían ser reliquias porque “las reliquias eran cuestiones milagreras y mágicas y esto era distinto”. ¿Pero lo era?

Cuando Muralov sugirió que, al margen de otras consideraciones, conservar el cuerpo y exhibirlo sería ventajoso (vygodno) para el régimen, Voroshilov explotó. La idea de Muralov era una “estupidez” (chepuja) e “Indignante” (pozor) Vorochilov había estado en Londres, había visto la tumba de Marx, y se había conmovido “sin necesidad de verle de cuerpo presente y maldita la falta que hacía”.
Cuando alguien sugirió que un monumento de ese tipo reforzaría la memoria y el ejemplo de Lenin, Enukidze replicó de forma aún más artificiosa:

“Está claro que ni nosotros ni nuestros camaradas deseamos convertir los restos mortales de Vladimir Ilich en una reliquia. Está claro que bastante grande es ya la impronta que dejó este hombre excepcional. Queremos conservar el cuerpo de Lenin, no para popularizar su recuerdo, sino más bien para conferir gran significado a la conservación del rostro y la imagen (oblik) de este gran líder, en pro de la siguiente generación y de las generaciones venideras y también en pro de esos cientos de miles y tal vez millones de personas que se sentirán felices al poder ver el rostro de tan magno personaje”.

Otros bolcheviques, como Dzerzhinskii, preferían no pensar demasiado en las contradicciones, o pensar que, después de todo, Lenin iba a ser un caso especial y tampoco había que devanarse tanto los sesos con debates bizantinos.

Hicieron lo que les parecía instintivamente natural en el momento, “oye, ¿por qué no?” Acabaron fundando un espacio religioso, con su reliquia sagrada y su tumba monumental, pero incluso en sus reuniones más íntimas negaban con cajas destempladas que era lo que estaban haciendo justamente eso. Y cuando alguien lo hacía notar, la élite seguía negando con obstinación el aspecto religioso del monumento.

De los diez miembros de la comisión, ocho eran aldeanos de nacimiento, al igual que más de la mitad de los miembros del Comité Central. No hay que ser un lince para imaginar el duro conflicto interno que debieron sufrir, debatiéndose entre su recién adquirido positivismo y la cultura que habían “mamado”.

Cuando algunos de ellos tenían dudas sobre lo que parecía natural, sobre el hecho de que parecían contradecir el racionalismo científico que decían defender, hacían lo natural, lo intuitivo, aquello que amalgamaba ciencia y superstición, negándose al mismo tiempo (incluso a ellos mismos) que estuvieran haciendo tal cosa. En algún rincón de su cerebro, Lenin era un santo.
Otro no menos paradójico ejemplo consistía en la práctica (que duró décadas) en la que el Politburó en pleno se ponía en pie sobre la tumba de Lenin. Literalmente sobre su cuerpo, compareciendo así ante el público en ocasiones ceremoniales. El cadáver pasaba aquí a un segundo plano (como si esto fuera posible) y el discurso trataba de asambleas, no de cadáveres. Los bolcheviques decían que el mausoleo tenía “un aire de vida” y no de muerte (como si esto fuera posible igualmente) y el mausoleo se convirtió en una “tribuna proletaria” una “plaza de armas de la revolución” y en un presídium para reuniones de masas en la Plaza Roja. Mientras se paraban sobre el cadáver, trataban de pensar en él como en cualquier otra plataforma dispuesta para un orador. Uno se pregunta si de verdad lo conseguían.

El mausoleo “temporal” de madera quedó en pie desde la primavera de 1924 a 1929, cuando la estructura final permanente que hoy conocemos fue edificada. Nadie podía decidir qué hacer. Comité tras comité de arquitectos, artistas y funcionarios del Comisariado de Divulgación analizaron y debatieron durante años diversos diseños y propuestas.

Se armó un escándalo porque el arquitecto Shchusev era integrante del jurado que elegiría el proyecto final. La composición del jurado cambiaba constantemente antes de que se pudiera tomar una decisión. En época tan tardía como mayo de 1929, la dirigencia, decidió recomponer el jurado debido a que muchos de sus miembros originarios habían fallecido o estaban trabajando en otra parte.
El mismo tipo de esquizofrenia que caracterizaba sus reflexiones sobre el destino de los restos mortales de Lenin les asediaba también cuando se trataba del propio “monumentalismo”. Muchos pensaban que no era precisamente propio de un supuesto Estado Proletario edificar suntuosos monumentos consagrados a un individuo. Incluso la propia viuda de Lenin N. K. Krupskaia se oponía a la idea, y es célebre que escribió en Pravda:

“No construyáis mausoleos dedicados a mi esposo, no deis su nombre a palacios. No festejéis su memoria, etc… si en verdad queréis honrar el nombre de Vladimir Ilich, construid guarderías, jardines de infancia, viviendas para los obreros, buenas escuelas, y sobre todo, esforzaos ardientemente por completar su legado”.

La resistencia a erigir monumentos al estilo tradicional era tan vigorosa como en cuadrada en la ideología Bolchevique, como en la cuestión de la preservación de su cadáver , así que no quedaba otra que recurrir a curiosas piruetas dialécticas para defenderlos. En octubre-noviembre de 1924, los bolcheviques veteranos Lunacharsky y Krasin presentaron su tesis en pro de los monumentos:
“La cuestión de los monumentos debe enfocarse bajo el prisma de los deseos de la clase trabajadora revolucionaria”.
“El proletariado”, sostenía, “posee un sentido sólido e innato de la historia y de la vinculación con el pasado. Los monumentos proletarios, al contrario que los burgueses, no son meros ídolos o faros. Los monumentos proletarios son fuentes de un vigor inextinguible extraído de las masas revolucionarias… un momento revolucionario es algo activo: es centralizador y transformador del baluarte social… la sociedad revolucionaria realiza grandes hazañas y necesita inmortalizarse a sí misma. El sepulcro de Lenin se ha convertido ya en un imán para las masas, que acuden a él, y millones de voces atestiguan que responde ciertamente a una necesidad profunda de las masas”.

Empleaban sofisticadas analogías históricas. Observando que en era napoleónica se construyeron grandes monumentos, Lunacharsky y Krasin los atribuían al periodo revolucionario anterior al Imperio. El estilo imperial “seguía orgánicamente el estilo fijado en la etapa revolucionaria previa, es decir, la antigüedad clásica transformada de modo singular”.

Incluso remontándose más atrás, los faraones y otros “despotismos antiguos”, (con los que el Estado proletario se supone que tendría escasa afinidad) edificaban pirámides y otros monumentos. Pero como acababa resultando, esos monumentos honraban a la clase dirigente. “Somos una clase unificada orgánica que realiza grandes proezas y por lo tanto monumental por naturaleza”.
El cuerpo embalsamado del Rey Tut había sido descubierto el Luxor pocos meses después de las deliberaciones sobre el embalsamamiento de Lenin. No se explicitó conexión alguna entre la forma de disponer del cadáver de Lenin y las antiguas prácticas de momificación, pero sin duda que la idea debe haber rondado y confundido en extremo las cabezas bolcheviques.

Situándose entre el culto a la personalidad zarista y los anarquistas sin pastor, llegaron a esta conclusión:

“No somos anarquistas. Tenemos líderes, grandes y brillantes. Por lo tanto deducimos que los monumentos y el monumentalismo son completamente naturales en nuestra vida revolucionaria”.

Voroshilov, que se había negado a exponer el cadáver, pensaba que los monumentos estaban concebidos para mantener viva la memoria del pueblo. Después de todo, él había ido a Londres para ver la tumba de Marx.

De modo que los bolcheviques se convencieron a sí mismos de que resultaba aceptable consagrar un monumento a Lenin, ya fuera para complacer a las muchedumbres o como respuesta a impulsos en conflicto de los que ellos mismos no podían desprenderse.
¿Pero por qué hicieron lo que hicieron al preservar su cuerpo? ¿Por qué un monumento no podía conseguir el mismo objeto? Algunas veces les asaltaban dudas por los elementos arcaicos de la reliquia de Lenin, pero al fin procedieron sin devanarse demasiado los sesos; habían hecho lo que les parecía correcto y natural en esa circunstancia.

Si bien los bolcheviques eran bien conscientes de la disonancia entre sus teorías supuestamente modernas y sus prácticas a veces arcaicas, es prácticamente seguro que no se percataban de la principal fuerza rectora de su inconsciente. No se hacían cargo de las “estructuras profundas” que guiaban su decisión. Esa decisión era parte de lo que Pierre Bourdieu denominó su “hábito”: las estructuras “cognitivas y motivadoras” que funcionan como una segunda naturaleza, “de modo inconsciente, ya que la historia del “habitus” se oculta bajo su naturaleza subjetiva”. Se toman decisiones sin pensarlo “porque los sujetos no saben, hablando en términos estrictos, lo que hacen y que lo que hacen tiene más significado de lo que pueden saber”.

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NotaPublicado: Dom Feb 26, 2017 4:46 pm 
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Puedo decir que no sabe lo que significa hagiografía sin que me reporte?

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NotaPublicado: Lun Feb 27, 2017 12:06 am 
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Rezz escribió:
Hagiografía fascio-estalinista cuñadil.


Eeehh...no, no lo es. Intervengo para romper una lanza (en la cabeza no, malpensaos) a favor del trabajo que realiza malet en estos hilos, que animo a seguir y de paso a ignorar esos comentarios, loleo y me voy.

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Hombre, se agradece. No le insultaré las próximas dos veces que se lo merezca, por la gentileza. :mrgreen:

En serio, gracias por explicarle aquí al amigo que esto de estalinista no tiene nada.

Quicí ALOMOJÓ YO SOY UN POCO ESTALINISTA (dependiendo del día que tenga y de a quién tenga que aguantar, a mi suegra, por ejemplo) pero estos libros no son de "estalinistas". Ni siquiera de comunistas. Y cualquiera con media neurona y que los lea lo ve. Lo veo yo que tengo menos que media.

Lo que sí son es interesantes, y mucho y por eso me doy el curro.

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NotaPublicado: Lun Feb 27, 2017 1:10 am 
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Messer-Kreuse el autor del libro sobre el atentado de Haymarket (se esté de acuerdo o no con su argumentación y yo no lo estoy del todo es una currada INMENSA) tampoco es de derechas, sería más bien del ala izquierda de los Demócratas, hasta donde he podido investigar.

Eso no ha evitado que le hayan dado hostias hasta en el carnet de identidad. Pero es lo que tiene trabajar duro.

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 Asunto: Re: La Práctica en el Estalinismo. Arch. Getty.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 9:46 pm 
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¿Por qué se optó por hacer énfasis en el cuerpo más que en una monumentalidad más tradicional? Voroshilov había afirmado, recordando su visita a la tumba de Marx, que un monumento normal y corriente podía generar emociones y también preservar el recuerdo con eficacia. Para conseguir eso, dijo, “no es preciso una reliquia”.

Pero estaba equivocado. Por supuesto que lo estaba. Sólo que no quería reconocerlo. No era tanto la cuestión de la reliquia de Lenin (una contradicción de la que se percataban muchas veces) sino la cuestión de la comprensión en la política rusa del significado de las reliquias. .
Al principio, por descontado, el culto oficial de Lenin se impulsó al tomar la dirigencia la decisión de conservar y exhibir su cuerpo en un monumento tan suntuoso como políticamente útil.

Pero al mismo tiempo y casi desde el principio, fueron un “insumo” y un impulso populares los que alentaron, si es que no fueron causa, de las decisiones oficiales. Miles de cartas de condolencias y telegramas espontáneos anegaron la capacidad de la burocracia del partido. La propia decisión de trasladar a Lenin del Salón de Columnas a la Plaza Roja estaba ligada con el control de las masas y fue resultado de miles de peticiones populares, especialmente por parte de personas que no podían llegar a Moscú durante el periodo de exposición originalmente previsto. La decisión de construir el segundo y “temporal” mausoleo de madera obedeció a parecidos motivos: la gente seguía viniendo, a pesar del terrible frío, ¡más de cien mil en las primeras seis semanas!

Gran parte del culto procedía de las bases. En tropel llegaban propuestas completamente autónomas de las provincias para dedicar monumentos a Lenin y darle su nombre a todo tipo de cosas. En Cheboksari construyeron sin permiso de la dirigencia una réplica exacta del mausoleo para emplearlo como librería.

Esto ocasionó gran consternación en Moscú. Navegando al compás de las demandas populares, el régimen cayó en la cuenta rápidamente de que era mejor que ellos controlaran este proceso y se arrogaron la potestad de aprobar o rechazar tales peticiones; en adelante no se iba a construir nada sin su permiso. Por consiguiente la mayor parte del trabajo de la Comisión Dzerzhinskii consistía en aprobar (pero casi siempre en rechazar) las propuestas, que incluían cualquier cosa imaginable, desde un mausoleo eléctrico, con relámpagos, hasta dar un nuevo nombre a los meses del calendario porque como escribió el redactor de una de las propuestas “Lenin era más salvador del mundo que Jesús”.
Antes de su fallecimiento, Lenin ya era un líder “carismático” y sus socios se mordieron sus racionales lenguas marxistas para hacer esa vinculación:
“Marx era un profeta con sus tabletas Mosaicas y Lenin es el más grande albacea de su testamento” (Trotsky) Lenin era “nuestro sol”, “un líder enviado por Dios, que la providencia envía a la humanidad una vez cada mil años” (Zinoiev) “Un profeta del proletariado” (Bonch-Bruevich)
Pero no hacía falta tanto adiestramiento para que el pueblo ruso tuviera a Lenin por un santo. Después de ver a Lenin, algunos “se postraban de hinojos, otros hacían una profunda reverencia… muchos hacían votos ante el ataúd”.

Las cartas enviadas a la Comisión se quejaban de la “profanación” del monumento, pues algunos vendedores espabilados vendían postales del mismo. Un obrero pensaba que ver el cuerpo de Lenin tenía poderes curativos: “si tienes relaciones con la oposición al partido, deberías ir a la cripta de Lenin para volver al camino recto”.

Los sociólogos han observado una tendencia humana universal a dar un carácter antropomórfico al poder político. Edward Shils pensaba que ello “está enraizado en la constitución nerviosa del organismo humano” y que su intensidad en cada nación se fundamenta en la cultura predominante.
La “autoridad carismática” de Weber se basa en la vinculación con lo trascendente. Shils demostró que en tiempos modernos lo “sagrado” irracional se manifiesta por medio de una mezcla o confusión con la autoridad legal-racional y no se halla necesariamente ligado o es un producto de la crisis y la revolución.

El culto de Lenin tenía profundas raíces en la cultura rusa. Este rasgo cultural fue abordado desde la élite no sólo con la palmaria fabricación y empleo del culto de Lenin como herramienta, sino que una parte de la élite bolchevique en particular, los “constructores de Dios”, creían en una nueva religión en la que la humanidad acabaría siendo inmortal y semejante a los dioses. Los campesinos y algunos bolcheviques creían o esperaban que Lenin hubiera vencido a la muerte.

La disputa en el interior del partido entre los leninistas positivistas y los “constructores de dioses” tenía reflejo en el macrocosmos de la lucha interior de los bolcheviques en 1924 por el destino del cuerpo de Lenin. Todos esos insumos autónomos fueron necesarios para engendrar el culto.
Una de las cuestiones clave, tanto para los bolcheviques como para los campesinos, era la vinculación entre el cuerpo de una persona y el Estado. A lo largo de la historia rusa, el cuerpo físico del gobernante no simbolizaba Estado únicamente; en un sentido muy real ERA el Estado. Cuando Luis XIV dijo “El Estado soy yo” se trataba de una declaración de absolutismo que palidece en comparación con la comprensión rusa del zar.
Durante siglos los rusos no podían concebir la idea de un Estado no encabezado por una persona, un magistrado vitalicio, que gobernaba por derecho divino. Aunque con frecuencia se defendían ideas de reforma radical, justicia social, o nostalgia, toda revuelta o revolución, a lo largo de siglos tenía que ser encabezada en nombre del “zar verdadero”. Una persona a la que el gobierno le tocaba por Derecho. Esta asociación estaba íntimamente ligada con el cuerpo físico del zar.

Según una tradición rusa, el “verdadero zar” poseía una “marca real” en su cuerpo físico, estuviera en el trono o no. La soberanía, y por lo tanto el poder legítimo del Estado era por tanto inseparable del cuerpo.

El Estado no era una idea que pudiera ser cambiada o reformulada descuidadamente; era una cuestión de que se hallara “en el trono” la persona adecuada. La injusticia era consecuencia del obrar de un gobernante ilegítimo o del gobernante legítimo cuando malévolos le engañaban.
En gran medida, el Estado era el cuerpo y el cuerpo era el Estado. Preservar el cuerpo de Lenin era representar y preservar el Estado, casi como una continuidad simbólica- de práctica y de comprensión, de un pasado al que los bolcheviques sin embargo decían renunciar.
Una estatua o un simple monumento sencillamente no servirían para el caso. En un célebre análisis de los aspectos personales del reinado, Ernst Kantorowicz escribió sobre la distinción entre “los dos cuerpos del rey”. Uno era su cuerpo “corpóreo” el otro su persona como jefe y símbolo del Estado. Después de su muerte, su cuerpo físico iba al sepulcro, pero su “cuerpo estatal” se preservaba, tal vez como una estatua. Como ha señalado Richard Wortman, en Rusia el rey no tenía dos cuerpos: uno físico y otro político. En Rusia eran uno y el mismo cuerpo, o al menos la identificación era tan estrecha como para ser casi imperceptible. Cuando moría un zar, no había continuidad estatal hasta que un nuevo zar le sucediera. Incluso algunos emblemas del Estado soviético contenían la imagen de Lenin, y pasó mucho tiempo hasta que dejó de ser así.

Históricamente, el cuerpo y la persona del gobernante ruso constituían siempre una peculiar fusión de lo sagrado, de la benevolencia paternalista, del Estado y de la tierra rusa. El Estado no podía ser una abstracción, un ente por propio derecho con el Zar como custodio, sino más bien un objeto, el patrimonio del Zar que podía hacer con él lo que le viniera en gana.

Podemos apreciar fácilmente esta fusión en la terminología y etimología rusas. La palabra Rusa para “Estado”, gosudarstvo, proviene de la palabra gosudar, y antes del antiguo eslavo gospodar, que significa cabeza de familia. Hay un claro sentido patrimonial aquí, pues el cabeza de familia es el titular del hogar. La propiedad sin un propietario tenía poco sentido, y por lo tanto el Estado era inconcebible como una cosa abstracta sin una persona en la que se encarnara.

De igual modo, un gobernante consagrado por Dios no tenía sentido sin un país y un pueblo. “Los conceptos de pertenecer al gosudar y al gosudarstvo se correspondían plenamente. El Estado y el interés del Estado se concebían sólo en la medida en que estaban encarnados en la persona viviente del gosudar y en sus asuntos”.

Incluso en el tumulto revolucionario de 1917 cuando el Zar había sido derrocado y se estaba poniendo en tela de juicio toda clase de autoridad, los soldados rehusaron jurar lealtad al Estado (gosudarstvo) diciendo, net gosudaria, net i gosudarstva, lo que quería decir “no hay amo, por lo tanto no puede haber Estado”.En Rusia, el cuerpo del gobernante no sólo se concebía en un sentido sacro sino paternalista. En este sentido los gobernantes eran como padres, que solventaban las disputas y ofrecían protección y seguridad. Había una fusión de las ideas del Estado y la familia; el Jefe del Estado Soviético, como el Zar, era un “padre”. La palabra rusa para patria o nación es otechestvo, que deriva de otets (padre). Durante siglos, los campesinos rusos llamaban al emperador-zar batiushka, o “nuestro padrecito el zar” y en 1936 un miembro del Politburó podía escribir a otro llamando a Stalin “nuestro prudente padre” empleando la palabra bastante arcaica roditel. La URSS era una federación de diferentes pueblos y nacionalidades: pero en el uso popular Stalin era el “Padre de los Pueblos”, el patriarca de un Estado patrimonial. En cierto sentido perceptible, la persona de Stalin era el Estado patriarcal.

El Zar siempre era bueno, y las desgracias no eran nunca culpa suya. Este “monarquismo ingenuo” no era menos auténtico por ser ingenuo, y se reflejaba en todas partes. Los marineros del Kronstadt, incluso cuando se estaban rebelando contra el régimen bolchevique de Lenin, hablaban de él como “un zar cuyos malvados boyardos evitaban que hiciera algo a favor del narod (pueblo)”
Como un zar, primero Lenin y después Stalin eran los “padres prudentes”. Boris Mironov ha llamado la atención sobre el parecido entre la administración patriarcal y la familia rusa: “Hay un anciano en el hogar y todos deben obedecerle. Este es uno de los rasgos distintivos del pueblo ruso. Analizar esta administración patriarcal es apreciar el embrión de esa obediencia sin reservas del pueblo ruso a los poderosos, como si fueran enviados de Dios”.

El padre gobernante también era el sustentador, y las relaciones económicas se representaban como partes de una economía moral en la que se intercambiaban regalos entre personas. Cuando los ciudadanos soviéticos recibían carbón, pan, empleos o educación no lo consideraban como las prestaciones racionales de un Estado moderno sino como regalos personales del Camarada Stalin.

El gobernante ruso era sagrado por necesidad, ya sea por estar ungido por Dios o por hallarse de algún modo vinculado con algo trascendente y eterno. Durante la época de la monarquía, del derecho divino y demás, los reyes y los dioses estaban vinculados. El rey, bien representaba a Dios, bien era considerado divino el mismo. En la época soviética esta trascendencia podía encontrarse en las leyes de la historia, Marx el profeta, o sus discípulos Lenin y Stalin y sus cuerpos.

Nadie que haya visitado la tumba de Lenin puede evitar un cierto sentimiento místico. Poniendo en relación el carisma político con el simbolismo, Clifford Geertz ha sugerido que los accesorios simbólicos se convertían en realidad. “En diferencia entre los accesorios simbólicos del gobierno y su sustancia obra un proceso de transubstanciación. La gravedad de la alta política y la solemnidad de la adoración de lo elevado nace de simulares impulsos”.

Los aspectos trascendentes del orden político eran inescindibles del cuerpo político del zar, y la identidad quedaba afirmada en varias ceremonias, representaciones y rituales. Incluso las imágenes del gobernante eran sagradas. Uno de los soldados de Pedro el Grande adoraba su icono. Fotografiar el cuerpo sagrado de Lenin estaba prohibido desde el principio pero los vigilantes en el mausoleo temporal de Lenin percibían la blasfemia y habían comenzado a arrestar gente simplemente por tratar de fotografiar el propio mausoleo. Los retratos de Stalin, simbolizando su cuerpo y su persona, eran imágenes sagradas, y se arrestaba a personas por deslucirlos o “profanarlos” incluso de forma accidental.

Incluso ahora, aparecen periódicamente iconos de Stalin en los templos rusos. Al pintar a Stalin, era importante ceñirse a una fórmula en la caracterización de sus ojos y su mirada, al igual que en los cánones para los iconos. Su mirada “estaba dirigida invariablemente a un foco que se hallaba fuera de la imagen”. Hoy en día una secta en la región de Nigni-Nóvgorod adora un icono de Vladimir Putin. Estas imágenes sagradas son símbolos tangibles de la persona-Estado en Rusia. Esta identificación del gobernante con el Estado no es privativa de Rusia, aunque entre la mayoría de los Estados modernos ha sido en el país en que más ha permanecido. Cuando el imperio romano reemplazó a la República, la persona del Emperador encarnaba el Estado e insultarle personalmente era considerado un crimen de lesa majestad y una traición al Estado. Más tarde, en la época medieval, la laesa maiestas romana se convirtió en lèse- majesté, y tales injurias continuaron considerándose como tentativas de perturbar al Estado, personificado e identificado con el gobernante. La parte personal del concepto se extinguió en Europa occidental, transformándose en lèse-nation, pero persistió en Rusia donde era usada como fundamento legal para perseguir a revolucionarios y a periodistas que hablaban más de la cuenta.

En fecha tan tardía como 1910, M. Purishkevich recordó a la Duma Rusa que las injurias a la persona del Zar Nicolás Segundo, a las que él denominaba lesa majestad, eran punibles con 8 años en galeras. En la época de Stalin, injuriar al dictador (o incluso no respetar su efigie) estaba tipificado en el mejor de los casos como “propaganda anti-soviética” y en el peor de los casos como “terrorismo”.
En estos tiempos nuestros más “vegetarianos” ya no existen castigos tan draconianos, pero el concepto del insulto personal al Jefe del Estado como un delito particular persiste. Cuando un grupo de activistas irrumpió en la oficina de recepción de Putin en 2004, fueron acusados de tratar de derrocar al Estado y fueron condenados a penas de prisión. En 2011, se duplicaron las penas por insultar a los cargos públicos rusos, en tanto que se redujeron las penas por injuriar a los ciudadanos corrientes.

Si miramos atrás a la historia rusa, encontramos una masa de pruebas de la importancia de la persona sagrada/paternal/dueña de la “finca” del gobernante en la comprensión rusa de la política, del poder y del Estado.

Como en otros lugares, el Zar tenía su posición “por la Gracia de Dios”, pero en Rusia el gobernante y la comunidad política habían sido inseparables durante un tiempoprolongado. Su persona, e incluso efigies de su persona eran tan sagradas como poderosas, vinculadas como se hallaban a un poder trascendente. En el periodo de Kiev, de los 14 grandes príncipes de Kiev, diez eran santos. Más tarde la rama de Moscú de la dinastía Riurikida gobernó Rusia durante 300 años, desde comienzos del siglo XIV al final del siglo XVI. De los doce gobernantes moscovitas, siete eran santos.
Como lo expresó Mijail Cherniavsky, el Estado no era una abstracción independiente; recibía su realidad y legitimidad de la sagrada persona del príncipe.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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Traducción al español por Huan Manwe