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 Asunto: El Proceso de los Anarquistas de la Plaza de Haymarket.
NotaPublicado: Jue Feb 23, 2017 1:58 pm 
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Introducción.

El 4 de mayo de 1886, se había convocado una manifestación de protesta frente a la policía de Chicago, consecuencia de los disparos efectuados el día anterior contra los huelguistas de McCormick Reaper Works.

Los convocantes eran anarquistas, integrantes de un pequeña pero creciente corriente a la que pertenecían inmigrantes (en su mayoría alemanes) y algunos radicales del país. Estaban convencidos de que la ley sólo protegía al patrono, de que la república no era más que un tinglado de circo y el capitalismo un sistema tan inicuo que se imponía, como un imperativo moral, su violento e inmediato derrocamiento.

Incluso para los parámetros anarquistas fue poco concurrida la protesta que tuvo lugar en un bulevar de la calle Randolph en el West Side de Chicago, conocido como la Plaza de Haymarket.

A las diez y media de la noche, mientras oscurecía y la gélida corriente dispersaba más eficazmente que ninguna otra cosa a la magra congregación, casi 200 agentes de policía desfilaron codo con codo por la avenida de Desplaines hasta llegar al vagón allí dispuesto que hacía las veces de plataforma improvisada para los oradores.

Cuando el Capitán de Policía Ward intimó a disolverse a las personas que aún quedaban, un artefacto explosivo procedente de la acera este aterrizó en el mismo eje de las apretadas filas policiales. La bomba reventó a los pies del guardia urbano Mathias Degan. La potencia de la explosión envió al suelo a docenas de policías, mientras que miles de cortantes fragmentos de metal salían disparados como balas en todas las direcciones.

Uno de esos aguzados proyectiles, del tamaño de una uña, despedazó el muslo de Degan cercenando su arteria femoral, sin que fuera posible restañar la sangre que chorreaba sobre el pavimento de madera de la calle Desplaines.

El policía de 35 años Degan fue el primero en sucumbir, dejando huérfano a su joven hijo. Dos años después su mujer falleció a causa de una enfermedad.

La policía cerró filas y disparó una salva contra la multitud. Si bien las fuerzas de seguridad despejaron el escenario del atentado en cuestión de minutos, después de la primera batahola volvieron a registrarse escaramuzas durante bastante tiempo en la misma ubicación.

Un periodista del Chicago Times que estaba aguardando en la Comisaría de la Calle Desplaines para entrevistar al Comisario de Policía, que llegó a la una de la mañana, observó que los agentes estaban persiguiendo a una muchedumbre bajo el resplandor de la luz eléctrica proveniente del Teatro Lyceum. Según el Times, “repentinamente se abrió fuego sobre los agentes, y éstos dispararon a su vez contra los socialistas que emprendían la fuga”.

Si bien los peores altercados tuvieron lugar en el West Side, se registraron asimismo episodios de esporádica violencia en otros distritos de la ciudad. En el distrito maderero del suroeste de Chicago, un maquinista de la empresa McCormick, posiblemente un esquirol, fue acosado y vapuleado por una turba hasta quedar inconsciente.

La estación de la calle Desplaines semejaba un hospital militar. Los agentes lastimados fueron trasladados a las 30 camas disponibles en las habitaciones de la planta superior, pero debido a elevada cantidad de víctimas no quedó otra que poner a varias personas sobre las mesas y bancos que se encontraban en el patio de la primera planta.

Los seis sacerdotes y diez doctores que acudieron al lugar se vieron desbordados por el número de bajas, y como consecuencia de ello hubo que llamar a cinco enfermeras de la Escuela de Enfermería de Illinois. Los cirujanos exploraban las heridas, ponían inyecciones, suturaban y serraban sin darse punto de reposo, de suerte que “se formaron charcos de sangre y no faltó rincón que no quedara teñido de sangre viscosa debido al constante trasiego”.

Los médicos estaban tan ocupados con las personas más gravemente heridas que pudo observarse a dos policías vendándose sus heridas; el agente McCormick se hizo un torniquete y el agente Gordon se entablilló sin ayuda de nadie su fracturado pie.

Los manifestantes heridos fueron acarreados hasta un cuarto oscuro ubicado en el sótano del edificio. El cuerpo del manifestante que falleció en medio de la calle fue dsipuesto en el centro de una mesa, sin que el resto de los allí presentes pudieran evitar fijarse en él mientras esperaban su turno. Al cabo ocho hombres con heridas de bala fueron trasladados allí; tres con balazos en las piernas, dos, en los hombros y tres en el trasero y en las costillas.

Metieron en un coche patrulla a un hombre que encontraron tendido por el lugar, que había sufrido heridas muy graves, con el fin de que recibiera asistencia médica en el hospital del condado. Los manifestantes heridos irrumpieron en las boticas de la vecindad en pos de rápidos remedios. Un hombre que sufrió una herida superficial debajo de su pezón izquierdo y otro hombre con otra herida la pierna derecha tuvieron que arrastrarse penosamente a la Botica de Ebert en Madison Avenue. En este último caso la bala había pasado peligrosamente cerca del corazón, pero un grupo de amigos logró transportar a este hombre a casa para que pudiera recuperarse. Ebert extrajo balas del cuerpo de otros cinco hombres esa misma noche, con ayuda de varios médicos, habiendo destrozado una de ellas el cuello de la víctima.

El farmacéutico John Hieland, cuya botica quedaba cerca del lugar donde se registró la algarada, contaba que había curado las heridas de más de una docena de personas. La Botica de Barker recibió la visita de tres hombres con heridas de bala. Se decía incluso que se había llegado a atender a un hombre que había recibido un balazo en la cabeza. Los periodistas observaron hombres con vendas improvisadas en las calles junto con heridos montados en tranvías. Al menos 22 policías resultaron magullados por esquirlas procedentes de la bomba, aparte de Mathias Degan y cinco de ellos acabaron pereciendo a causa de sus heridas.

John Barret, un obrero metalúrgico que había dejado la profesión para entrar en el cuerpo el año anterior, fue alcanzado por un fragmento de metralla que le desgarró el hígado; sucumbió en 48 horas.

La siguiente víctima mortal sería el antiguo conductor Timothy Flavin, que se casó el mismo día que abandonó Irlanda para buscar una nueva vida en América. La bomba debió caer justo detrás y a la derecha de Flavin, ya que recibió metralla por encima de su tobillo derecho, en el hombro derecho, en la costilla derecha y en dos zonas de su espalda, su pulmón y su abdomen. Despedazado por todas partes, Flavin murió desangrado el 9 de mayo, dejando tres hijos huérfanos.

Un fragmento de la bomba hizo que se desprendiera buena parte de los huesos de la pierna izquierda del agente Thomas Redden, mientras que otro fragmento se alojó en el codo. Redden, un veterano con 12 años de servicio en el cuerpo, falleció diez días después por causa de una infección. Nels Hansen, un inmigrante sueco que cumplía su segundo año en la policía, fue alcanzado por fragmentos de metralla en ambas rodillas y en el muslo derecho, en el codo izquierdo, en el tobillo izquierdo y en la espalda (bajo las costillas)

Los cirujanos trataron de salvarle amputando su pierna derecha, pero dado el estado de la medicina en aquellos tiempos el remedio pudo ser peor que la enfermedad, ya que la septicemia acabó con él el 14 de junio. Tras la explosión de la bomba, en un momento dado, hubo un intercambio de disparos entre la policía y algunos de los manifestantes (algunos testigos oculares manifestaron que inmediatamente, otros que justo después de la explosión sobrevino un breve instante de un silencio tan insólito como espeluznante).

Una bala perforó el costado izquierdo del Agente George Mueller, penetró por debajo de la axila, perforó los intestinos y quedó alojada justo por encima de la costilla. Müller falleció después de una prolongada agonía de dos días. El guarda urbano Michael Sheeham recibió una bala en la espalda que traspasó el riñón y sucumbió días después cuando un cirujano trataba de extraerla, debido a la infección de la herida.

Timothy Sullivan fue herido en el muslo y sufrió un peligroso episodio de “contaminación de sangre”, y aunque sobrevivió, los repetidos accesos de la enfermedad se atribuyeron a su herida, falleciendo dos años después. 23 agentes sufrieron heridas tan graves como para incapacitarles; el más afectado fue Jacob Hanson, a quien, cuando le dijeron que no había más remedio que amputarle la pierna, observó “muy bien doctor, es una vieja amiga, odio tener que dejarla, pero ya no podré jugar al fútbol, me temo”.

Lawrence Murphy no sufrió el trauma de la amputación ya que la bomba le había dejado sin pies. Un año más tarde, 12 hombres seguían siendo considerados “no aptos para el servicio” y se reconoció el estado de incapacidad permanente de 11 de ellos, que fueron separados del servicio.

El agente Daniel Daly sufrió una herida en la cabeza que le dejó paranoico e incapaz de conciliar el sueño las más veces. Su errático comportamiento alarmó a su familia en tal medida que hubo que enviarle dos veces al manicomio estatal de Kaukakee. 10 años después del atentado, Daly sufrió otro accesos en la casa de su hermana, en el curso del cual engulló un puñado de ácido carbónico muriendo cinco horas después.

Muchas personas que habían asistido al mitin, ora como manifestantes, ora como viandantes curiosos, recibieron heridas, muchas de ellas cuando huían del lugar. Carl Kiester fue muerto por un disparo recibido en algún rincón ubicado entre las calles Desplaines y Randolph. Mathias Lewis y Charles Schumacher, en medio del tumulto, recibieron disparos y fallecieron días después.

Lewis conservó la vida hasta el 9 de mayo y Schumacher sobrevivió “en medio de una terrible agonía” hasta el 10 de mayo. De resultas del atentado fallecieron ese cuatro de mayo al menos siete policías y tres ciudadanos cerca de la plaza de Haymarket.
Tras una meticulosa instrucción, ocho hombres fueron encausados, aunque el autor material supo escapar al dispositivo policial.

Los ocho cabecillas anarquistas fueron acusados de “conspiración para asesinar a agentes de la policía” esa noche. Según el Derecho Penal del Estado de Illinois la complicidad en el asesinato llevaba aparejada la misma pena que la comisión directa del acto típico. Se contaban entre los procesados tres de los hombres que arengaron esa noche a la multitud, August Spies, editor del periódico anarquista Arbeiter-Zeitung (diario obrero); Albert Parsons, editor de la revista anarquista The Alarm y Samuel Fielden, “Red Sam,” un conductor que había entregado esa mañana un cargamento de piedras al cementerio Waldheim, el mismo camposanto gótico enterrarían un año después sus camaradas después de que el Estado de Illinois los ejecutara.

También estaban implicados en los planes y los preparativos del atentado otros anarquistas menos significados. Michael Schwab y Fischer colaboraban con August Spies en el Arbeiter- Zeitung—Schwab como editor adjunto y Fisher como impresor jefe. Oscar Neebe era socio de la Acme Yeast Company y director de la Socialistic Publishing Company daba trabajo a los demás. George Engel era comerciante de juguetes y editor del efímero Der Anarchist, un panfleto de cuatro páginas que consideraba que el diario de Spies era más moderado de la cuenta.

Louis Lingg era el más joven de los acusados, con 22 años, obrero fabril, y que al llevar tan sólo nueve meses residiendo en los Estados Unidos era el recién llegado.

Tras un dilatado proceso y las posteriores apelaciones sustanciadas ante el Tribunal Supremo del Estado de Illinois y después los Estados Unidos, se condenó a la pena capital a Spies, Parsons, Fielden, Schwab, Fischer, Engel, y Lingg, y a Neebe a 15 años de privación de libertad.

De forma singular, tanto el fiscal como el presidente del tribunal apoyaron más tarde una petición de conmutación de las penas de Fielden y Schwab por reclusión perpetua.

Un día antes de que se ejecutara la sentencia, Lingg se salvó del verdugo “fumándose” un pequeño cartucho de dinamita que había introducido en su celda a escondidas. El 11 de noviembre de 1887 Spies, Parsons, Engel, y Fisher fueron ejecutados. En 1893, el gobernador John Peter Altgeld indultó al resto de los condenados.

El atentado de Haymarket y el proceso subsiguiente marcó un hito en la historia de los movimientos sociales estadounidenses. Suscitó el primer “terror rojo” cuyo furor perturbó, durante una generación, incluso a movimientos izquierdistas relativamente moderados.

Los sindicatos norteamericanos obraron con mucha mayor moderación después del atentado, tanto en sus métodos como en sus objetivos. El atentado contribuyó a que se aprobaran una serie de leyes concebidas para restringir los derechos de los trabajadores y fortalecer al gobierno federal frente a sus reivindicaciones.

También dio inicia a la tradición en la izquierda norteamericana de conmemorar a los acusados de Haymarket como mártires de la causa de la jornada de trabajo de ocho horas, de la libertad de expresión, y de la clase obrera en general. Novelistas y dramaturgos se inspiraron en su historia. Los poetas los ensalzaron. Los artistas los inmortalizaron en un santuario de bronce. Los activistas instauraron la fiesta más observada por los trabajadores de todo el mundo, el Día Internacional del Trabajo, que conmemora tales acontecimientos.

A partir de los años sesenta, los historiadores han hecho otro tanto y han elevado el incidente de Haymarket a hito trascendental dentro de la historia social americana. Una bibliografía somera de los trabajos sobre el caso que nos ocupa asciende a no menos de 1.513 entradas, y podrían añadirse muchas más ya que los trabajos de referencia ya casi tienen 20 años. Hoy en día, tanto en el consenso académico como en el popular se tiene por cierto e indiscutible que los ocho autoproclamados anarquistas que fueron condenados por el mortal atentado eran inocentes, que el proceso fue una farsa y que todo el episodio constituyó el modelo insuperable que demostraba la parcialidad del gobierno y del poder judicial estadounidense frente a las reivindicaciones del movimiento obrero.

Uno de los manuales de instituto más célebres dice: “el proceso fue una farsa. Nadie en la fiscalía conocía o incluso decía conocer quién arrojo la bomba […] tampoco la acusación presentó pruebas que vincularan a alguno de los ocho acusados con el atentado”.

Ese consenso no llegó de inmediato: hizo falta más de un siglo.Bien entrados los años setenta, los activistas obreros y los “defensores de la ley y el orden” discrepaban sobre los hechos y también sobre el sentido del acontecimiento. Desde finales del siglo XIX, se celebraban en Chicago desfiles de policías y dirigentes sindicales, cada uno con su versión.

Ambos recordaban a sus muertos y se culpaban los unos a los otros. Cada cuatro de mayo, los policías desfilaban ante una estatua de 6 metros de altura que representaba a un policía, erguida sobre un pedestal de granito en el mismo centro de la plaza de Haymarket. A renglón seguido se recordaba los nombres de los agentes caídos en acto de servicio, los que habían defendido a la ciudad del terrorismo anarquista. Los dirigentes sindicales peregrinaban a las tumbas de los mártires en el cementerio de Waldheim, y rememoraban el sacrificio y la abnegación de sus compañeros asesinados por un corrupto sistema judicial al servicio de los hombres de negocios e industriales de la ciudad.

A finales del siglo XX, concluyeron igualmente los enconados y encendidos debates de antaño sobre el sentido del motín de Haymarket, con un bando que defendía la memoria de los héroes de la policía caídos defendiendo la ley y el orden, y con el otro bando denunciando la iniquidad que mandó a la horca a los héroes de la clase obrera.

Después de sobrevivir a diversos intentos de destrozarla (y a dos bombazos reales) en 80 años, la estatua del policía de Haymarket fue silenciosamente apartada en 1972 y ha quedado oculta al público. Hoy en día se unica en un patio interior de la academia de policía. Al otro lado de la ciudad, el National Park Service declaró que las tumbas y el monumento conmemorativo de los mártires anarquistas eran un “Monumento Nacional de Interés Histórico”, con una inscripción oficial que reza: “Este monumento representa la lucha del movimiento obrero por los derechos de los trabajadores y posee una enorme trascendencia en la historia de los Estados Unidos”.

En 2004, sin oposición alguna, la legislatura de Illinois aprobó un concurso, con un presupuesto de 300.000 dólares, para erigir un monumento conmemorativo en la plaza donde había ocurrido la algarada.

Con una unanimidad que una generación antes resultaría impensable, el alcalde de la ciudad, la Federación Obrera de Chicago, y la Orden Fraternal de la Policía colaboraron con el fin de elegir un diseño adecuado para el monumento. Los representantes de las tres organizaciones pronunciaron discursos mutuamente elogiosos.

Todos los bandos respaldaban la interpretación de las inscripciones de bronce que rodean la base de la escultura de Mary Brogger:

“Al fin, los que organizaron la manifestación, aquellos que pronunciaron los discursos y otros personas con opiniones impopulares, fueron arrestados, sufrieron un proceso injusto y en algunos casos, fueron condenados a muerte incluso aunque no se pudo vincular a ninguno de ellos en concreto con el lanzamiento de la bomba”.

Sólo la propia artista expresó incertidumbre sobre el significado del acontecimiento. un periodista preguntó si su escultura de figuras humanas abstractas, en pie, entre fragmentos de un vagón, expresaba si el pueblo estaba construyéndolo o destrozándolo, Brogger respondió, “no deseaba una imaginería concluyente. Pretendía aludir a la complejidad de la verdad, pero también a la responsabilidad de las personas por sus actos y por las consecuencias de sus actos”.

Gran parte de este pasmoso viraje en la memoria histórica de este acontecimiento se debió a la influencia de los historiadores académicos. En 1936 Henry David publicó la primera monografía académica sobre la materia, sobre la base del ensayo que escribió en la Universidad de Columbia. En “La historia del incidente de Haymarket” la conclusión de David sobre la injusticia del proceso era tan clara y distinta como estridente:

“Sobre la base de las pruebas presentadas en el proceso, no quedó acreditado en forma alguna que Parsons, Spies, Fielden, Neebe, Engel, Fischer, Schwab, y Lingg fueran culpables del asesinato del agente Degan. Los verdaderos responsables de su condena fueron un jurado prejuicioso, un juez prejuicioso, testimonios que incurrían en perjurio, una teoría de la conspiración tan fabulosa como indefendible y el estado de la opinión pública de Chicago fueron. Las pruebas presentadas en el proceso nunca acreditaron su culpabilidad”.

Medio siglo más tarde, en 1984, el académico estadounidense más destacado en materia de anarquismo, Paul Avrich, publicó su galardonada historia del caso de Haymarket, que se convirtió inmediatamente en el trabajo de referencia sobre el acontecimiento. Al igual que David, Avrich llegó a la conclusión de que el proceso no solamente careció garantías sino que tal vez fue el proceso más injusto de toda la historia jurídica norteamericana:

“Aunque el proceso de Haymarket no fue de ningún modo la única vez en que fracasó la justicia americana, constituyó un hito tenebroso de un sistema jurídico que preconiza como principios fundamentales la verdad y la equidad s […] un bárbaro acto del poder sin paralelo en la historia jurídica norteamericana”.

James Green, autor de la obra más reciente sobre el tema, cuyo título, Death in the Haymarket, pone incluso en pasiva el propio acto criminal, le llamó “un proceso farsa sensacional” que “puso en tela de juicio como no pudo hacerlo ningún otro episodio del Siglo XIX la imagen de Estados Unidos como una sociedad sin clases ni castas, con justicia y libertad para todos”.

Las críticas al proceso se basaban en una larga lista de irregularidades jurídicas. Se rechazó la petición de los acusados de ser juzgados en procesos separados y se le les procesó conjuntamente. El jurado fue seleccionado de forma sesgada e impropia. Se tomaron en consideración pruebas obtenidas sin orden judicial o de dudosa procedencia. Los testigos fueron coaccionados o sobornados, y se dio un valor de verdad superior a sus contradictorios testimonios frente a los mucho más creíbles testimonios de los testigos de la defensa. Un juez prejuicioso permitió a la fiscalía empapelar la sala con las banderas y enseñas sediciosas recogidas por la policía de la ciudad. En todo momento, el juez mostró su parcialidad por la acusación y rechazó sumariamente las alegaciones de los letrados defensores. En todo el procedimiento primó una teoría jurídica que permitía condenar a los anarquistas de Haymarket incluso aunque no fue nunca acreditada la identidad del autor material.

Como acto final de perfidia, cuando todas las pruebas fueron vistas en sede judicial y tras los alegatos finales, el juez suministró instrucciones a los jurados que permitían que los anarquistas fueran condenados por sus palabras y no por sus acciones.

Hace diez años, cuando estaba enseñando historia del movimiento obrero, una de mis alumnas levantó el dedo y me preguntó, “profesor, si lo que dice en el manual es cierto, si no hubo prueba alguna que ligara a los anarquistas con el atentado, ¿de qué se tiraron hablando seis semanas en la Sala?”.

No supe qué responderle porque nunca me había planteado así la cuestión. Todo lo que había leído insistía en completa ausencia de pruebas mínimamente creíbles. Respondí, torpemente, que recordaba que había declaraciones policiales contradictorias y algunos testigos que, se demostró después, habían sido untados por la fiscalía, pero que no podía decirle mucho más.

La pregunta siguió asaltando mi mente durante días. Comencé a estudiar el caso de forma más sistemática, releyendo las historias convencionales pero esta vez con la provocativa pregunta de la estudiante en la cabeza. Al principio me quedé estupefacto ante los pocos hechos positivamente conocidos sobre el caso. Parecía que los historiadores no se ponían de acuerdo ni en el número de policías muertos o en si fueron muertos por la bomba arrojada esa noche o por el fuego frenético de otros agentes.

Después de leer más detenidamente la obra de referencia de Avrich, pude encontrar una lacónica referencia a que los agentes de la policía descubrieron metralla en casa de uno de los acusados, Louis Lingg, el hombre que después se suicidó en su celda. ¿Acaso no era eso una suerte de prueba?

Fue entonces cuando tuve conocimiento de que la Chicago Historical Society había digitalizado por completo las actas del juicio y que cualquiera podía leerlas en internet. Me pasé días leyendo, y, para pasmo mío, vi un proceso que no en nada se parecía a lo que me habían contado. Se trató del proceso penal más prolongado en Illinois hasta la fecha, el juez no era en absoluto el energúmeno y corrupto “juez de la horca” que había mostrado constantemente su desprecio por la defensa y su parcialidad por la versión de la fiscalía. Leí los testimonios de testigos oculares que decían conocer de primera mano una conspiración para poner una bomba, y también a un testigo que declaró bajo juramento que vio con sus propios ojos como el cabecilla anarquista, August Spies, encendió la mecha. Leí informes químicos que descubrieron que existían similares composiciones de aleación metálica en las bombas halladas en el apartamento de Lingg y en los fragmentos recobrados de los cadáveres de los agentes muertos.

Los cirujanos ofrecieron detalles minuciosos de la naturaleza de las heridas ocasionadas por la bomba, heridas que a simple vista eran muy diferentes de las ocasionadas por las balas. Me quedé boquiabierto cuando hallé claras y resplandecientes contradicciones en las declaraciones de los testigos de la defensa, cuyas declaraciones fundamentaron el escepticismo posterior de los historiadores (pese las declaraciones mucho más coherentes de los agentes de policía).
Tan abrumadoras eran las pruebas de la fiscalía que la defensa comenzó reconociendo que uno de los acusados había fabricado bombas el mismo día de la protesta y que el resto de sus clientes habían conspirado, ciertamente, para resistir con violencia a la policía y desencadenar una “revolución general”. August Spies declaró en su propia defensa y alardeó de poseer bombas y explosivos en la oficina de su diario para “experimentar” con ellas. Aunque no pude dar una respuesta totalmente cumplida a la precoz pregunta de mi alumno antes de que acabara el curso, había analizado las fuentes suficientemente como para no abrigar lugar a dudas sobre los hechos del caso.
¿Cómo podía ser, me preguntaba, que la intepretación universalmente aceptada de los hechos de este caso tan trascendental fuera tan completamente diferente de las actas del propio proceso?

La respuesta se halla en el hecho de que casi todo nuestro conocimiento contemporáneo de este acontecimiento se basa en fuentes y relatos de los defensores de los anarquistas o de los propios anarquistas. Los historiadores más destacados que han escrito relatos del atentado y del proceso recaban sus datos, no de las actas del juicio, una masa intimidante de miles de páginas (y que antes de 1998 sólo se hallaba accesible en las salas de lectura de diversos archivos), sino del mucho más disponible Resumen del Proceso, una versión abreviada del proceso en dos volúmenes.

De los ¡118! testigos que comparecieron ante el jurado entre julio y agosto de 1886, aparece en el resumen el testimonio resumido de menos de la mitad, 51. E incluso en esos casos, la formulación exacta de las preguntas y las respuestas literales de los testigos se pierde y sólo resta una interpretación parcial del meollo de su testimonio. Y lo que es más problemático, los historiadores han confiado acríticamente en el Resumen del Proceso pese a que fuera resumido, editado y publicado por el propio equipo de defensa de los anarquistas.

Además del Resumen del Proceso la fuente más citada por historiadores influyentes del caso que nos ocupa es la versión más parcial del hecho, A Concise History of the Great Trial of Chicago Anarchists in 1886, de Dyer D. Lum. El autor había encabezado el movimiento en pro del indulto de los anarquistas, y su exposición del proceso se publicó cuando la campaña marchaba a toda mecha. En el tiempo en que escribió Lum su relato, estaba prestando servicios como redactor interino de Alarm, la revista anarquista cuyo editor, Albert Parsons, era uno de los que esperaba la ejecución en el corredor de la muerte.

El trabajo de referencia más citado sobre el proceso es el galardonado libro de Paul Avrich “La Tragedia de Haymarket”. En los cuatro capítulos que abordan los hechos del proceso, 93 de sus 229 fuentes, o lo que es lo mismo, el cuarenta por ciento del total, son publicaciones anarquistas contemporáneas, memorias de los acusados, relatos del proceso de los abogados defensores o la historia del proceso de Dyer Lum. Las fuentes anarquistas son dos veces más numerosas que los diarios de Chicago y a los extractos de los documentos oficiales combinados.

Las fuentes de la fiscalía, que suponen un material mucho más extenso, constituyen una cuarta parte de las fuentes de Avrich. De hecho, Avrich se basa más fundamentalmente en el testimonio de Dyer Lum que en el muy limitado resumen de las actas del proceso, que es lo que consultó en vez de las actas mismas.
No hacía falta que algunos recónditos legajos se descubrieran en un ático polvoriento para reescribir por completo la historia de un acontecimiento sobre el que tanto se ha escrito. Todo el material inflamable necesario para echar a la hoguera un siglo de erudición estaba allí, a la vista de todos, sin que nadie le prestara la menor atención.

Algunas de las informaciones más reveladora sobre las creencias, vida social, organización y aspiraciones de los anarquistas de Chicago pueden encontrarse en las miles de páginas de las actas del proceso, declaraciones juradas de la policía, e informes policiales que no se tenían en cuenta por los académicos porque se descalificaban de entrada como herramientas de la maquinaria del asesinato judicial y por lo tanto carentes de credibilidad alguna. Cuando describo el proceso judicial que condenó a la horca a siete hombres y a otro a 15 años de reclusión, no aplicaré criterios contemporáneos de justicia y procedimiento criminal a una época que aún no los había adoptado. Si queremos entender realmente lo que significó el proceso para la gente de aquellos días, tenemos que basarnos en los criterios jurídicos de la propia época.

Por ejemplo, oscurece el significado del proceso responsabilizar a un juez por no tomar en cuenta pruebas obtenidas sin una orden de registro cuando la teoría de los “frutos del árbol envenenado”, que anulaba dichas pruebas, era una innovación del siglo XX. Los relatos del proceso, están en general teñidos de presentismo.

Las conclusiones a las que he llegado siguiendo mi método no serán muy populares: que los anarquistas de Chicago en verdad formaban parte de una red terrorista internacional anarquista y que realmente tramaron una conspiración para atentar con bombas y armas de fuego contra la policía ese fin de semana de mayo. Que, según los patrones de la época, el proceso fue justo, el jurado, representativo, y las pruebas que fundaban la culpabilidad de los acusados, abrumadoras.

El trágico fin de la historia no fue el producto de la parcialidad de la fiscalía por ver colgados a los anarquistas, sino una combinación de incompetencia profesional de los abogados de los acusados y de su disposición a usar el proceso como un mitin político en vez de salvarles el cuello a sus clientes.

No es mi objetivo dilucidar aquí quien tenía razón: si la policía o los anarquistas. Trato de entender el movimiento revolucionario anarquista en sus propios términos y no en los términos románticos en los que se ha mitificado a sus mártires. Las pruebas descubiertas por la policía durante su investigación y aireadas durante el proceso aportan una nueva forma de comprender quienes fueron los que atentaron y lo que sus cómplices esperaban lograr, nos permiten entrar sus mentes y ver el mundo a través de sus ojos, como agentes, y no como víctimas.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: El Proceso de los Anarquistas de la Plaza de Haymarket.
NotaPublicado: Vie Feb 24, 2017 3:56 pm 
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Capítulo Primero. La instrucción.

Cuando los detectives de Chicago se pusieron manos a la obra para descubrir a los autores del atentado de Haymarket no existía la ciencia forense como hoy la conocemos. Las huellas digitales, las pruebas balísticas, y los análisis de sangre y de ADN no fueron afinados hasta finales del siglo XX.

El primer manual sobre investigación criminal, Criminal Investigation de Hans Gross, se publicó en lengua alemana cinco años después de la explosión. Sir Arthur Conan Doyle no había popularizado aún el donoso escrutinio de las pistas físicas, y Sherlock Holmes no haría su debut literario hasta 1887.

Casi todos los presos de esta época eran condenados con base en pruebas testificales o en la declaración de la víctima. Las pruebas indiciarias o materiales eran presentadas muy rara vez en sede judicial, salvo cuando una falda rota o un cuchillo ensangrentado pudieran servir para espolear el asco, la ira o las simpatías del jurado.

La policía no efectuó un registro exhaustivo de las pruebas e indicios materiales desperdigados por la calle Desplaines, ya que ese procedimiento, como hoy lo conocemos, no se había inventado.

No obstante no había razón alguna para restringir el acceso al escenario del crimen, y al principio la policía bastante trabajo tenía con sofocar las protestas; impidieron que la gente se congregara pero permitieron que los consabidos cazadores de recuerdos “peinaran” la calle.

La mañana siguiente, bajo un brillante cielo matutino, eran aún palpables las secuelas de la violencia de la noche anterior. Yacían en la basura trozos de tela y sombreros aplastados. En las calles y aceras se encontraban manchas de sangre por doquier.
Un montón de curiosos se daban cita “de esos que se quedan fuera de la cárcel cuando se cuelga a alguien”, y miraban con detenimiento los destrozos y las ventanas rotas. Los jóvenes se valían de sus cuchillos para extraer balas de los agujeros que se encontraban en puertas, postes y paredes. Varios artistas plantaron allí sus trípodes y comenzaron a bosquejar ilustraciones del gran motín. Al menos un fotógrafo logró sacar instantáneas de la escena, aunque parece no han sobrevivido el paso del tiempo.
Un periodista contó los agujeros que había en un poste telefónico, 107. La única prueba material que pudo recabar la policía en el escenario del crimen era un perno estriado que sospechaban que había enlazado las dos medias cáscaras de la bomba esférica.
La policía no pensó en buscar a los culpables al principio, sino en mantener el orden en la ciudad, preocupados como estaban por si la escalada violencia de los días anteriores pudiera ir a más. Todos los agentes y detectives estaban en servicio continuo y fueron destacados a las “zonas calientes” de la ciudad, el West Side y el distrito maderero. A las ocho de la mañana se destacó un escuadrón de no menos de cinco docenas de agentes en la estación de tranvía de Desplaines, que desfiló por la Lake Street, desde Jefferson, hasta llegar al río y después a una serie de calles que daban a varios salones y centros sociales, frecuentados a menudo por radicales.
Se apostó a los agentes en cada rincón conflictivo de tal modo que nadie podía demorarse o congregarse en la acera. Una escuadra de agentes irrumpió en el Taller de Canal Street de C. H. Bissell, un armero que se rumoreaba vendió armas a los anarquistas. La policía requisó 90 mosquetones de Bisell que fueron almacenados después en una armería bien custodiada.

El departamento de policía, que temía se registraran más asonadas, entregó a cada efectivo un arma de fuego de mayor potencia, en concreto una pistola de caballería del calibre 44. Por si no era suficiente, se organizó un escuadrón especial compuesto de veteranos de guerra fue equipado con rifles de retrocarga del modelo Springfield. En los días posteriores al atentado se destacaron coches patrulla para dispersar todas las manifestaciones, pacíficas o no.

Esos preparativos parecían razonables en la noche del miércoles, el día siguiente al atentado, uq que dos guardias vieron a algunos hombres mostrando un comportamiento sospechoso en un puente que dominaba las viviendas de St. Paul, punto de encuentro para los huelguistas de los ferrocarriles.

Los agentes intimaron al grupo a dispersarse y después los siguieron a cierta distancia hasta que uno de los hombres sacó una pistola y disparó al cielo antes de ocultarse en el salón de Henry Schroeder. El agente Madden le persiguió, le agarró por la solapa diciendo “eres el hombre que estoy buscando”, y lo llevó a rastras hasta la puerta.
El hombre detenido sacó una pistola del calibre 38 “bulldog” y disparó una vez al pecho de Madden. Madden forcejeó con el hombre y le disparó dos veces, primero en la ingle y después en la cabeza. Ambos permanecieron conscientes durante el traqueteado periplo al Hospital del Condado.

El asaltante de Madden le dijo a la policía que se llamaba John Laffelhardt, pero después descubrieron que su nombre real era Reinhold Krueger. Sus camaradas anarquistas le llamaban “Big” Krueger para distinguirlo de su hermano menor August, o “little” Krueger. Big Krueger murió como consecuencia de sus heridas dos días después. Madden logró sobrevivir.

Los funcionarios y la policía de la ciudad comenzaron sus investigaciones partiendo de la hipótesis de que el atentado era resultado de los esfuerzos coordinados de varios conspiradores y no obra de un terrorista que había actuado por propia iniciativa.
El Teniente Shea ordenó a un par de docenas de infatigables detectives y policías que se habían congregado en la Central Station esa mañana del miércoles, que empezaran arrestando a los principales voceros de la manifestación del día anterior: Spies, Fielden, y Parsons. Fielden fue el primero al que detuvieron unas horas más tarde. Cuando la policía irrumpió en su casa, le encontraron tendido en la cama tratando de curar una herida que había recibido en la rodilla.

Fielden era un inmigrante, como el resto de ejecutados con la única excepción de Albert Parsons, si bien era el único que no provenía de un país de lengua alemana. Fielden creció en los suburbios de Lancashire y como muchos otros hijos de la clase obrera tuvo que trabajar en sus enormes fábricas de algodón. Se unió a la Iglesia Metodista y se convirtió en un joven popular y buen predicador, de hecho uno de sus compañeros de la escuela dominical recordaba que:

“En el momento en que dejó su lugar de nacimiento para buscar fortuna en América […] fue despedido de tal forma y en medio de tantos buenos deseos que resultaban inusitadas tantas atenciones para un hombre que sólo contaba con 22 años”.
Sin embargo no logró hacer fortuna, cambiando constantemente de ocupación, sombrerero en Brooklyn, lavandero de ropa en una fábrica de tejidos en Rhode Island, leñador de un granjero en Ohio, obrero de los que drenaban un canal en Illinois, transportista de postes en los ferrocarriles de Mississippi y estibador en los diques de Luisiana.

Después del Gran Incendio se asentó en Chicago, pasando en poco tiempo de jornalero en los parques municipales a dueño de caballos que utilizaba para acarrear piedras y contribuir a la expansión de la ciudad por las praderas adyacentes.
Los muchos agentes que apuntaban a Fielden con sus pistolas consideraban que el hombre que se hallaba debajo de las sábanas era una amenaza peligrosa para el orden público; lo que no podían saber es que sus severas miradas se dirigían a un hombre que tenía tanto derecho como cualquiera a considerarse constructor de la ciudad.

Fielden, pasados unos años pudo llegar a contratar obreros para conducir sus vagones, y con su posición económica más desahogada pudo disfrutar de más tiempo libre. Sus lecturas aumentaron, pudo viajar extranjero, y acudir a las conferencias con un precio de admisión de diez céntimos que se celebraban en el McCormick Hall, donde pudo escuchar a los más grandes oradores progresistas de su época, como Theodore Tilton, Robert Ingersoll, y Charles Bradlaugh. En esta época Fielden mudó rápidamente sus anteriores convicciones metodistas y se convirtió al agnosticismo, al pensamiento libre y al anarquismo (sin perder nada de su celo misionero).
Ingresó en la Liberal League en otoño de 1880, socializando con el que iba a ser su principal defensor, el Capitán William Perkins Black, así como con numerosos otros defensores y partidarios suyos posteriores.

Cuando la International Working People’s Association se constituyó en 1883, se trataba de una organización que rechazaba los métodos políticos y fabianos (N. del T. los socialistas fabianos, que tomaron su nombre del Dictador Romano Fabio Máximo Cuntactor, cuyas tácticas dilatorias perjudicaron a Anibal eran socialistas que defendían la acción institucional, la moderación y el gradualismo en la implantación de reformas favorables a la clase trabajadora) de sus predecesores socialistas y preconizaba un cambio inmediato revolucionario recurriendo a la fuerza si era necesario. Fielden se acabó convirtiendo en uno de sus oradores callejeros principales.
Cuando fue arrestado, Fielden era un hombre de 39 años, de tan buena planta que intimidaba. Llevaba una barba poblada, y la fiereza que desprendía le había ganado el mote de “Red Sam” y tenía una amante esposa que estaba embarazada de su segundo hijo.
La policía sabía muy bien dónde era probable que encontraran a otros sospechosos, ya que la oficina de prensa anarquista estaba sólo a una manzana de la Comisaría Central.

Cerca de la Quinta Avenida (hoy calle Wells) y de la calle Washington se ubicaban las oficinas de la Socialistic Publishing Company, una empresa que publicaba cuatro periódicos anarquistas: el Arbeiter Zeitung, el Fackel, el Vorbote, y el Alarm. La oficina ocupaba los pisos superiores de un elegante edificio comercial que contaba con un salón y una lavandería china en el sótano.
El Detective James Bonfield, hermano del Jefe de Policía más odiado por los anarquistas, John Banfield, llegó al edificio el día siguiente del atentado. Bonfield ordenó al dueño del Salón que le llevara al piso superior y que le señalara quién era August Spies. El dueño apuntó a un hombre elegante y bien plantado, con un mostacho bien cuidado que resaltaba su rostro anguloso, sentado en un pupitre cerca del gran ventanal que daba a la ajetreada avenida. En el pupitre de enfrente se encontraba su editor adjunto, Michael Schwab, con su conveniente aspecto de ratón de biblioteca y sus pequeños anteojos redondos, su barba sin recortar y su pelo enmarañado.

Bonfield informó a Spies y Schwab de que estaban detenidos. Bonfield sopló su silbato de latón, y el agente Wiley llegó corriendo por las escaleras y se situó a su lado. Spies y Schwab no opusieron resistencia. Bonfield también detuvo, por si acaso, al hermano de Spies, Chris, y a Adolph Fischer, que también resultó estar allí.

August Spies era una suerte de petimetre, bien conocido por su gusto por la ropa fina. Spies se permitía más lujos que sus desaliñados compañeros radicales, y se justificaba en sus memorias escribiendo “Mi filosofía siempre ha sido que el objetivo de la vida sólo puede ser el goce. Sostengo que el ascetismo, tal y como enseña la Iglesia, es un crimen contra la naturaleza humana”.
Spies nació en Faff, Sajonia, y emigró a con su familia Estados Unidos cuando aún era un adolescente. Al llegar a Chicago, encontró trabajo en la empresa H. Sander Co., fabricantes de paraguas en las calles de West Madison y Halsted. Spies trabajó para la empresa de paraguas durante cinco años, beneficiándose de una subida salarial y pasó de cobrar 3 dólares a la semana a percibir 14. Spies y su cuñado trataron de mejorar su posición económica mediante la venta ambulante, presentándose con sus artículos en carreteras y ferrocarriles, pero no lograron prosperar y volvieron a casa en pocas semanas.

Spies montó su propia tienda de paraguas en un rincón de Lake y Ashland pero el negocio tampoco prosperó, y encontró después trabajo en una empresa de tapices.

Spies se inició en el creciente movimiento obrero de Chicago cuando presenció una conferencia pronunciada por un “joven mecánico” que compensaba con pasión lo que de inspiración le faltaba.

De forma inusual en mayoría de los dirigentes obreros de su generación, Spies gozaba de la ventaja de una buena educación, con tutores privados en casa y estudios clásicos en el Instituto Politécnico de Cassel, estudios que sólo pudo frustrar la temprana muerte de su padre y la emigración a América de su familia. Cuando conoció las ideas socialistas, Spies poseía la competencia académica e intelectual para analizar las teorías radicales y quedó especialmente impresionado con “El Capital” de Karl Marx. Erudito, fino, elocuente en varios idiomas y mundano, Spies siempre alcanzaba puestos superiores en cualquier organización en la que ingresara.

La breve carrera política de Spies trazaba el arco del radicalismo de los tempranos años setenta del siglo XIX, cuando existía un debate en el socialismo sobre el camino más seguro para llegar mancomunidad cooperativa, bien organizando sindicatos o bien entrando en la disputa electoral. En los años ochenta, se planteó una tercera vía, llevar a cabo dramáticas acciones de resistencia frente a las autoridades estatales.

Chicago era un lugar especialmente fértil para el crecimiento de tales tendencias radicales, y todas se hallaban muy bien representadas en los días del atentado de Haymarket. Tanto el propio Spies como un puñado de líderes radicales habían sido partidarios sucesivamente de cada una de esas posturas en poco más de una década.

Después de que la experiencia les mostrara que eran insuficientes, la persuasión moral, las campañas electorales, y la organización de sindicatos, estos activistas llegaron a su militancia con la profunda seguridad que conlleva una amplia experiencia.
Un temprano activista del Working-Men’s Party y de su sucesor, el Socialistic Labor Party (SLP), Spies se convirtió en representante de la tendencia radical del SLP, una facción que rechazaba el compromiso con los partidos importantes. Esta facción provocó una escisión en el partido y acabó desfilando por las calles con uniformes paramilitares y provistos de mosquetes.
Después de que la sección de habla inglesa del SLP tratara de unir fuerzas con el reformista Greenback Labor Party in 1880, Spies tramó apoderarse del comité ejecutivo del partido y expulsó a los yanquis propicios a llegar a un acuerdo. Cuando la dirección nacional del SLP denunció a los radicales de Chicago y eliminó a su periódico, el Arbeiter Zeitung, de su lista de organizaciones del partido, Spies encabezó la formación de una alternativa revolucionaria al SLP.

Una conferencia de disidentes del SLP en Chicago nombró a Spies secretario de una red no muy organizada de un puñado de personas que pensaban de forma análoga en 1881. Dos años más tarde, Spies fue uno de los cabecillas de un “Congreso Revolucionario” celebrado en Pittsburgh que inauguró formalmente la International Working People’s Association, el centro organizativo del movimiento revolucionario anarquista en Estados Unidos.

Todas esas batallas dentro del partido hicieron crecer la ascendencia de Spies entre los radicales, y ascendió de editor adjunto del Arbeiter Zeitung a director del mismo en 1884. En esos días, los radicales que Spies llamaba “compañeros” habían comenzado a referirse a sí mismos como “revolucionarios sociales” pero eran motejados de “anarquistas” por otros sectores de izquierdas.
Los hombres y mujeres a los que se conocía popularmente como “anarquistas” no recibían esa etiqueta en aquellos días debido a su cosmovisión y filosofía, ya que en términos de teoría política o económica no eran muy distintos de otros socialistas de la época.
Entendían el capitalismo no como un sistema económico particular sino como una época histórica que regía todas las demás instituciones, y las corrompía, la familia, la iglesia y el Estado. Creían que el capitalismo debía ser derribado para que naciera una sociedad próspera, equitativa y pacífica.

Sin embargo rechazaban los planes y las esperanzas de otros radicales: las cooperativas obreras eran panaceas equivocadas, los partidos obreros no podían ganar elecciones o si las ganaban no iba a importar mucho porque los capitalistas nunca cederían su poder pacíficamente, e incluso los sindicatos eran proclives a la domesticación por patronos que astutamente sabían comprar la lealtad de los obreros.

Habían llegado a una conclusión fundamentalmente lógica pero despiadada: todas las instituciones y dirigentes que sostenían el orden existente, es decir, la Iglesia, el gobierno, las elecciones, los tribunales, las cárceles, los banqueros, los reyes, los policías y los patronos, eran objetivos legítimos en la guerra de liberación de la clase obrera.

Señalaban las inicuas acciones contemporáneas de las potencias coloniales europeas: la flota británica, segura de no ser alcanzada por los cañones de anima lisa de los egipcios, machacaba Alejandría sin piedad con sus cañones navales de largo alcance; la caballería americana arrasaba los campamentos indios y asesinaba a sus habitantes; los cosacos tomaban aldeas rebeldes a sangre y fuego; teóricos revolucionarios como Mijail Bakunin, Johann Most, Peter Kropotkin, y Paul Grottkau, en el mismo Chicago, defendían no sólo la eficacia de las acciones violentas sino su necesidad e incluso su carácter fundamentalmente ético.
Spies y el resto de “anarquistas” de Chicago estaban convencidos de que apilar, custodiar y mostrar ocasionalmente sus bombas y rifles servía a diferentes propósitos.

Formar una milicia ilustraba de forma inmediata su filosofía de resistencia armada, atraía más prensa y notoriedad que la que merecía su escaso número, y tal vez haría que las autoridades se lo pensaran dos veces antes de disolver sus reuniones. Por supuesto, armarse también contribuía a poner los medios para la futura liberación.

De ambos modos, como acabó sucediendo, “los anarquistas” se volvieron más belicosos justo en el momento en que fueron más frecuentes los choques entre una fuerza policial modernizada y una mano de obra sindicada. De modo que los anarquistas y la policía ya estaban destinados a estrellarse mucho antes del atentado de Haymarket. Como portavoz corriente en las manifestaciones de protesta y en los acontecimientos públicos Spies ya tenía en 1886 una larga historia de altercados con la policía de Chicago.
Se hallaba presente en muchos enfrentamientos entre obreros y policía, muy notablemente el día antes, el 3 de mayo, cuando arengó a una multitud de trabajadores que después tomaron por asalto el McCormick Reaper Works y libraron algunas escaramuzas con la policía.

Personalmente le había afectado que su hermano más joven, Wilhelm, un chico conflictivo que dirigía una pandilla local, fuera muerto por un agente de policía 18 meses antes. “Willy” Spies y sus amigos estaban tomando unas cervezas cerca de la casa de Spies cuando el agente Jacob Tamilo les dijo que circularan. Después, para justificar el disparo al estómago de Willy, Tamillo dijo que Willy había tratado de agredirle.

Spies no tuvo la menor duda de se acabó su libertad en cuanto el detective Bonfield entró en su oficina. Spies conocía bien la gravedad de su situación pues mientras le llevaban a la cárcel les dijo a sus acompañantes que “era cuestión de tiempo que bailaran colgando de una cuerda”.

Adolph Fischer, cuando le arrestaron, era un hombre de familia, con una mujer embarazada y tres hijos. La mayor parte de lo que ha podido documentarse sobre su vida anterior a los días de Mayo en Chicago fue extraído de la breve “autobiografía” publicada en la revista Knights of Labor cuando se sustanciaba el recurso de apelación.

Fisher contaba que nació en Bremen y que acudió a la escuela hasta que cumplió 15 años, cuando emigró a Estados Unidos y “poco después de mi llegada a estas costas” se mudó a Little Rock, Arkansas, para convertirse en aprendiz de su hermano William, que publicaba un diario semanal en lengua alemana.

Aparentemente el periódico de Little Rock no prosperó, porque en 1877 William estaba en St. Louis, donde se le tenía como uno de los dirigentes más destacados del movimiento socialista de la ciudad. Cuando la gran oleada de huelgas de ferrocarril se extendió por el oeste del país y llegó a San Francisco, Williams era uno de los integrantes del “Ring of Five”, que se hicieron con el poder en la ciudad durante un par de días, fundando lo que los diarios alarmistas denominaron, “La Comuna de St. Luis”. El capataz del diario Freie Presse de Cincinnati recordaba la llegada de Fisher a la ciudad, cuando el periódico le contrató en la primavera de 1878.

El capataz recordó haber despedido a Fisher a causa de sus “discursos anárquicos e incendiarios”. Fisher encontró después trabajo en esa misma calle, en la imprenta del American Israelite, pero no pasó más de un mes antes de que el patrón le despidiera. El capataz de la Frei Presee le devolvió su antiguo trabajo, pero pronto volvieron a mostrarle la puerta, en cuanto se entró de una carta insultante que Fisher había escrito sobre él. Se negó a disculparse.

Fisher regresó a St. Louis y comenzó a echar raíces. Se unió al Sindicato Tipográfico en 1879 y se casó en 1881. Después, en junio de 1883, llevó a su familia a Chicago, donde encontró trabajo como cajista en el Arbeiter Zeitung. Incluso sus amigos más íntimos compartían la opinión de que la militancia de Fischer le había endurecido. Uno de ellos que le conocía bien, le describía como “granito labrado”.

En prisión, parecía menos interesado en el destino de sus apelaciones que en jugar a los naipes con los celadores detrás de los barrotes de su celda. Según el procedimiento habitual, la policía cacheó a los detenidos y halló que Fisher tenía un cinturón con una vaina que llevaba una hoja afilada y una pistola del calibre 44.

En el cinturón se hallaban grabadas las iniciales “L. & W.V.” una abreviatura de Lehr und Wehr Verein, una unidad obrera de milicia armada. En el bolsillo se encontraron diez cartuchos y un detonador. Según el testimonio de uno de los impresores del periódico, James Aschenbrenner, Fischer llevaba estas armas encima porque Aschenbrenner las había encontrado en otra ocasión ocultas en su escritorio y le exigió que se las llevara “para no meter a nadie en problemas por tener estas armas”.

Cuando le preguntaron, Fisher dijo no saber nada del detonador. Se lo había dado meses antes un socialista que visitó la oficina; no sabía quién era y había olvidado que se lo había metido en su bolsillo. Bonfield, sin embargo, pensó que el detonador parecía “perfectamente nuevo y que el fulminante estaba fresco y brillante por dentro” cuando lo confiscó.

Más tarde, cuando fue interrogado por el fiscal adjunto del distrito Edmund Furthmann, Fisher admitió que sabía lo que era el detonador y para lo que era, y que había aprendido como usar ese artefacto en un manual básico de terrorismo titulado Revolutionäere Kriegswissenschaft (La Ciencia de la Guerra Revolucionaria) publicado el año anterior por el más notable anarquista de Estados Unidos, Johann Most. El subtítulo de la obra de Most era “Un manual de instrucciones sobre el uso y la fabricación de nitroglicerina, dinamita, algodón explosivo, fulminado de mercurio, bombas, artefactos incendiarios, venenos, etc.”

Como el policía tenía sus dudas por haber registrado el edificio sin previo mandato judicial, se hizo venir al fiscal jefe Julius Grinnel. Llegó por la noche acompañado del fiscal adjunto de distrito Edmund Furthmann y le dijo a la policía que registrara concienzudamente el edificio y después ya podrían ocuparse de temas jurídicos.

Esa actitud tan “caballerosa” de Grinnell en relación con la necesidad de mandato judicial previo que debía anteceder a cualquier registro, era moneda común en la época. Los registros de casas en los que se obtenían pruebas sin orden judicial previa, durante la instrucción, era una práctica tan común a finales del siglo XIX que se consideraban procedimiento normal y corriente en la mayoría de los departamentos policiales.

Un editor del Albany Law Journal señaló en 1899:

“En la práctica, es bien sabido que los sheriffs, los oficiales de policía, los comisarios, los detectives y demás, cuando arrestan a alguien, registran invariablemente al detenido y requisan propiedades suyas o de sus vecinos que consideran que pueden tener fuerza probatoria contra él, y hasta ahora la regla ha sido que los jueces no se ocupen de la legalidad de los métodos de obtener estas pruebas, pero sí que evaluarán su admisión… en orden a consideraciones de su relevancia y trascendencia, sin preocuparse de tales cuestiones colaterales”.

No fue hasta 1914 cuando el Tribunal Supremo de los Estados Unidos convirtió a la Regla de Exclusión en un criterio nacional de proceso debido. Los tribunales, en la década de 1880, sostenían, por lo general, que la reparación correcta en caso de un registro efectuado sin orden judicial previa se podía obtener mediante la interposición de la persona cuyos derechos habían sido vulnerados de una acción privada de daños y perjuicios, frente al funcionario infractor.

En tal sentido resulta revelador que cuando la defensa protestó en el proceso que se habían obtenido pruebas sin orden judicial, el presidente del tribunal se apresuró a admitir que era cierto, pero que esa acción debía tener lugar en otro tribunal y en otro proceso. El fiscal se presentó voluntario afirmando “estoy dispuesto a ser procesado por ese hecho”.

Irónicamente, los criterios para obtener órdenes judiciales en Illinois eran bastante laxos, y no exigían pruebas concretas del delito sino tan sólo una “sospecha razonable”. Grinnell y Furthmann podían haber obtenido una orden judicial con rapidez si se hubiesen tomado la molestia de pedírsela a un juez, pero dado que no había sanción jurídica alguna por no tenerla, no se tomaron la molestia.
En cuanto comenzó el registro, no se tardó mucho en obtener más pruebas incriminatorias. Otro “detonador” (aunque este estaba descolorido y no parecía fresco y brillante según el detective James Bonfield), unas pulgadas de fusible y un revolver fueron encontrados en una caja de madera a pocos metros del escritorio de August Spies.

Un cerrajero abrió los cajones del escritorio de Spies y halló dentro más fusibles y una caja etiquetada “Detonadores quíntuples. Fabricado por la Compañía Etna Powder” en la que había diez detonadores más. También había dos palos envueltos en papel que los agentes supusieron que eran cartuchos de dinamita. August Spies admitió más tarde, durante sus proceso, que esos palos estaban ciertamente compuestos de “pólvora gruesa” (una variante de la dinamita), que esos objetos eran propiedad suya, y que lo tenía en el cajón para mostrarlos a los periodistas, obtener publicidad y “experimentar” con ellos.

En otra sala del edificio, el Teniente Shea encontró un paquete en una habitación cerrada y abrió, exponiendo lo que parecía ser una suerte de polvo aceitoso, y dijo a su compañero, “mira, dinamita”.

Fue llevada con mucho cuidado a una caja de seguridad en la Estación Central. La policía requisó igualmente panfletos, diarios, libros, cartas, material de imprenta y fragmentos de manuscritos que colgaban de los ganchos de los cajistas. Se aprehendieron dos banderas negras y cuatro rojas, al igual que un estandarte que rezaba, “nuestros amigos capitalistas pueden dar gracias a su Señor, porque nosotros, sus víctimas, no les hemos estrangulado”.

Mientras la policía saqueaba el edificio llegó el Alcalde Carter Harrison, y poco después Oscar Neebe, un “organizador” que había conseguido mantener un negocio anarquista, subió por las escaleras hasta la oficina editorial y preguntó quién era Spies. El Alcalde le llevó aparte y le interrogó.

Neebe le dijo al Alcalde que quería sacar la tirada de hoy del Arbeiter Zeitung y prometió que no se publicaría nada “de naturaleza incendiaria”. “Eso de fijo” respondió el Alcalde, y pocos minutos más tarde todos los cajistas, impresores y demás empleados, un total de 21 personas, incluyendo la única periodista, Lizzie Holmes, y dos empleados de oficina, fueron detenidos y conducidos al edificio de la Armería en la Estación Central, que no era suficientemente grande para aposentarlos a todos. Cuando los estaban cacheando, se halló una pistola y un cuchillo que llevaba uno de los impresores, Julius Stegemann. El Juez George Meech se apresuró a llegar a la estructura, semejante a una fortaleza, y acusó a la congregación de conspiración para asesinar, decretando que ingresaran en prisión provisional sin fianza durante una semana. También se acusó a Stegemann de llevar un arma oculta.

Después del almuerzo se hizo venir a un artificiero. Acompañado de dos agentes y un periodista llevó algo del polvo aceitoso tomado de las oficinas de los anarquistas al lago. El artificiero colocó con poco de este polvo, del tamaño de una castaña, en una estaca de roble del ferrocarril, lo recubrió de ladrillos, encendió un fusible y permaneció a una distancia segura cuando reventó e hizo un agujero en la madera lo bastante grande para que pasaran “dos puños de un hombre”. Los ladrillos fueron convertidos en polvo. Después hizo un molde con una segunda carga en forma ovalada y la fijó dentro de un óvalo de hierro en un enganche del ferrocarril y lo recubrió con más ladrillos. Después de la explosión no quedaba más que un pequeño fragmento de hierro, mientras que el resto fue expelido al Lago Michigan.

Después de recoger una plétora de pruebas en el primer día de registro en la oficina anarquista, la policía comenzó a practicar una serie de redadas generales en conocidas sedes radicales. No fueron muy difíciles de identificar, ya que bastaba con leer los anuncios y la publicidad de las reuniones publicadas en los diarios anarquistas.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: El Proceso de los Anarquistas de la Plaza de Haymarket.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 5:37 pm 
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Antes de que concluyera el día se registraron otros cinco lugares de encuentro de los radicales. Un ingente destacamento de policía, bajo el mando del Jefe Frederick Ebersold efectuó una redada en Greif ’s Hall, en el número 54 de West Lake Street, un lugar que era conocido por ser un centro de actividad anarquista.

Bonfield y veinte hombres armados hasta los dientes despejaron el Zepf ’s Hall, el salón anarquista que se hallaba justo bajo el bloque donde había explotado la bomba y requisaron tres banderas rojas, cuatro mosquetes, una bayoneta, y un fajo de papeles.

La policía, en el corazón del barrio alemán, registró el salón y el atrio en que se encontraban en el 636 de la Milwaukee Avenue, que resultó ser uno de los arsenales del Lehr und Wehr Verein.

La policía descubrió allí una pista de tiro secreta ubicada el sótano y confiscó dos viejos mosquetes. En los tres días siguientes se registraron otros doce lugares.

Esa misma semana la policía registró la casa de Adolph Fisher pero sus trabajo sólo resultó en el hallazgo de una caja de cartuchos del calibre 44 y la túnica azul del Lehr und Wehr Verein. Un tanto defraudados, dieron mucha importancia a la tubería de gas de tres pies hallada en una cabina trasera.

La casa de Fisher no disponía de servicio de gas. Los investigadores habían reunido ciertas pruebas de que este grupo de anarquistas habían obtenido material para la fabricación de bombas, pero aún no tenían pista alguna sobre el fabricante.

Desde el punto de vista jurídico, que fuera imprescindible identificar y detener al autor material del atentado para que el proceso llegara a buen fin fue materia de muchos debates en la comunidad jurídica.

El día posterior al atentado, un grupo de dirigentes patronales y personalidades jurídicas, encabezadas por el Juez J.O. Glover, visitaron al Alcalde para explicarle su interpretación de las leyes de Illinois.

Glover hizo de portavoz y comunicó al alcalde que según su dictamen cualquiera que alentara el empleo de dinamita era tan culpable de asesinato como la persona que encendió la mecha y arrojó la bomba.

Glover leyó un párrafo del Código Penal que definía el concepto de “cómplice”. Un cómplice es aquella persona que apoya, auxilia o que, no habiendo prestado un auxilio o apoyo material, ha aconsejado, animado o auxiliado la perpetración del delito.

“El que así ayude, auxilie, aconseje o aliente a la comisión de los delitos será reputado como autor y sancionado como tal”.

Según las memorias llenas de vanidad de Melville Stone, editor del Chicago Daily News, la espinosa cuestión del procesamiento y enjuiciamiento de un grupo de personas como cómplices cuando el autor material del delito no está identificado preocupaba al fiscal Julius Grinnell.
Stone era uno de los que se hizo venir al despacho del juez de instrucción la mañana del atentado, con el fin de analizar la mejor manera de redactar el veredicto del jurado del juez de instrucción en relación con la muerte del guardia urbano Mathias Degan.

Según Stone (que sigue siendo la única fuente de información sobre esta reunión, “me encontré con ellos en los sótanos del tribunal […] Julius S. Grinnell, el fiscal y Fred S. Winston, el fiscal de la ciudad, habían debatido diversas cuestiones jurídicas tocantes al caso con Mr. Hertz, el Juez de Instrucción.

Tenían problemas. Nadie sabía quién había arrojado la bomba, y ambos pensaban que era un elemento importante a la hora de llevar el caso. En seguida expresé mi postura de que la identidad del que arrojó la bomba carecía de importancia […] Finalmente […] redacté lo que consideré un veredicto adecuado para el jurado del juez de instrucción […] Después de más debate mi borrador fue aceptado por Grinnel [sic] y el juez de instrucción Herz se apresuró a
proseguir con su investigación”. Tanto si Stone estaba exagerando su papel como si no, el veredicto del jurado del juez de instrucción trató de separar jurídicamente el hecho de arrojar la bomba de la conspiración que lo hizo posible. “Nosotros, el jurado, hallamos que Mathias J. Degan sufrió la muerte como consecuencia de la hemorragia ocasionada por una herida producida por un fragmento de bomba, arrojada por una persona desconocida, con la cooperación y complicidad de August Spies, Christ Spies, Michael Schwab, A.R. Parsons, Samuel Fielden, y otras personas desconocidas”. (30) Sin embargo el fiscal Grinnell claramente pensaba de inicio que su mejor estrategia era vincular a todos los conspiradores tan íntimamente como fuera posible con el acto de arrojar la bomba. A Grinnell no le bastaba demostrar simplemente que los dirigentes anarquistas habían escrito en sus diarios y gritado desde sus atriles alabanzas al poder de la dinamita para resolver los problemas del mundo, yendo tan lejos como para instar a los obreros a lanzar bombas a sus opresores. Procedió bajo el supuesto de que la ley exigía que el Estado demostrara que estos hombres cooperaron, auxiliaron, alentaron o aconsejaron no cualquier atentado sino el atentado concreto del día 4 de mayo. Eso exigía identificar al perpetrador incluso si el culpable no podía aparecer en el tribunal. Incluso antes de que la policía empezara a descubrir las reuniones secretas y los planes de los anarquistas, Grinnell había encontrado una serie de testigos que aportaron los primeros eslabones que precisaba para forjar una cadena legal que vinculara a los conspiradores con el perpetrador. Un tendero llamado Malvern M. Thompson fue el primer testigo importante en presentarse, declarando en la investigación sobre la muerte del policía callejero Degan que había oído a August Spies y Michael Schwab hablar a la salida del bulevar Crane cuando Parson estaba hablando.

Thompson dijo que le había parecido oír la palabra “pistolas” y la sospechosa frase “¿crees que una será bastante?”. Un joven fabricante de dulces llamado John Bernett también se pudo en contacto con las autoridades y les dijo que vio al hombre que arrojó la bomba. Bernett fue llevado a la prisión y se le hizo reconocer a los presos, pero no pudo señalar a ninguno como el perpetrador. Esto acabó con la teoría inicial de los investigadores de que tenían que haber sido Fisher o uno de los hermanos Spies el que tiró la bomba. (31) El jueves, dos días después del atentado, un hombre alto en la vecindad de la ciudad alardeaba ante varios hombres que había visto al hombre que arrojó la bomba y estaba seguro de que podía identificarlo. Un periodista del Chicago Times oyó a este hombre, Harry Gilmer y publico una breve nota sobre el incidente en la edición de la noche. El periodista citó a Gilmer diciendo “estaba de pie en un rincón del callejón, al lado de la fábrica Crane, cuando vi llegar a la policía, y cuando se ordenó disolverse a la multitud un joven que estaba al lado mío lanzó la bomba. Estoy seguro de ello, porque encendió la mecha antes de lanzar la bomba. Era un hombre de talla media, con patillas y mostacho, que llevaba un sombrero de ala ancha.” Esa noche la policía llamó a Gilmer para interrogarle. (32)

Debido a una coincidencia que se convirtió en algo vergonzoso, mientras la policía trataba de obtener un retrato robot del perpetrador con las declaraciones de Gilmer en el cuartel, el presunto perpetrador, un carpintero llamado Rudolph Schnaubelt, que era también cuñado de Michael Schwab, era interrogado en otras dependencias policiales. Si ambos se hubieran encontrado ese día, el curso del proceso hubiera sido diferente, pero mientras un grupo de agentes de policía se enteraban de que estaban buscando a un
hombre de una talla un poco superior a la media, Schnaubelt, que medía algo más de 1,80, estaba respondiendo de forma convincente a las preguntas de los agentes. Schnaubelt admitió estar en la palestra en algunos de los discursos, pero dio cuenta de sus movimientos de forma coherente dejando satisfechos a sus interrogadores y le dejaron ir (y por supuesto nunca se le volvió a ver por Chicago) (33) En parte la razón por la que dejaron ir a Schnaubelt era que los detectives y fiscales no estaban muy seguros de si creer a Harry Gilmer. Sólo confiaron en su testimonio después de que pudo señalar a un hombre (en una ronda de reconocimiento) que había estado en la palestra de los portavoces pero que no había pronunciado un discurso. El hecho de que Gilmer hubiera estado en la estación al mismo tiempo en que se detenía a este sospechoso fue un golpe afortunado para la policía hecho posible por un registro de la casa de Parsons. La mañana posterior al bombardeo, agentes encubiertos mantuvieron una constante vigilancia de la casa de Parsons. Una noche, los detectives observaron a un hombre que hizo pasar una nota bajo la puerta principal de la casa de Parsons y la recuperaron antes de que Lucy Parsons supiera que había llegado. Esta pequeña misiva expresaba la empatía del autor con lo que había sucedido en Haymarket y estaba firmada “W.S. 287 Lake Street.” En una hora los detectives detuvieron a cuatro personas que encontraron en esa dirección en la extracción central. Estaban entre ellos William Snyder y Thomas Brown. Ambos hombres negaron haber estado en el mitin de Haymarket o saber algo de él. A Snyder se le pidió que redactara una breve declaración, y una vez que los detectives vieron que su caligrafía concordaba con la nota dejada en la puerta de Lucy, comenzaron a leerle dicha nota “nunca habrás visto a un tío tan sorprendido y aterrorizado”, recordó el fiscal adjunto Francis Walker, “se le mudo el colo unas siete veces y su mano temblaba como el azogue”. Según Walker, metieron a Snyder y Brown en una celda con un par de docenas de personas más y se hizo venir a Harry Gilmer a una rueda de reconocimiento pidiéndole si podía identificar a alguno de los detenidos. Gilmer señaló a Snyder y Brown y dijo que recordaba haberles visto en la palestra en el mitin en algún momento de la noche. Snyder fue interrogado otra vez en privado, y cuando se enfrentó con su nota y con la identificación de Gilmer, se vino abajo y les contó más sobre los acontecimientos de esa trágica noche y como llevó a Parsons al viaducto de Desplaines y le entregó 5 dólares para que pudiera salir de la ciudad. (34)

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 Asunto: Re: El Proceso de los Anarquistas de la Plaza de Haymarket.
NotaPublicado: Lun Mar 06, 2017 2:51 pm 
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Los detectives comenzaron únicamente a centrarse en Schnaubelt como sospechoso principal de ser el autor material del atentado cuando se enteraron de que se había afeitado la barba la mañana anterior al tumulto. Por supuesto, como no había manera de encontrarle, la policía no podía pedir a Gilmer que lo identificara como lo había hecho en el caso de Snyder. El detective James Bonfield y el fiscal adjunto Furthmann fingieron “estar matando el tiempo absurdamente mirando el álbum de fotos de la señora Schwab”.

Furthmann encontró una foto de su hermano Rudolph Schnaubelt y observó el sello del fotógrafo detrás. Bastó con una visita al estudio fotográfico para obtener una copia sin alertar a los Schwabs y a Schnaubelt de que estaban siguiéndole la pista. Cuando le mostró la foto, Gilmer identificó a Schnaubelt como el hombre al que vio arrojar la bomba.
Balthazar Rau, un joven anarquista que se ganaba la vida vendiendo espacios de publicidad en el Arbeiter Zeitung y otras publicaciones de la Socialistic Publishing Company, fue atrapado por la policía el día después del atentado. Al principio la policía no le tenía en mucho como sospechoso, tal vez porque tenía una reputación de “machacón”, más interesado en la seducción del bello sexo que en la política, una acusación creíble cuando se aprecia su mostacho rubio bien recortado, su barba imperial y sus hermosos ojos azules, y por ello le dejaron marchar.

Mientras la cadena de informantes aportaba los datos necesarios para la investigación en las siguientes tres semanas, la policía se percató de que Spies envió a Rau con el fin de encontrar a Parsons una vez que dio comienzo el mitin de Haymarket, y se añadió su nombre a la menguante lista de sospechosos de ser autores materiales.

Esa noche acabaron llegándole noticias del (cada vez mayor) interés de la policía en sus actos de esa noche, por lo que el 25 de mayo Rau emprendió la fuga y se ocultó en una colonia de socialistas en Omaha, hasta que el detective John Bonfield y el fiscal adjunto Edmund Furthmann se desplazaron a Nebraska para detenerle.

De regreso en Chicago Rau confirmó gran parte de lo que habían descubierto ya los investigadores. Por lo visto les dijo que había ido con Spies, Schwab, Neebe, Engel, Schnaubelt, y otro hombre que no podía identificar a las soledades de Sheffield, Indiana, donde experimentaron con bombas “zar” redondas. Rau dijo que Engel y Schnaubelt eran los que prepararon los explosivos. Dijo que había averiguado lo que significaba la palabra clave “Ruhe” porque se lo contó el cabecilla de la milicia socialista August Belz, y que fue Belz quien le dijo que la palabra se aplicaba a un mitin en Haymarket y “que si aparecía en el Arbeiter-Zeitung, habría problemas, peleas con la policía”.

Cuando Rau le preguntó sobre la palabra clave que aparecía en el diario, Spies le dijo que todo fue obra de Fisher y que había tratado de hacer correr la voz a los grupos armados de que la palabra se había escrito por error y que deberían quedarse quietos.

Además de registrar las casas, los salones y los negocios del movimiento anarquista, la policía arrestó a docenas de anarquistas conocidos o sospechosos para sacarles información y pistas.

En algunos casos la policía presentó cargos contra estos hombres. James Dajnek, un distribuidor del Arbeiter Zeitung, fue arrestado la mañana del 8 de mayo porque se sospechaba que había prendido fuego a un coche de policía durante el tumulto. La policía también sostenía haber confiscado dos pistolas que encontró en sus bolsillos.

El hermano de James, Henry, y un hombre llamado Novak, que se identificó como cerrajero, fueron también detenidos y encarcelados. En la mayoría de los casos, la policía puso rápidamente en libertad a los sospechosos que detenían. En la tarde noche del jueves, el 6 de mayo, el Teniente Quinn arrestó a George Engel en su tienda de juguetes en Milwaukee Avenue.

El flemático y doctrinario Engel nació en Cassel, Alemania, en 1836, y era hijo de un fabricante de ladrillos que murió cuando él aún era niño. Huérfano con 12 años, Engel estuvo en la inclusa hasta que cumplió 14 años, cuando la ciudad dejó de sufragar su manutención. Acabó encontrando un trabajo de aprendiz de pintor. Cuando tenía 20 años, Engel siguió el camino acostumbrado los artesanos jóvenes y pobres, vagando por toda Europa Central en busca de trabajo. Se casó en 1868 en la ciudad de Rehna y cinco años más tarde emigró a Filadelfia con su esposa y un bebé, George, Jr. El trabajo en Estados Unidos parecía abundante y los salarios al principio buenos en comparación con lo que estaba acostumbrado, pero debido a una enfermedad estuvo postrado un año y su familia tuvo que vivir de la caridad de la Sociedad de Auxilio Alemán.

Tan pronto como se recuperó, se mudó con su familia a Chicago, donde encontró empleo en una fábrica de coches y se familiarizó con las ideas socialistas. En 1876 el emprendedor socialista abrió una tienda de juguetes en la Avenida Milwaukee, la principal arteria del distrito alemán, y como él decía, “como tendero tendré más tiempo libre que podré dedicar a leer”. Engel pronto se ganó una reputación de consumado polemista e inflexible radical y aunque sus vecinos le hacían el vació siguió adelante, predicando el evangelio anarquista a todo el que se topaba, se mostrara interesado o no.
De algún modo habían soplado a la policía que Engel había comprado hacía poco docenas de pistolas a un tratante de armas de la ciudad. Sin embargo, un registro en la casa de Engel y en su tienda no consiguió encontrar armas de fuego y Engel fue puesto en libertad esa misma noche.

Basándose en las entrevistas con los detenidos la policía comenzó a estrechar el cerco sobre su lista de sospechosos de mucha monta. Uno de los nombres, Louis Lingg, aparecía constantemente en las entrevistas, y la policía tomó la decisión de detenerlo.

En la mañana del viernes, el 7 de mayo, cinco agentes de policía llegaron a la pequeña casa de dos pisos en el north side (442 Sedgwick street) en la que Lingg había alquilado una habitación a un carpintero, William Seliger. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas. El hecho de no tener orden judicial no impidió que forzaran la puerta principal, entrando. En la habitación de Lingg recogieron unas cuantas herramientas: un cincel, una copa, una copa de porcelana y un martillo. En una caja de barco con las iniciales “L.L” encontraron un rifle Remington cargado, un montón de panfletos y cartas, un poco de mecha y en el fondo, embutida en un calcetín gris, una bomba redonda de plomo. Debajo de la cama había un cubo que contenía lo que parecía polvo de sierra, pero que después resultó ser dinamita.

En un tupper de plomo había cuatro bombas, dos cargadas. También encontraron algunos cables largos en un lavabo, cables de las mismas dimensiones que los hallados entre los restos de la bomba en la calle Desplaines. Encontraron en el baño dos bombas cargadas más, otra bomba esférica cargada, dos tuberías vacías, un soldador, y algunos fragmentos de plomo no usados, que la policía describió como “metal babbit”.

Más tarde ese mismo día los detectives encontraron a William Seliger trabajando en una fábrica y se lo llevaron para interrogarlo. Los investigadores le hicieron ver la gran cantidad de artefactos explosivos que encontraron en su casa y le presionaron amenazando con arrestar a su mujer. Seliger se vino abajo e implicó a Lingg como fabricante de las bombas y también a otros muchos que le habían ayudado. Por Seliger los investigadores confirmaron que Lingg era el que había fabricado la bomba y recogieron además pistas de media docena de personas más que Seliger declaró que habían desempeñado un papel importante en la conspiración revolucionaria.

Mientras detenían y después interrogaban a Seliger, llegó a la estación del East Chicago Avenue un colega carpintero y amigo suyo, John Thielen, que preguntó por la detención de su amigo. Como respuesta la policía le metió en una celda y envió a un par de agentes a su casa donde interrogaron a su mujer y se llevaron a su hijo de 15 años bajo custodia.
Más tarde el hijo mostró a los detectives dónde estaban escondidas dos bombas de fabricación casera, dos cajas de dinamita del tamaño de una caja de cigarros y dos cajas de cartuchos. Tanto el benjamín como el mayor de los hijos de Thielens confirmaron partes clave de la historia de Seliger, y Lingg se convirtió en el hombre más buscado de Chicago.
A los detectives Jacob Lowenstein y Herman Schuettler les llevó una semana después la detención de Seliger encontrar el escondrijo de Lingg en el sector suroeste de la ciudad.

Lowenstein y Schuettler acudieron al 80 de Ambrose Street, una quinta que se hallaba sólo dos manzanas al norte del punto de la Avenida Blue Island donde había comenzado el tumulto de McCormick el tres de mayo. Schuetller, actuando como agente encubierto y fingiendo ser el anarquista Franz Lorenz, llamó a la puerta y le abrió una tal señora Klein. Le dijo que se llamaba Lorenz y que estaba buscando a Lingg. Klein le llevó hasta la cocina, donde vio a Lingg, pero le tomó equivocadamente por el dueño de la casa y le preguntó “¿cómo está señor Klein?

Lingg sacó un revólver. Schuettler atrapó el arma antes de que Lingg pudiera amartillarla y los dos se revolcaron por el suelo. Lowenstein estaba fuera cuando oyó ese ruido, que no dejaba jugar a dudas, y golpeó violentamente la puerta trasera. Cuando irrumpió en la casa vio a Lingg montado espalda de Schuettler con su pulgar aplastando la boca del policía, mientras ambos forcejeaban por la pistola.

Lowenstein golpeó a Lingg en la oreja con la porra, lo que no consiguió aturdirle, y cogió de la manga a Lingg, desgarrándola. Consiguió después apresar la garganta de Lingg y le sujetó contra la pared. Según Schuettler, lo único que le dijo Lingg mientras le apretaba las esposas fue “Puedes disparar, disparar, matarme”. Dos semanas después de la detención Lingg aun llevaba puestas las mismas ropas destrozadas con las que le habían apresado.

Un periodista que visitó la cárcel observó que una de las mangas de Lingg había sido desgarrada a la altura del hombro. El periodista estaba fascinado al ver que Lingg había decorado su celda de 2 por 2 metros con dibujos a carboncillo pintados en las encaladas paredes. Muchos de los dibujos representaban “hombres armados hasta los dientes luchando con otros hombres que pueden haber o no sido policías”.

Acompañando a los dibujos Lingg escribió lemas que este periodista tradujo del alemán, tales como “Larga vida a la revolución”, o “Si la ley me ha atrapado, tendré que sufrir”. Louis Lingg nació en Mannheim y era hijo de un leñador. Su madre quería que fuera administrativo, pero Luis quería ser carpintero y entró en el taller a la edad de cinco años. Cuando Louis tenía diez años su padre se cayó en el helado río Neckar tratando de recoger un tronco errante. Aunque sus compañeros pudieron rescatarlo de las heladas aguas, nunca recobró su antiguo vigor, por lo que su jefe durante más de 12 años lo despidió, “tirándolo como si fuera una herramienta gastada” en palabras de Louis, lo que sumió a su familia en una indigencia desesperada.

Este hombre quebrado obtuvo un trabajo del gobierno, durante un tiempo, antes de volverse demente y fallecer cuando Louis cumplió 13 años. Lingg completó su aprendizaje a la edad corriente de 18 años en 1882, y se puso a trabajar por su cuenta, vagando por Alsacia, el sur de Alemania y Suiza. A pesar de las rigurosas leyes antisocialistas de Alemania, Lingg se unió a los residuos de la Asociación General de los Trabajadores Alemanes de Lasalle, y gozó de la hospitalidad de las sociedades de “banquete” socialistas.

El primer acto de resistencia política de Lingg fue evadir el reclutamiento del Káiser, y pronto fue un hombre perseguido, huyendo de ciudad en ciudad, siempre un paso por delante de la policía suiza que estaba ansiosa por deportarle. En el camino ayudó a fundar un club socialista en Aargau y se hizo amigo de August Reinsdorf, el más inflexible revolucionario alemán de aquellos tiempos. Reinsdorf era un apóstol de la “propaganda del hecho”, la idea de que los revolucionarios no deben esperar a cimentar pacientemente sus fuerzas hasta que puedan emprender una insurrección, sino que era posible que individuos aislados desenmascararan el supuesto “liberalismo” del Estado mostrando su cara más brutal, y demostrando a los obreros el poder inherente que poseían mediante espectaculares acciones violentas.

En el verano de 1885, después de recibir dinero de un padrino que apenas conocía, Lingg se embarcó en Harve, Francia, con dirección a América. Llegó a Nueva York pero se dirigió enseguida hacia Chicago, una ciudad bien conocida por poseer la comunidad alemana más grande de Estados Unidos. Lingg tuvo pocos problemas en encontrar trabajo. Se trataba de una ciudad en expansión, en la que una de las principales industrias era la manufactura de productos de madera, por lo que los carpinteros diestros estaban muy demandados.

Primero trabajó como carpintero de casas, y después se unió inmediatamente al sindicato de carpinteros y por medio de sus contactos en los sindicatos se aseguró una sucesión de trabajos en fábricas.

Cuando el negocio de la carpintería no iba tan bien, como pasaba cada año cuando lagos y ríos se helaban, Lingg dedicaba su tiempo a radicalizar su sindicato. Lingg confesó en sus memorias, “Durante mucho tiempo he sido de la opinión de que en el presente estado social la clase obrera no puede obtener mejoras en su posición mediante la actividad sindical, no obstante participé en estas organizaciones, porque sabía que los obreros, con sus pasadas y futuras experiencias y decepciones, se acabarían haciendo revolucionarios. Era de la opinión de que las fuerzas que subyugan a los trabajadores deben ser combatidas por la fuerza”.

El fervor y el compromiso de Lingg le granjearon las simpatías de sus compañeros, que le nombraron delegado del radical sindicato central del trabajo y el organizador oficial del mismo. Lingg se convirtió en un miembro activo de un ala secreta militar del sindicato, que armaba y adiestraba a sus miembros para enfrentarse a la policía.

Pronto la organización revolucionaria de Lingg se extendió más allá de su propio oficio. Cuando los trabajadores fueron a la huelga en la enorme fábrica McCormick Reaper Works en marzo de 1886 y la multitud se enfrentó a la policía en la puerta principal, Lingg fue uno de los hombres arrestados y después puestos en libertad.

Aparentemente en estos días, Louis Lingg había destacado como importante organizador radical en el distrito suroeste de la ciudad, que centraba su atención tanto en los trabajadores de la fábrica de McCormick como en los que trabajaban en los cercanos centros madereros.

Cuando dos meses después arrestaron a Lingg por la participación que había tenido en el atentado, llevaba menos de un año viviendo en América, tenía sólo 22 años, no tenía familia más que en Alemania, y sólo sabía un poco de inglés. Sin embargo pese su juventud, su soledad y su inexperiencia de su país adoptivo, fue el más retador y más tieso dacusado durante el largo y difícil proceso.

Se descubrió una docena de bombas en cuatro lugares de la ciudad además de las bombas aprehendidas en el apartamento de Lingg y de los cartuchos encontrados en la oficina del Arbeiter Zeitung.
Harry Wilkinson, un periodista del Chicago Daily News, se presentó en los departamentos policiales y entregó un cartucho de bomba que decía haber recibido unos meses antes como regalo del cabecilla anarquista August Spies.
Gustav Lehman, que dio la espalda a sus amigos y se convirtió en un testigo crucial en el proceso, llevó al agente Michael Hoffman a la esquina de las calles Clyde y Clybourne y le mostró donde había apilado un pequeño arsenal de bombas bajo la acera: tres bombas zar esféricas, una de ellas cargadas, dos tiras de mecha, una lata de plomo llena de dinamita, y una caja de detonadores.

Unos niños que estaban jugando en frente de la casa del bombero George Miller, en la calle Siegel, encontraron más bombas en una elevada vereda de madera.

Cuando el Ayuntamiento pavimentó la calle Paulina, en frente de su casa, no le quedó otra a Frederick Drews que desmontar su acera antigua e instalar una nueva. Encontró cuatro latas de aceite bajo los viejos maderos (de ocho pulgadas de ancho y seis de alto, cerradas por encima con tornillos y mechas) Después acudió a la policía que concluyó que se trataba de artefactos incendiarios realizados según planes detallados en el manual de instrucciones anarquistas, la ciencia de la guerra revolucionaria de Johann Most.

Unos pocas manzanas más allá de Wicker Park, donde se suponía que se congregarían las milicias anarquistas cuando comenzara la revolución, la policía descubrió 30 bombas de fabricación casera, todas cargadas y con mecha, tres rollos de mecha extra y dos cajas de detonadores, envueltas en tela aceitosa y ocultos en una acera elevada.
No todas estas bombas podían ser relacionadas con los anarquistas procesados, pero fueron relacionadas con Lingg a causa del testimonio de sus socios y amigos, aunque ninguna con tanta seguridad como la que se halló en su calcetín, como es obvio.

La policía llevó un par de tales bombas al lago Michigan y las hizo explotar para comprobar su potencia. El resto fueron analizadas en lo que constituía un intento novedoso de emplear técnicas científicas para vincular al fabricante con la bomba. La fiscalía citó a Walter S. Haines, catedrático de química en el Rush Medical College, y a Mark Delafontaine, profesor de química en el Instituto West Division, para que llevaran a cabo un análisis químico de las bombas que no habían explotado y de los fragmentos de metralla.

En esos días, Haines y Delafontaine eran probablemente los químicos más renombrados y capaces de la ciudad. Haines era licenciado por la Universidad de Chicago y un estudiante tan prometedor que se le ofreció un puesto de profesor adjunto poco después de su licenciatura.

Haines dedicó gran parte de su carrera a la aplicación de la química a los procesos penales y fue coautor del primer y más destacado manual sobre toxicología forense. Desarrolló el test convencional para descubrir azúcar en la orina y después fue consultado para el borrador del trabajo de referencia Pharmacopeia.

Delafontaine ostentaba el cargo menos prestigioso de profesor de instituto de West Division, pero de todos modos era muy respetado como activo investigador y miembro de la Academia de Ciencias de Chicago, habiéndose ganado su reputación por sus extensos cotejos de la composición química del agua de los pozos y de los lagos de la ciudad.

Las técnicas “húmedas” de 1886 eran sencillas pero eficaces a la hora de determinar los ingredientes elementales de estas muestras. Haines y Delafontaine, empleando disolventes, quemadores Bunsen y papeles filtrantes fueron capaces de determinar la composición metálica de las cubiertas recuperadas de las bombas y hallaron que contenían elementos que no solían encontrarse en productos disponibles al público. (Esto era posible ya que el que fabricó la bomba lo hizo fundiendo plomo y otros metales ligeros en un horno casero y modeló las cubiertas de las bombas en moldes de arcilla)

Pudieron determinar el porcentaje de plomo en cada muestra, pero no los porcentajes de otros elementos que detectaron en los restos. Como Haines admitió en su declaración testifical, “no separé el antimonio y no lo determiné de modo preciso. La cantidad precisa de antimonio es difícil de determinar cuando está presente en pequeña cantidad.

Los químicos evaluaron posteriormente fragmentos de metralla tomados de dos de las víctimas del atentado, el agente Mathias Degan, que murió en el mismo y el agente Lawrence Murphy, que logró recuperarse de sus heridas. Se reveló que estos fragmentos poseían una composición muy parecida, con 1,7 % de estaño y rastros de antimonio, cinc, y hierro (ver tabla 1.1) Si bien los resultados no encajaban con toda precisión con las bombas que no llegaron a explotar, eran lo bastante parecidos como para que la fiscalía pudiera determinar que la bomba arrojada en la noche del 4 de mayo fue fabricada por medio de métodos similares a los fueron empleados para fabricar las bombas encontradas en casa de Lingg. La alegación de la fiscalía de que estas muestras estaban ligadas con el atentado se fundaba en la aseveración (una aseveración que la defensa no puso en tela de juicio) de que no existía un compuesto de plomo disponible al público en cuya composición se diera una cantidad de estaño comparable con la que fue observada en las cubiertas o en los fragmentos de las bombas.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: El Proceso de los Anarquistas de la Plaza de Haymarket.
NotaPublicado: Mié Mar 15, 2017 8:56 pm 
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En el plomo disponible al público no había estaño, Según observó el Doctor Haines, mientras que en los soldadores de plomo existía un compuesto que contenía al menos un 30% de estaño.

Esta afirmación parece razonable, ya que incluso hoy, el “plomo en bruto” contiene menos de 21 milésimas porcentuales de plomo, antimonio y arsénico, una cantidad seguramente no era susceptible de poder ser detectada en 1886.
En vez de fundir barras de plomo común, el fabricante de la bomba de Haymarket debe haber mezclado fragmentos de plomo, soldadura u otras aleaciones de plomo en el crisol.

Además, tenía que haber sido muy coherente la metodología empleada y en la composición utilizada, ya que, con una salvedad, las proporciones de estaño encontradas poseían una variación de menos del 1%.

No tenemos razón alguna para dudar de la probidad con la que Haines y Delafontaine llevaron a cabo su análisis. Ciertamente, parte de esos mismos artefactos fueron vueltos a analizar con métodos modernos en 2003 y los resultados se encontraban en la misma horquilla que las cifras originales obtenidas por Haines y Delafontaine.

Los resultados ligan claramente a Lingg con el atentado de Haymarket. ¿Pero cuál fue su papel? Es posible que Louis Lingg arrojara la bomba que el mismo fabricó. Pero varios testigos declararon que Lingg se hallaba a varios kilómetros de la plaza de Haymarket cuando reventó la bomba, y nadie jamás dio testimonio de su presencia en aquel lugar. Por consiguiente, su el fabricante de la bomba y el autor material no eran la misma persona, la conclusión lógica no podía ser otra: la bomba que cayó a los pies de Mathias Degan fue resultado de una conspiración que implicó al menos a dos hombres. Los detectives consiguieron recomponer, grosso modo, lo que parecía una conspiración detrás del mitin y el atentado de Haymarket, a lo largo de un paciente proceso en el que procedieron a la detención o arresto de una serie de sospechosos. Los sospechosos fueron halagados y engatusados para que cantaran, y las palizas y torturas que posteriormente se asociarían con el “tercer grado” a comienzos del siglo XX no parecen haber sido empleadas en el caso que nos ocupa.

Un anarquista, John A. Henry, que fue encerrado durante casi tres días, sólo tenía palabras amables para sus carceleros e interrogadores. “Me encerraron en un recinto de ladrillo y hierro de 6 x 9 pies, y mi único consuelo consuelo eran las conversaciones con los celadores, hombres muy discretos y a los que estoy muy agradecido”.

Henry se quejó de que los periodistas habían informado que los policías le habián “llevado a empellones” fuera de la Sala del Tribunal, describiendo al agente que le acompañó, el Teniente George Hubbard, como “un perfecto caballero”, al contrario que “parte de los agentes de policía de esta ciudad que se sentirían honrados de su parentesco con los salvajes”, y que sabía bien que en compañía de esta persona “no existía peligro alguno de que sufriera algún maltrato”. Pero, si prescindimos de los comentarios de Henry, existen dos casos bien documentados de abusos policiales. En uno de esos incidentes un agente trató de evitar que un oficial superior maltratara físicamente a un detenido durante el interrogatorio. El Detective James Bonfield admitió bajo juramento que el Jefe de Policía Ebersold montó en cólera durante su interrogatorio de Spies y Fielden hasta tal punto, que tuvo que “interponerse” entre él y los detenidos. Aunque Bonfield sólo chapurreaba el alemán, conocía suficiente de esa lengua como para darse cuenta de que Ebersold estaba maldiciendo a los anarquistas, “llamándolos perros o cosas peores”.
El segundo caso salió a la luz durante el proceso, cuando William Seliger negó que le hubieran golpeado durante su detención pero declaró, “cuando me arrestaron uno de los policías me tiró un poco de la barba”.
Los investigadores entregaron a los informantes cooperativos pequeñas sumas de dinero, aunque no tan importantes como los naturales de Chicago de la época hubieran considerado un soborno decente. El capitán Michael Schaack pagó el alquiler a uno de los testigos estrella de la acusación durante los dos meses que permaneció desempleado a lo largo del proceso.
Schaack también le pagó a él y a su esposa 11 dólares como compensación por los jornales perdidos mientras le preguntaban en la comisaría. En conjunto, Waller admitió que le pagaron 21,50 dólares por todas las inconveniencias, una suma significativa, pero sólo parte de lo que un diestro tapicero como Waller podía ganar trabajando un par de semanas.
William Seliger, un testigo clave que admitió haber ayudado a Lingg a fabricar las bombas también recibió un total de 6 dólares y medio de manos de Schaack por diversas expensas.

Cuando utilizó su derecho a la última palabra en el proceso, inmediatamente antes de la condena, el cabecilla anarquista August Spies alegó en su confuso discurso que un testigo cuya declaración hubiera podido respaldar su coartada recibió 500 dólares para que abandonara Chicago “y que fue objeto toda suerte de terribles amenazas si permanecía en la ciudad y comparecía como testigo de la defensa”.

Ernst Legner interpuso una querella por calumnias contra el Arbeiter Zeitung un año después del juicio, al haber dado pábulo este medio a las acusaciones de Spies de que había recibido un soborno de la fiscalía que ascendía a 500 dólares con el fin de que abandonara Chicago durante el proceso.

Legner declaró en el juicio y testificó que no dejó Chicago hasta finales de junio y que fue a buscar empleo, mudándose primero a Kansas City, después a Aurora, Nebraska, encontrando por fin trabajo en la construcción de un puente en Lincoln, en Nebraska.

Dijo que antes de ir había preguntado a los hermanos de August Spies, Henry y Chris, si querían que testificara en su favor y que le habían dicho que su testimonio era irrelevante y que podía irse.

Ciertamente la amenaza de ser procesados ellos mismos fue el incentivo más eficaz a la hora de cooperar, pero parece que algunos importantes delatores pudieron haber cambiado su opinión cuando se apeló a su responsabilidad como miembros de la comunidad germano-americana.

El fiscal Grinnell, pocos días antes del comienzo del proceso, organizó una reunión extraordinaria de los informantes más valiosos en Folz´s Hall, un lugar de reunión bien conocido por los socialistas que se hallaba en el distrito Bávaro, en una esquina entre las calles Larrabee y North.

En el enorme y vacío salón se hallaban una docena de nerviosos informantes, el fiscal y el principal investigador del caso, Edward Furthmann; también estaba allí el Capitán Schaack con dos de sus más fiables agentes de origen alemán; y algunos alemanes “destacados” como Adolph Schoeninger, dueño de la Western Toy Company, y Louis Nettlehorst, presidente de Chicago Turners y persona renombrada como miembro de la junta escolar que decidió establecer la asignatura de educación física en el currículo de las escuelas públicas de Chicago.

Schoeninger, un próspero y poderoso hombre de negocios, no tenía el menor problema en ofrecer dinero a esos hombres para que cantaran. Pero según uno de los anarquistas que allí comparecieron, no fue ese el objeto de la reunión la reunión.
Uno de los anarquistas, Abraham Hermann se quejó de que alguien había filtrado a los periódicos noticias de su sumario y de la acusación ante el gran jurado, aún reservada y que había sido despedido por ello.

Schoeninger le prometió darle empleo en su fábrica. Hermann fue el único que afirmó no tenía trabajo. No testificó en el proceso. En vez de tratar de sobornarlos directamente, según el testimonio de Gottfried Waller, los agentes y los “notables” trataron de apelar a su conciencia y a su herencia alemana. Schoeninger comenzó la reunión con reproches a los anarquistas, diciéndoles que el atentado de Haymarket había sido una deshonra para la nación alemana.

Continuando con su prédica, el industrial insistió en que podían haber “llegado más lejos sin utilizar esos medios y sin derramar sangre”, ya que él y otros industriales estaban “a favor de la jornada de ocho horas”. “En este país libre los trabajadores deben obtener sus derechos mediante la agitación legítima, la persuasión y una legislación adecuada “no mediante tumultos y baños de sangre”.

Después les ofreció lo siguiente “si decís la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, la policía de la ciudad velará por vuestra seguridad personal, y recibiréis un trato justo por parte de las autoridades”.

Grinnell también recordó claramente a esos hombres que estaban acusados de conspiración y les exhortó a “decir la verdad”. Ese tipo de persuasión parece haber funcionado, en cierta medida, ya que dos de los testigos estrella de la acusación, Gottfried Waller y Gustav Lehman, estuvieron presentes en esta reunión. La fiscalía y la policía constituían tan solo una parte del cerco contra los potenciales testigos. Existen numerosos indicios de que los anarquistas e incluso sus abogados trabajaron duro con el fin de destruir testimonios perjudiciales. Gottfried Waller admitió que le presionaron para que acudiera a una reunión secreta de testigos de la defensa que iba a llevarse a cabo en Lincoln Park para debatir lo que iban a declarar durante el proceso “para que no nos liemos con las respuestas”. Se registró un esfuerzo conjunto por parte de los partidarios de los anarquistas acusados para intimidar y silenciar a los testigos, lo que parece parcialmente confirmado en las páginas del semanario anarquista Der Fackel.

En la última página de la primera tirada después del atentado, figuran dos listas de nombres.
La primera era, según se declaraba, una lista de informantes, aquellos que “juraron declarar contra nuestros camaradas encarcelados”. La segunda era una lista de nombres de los integrantes del gran jurado que investigaría el delito.
Un par de días después de la puesta en libertad de William Seliger, le llamó el abogado de los anarquistas Sigmund Zeisler. No se sabe de qué hablaron, pero poco después Seliger abandonó su casa y se ocultó durante dos semanas en la quinta de un amigo, admitiendo después que lo hizo “por miedo a la venganza de los trabajadores, de los socialistas”.

Tanto temor tenía que escribió una carta diciendo que todo lo que le contó a la policía era mentira (para que no fuera procesado él mismo) y se la mandó a la oficina de Zeisler. Después, interrogado por la defensa, Seliger explicó que “escribí eso porque creía que no estaría seguro en libertad. Me habían dicho ya varias veces que era un traidor”.

No se conserva carta alguna ya que los abogados de la defensa que la presentaron en el proceso, como prueba de la poca honradez de Seliger, la ocultaron y no quisieron enseñársela a los periodistas pues después de que la declaración de Seliger ya no demostraba tanto lo poco de fiar que era como la intimidación de la que fue objeto.

Otro anarquista apresado en la primera semana de la investigación tenía tanto miedo a las represalias de sus antiguos socios que ofreció a los investigadores señalar las casas y escondrijos de los cabecillas anarquistas sólo si se le facilitaba un disfraz que le hiciera irreconocible. Según un relato del principal detective del caso, el informante, un joven carnicero llamado Julius Oppenheimer, que era conocido como Julius Frey, fue disfrazado “de negro”, antes de ir acompañado por los detectives Schuettler y Loewenstein a los distritos del noroeste. Los planes policiales casi acaban en desastre, no obstante, cuando la presencia de Oppenheimer, ya fuera como un chivato sospechoso o simplemente un negro, provocó un tumulto y los tres tuvieron que huir al galope.

Al final, la presión de los investigadores y la fiscalía se impuso a la solidaridad entre los anarquistas o las amenazas dirigidas a los posibles informantes y al menos dos docenas de anarquistas revelaron detalles incriminadores sobre los planes y las acciones de los anarquistas en los días y las horas que precedieron al atentado. En menos de un mes los investigadores habían descubierto los detalles de lo que parecía ser una importante conspiración. Sólo un pequeño grupo de informantes que cantaron de plano ante la policía comparecieron como testigos y declararon bajo juramento. Aunque parece que los detectives registraron declaraciones detalladas de todos los sospechosos interrogados, estas vitales actas no han sobrevivido en su forma original.

Al carecer de ellas los historiadores se han fiado exclusivamente del testimonio en la vista para reconstruir las actividades secretas de los anarquistas durante esos violentos días de mayo.

Pasmosamente, parece que se han conservado muchas de las declaraciones de los testigos, pero los académicos las han pasado por alto por considerarlas mera propaganda policial. En 1889, se publicó el best-seller de la época sobre el atentado. Lo escribió el principal detective del caso, el capitán de policía Michael J. Schaack, con el título característicamente largo y pomposo de la era victoriana: “La anarquía y los anarquistas: una historia del terror rojo y de la revolución social en Europa y América: Comunismo, Socialismo y Nihilismo en las doctrinas y los actos: La conspiración de Haymarket, y la detención y procesamiento de los conspiradores”.

El relato de Schaack parece en ocasiones sensacionalista, y en gran medida su estilo se corresponde con las historias baratas de detectives, repleto de citas secretas con informantes disfrazados, agentes encubiertos infiltrándose valerosamente en inmundas zahúrdas de asesinos pendencieros, con la añadidura de una mujer fatal que seduce a un espía provocando su muerte.

Por este motivo y por la sencilla razón de que es la versión policial de los acontecimientos, los historiadores han hecho caso omiso de ella por su escaso rigor. Pero cuando se examina con más detenimiento se observa que esta obra realmente son dos libros: por un lado la novela barata de asesinatos y detectives y por otro una crónica seria de las investigaciones policiales.
Schaack decía en el prólogo: “He empleado las actas del juicio, pero me he fiado más de los informes que se me entregaron durante el progreso de la investigación muchos detectives que estaban bajo mi mando”.
A lo largo del libro, Schaack, separa del resto del libro, imprimiéndolos con letra diferente, elementos como cartas, notas, fragmentos de pruebas y declaraciones testificales.

En este volumen encontramos 24 declaraciones testificales y otras doce pruebas que no fueron presentadas en el proceso y que no se recogieron en las actas oficiales. Por supuesto es muy posible que estas declaraciones fueran falsificadas o alteradas para mayor lustre del pretencioso Capitán Schaack. Pero aparte de que no hay pruebas de que fuera el caso y que ninguno de los críticos contemporáneos de la fiscalía denunciara el libro en esos términos, existen otros dos rasgos del libro que no invitan a dar pábulo a tales sospechas.

En primer lugar, las declaraciones de los testigos están redactadas en la prosa simple y de estilo vulgar que uno esperaría encontrar en un sumario que iba a permanecer en secreto. Algunas contienen el tipo de lenguaje jurídico que debe haber sido obra de los letrados de la fiscalía a las órdenes de Grinnel. Si son falsificaciones, son excelentes.
En segundo lugar, Schaack no fue el único autor del libro y sus colaboradores parecen haber simpatizado con la causa obrera. El libro de Schaack fue escrito con la colaboración de dos periodistas veteranos y muy respetados de Chicago.
Thomas O. Thompson era reportero del Inter-Ocean y del Chicago Times y también el secretario privado del Alcalde Carter hasta que lo asesinaron.

John T. McEnnis aprendió el oficio de periodista bajo la tutela de Joseph Pulitzer en el Post-Dispatch de St. Louis, emigrando después a Chicago y empleándose como redactor del Daily News, el Chicago Times y el Chicago Mail. Theodore Dreiser recordaba a McEnnis (a quien “descubrió McEnnis) como “inteligente y genial, un reputado periodista el Medio Oeste, un escritor brillantísimo, cuya única flaqueza, hasta donde pude conocer, era que bebía con exceso”.
Un escritor prolífico, McEnnis, además de hacer de negro en el tomo de Schaack, escribió muchos otros libros populares, incluyendo uno de los primeros libros sobre el famoso proceso del asesinato de Cronin en Chicago, The Clan-Na-Gael and the Murder of Dr. Cronin (1889), obra pionera sobre la “esclavitud blanca”.
“Los esclavos blancos de la América libre, un relato de los sufrimientos, privaciones y penalidades de los postrados trabajadores de nuestras grandes ciudades”. (1888).

Estaba claro que McEnnis era el escritor más experimentado y ducho de los dos. Además de hacer de reportero, Thomas O. Thompson solo había publicado un panfleto para el partido demócrata, “Los Aranceles, su uso y abuso” en 1884.
A juzgar por sus escritos en la época del atentado de Haymarket, John T. McEnnis puede ser considerado como una persona de izquierdas y un defensor de reformas en pro de la clase obrera. McEnnis escribió una de las más tempranas historias del movimiento obrero, “La Historia del Trabajo Manual” (1887) un libro cuyo prefacio se titulaba “El ejército de los descontentos” fue redactado por Terence Powderly, dirigente de la mayor federación sindical de Estados Unidos, los Caballeros del Trabajo. McEnnis escribió:

“Después de todo es el mejoramiento de las condiciones de la masa obrera el ideal al que debería apuntar toda persona que aborde esta cuestión […] el noventa por ciento de los asalariados serán asalariados toda su vida. Las posibilidades de medrar socialmente son cada vez más difíciles. Estamos formando una clara división en América. El hijo del trabajador será trabajador y también su nieto […] las manos hábiles nunca serán por completo desplazadas por maquinaria que ahorra trabajo. Si se han formado sindicatos es para mejorar la posición de la clase obrera. Estas asociaciones reúnen todo el potencial de las unidades dispersas y su impacto social es tan poderoso que nos fuerza a emprender acciones que le estarían vedadas a un solo obrero”.
El Capítulo del libro sobre los Caballeros del Trabajo acaba así: “Si los Caballeros del Trabajo se disolvieran mañana por la fuerza, se formaría una nueva asociación para continuar con su labor. Ningún hombre con sentido de la justicia puede objetar nada frente a sus legítimos fines. Los trabajadores deben imponerse y cuando antes nos percatemos de ese hecho mejor será para América”.

En una medida sorprendente, las declaraciones del informante reimpresas en “Anarquía y los Anarquistas” respaldaban los testimonios de los testigos del Estado en la vista pública sin hacerse eco, sospechosamente, de sus detalles.
Gruenberg, un carpintero de 45 años, fue detenido el 17 de junio y según Schaack le dijo que era miembro del grupo del Northwest side, que distribuyó el diario de Fischer y Engel “the Anarchist” y que estuvo presente en la reunión en Greif ’s Hall donde se planeó la manifestación de Haymarket.

Más tarde Gruenberg fue testigo en relación con una cuestión menor para la defensa, pero el modo en que llevó su interrogatorio el fiscal adjunto George Ingham se hallaba claramente orientado por algún tipo de interrogatorio policial previo. En el método de interrogación de Ingham pueden apreciarse las líneas generales de la declaración que supuestamente prestó ante el Capitán Schaack. Ingham preguntó deliberada y muy intencionadamente si era miembro del grupo del Northwest Side y si había repartido “The Anarchist”; Ingham también preguntó sobre su paradero el lunes en que se había celebrado la reunión secreta.

Ninguno de esos temas salió a la luz durante el interrogatorio de la defensa en vista pública de Gruenberg y por tanto Ingham debe haber sabido que tenía que basarse en otra fuente para efectuar su interrogatorio.
Schaack incluye declaraciones de varios hombres que presuntamente confesaron que habían ayudado a Louis Lingg a fabricar sus bombas. William Seliger, el casero y compañero revolucionario de Lingg, confesó en la vista que el día del atentado de Haymarket había ayudado a Lingg a montar las bombas junto con otros dos hombres, Ernst Hubner y Herman Mutzenberg.
Ni Hubner ni Mutzenberg aparecieron en los tribunales pero en sus declaraciones ante Schaack ambos hombres admitieron haber fabricado bombas en el apartamento de Lingg con la colaboración de otras personas. Incluso sus estimaciones del número de bombas terminadas ese día son parecidas. Seliger pensaba que el grupo fabricó entre 30 y 50 bombas, aunque nunca contó el número exacto. Hubner recordaba haber rellenado y montado 20 bombas redondas y de 15 a 18 bombas de fabricación casera. Si bien difiere el número preciso de los totales, tanto las estimaciones de Hubner como la de Mutzenberg se encuentran en la horquilla que manifestó Seliger en su declaración oficial (ver la tabla 1.2)

Las declaraciones de los tres hombres se corroboran entre sí, con la única salvedad de una pequeña discrepancia en el número total de bombas fabricadas. En la práctica totalidad de los casos, las declaraciones de los informantes en Anarchy and Anarchists ofrecen el mismo relato que las deposiciones de los testigos de la acusación en el proceso contra los anarquistas.
Su valor no radica en que revelen algún aspecto nuevo u oculto del episodio, sino en el hecho de que aportan detalles que necesariamente se pasan por alto en un proceso. Tomados en conjunto, el testimonio de los testigos y los resultados de los interrogatorios de Schaack pintan una película bastante completa de las decisiones y acciones tomadas por los anarquistas en los días y semanas que precedieron al atentado de Haymarket.

Un año después de que Henry David publicara su trabajo fundamental sobre el atentado y el proceso, The History of the Haymarket Affair, recibió una carta de un hombre de Chicago llamado John F. Kendrick, cuyo vecino era nada menos que Oscar Neebe, el único hombre que se libró de la horca por decisión del jurado, indultado por el Gobernador John P. Altgeld in 1893.
Kendrick contaba como en la época de la Primera Guerra Mundial había pasado muchas veladas con Neebe en las que este le comentaba que “el libro del Capitán Mike Schaack, si se deja de lado la cháchara romántica, es el que más cerca está de la verdad”. Según Kendrick, Neebe “estaba indignado por la literatura de la defensa que convertía a las víctimas en corderitos inocentes. ¡Y una leche! ¡Valientes soldados, eso es lo que eran!”.

Claro está que Neebe, ya debilitado y en las últimas, habiendo perdido la vista, sin estar implicado en absoluto en los movimientos radicales de la ciudad y en su calidad de último superviviente de los ocho radicales procesados por el atentado, podía describir las cosas como le diera la real gana sin miedo o preocupación por las consecuencias.
Pero como es lógico, en las semanas y meses posteriores al atentado, la verdad tenía un coste mucho mayor.

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 Asunto: Re: El Proceso de los Anarquistas de la Plaza de Haymarket.
NotaPublicado: Mar Mar 21, 2017 1:02 pm 
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Capítulo 2. La preparación del Proceso.

Mientras cientos de sospechosos, co-conspiradores y testigos oculareses estaban siendo llevados a dependencias policiales y el Gran Jurado, en extremo agitado, aunaba múltiples acusaciones, comenzaron a ocuparse de la defensa de los anarquistas dos oscuros letrados. Moses Solomon y Sigmund Zeisler eran inmigrantes que habían llegado hace poco a Estados Unidos, del mismo modo que la mayoría de sus clientes.

Habían manejado en calidad de asociados la mayoría de los asuntos jurídicos del movimiento anarquista a lo largo de varios años y habían ofrecido sus servicios en los diarios anarquistas.

Ninguno de ellos poseía gran reputación y tampoco contrastada experiencia. Samuel McConnell, un destacado letrado de Chicago, señaló después que “uno de ellos apenas había conseguido ser admitido en el Colegio de Abogados. Era la primera vez que ejercían en un proceso penal y ninguno destacaba por su gran personalidad”.

En realidad McConnell se equivocaba, ya que Solomon había sido abogado defensor en un proceso penal, aunque no tuvo éxito. Cuatro años antes había defendido a un hombre que había asesinado de un disparo a un policía de Chicago en el curso de un robo frustrado. Solomon trató sin éxito de conseguir una revisión del caso ante el Tribunal Supremo de Illinois y su nombre apareció en la prensa, no tanto por su arte jurídico sino por su tenacidad: “Aunque los denodados esfuerzos de Mr. Solomon en su primer caso de asesinato no fueron coronados por el éxito, no cabe lugar a duda de que ningún letrado ha echado el resto por su cliente tanto como él”.

El cliente de Solomon fue colgado sin dilación en la fecha original para la ejecución de la sentencia fijada por el Juez.

Solomon se ganó después una merecida reputación por la impulsividad de sus maneras en las vistas. Después de su caso más célebre, su práctica jurídica estuvo jalonada por momentos embarazosos. En 1891 cuando estaba defendiendo una moción ante el Juez Collins, Solomon “se alteró y propinó un puñetazo en la boca a Norden (el abogado de la parte contraria) Solomon tuvo que pagar una multa de 50 dólares, y el Juez Collins le dijo que “no le ponía una multa superior porque sabía que no podía pagarla”.

Salomon fue miembro activo del Cook County Democratic Club, y pasó a formar parte del Comité de Selección justo tres semanas antes del atentado de Haymarket. En 1892 recompensaron su lealtad política con un puesto en el Senado del Estado por el Partido Demócrata.

En su periodo como senador inició una cruzada política, la prohibición de grandes almacenes. Presentó una ley que prohibía vender más de un tipo de artículo en un solo establecimiento. Al fin esa ley fue analizada en tres comités y fue derrotada en la cámara por 76 votos en contra y 63 a favor.

En 1897, se acusó a Salomon de desfalco en una finca que administraba, aunque el caso fue archivado por un defecto procesal. Un par de años más tarde fue acusado de nuevo por estafa a un cliente, esta vez por privar de todo su valor las pocas propiedades de un sastre, 2.200 dólares.

En 1900 expulsaron a Solomon del Colegio de Abogados por “meter mano” en las cuentas de sus clientes como administrador de fincas. Salomon pasó los últimos años de su existencia viviendo en un cuarto en el Hotel Auditórium y se convirtió en especulador de inmuebles.

El socio de Solomon, el austriaco Sigmund Zeisler, tenía 26 años y había llegado tres años antes del proceso a los Estados Unidos. El expediente académico de Zeisler, habiéndose licenciado en la prestigiosa Universidad de Viena y completado sus estudios de Derecho en la Northwestern University. Zeisler era más conocido en la ciudad por su matrimonio con Fannie Bloomfield que por sus propios méritos. Era una pianista virtuosa perteneciente a una familia sobresaliente de Chicago, que conoció en Viena y con la que había casado en Chicago hacía un año.
Fannie contaba con 8 años cuando sobrevivió al incendio de Chicago de 1971, y la anécdota en la que aparecía tocando un piano desprovisto de patas en medio de ardientes llamas era legendaria en la ciudad. Cuando le preguntaron cómo podía tocar cuando la ciudad estaba ardiendo replicó “sé que estaba en llamas, pero mi hora de práctica es mi hora de práctica”.

Zeisler carecía de experiencia pese a su sólida formación, y sólo había comenzado a ejercer unos meses antes de la explosión de Haymarket.

Uno de los abogados de los anarquistas reveló una ignorancia que podría tildarse de inexcusable en relación con las leyes y la jurisprudencia de Chicago, ya antes del comienzo del proceso.

El sábado 8 de mayo, Zeisler efectuó declaraciones extraordinarias ante la prensa; sostenía disponer de “pruebas asombrosas” de que la policía había “apañado la acusación” contra sus clientes y que tenía previsto pedir un cambio de jurisdicción para que el juicio no se celebrara en Chicago; sin embargo el comentario más revelador de su falta de pericia fue, en general, pasado por alto.
Aunque no constan sus palabras exactas, un periodista resumió así su comentario: Zeisler “estaba seguro de que los acusados nunca serían condenados por asesinato. Si fuera el caso, entonces pudiéramos acusar por la misma razón a todos los socialistas del mundo y al inventor de la dinamita, ya de paso”.

Es posible que Zeisler no fuera consciente en ese momento de que la fiscalía estaba en ese mismo momento descubriendo pruebas que vincularían a sus clientes con una conspiración muy concreta para atentar contra la policía el 4 de mayo. Pero debería haber sabido lo que decía la ley: que si la conspiración se probaba sus clientes serían colgados. Se ha solido afirmar que los anarquistas tuvieron problemas para conseguir abogados de postín en una ciudad predispuesta en contra.

Dos fuentes prueban supuestamente esta aseveración, una que es anónima anónima y otra muy alejada en el tiempo de los acontecimientos. La primera de ellas es un breve relato del caso publicado en 1891 en Magazine of Western History en el que el autor Howard Louis Conard, relata que “todos los letrados de reconocido talento […] se negaron a enfrentarse a la opinión pública, y por lo tanto se negaron a ocuparse del caso”, salvo William P. Black, que aceptó el caso por su “consideraciones deontológicas”. Se trataba de un acto heroico por su parte al actuar en defensa de hombres “que desconocía y frente a las que no tenía deber alguno”.

Sigmund Zeisler recordó a raíz del quinto aniversario del proceso que tanto él como su socio, Moses Solomon, trataron de obtener los servicios de Luther Laflin Mills y William S. Forrest, que se negaron porque, según dijeron “temían las consecuencias previsibles que llevaría aparejada ser letrados defensores en tan impopular causa”.

Zeisler dijo que únicamente después de que estos dos prestigiosos letrados se negaran a hacerse cargo del caso, pudo convencer al fin a William Perkins Black, un joven socio de un bufete destacado de Chicago. “Lo único que le llevó a aceptar el caso fue un acendrado sentido de dignidad y deontología profesional”, recordaba Zeisler, el último sobreviviente que participó en el proceso.

Si bien los distantes recuerdos de Zeisler nos hablan de las trabas existentes para encontrar a un letrado de primer nivel, no parece que ninguno de los letrados de los anarquistas pensara en su momento que iba tratarse de un grave problema.
Mientras el Gran Jurado de Cook County estaba aún considerando frente a quien formular las acusaciones exactamente, el Doctor Ernest Schmidt organizó una convocatoria para instaurar un comité de defensa y obtener fondos para la defensa de los presos.

Zeisler explicó desde la tribuna a las cincuenta personas presentes que tenían que obtener cuantiosos fondos, ya que “era necesario contratar de al menos dos abogados de gran reputación, respetados por el público y con más experiencia en procesos penales que Solomon y Zeisler”. Zeisler observó además que iba a ser difícil encontrar un jurado imparcial y que los jueces albergarían prejuicios contra sus clientes, pero lo que nunca afirmó es que iba a ser difícil encontrar “dos abogados de gran reputación” para defenderlos.

El martes 25 de mayo, dos días después de la primera reunión del comité de defensa, el Doctor Schmidt anunció que el comité había recaudado casi 1000 dólares, una suma que en la época era más que suficiente para hacerse con los servicios de un abogado de primerísima categoría. Lejos de acudir a él como último recurso, el Capitán William Black fue su primera opción.

Dos días después Schmidt declaró ante un periodista que habían contratado a Black, pero que no iba a hacer más declaraciones sobre los abogados que podrían contratar en el futuro; pese a ello el periodista se enteró, presenciando las charlas del comité de defensa, que “sería algún abogado del este, quizás Robert G. Ingersoll.”

Por lo visto, el insigne abogado penalista de Chicago William S. Forrest aceptó hacerse cargo del caso pero el comité de defensa se echó atrás ante sus exorbitantes honorarios.

El viernes por la mañana, el Gran Jurado presento en la sala del Juez John Rogers acusaciones adicionales; Zeisler efectuó una declaración oficial ante el tribunal informando que el comité de defensa del Doctor Schmidt había contratado a Black y que “esperamos conseguir la ayuda de otros letrados”.

Se contrató igualmente al letrado William A. Foster, otro abogado criminalista con experiencia, para que ayudara a Black. No se trataba de la mejor elección, ya que acababa de llegar de Davenport, Iowa, y no estaba familiarizado con el Código Penal y la Jurisprudencia de Illinois.

La principal batalla jurídica que se entabló tras la formulación de las acusaciones era la fecha de comienzo del proceso. El fiscal Grinnell dejó claro desde el principio que quería un proceso rápido y planeó pedir al tribunal que comenzara el primer lunes de junio, dos semanas después de la acusación. Zeisler se reunió con Grinnell para analizar el calendario del proceso y declaró después a los periodistas que trataría de conseguir más tiempo ya que deseaba que los anarquistas ganaran tiempo para contratar más abogados de postín.

Zeisler explicó a los periodistas que: “No estamos preparados para el juicio. Sólo hemos podido enterarnos extraoficialmente que se ha formulado la acusación contra nuestros clientes. No me gusta esta idea de acelerar los procesos. La opinión pública está que arde en este momento. Deberíamos esperar hasta que las pasiones se calmen. Necesitamos tiempo para preparar la defensa. No hemos podido hablar con nuestros testigos, ya que muchos de ellos están encerrados en la comisaría de policía”.

En distintas ocasiones se preguntó a Zeisler en los siguientes sobre la temprana fecha en la que se rumoreaba que iba a comenzar el juicio, quejándose de que tanto él como sus compañeros de la defensa no habían podido acceder a todas las acusaciones y no podían por consiguiente plantear una estrategia de defensa con las debidas garantías.

Los planes originales de Grinnel para acelerar la celebración del proceso se fueron, pese a todo, a pique, puesto que al Gran Jurado le llevó más tiempo del previsto completar y firmar todas las acusaciones.

Ello era que uno de los testigos claves, William Seliger, había emprendido la fuga y el detective Bonfield tuvo que llevarle a rastras a Chicago. Igualmente había prosperado el incidente de cambio de jurisdicción planteado por la defensa, fundado en la existencia de prejuicios en la selección del gran jurado. Grinnell opuso resistencia y pidió el proceso comenzara a más tardar el 21 de junio, concediendo, de este modo, suficiente tiempo a la defensa para prepararse y ocasión al tribunal de cumplir con su cometido antes de que la canícula fuera insoportable.

El juez Joseph E. Gary, pese a lo que ha venido diciendo la historia convencional, lejos de rechazar de plano estos incidentes procesales, los tuvo muy en cuenta cuando observó que el proceso de selección del jurado llevaría semanas, lo que permitiría que la defensa dispusiera de más tiempo para prepararse antes de que pudiera efectuarse cualquier prueba testifical.

En cualquier caso, pocos días después, cuando comenzó el juicio, el letrado defensor Foster le dijo al Juez Gary que deseaba un proceso “rápido”, abandonando completamente sus tácticas dilatorias. Es verdaderamente notable que durante casi dos semanas el objetivo principal de la defensa hubiera sido demorar el comienzo del juicio, como también es verdaderamente notable que ni Zeisler y Black pidieran en ningún momento que se pospusiera el juicio por no haberse obtenido representación legal apropiada para sus clientes. En ningún momento manifestaron ante los periodistas que los más eximios miembros del Colegio de Abogados de Chicago no representarían de buena gana a sus clientes.
Ciertamente, de haber aducido que tenían problemas para preparar la defensa porque no podían convencer a letrados prejuiciosos (o temerosos), su posición hubiera quedado fortalecida y tendrían a su disposición un motivo de apelación ulterior.

El hecho de que la defensa no adujera este argumento revela que tal vez Zeisler recordaba mal los hechos y que sus recuerdos estaban coloreados por la trágica conclusión del juicio. De hecho, las actas del proceso demuestran que no todos los letrados eran tan reacios a hacerse cargo del caso. El problema no era tanto encontrar buenos letrados sino profesionales que simpatizaran con las ideas políticas de los encausados.

El 8 de mayo comparecieron en un procedimiento de habeas corpus ante el juez Rogers, Adolph Fischer, Gerhardt Lizius, y Lizzie Holmes. Salomon y Zeisler se hallaban presentes como defensores. También se hallaba allí la reputada abogada de Chicago Kate Kane, a la que Holmes había hecho venir de forma independiente.
Kane estaba dando los primeros pasos de una brillantísima carrera jurídica. Estudio en la universidad de Michigan y fue admitida en el Colegio de Abogados de Chicago a la edad de 25 años, abriendo un bufete en Milwaukee donde se destacó por la ferocidad desplegada en defensa de su posición en una profesión que entonces era extremadamente machista: un juez que la despreciaba por ser mujer recibió un vaso de agua que ella le arrojó a la cara, defendiéndose con gran habilidad de la acusación de desacato que se formuló después contra ella. Kane se mudó a Chicago en 1883 y enseguida fue admitida en el Colegio de Abogados de Illinois como experta criminalista. En 1890 alardeaba que “había tratado, como defensa o acusación, con todo delito conocido en los tiempos modernos, salvo traición y piratería”.

Aunque nunca se pidió formalmente a Kane que prestara su ayuda profesional en la defensa de los hombres acusados de asesinato, se interesó mucho en el proceso y no dejó de presenciar algunas de sus sesiones. Al final del juicio Kane llegó muy temprano para encontrarse con que los mejores asientos habían sido reservados para las amigas del Juez.

Kane se sentó en uno de los asientos y estaba discutiendo con un ujier que trataba de sacarla de allí cuando el Juez Gary entró en la sala. Gritó, “¡Esto es una vista pública y una mujer vale tanto como otra” y Gary le ordenó al ujier que no la importunara, diciendo de forma un tanto paternalista “bueno, bueno, tampoco nos pongamos así. Déjelo estar”.

Otros detenidos por las sospechas que se tenían de ellos por su implicación en los atentados no tuvieron problemas tampoco para conseguir representación legal. El Capitán Ward acompañado de un destacamento de dos docenas de policías sacó de su mismo lecho a Frank Schmidt, Christoph Bartell, y Frederick Bendrine y los detuvieron inmediatamente cuando en sus bolsillos “encontraron documentos relacionados con el motín”. Su abogado C.W. Dwight pidió verles en la comisaría de Desplaines, poco después, exigiendo que sus detenidos quedaran inmediatamente a disposición judicial de sus detenidos y que fueran puestos en libertad.

John C. King otro letrado, también consiguió que pusieran en libertad a sus defendidos pero volvieron a ser detenerlos nada más abandonar la sala. King se precipitó al despacho del Juez Collin y le dijo a Su Señoría lo que acababa de pasar. El Juez montó en cólera y ordenó inmediatamente que comparecieran ante su persona el Jefe de Policía Ebersold y el Capitán Ward. En una reunión privada en su despacho, los periodistas pudieron oír que el juez tenía con ellos “un intercambio de pareceres un tanto acalorado, por decirlo de este modo”.

Cuando volvió al estrado, decretó la libertad de los detenidos y recordó severamente a los agentes que arrestar a un ciudadano que había sido absuelto estaba sancionado con una multa de 500 dólares. El Juez Collins manifestó después al abogado King que si se acababa enterando de quién había dado la orden de arresto, desobedeciendo sus órdenes, se lo dijera y que se iba enterar de lo que es bueno, porque se iba a encargar de eso personalmente.

W.H. Buettner, otro letrado de Chicago que se ocupaba del caso, interpuso al principio del proceso diversos recursos tocantes a la fianza de alguno de los acusados. El 12 de mayo, el Tribune dio cuenta de que Buettner había sido contratado como abogado de los hermanos Spies, Samuel Fielden, y Michael Schwab, y que estaba tratando conseguir un segundo letrado de Chicago y otro abogado forastero.

Parece que fueron las diferencias personales entre Buettner y Salomon las que acarrearon la expulsión de Buettner del equipo de defensa, informando el Tribune que “Solomon y Buettner están enfrentados, y cada uno de ellos afirma que no participará en la defensa si el otro lo hace”. Poco después Solomon quedó a cargo del caso y de Buettner nunca más se supo.

Se ha solido pintar al principal abogado de la defensa, William Perkins Black, como un abogado renuente que sólo aceptó hacerse cargo de la defensa de los anarquistas por razones estrictamente deontológicas. En realidad Black lejos de ser una tercera opción, que los acusados escogieron de mala gana, fue un hombre designado expresamente por su afinidad ideológica con ellos.

Cuando pasó la minuta, Black era un próspero abogado de 44 años que trabajaba para el prestigioso (y lucrativo) bufete mercantilista Den and Black. Formaba parte de la Junta del Colegio de Abogados de Chicago y, según todas las apariencias, era un imperturbable representante de la “crema” de la sociedad de Chicago; su señorial mansión victoriana se erigía en un barrio de “gente bien” que estaba muy cerca de la propia residencia del fiscal Grinnell.

Black siempre había sido un privilegiado: hijo de un ministro religioso de Kentucky, su madre se casó bastante después de que falleciera su padre cuando él era aún joven. Su padrastro, el Doctor William Fithian, era un próspero médico y especulador inmobiliario, representante del Estado de Illinois en el Congreso, y cuando falleció a la avanzada edad de 91 años en 1890, fue celebrado como “más anciano y más próspero ciudadano del gran condado de Vermillion”.

Black quería seguir los pasos de su padrastro, pero sus estudios universitarios se vieron interrumpidos por la Guerra de Secesión; prestó servicios en la misma con gran distinción, al igual que su hermano mayor, John, al punto que llegó a ser condecorado por su valentía con la Medalla de Honor del Congreso. Después de Appomatox, Black se mudó a Chicago, reanudó sus estudios de Derecho, se casó, votó por el General Grant y se asentó en lo que parecía iba a ser una carrera jurídica lo más convencional y conservadora posible.

Pero no iba a ser así, ya que el idealismo religioso que abrigó de joven y su natural mente inquisitiva le hicieron discurrir por senderos algo más excéntricos. En 1872, se mostró partidario de Horace Greely y del movimiento progresista. Poco después, dejó su congregación de “gente bien” y comenzó a predicar a los desfavorecidos en la “Railroad Chapel”, situada en las calles State y Fourteenth.
El alcance de las preocupaciones humanitarias de Black parecía ensancharse a paso firme con el tiempo, un rasgo muy característico en todo yanqui reformista de aquellos días. En 1876 pronunció un discurso en la asamblea anual de las sufragistas de Illinois, en 1887 fue fundador de la Liga Ciudadana en pro de la Supresión de la Venta de Bebidas Alcohólicas a Menores de Edad, en 1880 ayudó a fundar un “Asilo de Incurables”, y en 1882 fue director de la Sociedad Humanista de Chicago. Era un vegetariano empedernido y pronunció un conmovedor discurso en la asamblea con ocasión del fallecimiento del gran republicano italiano José Garibaldi.

Black renegó de sus antiguos vínculos religiosos, apostató, salió de la YMCA, y comenzó a escribir para el diario librepensador “The Alliance” publicado en Chicago, interesándose después por la lucha de clases.

Preparó un discurso que había de ser pronunciado en la Sociedad Filosófica de Chicago en las navidades de 1881, “El Socialismo como un factor en la sociedad y en la política americana”.

Había meditado mucho sobre el tema, y releyó su discurso ante el Club para la Reforma Industrial la primavera siguiente. La subsiguiente alocución pública de Black se titulaba “el nihilismo y Rusia” (el nihilismo era otro nombre que recibía el anarquismo en aquellos días), junto con Benjamin Tucker, editor del diario anarco-individualista Libertad, reimpreso como un panfleto y publicitado en las últimas páginas de su revista junto con las obras de un importante elenco de autores anarquistas, entre los que se contaban nada menos que Pierre-Joseph Proudhon, John Ruskin, William B. Greene, y Stephen Pearl Andrews.

El reformismo radical de Black le ubicó al lado de algunos de los elementos más izquierdistas de Chicago. Por lo visto se convirtió en miembro de la Chicago Liberal League en el estío de 1882 y pronunció algunos discursos para esta organización, aunque se retiró de la conferencia que tenía prevista sobre Thomas Paine en enero de 1883, en el último minuto y por razones que nunca aclaró.

La Chicago Liberal League era una organización laica fundada por personas a las que el Chicago Tribune describía como “una mezcolanza de socialistas, escépticos y agitadores obreros”.

Los liberales compartían espacio con los anarquistas y celebraban sus reuniones en el nº 54 de West Lake Street, el lugar habitual de reunión de la Central Labor Union anarquista.

Los anarquistas William Holmes y Lizzie Swank (Lizzie Holmes después de que se casaran) eran socios de la Chicago liberal league, al igual que el acusado Samuel Fielden. Se supo hasta qué punto se había radicalizado Black en 1882, cuando entró en política por primera vez al presentar su candidatura al Congreso por el Partido Anti-Monopolio. Era una época provechosa para los candidatos independientes. Los republicanos reformistas atacaban a su partido debido a la omnipresente corrupción, y los demócratas, frágiles en toda la ciudad pero que de momento ocupaban la alcaldía, no conseguían ponerse de acuerdo en un candidato concreto.

Tras anunciar que se presentaría como candidato de este minúsculo partido, su candidatura fue absorbida por una facción de los demócratas convencionales que advirtieron el potencial de dividir, aún más, a las filas Republicanas. Como resultado de ello Black se encontró en la estrambótica situación, en el mes anterior a las elecciones, de pronunciar discursos de aceptación de candidatura ante tres convenciones políticas diferentes.

Gracias a las manifestaciones de Black en el periodo que precedió a las elecciones de noviembre, podemos conseguir una buena “foto fija” de sus ideas y su filosofía política pocos años antes de que se convirtiera en el principal letrado de los anarquistas.

La imagen con la que nos topamos es la de un maduro anarquista de la variante individualista que simpatizaba claramente con el socialismo. El individualismo de Black resultaba extremado. Cuando hablaba ante los demócratas corrientes y molientes, Black tenía pocas cosas buenas que decir sobre el partido, ensalzando sólo su devoción por las libertades individuales: “Uno de los mejores semblantes del partido es su digna y valiente posición frente a las leyes suntuarias (que en aquellos días aludían a las leyes contra el alcohol) y frente al sacrifico de las libertades individuales para satisfacer los caprichos de la mayoría”.

Pocos días después, cuando hablaba con la “clase de tropa” del Partido Republicano, Black encontraba virtudes parecidas en la historia del partido, ensalzando la “vieja doctrina de libertad y responsabilidad individual”.

Después de conseguir estas nominaciones, Black compareció ante su partido predilecto, el minúsculo Partido Antimonopolio, cuya convención fue descrita como una reunión de dos o tres docenas de chicos curiosos, un número similar de adultos y tres o cuatro mujeres, pero que estaba encabezada por un compañero de la Liberal League, J.K. Maggie.

Pero a despecho de su insignificante número, se veía aquí que Black se encontraba a sus anchas, explicando en su más prolongado discurso detallados puntos de vista sobre los valores principales del partido. Se hacían aquí patentes sus tendencias socialistas. Estaba, dijo “de acuerdo” con “la exigencia de un control nacional sobre los telégrafos y los ferrocarriles”, aunque no creía que pudiera lograrse por medio de una nacionalización total de la propiedad, pero que podría conseguirse nacionalizando suficientes líneas de ferrocarril, lo que reduciría las tarifas y quebrantaría los acuerdos oligopólicos que mantenían precios elevados artificialmente.

Black era partidario de abolir todos los bancos estatales y nacionales y crear en su lugar un banco central nacional que acuñaría todo el dinero, incluso el papel moneda. Estaba dispuesto a plantearse la nacionalización de la tierra, pero no era partidario de su confiscación sin indemnización.

En cuestiones obreras Black era muy claro. Estaba en favor de leyes tuitivas federales que evitaran a las mujeres y los niños “el hambre y la vergüenza”. En su único pasaje emotivo, Black dijo que estaba “con todo mi corazón” a favor del principio del partido de que “el trabajo debe recibir una mayor proporción de la ganancia que genera”. Aunque no llegaba a aceptar plenamente la teoría marxista de la explotación, las ideas de Black se hallaban sólo a un paso.

Black comenzó su campaña cuando terminaron las convenciones de los partidos, optando por un lugar inaudito en su primera aparición en la campaña electoral. Un día después de ser nominado por el partido antimonopolio, acudió al corazón inmigrante del West Side, el Aurora Turner Hall, una institución casi totalmente identificada con los más radicales elementos de la comunidad alemana.

Si conseguimos leer entre las prejuiciosas líneas del periodista del Tribune, parece claro que Black se enfrentó con una audiencia obrera con la que anteriormente no tratado mucho. El lugar, según un periodista prejuicioso, estaba lleno de “sucia chusma”, de aire “irrespirable por el humo” proveniente de “ganapanes atestados de alcohol barato que reían y jaleaban a los oradores”.

Con el claro fin de ganarse a la multitud, consciente en apariencia de que las creencias anarquistas estaban generalizadas en el lugar, Black pronunció un largo discurso en el que hizo hincapié en sus credenciales librepensadoras y anunció que había abjurado totalmente de sus anteriores vínculos con el Cristianismo y con cualquier clase de religión organizada.

Los círculos reformistas con los que Black alternaba estaban cada vez más ligados a los anarquistas de Chicago. Cuando el cabecilla anarquista John McAuliffe se suicidó en 1882, s se presentaron 250 amigos en el West Twelfth para cantar sus alabanzas.

McAuliffe, que había sido un sectario y montaraz radical en vida, ofreció una buena ocasión, tras su muerte, para que los socialistas de todas las tendencias dejaran de lado sus diferencias siquiera fuera por una noche.

Se encontraban en el escenario casi todos los hombres con cargos electos en el ahora difunto partido SLP, Ernst Schmidt, Frank Stauber, Leo Meilbeck, Henry Stahl y Timothy O’Meara. El socialista moderado y sindicalista George Schilling se sentó al lado del inflexible Peter Peterson.

El primer orador se dispuso a pronunciar un discurso con un trasfondo de banderas rojas y un estandarte rojo en el que estaba inscrito “Libertad, igualdad y fraternidad, en memoria de John McAuliffe. Iguales derechos e iguales deberes”.
Fue William P. Black el que recordó que sólo se había topado una vez con McAuliffe, pero que quedó muy impresionado por su “virilidad y bonhomía”. Según un periodista que se hallaba allí esa noche, Black “tuvo amables palabras para con los socialistas, y creyó que era muy propio conmemorar las virtudes de un compañero trabajador que creía en la hermandad humana. Había ocasiones, dijo, en que el lema, “por la paz si podemos, por la fuerza si debemos” debía seguirse a la letra, y a menos que se pusiera coto a ciertos agravios un día esto sería la pura realidad”.

En marzo de 1884, se organizó un mitin de protesta en el Aurora Turner Hall para denunciar la crónicamente cicatera financiación de los colegios públicos de la ciudad. En el evento nocturno no participaron únicamente Spies y Grottkau como principales oradores, ya que la multitud también pudo oír a William A. Salter de la Society for Ethical Culture y a H.H. Vickers de la Liberal League, organizaciones a las que Black estaba afiliado en aquellos años.

Por lo visto la fama de Black como orador radical se había extendido lo suficiente como para que le invitaran a hablar ante la International Working People’s Association anarquista en 1885, aunque no está claro si al final lo acabó haciendo.

El Arbeiter Zeitung describió a Black a comienzos del año 1886como “un político profesional de aquí, amigo del obrero y antiguo socialista burgués que también ha militado en el Socialistic Labor Party”.

El anarquista William Holmes describió a Holmes de modo análogo, “El capitán es un orador natural, un profundo estudioso del socialismo y, lo que es mejor, pone toda su alma y su empeño en su trabajo”.

La esposa de Black, Hortensia, escribió un largo artículo en el Labor Enquirer de Joseph Buchanan, pocos meses después del atentado de Haymarket, en enero de 1886. Era un diario que se declaraba integrante de la internacional anarquista “International Working People’s Association”. Titulado “Pensiones Infantiles”, el artículo de la señora Black defendía la implantación de un sistema universal de pensiones infantiles y maternas parecido al que estaba instituido para los soldados.

En su argumentación de su “modesta proposición”, Black reveló un muy maduro pensamiento radical. Observó que “lo que pide el pueblo es un gobierno que reconozca el justo derecho a la protección de todas las personas que viven bajo de su jurisdicción. Ese gobierno es el que tendrá la gente. Cualquier forma de gobierno diferente será derrotada por el pueblo”.

William P. Black estaba ligado firmemente al movimiento obrero de la ciudad en el mes inmediatamente posterior al atentado. Los periodistas locales observaban que Black era la primera opción de los maltrechos demócratas en las próximas elecciones a jueces del condado.

En esta época de dominio republicano, ya que de los seis jueces cuyo término iba a expirar sólo había uno demócrata, los Demócratas disfrutaban de escasas posibilidades de conseguir un puesto, y su mayor esperanza era que una escisión republicana y que los sindicatos, apolíticos por lo general, participaran en esa carrera.

Se informó para este fin de que “se está trabajando en un plan para conseguir que los Caballeros del Trabajo promuevan la elección de un cierto candidato a juez” una referencia velada a Black y a su aparente popularidad entre los sindicatos.

Acumulación y desacumulación.

Las tácticas de los letrados de la defensa desafiaron las expectativas de los observadores jurídicos incluso antes de que comenzara el proceso. Los expertos preveían que una de las principales tácticas de la defensa sería promover que los siete encausados fueran procesados por separados.

El periodista especializado en temas jurídicos del Inter-Ocean escribió, una semana antes del comienzo del proceso que: “la defensa promoverá indudablemente que los acusados sean enjuiciados separadamente”.

Tal vaticinio quedaba justificado por el hecho de que la acusación no dispensaba el mismo trato a todos los acusados. Aunque los siete procesados estaban más o menos acusados de los mismos delitos, el Fiscal Jefe Grinnel convino, ese tres de junio, en permitir la puesta en libertad bajo fianza de Oscar Neebe.

La excepción en este caso no era explicable por sus circunstancias personales, ya que no era el único padre de familia, Engel, Fischer, Schwab, y Fielden también tenían mujer e hijos. Seguramente estos padres de familia tenían menos posibilidades de huir que un soltero como Lingg. Al poner a Neebe en libertad y dejar al resto en prisión preventiva, Grinnel estaba aceptando tácitamente que Neebe tenía un menor grado de culpabilidad o que no estaba siendo acusado de lo mismo.

Estaba claro que tenía buenas posibilidades de prosperar un incidente procesal para que le procesaran separadamente cuando Neebe había recibido un trato tan especial en materia de fianza.

Sólo quedaban tres días para el comienzo del proceso y las predicciones de los expertos quedaron sorprendentemente desmentidas.

Los periodistas estaban revoloteando en la oficina de la fiscalía cuando la defensa presentó un incidente procesal que solicitaba la desacumulación del proceso. Según los periodistas que allí se hallaban, el Fiscal Jefe Grinnell se hallaba tan sorprendido como perplejo, algunos decían incluso que “aterrorizado” cuando abrió los documentos, pero en pocos momentos, cuando se percató de toda la importancia de lo que leía, le cambió la cara por completo.

No perdió tiempo en contarlo todo a los periodistas, pues creía claramente que la defensa había hecho una terrible concesión y le gustaba que saliera en los periódicos. La razón era evidente. En vez de pedir un proceso separado para cada uno de los acusados, los letrados de estos habían solicitado separar en dos grupos a los siete procesados.

La petición de desacumulación sólo hablaba de un proceso separado para el grupo de los cuatro acusados principales: Spies, Schwab, Fielden, y Neebe. Los letrados defensores poseían diversas alternativas. Podían haber pedido procesos separados para todos los acusados, para grupos de los acusados o para cualquier combinación de los siete acusados. No existían razones jurídicas por las que no pudieran haber pedido la desacumulación en dos grupos, como hicieron, y al mismo tiempo y subsidiariamente solicitar procesos separados para cada uno de los acusados.

Teniendo en cuenta el dato de que Grinnell había dispensado un trato especial a Neebe, que le permitió seguir en libertad bajo fianza, lo más probable era hubiera prosperado un incidente procesal para que fuera enjuiciado individualmente.
¿Por qué se interpuso sólo un incidente de desacumulación? ¿Por qué razón los abogados de la defensa metieron a Spies, Schwab, Fielden, y Neebe en el mismo saco? Al separar a los acusados en dos grupos la defensa hacía una importante concesión. Admitían que podía haber pruebas de que Lingg, Fischer, y Engel formaban parte de una conspiración marcada por la asamblea celebrada el tres de mayo, la noche previa al atentado de Haymarket. Escribían en su petición: “se dice que serán presentadas en sede judicial ciertas pruebas de una presunta conspiración con la que estos acusados no están vinculados de ninguna manera, que bien pudieran ser procedentes contra otros encausados”.

Tales pruebas, Según argumentaban, podrían resultar “perjudiciales y muy nocivas” para Spies, Fielden, Schwab, y Neebe, que por lo visto creían que nunca se podría acreditar que hubieran estado en la asamblea. Por esa razón la lógica dictaba que habían de ser procesados por separado.

¿Pero por qué razón había de juzgárseles separadamente como consecuencia de su presencia en la asamblea conspiradora de la noche del lunes? ¿No hubiera tenido el mismo sentido que se celebrara un proceso con los que estuvieron presentes en la plaza de Haymarket en el momento de la algarada y otro para los que se pudiera acreditar que nunca habían estado allí?

Si se hubiera hecho esto, Spies, Fielden, Fischer, y Schwab hubieran estado en un grupo y Neebe, Lingg, y Engel, que tenían una coartada testifical que acreditaba que no estaban en la ciudad durante el atentado, en otro grupo. También se podía haber separado a los acusados en un grupo que se había acreditado que se procuró explosivos y que había fabricado bombas, como era el caso de Spies, Lingg, y Engel, y aquellos contra los que la fiscalía no poseía tales pruebas.

La táctica de la defensa de separar a los acusados en dos grupos fue pintada por la prensa de la época como una traición, una añagaza para sacrificar a tres hombres para salvar la vida de cuatro. Un periodista le sacó un comentario a George Schilling, el líder obrero de Chicago que había sido el más íntimo amigo de los anarquistas (aunque no llegó a unirse a ellows) y organizador del comité de apoyo de la defensa, en el que insinuaba que en realidad un grupo era más culpable que otro:

“-Periodista: ¿no cree que Spies, Fielden, Schwab, y Neebe están tratando, en la práctica de salvarse sacrificando al resto?

-Schilling: “Mire usted, seguramente esté achacando a estos cuatro hombres los errores de sus abogados. De cualquier modo puede estar seguro de que la petición no es un error ni un cobarde expediente para salvar el pellejo. ¿Y si fuera cierto que existen dos grupos separados en estos siete hombres con diferentes grados de responsabilidad? ¿Qué pasaría, entonces, eh?”.

Sigue siendo un misterio la razón por la que la defensa optó por pedir que se procesara a los acusados en dos grupos. ¿Por qué razón el Capitán Black le dijo al Fiscal Jefe que había promovido el incidente de desacumulación por una “cuestión procesal” únicamente? ¿Por qué razón Zeisler le dijo a un periodista que no estaba inclinado a “echar el resto” para conseguir un proceso separado para algunos de sus clientes?

Cuando Foster terminó de leer su incidente procesal en el que solicitaba el enjuiciamiento separado de Spies, Fielden, Schwab y Neebe, apuntó que la defensa quería un proceso rápido.

El juez Gary se quedó perplejo, pues iniciar procesos separados supondría, después de todo, modificar las fechas de los procedimientos actuales, y además, con práctica seguridad, celebrar varios nuevos procesos en fecha posterior. Gary manifestó, “caballeros, parece que lo que esperan es que desestime su incidente”, y Foster respondió “eso es lo que esperamos, su Señoría”. Gary espetó a su vez, “pues entonces no les voy a defraudar”.

El Juez Gary tenía toda la razón del mundo al desestimar el incidente procesal, al menos según el criterio jurídico predominante en la época. La jurisprudencia más reciente del Tribunal Supremo de Illinois desestimó un recurso en el que se pedía se celebrara un nuevo proceso con fundamento en que había sido rechazado sin fundamento un incidente de desacumulación:

“No hay precedentes de una resolución judicial en la que se haya decretado que es un error procesal fundamental determinante de nulidad rechazar una desacumulación pedida en un proceso criminal. Esa decisión queda a criterio del tribunal a quo, cuya decisión es en este caso tan discrecional como en otras”.

Eso es lo que dejaba sentado la jurisprudencia consolidada del Estado y esa era igualmente la posición de la jurisprudencia consolidada del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, que había quedado clara en “Los Estados Unidos contra Marchant y Colson”, un caso de 1827 en el que se había enjuiciado un delito capital y en el que los altos magistrados habían sentado jurisprudencia en el sentido de que las cuestiones de separación o desacumulación procesales constituían una potestad discrecional del tribunal y no “un derecho de las partes”.

En la revista jurídica de Albany se escribió sobre la cuestión un año después de que el Tribunal Supremo de Illinois negara ese motivo de apelación “por lo que respecta a la desestimación del incidente procesal de petición de procesos separados, aunque el incidente sea susceptible de prosperar no se trata de una potestad de la defensa. El tribunal de apelación así lo dice, y no existe a nuestro juicio motivo jurídico alguno para poner en tela de juicio su decisión.”

El más afectado por la acumulación de los procesos fue Oscar Neebe. Leonar Swett, el experimentado penalista que preparó después la apelación ante el Tribunal Supremo de Illinois estaba muy seguro de ello:

“Las pruebas que había contra él no tenían fundamento, y si le procesado por separado no me cabe la menor duda de que hubiera sido absuelto”.

Además, parecía poco profesional que un abogado se enemistara tanto con un juez justo cuando iba a dar comienzo un trascendental proceso.
Zeisler recordó más tarde que cuando Foster le dijo al Juez Gary que esperaba que rechazara su petición “me quedé pasmado y observé una expresión dolorida en los rostros del Capitán Black, de Solomon y varios de nuestros clientes”.
Según Zeisler, Spies le pasó una nota que rezaba “a qué leches está jugando Foster? Creía que nuestro recurso iba en serio. ¿Qué sentido siente hacerlo parecer como algo meramente rutinario?”

La observación de Foster debe haber hecho mucha mella ya que al menos un observador del proceso hizo un comentario sobre la cuestión cuarenta años después. En una misiva privada a Sigmund Zeisler Spies dijo “no me entra en la cabeza cómo un letrado que interpone un recurso ante un juez le dice que no espera que sea estimado, como hizo Foster”.

La perplejidad de Spies ante la forma “caballerosa” con la que Foster manejó el recurso se debía probablemente al hecho de que no le habían explicado un cambio importante en la estrategia de defensa.

El equipo de la defensa había debatido sobre la cuestión y tomaron la decisión de instar a Albert Parsons a que abandonara su escondite en Wisconsin y compareciera ante el tribunal. Por supuesto Parsons podía hacer esto en el momento en que quisiera, y si esperaba hasta que el juicio estuviera en marcha, hubiera sido automáticamente procesado de forma separada.

Sin embargo los abogados Solomon y Black, frente a las objeciones de Foster, más frío y experimentado y del inseguro Zeisler, decidieron que Parson se presentara antes de que el proceso comenzara y se uniera a los acusados en un gran grupo.

Obviamente, de haber resuelto la defensa que Parsons compareciera el primer día del juicio y no el segundo, para asegurar que no tuviera un proceso separado, es que ya no iba en serio su incidente de desacumulación anterior, que fue presentado meramente como una cuestión procedimental.

El letrado Solomon, unos días antes de que comenzara el juicio, dio su brazo a torcer cuando declaró ante el Tribune que deseaba que Parsons estuviera entre los acusados ya que eso “le evitaría algunos problemas”.

Por lo visto algunos de los hombres más activos en los asuntos de la ciudad vaticinaban la comparecencia de Parsons. Melville Stone, editor del Chicago Daily News, se puso al parecer en contacto con Lucy Parsons y le ofreció una suma importante si acompañaba a su marido al proceso.

El 21 de junio, a primera hora de la tarde, el mismo día que se había fijado para el examen de los jurados y para el comienzo oficial del proceso, un hombre salió a toda prisa de una casa en la Calle Morgan, tapándose la cara con un pañuelo, metiéndose a renglón seguido en un carruaje que allí le esperaba con las cortinas bajadas.

El carruaje se dirigió al frente del edificio del tribunal donde esperaba el capitán Black, que caminaba por la acera. Black y Parsons entraron a toda prisa en el edificio, seguidos de Lucy y Gerhard Lizius, un periodista del Arbeiter Zeitung. El plan de Black era desfilar hasta el estrado del juez y permitir que Parsons se entregara formalmente, quizás con un pequeño discurso. Pero en cuanto él y Parsons entraron en Sala, el fiscal Grinnel se apercibió y de un salto (interrumpiendo al Juez Gary que estaba leyendo algo) llamó la atención del tribunal acerca de Parsons, y exigió que un ujier lo detuviera y lo pusiera bajo custodia.

Black dijo a voz en grito que Parsons se estaba entregado voluntariamente y condujo al octavo acusado a su asiento, donde fue cálidamente recibido por sus compañeros. Según los recuerdos que Zeisler tenía de estos acontecimientos, Salomon y Black creían que la ausencia de pruebas contra Parsons y su entrega, tan noble y valiente, ayudaría a salvar a los que estaban más implicados: “El Capitán Black era un partidario entusiasta de ello. Expresó su convicción de que la presunción de culpabilidad que se había enseñoreado de la opinión pública se convertiría en presunción de inocencia, y los beneficios de la misma afectarían al resto de los acusados”.

Criterios jurídicos más expertos no compartía esta posición. El juez del condado de Cook Samuel McConnell comentó más tarde:

“Claro está que fue un gran resbalón por parte del Capitán Black aconsejar a Parsons regresar cuando lo hizo, pues si hubiera esperado hasta la constitución del jurado, Parsons podía haber tenido un proceso separado y salvado así el cuello”.

30 años el propio Black reconoció el estúpido error que había cometido, declarando a un periodista, el mismo día de la ejecución de Parsons: “Cometí un desliz espantoso al permitir que Parsons se entregara”.

Por descontado, tecnicismos y jurisprudencia consolidada aparte, está claro que en estricta equidad la decisión de juzgar conjuntamente a siete hombres dio lugar a una injusticia. Un editorial en el diario librepensador Open Court argumentó muy fundadamente esta posición (reimprimiéndose en la Revista Jurídica de Albany). Se señalaba que aunque cabía reprochar a la defensa su incompetencia por permitir un juicio conjunto, la fiscalía, en tanto custodia del interés público y la legalidad, no debía haberse aprovechado.

“Con independencia de que se actuara o no de forma deliberada el efecto de un proceso conjunto ocasionaría confusión en el jurado. Al procesar conjuntamente a todos se incrementaba el riesgo, pues cada uno tenía que responder por sus propias palabras y acciones y además por las de los otros siete acusados”.

Para cualquiera estaba claro que Neebe, Schwab y Fielden no estaban tan implicados en la presunta conspiración de la noche del lunes, y menos en el atentado, como sí lo estaban Engel, Fischer, Spies, y Lingg, quedando Parsons estaba en una posición, digamos, “intermedia”.

Si los abogados de la defensa hubieran planteado un riguroso y fundado incidente de desacumulación, en vez de, como todo indica, presentar un recurso falso y formulista que especulaba con el hecho de que un proceso conjunto podía suponer un beneficio estratégico ante la opinión pública, el resultado de este histórico proceso hubiera sido, tal vez, diferente.

Ningún acusado oso criticar a sus letrados en público hasta el momento en que ya no quedaban más apelaciones. Michael Schwab se sinceró un periodista amigo suyo que le preguntó si “estaba satisfecho con el trabajo de la defensa”, minutos antes de que sus camaradas se balancearan en el extremo de una soga.

Schwab respondió “creo honradamente que si se hubiera seguido el procedimiento correcto habríamos sido enjuiciados en procesos separados, y no se hubieran podido encontrar siete jurados distintos en el mundo que nos hubiera hallado a todos culpables, incluso con todas las pruebas que fueron presentadas”.
Schwab elogió a los “grandes abogados” que habían trabajado para ellos, pero con ello no se refería a Black, Zeisler, Salomon o Foster. “Sí, teníamos una defensa emitente, cierto; pero el daño ya estaba hecho y ya era irreparable cuando se hicieron cargo del caso. Si hubiéramos tenido el dinero que después recaudamos, pudiendo disponer de él desde el principio para contratar penalistas más duchos, la fiscalía hubiera tenido muchos más problemas para conseguir convencer al jurado”.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: El Proceso de los Anarquistas de la Plaza de Haymarket.
NotaPublicado: Mar Ago 15, 2017 12:38 pm 
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El jurado especial. Muchas críticas sobre el caso se han centrado en la selección del jurado, aunque también en este caso, los más destacados historiadores han malinterpretado los hechos básicos del proceso.

Existen dos líneas de ataque de las que se han servido los historiadores para tratar de demostrar que el procedimiento de selección de jurados adolecía de un claro sesgo ya desde el principio.

En primer lugar, suele afirmarse que se transgredió el procedimiento habitual para seleccionar a los jurados. Se sostiene el juez aprobó el nombramiento de un agente especial para seleccionar (a dedo) a un grupo de jurados futuros (“veniremen”) y que este agente seleccionó a sabiendas a gente con predisposición a condenar a los anarquistas. En segundo lugar, se aduce que el Juez Gary se negó a despedir a jurados que confesaron tener prejuicios o ideas preconcebidas, forzando a que la defensa desperdiciara sus preciosos ataques preventivos.
Como resultado de todo ello, el jurado era un grupo de personas de clase alta, en el que no se contaba trabajador o emigrante alguno, y no el jurado de pares del acusado prescrito por el Estado de Derecho. (55)

Para nuestra sensibilidad contemporánea la forma en la que el jurado fue seleccionado puede parecer, a primera vista, inaudita y prejuiciosa. (56) Estos son los hechos. Después de examinar a los 249 candidatos a jurados, la surtido corriente de jurados estaba agotado, y el fiscal Grinnell señaló que pronto sería necesario reclutar a candidatos a jurados todos los días.

Grinnell pensaba que la oficina del Sheriff debería ocuparse de seleccionar a 50 hombres cada día para ser examinados por el tribunal, pero el letrado defensor Black, llamando la atención sobre las leyes de Illinois, exigió su derecho a que se nombrara un agente especial. Desde el punto de vista de la defensa, era mejor confiar esta tarea a un hombre, que podía después responder por sus actos (y probablemente ofrecer un motivo para un futuro recurso de casación futuro) en vez de que desempeñara la tarea una agencia entre cuyas competencias se contaba la capacidad de delegar esa tarea en ciudadanos privados. El Juez Gary, después de repasar la legislación al respecto, concedió ambas peticiones, llamar a un agente especial, nombrar un hombre que no dependiera de la oficina del Sheriff e instruirle para que hiciera él mismo el trabajo sin delegarlo en otros. El juez pidió incluso a la defensa que sugiriera ella misma un hombre para el puesto y enseguida se puso de acuerdo en los nombres apuntados por el abogado Black. Cuando ambos hombres declinaron ese dudoso honor, Grinnell sugirió a otro, Henry L. Ryce, un empleado de oficina, y el letrado Black le apoyó inmediatamente, diciendo, “estoy completamente de acuerdo con que actúe Ryce; le conozco bien”. (57) Ryce se ocupó de seleccionar a los 600 miembros restantes del surtido de jurados.
En el siglo XIX se reunía un jurado especial por diversas razones. Se nombraban jurados especiales en el ínterin de la constitución de los grandes jurados corrientes. Se convocaban cuando los miembros de un gran jurado tenían conflictos de interés en el caso. Los códigos penales aprobados en 1874 (Rev. Stat. 1874, Sec. 13, p. 633) conferían a los jueces amplia autoridad para convocar jurados especiales, y los tribunales superiores no estaban muy dispuestos a poner en tela de juicio su criterio en esas materias. (58) Cuando Peter Davison de Lake County apeló su condena por asesinato ante el Tribunal Supremo de Illinois, alegó que su acusación ante el gran jurado era improcedente ya que algunos de los jurados sobrepasaban los 60 años y uno residía en Wisconsin, pero no alegó nada frente al hecho de que cuatro de los jurados hubieran sido especialmente elegidos por el sheriff del condado (59) No sólo la constitución de juzgados especiales estaba contemplada tanto en la ley, como en la jurisprudencia y en el código procesal penal, sino que la ley que regía este método de conseguir jurados se contaba entre las más claras e inequívocas que había en los códigos.

En 1877 el magistrado Scott del Tribunal Supremo de Illinois escribió sobre la ley que contemplaba un jurado especial, “la previsión de la ley es clara, que ciertamente se le podría aplicar sin problemas el brocardo, in claris non fit interpretatio”.

En 1885, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos confirmó la selección que de un Jurado especial en un tribunal de Utah que había efectuado un Sheriff aunque el Congreso no había previsto un mecanismo para ello en las leyes que regían el territorio. Sin ningún voto particular el Tribunal razonaba que como la ley federal “no prohíbe el recurso normal y bien conocido a un jurado abierto” era legítimo que el tribunal lo hiciera cuando se acabaran los nombres en la reserva de jurados. (60) Seleccionar jurados al azar entre los registros de votantes o tributarios era una innovación reciente de mediados del siglo XIX. Con anterioridad la práctica de derecho común era que los Sheriffs seleccionarán “hombres honrados y justos” entre los hombres libres del condado. (61) No fue hasta 1850 que los estados comenzaron a establecer procedimientos más detallados para seleccionar a los jurados. Pero el hecho de optar por la insaculación no llevaba aparejada necesariamente una selección aleatoria que se tradujera en una muestra representativa de la ciudadanía. El Derecho de Illinois exigía que cada junta del Condado elaborara una lista de candidatos cada mes de septiembre. La ley no aclaraba cómo elaboraría la lista cada comité o quién debería ser incluido o excluido. Los más destacados letrados de Chicago se quejaban amargamente de la falta de cuidado con la que los comisionados del condado cumplían con su deber. S.S. Gregory, el abogado de Chicago que representó a Eugene Debs junto con Clarence Darrow en el asunto de la Huelga del Pullman Railway, antes de que se convirtiera en el presidente del colegio de abogados de Estados Unidos, se quejó en un discurso pronunciado en 1888 de que “los que tienen encomendado tal cometido no son lo suficientemente responsables y esta falta de diligencia ha hecho que hombres sin escrúpulos seleccionen jurados venales e incompetentes”.

Gregory no exageraba el problema. Hacía poco menos de un año, ocho miembros de la Junta del Condado de Cook y siete ex -comisionados fueron acusados de cohecho y conspiración para delinquir. Incluso Sigmund Zeisler (el abogado de los anarquistas) se quejó en 1890, “el método de elaborar listas de jurados y proveer a los diferentes tribunales de jurados, aunque ha sido objeto de recientes reformas en nuestro Estado, aún está lejos de ser satisfactorio; el material de los hombres que solemos designar para jurados está muy por debajo de los criterios de capacidad y conocimiento exigibles en la mayoría de los casos sobre los que tienen que pronunciarse”. (62) En Chicago era difícil elaborar una lista de hombres que no hicieran perder el tiempo al tribunal tratando de descartar a candidatos poco cualificados. Había más restricciones sobre la aptitud para ser jurados que para ser votante. Los jurados no podían tener menos de 18 años ni más de 60. No podían estar incapacitados, enfermos o “decrépitos”. Tenían que hablar y comprender bien el inglés. No podían haber estado en un jurado el año anterior. Además, muchas categorías de ciudadanos, como abogados, doctores, ministros, integrantes de la milicia federal, bomberos, policías, abogados y todos los funcionarios, estaban exentos de las tareas del jurado. En consecuencia, cuando el Magistrado Robert Jenkis fue admitido en el Colegio de Abogados de Illinois en 1896, la Junta del Condado de Cook siempre se demoraba en satisfacer las necesidades de los tribunales y sólo elaboraba pequeñas listas de nombres de vez en cuando y según se fueran necesitando. “Esas listas han contenido en su mayoría sólo unos pocos miles de nombres, y ha ocurrido muchas veces que cuando se escribían esos nombres en una tarjeta y se metían en la caja la mayor parte de ellos se extraían inmediatamente para aportar jurados para un solo caso en los tribunales”. (63) Si bien Chicago estaba muy por detrás de las principales ciudades de la nación a la hora de implantar un sistema eficaz provisto de una comisión de jurados que elaborara listas de candidatos, el problema de seleccionar jurados era irritante en muchas grandes ciudades y daba pie por lo común al nombramiento de jurados especiales.

Según un periodista de una revista popular en 1880, la convocatoria de jurados especiales se daba tan frecuentemente en una gran ciudad que en la práctica se fiaba en unos cuantos “jurados profesionales”. La revista daba cuenta de un borracho que revoloteaba alrededor de los tribunales esperando la ocasión de que le seleccionara un sheriff haragán y ganarse una pequeña gratificación. (64) No fue la primera vez que la selección de un jurado preocupaba a los trabajadores. En 1881, el Juez Murray Tuley por lo visto rechazó un grupo entero de jurados porque la mayoría eran parados o trabajadores “ignorantes”. Tuley ordenó al agente a ir al distrito comercial y conseguir un jurado de hombres escogidos. La Chicago’s Trade and Labor Assembly protestó enérgicamente contra los evidentes prejuicios del juez. (65)
El hombre con la poco envidiable tarea de elegir a cientos de hombres para la selección final del jurado se llamaba Henry L. Ryce, un natural de Indiana que se presentó voluntario al comienzo de la Guerra de Secesión y que prestó servicios como oficial de intendencia para el Undécimo Regimiento de Zuavos de Indiana. (66)

El método de Ryce de reclutar hombres no está bien documentado, pero puede evaluarse más o menos por los resultados. Por ejemplo, si la reserva de jurados variaba dramáticamente, por razón de clase o estructura étnica, cuando comenzó su labor, observaríamos un claro indicio de sesgo. Además, para que el presunto plan de seleccionar prejuiciosamente los jurados de Ryce funcionara tendría que haber trabajado conjuntamente con un juez prejuicioso que rechazara eliminar a jurados prejuiciosos. (Los jurados despedidos por esa causa no cuentan contra las 270 recusaciones con la que tuvo que trabajar la defensa) Las actas deberían revelar la proporción de recusaciones admitidas por incurrirse en motivos tasados en comparación con las recusaciones negadas y si estas proporciones cambiaban a lo largo del tiempo. Una forma de medir los efectos del viraje en el procedimiento de selección del jurado es distinguir a los jurados por extracción social y ética y comparar sus números proporcionales antes y después del nombramiento del agente Ryce. Un total de un 27,7% de los jurados fueron seleccionados mediante insaculación en relación con el 72,3% que fue seleccionado por Rice. Cuando se divide a los futuros jurados en categorías según su ocupación, como obrero cualificado industrial, asalariado del sector servicios, gerente, empresario o financiero (inversor o banquero) se ve que el nombramiento de Ryce tuvo un impacto significativo en el número de obreros industriales y empresarios incluidos en la lista, aunque muy escaso en la tasa de selección de gerentes o empleados de oficina.

La tasa de selección de obreros industriales bajó del 26% al 7%, mientras que las de empresarios subieron del 41% al 59%. Sin embargo, las tasas de los otros dos grupos restantes, los trabajadores asalariados del sector servicios (vendedores, administrativos, etc) y gerentes, prácticamente no sufrió variación alguna. Los trabajadores de cuello blanco sólo subieron un 1%, mientras que los gerentes subieron 2 puntos porcentuales. Por lo que parece el agente Ryce no tenía interés en atiborrar con capitalistas la lista de jurados, ya que su proporción en relación con la reserva de jurados permaneció constante, bajando sólo del 5% al 4% (y hay que tener en cuenta que entre los clasificados como empresarios había pequeños empresarios como tenderos, propietarios de tabernas y droguerías, etc) Desde el punto de vista étnico el nombramiento del agente Ryce tuvo un impacto claramente mensurable, haciendo caer ligeramente el número de jurados de ascendencia alemana y aumentando el número de jurados de ascendencia inglesa. En conjunto Ryce aumentó el número de jurados ingleses en un 6% (lo que supuso 41 jurados anglosajones adicionales) y redujo ligeramente los jurados alemanes en un 3% (sacando en el mejor de los casos 22 alemanes fuera de la lista) Es interesante que la tasa de selección de jurados con apellidos irlandeses o escoceses prácticamente no padeció variación alguna, aumentando en un 1% (lo que llevó a 6-7 jurados irlandeses adicionales) Esos números apoyan y contradicen al tiempo el incidente de la defensa contra Ryce (basado en la selección de jurados procedentes de los distritos comerciales, con la intención de provocar ulteriores recusaciones). Ciertamente parece claro a la luz del número declinante de obreros industriales cualificados y el número incrementado de empresarios y pequeños empresarios que Ryce seleccionó a los jurados en los distritos comerciales de la ciudad y no en el vecindario de clase obrera de los suburbios.

Pero este hecho indiscutible no esclarece en modo alguno las motivaciones de Ryce, ya que después de todo tenía un cometido intimidante, convocar a 50 hombres al día (5 o 6 a la hora o uno cada 10 o 12 minutos) por sus propios medios. Es igualmente probable que Ryce optara por trabajar en la parte más poblada de la ciudad y en la zona más cercana al juzgado porque era lo más eficaz y conveniente.
Ciertamente si hubiera querido “afinar” la lista de jurados para ayudar a la fiscalía, podía haber metido más capitalistas e irlandeses (la mayoría de los policías asesinados en el atentado eran de ascendencia irlandesa) y no meter a ningún alemán. En la práctica no había muchos menos alemanes seleccionados que irlandeses y capitalistas, y el resultado hubiera sido prácticamente el mismo si se hubiera procedido mediante insaculación. (67)

El 14 de julio, tras el examen del jurado número 920, el arquitecto W. J. Edbrooke, el principal letrado de la defensa William Black presentó una protesta contra el procedimiento de selección del jurado. Cuando el Juez Gary rechazó el incidente motivándolo en que contravenía la jurisprudencia consolidada del Tribunal Supremo de Illinois y la propia normativa del Estado al respecto, la defensa pareció cambiar de táctica. En este punto sólo quedaba una vacante en el jurado y al ritmo que la defensa presentaba incidentes de recusación perentorios y el juez los estimaba parecía que el proceso se iba a demorar como poco una semana. Súbitamente la defensa comenzó a gastar los incidentes que le quedaban con gran rapidez y sin pedir primero la recusación de los futuros jurados. Después del jurado 920 la defensa sólo tenía 53 jurados frente a los que utilizar sus 25 incidentes de recusación, empleados todos sin pedir antes al tribunal que despidiera a los jurados objetables. La defensa empleó su último incidente con el jurado 972, W.H. Wait, un antiguo vice comisario del Condado de Cook, una acción fundada sin duda, y ya lo le quedaban más incidentes en relación con el jurado 972, Harry T. Sandford, un administrativo de 24 años en el ferrocarril del noroeste, que completó el panel. (68)

¿Por qué esas prisas en agotar los incidentes después del jurado 920? Una posibilidad es que después de que Gary desestimara su objeción para cambiar el método de selección del jurado, la defensa creía que poseía un buen motivo para interponer Recurso de Casación en el futuro pero para fundamentar el recurso al menos un miembro del jurado tenía que haber sido impuesto a la defensa para que pudieran argumentar propiamente que se había producido una selección sesgada y que se había vulnerado, por tanto, el principio de imparcialidad.
En esta época los tribunales solían ser reacios a decretar un nuevo proceso sobre la base de una selección prejuiciosa de un jurado siempre que el jurado prejuicioso hubiera podido ser descartado merced a las recusaciones perentorias de las que disponía la defensa (69) Agotar esos incidentes de recusación era la forma más rápida de fundamentar ese motivo de apelación. Si como parece que es el caso, se agotaron los incidentes para que en el futuro hubiera un motivo fundado de recurso, la selección del jurado fue influida tanto por la marrullería de la defensa como por la actuación del agente Ryce. Samuel McConnell, magistrado del Condado de County en aquellos días, cuyos recuerdos sobre el caso son muchas veces citados por los historiadores, efectuó muchos comentarios agudos sobre el procedimiento de selección del jurado. McConell observó, “se ha dicho que el jurado fue seleccionado por el agente para conseguir una condena, pero lo dudo ya que era innecesario. Cualquier jurado, considerando el estado de la opinión pública y las decisiones del Juez Gary hubiera condenado a los acusados”. (70)

Incluso si hubiera sido el caso que el Agente Ryce tratara de atiborrar el jurado agotando los 160 incidentes perentorios de recusación de la defensa, ese plan hubiera dependido de la disposición del juez a hacer la vista gorda ante las observaciones de sesgo de los jurados y a no despedir a los jurados por incurrir en causa de recusación. Como no había límite legal al número de jurados que podían ser excusados por el tribunal de oficio, si el juez excusaba a los jurados prejuiciosos que presuntamente había arrastrado el tribunal el agente Ryce, lo único que hubiera conseguido Ryce seleccionando a jurados prejuiciosos hubiera sido complicarse la vida y trabajar más.

Este extremo es pacífico entre los historiadores: el Juez Gary abusó de su autoridad e hizo caso omiso de la ley desestimando recusaciones de personas que admitían abiertamente y sin reservas sus prejuicios contra los anarquistas. (71) Pero los historiadores han hecho caso omiso del contexto jurídico de las decisiones del Juez Gary. El proceso de voir dire, el interrogatorio de los futuros jurados, se regía por una serie de criterios específicos previstos por la ley del Estado y la jurisprudencia consolidada. La ley en esos días tendía a errar en el lado de la cualificación más que en la descalificación, en una época en la que se concedía más valor en la forma y el orden judicial que a los resultados sustantivos. Las resoluciones de Gary se ajustaron al código procesal de la legislatura de Illinois de 1874 que contemplaba los supuestos de exclusión de los jurados (edad, ciudadanía, residencia, conocimiento del idioma, capacidad física, anterior servicio como jurado, querellas pendientes, ocupar cargos públicos e incluso ejercer ciertos oficios era motivo de exclusión) y señalaba otros atributos que no eran causa de exclusión. En una cláusula con implicaciones de largo alcance para procedimientos muy publicitados, la normativa vedaba la exclusión de los jurados por haberse formado una opinión sobre la culpabilidad o inocencia del acusado con fundamento en las informaciones de la prensa. “(…) No será causa de recusación que un jurado haya leído en los periódicos una narración de la comisión del delito del que se acusa al procesado, si el jurado declara, bajo juramento, que cree que puede dar un veredicto imparcial”. Los legisladores fueron aún más lejos al proteger a los lectores de periódicos y negaban que fuera un motivo de recusación incluso si tendían a creer lo que leían. “(…) El hecho de que una persona (…) se haya formado una opinión o impresión, fundada en rumores o en noticias periodísticas (sobre las que no ha expresado opinión alguna sobre su valor de verdad) no será causa de recusación”. (72)

Esta suerte de ley sobre los motivos de recusación se hizo común en Estados Unidos con el tipo de prensa sensacionalista que floreció a mediados de la década de 1850. La información sobre los procesos varío, pasando de ser breves avisos sobre las comparecencias en los tribunales a extensas narrativas de las investigaciones policiales, testimonios del gran jurado y melodramas de sala. A medida que más gente consumía diarios ávidamente, era cada vez más difícil encontrar jurados no expuestos a narrativas detalladas sobre los delitos que tenían que juzgar. (73) Esas leyes sobre la exclusión de jurados como las aprobadas en Illinois ya habían sido analizadas en otros estados importantes. Ohio enmendó su código procesal en 1860 para contemplar que un jurado que se hubiera formado una opinión a partir de información de prensa “y no a partir de la conversación con testigos, o por haberles oído testificar” sería considerado válido siempre que prestara juramento de que podía emitir un veredicto imparcial sobre los hechos probados en el juicio. Parecidas previsiones fueron respaldadas en dos ocasiones por el Tribunal Supremo de Ohio, en 1865 y de nuevo en 1873, y por el Tribunal Supremo de Illinois muchas veces antes que se sustanciara el proceso de Haymarket.

El Tribunal Supremo de los Estados Unidos consideró constitucional este tipo de normas en un caso de asesinato en Utah en 1887. (74) La ley de Illinois de 1874 que consentía la selección de jurados que hubieran leído sobre un delito y se hubieran formado una opinión sobre el mismo se basaba en una distinción de derecho común entre tener una opinión “general” y tener una opinión “inconmovible”, “fija” o “positiva”. El caso Smith vs. Eames, sentenciado en 1841, establecía la regla fundamental que siguieron los magistrados de Illinois a lo largo del siglo XIX:

“Por esta nuestra sentencia mandamos, que si un jurado se ha formado una opinión categórica sobre los méritos del caso, ora por su conocimiento personal de los hechos, ora por las declaraciones de los testigos, por las relaciones con las partes, o con cualquiera de los anteriores, o por rumores, y es una opinión positiva, y no hipotética, que con toda probabilidad impida el dictado de un veredicto imparcial, la recusación debe ser admitida”.

Los matices críticos de esta sentencia pueden perderse si no se entiende correctamente la distinción trazada por los adjetivos empleados, “categórica” y “positiva”. Una opinión categórica o positiva se distingue aquí de una “opinión general” por el hecho de que el que abriga una opinión categórica o positiva no sólo se ha formado una creencia, sino que confía firmemente en el fundamento de su opinión. Desarrollando esta distinción Smith v. Eames proseguía:

Si la opinión tuviere meramente un carácter inconsistente y transitorio, como las que suelen formarse las personas en toda comunidad humana después de oír informaciones, si es de esas opiniones que pueden ser cambiarse por la relación con otras personas, y no representa una conclusión inconmovible y una idea fija, o si es hipotética, debe desestimarse la recusación; y para calibrar el estado del espíritu de un jurado, debe permitirse, si se tiene por necesario, un examen completo” (75)

La distinción trazada entre opiniones fijas, categóricas y positivas y las que tienen un carácter más general, impresionista e hipotético no era un mero ejercicio de amaneramiento judicial. Tal distinción era necesaria debido a que con mucha frecuencia en delitos de perfil alto casi todos los miembros de una comunidad habían oído algunas noticias del caso y de los individuos, y si eran sinceros y honrados en su examen, admitirían que abrigarían cierta idea, cierto “prejuicio”, en el sentido literal de haber pre-juzgado la cuestión.

En un año tan temprano como 1822, en una era en la que aún no circulaban los diarios de masas, el Tribunal Supremo de Illinois temía el efecto de vetar a todos los jurados sólo porque se habían enterado del caso y tenían cierta impresión de él antes de comenzar el proceso:

“[…] Tal y como está organizado el espíritu humano, resulta casi imposible que un jurado sea completamente imparcial. Aparecerán ligeras impresiones en la mente de cualquier persona que piense por poco que sea en el tema. Es algo insoslayable”.

Ese tribunal fijó una regla práctica y objetiva: siempre que los individuos no hubieran expresado su opinión sobre el caso públicamente, sus objeciones para prestar servicio como jurados por causa de prejuicios debían ser desestimadas. Más tarde los tribunales optaron no sólo por atenerse a esa norma tan clara como rigurosa y permitieron a los tribunales sondear a los jurados para determinar si tenían una idea fija o sólo una idea provisional. (76)

Teniendo en cuenta la jurisprudencia, sólo se podía despedir a un jurado si se enmarcaba en alguno de los supuestos tasados por la ley, y los interrogatorios de los letrados estaban concebidos para llevar a un candidato sospechoso a caer en estas trampas. Un jurado no podía eximirse de su deber por decir tan sólo que tenía una opinión sobre el caso, sino que (según el derecho común) sería más probable que fuera despedido si hubiera expresado su opinión a otra persona o personas, lo que, según los tribunales, era una mácula en la veracidad del resultado.

No bastaba con decir que uno creía que el socialismo o el anarquismo eran doctrinas equivocadas o inmorales, aunque un hombre sometido a examen podía ser despedido de la causa si afirmaba que tenía prejuicios contra los procesados en concreto por ser socialistas, comunistas o anarquistas.

Un futuro jurado no sería excluido por lo común sólo porque declarara tener una opinión firme sobre la culpabilidad e inocencia del acusado, pero sí sería expulsado si afirmaba que no podía dejar de lado sus opiniones y prejuicios y sopesar tan sólo las pruebas presentadas en la vista. Los abogados de la defensa montaron un buen espectáculo protestando por la negativa del Juez Gary a excusar a muchos de los futuros jurados que admitieron que se habían “formado una opinión”, sobre la culpabilidad del acusado.

Esas objeciones constituirían uno de los fundamentos para posteriores apelaciones pero no eran tan sinceras como han hecho creer los historiadores. Años después, el letrado defensor Zeisler publicó un artículo llamado “Defectos del Sistema de Jurado” que defendía que los jueces debían interpretar la ley como lo había hecho Gary:

“En estos días de una rápida propagación de las noticias la regla que excluye a las personas que se han formado o expresado una opinión que esté basada en otra cosa que en las pruebas originales es un anacronismo. En aquellos casos que suscitan un amplio interés público prácticamente estaríamos excluyendo a la mayoría de los lectores inteligentes de periódicos. De ese modo sería un fácil expediente librarse del deber de ser jurado si un hombre está dispuesto a jurar que ya tenía una idea preconcebida”. (77)

Por consiguiente el Juez Gary se atuvo a la línea jurisprudencial largo tiempo consolidada y al código procesal criminal de Illinois cuando examinó a los jurados y cuando desestimó incidentes de recusación basados en sus opiniones. Su línea de interrogatorio estaba destinada a elucidar el grado en el que las opiniones que admitían sobre el caso eran categóricas o positivas. Las opiniones que se basaran mediamente en los artículos de prensa o en sus conversaciones no les eximían de prestar servicio a menos que el futuro jurado no estuviera convencido de su verdad y testificara de forma persuasiva que tenía la capacidad de juzgar con imparcialidad. De hecho, lo que muestran las actas del juicio es que el Juez Gary muchas veces y siempre de modo consecuente despidió a los jurados que incurrían en una causa tipificada. 160 jurados fueron rechazados perentoriamente por la defensa, 589 más fueron excusados por el Juez Gary tras el incidente interpuesto por la defensa. Menos del 10% (9,5%) de las objeciones de la defensa a los jurados fueron desestimadas por el Juez Gary. Esto ascendía a un total de 56 hombres objetables cualificados como jurados potenciales, alrededor de un tercio de las recusaciones perentorias disponibles para la defensa. Los abogados defensores emplearon un gran número de recusaciones perentorias para eliminar a 107 jurados sin pedir primero al juez que lo hiciera de oficio ya que incurrían en causa de recusación.

Al final, ni el jurado era tan poco representativo como han venido afirmando los historiadores, ni era representativo de la ciudad o su conjunto, lo que era característico de esos tiempos. (78)

Es claramente falso afirmar que en el jurado no había obreros. Había dos, y hubiera habido más si no fuera porque la defensa misma tachó a muchos obreros industriales. Ciertamente, 40 de los 66 obreros industriales excluidos del jurado fueron despedidos a instancias de la defensa. Una y otra vez la literatura representaba a los obreros que estaban en el jurado como “de clase media”. Uno de estos profesionales supuestamente aburguesados era Scott G. Randall, al que se describía como “un vendedor”.

Pero si uno se toma la molestia de mirar las actas del testimonio de Randall, no parece que sea la mejor manera de describirle. Randall mismo rechazó la palabra “vendedor” como caracterización de su oficio cuando le preguntó la fiscalía: (79) Randall: Estoy en el departamento de semillas agrícolas y de jardinería. Grinell: ¿Vendedor? Randall: No, empaqueto los pedidos y ayudo a que le lleguen al encargado de transporte. Randal reveló muchas cosas sobre sí mismo en el interrogatorio que le sitúan muy por debajo de la aburguesada clase media y varios estados por debajo de la emprendedora vida de un vendedor. Randall era uno de los típicos chicos pobres de Horatio Alger que había dejado el campo para emigrar al Oeste en busca de fortuna. Randalf dejó la granja familiar en Erie County, Pennsylvania, cuando tenía sólo 20 años y se dirigió inmediatamente a Chicago. Trabajó como obrero manual antes de conseguir empleo como camarero en un Hotel. Consiguió ahorrar dinero suficiente para procurarse un carro con un vagón y trató de ganarse dinero un tiempo comprando leche a los granjeros y vendiéndola las mañanas y las tardes. Pero el negocio no resultó y su hermano mayor le consiguió un trabajo rellenando y pesando sacos de semillas en una tienda al por mayor de los suburbios. Randall no ganaba lo suficiente como para alquilar un piso, así que vivía en una habitación que estaba encima del almacén. (80)

Otro jurado, Theodore Denker, de 27 años, un joven que descendía de un antiguo linaje de alemanes de Minessota, tenía un trabajo parecido al de Randall como administrativo de transportes en una tienda de ropa al por mayor. Denker, al igual que Randall, estaba en lo más bajo de la jerarquía, y sólo trabajó allí dos años, dejando claro en el estrado que “no tengo subordinados” Antes de conseguir empleo en Henry W. King & Co., Denker trabajó como conductor en un carruaje de la United States Express Company. Denker vivía en casa con su madre.81

Cuando solo quedaban tres jurados por seleccionar, los periodistas filtraron noticias de una tentativa de apañar el jurado. Los periodistas se enteraron del hecho de que un gerente del Park Theatre, John Long, había ofrecido 2000 dólares para encontrar un jurado que le prometiera absolver a los acusados. Por lo visto se conoció debido a su gran red de influencias y contactos, y se le entregó una lista confidencial de nombres de futuros jurados para que los identificara y lo seleccionara. Long siguió con su plan una semana antes de ponerse nervioso y confesarlo todo al fiscal Grinnell. Cuando un periodista que estaba detrás de la historia pidió ver a John Long en el Park Theatre, le dijeron que había salido de repente de viaje a Dakota, y que no se sabía cuándo regresaría. Nunca más se supo del tema, y Grinnell amonestó a los periodistas porque al filtrar la historia habían impedido profundizar en la investigación. El abogado de la defensa Zeisler, le contó a los periodistas que no dudaba de que John Long había sido reclutado para tratar de apañar el jurado, pero creía que era una conspiración “instigada por el departamento de policía como posible arma contra nosotros”. (82)

Por último, con la selección de Harry T. Sandford se completó el jurado y comenzó el proceso. Todos los expertos legales que habían luchado seis semanas, sondeando, analizando y examinando a casi 1000, se dice pronto, jurados potenciales, seguramente quedaron aliviados de que hubiera concluido esta fase del procedimiento.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: El Proceso de los Anarquistas de la Plaza de Haymarket.
NotaPublicado: Mié Ago 16, 2017 4:37 pm 
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Capítulo 3. La acusación.

Un 14 de julio de 1886, se reunieron muchos abogados, jurados, agentes, ujieres y acusados, para tomar parte en el juicio criminal más esperado de la historia de la cuidad. El edificio donde se alojaba el tribunal ofrecía al espectador un excepcional monumento sobre la corrupción de la época. Concebido en principio como un trascendental símbolo del renacimiento de la ciudad tras el Gran Incendio de 1871, el Palacio de Justicio del Condado de Cook iba a ser el mismo emblema de su reconstrucción.

De forma un tanto ingenua se ofreció una prima de 5.000 dólares para espolear la creatividad de los principales arquitectos de la época, pero consideraciones políticas y más terrenales liquidaron pronto las puramente artísticas. Los comisionados del Ayuntamiento se dividieron en dos bandos que defendían su proyecto favorito, conservando cada facción a su arquitecto predilecto como rehen. Al fin un tercer licitante se ganó el apoyo de ambas partes y se rompió el impasse.

Después se supo que al menos un arquitecto confesó haber sobornado a la mesa de licitación. Se comenzó a construir en 1873 pero hizo falta una década para completarlo, ya que los caciques de los respectivos condados emplearon sus contactos para inflar los contratos de sus amiguetes. De modo que cada elemento estructural poco a poco pero sin pausa se fue
haciendo más grande y más pesado, con los consabidos sobrecostes.

Se comenzó a construir una cúpula pero antes de que se fijara el último cobre se cambió de idea y se optó por construir una rotonda abierta. Se alzaron pareces de granito y cemento cada vez más altas y gruesas ya que los planes de construcción fueron constantemente revisados para satisfacer los apetitos de los contratistas que luego repartían sus ganancias con los caciques del condado.

Al fin la estructura acabo teniendo más granito pulido de Maine adornando su fachada que cualquier otro edificio público de América, y los bloques que se tallaron eran tan gruesos que la estructura comenzó a desplazarse hacia el pantano de Chicago. Los albañiles tenían mucho trabajo que hacer rellenando las grietas del interior. A pesar de ser uno de los edificios más costosos de Estados Unidos, cuando la revista American Architect hizo una encuesta entre varios arquitectos para que se pronunciaran sobre los “10 mejores edificios de Estados Unidos”, sólo se obtuvo un voto, que después se supo que provenía de arquitectos de Chicago, lo que indicaba, bien un exceso de orgullo por su parte, o (lo que era más probable), que este único voto fue obra de Mr. J.J. Egan, el arquitecto que diseñó el edificio del tribunal. (1)

Con todo lo dicho el edificio resultaba imponente para esa época, pues pese a todos sus excesos ornamentales barrocos, se consideraba que estaba a la última en términos de funcionalidad. Cada sala disponía de alojamientos propios para el jurado y de un despacho del juez. Es más, cada magistrado disponía de su propio baño privado con paredes de marfil. En la cuarta planta había una biblioteca jurídica con vidrieras de colores y paredes llenas de frescos.

Había luz eléctrica en todas las salas, algo raro en la ciudad hasta entonces. La Sala del Juez Gary era una de las más grandes más grandes, más amplias y con el techo más alto de la nación entera, provista asimismo de dos balconadas que se extendían a lo largo de una sala de 50 por 130 pies. Disponía de más asientos para el público que la gran sala diseñada por Cass Gilbert en el Tribunal Supremo de Estados Unidos en 1932 (2) Según la práctica norteamericana de esos días, el espacio dentro de la sala no estaba dividido de forma tan clara y funcional como en el siglo XX, con estructuras permanentes que delimitaban el espacio para los jurados, los testigos, el juez, y a veces el reservado a auxiliares y ujieres.

En general sólo había tres espacios en las salas de esta época: el espacio para el público, el que ocupaban las partes y sus abogados, y el estrado del Juez que lo dominaba todo. En la sala se encontraba una balaustrada muy ornamentada que delimitaba la frontera entre las partes y los espectadores, mientras que el estrado del Juez no sólo se hallaba muy elevado, sino que se extendía por toda la extensión de la barra.

Los jurados, los testigos, los acusados, los letrados, los taquígrafos, los periodistas e incluso los amigos y los familiares se sentaban juntos en el atestado “foro” detrás de la barra.

Los jurados ocupaban sitio aparte pero en un emplazamiento que hoy parecería inaudito, en frente del estrado del juez frente por frente con la defensa y la mesa de la acusación. Esto significaba que cuando los abogados formulaban incidentes y protestas, se dirigían no sólo al juez sino también a los jurados, y el juez no podía ver sus rostros. (3)

Igual de raro desde un punto de vista moderno era la manera en la que estaban acomodados los acusados. Se sentaban en una hilera en un lado de la barra, que iba desde el borde de la mesa de los abogados al estrado del juez.

De este modo los acusados estaban más separados de la defensa que de los nueve hombres que decidirían su destino. Varios periodistas se sentaban casi hombro con hombro con el equipo de defensa.

Tan atestado estaba el espacio dentro de la barra que cuando comenzó el juicio el Juez Gary les pidió a los abogados que movieran un poco sus mesas para alejarse de los jurados porque temía que pudieran oír su estrategia de defensa susurrada a sus compañeros. (4)

Además la sala tenía otro rasgo extraño. Cuando el arquitecto J.J. Eagan la diseñó permitió un espacio mayor, de 15 pies de ancho, detrás del estrado con el fin de que un magistrado agotado por la larga duración de las vistas, pudiera tomarse un descanso y “hacer ejercicio”.

No está muy claro si Eagan pensaba en una figura togada haciendo ejercicio, pero el Juez Gary empleó esta extravagancia para habilitar asientos adicionales para espectadores por él favorecidos, como su propia esposa, la mujer del fiscal y otras “damas de alto copete”. (5)

Teniendo en cuenta la multitud de personas congregadas, la carencia de delimitación entre los espectadores y los funcionarios judiciales y la mezcolanza de jurados, acusados y abogados el juicio se nos presenta a ojos modernos como algo caótico, con tintes incluso carnavalescos, pero en aquellos días se consideraba que la disposición de la Sala del Juez Gary era ordenada y metódica.

Un periodista del Chicago Tribune declaró al final de la primera semana del proceso, “El proceso, en verdad, está siendo llevado con un decoro propio de un templo, algo que no suele ser habitual en los procesos más célebres”. (6)

Si bien el espacio físico no se hallaba segregado de forma racional ni funcional, la conducta de los espectadores sí que fue intachable. En el primer día del proceso el Juez Gary detuvo el juicio y ordenó al ujier que expulsara del pasillo a un hombre que se había reído de un chiste de un abogado.

El Chicago Legal News, un periódico hecho por y para juristas locales, observó que la conducta del Juez Gary era tal que “no permitía gansadas en la sala […] Mantiene el orden de con mano dura pero de forma taciturna, manteniendo la serenidad, con una gran dignidad y sin rebajarse a pelearse con los letrados”. (7)

Se trataba de un rasgo muy propio de la personalidad del juez, un prototípico hombre hecho a sí mismo del Oeste que una vez que consiguió el puesto de Juez, comenzó una vida puntillosamente rutinaria. Fue educado con la severa moral de su herencia Puritana, haciendo de aprendiz de carpintero en su juventud.

Gary siguió a la letra la llamada de Greeley de “Ve al Oeste, Joven”, emigrando a St. Louis para estudiar Derecho. Después se mudó más al Oeste todavía y abrió un bufete en Santa Fe, donde los locales le llamaban “no sabe andar el caballo” (N del T, en castellano en el original), después ejerció en las Vegas y por último en San Francisco, sin que le diera tiempo a aprovecharse de la fiebre del oro.

Al no haber logrado hacer fortuna en California se asentó en Chicago, donde había abierto un bufete su antiguo colega de Santa Fe, Murray F. Tuley. Con ello acabó su vida itinerante. En su primer año en Chicago se casó con una mujer de Berlin, Wisconsin, Sweeting, comprando una casa en la calle Ontario.

Desde ese momento su vida fue tan regular como un péndulo. Un comerciante que pasaba delante de su casa todas las mañanas comentó “las cortinas de la casa de los Gary son el mejor reloj que conozco, se levantan a la 5 en punto exactamente. Puedo poner en hora mi reloj fijándome en ellas”. Iba y regresaba andando al tribunal. Jugaba al billar con su antiguo socio Tuley las tardes del sábado. Ocupó su cargo de juez electo durante 47 años y estuvo trabajando hasta el mismo día en que sufrió un ataque al corazón. (8)

Los abogados de la defensa, desde el comienzo del juicio, se mostraron tan nerviosos como suspicaces. Había que tener en cuenta que la mitad de ellos nunca había participado en un proceso penal tan grave. Cuando un ujier colocó una almohada hinchable en las sillas de madera de los jurados, la defensa protestó diciendo que se trataba de un claro intento de ganarse las simpatías de los jurados.

Al proponer el Juez Gary que el tribunal entregara las actas de los testimonios a los jurados después de la vista, la defensa volvió a protestar aduciendo que sería demasiada carga de trabajo para los jurados comprobar que eran acertadas. (9)

Los tres principales abogados en el proceso, William Foster, Julius Grinnell, y el Capitán William P. Black, tenían curiosamente la misma edad, 43 años. Foster era un hombre corpulento de pelo rojo con un florido mostacho del mismo color. Sus formas eran las de un hombre que había ascendido por encima de su clase social, y al igual que los granjeros de Iowa que le criaron hablaba lo justo pero iba vestido finamente, llevando el cuello de la camilla tieso e impecable, con un alfiler de diamante sujetando su pajarita, con una cadena de oro en el bolsillo. El hábito de Foster de jugar con una navaja de bolsillo mientras interrogaba a los testigos revelaba sus humildes orígenes. (10) Moses Salomon y Sigmund Zeisler destacaban por su inexperiencia y juventud.

Solomon tenía 28 años y vivía con sus padres y Zeisler tenía un año menos. Ninguno de ellos tenía talla para un proceso célebre de estas características, pues pecaban de academicismo y de vicios librescos. Salomon, un licenciado de la Union College of Law, y Zeisler, licenciado por la Universidad de Viena, eran conocidos por ser “Buenos abogados de texto”, un cumplido con trastienda en un mundo donde un giro súbito o una frase inteligente, la insolencia o incluso la arrogancia contaban bastante más muchas veces que la argumentación jurídica pura. (11)

Una vez que los jurados prestaron juramento y ocuparon su lugar, apartaron las mesas que habían empleado los periodistas y colocaron sillas de madera para los testigos. Cuando el Juez Gary ordenó a los asistentes que ocuparan un asiento advirtiendo al tiempo que los que no obtuvieran uno tendrían que abandonar la sala, Grinnell se dirigió al jurado y formuló la acusación.

Grinnell comenzó diciendo a los jurados que no quería que enjuiciaran a los acusados por sus ideas. Si estaban allí no era por sus ideas radicales sino por sus acciones, que culminaron en el atentado de la Plaza de Haymarket, un atentado que el fiscal describió de forma un tanto hiperbólica como “la masacre más terrible de la que se ha tenido noticia en esta nación”. (12)

Esta tragedia se produjo como consecuencia de las acciones de unos hombres que defendían que “él único modo de reparar agravios e injusticias reales era derramando sangre, empleando la dinamita, la pistola, el rifle Winchester”. Aunque nadie les había tomado en serio en su momento, el Ministerio Público demostraría que “creían en lo que decían y conspiraron para hacer realidad sus amenazas”. (13)

Grinnell prometió demostrar durante el juicio, entre otras cosas, que Spies y los demás habían tramado una conspiración para secuestrar el movimiento en pro de la jornada de trabajo de ocho horas y desencadenar una revolución general.

Testigos de todo crédito manifestarían que Spies había revelado sus planes paramilitares para arrojar bombas sobre una cohorte de policías y que incluso presumía de poseer bombas de fabricación casera que repartía desde su oficina de su periódico. Demostraría que Spies fue el instigador de la revuelta en las industrias McCormick y que después diseminó la falsedad de la policía había asesinado a una docena de trabajadores, redactando y publicando un panfleto que clamaba “venganza”.

Ese mismo día se publicó una contraseña en el diario de Spies que llamaba a los hombres armados “los anarquistas dispuestos a arrojar bombas y disparar” a congregarse. Al sótano de Greif habían acudido Fischer, Engel, Lingg, y Schnaubelt para acordar que si se daban las condiciones imprimirían la palabra “ruhe” y esto daría inicio a la guerra.

Se encargó a Lingg la fabricación de las bombas y tanto él como el resto trabajaron arduamente el día siguiente a tal efecto. Después Lingg llevó sus bombas al Salón de Neff para repartirlas entre los demás. La reunión en Haymarket se trasladó al norte en la estrecha calle de Desplaines donde los angostos callejones permitían esconderse y huir con más facilidad.

Fischer supervisó la impresión del panfleto que anunciaba el mitin, un panfleto con la frase incriminatoria “obreros, venid armados”. Spies supo ver la oportunidad de obtener una coartada para sí mismo y ordenó que se eliminara esa línea y se volvieran a imprimir los panfletos. (14)
Grinnell pintó durante dos horas un tenebroso cuadro de conspiraciones. Spies publicó un suelto llamando a acudir al mitin en Haymarket que rezaba “trabajadores, armaos hasta los dientes”.

Una expresión cifrada, conocida por las fuerzas paramilitares como una contraseña para reunirse de forma secreta en un lugar convenido se publicó en el Arbeiter Zeitung el lunes por la tarde. Todo el día Lingg estuvo trabajando en sus dependencias, rellenando 16 mitades de las bombas con dinamita y atornillándolas a renglón seguido. Tres de los acusados estaban presentes en la conspiración, —Lingg, Engel, y Fischer. Se eligió el lugar del el atentado, un estrecho bloque de pisos en la calle Desplaines flanqueado por callejones sin salida, y se trazaron los planes finales. (15)

Cuando llegó la policía, se dio la señal convenida y se arrojó la bomba. Grinnell dijo que el plan de los anarquistas estaba muy bien concebido, pero fracasó a causa del valor y la resolución de la policía que lejos de huir y dispersarse aguantó a pie firme.

Sólo Fielden, según Grinnell, mostró su hombría permaneciendo en el lugar e intercambiando disparos con la policía cuando sus compañeros se dieron a la fuga. No es que Grinnell se privara de lanzar ataques personales, pues describió a Spies, Parsons, Schwab, y Neebe como “los seres más viles y cobardes que he visto en toda mi vida” y la oficina del Arbeiter Zeitung como “un nido de víboras” y un “nido de traición y anarquía”.

Tampoco se cortó a la hora de describir el proceso no sólo en su aspecto penal, sino como una prueba para el Estado de Derecho, la Democracia y el Patriotismo de los jurados:

“[…] El vigor de nuestras instituciones depende de este caso, pues sólo existe un paso más allá del republicanismo, y es la Anarquía. Más vale que permanezcamos alerta y no permitamos que tan nefasto paso se de […]” (16)

Cuando concluyó su exposición, tocaba a la defensa plantear sus observaciones preliminares, pero sorprendentemente los abogados se quedaron sentados entre los ocho hombres sobre los que pesaba una posible sentencia de muerte y no dijeron nada. Esperaron hasta que el Ministerio Público presentara sus conclusiones definitivas dos semanas después para presentar su alegato. (17)

La fiscalía procedió a llamar a su primer testigo, un topógrafo que elaboró los enormes mapas que adornaban un costado de la Sala. Posteriormente el Inspector John Bonfield narró lo que ocurrió la noche del atentado y las líneas generales de la investigación subsiguiente. Hubo que esperar al final del día cuando compareció el tercer testigo, el primer informante anarquista que prestó testimonio en una sala que guardaba completo silencio. Gottfried Waller, el informante estrella de la acusación, era un ebanista suizo que emigró a América en 1883 y que trabajó en una fábrica de mesas de billar. Waller, de 35 años, casado y con un hijo, era integrante del Northwest Side Group y del Lehr und Wehr Verein. (18) Si bien las partes más perjudiciales de su testimonio para los acusados estaban ligadas directamente con su exposición de los planes tramados para el mitin de Haymarket, Waller pintó un atractivo cuadro de un submundo militante que llevaba mucho tiempo preparando una revolución.

Reveló la existencia de un código secreto, “Y-Komme Montage Abend,” publicado en el Arbeiter Zeitung, que convocaba a los hombres armados a sus reuniones. Waller describió los preparativos realizados en 1885 para un mitin al aire libre que se celebraría en Market Square donde se proclamaría que no había nada que agradecer en el día Acción de Gracias. Se celebró una reunión para trazar planes en Thalia Hall, y en un momento dado Adolph Fischer entregó bombas fabricadas con tuberías de plomo diciéndoles a sus camaradas que “las usaran si los policías nos atacan”.

Las bombas de Fisher no eran un bluff, ya que un par de semanas más tarde la que le había entregado a Waller fue transportada al campo y reventó un árbol. (19) Waller había estado en la reunión de la calle Emma y había dirigido la misma de forma aún más secreta en el sótano de Greif ’s Hall la noche anterior al atentado.

Señaló a Engel y Fisher como los dirigentes de la reunión de Greif´s Hall. Engel era el hombre que propuso lugares de encuentro para “la tropa”, y el que aconsejó que las bombas serían “el medio más fácil, hay que arrojar una bomba a la comisaría”.

Fisher presentó objeciones sobre la celebración de la reunión en Market Square, “pues Fisher dijo que era una trampa para ratones; debería ser en Haymarket, porque por la noche habría más trabajadores que salían tarde”.

Fischer fue igualmente señalado como el hombre que propuso que la palabra “Ruhe” se publicara en el diario como señal para poner en marcha el plan y que se presentó voluntario para imprimir los folletos que anunciaban el mitin de Haymarket. Waller también debilitó (no deliberadamente) la coartada de Engel, según la cual estaba en casa la noche del atentado jugando a las cartas. Declaró que cuando se dirigía a Haymarket pasó por la casa de Engel y no estaba allí. (20)

Toda persona con bagaje jurídico en la sala quería conocer por Waller una suerte de testimonio que resultaba fundamental para la fiscalía. Estaban anhelantes que Waller declarara que los que habían planeado el mitin de Haymarket habían previsto que se produciría una confrontación violenta con la policía.

Desde el punto de vista jurídico, la fiscalía no tenía que demostrar que arrojar la bomba formaba parte concreta del plan si las bombas ya estaban listas para ser usadas como parte de la preparación general del mitin. El fiscal Grinnell sabía muy bien que tenía testigos que declararían que Lingg y el resto se apresuraron a apilar un arsenal de bombas horas antes del mitin y las pruebas físicas de que una de esas bombas era de hecho la bomba que se arrojó esa noche.

Sin embargo, si un ataque violento era parte del plan suponía un eslabón crucial en la cadena probatoria que exigía la condena por conspiración. El testimonio de Waller tanteó débilmente esta vinculación, pero no la demostró de forma concluyente. La revelación de Waller de que Fischer presentó objeciones a la reunión en Market Square porque era una “trampa para ratones” implicaba que al menos Fisher había previsto que el mitin acabaría violentamente.

Aunque Waller reveló planes mucho más detallados para atentar contra comisarías de policía y disparar a la policía en las zonas circundantes, estaba claro que hablaba muy de mala gana de los planes del mitin de Haymarket. La línea del interrogatorio también puso nervioso a los abogados defensores ya que dos veces uno de ellos formuló protesta cuando Ingham trataba de sonsacar a Waller si se dijo algo sobre lo que había que hacer si la policía se entrometía en el mitin. Ingham continuó machacando sobre este punto y por fin logró que Waller efectuara una declaración incriminatoria:
P: ¿Se dijo algo acerca de la razón por la que la comisaría de policía debía ser atacada en ese momento concreto?

R: Sí, el plan era atentar contra la comisaría de policía para evitar que los agentes intervinieran.

P: ¿Intervinieran para qué?

R: Si había una pelea en la ciudad.

P: ¿Se dijo algo de que iba a haber una pelea en la ciudad?

R: No se dijo nada pero lo suponíamos; lo pensábamos.

P: ¿Quién pensaba eso?

R: Todos nosotros. (21)

La defensa formuló protesta. El Juez Gary la aceptó y ordenó al jurado que no tuviera en cuenta las especulaciones de Waller sobre el estado de espíritu de otros hombres. Pero Waller se había descubierto. Después de todo, ¿cómo podía saber que “todos nosotros”, todo el mundo que estaba allí, “suponía” que iba a haber pelea en la ciudad esa noche a menos que lo hubieran debatido de algún modo?

A partir de otros puntos del testimonio de Waller quedaba claro que cuando aludía a “una pelea en la ciudad” sólo había un lugar donde tanto él como el resto de los que estaban en el sótano de Greif pensaban que iba a haber un tumulto el 4 de mayo: cerca de la esquina de Desplaines y Randolph.

Al comienzo de su testimonio Waller describió como se encomendó a un “comité” “vigilar los movimientos en la ciudad y si sucedía algo debían informar a los grupos armados reclutados en los suburbios”. Después aclaró el papel de su comité: “se dijo que no deberíamos participar en el mitin de Haymarket; deberíamos reunirnos en los lugares respectivos; sólo un comité estaría presente en Haymarket, y si se diera el caso de que informaran que había ocurrido algo debíamos ir a por ellos, atacarlos”.

Aquí estaba; el punto más claro de la vinculación entre el mitin de Haymarket y los grupos armados con rifles y bombas que estaban al acecho entre los árboles del Wicker Park. No era la revelación categórica que había esperado la fiscalía pero se ajustaba a las exigencias de la ley. Los hombres que tramaron sus planes secretos en un oscuro sótano habían ciertamente conspirado para enfrentarse violentamente con la policía en el mitin de Haymarket. (22)

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: El Proceso de los Anarquistas de la Plaza de Haymarket.
NotaPublicado: Vie Sep 08, 2017 2:10 pm 
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Waller prestó testimonio durante la sesión de ese mismo día y la del día siguiente. Cuando volvió a reunirse el tribunal, el Fiscal Adjunto Ingham trató de que Waller robusteciera el nexo causal entre los grupos armados que al acecho para el ataque y el propio mitin de Haymarket con otro enfoque.

Ingham siguió la pista al acusado en rebeldía, el noveno hombre que figuraba en el escrito de acusación y que no se hallaba presente en el tribunal, Rudolph Schnaubelt, la persona que presuntamente arrojó la bomba.

En primer lugar preguntó a Waller si Schnaubelt estaba con los otros en el sótano de Greif´s. Después le preguntó si Schnaubelt había dicho algo en la reunión y Waller respondió:

“P: ¿Dijo algo Schnaubelt en la reunion?

R: Sí.

P: ¿Qué dijo exactamente?

R: Dijo que deberíamos informar a los miembros de otras agrupaciones de las resoluciones adoptadas.

P: ¿Dijo algo más?

R: Dijo que la cosa también tenía que comenzar en otros sitios.

P: ¿Qué cosa?

R: Eso, dijo que “eso” tenía que comenzar en otros sitios.

P: ¿Y le preguntó usted qué es lo que quería decir con “eso”?

R: La revolución.

La “revolución” por descontado, no era una posición reactiva o defensiva sino un plan de acción. En su segundo día de testimonio Waller había modificado su afirmación inicial; la conspiración no trataba únicamente de los planes de defensa de los huelguistas ante posibles actuaciones policiales sino que tenía un fin más agresivo.

Esto fue más que suficiente para Ingham, que se sentó después de despedir al testigo con el consabido y melodramático “no hay más preguntas”.

El libresco e inexperto Sigmund Zeisler trató de quebrantar el encadenamiento de testimonios de Waller suscitado por el ministerio público.

Trató, en primer lugar, de que Waller se retractara de su declaración sobre el fin revolucionario de la reunión preguntando: “¿No es un hecho que Mr. Engel, tanto en la reunión del domingo como en el mitin del lunes por la noche, declaró que el plan seguiría su curso sólo si la policía impedía ilegalmente su derecho a la libertad de reunión y expresión? Waller discrepó, declarando que el plan era comenzar “si la policía nos atacaba”.

Zeisler siguió machacando sobre este punto, preguntando lo mismo de cuatro formas distintas cada vez que Waller apuntaba a que existían condiciones menos estrictas para poner en marcha el proceso revolucionario.

Zeisler insistió: “¿No dijo que había que seguir este plan sólo en el caso de que la policía vulnerara sus derechos fundamentales que he mencionado, mediante el uso brutal de la fuerza?”

Waller siguió sin responder lo que quería Ziesler: “Se dijo que deberíamos adoptar, que deberíamos adoptar este plan, o ejecutarlo, cuando fuera oportuno o cuando la policía nos atacara”.

Por último, la cuarta vez que Ziesler preguntó si Engel había dicho que debían defenderse si la policía vulneraba sus derechos Waller se mantuvo firme y respondió, “no, no dijo eso”.

Zeisler vio que no adelantaba mucho por ese camino, así que cambió de táctica para desvincular el plan global del Greif´s Hall del mitin de Haymarket. Su nueva táctica parecía ir viento en popa hasta que acabó chocando contra escollos ocultos:

“P: ¿Afirma que nada se dijo el lunes por la noche en referencia al mitin de Haymarket?

R: No debíamos hacer nada, no íbamos a hacer nada en Haymarket Square.

P: ¿Acaso no era el plan que no iban a pasarse por allí en ningún caso?

R: Sí.

P: ¿Y también afirma que no pronosticaron que la policía se presentaría en Haymarket?

EL INTERPRETE: Dice simplemente que no.

P: ¿Qué significa no? ¿Que no lo pronosticaron?

R: No pensábamos que la policía se presentaría en Haymarket.

P: ¿Y fue por esta razón que no se hicieron preparativos para contrarrestar una agresión policial en Haymarket?
R: No, no por parte nuestra”.

Cuando Waller añadió “no por parte nuestra” sembró dudas sobre lo que acababa de decir. Podía haber dicho “no” y punto, pero optó por decir, tal vez de manera un tanto artera, “no por nuestra parte” como si supiera que había otro grupo que estaba llevando a cabo estos preparativos.

Zeisler cambió nuevamente su línea de interrogatorio y trató de atacar desde otra perspectiva la declaración de Waller, pero las respuestas de éste mantuvieron su coherencia y Zeisler acabó dándose por vencido.
No puede hacerse demasiado hincapié en el testimonio de Waller. Un jurado que habló anónimamente con los periodistas al final del juicio observó la importancia fundamental que él y sus compañeros concedían al relato de Waller: “Teníamos claro que si el testimonio de Waller quedaba corroborado por otros testimonios independientes debíamos emitir un veredicto de condena”.

Como si no hubiera hecho ya bastante daño el testimonio de Waller implicando directamente a muchos de los acusados, al evidenciar la existencia de una conspiración concreta y abriendo muchas posibilidades para seguir interrogando sobre esa cuestión, dio también ocasión a una decisión crucial, tocante a un aspecto jurídico, que permitió a la fiscalía reiterar en esencia su alegato inicial.

Desde un punto de vista táctico esto supuso, desde cualquier punto de vista, una catástrofe para la defensa. Comenzó con una protesta de la misma, que suscitó una polémica sobre una interpretación jurídica que mejor hubiera sido no traer a colación en presencia del jurado.

Cuando Waller terminó su relato sobre lo que aconteció la noche del 4 de mayo, Ingham dio un giro abrupto al interrogatorio preguntando:

“Señor Waller, le entregó bombas alguien en alguna ocasión”.

Foster formuló protesta inmediatamente y se explayó, argumentando que incluso si el Ministerio Público podía acreditar la existencia de una conspiración concreta, debían absolver a los acusados del asesinato del agente Mathias Degan si no se podía acreditar igualmente que el hombre que arrojó la misma formó parte del plan criminal previamente concertado.
La argumentación de Foster era de gran importancia para la defensa y es fácil explicar que la acusación había meditado qué hacer si se sacaba a colación. Después de todo, si el Juez Gary admitía la protesta de Foster, el Ministerio Público tendría que demostrar qué persona concreta arrojó la bomba antes de que se prestara testimonio para acreditar la existencia de una conspiración concreta para arrojarla.

Era una interpretación jurídica que podía desmontar la acusación de la fiscalía, por lo que la objeción resultaba irresistible para la defensa. Pero, lo que aún fue más perjudicial, en un momento determinado de la polémica Foster pareció perder la compostura e hizo una concesión a la interpretación de la fiscalía que prácticamente suponía conceder la validez de su argumentación.

Ese momento llegó cuando el Juez Gary aseveró que creía que existían circunstancias en las que el tiempo y la ocasión de una acción criminal no se hallaban establecidos de antemano, y por consiguiente no era preciso acreditar la identidad del perpetrador material como premisa para que se pudiera prestar testimonio sobre la existencia de una conspiración. Gary presentó un ejemplo:

“Supóngase que existiera un concierto general para emplear armas letales para hacer uso de ellas contra la policía en caso de enfrentamiento con los obreros y huelguistas […] pero el tiempo y la ocasión en que pudiera producirse tal enfrentamiento no hubiera sido previsto de antemano, sino que se dejaría al albur de la parte que hiciera uso de tales armas letales cuando, a su juicio y discreción, llegara el momento oportuno […] ¿Acaso no son igualmente responsables todos los que tramaron el concierto criminal?”

En este punto, Foster podía haber contrarrestado esta argumentación diciendo que esos individuos a los que se refería serían culpables de conspiración en todo caso, pero no de asesinato, o afirmar simplemente que no era esa la acusación del Ministerio Público, o cualquier otra línea argumental firme que dejara claro que la identificación del autor material era premisa insoslayable para poder presentar una acusación por conspiración para cometer un atentado.

Pero Foster, tal vez por cierto sentido mal entendido de deferencia para con el juez, y en frente de un jurado que según los periodistas que se hallaban en la sala “parecía electrizado y atento a la menor palabra” aceptó la lógica de la argumentación del juez apretando así la soga al cuello de sus clientes. Después de los jurados hubieran comprendido la argumentación del Juez Gary, un periodista observó un cambio claro en la actitud de los acusados.

“Parecían claramente defraudados y por vez primera sus rostros expresaron una gran preocupación”.

“Puedo concebir un caso semejante, si se hubiera dado tal concierto”, dijo Foster sin rodeos, “que cuandoquiera que nosotros o cualquiera de nosotros, según nuestro juicio u opinión, creamos que es el momento oportuno para atacar, se hará, y en consonancia con el concierto previo uno de los conspiradores lleva a cabo el atentado, por lo tanto en el supuesto hipotético propuesto por su Señoría, su razonamiento es impecable; pero se parece tanto a los hechos de este caso como el día a la noche”.

El problema, claro está, es que para la mayoría de los jurados y seguramente de las personas presentes en la sala, la acusación tal y como había sido prefigurada por Ingham concordaba exactamente con el razonamiento del juez, e Ingham ya había afirmado que su propósito era demostrar que no sólo existía una conspiración general, sino que los acusados habían conspirado concretamente para asesinar policías el 4 de mayo en la plaza de Haymarket y que el móvil era la revolución y la venganza.

Al final, la objeción de Foster parecía una distinción sin diferencia alguna, en el mejor de los casos, y una aceptación de la interpretación jurídica de la fiscalía en el peor de ellos.

No todo marchó como la fiscalía había previsto. Uno de los informantes que presentaron como testigo decidió en el último momento no revelar nada. El fiscal Grinnell se quejó después de que uno de sus “soplones” le había traicionado. Bernhard Schrade, un compañero del sindicato de carpinteros y jefe de la Lehr und Wehr Verein, fue llamado a comparecer como testigo por una fiscalía que lo tenía por uno de sus testigos estrella, pero ante los cientos de ojos del público y la dura mirada de sus amigos anarquistas, a pocos metros delante de él. El miedo le hizo echarse atrás y no cooperó con el fiscal. Un reportero del Tribune pensaba que Schrade parecía hallarse “en un estado de ánimo temeroso y dubitativo”. Está claro si consideramos que Schrade contestó con evasivas las preguntas del fiscal adjunto y que “todo lo que se le pudo sacar se debió a dos o tres preguntas agudas y machaconas”.

Por último un exasperado Ingham, preguntó a Schrade sobre las declaraciones que había efectuado semanas antes ante la policía, llevando a la defensa a formular protesta, ya que la fiscalía estaba recusando a su propio testigo, como era el caso ni más ni menos.
Juez Gary aceptó la protesta y ordenó que Ingham no siguiera esta línea de interrogatorio. A pesar de ello Schrade reveló, cándidamente, más de lo que hubiera querido. Cuando se le preguntó de qué habló el cabecilla que hacía las veces de presidente en el sótano de Greif´s Hall, Schrade recordó, inexplicablemente, que sólo se habló sobre el mitin de Haymarket y que ordenó a todos los presentes que acudieran al lugar y estuvieran “preparados” si la policía “se extralimitaba”.

Recordaba haber visto a Engel y Fischer en Haymarket una hora antes de que comenzara el discurso, y fue el primer testigo que ubicó a Engel en Haymarket en la noche del motín. De forma aún más extraña, Schrade recordó su encuentro con ambos hombres justo en el lugar donde se celebraría el mitin “la esquina de las calles Randolph y Desplaines”. La plaza de Haymarket se extendía por la intersección de tres calles diferentes (Halsted, Union, y Desplaines) y el hecho de que Engel y Fisher esperaran en un rincón cuando más tarde se iba a celebrar la manifestación en el bloque de pisos donde existía el mayor número de callejones otorgó, seguramente, peso a la aseveración de la fiscalía de que los acusados se decantaron por ese bloque merced a sus ventajas tácticas para los conspiradores del Sótano del salón de Greif.

El testimonio de Schrade no fue tan decisivo como había previsto la fiscalía, pero su breve declaración permitió que el Ministerio Público pudiera presentar posteriormente como prueba el manual de fabricación de bombas de Johann Most, Revolutionaere Kriegswissenschaft (la ciencia de la guerra revolucionaria).

Ingham mostró a Schrade varios diarios preguntándole si había artículos y después de que se acostumbrara a tales preguntas provocó su declaración más inocua. Le preguntó a Schrade si había visto ese libro antes y Schrade le respondió que había visto cómo se vendía en las asambleas obreras.

En este punto Foster y Black formularon protesta por una pregunta que concernía a una prueba que no se había demostrado que estuviera vinculada de algún modo con los acusados. Ingham le explicó al juez:

“Simplemente quiero que se quede constancia de la prueba para que cuando se presente podamos identificar que ha sido vista por el testigo”. Gary aceptó la protesta.

“Muy bien. Hay que ir paso por paso, si el libro fue vendido en las asambleas es preciso conocer hasta qué punto las personas vinculadas con las reuniones compartían las ideas del libro como materia que puede ser valorada por el jurado”.

El Capitán Black tomó el libro y lo marcó y Albert Parsons por lo visto pidió que le dejaran echar un vistazo. Se oyó a Black susurrarle cuando se lo pasó, “mejor que lo marques. Podrían colgarte a causa de este libro”.

Tras sacar lo que pudieron del reacio Schrade, Grinell y su equipo de la acusación cambiaron la tónica y llamaron al estrado a media docena de policías que relataron de forma vívida los segundos anteriores y posteriores al atentado. Estos agentes testificaron sobre importantes detalles que suponían una conspiración más amplia. Todos ellos estaban seguros de que los hombres de la multitud comenzaron a disparar contra ellos en cuanto explotó la bomba. Cinco agentes testificaron que Samuel Fielden era uno de ellos, aunque no se ponían de acuerdo en la zona en la que se encontraba cuando comenzó a disparar; dos policías pensaban que comenzó a disparar cuando estaba bajando de la palestra, dos pensaban que se cubrió detrás de la palestra de los oradores (a otro no le preguntaron que concretara la posición de Fielden) Tres policías pudieron advertir durante un momento el vuelo de la bomba y manifestaron sus ideas sobre el lugar dónde había sido arrojada.

Cinco agentes dijeron que oyeron gritar a alguien “ya vienen los perros de presa; cumplid con vuestro deber y yo cumpliré con el mío”, cuando la policía desfilaba por la calle. Todos los policías a los que se tomó declaración testificaron que mientras desfilaban por las calles tenían guardadas sus defensas de goma y las pistolas enfundadas.

Todos los agentes pudieron nombrar los muertos y heridos. Los que inspiraban más compasión eran dos agentes cuyas dolencias eran visibles a todas luces sin necesidad de muchas explicaciones: el Teniente James Stanton, que se apoyaba como podía en un bastón, y el agente Jack Doyle que sólo podía andar con muletas.
Durante este desfile de testigos sin uniforme dos de los jurados preguntaron acerca de los testigos, lo que pone nuevamente de manifiesto las muy distintas prácticas jurídicas de finales del siglo XIX. Cuando estaba declarando el teniente Edward Steele, el jurado J.H. Brayton le interrumpió preguntando si conocía cuántos hombres de su compañía habían sido heridos por la metralla y cuantos recibieron disparos. Era una muy buena pregunta y ciertamente una que no dejaba en muy bien lugar al letrado defensor Foster, que no la hizo.

Steele respondió que no lo sabía. Cuando interrogaron al Teniente Quinn, el Jurado John B. Greiner le pidió que aclarara exactamente en momento en que el agente Ward oyó gritar a Fielden. Quinn aclaró que dijo “somos pacíficos”, según bajaba de la palestra.

El jurado James Cole entró en harina y preguntó en qué dirección exactamente disparó Fielden.

Afortunadamente constaron en acta todas estas preguntas, y la razón de ello es que la participación de los jurados en el interrogatorio de los testigos hacía muy difícil que tanto la acusación como la protesta formulara protestas u objeciones, pues podrían ser ofendidos.

Mientras se llevaba a cabo el interrogatorio de los agentes, llegó un testigo clave de la fiscalía de fuera del Estado y subió inmediatamente al estrado de los testigos. Luther Moulton era un oficial de los Caballeros del Trabajo de Gran Rapids, Michigan, que daba la casualidad que había alojado a August Spies durante un tour de mítines por el Medio Oeste el año anterior.
Spies y un compañero de viaje visitaron la casa de Moulton y en el curso de su conversación revelaron lo que Moulton consideró su plan maestro para desencadenar la revolución en Chicago y en la nación entera. Moulton fue el primero de los muchos testigos que el Ministerio Público llamó a comparecer para tratar de acreditar que los cabecillas anarquistas llevaban planificando este tipo de acciones durante más de un año antes del atentado, con el fin de convertir la próxima huelga que reivindicaba la jornada de ocho horas en una insurrección proletaria, atacando a la policía con explosivos.

En la época las normas procesales permitían presentar tanto testimonios como documentos que revelaran cualquier aspecto del plan preconcebido que motivó el acto criminal, por lo que el Juez Gary no tuvo más remedio que admitir testigos del fiscal Grinnel, que, como Moulton, no tenían vinculación alguna con los acontecimientos de mayo de 1886 y que únicamente había conocido de pasada al acusado un año antes. La fiscalía aprovechó también este flanco legal para introducir de tapadillo en el procedimiento remesas de artículos que habían sido redactados, editados o publicados por algunos de los acusados, que en conjunto parecían apuntar al conocimiento previo por su parte de los atentados que se iban a llevar a cabo de forma coordinada, contra la policía, en las huelgas que reivindicaban la jornada de ocho horas. Spies y un amigo habían pedido a Moulton que presidiera su próxima reunión de masas y que presentara a Spies a la audiencia, ya que redundaba claramente en su favor la intervención de un dirigente sindical.

Moulton no estuvo inmediatamente de acuerdo y sondeó a Spies sobre su doctrina política y después de que Spies le respondiera que quería la implantación del socialismo, Moulton le preguntó qué medios pensaba utilizar, si contemplaba quizás hacerlo mediante las urnas. Moulton recordó que Spies no expresó “confianza alguna en tales métodos y además dijo que la fuerza de las armas era el único medio con el que se podían conseguir resultados de forma directa; y que estaba dispuesto a actuar en consecuencia”.

Cuando el fiscal indagó más sobre los detalles de sus planes narró la conversación que mantuvieron de este modo:

“Dijo que poseían suficiente fuerza organizada en Chicago para tomar la ciudad, unos 3000 efectivos. Le dije que 3000 personas no bastarían. Dijo que tenían medios de combate de primer nivel. Le dije que incluso si pudieran tomar la ciudad se planteaba el problema de cómo conservarla; me dijo que sus filas se incrementarían rápidamente si prosperaba la insurrección. Le pregunté la fuente de esos nuevos efectivos. Me dijo que se reclutarían entre los obreros. Le pregunté que cómo iban a conseguir que los obreros se les acompañaran en la insurrección. Me dijo que se los induciría a ello. Me dijo que aprovecharían la oportunidad para llevar a cabo la manifestación cuando los obreros estuvieran en su mayoría ociosos; en huelgas o cierres patronales y que se les prometería aliviar sus penurias y mejorar sus condiciones de trabajo, lo que haría crecer sus filas con gran celeridad, por lo que podrían conservar y defender la ciudad […] Le pregunté cómo iban a llevar a cabo todo eso sin derramar sangre, si no había peligro de matar a alguien. Pensaba que existía ese peligro, pero que era normal en una revolución. Le pregunté si esto no equivalía en la práctica a un delito y, en sustancia, me respondió que ciertamente sería considerado un delito si fracasaban, pero que sería un triunfo si se imponía la revolución, y trajo a mi memoria el ejemplo de George Washington, que de fracasar hubiera sido colgado, y ahora era un héroe nacional, por lo que si prosperaba la revolución no sólo no tendrían que sufrir el castigo sino que serían héroes; y que estaban dispuestos a jugarse el todo por el todo”. CHAPEAU.

Después de más preguntas Moulton dijo que creía recordar que Spies le había contado que entre los “medios de combate” de que le había hablado se contaban los explosivos. Cuando Moulton preguntó cuándo comenzaría este levantamiento, recordó que Spies dijo “probablemente cuando los trabajadores traten de que se implante la jornada de trabajo de 8 horas”.

Un maquinista que se alojaba con Moulton, George Shook, que resultó que estaba allí ese mismo día corroboró la mayor parte de los recuerdos de Moulton, aunque no pudo recordar si Spies aludió específicamente a las huelgas en reivindicación de la jornada de ocho horas, sólo que la acción revolucionaría debería comenzar “cuando haya más hombres ociosos, cuando se produzca la mayor confusión”.

La fiscalía llamo a declarar a varios testigos más para respaldar su tesis de que el atentado de Haymarket constituyó la culminación de más de un año de planes y preparativos. Un político liberal republicano, James K. Maggie, que asistió a varios de los mítines anarquistas más concurridos, recordó desde el banco de los testigos la asamblea de octubre de 1885 en la que Spies planteó una resolución que llamaba a los obreros a tomar las armas y luchar por sus derechos el primero de mayo. Otro testigo, el periodista Henry O. Heinemann, fue interrogado por la asamblea y corroboró que la resolución de Spies proclamaba que los obreros sólo podrían obtener sus derechos mediante la fuerza y les llamaba a armarse y prepararse para la huelga del primero de mayo.
Heinemann, al igual que Maggie, no pudo recordar de forma exacta y literal las palabras de Spies, aunque sí que recordó la última frase que daba fin a la resolución de Spies: “Muerte a los enemigos de la raza humana, a los que impunemente nos saquean”.

Después de haber probado a su completa satisfacción la existencia de un plan para utilizar el movimiento en pro de la jornada de ocho horas para desencadenar una revolución, la existencia de una asamblea que conspiró con un plan concreto de acción que involucraba unidades armadas y piquetes, la propia convocatoria del mitin de Haymarket, el descubrimiento de bombas de igual factura que las empleada en las oficinas del Arbeiter Zeitung y material para fabricar bombas en el piso de Lingg, la fiscalía procedió a añadir un eslabón más (si cabe) en la cadena probatoria presentando testigos que podían demostrar que la algarada de McCormick que precipitó todos los hechos posteriores fue instigada por los anarquistas para este fin.
El agente James West relató cómo él y otro policía se defendieron lo mejor que pudieron contra una multitud encolerizada hasta que llegaron refuerzos. Muy prudentemente en este caso, la defensa rehusó interrogar a West, ya que con su moderación y aparente heroísmo era un testigo que inspiraba muchas simpatías.

Otros observadores y partícipes en la manifestación del sindicato maderero comparecieron como testigos, entre ellos Frank Haraster, el presidente del Sindicato de Madereros, que acusó a Spies y sus compañeros de haber usurpado la asamblea de su sindicato y de instigar después a la multitud y a varios periodistas, teniendo que huir uno de ellos al que estaba apedreando el gentío.

La algarada de McCormick quedó así vinculada, merced a todos estos testimonios, con la reunión en el sótano de Greif´s y con el atentado de Haymarket. Tanto los cajistas como otros empleados del Arbeiter Zeitung revelaron que August Spies fue el redactor de la primera circular incendiaria impresa ese fin de semana, la llamada “circular vengadora”.

Era una llamada a las armas en una página redactada en lengua inglesa y alemana fue repartida por las calles horas antes de la revuelta de McCormick. Además de tratarse de una prueba material relevante que apuntaba a la existencia de una conspiración para asesinar policías con anterioridad al mitin de Haymarket, la Circular Vengadora contenía pistas que implicaban a Spies en una manipulación consciente de los hechos.
El fiscal Grinnell observó una curiosa discrepancia entre el texto de la circular vengadora que decía que la policía “había asesinado esa tarde a seis de vuestros hermanos en las industrias McCormick” y las informaciones de prensa que recogían que en el peor de los casos habían sido muertas dos personas. (Al final un hombre, Joseph Srauiek, Jr., falleció el día siguiente a causa de sus heridas)

El fiscal adjunto Ingham entregó a Fricke resmas de papel amarillento y le pidió que identificara la letra. Fricke examinó el anuncio publicado en la sección de cartas del diario, en el que sólo constaba una palabra, “Ruhe” y confirmó que era la letra de August Spies. Godfried Waller ya había testificado que tanto él como otros dirigentes de las secciones armadas habían acordado en el sótano de Greif que la palabra clave “Ruhe” sería la señal convenida para que las milicias anarquistas se apostaran en los lugares prefijados. Si bien el código sólo iba a aparecer en el caso de que se hubiera desencadenado una “revolución general”, los tipógrafos testificaron que Spies los pasó a la imprenta en la tarde del 4 de mayo, pese a que ese día no había ocurrido nada digno de mención.

Al fijar la sincronización de este código la fiscalía indicó que los integrantes del movimiento y los empleados de las oficinas editoriales de la Socialistic Publishing Company esperaban que hubiera disturbios la noche del atentado, ya que eran ellos mismos los que habían orquestado los acontecimientos. El fiscal buscaba con avidez ensanchar la grieta que le permitiera introducir como prueba indiciaria el manual militante de fabricación de bombas de Johan Most, Revolutionaere Kriegswissenschaft (La ciencia de la Guerra revolucionaria), por lo que Ingham preguntó al bibliotecario si ese libro formaba parte de la biblioteca del Arbeiter Zeitung.

El Capitán Black formuló protesta alegando que no se podía someter a examen el contenido de una biblioteca entera, pero el Juez Gary denegó esta protesta ya que “si existen pruebas de carácter indiciario que apunten a que estos hombres albergaban un punto de vista sobre la destrucción del orden social mediante la violencia, la posesión de tal libro sería tan admisible como prueba indiciaria, ni más ni menos que cualquier otra prueba”.
Tales pruebas, señaló además el juez Gary, ya habían salido a colación en el testimonio de Luther Moulton y de otros. El fiscal adjunto continuó “pescando” consiguiendo que el contable admitiera haber visto que el libro se vendía en los picnic anarquistas.
Black volvió a saltar de su asiento y formuló protesta y esta vez fue aceptada por el juez que exigió al fiscal que fijara en primer lugar la fecha y situación de esos picnics antes de preguntar por el libro. El Capitán Black consiguió que el testigo admitiera que nunca vio a ninguno de los acusados vender el libro, pero que de todas formas la cuestión se olvidó.

Se hizo venir a un erudito alemán para traducir fielmente una serie de artículos que salieron de las oficinas editoriales de la Publishing Company y del Manual de la Guerra Revolucionaria de Most. Fue en este punto en el que el Ministerio Público presentó formalmente como prueba el Revolutionaere Kriegswissenschaft y la defensa hizo un último intento a la desesperada para que no fuera admitida. La fiscalía se aprovechó también de la avidez de los anarquistas por jactarse ante los periodistas de su capacidad combativa.

El periodista Harry Wilkinson del Daily News compareció como testigo para recordar que entrevistó a Spies en su oficina editorial y como el propio Spies le enseñó su “bomba zar”. Wilkinson describió asimismo su almuerzo con Spies y Joseph Gruenhut en el que Spies empleó cerillas colocadas en el limpio mantel blanco para explicar la forma en que anarquistas provistos de bombas podían despedazar un destacamento policial en estrechas calles de Chicago. Otro periodista del News, Marshall Williamson, cubrió lo que fue seguramente la marcha más concurrida de los anarquistas antes del fin de semana de mayo, una protesta con motivo de la inauguración del edificio de la nueva Cámara de Comercio. El relato de Williamson fue corroborado por un agente encubierto de la policía, Thomas Treharn, al que Williamson reconoció en la acera del edificio del Arbeiter Zeitung y al que llevó al piso de arriba.

En la segunda semana del juicio, compareció el primero de una serie de testigos cuyas declaraciones ligaban a los conspiradores del lunes por la noche con el atentado de Haymarket.

El primero era William Seliger, un pálido hombre de 31 años, con manos encallecidas y torcidas y sin pulgar en su mano izquierda, que explicaban mejor que nada como había sido su vida de obrero en una fábrica de carpintería. Seliger había alquilado todas las habitaciones de un piso en un bloque de viviendas en el Northwest side y subarrendó una habitación a su compañero carpintero Louis Lingg. Seliger había emigrado tres años antes de Silesia y pronto ascendió a secretario del mismo sindicato de carpinteros en el que militaba Lingg.

El interrogatorio de Seliger resultó tan rico y revelador que estuvo declarando casi cinco horas. Durante esta prolongada declaración Seliger aportó muchos detalles condenatorios sobre la fabricación casera de bombas de Lingg, y, lo que es más importante, reveló pruebas convincentes de que Lingg y otros del Grupo del Northwest Side anticiparon que la noche del atentado de Haymarket iba a ser su momento decisivo y que prepararon a toda prisa armas de fuego y bombas para la ocasión.

Seliger declaró que se levantó por la mañana temprano el día del mitin de Haymarket y le dijo a Lingg que “no quería esas cosas en mi piso”, aludiendo a la colección de bombas de éste. Lingg, que por lo visto estaba acostumbrado a dar órdenes a Seliger, le dijo que “trabajara diligentemente en esas bombas ya que las iban a sacar ese día de allí ese mismo día”. También le dijo a Seliger que no tenían suficientes pernos y que tenía que salir a comprar más.

Seliger obedeció y trajo 50 más y se puso manos a la obra para perforar agujeros en los hemisferios de plomo de las bombas. Seliger estuvo media hora perforando orificios por los que pasaba el perno de unión hasta que Lingg asistió a una reunión. Cuando Lingg volvió esa tarde regañó a Selinger por haber adelantado tan poco y le recordó que “tenemos que trabajar de firme esta tarde”.

El fiscal adjunto Ingham enseñó una de las bombas esféricas incautadas en la habitación de Lingg y Seliger reconoció que había estado trabajando en ella. El juez Gary preguntó si la bomba estaba cargada y el Fiscal Grinnell señaló que sí.

Sumamente irritado, el Juez Gary amonestó severamente a los fiscales durante un receso cuando los jurados no podían oírles. “No sabemos lo que hubiera podido pasar si uno de esos artefactos cae al suelo y aunque el inspector Bonfield los maneja como si estuvieran hechos de madera, no quiero que se corra el menor riesgo, especialmente sin necesidad, como es el caso”.

El juez ordenó perentoriamente a los fiscales y a la policía que vaciaran todos los explosivos antes de mostrarlos al tribunal. El trabajo de Seliger y Lingg el día siguiente debía por lo visto realizarse con la mayor urgencia, pues otros seis miembros de las “milicias armadas”, se presentaron varias veces para ayudarles. Esa noche, tan industrioso grupo había montado, según las estimaciones de Seliger, entre 30 y 50 bombas, unas bombas esféricas “zar” y otras de fabricación casera.
Cuando el fiscal le preguntó por qué tenían tanta prisa en acabar el trabajo, Seliger respondió primero que la razón era que había pedido a Lingg que sacara las bombas de su habitación, pero después añadió rápidamente que Lingg observó que “iban a ser usadas esa noche, que deberían ser usadas esa noche”.
Cuando le preguntaron si tenía alguna idea sobre el uso que les iban a dar, Seliger respondió, “dijo que les iban a dar una buena a los capitalistas y a la policía cuando viniera a proteger a los capitalistas”. Cuando terminaron su trabajo esa noche, un poco más tarde de las ocho, Seliger y Lingg colocaron las bombas ya cargadas en una maleta que resultó ser demasiado pesada como para que la llevara un hombre sólo, por lo que Lingg quebró un bastón y lo introdujo en el asa de la maleta y entre los dos llevaron el potente paquete al Neff´s Saloon, en la calle Clybourn, a una milla de distancia.

Pasaron a través del salón hasta llegar al atrio trasero que habían usado tantas veces los grupos anarquistas y que era conocido como “el santuario de los comunistas”, dejando allí la maleta abierta. Seliger declaró que vio a “tres o cuatro” hombres tomar las bombas y que cogió dos el mismo antes de irse con Lingg y otros dos fornidos hombres del Lehr and Wehr.
Los cuatro caminaron hacia la calle Larrabie y Lingg y Seliger se ubicaron en un lugar a la vista de la comisaría de policía de Larrabie. Cuando le preguntaron por qué fueron allí, Seliger explicó que “iban a provocar disturbios en el East y en el North Side para evitar que la policía acudiera al West Side”.

Seliger continuó diciendo que de no haber sido por la hábil treta de Lingg, su compañero hubiera lanzado la bomba que había en su bolsillo a un coche de policía que pasaba. Esa noche, después de las 11, Seliger afirmó que regresó con Lingg al Neff´s Saloon y que se toparon con hombres que venían de Haymarket con nuevas del atentado. Uno de ellos increpó a Lingg, gritando desde la barra, “¡Tú tienes la culpa de todo!”.
El testimonio de Seliger acabó por cerrar uno de los eslabones de la cadena evidenciaria existente entre los planes del sótano de Greif de la noche del lunes y el atentado del día siguiente.

No es que Lingg fabricara bombas, es que él y sus compañeros de armas habían redoblado sus esfuerzos el día del mitin de Haymarket para fabricar tantas bombas como pudieran esa noche.

Según Seliger, Lingg conocía importantes elementos de los planes del lunes por la noche: sabía perfectamente que la acción principal iba a ser crear “disturbios” en el West Side e identificó el código impreso en el Arbeiter Zeitung de la mañana del martes, “Ruhe” que era la señal para reunir a las milicias. Seliger testificó que Lingg le había dicho que “Ruhe” significaba que “todo iba a volverse patas arriba, que iba a haber follón”.

El testimonio de Seliger fue corroborado por su esposa Bertha, una mujer pequeña “con una cierta aspereza en su tono de voz” y por el tabernero del Neff´s Saloon, que declaró que Seliger y Lingg dejaron allí las mochilas con las bombas. Por medio de un intérprete Bertha explicó la forma en la que había espiado a Lingg y a sus amigos mientras fabricaban bombas ese día y cómo había regañado a Lingg por fundir plomo cuatro veces, en la olla que utilizaba, en las semanas anteriores. El día posterior al atentado le atrapó construyendo un escondrijo en su cuarto de baño cubriéndolo posteriormente con papel pintado fresco.

El letrado de la defensa Foster consiguió que Bertha admitiera que había sido encerrada dos veces por la policía y que el inspector Schaack le había entregado dinero para pagar su alquiler, aunque negó tajantemente que estuviera adaptando su testimonio para complacer a la policía. Moritz Neff estaba regentando su salón esa terrible noche del martes cuando recordó haber visto a Seliger y Lingg y a compañero llevando una “mochila” al bar.

Permanecieron allí un breve espacio de tiempo y acudieron al atrio trasero. Posteriormente, después de las 11 en punto de esa noche, llegaron una serie de radicales entre los que estaban Lingg y Neff, justo como había testificado Seliger, y declaró asimismo que oyó a uno de ellos gritar a Lingg “¡todo ha sido culpa tuya!”. Neff, el tabernero anarquista, insinuó después a un periodista que sabía más sobre lo que pasó en el atentado de Haymarket que lo que declaró en el banquillo de los testigos.

Pocos meses después, cuando se cernía la posibilidad de un segundo proceso, Neff arregló lascosas para emigrar a una colonia anarquista en la República de Santo Domingo (la República Dominicana de hoy en día) y así no tener que comparecer otra vez como testigo:

“Si Spies y el resto de los anarquistas condenados consiguen que se celebre un segundo proceso, la fiscalía va a poner bien calentitos a algunas personas de Chicago que se creen que nadie sabe hasta qué punto estaban metidos en el asunto de la bomba”.

Neff era de la opinión de que un segundo juicio sólo conseguiría implicar a más gente e incriminar más si cabe a personas que ya habían sido condenadas:

“Creo honradamente que Spies debería evitar un segundo proceso a todo trance. Como las cosas están ahora se podría conmutar su condena de muerte; un segundo proceso traería a colación pruebas adicionales y les mandaría derechitos a la horca, acompañados de una docena de personas más”.

Neff y otros organizadores revendieron sus participaciones en la sociedad de colonización en Santo Domingo por 50 dólares. El plan no debe haber resultado ya que en 1900 Neff vivía sólo en una atestada casa de alquiler en la calle Broome en Nueva York, donde se había registrado burlonamente como “corredor de bolsa”.

El testimonio de Gustave Lehman, otro carpintero anarquista colega de Lingg y Seliger, vinculaba a Lingg con la conspiración de Greif´s y el atentado de Haymarket. Cuando Lehman llegó a la reunión del sótano le dijeron que se quedara en la acera para asegurarse de que nadie se demorara en los lavabos ni pudiera espiar detrás de la puerta.

Lehman únicamente pudo colarse unas cuantas veces en la habitación para enterarse parcialmente de las operaciones. No recordó haber visto a Lingg pero sí que Seliger y otro par de radicales de la asamblea habían vuelto a casa con él. Lingg punzó a sus compañeros diciéndoles, “Sois unos borregos, unos necios”, diciéndoles que si querían saber lo que pasaba tendrían que ir a Neff´s la mañana siguiente.

El día siguiente, la mañana del atentado, Lehman y un amigo fueron alrededor de las cinco de la tarde a la casa de Lingg para comprar un revolver. Encontraron un grupo de hombres trabajando intensamente, Lingg y otra persona tenía tapado el rostro con pañuelos y se afanaban en una tarea en la habitación trasera que no pudo distinguir bien. En la habitación de enfrente otro individuo estaba cortando mechas y conectándolas a los detonadores. No parece que Lehman obtuviera el arma que quería adquirir, pero Lingg le dio una caja pequeña recubierta de cuero que contenía tres bombas esféricas, dos hilos de mecha, detonadores y una lata de plomo repleta de una sustancia que supuso que era dinamita.

Ninguna de estas actividades sorprendió a Lehman en su día, ya que su sindicato de carpinteros anarquistas había celebrado unas semanas antes un baile benéfico en el Florus Hall que había recaudado más de 10 dólares con la venta de cerveza. Los carpinteros militantes decidieron unánimemente consagrar tan aseada suma a comprar explosivos para su “brazo armado” y esto se confió plenamente al compañero Lingg. Dos hombres juraron haber visto señales, que, de ser ciertas, confirmaban que el atentado de Haymarket fue la culminación de los planes de los anarquistas.

Malvern Thompson era un joven ambicioso que había abierto su propia tienda de ultramarinos en el 108 de la South Desplaines Ave., tres manzanas al sur de la plaza de Haymarket, cuando sólo contaba con 23 años. Cuando compareció como testigo, un sheriff había embargado su tienda por impago, por lo que obtuvo un empleo como administrativo en Marshall Field, la misma empresa para la que había trabajado antes de montárselo por su cuenta. Su suerte pareció seguir yendo en barrena cuando concluyó el proceso. En 1910 estaba trabajando de portero y viviendo en la calle Butler, un oficio que conservó los diez años siguientes.
Thompson declaró haber visto a Spies y a Schwab caminando por Haymarket y preparando el mitin. No conocía a Schawb ni a Spies pero sostuvo que un periodista que los conocía se los señaló. Por mera curiosidad caminó al lugar donde se encontraba Schwab y observó que Spies subía al vagón y preguntaba si alguien había visto a Parsons. Spies bajó del vagón y Thompson merodeó por la entrada del callejón de Crane, donde Spies se había metido con Schwab.

Thompson declaró que había captado fragmentos de la conversación, oyendo que Spies preguntaba a su compañero, “¿crees que basta con esto o tenemos que ir a por más?” y una alusión a las “pistolas” y la “policía”.

Siguiendo a la pareja mientras dejaban el callejón y caminaban dos manzanas más arriba hasta Halsted Street y después volvían al lugar, Thompson declaró que había espiado su conversación, aunque parte era en inglés y parte en alemán. Captó la observación de Schwab, “si vienen les daremos su merecido”.
Cerca del vagón del orador, diez minutos más tarde, Thompson observó cómo se unía a la pareja otro hombre que posteriormente Thompson identificó como Schnaubelt, al que Spies le dio algo que se metió en el bolsillo. Spies comenzó su discurso y Schwab desapareció.

Quedó claramente acreditado, y de hecho la defensa ni siquiera lo puso más tarde en tela de juicio, que Schwab había llegado a Haymarket después de una reunión en la oficina del Arbeiter Zeitung. De este modo, gracias al joven tendero, la fiscalía no sólo había ligado a los dos supuestos conspiradores con el perpetrador, sino que por medio de Schwab ligó al perpetrador con la oficina del Arbeiter Zeitung en la Quita Avenida, un edificio que la fiscalía llamó “el nido de la anarquía”, un lugar en el que se habían descubierto bombas por parte de la policía, y donde Spies y otros habían manejado y mostrado bombas a los periodistas.

Los abogados de la defensa advirtieron una oportunidad. Ridiculizaron la afirmación de Thompson de que la pareja hablaba en inglés, un idioma que decían que Schawb sólo “chapurreaba”. “¿Acaso ignora?” preguntó el letrado Foster, “¿que el Señor Schwab habla muy mal inglés, y que siempre habla en alemán con Spies cuando están juntos?”. La fiscalía no rebatió esta afirmación, pero Schwab, en su propia autobiografía, observó que había estado estudiando inglés en Alemania antes de emigrar a EEUU; que una vez en EEUU “se consagró con toda su alma a estudiar la lengua inglesa.

Cuando había avanzado lo suficiente como para comprender los libros escritos en inglés, estudié la historia de EEUU y, Bancroft era una de las mejores obras que había leído”. Schwab documentó cómo había viajado al oeste y vivido con comunidades angloparlantes e incluso que había tenido prolongados debates con un anciano mormón en Cheyenne. Y lo más importante, su inglés era lo bastante bueno como para que Spies le contratara por primera vez para traducir el romance inglés Wanda Kryloff al alemán.
El día siguiente, tras la comparecencia de Thompson, la situación adquirió tintes aún más dramáticos. En lo que el periodista del Tribune describió después como el “sensacional clímax” del proceso, el fiscal Grinnell llamó a Harry L. Gilmer a declarar como testigo.
Gilmer caminó a largos trancos para que todo el mundo en la sala pudiera ver la clase de hombre extraño y excéntrico que era. Tenía 45 años, era alto y delgado, media un metro noventa, con cuello de jirafa y los miembros muy alargados. Tenía el cabello largo y rizado, el bigote poco cuidado y venía con un traje negro raído.

Un periodista dijo que parecía un predicador metodista o un tipo del circo de Barnum. Por supuesto, lo que le hacía un testigo “sensacional” no era su excentricidad sino lo que contó. Gilmer decía haber visto la cara del perpetrador y sus cómplices. Gilmer era un desgraciado solitario. Su familia era de Virginia pero había pasado la mayoría de su vida en Iowa. Emigró a Chicago en 1879 después de la muerte de su mujer y después había sobrevivido con trabajos de mala muerte de un día o una semana, por lo común como pintor, pero otras veces como marino en una nave de las que surcaban el lago, o de guardia nocturno. Seguramente era un alcohólico y vivió en una sucesión de cuchitriles, hosterías y apartamentos inhóspitos. Su estilo de vida itinerante impidió que le pudiera encontrar el funcionario del censo y Gilmer dejó pocas trazas más allá de su aparición en el tribunal, aunque existen algunos fragmentos: en el mismo momento que había llegado a la ciudad, fue detenido acusado de hurto aunque fue absuelto.

La semana de las huelgas en pro de la semana de ocho horas Gilmer logró encontrar trabajo como guardia para una empresa de seguridad privada subcontratada por los ferrocarriles. Le dieron una pequeña estrella de plomo para la solapa y le encomendaron vigilar los puertos de Wabash que habían sido objetivo de los radicales.

Debido a su trasfondo desarraigado, y bien pudiera decirse que muy poco de fiar, no era el testigo ideal ni mucho menos. Pero compensó su magro estatus social con su desempeño como testigo. Gilmer contó su historia de forma rimbombante, cuidadosa, y no hubo forma de cazarle en un renuncio después de una tarde entera de intensos interrogatorios.

Declaró que había llegado al mitin a las 10 menos cuarto y que escuchó a Fielden hablar desde la parte trasera de la plataforma. Después de escuchar un minuto, se abrió camino entre la multitud buscando a un conocido suyo y se metió en el callejón de Crane cuando escuchó a un hombre que estaba en la calle gritar, “Ahí viene la policía”. Los que estaban en el callejón se adelantaron para echar un vistazo. Gilmer vio a un hombre que venía de la plataforma de oradores y que se acercó a otros individuos agrupados en el callejón. Según Gilmer “el hombre encendió una cerilla y después la mecha empezó a arder, y después se la dio a otro hombre que la arrojó a la calle”. Grinnell le pidió que describiera al hombre que arrojó la bomba y Gilmer dijo que era un hombre “de alrededor de uno sesenta, fornido y con una barbita bien recortada”.

Grinnell le mostró a reglón seguido una fotografía y Gilmer dijo, “ese es el hombre que arrojó la bomba desde el callejón”. Después Grinnell le preguntó si sabía el hombre que vino de la plataforma y encendió la mecha y Gilmer señaló con su huesudo dedo a August Spies y declaró, “es el hombre que se sienta allí”. Después procedió a identificar a Fischer como el tercer hombre que se unió al asesino y a Spies.

El testimonio de Gilmer ejerció una gran influencia sobre los jurados. Después de que el juicio terminara, uno de los jurados, el administrativo C.B. Todd, respondió a la pregunta de si le había impresionado el testimonio de Gilmer diciendo, “bueno, eso hacía que cuadrara todo, sabe. El testimonio me pareció rotundo, y creo que tuvo el mismo efecto en el resto de los jurados”.

Después de Gilmer los demás testigos de la acusación tenía, una función de “aseo legal”, ya que se trataba en su mayor parte testimonios cuyo fin era fijar la cadena de custodia de las pruebas físicas del caso. Los agentes de policía y los detectives que registraron las oficinas del Arbeiter Zeitung y las casas de los acusados detallaron dónde encontraron sus bombas, estandartes, banderas, cartas y mechas.
Los médicos que trataron a los policías heridos describieron sus heridas y lo que hicieron con algunos de los fragmentos de metal que extrajeron de sus cuerpos. Los químicos describieron cómo tomaron muestras del interior de las bombas aprehendidas de la oficina del periódico y del apartamento de Lingg y el procedimiento con el que encontraron una mezcla singular y muy parecida de los mismos elementos encontrados en la metralla de la bomba de Haymarket. Un ciudadano pobre juró ante el tribunal que el cuadrado de acero que había sido exhibido era el mismo que se había extraído cuando se alojó en su trasero. El fragmento era del mismo porte que los que habían sido encontrados en el cuarto de Lingg.
En una apelación final a los sentimientos del jurado, Grinnell hizo comparecer al agente John Stift, el policía que había llevado el cuerpo ensangrentado de Matías Degan a un coche patrulla y le había trasladado al hospital, y después hizo comparecer a John Degan, el hermano de Matías. John Degan declaró ante el tribunal que su hermano había nacido en Alemania y tenía 34 años y que había perdido a su esposa unos años antes dejándole sólo con su hijo de 14 años.
Preguntaron a John Degan cuando había sido la última vez que vio a su hermano y respondió, “en el depósito de cadáveres… muerto”.

William Holmes, un integrante de la sección Americana de Parsons y marido de la igualmente radical Lizzie, escribió varios informes sobre el juicio para el The Commonweal, el diario oficial de la liga socialista inglesa. En sus despachos Holmes criticaba acerbamente como se llevaba el proceso, el sesgo del juez, la crueldad del fiscal Grinnell, así como a los testigos claramente perjuros y las pruebas fabricadas. Ninguna de las críticas de Holmes era extraña en los defensores de los anarquistas y casi todas ellas pueden hallarse en el Trial of the Chicago Anarchists de Dyer Lum. Lo que resulta notable de los despachos que Holmes mandaba a Londres son las cuestiones planteadas por la fiscalía que no ponía en tela de juicio. Cuando escribía su primer artículo la fiscalía no había presentado sus conclusiones aunque casi había acabado de presentar sus pruebas y Holmes parecía seguro de que se trataba de testimonios mendaces y que serían fácilmente rebatidos cuando le tocara el turno a la defensa.

Confiado como estaba, no tenía problema en hacer unas cuantas concesiones a la fiscalía considerando ciertos hechos como probados pero de menor importancia. “El ministerio público sólo ha podido demostrar que los socialistas de Chicago se estaban preparando para la revolución social, que algunos de los más bravos y entusiastas habían fabricado y almacenado explosivos, que algunos de ellos estaban armados con rifles y pistolas, y que muy pocos querían emprender de verdad una revolución el primero de mayo”. En su siguiente despacho, una semana después, el ministerio público presentó sus conclusiones y los letrados de los anarquistas comenzaron a llamar a sus testigos. Holmes siguió aceptando sus alegaciones como hechos: “Es cierto que la defensa no ha refutado lo que aparentemente ha probado la fiscalía, que había un movimiento en marcha para precipitar la revolución social”.

Está claro que Holmes no pensaba (en este momento) que fuera una gran concesión admitir que había algunos en el movimiento de Chicago que conspiraban realmente e incluso que tomaran medidas para “emprender” una revolución armada. Pero según se iba prolongando el proceso y cuando la defensa salió al ruedo para tropezar una y otra vez como un boxeador ciego, que golpea mucho pero no da ni una, su tono cambió claramente y ya no volvió a mencionar cándidamente que los anarquistas se prepararon para la revolución social, tomaron las armas y almacenaron explosivos.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: El Proceso de los Anarquistas de la Plaza de Haymarket.
NotaPublicado: Lun Sep 11, 2017 3:41 pm 
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Capítulo 4. La defensa.

No pudo conocerse la estrategia de la defensa hasta que pasó el momento en que Ministerio Público presentó sus conclusiones y le tocó el turno al joven letrado de la defensa Moses Solomon. El misterio se había acrecentado durante dos semanas.

¿Cómo se las iban a apañar los letrados defensores para aflojar el lazo que cada testigo de la fiscalía había colocado en el cuello de sus clientes?

En casos de magnitud semejante lo normal es que se hubieran apreciado indicios de la estrategia de defensa desde el comienzo del juicio cuando los letrados tratarían de rebatir la acusación inicial de la fiscalía. Pero la defensa había declinado desde un primer momento hacer uso de este derecho y por consiguiente la estrategia de la defensa únicamente pudo comenzar a apreciarse cuando Solomon llamó a declarar a su primer testigo.

Salomon observó que la defensa se basaría sobre todo en coartadas tal y como cabía esperar. Después de todo, los testigos presentados por el Ministerio Público situaban esa noche, en la plaza, a 5 de los 8 acusados: Spies, Parsons y Fielden, que pronunciaron discursos, Fisher, que fue observado merodeando por la zona, y Schwab que estaba conversando con Spies justo antes de que comenzara la manifestación.

Solomon dijo a los jurados que la defensa acreditaría que Parsons y Fisher estaban “cómodamente sentados en el Zepf´s Hall, y que cuando explotó la bomba tal vez estaban disfrutando de una jarra de cerveza”, En cuanto a Engel estaba en su casa. Lingg se hallaba vagando por el West Side, a kilómetros de la zona del atentado, Schwab estaba pronunciando un discurso cerca de la fábrica de Deering y Neebe ni siquiera se había enterado del mitin. El discurso de Solomon constituyó un resumen rutinario de las coartadas de sus clientes, hasta que llegó el momento en que centró su atención en el cliente más problemático, Louis Lingg, cuyo caso era, en muchos sentidos, el eslabón más débil de la defensa, por lo que seguramente lo mejor hubiera sido guardar un prudente silencio:

“En cuanto Lingg y su paradero, ya están familiarizados con él. Puede parecerles extraño que fabricara bombas. La cuestión es si tenía derecho a llenar su casa de dinamita. Tenía derecho a poseer todo tipo de armas en su residencia, y a menos que las utilizara, o aconsejara su uso, y que esa utilización hubiera sido incitada por él, no es más responsable que un hombre que comete numerosos hurtos y que sigue caminando libre por las calles, sin que pueda ser detenido y castigado debidamente a menos que se acredite y se pruebe más allá de toda duda razonable que ha cometido un delito”. No se sabe si Lingg pensaba que su abogado iba por buen camino, ya que admitía que había fabricado bombas y que tenía la casa repleta de dinamita, aparte de compararle con un ratero común.

Los observadores jurídicos del proceso no quedarían muy sorprendidos al comprobar que la defensa había llamado a comparecer a testigos que pretendían rebatir el testimonio de varios “soplones” claves de la fiscalía.

Salomon prometió demostrar que Harry Gilmer, el testigo estrella de la fiscalía, el que decía haber visto con sus propios ojos como Spies encendía la mecha, “sería puesto en evidencia como un mentiroso patológico demostrado”.

Malvern Thompson, el curioso tendero que había declarado haber seguido a Spies y Schwab por la Plaza de Haymarket y que había espiado partes de la conversación había oído mal.

Salomon anunció su intención de rebatir la teoría de que existiera conspiración alguna para asesinar a policías en Haymarket:

“Esperamos demostrarles, además, que ni uno sólo de estos acusados conspiró para quitar la vida a ninguna persona en ningún tiempo y lugar”.

Cualquier abogado que se mereciera la toga habría tratado de quebrar este elemento crucial de la teoría jurídica de la fiscalía. Había maneras diversas de llevar esto a cabo: se hubiera podido recalcar las frágiles vinculaciones entre algunos presuntos conspiradores, o se pudiera haber argumentado que la retórica de la “revolución” era metafórica e hiperbólica, un cuento moral e inspirador pero nada que pudiera tomarse en serio ni menos que fuera a ocasionar una acción inmediata.

Solomon adoptó un enfoque diferente al que hubiera sido, en buena lógica, el correcto, y por demás inaudito. Se decantó por argumentar que no había conspiración para asesinar, porque la conspiración que tramaron estos hombres no era sino un acto de autodefensa de sus derechos constitucionales.

Parece difícil creerlo pero Solomon le dijo al tribunal que los acusados “no conspiraron nunca para quitar la vida a Matías Degan o al resto de agentes de policía, ya que únicamente se pusieron de acuerdo para defenderse si eran atacados, que era su propósito desde el principio”.

Salomon confirmaba, de un golpe, que sus clientes eran conspiradores y que parte de la conspiración implicaba emplear la violencia en ciertas condiciones previamente convenidas.

Salomon preguntó de forma retórica:

“¿Qué han hecho estos acusados? ¿Han asesinado a alguien? ¿Cuál era su plan cuando almacenaron dinamita? Querían usar la dinamita para promover una revolución general, nunca, jamás, para asesinar a un individuo concreto. Demostraremos que su único fin era defenderse con dinamita si, en el marco de una posible revolución o huelga general, eran atacados, y únicamente en ese caso. Y si esto es ilícito, es lo único ilícito de lo que son responsables”.

Incluso si, en un ejercicio de caridad con Salomon, pensamos que trataba de apelar a las nobles tradiciones patrióticas americanas de defensa frente a la tiranía, de lucha por los derechos inalienables, ¿podía pensar en serio que tales consideraciones equilibrarían la balanza cuando en el otro plato había ocho policías muertos? ¿Acaso no había reparado en el hecho de que había concedido el punto más crucial del Ministerio Público, que sus clientes habían conspirado para usar la fuerza?

Hay indicios de que esta sorprendente táctica pude no haber tenido su origen en los letrados de los anarquistas sino en uno de sus clientes. En los primeros días del juicio Albert Parsons observó el proceso cuidadosamente y tomó notas. Han sobrevivido algunas de ellas y ponen en evidencia parcialmente sus ideas sobre cómo debía estructurarse la defensa.

Parsons escribió cuando oyó al Juez Gary decir a los jurados “Su tarea será sopesar las pruebas y determinar si estos ocho hombres, o alguno de ellos, es culpable de asesinar al agente Durgan” (sic). Parsons anotó:

“Creo que se suscitará el tema de la legitimidad de nuestra actuación. No hubo ningún acto abierto de violencia por parte de los manifestantes de Haymarket, que no era más que una manifestación en ejercicio del derecho a la libertad de expresión. Pese al carácter eminentemente pacífico de la manifestación, la policía se presentó en el lugar de forma amenazadora y armada hasta los dientes, intimando a disolverse a manifestantes pacíficos. Se trataba de un empleo ilícito de la fuerza, que suscitó una reacción de legítima defensa, basada en el derecho inalienable a la resistencia contra la tiranía, etc.”

Parsons anotó que su hermano mayor, William H. Parsons, había aconsejado que alegaran legítima defensa:

“W.H.P. dice que nos defendamos apelando nuestro derecho constitucional a la resistencia. Que probemos que existía una tenebrosa conspiración del capital monopolístico para acabar con las organizaciones de trabajadores empleando granadas de mano, porras, rifles y otros muchos expedientes que han empleado repetidamente desde 1878”.

El peligro de esta línea de defensa es que concedía demasiado la fiscalía. Después de todo, no negaba los cargos, sino que los justificaba. Al presentar a la policía como agresora y a los ciudadanos de la Desplaines Avenue como defensores de sus derechos constitucionales, la defensa abrió la puerta a poner en el disparadero la ideología de sus clientes.

Salomon parecía ávido de sacar a pasear la ideología de sus clientes ante el jurado, como si estuviera seguro de que si el socialismo que profesaba era bien comprendido, el jurado simpatizaría con los nobles y abnegados impulsos de unos hombres a los que la fiscalía había pintado como criminales y asesinos:

“Estos acusados sostienen que el Socialismo es una ciencia social progresista, y ello formará parte de las pruebas que tendrán que valorar. ¿Debe el mundo continuar en el mismo estado en que lo encontramos, o tenemos derecho a enseñar a nuestro prójimo un camino mejor, una vida más noble, mejores condiciones de vida y de trabajo? Eso es lo que sostienen estos acusados, si se les fuerza a expresar su opinión en este respecto”.

Salomon reveló que la defensa mostraría que aparte de que la policía no estaba legitimada para dispersar una asamblea pacífica, habían sido ellos los que habían conspirado para atacar a los anarquistas y acabar con ellos de una vez por todas. La policía, acusaba Salomon, abrigaba un “diabólico designio” y “se precipitó contra esa masa de gente con revólveres en sus manos y fusiles, dispuestos a abrir fuego, tratando de quitar la vida a toda persona que estaba en la plaza”.

A la luz de tal provocación, “únicamente se puede alabar la prudencia de los concurrentes” ya que “ni una sola persona disparó contra los agentes”.

El hecho de que resultaran heridos de bala tantos policías podían explicarse poniendo de manifiesto que esos hombres fueron víctimas de las balas perdidas de sus propios compañeros, “ocasionadas por la confusión y la excitación del momento”.

Salomon y sus compañeros se habían complicado la vida innecesariamente. No sólo tenían que poner tierra de por medio entre sus clientes y los testigos de la acusación exhibiendo sus coartadas, sino que para que prosperara su estrategia tenían que demostrar que docenas de agentes de policía habían incurrido en perjurio.

La única esperanza de Solomon era construir un relato alternativo de los acontecimientos que tratara de demostrar dos hechos: que la policía trataba de destruir a los anarquistas que se habían congregado esa noche y que en su frenesí represor habían sucumbido ante balas perdidas de sus propios compañeros, y también que el asesino había arrojado la bomba desde una posición que resultaba totalmente incoherente con las declaraciones de Harry Gilmer (que Spies había encendido la mecha en el callejón de Crane y que el asesino dio unos pasos hasta la salida del callejón para poder lanzarla)

Los más reputados juristas que atendieron el discurso de Salomon lo consideraron una catástrofe sin paliativos para la defensa. El fiscal jefe de Chicago, que no tenía parte en el proceso sino que había acudido en calidad de observador, fue abordado por un periodista, que le preguntó que pensaba del alegato inicial de Salomon. Replicó: “Creo que la propia fiscalía no lo hubiera hecho mejor; con lo que ha dicho hay bastante material para colgar a todos y cada uno de los procesados un par de veces”.

Si valoramos el rosario de testigos a los que habían llamado para prestar declaración, la estrategia de la defensa consistía en justificar que el lanzamiento de la bomba suponía la necesaria respuesta a la tentativa policial de pisotear sus derechos.

El primer testigo de la defensa que compareció en el estrado fue el alcalde de Chicago, Carter Harrison. A pesar de las acerbas críticas de las que fue objeto por haber contemporizado con los anarquistas por miedo a perder apoyos en los populosos barrios de emigrantes que mantenían en marcha la maquinaria Demócrata, Harrison seguía siendo un personaje popular y carismático y su mera presencia atiborró la sala.

El Juez Gary no estaba conforme con la situación y ordenó a sus ujieres que expulsaran de la sala a todos los que no hubieran conseguido un asiento. Entre los expulsados se hallaba “un destacado abogado con tres señoritas amigas suyas”.

El capitán Black comenzó el mismo el interrogatorio y parecía estar guiando al Alcalde por un rumbo correcto hasta que le pidió que describiera la naturaleza del mitin. Harrison respondió que temía el rumbo que podía tomar hasta que decidió hacer saber que estaba allí:

“En cuanto a Mr. Spies, había partes en discurso que pensaba que podrían generar disturbios, y cuando encendí la primera cerilla (mi puro tarda mucho en encenderse, y suelo gastar bastante más cerillas que puros) la perdí, la primera de la noche. Así que junté dos cerillas, que echaron mucha llama y seguramente iluminaron mi rostro. Poco después observé claramente un cambio de tono en su discurso, y como digo, me volví a mi hijo y le dije Spies me ha visto”.

Desde el momento en que hizo sentir su presencia, el Alcalde calificó los discursos que pudo escuchar de “moderados”. Habiendo aclarado que el mitin era pacífico (aunque puede que no de buen grado y a causa de la presencia del alcalde), Black siguió esa línea de interrogatorio.

Su objetivo principal era conseguir que Harrison repitiera un comentario vertido en los periódicos los días posteriores atentado, según el cual había dado a Bonfield la orden de acantonar a sus agentes de reserva. Black tenía que ser muy fino para conseguir su propósito, puesto que tal testimonio, al no tratar sobre acciones de ninguno de los acusados no solía ser admisible conforme a las reglas procesales de la época.

Black tanteó el tema preguntando de forma pertinente por los movimientos de Harrison esa noche: “¿Qué duración tuvo su entrevista con el inspector Bonfield?” Duró unos cinco minutos, respondió Harrison, y Black prosiguió en esa línea y le preguntó de qué hablaron. El fiscal Grinnell formuló rápidamente protesta. El Capitán Black explicó la cuestión:

“Es admisible la pregunta conforme al derecho de defensa. Tratamos de demostrar con este testimonio que en el curso de la entrevista el testigo había hablado con el Capitán Bonfield, le había expresado su parecer sobre la naturaleza de la manifestación, y le había trasmitido que pensaba que sería pacífica; que el mitin tenía una naturaleza ordenada como solía ocurrir en estos casos; y que iba a regresar a casa y que asimismo ordenó a los policías de otras comisarías que se fueran a casa. […] Proponemos seguir en esa línea con otro testimonio que demostrará que la actuación policial de esa noche no fue sino un ataque deliberado planeado y ejecutado después de que se marchara el Alcalde”.

El Juez Gary aceptó la protesta del fiscal y cuando parecía que se había ido a pique toda la estrategia de Black, Grinnell reveló un corazón sospechosamente magnánimo y retiró la protesta, diciendo “la conversación puede ser irrelevante en el caso que nos ocupa, pero si se dio alguna orden por parte de Harrison o Bonfield en relación con el mitin, adelante”.

Black debería haber olido a chamusquina cuando Grinnell preguntó si estaba seguro de que quería seguir por ese camino: “¿se refiere al asunto de esa noche?” pero no olisqueó la trampa y respondió enfáticamente, “Eso es justamente lo que pretendo”.

Harrison, que había estado observando de forma paciente esta justa legal, continuó:

“Regresé a la comisaría y le dije a Bonfield que pensaba que los discursos iban a terminar; que no había ocurrido nada todavía, y que parecía poco probable que pasada, por lo que no estaba justificada la presencia policial, y le comenté también que en mi opinión lo mejor era que pensaba que l ordenara a sus reservas de las comisarías que volvieran a casa.

Me respondió que compartía mi opinión y que llegó a esa conclusión observando a las personas que iban y venían (tenía hombres fuera todo el rato) y que ya había dado esa orden; que pensaba que sería mejor retener a los hombres que estaban en comisaría hasta que se disolviera el mitin, y después aludió a un rumor que había oído esa noche, que hacía necesario, según creía, mantener a sus hombres allí, con lo que estuve de acuerdo. ¿Quiere que le cuente ese rumor?”.

El abogado Zeisler estuvo más espabilado y protestó, “eso no tiene relación con el mitin de Haymarket”. Grinnell echó sangre en la herida: “sí, es parte de la conversación y debe continuar”.

El Juez Gary resolvió que Grinnell podía indagar sobre este “rumor” en su interrogatorio del testigo. Black reculó a toda prisa y trató sin éxito de argumentar que la misma conversación que él mismo había llevado a las actas debía ser eliminada de las mismas.

Grinnell le preguntó al Alcalde sobre ese rumor:

“El Capitán Bonfield me contó que había recibido información de que la manifestación podría dirigirse a los muelles de carga de Milwaukee & St. Paul que estaban repletos de lo que llaman “esquiroles”; y que también existían indicios de que el mitin era meramente una añagaza para atraer la atención policial sobre Haymarket mientras que el verdadero atentado tenía lugar en McCornick. Fui a presenciar los discursos con motivo de esas dos posibles (si es que no muy probables) contingencias”.

Harrison aclaró después lo que le dijo a Bonfield esa noche cuando aún se pronunciaban los discursos:

“Pensé que podían mandar a casa a las reservas acantonadas en otras comisarías, porque me enteré de que estaba todo muy tranquilo en el segundo distrito donde se hallaba McCormick; y pensaba que no había nada preparado para esa noche. Bonfield me dijo que había llegado a la misma conclusión merced a los informes que le habían pasado, y que ya había ordenado que mandaran a casa a todas las reservas. […] pero que por si acaso pasaba algo antes del mitin o después de que acabara, mantendría a los efectivos que se hallaban en las comisarías. Manifesté mi acuerdo con su propuesta”.

Las reservas a las que aludía Harrison no aludían a los doscientos y pico efectivos policiales diseminados en el interior de la comisaría de Desplaines, sino a los 50 hombres suplementarios, en estado de alerta, en otras comisarías periféricas de la ciudad.

El testigo estrella de la defensa, en un giro dramático de los acontecimientos, estaba argumentando ahora en contra de la teoría de la autodefensa, y terminó sugiriendo que la violencia que había tenido lugar dos días antes en la fábrica de McCormick y que puso en marcha los acontecimientos era una calculada provocación por parte de los anarquistas. “Tenía claro”, dijo el Alcalde, “que no iba a permitir que se produjeran más episodios de violencia en McCormick; que si había alguna acción directa, sería abortada en su origen y que no se esperaría a que tuviera la más mínima consecuencia”.

Black tuvo mejor suerte con su siguiente testigo, un vendedor itinerante de ropa que se llamaba Barton Simonson al que el Juez Gary permitió recordar una conversación que mantuvo con el Capitán Bonfield, pese las protestas del fiscal. Simonson había departido con Bonfield en la comisaría de policía antes del tumulto y recordó que Bonfield adoptó un tono amenazador:

“El problema aquí es que estos sujetos (y no recuerdo si uso la palabra socialistas o huelguistas) se juntan con sus mujeres y sus hijos, que están delante de ellos y alrededor de ellos también, así que no podemos hacer nada. Después de decir esto añadió que le gustaría tener delante a un grupo de 3000 individuos de este jaez sin mujeres y niños, y después, hasta donde puedo recordar dijo algo así como “y entonces acabaríamos con ellos fácilmente” o lo mismo dicho de otra forma. Eso me impresionó mucho en su día”.

El testimonio de Simonson mancilló aún más la reputación del (ya polémico) Bonfield y aportó las pruebas más eficaces de Black en pro de la tesis de la defensa propia. Pero por innegable que fuera el encono de Bonfield hacia los anarquistas, Black tenía que acreditar, lo que no era sencillo, que el ataque policial no fue provocado y que la bomba fue arrojada en defensa propia.

Al igual que Simonson, el siguiente testigo, John Fergusson, un sastre que confeccionaba capuchas, prometía ser muy valioso para la defensa porque al contrario que la mayoría de los testigos a los que llamó a declarar la defensa no parecía tener vínculo alguno con los anarquistas.

Juró que no era socialista, ni anarquista y que sólo había ido a Haymarket porque se lo pidió un amigo. A juzgar por las preguntas de Black, el fin de la declaración de Fergusson era demostrar que la policía había salido con prisa inmotivada de la comisaría para dispersar la multitud y que eran los únicos que habían disparado esa noche.

En el momento en que reventó la bomba Fergusson se hallaba en el extremo de la calle Randolph dirigiéndose al sur con su amigo William Gleason. Observó a la policía marchar a paso ligero por la calle, y uno de sus mandos ordenó a los agentes que “se dieran prisa”. Se oyó un sonido agudo, como el de un panel rompiéndose, y Gleason comentó que creyó que era un disparo y que miraron en dirección a la manifestación a tiempo de ver la explosión de la bomba y el resplandor de los mosquetes en el centro de la calle donde se agrupaba la policía.

Fergusson parecía haber sido un testigo muy persuasivo hasta que el día siguiente el Capitán Black llamó a declarar al compañero de Fergusson esa misma noche, William Gleason, un zapatero al que se le conocía cruelmente como “pies torcidos Gleason”.

Aunque Fergusson había mantenido que Gleason y él nunca se separaron esa noche, que estuvieron toda la noche “codo con codo”, desde el momento en que comenzó a hablar su relato comenzó a diferenciarse manifiestamente del de su amigo.

Ferguson dijo que Spies estaba hablando cuando llegaron pero Gleason afirmó que el primero que habló fue Parson. Fergusson recordaba haber oído un sonido parecido a una tabla rompiéndose antes de que explotara la bomba e incluso que Gleason observó que el ruido era un “disparo”.

Pero Gleason estaba seguro de no haber oído nada antes de que tronara la bomba. Al igual que su amigo, Gleason testificó que había visto brillar los cañones de los mosquetes de la policía y que la multitud estaba desarmada pero cuando se le insistió sobre este punto admitió de desde la posición en que estaba, lejos de la comisaría de policía, “no podía ver muy bien”.

Después de forzar a Gleason a retractarse de parte de su testimonio, Grinnell siguió presionándole, así como indirectamente a Fergusson, con el fin de poner en tela de juicio su credibilidad. Ambos hombres habían negado vinculación alguna con el movimiento anarquista pero cuando Grinnell rascó un poco en su procedencia y actividades la cosa cambió mucho. Gleason admitió que pertenecía a una “sociedad revolucionaria” irlandesa antes de emigrar a Estados Unidos aunque negó ser uno de los Dinamiteros de O’Donovan, una pandilla con fuertes vínculos con los anarquistas revolucionarios de Nueva York.

Gleason negó al principio haber prestado servicios en un comité sindical al que se le había encomendado la tarea de presentar una petición ante el Alcalde para que despidiera al Capitán Bonfield, pero Grinnell siguió machacando al testigo hasta que se dio por vencido, admitiendo que había defendido estas acciones desde su puesto de socio de la Asamblea de Oficios.

Grinnell evidenció un gran talento para hacer sangre con los puntos débiles de los testimonios de los testigos de la defensa, que acababan quedando atrapados por sus propias declaraciones. Muchos testigos que tenían que sufrir el insistente interrogatorio de Grinnell se hacían un lío o decían más de lo que hubieran querido.

Friedrich Liebel se presentó como un obrero desinteresado, sin relación alguna con los anarquistas, cuando tuvo que sufrir el interrogatorio del fiscal. Pero Grinnell fue acosándole hasta que se dio igualmente por vencido y admitió que estaba suscrito al Arbeiter Zeitung, que era socio del sindicato de carpinteros de Lingg y que vivía en el mismo edificio con un socio de la agrupación de Lingg y Schwab, Abraham Hermann, y en la misma manzana que el Neff´s Hall, que había visitado a Lingg, Schwab y Spies cuando estaban en la cárcel, que había recaudado fondos para la defensa en Ogden Grove, y que había ido a más mítines anarquistas de los que podía recordar.

Grinnell le arrojó una serie de rápidas y sucintas preguntas sobre las direcciones y números de los edificios de las distintas agrupaciones y después cambió súbitamente el tercio tomando a Liebel con la guardia baja:

P: ¿Usted pertenece a algún grupo?

R: No señor.

P: ¿Nunca ha pertenecido a algún grupo?

R: No señor. ¿Habla de grupo armado?

P: ¿He hablado de armas en algún momento?

Grinnell no había dicho nada sobre grupos, armados o no, hasta ese momento. Esas discrepancias no pueden haber sido pasadas por alto por unos jurados atentísimos que en esa época podían tomar notas y debatir sobre los testimonios del día durante la cena y en las habitaciones de los hoteles donde se alojaban.

El abogado de la defensa Sigmund Zeisler observó que la mayor parte de los jurados “estaban escribiendo sin cesar en sus pequeños cuadernos de notas las pruebas que se presentaban, la mayoría con su letra normal y uno de los jurados incluso de forma taquigráfica”

Esas contradicciones se veían agravadas por el hecho hecho de que los testigos de la fiscalía presentaban un relato mucho más coherente sobre el lanzamiento de la bomba, la secuencia del intercambio de disparos, y la descripción general de la calle.

Casi todo el resto de los testigos que llamó a comparecer la defensa fueron elegidos para contrarrestar el testimonio de los testigos oculares del Ministerio Público que habían visto lanzar la bomba, Gilmer y Thompson. Se convocó a una docena de testigos para demostrar que Michael Schwab no pudo haberse juntado con Spies y Schnaubelt antes del mitin, como alegaba el tendero Malvern Thompson. Desfilaron Igualmente muchos testigos que juraron que la bomba fue arrojada desde un emplazamiento que estaba muy lejos de la zona donde Gilmer decía haber visto al asesino.

Otro grupo de testigos trató de mostrar la razón por la que Samuel Fielden no pudo haber disparado contra la comisaría de policía y otra hilera de testigos firmó coartadas para Parsons y Fischer, ubicándoles en una taberna cercana tomando unas cervezas cuando explotó la bomba. Por último, varios testigos declararon que creían que Gilmer era un hombre con muy mala fama y que no se creerían nada de lo que les dijera.

Los peculiares movimientos de Michael Schwab.

La coartada de Michael Schwab era la que dependía en mayor medida de un relato minucioso de sus movimientos y del tiempo que pasó en varios lugares la noche del crimen. Schwab admitió que antes del comienzo del mitin se había dirigido a la plaza de Haymarket, pero que cuando había más gente estaba a cuatro millas de allí acudiendo a una manifestación de trabajadores en huelga. En el momento de la explosión estaba subiendo a un tranvía para volver a casa. Pero con independencia del lugar donde estuviera tras la explosión de la bomba, el marco temporal más crucial de su coartada era su afirmación de que sólo se había detenido unos momentos en la plaza de Haymarket, lo suficiente para buscar a Spies, hablar brevemente con su cuñado Schnaubelt, y después montar en el tranvía para volver al centro de la ciudad.

Se trataba de que el relato de los movimientos de Schwab contradijera el testimonio de Malvern Thompson, el joven tendero que había dicho haber espiado a Schwab y a Spies mientras merodeaban por la plaza hablando de pistolas, policías y preguntando si “¿no sería bastante con una?”.

Schawb fue el primero de los acusados que testificó en su propia defensa. De forma meticulosa, Foster, de lejos el mejor letrado de la defensa, guio a Schwab paso a paso en todos sus movimientos de esa noche para acreditar que no podía haber estado en la plaza de Haymarket tanto tiempo como Thompson (y el agente Timothy McKeough) habían dicho que había estado.

Schwab detalló cada minuto de una noche en la que tomó un coche de caballos hacia el centro para asistir a un mitin en la Quinta Avenida, caminó a Haymarket, se montó en un tranvía por el camino que había venido para empalmar con un segundo coche de caballos que se dirigía al norte, se detuvo en un salón, se dirigió a un mitin al aire libre, se detuvo en otro salón, tomó otro coche de caballos que se dirigía al sur, y caminó la milla restante hacia su casa.

Cuando Foster le pregunto cuánto se había demorado en la vecindad de Haymarket, Schwab respondió con certeza, “no puedo haber estado más de cinco minutos”.

Grocer Thompson afirmaba haber visto por primera vez a Schwab en Haymarket alrededor de las 7:45. Calculó que sería alrededor de las 8:15 cuando Schwab y Spies entraron en el callejón de Crane y cuando Spies se subió a la plataforma para proseguir con su discurso y desapareció Schwab debían ser las 8:25 o 8:30. Sus recuerdos de la secuencia y la sincronización de los acontecimientos concordaban con los de otros testigos. El periodista del Chicago Times Edgar Owen llegó puntualmente al mitin, a las 7:30 y recordaba que el mitin comenzó poco después de las 8:30. Owen se acordó de haber visto a Schwab por la zona antes de ese acontecimiento.

El testigo estrella de la defensa, el Alcalde Carter Harrison, recordaba que había llegado a la zona alrededor de las 7:50 y que Spies comenzó su discurso alrededor de las 8:30. Schwab testificó que dejó su casa en el North Side a las 7:40 horas y que se subió a un coche de caballos para ir al edificio del Arbeiter Zeitung, llegando un poco después de las ocho en punto. A las 8:10 dejó la oficina y fue andando hacia Haymarket. Se demoró allí no más de cinco minutos y después se montó en un coche de caballos en dirección al centro de la ciudad, haciendo un trasbordo y tomando el coche de caballos de la parada de la avenida Clybourne “a eso de las ocho y media” o “quizás a las nueve menos veinte”.

Según sus propias estimaciones, como mucho mediaban treinta minutos desde que dejó la oficina hasta que tomó el coche de caballos con dirección al sur. Todo ello cuadra, ya que la distancia desde la oficina a Haymarket era un paseo de 18 décimas de milla, una distancia que un hombre corriente en un atuendo normal recorre caminando en unos 15 minutos; pasó cinco minutos en el Haymarket; en el tranvía de Haymarket a Clark Street tardó 10 minutos, suponiendo que lo tomara sin tener que esperar; para un total de 30 minutos.

Con el fin de conferir credibilidad a su relato, la defensa llamó a un carnicero local que vivía en Randolph Street y que juró que estaba mirando por la ventana cuando vio a Schwab meterse en un tranvía que se dirigía al este “unos pocos minutos” después de las ocho. Sin embargo, al relatar sus viajes Schwab debió haber olvidado el tiempo del que tenía que dar cuenta en la otra parte de su viaje. Tres días antes, Edward Preusser, un repartidor del Arbeiter Zeitung que vivía cerca de la fábrica Deering y que sostenía haber visto al hombre que llamó a la oficina del diario buscando un orador para el mitin de los trabajadores de Deering, testificó que se había topado con Schwab cuando llegó al tranvía de la avenida de Clybourne a las “nueve y media o a las diez menos veinte”

Schwab dijo que se subió al tranvía alrededor de las 8:40 dejando un margen de entre 50 minutos y 1 hora desde el momento en que Schwab había declarado que se subió al coche de caballos que se dirigía al norte hasta el momento en que Preusser le vio bajarse del mismo.

Schwab testificó que esta parte del viaje en coche de caballos sólo le tomó entre 40 y 45 minutos, dejando un intervalo de entre 10 y 20 minutos que Schwab no había explicado.

Por consiguiente, si Edward Preusser acertaba con sus cálculos, Schwab debería haber esperado hasta las 8:35 y las 8:50 para abandonar la zona de Haymarket (más o menos en la hora en que Thompson dijo que le perdió de vista) y llegó a Deering cuando Preusser pensó que lo había hecho. 10 o 20 minutos era tiempo más que suficiente para que Schwab hiciera todas las cosas que Malvern Thompson declaró que le había visto hacer en las inmediaciones de Haymarket.

El propio relato de Schwab fue contradicho por sus propios compañeros. Schwab sotenía que fue andando de la oficina del diario hasta Randolph y Desplaines en compañía de Balthazar Rau, el hombre que llevó el mensaje de que hacían falta oradores en Haymarket.

Parsons testificó que había caminado con Fielden. Fielden dijo que había marchado con Parsons, Fielden, Brown, Thomas y otra persona, pero que no vio a Schwab esa noche.

Brown dijo que había ido a Haymarket sólo. Lizzie Holmes insistió mucho en que no vio a Schwab esa noche pero que vio a Parsons y a Fielden salir juntos y que poco después los vio junto con Lucy Parsons y el resto de los que habían asistido al mitin. Todas estas declaraciones no pueden ser verdad simultáneamente.

Para complicar más aún el registro de quién salió con quién tenemos una curiosa discrepancia de sincronización. Albert y Lucy Parsons subieron a un tranvía en la esquina de Randolph y Halsted y la Quinta Avenida con su amiga íntima Lizzie Holmes. Parsons testificó que había salido de su casa a las 8 p.m., y que no llegó al Arbeiter Zeitung hasta “las ocho, posiblemente las ocho y media”. Si salió de su casa a las ocho no podía haber llegado mucho antes que las ocho y media. Había media milla desde su apartamento en el 77 W de la Indiana Avenue a la parada de tranvía en Randolph (lo que debe haber llevado diez minutos o más con dos niños en carrito o en sus brazos) después un viaje de diez minutos en coche de caballos hasta la Quinta Avenida, y otras dos décimas de milla hasta la oficina.

Pero Holmes sostenía que habían llegado a las 8 p.m. William Snyder recordaba que Parsons había llegado a las 8:30. Henry Heinemann, un periodista que se encontró con los Parsons esperando el tranvía, les vio avanzando hasta la curva entre “las siete y media y las ocho en punto”, una hora incompatible con el resto de los testimonios.

Dos testigos de la defensa que asistieron a la reunión del IWPA en la oficina del Arbeiter Zeitung, incluyendo a William Snyder, que la presidió, declararon de forma rotunda y categórica que no vieron a Schwab esa noche.
Sólo había una docena de personas en esa reunión así que no puede haber sido muy difícil recordar al antiguo librero con gafas. Otros cuatro testigos de la defensa sí recordaron haberle visto allí. Los que vieron a Schwab tenían diferentes recuerdos sobre el momento en que dejó la reunión. Fielden pensaba que se fue entre las 8:10 y las 8:15. Joseph Bach pensaba que Schwab se fue a las 8:30. Y William Patterson que “un poco después de las ocho en punto”.

_________________
Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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Traducción al español por Huan Manwe