Su última visita fue: Mar Nov 21, 2017 12:21 pm Fecha actual Mar Nov 21, 2017 12:21 pm

Todos los horarios son UTC + 1 hora [ DST ]




 [ 9 mensajes ] 
Autor Mensaje
 Asunto: La vida cotidiana en el estalinismo.
NotaPublicado: Jue Feb 23, 2017 6:28 pm 
Desconectado
Más Feliz que una Perdiz
Avatar de Usuario

Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
Mensajes: 68703
Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
Estalinismo cotidiano. La vida de la gente común en tiempos extraordinarios. La Rusia Soviética en 1930.

Sheila Fitzpatrick

Prefacio.

La presente obra ha estado gestándose durante largo tiempo, casi 20 años, si uno se remonta a su primera encarnación; diez años en su presente forma. A lo largo de este periodo, he contraído deudas intelectuales con tantas personas que enumerar a todos me resulta imposible.

Las personas a las que aquí aludo son las que han contribuido directamente a las fases finales del proyecto.

Jörg Baberowski, Dietrich Beyrau, Terry Martin, y Yuri Slezkine me hicieron la cortesía de leer todo el manuscrito, enviándome a renglón seguido muy prolijos que redundaron en beneficio de la obra. Me hallo particularmente en deuda con Yuri por dar respuesta a todos mis correos electrónicos que inquirían sobre los usos lingüísticos rusos y los más esotéricos aspectos de la cultura soviética. Por lo que respecta a cuestiones políticas y de política, John Archibald Getty se mostró igualmente generoso. James Andrews, Stephen Bittner, Jonathan Bone, y Joshua Sanborn colaboraron en la investigación en diversos periodos del proyecto. Michael Danos leyó todo el manuscrito, asimismo todos los borradores, y planteó muy útiles editoriales sugerencias además de ayudarme a dar forma a mis reflexiones sobre la cuestión abordada.

También merecen que exprese mi agradecimiento dos magnánimos editores de Oxford University Press: Nancy Lane, una vieja amiga, sin cuyo incansable aliento y amables palabras puede que esta obra no se hubiera terminado, así como Thomas Le Bien, cuyo apoyo y buenos consejos hicieron que resultaran mucho más sencillas las fases finales del proyecto.
Es un especial placer para mí reconocer la deuda contraída con un valioso batallón de estudiantes de la Universidad de Chicago que escribieron o estaban escribiendo tesis doctorales que abordaban aspectos de los años 30: Golfo Alexopoulos, Jonathan Bone, Michael David, James Harris, Julie Hessler, Matthew Lenoe, Terry Martin, John McCannon, Matthew Payne, y Kiril Tomoff. He aprendido mucho gracias a su trabajo y a una buena colaboración; y en reconocimiento a esta felicísima y estimulante contribución dedico este libro a mis estudiantes pasados y presentes. También me he beneficiado de la colaboración con otros miembros presentes y pasados del Taller de Estudios Rusos de Chicago, en particular Stephen Bittner, Christopher Burton, Julie Gilmour, Nicholas Glossop, Charles Hachten, Steven Harris, Jane Ormrod, Emily Pyle, Steven Richmond, y Joshua Sanborn, junto con mis muy apreciados colegas, Richard Hellie y Ronald Suny.

Otros jóvenes académicos cuyo trabajo reciente sobre los años 30 me ha resultado especialmente provechoso son Sarah Davies, Jochen Hellbeck, Oleg Khlevniuk, Stephen Kotkin, y Vadim Volkov.

Agradezco a la Fundación John Simon Guggenheim, la Fundación John D. Catherine T. MacArthur, al IREX, al Consejo Nacional para la Investigación Soviética y de Europa del Este, y a la Universidad de Tejas, en Austin, su apoyo en diversas fases del proyecto.
Expreso la misma sentida gratitud a la Universidad de Chicago, por poner a mi disposición el mejor entorno posible para esta investigación.

Nota aclaratoria.

Para que sea más fácil para el lector, he usado formas inglesas de nombres de figuras bien conocidas como Trotsky, Tujachevsky, Lunacharsky, Gorki, Vyshinskii, Zinoiev, Mikoyan, y Tolstoi. Los nombres propios como Natalia, María y Eugenia se traducen sin la “i” que correspondería a una transliteración estricta.

Para otros términos he seguido el modelo convencional de transliteración fijado por la Biblioteca del Congreso, con la salvedad de que en el texto no he usado marcas diacríticas para designar los nombres propios y las denominaciones de lugares concretos.
Como el presente trabajo es una obra de historia social, no he visto razón alguna para fatigar al lector con una profusión de nombres institucionales indescifrables y acrónimos.

Donde ha sido necesario, la aclaración sobre la procedencia institucional figura en las notas a pie de página. Siempre he hablado de “ministros” y “ministerios” en vez de “comisariados del pueblo” y “comisarios del pueblo” que serían rigurosamente su denominación correcta en este periodo. En mi texto, “provincia” o “región” equivalen al Oblast ruso y al Krai, y “distrito” a Raion.

Introducción.

Este libro trata de la vida cotidiana de la gente común, del “pueblo llano” por a la de "los grandes". La vida de la gente sencilla no era, ni como ellos la entendían ni seguramente como la podemos entender nosotros, una vida normal y corriente. Para los que viven tiempos extraordinarios, una vida normal se convierte en un lujo. Los desórdenes y las penalidades de los años 30 perturbaron la normalidad, convirtiéndola en un objetivo que perseguían infructuosamente los ciudadanos de la Unión Soviética. Este libro constituye una exploración de lo cotidiano y también de lo extraordinario en la Rusia de Stalin, al tiempo que aborda la forma en la que ambos se ligaban. Describe cómo los ciudadanos soviéticos trataban de continuar haciendo una vida normal en las extraordinarias circunstancias del Estalinismo. Presenta un retrato de una especie social emergente, el Homo Soviéticus, que tuvo su génesis en el periodo Estalinista.

Existen muchas teorías sobre la metodología de la historia de la vida cotidiana. Algunos entienden “cotidiano” como un término que designa en primer lugar la esfera de la vida privada, que comprende cuestiones familiares, domésticas, la educación de los niños, el tiempo libre, la amistad y la socialización. Otros se centran en el trabajo y en los comportamientos y actitudes generados en el centro de trabajo.

Los académicos que analizan la vida cotidiana bajo regímenes totalitarios a menudo hacen más énfasis en la resistencia pasiva al régimen, y también se encuentran una serie de estudios de la vida campesina que ponen el foco en la “resistencia cotidiana”, que denota las formas mundanas y aparentemente habituales de las que se valían las personas que se hallaban en posiciones subordinadas para expresar el resentimiento que sentían contra sus amos.
Esta obra comparte con muchos recientes estudios de la vida cotidiana el hincapié en la praxis, es decir, en las formas de comportamiento y en las estrategias para sobrevivir y medrar que ingeniaba la gente para lidiar con situaciones políticas y sociales concretas.
Pero este estudio no pretende plantear una teoría general de lo cotidiano. Su materia es la cotidianeidad extraordinaria.

Se trataba de una época extraordinaria debido a la Revolución de 1917 y a las sacudidas subsiguientes, que ocasionaron un enorme desarraigo y perturbaciones en la sociedad, cuando se produjo el viraje del régimen a un programa de industrialización acelerada y colectivización de la agricultura a finales de los años veinte.

Eran días de dislocación social masiva, cuando millones de personas cambiaban de empleo y de lugar de residencia. Las viejas jerarquías fueron derrocadas y los viejos valores y hábitos desacreditados. Los nuevos valores, incluyendo la condena de la religión como “mera superstición” sumían en la perplejidad y parecían inaceptables a la mayoría de los ciudadanos más ancianos, aunque los jóvenes con frecuencia los patrocinaban con fervor. Se declaró que había comenzado una heroica era de lucha en la que había que derruir el mundo antiguo y crear un nuevo mundo y un nuevo hombre. El régimen, consagrado a la transformación social, cultural y económica, impulsó cambios radicales sin demasiada consideración al coste humano, y despreció a los que querían algo de reposo en la incesante lucha revolucionaria.

Se infligieron penas terribles a las personas consideradas enemigas, más severas en ocasiones que las del antiguo régimen, que a veces recaían también azarosamente sobre ciertos sectores de la población. . Se estigmatizó a ciertas categorías de personas como elementos antisociales en este nuevo mundo.
Todas estas circunstancias se deban cita para que los ciudadanos de la Unión Soviética percibieran que no estaban viviendo una vida “normal”. Pero cuando se quejaban de ello, tenían, por lo común, algo concreto en mente. El aspecto más extraordinario de la vida urbana soviética, desde la perspectiva de las personas que la vivían, era la súbita desaparición de bienes de consumo en las tiendas a comienzos de los años treinta y el comienzo de una época de escasez crónica.

Todo escaseaba y particularmente elementos tan básicos como la alimentación, el vestido, los zapatos y las viviendas. Este fenómeno se hallaba ligado al difícil paso dado a finales de los años veinte de una economía de mercado a otra basada en la planificación estatal.

A principios de los años 30 también hubo hambre y malnutrición en el ámbito urbano, aunque durante algún tiempo, el pueblo llano y la dirigencia pensaban que la escasez iba a ser temporal. Poco a poco, la escasez comenzó a parecer no tanto un fenómeno transitorio como permanente y sistémico. Iba a desarrollarse una sociedad edificada sobre la base de la escasez, con todas las contrariedades, molestias, inconveniencias y pérdida del tiempo de los ciudadanos que tenían que sufrirla.

El Homo Soviéticus que surgió en los años treinta se trataba de una especie cuya virtud más desarrollada involucraba la caza y la recolección de recursos escasos en un entorno urbano.

Esta obra trata sobre la vida en la Rusia urbana en el cénit del estalinismo. Hablaremos apartamentos comunales donde reinaba el hacinamiento, de esposas y maridos abandonados que no podían permitirse la manutención de sus hijos, de la escasez de alimento y vestido y de interminables colas para obtenerlos. Se trata de las protestas populares frente a tales condiciones, y de la reacción del gobierno frente a las mismas. Se trata de las redes burocráticas que con frecuencia convertían la vida en una pesadilla, y de cómo los ciudadanos comunes trataban de evitarlas, en primer lugar recurriendo al clientelismo y al ubicuo sistema de contactos personales conocido como “blat”.

Se trata de lo que significaba ser un privilegiado en la sociedad Estalinista, así como lo que significaba ser uno de los millones de parias sociales. Se trata de la vigilancia policial endémica en esta sociedad, y de las epidemias de terror como las Grandes Purgas que ocasionaban desmanes de forma periódica.

Para el llamado “Homo Soviéticus”, el Estado constituía un ente omnipresente.

En primer lugar operaba como distribuidor formal de bienes y como productor prácticamente monopolístico de los mismos, así que incluso el mercado negro trataba principalmente con productos estatales y fiaba en gran medida de contactos con funcionarios del Estado.

En segundo lugar, todos los ciudadanos urbanos trabajaban para el Estado, ya fueran obreros, mecanógrafos, profesores o tenderos; en la práctica no había patronos alternativos.

En tercer lugar, el Estado era un incansable regulador de la existencia, arrojando de sí y exigiendo una cadena interminable de documentos, formularios y licencias sin los cuales no se podían realizar las operaciones más sencillas de la vida cotidiana.

Como todo el mundo admitía, incluyendo los dirigentes, la burocracia soviética, había incrementado recientemente sus filas para poder abordar su nuevas y ampliadas tareas, y de resultas de ello los puestos se cubrían con funcionarios inexpertos y poco cualificados, por lo que la administración en líneas generales se mostraba lenta, torpe, ineficaz y con frecuencia corrupta.

Se tenía en poca estima el Estado de Derecho, y las acciones del funcionariado, del nivel más elevado al inferior se hallaban marcadas por la arbitrariedad y el favoritismo.

Los ciudadanos se sentían a merced de los funcionarios y del régimen; especulaban sin fin sobre la gente “de arriba” y con qué nuevas cosa les iban a salir ahora, y sentían que poco podían hacer para ejercer influencia sobre ellos.

Incluso los chistes que adoraban contar los ciudadanos soviéticos, a pesar del riesgo de ser atrapados en una “conversación antisoviética” no trataban, como suele ser el caso, de suegras, del sexo o de grupos étnicos determinados, sino de burócratas, de la policía secreta y del Partido Comunista.

La omnipresencia del Estado en la Rusia urbana de los años 30 me ha llevado a definir lo “cotidiano”, para los fines de esta obra, como las actividades cotidianas que involucraban en algún sentido al Estado.
En el contexto soviético, tal definición excluye, en gran medida, cuestiones como la amistad, el amor, algunos aspectos del tiempo libre y la sociabilidad privada. Pero la definición difícilmente puede considerarse restrictiva, puesto que comprende temas tan diversos como ir de compras, viajar, hacer vida social, contar chistes, encontrar un apartamento, conseguir una educación, obtener un empleo, ascender en tu carrera, obtener patrones y contactos, casarse y cuidar de los hijos, escribir quejas y denuncias, votar, y tratar de evitar a la policía secreta.

El término “Estalinismo” tiene que ser aclarado. El Estalinismo con frecuencia posee connotaciones de ideología o sistema político. Aquí lo empleamos como una síntesis del complejo de instituciones, estructuras y rituales que formaban el hábitat del homo Soviéticus en la era de Stalin. El gobierno del partido comunista, la ideología marxista-leninista, la omnipresente burocracia, el culto al dirigente, el control estatal de la producción y la distribución, la ingeniería social, la discriminación positiva en pro de los obreros, la estigmatización de los enemigos de clase, la vigilancia policial, el terror y las diversas componendas informales y personales mediante las que todo tipo de personas trataban de protegerse y de obtener bienes escasos, todo ello formaba parte del hábitat Estalinista. Aunque muchos de estos rasgos ya se daban en los años veinte, fue en los años treinta cuando se consolidó el hábitat distintivo estalinista. Gran parte del mismo sobrevivió hasta la perestroika de Gorbachov en los ochenta. En la acepción en la que se los emplea, Estalinismo y soviético son conceptos que intersectan, representando el primero su variante maximalista y definitoria.

Momentos clave.

Nuestra narración parte de un momento claramente definido: la transformación de la vida cotidiana en Rusia que aconteció a finales de los años veinte y comienzos de los años treinta tras el abandono de la relativamente moderada y gradualista Nueva Política Económica (NEP) y la colectivización y el Primer Plan Quinquenal.

Se ha empleado el término “Revolución de Stalin” para significar esta transición, y expresa bien sus rasgos violentos, utópicos y destructivos. Pero esta revolución en gran medida era resultado de la iniciativa estatal, no de movimientos populares, y no dio lugar a una modificación de la dirección política. La razón de la revolución, a ojos de Stalin, era implantar los fundamentos económicos del socialismo erradicando la iniciativa privada y valiéndose de la planificación estatal para promover un rápido desarrollo económico. En las ciudades se acabó con el comercio y se clausuraron las empresas privadas.

El Estado se encargó de la distribución, como parte de un sistema económico de planificación centralizada tan ambicioso como deficientemente concebido.
La planificación se veía como una empresa heroica, como la conquista de fuerzas hasta entonces incontrolables.

El proceso de planificación poseía un objetivo inmediato, llevar a cabo una industrialización acelerada, en particular en regiones subdesarrolladas del país, según el Primer Plan Quinquenal (1929-1932) Eso implicaba una inversión enorme en la industria pesada, dejar de lado la producción de bienes de consumo, y el sacrificio sustancial e involuntario del nivel de vida de la población en general que tenía que pagar el coste humano de la industrialización.

Los dirigentes tenían la esperanza de que el campesinado pagara la mayoría de los costes de la modernización; la colectivización de la agricultura campesina que acompañó al Primer Plan Quinquenal trataba de lograr este efecto forzando a los campesinos a aceptar bajos precios por sus productos, fijados por el Estado. Pero esa esperanza quedó defraudada, y la población urbana también acabó soportando una parte considerable de la carga. La colectivización acabó siendo un proyecto muy gravoso.

Varios millones de “kulaks” (campesinos prósperos considerados como explotadores) vieron cómo se expropiaban sus tierras y eran deportados a regiones remotas del país. Millones de personas emigraron a las ciudades. El resultado fue escasez de alimentos, racionamiento y hacinamiento en las ciudades y, en 1932 y 1933, hambre en la mayoría de las principales regiones cerealistas de la nación. Aunque el hambre fue temporal, la escasez de alimentos y de todo tipo de bienes de consumo no lo fue. Los marxistas habían esperado que el socialismo trajera consigo la abundancia. En las condiciones soviéticas, sin embargo, socialismo y escasez acabaron hallándose ligados inextricablemente.

_________________
Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


Arriba
 Perfil Email  
 
 Asunto: Re: La vida cotidiana en el estalinismo.
NotaPublicado: Jue Feb 23, 2017 9:52 pm 
Desconectado
Más Feliz que una Perdiz
Avatar de Usuario

Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
Mensajes: 68703
Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
Por lo que respecta a la política, las relaciones sociales y la cultura, el Primer Plan Quinquenal también fijó una clara una línea divisoria. Stalin y sus partidarios derrotaron los últimos residuos de abierta oposición en el seno del movimiento comunista soviético, la oposición “de izquierda”, expulsando a sus dirigentes del Partido Comunista a finales de 1927.
La oposición “de derechas”, que se mostró más prudente, fue derrotada pocos años después sin necesidad de recurrir a un enfrentamiento abierto. Stalin surgió de todos estos conflictos no sólo como el líder indiscutido del Partido Comunista de la Unión Soviética, sino también como objeto de un culto bien orquestado cuyo inicio puede fecharse en la celebración de su quincuagésimo aniversario en 1929. La policía secreta amplió su poder y sus competencias para poder manejar las masivas deportaciones de los kulaks y llevar a cabo otras operaciones punitivas, y esos años también contemplaron el regreso de la vieja práctica zarista del exilio administrativo y la instauración del imperio de campos de trabajo del Gulag.

El aislacionismo fue un símbolo del Primer Plan Quinquenal. Se trataba de una regresión a la época de la guerra civil, de 1918 a 1920, en el que el joven Estado soviético había quedado aislado debido a la hostilidad de las principales potencias occidentales y a su propia intransigencia.

Durante la NEP, pese monopolio estatal sobre el comercio exterior q

ue Lenin defendía con ardor, los contactos económicos y culturales con el mundo exterior revivieron, si bien de forma limitada, y existía un tráfico reseñable en las fronteras soviéticas.
Pero el gran temor la guerra que sobrevino en 1927 modificó el clima y el gobierno decidió poco después situar al país en una situación de “pre-movilización”, en la que permaneció a lo largo de los años treinta. A partir de este momento, las fronteras soviéticas estaban cerradas al tráfico, tanto de personas como de bienes, con escasas excepciones y la Unión Soviética manifestó su intención de lograr “la autarquía económica” A corto plazo, este movimiento tuvo el efecto beneficioso, si bien accidental de evitar que la URSS sufriera los efectos la Gran Depresión

(N DEL T. COSAS DEL CAPITALISMO, SEGURO QUE EN LOS PAÍSES AFECTADOS POR LA GRAN DEPRESIÓN NO HABÍA ESCASECES BTW, QUE LA CHUPEN)

Sin embargo, a largo plazo se fijó el escenario de una retirada hacia un aislacionismo provinciano y suspicaz que en cierto sentido recordaba a la Rusia Moscovita del siglo XVI.

(DIOS SABE QUE NO TENÍAN RAZONES PARA LA SUSPICACIA, PANDA PARANOICOS)

Ese aumento de la suspicacia frente a los enemigos extranjeros en tal periodo fue emparejado con un agudo ascenso de la hostilidad hacia los “enemigos de clase” domésticos: kulaks, curas, miembros de la nobleza pre-revolucionaria, antiguos capitalistas y otros grupos de personas cuya clase social, les convertía, desde la perspectiva comunista, en enemigos naturales del Estado Soviético

(COMO DIRÍA OBELIX, ESTÁN LOCOS ESTOS BOLCHEVIQUES, MIRA QUE NO PENSAR QUE LOS CURAS, LOS CAMPESINOS RICOS, LA NOBLEZA Y LOS ANTIGUOS CAPITALISTAS SERÍAN AMIGUETES NATURALES DE SU “RÉGIMEN”, EN EL CAPITALISMO NO SE CONSIDERA A LOS COMUNISTAS, ANARQUISTAS, SINDICATOS NO ALINEADOS Y TAL COMO ENEMIGOS DEL RÉGIMEN, Y NO SE TOMAN MEDIDAS CONTRA LOS CONTESTATARIOS, ESPECIALMENTE EN LA PERIFERIA CAPITALISTA)

Pero la estigmatización de los enemigos de clase ya tenía una larga historia. La Constitución de la República Rusa de 1918, privaba a diversas categorías de “no trabajadores”, los antiguos explotadores, del derecho de sufragio, y estas personas también estaban sometidas a una serie de medidas que limitaban sus derechos civiles, como la exclusión del acceso educación superior e impuestos extras.

(COÑO, EL MUNDO AL REVÉS, LO NORMAL Y LO JUSTO Y LO DE TODA LA VIDA ES LO CONTRARIO)

A pesar de los esfuerzos de los dirigentes del partido durante la NEP de “no avivar las llamas de la guerra de clase” los militantes comunistas de base eran siempre partidarios de políticas que discriminaban a la gente “de antes”, miembros de las antiguas clases privilegiadas, y que favorecían a los obreros, la nueva “clase dictadora”. Estos instintos quedaron completamente desembridados en el periodo del Primer Plan Quinquenal.

(REPRIMIR A LOS OBREROS BIEN. REPRIMIR A LAS ÉLITES, MAL)

Otro rasgo de este periodo fue la tumultuosa “revolución cultural” en la que los miembros de la intelectualidad pre-revolucionaria, conocidos como “especialistas burgueses”, fueron blanco principal de los ataques comunistas. Lenin y otros dirigentes habían insistido en que el Estado necesitaba los conocimientos de los especialistas, si bien bajo estrecha supervisión de los comunistas. Pero este planteamiento cambió dramáticamente en la primavera de 1928, cuando un grupo de ingenieros de la región de Sajty en el Donbass fue acusado de “sabotaje” (que significaba causar un perjuicio intencionado a la economía soviética) y de vínculos traidores con los capitalistas y con los servicios de inteligencia extranjeros. El proceso de Sajty, el primero de una serie de procesos espectáculo, anunció una nueva ola de arrestos de ingenieros y, en menor medida, de otros profesionales.

Pero la revolución cultural poseía también un innegable componente de “discriminación positiva”. Al anunciar la necesidad urgente de que la Unión Soviética dispusiera de su propia intelectualidad “obrera” y campesina, que reemplazara a la intelectualidad burguesa heredada del antiguo régimen, Stalin comenzó un gigantesco programa para que los trabajadores, los campesinos y los jóvenes comunistas pudieran acceder a la educación superior, especialmente técnica, de modo que pudieran prepararse para realizar las tareas de dirección en la nueva sociedad.
Ese impulso interno para “proletarizar” la intelectualidad duró unos pocos años tan solo, pero su impacto fue duradero. Sus beneficiarios consiguieron un ascenso extraordinariamente rápido durante las Grandes Purgas. No sólo eran un grupo fundamental compuesto de profesionales e ingenieros, sino que constituyeron una notable élite política, de larga duración, la llamada “generación de Brezhnev”, cuya disfrute del poder comenzó en los años inmediatamente anteriores a la guerra y continuó durante casi medio siglo.

Pero no eran sólo los futuros Brezhnevs, los que ascendían en la escala social en ese momento. Muchos de los burócratas semianalfabetos, de bajo nivel, cuya ineptitud y auto-satisfacción eran criticados con regularidad en Pravda y que eran igualmente objeto de mofa en la revista satírica Krokodil, eran asimismo beneficiarios de esta discriminación positiva. Toda la burocracia soviética estaba repleta de gente inexperta, sin la preparación adecuada para su trabajo. En algunas ramas, como el comercio exterior, no solo los funcionarios, sino también las propias corporaciones y agencias estatales estaban sometidas a grandes presiones para aprender su trabajo sobre la marcha y con rapidez.

Las filas de los trabajadores, como las de los gerentes, estaban repletas de reclutas “soldados rasos”. Únicamente durante el Primer Plan Quinquenal, más de diez millones de campesinos emigró a las ciudades para convertirse en asalariados. Esta migración masiva provocó una crisis de vivienda de proporciones ciclópeas. Como otros tipos de escasez, se convirtió en un rasgo permanente de la vida soviética, con familias hacinadas durante décadas en apartamentos comunales con una sola habitación, con cocinas compartidas y (si tenían suerte) baños compartidos. Durante la hambruna, cuando el flujo de inmigrantes a las ciudades resultó imposible de gestionar, el Estado instauró pasaportes interiores por vez primera después de la Revolución e implantó un sistema de permisos de residencia urbanos.

Ambos estaban administrados por el OGPU (la policía secreta, precursora de la NKVD) lo que engendró una nueva dimensión del control de los movimientos de los ciudadanos que complicó extraordinariamente la vida a mucha gente.

Stalin declaró en 1935, que “la vida ha mejorado, la vida se ha vuelto más dichosa”. Esto marcó una cierta relajación, que algunos vieron, con demasiado optimismo, como un regreso parcial al espíritu de la NEP. No se revocó ninguna de las principales iniciativas políticas sustantivas del Primer Plan Quinquenal, como la colectivización y la proscripción de la iniciativa privada y el comercio, pero había cierta relajación en los márgenes y una suavización de la retórica anti-comercial. Se anuló el racionamiento (prematuramente, en opinión de algunos trabajadores que no se podían permitir los nuevos precios “comerciales”). La “intelectualidad burguesa” fue rehabilitada, pasando, de forma circunspecta, a una situación de privilegio en una sociedad en la que las recompensas materiales cada vez eran más desigualess. La nueva constitución de Stalin de 1936 proclamaba un cúmulo de derechos civiles de los ciudadanos soviéticos, incluyendo libertad de reunión y manifestación y de expresión, pero no acabó siendo más que letra muerta.

La vida fue más cómoda durante los “tres años buenos” de 1933 a 1936, de lo que había sido durante el primer plan quinquenal. Pero eso no es decir mucho, puesto que lo que había precedido a esos años había sido la hambruna y la crisis industrial. El primero de los años buenos fue ensombrecido por la reciente hambruna, y el tercero, 1936, padeció una cosecha tan mala, que se veían largas colas para comprar pan en las ciudades y rumores aterrorizados sobre una nueva hambruna. En la memoria popular, ciertamente, el único año realmente bueno de los años 30 en Rusia parece haber sido 1937, irónicamente el primer año de las Grandes Purgas, cuando la cosecha fue la mejor de la década y en las tiendas sobraba comida.
Desde el punto de vista político, asimismo, había problemas. A finales de 1934, justo antes de la revocación del racionamiento y del eslogan “la vida es mejor ahora”, el líder del partido en Leningrado Sergei Kirov fue asesinado. Se trató del incidente político más impactante de la década, comparable en la historia americana con el asesinato del presidente Kennedy en 1964. Aunque nunca se ha demostrado una conspiración y el asesinato bien puede haber sido un acto aislado de un hombre descontento, mucha gente creía (y sigue creyendo) que fue resultado de una conspiración. Stalin apuntó con el dedo a los antiguos líderes de la oposición de izquierdas, Lev Kamenev y Grigorii Zinoviev, que fueron procesados por complicidad en el asesinato, siendo condenados a muerte en el segundo proceso en agosto de 1936. Otros han apuntado a Stalin.

El terror, en su acepción de violencia estatal fuera ilegal desencadenada contra ciertos grupos y ciudadanos seleccionados al azar, se empleó con tanta frecuencia que debe considerarse como una característica sistémica del Estalinismo en los años treinta.

Los Kulaks, los curas, los nepistas (el término con el que se designaba a los empresarios privados durante la NEP) y los “especialistas burgueses” fueron las víctimas predilectas a principios de la década, y la “gente de antes” fue colocada en el punto de mira después de la muerte de Kirov. Pero el episodio más espectacular del terror fue, sin la menor duda, la Gran Purga del año 1937-1938, que se abordará con detalle en el último capítulo. Desde el punto de vista cuantitativo, el alcance de este terror no fue muy diferente del empleado contra los kulaks durante su “erradicación como clase”. Lo que hizo mayor su impacto, al menos por lo que a la población urbana tocaba, fue que las élites, incluyendo la élite comunista, lo padeció de forma desproporcionada. A pesar del foco en la élite, sin embargo, existía igualmente un importante componente aleatorio en este terror. Cualquiera podía ser puesto en evidencia como “enemigo del pueblo”; los enemigos, como las brujas en los tiempos más tempranos, no llevaban marcas externas manifiestas.

_________________
Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


Arriba
 Perfil Email  
 
 Asunto: Re: La vida cotidiana en el estalinismo.
NotaPublicado: Jue Feb 23, 2017 10:09 pm 
Desconectado
Camarlengo
Avatar de Usuario

Registrado: Vie Dic 28, 2012 10:37 pm
Mensajes: 23903
Ubicación: Por ahí, de tapaculos
Veo que es una edición comentada.

:lol:

_________________
Puta España. Referéndum o muerte.


Arriba
 Perfil Email  
 
 Asunto: Re: La vida cotidiana en el estalinismo.
NotaPublicado: Jue Feb 23, 2017 10:19 pm 
Desconectado
Más Feliz que una Perdiz
Avatar de Usuario

Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
Mensajes: 68703
Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
Sí, pero ahora va estando mucho más mejor, que le he dado otra vuelta. :D

_________________
Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


Arriba
 Perfil Email  
 
 Asunto: Re: La vida cotidiana en el estalinismo.
NotaPublicado: Vie Feb 24, 2017 3:23 pm 
Desconectado
Más Feliz que una Perdiz
Avatar de Usuario

Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
Mensajes: 68703
Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
El temor al enemigo exterior que caracterizó a la URSS durante los años veinte y treinta, incluyendo aquellos periodos en los que los observadores exteriores no advertían ninguna amenaza significativa, formaba parte de la dinámica de las Grandes Purgas, especialmente la purga del Mariscal Tujachevsky y otros altos mandos militares (acusados de ser espías alemanes) y en las confesiones de los acusados en los juicios espectáculo de 1937 y 1938. Se sostenía que en sus actividades antisoviéticas, se habían conchabado con servicios de inteligencia extranjeros, especialmente alemanes y japoneses.

Mientras la antigua legión de líderes y administradores comunistas era liquidada en las Grandes Purgas, iba entrando en la escena una nueva generación, en gran parte beneficiaria de los programas de discriminación positiva comenzados a en esa década.

Cualesquiera que fueran los méritos reales, al menos a largo plazo, de esta generación, a finales de los años treinta no eran más advenedizos inexpertos que hacían lo que podían por volver a poner en pie un sistema económico y administrativo que había sufrido un gran perjuicio como consecuencia de las Grandes Purgas.

La guerra, largo tiempo temida, era ahora realmente inminente, pero el Ejército Rojo se hallaba sumido en la confusión, no sólo por las pérdidas de las Purgas sino porque estaba pasando por un proceso de expansión acelerada y de reciclaje como un ejército profesional y permanente.

El viraje en las políticas de finales de los años treinta que merece atención por su impacto en la vida cotidiana consistió en el endurecimiento de la disciplina laboral, con las leyes aprobadas en 1938 y 1940 que consagraban sanciones más duras frente al absentismo y la impuntualidad. Aunque ya existía un código laboral de 1932 que contemplaba severas medidas disciplinarias, se hacía más honor a su quebrantamiento que a su observancia.

Las nuevas leyes eran más rigurosas, y la de 1940 contemplaba el despido y la imposición de penas tipificadas en el código penal para cualquier obrero o empleado que llegara 20 minutos tarde al trabajo. Dada la poca fiabilidad del transporte público, y ya no digamos de los relojes soviéticos de la época, esto situaba en grave riesgo a todo empleado y dio lugar a un amplio resentimiento de la población de las ciudades.

Por lo que respecta a los asalariados corrientes, el impacto de la nueva legislación laboral fue probablemente mucho mayor que el de las Grandes Purgas, o ciertamente que cualquier otro suceso, incluida la aguda escasez de alimentos y el acusado descenso del nivel de vida que se había dado antes.

Anécdotas.

La gente se hace una composición de lugar sobre su vida por medio de relatos. Estas historias cobran sentido a partir de los datos dispersos de la vida ordinaria, aportando un contexto e imponiendo un cierto patrón que manifiesta de dónde ha venido uno y a dónde va. En teoría, el posible alcance de las anécdotas es tan enorme como enorme es la imaginación humana, pero en la práctica es mucho más reducido.

La mayoría de la gente internaliza historias que constituyen el acervo común de una sociedad dada en una época dada. La finalidad de esta sección es ofrecer al lector algunas de esas anécdotas del “acervo común” que servían a los ciudadanos soviéticos como método de interpretación de sus vidas, tanto a nivel individual como colectivo.
En la URRS de los años treinta, el régimen estaba muy interesado en dar forma a esas historias. Ese era el cometido de la agitación y la propaganda, una rama fundamental de la actividad del Partido Comunista.
Para los fines de esta obra, sin embargo, resulta menos importante de dónde provienen las anécdotas que lo que nos cuentan sobre el pasado, el presente y el futuro y sus vínculos recíprocos.

Una de las historias que se difundió más ampliamente en los años treinta puede llamarse “El Radiante Futuro”, denominada así por el libro de Aleksandr Zinoviev de título homónimo.

En esta historia, el presente era el tiempo en el que el futuro, el socialismo, se estaba construyendo. De momento habría que afrontar sacrificios y penalidades. Después vendría la recompensa. Según esa historia, el pueblo soviético debería tener confianza en esa recompensa futura debido a su conocimiento de las leyes históricas, según el materialismo dialéctico como Marx lo había presentado. En la revolución de octubre de 1917, el proletariado, encabezado por los bolcheviques, había derrocado a los explotadores capitalistas, y a la nobleza, que había sumido a la mayoría en pobreza y privaciones al concentrar la riqueza y los privilegios. El socialismo era el resultado predeterminado de la revolución proletaria.

Esta predicción estaba siendo visiblemente cumplida en los años treinta con el impulso industrializador y la eliminación de las pequeñas empresas capitalistas, que estaba poniendo los cimientos del socialismo. Al abolir la explotación y los privilegios al tiempo que se incrementaba la productividad y los bienes de equipo y consumo, el socialismo acabaría, al cabo, trayendo la abundancia que haría aumentar el nivel de vida de todos. Por lo tanto, si el presente dejaba mucho que desear, era cierto y seguro un futuro radiante.

Ese conocimiento del futuro poseía implicaciones para la comprensión del presente.

Una persona que no conociera las “leyes de la historia” podría observar la vida soviética y no ver más que miserias y penalidades, sin comprender que eran necesarios sacrificios temporales para construir el socialismo. Se instó a los escritores y artistas a cultivar un sentido del “realismo socialista”, que comprendería la vida como iba a llegar a ser en vez de como era, y que no cayeran en un realismo literal o naturalista.

Pero el realismo socialista era una mentalidad estalinista y no sólo un estilo artístico. Los ciudadanos corrientes también desarrollaron esa capacidad de ver las cosas en transformación y en su aspecto futuro y no presente. Una zanja vacía era un canal que se estaba construyendo. Un espacio vació con viejas casas derruidas y una Iglesia en mal estado, lleno de basura y malas hierbas, se convertiría en un día en un hermoso parque.

En su forma más cruda, el “realismo socialista” era difícil distinguir del engaño más descarado, como era el caso de la creación de “aldeas Potemkin” donde detrás de la fachada no había nada.

Durante la hambruna, por ejemplo, la prensa pintaba las granjas colectivas como lugares donde reinaba la felicidad y la prosperidad, con alegres campesinos congregándose alrededor de mesas opulentas, bailando y cantando por la noche al son del acordeón.

Otra historia, propagada por el régimen, pero aceptada por muchos ciudadanos, se podría denominar “La Huida del Atraso”. En esta historia, que mostraba el presente en relación con el pasado, más que con el futuro, la URSS estaba superando el legado de atraso de la Rusia Zarista. El atraso, según una definición del diccionario soviético de 1938, era una “deficiencia de desarrollo”, que quedaba ilustrado por la frase “La Gran Revolución de Octubre liquidó el secular atraso de nuestra nación”.

Se trataba de una frase en exceso optimista: quedaba mucho por hacer para liquidar el atraso y en los años treinta era más un proyecto en marcha que la realidad.
El atraso de la Rusia imperial (como se entendía en los años treinta) tenía muchas dimensiones.

Económicamente, llegó tarde a la industrialización y su agricultura era primitiva técnicamente. Militarmente había sufrido humillantes derrotas en la Guerra de Crimea de 1850, la Guerra con los Japoneses en 1904-5, y la Primera Guerra Mundial.

Socialmente, sus ciudadanos aún estaban vinculados a la tierra, como en Europa Occidental en la Edad Media, y los campesinos habían sido sometidos a la servidumbre hasta 1861. Culturalmente, la alfabetización y el nivel educativo de la población eran muy bajos en comparación con Europa Occidental. La URSS, por lo tanto, estaba superando el atraso industrializándose a marchas forzadas y modernizando la agricultura campesina.

La modernización militar tenía la premisa necesaria de la industrialización, en particular en el montaje de una industria de defensa. El país se estaba consagrando con todas sus energías a lograr la alfabetización y la educación universal durante 7 años. Sus ciudadanos, que ya no pertenecían a estamentos, tenían iguales derechos según la constitución de 1936.

En esta historia, el contraste entre el “entonces” y el “ahora” era muy importante. “Entonces” ni los hijos de los obreros ni de los campesinos en general podían soñar con una educación superior; ahora podían ser ingenieros. Los campesinos habían sido explotados por señores feudales; ahora se habían ido y eran dueños colectivos de la tierra. Los trabajadores habían sufrido malos tratos por parte de sus patronos; ahora ellos mismos eran sus patronos. Entonces la gente había sido engañada por los curas y abotargada por el opio religioso: ahora sus ojos se habían abierto a la ciencia y la ilustración.

Aunque el atraso era un problema para la URSS en su conjunto, algunas personas obviamente estaban más atrasadas que otras. La URSS era un Estado multiétnico y multinacional, pero la “amistad entre los pueblos” que vinculaba a sus diferentes grupos étnicos se representaba con frecuencia en términos del hermano mayor, la Rusia Soviética, que con paternalismo dirigía y aleccionaba a sus hermanos pequeños.

Los pueblos musulmanes del Asia Central Soviética y los pastores de renos, la “pequeña gente” del norte, considerados como los más atrasados de la Unión, se veían como beneficiarios arquetípicos de la misión civilizadora soviética, que tenía una vena de idealismo que era tanto rusa como comunista. Pero la etnicidad no era el único determinante del atraso.

Los campesinos estaban atrasados en comparación con los habitantes de las ciudades. Las mujeres también, en términos generales, comparadas con los hombres. La misión civilizadora soviética estaba elevando el nivel cultural de estos grupos atrasados.
La última de las narrativas que informaban el pensamiento soviético, puede denominarse, en las palabras de una canción popular: “Si el Mañana trae la Guerra”.

Esta posibilidad nunca se descartó completamente ni por la gente común ni por la dirigencia en 1930. El temor a la guerra se fundamentaba tanto en la experiencia como en la ideología. También en la experiencia de la guerra con Japón en 1904-1905, de la Primera Guerra Mundial (interrumpida por la revolución en Rusia, lo que suponía que en la memoria popular no existiera una concepción de la misma como un episodio cerrado), y de la Guerra Civil, en la que numerosas potencias extranjeras habían intervenido apoyando al bando de los Blancos. Ideológicamente, la premisa era que las naciones capitalistas que rodeaban a la URSS nunca aceptarían la existencia del primer y único Estado socialista del mundo. El capitalismo y el socialismo representaban principios radicalmente opuestos que no podían coexistir.

Los capitalistas intentarían derrocar a la URSS tan pronto como se presentara una buena ocasión, tal como habían hecho en la Guerra Civil.

La guerra, por tanto, era algo muy probable si es que no inevitable, la última prueba de la fortaleza de la sociedad soviética y del compromiso de sus ciudadanos. El presente, en este cuadro, era un momento de respiro “antes de que comienza la nueva lucha con el capitalismo”. Si la URSS lograba sobrevivir en esta “última y decisiva batalla”, (En palabras de la Internacional, conocidas por todo escolar ruso) dependería de la medida de los avances logrados en la construcción del socialismo, y esos avances del socialismo se manifestaban de la forma más concreta posible, como el número de nuevas industrias siderúrgicas, fábricas de tractores y carros de combate, presas hidroeléctricas y kilómetros de ferrocarriles y carreteras.

El motivo de la guerra era constantemente abordado en la prensa, que contribuía con detallados análisis de la situación internacional, haciendo particular hincapié en el régimen nacional-socialista en Alemania, en la ocupación japonesa de Manchuria, en la posibilidad de que los fascistas se apoderaran de Francia y en la Guerra Civil Española como un lugar donde confrontaban fuerzas “democráticas” y “reaccionarias”.

Las políticas estatales se basaban en gran medida en el peligro de una guerra y en la preparación para la misma. El motivo del programa acelerado de industrialización, como subrayó Stalin, es que sin recurrir a la misma, la nación resultaría vulnerable frente a sus enemigos y “se hundiría” en 10 años. La finalidad de las Grandes Purgas, tal y como fueron descritas por los propagandistas de esos días, era erradicar del país a los traidores, a los mercenarios y a los enemigos de la URSS, que la traicionarían cuando la guerra comenzase. También el pueblo prestaba atención a esta cuestión: en una sociedad que vivía de rumores, los más frecuentes estaban relacionados con todo lo que correspondía a la guerra y a sus probables consecuencias.

_________________
Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


Arriba
 Perfil Email  
 
 Asunto: Re: La vida cotidiana en el estalinismo.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 1:48 pm 
Desconectado
Más Feliz que una Perdiz
Avatar de Usuario

Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
Mensajes: 68703
Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
Una Nota sobre la Clase.

Las clases sociales en la URSS, en la acepción marxista de grupos sociales ligados por una conciencia compartida y por su relación con los medios de producción, no ha sido analizada en la práctica.

Esto puede parecer insólito, teniendo en cuenta que, después de todo, se trataba de un régimen que se definía a sí mismo como “dictadura del proletariado” y que abrazaba una ideología marxista basada en el análisis de clase.

Esta terminología era omnipresente, “kulaks”, “especialistas burgueses”, “enemigos de clase”, “guerra de clases”. Además, generaciones enteras de académicos soviéticos han empleado la idea de clase en esta acepción como marco analítico básico. En el uso soviético, el término para la vida cotidiana, byt, aparecía rara vez sin un calificativo de clase, “vida de la clase obrera”, “vida campesina”, “vida nómada” y así sucesivamente.

El trabajo más clásico sobre la vida diaria soviética, escrito por expertos americanos en un marco analítico no marxista, se valía igualmente de las categorías de clase convencionales que obraban en las estadísticas soviéticas de pre-guerra: trabajadores, campesinos e intelectualidad. ¿Por qué, por lo tanto, hacemos, tal vez imprudentemente, caso omiso del concepto de clase en esta obra como unidad analítica fundamental?
Parte de nuestras razones son meramente pragmáticas: estamos interesados en las experiencias y prácticas comunes del conjunto de la población urbana, y no sólo de parte de la misma. Esta es la razón por la que las relaciones laborales, una parte de la vida cotidiana que varía en gran medida en función de la ocupación no es un tema principal en este estudio.

Existen otras razones para ser cauto en el empleo del concepto de clase como categoría objetiva de la vida soviética. En primer lugar, “La Gran Revolución Proletaria” de octubre tuvo el efecto paradójico de desclasar a la sociedad soviética, al menos a corto plazo.

Se expropió a las viejas clases privilegiadas. Millones de ciudadanos sufrieron desarraigo perdiendo sus anclajes sociales. Incluso en el caso de la clase obrera industrial, orgullo y satisfacción de los bolcheviques, durante la Guerra Civil los obreros regresaron a sus aldeas nativas o fueron a prestar servicio en el Ejército Rojo.

El intervalo de la NEP permitió una reforma de la clase obrera, en tanto que igualmente comenzaron a solidificarse nuevas estructuras sociales. Posteriormente sobrevinieron las confusiones generadas por el Primer Plan Quinquenal y la Colectivización, que volvieron a desarraigar a millones de personas, “liquidando” clases enteras, instigando un enorme flujo campesino a las ciudades. Todo ello llevó aparejado una considerable movilidad social ascendente para la vieja clase obrera. Esto en realidad un segundo desclasamiento, que aconteció cuando únicamente había transcurrido una década después del primero.

En segundo lugar el apego bolchevique a la idea de clase, y el empleo político que se le daban a la misma, hizo que se desvirtuara como categoría sociológica.
Para los bolcheviques, los proletarios eran aliados y los burgueses enemigos. El nuevo régimen implantó una discriminación sistemática por motivos de clase en todo tipo de contextos relevantes para la vida cotidiana: educación, justicia, alojamiento, raciones, etc.

El derecho de sufragio quedaba reservado en exclusiva para las clases “trabajadoras”. Un joven obrero poseía el el privilegio de poder acceder a la educación superior, al Partido Comunista y otras ventajas, mientras que el hijo de un noble o un cura tenía que sufrir trabas y restricciones en sentido contrario. Lo que esto significaba, por tanto, era que la gente de extracción social “maldita” tenía mucho interés en ocultar su origen de clase y en hacerse pasar por un proletario o un campesino pobre. LO DICHO, EL MUNDO AL REVES

Para complicar más las cosas, el Partido Comunista se definía a sí propio como “La Vanguardia del Proletariado”. Esto significaba que los conceptos de “proletario” y “bolchevique” (“comunista”) quedaron aglutinados sin remisión.

El término “proletario” pronto vino a significar lealtad política y corrección ideológica, y no tanto clase social. Los términos “burgués” y “pequeño burgués”, de manera análoga, se convirtieron en vocablos omnicomprensivos que denotaban escasa fiabilidad política y herejía ideológica de las personas.
Por supuesto que la idea de clase era importante en la sociedad soviética. Pero no era importante en el sentido que cabría esperar, por ejemplo, como fundamento de la organización social y política o como herramienta de la acción colectiva. Los sindicatos, la principal forma de organización de la clase obrera, fueron reducidos a la impotencia durante el Primer Plan Quinquenal, cuando perdieron toda capacidad y el derecho a defender sus intereses laborales frente a los gerentes. Su papel principal en 1930 fue el de administrar prestaciones tales como pensiones, bajas por enfermedad y vacaciones.

Fueron igualmente ahogadas o abolidas otras modalidades de asociación voluntaria, abolidas, o en el mejor de los casos se hallaban sometidas a un estricto control estatal.

La principal manera en la que la idea clase resultaba se manifestaba en la sociedad soviética se daba como un sistema de clasificación estatal que fijaba los derechos y deberes de diferentes grupos de ciudadanos. Al hacer énfasis en la clase, se daba otra paradoja, pues el régimen había logrado revisar de hecho el viejo y despreciado sistema estamental, en el que tus derechos y privilegios dependían de si se te clasificaba legalmente como noble, mercader, clérigo o campesino.

En el contexto soviético, la “clase” (en su significado de posición social) era un atributo que definía la relación de una persona con el Estado. La posición social de un ciudadano se hacía constar en su pasaporte, junto con su nacionalidad, edad y sexo, del mismo modo que la posición estamental figuraba en los pasaportes de la época zarista.

Los campesinos pertenecían a un “estamento” Estalinista que no tenía derecho a pasaportes, aunque, en contraposición a los “estamentos” ciudadanos, sus miembros tenían derecho a comerciar en los mercados de las granjas colectivas. Los miembros de la nueva “nobleza de servicio” gozaban de una serie de variados privilegios, como el acceso a economatos y tiendas de productos de lujo, dachas, y el empleo de coches del gobierno provistos de chófer.
Las relaciones entre las clases eran relativamente poco importantes en la sociedad estalinista. Lo que importaba era la relación con el Estado, en particular con el Estado en tanto que distribuidor de bienes en una economía que en general padecía una crónica escasez. Eso nos lleva a la paradoja final del concepto de clase en la sociedad Estalinista.

En la teoría marxista, el aspecto que resulta crucial es la posición que ocupa una persona frente a los medios de producción: hay una clase de propietarios, y una clase de trabajadores asalariados que sólo pueden vender su fuerza de trabajo para sobrevivir.

En el contexto soviético el Estado era el titular de los medios de producción. Dependiendo de la interpretación de cada uno, esto puede significar bien que todos se habían convertido en propietarios, bien que todos formaban parte de un proletariado explotado por el Estado-Patrón.

Pero esta cuestión implicaba que ya no resultaba válido el concepto de “relaciones de producción” como fundamento significativo de la estructura de clase en la sociedad urbana soviética. De hecho, las jerarquías sociales significativas en los años 30 no se basaban ya en la producción como en el consumo.

El estatus de “clase” en el mundo real dependía de si una persona poseía un mayor o menor acceso a una serie de bienes, que a su vez se hallaba en función del grado de derechos o privilegios reconocidos por el Estado.

Tenemos que efectuar una advertencia sobre el alcance de este trabajo. Su materia es la vida cotidiana en Rusia, no en la URSS, y el periodo temporal que se aborda son los años treinta, no la totalidad de la época Estalinista. Aunque creemos que los patrones aquí descritos se encontrarán con frecuencia en otras regiones no rusas y en las distintas repúblicas de la URSS, existen igualmente variantes significativas. Una advertencia similar debe hacerse con respecto al periodo de posguerra. Persistieron los patrones de la vida cotidiana, y ciertamente, iban a persistir en diversas manifestaciones hasta el final de la URSS, pero la Segunda Guerra Mundial también conllevó significativos cambios, de modo es posible extrapolar de forma sencilla la experiencia de los años treinta a los años cuarenta y cincuenta. Por último, debe señalarse que este es un estudio de la vida urbana, no rural. Esta última se aborda en mi obra “Los Campesinos de Stalin” (1994)

_________________
Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


Arriba
 Perfil Email  
 
 Asunto: Re: La vida cotidiana en el estalinismo.
NotaPublicado: Mar Mar 07, 2017 3:25 pm 
Desconectado
Más Feliz que una Perdiz
Avatar de Usuario

Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
Mensajes: 68703
Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
Capítulo Primero. El Partido siempre tiene razón.

Pocas historias de la vida cotidiana dan inicio con un capítulo que trate del gobierno y la burocracia. Pero es una de las peculiaridades de nuestro objeto de estudio, es que el Estado nunca puede quedar aparte, por mucho que lo intentemos.

Los ciudadanos soviéticos que intentaban vivir con normalidad se estaban enfrentando continuamente al Estado en alguna de sus diversas vertientes. Sus vidas quedaban profundamente afectadas por las políticas comunistas; funcionarios arbitrarios, administrativos y vendedores ponían constantemente a prueba su estado de ánimo.

Todos ellos trabajaban para el Estado. Esto constituía el contexto omnipresente de la vida cotidiana Soviética; no había manera de escapar de él. Por lo tanto nuestra narración comienza con una visión general del régimen Estalinista y de sus prácticas e instituciones, en particular del estilo de gobernar del Partido Comunista y de su mentalidad.

A finales de los años veinte, el punto de partida convencional para el periodo Estalinista, el régimen soviético había estado en el poder poco más de una década. Sus dirigentes se consideraban aún revolucionarios y también se comportaban como tales. Pretendían transformar y modernizar la sociedad rusa, un proceso que denominaban “la construcción del socialismo”.

Como creían que esta transformación revolucionaria favorecería a largo plazo los intereses de la población, estaban dispuestos a imponerla por la fuerza, incluso cuando, como ocurrió con la colectivización, la mayoría de la población afectada se opuso claramente a la misma. Explicaban la resistencia popular como consecuencia del atraso, los perjuicios y los temores de masas no ilustradas. El sentido comunista de su misión y de su superioridad intelectual era demasiado importante como para permitir que cambiara la opinión de la mayoría lo modificara.

En esto no se diferenciaban de otros revolucionarios pasados, ¿pues qué revolucionario, digno de ese nombre, ha reconocido jamás que la “voluntad popular” difiere a veces de la voluntad que ha asumido él en su misión en pro del pueblo?

El atraso era una palabra trascendental en el léxico soviético comunista: representaba todo lo que pertenecía a la antigua Rusia y que debía ser transformado en nombre de la cultura y del progreso.

La religión, una forma de superstición, era atraso. Las técnicas campesinas tradicionales eran atrasadas. El comercio privado a pequeña escala era atrasado, por no decir pequeño-burgués, otro término predilecto para insultar a alguien.

Era tarea de los comunistas transformar la sociedad agraria, atrasada y pequeño-burguesa de Rusia en un gigante socialista, urbanizado e industrializado que dispusiera de tecnología moderna y asimismo de una fuerza de trabajo alfabetizada y cualificada.
Pero con toda la dedicación del partido a la modernización, el modo de gobierno comunista soviético en los años treinta estaba definitivamente adquiriendo algunos rasgos neo-tradicionales que pocos hubieran vaticinado en 1917. Un ejemplo obvio era la evolución de la dictadura “proletaria” del Partido en algo muy parecido a un gobierno personal autocrático de Stalin ejercitado mediante el Partido Comunista y la Policía Secreta.

A diferencia de los nazis, los comunistas soviéticos no tenían un concepto de “líder”, pero cada vez más tuvieron una práctica de “líder”. Parte de lo que Jrushev llamaría después “el culto a la personalidad” de Stalin reflejaba el estilo contemporáneo de presentación de los dictadores fascistas, Mussolini y Hitler, pero en otros aspectos el culto, o la recepción del público ruso del mismo, tenía más en común con la tradición rusa de “nuestro padrecito el Zar” que con cualquier otro aspecto de la moderna Europa Occidental. La imagen de Stalin, “el padre de los pueblos” estaba adquiriendo claros tintes paternalistas en los años treinta.

Ese paternalismo no se limitaba a Stalin. Los funcionarios regionales del partido de jerarquía inferior también lo practicaban, recibiendo y respondiendo a muchas humildes peticiones de súbditos obedientes que apelaban a ellos, con frecuencia en términos increiblemente tradicionales, y a su benevolencia paternal. La retórica oficial acrecentó cada vez más la función protectora del Estado con respecto a sus ciudadanos más débiles y menos desarrollados: las mujeres, los niños, los campesinos y los miembros de los grupos étnicos “atrasados”.

Guerreros Revolucionarios.

El partido era por su propia concepción vanguardia. En los términos de la doctrina marxista, esto significaba la vanguardia del proletariado, de la clase de obreros industriales en cuyo nombre el partido había instaurado su dictadura revolucionaria en octubre de 1917. Pero el significado del concepto iba mucho más allá de la clase. Era el marco en el que los comunistas pensaban y justificaban su misión de dirigir la sociedad rusa.
En los años 30, cuando el viejo concepto de la misión revolucionaria estaba adquiriendo cada vez más resonancias de misión civilizadora, el partido comenzó a verse no sólo como una vanguardia política, sino también cultural.

Esto, por supuesto, no resultaba muy convincente a la vieja intelectualidad Rusia, muchos de los cuales tenían a los bolcheviques por bárbaros sin pulir; pero la afirmación de la superioridad cultural del partido parece haber sido aceptada como algo razonable por gran parte del resto de la población.

El concepto de “vanguardia cultural” recibió adicional impuso en 1936, cuando Stalin se apropió del término “intelectualidad” para designar a la nueva élite soviética, de la que los administradores comunistas formaban la mayor parte.

Otro importante aspecto de las pretensiones del partido de ser una vanguardia cultural era su posesión de un conocimiento esotérico, la ideología marxista-leninista. El conocimiento de los fundamentos del materialismo histórico y dialéctico era un prerrequisito de todo comunista. Lo que esto significaba, en la práctica, era la comprensión de la teoría del desarrollo histórico de Marx, que mostraba que la fuerza rectora de la historia era la lucha de clases; el capitalismo debía en última instancia sucumbir en todo el mundo merced a la revolución proletaria, tal y como había ocurrido en Rusia en 1917; y pasado el tiempo la dictadura revolucionaria proletaria conduciría a la sociedad al comunismo.

Para los observadores exteriores, este marxismo “resumido” de la cultura política soviética podía parecer simplista, incluso escolástico.

Para los bolcheviques, se trataba de una cosmovisión “científica” que permitía a sus poseedores redimirse a ellos mismos y a otros del prejuicio y la superstición, y de paso dominar un estilo de debate agresivo caracterizado por el uso generoso del sarcasmo sobre las motivaciones ajenas y la supuesta “esencia de clase” de sus adversarios. La arrogancia y las tautologías, junto con ese innegable vigor polémico, formaban parte de los rasgos más notables del marxismo soviético.

La militancia en el partido y la cultura, elementos preferiblemente unidos, constituía la principal ruta para medrar en la Rusia Soviética. Eso implicaba que la militancia en el partido era un requisito deseable, incluso indispensable para los ambiciosos; como resultado de ello el Partido dedicó grandes esfuerzos a tratar de diferenciar entre los que eran ambiciosos “en el buen sentido”, que significaba que estaban preparados para asumir la responsabilidad de la dirección, y los “arribistas”, que sólo querían los privilegios anejos a ésta.

En los años veinte y treinta, ser admitido en el partido no era cosa sencilla, especialmente para profesionales y trabajadores de cuello blanco. Durante la mayor parte de este periodo, las reglas de reclutamiento en el Partido favorecían sobre todo a aquellos que tuvieran un pasado obrero o de campesino pobre, e igual sucedía con los procedimientos de selección para entrar en la universidad.

Muchos de los que deseaban ingresar en el partido comunista no lograron pasar el complejo proceso de admisión, que implicaba cartas de recomendación, investigaciones sobre la extracción social, un examen de cultura política y demás. Lo mismo se predicaba del Komsomol, y muchos “verdaderos creyentes” se preocupaban por su incapacidad de unirse al grupo.
Como ha señalado el historiador francés Nicolás Werth, “El dificultoso procedimiento de selección reforzó […] el sentimiento profundo de pertenecer a un grupo de elegidos, de formar parte de los que caminaban en la dirección que marcaba la Historia”.

Por supuesto, se dieron cambios importantes en la militancia del partido en el curso de los años treinta. El ideal, al comienzo del periodo de Stalin, era un partido proletario: se animaba a los obreros fabriles a militar en el Partido, mientras que los trabajadores de cuello blanco y los profesionales veían bloqueado el camino. El gran reclutamiento de trabajadores y campesinos del primer Plan Quinquenal hinchó las filas del partido pero introdujo también demasiado lastre. El Partido suspendió las nuevas admisiones en 1933, y comenzó ese mismo año la primera de una serie de “limpiezas” en el Partido.

El Partido sufrió una pérdida sustancial de militantes durante las Grandes Purgas; al mismo tiempo algunos jóvenes comunistas vieron cómo eran impulsados a una velocidad vertiginosa en la escala social para cubrir las vacantes de los que habían sido destituidos como “enemigos del pueblo”.

Cuando se renovaron las admisiones a final de la década, el viejo énfasis proletario había en gran medida desaparecido y se hacía hincapié en la “mejor gente” de la Sociedad Soviética, lo que en la práctica hacía mucho más fácil que entraran profesionales de cuello blanco en el club.

También debemos señalar otro cambio importante. Desde comienzos de los años treinta, la oposición organizada y el debate abierto no existían ya en el Partido.

Los líderes de la oposición de izquierda fueron expulsados del partido a finales de 1927, y esto intimidó lo suficiente a la oposición de derechas de 1928 y 1929 que nunca llegó realmente a reorganizarse.

Después de todo, sólo quedaban unos pocos grupos clandestinos de oposición en fase embrionaria, a los que la OGPU trataba reciamente.

Aunque algunos destacados antiguos opositores se retractaron y por breve tiempo volvieron a ocupar puestos de alto nivel a comienzos de los años treinta, todos los antiguos opositores entendían bien que incluso reuniones puramente sociales entre ellos podrían interpretarse como debates antisoviéticos provocando un rápido castigo. El debate interno en el partido, en consecuencia, se restringió. En los años veinte, el partido disponía de sus propios centros intelectuales, donde cabe destacar la academia comunista y los institutos de catedráticos rojos, instituciones donde el marxismo se tomaba en serio y donde se debatía con un nivel intelectual relativamente elevado.

Los políticos destacados como Bujarin y Stalin disponían partidarios personales entre los jóvenes intelectuales comunistas, cuya militancia y radicalismo quedaron bien acreditados durante la Revolución Cultural. A mediados de los años treinta, sin embargo, la Revolución Cultural había terminado, muchos de sus dirigentes se hallaban desacreditados, y se clausuró la academia comunista.

Esto supuso prácticamente el final del debate político intelectual serio en un marco marxista en la URSS. El intenso interés y la implicación con la que muchos comunistas y miembros del Komsomol habían seguido la alta política y los debates sobre las políticas públicas en los años veinte ya no existía; se había vuelto peligroso interesarse demasiado por la política y por la teoría política.

“Un ejército de guerreros revolucionarios”, así era como el miembro del Politburó Lazar Kaganovich describió al partido en el decimoséptimo congreso de 1934. Esta idea era muy querida por los comunistas, muchos de los cuales aún llevaban armas, recordaban con nostalgia la guerra civil y como Stalin, seguían llevando puesto una especie uniforme militar, con casaca de campaña y botas. Era un partido de hombres de ciudad con un poderoso “ethos” machista: palabras como “lucha”, “pelea”, y “ataque” estaban constantemente en labios de todos.

Durante los años treinta, los comunistas vivían esperando, justificadamente o no, el ataque del extranjero.

El peligro que afrontaba la URSS, desde el punto de vista de Stalin, hacía necesaria una índole de enfática seguridad a la hora de tratar con el mundo exterior. Comentando a Molotov el borrador de una declaración pública sobre asuntos exteriores en 1933 escribió: “Salió bien. Ese tono confiado y despreciativo en relación con las “grandes” potencias, la creencia en nuestra propia fuerza, la forma delicada pero clara en la que hemos escupido en la tetera de esos arrogantes “mandamases”. Todo muy bien. Que se lo traguen”. STALIN ALFA.

Stalin, que pensaba siempre en términos de relaciones entre las grandes potencias, no tenía demasiado interés por una revolución internacional en los años treinta. Pero no era el caso para la generación de jóvenes que habían crecido en los años veinte y treinta, para los que la revolución mundial era fuente de inspiración, algo que se deseaba ávidamente, y que, como sugieren las memorias de Lev Kopelev, estaba vinculada de forma integral con sueños de modernidad y el acceso a un mundo más extenso:
“La revolución mundial era absolutamente necesaria para que triunfara la justicia, pues todas las personas encarceladas en las prisiones burguesas serían liberados, los hambrientos en China y la India serían alimentados, las tierras arrebatadas a los alemanes y el “corredor” de Danzig nos serían devueltos y recuperaríamos nuestra Besarabia […] Y entonces ya no no habrá fronteras, ni capitalistas ni fascistas. Y así Moscú, Járkov y Kiev, serían tan enormes, y tan bien construidas, como Berlín, Hamburgo, Nueva York, de modo que también tendremos rascacielos, calles repletas de automóviles y bicicletas, y todos los trabajadores irán bien vestidos, con sombreros y relojes de pulsera […] y los aviones y los dirigibles enlazarían todo el mundo”.

Para los comunistas de la generación de Kopelev, la cultura era extremadamente importante: ser culto no sólo era una vía para el éxito personal, sino una obligación que uno contraía con el partido. Los comunistas “deben estar estudiando y aprendiendo constantemente, especialmente de las masas”, como dijo a la audiencia el héroe del incendio del Reichstag, Georgii Dimitrov, en el instituto de profesores rojos.
En el mundo real, sin embargo, estudiar en la escuela o en la universidad era más importante que aprender de las masas. Una red de escuelas del partido proporcionaba a los administradores comunistas una mezcla de cultura general y política; además, muchos comunistas fueron “movilizados” para ir a la universidad a estudiar ingeniería, especialmente durante el Primer Plan Quinquenal (Jrushev, Brezhnev, y Kosygin pasaron todos por esta experiencia a principios de los años treinta.

Era deber de un miembro del partido “mejorarse a sí mismo” y elevar su nivel cultural, incluso si no estaba involucrado en un programa de educación formal.
En los niveles inferiores del partido, una de los criterios para ser un buen comunista, era haber abandonado la superstición religiosa. A la inversa, uno de los pecados ideológicos más comunes de un militante del partido era haber permitido que su esposa u otra pariente femenina siguieran siendo creyentes, bautizaran a sus hijos, asistieran a los servicios religiosos, o mantuvieran imágenes sagradas en casa. Los miembros del partido eran interrogados frecuentemente sobre este punto como se ve en este diálogo extraído de una reunión en una célula local:

“-¿Bautizaste a tus hijos?
-La última que fue bautizada en mi familia fue mi hija en 1926.
-¿En qué fecha abandonaste tus creencias religiosas?
-En 1923.
-Por lo que parece aún hay iconos religiosos en tu casa.
-Sí, pero es porque mi suegra no me deja quitarlos”.
FRENTE ANTISUEGRAS DE LIBERACIÓN.

La disciplina y la unidad ocupaban una elevada posición en la lista de valores del partido. Se hablaba de ellas casi en términos místicos incluso en los años veinte; ya en 1924, en el discurso en el que Trotsky concedió la derrota en la lucha por el poder se incluían las palabras “el Partido siempre tiene razón” y “uno no puede tener razón contra el Partido”.

Uno de los acusados en los procesos de las Grandes Purgas señaló en su alegato final que “el vergonzoso ejemplo de mi caída muestra que la más ligera cesura en el partido, la más ligera falta de sinceridad con él, la menor duda en relación con la dirección, con respecto al Comité Central, es suficiente para ubicarle a uno en el campo de la contrarrevolución”.

Los requisitos del centralismo democrático exigían que todo comunista obedeciera sin reservas cualquier decisión de los órganos superiores. El viejo matiz de que el acatamiento sin reservas era exigible una vez que la decisión se había adoptado perdió su fuerza puesto que desapareció la fase de debate público anterior a la decisión del partido.

Existía una escala formalizada de penas para los comunistas que quebrantaran la disciplina del partido, que comenzaba con una advertencia, y que seguía aumentando desde la amonestación hasta la expulsión, lo que significaba la exclusión de la vida púbica y la privación de privilegios como el acceso a tiendas y clínicas especiales.

En la práctica, sin embargo, la escala de los castigos era superior. Ya a finales de los años veinte los miembros de la oposición de izquierdas fueron enviados al exilio administrativo en partes remotas de la URSS, y Trotsky fue deportado.

Durante las Grandes Purgas, años después, la ejecución de los militantes caídos en desgracia como “enemigos del pueblo” se convirtió en moneda común.
La vigilancia, una actitud de alerta y suspicacia, era una parte importante de la mentalidad comunista. Según Dimitrov, un buen comunista debía “manifestar continuamente la mayor vigilancia en relación con los espías y enemigos que pueden infiltrarse en nuestras filas”.

Un comunista que no fuera incesantemente vigilante, es decir, interminablemente suspicaz en relación con sus conciudadanos e incluso con sus camaradas del partido, no estaba cumpliendo con su deber y caía en el “derechismo”. Los enemigos estaban por todas partes, y, lo que era más peligroso, esos enemigos con frecuencia adoptaban disfraces. Un comunista siempre debía estar dispuesto a “desenmascarar” enemigos ocultos y mostrar su “verdadero rostro”.

Como los masones, los comunistas poseían muchos rituales. Eran hermanos y su hermandad era secreta en cierto sentido. Su estatus como comunistas estaba relacionado con su dominio del lenguaje esotérico. Tenían símbolos que adorar, como la bandera roja, y una historia, que incluía un martirologio, que todo comunista tenía que conocer.

Tenían un corpus de textos sagrados, que comprendía las obras de Marx, Engels, Lenin y Stalin, y se pedía de ellos que estudiaran nuevas adiciones al corpus como los últimos discursos de Stalin o las resoluciones trascendentales del Politburó.

Reinaba una atmósfera misteriosa en las formas oblicuas de comunicación del partido, que sólo eran verdaderamente comprensibles para los iniciados, y sus prácticas lingüísticas esópicas. Ser expulsado del partido significaba ser un paria en la comunidad, alguien escindido del proyecto común: en palabras de Bujarin en su proceso: “aislado de todo el mundo, un enemigo del pueblo, en una situación inhumana, completamente aislado de todo lo que supone la esencia de la vida”. “No me llevéis a la desesperación” escribió un comunista amenazado con la expulsión en circunstancias menos extremas, añadiendo este patético alegato final:

“Ahora llega la primavera, la fiesta de primero de mayo. La gente gozará de la vida, de la alegría de vivir, pero yo estaré llorando. ¿Puede derrumbarse todo de este modo? ¿Es posible que me haya convertido en el enemigo del partido, que me ha convertido en lo que soy? No, es todo un error”.

Uno de los rituales principales mediante los que se efectuaba la vigilancia era la purga o limpieza, una revisión periódica de los militantes para erradicar a los indeseables. En el periodo de la Revolución Cultural, se llevaron a cabo purgas similares en los cargos gubernamentales, lo que conllevó otorgar cierta emoción en la rutina burocrática diaria.

Los procedimientos comenzarían con una declaración autobiográfica de la persona verificada, seguida de una interrogación por la comisión de la purga y los miembros de la audiencia. Las preguntas podían abarcar cualquier aspecto de su vida personal y política:

“¿Qué hacía antes de 1917 y durante la Revolución de Octubre? ¿Estuvo en el frente? ¿Fue arrestado alguna vez antes de la revolución? ¿Ha discrepado alguna vez con el partido? ¿Se da a la bebida? ¿Qué piensa de Bujarin y la desviación derechista, de los kulaks, del Plan Quinquenal, de los acontecimientos en China? ¿Es verdad que tiene coche propio y una mujer hermosa que fue actriz? ¿Se casó por la Iglesia? ¿Bautizó a su hijo? ¿Con quién se casó su hermana?”

En sus memorias, Elena Bonner, la última esposa del célebre disidente Andrei Sajarov, describe sus recuerdos de la niñez sobre una purga de los cargos de la internacional comunista, probablemente en 1933. Su padrastro Gevork Alikhanov trabajó para el Comintern, y las reuniones de las purgas se celebraban por la noche, después del trabajo, en el “Rincón Rojo” del Hotel Luxe, donde vivían la familia Alikhanov/Bonner y otros cargos de la Comintern. Elena y otros hijos de miembros del Comintern se escondían detrás de las cortinas y escuchaban a hurtadillas:

“Podías ver lo nerviosos que estaban… preguntaban sobre las esposas de la gente y algunas veces sobre sus hijos. Parecía que algunas personas pegaban a sus mujeres y bebían mucho vodka. Batanya (la formidable abuela de Elena) hubiera dicho que la gente decente no pregunta esas cosas. Algunas veces el que estaba siendo purgado decía que ya nunca pegaría a su mujer ni bebería más. Y muchos de ellos decían sobre su trabajo que “nunca lo volverían a hacer” y que “lo comprendían todo”.

Esto hacía recordar a la joven Elena el momento en que se llamaba a alguien al despacho del director en el colegio, para recibir una bronca, y después pedir disculpas.

“Pues esta gente estaba más nerviosa que tú con el director. Algunos de ellos estaban prácticamente llorando. No era plato de gusto verles”.

Había una cualidad confesional y también intimidatoria en estos rituales de las purgas, y cuando la gente sencilla tenía que pasar por ellas con frecuencia eran desviados del mundo social y político y se les pedían revelaciones y confesiones personales.

Pero era una suerte especial de ritual de confesión: uno en el que no cabía absolución alguna:

“Pasar por una purga” significaba confesar tus pecados de forma interminable, especialmente la pertenencia a un grupo de oposición y tu extracción social indeseable, pero no había ninguna previsión en el ritual para ser liberado de la carga de tus culpas.
Reconocías los errores. Te disculpabas, y, si tenías suerte, te librabas con una amonestación y una advertencia. Pero los errores no se borraban la próxima vez, pues en 1930 el partido ya no estaba interesado en tu actitud “subjetiva” hacia tus pecados, pero sólo por la existencia de un registro de pasados pecados en tu archivo personal”.

Los procesos espectáculo, que con frecuencia incluían confesiones públicas, se organizaban para una audiencia más amplia. El proceso espectáculo puede definirse como una representación teatral pública con la forma de un proceso, con un fin didáctico, que no pretendía acreditar la culpabilidad del acusado sino demostrar lo odioso de los crímenes de la persona. Como un género de agitación y entretenimiento, se remontaba a la guerra civil, cuando el teatro exterior de todo tipo era muy popular, y surgía como resultado de iniciativas locales.

En esos primeros años, adoptaba con frecuencia la forma de un proceso teatral con una figura simbólica, el kulak, el maltratador de mujeres, etc., aunque es cierto que también delincuentes reales, personas acusadas de vandalismo o absentismo eran también a veces “procesados” en juicios espectáculo como una medida disciplinaria local. Estos procesos tempranos no acababan con sentencias reales.

Un precursor proceso espectáculo organizado por el centro de antiguos adversarios políticos de los bolcheviques (los socialistas revolucionarios de derecha) fue celebrado en 1923. Pero no fue hasta la revolución cultural de finales de los años veinte cuando los procesos espectáculo, que estaban dotados escenarios cuidadosamente planeados y de una amplia cobertura mediática dirigida a una audiencia nacional, se convirtieron en una importante herramienta de agitación del Comité Central.
En el proceso de Sajty (1928) y en el proceso del “partido industrial” (1930) los ingenieros y otros “especialistas burgueses” fueron acusados de sabotaje y conspiración contrarrevolucionaria en asociación con las potencias extranjeras. Todos confesaron su culpa, aportando pruebas circunstanciales de sus extraordinarios (y por lo general completamente ficticios) delitos, y fueron condenados a muerte o a largas privaciones de libertad.

El mismo patrón se siguió, en gran medida, en los mejor conocidos procesos de Moscú, en el periodo de las Grandes Purgas, en el proceso de Zinoviev–Kamenev de 1936, en el proceso de Piatakov de 1937, y en el de Bujarin en 1938, salvo que en los procesos de Moscú los acusados no eran especialistas burgueses sino líderes comunistas de alto rango.
Si Stalin y otros dirigentes comunistas creían en un sentido literal en las conspiraciones narradas en estos espectáculos es difícil de responder.

En su correspondencia secreta con varios cargos sobre los procesos de principios de los años treinta, Stalin escribía como si se lo creyera, aunque al mismo tiempo estas cartas pueden leerse como instrucciones codificadas sobre el tipo de escenario que había que montar. Para la dirección del partido, como escribe Terry Martin, las acusaciones que se hacían en los procesos representaban probablemente más una verdad psicológica que literal. Pero los dirigentes esperaban que la gente común se lo tomara en sentido literal; ciertamente, las respuestas de los trabajadores al proceso de Sajty, que incluían peticiones de penas aún más duras para los acusados, sugieren que esta era lo que pasaba con frecuencia.

Conspiración.

En 1926, un antiguo hombre de la Cheka le confió a Victor Serge, un viejo revolucionario, su secreto conocimiento de una horrible conspiración. Serge reproducía así sus palabras:

“El secreto es que se ha producido una traición general. Ya en los años en que vivía Lenin la traición se había infiltrado en el Comité Central. Sabe los nombres, tiene las pruebas… con peligro de su vida, está entregando su análisis de este crimen gigantesco, preparado durante años, al Comité Central. Susurra los nombres de los extranjeros, de los capitalistas más poderosos, y aún de otros que poseen un sentido oculto para él… sigo su cadena de razonamientos con la intranquilidad oculta de uno que está en presencia de un lógico lunático… Pero con todo lo que dice, está poseído por una idea fundamental que no es la idea de un loco: “No hicimos la Revolución para llegar a esto”
.
Puede que ese hombre no estuviera en sus cabales, pero su modo de pensar era típico de los comunistas. Su labor estaba siendo socavada por una conspiración de personas dentro y fuera de la URSS cuyo odio a la revolución era absoluto.

El hombre de la Cheka pensaba que la dirección actual del partido estaba en el centro de la conspiración, un punto de vista ligeramente diferente del que Ezhov y Stalin iban a adoptar en las Grandes Purgas. En el resto, era completamente normal por lo que respecta a esa extrema suspicacia. Los capitalistas extranjeros estaban alineados con fuerzas hostiles en el interior del país. Los conspiradores estaban ocultos, y sólo con la mayor diligencia se les podría desenmascarar. Y lo más importante, estos conspiradores, con su odio jurado a la URSS estaban haciendo que todo fuera mal. Debía haber una conspiración, pues de otro modo el hecho de que la revolución no estuviera saliendo como se había planeado era inexplicable. Alguien debía ser culpable.

El régimen soviético era muy ducho creando enemigos, cuando sospechaba que había conspiraciones contra el Estado. Primero lo hacía declarando a todos los miembros de ciertas clases sociales y estamentos, sobre todo antiguos nobles, burgueses, curas y kulaks, “enemigos de clase” por definición, resentidos por la pérdida de sus privilegios y siempre dispuestos a conspirar contra la revolución para recuperarlos. QUE RARO LO NORMAL ES QUE ESTUVIERAN AGRADECIDOS.

El siguiente paso, a finales de los años veinte, fue la “liquidación como clase” de ciertas categorías de enemigos de clase, sobre todo DE los kulaks y, en menor medida, los Nepistas y los curas. Esto significaba que las víctimas eran expropiadas, privadas de cualquiera de sus medios anteriores de ganarse la vida, y con frecuencia arrestadas y enviadas al exilio. Pero por desgracia esto no reducía el peligro de conspiraciones contra el Estado sino que probablemente sólo lo incrementaba

Pues como Stalin (¿a todo pasado?) vio, un miembro de una clase enemiga no estaba en mejor disposición frente al poder soviético después de que su clase fuera liquidada. Por el contrario, lo normal es que le dominara la ira y el resentimiento.

La persona que había sido “deskulakizada” era un enemigo más desesperado e intransigente que el kulak. Además, probablemente había huido a la ciudad oculto y disfrazado de obrero, adoptando una identidad más “aceptable”. Se había convertido en un enemigo oculto, y por lo tanto más peligroso como potencial conspirador.

Los enemigos no eran los únicos conspiradores en el mundo soviético. Resulta notable que la vieja denominación propia pre-revolucionaria del partido como “conspirador” permaneciera vigente (aunque en secreta vigencia) en los años treinta, y se instaba por lo corriente en los documentos del partido a los comunistas a que observaran la “clandestinidad” y el “secretismo”, o sea, que callaran la boca sobre los asuntos del partido.

En los días antiguos, la clandestinidad había sido una necesidad en la lucha contra el régimen zarista: en condiciones pos-revolucionarias, la extraña pregunta “¿clandestinidad contra quién? Estaba en el aire. “Contra el pueblo soviético” era una respuesta posible, aunque es poco razonable que los comunistas u otros dirigentes pensaran que ellos mismos estaban implicados en una malévola conspiración contra la nación; “el mundo capitalista que nos rodea” era otra.

Pero tal vez la mejor forma de entender el apego comunista al secretismo es ver el partido, con sus ojos, como una índole de masonería, cuya capacidad de hacer el bien en el mundo dependía de proteger su vida interior del escrutinio hostil de personas ajenas.
Un número creciente de asuntos del partido se manejaban de forma clandestina desde comienzos de los años treinta. A finales de los años veinte, se introdujo un procedimiento en el que los documentos del Politburó y del Comité Central se enviaban a las ramas locales del partido, con instrucciones rigurosas sobre las pocas personas que podían leerlos y la exigencia de que los devolvieran en unos días (a finales de 1938, se acabó incluso esto)

Las actas de la Comisión Central de Control también estaban restringidas: estaba “absolutamente prohibido” que las vieran personas que no estuvieran en la lista aprobada de antemano, o que se copiaran o citaran en público; y las actas tenían que ser devueltas. Un comunista que quebrantara las reglas de la clandestinidad, incluso en un discurso en una fábrica supuestamente repleta de aliados de clase, podía ser acusado de “traicionar al partido y a la clase trabajadora”.

La clandestinidad estaba invadiendo el gobierno tanto como la práctica del partido. Entre los temas clasificados como “alto secreto” o “secreto” en las comunicaciones internas del gobierno y del partido, estaban los planes militares y de movilización, incluyendo la construcción de industrias de defensa; la exportación de metales preciosos; invenciones importantes; informes del OGPU sobre el estado de ánimo de la población y otras cuestiones; procesamientos basados en el artículo 58 del Código Penal, que se ocupaba de crímenes contra el Estado; y exilio administrativo, deportaciones y asentamientos especiales. Las protestas las huelgas de los trabajadores también eran temas clasificados, aunque al nivel inferior de “no publicarse”.

Los informes sobre brotes de plagas, cólera, tifus, y otras enfermedades infecciosas también estaban clasificados.

Una razón por la que la clandestinidad se había tornado tan importante, podemos inferir, es que la dirección comunista estaba haciendo cosas de las que ellos mismos se avergonzaban, o al menos pensaban que sería muy difícil que los demás comprendieran. En los primeros años de la revolución, los bolcheviques habían convenido claramente no avergonzarse de la práctica del terror, que consideraban una parte necesaria o incluso constructiva de la revolución; en sus días de radicalismo, más o menos por los años veinte, el más tarde líder de la facción derechista Nikolai Bujarin lo describió como “un método para crear una humanidad comunista a partir del material humano de la época capitalista” y otro entusiasta lo denominó “una fuente de gran aliento moral”.

Sin embargo, el manejo bolchevique de las relaciones públicas después de la supresión de la rebelión de los marineros del Kronstadt en 1921 sugiere que estaban avergonzados y muy mortificados por el acontecimiento; y la lucha por la colectivización y sus secuelas sugieren reacciones similares. El viejo tono desafiante y descarado sobre la violencia del Estado revolucionario fue reemplazado por un lenguaje evasivo, lleno de eufemismos y negaciones. En 1933, una orden secreta del Politburó entró en vigor, prohibiendo a los periódicos que informaran de ejecuciones sin una licencia especial.

Es cierto que a mediados de los años treinta la policía secreta tuvo mucha publicidad en ciertos casos y que se aclamó a sus jefes como héroes. Los grandes proyectos de la NKVD, como la construcción del Canal del Mar Blanco, fueron ensalzados por “reformar” a los condenados que trabajaban en ellos. Los funcionarios que los dirigían fueron honrados y condecorados, y sus guardias fronterizos fueron tenidos por ejemplos para la juventud soviética.

A finales de 1937, el vigésimo aniversario de la NKVD, fue celebrado con pompa, y el bardo Kazako Dzhambul alabó a su líder, Nikolai Ezhov, como “una llama, que quema los nidos de las serpientes” y “una bala que reciben todas las víboras y escorpiones”.

Pero el presumiblemente enorme crecimiento de las agencias de seguridad y su red de informantes a lo largo de los años treinta era (y seguía siendo) un secreto de Estado; y las actividades más mundanas de la NKVD como la vigilancia, el arresto y los interrogatorios se trataban, por lo común, como un secreto turbio y eran bien ocultadas.

Era práctica común que una persona que hubiera sido puesta en libertad después de un arresto o un interrogatorio tuviera que firmar un acuerdo en el que prometía no hablar de lo que le había pasado.

_________________
Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


Arriba
 Perfil Email  
 
 Asunto: Re: La vida cotidiana en el estalinismo.
NotaPublicado: Mié Mar 15, 2017 9:08 pm 
Desconectado
Más Feliz que una Perdiz
Avatar de Usuario

Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
Mensajes: 68703
Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
Las señales de Stalin.

El Partido Comunista Soviético carecía de “líder”, al menos en principio. El liderazgo teórico se hallaba en manos de un Comité Central elegido en congresos nacionales periódicos de delegados de las organizaciones locales del partido. Los tres burós del Comité Central eran elegidos de igual modo: El Politburó, un grupo de 7 a 12 miembros, que tenía encomendadas cuestiones políticas y de dirección del gobierno, el Orgburó y el Secretariado, cuyo cometido era respectivamente las tareas organizativas y la selección de personal.

Sin embargo A mediados de los años veinte, en tanto se prolongaba la (no declarada) guerra por la sucesión que estalló tas la muerte de Lenin, Stalin supo aprovechar su posición como secretario del partido para colmar las organizaciones y congresos locales con sus partidarios. En los años treinta, Stalin seguía siendo Secretario General del partido, como lo había sido desde 1922 y lo sería hasta 1953, pero ya no ocupaba su tiempo con cuestiones administrativas y nombramientos, como la época en la que comenzó su ascenso al poder.

Se le reconocía ahora como líder supremo del partido, su vozhd (caudillo) Aunque conservó siempre sus maneras de hombre sencillo y accesible (muy diferente de la personalidad arrogante y narcisista de su máximo rival, Trotsky) su humildad era especial; cuando entraba de modo modesto y discreto a la sala donde se celebraba un congreso del partido, toda la audiencia se ponía en pie y lo ovacionaba. Aunque es cierto que Stalin rechazaba a veces este culto, también lo toleró en la práctica y tal vez lo alentó en secreto.

Para los comunistas de la vieja guardia, el culto a Stalin era una vergüenza, seguramente. Pero sus ojos se estaba convirtiendo también en un líder carismático, aunque su carisma, desde su punto de vista era diferente del que trascendía opinión pública.
La imagen pública de Stalin en los años treinta, como la de los zares antes que él, era la de un guía prácticamente sagrado, fuente de justicia y compasión, benevolente protector de los desvalidos. Para la élite del partido, Stalin era “el jefe” cuyos rasgos característicos eran su agudeza mental, su astucia, su determinación, su capacidad de trabajo, y su desdén por la retórica insustancial y otros ejemplos de vanidad personal. Sus socios sabían también que recordaba muy bien los deslices y que poseía un formidable talento para la intriga política.

En el Politburó se mantenía la convención de que se trataba de una asamblea de iguales. Stalin por lo general lo presidía, pero tendía a sentarse silenciosamente mientras fumaba su pipa, dejando que hablaran primero los demás (Esto subrayaba su falta de pretensiones, pero también le daba a Stalin la ventaja de no mostrar sus cartas primero).

A veces había disputas en el Politburó, incluso acaloradas, como sucedía cuando el volátil georgiano Sergo Ordzhonikidze perdía los estribos. También se daban disputas de facciones entre los miembros del Politburó relacionadas con sus cometidos institucionales: Ordzhonikidze, por ejemplo, defendía la industria pesada, Klim Voroshilov hablaba de las fuerzas armadas y Sergei Kirov de Leningrado. Pero rara vez había disputas en las que un miembro del Politburó se enfrentara de forma abierta y consciente con Stalin.

“El Politburó es una ficción”, dijo un “insider” a principios de los años treinta. Lo que quería decir es que las reuniones formales del Politburó, a las que acudían no sólo miembros del mismo sino también del Comité Central, representantes de muchas agencias del gobierno y periodistas escogidos, no eran el lugar donde se tomaban realmente las decisiones más trascendentales. Los temas serios los manejaba un grupo más reducido seleccionado por Stalin que se reunía en privado en un apartamento o en el despacho de Stalin en el Kremlin. En un momento dado, el grupo podía perfectamente incluir individuos que no eran miembros formales del Politburó. Muchas veces tampoco estaban presentes algunos miembros del Politburó que no tenían el favor de este grupo o que se consideraban “pesos pluma”, como era el caso de Mijail Kalinin.

Existía un círculo interno en el Politburó, pero incluso sus miembros tenían guardarse mucho de incurrir en la desaprobación de Stalin. Viacheslav Molotov, el número dos durante la mayoría de los años treinta, socio íntimo de Stalin, tuvo que sufrir el arresto de varios de sus leales ayudantes durante las Grandes Purgas; en 1939, su esposa, Polina Zhemchuzhina, fue destituida de su posición como Ministra de pesca por “haber facilitado involuntariamente la actividad de espías”.

Una de las técnicas favoritas de Stalin para tener a sus socios a raya era amenazar a los miembros de su familia. El hermano de Ordzhonikidze fue arrestado en 1936 por ser sospechoso de actividades antisoviéticas. Se arrestó a la mujer de Kalinin, como enemiga del pueblo, cuando él seguía siendo Presidente y por lo tanto Jefe del Estado de la URSS.; lo mismo iba a ocurrir con la mujer de Molotov después de la guerra.

Mikhail Kaganovich, antiguo director de la industria soviética de defensa y hermano de Lazar, miembro del Politburó y otro de los más íntimos socios de Stalin fue arrestado y fusilado a finales de los años treinta.

Indicativo de la distancia que separaba a Stalin incluso sus más íntimos colegas en el Politburó, y de la intensidad del miedo en los años de las purgas, es que de esos cuatro pesos pesados políticos (Molotov, Kalinin, Ordzhonikidze, y Kaganovich), sólo Ordzhonikidze protestó a Stalin de la forma más enérgica y sostuvo sin reserva alguna la inocencia de su hermano.
Lo anterior es sólo un ejemplo de la forma característica que tenía Stalin de mantener a raya a sus socios. Podemos apreciar este particular aspecto de su personalidad en una carta que escribió a su mujer, Nadezhda Allilueva, cuando estaba de vacaciones en 1930. Su mujer le había preguntado, irritada, por qué le había dado a ella una fecha para su regreso del Sur y otra a sus colegas. Le respondió que le había dado la fecha correcta pero que “hice correr el rumor de que iba a volver sólo a finales de octubre por medio de Poskrebyshev [su secretario personal], como medida conspirativa”.

Ningún miembro del Politburó podía estar seguro de no perder en algún momento el favor de Stalin, como le pasó con Bujarin a finales de los años veinte y después, de forma mucho más trágica para él, en 1936.

Cuando ocurría esto, Stalin no lo comunicaba de forma directa, sino que se valía de diversas señales que indicaban que habías caído en desgracia y ya no eras tan influyente: exclusión de las reuniones del círculo interno, comentarios despectivos que aparecían en Pravda o Izvestiia, o la denuncia del favoritismo hasta entonces rutinario y tolerado con clientes y subordinados. El resultado era que el líder caído se encontraba estigmatizado y sus colegas de antaño le trataban como un paria, pues todos cumplían con la regla no escrita de que una persona caída en desgracia no podía ser reconocida o saludada en público.
La forma indirecta con la que Stalin manejaba la comunicación de sus favores personales (o de la caída en desgracia de alguien) se correspondía muy bien con la escasa franqueza y claridad en la formulación de políticas.

Esto puede parecer extraño, ya que el régimen de Stalin era famoso por exigir obediencia rigurosa a las directivas centrales, ¿y cómo va uno a obedecer rigurosamente algo que no está nada claro? El hecho, sin embargo, es que muchos virajes políticos importantes eran más “señalizados” que comunicados mediante una directiva clara y detallada. La señal podía aparecer en un discurso o un artículo de Stalin o en un reportaje en Pravda o en un proceso espectáculo o con la caída en desgracia de un funcionario destacado asociado con políticas concretas. Lo que tenían en común todas esas señales es que indicaban un cambio de política en un ámbito concreto sin decir exactamente en qué consistía la nueva política o cómo debía llevarse a efecto.
El impulso colectivizador del invierno de 1929-1930 plantea un caso ilustrativo. En marcado contraste con las anteriores reformas agrarias rusas, como la emancipación de los siervos en 1861 o las reformas de Stolpyn a principios del siglo XX, nunca se facilitaron instrucciones concretas y detalladas sobre el proceso de colectivización y los cargos y funcionarios locales que solicitaban dichas instrucciones eran amonestados.

La señal que desencadenó un radical cambio de política en el campo se dio en un discurso de Stalin pronunciado en la Academia Comunista en diciembre de 1929, ya que aunque no ofrecía directivas precisas sobre la colectivización, sí que afirmaba que los kulaks tenían que ser liquidados “como clase”. Lo más cerca que Stalin estuvo de una declaración pública y explícita acerca de la colectivización fue su carta titulada “Mareados por el Éxito”, publicada en Pravda el 1 de marzo de 1930, pero sólo apareció después de dos meses desastrosos de colectivización total que constituía un repudio de todo lo que habían hecho los dirigentes locales (sin instrucciones precisas)
Un ejemplo menos trascendental puede apreciarse en la carta de Stalin a los editores de una revista sobre la historia del partido, Proletarskaia Revoliutsiia, en 1931, a la que se aludía, de forma interminable, como si se tratara de un importante pronunciamiento de política cultural.

Escrito con un estilo polémico y apasionado, su mensaje general parecía ser que los intelectuales comunistas, inclinados a las discusiones bizantinas y a las luchas entre facciones, tenían que comportarse de forma más cabal, pero lo que eso podía significar en concreto, salvo en el caso específico y aparentemente trivial que abordaba la carta, no quedaba claro, precisamente. Las interpretaciones prácticas de política sobrevinieron después del hecho, puesto que toda institución cultural llevó a cabo largas y dolorosas reuniones “que extraían conclusiones organizativas de la carta del Camarada Stalin”, o, en plata, decidiendo a quien había que castigar o llamar a capítulo.

Hay diversas maneras de explicar esta sorprendente reticencia. En primer lugar, el régimen de Stalin era un magnífico generador de confusión, empleando de forma consciente o inconsciente el misterio como un potenciador y "canonizador" del poder. Era esa aura de misterio y secretismo que se cernía sobre el Kremlin en los años treinta lo que, tal vez másque ninguna otra cosa, hacía que el estilo de Stalin fuera tan distinto al de Lenin.
En segundo lugar, el régimen operaba con una maquinaria administrativa primitiva que respondía sólo a órdenes simples, como “para”, “sigue”, “más ligero”, “más lento”, que podían ser transmitidas adecuadamente mediante señales. Además el propio régimen poseía un bajo nivel de competencia legislativa: en las ocasiones en las que el gobierno intentó dar instrucciones de política detalladas, sus decretos y órdenes normalmente tenían que ser repetidamente aclarados y complementados antes de que el mensaje se comunicara de forma satisfactoria.

También existían ciertas ventajas políticas, al menos desde la perspectiva bizantina de Stalin. En el supuesto de que una nueva política saliera mal, como fue el caso de la colectivización, podía desdecirse más fácilmente y reinterpretar lo que se había indicado que si se hubieran dado instrucciones precisas. Las señales eran ambiguas, lo que resultaba útil si existía una falta de consenso en la dirección en relación con una política, si una nueva política conculcaba una ley soviética vigente, o si su naturaleza era tal que el régimen no quería que los extranjeros la comprendieran.

Todos estos tres factores estaban en juego, por ejemplo, en el caso de la política con la Iglesia en los años 1929 y 1930. La ley soviética y la práctica administrativa durante la mayoría de los años veinte era tolerante con la religión, al menos en cierta y limitada medida, y prohibía la clausura arbitraria o la destrucción de templos. Un grupo sustancial de dirigentes comunistas de la “línea blanda”, que trabajaban más en el gobierno que en las agencias del partido, apoyaban vigorosamente estas políticas, como por supuesto la opinión internacional en general. Pero en 1929, con el comienzo de la revolución cultural y el resurgimiento de la militancia radical en el partido y en el Komsomol, una poderosa línea dura que favorecía la clausura masiva de templos y el arresto de los sacerdotes se convirtió en la línea dominante, y evidentemente se ganó la aprobación de Stalin.
Se enviaron instrucciones secretas con esta “línea dura” a las organizaciones locales del partido pero no fueron publicadas. Cuando el impulso antirreligioso inflamó la ira de la población del campo, por no mencionar la del Papa y otros portavoces de la Iglesia Occidental, el régimen pudo abandonar una política que de todos modos se había guardado de apoyar públicamente.
En casos como estos, la ambigüedad y el secretismo podían tener ventajas políticas, pero también enormes y clásicas desventajas. En el caso de la Iglesia, por ejemplo, los cargos y funcionarios soviéticos que tenían encomendados los asuntos religiosos preguntaban melancólicamente como iban a explicar las acciones de las autoridades locales a los representantes de la Iglesia cuando la ley formal estaba del lado de los religiosos.

Señalaban, en vano, que la instrucción que permitía a los antiguos curas registrarse para los canjes laborales (concediéndoles el derecho al empleo) difícilmente podía servir de algo mientras permaneciera en secreto y por eso mismo no la conocieran los mismos funcionarios que se ocupaban de los canjes laborales.

La combinación de señales ambiguas políticas y el culto al secreto podía dar lugar a resultados absurdos, como sucedía cuando ciertas categorías de funcionarios no eran informados de instrucciones relevantes porque las instrucciones eran secretas.
En un ejemplo descarado, la censura de los teatros y el Ministro de Ilustración, dirigido por A. V. Lunacharsky, se pasó semanas discutiendo sobre la controvertida obra de Mikhail Bulgakov, “los días de los Turbins” a pesar del hecho de que el Politburó había dado instrucciones al ministerio de que se podía representar la obra, ya que “este decreto era secreto, sólo conocido por funcionarios clave en la administración de las artes, y Lunacharsky no tenía libertad para divulgarlo”.

Pocos años después, después de que Stalin hubiera manifestado en una carta privada opiniones tajantes en relación con la política cultural que había circulado ampliamente, si bien de forma no oficial y a base de rumores, Lunacharsky le rogó que permitiera la publicación de la carta para que la gente pudiera saber cuál era la línea del partido.

Algunas de las señales de Stalin eran incluso más minimalistas, como llamadas telefónicas a escritores u otras figuras culturales cuyo contenido después se retransmitía inmediatamente a la intelectualidad de Moscú y Leningrado. Un claro ejemplo fue su inesperada llamada telefónica a Bulgakov en 1930 en respuesta a la carta de Bulgakov en la que se quejaba del mal trato por parte del teatro y de los funcionarios encargados de la censura. El mensaje explícito de la llamada era alentar a Bulgakov. Por extensión la “señal” a la intelectualidad no comunista era que no era Stalin quien los acosaba sino sólo funcionarios de bajo nivel y militantes que no comprendían la política de Stalin.

Este caso es particularmente interesante ya que la policía de seguridad (la GPU en esta fecha) monitorizaba la eficacia de la señal. En su informe sobre el impacto de la llamada de Stalin, un agente de la GPU señalaba que la intelectualidad artística y literaria había quedado muy impresionada: “Es como si un dique se hubiera quebrado y todo el mundo viera el verdadero rostro del camarada Stalin”. La gente hablaba de la sencillez y accesibilidad de Stalin. Hablaban de él “con afecto y calidez, volviendo a narrar en diversas versiones la historia legendaria de la carta de Bulgakov”. Decían que Stalin no tenía la culpa de las cosas malas que sucedieron:

“El sigue la línea correcta, pero está rodeado de sinvergüenzas. Esos sinvergüenzas persiguieron a Bulgakov, uno de los escritores rusos más talentosos. Varios bellacos literarios estaban haciendo carrera persiguiendo a Bulgakov, y ahora Stalin les ha propinado una bofetada”.

Las señales con la firma personal de Stalin normalmente apuntaban en la dirección de una mayor relajación y tolerancia, no de un aumento de la represión. Seguramente que esto se debía a que Stalin se decantara por la “línea blanda”, sino a que prefería evitar astutamente vincularse demasiado estrechamente con políticas de mano dura que serían impopulares tanto a nivel nacional como en el extranjero.

Sus señales implicaban con frecuencia una imagen de “buen Zar”: “El Zar es benévolo: son los perversos boyardos los responsables de todas las injusticias”. Algunas veces parece haber funcionado esta añagaza, pero en otras el mensaje inducía al escepticismo popular. Cuando Stalin deploraba los excesos de los funcionarios locales durante la colectivización en la carta “mareados con el éxito”, publicada en Pravda en los años treinta, al respuesta inicial en las aldeas con frecuencia era favorable. Pero después de la hambruna, el truco del “buen Zar” de Stalin ya no funcionaba en el campo, e incluso era objeto de rechifla general.

_________________
Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


Arriba
 Perfil Email  
 
 Asunto: Re: La vida cotidiana en el estalinismo.
NotaPublicado: Mar Mar 21, 2017 7:08 pm 
Desconectado
Más Feliz que una Perdiz
Avatar de Usuario

Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
Mensajes: 68703
Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
Jefes y Burócratas.

Nadie era más crítico con la burocracia soviética que propios dirigentes soviéticos. Las críticas de Stalin a los funcionarios encargados de la colectivización formaban parte de un género más amplio de críticas de alto nivel a la burocracia, y la palabra “burocracia” siempre tenía connotaciones profundamente peyorativas en el vocabulario soviético. El sueño revolucionario era comunicarse directamente con la población sin mediación alguna y seguir el espíritu de la revolución, no la letra muerta de la ley.

Esto significó, en los primeros años, que los dirigentes comunistas se mostraban asaz suspicaces con los escasos funcionarios zaristas que habían quedado en la administración y se sentían más cómodos empleando el (supuestamente menos burocrático) aparato del partido para imponer su voluntad.

A mediados de los años treinta se había desvanecido la preocupación por los funcionarios residuales del zarismo, pero aun así se humillaba constantemente a los burócratas que tenían que pasar por en sesiones de “auto-crítica” en las empresas y en la prensa soviética. Se alentaba al público general a mandar cartas a las autoridades superiores para que dieran detalles de casos de abusos de poder por parte de los funcionarios de sus distritos.

El hecho de que esos funcionarios culpables de abusos fueran por lo general comunistas era irrelevante; los dirigentes del partido se fiaban poco de sus propios cuadros burocráticos, y se quejaban constantemente de su escasa ética de trabajo, y de su falta de cultura y sentido común.

La estupidez, los malos modos, la ineficacia y la venalidad de los burócratas soviéticos constituían el primer blanco satírico de la revista de humor soviética Krokodil. Sus chistes y viñetas ilustraban las diversas maneras en las que los funcionarios se apropiaban de bienes escasos y productos de lujo, en su provecho y en el de sus conocidos, negándoselos al resto de la población. Aparecían funcionarios absentistas, otros que estaban a verlas venir en su puesto de trabajo, que negaban desesperadas peticiones de ciudadanos que necesitaban obtener preciosos documentos imprescindibles para las operaciones más sencillas de la vida soviética, como comprar un billete de tren.

Una elocuente viñeta de Krokodil, titulada “un burócrata en el trapecio”, muestra dos artistas de circo actuando. Uno de ellos, que representa al ciudadano indefenso, acaba de lanzarse al aire desde el trapecio. El otro, representando al burócrata que se supone que tiene que recogerlo, se queda sentado con gesto desdeñoso en su propio trapecio enseñando un cartel que reza “vuelve mañana, ciudadano”.

Los problemas se agravaron por el hecho de que la “Revolución de Stalin” de comienzos de los años treinta había aumentado en gran medida las competencias y responsabilidades de la burocracia soviética. Se había abolido el comercio privado, y por ello tuvo que crearse de la nada una nueva burocracia comercial estatal, por no mencionar una nueva burocracia destinada a la administración de los sistemas de racionamiento y de los comedores comunales que alimentaban al pueblo compensando las graves carencias del comercio estatal.

La agricultura colectivizada exigía una expansión de la burocracia que lidiaba con los asuntos agrícolas y con la supervisión de las granjas colectivas. Oficios como la confección o la reparación de calzado estaban ahora en manos del Estado o de las cooperativas, una distinción donde no existía una diferencia real.
El impulso industrializador del Primer Plan Quinquenal incrementó la burocracia industrial del Estado, mientas que la represión que la acompañaba acrecentó a su vez las filas de la policía secreta. Los pasaportes internos y los permisos urbanos de residencia, implantados en 1932, añadían más capas burocráticas a la vida cotidiana, al igual que la exigencia de que los departamentos de personal de todas las agencias estatales llevaran extensos dosieres personales sobre sus empleados.

Esos nuevos burócratas que llevaban a cabo nuevas tareas eran inexpertos casi por definición: a menudo eran ineficaces y su formación dejaba mucho que desear. No podían contar con el apoyo del régimen, cuyo historial a la hora de repudiar y castigar a sus propios servidores ya era formidable incluso antes de las Grandes Purgas.

Los ciudadanos comunes los temían, despreciaban y aborrecían, y los denunciaban a las autoridades de más alto nivel en cuanto tenían ocasión. Pero pese a todas las trabas y el odio y la persecución de que era objeto, la burocracia prosperó. En su propio pequeño mundo, el burócrata era el rey.
“Stalinitos”

Stalin no era el único líder soviético al que se le rendía culto. Como un joven académico británico ha señalado hace poco, ni siquiera era el único dirigente al que se le aplicaba la palabra “vozhd”, un término comparable con el Nazi “Führer”.

No era sólo que Stalin estuviera obteniendo el aura de un líder carismático, sino que lo mismo ocurría con la dirigencia en general. Los diarios hablaban de “nuestros jefes” (nashi vozhdi) en plural, refiriéndose al Politburó. Se ensalzaba en términos casi tan extravagantes como al propio Stalin a algunos miembros del Politburó como Ordzhonikidze, el popular líder de la industria, y durante unos pocos años, a Nikolai Ezhov,. En 1936, un escritor de diario hizo notar que en las fiestas revolucionarias “los retratos de los dirigentes del partido se despliegan de la misma manera que los iconos religiosos, un retrato redondeado atado a un palo […] como hacía la gente en las fiestas religiosas”.

Tsaritsyn en el Volga, fue llamada Stalingrado en honor de Stalin, Iuzovka en el Donbass se llamó Stalino. Pero otros dirigentes, vivos y muertos fueron igualmente honrados cuando se dio su nombre a ciudades o regiones. La ciudad de Vladikavkaz pasó a llamarse Ordzhonikidze; Samara, Kuibyshev, Perm, Molotov, y Lugansk Voroshilovgrad, y eso si dejamos de lado los nombres de ciudades de dirigentes caídos en desgracia que después había que cambiar de nuevo, , como Trotsk, Zinovevsk o Rykovo.

También reinaba la costumbre de dar el nombre de dirigentes del partido a empresas y granjas colectivas, como el Metro Kaganovich en Moscú. Ordzhonikidze, Kaganovich, e incluso el futuro “saboteador” Yuri Piatakov (delegado de Ordzhonikidze) superaban a Stalin en cuanto al número de empresas a las que se honró con su nombre en 1935. Las calles también recibían nombres de líderes políticos y destacadas futuras culturales, como la avenida principal de Moscú, Tverskaia, que se convirtió en la calle Gorki (en honor al escritor Máximo Gorki), la calle Miasnitskaia la calle Kirov, y la Bolshaia Lubianka, que paso a ser la calle Dzerzhinskii. En las provincias ocurría algo parecido en honor a los líderes regionales.

De vez en cuando Stalin o algún otro dirigente de la cúpula apuntaban que tal vez “se estaban pasando”. Stalin, por ejemplo, rechazó destempladamente la sugerencia de llamar a Moscú Stalinodar en su honor.

Cuando se criticaba la práctica de la glorificación de los líderes en general tenía más que ver con su caída en desgracia o con una crítica general de los “Stalinitos” de provincias. Cuando un gran número de líderes provinciales del partido cayó en desgracia durante las grandes purgas, sus propios cultos locales a la personalidad fueron blanco principal de las críticas.

Un comentario típico de esa era, dirigido al jefe de un ferrocarril regional, señalaba que “la obsequiosidad y el servilismo reinan en el ferrocarril. El Camarada Bazeev anima a los adulones. Es ya práctica común en el ferrocarril que cuando aparece el Camarada Bazeev en alguna parte, le recibe un aplauso estruendoso e incluso muchos ¡hurra!”.

Algunas veces los cultos a la personalidad locales se atribuían al atraso de la población y al “caudillismo” que se consideraba una suerte de enfermedad étnica. Este era el enfoque que empleó un jefe de una organización regional del partido en su moderada crítica de un subordinado, funcionario superior del partido en la región nacional de Chuvasia.

“No hace mucho el camarada Petrov, secretario del Comité del partido en Chuvasia agradeció a nuestro comité racional […] de todo corazón que le salvara de la enfermedad del caciquismo. Ya sabéis que el Camarada Petrov es un hombre modesto, un buen bolchevique, popular dentro de su organización. Pero en Chuvasia comenzaron a tratar al Camarada como a Kalmykov en Kabardino-Balkariia, y como hacen con otros líderes nacionales cuyo estatus se exagera.

En Chuvasia algunos camaradas pensaban: ¿por qué iba a ser menos el Camarada Petrov que Kalmykov? Y cuando se crea una atmósfera semejante, no tienes que esperar mucho para que vengan cobistas voluntarios. Comenzaron a escribir poemas y ditirambos y se inventaron las seis virtudes del Camarada Petrov (risas) Petrov se enfadó al principio y protestó que todo eso eran disparates, pero después acabó acostumbrándose a ello”.

Eugenia Ginzburg nos ofrece una vívida descripción de la metamorfosis del líder de Kazán, Mijail Razumov, un viejo bolchevique de impecable extracción proletaria, que trabajó conjuntamente con su marido en los años anteriores a las purgas. En 1930 Razumov “aún vivía en una habitación en el piso de mi suegro, y para cenar se servía una salchicha envuelta en un trozo de periódico”.
En 1933, estaba siendo ensalzado a nivel local como el “mejor trabajador de Tartaria”, y cuando la región recibió la Orden de Lenin por su éxito en la colectivización, su efigie se paseaba triunfalmente por la ciudad y artistas espabilados lo copiaban en cualquier medio para su exhibirla en exposiciones agrícolas”.

Por supuesto, ser un líder comunista significaba mucho más que esas procesiones. Los líderes comunistas querían dar la impresión de ser tipos duros, una imagen que en general se correspondía con la realidad. Cultivaban un estilo de mando autoritario, gritando las órdenes, exigiendo una obediencia inmediata y sin reservas, e insistiendo en la versión soviética de la línea superior, que era cumplir los objetivos de los planes a toda costa. Las consultas o las deliberaciones prolongadas eran un signo de flaqueza: un líder tenía que ser decisivo y expeditivo.

En su peor momento, este estilo de dirección implicaba en gran medida cierto matonismo, amenazas e insultos. “Es muy duro en el trato con los comunistas de base. Gritar es la única forma que tiene de comunicarse con la gente”, escribió un crítico de un cargo del partido en Yaroslavl. Le gusta “alardear de su talento ante su séquito, gritar, y echar a la gente de su oficina sin buenas razones”. Otra queja, dirigida contra un director de departamento en el comité del partido de la ciudad de Leningrado decía: “una nube de insultos se cierne en el aire del departamento. No es por nada que el director de departamento no quiere contratar a mujeres para el trabajo administrativo”.

El líder idealizado de los años treinta, configurado a partir del modelo de verdaderos gerentes industriales, héroes de los Planes Quinquenales, que gestionaban y dirigían las plantas metalúrgicas y de construcción de máquinas-herramienta soviéticas, no era desde luego un hombre típico de oficina. Estaba en la obra al pie del cañón, era duro consigo mismo y muy exigente todos los demás, despiadado si hacía falta, incansable y pragmático.

La tarea de un gerente era sacar más de la gente de lo que ellos mismo pensaban que tenían dentro, empleando la exhortación, la intimidación, las amenazas, los arrestos, o lo que hiciera falta. Gran parte del trabajo se llevaba a cabo en un estilo “de campaña militar”, es decir, resumiendo, en frenéticas explosiones de concentrada atención sobre tareas concretas, no en una actividad paulatina y rutinaria.

Eso hacía que la vida en la fábrica se pareciera a la vida en el frente, lo que justificaba otra metáfora militar “asalto”. Un asalto era lo que ocurría en esos días de frenesí, a fin de mes, cuando todas las empresas tenían que presentar resultados y cumplir los objetivos marcados por el plan. Los mejores gerentes soviéticos eran gente que asumía riesgos; ciertamente, no les quedaba otra que quebrantar normas y asumir riesgos si querían cumplir con su trabajo, porque los canales regulares y los métodos administrativos preceptivos no les concedían los componentes y las materias primas necesarias para lograr los objetivos marcados por el Plan.

Entre los dirigentes superiores del partido, Sergo Ordzhonikidze y Lazar Kaganovich eran los mejores ejemplos del estilo “podemos hacerlo” y “mano dura” como directores, respectivamente, de la industria pesada y de los ferrocarriles. Ordzhonikidze era un “típico administrador estalinista, enérgico, rudo y duro”, escribe un historiador ruso. “Había llegado a dominar sólo un método de mando, la presión sobre sus subordinados, pues como repetía a menudo, el ojo del amo engorda el caballo, por lo que también ascendía a gerentes que prosperaban a nivel local utilizando los mismos medios que él”. Ordzhonikidze esperaba de los que trabajaban para él dedicación, lealtad y sobre todo resultados. Pero también ofrecía protección e intervenía de modo enérgico a favor de “su gente” cuando se metían en problemas con el Partido, la policía secreta, u otras agencias de control. Después de su muerte, probablemente un suicidio, al comienzo de las Grandes Purgas, Stalin señaló que uno de sus defectos era lealtad sin reservas a sus subordinados y una actitud demasiado paternalista en ocasiones.

Pero la práctica del clientelismo no era propia sólo de Ordzhonikidze, sino de todos los líderes soviéticos, comenzando con Stalin y acabando en el nivel local. Todos trataban de tener a su “propia gente” trabajando para ellos, gente que fuera leal personalmente, y que asociaran sus intereses a los de su jefe, le tuvieran por su protector, y así sucesivamente.

Como sugiere el científico político Ken Jowitt, el sistema soviético de gobierno era “personalista” y “patrimonial”, lo que significaba que una institución era algo parecido a un feudo, y que su estatus y poder eran inseparables del hombre que estaba a cargo del mismo.

Los jefes de este tipo hacían las veces de patrones de una serie de clientes políticos estables, subordinados y socios de los que esperaban lealtad a cambio de protección. Con su “familia” al lado suyo, el jefe local podía esperar enfrentarse a los retos locales y mantener a raya las críticas de su gestión. Podía esperar también que con su familia controlando el flujo de información, pudieran ocultarse los problemas y defectos locales a los inquisitivos ojos del centro.

Las funciones de los círculos locales de protección mutua eran bien comprendidos por el centro. Stalin se quejaba amargamente en una reunión plenaria del Comité Central en 1937 de que los líderes regionales elegían a sus subordinados sobre bases personalistas y no objetivas, porque eran “conocidos, amigos, paisanos, leales a ellos personalmente, y expertos pelotas”.

Las élites locales formaban familias protectoras cuyos miembros “trataban de vivir y dejar vivir, no importunarse y no lavar los trapos sucios en público, darse palmaditas en la espalda de vez en cuando delante del pueblo y mandar al centro vacíos y nauseabundos informes sobre sus éxitos”.

Cuando se trasladaba a un jefe local, se llevaba a su propio séquito de sus subordinados y especialistas más fiables. En su discurso ante el Comité Central, Stalin calificaba esto de práctica disparatada, de “un enfoque bárbaro pequeño burgués” frente a las cuestiones de personal, pero en el borrador de su discurso señaló su fundamento político:

“¿Qué implica arrastrar detrás de tuyo a un montón de coleguitas? Significa posees cierta autonomía con respecto a las organizaciones locales (presumiblemente se refería a la policía secreta y a las agencias de control) y, si se quiere, cierta independencia respecto al Comité Central”.

Esta caracterización de Stalin queda bien ilustrada con esta descripción, extraída de los archivos locales de la NKVD, de cómo una familia regional en los Urales se aseguraba la lealtad de sus miembros y defendía sus intereses:
“La camarilla empleaba una serie de tácticas para asegurarse el control, en su mayor parte en forma refuerzos positivos y negativos de poco sutiles.

Los refuerzos positivos eran sobre todos financieros. Los miembros de la pandilla e integrantes especialmente importantes de los aktiv regionales del Partido tenían asegurado un excelente nivel de vida a cambio de su lealtad. Accedían a pisos más grandes, a dachas, a los bienes de consumo y comida especial, y a grandes sobresueldos […] Los refuerzos negativos eran la otra cara de la moneda. Los que creaban problemas a los miembros de la pandilla eran destituidos de sus cargos, y perdían consecuentemente todos los privilegios. Las purgas del partido de mediados de los años treinta […] eran secundadas con la destitución de colegas poco fiables. Por lo común no era difícil encontrar algún aspecto del pasado de un enemigo (casi todo el mundo tiene sus trapos sucios) y servirse de él para purgarlo”.

Una vez que se destituía a los réprobos se escogía con cuidado a sus sustitutos, amigos conocidos de la pandilla. Los cuales, en vez de ser elegidos por un pleno del Obkom eran cooptados, como había sido práctica común en los años veinte y principios de los treinta.

“El mezquino tutelaje” era el término soviético contemporáneo para designar la micro-gestión administrativa y en particular el deseo burocrático de controlar los aspectos más insignificantes de la vida cotidiana.

Esto tenía gran solera en Rusia, y se remontaba a las políticas de Pedro el grande, como poco, que es famoso que daba instrucciones a los nobles sobre como tenían que vestirse y comportarse en público. Los dueños de siervos en el siglo XVIII algunas veces les hacían llevar uniforme, les sometían a entrenamiento militar, y dictaban reglas detalladas sobre cómo tenían que comportarse en todo momento.

En el Reinado de Alejandro I, las colonias militares del general Arakcheev, donde soldados campesinos tenían que cumplir los cánones de higiene y educación fijados, eran modelos del mismo tipo de práctica administrativa.
La literatura rusa del siglo XIX nos permite apreciar muchos ejemplos parecidos, en especial en los trabajos de Nikolai Gogol y Mijail Saltykov-Shchedrin, cuya obra “Historia de una Ciudad” (1869-70) presenta una serie de retratos satíricos de funcionarios que llegan a las provincias con planes detallados y completamente utópicos de mejora.

Las críticas del “mezquino tutelaje” soviético con frecuencia citaban al personaje de Chejov Prishibeev, un funcionario zarista retirado, “que se había acostumbrado tanto a dar órdenes desde el cuartel que todavía se comportaba en plan ordeno y mando cuando se había jubilado”, y caminaba por la aldea “ordenando a la gente que no cantara ni encendiera candiles”, sobre la base de no estaba permitido hacer nada que no estuviera expresamente contemplado en la ley.

Uno de los ejemplos de mezquino tutelaje que presentaba la revista satírica Cocodrilo era la ordenanza, por lo visto auténtica, dictada por un director de una fábrica de almidón sobre el afeitado y los cortes de pelo:

“En vista de la apertura de una peluquería en la planta se prohíbe categóricamente cortarse el pelo y afeitarse en privado. Instruyo al jefe de planta, Botarev, y al asistente médico Chikin, que vigilen este punto y si descubren a alguien que se afeite en su casa presenten cargos contra él y pasen la cuestión a los tribunales para que sean procesados y multados. Firmado. Director Kaplan”.

Nadezhda Mandelstam presenta otro ejemplo del estilo burocrático en la descripción de un presidente de Granja Colectiva con el que se topó a mediados de los años treinta:

“Tres años antes de que le conociéramos Dorojov había dictado una ordenanza que prescribía que en todas las casas de la aldea tenía que haber flores en el alféizar dos macetas con. Dictaba órdenes como estas constantemente, redactadas todas ellas en el lenguaje de los primeros años de la revolución. Se daba un paseo mirando una docena de casas con nosotros para comprobar si se había cumplido con sus instrucciones. Fundó una tienda enorme para respaldar esta ordenanza, ya que creía que las flores se tragaban la humedad y por lo tanto ayudaban “contra el reumatismo”.

Las mujeres de la aldea le explicaban que “no tenían nada contra la ordenanza pero que no podían conseguir macetas por falta de dinero, y que en cualquier caso en tres días era imposible hacer crecer bardanas u ortigas, y ya no digamos flores. Se puso furioso y si no la castigó allí mismo por su descaro fue a causa de nuestra presencia”.

Los fines de Dorokhov eran utópicos y culturales, y castigaba a la gente a puñetazos. Pero otros microgestores tenían fines y métodos de escarmiento diferentes. Su objetivo era “crear” malos comportamientos que permitieran poner multas, multas que con frecuencia se embolsaban ellos.

Los campesinos se quejaban todo el rato de estas malas prácticas de los cargos del distrito y de los presidentes de las granjas colectivas. Se decía que en un distrito de la región de Vorónezh, un presidente de un soviet rural ponía multas a los miembros de la granja colectiva por valor de 60.000 rublos en 1935 y 1936. “Ponía multas por cualquier pretexto y arbitrariamente, por no llegar a la hora exacta al trabajo, por no ir a las clases para erradicar la alfabetización, por “lenguaje grosero”, por no tener atados a los perros […] al granjero M. A. Gorshkov se le multó con 25 rublos porque “no tenía fregado el suelo de la choza.

Una ordenanza de la ciudad de Stalingrado en 1938 prohibía a la gente viajar en tranvía de forma indecorosa o sucia bajo pena de multa de 100 rublos. El investigador que informó de esto, hizo notar que, “cuando les pregunto la razón de esta ordenanza, me dicen que así se consigue que la gente se comporte con más refinamiento”.

En Astrakán, multaron a un hombre con 100 rublos por llevar sombrero. Una orden del ministerio central para la economía comunal, decía que sólo se podía tener encerradas a las aves canoras en jaulas y que estaba prohibido almacenar comida en el “refrigerador” (el refrigerador básico urbano en el periodo era el espacio que quedaba entre el cristal interior y exterior de la ventana)

La pasión de las autoridades locales por meterse en todo fue objeto de una atención crítica especial a finales de los años treinta, aunque es difícil de saber si se debió a que las cosas tomaron aún peor cariz durante las Grandes Purgas.
En mayo de 1938, una reunión nacional de fiscales regionales deploró la tendencia de los soviets de distrito y de ciudad de dictar normas obligatorias sobre las cuestiones más triviales. Como dijo el fiscal bielorruso en la reunión, ante las risas de la sala, el distrito soviético de Turov publicó una ordenanza obligatoria que prohibía a los viejos y a los niños pequeños encender cerillas bajo multa de 100 rublos como medida anti-incendios.

“Vyshinskii: ¡Incluso en la cocina!

Voces del público: Es cosa del Inspector General de Gogol”.

El soviet de la ciudad de Rechitsa publicó una ordenanza que decía que todos los dueños de casas y jefes de organización tenían que construir nuevos pavimentos de asfalto y limpiar sus casas. Además establecía el color de las mismas, por ejemplo, verde claro en la Calle del Soviet, amarillo brillante en la Calle Lenin, azul en la Calle de la Cooperativa, y verde oscuro en el resto. El quebrantamiento de la resolución suponía una multa de 100 rublos.
Una joven con carácter.

Los aktiv, el nombre colectivo del que se deriva el término activista era un tipo de grupo informal que podías encontrar en toda suerte de escenarios soviéticos. Los miembros del Komsomol y del Partido eran activistas casi por definición. En las fábricas, sindicatos, oficinas, universidades y en otras asociaciones y centros de trabajo, los miembros se dividían en una minoría activista, cuya función era “llamar a la acción, alentar a mayores esfuerzos”, y el resto, que eran los objetos de le “activización”. Era de esperar que los militantes del partido y del Komsomol fueran activistas en cualquier institución o asociación a la que pertenecieran. Pero había sitio para activistas que no eran del partido, gente con ambición y energía que se mostraban dispuestos a colaborar con los militantes.

Las principales categorías de activistas, aparte de los comunistas, eran los miembros del Komsomol, (del movimiento juvenil comunista), los estajanovistas (los trabajadores y campesinos destacados por sus extraordinarias contribuciones a la producción) los corresponsales obreros y campesinos que hacían las veces de periodistas en los diarios, y el movimiento voluntario de las esposas. Ser un activista era, en primer lugar, ser un voluntario que ayudaba a las burocracia soviéticas y del partido a llevar a cabo tareas como llevar a los niños a la escuela, recaudar las cuotas estatales de las granjas colectivas, o mejorar la disciplina de trabajo en las fábricas.

Este aspecto del activismo era, naturalmente, muy impopular entre la población no activista, que con frecuencia miraba a los activistas como los escolares miran a los pelotas del profesor. Pero los activistas tenían también otras funciones. Los activistas de Komsomol de las ciudades, orgullosos de su militancia, se destacaron en los impulsos colectivizadores y antirreligiosos de los años treinta, armados y equipados con un uniforme casi paramilitar con “calzones, botas, medias, túnica, cinto, y un cinturón que iba desde el hombro hasta la cintura y que atravesaba en diagonal el pecho”. A lo largo de la década, consideraban que su cometido especial era vigilar a la burocracia y poner en evidencia los abusos oficiales “sin acepción de personas”.
Estos eran los aspectos del activismo que resultaban emocionantes y atractivos para muchos jóvenes. La función de vigilancia de la burocracia, cual perros de presa, también gozaba de cierta legitimidad en amplios sectores de la población, en la medida en que los activistas representaban un interés público y atacaban a burócratas impopulares.

La paradoja del activismo en los treinta 30 era que daba por sentado el apoyo al régimen y a la vez criticaba a los ejecutores del mismo. Esa vertiente crítica la personificaba Katia, una humilde granjera activista del extremo oriente soviético cuyos problemas con su jefe son el comienzo de la historia de un musical popular a finales de los años treinta, “Una chica con carácter”.

En el escenario aparece una muchacha rubia. Está pronunciando un discurso iracundo en el que desenmascara a su jefe, el director de una granja de producción de cereales estatal, ante una audiencia ruidosa y chillona de obsequiosos seguidores.

“Esa es la primera vez que el espectador conoce a la heroína de la película […] Katia Ivanova. Al igual que Katia, estamos indignados con el burócrata Meshkov y esperamos con impaciencia que sean expuestos sus crímenes al escarnio público.”

Como los cargos del distrito tratan a Meshkov con guante blanco, las quejas de Katia son menospreciadas. Pero esta “mujer con carácter” no se dará por vencida. Llena de juvenil valor y atrevimiento, emprende un largo viaje hacia Moscú para pedir justicia. Para ella, el activismo supone retar a la autoridad, pero la reta con la confianza en que el Kremlin, en el más alto nivel, su comportamiento es el que se espera y aplaude en los jóvenes patriotas.
Historias como las de Katia aparecen de forma destacada en las memorias de antiguos activistas, especialmente en las de miembros del Komsomol de su generación. Para una serie de jóvenes refugiados y desertores entrevistados en Munich poco después de la guerra, el aspecto más memorable de sus vidas en el Komsomol era la lucha contra la corrupción y el oscurantismo de los funcionarios locales. Un entrevistado, que había sido profesor y activista del Komsomol en un pueblo de Kazajistán, recordaba luchar contra las camarillas que “dominaban la dirección de las Granjas Colectivas y despilfarraban la propiedad del pueblo”, y encontró aliados en el departamento político de la estación local de máquinas y tractores, una agencia de control que informaba al centro, cuya “actitud implacable” hacía las fechorías locales se ganó su admiración.

Otro entrevistado era un kirguís que había sido destinado a una región remota de la república, que quedó horrorizado por la corrupción y el atraso que allí y reinaban se convirtió en activista. “La única gente que intentaba luchar contra la ignorancia eran los profesores que venían del norte y los directores locales del Komsomol”. Después, este hombre se convirtió en un periodista de investigación, al estilo soviético, que puso en evidencia los malos tratos de un jefe local a su mujer e hijos. Esto hizo que su conservador padre kirguís le acusara de haber elegido el “vil oficio” de delator, pero él se veía a sí propio de forma más heroica: “Mi conciencia periodística y de Komsomol no me permite transigir con el mal”.
Uno de los más jóvenes entrevistados de Munich, nacido en 1921 en la provincia central rusa de Tver, creció venerando a los miembros del Komsomol de la ciudad que “se apoderaron literalmente de la misma” durante la colectivización, llevando elegantes uniformes de estilo militar y provistos de armas. “Eran guerreros que habían declarado la guerra al atraso y la ignorancia rural”.

Narraba como estos activistas atacaron y expulsaron al secretario del soviet rural, un mezquino burócrata que era “la viva encarnación de un funcionario de los días de Gogol y que forzaba a la gente a ir tres o cuatro días al soviet para resolver las cuestiones más simples. Esta persona veía al Komsomol bajo una luz completamente diferente que las generaciones posteriores a la guerra, para la que su espíritu militante e iconoclasta era apenas un recuerdo.

La función del Komsomol, dijo a sus interrogadores de Munich, era “combatir cada deficiencia de la vida del país sin acepción de personas, proclamando osadamente las exigencias y derechos de la juventud”. Las “exigencias y derechos de la juventud”, eran muy importantes al moldear el espíritu de los activistas en los años anteriores a la guerra. Otro entrevistado de Munich trató de explicar por qué, como una persona joven que había crecido en esta época (en 1914) había apoyado el poder soviético:
“A pesar de toda suerte de dificultades materiales, como la permanente escasez de comida que era especialmente grave en esos días, ni yo ni la gente joven que me rodeaba teníamos sentimientos antisoviéticos. Sencillamente encontrábamos en la tensión heroica involucrada en las acciones que implicaban la construcción de un mundo nuevo, acabar una fábrica, por ejemplo, una excusa para soportar cualquier dificultad […] era esa atmósfera de valiente lucha por la causa común, la que atraía nuestra imaginación, henchía nuestro entusiasmo y nos llevaba a una suerte de mundo paralelo en el que estábamos en primera línea y las dificultades de olvidaban o se pasaban por alto.

El activismo, como lo concebía esta persona, estaba en una importante correlación con la juventud.

“Por supuesto, éramos sólo nosotros, las generaciones más jóvenes, los que aceptábamos la realidad de esta forma. Nuestros padres estaban profundamente descontentos aunque callaban. Los argumentos de nuestros mayores, sin embargo, hacían poco efecto en nosotros, estando, como estaban, sólo preocupados por las cosas materiales, mientras que nosotros encontrábamos en la justificación oficial de ciertas dificultades un cierto idealismo que tenía un considerable atractivo para los jóvenes”.

Para algunos, el activismo juvenil parecía lo único que podía salvar la revolución. Un interrogado de Munich un poco mayor (nacido en 1904) describía las convicciones que le habían empujado al activismo, comenzando en los años veinte.

“No era la ambición de honor o recompensas lo que me hacía trabajar incansablemente y sin dormir y dedicar todos mis esfuerzos y energías al Partido y al Komsomol […] Vi que la antigua generación, agotada después de los años de la guerra y del caos que vino después, no podían ya soportar las dificultades y sacrificios inherentes a la construcción del socialismo. Por lo tanto llegué a la conclusión de que el éxito a la hora de transformar el país dependía exclusivamente de los esfuerzos físicos y de la voluntad de gente como yo”.

Los activistas esperaban encontrar trabas y peligros. Una fuente de ellos eran los jefes locales, llenos de ira por las críticas y la intromisión de los activistas. Los corresponsales campesinos que criticaban a los directores de las granjas colectivas y de los soviets de aldea eran particularmente vulnerables debido a su aislamiento físico.

Un profesor activista en una aldea siberiana describió su lucha contra los jefes locales corruptos.

“Escribo sobre diferentes asuntos al fiscal del distrito, al comité de distrito del partido, al diario del distrito, pero cuando sabes con qué pasividad reaccionan, los saboteadores se aprovechan de esto. Y como me odian, los bocazas que tienen el poder local en el soviet rural y en la dirección, se vengan de mí siempre que pueden, me matan de hambre […] pero no cederé ni un palmo de terreno. No conseguirán matarme de hambre”.

La gente opuesta al régimen y que consideraba a los activistas sus subordinados eran otra fuente de peligro. Incluso los miembros de los jóvenes pioneros, la rama juvenil del Komsomol para niños de 10 a 14 años, podían ser blanco de ataques. En el distrito de Rossoch en la Rusia Central, un baluarte de confesionalismo sectario y monarquismo, los pioneros sufrían el contaste acoso de creyentes religiosos que llamaban a la corbata de los pioneros “el nudo del diablo”, y consideraban que era un pecado llevarla. En 1935, un grupo de creyentes adultos tendieron una emboscada a algunos jóvenes pioneros cuando regresaban a casa a media noche después de una reunión en su club.

Los sectarios iban de blanco, cayeron sobre los pioneros, los llevaron al barranco y no les dejaron salir durante más de media hora. Arepev (el líder de los sectarios) atrapó al pionero K. I. Loboda, desgarró sus ropas y lanzó piedras a los demás, rompiendo la cabeza a uno de ellos. Mientras tiraban piedras, los sectarios gritaban, “Demonitos idólatras, ya os enseñaré como llevar corbata”.
En los Urales, el activista obrero Grigorii Rykov, un aspirante a escritor, fue asesinado por jóvenes locales con contactos con los kulaks después de que contribuyera a un reportaje sobre una fábrica local donde desenmascaraba a los enemigos de clase. Esos incidentes, de los que se daba cuenta con frecuencia en la prensa, hacían que todos los activistas sintieran que estaban teniendo una vida de riesgo y peligro, incluso cuando sus circunstancias reales eran bastante aburridas, y la historia de Pavlik Morozov, el joven pionero mártir, tuvo un impacto parecido.

Los activistas eran partidarios del régimen. Algunos sin duda se convirtieron en activistas por ambición, porque su apoyo podía ser recompensado con ascensos y honores. Por esa razón se veía con frecuencia a los activistas como protegidos del régimen, favorecidos y privilegiados.

Pero en su propia consideración eran guerreros, gente que consagraba sus vidas en el frente a la lucha real por el socialismo en la vida real. Eran adversarios militantes del “atraso”, lo que significaba principalmente la religión, la subordinación de las mujeres y otras prácticas tradicionales. Eran adversarios de la “burocracia”, lo que implicaba que constantemente se metían en problemas con los cargos públicos locales.

En principio Moscú apoyaba tales luchas, En la práctica, sin embargo, los activistas no podían fiarse de Moscú si los cargos locales tomaban represalias, por lo que su percepción de su activismo como algo arriesgado y valiente no carecía de fundamento.

Los comunistas se veían a sí mismos como una vanguardia, que conduciría a las masas al socialismo. Este rol movilizador, exhortador y educativo era el que mejor entendían y encontraban más agradable. Les daba un sentido de superioridad cultural y política que resultaba difícil de entender al resto de las personas.

Al igual que la idea de conspiración benigna, el concepto de vanguardia estaba arraigado en el pasado pre-revolucionario del partido. Cuando se aplicaba a una situación diferente, la de un régimen ya en el poder, era inapropiado desde diversas vertientes.

En primer lugar, la vanguardia gobernante encontraba que las masas no querían ir a donde les llevaban. La dirección perdió gran parte de su glamour cuando tuvo que tomar decisiones administrativas en la vida real. Se podía respetar a un oficial que dirigía heroicamente a sus hombres, pero no tanto al capitán de un barco de transporte que llevaba un peso muerto al puerto. Algunas veces, para hacer que las tropas se movieran en absoluto, los oficiales tenían que ponerse detrás de ellas con armas para hacerles avanzar.

En segundo lugar, este concepto de dirección de vanguardia movilizadora era de escasa ayuda cuando se trataba de gobernar el país todos los días. Para eso hacía falta una administración, una burocracia y una jerarquía: pero como los comunistas despreciaban en principio la burocracia y se ponían nerviosos con las leyes y los procedimientos rutinarios, su relación con su propio aparato administrativo era ambivalente.

La burocracia, para ellos, era en el mejor de los casos un mal necesario. Pero era un mal que seguía creciendo a medida que aumentaban las competencias y aspiraciones de control del Estado. Una vez que el Estado se había convertido en un monopolista virtual de la producción y la distribución urbana, la asignación de los recursos se convirtió en una de sus más importantes funciones, y ciertamente la que más preocupaba a la dirigencia a finales de los años treinta.

Hasta finales de los años 30, la principal preocupación de los comunistas en este ámbito había sido la redistribución, apropiándose de bienes, privando de sus privilegios a los que los habían disfrutado durante el antiguo régimen y entregando los despojos a los explotados. Ahora, como la revolución de Stalin desencadenó una era de escasez, la distribución se convirtió en una tarea de la burocracia central y la principal preocupación de los dirigentes del partido.

_________________
Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


Arriba
 Perfil Email  
 
Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
 [ 9 mensajes ] 

Todos los horarios son UTC + 1 hora [ DST ]


¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: CommonCrawl [Bot] y 1 invitado


No puede abrir nuevos temas en este Foro
No puede responder a temas en este Foro
No puede editar sus mensajes en este Foro
No puede borrar sus mensajes en este Foro
No puede enviar adjuntos en este Foro

Saltar a:  
Powered by phpBB © 2000, 2002, 2005, 2007 phpBB Group
Traducción al español por Huan Manwe