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 Asunto: Los orígenes de las Grandes Purgas.
NotaPublicado: Jue Feb 23, 2017 6:47 pm 
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Introducción: Las Grandes Purgas como historia.

“Toda persona afirma algo sobre la naturaleza del mundo que, si individualmente se considera, poco o nada añade a nuestra comprensión del mismo, de la conjunción de esas afirmaciones resultan logros considerables ”.

Aristóteles.

A los ciudadanos soviéticos, antes del periodo en que Nikita Jrushev ocupó la Secretaría general, se les enseñaba que el Partido Comunista había descubierto a mediados de los años 30una peligrosa conspiración. Según la versión oficial estalinista, fue saliendo a la luz en 1934-1936 que muchas de las personalidades más notables del Partido habían sido enemigos “encubiertos” del mismo, que habían consagrado sus esfuerzos a minar el Partido y el régimen Soviético, y ello desde los primeros días de la Revolución. Trotsky era el cabecilla principal, de esta “pandilla” de “enemigos” entre los que se contaban otros bolcheviques veteranos como Zinoiev, Bujarin, Kamenev, Rykov y muchos otros que se habían presentado falsamente como camaradas de Lenin.

Estos traidores nunca habían dejado de ser espías, saboteadores y opositores que deseaban derrocar el socialismo, provocar una escisión el partido y restaurar, en última instancia, el capitalismo en la URSS. Conspiraron con la Gestapo alemana para derrocar a la dirigencia del partido en un sangriento golpe de Estado que se calculaba que coincidiría con la invasión de la URSS por uno o más gobiernos fascistas. En una serie de trascendentales procesos públicos, los traidores fueron desenmascarados por la policía secreta y el Partido, cuya atenta vigilancia reveló la traición. Los conspiradores reconocieron su culpabilidad abiertamente en los tribunales, y el pueblo soviético condenó unánimemente su perfidia.

La vigilante policía secreta había erradicado con justicia la traición, siguiendo todas las formalidades legales. Sólo los culpables habían resultado castigados, y al fin se logró salvar el poder soviético.
Los especialistas occidentales y los disidentes soviéticos han ofrecido otra explicación de los acontecimientos, más compleja en principio, pero que en un análisis más detenido revela ser casi tan maniquea como la historia estalinista.

Según esta visión, Stalin había exigido a principios de los años 30 el arresto y la ejecución de opositores y disidentes a los que se iba a acusar de traidores. Parece que en un primer momento se encontró con la oposición de una combinación de “moderados” del Politburó entre los que se contaban S. M. Kirov (cabecilla de la organización del partido en Leningrado) y Sergo Ordzhonikidze (comisario para la industria pesada) que, supuestamente, se resistieron a imponer la pena de muerte a los miembros del partido y se impusieron en la disputa. El ascenso de Kirov a la dirigencia central del partido en 1934 representaba una alternativa tanto política como personal al liderazgo de Stalin. Por lo tanto Stalin consideró que había que liquidar a Kirov. Le pegaron un tiro en su oficina de Leningrado el 1 de diciembre de 1934. Las circunstancias de su muerte parecían implicar la complicidad policial en el asesinato.

Horas después del asesinato, Stalin había promovido legislación de emergencia para acelerar los procesos sumarios de presuntos terroristas, legislación que contemplaba la ejecución de la pena capital inmediatamente después del fallo, y sin derecho de apelación. La prensa vinculó al asesino (un tal Leonid Kikolaev) con los antiguos opositores partidarios de Zinoiev y Kamenev, y muchos de ellos fueron arrestados en una ola de terror policial en escalada continua

En el periodo posterior, el asesinato de Kirov fue empleado como prueba de la continuada existencia de enemigos y como justificación necesaria para un número cada vez más creciente de arrestos, procesos y terror. Kikolaev y docenas de personas más fueron ejecutados por la Narodnyi Kommissariat Vnutrennykh de la (NKVD; el Comisariado Popular de Asuntos Internos, la policía secreta) en represalia por la muerte de Kirov.

De acuerdo con la perspectiva occidental, Stalin empleó el asesinato de Kirov como excusa para desencadenar una “campaña” de terror. Un crescendo de purgas (la purga de 1933, la Verificación de los Documentos del Partido de 1935 y el Intercambio de Documentos del Partido de 1936) intensificó la “caza de herejes”.

En una serie de juicios farsa, los antiguos opositores (Zinoiev y Kamenev en 1936, Piatakov y Radek en 1937 y Bujarin y Rykov en 1938) fueron vilipendiados y después ejecutados por traición y sabotaje. En la tempestad que sobrevino entre 1937 y 1938, el Partido y el Estado fueron decapitados. Desaparecieron sin dejar rastro personas notables en todos los campos. En junio de 1937, el Mariscal Tujachevskii y la mayoría de los oficiales superiores del ejército rojo fueron arrestados y fusilados por traición, y gran parte del alto mando fue tras ellos, directo a las celdas de ejecución de la policía secreta.

Prácticamente la totalidad de la dirigencia regional del partido fue arrestada y fusilada, como así como casi todos los Viejos Bolcheviques. La Ezhovshchina (tiempo de Ezhov) tomó el nombre de N.I. Ezhov, el jefe de la NKVD.

Se han vertido una serie de especulaciones acerca las razones de Stalin para desencadenar esta sanguinaria operación. Fainsod sostuvo que trató de librarse de posibles rivales a su liderazgo supremo (Kirov, o tal vez, Bujarin), asegurando de este modo la continuidad de su poder personal. Igualmente, Isaac Deutcher y otros historiadores han pensado que Stalin avizoraba la próxima guerra y quería asegurarse de que no existiera una quinta columna tras las líneas soviéticas y que un personal totalmente leal ejecutara sus órdenes sin reservas. Algunos piensan que Stalin tenía que aterrorizar a todo el país si quería implantar el “totalitarismo” un sistema político en el que resulta aplastada toda fuente independiente de autoridad o autonomía.

La atomización social mediante el terror salvaje y aleatorio se ha venido considerando como un pre-requisito para la creación de un nuevo Estado totalitario. Brzezinski dio una vuelta de tuerca al modelo totalitario al defender que las Grandes Purgas se llevaron a cabo para demostrar el poder de un totalitarismo ya existente, más que para instaurar uno.
Otros comentaristas se han centrado en aspectos patológicos más que políticos. Sostienen que Stalin padecía una serie de desórdenes psicológicos (paranoia, síndrome maniaco-depresivo, esquizofrenia, etc.); eso le hizo desconfiar hasta de su sombrea y le infundió un odio obsesivo a los viejos bolcheviques, que conocían bien sus limitaciones y amenazaban así su perturbado espíritu.

La mayoría de las narrativas occidentales y de los disidentes soviéticos comparten ciertos supuestos: que los acontecimientos políticos de 1933 a 1939 constituyen un fenómeno unificado (las Grandes Purgas) que puede estudiarse como un solo proceso; que las Grandes Purgas fueron planificadas, preparadas y ejecutadas por un solo agente (Stalin); y el objetivo de las purgas fue los Viejos Bolcheviques de la generación de Lenin y Stalin. El presente estudio examina estos supuestos a la luz de las fuentes primarias disponibles y los halla insostenibles.

Aunque la quimérica historia estalinista es muy distinta de la occidental, las dos comparten un supuesto interpretativo sobre la estructura. Ambas versiones suponen que las burocracias del partido (y la policía) eran eficaces y obedientes. Ciertamente tanto los escritores occidentales como los estalinistas han pretendido mostrar que la burocracia soviética era terriblemente eficiente: totalitaria para los escritores occidentales, monolítica y sólidamente unida a los estalinistas.

El consenso casi universal existente sobre un aparato monolítico ha hecho que haya sido fácil pasar por alto pruebas (así como el sentido común y la experiencia personal) como para creer casi sin reserva alguna que una burocracia poco formada e inculta en un enorme país campesino y en vías de desarrollo funcionaba de algún modo y se hacía obedecer lo bastante como para merecer el título de totalitaria. En su investigación de la estructura del Partido Bolchevique en los años treinta, este estudio cuestiona la aplicabilidad del modelo totalitario.

Repensando el Estalinismo.

Una tradición débil de crítica de las fuentes y una historiografía en desarrollo sobre los problemas ligados con ellas hacen aconsejable una reevaluación de los años treinta. En sus obras sobre las Grandes Purgas, los académicos y periodistas han confiado tradicionalmente, en gran medida, en las memorias de emigrados y desertores soviéticos, y también en lo relatos de las víctimas del terror.

Esos relatos de primera mano, publicados en Europa Occidental, Estados Unidos e incluso en la Unión Soviética son obra de personas de muy diferentes trasfondos. Mencheviques, trotskistas, gerentes de fábricas, oficiales militares, agentes de inteligencia, diplomáticos y víctimas, cada uno con sus recuerdos.
Los relatos personales son fuentes valiosas que nos aportan descripciones muy vivas de las experiencias y del impacto psicológico de los acontecimientos en las personas que los escribieron. La experiencia de Victor Kravchenko como un joven ingeniero soviético en los años treinta, la literatura carcelaria de Solzhenitsin, y las memorias de los campos de trabajo de Eugenia Ginzburg ofrecen impresiones personales y detalles que no podríamos encontrar en otra parte. Uno puede sentir, parcialmente, lo que significaba ser objeto del terror, Uno puede comprender, aunque nunca experimentar, lo que suponía el exilio a Siberia.

Pese a ello, los historiadores profesionales, con bastante fundamento, suelen mostrarse escépticos por lo que respecta a las memorias y autobiografías. Louis Gottschalk, el famoso historiador de la Revolución francesa, las consideraba fuentes poco fiables escritas de manera tardía y dirigidas al público general por personas de intenciones cuando menos sospechosas.
Aparte de los problemas de crítica patentes en las memorias y testimonios (autenticidad, sesgo, parcialidad, etc.), las investigaciones recientes del género han recalcado los elementos novelísticos presentes en estas obras.


Paul Fussel, en su célebre estudio de las memorias de la Primera Guerra Mundial, ha observado que “la memoria es un género de la ficción, que difiere de la novela propiamente dicha […] únicamente por medio protestas implícitas y continuas de veracidad o de apelaciones a hechos históricos documentados […] los materiales que se pasan escribiendo van pasando de la forma de diario cada vez más a lo figurativo y ficticio”.

Incluso si uno adopta en principio una actitud “generosa” en cuanto al empleo de memorias, no está muy claro lo que las memorias de las Grandes Purgas pueden revelar en cuanto a los motivos del terror, o incluso sobre lo que realmente sucedió. En general aportan más apasionamiento que luz. Nos dicen cómo se sentían los autores de las memorias pero no como se sentía Stalin. Ninguno de ellos se hallaba lo bastante cerca de los círculos de poder (algunos no estaban cerca en absoluto) como para conocer bien las disputas internas de la dirigencia y los alineamientos en el seno de la misma, por no hablar de los objetivos y métodos de Stalin.

Fueron víctimas que contemplaron el proceso desde abajo, y sus observaciones sobre la alta política no son sino conjetura y especulación. Y con todo, la confianza en este tipo de “pruebas” ha sido tan omnipresente como prolongada.

La inaccesibilidad a los archivos soviéticos de las Grandes Purgas ha llevado a una voluntaria suspensión de la incredulidad y a una forma de proceder que no se corresponde con lo que se pudiera llamar justamente metodología rigurosa.

Pareciera que en ningún otro periodo de la historia los profesionales quedarán tan rápidamente convencidos por las anécdotas. Fragmentos de segunda o tercera mano de cotilleos de pasillo han sido base de grandes generalizaciones analíticas. Las historias de los campos de prisioneros (“Mi amigo conoció a la mujer de Bujarin en un campo y dijo…”) se han convertido en fuentes primarias de la toma de decisiones a nivel central. La necesidad de generalizar a partir de particulares aislados (y no verificados) ha transformado los rumores en fuentes y ha hecho que la repetición de anécdotas se tenga por confirmación. Ciertamente, el primer experto en las Grandes Purgas ha escrito que: “la verdad sólo puede ser alcanzada por testimonios de segunda mano” y “fundamentalmente, la mejor, aunque no infalible fuente, es el rumor”.

Pero mientras los tipos inexplorados de fuentes incluyan materiales impresos y de archivo, no es ni necesario ni menos seguro confiar acríticamente en rumores y anécdotas.

Los estudios históricos sobre otros aspectos de la historia soviética plantean asimismo la necesidad de un nuevo enfoque. Ciertamente, pese una historiografía dominada por los modelos totalitarios, las teorías de la historia basadas en los hechos de los “Grandes Hombres”, y las polémicas sobre “revoluciones traicionadas”, ciertos especialistas llevan tiempo elaborando enfoques que tienen en cuenta los conflictos y los grupos de interés a la historia política soviética. Algunos académicos han llegado a defender que la mejor caracterización de la política soviética sería el “pluralismo institucional”.

Los recientes estudios históricos especializados sobre el periodo posterior a 1929 han demostrado que la política en los tempranos años del liderazgo de Stalin era a menudo errática e insuficientemente estructurada.

La formulación de la política social y educativa, por ejemplo, era frecuentemente incierta, improvisadora y dubitativa. La política agrícola e industriales del régimen a finales de los años veinte y principios de los años treinta fueron desenvolviéndose de forma gradual, a partir de una serie de diversas iniciativas en conflicto y virajes políticos.

Tanto las políticas sociales como las económicas se planteaban, modificaban y ejecutaban al compás de las circunstancias. Los estudios recientes sobre los temas económicos, políticos e intelectuales en los años de la posguerra, han recalcado, igualmente, la fragmentación, indecisión y las disputas internas en el seno de la dirigencia.

En general los investigadores en los años veinte y cuarenta han manifestado su perplejidad ante la naturaleza voluntarista y ad hoc de la formación de las políticas estalinistas. Va siendo hora de contemplar de otro modo los años treinta.

Ninguno de estas obras ha sugerido que Stalin no fuera el actor político más poderoso, pero algunas de ellas han dicho implícitamente que no era (ni podía haber sido) necesariamente el autor de toda iniciativa.
Frecuentemente parece haber ejercido su autoridad situando su respaldo y su peso político en pro de una u otra facción o alternativa.

Desde este punto de vista, los lugartenientes de Stalin no sólo tenían facultades ejecutivas sino generadoras de políticas. Algunas veces Stalin parecía apoyar a ambos bandos en una cuestión y era difícil saber cuál era su posición. Uno, por tanto, no debe sorprenderse si Stalin, de forma parecida a Hitler empleara una “fórmula de gobierno” indirecta (y en ocasiones errática) en los años treinta.

El presente estudio somete a examen la estructura, organización, composición y evolución del PCUS de 1933 a 1939. Aunque nuestro análisis aborda temas como la política de admisión de miembros y las purgas, la propaganda del partido, la oposición política y las disputas económicas, el foco incide en la relación entre las organizaciones periféricas y centrales del partido. Esto era lo que los políticos contemporáneos querían decir cuando hablaban de la “cuestión organizativa”, y constituía el principal problema estructural y fuente de conflictos en el aparato del partido a lo largo de esa década.

El análisis pone al desnudo una sección central de la estructura del partido, de abajo-arriba, recalcando los canales de comunicación y mando, el “loci” del poder, y las fuentes del conflicto político. Nuestros hallazgos sugieren que el Partido Comunista de la Unión Soviética, en los años treinta, era ineficaz y se hallaba fragmentado y escindido en formas diversas debido al conflicto interno entre facciones. Aunque las fuentes no son suficientemente completas como para permitirnos muchas conclusiones tajantes sobre los años treinta, el empleo crítico de las pruebas disponibles nos ofrecen un cuadro de un Partido Comunista con cuadros técnicos deficientes, dividido políticamente, cuyas relaciones organizativas parecen más primitivas que totalitarias.

A su vez, esta reinterpretación de la estructura del partido tiene implicaciones para la interpretación acontecimientos de las Grandes Purgas. Estos sucesos no formaban todos parte del mismo crescendo terrorífico, planificado de antemano, y no constituían un único proceso o fenómeno. Las purgas de los miembros del partido de 1933 a 1937 no eran simplemente los predecesores del terror político de 1938 y estaban relacionadas con ellas sólo de modo indirecto.

Ciertamente, todos los acontecimientos políticos de los años treinta no eran parte del mismo fenómeno, y un supuesto básico de este estudio es que un análisis de la estructura del partido puede sortear tales falacias reduccionistas. Además, las decisiones políticas parecen improvisadas, confusas, y más contradictorias que coherentes. Aunque está claro que Stalin tomó decisiones cruciales durante las Grandes Purgas, considerables pruebas circunstanciales sugieren que lo hizo de modo precario, tardío, y, como tantos políticos poderosos, decantándose por acciones diversas o apoyando ciertas políticas.

Al contrario que otros enfoques de la política de los años treinta, este análisis no se centra en la personalidad de Stalin. Aunque es verdad que era el actor político con más autoridad del periodo, las especulaciones sobre su estado mental, actitudes privadas y prejuicios carecen de fundamento, dada la escasez de pruebas de primera mano acerca de estas cuestiones. Nuestro enfoque es político (y algunas veces institucional e ideológico) nunca biográfico. Por supuesto no siempre es posible evitar conjeturar sobre los planes e intenciones de Stalin. En la narrativa que sigue, la diferencia entre una hipótesis profesional y un aserto probado debe quedar siempre clara.

El estudio se limita al funcionamiento interno del aparato del Partido Comunista durante los años treinta, y no se abordan una serie de asuntos y acontecimientos.

Los tres juicios espectáculo principales no se analizan en detalle, pues ya lo han hecho y de forma exhaustiva otros investigadores. Tampoco se tratará de fijar el número total de víctimas de las Grandes Purgas. Como no hay estadísticas convincentes, todos los cálculos son bastante subjetivos y parecen reflejar el punto de vista de la persona que realiza el cálculo. Tampoco se tratará de describir la red de campos de trabajo o de ir al detalle de quién y cuándo fue arrestado, quien estuvo en tal campo y demás. Este es un campo, igualmente, asaz trillado.

El espacio y el alcance de esta obra no permiten un análisis pormenorizado de otras cuestiones relacionadas con la historia de los años treinta (y quizás de las Grandes Purgas). Las cuestiones de las nacionalidades, la disputa entre la gerencia industrial, el movimiento estajanovista, la promoción de nuevos cuadros y las riñas sobre política exterior merecen un tratamiento riguroso por su propio derecho, pero aquí se tocan sólo en la medida en que están vinculadas con las contiendas dentro del aparato del Partido propiamente dicho.

Debido a las limitaciones de espacio y de las fuentes disponibles, este estudio se centra en la estructura y en las políticas del periodo, que alcanzan el punto álgido de la Ezhovshchina a finales de 1937. La falta de material de archivo y una prensa no demasiado reveladora hacen difícil analizar los acontecimientos de 1938 con el detalle que sería deseable.

Este análisis trata simplemente de contribuir al esclarecimiento de ciertas cuestiones y disputas políticas que conformaron el clima para el desencadenamiento de la violencia política. En consecuencia, el trabajo presente no es una historia exhaustiva de las Grandes Purgas, pues sólo el acceso a los archivos políticos soviéticos permitirá que los historiadores escriban trabajos definitivos sobre los sucesos. Este estudio sigue tan sólo un enfoque que posiblemente haya sido inexplorado hasta ahora con respecto a las Grandes Purgas: la lucha seccional y estructural dentro del aparato del partido en los años treinta.

No obstante, tal ejercicio debiera tener implicaciones para una comprensión más cumplida de las causas de las Grandes Purgas. Este trabajo pretende reconstruir los acontecimientos políticos en el Partido Comunista a mediados de los años treinta empleando sólo fuentes primarias. La primera categoría de fuentes consiste en material del archivo de Smolensk, una colección de registros del Partido Comunista de la Región (oblast) que se llevaban con anterioridad a la Revolución de 1917 y que alcanzan el año 1939. Son los registros de las organizaciones del partido a todos los niveles, regional, de distrito, de ciudad y de célula. Contienen tres tipos de documentación: ficheros de miembros, actas de las reuniones y cartas. Los archivos contienen igualmente copias de cartas órdenes y documentos enviados de Moscú y dirigidos a los comités locales y regionales del partido. Merle Fainsod empleó estos registros para escribir su famosa obra Smolensk Bajo el Poder Soviético, pero con escasas excepciones, se ha hecho caso omiso del Archivo desde esos días.

La segunda clase de fuentes incluye documentos impresos, discursos publicados, decisiones, resoluciones y demás. Los historiadores han empezado sólo recientemente a efectuar un empleo crítico y juicioso de la prensa soviética. Una lectura cuidadosa de las decisiones del partido, por si sola, ha mostrado interesantes conflictos e incluso puntos de vista divergentes en el seno de la dirigencia estalinista en los tiempos de las Grandes Purgas. Tal estudio no implica una voluntaria suspensión de la incredulidad ni una aceptación ciega de los clichés oficiales, sino únicamente el consenso contemporáneo en que, si bien los documentos Soviéticos son con frecuencia diabólicamente selectivos y están repletos de omisiones, son importantes indicios de los problemas que los dirigentes creían que existían y de lo que querían que se hiciera, consideraciones que no son grano de anís en una historia tan misteriosa.
Ningún trabajo académico ha moldeado los “ciclos” existentes de fuentes primarias soviéticas (nacionales y locales) en un relato coherente. Esa combinación de fuentes locales y centrales aporta una visión interna de cómo el centro dictaba órdenes, de como esas órdenes se ejecutaban a nivel local, y permite a uno también “mapear” el territorio político del temprano Estalinismo.

El capítulo 1 analiza las tensiones y disputas en la dirigencia central del partido y presenta un cuadro de la desorganización existente en las provincias. Los siguientes dos capítulos exploran los problemas entre el centro y la periferia examinando los fracasados intentos de Moscú para reformar las prácticas de reclutamiento en el partido a comienzos de los años treinta. El capítulo cuarto resume las tentativas de los ideólogos y radicales del partido para revivir las organizaciones del partido mediante la agitación demagógica. El capítulo 5 sigue de cerca una campaña paralela radical (y ominosa) para resolver los problemas del partido erradicando a los “enemigos del pueblo”. La escalada de 1937 de radicalismo, tensión, violencia y caos se exploran en el capítulo 6 y el capítulo 7 aborda la Ezhovshchina.

En este periodo de estudio, muchos cientos de miles de inocentes fueron arrestados, encarcelados o enviados a campos de trabajo. Miles fueron ejecutados. Nada en las páginas que siguen puede entenderse que minimiza, justifica o excusa el terror, pese a la terminología y la retórica que el empleo constante de los textos contemporáneos fuerza al autor a utilizar. Ciertamente, cualquier intento de excusar esa violencia sería un sinsentido y un absurdo moral. No hay intención de exonerar o rehabilitar a Stalin por su responsabilidad en tales horrores; a pesar de la naturaleza y el grado exacto de su participación real, su posición como líder del partido le confiere una acentuada responsabilidad en los acontecimientos que se desencadenaron bajo su liderazgo.

Aunque las cuestiones morales parecen claras, las históricas no lo están tanto. Si la moral bastara para determinar la culpabilidad o la responsabilidad, no tendría sentido la investigación histórica.

Siempre, para comprender por qué ocurrió algo, es necesario en primer lugar saber qué ocurrió de verdad.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Los orígenes de las Grandes Purgas.
NotaPublicado: Jue Feb 23, 2017 8:56 pm 
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Capítulo Primero: El Partido Comunista en los años 30.

La organización no es sino una forma de mediación la teoría y práctica”.

Georg Lukacs.

“La política no puede separarse mecánicamente de la organización”.

V.I. Lenin.

Las reflexiones sobre el Partido Comunista Soviético de los años treinta han generado con frecuencia en el imaginario popular la idea de una organización cerrada, monolítica, jerarquizada y disciplinada que funcionaba sin disenso, provista de un elevado nivel de control centralizado.

Con el ascenso de Stalin a líder supremo, la era de los años veinte, con sus despreocupadas disputas sobre la cultura, sus heroicas luchas personales y sus abiertos debates sobre la economía ya sociedad parecía finiquitada. El control de Stalin parecía haber congelado el Partido en un molde de obediencia y no de debate, de terror iniciado desde el centro y no de libertad, y de la petrificación y no de evolución.

Pese a ello sería ingenuo ser engañados por el culto a la personalidad de Stalin y aceptar las protestas estalinistas de total unidad. Sería poco realista suponer que las diferencias de opinión dentro del partido desaparecieron sin más ni más después de 1929. Los debates sobre el ritmo y el carácter de la industrialización, la naturaleza centralizada de la toma de decisiones, la cuestión campesina y el alcance de las políticas frente a la disidencia, fueron silenciados después de 1929, ciertamente, pero prosiguieron en secreto.

En la actualidad se conoce bastante sobre los debates internos del Partido y sobre la naturaleza y el grado de la colectivización que se llevó a cabo en 1929-1931 Uno puede conocer igualmente algunos elementos de las divergencias e incertidumbres relativas al tratamiento de los “especialistas burgueses” y a los cambios en la política educativa y social.

Incluso a finales de los treinta, los escritores han sospechado largo tiempo la existencia de debates sobre las Grandes Purgas, su naturaleza y extensión.
Pese a los denodados esfuerzos de la dirigencia estalinista para evitar que estos debates trascendieran para el gran público, las bases de la controversia acabaron filtrándose a la prensa y los estudiosos atentos pueden evaluarlas. Los grupos de interés dentro la no podrían oponerse en general a la línea establecida, pero en los casos en que no existía una política claramente fijada, el debate, la negociación y la presión era posible incluso en los años de Stalin.

Los virajes constantes en la política oficial en torno a determinadas cuestiones apuntan claramente a debates y discrepancias. La prensa estalinista no dejaba de afirmar la corrección de las políticas de la dirigencia y nunca dejo de tratar de unir al país en torno a la “línea general”. ¿Pero cuál era la “línea general”? ¿Era la destrucción de los Kulaks como clase de 1930 o la colectivización más ralentizada del siguiente año? ¿Estaba incorporada en las fantásticas tasas prescritas para el crecimiento industrial en el primer plan quinquenal, o en las más modestas proyecciones del segundo? ¿Era la expulsión el vituperio de la oposición del partido o la bienvenida a los antiguos opositores en el decimoséptimo congreso del partido en 1934? ¿Estaba representada por un estrecho control central sobre los nombramientos de personal o por la relativa autonomía de dirigentes locales y regionales del Partido?

De hecho, las llamadas incesantes para que se cumplieran las enseñanzas del “gran y prudente maestro”, el Camarada Stalin, y las constantes pruebas que aparecían en la prensa para señalar que el país y el partido estaban sólidamente unidos con su dirigente, poseen un tinte y un tono de desesperación para los académicos que las leyeron años después. ¿Por qué era necesario atribuir cada iniciativa política al gran maestro? ¿Por qué era políticamente deseable para la burocracia enmascarar el proceso político real detrás de la pueril fachada de la verdad revelada por el Maestro? ¿Acaso el culto de la personalidad de Stalin poseía un fundamento distinto a la necesidad de satisfacer su innato narcisismo?

Muy bien puede ocurrir que cuando uno encuentra las más ruidosas protestas de unidad es señal de que de unidad más bien poco. Para valorar la cohesión y unidad del partido, es preciso investigar la situación interna del mismo, de arriba abajo. Por lo tanto, el análisis comienza con un examen de algunas de las cuestiones políticas a las que se enfrentaban los dirigentes de más algo rango del Partido y después pasa a realizar una evaluación de la estructura de los rangos medios e inferiores del mismo.

Atisbando a través del oscuro cristal de las mistificaciones y clichés oficiales que caracterizan al periodismo de la era de Stalin, se pueden identificar facciones y grupos de interés que apoyaban políticas diversas. Es más difícil hacer esto en los años treinta que en los años veinte debido a lo que parece una política (no escrita) de no impulsar o permitir siquiera el debate público sobre cuestiones sensibles. Pero los partidarios de diversas políticas continuaron hablando, si bien con un perfil bajo y valiéndose de un lenguaje esópico, y con frecuencia ambas facciones invocaban el nombre de Stalin para apoyar soluciones diametralmente opuestas.

Aunque existieron muchas peleas, contiendas y querellas personales, tres cuestiones fundamentales preocupaban a los dirigentes del partido y explican el contexto de las Grandes Purgas. Estas tres cuestiones eran la planificación económica, el destino de la antigua oposición y el control y la racionalización del aparato territorial del partido. Este estudio se centrará fundamentalmente en las disputas en el seno del aparato del partido, aunque cada una de ellas era un componente de las Grandes Purgas.

Las disputas siguieron siendo tranquilas y latentes hasta finales de 1936 y principios de 1937. En esos tiempos, fue al traste una serie de compromisos políticos y estallaron los conflictos fundados en estas cuestiones. La ruptura de la paz generó la atmósfera para el desencadenamiento de las Grandes Purgas cuando Stalin sancionó el uso de la violencia para zanjar las disputas políticas. Estás tres cuestiones salieron a relucir en el famoso Decimoséptimo Congreso del Partido que se reunió en Moscú a principios de 1934, así que es adecuado que comencemos aquí nuestro estudio.

Una dirigencia divida: el Decimoséptimo Congreso del Partido.


El Decimoséptimo Congreso del Partido, que se celebró entre el 26 de enero y el 10 de febrero de 1934, pasó a la historia del mismo como el “Congreso de los Vencedores” y estuvo rodeado de una atmósfera de triunfalismo. El clima de optimismo fue inspirado por la exitosa cosecha de 1933. Este acontecimiento se consideraba, por lo general, como la primera prueba de la “corrección” de la línea general del partido: la colectivización de la agricultura acompañada de un rápido crecimiento industrial. Hasta entonces la línea general no se había destacado en absoluto, y no tenía garantizada su permanencia.

La unanimidad aparente del congreso de los vencedores fue una ilusión. Parece, por ejemplo que un número de delegados del Congreso debatieron la remoción de Stalin o al menos la reducción del poder del Secretario General. Los rumores sugieren que el bloque anti-Stalin era encabezado por secretarios regionales del partido disidentes, pero al presente no es posible documentar o incluso extraer conclusiones sobre este misterioso incidente.

Las actas del congreso revelan, sin embargo, otro conflicto entre los dirigentes. Se produjo una disputa inusitada sobre el ritmo de la planificación económica entre el Primer Ministro V. M. Molotov y el Comisario para la Industria pesada G. K. Ordzhonikidze.

El primer plan quinquenal, (1929-32) ha sido descrito como un periodo de revolución cultural, durante el cual los radicales y activistas dentro del Partido Comunista (y de la sociedad) criticaron el capitalismo y los “valores burgueses” que permeaban todo, desde el arte hasta la educación a la planificación económica.
El movimiento era verboso y abigarrado en sus objetivos, los radicales criticaban a los profesores conservadores, proponían planes utópicos visionarios, eran campeones de la “cultura proletaria” y criticaban a los “artistas burgueses.”

Coincidiendo con la derrota política de Bujarin y de la oposición de derecha, el periodo de revolución cultural contempló también como los radicales establecían objetivos de producción muy altos en la industria (la “variante máxima” del primer plan quinquenal) Basados en la tradición heroica revolucionaria en el partido, que sostenía que los Bolcheviques podían asaltar cualquier fortaleza, los radicales creían que para lograr el éxito económico el entusiasmo era a la vez condición necesaria y suficiente.

Para ellos, defender la disminución de los objetivos del plan (“ralentizar su tempo”) era equivalente a la contrarrevolución, y las tempranas fases violentas y caóticas de la colectivización rural se registraron bajo el control de los radicales. Los radicales pretendieron aniquilar también a los especialistas técnicos pre-revolucionarios y reemplazarlos con trabajadores nuevos ascendidos “desde el banquillo”.

La fuerza radical era mayor en el Komsomol, entre jóvenes estudiantes técnicos, y entre los entusiastas activistas del partido que llevaron a cabo la colectivización y encabezaron la guerra de clases frente a la NEP y todo lo que esta suponía.
El otro punto de vista, que puede llamarse “moderado”, incluía a aquellos dirigentes, funcionarios y planificadores económicos que, aunque no se unieron a la oposición derechista de Bujarin, adoptaron sin embargo muchos de los mismos supuestos gradualistas sobre el crecimiento económico y la colectivización agrícola. Los moderados estalinistas o pro-estalinistas se oponían al enfoque aventurero y voluntarista de los radicales y defendían objetivos de planificación realistas y que consideraban “más racionales”, que era lo mismo que si hubieran dicho menos ambiciosos.

Los moderados valoraban el profesionalismo y la pericia más que el entusiasmo y buscaban proteger a los especialistas burgueses de los ataques de los radicales. Al estar formado por ingenieros educados de forma más tradicional, economistas profesionales, y planificadores institucionales, este grupo defendía que los ritmos fantásticamente elevados de los radicales violaban “normas técnicas” puesto que la maquinaría no soportaría el abuso de una producción acelerada por los entusiastas. Los moderados apuntaban igualmente que el énfasis en la velocidad reduciría ciertamente la calidad de los bienes producidos.

Los puntos de vistas radicales y moderados existieron dentro de un bloque estalinista que contenía elementos inclinados a ambos extremos. La dicotomía radical y moderada reproducía sencillamente un espectro político más amplio en el cual la oposición de izquierda y derecha habían sido sólo los extremos.
Las derrotas aparentes de esos dos grupos de oposición oficialmente reconocidos llevaron únicamente al ostracismo de las facciones más estridentes que habían estado dispuestas a forzar sus puntos de vista y que fueron motejados de dirigentes de “facciones”.

Al contrario que la oposición de izquierda y derecha, los estalinistas radicales y moderados apoyaban la línea general, aunque con diferente énfasis. Los dos puntos de vista surgieron en la literatura del periodo del primer Plan Quinquenal. En la Novela de Valentín Kataev “¡Hora de avanzar!” el joven líder de la brigada de construcción Ishchenko se mostró alarmado por el hecho de que otra brigada hubiera vertido más cemento que la suya y rogó a su superintendente:

“Puedes pegarme si quieres… perdona, pero… esto, ¡es un hecho! Te daré 350 hombres, y si uno sólo vierte menos… puedes romperme la cabeza. ¡Los chicos te lo garantizan! Da la orden camarada, y ya verás”.
Para los Ishchenkos, “el concepto de entusiasmo era uno de los elementos de su comprensión de la técnica”.

Nalbandov (un viejo ingeniero bolchevique) era uno de los moderados. Su educación técnica de primer orden le decía, “Esto es un proyecto serio, no una representación… la normas técnicas estaban siendo revisadas muy audazmente y con demasiada irreverencia. Ellos (los radicales) estaban invadiendo los campos de los técnicos con desinformada brutalidad. Estaban poniendo en tela de juicio las afirmaciones de autoridades extranjeras en la materia muy imprudentemente. Estaban conmoviendo las tradicione. Sí, el entusiasmo, es quizás algo muy hermoso, pero no muy científico”.

V. V. Kuibyshev, jefe de la Gosudarstvennaia Planovaia Komissia, el Gosplan: la Comisión de Planificación estatal, y V.M. Molotov, el Primer Ministro, habían sido radicales valedores de ritmos más acelerados. Entre los moderados, Gleb Krzhizhanovskii (uno de los pocos ingenieros bolcheviques, amigo personal de Lenin) era un hombre destacado, aunque probablemente es fácil y lógico suponer que la gran mayoría de los economistas profesionales e ingenieros eran moderados. G. K. (Sergo) Ordzhonikidze, Comisario para la Industria Pesada en los años treinta, sería también un importante portavoz de la moderación.

La posición y el respaldo que daba Stalin a uno u otro grupo varió con frecuencia. Antes de 1928 apoyó las políticas gradualistas y moderadas de la NEP. Después se alineó con los enemigos de la NEP, partidarios de la destrucción del capitalismo en el campo y la ciudad y de la represión de lo que quedaba de la intelectualidad pre-revolucionaria.

En la primavera de 1930, sin embargo, había signos de que volvió a ponerse al lado de los críticos de los excesos de los radicales. Su artículo “Desmayados por el Éxito” y su réplica a “Los Camaradas de las Granjas Colectivas” publicados en marzo y abril de 1930 condenaban la violencia contra los kulaks en el campo y denunciaban a los entusiastas que habían ido “demasiado lejos”.

Los radicales agrarios como Karl Bauman fueron destituidos por su vinculación con los excesos en el campo. El nuevo viraje de Stalin a políticas más moderadas fue evidente en junio de 1931, cuando su discurso “Nuevas condiciones, nuevas tareas” hacía notar que la antigua intelectualidad no era uniformemente perversa y que había que dejarlos tranquilos en la medida en que trabajaran con lealtad.

Aunque Stalin continuó apoyando elevados ritmos de desarrollo industrial en principio, pronto sancionaría ritmos muy inferiores en el segundo plan quinquenal.
El conflicto entre moderados y radicales salió a la luz en la disputa sobre los objetivos de producción en el segundo plan quinquenal (1933-1937) El Gosplan, bajo el mando de V. V. Kuibyshev, comenzó a redactar el plan a principios de 1931 y sometió una primera versión al Sovnarkom (Consejo de Comisarios del Pueblo) en otoño de ese año. El gobierno se hallaba tan dividido que censuró todo debate público sobre el plan e incluso suspendió la publicación del diario del Gosplan Planovoekhoziaistvo (Economía Planificada) De nuevo surgieron debates después de sólo cuatro meses cuando, en febrero de 1932, Molotov y Kuibyshev presentaron una segunda variante del plan con objetivos muy reducidos en relación con su primera redacción.

Después de estudios posteriores, de negociaciones y de más disputas aún se presentó una tercera versión del Plan para su toma en consideración por el Pleno del Comité Central en enero de 1933.

Esta variante contenía los objetivos menos ambiciosos presentados hasta la fecha, y su enfoque moderado fue respaldado por Stalin. En el Pleno, Stalin defendió el primer plan diciendo que “había fustigado el país y lo había arrojado hacia delante”. Defendió los elevados objetivos previos (frente los críticos moderados o pertenecientes a la “derecha” del partido) como realistas por la sencilla razón de que habían sido alcanzados.

Pese a lo anterior se alineó con la moderación y anunció objetivos globales anuales inferiores de un crecimiento del 13 al 14 % en el siguiente periodo, en comparación con el 22% previsto en el primer plan. Stalin justificó su decisión recurriendo a varios argumentos, casi disculpándose con los radicales por la disminución del ritmo de industrialización. En primer lugar, dijo, era posible ir más despacio en el segundo periodo porque el primer plan había sido una victoria aplastante, y por tanto era hora de dominar las máquinas que el primer plan había conjurado con tanto éxito. En segundo lugar, defendió la disminución del ritmo haciendo notar que el 13 o el 14% del nivel de 1932 era en realidad un crecimiento mayor de lo que había sido el crecimiento de 1928, así que no era posible considerar el cambio como una retirada.

Ciertamente Stalin, como hábil político, estaba tratando de congraciarse con los dos puntos de vista dentro de la dirigencia económica del partido.

La confirmación del segundo plan quinquenal fue asunto de la máxima importancia en la agenda del decimoséptimo congreso del partido, y Molotov, como jefe del gobierno, presentó el informe principal del Plan. Uno podría pensar que después de la intervención de Stalin en enero de 1933 la cuestión de los objetivos industriales había quedado zanjada. Sólo le restaba al Congreso del Partido confirmar el plan. Pero los defensores de ritmos de producción incrementados no se habían dado por vencidos.

Muchos de los que oían a Molotov debieron quedar estupefactos al verle anunciar tasas de crecimiento industrial proyectadas del 19% para el segundo plan. Las discusiones y los “debates” sobre los discursos en los congresos del partido se habían convertido en esta época en ceremonias sosas y rutinarias, así que aún fue más raro y escandaloso el hecho de Ordzhonikidze pusiera abiertamente en tela de juicio las cifras expresadas en el discurso de Molotov, argumentando que eran incoherentes con las decisiones anteriores del partido. Ordzhonikidze propuso objetivos anuales inferiores (16,5%) que parece haber sido un compromiso entre el 13 y 14% del que hemos hablado antes y el 18,9% de Molotov.

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 Asunto: Re: Los orígenes de las Grandes Purgas.
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NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 3:34 pm 
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La dirigencia resolvió instituir una comisión “ad hoc” para zanjar la cuestión a puerta cerrada y no afrontar los riesgos congénitos en un debate abierto. En la comisión estaban Stalin, Molotov, Ordzhonikidze, el resto de los miembros del Buró Político, y otros expertos económicos.

La comisión del congreso, a puerta cerrada, decidió aceptar la reducción de las cifras de Molotov propuesta por Ordzhonikidze. Cuando concluía el Congreso, Molotov hico una “declaración” en la que anunciaba los resultados de las deliberaciones de la comisión. Sus lacónicas observaciones pretendían restar importancia a la disputa. “Las propuestas efectuadas en el Congreso que apuntaban a la necesidad de conducirse con gran prudencia con respecto a las tareas del segundo plan quinquenal, en atención a las presentes circunstancias, fueron adoptadas por la comisión de forma unánime”.

Tras anunciar la tasa de crecimiento anual proyectada inferior del 16,5%, señaló: “Como se puede ver, las enmiendas adoptadas no alteran las metas fundamentales fijadas por el Segundo Plan Quinquenal”.

Molotov tenía razón, por supuesto. Incluso la tasa reducida de Ordzhonikidze era extremadamente ambiciosa, y la reducción no cambió en lo fundamental la dirección del Plan. Pero la reducción sí que alteró o modificó las proyecciones radicales y utópicas de Molotov. Para nuestros fines, es más importante que hagamos notar lo que hay de revelador en este incidente, ya que arroja luz sobre las divisiones y disputas dentro del Partido.

Era muy anómalo, casi insólito, que un portavoz pusiera en tela de juicio un informe de la dirigencia en un Congreso del Partido celebrado en esa época. Ordzhonikidze, al romper la etiqueta, nos hace ver la profundidad de las discrepancias sobre los ritmos de crecimiento.

Es sorprendente que la dirigencia no alcanzara un compromiso o componenda antes de una reunión que se suponía que iba a ser un modelo de unidad del Partido, y lo normal hubiera sido que un aspecto tan crucial ya hubiera quedado solventado antes pasar por el ritual público de un Congreso del Partido. El conflicto personal entre Molotov y Ordzhonikidze (y el político entre radicales y moderados), seguiría muy vivo en los años y meses que siguieron a este Congreso.

Otros cambios muestran que Stalin se estaba apoyando en otros sectores y que la influencia de los radicales se estaba desvaneciendo. Fueron desechadas las rígidas “cuotas proletarias” de admisión en las academias industriales, en parte debido a la escasez de postulantes cualificados entre los obreros y en parte porque los moderados se quejaban de que muchos de los obreros-ingenieros (tanto titulados como praktiki) eran unos ineptos.
Stalin parece haber apoyado a los radicales en el Primer Plan y a los moderados en el Segundo.

El supuesto operativo desde principios de 1933 hasta mediados de 1936 era que a los moderados se les permitiría llevar a cabo el Segundo Plan Quinquenal según sus propias ideas, mientras que los radicales serían trasladados a otras tareas del Partido como la agitación, la propaganda y la educación política. Todas las declaraciones públicas de Stalin en el periodo sugieren que respaldaba este compromiso.

Varios aspectos de la “relajación” en la sociedad, (que muchas autoridades han creído erróneamente que fueron impuestas a Stalin debido a la oposición encabezada por Kirov) eran manifestaciones de este clima moderado. A finales de 1935 y 1936, sin embargo, los moderados se preocuparon por una nueva manifestación de radicalismo en su propio campo económico, y uno de las manifestaciones de este nuevo reto fue el Estajanovismo.

Esta tensa tregua entre Molotov y Ordzhonikidze y entre radicales y moderados llegaría a su fin. Molotov derrotaría a su rival y los radicales denunciarían a los moderados como traidores, todo ello en un clima de creciente suspicacia política.

Una segunda cuestión que afrontaba el partido tocaba al trato que debían recibir los antiguos opositores. La victoria de la línea general en el Decimoséptimo Congreso quedaba demostrada por el regreso de los opositores derrotados a la vida del Partido, siempre que aceptaran públicamente la línea de Stalin. Muchos de ellos, como Zinoviev, Kamenev, Preobrazhenskii, Piatakov, y Bujarin, intervinieron en el propio Congreso. Si bien varios de ellos fueron recibidos con silbidos e imprecaciones de los asistentes, el hecho de que hablaran en el Congreso indicaba una actitud relativamente “blanda” del régimen para con los opositores, al menos a principios de 1934. Para entender la relación vacilante entre el grupo estalinista y la oposición, sería de utilidad revisar la historia de esta disputa.

Entre 1923 y 1932, fueron conformados una serie de movimientos de oposición que trataban de oponerse a las políticas del aparato central. La oposición Trotskista (1923-1926) criticó las prácticas antidemocráticas y sobre-centralizadas del aparato del Secretariado del Partido, pedía libertad de crítica y elecciones dentro del mismo, e insistía en una política más revolucionaria en el extranjero encabezada por la Comintern. La oposición de Zinoiev y Kamenev en 1926 criticó la política pro-campesina de la NEP defendida por Bujarin (y en esa época por el propio Stalin) y propuso un desarrollo más rápido de la industria. Estos dos grupos se fundieron en 1927 para formar la Izquierda, o la Oposición Unida, que combinaba las críticas de Trotsky y Zinoiev y enterraba las diferencias que los habían separado anteriormente.

La facción de Stalin y Bujarin aplastó a los izquierdistas acusándoles de fomentar una escisión en el partido por cuestiones meramente personales. La dirigencia usó el poder clientelista del aparato central de personal para destituir, transferir, dispersar y en última instancia expulsar a los miembros de la oposición en 1927.

Cuando Stalin y sus partidarios comenzaron a escorarse a la izquierda en 1928, proponiendo la rápida colectivización de la agricultura y ritmos muy rápidos de crecimiento industrial, Bujarin y sus seguidores defendieron el gradualismo de la NEP. Stalin etiquetó a Bujarin, Rykov y Tomskii de opositores (desviacionistas de derechas) pese al hecho de que era Stalin el que se había estado oponiendo a la política vigente.
La oposición de la Derecha deseaba una colectivización gradual, más espontánea y ritmos moderados de crecimiento industrial; vaticinaban un desastre en el campo si se adoptaba el aventurero curso de acción de Stalin.

La facción de Stalin derrotó a esta oposición con armas tan efectivas como probadas. Se acusó cínicamente a los derechistas de deslealtad, de falta de disciplina en el partido y de promover “la restauración del capitalismo en la URSS”.
Los miembros de la oposición de derechas fueron destituidos de sus posiciones de control, en los sindicatos (Tomskii), en el Comité de Moscú (Uglanov y Riutin), en Pravda (Bujarin), y en otras instituciones, aunque no sufrieron el exilio como los trotskistas.
Mientras se estaba acabando con el ala derechista, se readmitió a una serie de opositores de izquierda. Radek, Piatakov, I. Smirnov, y otros Trotskistas abjuraron de sus “errores” de 1927 cuando se produjo el viraje de Stalin a la izquierda, y proclamaron su solidaridad con las nuevas políticas del aparato estalinista. De hecho, hasta 1925, bastaba con que un opositor se arrepintiera para que fuera readmitido en el partido. De modo que a partir de1929, los antiguos izquierdistas volvieron del exilio y fueron readmitidos en el Partido.

Trotsky mostró su amargura por lo que consideraba la deserción seguidores desde su solitario exilio en Turquía. De las principales figuras de la Oposición Unida, sólo Trotsky y Rakovskii permanecieron en la oposición y continuaron denunciando las políticas del aparato.

Bujarin, Rykov y Tomskii habían abandonado la oposición y públicamente (aunque sin demasiado entusiasmo) se asociaron con las políticas de Stalin, otras oposiciones de derechas salieron a la superficie entre 1929 y 1932. El grupo encabezado por A. P. Smirnov, el grupo Syrtsov-Lominadze, el grupo Eismont-Tolmachev, y el círculo que promovía la plataforma Ruitin presentaban parecidas propuestas. Sus puntos comunes consistían en ralentizar o detener la colectivización, reducir el ritmo de expansión industrial, y la reconciliación entre los antiguos grupos de oposición. La Plataforma Riutin de 1932 fue más lejos que nadie pues pedía la destitución de la dirigencia estalinista.

La represión estalinista de estos nuevos disidentes fue inmediata pero desigual en su aplicación. Algunos militantes fueron expulsados del partido, pero otros simplemente sufrieron pública censura. De este modo, A.P. Smirnov fue expulsado del Comité Central pero no del partido. Lominadze fue expulsado del partido breve tiempo, pero fue readmitido pronto y se le nombró secretario del partido, a cargo del importante proyecto de construcción de Magnitogorsk. Aunque Bujarin y Rykov sufrieron críticas por conocer y servir de inspiración a estas plataformas opositoras, siguieron manteniendo sus puestos en el Comité Central.
Los rumores sugieren que la dirigencia estaba dividida en la cuestión del tratamiento que había que dar a la oposición.

Se dice que Stalin era partidario de tratar con severidad a Riutin mientras que otros miembros del Buró Político se pronunciaban por la clemencia. Otros rumores sostienen que había dos facciones, dura y blanda, que se hallaban en conflicto sobre el tratamiento que había que dar a los disidentes. Según esas historias, Stalin permaneció neutral cuando estos dos grupos trataron ejercer influencia sobre él. Los rumores no son pruebas y no podemos conocer la actitud real de Stalin con un mínimo grado de certeza.
Lo que sí está claro que el trato que se dispensaba a la oposición variaba mucho. Zinoiev y Kamenev estaban mal considerados de 1927 a 1929 pero fueron readmitidos durante el primer plan quincenal.

Fueron sin embargo arrestados y exiliados, a finales de 1932 (o a comienzos de 1933) A comienzos de 1934 (cuando se celebraba el decimoséptimo congreso) volvieron a ser bien acogidos. Intervinieron en el congreso y aparecieron artículos suyos en Pravda en 1934. Stalin proclamó en el Congreso que la oposición en el Partido había sido “completamente desmoralizada y aplastada […] no hay nada que demostrar y a lo que parece, nadie con quién luchar”.

Volvieron a ser arrestados e ingresaron en prisión a principios de 1935 a raíz del el asesinato de Kirov, pero no fueron acusados de delitos que conllevaban la pena capital hasta 1936. Parece, por tanto, que el régimen no estaba siguiendo una política unificada y coherente con respecto a la oposición. Parece convincente suponer que la aparición de los opositores en el Decimoséptimo Congreso representó el punto culminante de la línea blanda, pese a que los silbidos que recibieron en el Congreso manifestaban que no todos estaban satisfechos con la componenda final.
Las vidas y fortunas de antiguos notables bolcheviques como Zinoviev, Kamenev, y Bujarin han fascinado a los especialistas occidentales.

Sin embargo no está nada claro qué impacto tuvo el destino de los opositores derrotados en la militancia del partido o en el aparato en 1930. La mayoría de los miembros se habían unido al Partido partir de 1929, después de que los opositores fueran destituidos y cayeran en desgracia, y muchos de ellos ciertamente consideraban a estos políticos amortizados o incluso “gente antigua”.

Los antiguos opositores habían habrían sufrido ostracismo social y político proveniente de los miembros del aparato del Partido, y la represión o rehabilitación de trotskistas o bujarinistas caídos en desgracia o desempleados lo más probable es que careciera de importancia en las preocupaciones o en el desarrollo de las carreras de los cargos que se habían impuesto.

Cualquier oscilación del péndulo político hacia la represión de la oposición amenazaba, ciertamente, a los relativamente escasos opositores, así como a aquellos asociados con ellos (incluso en el pasado) y conocidos también a disidentes políticos. El arresto de los viejos Trotskistas, sin embargo, no involucraba la represión de los miembros del aparato. Por el contrario, la supresión de la antigua oposición pudiera, en ciertas circunstancias, haber sido bien recibida en ciertos estratos del Partido.

Al contrario que la participación en el desarrollo de la política económica o el control del aparato del partido, el sino de la oposición no era, necesariamente de crucial importancia para los funcionarios del partido en los años treinta.

Más bien, la “cuestión trotskista” podría servir como un “vehículo metafórico” que los actores políticos empleaban en otras controversias.

Así Molotov podía atacar al muy popular Ordzhonikidze sin recurrir a una confrontación abierta y directa acusando a sus subordinados de trotskismo.

Igualmente, los dirigentes centrales del partido podían denunciar a las cuadrillas provinciales denunciando el trotskismo regional sin abrir un debate público sobre la naturaleza organizativa del régimen. El arresto de Trotskistas no era nuevo para el liderazgo del partido y por sí mismo no perturbó o amenazó la cadena de mando. Pero el uso generoso de la acusación de trotskismo sí que lo hacía.

Y el tercer problema, y para nuestros presentes propósitos el más importante, con el que se enfrentaba el partido era el funcionamiento de su aparato en el país en su conjunto. Durante el primer plan quinquenal, los comités regionales del partido habían asumido funciones adicionales de administración económica. Eran responsables de la organización de la colectivización y del cumplimiento de los planes económicos en sus territorios. Por lo tanto dictaron directivas económicas y agrícolas en relación con el sembrado, la cosecha, la organización del trabajo, la producción industrial, y otras cuestiones económicas y administrativas.

Como los secretarios del partido llegaron a ser ejecutivos agrícolas e industriales, necesariamente dejaron de lado otras funciones más tradicionales del partido, la agitación y la propaganda, la educación política de los nuevos cuadros, y el mantenimiento de los ficheros y registros del partido.

Al mismo tiempo, los comités regionales del partido perdieron la pista al control del reclutamiento de los miembros del partido. En el periodo de 1929 a 1931, la afiliación al partido se duplicó, ya que una masa de trabajadores y campesinos fueron admitidos en el mismo para llevar a cabo la colectivización y la industrialización, y para inflar las cifras locales de afiliación.

Gran parte de los 1.8 millones de nuevos miembros no tenían ni idea de historia o del programa del Partido y se consideraban políticamente analfabetos funcionales. Los acontecimientos mostrarían que algunos miembros del partido ni siquiera conocían los nombres de los dirigentes del partido o del gobierno, por no decir los detalles de su programa político.

Los comités del partido estaban demasiado ocupados como para prestar mucha atención a la formación de los nuevos miembros. El flujo masivo de nuevos afiliados sobrepasó en mucho las capacidades administrativas del partido. Muchos de los portavoces en el congreso de 1934 se quejaron de los problemas organizativos y de afiliación, que comprendían un bajo nivel de sofisticación ideológica entre los miembros del partido, el estado deficiente de los registros y una importante incapacidad de las organizaciones del partido para hacer cumplir las decisiones.

El Secretario del Comité Central L. M. Kaganovich pronunció un discurso en el decimoséptimo congreso “Problemas organizativos del partido y de la construcción soviética”, que tocaba estos temas. Abordando sucintamente los problemas ocasionados por las admisiones masivas e indiscriminadas en el partido entre 1929 y 1932, declaró que “debemos admitir honradamente” que el partido no ha podido “probar, adiestrar y consolidar” a las masas.

Su discurso sugería también dos soluciones para remediar una situación en la que un gran número de los miembros carecían de formación, cultura y competencia: purgar el partido y esforzarse por incrementar más la educación política en las filas.
El primer punto de los esfuerzos del partido para mejorar la debilidad de sus afiliados, conllevó una purga tradicional en el partido, la chistka (barrida, limpieza, “purga”) de 1933. Comenzada el año anterior, la purga fue acompañada de una parada temporal de nuevas admisiones al partido y fue concebida para reducir sus filas. Analizada en el capítulo 2 con cierto detalle, la purga constituía un intento de mejorar la eficacia de las organizaciones del partido reduciendo su tamaño.

La ejecución de la purga de 1933 y sus sucesoras (La Verificación de Documentos del Partido de 1935 y el Intercambio de Carnets del partido de 1936) revelaba ulteriores divisiones dentro de la dirigencia.
El segundo aspecto de la campaña para reformar las organizaciones del partido era la educación de los miembros de partido que permanecieron en éste.
Kaganovich afirmó que una política correcta de prácticas de afiliación constituía sólo la mitad del problema.

La otra mitad era aportar a los miembros un adecuado “bagaje ideológico” de modo que pudieran “curtirse” desde el punto de vista político. Esto se lograría mediante una conjunción de escuelas del partido y de educación política práctica y “de campo”. Apuntando que el partido ya había dado pasos en esa dirección, Kaganovich dijo que entre 1930 y 1933 el número de escuelas del partido había aumentado de 52000 a más de 200.000 y el número de estudiantes de un millón a cuatro millones y medio. El partido tenía cinco veces más propagandistas en 1933 que en 1928, siendo el 51% de ellos trabajadores (en comparación con el 8 % en 1928)

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 Asunto: Re: Los orígenes de las Grandes Purgas.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 9:18 pm 
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De los 7 primeros hilos de historia, 5 van de la Unión Soviética, pero no estamos obsesionados con el tema.

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Me importa mucho lo que tú pienses sobre mis "obsesiones".

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 Asunto: Re: Los orígenes de las Grandes Purgas.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 9:21 pm 
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No escribo en este foro en función de lo que a ti te importe o no, tampoco hay que ser tan diva.

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 Asunto: Re: Los orígenes de las Grandes Purgas.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 9:25 pm 
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Me importan un carajo tus motivaciones, la verdad.

Bueno y tú en general. Yo escribo lo que me da la real gana y si no te gusta a chuparla.

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 Asunto: Re: Los orígenes de las Grandes Purgas.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 9:27 pm 
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Pero si es eso mismo lo que yo te acabo de decir pero con mejores maneras.

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 Asunto: Re: Los orígenes de las Grandes Purgas.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 9:30 pm 
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Rezz escribió:
Pero si es eso mismo lo que yo te acabo de decir pero con mejores maneras.


Las buenas maneras las reservo para quien las merece. Es una mercancía valiosa que no hay que malgastar.

Y lo dicho, a chuparla.

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 Asunto: Re: Los orígenes de las Grandes Purgas.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 9:34 pm 
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Yo en ese sentido soy menos sectario, pero de ese tema ya hemos hablado muchas veces.

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 Asunto: Re: Los orígenes de las Grandes Purgas.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 9:46 pm 
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Con el pesimismo de la razón pero sin el optimismo de la voluntad.
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Registrado: Vie Abr 03, 2009 1:07 pm
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Ubicación: Laniakea
Si no te interesa un tema no intervengas en él. Y si no te gusta pues te jodes y a seguirla chupando, que eso se te da muy bien, cari.

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"Negar el derecho a la autodeterminación, o a la separación, significa indefectiblemente, en la práctica, apoyar los privilegios de la nación dominante". El derecho de las naciones a la autodeterminación, Lenin (1914).


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 Asunto: Re: Los orígenes de las Grandes Purgas.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 9:47 pm 
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Más Feliz que una Perdiz
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Registrado: Mar May 30, 2006 1:18 pm
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Ubicación: Rusia, Venezuela, y a Cuba como al marido de la reina
Ricardo Mella escribió:
Si no te interesa un tema no intervengas en él. Y si no te gusta pues te jodes y a seguirla chupando, que eso se te da muy bien, cari.


Así de sencillo, y por cierto, cualquier comentario o crítica es bienvenido, of course.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Los orígenes de las Grandes Purgas.
NotaPublicado: Vie Mar 03, 2017 9:51 pm 
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Contra viento y marea
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Registrado: Sab Jul 08, 2006 4:09 pm
Mensajes: 36994
Malet escribió:
Pues un off-topic, como tnatos.

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Traducción al español por Huan Manwe