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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mié Abr 12, 2017 5:11 pm 
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En septiembre de 1925, en el cuarto año de la regencia, Hirohito disponía de un pequeño pero bien equipado laboratorio biológico en el Palacio Akasaka. Tres años después, en el segundo año de su reinado, hizo construir, en el recinto de los Jardines Fukiage, el Instituto Imperial de Investigación Biológica, con un invernadero y dos enormes laboratorios, provistos cada uno de una sala para coleccionar especímenes y bibliotecas.

Hattori trabajaba en este laboratorio y dio clases al Emperador durante los cuatro años siguientes sobre ciencia básica. Hasta 1944 tanto él como otros ayudantes acompañaban a Hirohito a sus instalaciones personales de investigación tres o cuatro veces al año. Allí, con dos barcas de remos y una barca de pesca más grande y remodelada, pescarían especímenes varios.

Años más tarde, Hattori editó el Sagamiwan sango erarui zufu (dibujos de especímenes marítimos en la bahía de Sagami), mientras que Sanada Hiroo y Kato Shiro realizaron los dibujos coloreados. Baba Kikutaro redactó las explicaciones de los dibujos. Como la Agencia de la Casa Imperial reformada poseía el copyright, el libro fue atribuido a Hirohito. Sin embargo el nombre del emperador no figura en ningún sitio, lo que suscitaba la pregunta de si había intervenido en alguna medida en la investigación.

El propio Hirohito siempre fue muy modesto en relación con su interés en la biología. Cuando se publicó el Sagamiwan sango, Hattori valoró las aptitudes científicas de su discípulo en un debate que apareció en el Sandē Mainichi el 2 de octubre de 1949. Cuando se le preguntó si los estudios del Emperador debían considerarse una investigación científica auténtica y no el mero trabajo de un aficionado, Hattori respondió:

“Recientemente el Catedrático Satō Tadao, de la Universidad de Nagoya, escribió en un diario de la ciudad que no eran más que investigaciones de un aficionado. Ciertamente, depende de cómo se considere la cuestión, eso es cierto. Nunca publicó nada con su nombre y acabó aportado datos en bruto a distintos especialistas. Por lo tanto desde cierto punto de vista no es más que un coleccionista en última instancia. Pero yo no estoy de acuerdo. No sólo entregaba el material que había recogido, pues primero lo investigaba de forma concienzuda antes de entregarlo, y desde ese punto de vista no tiene nada de aficionado”.

La afirmación de Hattori tiene perfecto sentido.
El coleccionismo de especies y los estudios taxonómicos encajaban sin lugar a duda en la naturaleza metódica de Hirohito. Y ciertamente en sus años más activos, cuando grandes desórdenes le rodeaban, con problemas de difícil e incierta solución, la ciencia siempre le servía como relajación. Gracias a las enseñanzas de Hattori el Emperador se convirtió en un naturalista y en un patrón de la biología marina, con el hobby de coleccionar animales y plantas marinas, como babosas, estrellas de mar, hidrozoos y medusas. Como persona que deseaba ser científico y como estudiante riguroso de la evolución biológica de las criaturas marítimas a lo largo de miles de años,

Hirohito no podía ignorar la escala temporal enormemente más reducida de la Casa Imperial Japonesa, que de forma arbitraria se había fijado oficialmente que se remontaba a 2.600 años. Cabe dudar, no obstante, que esa conciencia clara de la discrepancia le llevara a rechazar por completo su creencia, que le inculcaron desde niño, en la divinidad de su propio linaje ancestral. Hirohito nunca dejó de hacer caso a lo que le inculcaron desde niño. Y al hacerse viejo comprendió a apreciar, tal vez demasiado bien, el valor de las ilusiones ideológicas y del reforzamiento de la obediencia a códigos oficiales de conducta. Él pensaba que la ciencia moderna y el kokutai, la comunidad política nacional, eran conciliables y no entraban necesariamente en conflicto.

La cuestión más general, sin embargo, es que la ciencia consiguió cultivar el lado científico y racional de la personalidad de Hirohito: su idea de sí mismo como un pensador objetivo, abierto siempre a argumentos y consejos fundados en las pruebas y la razón. Pero había otra faceta de la personalidad de Hirohito, ligada con su vocación y su sentido moral. Esta faceta concertaba su personalidad metódica y científica con los imperativos y frenos de ser un emperador divino. De aquí que las ideas de Sugiura Shigetake, Shiratori Kurakichi, y Shimizu Tōru fueron mucho más influyentes en su personalidad, pues conformaban el contexto en el que se entretejía su pensamiento por lo general objetivo y racional.

Sugiura Shigetake era un pedagogo confuciano ultranacionalista que había recibido una educación occidental en Inglaterra y que al regresar fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad para la Educación Política, así como colaborador en la célebre revista Nihonjin (Los japoneses), “cuyo fin expresamente declarado era la preservación de la esencia nacional”. Sugiura tuvo parte, junto con su amigo Tōyama Mitsuru, en la reacción intelectual conservadora contra la civilización y el pensamiento de la ilustración que había dominado Japón en la primera década y media posterior a la Restauración Meiji. Más tarde prestó servicios como un alto funcionario del Ministerio de Educación, a cargo de la instrucción moral. En 1892 Sugiura fue fundador y director (hasta su muerte en 1924) de la Escuela Secundaria Japonesa. En el tiempo en que Ogasawara le recomendó como el profesor de ética de Hirohito (y después de Nagako)

Muchos de sus antiguos estudiantes ya ocupaban puestos distinguidos en la vida política e intelectual japonesa. Sugiura tenía 51 años, y ya era un ideólogo y monárquico muy reputado cuando daba clases a Hirohito sobre los principios que debían regir su conducta. Sugiura pensaba que se encarnaban en las insignias reales de la espada, la espada y el espejo de bronce, que la diosa solar, Amaterasu Ōmikami, había donado supuestamente a su nieto, Ninigi-no-mikoto, para que las empleara en la pacificación del pueblo japonés. Las insignias reales poseían un significado ético, ya que expresaban las tres virtudes que debía expresar todo monarca: valor, inteligencia y benevolencia.

Hirohito no puso abiertamente en tela de juicio sus enseñanzas, aunque acabó valorando las insignias reales a su manera, como símbolos principalmente de su autoridad política y moral. Como tales, siempre habían de ser custodiados celosamente y exhibidos de cuando en cuando para asegurar la seguridad del trono. Además, Hirohito no podía encontrar la fuente definitiva de su legitimidad en la sangre. Como descendiente de la Corte del Norte del siglo XIV, su línea genealógica no se había considerado, ni por los eruditos del siglo XIX de la Escuela de Aprendizaje Nacional ni por el gobierno Meiji, como la más legítima línea sucesoria. Las otras reglas fundamentales que enseñaron a respetar a Hirohito estaban comprendidas en la Carta de Juramento de Cinco Artículos (1868) y en el Edicto Imperial sobre Educación (1890) Esos documentos habían reforzado el poder y la autoridad de Meiji, y Sugiura creía que los ideales existentes en ellos (y los súbditos tenían que estar supuestamente a su altura) también constituirían los valores morales de Hirohito en el futuro.

El enfoque de Sugiura a la Carta del Juramento Meiji recalcaba la prudencia del documento pero quitaba importancia a su contingencia política. Hirohito en este caso también fue más allá de Sugiura y a partir de su propia lectura de la historia japonesa del siglo XIX, aprendió a situar el documento en su tiempo. El proceso (el 6 de abril de 1868) de los rituales del juramento, en el que Meiji juró ante la diosa solar, progenitora mítica de la familia imperial, y la Carta de Juramento de Cinco Artículos, que guiaron las tempranas reformas de su reino, no eran más que concesiones prácticas a los señores feudales potencialmente obstruccionistas y a los nobles de corte de Kyoto.

Estos últimos podían haber puesto en dificultades el poder de los líderes golpistas samurái (es decir, de la Restauración). Los rituales del juramento fijaban una primera etapa a la hora de fundar la autoridad independiente de la “voluntad imperial”. Hirohito insistiría después que la Carta de Juramento era un documento no histórico y atemporal, una suerte de Carta Magna del liberalismo japonés, pero la verdad es que se pasó sus primeras dos décadas de emperador tratando de llevar a efecto la “voluntad imperial”.

El Edicto Imperial sobre la Educación (que comprendía la particular lectura que Sugiura dio a palabras clave) impresionó igualmente mucho a Hirohito. La primera conferencia de Sugiura sobre el Edicto de la Educación se centraba en el término kōso kōsō que figura en tal documento, para determinar exactamente cómo debía ser interpretado. Kōso Kōsō, según afirmó, “alude a los antepasados de Su Majestad el Emperador y a la Nación Japonesa.

Cuando nuestros antepasados fundaron esta nación devino coexistente con el cielo y la tierra y eterna”. Sugiura observó cómo los sucesivos emperadores a lo largo del tiempo siempre habían tratado de continuar con “el trabajo inconcluso de sus antepasados imperiales”. Como Sugiura creía en la superioridad moral del trono japonés, sus conferencias posteriores sobre el Edicto de la Educación no podían dejar de ensalzar a la monarquía japonesa a expensas de otras naciones.

Así pues Sugiura enseñaba que en los países extranjeros la relación entre gobernante y gobernado se debía al poder y se limitaba por la sumisión, mientras que en Japón, “el Emperador gobierna al pueblo sin poder. La benevolencia ha sido implantada tan profundamente en las mentes del pueblo que la relación entre soberano y súbdito es indestructible. Por lo tanto la gente se somete dichosamente al Emperador”.

Es dudoso si Hirohito aceptó en algún momento la idea de Sugiura de “gobierno sin poder”. Pero la idea del Emperador como encarnación de la benevolencia resultaba muy atractiva para Hirohito, y cuanto más se decantaba por actuar como militar, más atractiva era esa alternativa. Sugiura no estaba implantando sólo un sentido moral en el futuro monarca, también estaba generando disonancia cognitiva y frustración.
El más temprano biógrafo de Hirohito, Nezu Masashi, observo cuando resumía las doce clases
introductorias que recibieron en el primer año Hirohito y sus compañeros y sus partes más destacadas, lo siguiente:

“Se las denominaba insignias reales, la Bandera del Sol Naciente, la Patria, las fuerzas armadas, los altares, el arroz, las espadas, los relojes, el agua, el monte Fuji, el sumo y los espejos”.

Únicamente en el segundo año de sus lecciones de ética Sugiura les hizo leer acerca de cuestiones abstractas como la benevolencia, la equidad, enmendar las malas acciones, la fidelidad, la justicia y la decencia, así como temas concretos como el trono imperial, Uesugi Kenshin (un guerrero samurái del siglo XVI) los cuarenta y siete samurái sin amo de Ako (un cuento clásico de vendettas feudales) y Tokugawa Mitsukuni (un ejemplo de lealtad imperial y nacionalismo sintoísta. En el tercer año impartió clases sobre George Washington, Colón, la teoría de la población de Malthus, Pedro el Grande y Rousseau y en el cuarto año del Káiser Guillermo II y Mahoma. Sólo se encontraban treinta ejemplos extranjeros. La gran mayoría de los temas abordados trataban de la sabiduría confuciana y de la historia de los emperadores japoneses. Sugiura dio cuatro clases sobre el Edicto Boshin de 1908, cinco sobre el Edicto Imperial a los Soldados y Marinos (de 1882) y once sobre el Edicto Imperial sobre la Educación (de 1890). Sin embargo sólo dio una vez clase sobre la Constitución Meiji, lo que indicaba el escaso valor que les concedía. En sus clases Sugiura trataba de debilitar el conocimiento científico que Hirohito estaba descubriendo alabando el nacionalismo japonés y el expansionismo. Les hablaba de la flor del crisantemo, el emblema de la casa imperial, y llegaba a la conclusión de que “llamamos a las potencias occidentales países avanzados y civilizados […] sin embargo, al igual que consideramos que la flor del crisantemo es la más bella, así Japón no tiene par por lo que respecta a su civilización y fortaleza nacional”.
También trató de transmitir un cierto sentido de rivalidad entre razas, observando, que “las naciones europeas y los Estados Unidos pertenecen a la misma extracción racial la raza aria […] Nuestro imperio japonés tiene que ser bien consciente de tener que enfrentarse a las diversas razas arias en el futuro con nuestro propio poder”.

Hirohito nunca se aficionó a Sugiura como persona como lo hizo con Hattori. Pero tampoco se apartó nunca de la concepción neo-darwiniana del orden internacional que le enseñó. Tampoco abandonó Hirohito nunca la idea, inculcada por Sugiura, de que las cualidades superiores morales y espirituales acaban teniendo un peso decisivo en el resultado de cualquier conflicto.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mar Abr 18, 2017 4:01 pm 
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EL ENFRENTAMIENTO CON EL MUNDO REAL.

Cuando el príncipe Hirohito celebró su mayoría de edad a los 18 años, en la primavera de 1919, la monarquía se hallaba en un periodo decadente, y no dejaba de recibir golpes por todas partes. Se acrecentaba la autoridad de la Dieta y el primer ministro. Los partidos políticos se estaban volviendo más poderosos. En el extranjero, se habían desplomado de la noche a la mañana monarquías seculares: los Romanov en Rusia, los Hohenzollern en Alemania, los Habsburgo en Austria-Hungría y los Otomanos en Anatolia, los Balcanes y el Oriente Medio. Nunca había parecido tan inestable la monarquía hereditaria, o el entorno internacional más hostil a la institución. En ese momento los delegados japoneses en la Conferencia de Paz de París estaban descubriendo las fuertes tendencias en pro de la paz internacional y la democracia que se diseminaban en la Europa de posguerra y en el mundo entero.

El Káiser alemán, con quien habían parangonado a menudo al Emperador Meiji, había tenido que abdicar a comienzos de noviembre de 1918. Poco tiempo después, escapó a un exilio no deseado en Holanda. Cuando la conferencia de paz de Versalles se reunió oficialmente el 18 de enero de 1919, los Aliados instauraron inmediatamente una Comisión de Responsabilidad que analizaría el posible enjuiciamiento del ex káiser Guillermo ante un tribunal internacional por “conculcar la moralidad internacional” y quebrantar la santidad de los tratados. La prensa japonesa, según iba avanzando la labor de la comisión, no dejó de informar que las potencias Aliadas habían rechazado la propuesta nipona sobre la igualdad racial, así como la querella por la toma de Japón en tiempo de guerra de la provincia de Shantung (ahora Shandong). Los periódicos japoneses no se extendieron mucho sobre la amenaza a la inviolabilidad de los monarcas que llevaba aparejada procesar a un antiguo soberano por crímenes de guerra.

Sin embargo, y entre bastidores, tanto el ministro de exteriores como los principales delegados japoneses, Makino Nobuaki y Chinda Sutemi, se mostraron muy preocupados por el efecto que pudiera tener en el sentir japonés sobre el sagrado kokutai el procesamiento de un jefe del Estado.

Este era pues el trasfondo de la ceremonia de celebración de la mayoría de edad de Hirohito y de los últimos tres años (1918-1921) de su educación en el Ogakumonjo: en el extranjero, el descrédito del principio monárquico, y en casa la indiferencia pública hacia el trono, críticas cada vez más abiertas y valientes del sistema social y político, exigencias crecientes de reforma del Estado, y el empeoramiento de la imagen de un monarca capaz de gobernar directamente. Las élites gobernantes tenían buenas razones para no fiarse de la estabilidad del trono ni del futuro del joven príncipe en esos tres años. Otro motivo ulterior de preocupación era la personalidad de Hirohito, una cuestión que suele pasarse por alto en biografías que no consiguen poner en contexto su poliédrica vida. Las reticencias de Hirohito, su voz aflautada y la impresión de no poseer un verdadero “espíritu marcial” eran rasgos de su personalidad que salieron a relucir una y otra vez durante su reinado como emperador. También su naturaleza impresionable en grado sumo y su escasa personalidad, como una redacción de la época escolar en 1920, con 19 años, donde se limitaba a reproducir los puntos de vista de los ancianos que le rodeaban. El recorrido por Europa Occidental que hizo de marzo a septiembre de 1921 le hizo madurar mucho, y regresó de él dispuesto a hacerse valer en las cuestiones políticas y a prepararse para ello.
A hora temprana del 7 de mayo de 1919, una semana después de cumplir 18 años, Hirohito abandonó el Palacio Akasaka en un carruaje tirado por caballos, acompañado por un contingente de la caballería de la guardia imperial. Cuando la procesión entró en el Palacio Imperial a través del Nijubashi (doble puente) una multitud de adictos irrumpió en vítores. Hirohito se puso su traje ceremonial para purificarse y comenzó con el ritual de la mayoría de edad efectuando rituales sintoístas en los principales altares del palacio. Cuando finalizó la ceremonia se registraron múltiples disparos de cañón, y hubo un gran festejo en la capital y en todas las villas del país.

En este tiempo Hirohito había completado una gran parte de sus estudios secundarios y había comenzado la etapa de su formación para reinar. La ceremonia de la mayoría de edad concedió la ocasión a Sugiura, Shiratori, y otros maestros del Ogakumonjo de publicar mensajes de felicitación en los diarios que exaltaban sus muchas virtudes. El director de la escuela, Ogasawara, señaló que:

“El príncipe heredero posee un muy buen entendimiento, y ha estudiado con tanto empeño como aplicación. Ha dominado todas las materias, y cuando sus maestros le hacen preguntas responde de forma invariablemente excelente. Los profesores estamos muy conmovidos con sus progresos. Además, de vez en cuando recita oralmente y hemos quedado igualmente muy impresionado por sus soberbias exposiciones, lucidez y poderosa voz. Como sus cursos secundarios han incluido la ciencia militar, los artes marciales y la educación física, también posee un buen conocimiento de materias militares y un espíritu marcial inquebrantable, y sus condiciones físicas han mejorado mucho”.

La valoración de Ogasawara sobre la inteligencia, diligencia y el dominio de las materias que tenía Hirohito se corresponde bien con lo que escribieron de él todos los que le conocieron estrechamente. Sin embargo lo que plantea el problema son los términos “además” y “también”. Si Ogasawara parece haberse esmerado mucho para transmitir que el príncipe era hábil a la hora de recitar oralmente y que poseía un “inquebrantable espíritu marcial” puede haberse debido (como ha señalado el historiador Tanaka Hiromi) a su preocupación por las críticas sufridas por el Ogakumonjo. A finales de marzo de 1919, poco después de la ceremonia de mayoría de edad, el Jihi Shinbun había informado que como consecuencia de la sociedad protegida y cerrada del Ogakumonjo el príncipe heredero casi nunca hablaba en público y carecía de espíritu marcial. El vizconde Miura Goro, un cercano confidente del genro Yamagata así como del Primer Ministro Hara Kei, había pedido también la reforma de la atmósfera cerrada de la política educativa del príncipe.

Ogasawara, como el resto de los maestros de Hirohito sabía bien que el príncipe heredero era tímido y carecía de interés y habilidad para pronunciar discursos. De hecho, tras su valoración pública de los progresos del príncipe, Nara Takeji, el futuro ayuda de campo militar de Hirohito, escribió en su diario sobre el silencio que mantuvo el príncipe en el banquete que se celebró el 8 de mayo de 1919 como parte de su celebración de la mayoría de edad: el príncipe se limitó a recibir a los invitados y se quedó sentado durante la fiesta sin abrir la boca. Cuando se dirigían a él, casi no decía nada tampoco. Durante el receso, el vizconde Miura Goro, que estaba en la reputación de atrevido, atacó irasciblemente al señor senescal del príncipe heredero, diciendo, “esto es lo que habéis conseguido con vuestra sobreprotección, que el pobre no sabe nada del mundo real”. Por consiguiente, seguramente hubo un encendido debate entre los genro Yamagata, Saionji y otros sobre la necesidad de reformar el adiestramiento y las orientaciones que tenían que dar al príncipe heredero.

Nara registró a renglón seguido una conversación con el Mariscal General de Campo Yamagata. Habían concedido a Yamagata una audiencia con el príncipe heredero, y recordaba que cuando había preguntado cosas a Hirohito no le había respondido nada. El propio príncipe no le hizo preguntas. “La verdad es que parece una estatua de mármol. Es muy lamentable y se debe al exceso de sobre-protección en su educación que le dispensa Hamao. A partir de ahora debemos animarle a que sea más activo y a pensar por sí mismo con una educación más abierta. Por eso creo que le conviene mucho salir al extranjero […] Es una lástima que Hamao esté dando largas”.

Nara puede haber también notado que el adolescente no sólo no mostraba “personalidad” alguna en público, sino que también se movía sin gracia alguna y que su voz era aun enormemente aflautada, lo que no pasaba con ninguno de sus hermanos. ¿Pero qué podía afirmarse de la personalidad reticente de Hirohito? ¿Era producto de su inexperiencia y de su falta de confianza o formaba parte de una identidad que otros habían querido crear en él, o un producto conscientemente cultivado de sus estudios monárquicos? ¿Y qué podía pensarse de su extraña voz? ¿Era también una construcción artística, o que las hormonas se hacían esperar? Como sus hermanos, sólo que mucho más, Hirohito era persona de fuertes emociones a la que le habían enseñado a no mostrarlas. Era también un solitario que había desarrollado, ya en sus estudios primados, el hábito de hablar consigo mismo cuando estaba bajo presión. Probablemente sirvió para acrecentar esa reticencia el ejemplo de su abuelo, al que quería imitar y que casi nunca le hablaba. Además el profesor Shiratori le había dado numerosos ejemplos de antepasados imperiales que encajaban con la imagen confuciana china (y budista popular) del monarca taciturno que hablaba poco pero hacía mucho, y cuyo silencio era ejemplar. Hirohito puede haber llegado a pensar que su carácter taciturno era una buena táctica, una forma de protegerse de la mirada inquisitiva de sus educadores. Su limitado virtuosismo oratorio, además, se correspondía con las tradiciones estéticas y culturales japonesas. Al contrario que su abuelo, un autócrata de pura cepa, Hirohito era muy consciente de ser un monarca bajo (en el sentido de estar salvaguardado por ella) la constitución Meiji. Tenía que llevar a cabo sus deberes constitucionales, y cuando cumplía con su deber su cara era una máscara y no un reflejo de su personalidad. Esta cara de póker era parte de su carácter psicológico, que al igual que otras facetas, dominaba cuando tenía que ejecutar sus deberes religiosos y ceremoniales. Otro de sus más importantes deberes era encarnar la moral japonesa. Paradójicamente esta máscara de silencio llamaba la atención sobre su yo interior y se consideraba encomiable. Por otro lado, cuando guardaba silencio al desempeñar sus deberes políticos y militares, la máscara le causaba complicaciones de vez en cuando. Los que respondían ante él directamente no sólo tenían que tender sus palabras, que a menudo eran menos de las que exigía la situación, sino su aspecto, o si parecía que le habían conmovido. Como esperaban que hablara poco incluso cuando la cuestión le importaba mucho personalmente, aprendieron a descifrar sus expresiones faciales para hacerse con el menor indicio de su pensamiento interior y de su comportamiento futuro. En una sociedad experta históricamente en llevar una máscara, y que había convertido esta actitud en la forma más elevada de expresión simbólica, la máscara de silencio del emperador resonaba con significados.
Lo mismo podía predicarse de su voz, en la que muchos japoneses creían “oír” su propio sentido de identidad nacional. Antes del acceso de Hirohito a la regencia en noviembre de 1921, las pocas personas de la élite que habían oído su voz pensaban que era para preocuparse. Sus tutores trabajaron por mejorarla, y según iba adquiriendo más experiencia en el gobierno y el país iba metiéndose más y más en la guerra, la gente comenzó a imaginarse que era sobrehumana. Volverá a suscitarse el análisis de su voz cuando Japón se rindió en agosto de 1945, y posteriormente cuando recorrió la nación para mezclarse con su pueblo durante el periodo de la ocupación.

Con independencia de la timidez del joven Hirohito y las formas muy distintas en que los japoneses veían su voz, las élites gobernantes posteriores a la Primera Mundial tenían que lidiar con el problema de cómo tratar con su padre enfermo e incapaz mental, y con los cambios sociales que estaban haciendo menguar la autoridad de la monarquía en una época de fermento democrático. En este contexto adicional la cuestión de su presencia física aparente puede haber parecido muy importante.

Como es natural los ancianos genro y sus sucesores comenzaron a preocuparse sobre el hijo enclenque y retraído de Yoshihito, que no lograba transmitir con palabras personalidad alguna a un público acostumbrado al impresionante porte del Emperador Meiji. Tampoco debe llevarnos a sorpresa que con sus gafas que corregían su hipermetropía, su enclenque constitución, sus caídos hombros, nerviosismo inquieto, y voz menos que viril la prensa acabara reflejando las preocupaciones de los principales líderes políticos sobre su supuesto “inquebrantable espíritu marcial”. Su carácter desmentía de muchas maneras su modesta apariencia física.

Hirohito tenía también detrás de él una juventud en la que se había consagrado al dominio de sí propio y a la educación militar y podía soportar perfectamente una rígida rutina. Su abuelo había mandado personalmente al ejército y la marina en maniobras ocasionales recreadas frente a agresores extranjeros hipotéticos y al contrario que su propio padre, había sido muy diligente para asistir a las ceremonias de graduación del ejército y las escuelas de la armada. Pero Meiji no había recibido una educación militar y casi no tenía ni idea de táctica y estrategia. Su adiestramiento militar estaba pensado para sacarle al aire libre y enmendar la vida poco sana que llevaba. Hirohito quería seguir los pasos de un Meiji mítico, que había tomado como ejemplo, aunque eso nunca le impidió apartarse lo que hiciera falta el modelo de Meiji si lo pedían las circunstancias. A Hirohito le acompañaban siempre sus ayudas de campo, al contrario que a su abuelo, y le animaban constantemente a comportarse con marcialidad, sobre todo después de convertirse en Emperador en diciembre de 1926. En esa época casi siempre iba de uniforme salvo en celebraciones religiosas, (donde llevaba el atuendo de un sacerdote sintoísta) Ese condicionamiento cotidiano ejerció un profundo efecto en su personalidad en desarrollo. Y lo que era igualmente importante, Hirohito aceptaba, y nunca se había planteado poner en tela de juicio, el orden de autoridad severamente constituido en el que había crecido. Desde una edad temprana se consideró a sí propio como una persona que decidía (y que estaba obligada a decidir) en cuestiones de poder político y mando militar. Cuando comenzó a ser adulto y asumió las funciones del emperador, sus intereses intelectuales comenzaron a desviarse hacia la historia, la política y sobre todo las ciencias naturales. Esos otros valores y aspiraciones no impedían que las cuestiones militares consumieran la mayor parte de su tiempo. El joven que estaba en camino de convertirse en el monarca “absoluto” de Japón y que iba a ostentar el mando supremo tenía afición a la ciencia, pero pasaba la mayor parte de su tiempo, e incluso puede haberse llevado más que bien, con militares que nada tenían de científicos. Durante sus dos últimos años en el Ogakumonjo, parece que se hizo amigo del extremadamente seguro de sí mismo General Ugaki. Más tarde cuando participaba con sus ministros en el gobierno del Estado, añadiría la máscara de comandante en jefe supremo (daigensui)

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Jue Abr 20, 2017 7:54 pm 
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Más tarde cuando participaba con sus ministros en el gobierno del Estado, añadiría la máscara de comandante en jefe supremo (daigensui) y comenzaría a expresarse a sí mismo con mayor frecuencia. Sus palabras, pronunciadas con personalidad y vigor, tenían una enorme influencia política.

Hirohito solía prestar todo su apoyo a los burócratas a los que había nombrado para desempeñar altos cargos. Pero su naturaleza no le hacía muy aficionado a los halcones militares más fanáticos ni a reaccionarios políticos como el director de su escuela secundaria, el capitán (después almirante retirado) Ogasawara, el primer experto en relaciones públicas de la marina imperial, y el director de la escuela, el renombrado almirante de flota Togo.

El problema por tanto es: ¿cómo debe entender uno la coexistencia y el contenido específico de las diferentes personalidades, potencialmente en conflicto, que tuvo que asumir Hirohito a lo largo de las diferentes etapas de su vida? ¿Cómo logró controla su vida emocional para poder sobrevivir a los muy diferentes papeles que hubo de desempeñar y a las exigencias que recaían sobre él, y a qué coste personal?

Lo cierto es que su identidad más profundamente arraigada y que nunca se desvaneció era la de un Emperador por derecho divino. Su educación es el relato de cómo llegó a considerarse una persona que daba órdenes, un participante junto con otros en el proceso de toma de decisiones políticas y el dirigente de una nación que estaba trayendo la modernidad a Asia.

Inevitablemente HH había adquirido actitudes sobre la vida política que complacían en extremo a sus maestros. Uno puede hacerse una composición de lugar a grandes rasgos de su punto de vista sobre los asuntos humanos en esta etapa a partir de una recitación para Sigiura de la que se dio traslado al Ministro de la Casa Imperial Makino Nobuaki, que la reprodujo en su diario.

En “Mis Impresiones Tras Leer El Edicto Imperial sobre la Instauración de la Paz”, una breve redacción de dos páginas compuesta en enero de 1920, después de que entrara en vigor el tratado entre las potencias aliadas y Alemania, el joven Hirohito contemplaba el día en que “asumiría la enorme responsabilidad de dirigir los asuntos políticos” y citaba las palabras de “mi padre, el emperador”. Este ensayo revela a un joven preocupado por el “pensamiento extremista”, que desea sostener las virtudes de una alerta marcialidad, pero que al que también le complacería la “paz eterna”. Su primer argumento es: “El mundo de las ideas está sumido en grande confusión; las ideas extremistas se hallan cerca de engullir el mundo, y se grita a voces el problema obrero.

Tras contemplar las trágicas secuelas de la guerra, los pueblos del mundo llevan largo tiempo aspirando a la paz y a la conciliación internacional entre las naciones. Así pues Nos vimos la instauración de la Liga de las Naciones y antes, la celebración de la conferencia internacional del trabajo […] En esta ocasión, tal y como se dice en el edicto imperial, nuestro pueblo debe esforzarse arduamente y adoptar ideas flexibles”. El pensamiento extremista puede interpretarse aquí como un símil que se refiere a las ideas democráticas, al antimilitarismo, al socialismo y a la revolución comunista, que habían barrido el Japón y el mundo después de la Primera Guerra Mundial. Después de hacer patente su preocupación por este fenómeno y aludir al “problema obrero”, fuente de problemas, Hirohito prosigue con su recitación, que sigue muy de cerca la letra del edicto:

“Por lo que se refiere a la Liga de las Naciones en particular, el edicto imperial dice que Nos, Chin, (el Emperador Yoshihito) estamos muy complacidos con nuestro deber pero al mismo tiempo sentimos la grave carga del Estado”. Yo también me felicito por la creación de la liga de las naciones. Acataré el Convenio que la funda y lo cumpliré según su espíritu”.

El entusiasmo con el que Hirohito veía la nueva asamblea mundial no debe confundirse con un respaldo a los valores anglo-americanos ni a los principios de la nueva diplomacia que la animaban. Su afirmación sobre el espíritu de la Liga refleja únicamente su optimismo y su juvenil idealismo. En esta etapa, sin embargo, su idealismo ofrece un marcado contraste con el escepticismo del gobierno Hara, que había querido demorar la ratificación del convenio de la Liga de las Naciones y que había instruido a la delegación diplomática japonesa en Versalles que mantuviera la boca cerrada en cuanto a cuestiones europeas y que se centraran en salvaguardar “los derechos e intereses” del Japón en China. En la siguiente línea dice: “debo cumplir mi trascendental deber de instaurar una paz mundial permanente. ¿Qué debo hacer para cumplir con mi deber?”. Su respuesta es que el Japón, en tanto que gran Imperio Colonial, debe obrar de forma concertada con otras naciones sobre la base de principios universales, desdeñando los lujos y la extravagancia a nivel nacional. Después de poner en relación los “preparativos militares” y el desarrollo industrial en infraestructuras con “negociaciones diplomáticas que redunden en nuestro provecho” y que “se hallen a la altura de las grandes potencias”, insinúa una premisa de la política futura:

“Si no nos hallamos constantemente vigilantes desde el punto de vista militar será difícil llevar las negociaciones diplomáticas a buen fin. Tampoco podemos ser un país próspero si no fomentamos el florecimiento de la industria y el transporte y conseguimos que nuestros trabajadores sean más productivos. Si no conseguimos lo anterior, quedaremos por detrás de las Grandes Potencias”.

Hirohito terminaba su ensayo haciendo hincapié en su ideal de una unidad nacional completa frente a la competencia extranjera para cumplir con “el destino de la nación”.

“Confusión en el mundo de las ideas”, “pensamiento extremista”, “extravagancia”, “lujos”, “preparación militar”, “paz eterna”, contemporizar con el signo de los tiempos, y lograr la unidad total como premisa para el cumplimiento del destino nacional, todas esas palabras y conceptos representaban lo que querían las élites gobernantes y militares japonesas cuando describían la situación del mundo después de la Primera Guerra Mundial; el joven Hirohito era idéntico a ellos.

En un sentido más amplio estas concepciones pertenecían a una ideología que los conservadores exhibían para negar las tensiones sociales recientes en Japón. Estas tensiones, resultado de las crecientes diferencias de riqueza y de poder entre distintos grupos y clases sociales, pedían no obstante más cirugía retórica.

Los primeros ministros de Japón en la Primera Guerra Mundial, Ōkuma Shigenobu (1914 –16) y Terauchi Masatake (1916–18), habían tratado de gobernar sobre la base de la ficción de que el Emperador Taishō no reinaba solo sino que también gobernaba. El primer ministro de la postguerra Hara Kei (1918-21) no podía siquiera fingir sin mover a cualquiera a risa que Yoshihito fuera otra cosa que un fantoche, una formalidad necesaria en el mejor de los casos pero nada más. A los ancianos genro y a Hara les preocupaban mucho las tendencias de la época: los motines por falta de alimentos en 1918, la salud en deterioro del Emperador, y varios incidentes de lesa majestad que implicaban duras críticas a la casa imperial. Los incidentes de lesa majestad del periodo de post-guerra eran parte del cuestionamiento general de la veneración de la monarquía en la era Taishō. Tras el acceso a la regencia de Hirohito en noviembre de 1921, habían arrestado y acusado de un delito de lesa majestad a distintas personas simplemente por decir:

“Cuanto jaleo por un solo jovenzuelo” o “Esto es demasiado. Su majestad el emperador no es más que un jovencito arrogante. Pero pese a ello siempre que tiene que ir a algún sitio hay que parar el tráfico varias horas antes. Y hay necios que se tiran varias horas esperando para ver pasar a la procesión”.

La reverencia por el trono estaba siendo socavada no sólo por la creciente conciencia popular de la enfermedad del Emperador, sino por los cambios socioeconómicos y el movimiento Taishō en pro de la democracia, que argumentaba muy racionalmente la necesidad de extender el derecho de sufragio. Sin embargo lo más que permitiría el gobierno Hara y los genro fue una modesta reforma que beneficiaría a las élites masculinas agrícolas. En vez de llevar a cabo una racionalización fundamental del poder político para reflejar los cambios sociales, ejercieron su derecho de veto frente a las exigencias de sufragio universal masculino, dejaron a los pares hereditarios y al consejo privado incólumes, y concibieron maneras nuevas de proteger el trono y contrarrestar el movimiento Taishō en pro de la democracia.

Una de las primeras preocupaciones de Hara eran las muy críticas públicas a la enorme riqueza de la casa imperial. “Si consigues que la gente piense que la riqueza de la casa imperial pertenece a toda la nación” decía al Ministro de la Casa Imperial Hatano Takanao, “por muy grandes que sean sus rentas nadie se quejará”. En una nación cada vez más dividida por la lucha de clases, Hara sabía muy bien que el propio trono podía ser objeto de polémicas. Más de un millón de personas, que vivían en aldeas de pescadores y campesinos, pero sobre todo en pueblos y ciudades de 37 prefecturas, además de Hokkaido, Tokyo, Osaka y Kyoto, habían sido parte en esas manifestaciones de masas conocidas como los “motines del arroz”. Aunque los manifestantes habían dirigido sus iras contra el creciente coste de la vida, la causa subyacente de los motines era el sistema agrario, que exigía a los aparceros entregar la mayor parte de su cosecha como renta. Hara no podía negar los “enormes ingresos” de la Casa Imperial, puesto que la misma era en realidad el mayor terrateniente del Japón, y había que tener cuidado de que no apareciera involucrada en actividades económicas que se considerara que provocaban penuria a la población.

El genro Yamagata estaba de acuerdo. También aconsejó a Hatano, en octubre de 1919, que vendiera acciones del Emperador, y también que se desprendiera de barbechos y marismas de las fincas imperiales. La casa imperial en esos días gozaba de una renta anual de 6 a 8 millones de yen sólo con el aprovechamiento de sus bosques serranos. Era propietaria de palacios, mansiones, escuelas, mausoleos y museos en Kyoto, Nara y Tokio, y percibía rentas de sus inversiones en acciones de empresas, y bonos del gobierno, junto con su asignación de 3 millones de yen del Estado para el sostenimiento de su familia y casa. También obtenía beneficios de la compra de acciones en bancos y empresas coloniales, como el Banco de Corea y, (después de 1925) la Compañía de Ferrocarril de Manchuria del sur. Esa riqueza, junto con las rentas que obtenía de las minas y otras fuentes, permitía que el Ministerio de la Casa Imperial funcionara como garante y custodio de algunas de las mayores empresas capitalistas del Japón, “un gran generador de crédito y confianza para el desarrollo del capitalismo japonés en su conjunto”. Debido a su inmensa riqueza, que se hallaba a la par con los mayores zaibatsu (enormes entidades financieras o grupos de capital, con las que estaban afiliadas las empresas japonesas de antes de la guerra y durante la misma), el trono podía relacionarse con la nación en formas diversas que no hubieran sido posibles en la época Meiji. Si Hatano no entendía este hecho, sí lo hacían Hara y Yamagata. Había llegado la hora de emplear el poder económico de la nación para comprar la buena voluntad de esta.

Antes de la graduación de Hirohito en el Ogakumonjo, y con este telón de fondo, aconteció un incidente en la Corte que mostró cuán fácil era que en la época del movimiento en pro de la democracia Taishō la monarquía se viera arrastrada a la disputa política. Dio comienzo con una controversia en el estrato superior de la clase dirigente sobre la materia del daltonismo en la familia de la prometida de Hirohito. También se planteaban cuestiones sobre la educación del príncipe heredero, que se habían suscitado más o menos al mismo tiempo en que se celebraron los esponsales, en junio de 1919. El conflicto sobre quién controlaría en última instancia el poder político y económico intrínseco a la educación imperial fue espoleado por la educación de Hirohito, sus esponsales y el viaje europeo, cuestiones unidas desde el principio. A saber: en 1917, un años después de que Hirohito fuera investido formalmente como príncipe heredero, el Capitán Ogasawara había propuesto a su madre, la Emperatriz Sadako, (después la Emperatriz Viuda Teimei), los nombres de tres princesas que pensaba eran adecuadas como esposas para el joven príncipe.

Se decantó por la Princesa Nagako, la hija del príncipe Kuni Kuniyoshi, como esposa futura de Hirohito. Entonces, como ahora, los esponsales de un joven príncipe eran tenidos por un acontecimiento de importancia nacional que exigía grandes preparativos previos. Como Hirohito ya había conocido personalmente a la princesa Nagako, y le gustaba, y poseía todos los requisitos para ser emperatriz, Hatano informó por carta al Príncipe Kuni, en enero de 1918, que su hija había sido seleccionada como prometida del príncipe heredero. La familia Kuni contrató inmediatamente a Sugiura, el profesor de ética de Hirohito, que comenzara a impartir a la muchacha lecciones semanales de esa disciplina.

La ceremonia del compromiso imperial estaba prevista para finales de 1920, pero en junio de ese año, el más poderoso genro restante, el Mariscal de Campo Yamagata, trató de que se cancelara el compromiso matrimonial basándose en el daltonismo existente en la familia Shimazu, por el lado materno de Nagako. El 18 de junio Yamagata forzó a dimitir a Hatano, en apariencia por no haber investigado la cuestión a fondo pero también con el fin de mandar rápidamente a Hirohito a un tour por el extranjero, y comenzó a poner a sus propios seguidores de la facción Chōshu comenzando desde arriba con el General Nakamura Yūjirō, como nuevo ministro de la casa imperial. El primer ministro Yamagata era uno de los partidarios de Yamagata.

También le turbaba la posibilidad de que la enfermedad crónica del Emperador Taishō y su fragilidad mental se atribuyera a defectos genéticos en la familia imperial, pero también trataba de fortalecer su influencia en los asuntos de la corte cultivando buenas relaciones con Yamagata. Yamagata, pensando más en la salud de la familia imperial en el futuro más que en preservar la pureza de sangre por sí misma, escribió al Príncipe Kuni solicitando que “dimitiera por respeto a la casa imperial”. En vez de someterse, el Príncipe Kuni aguantó firme y respondió en secreto, granjeándose el apoyo de la Emperatriz Sadako y de Sugiura. Es dudoso que Hirohito, que había tomado parte en la selección de Nagako, fuera muy consciente de lo que sucedió después. Sugiura trató de traer en torno a sí a los funcionarios del Ministerio de la Casa Imperial sosteniendo que sería un mal precedente romper unos esponsales y que sería una mácula que afectaría al príncipe heredero durante el resto de su vida. Cuando no prosperaron sus argumentos más “éticos”, trató de movilizar a las familias de la nobleza y a los pares de la rama Shimazu de la familia Kuni, en la esperanza de que en cuanto se unieran contra Yamagata, ejercerían la suficiente influencia en los altos funcionarios que descendían del viejo bando del feudo de Satsuma. El intento de Sugiura de manipular las redes matrimoniales con fundamento genealógico que ligaban al clan Satsuma no obtuvo resultados. Yamagata y Hara siguieron preocupándose por el futuro de la familia imperial, y sus muy razonables preocupaciones no podían dejarse de lado. Makino Nobuaki, el segundo hijo del gran dirigente de la Restauración Ōkubo Toshimichi, acababa de regresar a Japón después de haber estado en la Conferencia de Paz de París y era tenido por un cabecilla de la camarilla de los Satsuma. Después de que el discípulo de Sugiura, Shirani Takeshi, un burócrata de alto nivel al tiempo que director de Aceros Japoneses, hubiera visitado a Makino para abordar el problema, informó a Sugiura que a Makino “le está costando tomar una decisión”. El almirante Yamamoto de la camarilla de Satsuma también se mostró frío ante el acoso de Sugiura. Desesperado por pensar que tal vez no pudiera ser capaz de imponerse al genro más poderoso, Sugiura decidió que escalara aún más el conflicto con Yamagata informando a otro antiguo estudiante, Kojima Kazuo, entonces miembro de la cámara de representantes y dirigente del partido Kokumintō de que Yamagata estaba tratando de cancelar los esponsales del príncipe heredero.
Kojima informó entonces inmediatamente al presidente del Kokumintō Inukai Tsuyoshi, y pronto también se enteró de las dificultades Ōtake Kanichi del partido Kenseikai. De haber querido los partidos Kokumintō y Kenseikai (los dos principales rivales del Seiyūkai de Hara) romper el silencio que rodeaba las vidas de los miembros de la familia imperial, pudieran haberse valido de esta cuestión explosiva frente a Hara en un tiempo en el que la cuestión de la ampliación del derecho de sufragio estaba siendo estudiada en la sesión número 44 de la Dieta Imperial, que se había reunido el 27 de diciembre de 1920. Los medios de comunicación, además, se habían enterado de la dimisión de Sugiura del puesto que ocupaba en el Ogakumonjo, oficialmente por su mala salud, pero sólo pocos meses antes de la graduación del príncipe heredero. En apariencia cuanto más aislado, desvalido y desesperado se sentía Sugiura para cambiar la situación, más advertía a otras personas de la misma, y más se politizaba el asunto. Por último Sugiura le dijo a su antiguo amigo Tōyama Mitsuru, el dirigente ultranacionalista de la “vieja derecha”, que Yamagata aborrecía al príncipe Kuni y que trataba de aumentar su propio poder en la corte.

En 1881, Tōyama había fundado junto con Hiraoka Kōtarō la Sociedad del Tenebroso Océano (Genyōsha), un grupo de presión que poseía aliados en el gobierno, las empresas y las universidades, y que pretendía hacer del Japón el centro de una confederación asiática que combatiera el imperialismo occidental. Los camaradas de Tōyama en la Sociedad del Río Amur (Kokuryūkai fundada en 1901) junto con integrantes de la Sociedad de Samuráis sin Amo de Uchida Ryōhei (Rōninkai), comenzaron a acosar físicamente a Yamagata. En algún momento en enero de 1921 dos extremistas pan-asiáticos de la “nueva derecha”, el académico orientalista Ōkawa Shūmei y el pensador budista de la rama Nichiren, Kita Ikki, se enteraron de que Yamagata estaba tratando de anular los esponsales del príncipe heredero. Ōkawa había fundado recientemente, junto con el catedrático Mitsukawa Kametarō de la universidad de Takushoku, un grupo de debate anti-marxista y nacionalista, el Yūzonsha (literalmente los pinares y crisantemos), en el que después ingresó Kita. De sus filas surgieron rumores de un posible complot para asesinar a Yamagata. A comienzos de febrero de 1921, cuando la cuadragésimo cuarta Dieta se hallaba en sesión, y el problema de la kokutai amenazaba con salir a relucir como un arma de los partidos de la oposición, el primer ministro Hara retiró su apoyo a Yamagata.

Temeroso de perder el control de la situación y de que lo motejaran de “traidor a la nación”, Yamagata, uno de los más poderosos personajes del mundo político japonés, tuvo que someterse ante las fuerzas centradas en el ala derecha política civil. El Ministro de la Casa Imperial Nakamura también tuvo que inclinarse ante Sugiura, como lo hizo otro partidario de Yamagata, el alto funcionario de la Corte Hirata Tōsuke. Ante estas pérdidas, y compartiendo la profunda preocupación de Hara por la creciente politización del compromiso del joven príncipe (por no hablar de las actividades del Rōninkai y del peligro que corría su propia vida) Yamagata se dio por vencido.

La noche del 10 de febrero de 1921, los funcionarios del Ministerio de la Casa Imperial y del Ministerio del Interior informaron a los periódicos de Tokio que el compromiso matrimonial del príncipe heredero proseguiría según lo previsto y que Nakamura y su viceministro, Ishihara Kenzō, habían presentado su dimisión. El 12 de febrero, el Yomiuri shinbun publicó un vitriólico editorial contra Yamagata, por haber “precipitado un grave incidente en la corte”. Diez días después Yamagata presentó su dimisión como genro y presidente del consejo privado, y ofreció devolver sus muchas condecoraciones y renunciar a todos sus títulos.

Señaló en su diario que “Parece que ni la Dirección General de la Policía Metropolitana ni el Ministro del Interior pueden controlarles (a las fuerzas de la extrema derecha) […] Ya me gustaría que el ministerio del ejército me dejara disponer de 50 leales para exterminarlos de una vez”.

Hara y la corte se negaron a aceptar su dimisión pero la caída en desgracia de Yamagata era un hecho. También habían quedado muy debilitada la posición de los genro Matsukata y Saionji, que se habían puesto del lado de Yamagata en su oposición al matrimonio. Con el fin de calmar la situación en la corte, los genro recomendaron que Makino asumiera la responsabilidad en la gestión de los asuntos cortesanos. El 15 de febrero de 1921 el gabinete Hara se ocupó de que el Ministerio de la Casa Imperial anunciara formalmente que el príncipe heredero partiría para su viaje para occidente. La derecha (representada por Sigiura y Tōyama) que se había impuesto en la cuestión del matrimonio de Hirohito, no hizo lo propio en lo que respecta a su gira por occidente, que fue contemporánea con la disputa por los esponsales. Hara, los príncipes imperiales y todos los genro apoyaban la gira, viéndola en parte como una forma de lidiar con el entusiasmo por la reforma democrática de postguerra; los ultranacionalistas se oponían a ella por tratarse de “un acto poco meditado de adoración de las ideas extranjeras”.

Este “grave incidente en la corte” muestra con qué facilidad los problemas que tocaban a la Casa Imperial podían engendrar una polémica partidista acalorada. A partir de este en apariencia menor episodio en la historia de la casa imperial surge el prototipo del terrorismo de extrema derecha de los años treinta. En la cuestión del matrimonio de Hirohito las fuerzas de la derecha triunfaron y frustraron la voluntad de los genro y del presidente del partido político con más fuerza parlamentaria, generando una situación en la que las legítimas autoridades del Estado Meiji eran tenidos por traidores a la nación. En otro nivel este incidente revela la sutil competencia entre la corriente del movimiento por la democracia Taishō y la casa imperial y los grupos ciudadanos de extrema derecha por otro. También sirve para sacar a la luz a los actores políticos alineados en la política Taishō tardía. Los Seiyūkai y sus oponentes en la Dieta, los genro y los miembros más jóvenes de la clase política, Satsuma y Chōshu (o las camarillas basadas en los antiguos feudos) y los bandos pro y anti Yamagata. Otros protagonistas eran los pro-europeos y los pan-asiáticos, los defensores de la occidentalización continuada y la reforma del trono imperial; y los mantenedores del concepto tradicional de la kokutai, fundada en mitos aceptados crédulamente como hechos. Todos ellos aparecieron en cuanto los genro se echaron a un lado y comenzaron a formarse nuevas alianzas políticas.

Resulta igualmente notable la escasa conciencia pública japonesa de la disputa sobre el matrimonio del príncipe heredero, mientras que los dirigentes civiles de la extrema derecha, para los que recurrir a métodos mafiosos estaba en su naturaleza, estaban perfectamente al corriente de los que pasaba en la corte y ejercitaban una influencia oculta en la misma y también en el ámbito de la política del partido conservador. Toyama, por ejemplo, tenía una relación muy estrecha con muchos funcionarios de la corte mucho antes del incidente y la mantuvo después. Kita (ejecutado posteriormente por el papel menor que desempeñó en el golpe militar del 26 de febrero de 1936) empleó el incidente para fortalecer sus relaciones con los miembros de la casa imperial, como el príncipe Chichibu, al que ofreció una copia de su famoso “Plan para la Reorganización Básica del Japón”. Su primer capítulo, acerca del “Emperador del Pueblo” pedía a los militares eu tomaran el poder en un golpe de Estado y dieran nueva orientación al mismo. El Emperador les otorgaría legitimidad y al mismo tiempo se acercaría al pueblo.

Desde 1922 Kita comenzó a ejercer influencia política en Togo y Ogasawara Naganari justo en el momento en que comenzaban sus nuevas carreras como muñidores de una marina acrecentada. (Ogasawara, que se había convertido al Budismo Nichiren en la época de la guerra Ruso-Japonesa era amigo íntimo del demagógico predicador Nichiren Tanaka Chigaku) Después de que fuera cerrada la Ogakumonjo, Togo y Ogasawara, el ex presidente de la escuela y el directo de la misma, estrecharon sus relaciones de cooperación. Togo, ya con 75 años, pudo mantener sus actividades públicas únicamente merced a su enérgico portavoz, Ogasawara. En 1921 Ogasawara pasó a la reserva, tras lo cual el método más eficaz para mantener su relación con los que estaban en el poder era acercarse a Togo, que como almirante de flota permanecía activa, y asistía a las reuniones de los Mariscales de Campo y a la Conferencia de Almirantes de Flota, donde se hallaba en el secreto de la información naval más clasificada. Togo y Ogasawara, hombres con estrechos lazos con la derecha ultranacionalista de inspiración religiosa, se tornaron pronto en destacados defensores de la construcción de una fuerza de submarinos y de una fuerza aérea naval. Después de la firma en Washington del Tratado de Restricciones Navales de las Cinco Potencias en febrero de 1922, ellos y los almirantes Katō Kanji y Suetsugu Nobumasa, conformaron el núcleo de un grupo de presión naval hostil al nuevo orden internacional y se opusieron siempre a nuevos recortes militares. Makino Nobuaki también salió a la luz en la política japonesa durante 1921. Makino había prestado servicio en los gabinetes encabezados por Saionji y asistió a la Conferencia de Paz de París de 1919 como dirigente de facto de la delegación japonesa de cinco hombres. Volvió a casa muy preocupado por el colapso de la monarquía burguesa en Europa, por lo que al volver estaba dispuesto a mantener a raya la corriente democrática que había comenzado a barrer el mundo.

Después del que el Ministro de la Casa Imperial Nakamura asumiera la responsabilidad por la polémica sobre el matrimonio del príncipe heredero presentando su dimisión, Saionji, con el respaldo de Matsukata, recomendó a Makino como nuevo ministro de la casa imperial. El 19 de febrero de 1921, Makino asumió sus funciones, llevando con él a su viceministro Sekiya Teizaburō, un burócrata del Ministerio del Interior con conocimientos de primera mano de cuestiones policiales y coloniales. Las en principio fuertes afinidades de Makino con los futuros líderes intelectuales del “fascismo desde arriba” a la japonesa, como Kita Ikki y Okawa Shumei, y sus largos lazos con el derechista moderado Yasuoka Masahiro le marcan claramente como un personaje de transición. En marzo de 1925 Makino se convirtió en el señor custodio del sello privado, el más importante ayudante político de Hirohito, un puesto que mantuvo hasta su dimisión en 1935, a la edad de 75 años. Durante la mayor parte de ese tiempo se relacionó con Hirohito a través de su secretario, pero le veía realmente en una audiencia una o dos veces al mes. Aunque los británicos y los americanos le consideraban el jefe de la facción pro-anglófona en la corte y uno de los más destacados “moderados” y “liberales” de la corte, su carrera considerada en su conjunto se resiste a etiquetas tan fáciles.

Chinda Sutemi, un cristiano educado en EEUU también entró en el círculo de altos funcionarios de la corte a finales de 1920. Había prestado servicios como embajador en Austria, Alemania, los Estados Unidos e Inglaterra antes de unirse a Makino en la Conferencia de Paz de Versalles. Su nombramiento como gran chambelán del príncipe heredero y de la Emperatriz Sadako era parte de la conmoción en el Ministerio de la Casa Imperial, que llevó a diplomáticos veteranos y a militares con experiencia de primera mano de los países occidentales a la corte. Los meses de febrero y marzo de 1921 marcaron una línea divisoria en la propia existencia de Hirohito. La fase en la que habían predominado sus más tempranas comunidades definitorias, una sociedad centrada en la corte y personalidades de la Escuela de los Pares, terminó con la disolución formal del Ogakumonjo el 1 de marzo de 1921. Su preparación física y espiritual básica para la vida ya se había completado. Un nuevo grupo de funcionarios de palacio, que habían llegado recientemente a altos puestos iba a fijar la independencia de la corte con respecto al control del gobierno. De paso reestructurarían su vida y configurarían la monarquía como una fuerza política autónoma entre el gobierno y la nación. Dos días más tarde Hirohito partió hacia Europa en una gira pensada para hacer avanzar su educación, hacerle hombre y contrarrestar la percepción popular de la decadencia de la casa imperial.

El joven Príncipe Heredero Hirohito se licenció en el Ogakumonjo dos meses antes de su vigésimo aniversario, justo cuando la disputa política doméstica fuera del recinto del palacio imperial había entrado en una fase progresista. El gobierno de esos días trataba de buscar el modo de mantener a raya los peligros para la monarquía que planteaban las nuevas ideas que habían entrado en Japón, ideas como la democracia parlamentaria, el antimilitarismo, el marxismo y el comunismo, todas ellas después de la Primera Guerra Mundial. Para el Primer Ministro Hara la mejor forma de proceder en las circunstancia era mandar al príncipe en una gira de “inspección” de Europa Occidental, procurando que continuara con su educación formal rodeado e influenciado, para variar, por hombres suficientemente ancianos como para ser su padre o su abuelo. El motivo declarado del viaje del príncipe al extranjero era prestar sus respetos al Duque de Connaught (el tío del Rey Jorge V) que había visitado la corte japonesa en junio de 1918, al final del periodo del gabinete Terauchi. Para Hara y los genro, los principales defensores de la gira, las verdaderas razones eran políticas y psicológicas y tenían que ver con recuperar la declinante autoridad de la monarquía.

La familia imperial, que temía por la seguridad de Hirohito, se opuso al principio a la idea de la gira, como lo hicieron algunos miembros de la Dieta, como Ōtake Kanichi del Kokumintō y Oshikawa Masayoshi del Kenseikai, y destacados civiles de extrema derecha como Uchida Ryōhei y Tōyama Mitsuru. Los patriotas de derechas protestaron de forma vehemente semanas antes de la partida de Hirohito, afirmando que, teniendo en cuenta que su padre estaba enfermo, el viaje suponía una falta de respeto filial y podría perjudicar a la kokutai. El grupo dirigente, Saionji, Matsukata, Yamagata, y Hara, consideraba una materia de “grave importancia para el Estado” que el príncipe heredero fuera a una “gira por occidente” antes de su boda imperial. Ya habían descartado al Emperador Yoshihito por su enfermedad y su incapacidad de hablar en público.

Querían que Hirohito conociera a más personas, que se acostumbrara a participar en cuestiones políticas, y que comenzara a aprender cómo se gestionaban en realidad los asuntos mundanos. En 1920, con la ficción del gobierno del Emperador Taishō cada vez más expuesta, estaban más ávidos que nunca antes de conseguir que el príncipe hiciera las veces de su padre. La oposición principal provino de la madre de Hirohito, la Emperatriz Sadako, que no quería que su primer hijo viajara al extranjero debido al peligro físico que tal viaje implicaba. Pero Hara y los genro, preocupados por lo que percibían como graves carencias en la educación del príncipe, pensaban que había que asumir el riesgo. A finales de los años 20 la persuadieron finalmente para que consintiera en el viaje “por una razón de necesidad política”. El viaje a la Europa post-Versalles tenía que continuar ya que, como explicó el genro Matsukata en una carta: “puede que nunca haya otra ocasión como esta para indagar las razones de los movimientos populares y del descontento intelectual que se están dando delante de nuestros ojos. Es una gran ocasión para que el príncipe heredero observe personalmente y de primera mano, el auge y la caída del poder de muchos estados”.

En cuanto la Emperatriz cedió, el gobierno y los funcionarios de la corte podían debatir con más franqueza las razones profundas del viaje. Estaba claro que Hirohito asumiría pronto la regencia. Necesitaba investigar las condiciones en los países extranjeros para poder tratar con los nuevos sentimientos del pueblo japonés.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Vie Abr 21, 2017 3:22 pm 
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Las grandes monarquías continentales habían quedado abolidas y la guerra había desembridado movimientos globales en pro de la paz, la democracia, el desarme y la independencia. Al obrar en un mundo anti-monárquico, como regente tendría que tratar con el ímpetu de la reforma social que estaba reuniendo fuerza a paso firme en Japón. También tendría que sobrellevar la nueva tendencia que se había enseñoreado de Japón, el desprecio al nacionalismo, el militarismo y el propio Estado. Por encima de todo Hirohito representaba la crucial “tercera generación” del linaje dinástico Meiji, por lo tanto el que tenía que triunfar si debía sobrevivir la casa imperial. Tanto las presiones internas y externas como los miedos sobre el futuro de la casa imperial y su creciente aislamiento dejaban aún más claro que era necesaria una gira por el occidente.

Aunque al principio se pensó en una pequeña escala, la gira se acabó convirtiendo en una visita formal de Estado. A nivel nacional marcó el comienzo de una campaña de relaciones públicas centrada en el Príncipe Heredero, para contrarrestar la percepción popular de la decadencia de la casa imperial y la total incapacidad física y mental del emperador reinante. La campaña estaba concebida en su totalidad para mejorar la imagen de Hirohito como “nuestro” sabio y gran regente, que representaba “la casa imperial de la nación”. Makino y otros altos funcionarios del ministerio de la casa imperial llevaron a cabo esfuerzos sin precedentes para aleccionar a Hirohito sobre cómo comportarse en el extranjero y para movilizar a los profesionales de la prensa que cubrirían el viaje. Cinco meses antes de su partida para Europa, el 28 de octubre de 1920, Hara le había dicho al ministro de la casa imperial Nakamura: “por lo que respecta a los hábitos del príncipe, como sus movimientos corporales compulsivos, quiero que todo su séquito trate de corregirlos. También me he dado cuenta de que no está muy familiarizado con los modales de mesa occidentales. Quiero que alguien se encargue de instruirle con mucho cuidado en esta cuestión, que es especialmente importante”.

En suma, con el fin de asegurar el éxito de la gira ésta fue cuidadosamente coreografiada hasta en sus menores detalles. Debido a la condición precaria de la salud del Emperador Taisho, la gira no podía ser demasiado prolongada. El joven príncipe únicamente tendría tiempo de visitar cinco países europeos: Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda e Italia, además del Vaticano. La administración Harding planeaba invitar al príncipe, pero el gobierno Hara decidió que Estados Unidos no fuera incluido en el itinerario en gran medida por la recomendación del embajador japonés en Washington, Shidehara Kijūrō, en un telegrama secreto al Ministerio de Exteriores. Shidehara expresaba su temor de que el príncipe no pudiera manejar la diferencia de sentimientos nacionales entre el Japón y los Estados Unidos” y “el comportamiento grosero y vulgar del americano corriente”, en especial los periodistas. Shidehara también estaba preocupado por el incierto estado de las relaciones entre Japón y EEUU en vísperas de la conferencia de reducción de armamentos. Si ocurría algún incidente en una visita real, podía tener efectos extremadamente perjudiciales en la opinión pública en ambos países. Por lo tanto se negó a Hirohito el viaje a EEUU.

El 3 de marzo de 1921, el príncipe heredero Hirohito y un séquito de 34 personas, encabezado por el Príncipe Kan’in, el Conde Chinda Sutemi, y el Teniente General Nara Takeji, acompañado por el Primer Ministro Hara, tomaron el tren en la Estación Central de Tokio para dirigirse al puerto de Yokohama, donde tomarían un barco que les llevaría al nuevo y flamante buque de guerra Katori.

Después de despedirles, Hara regresó para unirse a los más de 50.000 adictos que se habían quedado en la orilla. El vapor Katori se dirigió al mar abierto, acompañado de una escolta de cruceros. Rumbo a Europa y a su primer viaje al extranjero, Hirohito estaba entusiasmado. En los siguientes 6 meses de viaje se consagró a una rutina diaria de estudio y actividad física que nunca interrumpía. Los países que más le impresionaron fueron Francia y especialmente el Reino Unido, el país que se había pensado principalmente como su principal destino.
La gira por occidente fue la primera tentativa de manipular la imagen de Hirohito de las élites de la era Taisho, y los defensores de Hirohito suelen aludir a ella para demostrar su presunta devoción a la “monarquía constitucional”. El viaje de Hirohito en el Katori le llevó por territorios asiáticos y europeos del Imperio Británico, como Hong Kong, aunque por miedo a posibles asesinos coreanos sólo se detuvo en tierra breve tiempo.

Acompañado por el gobernador general británico y custodiado por toda la fuerza policial británica en la isla, pasearon por la ciudad durante 40 minutos, y después almorzaron en un acorazado británico. Después navegaron a Singapur, que ya en aquellos días era un importante emporio comercial del Sureste Asiático colonial. Durante su estancia de tres días en Singapur (del 18 al 21 de marzo), asistió a recepciones británicas en su honor, visitó una plantación de goma gestionada por los japoneses y un museo, y circunnavegó la isla.

El 22 de marzo el Katori navegó rumbo a Ceilán (ahora Sri Lanka) la segunda isla más grande del océano Índico y una colonia británica que producía caucho y te para las economías industr ializadas de occidente. Seis días más tarde el acorazado atracó en la capital, Colombo. Como en la isla no había emigrantes japoneses ni coreanos la partida imperial sintió por primera vez que no había peligro alguno. Después de pasar 5 días en Colombo el Katori partió el 1 de abril rumbo a las cálidas agua del Mar Rojo, para entrar en el Canal de Suez, el célebre “cordon umbilical” del imperio británico. Llegaron al canal el 15 de abril y el día siguiente comenzaron una travesía de cientos de millas en el canal que se hallaba a nivel del mar y con el desierto inhóspito extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista en ambos lados.

Tras atracar en Port Said, la entrada al canal, el 17 de abril, visitaron el Cairo, la antigua capital de Egipto, siendo el último año del protectorado británico. El día siguiente, en el Cairo, el Vizconde Mariscal de Campo Allenby, el Alto Comisionado Británico, hizo las veces de anfitrión de Hirohito y se ocupó de que visitara las Pirámides y la Esfinge y también al Khedive Fuad, que iba a ser el primer rey de un Egipto formalmente independiente. Después de abandonar el Cairo el 20 de abril, la partida imperial, navegó por el Mediterráneo tumbo a la colonia británica de Malta, un enclave militar que guardaba la ruta de Suez. En Malta, donde echó ancla el Katori el 25 de abril, recibieron la bienvenida de los residentes británicos que les llevaron de visita a las tumbas de los marinos japoneses caídos durante la Primera guerra Mundial. También se le dio la bienvenida diplomática en el Gibraltar británico, donde permaneció tres días antes de partir para la última fase de su larga travesía. Hirohito acababa de cumplir22 años cuando el Katori atracó finalmente en Portsmouth, Inglaterra, el 7 de mayo. Le dio la bienvenida una formación de engalanados buques de guerra ingleses con sus tripulaciones en posición de firmes.

Su itinerario posterior hizo que pasara 24 días en el Reino Unido, 26 en Francia, 5 en Bélgica y los Países Bajos y ocho en Italia. Con la única excepción de Italia, en la que por consideración al rey y dada la brevedad de su visita se alojó en palacio, los monarcas le dispensaron el mismo trato formal: tres días en palacio como huésped de honor del monarca, y después estancia en hoteles o residencias privadas de lujo como huésped de la nación. En el Reino Unido conformaban el comité de recepción altos cargos militares y diplomáticos, encabezados por el Príncipe de Gales.

Los miembros de este selecto comité y otros miembros de la familia real siempre acompañaban a Hirohito en sus visitas y ceremonias oficiales. Los acontecimientos más importantes de su visita comprenden una estancia de tres días en el Palacio de Buckingham, discursos pronunciados en el London’s Guildhall y en la Mansion House, visitas a numerosas instalaciones militares inglesas (en las que de vez en cuando llevaba puesto uniforme de general inglés del ejército) visitas a ambas cámaras del parlamento, al museo británico, a la mansión del primer ministro en Chequers, las ciudades de Oxford y Windsor, las universidades de Oxford, Cambridge y Edimburgo, tres días de estancia en el castillo del Duque de Atholl en Escocia, y una gira por Manchester y la región industrial de las Midlands.

En la parte francesa de la gira (que comenzó el 31 de mayo y se dividió en dos partes de 10 y 16 días cada una) gozó de mucha más libertad que en la monárquica Gran Bretaña. En su primer día en París pudo ir de compras y visitó la Torre Eiffel, donde ordenó al capitán Yamamoto que comprara Torres en miniatura como regalos para su novia, la princesa Nagako, y para sus hermanos. Después visitó el Louvre, el Parlamento, la Sorbona y los Inválidos. También ocupó su tiempo en la republicana Francia visitando campos de batalla, escuelas militares y observando maniobras del ejército francés en compañía de los generales Foch y Joffre y del Mariscal Pétain. En Bélgica, del 10 al 15 de junio, visitó más monumentos de guerra y campos de batalla como invitado del Rey Alberto I. En los Países Bajos (del 15 al 20 de junio) hizo una gira por Ámsterdam, La Haya y Rotterdam y fue agasajado en numerosos banquetes y ceremonias oficiales, incluido uno presidido por la Reina Guillermina, que después envió a su padre una cálida misiva sobre la visita del príncipe. En la ruta de París a la Haya el 20 de junio de 1920 su tren se detuvo en Bélgica oriental para que pudiera visitar la ciudad de Lieja y visitar otro campo de batalla de la Primera Guerra Mundial más.

La segunda etapa de su visita a Francia le llevó a ciudades de la parte oriental y suroriental francesa, y el 8 de julio volvió a tomar el Katori en Toulon rumbo a Italia. Hirohito llegó a Italia (un país con muchos nobles pero una monarquía muy frágil) el 10 de julio de 1921, 15 meses antes de la llegada al poder de Mussolini y sus fascistas. Estuvo 8 días visitando Nápoles, Roma y Pompeya, con frecuencia acompañado por su cicerone, el Rey Victor Manuel III, que pronto iba a convertirse en un rendido admirador de Mussolini. Cuando estaba de huésped en el palacio del rey, el 15 y el 16 de julio, Hirohito se desprendió de sus condecoraciones militares y visitó dos veces el Vaticano, donde intercambió cortesías con Benedicto XV, el Papa que había tratado sin éxito de servir de mediador en la Primera Guerra Mundial y que después había tratado de defender al Káiser para que no se le procesara por crímenes de guerra.

El resto de su estancia en Italia Hirohito cumplió con sus funciones ceremoniales corrientes, visitó monumentos bélicos patrióticos, y presenció un torneo deportivo bajo los auspicios del ejército italiano, que ya estaba bajo el influjo del movimiento fascista de Mussolini.

En su regreso al Japón que comenzó el 18 de julio Hirohito no hizo mucho turismo ya que el Katori volvió a tomar el curso del Canal de Suez por el Océano Índico hasta Singapur. Sólo cuando su nave echó el ancla para aprovisionarse de carbón en la bahía de Cam Ranh en la Indochina Francesa fue a tierra para dar una vuelta por los bosques tropicales y conducir una moto en la autopista recién construida número 1, que discurría en paralelo con el ferrocarril que unía Hanói y Saigón. El 25 de agosto el Katori partió de la bahía de Cam Ranh hacia Tateyama, en la prefectura de Chiba, llegando a su destino el 2 de septiembre. El día siguiente el vapor puso rumbo al puerto de Yokohama, donde el primer ministro Hara se acercó en un buque para recibir personalmente al príncipe a bordo del Katori, mientras su gabinete y el resto de los miembros de la familia imperial esperaban en un muelle.

Hirohito, aunque aún le quedaba la tarea de informar a sus padres y a los espíritus de sus antepasados imperiales, había completado con éxito la primera campaña de relaciones públicas del gobierno para contrarrestar la percepción popular de la decadencia de la casa imperial. La cobertura de la prensa japonesa de la gira occidental fue tan extensa como notable. Cuando Hirohito salió del Japón, el Asahi Shinbun de Tokio proclamó pomposamente: “El Príncipe Heredero, con la gloriosa bandera del antiguo país del Sol Naciente ha surcado las olas que lleva al Oeste. Que ese glorioso 3 de marzo quede en la historia como acontecimiento singular”.

Después el Asahi y otros diarios de gran tirada cubrieron de forma un tanto sensacionalista la triunfante gira por Europa de “nuestro príncipe heredero”, mientras que el ministro del interior relajó bastante las restricciones en la publicación de fotografías de la familia imperial. El 4 de junio los diarios publicaron fotografías de un sonriente príncipe vestido con uniforme militar. El 24 de junio los diarios mostraron a Hirohito con una chaqueta de cuello alto, con un bastón. Antes la prensa sólo había podido fotografiarle en una carretera de visita oficial.

Cuando estaba en Europa, sin embargo, aparecía andando en la calle vestido de civil. Cuando visitó al duque de Atholl en Escocia, quedó muy impresionado por las cálidas relaciones existentes entre el señor y sus arrendatarios, y la prensa japonesa fue autorizada a publicar su declaración oficial:

“La familia del duque vive sin ostentaciones innecesarias y manifiesta un profundo amor por su pueblo. Si imitamos este tipo de política, no tendremos que preocuparnos del auge de las ideas extremistas”. La prensa también dio cuenta de su comentario efectuado el 9 de julio, cuando estaba visitando el campo de batalla de Verdun: “ojalá todos los que se permiten glorificar la guerra pudieran visitar este campo de batalla y presenciar semejante espectáculo”. LOL.

Poco después del regreso de Hirohito, la prensa siguió mostrándole vestido de militar con mucha más frecuencia que de civil, y a imprimir opiniones de periodistas japoneses que le habían acompañado en su viaje por Europa. En 1922, Nagura Bunichi, escritor del Asahi Shinbun, señaló cómo Hirohito rara vez hablaba durante la gira, nunca fumó, y bebía sólo agua carbonatada (al contrario que su abuelo, que pimplaba mucho y con frecuencia). En vez de hacer énfasis en la circunspección y sobriedad del príncipe, el periodista expresó su pique porque los ingleses no habían podido superar sus estereotipos desfasados de los japoneses:

“Lo más interesante es que un periódico de prestigio como The Times mostró cierta comprensión y publicó un artículo que daba la bienvenida al príncipe heredero. Por supuesto, la Embajada Japonesa aportó el dinero necesario para dar bombo a la visita, y por ello el último día el Times publicó un especial de Japón. En general había pocos errores en los reportajes, pero todavía hoy se creen que los japoneses llevan moño y van con kimonos […] Lo peor de todo fue un artículo en The Herald, órgano del Partido Laborista, que fue reimpreso del Church Times. Supuse que como era un partido socialista no les podía hacer mucha gracia el militarismo japonés. El artículo decía que el Emperador de Japón estaba enfermo y que el príncipe heredero, que bastante tiene con los asuntos políticos internos, no podía viajar al extranjero. Por ello el príncipe que ha venido es un doble, y las autoridades, para evitar que se sepa, han confiscado todas las fotos del heredero que se exhibían en las tiendas de la ciudad. Cuando llegan tan lejos como para decir esas cosas, ya no es materia de risa […] El 12 de mayo visitó la Cámara de los Comunes […] pero se tuvo que sentar en pasillo del público. En ese momento Lady Astor estaba dando un discurso sobre el problema de la vivienda […] En la cámara de los Lores vio como éstos presentaban una ley a los Comunes. Se sentó junto al presidente de los Lores. No fue leída ninguna bienvenida especial y nadie se dignó a incorporarse un momento para recibirle. Me pregunto qué va a hacer la Dieta Japonesa cuando el príncipe de Gales visite Japón”.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
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En la cámara de los Lores vio como éstos presentaban una ley a los Comunes. Se sentó junto al presidente de los Lores. No fue leída ninguna bienvenida especial y nadie se dignó a incorporarse un momento para recibirle. Me pregunto qué va a hacer la Dieta Japonesa cuando el príncipe de Gales visite Japón




Yo llegaba a la Cámara de los Lores... Pero como era canijo y amarillo ni se levantaban. Lol.

Pues nada, las cosas que se hubieran ahorrado con una miaja de educación.

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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mar Abr 25, 2017 12:25 pm 
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Mitearai Tatsuo, un corresponsal del Hōchi shinbun elaboró un reportaje que reflejaba mucho mejor el espíritu del movimiento Taisho por la democracia. Empezaba contrastando su propia imagen ideal de la relación entre el emperador y el pueblo con la relación real de lejanía y rigidez que se había desenvuelto desde el fallecimiento del Emperador Meiji. “La familia imperial debe sentir lo mismo”, opinaba. “A juzgar por el estilo de vida del príncipe Higashikuni que está estudiando en París, y del Príncipe Kita Shirakawa, en Grecia, el modo de pensar del Ministerio de la Casa Imperial es demasiado rígido.

Mitearai pensaba que la gira consiguió franquear el umbral de invisibilidad de la casa imperal:

“Su mayor logro fue haber descorrido el velo existente entre él y el pueblo y haber barrido el pensamiento inflexible de las autoridades del Ministerio de la Casa Imperial. Doquiera que iba nuestro príncipe, se le presentaba la oportunidad de recibir estímulos en favor del cambio, especialmente con el recibimiento que le dispensaron las capas superiores e inferiores de la sociedad inglesa, y creo, por encima de todo, que por el hecho de haber podido presenciar las relaciones sofisticadas del Principe de Inglaterra (el futuro duque de Windsor) y el Duque de York (el futuro Rey Jorge VI)”.

La gira de Hirohito por occidente ayudó a popularizar esa nueva imagen de un príncipe heredero joven y entusiasta que además era un hombre de su tiempo, muy interesado por la forma de gobierno de las colonias inglesas, y abierto a los cambios necesarios. Para los que contemplaban lo que pasaba en el país como una llamada a la reforma el mensaje era claro: había un sucesor vigoroso en el trono que se había reunido con los dirigentes europeos y que estaba al tanto de los asuntos mundiales. Un líder que haría uso de su voluntad cuando fuera necesario para el progreso de la nación. De esta forma la gira fortaleció las preconcepciones de la indispensabilidad de la monarquía dentro de la reforma política. El Primer Ministro Hara había expresado su gozo por la buena prensa que había tenido Hirohito en Europa, observando en su diario, el 6 de julio de 1921: “Este viaje parece un gran éxito. No podía pensarse en nada más beneficioso para el Estado y la Casa Imperial”.

Cuando Hirohito regresó del viaje, Hara tenía muchas ganas de enterarse de los progresos del príncipe preguntando a su séquito. El profesor de francés de Hirohito, el capitán de navío Yamamoto Shinjirō le informó inmediatamente de la preparación minuciosa que había recibido el príncipe mientras se hallaba de camino a Europa: “Usted sabe que el príncipe no está nada acostumbrado a los países extranjeros y a las relaciones sociales más allá de su círculo. Por lo tanto se le instruyó en los modales en la mesa y en todo movimiento y acción según los protocolos”.

Por lo que respecta a principios más generales, el Príncipe Kan’in conversó con él en tres ocasiones, mientras que el principal ayudante le puso al corriente de otros temas. Los más jóvenes ayudantes como Saionji [Hachirō] y Sawada [Renzō] hablaron con él con especial franqueza. Cuando Hara se enteró de que el príncipe heredero había invitado a palacio a dos miembros de la familia imperial y había hecho todo lo posible para indicarles que vistieran trajes occidentales de negocios en vez del atuendo formal de la corte, manifestó su complacencia:

“Siempre hay gente envidiosa que dice que en Inglaterra la relación entre la familia real y el pueblo es de esa manera y de otra. Creo que esta relación no es una cuestión de razón y lógica sino que depende por completo del sentimiento. Aunque la relación entre nuestra casa imperial y la nación no puede parangonarse con la inglesa, es un error esperar que el afecto se deba únicamente a la razón. Lo cierto es que depende del sentimiento. Y desde este punto de vista se debe aplaudir el éxito de la reciente gira por el oeste puesto que ha generado armonía entre las capas más elevadas y bajas de la población”.

Sin embargo en el país la opinión pública no había apoyado la gira de forma unánime y cuando se publicaron fotografías en la prensa y un noticiario mostró al príncipe respondiendo al saludo de la multitud, se suscitó la hostilidad de los nacionalistas más extremos. Además, sin perjuicio de la opinión de Hara, las propias élites gobernantes no acababan de estar plenamente satisfechas del desempeño de Hirohito en Europa, o con las actitudes que el viaje había hecho surgir en él. Chinda no había sido muy entusiasta con el viaje al extranjero, pero, a instancias de Hara, le había acompañado a Inglaterra para cuidar de él. El 6 de septiembre de 1921, cuatro días después del regreso de Hirohito al Japón, Chinda describió el comportamiento del príncipe a Makino: “Parece que los defectos de la personalidad del príncipe son que no consigue mantener la calma lo suficiente y que carece de curiosidad intelectual”.

“No consigue mantener la calma lo suficiente” y “nervios” son defectos que subrayaban muchos los que hablaban en esta época del joven, incluida su propia madre, la Emperatriz Sadako. En una audiencia que concedió a Makino el 22 de septiembre de 1922, dejó caer el revelador comentario de que “mi hijo no podía asistir a la “ceremonia anual de ofrecimiento de las primicias” (kannamesai) porque “no es capaz de permanecer mucho tiempo de rodillas”. Peor aún, había dejado de tomar en serio sus ritos religiosos y de repente le había entrado una “terrible manía por el ejercicio físico. Su madre quiere que se tranquilice meditando y reflexionando y no cansándose con el ejercicio. Su devoción al ejercicio físico puede ser empeorar su personalidad nerviosa, que es su punto más débil”.

Pero no queda nada claro la falta de curiosidad intelectual que apreciaba Chinda. Teniendo en cuenta sus buenas notas, los muchos comentarios sobre su excelente memoria de todos los que les conocían y la forma rigurosa en la que se consagraba a sus estudios biológicos la verdad parece lo contrario. El comentario de Chinda, que entre líneas parece decir que el príncipe no era demasiado brillante, puede haber reflejado simplemente las complicaciones inherentes en una relación entre un pupilo y su meticuloso tutor, un diplomático de 65 años, que no podía hacerse cargo de como un joven de 20 años estaba disfrutando por fin de algo de libertad. También puede haber reflejado una opinión sincera de un funcionario veterano. Sin embargo esto insinúa que los que se hallaban más cercanos al Emperador Hirohito no confiaban absolutamente en su capacidad de desempeñar las duras tareas que se le encomendarían. Convenían que poseía una inteligencia algo por encima de la media y una memoria impresionante, aunque nunca alabaron ni su originalidad ni su imaginación. Les preocupaba sobre todo su salud, y el hecho de que mostrara cierta inseguridad (nervios) y poco manejo social que les preocupaba en un monarca pero que creían que tal vez pudieran enmendar con el tiempo y la asistencia de su séquito.

El principal cometido del Príncipe Heredero en Inglaterra había sido tratar de aprender del Rey Jorge V, que había capeado con habilitad la tormenta de la reforma política resultado de la turbamulta de la Primera Guerra Mundial y del colapso de las monarquías en toda Europa. Jorge “desde el comienzo de su reino trató de identificar la monarquía con las necesidades y placeres de la gente común, visitando fábricas repetidas veces, acudiendo al fútbol, conduciendo por los distritos más desfavorecidos de Londres y visitando a mineros y obreros en sus casas”. En consecuencia supo detener esa tendencia al pacifismo que había en el país y trató de aumentar la moral de las fuerzas armadas. Según el biógrafo oficial de Jorge, Harold Nicolson, visitó la Gran Flota y diversas bases navales, inspeccionó los ejércitos en Francia, visitó más de 300 hospitales, concedió decenas de miles de condecoraciones y estaba en gira permanente por las regiones industriales. Jorge tenía especial cuidado en visitar las regiones que habían sido dañadas y “hablar con los heridos en los hospitales. Nunca antes un monarca se había mostrado tan cercano a sus súbditos”.

Además de contribuir de forma importante al esfuerzo de guerra británico Jorge V había fomentado también los intereses nacionales y reforzado la causa de la monarquía inglesa en su trato con otras familias reales. Se había negado a conceder asilo a su condenado primo, el Zar Nicolás II, durante la Revolución Bolchevique; pero en 1919, cuando la guerra había acabado, hizo todo lo que pudo para evitar que Lloyd George no procesara a su primo Guillermo II en Londres como criminal de guerra. Cuando vio la oportunidad de apuntalar la autoridad de la casa imperial japonesa, el rey decidió servirse de la visita de Hirohito para reforzar la cooperación entre Japón y el Reino Unido.

A Jorge V le quedaba poco para alcanzar la edad de 56 años cuando, el 9 de mayo, se presentó en persona en la Estación Victoria para saludar a un emocionado príncipe de 20 años. Se esmeró cuanto pudo para darle el tratamiento que correspondía a un monarca de una gran potencia, y el 29 de mayo, cuando iba a acabar la estancia de Hirohito en Inglaterra, George hizo venir a la Reina María y a los más altos funcionarios del Reino a la Estación Victoria para despedir al príncipe. La hospitalaria estrategia del rey, que fue cabalgando con Hirohito al Palacio de Buckingham en un carruaje abierto mientras la multitud prorrumpía en vítores, tratando en todo momento de que les vieran juntos, impresionó sin duda al príncipe y generó sentimientos anglófilos en su persona. Ciertamente, todas las experiencias de Hirohito en Inglaterra, incluyendo sus doctorados honoris causa y condecoraciones reales, reforzaron su sentimiento de orgullo nacional.

El espectáculo de la visita de Hirohito a Inglaterra impresionó igualmente al primer secretario de la Embajada Japonesa en Londres, Yoshida Shigeru, como bien puede apreciarse en un extracto de una carta a su suegro, Makino: “La visita del príncipe heredero ha sido muy bienvenida en este país. Huelga decir que uno no pudiera haber esperado un más cálido recibimiento de la casa imperial británica. Estoy abrumado por lo popular que es entre las capas más altas y más bajas de la población. Creo que el príncipe recibió la estima natural de todos porque se expresa con sencillez, sinceridad y de forma directa. Aunque estas cualidades le vienen de cuna, es ciertamente un hombre muy prudente para sus años”.

Yoshida puede haber tenido escasas ocasiones de conocer y observar al príncipe heredero antes de que escribiera a Makino. Pero uno no puede dudar de sus emociones hondamente positivas sobre Hirohito, viendo unas virtudes que le venían “de cuna” y que por definición, estaban ligadas con la comunidad política nacional, centrada en la Casa Imperial. Incluso si Yoshida estaba proyectando su propia imagen idealizada del trono en la persona del príncipe heredero, la imagen que veía era la de muchos otros miembros de la élite japonesa. Es precisamente este ávido idealismo de gente como él, que creían que el príncipe heredero simbolizaba un futuro Japón que iba a superar al presente, una de las razones del éxito de la gira por el occidente.

Más tarde Hirohito llegó a decir que la gira Europea le había hecho darse cuenta de que había vivido como “un pájaro enjaulado” y que tenía que abrirse más al mundo. También vino a decir que el Rey Jorge V le había enseñado como el monarca inglés aconsejaba, alentada, y, de vez en cuando advertía a sus ministros sobre la gestión de los asuntos militares y políticos, y que había admirado mucho la monarquía constitucional inglesa. Pero la imagen real que transmitía Jorge era la de un monarca activista que evaluaba los méritos de los candidatos a primer ministro y ejercitaba un poder político considerable entre bastidores (fingiendo siempre por descontado, que era neutral y que estaba por encima de las reyertas políticas). Si el ejemplo de Jorge impresionó al joven príncipe heredero, le animó a recuperar las prerrogativas imperiales que su padre había sido incapaz de hacer valer. Como Jorge sentía que el Gabinete debía reflejar los juicios políticos del monarca sobre los nombramientos, la expulsión de ministros del gobierno de sus cargos o cambiar las políticas que no le gustaban, esa lección puede haber animado también a Hirohito (y a su séquito) a recuperar los menguantes poderes del trono.

En la medida en que Jorge V reforzó la creencia de Hirohito de que un emperador debía tener sus propias opiniones políticas independientes de las de sus ministros, las “lecciones” de Jorge nada tenían que ver con la “monarquía constitucional”. Eran también incompatibles con el espíritu de la democracia Taisho, que en un momento dado quiso privar al Emperador de todos sus poderes y convertirle en una mera figura ceremonial.

Si Jorge era realmente el modelo de Hirohito, como después se dijo, las lecciones que de él aprendió no pueden haberle convertido en un verdadero monarca constitucional. Teniendo en cuenta las profundas diferencias entre las variantes japonesa y británica de la monarquía constitucional es difícil que nos sorprenda. En el sistema imperial anterior a la segunda guerra mundial, la política, la religión y el mando militar estaban indisolublemente unidos: el Emperador poseía autoridad dictatorial y enormes poderes. En cuestiones militares podía decidir sin refrendo de ministro de Estado alguno y se esperaba de él que gobernara para que el sistema funcionara de forma adecuada. El modelo británico era completamente distinto.

La lección más importante que aprendieron Hirohito y su séquito observando a Jorge V tenía que ver con las relaciones públicas y la forma de servirse de ceremonias a gran escala y rituales cortesanos que popularizaran la monarquía y reforzaran el nacionalismo. Jorge V había salvado de la quema a la monarquía británica de origen germánico haciéndola más inglesa durante la Primera Guerra Mundial, cuando la “gente estaba pidiendo que el rey alemán abdicara”. Cambió el apellido alemán de la casa real a Windsor e inventó la “antigua” monarquía ceremonial, y de ese modo Jorge V “hizo parecer que la familia real hubiera estado allí desde tiempo inmemorial como parte del paisaje moral, lo que le permitía escudar de forma eficaz el sistema de privilegios clasistas”. Hirohito y su personal no fueron tan innovadores como Jorge V, pero si se dieron perfecta cuenta del agudo sentido de las relaciones públicas de Jorge en esta nueva era de medios de masas, y de su hábil uso del ritual como estrategia para perpetuar la influencia política de la monarquía. Además de las lecciones reales de Jorge V, la gira por occidente dio ánimos a Hirohito para descubrir de forma muy significativa su personalidad a ciertos miembros de su séquito. Según las memorias no publicadas de su asesor militar, Nara, Hirohito admitió poco después de regresar que no creía en absoluto en la divinidad de su padre o de sus antepasados imperiales. En palabras de Nara “El príncipe, que es persona racional y de espíritu científico, no cree ni por un momento que los antepasados de la casa imperial fueran realmente deidades ni que el presente emperador es una deidad viviente (arahitogami). Pese a ello le oí decir que deberíamos mantener el kokutai como estaba; pero parece pensar que no es conveniente abandonar del todo la idea de la divinidad del emperador. Piensa que lo mejor es mantener la casa imperial al modo británico y que la relación entre el Estado y el pueblo debe ser tal que el monarca reine pero no gobierne”.

Nara terminó sus memorias a finales de 1956, una década después de que Hirohito renunciara formal y públicamente a su estatus de divinidad. Muchos defensores del trono tratan aún de blanquear el problema de la responsabilidad no asumida de Hirohito y nublar el hecho de que había sido adorado como un Dios. Si Nara registró correctamente el momento de franqueza de Hirohito, a la edad de 20 años, estableció tres puntos notables:

-Manifestó que ya no creía que sus antepasados eran dioses vivientes y menos su padre, ¿y quién podría culparle por eso?

-De todos modos manifestó que el Estado tenía que seguir inculcando en los japoneses corrientes la creencia de que “los antepasados de la casa imperial eran dioses en verdad y que el presente emperador es una deidad viviente”. En vez de defender honradamente aquello en lo que creía, y cambiar la kokutai en ese sentido, pues como estaba impedía analizar objetivamente la historia de Japón, sentía que tenía que aceptar el engaño pues era lo que se esperaba de él y dejar las cosas “como estaban”. (ERA UNA MARIONETA DE LOS MILITARES, COMO DIJO MACARTHUR, POBRECITO)

Esa subordinación pragmática y voluntaria de su propio criterio a las exigencias del sistema imperial vaticina su aceptación activa (y la de su séquito) del culto al emperador que surgió como destructor de carreras a mediados y finales de los años 30. Las acciones públicas del príncipe nunca serían regidas por sus propios criterios personales de bondad, ética e integridad.

-En tercer lugar, al expresar su preferencia por una relación al estilo británico entre el trono y la nación, Hirohito estaba poniendo inconscientemente en tela de juicio un principio operativo de la monarquía japonesa. Además reflejaba de paso lo poco preparado que estaba aún para desempeñar el papel de emperador. Pues si el sistema de relaciones entre civiles y militares de la Constitución Meiji tenía que funcionar correctamente, era necesaria la intervención de la Casa Imperial como una fuerza eficaz que integrara la nación y el Estado, el gobierno civil y los asuntos militares. El Emperador tenía que ejercitar su enorme (ciertamente, prácticamente dictatorial) autoridad política y militar. Además, el nacionalismo japonés de pre-guerra también exigía un monarca de verdad, un monarca que gobernara y no uno que únicamente reinara. Muy consciente de estas exigencias, y de la juventud impresionable del príncipe y de sus sentimientos idealistas, Nara decía entre líneas que la confesión de Hirohito no era tan grave como pudiera parecer. El príncipe sólo reflejaba el talante de los que le rodeaban. No estaba incómodo con su escepticismo. De hecho, en vez de expresar sus convicciones, estaba sucumbiendo a un modo de pensar que “había encendido el mundo después de la Gran Guerra” y también Japón. Hirohito no era excepcional en esto, pues como seguía diciendo Nara:

“Incluso los genro, en especial Yamagata y Saionji, estaban teñidos del nuevo pensamiento. Ese nuevo talente se daba entre un gran número de jóvenes funcionarios del Ministerio de la Casa Imperial y Saionji [Hachirō], Futara [Yoshinori], y Matsudaira [Yoshitami] se hallaban por lo visto en la vanguardia del mismo. Puedo ver en esa confesión la vigorosa influencia de esos jóvenes funcionarios de la casa Imperial que, después de haber sido influenciados por el genro Saionji y otros, transmitieron su forma de pensar al joven príncipe heredero […] La forma correcta de mantener la seguridad y la paz de la Casa Imperial es acercarla a la nación pero sin abandonar el concepto existente de la kokutai. Creo que la mayoría de los funcionarios de la Casa Imperial sentían lo mismo que yo. Pero, como la Casa Imperial de Japón es muy distinta de la inglesa, es natural que no debamos decir nunca abiertamente eso de “el rey reina pero no gobierna”. En cuanto al concepto del kokutai, creo firmemente que nada ha cambiado. Por consiguiente siempre tendré en cuenta la tesitura en la que se encuentra el joven príncipe, y siempre que pueda trataré de generar un ambiente en el que pueda relajarse”.

La “tesitura” del joven Hirohito, es decir, su inquietud personal cuando empezaba a ser adulto con la atribución de divinidad a su persona y a la de sus antepasados, no debe exagerarse. En un cierto nivel de conciencia tenía que creer en el mito de la divinidad para obrar como el sumo sacerdote sintoísta. Después de un breve periodo de dudas durante los años veinte, se sometió a la línea del partido, superó su juvenil idealismo y moderó su entusiasmo inicial por la reforma de la corte. Al cabo Hirohito aprendió como conciliar su natural escepticismo sobre su propia divinidad con la creencia en el mito bansei ikkei, la concepción, reflejada en la Constitución Meiji, de que era la encarnación de un linaje intemporal de emperadores, con una línea sucesoria masculina “ininterrumpida” desde la edad de los dioses. El mito de las insignias imperiales, la idea de que la posesión de las mismas legitimaba su autoridad y preservaba a su familia, planteaba un problema igualmente enojoso, que de algún modo había que resolver. La piedad de Hirohito puede observarse en la gravedad con la que después se aplicaba al ceremonial sintoísta en la corte y cuando “daba cuenta” de importantes asuntos de Estado a los dioses. Pero la forma principal en la que se expresaba era en su consagración al culto de sus antepasados imperiales y al culto del Altar de Ise. En la época en que Hirohito se convirtió el Emperador, se había percatado perfectamente del valor utilitario del mito y se aferró a los mismos como a otras herramientas políticas del repertorio. Siempre que le convenía se servía de esos mitos para racionalizar su propio comportamiento, para contraponer el poder de la corte imperial frente a otras élites del bloque gobernante, y para ubicarse a sí propio más allá de toda responsabilidad seglar y política. Al mismo tiempo cuanto más vivía Hirohito su papel de monarca “sagrado y directo”, más fiaba en la creencia religiosa como mecanismo de poder y como fuente de vigor en circunstancias difíciles.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Jue Abr 27, 2017 4:31 pm 
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El cuatro de noviembre de 1921, dos meses después de que Hirohito regresara de Europa, un joven guardavía de 19 años, un tal Nakaoka Konichi, asesinó de una puñalada al Primer Ministro Harato. Se decía que el asesino era nieto de un lealista de la era Meiji del antiguo feudo de Tosa. Sus motivos siguen sin estar claro pero parecen haber tenido que ver sobre todo con el hecho de que Hara hubiera asumido las funciones de ministro de la armada cuando el ministro que ocupaba el cargo, el Almirante Katō Tomosaburō, estaba en Washington, con la defensa que Hara había hecho de Yamagata y con la decisión de su gabinete Seiyūkai de mandar al joven príncipe a visitar a los jefes de Estado europeos.

La pública caída en desgracia de Yamagata, seguida del asesinato de Hara, demostraba el terrible poder destructivo que podía generarse siempre que una cuestión que tocara a la Casa Imperial tuviera gran trascendencia política. Con Hara muerto y Makino (asesorado por Sekiya y aconsejado de lejos por Saionji) controlando los asuntos de palacio, la monarquía parecía encaminada a un periodo de una creciente independencia con respecto al consejo de ministros. El día siguiente, cuando la prensa inconscientemente estaba suscitando ciertas simpatías por el asesino al centrarse en su “indignación” y en la “corrupción de estos tiempos”, el Ministro de la Casa Imperial Makino informó a la Emperatriz Sadako del fallecimiento de Hara. En su rostro se pintó una gran ansiedad mientras dijo entre lágrimas a Makino que Hara era “una persona tan singular. Siempre me pregunté cómo mantenía su equilibrio y nunca dejaba de sonreír incluso cuando tenía tantos problemas sobre sus hombros”.

Mandó a un delegado al entierro de Hara de Morioka, en la prefectura de Iwate. Pero lo que más la desmoralizaba era el estado de su esposo, el Emperador Yoshihito, que ya tenía que hacer un gran esfuerzo para sellar los documentos que le ponían delante y que no se enteraba de nada. Tuvo que instaurarse a la regencia con rapidez debido a su estado, que empeoraba a ojos vistas, y a la crisis política desatada por el asesinato de Hara.

Al mismo tiempo los genro Matsukata y Saionji decidieron que el gabinete de Hara no podía dimitir justo en el momento en que se estaba preparando una importante conferencia internacional de las principales potencias del pacífico, que se iba a celebrar a finales de ese mes en Washington. Sin dignarse a consultar al Emperador pidieron al Ministro de Economía Takahashi Korekiyo que asumiera el puesto de primer ministro.

El 25 de noviembre de 1921, Hirohito ocupó la regencia. Como iba a asumir las competencias del emperador, sabía ya que se iba a casar con Nagako y ser el monarca que Meiji había pensado en la constitución. Puede que pensara también que ya iba siendo hora de compensar las flaquezas de su padre haciendo todo lo que se esperaba de él para conservar la autoridad del trono y defender el imperio. Esas importantes aspiraciones dependían de que le fuera concedida mayor libertad de acción. Debido a su juventud, a la educación que había recibido, y al respeto que dispensaba a los ancianos que le rodeaban constantemente, a lo que se unía el peso de la tradición cortesana, no iba a ser empresa fácil.

Parte II. La política de las buenas intenciones. 1922-1930. La regencia y la crisis de la democracia Taishō.

Cuando Hirohito llegó a la regencia, en noviembre de 1921, el gobierno ya había comenzado a fomentar la imagen de un príncipe heredero enérgico y vigoroso, capaz de ejercitarse en maniobras militares con el ejército y muy capaz de desempeñar las funciones de comandante en jefe. Los medios de masas seguían transmitiendo la imagen de un príncipe dinámico, que se reunía con funcionarios del gobierno y dignatarios extranjeros, convocaba a la Dieta, viajaba por diversas regiones del país para pasar revista a los militares y presenciar maniobras, acometiendo tareas del Estado Mayor en el cuartel general del ejército y la armada y que hacía giras por las colonias. En 1922 Hirohito ciertamente estaba tratando de adaptarse (con variado éxito) a la rutina que le había impuesto su nuevo séquito, mientras pensaba que podría conseguir que las costumbres de la corte fueran más en consonancia con lo que había visto en Europa. Pero estaba pasando la mayor parte de su tiempo haciendo ejercicio, montando a caballo y estudiando francés.

Consciente de lo preocupados que estaban los dirigentes y los genro por su inexperiencia y lo que parecía su excesivo entusiasmo, el anciano Hirata Tōsuke que había sido nombrado Señor Custodio del Sello Privado el año anterior) y el Ministro de la Casa Imperial Makino (que fue nombrado formalmente el 20 de marzo de 1925) instaron al príncipe a esforzarse más.

Para llevar a cabo sus deberes como regente, tenía que proseguir son su educación, haciendo especial hincapié en adquirir un porte y una gravedad imperial adecuadas, y entender mejor los asuntos políticos, económicos y militares. El plan inicial de Hirata y Makino para suscitar el interés del príncipe en cuestiones de gobierno exigía su asistencia a conferencias de los altos funcionarios de palacio. Después debería hacer preguntas para que se viera si había comprendido los asuntos que se debatían. Esta técnica resulto impracticable.

A Hirohito no le interesaba nada lo que se le estaba enseñando, y la salud de Hirota flaqueaba. Como estaba demasiado enfermo para consagrarse exclusivamente a la educación del regente, sus ausencias eran cada vez más frecuentes. A finales de 1922, Makino asumió la responsabilidad de asesorar a Hirohito acerca de las reglas escritas y tácitas de la monarquía y de los asuntos políticos. Entretanto el humor de la corte comenzó a cambiar durante 1922 ya que los funcionarios veteranos de palacio reaccionaron frente a la ruptura de la cooperación doméstica y del consenso de las élites.

Las discrepancias entre las élites gobernantes habían salido a la luz durante la primera guerra mundial, tanto en cuestiones nacionales como internacionales, y habían sido registradas por el Consejo de Investigaciones de Política Exterior, que duró de 1917 a 1922. En ese tiempo los partidos ampliaron su base electoral y trataron de encontrar la manera de extender su influencia en las colonias, que hasta entonces eran el coto privado del ejército. Dirigentes políticos como Takahashi del Seiyūkai, creían, como Hara Kei antes, que para prosperar económicamente Japón tenía que aplicar políticas que apaciguaran los intereses americanos. Las importantes obligaciones internacionales que Japón había asumido en materia de reducción de armamentos en los tratados de Washington se hallaban en consonancia con el punto de vista de Takahashi.

Pero los grupos de extrema derecha y los dirigentes militares se rebelaron contra los Tratados de Washington. El principal ayuda de campo de Hirohito, el Teniente General Nara, observó en sus memorias de estos días: “Hemos estado llevando ropas de civil por consideración al regente en su gira por Europa. Ahora, tenemos que empezar a tener en cuenta el talante del público. A comienzos de noviembre de 1922, estuve en una conferencia con chinda, y traté de que lleváramos uniformes militares, pero no dijimos nada al regente.

En los años siguientes se estableció un mejor sistema de educación del príncipe, e Hirohito comenzó a recibir lecciones, dos o tres horas al día, sobre todas las materias que Makino, Nara y él mismo consideraban útiles. Esto era en sí mismo bastante inusitado. Sólo desde que comenzó el periodo Meiji la corte imperial había partido de la premisa de que el monarca reinante, aunque nacido para su papel, tenía que ser constantemente educado para reinar. Sólo mediante el estudio cotidiano, organizado y estrechamente supervisado por los altos funcionarios del Ministerio de la casa Imperial, podía el monarca mejorar su habilidad, pulir sus virtudes y enmendar sus defectos físicos e intelectuales.

Para ese fin se empleó a pedagogos especiales de la corte, almirantes, generales, diplomáticos que habían prestado servicio a los extranjeros y miembros de los pares. Makino pensaba, como el “profesorado” que había formado, que existían importantes precedentes históricos de funcionarios que servían en la corte y que se veían a sí mismos como parte de una organización consagrada a formar al monarca durante toda su vida. En el pensamiento de Makino e Hirohito, la figura clásica que había ascendido al trono como un desvalido e inculto adolescente, pero que después dominó el arte del gobierno gracias al estudio, fue Meiji, un hombre no muy aficionado al estudio. Meiji era prueba de los milagros que podían conseguir los asesores de la corte enseñando al monarca constantemente y con un enfoque de exhortación constante que respondía a sus necesidades psicológicas.

Durante la regencia Hirohito aprendió cómo, durante la Primera Guerra Mundial, el Señor Custodio del Sello Privado y el Ministro de la Casa Imperial habían colaborado con los genro para evitar que su padre se inmiscuyera en asuntos políticos. Se dio cuenta de lo importante que era evitar que los consejos de ministros encabezados por los dirigentes de los partidos obtuvieran el control de la corte. Había presenciado la práctica de reducir el ámbito de la venia imperial a la mínima expresión, de forma que ni su padre el Emperador ni él mismo necesitarían expresar la “voluntad imperial”.

También vio cuán débil era la influencia de los funcionarios de palacio cuando se comparaba con la de los representantes de otros órganos que asesoraban al trono. El joven e inexperto Hirohito escuchaba y aprendía mientras su séquito le animaba a defender de modo más abierto sus prerrogativas imperiales, que parecían amenazadas por el auge de la influencia de los gabinetes de partidos. En tanto crecía su deseo de convertirse en un actor político y de recuperar los perdidos poderes del trono, también crecía la influencia de Makino y otros asesores y ayudantes que estaban completamente fuera de la estructura constitucional. Ellos creían también que influyendo sobre Hirohito podrían refundar la monarquía sobre cimientos más fuertes e independientes. Al comienzo de la regencia, tres príncipes Inoue Katsunosuke, el gran maestro de ceremonias, Kujō Michizane, el experto en ritual, y Saionji Hachirō, el hijo adoptivo del genro que prestaba servicio en la Junta de Ceremonias, comenzaron a entrenar a Hirohito en los rituales de la corte, una materia que su madre tenía mucho interés en que dominara.

Entretanto Makino y otros miembros de su séquito ponían el acento en fijar un ambicioso programa de lecciones imperiales para que Hirohito prosiguiera sus estudios en un nivel más avanzado. Se contrató a cuatro catedráticos de la Universidad de Tokio para dar clases regulares. Antes eran impresas y se facilitaba parte de las mismas a Hirohito antes de la lectura, diaria o semanalmente de conformidad con el plan prefijado. El Catedrático de Derecho Constitucional Shimizu Tōru, el historiador Mikami Sanji, el economista Yamazaki Kakujirō, y el experto en Derecho Internacional Tachi Sakutarō le daban lecciones. Como eran profesores del emperador pero también expertos asesores de Makino, Kawai y otros miembros de su séquito, la influencia de sus ideas no puede exagerarse. Poco se sabe de las lecciones de economía que impartieron Yamazaki y otros, como Inoue Junnosuke, el presidente del Banco de Japón.

De hecho es dudoso que ellos o cualquier economista tuvieran una gran influencia en Hirohito. Los funcionarios de la corte en general no tenían mucha idea de economía y no tenían conocimiento alguno de los principios de las finanzas. Prueba de ello son las triviales medidas de ahorro de Hirohito en 1929 como respuesta al pánico financiero de 1929, que daban la clara impresión que ni el príncipe ni sus asesores de la corte entendían los rudimentos más básicos de la economía.

Es muy posible que el principal interés de Hirohito por la economía se derivara de su preocupación por mantener la ley y el orden, la paz en el país y la estabilidad internacional. También es difícil valorar la influencia del Catedrático de Derecho Shimizu pero parece haber sido más importante que la de Yamazaki. Cada martes le daba lecciones de derecho constitucional y administrativo, una materia que incluía el análisis de los acontecimientos políticos contemporáneos. Los viernes le explicaba la Ley de la Casa Imperial kōshitsu tenpan, que regía cuestiones como los reglamentos (kōshitsurei) derivadas de ella, la instauración de la regencia, y las ceremonias formales de acceso al trono. Shimizu siempre trataba de inculcar actitudes convenientemente conservadoras en cuestiones de derecho civil y constitucional, aunque no se sabe a ciencia cierta en qué temas hacía más hincapié y que posiciones adoptaba en sus lecciones sobre los años de la regencia.

Hay muchos más datos sobre el profesor de historia de Hirohito Mikami Sanji, que daba lecciones al regente sobre la historia política del periodo Meiji y fue uno de los principales muñidores del mito de Meiji El Grande. El 14 de enero de 1924, por ejemplo, Mikami narró un famoso incidente de la prehistoria del imperialismo japonés: la disputa sobre la conquista de Corea, que había dividido al gobierno Meiji en 1873
Meiji había escuchado atentamente las instrucciones del presidente del Gran Consejo de Estado, Sanjō Sanetomi; después aconsejó al dirigente (que se nombró a sí mismo) de la expedición bélica a Corea, Saigō Takamori (ESTE ES EL QUE SALE EN EL ULTIMO SAMURAI CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES PURA COINCIDENCIA), que no hiciera nada hasta que volviera una misión diplomática en los países occidentales, encabezada por Iwakura Tomomi. Por consiguiente se había demorado una costosa y peligrosa aventura extranjera hasta que el gobierno estuviera mejor preparado para ella. Makino pensaba que la lección de Mikami era un buen ejemplo para el joven príncipe:

“El Emperador Meiji”, escribía Makino en su diario, “actuó con gran prudencia, y fue una suerte para la nación en un periodo difícil cuando se estaban asentando las reformas de la restauración. Si el príncipe extrae las lecciones pertinentes de esa historia sus virtudes se verán reforzadas”.

Teniendo en cuenta la general reticencia de Hirohito, ni Makino ni nadie podía saber de cierto como había reaccionado a lo que había dicho un maestro suyo (o a lo que no había dicho) sobre un tema concreto. Las lecciones de Mikami se centraban en la inagotable virtud y benevolencia de Meiji. Machacaba este punto una y otra vez cuando el emperador Taisho se estaba muriendo y la corte se estaba preparando par entronar a Hirohito.

El Vice-Gran Chambelán Kawai alude a que el 19 de noviembre de 1926, Mikami dijo cómo los dirigentes de la restauración siempre habían alentado a Meiji a hacer el bien y evitar la maldad. En el diario Makino observa que Hirohito pareció profundamente conmovido, y prosigue: “Fueron estos audaces argumentos que tocaban a la forma en la que uno debe esforzarse para ser generoso y granjearse amor y estima, y conducirse siempre con prudencia y dignidad. El Catedrático Mikami tomó ejemplos de todo el mundo y los desarrolló. Esa lección es muy oportuna en estos días. Por consiguiente, en otra sala, manifesté mi satisfacción al profesor y le sugerí que se extendiera aún más en algunos puntos”.

Las virtudes de Meiji siguieron aportando material docente a lo largo de 1926, se hablaba de su frugalidad, su cultura y sus intenciones pedagógicas para con su hijo. Los extremosos esfuerzos de los asesores de Meiji para cultivar su benevolencia nunca se pasaban por alto. La última lección de Mikami en 1926, pronunciada el 3 de diciembre recalcaba que: “El Emperador debe ser generoso y pensar que su pueblo es su mayor tesoro. Debe conservar su salud. Debe trabajar para ensalzar su autoridad y sus elevadas virtudes, pero manteniendo su gentileza y cercanía, y debe preocuparse de sus súbditos”. Las conferencias de Mikami también afectaron a su séquito y contribuyeron a su plan de implantar una fiesta nacional en 1927 para conmemorar a Meiji y celebrar su “gran virtud”. El impacto de las ideas de Mikami en Hirohito resultó más complejo. Las lecciones semanales sobre el casi mítico Meiji probablemente robustecieron la resolución de Hirohito de ajustarse al modelo de un monarca dinámico y activo, que manifestaba las cualidades de benevolencia que, supuestamente, había poseído Meiji. Por consiguiente le indicaron que emulara un patrón de comportamiento poco realista y demasiado exigente.

Y como es lógico y natural esta presión le provocó mucha ansiedad. Además, se le pedía que fuera un gentil y benévolo cuando debía estudiar al tiempo ciencia militar economía, derecho internacional y diplomacia, que eran materias que desde luego exigían un tipo de comportamiento muy distinto y más “disciplinado”. Durante estos años Hirohito fue instruido en aquellas acciones de ética dudosa que por necesidad de Estado los gobernantes deben llevar a cabo. Sus maestros le inculcaron la doctrina de que cuando de política internacional se trata, los Estados deben dejar la ética a un lado y recurrir a la fuerza para promover del mejor modo sus intereses. Aquí lo único que importaba era si la decisión se había tomado en interés de la nación.

La tarea de enseñar a Hirohito que el interés nacional debía imponerse se encomendó al Catedrático Tachi, un muy destacado jurista experto en Derecho Internacional. Tachi en sus lecturas sobre la historia de la diplomacia y los preceptos y prohibiciones del Derecho Internacional explicó a Hirohito lo que entendía por el interés nacional. Antes de ingresar en la universidad nacional de Tokio, Tachi había estudiado entre 1900 y 1904 en Alemania, Francia y el Reino Unido.

Fue integrante de la delegación japonesa en la Conferencia de Paz de París de 1919 y en la conferencia de Washington de 1921-1922. Sus posturas nacionalistas sobre el Derecho internacional le habían otorgado una excelente reputación tanto en el Ministerio de Asuntos Exteriores Japonés como en el Estado Mayor. No era demasiado sorprendente que un académico privado que recibía órdenes del Ministerio de Asuntos Exteriores fuera la opción adecuada para enseñar Derecho Internacional en la Corte. Tachi dio clase a Hirohito después de que Japón (aunque no Estados Unidos) hubiera firmado el tratado que fijaba el nuevo marco Washington-Versalles de instituciones fundadas en los principios de igualdad formal entre naciones soberanas, resolución pacífica de los conflictos y la proscripción de las guerras de agresión.

Al contrario que Mikami, Tachi no aludía jamás a la virtud ni a la benevolencia. Los criterios éticos no le interesaban cuando se trataba de derecho internacional, y no estaba dispuesto a restringir el uso de la fuerza por consideraciones jurídicas. Tachi le enseñó que la guerra en general era siempre lícita, nunca ilícita; “el derecho internacional existente” existía en realidad para servir a los intereses de los Estados. La legítima defensa comprendía la guerra que suponía una expansión territorial o protegía las vidas y propiedades de los nacionales que vivían en otros países.

Esta visión decimonónica del Derecho Internacional había sido aceptada de modo general antes de Versalles y el Convenio de la Liga de las Naciones, que habían declarado nuevos principios básicos e instituido nuevas organizaciones (inspiradas por los americanos) para regir y solventar disputas entre las naciones. Esos nuevos principios, empero, no consiguieron impresionar mucho a Tachi o al Ministerio de Asuntos Exteriores Japonés, ni siquiera cuando el titular fue el liberal Shidehara. La perspectiva nacionalista de Tachi sobre el Derecho Internacional era la oficial japonesa, y en ella se instruyó a Hirohito desde finales de los años 20 a principios de los años 30.
Como observó el historiador Shinohara Hatsue, precisamente en esos años el Secretario de Estado de EEUU Henry L. Stimson y muchos destacados expertos norteamericanos en Derechos Internacional, como Quincy Wright de la universidad de Chicago, James T. Shotwell de la universidad de Columbia, y Clyde Eagleton de la universidad de Nueva York, estaban desarrollando una teoría que proscribiría la guerra de agresión y que aboliría el principio de que debía tratarse a los beligerantes de forma imparcial. Cuando Hirohito ganó en sabiduría y experiencia de asuntos políticos y diplomáticos, el mismo tomó la iniciativa en cuestiones que pensaba que exigían el consejo de expertos externos. Las lecciones sobre la situación política en la República de Weimar, la Rusia Soviética, China, Corea y la Liga de Naciones estaban pensadas para tenerle al corriente de los principales desarrollos en materia de asuntos exteriores y en las colonias japonesas.

Los oficiales militares veteranos, los ministros del ejército y de la armada y diversos ayudas de campo le daban lecciones de ciencia militar, por lo común cada semana, y después profundizaron en su instrucción haciéndole participar en maniobras militares a cambio abierto y “grandes movimientos”. Esto le hizo tener la oportunidad de conocer y preguntar a los luceros del cuerpo profesional de oficiales, y señalar a los dirigentes del ejército y la armada como podría responder a su presentación formal de peticiones.

Desde el comienzo de la regencia, los funcionarios del Ministerio de la Casa Imperial experimentaron nuevas maneras de conseguir que el trono se hiciera más receptivo a la sociedad japonesa. En su tentativa de recuperar la autoridad perdida, suavizaron las restricciones legales que antes de la Primera Guerra Mundial habían impedido que la prensa fotografiara al monarca. En 1921, todos los medios visuales e impresos de la época, diarios, revistas y películas, fueron concertados cuando el príncipe heredero se convirtió en monarca de facto. El material fotográfico hizo su entrada en Japón en una escala que pronto rivalizaría con la importación de maquinaria eléctrica y productos textiles de algodón.

Se permitió que se publicara un anuncio en el Nichi Nichi Shinbun de Tokio, donde aparecía una foto del regente y de la princesa Nagako, sin que se cuestionara de ningún modo. Los libros que contenían fotografías antes prohibidas de la firma de Hirohito y del sello imperial fueron publicados sin que se suscitara incidente alguno. Bajo la dirección de Makino el Ministerio de la Casa Imperial despachó al príncipe heredero en sus primeras “giras experimentales” por la prefectura de Kanagawa, y a la isla de Shikoku, para preparar un viaje posterior a la colonia de Taiwán. Esas giras no se basaban en el precedente de las seis excursiones imperiales de Meiji, que se llevaron a cabo entre 1872 y 1877, mucho antes de la instauración del “sistema imperial”.

El mensaje de las giras del Emperador Meiji era que se trataba de una deidad viviente consagrada al proyecto de unir la nación. Las primeras giras domésticas de Hirohito, en contraste con lo anterior, no expresaban mensaje ideológico alguno sino que estaban concebidas sobre todo para permitir que los funcionarios del gobierno evaluaran su desempeño y sugirieran mejoras. En segundo lugar, también, se esperaba que las giras acercaran más la Casa Imperial al pueblo y, de ese modo, frenar el talante democrático de la era Taisho que el propio padre de Hirohito estaba fomentando sin darse cuenta con su actitud pasiva, desorientada e inútil. Makino escribió:

“El tren partió a las 9:45 de la mañana rumbo a las grandes maniobras del ejército. Acompañé al príncipe regente. Llegamos a la estación de Shizuoka a las 2:15 de la mañana y nos dirigimos al palacio imperial […] observó antiguos documentos y presenció un espectáculo de fuegos artificiales por la noche. Seré breve pues planeamos redactar más tarde nuestro informe sobre el viaje […] Tratamos de cuestiones que deben ser reformadas tras una deliberación adecuada […] Por ejemplo el porte del regente […] y su comportamiento […] Se tiene que comportar de forma que se corresponda con la gente sencilla de Shikoku. Está claro que sus expectativas, como es natural, serán muy diferentes de los urbanitas de Hokkaido o Tokio. En esta región, simplemente tener ocasión de adorar a la persona del Emperador constituye un honor supremo. No hay necesidad de que incline la cabeza como respuesta a toda cortesía. La palabra que más oía entre el público era ogameta: “os veo con reverencia”. Uno debe valorar la opinión pública con esa sencilla palabra”.

Después del viaje a Shikoku, Makino, con más seguridad, escribió el 4 de diciembre de 1922, “Tenemos mejor opinión de él ahora. La prudencia y la meditación perfeccionaran sus muchas virtudes. Parece muy consciente del papel que tiene que desempeñar y tenemos grandes esperanzas puestas en su futuro”. El 12 de abril de 1923 Hirohito partió de la base naval de Yokosuka en el buque de guerra Kongo, rumbo a Taiwan, una colonia gobernada al margen de la constitución Meiji, donde la población de origen japonés era minoritaria y el clima, costumbres, y sentir del pueblo eran muy diferentes a los de Japón. Su gira, un rito de paso más, le llevó a la isla casi cuatro años después de que el poderoso gabinete Hara Kei hubiera abolido el sistema de gobierno militar colonial y encomendara la toma de decisiones políticas diarias a un gobernador general civil.

Esta modificación había sido llevada a cabo en parte para aplacar los movimientos nacionalistas en las colonias japonesas y en parte también para mejorar la imagen de Japón, de un modo parecido en teoría a la práctica colonial occidental en Asia. Sin embargo los militares habían seguido gobernando en Taiwan igual que en otras colonias japonesas, aunque sin tanta dureza como en Corea. La vistita de Hirohito tenía dos objetivos: en primer lugar y sobretodo recordar al pueblo japonés que la fuente moral de sus logros temporales era la casa imperial, encarnada ahora en su persona; y en segundo lugar para ratificar la posesión japonesa de Taiwán estampando su propio sello en el legado colonial Meiji. Su procesión imperial marchó primero “al lugar donde la fuerza expedicionaria japonesa desembarcó primero en Taiwan y el Príncipe Imperial Kita Shirakawa, comandante de la División de la Guardia Imperial, había fallecido por causa de la malaria”.

En otras palabras el regente comenzó demostrando preocupación por su propia familia imperial y no por la población colonizada. Un miembro de su propia familia había fallecido en la conquista, y su espíritu se había consagrado en todos los 68 altares sintoístas de la isla salvo en 10. En los años 30 Japón obligaría a los japoneses (y a los coreanos) a reverenciar esos altares bajo el pretexto de una política de asimilación, pero en este periodo el programa era menos severo.

Además de visitar los altares, una serie de instalaciones militares y una refinería japonesa de azúcar, Hirohito se dirigió a los jóvenes de la colonia visitando 13 escuelas construidas por los japoneses. En otro gesto simbólico de clemencia, redujo las condenas de 535 presos políticos que habían sido detenidos en 1915 por conspiración para alzarse contra el yugo japonés. Pero había realizado la gira sobre todo para revigorizar la creencia en la monarquía y para proyectar la imagen de una conducta moral intachable; y ese objetivo podía conseguirse sencillamente con las maneras dignas que mostraba y por la cobertura extremadamente detallada de la visita por parte de la prensa. Cuando llegó al cuartel general del gobernador en Taipéi, por ejemplo, el Tainichi Shinbun dio cuenta de que una banda de música tocó “Kimigayo” (el himno nacional japonés) cuando el tren llegó a la estación de Taichu.

El director de la estación abrió la puerta del tren y “en el andén apareció la brillante, gloriosa y espléndida figura del príncipe”. Guiado por numerosos funcionarios, y por los asesores civiles y militares que le acompañaban, formaron una línea en el lado izquierdo del andén. Hirohito fue caminando saludando a cada uno de los receptores de los parabienes imperiales, tanto japoneses como taiwaneses. Después se montó con su gran chambelán en un coche cubierto con un brillante sello dorado que representaba un crisantemo. La policía militar y los jefes de la policía civil le escoltaban al frente.

Mientras que el gobernador de la colonia se ocupaba de la procesión de autos que le seguían. El orden con el que el séquito imperial y la burocracia colonial habían dispuesto para el príncipe heredero era característico de todas las funciones públicas especiales y no se hallaba especialmente concebido para reflejar la relación especial de desigualdad jerárquica entre Japón y sus colonias, que se les había impuesto. En la tirada de mayo junio de 1923 del Taiwan jippo, tras la partida de Hirohito, El Jefe de Cuestiones Generales Kaku Sakataro afirmó la importancia del regente como epítome de moralidad y benevolencia para todo el imperio japonés.

“Creo firmemente”, declaró Kaku, que, los valores morales de nuestro pueblo tienen su fuente en la casa imperial y que la visita del príncipe pone claramente de manifiesto este hecho. Estamos muy agradecidos con el hecho de que se halla expuesto como un ejemplo moral para el pueblo común. El príncipe está imbuido firmemente del valor de la piedad filial para con sus padres; mantiene una excelente relación con sus hermanos. Es abierto pero al mismo tiempo flemático y no deja entrever sus emociones. La filantropía y humanidad de su majestad comprende incluso a los animales. Su modo de vida modesto y frugal es una guía para sus súbditos. Todos sus actos y palabras muestran la esencia de la moralidad. Lo que me conmueve más particularmente es que con independencia de lca clase o rango de sus súbditos, de su riqueza o su pobreza, siempre les dedica una cálida sonrisa”.
La gira de Hirohito había ayudado a Kaku a transmitir la imagen de la casa imperial como la fuente de la moralidad nacional y al emperador como “modelo de moral para la gente común”.

El énfasis de Kaku en la “piedad filial” y en las cordiales relaciones del príncipe con sus hermanos, se basaba en la expectativa de que la población china de Taiwán respondería de forma entusiasta si se comportaba según los preceptos familiares confucianos. Pero sea como sea que uno interprete el desempeño del regente, el lenguaje de Kaku trataba de legitimar ante el pueblo chino un régimen colonial que ya era cuestionable en esos días debido a las crecientes exigencias de autodeterminación nacional. Hirohito regresó de Taiwán por la misma ruta, zarpando de Keelung el 27 de abril de 1923, a bordo del Kongo. Celebró su vigesimosegundo aniversario en el mar. Le esperaba el matrimonio largo tiempo demorado con la princesa Nagako, seguir estudiando en la corte y más giras y ceremonias para acercarse al pueblo.

Cuando regresó a Tokio dos sucesos tuvieron un impacto imprevisto en la vida de Hirohito. Uno fue el descubrimiento en junio de 1923 del recientemente fundado e ilegal Partido Comunista Japonés, el primer grupo de la historia moderna de Japón que exigía la abolición de la monarquía; el otro, que sucedió a su primera experiencia de cambio en el gabinete, se cuenta entre los peores desastres naturales del siglo XX. El 14 de agosto de 1923, el Primer Ministro Kato falleció, y se nombró como sucesor al Almirante Yamamoto. Dos semanas después, el 1 de septiembre, cuando Yamamoto estaba formando su gabinete el gran terremoto de Kanto asoló la región de Tokio y Yokohama. El temblor y los incendios subsiguientes quitaron la vida a más de 91.000 personas, dejaron 13.000 desaparecidos, más de 104.000 heridos y destruyeron más de 680.000 viviendas sólo en la metrópolis de Tokio. Cuando las ciudades humeaban y la secuelas continuaban en ambas villas, grupos de justicieros japoneses, con la complicidad de funcionarios políticos y militares, llevaron a cabo incursiones asesinas contra los coreanos y los izquierdistas que se rumoreaba que habían sido incendiarios, saqueado viviendas y envenenado el agua potable. Más de 6000 coreanos fueron acosados y muertos en la región de Kanto y en otras regiones del país.

Hirohito pudo adquirir experiencia por primera vez como comandante en jefe activo promulgando edictos imperiales para atender a la emergencia. Situó a Tokio y a su zona metropolitana bajo la ley marcial el 3 de septiembre, y, cuando había pasado el peligro del terremoto, recorrió a caballo diversas zonas de la devastada capital, en uniforme militar, acompañado del comandante General Fukuda. El 10 de octubre visitó de igual modo la zona de Yokohama-Yokosuka.
Después de los sucesos provocados por el terremoto, los delitos de lesa majestad aumentaron y terminaron en el infame incidente de Toranomon en Tokio, que hizo que se demorara aún más el matrimonio de Hirohito. El 27 de diciembre de 1923, un joven anarquista, Namba Daisuke, disparó un pequeño revólver al carruaje imperial de Hirohito mientras se dirigía a la Dieta para pronunciar su discurso de inauguración. La bala atravesó el cristal, provocando heridas a su chambelán pero sin causar daño alguno a Hirohito. Namba, hijo de un miembro de la Dieta, había empleado un arma empleada comúnmente para cazar pájaros. Si no hubiera tenido como objetivo al príncipe se le hubiera acusado de tentativa de lesiones. Pero como había intentado dañar al Emperador la acción se subsumía en el tipo de lesa majestad y tuvo graves repercusiones en toda la nación. Este incidente hizo que los más altos funcionarios del Imperio, el Primer Ministro Yamamoto, todo su gabinete, y el director de la policía nacional, Yuasa Kurahei, presentaran su dimisión. Se despidió en masa a los policías corrientes destinados a la zona del incidente. La estrategia de exponer y proteger a Hirohito en público fue totalmente sometida a revisión. El día posterior al incidente, el 28 de diciembre, cuando comenzaba el periodo de sesiones de la Dieta Imperial cuadragésimo-octava, la Cámara de los Pares celebró su primera sesión secreta en 16 años. Se debatieron los motivos de Namba, su extracción social y la necesidad de controlar más las ideas nocivas. El miembro de la Dieta Nakagawa Yoshinaga observó: “Cuando la gente toma conciencia de los defectos de la sociedad, y esos defectos se tornan insoportables, estallan, y entonces ya será muy tarde para que podamos poder remedio”. Instó a que fueran reformadas instituciones injustas. Otro par, Tsuchiya Mitsukane, haciendo notar que Namba había estado leyendo artículos redactados por catedráticos de la universidad nacional en revistas como Kaizo (reconstrucción) y Kaiho (liberación) instó al gobierno a reforzar los controles sobre el pensamiento subversivo

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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
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Namba fue acusado según el Código Penal y procesado con celeridad por el Gran Tribunal de Casación. El Presidente del Tribunal Yokota Hideo, pidió por lo visto a Namba que mostrara arrepentimiento con la esperanza de que su declaración pudiera servir para acrecentar el respeto popular por la casa imperial. El comunista replicó mordazmente al magistrado que si creía en la divinidad del Emperador o únicamente decía creer en ella por tener más miedo que vergüenza. Como el magistrado se negó a responder, el asesino frustrado declaró según se dice: “He disfrutado de la vida y me he jugado el cuello por la verdad. Podéis colgarme cuando queráis”.

Cuando se le condenó a muerte, el 13 de noviembre de 1924, Namba gritó tres banzais (vivas) al proletariado y al partido comunista de Japón, al socialismo ruso y a la república soviética y a la internacional socialista. Fue ejecutado dos días después y el 17 de noviembre enterrado en secreto en una tumba comunal sin nombre.

La entrada del diario de Makino en el día del incidente de Toranomon registraba el “enorme cambio en el pensamiento popular” sobre la tentativa de asesinato de Namba. “Incluso los conceptos vinculados con la kokutai han cambiado pasmosamente entre ciertas personas” observaba Makino. “Ciertamente aún son una minoría muy pequeña, pero me preocupa el futuro cuando vemos que ha surgido un individuo con el valor para actuar de conformidad con sus ideales. Temo que la gente pueda perder su presencia de espíritu presenciando un atentado de lesa majestad de este calibre”.

Hirohito se mostró muy sereno después del atentado; más tarde, cuando Nara le informó de la ejecución de Namba, por lo visto le dijo a Chinda Sutemi y al Gran Chambelán Irie Tamemori:

“Siempre he pensado que en el Japón la relación entre su majestad y sus súbditos era en principio una relación entre el monarca y sus sujetos, pero en materia de sentimientos una relación paternal. Siempre me he consagrado al pueblo con esa idea en la cabeza. Pero cuando medito sobre este incidente, me entristece particularmente que la persona que trató de cometer el crimen fuera uno de mis leales súbditos, como también su ejecución. Quiero que esta reflexión mía sea bien entendida”.

A la edad de 23 años Hirohito se mostraba distante emocionalmente y concebía el sistema imperial en la forma ideológica en la que se le había machacado desde la niñez. El Emperador era como un padre para sus hijos. Es interesante que el ayuda de campo militar Nara le aconsejara que no hiciera públicos esos sentimientos, pues eso únicamente serviría para hacer que los socialistas y comunistas fueran aún más levantiscos.

Ya sea porque convencieran a Hirohito para que cambiara de opinión o (menos probable) su séquito hiciera caso omiso a sus deseos no queda claro. Pero nunca se publicó ninguna declaración del príncipe heredero sobre la tentativa de asesinato. Cuando el incidente de Toranomon aún estaba siendo objeto de un acalorado debate, se registraron más actos de lesa majestad ya que alguna gente corriente expresaba su falta de estima con respecto a los esfuerzos del príncipe regente por acercarse a ello.

Según el más temprano biógrafo de Hirohito, Nezu Masashi, se produjeron 35 de tales incidentes entre 1921 y 1927. Esos episodios profundizaron la preocupación entre los funcionarios del gobierno por la difusión del comunismo y otras “doctrinas peligrosas”. También ponían en evidencia la fragilidad de Hirohito en su papel de “príncipe heredero en esta era plebeya”.

Sin embargo la idea de tratar de fomentar la popularidad de la monarquía y del príncipe siguió muy viva en los tempranos años de la regencia. Cuando por fin llegó el momento de la boda de Hirohito a comienzos de 1924, tanto él como sus asesores se percataron de que una boda de mucho boato quedaría fuera de lugar en una capital destrozada materialmente que se estaba empezando a reconstruir.

Al darse que cuenta de que los japoneses comunes querían estabilidad y continuidad en una época de rápido cambio económico y social, Hirohito trató de dar respuesta a estas expectativas. Iba a bastar con una boda imperial que expusiera modestamente su dignidad con énfasis en la práctica cortesana tradicional, y esto serviría también para acercarle al pueblo.

El Príncipe Heredero y la Princesa Nagako se casaron en una serie de breves ceremonias el 26 de enero de 1924. En una tradición antiquísima que se remontaba a la era de Heian, el matrimonio fue precedido de un intercambio de poemas de amor cuidadosamente escenificados. Un chambelán de la corte en traje de gala y con sombrero de copa había entregado el poema sellado de Hirohito (escrito en un papel rosa dentro de una caja blanca de sauce) en la mansión de la familia Kuni, que había sido cuidadosamente decorada con banderas rojas y blancas. Unas pocas horas más tarde un sirviente hizo entrega de una caja parecida en el Palacio Imperial que contenía la réplica de Nagako.

El día de la boda la Princesa Nagako se levantó a las 3 de la madrugada, se dirigió a un pequeño jardín, y ofreció plegarias a sus ancestros. Después de tomar el baño y de un desayuno ligero, pasó 3 horas mientras le arreglaban el cabello a la manera Heian y la vestían con las pesadas túnicas ceremoniales de una dama de la corte. A las 9 de la mañana se despidió de toda su familia y de sus compañeros de clase y la hicieron subir a un coche que había hecho venir la Casa Imperial.

Hirohito se había levantado a las cinco y media de la madrugada, había rezado a sus antepasados, desayunado y se vistió con su uniforme de gala de un teniente coronel del ejército. Partieron para el Palacio Imperial en carruajes separados, precedidos y seguidos por guardias de honor montadas, y fueron vitoreados por la multitud a lo largo del camino. Al llegar al palacio, Hirohito se puso l túnica especial amarillo-azafranada reservada para un sacerdote imperial sintoísta y llevó a cabo ritos religiosos en el “Lugar de la maravilla”, donde notificó su matrimonio a los dioses. Miles de personas se alineaban en la ruta férreamente custodiada de la procesión de carruajes después de que cruzara el Nijūbashi (puente doble), procediendo después a regresar al Palacio Akasaka. Hirohito y Nagako se inclinaron ante la multitud que los vitoreaba al llegar a la residencia del príncipe, engalanada con banderas rojas y blancas, y después volvieron al palacio para celebrar más ritos matrimoniales y una cena que se prolongó hasta bien avanzada la noche.

47 aviones militares volaron sobre la capital el día del matrimonio, dejando caer pequeños paracaídas con mensajes de felicitación. El cuartel general del ejército efectuó un saludo de 101 cañonazos y la Armada un saludo de 21 cañonazos desde el acorazado Nagato, anclado en la Base Naval de Yokoshuka.

El Osaka Mainichi informó de que la casa imperial se estaba sirviendo de la ocasión para conceder premiso pecuniarios a individuos distinguidos entre los que se comprendían 258 colonos japoneses que habían contribuido al desarrollo de las colonias. También declaraba el indulto y la conmutación de las penas del Emperador Yoshihito a ciertos delincuentes, de su generosa financiación de proyectos sociales tanto a nivel nacional como en el extranjero, y la medida de ceder parte de la propiedad imperial a Tokyo y Kyoto para que fuera empleada para museos y parques públicos. De este modo, la joven pareja, con la recomendación de Makino y Saionji, empleó la boda para obtener apoyo político al trono y para reforzar la imagen del novio como un príncipe benevolente.
Estas dádivas imperiales en tales ocasiones eran una manera de recobrar la decadente autoridad del Emperador y de acercar a la Casa Imperial al pueblo. Los réditos de dividendos de acciones en empresas formaban ahora aún una parte mayor si cabe de las finanzas imperiales, y conforme aumentaba el poder económico del trono, también las obras caritativas de Hirohito, junto con otros regalos ligados con sus incrementadas funciones diplomáticas.

Aunque las dádivas eran una forma convencional de los monarcas para difundir su autoridad, lo que es claro como el sol, incluso hoy, es si la benevolencia de Hirohito la pagaban los impuestos de sus súbditos o los propios activos imperiales de su casa. Sete meses después de su boda, cuando la nación había empezado a recuperarse de un gran terremoto, Hirohito y Nagako dejaron la capital para tomar unas vacaciones de un mes, una especie de luna de miel, en el campo. Después de pasar dos noches en Nikkōthey partieron para el Lago Inawashiro en la prefectura de Fukushima, residiendo en la casa de campo del Príncipe Takamatsu. Jugaban al tenis, iban a pescar, escalaban y contemplaban la luna. En diciembre de 1925 Hirohito fue padre. Ordenó a Makino que arreglara una serie de lecciones de la corte para él y Nagako sobre el cuidado de los hijos y la psicología infantil.

Cuatro años antes, cuando llegó a la regencia, Hirohito había avisado a Makino que su esposa y él tenían la intención de educar ellos mismos a sus hijos y no valerse de sirvientes. Su madre Makino, y el genro Saionji se habían resistido, pero Hirohito se impuso por medio de la insistencia, dejando claro de paso a Makino y a los otros que su primera prioridad era su “hogar” propio. Ahora tenía la satisfacción de ver cómo Nagako daba el pecho a sus propios hijos, comenzando por su hija Teru no miya, y criarlos hasta la edad de tres años. La boda había servido de pretexto para reformar el viejo sistema, en el que las mujeres de la corte imperial vivían en palacio en vez de pasarse por allí durante el día, de modo que Nagako no fue rodeado de dueñas incultas que Hirohito temía que pudieran ejercer una perjudicial influencia en ella, por no hablar de que pudieran filtrar a extraños cualquier consideración impropia de su posición que él mismo pudiera hacer. De este modo Hirohito se aseguró un ámbito íntimo libre de supervisión constante.

Este logro lo consiguió acabando totalmente con la práctica del concubinato imperial y reduciendo el número de damas de la corte. Estas acciones no le convertían en un reformador de la corte, sin embargo, más que su desempeño público durante la regencia le convertía en vástago de la democracia Taisho. Eso era cierto también de su actitud en las tres guerras que libró Japón desde 1894. Aunque sentía orgullo por las victorias, se mostraba dispuesto a escuchar los puntos de vista de las personas de su séquito que habían asistido a la Conferencia de Paz de parís, desde el final de la Gran Guerra, y que comprendían los peligros de renovar la carrera naval de armamentos, y pretender ocupar demasiado espacio en China.

El periodo de la Regencia contempló como el foco de la política exterior de Japón se centraba en los tratados multilaterales, la Liga de las Naciones y el “código de paz”, implícito en el Convenio que fundaba la liga. Con el fin de apreciar la audacia del posterior viraje hacia el militarismo, la defensa de los intereses imperiales y el desdén del Derecho Internacional, únicamente debe recordarse que durante la Primera Guerra Mundial los dirigentes de Japón habían abrazado en secreto el “Monroeismo asiático”. Habían resuelto, a instancias de la armada y con el respaldo del Primer Ministro Okuma y su ministro de exteriores anglófilo, participar en la Gran Guerra expulsando al ejército alemán de Tsingtao, uno de los más importantes puertos de China, incluso antes de que los ingleses lo solicitaran formalmente. Kato y el alto mando, en momentos diferentes de la primera guerra mundial, y obrando contra la opinión de algunos de los genro, habían formulado planes grandiosos y secretos que anticipaban la expansión estratégica de Japón durante el final de los años 30: Toda China iba a tornarse en un protectorado japonés, iba a emprenderse una ofensiva contra la esfera rusa de influencia en Manchuria, se iba a arrebatar las indias orientales (actualmente Indonesia) a los Holandeses por su riqueza en recursos, y Occidente iba a enterarse de que Asia era de los Asiáticos (es decir, de los japoneses).
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Aunque Japón estaba aliado con Gran Bretaña, los estrategas del ejército japonés habían esperado que las potencias occidentales quedaran lo suficientemente debilitadas por sus luchas intestinas como para no poder oponerse a los fines japoneses en el Asia de posguerra. Esos objetivos de guerra tuvieron que dejarse a un lado cuando Alemania fue derrotada y los Estados Unidos, de quien dependían los japoneses en cuanto a importaciones de acero, capital y materias primas en general, presionaron para que se respetaran los intereses aliados y americanos en China. Sin embargo ofrecieron un buen ejemplo de las futuras políticas implantadas por Japón en los años treinta. En la Conferencia de Washington, del 12 de noviembre de 1921 al 6 de febrero de 1922), el gobierno del Primer Ministro Takahashi Seiyūkai había firmado tres tratados pensados para cimentar nuevas relaciones con las grandes potencias europeas y los Estados Unidos, que se habían convertido en la potencia mundial de facto. El Tratado de las Cuatro Potencias reemplazó la alianza anglo-japonesa que había sido la columna vertebral de la diplomacia japonesa desde la guerra ruso-japonesa; se garantizaban igualmente las posesiones de sus signatarios en el Pacífico: Japón, el Reino Unido, Estados Unidos y Francia. Esas potencias, junto con Italia, se comprometieron, en un Tratado de Limitación de Armamento Naval, a deducir sus acorazados de línea y portaviones, comprometiéndose a su vez Japón a reducir sus acorazados a un 60% del total de EEUU, o una proporción de 10 a 6 en potencia naval frente a Estados Unidos.

Los firmantes del Tratado de las Nueve Potencias, prometieron respetar la integridad territorial, soberanía e independencia de China, y acatar los principios de “puertas abiertas” e “igualdad de oportunidades” de todas las potencias para explotar los recursos naturales de China y su mano de obra barata. Esta había sido la política manifiesta de los Estados Unidos en Asia desde que el Secretario de Estado John Hay redactó sus “notas sobre las puertas abiertas” de 1899. Otras resoluciones pedían celebrar una conferencia para recuperar la autonomía arancelaria de China, y fundar una comisión que considerara la cuestión de la extraterritorialidad, en la que radicaba toda la estructura de los tratados desiguales con China. Durante los años 20, el joven Hirohito, su séquito, y la facción Shidehara en el Ministerio de Exteriores apoyaban esta reorientación liderada por EEUU de las relaciones internacionales, haciendo hincapié en la cooperación con el Occidente en China, en la reducción de armamentos, y en la derogación de la anterior alianza militar de Japón con Inglaterra.

Ciertamente, sabían que el orden posterior a la guerra estaba lejos de ser justo. Las Grandes Potencias habían rechazado la modesta propuesta de una cláusula de reconocimiento de la igualdad racial en el Convenio; Estados Unidos había diseñado los tratados de Washington para frenar a Japón en China y frenar los avances que había realizado durante la Primera Guerra Mundial. Aun así apoyaban el nuevo orden, como apoyaban la liga, con la esperanza de poder reducir el excesivo gasto en armamento que estaba llevando al gobierno a las puertas de la bancarrota. Además, aunque los Estados Unidos habían cambiado las reglas del juego, las organizaciones como la Liga de las Naciones y la Organización Internacional del Trabajo sí que incorporaban el principio de la igualdad de las naciones que el propio Japón había adherido en París en 1919.

El nuevo orden reconoció ciertamente a Japón como Gran Potencia (incluso si no reconocía el principio de igualdad racial). Esta constituyó razón suficiente para que Hirohito y Makino apoyaran la Conferencia de Washington. Además el Orden Internacional parecía desarrollar, pero no cambiar, el status especial de relaciones internacionales de China bajo el sistema de “tratados desiguales”. Contemplaba la posibilidad de que China se convirtiera en un Estado nacionalista independiente, pero aseguraba la hegemonía de las potencias que firmaron los tratados sobre Asia. Por todo ello, aunque la cooperación en este nuevo orden anglo-americano era injusta y poco equitativa, al menos prometía cierta estabilidad, y era menos una cuestión de ponerse del lado de la democracia que de oponerse al desorden opuesto al comunismo ruso republicano y a su posible expansión a China.

Sin embargo, ese esquema de unas razas blanca y amarilla en conflicto y competición permanente, que habían inculcado a Hirohito desde primaria, había calado mucho en él. Era una creencia muy intensa que había servido de premisa del pensamiento estratégico y los objetivos de guerra japoneses durante la Primera Guerra Mundial. No hay que olvidar la aprobación de la increíblemente racista ley de inmigración de 1924, que reforzó esta conciencia de conflicto racial. De forma parecida Hirohito conservó el conocimiento que había recibido durante los tempranos años 20 de profesores civiles de la corte como Shimizu Toru, que rechazó cualquier necesidad urgente de reducción de armamentos. Para contrarrestar el temperamento antimilitarista que surgió de la Conferencia de Washington, Shimizu había hecho hincapié a Hirohito que “en la situación actual, en que las naciones del mundo contienden unas con otra, no queda otra que armarse para defenderse del peligro”.

Este era el punto de vista de todo su séquito; y también el de Hirohito. El hecho de que Hirohito abrazará también los idealistas objetivos de la Conferencia de Washington sobre la reducción de armas y la paz universal y duradera también reflejaba la influencia política que habían ejercido en él Makino, Chinda y, en mucho menor grado, Saionji. Todos ellos, junto con el diplomático Shidehara habían participado en la construcción del marco de posguerra y en ligar a la corte imperial con la conciliación con el Occidente. Sin embargo ninguno de ellos apoyó de forma total y sin reservas el “código de paz” de la postguerra o la idea de que la paz y la cooperación internacional eran fines en sí mismo. El apoyo de la Corte Imperial al Sistema de Tratado de Washington, en otros términos, radicaba en premisas no declaradas sobre el internacionalismo, y las ventajas económicas que podrían obtenerse de la cooperación diplomática con el Reino Unido ni Estados Unidos.

En esencia su séquito asumió que sería compatible una política exterior cooperativa y pacífica con la defensa de los intereses coloniales de Japón, especialmente en Manchuria. También creían que Japón podría continuar haciendo avanzar los “derechos e intereses” que había conseguido, bajo extorsión, de China, mediante una política temprana de hechos consumados en Manchuria y Mongolia, y que podría seguir haciéndolo a pesar del nacionalismo chino, un fenómeno que ni comprendían las potencias que firmaron el tratado ni menos tenían en consideración. Otra premisa compartida era que China no se desviaría del marco de la conferencia de Washington repudiando el viejo sistema de tratados desiguales que había nacido después de las Guerras del Opio.

Por último, el séquito de Hirohito mantenía dos grandes creencias que no tenían respaldo alguno: a saber, que las principales potencias occidentales no se interpondrían en los proyectos de dominio de Japón en Asia; y que Japón podría mantener en compartimentos separados los asuntos interiores y la política exterior, cooperando con Occidente mientras llevaba a cabo políticas represivas basadas en un nacionalismo corto de miras en casa.
Más tarde, cuando esas suposiciones se demostró que eran falsas, Hirohito y su séquito retiraron su apoyo al marco del Tratado de Washington, abandonaron la cooperación con otras potencias en China y procedieron a sancionar toda acción que conculcara directamente el Tratado de las Nueve Potencias, por no hablar de los principios que Japón se había comprometido a defender en el Convenio de la Liga de las Naciones.

Durante los años de la regencia Hirohito y su séquito habían aceptado sin cuestionamiento alguno la naturaleza coaligada del gobierno ministerial, en el que los militares eran el estamento privilegiado en relación con otras instituciones del Estado. En ese sistema los ministros del ejército y la armada se nombraban a partir de una lista de oficiales veteranos en servicio activo. Por consiguiente todo gabinete era por necesidad “mixto”, una coalición de cargos civiles y militares. En los 42 gabinetes mixtos que gobernaron Japón entre 1888 y 1945, “el ejército tenía garantizado el derecho de poder interferir de forma legal en la política”, en tanto que los primeros ministros podían controlar a los militares únicamente por medio del Emperador o los ministros militares. Debido a la inexperiencia y juventud del Regente, los ministros militares y los jefes de estado mayor trabajaban dentro del gabinete para no tener que someter a la consideración del Emperador enfermo e incapaz o del inexperto Regente, las disputas que pudieran suscitarse. Pero esta protección del Regente padecía algunas excepciones importantes. Tan pronto como en 1923, Hirohito se enfrentó a cambios en los planes a largo plazo de la defensa de Japón que surgieron de la Conferencia de Washington.

Los jefes del Estado Mayor General del Ejército y de la Armada, en respuesta al régimen revolucionario de Lenin en la Unión soviética, a la derogación de la alianza militar con los anglosajones, y a la reducción de armamentos navales que había sido convenida en Washington, revisaron sus planes de operaciones para la defensa del Imperio Japonés. Siguieron definiendo a Rusia como al enemigo número 1, igual que antes de la Guerra Ruso-Japonesa. Mostraron una conciencia cada vez mayor de China considerándola su enemigo potencial número 3, aunque no trazaron planes concretos de Guerra contra China. Pero ahora, por primera vez en la historia de Japón, ambos jefes de Estado mayor consideraron que el principal enemigo era los Estados Unidos. Por lo tanto el ejército prepararía para una posible guerra en el continente Asiático 40 divisiones. La Marian Imperial seguiría dentro de los parámetros fijados por el Tratado de Reducción de Armamento Naval de Washington, pero se iba a organizar y adiestrar para la defensa de la patria y de las líneas comerciales marítimas de comunicación con el continente asiático “al norte de los estrechos de Taiwan”. Esto significaba poner como blanco, principalmente, las fuerzas navales de los Estados Unidos. El nuevo reto que enfrentaba la armada, según el punto de vista del Primer Ministro el Almirante Katō Tomosaburō era tratar de evitar la guerra con Estados Unidos a toda costa, mientas se construían naves auxiliares. Un punto de vista minoritario, ligado con los Almirantes Katō Kanji y Suetsugu Nobumasa era que se podía desencadenar una guerra si el conflicto de intereses en China entre Japón y los Estados Unidos se convertía en un problema político significativo, si Washington acababa recurriendo a la presión militar y diplomática para hacer ceder a Japón. Hirohito, como regente, aceptó el punto de vista del Almirante Katō Tomosaburō y de los principales jefes de la armada, a los que se denominaría, a principios de los años 30, la “facción del tratado”. Aprobó este cambio en la política de defensa a comienzos de 1923, pero sólo después de obtener explicaciones detalladas de los jefes de Estado Mayor.

En primer lugar, el 17 de febrero de 1923, hizo que los jefes de Estado Mayor le entregaran informes formales en su mansión de Numanzu. El día siguiente quiso conocer el punto de vista del órgano consultivo militar superior, la Junta de Mariscales de Campo y Almirantes de Flota. El 21 de febrero el Mariscal de Campo Oku Yasukata informó a Hirohito en Numanzu, y el 25 Hirohito consintió en que el Primer Ministro Katō pudiera leer el borrador reformado sobre política de defensa. Por último el 28 de febrero, Hirohito volvió a convocar a sus dos jefes de Estado Mayor a Numanzu y dio su venia al borrador. Así pues, lejos de poner su sello sin hacer preguntas al nuevo plan nacional de defensa, sólo dio su venia “después de haberlo comprendido bien”. Esa insistencia en no sancionar nada hasta que no se le hubiera informado perfectamente era su manera normal de actuar después de que se convirtiera en Emperador él mismo. Tras la implantación del plan de defensa nacional de 1923, el ejército comenzó a aplicar la primera de las tres reducciones de personal que se iban a llevar a cabo entre 1922 y 1924. La armada dejó de construir acorazados y comenzó a hacer chatarra de las antiguas naves para formar una moderna fuerza aérea y submarina. Y en 1923 el gabinete independiente del primer ministro Katō (que había encabezado la delegación japonesa en la Conferencia de Washington) comenzó la retirada de las tropas japonesas de la Provincia China de Shantung. Dos años después, en mayo de 1925, el Ministro del Ejército Ugaki, (que pertenecía al gabinete de partido de Katō Kōmei) licenció cuatro divisiones y empleó el ahorro resultante para financiar la modernización y reorganización del ejército con el fin de prepararlo para una “guerra total” futura.

Como resultado de ello, el gasto militar del ejército y la armada como porcentaje del gasto público anual total descendió a paso firme a lo largo de la década. Estas reducciones de personal, armamentos, y gastos se dieron entre grandes lamentaciones y recriminaciones del cuerpo de oficiales. Se pensaba que Japón se había retrasado económica, social y políticamente con respecto al resto de las potencias. Sin embargo ambas ramas habían evitado una reforma institucional fundamental durante los años 20. Y como el ejército economizaba cuando no había ninguna potencia extranjera que le forzara a ello, el General Ugaki fue vilipendiado amargamente por oficiales del nivel medio por ceder a los deseos de políticos e industriales conservadores en materia fiscal.

Entretanto la erosión de la disciplina y moral militar que había tornado a salir a la superficie durante la guerra no declarada contra los Bolcheviques en Siberia (1918-22) prosiguió durante los años 20. Flaqueó la obediencia incondicional a las órdenes recibidas y proliferaron los actos de insubordinación en filas. El informe concerniente al pensamiento y las acciones de las tropas que regresan, que fue enviado al ministro del ejército en marzo de 1919 por el comandante de una división de guarnición señalaba que “debido a la mejora de la cultura general y de la educación social que los reclutas reciben de diarios y revistas, unido a los cambios en la opinión pública”, no podía contarse ya con que “obedecieran ciegamente las ordenes de sus oficiales superiores sin reserva alguna”. Dos años más tarde, en 1921, el ministro del ejército Tanaka Giichi advertía a sus comandantes de división del debilitamiento de la disciplina en las filas inferiores “que en estos últimos años se están volviendo rebeldes e insolentes, aumentando los delitos, especialmente los casos en que pequeñas pandillas de hombres actúan de forma violenta”.

Como respuesta a estas advertencias las ordenanzas que regulaban la vida en los cuarteles fueron reformadas para alentar una disciplina fundada en criterios más racionales, y la educación militar comenzó a recalcar “la educación en valores”. Esos cambios sólo duraron algunos años, no obstante. En 1924 el ministro del ejército Ugaki advertía a los comandantes de división de prestar la mayor atención al comportamiento de sus soldados “en vista del aumento de delitos cometidos por suboficiales” y “la influencia del nuevo pensamiento social”. Cuatro años más tarde, al comienzo del reinado de Hirohito, cuando se habían intensificado los movimientos de protesta de los obreros y los campesinos, los oficiales veteranos volvieron a avisar alarmados del gran número de soldados reclutados que adoptaban actitudes muy críticas con el sistema imperial.
Esa situación forzó a los dirigentes militares del Japón a poner en tela de juicio si las fuerzas armadas debían seguir describiéndose como fuerzas mandadas por el Emperador y su Gobierno o volver los ojos a la nación y ser un ejército popular. Los ministros del ejército Tanaka y Ugaki, que apoyaban la moderación fiscal y la cooperación con los partidos políticos, argumentaban la necesidad de volver a poner el énfasis en los “principios fundamentales” tradicionales del ejército, es decir, que todos los japoneses son soldados; que los manda el emperador directamente; que no se meten en política ni dejan que los políticos se metan en cuestiones militares; y que su misión es proteger al Estado y diseminar los fundamentos del gobierno imperial.

Pero el ejército a comienzos y mediados de los años 20 estaba dividido. Algunos oficiales discutían estos principios; otros decían que el ejército, que estaba formado sobre las masas, era totalmente autónomo del gobierno central. Al cabo el General Araki Sadao, un futuro ministro del ejército y uno de los principales oponentes de la política de austeridad de Ugaki, zanjaría la disputa defendiendo la idea del “ejército del Emperador” (kōgun). Para Araki, el “ejército del emperador” era una fuerza de obreros y campesinos que debían defender la nación bajo la orientación del Emperador, en vez de una fuerza burguesa para la defensa de la casta plutocrática gobernante. Pero a mediados de los años 20 el ejército no había comenzado aún a adoctrinar a las tropas en tal sentido.

Al final de su regencia Hirohito tomó plena consciencia de la crisis del ejército, tanto de su identidad institucional como de su misión. El General Nara le informó del aumento de las luchas intestinas en las fuerzas armadas, y el General Ugaki en una de sus lecciones en la corte le transmitió la gran importancia que daba el ejército a la “autonomía” del derecho de mando supremo (tōsuiken no dokuritsu). El término tōsuiken tenía connotaciones tanto militares como jurídicas y siempre había sido empleado amplia y difusamente por los militares. Aunque el poder el Emperador para mandar al ejército ya era “independiente” antes del borrador de la Constitución Meiji, esta nunca reconoció de forma clara tal “independencia”. Sólo decía que “El Emperador posee el mando supremo de las fuerzas armadas” (artículo 11) y “determina la organización del ejército y la armada” (artículo 12) Además, la frase final del artículo 55, que declaraba que “los ministros de Estado respectivo asesorarán al Emperador y refrendarán sus actos” dejaba abierta una posible interferencia constitucional de los civiles en el tōsuiken.

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Durante la Regencia el tōsuiken se convirtió, por primera vez, en una ideología de auto-afirmación institucional y en un mecanismo de los militares para mantener a raya a los funcionarios civiles y a los políticos de partido. Los militares recordaban aún que el Emperador Meiji era el que les había conferido poder desde el principio. Se enorgullecían de cómo había ejercido el mando directo sobre ellos y creían que la victoria de Japón sobre Rusia en 1905, contra fuerzas muy superiores, se debía a la existencia de un mando supremo centralizado. Pero no fue hasta la muerte de Yamagata en 1922 y el auge, que comenzó en 1924, de gobiernos encabezados por gabinetes de partido, que comenzaron a reverencia el propio término “mando supremo” y a responder de forma iracunda contra todo político o burócrata civil que interfiriera en esta potestad del Emperador.
Al verse forzado a enfrentarse a la opinión pública, al declinante prestigio de la institución imperial y a gabinetes de partido que aplicaban políticas de austeridad muy rigurosas, el ejército se aferraba todo lo que podía a la “autonomía” del tōsuiken. Esto significaba que se negaban a que el gabinete pudiera participar en cuestiones concernientes al mando militar, y suponía igualmente una negación del principio de control civil del ejército, de hecho, se pretendía que existieran unas fuerzas armadas independientes de las autoridades civiles. La cuestión de la fiscalización civil surgió por primera vez en octubre de 1920 cuando el Ministro de Hacienda Takahashi propuso en una carta dirigida al Primer Ministro Hara que los Estados Mayores del Ejército y la Armada, entre otras instituciones, tenían que ser abolidas. Después de eso el ejército comenzó a tratar de estudiar cómo podía defenderse mejor del control de los políticos. El 5 de noviembre de 1925, el Ministro del Ejército Ugaki se valió de una clase especial imperial para ejercer influencia en Hirohito poniéndole en guardia frente a la fiscalización civil. En vez de prestar su apoyo a una reforma institucional del militarismo, que hubiera sido respaldada por la opinión pública, Hirohito, por su cuenta y riesgo, rechazó la idea de la fiscalización civil de los militares y adoptó la teoría de la independencia del mando supremo con respecto al consejo de ministros.
No era este ciertamente un buen ejemplo del respeto de Hirohito por la tradición, puesto que a mediados de los años 20 tanto el ejército y la armada estaban emprendiendo un gran viraje con ese énfasis sin matices en la “independencia”. Según esta nueva doctrina, no solo estaban la armada y el ejército directamente subordinados al emperador y no al gobierno, sino que cualquier aspecto que afectara a sus intereses institucionales gozaba de más importancia que el destino de cualquier gobierno y sus restricciones financieras, por no hablar de otros órganos del Estado. Se pensaba que los militares influenciados por estas ideas despreciaban al gobierno civil. A medida que los partidos políticos acrecentaban su poder, más fácil era que los militares acrecentaran el desprecio que sentían por ellos y les echaran la culpa de todo el descontento social que había germinado por razón de la crisis económica y por los problemas de Japón en China. Sin embargo, durante la regencia, los dirigentes de más alto rango y más veteranos del ejército estaban más interesados en el apuntalamiento del sistema imperial y en introducir educación militar en la escuela pública que en la reforma política del Estado. En 1925, el ministro del ejército Ugaki se aseguró la anuencia de Hirohito para destacar oficiales en servicio activo en las escuelas secundarias de la nación para enseñar instrucción militar. Esta medida fue muy impopular para los docentes profesionales y pronto llevó a confrontaciones entre funcionarios civiles y militares.
Pero como dijo el principal ayuda de Campo General Nara, al menos “conseguimos que los militares se callen un poco la boca”. Resulta tentador pensar que Hirohito veía la medida como un modo de encender la pasión de los estudiantes por servir a la patria y a sí propio, además de diseminar el conocimiento de las materias militares, pero no disponemos de documentos que revelen lo que pensaba de verdad.
El año 1925 fue además notable debido a los acrecentados deberes militares de Hirohito, sus viajes con ellos relacionados, y como se fue percatando lentamente de las disputas intestinas del ejército. El 10 de agosto embarcó junto con el príncipe Takamatsu a Hayama en el acorazado Nagato, acompañado de cuatro destructores, con rumbo al puerto de Ōdomari en Karafuto (Sajalin del Sur) para una gira de un día por la colonia más septentrional del imperio. 60.000 colonos japoneses le recibieron cuando llegó a sus costas. Viajó en automóvil por una carretera recién construida e inspeccionó una fábrica de pulpa de madera y una escuela pero pasó la mayor parte de su tiempo entregado a sus aficiones biológicas y aprendiendo todo lo que podía sobre la flora local. Cuando regresó a Tokyo fue a visitar a sus padres en Nikkō. El 11 de octubre asistió a la última etapa de las grandes maniobras del ejército en la región de Tōhoku, pero tras dos semanas en el campo “quedó postrado por la fiebre debido a un resfriado” y tuvo que volver a Tokio. Poro después fue ascendido a coronel del ejército y capitán de navío. En esta época Hirohito ya era bien consciente de la oposición al Ministro del Ejército Ugaki en ciertos círculos militares. Tal vez Nara le explicó que el talante levantisco y la indisciplina de la oficialidad media era una reacción natural al ambiente anti-militar de la época, pero también a los recortes en materia de defensa. Parece haber tomado muy buena nota de esta información.
Con 24 años Hirohito carecía de la experiencia necesaria para concebir dónde podía acabar llevando ese descontento y no consiguió ver futuros peligros para su propia posición. Al respaldar la medida de meter en las clases a oficiales en servicio activo, sin pensarlo estaba dando su apoyo a la idea egoísta de los oficiales militares en cuanto a su idoneidad para ser la referencia moral de la nación. En este proceso dio su anuencia a un importante paso adelante para la movilización de todos los recursos de la nación si sobrevenía una guerra. En un tiempo de fluidez política y de cuestionamiento desde la base de las instituciones establecidas, Hirohito fue acumulando experiencia militar y observó la forma en la que Makino trabajaba para fortalecer la independencia de la corte del control del gabinete. Era exactamente lo que habían querido Makino y Saionji después de la muerte de Hara. Ninguno pensaba que el regente tenía la suficiente madurez o conocimiento para intervenir en política basándose en su propio juicio. Por lo tanto Hirohito presenció pero no fue consultado en ningún momento acerca de los cinco cambios en los gabinetes que se dieron entre 1921 y 1926. También observó las actividades de siete sesiones regulares de la Dieta: de la 44 a la 52. Los primeros tres primeros ministros de la regencia, Takahashi Korekiyo, Katō Tomosaburō, y Yamamoto Gonbei, habían sido elegidos por los genro. Pero en julio de 1924 el genro Matsukata Masayoshi falleció, dejando únicamente a Saionji Kinmochi la función de proponer al siguiente primer ministro. Cuando presentó su dimisión el gabinete Yamamoto asumiendo su responsabilidad política por el incidente de Toranomon, Hirohito siguió el consejo del príncipe Saionji (considerado un gran constitucionalista) y ordenó a Kiyoura Keigo, presidente del consejo privado, y enemigo jurado de los gabinetes de partidos, que formara el siguiente gobierno que iba a tener un carácter no partidista. El gabinete “trascendental” de Kiyoura, basado en líderes escogidos entre los miembros de la cámara de los pares, nombrados por el emperador, hizo caso omiso a los deseos de la cámara de representantes elegida democráticamente. Al cabo galvanizó a todos los partidos de la dieta que iniciaron una campaña para salvaguardar sus derechos políticos (denominada “el segundo movimiento para la salvaguarda de la constitución”)
En cinco meses los partidos habían conseguido frustrar la política de Kiyoura pese al apoyo del regente. En las elecciones generales del 10 de mayo de 1924, la “alianza tripartita en defensa de la constitución” ganó por una aplastante mayoría; y el 7 de junio de 1924, Kiyoura presentó su dimisión. Hirohito mandó inmediatamente un emisario a Saionji, que estaba en aquellos días convaleciente en Kyoto, y este propuso a Katō Kōmei, presidente del Kenseikai, como sucesor de Kiyoura. Kato formó rápidamente un gabinete basado en una coalición de tres partidos, lo que fue un gran triunfo para el movimiento en pro de la democracia Taisho. Sin embargo esta victoria de la unidad de los partidos frente a las fuerzas de la oligarquía y los privilegios duró únicamente hastael verano de 1925, cuando se reanudó el conflicto parlamentario, y el kokutai (y por lo tanto el trono) se convirtió en un arma poderosa de la que se valía cada partido para atacar a su rival. Katō ocupó el puesto de primer ministro durante la cuadragésimo novena legislatura de la Dieta Imperial, que comenzó el 28 de junio de 1924, hasta el comienzo de la quincuagésima segunda el 26 de diciembre de 1926. En esos meses Hirohito y la facción de la corte respaldaron las reformas militares del General Ugaki, la policía no intervencionista en China ligada al Ministro de Exteriores Shidehara, y una ley muy represiva de preservación de la paz. Desde el punto de vista de Saionji, era necesaria esta última para impedir que la Izquierda siguiera consiguiendo más parlamentarios en la Dieta. Por consiguiente hacía falta un “marco” necesario en el seno del cual “el gobierno constitucional normal” pudiera desenvolverse algún día. A Saionji no le preocupaba que la nueva ley de seguridad ciudadana, al hacer hincapié en la sagrada naturaleza de la kokutai fundada en la casa imperial, permitiría que los partidos políticos se sirvieran del concepto de la intocable kokutai como un arma política contra sus adversarios.
El 7 de marzo de 1925, la cámara baja de la Dieta aprobó la Ley de Preservación de la Paz, que trataría de hacer que las doctrinas anarquistas, comunistas o republicanas fueran inconcebibles. Fue la primera ley que incluía la palabra kokutai desde la época del Consejo de Estado, que había concluido en 1885. El debate de la dieta sacó a relucir el problema de si el kokutai solo comprendía el trono, el locus de la soberanía, o si se trataba de ligarla estrechamente a un sistema familiar y de relaciones humanas que sirviera de orientación para acciones de largo alcance. El gabinete Katō y los principales partidos políticos adoptaron la posición de que la kokutai se limitaba únicamente a la supervisión del Emperador de los derechos de soberanía y no se extendía al orden social o a la esfera moral. Por consiguiente las organizaciones que pretendieran reformar el Estado podían ser toleradas siempre que profesaran lealtad a la casa imperial. Poco después de que entrara en vigor la nueva ley de seguridad, esta situación comenzó a cambiar. A finales de 1926 la kokutai se había convertido en un arma destructiva en los conflictos entre partidos políticos, como había dado ya indicios de ser durante la disputa sobre el matrimonio de Hirohito.
El séquito de palacio se alarmó rápidamente por la creciente tensión entre los partidos conservadores y las fricciones entre grupos de intereses: los políticos electos en la dieta, y los no electos del Consejo Privado del Emperador y la Casa de los Partes. La ruptura de la cooperación entre los partidos de la Dieta comenzó en el verano de 1925 y se ahondó durante el último año de la regencia de Hirohito y los primeros meses de su reinado como Emperador. Wakatsuki Reijirō (primer ministro del 30 de enero de 1926 al 20 de abril de 1927) tuvo que aguantar enormes conflictos en la Dieta que contribuyeron a desestabilizar y tensar la situación política más que nunca. Si bien Hirohito estaba perfectamente al corriente de estos conflictos, no parece haber advertido toda la medida del peligro. Las lecciones del catedrático Mikami sobre la “benevolencia” Meiji habían hecho que se consagrara totalmente a demostrar su propia benevolencia: encendido por el comportamiento de los partidos en la Dieta, e influenciado por Makino, se volvió tan sumamente benevolente entre bastidores que la situación empeoró con celeridad. En primer lugar, durante la Dieta 51, el Seiyūkai sacó a relucir un caso de corrupción en el partido gobernante acusando a dos altos funcionarios del Kenseikai de estar implicados en un escándalo de prostitución, y pidieron la dimisión de Wakatsuki. Después, cuando se había disuelto la dieta 51, el 29 de julio de 1926, el Seiyūkai planteó la cuestión de la kokutai haciendo circular entre los miembros de la Dieta una fotografía que mostraba a una joven japonesa, Kaneko Fumiko, que se sentaba en una sala de interrogatorios de la policía en las rodillas de su marido coreano, el disidente político Pak Tol. Habían arrestado a la pareja en septiembre de 1923, habían estado en prisión preventiva casi tres años y finalmente habían sido condenados por conspirar para asesinar al príncipe heredero. El 5 de abril de 1926, 11 días después fueron condenados a muerte, pero el gabinete de Wakatsuki conmutó la sentencia por cadena perpetua en nombre del emperador.
En esta ocasión un panfleto anónimo e impreso que acompañaba la fotografía acusaba al gabinete de Wakatsuki del partido Kenseikai y al ministro de justicia Egi Tasuku de tener en poco a la kokutai por haber conmutado la condena de muerte a la pareja. Por supuesto del regente no se decía nada, pese a que había sido él el que se había movido entre bastidores para conseguir la conmutación. Hirohito le comunicó sencillamente a Chinda que en su opinión la pareja no había cometido un acto que mereciera tan duro castigo. La crítica ruidosa de la Dieta y la posición del Ministro del Interior en esta cuestión estaban tan en contra de su dedicación al ideal de la benevolencia y la compasión imperial que le animaron a actuar. La consecuencia de la necesidad de Hirohito de demostrar como tenía que comportarse un emperador salvando a Pak Yol y Kaneko Fumiko, sin embargo, fue intensificar el debate en la dieta sobre la cuestión del Kokutai. Los políticos Ogawa Heikichi, Mori Tsutomu, y otros líderes de los partidos Seiyūkai y Seiyū Hontō respaldaron las acusaciones en la dieta contra Wakatsuki por no proteger suficientemente la kokutai.
En una reunión plenaria de la Dieta que se celebró en septiembre de 1926, el presidente del Seiyūkai Tanaka declaró que “El problema de la fotografía […] va más allá de un acierto o desacierto político. Ataca a la esencia de la idea de la kokutai”. En octubre, en una congregación regional de miembros del Seiyūkai, un dirigente del partido declaró que “hay que decir que esto sienta un mal precedente, destructivo de la kokutai, por no hablar de su importancia política. Cuando algo toca a la casa imperial o al concepto fundamental del kokutai, no podemos pasar por alto las acciones de un gobierno que de forma deliberada toma este problema a la ligera”. Por consiguiente, una vez que los partidos habían derrotado a sus oponentes oligárquicos, no podían privarse de emplear el trono como arma política. En los debates de la Dieta sobre la Ley de Preservación de la Paz y sobre el asunto de Pak Yol, surgieron cuestiones emocionales vinculadas con la legitimidad del poder estatal y la identidad nacional japonesa. En esta situación ni Hirohito ni su séquito pudieron eludir verse envueltos en el conflicto político.
Los japoneses debatieron sobre el significado de la kokutai en los años de la regencia, buscando algún concepto fundamental y duradero de fin e identidad nacional al que aferrarse en un Japón que estaba atravesando cambios industriales y sociales acelerados. Si la presencia del joven regente, el auge de la democracia Taisho, y el cambio en el fundamento y orientación de la política exterior japonesa conferían significado a este periodo, también lo hacía la experiencia del cuestionamiento y redefinición nacional manifestado en los debates sobre el kokutai. Ni Hirohito, ni Makino ni ninguna otra persona de su séquito sabía cómo interpretar esta lenta y continua erosión de la ideología establecida. Para lidiar con este reto, que planteaba de forma más aguda la izquierda, la corte trató de reforzar tanto la versión ortodoxa de la ideología del kokutai como la autoridad imperial, en previsión del acceso de Hirohito al trono. En los años de la regencia los debates sobre la kokutai proliferaron tanto entre la élite como entre los que no pertenecían a ella, lo que era señal de una notable pérdida de confianza en la monarquía y del debilitamiento de los lazos ideológicos que unían a ciertos círculos de la oficialidad con la casa imperial, y en una comprensión más laxa del propio concepto ortodoxo de la kokutai. A finales de la regencia, la propia palabra se había separado de sus referentes de ensueño y mitológicos y flotaba sin embarazo, lista para ser empleada para las necesidades de cualquier persona o grupo que quisiera reparación de agravios, castigar a un adversario, agrandar su poder o ajustar los horizontes políticos del pueblo japonés.
Es lo mismo que decir que Japón en los años 20 pasaba por un intenso conflicto ideológico y cultural. Mientras que el gobierno, el regente y su séquito de la corte se aferraban acríticamente a la versión oficial del kokutai, la gente con pensamiento más reformista en diferentes campos trataba de hacer que la ideología nacional japonesa fuera más compatible con la ciencia moderna, así como con la tendencia al gobierno burocrático impersonal. El mundo político debatía el kokutai, y también los oficiales de las fuerzas armadas, los sacerdotes en los templos y altares y los catedráticos en las universidades. Inevitablemente estas disputas tenían que abordar la legitimidad del gobierno imperial y el valor moral que podía tener el sistema imperial, o debería, en la sociedad japonesa. Una pequeña minoría de liberales trataron de reconciliar la Casa Imperial con el espíritu y la lógica de la democracia Taisho. En los debates mayoritarios de la época, concebían un sistema político parecido a una democracia parlamentaria de estilo occidental, y querían conservar la casa imperial apartándola por completo de la política.

Sin embargo la mayor parte de los escritores reformistas, no pretendían sino actualizar el “cuento original” en virtud del cual la nación racionalizaba su vida política. A ellos se les oponían los conservadores tradicionales que buscaban cimentar la kokutai únicamente en la sangre imperial y en la línea sucesoria y que hacían hincapié en el gobierno personal directo de los emperadores varones y su autoridad política absoluta. Los tradicionalistas estaban entristecidos por la sumisión del Japón al occidente y odiaban la democracia. Consideraban que la kokutai era inmutable y que los que querían convertir al Emperador en un símbolo eran reos de un crimen de lesa majestad. Para las élites gobernantes el debate sobre la kokutai se hallaba invariablemente ligado al problema de controlar las doctrinas peligrosas. Si se tenía que implantar un cimiento moral verdaderamente estable para la política japonesa todo el mundo tenía que aceptar la kokutai. Pero cuanto más se debatía, interpretaba y se ponía en tela de juicio la misma, más difícil era mantener ese cimiento moral supuestamente común. El 10 de noviembre de 1923, para resistir la corriente democrática y apuntalarse con la debilitada autoridad imperial, el gabinete Kiyoura adoptó una “política cultural” basada en el Edicto Imperial del Regente sobre el Fomento del Espíritu Nacional. El Primer Ministro Kiyoura fundó, en febrero de 1924, una Asociación Central de Corporaciones Culturales como respuesta a la petición de Hirohito de mejorar el mundo de las ideas y “despertar el espíritu nacional”. Fueron invitados a la convocatoria de la asociación para debatir una campaña nacional contra “las doctrinas peligrosas” vinculadas con el movimiento obrero y la izquierda, representantes del Sintoísmo, el Cristianismo y el Budismo, incluyendo los jefes del Nichiren. Esta secta, fundada en el siglo XIII, estaba gozando entonces de su era dorada en cuanto a crecimiento e influencia y dos de sus misioneros más destacados, Honda Nisshō y Tanaka Chigaku, se aprovecharon rápidamente de ese campaña en pro del “espíritu nacional para dirigir una petición a la Corte donde se exponía que había que dictar un edicto que concediera a Nichiren, el fundador de su religión, un título póstumo que significaba “El Gran Maestro que fijo la Verdad”, para que pudieran usarlo para sus fines “evangelizadores”. Cuando la Corte concedió tal título a Nichiren, se dice que el ministro de la Casa Imperial Makino declaró “esta decisión se debió a la consciente benevolencia del emperador, que supo ver que la situación ideológica exige mejores orientaciones basadas en un pensamiento sólido, y en especial, sólidos valores religiosos”. De hecho, la Casa Imperial, controlada por Makino e Hirohito, concedió el título porque consideraba que la situación social ya era bastante mala como para encima enemistarse (y prescindir de los servicios) de los enemigos más apasionados de la democracia Taisho, los creyentes de la secta Nichiren.

Cuando Honda se presentó en el Ministerio de la Casa Imperial para recibir el galardón, se encontró con Makino y le dijo que la religión Nichiren “constituye el estandarte militar de la ofensiva en la guerra ideológica de los tiempos actuales”. Honda expresó su patriotismo y alardeo de la naturaleza antidemocrática y anticomunista de la secta. Que el Budismo (o la fe concreta de los creyentes Nichiren, muchos de los cuales pertenecían a la oficialidad superior y a los ideólogos de la derecha) tuviera que emplearse para complementar la ideología imperial indica que el credo oficial nunca consiguió controlar totalmente todos los grupos de la sociedad japonesa.

Otras fuerzas muy preocupadas en esa época por guiar los pensamientos del pueblo y mantener el kokutai eran los militares, las organizaciones activistas de extrema derecha y los nuevos “grupos de estudio” nacionalistas. La Sociedad de Fundación Nacional del Barón Hiranuma Kiichirō National Foundation Society (Kokuhonsha), fundada en 1924, y la Academia del Dorado Faisán (Kinkei Gakuin), fundada por Yasuoka Masahiro en 1927, ejercieron más tarde una gran influencia en el movimiento en pro de la reforma burocrática de los años 30. La academia del faisán dorado poseía vinculaciones directas con el trono a través del patrón de Yasuoka, Makino Nobuaki, que se ocupó de que el Vice Ministro de la Casa Imperial Sekiya Teizaburō contribuyera a sus actividades educativas y de propaganda como su representante personal. Pese a estas campañas fomentadas por el gobierno para controlar el debate sobre la kokutai, las tentativas no oficiales de ampliar los horizontes políticos del pueblo reinterpretando la kokutai no se detuvieron. El burócrata de la Cámara de los Pares y ex ministro del Interior Nagata Shūjirō escribió un libro en 1921 que defendía el trono argumentando su utilidad social y simbólica. Refutó el punto de vista ortodoxo de la kokutai basado en la mitología y manifestó la creencia de que la Casa Imperial podría ganar el corazón y el espíritu del pueblo si se constituía en una “fuerza paliativa” que se mantuviera al margen de la política. El Editor del Ministerio de la Casa Imperial y escritor Watanabe Ikujirō publicó el Kōshitsu to shakai mondai (la Casa Imperial y los problemas sociales) en 1925, una obra que trataba de animar a los jóvenes trabajadores y activistas del movimiento obrero a que confiaran en la Casa Imperial como fuerza reparadora de los problemas sociales de la nación.

El punto de vista mitológico de la kokutai se puso en tela de juicio incluso en el ámbito militar. En 1923 el Teniente Hōriki Yūzō publicó un libro sobre las ideologías modernas y la educación militar en el que razonaba que “el peligro al estado no radica en la intrusión de las nuevas doctrinas sino en ese aferrarse obstinadamente a las viejas doctrinas sobre el Estado”. El resultado final, vaticinó, “será suscitar la mala interpretación de que la kokutai ya no armoniza con las nuevas ideas”. En 1924, cuando La Sociedad de Ayuda Mutua de los Oficiales del Ejército (Kaikōsha) solicitó que le fueran remitidos ensayos para su Kaikōsha kiji sobre la cuestión de enseñar a los soldados “porque la kokutai es tan digna y prestigiosa”, el oficial que tenía el cometido de valorar los ensayos se quejaba de que “los jóvenes oficiales no se toman este problema muy en serio”. Las pruebas recientes sugieren un lento, gradual declinar, que comenzó a finales de la primera guerra mundial, en el punto común de referencia de la identidad nacional japonesa: los mitos que constituían “los principios fundamentales de la constitución de la patria”. Muchos oficiales militares culpaban de ese descreimiento creciente en los principios fundamentales al movimiento Taisho por la democracia, como culpaban a la “democracia” por el aumento de la indisciplina en las filas, así como por la desafección del pueblo para con los militares.
Los estudios sobre la “imagen del emperador” en las fuerzas armadas durante los años de entreguerras también sugieren una erosión de la “popularidad” de Hirohito, especialmente entre aquellos que por su profesión hubieran debido estar más dispuestos a morir por él. El Ejército y la Marina proporcionaban tres años de educación en escuelas de cadetes para un grupo escogido de jóvenes de 14 a 15 años. Los licenciados de estas escuelas por lo común ingresaban en academias navales o militares. Kawano Hitoshi, en su estudio basado en encuestas de opinión contemporáneas y cuestionarios posteriores a la Segunda Guerra Mundial que fueron entregados a miles de antiguos licenciados de las escuelas de cadetes y academias, muchos de los cuales habían prestado servicio en puestos del Estado mayor en Tokio durante la Guerra del Pacífico, descubrió que durante el periodo que mediaba entre 1922 y 1921 la conciencia del “servicio al Emperador” como motivo para hacer carrera militar se fue debilitando. Kawano también halló, que en ambas ramas del ejército (pero especialmente entre la élite naval) que en todo el periodo de la encuesta, de 1922 a 1925, se había producido una lenta disminución del respeto al Emperador y de la disposición a morir por él.
Para contrarrestar esas tendencias el gobierno recurrió a la represión, bajando el umbral de tolerancia en cuanto a las críticas de la kokutai. El caso de lesa majestad de Inoue Tetsujirō, que salió a la luz en los últimos meses de la regencia de Hirohito y que fue cuidadosamente vigilado por Kawai y Makino, muestra que la kokutai, el concepto “legitimador” del Estado Japonés, podía emplearse no sólo para dividir a los japoneses, sino incluso para dar la vuelta a las relaciones de poder en el ámbito de la sociedad civil.
En octubre de 1926 el Ministerio del Interior había prohibido un libro de Inoue (miembro de la Cámara de los Pares) después de que el Vice Gran Chambelán Kawai Yahachi lo había leído y debatido con el miembro del Consejo Privado Makino, causando la ira de la extrema derecha. Inoue, autor del comentario oficial sobre el Edicto Imperial sobre la Educación y un crítico conservador del cristianismo, había analizado la relación entre la moral nacional y la kokutai, buscando fundamentos racionales para legitimar la institución imperial. Su estudio de 1925 criticaba los “mitos” concernientes a los tres tesoros imperiales y a la idea de que la línea imperial era “coetánea con el cielo y la tierra”. También trató de demostrar que la teoría oficial, basada sólo en el “mito” de una línea imperial ininterrumpida desde tiempo inmemorial, no era aceptable en un país moderno. Según Inoue la singularidad de la kokutai radicaba en su naturaleza “moralista”, “humanitaria” y reformista. Era esta faceta la que había hecho que la “democracia” y “la liberación de la clase trabajadora” formara parte del espíritu tradicional de la Casa Imperial. Al jugársela con estas consideraciones, Inoue, después de una larga carrera de político reaccionario, se estaba alineando claramente con la corriente de la democracia Taisho. El libro de Inoue burló a los censores policiales y se estaba vendiendo bien en las librerías de Tokio en septiembre de 1925. Pero después de que el mes siguiente sufriera ferices ataques fue prohibido definitivamente. Un panfleto de extrema derecha que le vilipendiaba (y que fue enviado al Ministerio del Interior y al de la Casa Imperial) sostenía que había cometido un crimen de lesa majestad contra los tres símbolos imperiales, y pedía que se procesara a todo el que vendiera o distribuyera su libro y que fueran secuestradas todas las ediciones. Sin embargo los que comenzaron con la censura contra Inoue fueron sus antiguos compañeros del Daitō Bunka Gakuin, la misma universidad que presidía. Como estaban ya enfadados por los despidos de profesores que se oponían a sus reformas educativas, se pusieron en huelga, paralizaron la institución e instigaron al venerable “líder patriótico” Tōyama Mitsuru, y sus ideólogos de derechas a redactar un panfleto anti Inoue para demandarle por haber expresado escepticismo sobre la ideología de Japón. Al cabo tanto el incidente de lesa majestad de Inoue como la politización del asunto de Pak Yol por el partido Seiyūkai eran señales de que la búsqueda de la era Taisho por una nueva fuente de legitimidad para el Estado imperial estaba llegando a un final sin vencedores.
El séquito de Hirohito siguió de cerca el incidente de Inoue pero parece no haber prestado mucha atención a las diversas corrientes de pensamiento heterodoxo y fundamentalista (como la religión basada en el Sintoísmo Ōmotokyō) que subyacía a las principales corrientes del debate y estaba contribuyendo a hacer que el nacionalismo japonés se volviera más ultra. Incapaces de entender el punto de vista moral de la gente a la que les atraía el punto de vista de los milenaristas, los oficiales de la corte de más alto rango nada decían de ellos en sus diarios, aunque pueden haberles seguido la pista a través de informes policiales. Hirohito probablemente no se enteró de ellos. Si tienen un lugar en este relato es únicamente porque ejercieron influencia política a finales de la era Taisho y ayudaron a que germinara el terreno para relanzar la monarquía con una ideología más nacionalista al comienzo de la era Showa. Una forma especialmente influyente de pensamiento milenario sobre el kokutai que floreció durante los años 20 fue expuesto pensando en una audiencia de clase media y urbana por parte de grupos nacionalistas integrados en el budismo Nichiren. Tanaka Chigaku, el líder espiritual de uno de estos grupos, se mostraba hondamente hostil a la democracia Taisho. Tanaka vinculaba Nichiren con la expansión del Imperio Japonés, y el latiguillo de su vida fue la “clarificación de la kokutai”. Un hombre cuyo fundamentalismo era xenófobo pero no radical, trató de llevarse bien con la Corte Imperial y convertir a la fe Nichiren en la confesión estatal de Japón. En 1914, renombró su principal organización evangelizadora como “Kokuchūkai” (el pilar del Estado), donde “pilar” indicaba la kokutai, y comenzó a dar lecciones sobre su “clarificación. Como otros muchos conservadores enemigos jurados de la democracia durante los años 20 y 30, Tanaka añadió a los judíos a su lista de enemigos, y durante el resto de su vida no dejó de aludir a los “Protocolos de los Sabios de Sion”, un panfleto fabricado por la policía zarista que era la principal fuente doctrinal de gran parte del antisemitismo japonés (y también del europeo) Por medio de las actividades del Kokuchūkai y de sus propias conferencias y voluminosos libros que predicaban la asociación con el Estado Imperial en un gran proyecto de unificación global, Tanaka ejerció un gran impacto en los sentimientos populares de la era Taisho.
De las filas del Kokuchūkai surgieron varios oficiales del ejército a los que Hirohito ascendió a puestos importantes, como Ishiwara Kanji, que se había unido a la organización en abril de 1920, después de licenciarse en la Universidad Militar, y que de vez en cuando pronunciaba conferencias bajo sus auspicios. Ishiwara iba a convertirse en un profeta de la guerra mundial y en el principal muñidor del incidente de Manchuria en 1931. No era sólo temor por la amenaza a los intereses japoneses en Manchuria, planteada por la China Nacionalista y la Unión Soviética, lo que empujó a obrar a Ishiwara sino el pensamiento milenario de la Kokuchūkai de Tanaka. Honjo Shigeru, colega de Ishiwara y comandante del Ejército de Kwantung en Manchuria en esos días también era un creyente Nichiren. Kita Ikki no tenía contacto directo con la Kokuchūkai de Tanaka, pero su familia formaba parte de la secta Nichiren, y su propio desenvolvimiento espiritual acabó convirtiéndole en un creyente.
El movimiento nacionalista Nichiren sigue figurando como un importante catalizador a la hora de hacer germinar el fenómeno del ultranacionalismo japonés. No sólo la secta influenció a muchos militares que participaron en política en el periodo de entreguerras, sino que también formó parte de un contexto en el que la idea de la misión nacional de Japón de unificar el mundo fue resucitada en el curso de la subida formal al trono de Hirohito.
LA NUEVA MONARQUÍA Y EL NUEVO NACIONALISMO.
La regencia del Príncipe Hirohito concluyó con la muerte del Emperador Taisho en Hayama a la 1:25 de la madrugada del 25 de diciembre de 1926. Hirohito le sucedió inmediatamente. Se le entregaron los emblemas reales, y a la edad de 25 años, se convirtió, merced a la sangre, la tradición, el mito y la historia, pero también por la autoridad de la Constitución en el 124 (o eso se decía) Emperador del Japón. Tras un breve ritual, el artículo primero de la Constitución, que contemplaba que “El Imperio de Japón será gobernado y reinado por una línea de emperadores ininterrumpida desde tiempo inmemorial” fue cumplido. De forma simultánea se convirtió en Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas con autoridad para dictar órdenes sin el refrendo y consejo del gabinete. El Consejo Privado se reunió prestamente, y, de conformidad con una usanza que nació en la época de la Restauración, fijó el inicio del calendario en la llegada al trono del nuevo emperador. Su reinado imperial y futuro título póstumo sería “Showa” que significa literalmente “iluminación” y “armonía” o “paz ilustrada”, un nombre que se anunció con toda seriedad el 28 de diciembre. El mismo día el nuevo emperador promulgó una serie de edictos imperiales: a los soldados y marinos, al príncipe Kan’in, al Primer Ministro Wakatsuki y al príncipe Saionji y a la nación en general, informando a todo el mundo que había sucedido a su padre y rogándoles que siguieran siendo leales al trono. Por medio de esos edictos Hirohito hizo que la nación supiera que, a sus ojos, los militares aún poseían un estatus privilegiado, y que el último genro, el príncipe Saionji, seguiría controlando la elección del próximo primer ministro. Prometió que acataría la constitución “cultivaría la virtud heredada y trataría de mantener incólume la gloriosa tradición fijada por nuestros antepasados”, comenzando con “nuestro abuelo imperial” cuyas “inquietudes intelectuales” y “victorias militares”, habían fortalecido “la grandeza del Imperio”.
Hirohito podía ahora introducirse más plenamente en la vida política, con la intención de hacer realidad su idea juvenil del gobierno imperial. Le orientaba al tiempo que le apoyaba la comunidad que le rodeaba: siete caballeros mundanos y refinados, mucho más viejos que él, que ejercitaron una influencia permanente con su presencia en la corte. Aludiré a estos siete hombres de diversas formas, “el grupo de la corte”, “su personal” o el “séquito de palacio”. Los miembros del grupo de la corte que habían ostentado puestos funcionariales oficiales durante finales de los años 20 eran el Señor Custodio del Sello Privado Makino, El Gran Chambelán Chinda, el Ministro de la Casa Imperial Ichiki y el Principal Ayuda de Campo Militar el General Nara, así como tres secretarios claves que funcionaban como directores de personal. El 22 de enero de 1929, una semana después de fallecer el Gran Chambelán Chinda, Makino incorporó al almirante jubilado Suzuki Kantaro, un partidario de la reducción de armamentos navales, como su sustituto. Suzuki había prestado servicio siete años hasta su dimisión en 1926. Entre tanto el Principal Ayuda de Campo Militar Nara prosiguió en el grupo hasta que se jubiló en abril de 1933. Aunque Nara desempeñó el mismo papel en relación con las cuestiones militares que Makino con las políticas era menos un hombre de corte y tenía menos peso político que Makino.
Estos tres principales secretarios eran Kawai, Sekiya y (durante un breve periodo) Okabe Nagakage. Ayudaron a resolver las disputas en el seno del gobierno, recopilaban información para el Emperador y le influían políticamente. Kawai comenzó su carrera burocrática como secretario de la Cámara de los Pares. En verano de 1926 se incorporó al Ministerio de la Casa Imperial como ayudante de Makino y al año siguiente asumió funciones adicionales, convirtiéndose en principal senescal de la emperatriz y principal secretario del gran chambelán. Kawai ostentaba simultáneamente estos tres cargos hasta 1932, cuando se le nombró director del Tribunal de cuentas de la Casa Imperial. Era increíblemente exigente, muy trabajador y sombrío. Un hombre muy imbuido de su misión de servir al Emperador, al que reverenciaba. Durante esta etapa de su carrera política Kawai se vio con Hirohito todos los días, estuvo en estrecha relación con los líderes de la policía política del Ministerio del Interior y mantuvo a Hirohito al corriente de las tendencias nacionales gracias a estas fuentes policiales.
Sekiya comenzó su carrera como un burócrata del Ministerio del Interior y adquirió experiencia en el Imperio Colonial japonés. En 1921, después de un breve lapso como gobernador de la prefectura de Shizuoka, se incorporó al Ministerio de la Casa Imperial como el fiable recopilador de información de Makino y su mensajero. Participó en la gira occidental de Hirohito y en la planificación de su matrimonio en 1924. Con su conocimiento de primera mano de la administración colonial, Sekiya ayudó al grupo de la corte cuando el Ministerio de la Casa Imperial comenzó a invertir las ganancias de las enormes posesiones y acciones del emperador en empresas coloniales.
Al igual que Kawai, Sekiya era persona metódica, eficaz y muy diligente, justamente el tipo de funcionario que a Hirohito le gustaba tener cerca. También estaba tan consagrado como Makino a hacer que la corte fuera un poder independiente libre del control de los partidos. El rico vizconde Okabe Nagakage, el tercer integrante del grupo de la corte hacía las veces de enlace entre la corte y los ministerios del gobierno. En febrero de 1929 Okabe se convirtió en el principal secretario de Makino, ostentando a la vez el puesto de vice gran maestro de ceremonias. De rango y posición social mucho más elevado que Kawai o Sekiya, Okabe era más relajado en su actitud personal para con el emperador, y también más complaciente en su valoración de los problemas políticos. También tenía mucho menos inclinación por quedar bien con la extrema derecha que Makino o Sekiya. Los guardianes especiales del trono se relacionaban con esos funcionarios de palacio y formaban parte de la corte aunque no estaban en palacio. El más destacado de ellos era el venerable último genro, Saionji Kinmochi. Aunque el veterano juicio y la experiencia de Saionji tenían peso, y algunas veces ofrecía importantes orientaciones a Hirohito y al grupo de la corte, los historiadores han tendido a exagerar su influencia en las políticas de finales de los años 20 y principios de los 30. Nació en 1849 en una familia de rancios abolengos como nobles del servicio civil (kuge) de segundo rango, y gozaba de una relación especial con los burócratas del palacio, que seguían sus consejos aunque rara vez les acompañaba. También era un defensor a ultranza de los intereses económicos del Sumitomo zaibatsu, que estaba dirigido por su hermano menor, el Barón Sumitomo Kichizaemon.
Consecuentemente, hasta mayo de 1932, cuando Hirohito le privó efectivamente de ese control, Saionji aún tenía influencia en cada cambio de régimen. También podía expresar su opinión sobre el nombramiento de los miembros del grupo de la corte. A partir de 1927, sin embargo, cuando este grupo había concluido sus deliberaciones para elegir un nuevo primer ministro, mandaron un emisario al anciano Saionji a Kyoto, Odawara, Okitsu o donde diera la casualidad que residiera. Saionji sancionaría su decisión y después volvería a su vida alejada de la política, muy alejada de la presión habitual de la corte. Saionji escuchaba bien, daba consejos cuidadosos, pero se ceñía a actuar él personalmente sólo en circunstancias extremas, como asesinatos y motines.
Eso sí, siempre que actuaba sus acciones eran desastrosas para la causa del liberalismo y el gobierno de partido en Japón. Sin embargo de todo el grupo de la corte y su entorno, Saionji era el único que quería avanzar a un sistema político multipartidista en el que los dos principales grupos conservadores, el Seiyūkai y el Kenseikai (después Minseitō), que representaban los intereses de los grandes terratenientes y empresarios, ejercieran el control de la Dieta, apoyaran la concepción ortodoxa del Kokutai y siempre permanecieran completamente sujetos a la voluntad del Emperador Hirohito más que a la confianza de la Dieta.
En 1929, cuando los gabinetes de partido habían llegado al punto culminante de su poder se suscitó una acentuada división entre Saionji y el grupo de la corte (incluido el Emperador). Saionji compartía con Makino la ignorancia absoluta del funcionamiento de los modernos partidos políticos y la aversión al parlamentarismo. Pero si Makino y el séquito de Palacio creían que los problemas políticos arduos sólo podían resolverse con la intervención imperial, Saionji quería que el Emperador evitara hacer manifestaciones políticas. Saionji también veía con extrema suspicacia las simpatías de Makino por la extrema derecha. Como Saionji estaba fuera del proceso de toma de decisiones en la corte durante este periodo y el que siguió, Makino y otros miembros de su séquito tenían muchas veces que persuadirle para que contemporizara. Normalmente Saionji se tragaría sus dudas y daría su venía a las decisiones que podían tomar.
Por último, otros tres guardianes especiales del trono e integrantes del entorno de la corte en razón de su noble linaje eran el Barón Harada Kumao, el Príncipe Konoe Fumimaro, y el Marques Kido Kōichi, que entra en este cuadro en 1930 y comienza a desempeñar prestamente un papel muy activo. Compartían la creencia, desdeñada por Saionki, que la autoridad el Emperador estaba para resolver problemas políticos. Harada pasó dos años como un funcionario especial del Ministerio de la Casa Imperial antes de convertirse, en 1924, en el secretario privado del Primer Ministro Katō Kōmei.
Después de dimitir de su puesto en el gobierno en verano de 1926, Harada se incorporó a la junta directiva de la compañía Sumitomo pero inmediatamente solicitó la excedencia para convertirse en secretario personal de Saionji, un puesto que conservó hasta la muerte de este en noviembre de 1940. Como recopilador de información, mensajero y “cerebro” de Saionji, Harada era el correveidile necesario para ajustar los puntos de vista de Saionji en Kyoto y de Makino en Kamakura. Al mismo tiempo era muy respectado por su capacidad como analista y buen conocedor de las tendencias políticas por los tres principales secretarios, Kawai, Sekiya y Okabe, y también por sus amigos íntimos, el Príncipe Konoe y el Marqués Kido. Konoe, nacido en 1891, era un verdadero aristócrata en contraposición a Harada y Kido, cuyas posiciones aristocráticas eran producto de la restauración Meiji. A comienzos del reinado Showa, Konoe era la revelación en los jóvenes miembros radicales y conservadores de la Cámara de los Pares, un cuerpo que iba pronto a liderar, primero como vicepresidente en 1931 y después como presidente en 1933. Su visión ideológica de una economía asiática y china dominada por Japón, y su concepción de que la misión de Japón era rescatar a Asia del acoso europeo, tenía un gran atractivo. Konoe sostenía las más estrechas relaciones personales con miembros clave de todo grupo de la corte desde que debutó en la política en 1921 hasta su muerte por suicidio en diciembre de 1945. Konoe había sido miembro de la delegación japonesa en la Conferencia de Paz de Versalles. Lo que vio allí y en sus viajes por la temprana Europa de postguerra y los Estados Unidos confirmó su creencia de que Japón debería respaldar el espíritu de la Liga de las Naciones y desarrollar Asia cooperando con otras grandes potencias. Pero Versalles también le llevó a rechazar lo que llamaba “el estándar de pacifismo anglo-americano”.
Fuertes rasgos de racismo y pan-asianismo ofuscaban su pensamiento y le hacían creer que un orden internacional fabricado en Washington iba a ser inestable. Fundamentalmente Konoe pensaba que, por razones de raza, historia y geografía, Japón tenía perfecto derecho a apropiarse de territorio chino para satisfacer las necesidades de una población excesiva y en constante crecimiento. A comienzos del reinado de Hirohito, Konoe era un miembro de la principal facción de la Cámara de los Pares y Presidente de la Sociedad de Cultura Común de Asia Oriental (Tōa Dōbunkai), fundada por su padre. Le irritó infinito la orden del tratado de Washington que permitía que Estados Unidos y Gran Bretaña impidieran la entrada de emigrantes japoneses en sus territorios pero que desconfiaba de las intenciones japoneses en el continente. Este rasgo particular de su pensamiento le alejó de Hirohito que aun aceptaba las limitaciones del sistema de Washington. Sin embargo, en otros aspectos, Konoe se hallaba en sintonía con otros “moderados” de palacio. Estos pueden no haber compartido la visión de Konoe de unirse con China contra los blancos, pero todos ellos eran anti-comunistas y compartían con Konoe lo natural que resultaba sacrificar a China por el bien de las necesidades sociales e industriales de Japón. Por último Konoe (y el grupo de la corte en su conjunto) estaba preocupado por la forma de proteger una monarquía esencialmente inestable en un mundo republicano. La kokutai tenía que sobrevivir; su tarea era ayudar al Emperador a conservarla valiéndose de su autoridad para llevar a cabo las reformas necesarias.
Kido Koichi, nacido en 1889, y, como Konoe, miembro de la tercera y menos asentada generación de la aristocracia hereditaria, fue impulsado por el miedo a que el impacto de la Revolución Rusa y la marea democrática Taisho destruyeran su clase privilegiada. Para contrarrestar estas tendencias había estudiado a fondo los escritos de socialistas rusos y de nobles que habían tratado de elucidar como sobrevivir al reto bolchevique. También se había unido con otros aristócratas como Okabe Nagakage y Arima Yoriyasu para fundar y gestionar una escuela nocturna para educar a los trabajadores; y había promovido una reforma de la Escuela de los pares. En el curso de esas actividades Kido y otros pares reformistas fundaron el Jūichikai, un grupo de debate cuyos miembros aspiraban a encabezar la promoción del cambio político y social. A finales de los años 20, sin embargo, los temores de Kido a una revolución de izquierdas habían disminuido, y su atención se consagró a la reforma del gobierno. Kido tenía en mente la reforma del Estado cuando pasó del Ministerio de Comercio e Industria a ser el principal secretario de Makino a finales de los años 30. Enseguida mostró ser un indispensable asesor y recopilador de información (por medio del Jūichikai) durante los dos últimos años de gabinetes de partido, 1930-32. Trabajando en estrecha colaboración con Harada Kumao, Kido más que Makino llevó la iniciativa de restructurar el modus operandi de la corte después del auge de los militares. Al igual que Konoe en esencia era un “renovador” del estilo de los años 30, nunca un tradicionalista. En 1937, cuando Konoe formó su primer gabinete, Kido abandonó la corte para prestar servicio como ministro de Educación y asesor de Konoe. En la última etapa de la carrera política de Kido, 1940-45, regresó a palacio y se convirtió en el más importante asesor político de Hirohito, con el deber de ayudarle a nombrar al siguiente primer ministro. Kido trabajó sin descanso para forjar un consenso entre la corte y los militares, y fue decisivo a la hora de establecer la alianza entre los militares y la corte que hizo posible que Japón declarara la guerra contra Estados Unidos y Gran Bretaña.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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Traducción al español por Huan Manwe