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 Asunto: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mié Mar 22, 2017 3:49 pm 
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A finales del invierno de 1946, existían enormes presiones tanto nacionales como extranjeras para que se procesara, como criminal de guerra, al Emperador Hirohito, que contaba con 45 años. Si prosperaban esas presiones se enfrentaría con la acusación de haber nombrado Primer Ministro al General Tojo en 1941 y de haber declarado la guerra a Estados Unidos y a la Gran Bretaña. Afrontaba un interrogatorio en el que tendría que dar cuenta de su venia en la decisión de atacar Pearl Harbour, del papel desempeñado en diversas conferencias imperiales y de su responsabilidad por el trato dispensado a los prisioneros de guerra.

Si no se podía acreditar su inocencia un duro castigo y una más dura deshonra le esperaban. Los propios miembros de la familia real presionaban entre bastidores para que abdicara, un expediente para eludir su responsabilidad política y salvar a la monarquía. Los más destacados intelectuales progresistas del país le estaban intimando públicamente a que abandonara el trono, surtiendo así de un buen ejemplo moral a la nación japonesa.

Los ocupantes estadounidenses de su país, en el ínterin, acababan de completar el borrador de una nueva Constitución que preservaría la institución monárquica como símbolo de la nación, pero que la privaría de todo poder político. Iba a comenzar un debate parlamentario sobre la nueva Constitución y su propio y mutilado nuevo estado. Sus defensores americanos, que querían servirse de Hirohito como herramienta política para sostener la ocupación, pero que eran bien conscientes de que la carga de la prueba recaía sobre él, tenían que conocer qué pensaba de una guerra perdida que se había librado en su nombre. Querían que diera explicaciones sobre la palmaria contradicción existente en el hecho de que había dispuesto de suficiente poder político para ordenar la rendición al final de la guerra, pero que no había usado ese mismo poder para impedirla en su momento, salvando así millones de vidas.

Con el fin de mantener a raya las amenazas que se cernían sobre el trono y sobre su propia persona, Hirohito tuvo que elaborar un relato alternativo que explicaba sus actos como los de una mera figura simbólica del Estado Japonés en los veinte años anteriores, un relato que pudiera servir de línea de defensa frente acusaciones que tal vez nunca tendría que afrontar pero que no podía estar seguro de eludir. Tenía además que hacerlo en secreto, puesto que su propia defensa conllevaba necesariamente asumir la responsabilidad por la guerra y la subsiguiente derrota ante sus leales súbditos.

Si se hubieran revelado esas maniobras en su momento, los tenues lazos espirituales ya existentes entre él y los japoneses hubieran quedado despedazados, y hubiera dejado de ser un elemento político jugoso para el egocéntrico general Douglas MacArthur.

De modo que a las 10: 30 del 18 de marzo de 1946, una gélida mañana de domingo, Hirohito, aunque resfriado y enfermo, hizo venir a cinco de sus más leales asesores a su despacho, ubicado en el búnker de cemento donde había vivido a lo largo de toda la Guerra del Pacífico.
Iban a oír sus evocaciones de los extraordinarios acontecimientos de su reino.

Al entrar en su despacho sus ayudantes le encontraron sentado en una cama individual de estilo occidental que había hecho traer para la ocasión a su estudio. Se habían dispuesto sillas a sus pies.

El emperador llevaba un pijama confeccionado de brillante seda blanca. Sus mullidas mantas y almohadas estaban tejidas, con extrema finura, con seda blanca de estilo “habutae”.

En la religión Sintoísta, de la que él era Sumo Sacerdote, esas vestimentas representaban la pureza ritual, no la penitencia ni menos el arrepentimiento. Los ayudas de cámara tomaron asiento y comenzaron a formular preguntas preparadas de antemano, que en parte había propuesto el secretario militar del General MacArthur. Escucharon con atención mientras Hirohito dictaba sus respuestas e Inada Shuichi registró las palabras del emperador. Más tarde escribió en su bloc de notas: “La gente podrá preguntarse la razón por la que se nos exigió tanta premura para oír el relato del Emperador. En esos tiempos, sin embargo, algunas personas se planteaban espinosas preguntas sobre su responsabilidad ligadas con los procesos contra los criminales de guerra, por lo que se imponía registrar con urgencia el franco y sincero sentir de Su Majestad”.

Uno de los ayudas de cámara entregó al Secretario militar de MacArthur un resumen de lo que dijo el Emperador esa mañana, y de lo que dictó en otras cinco sesiones en las tres semanas siguientes. Sin embargo ese resumen no tuvo consecuencias, tal vez debido al hecho de que los más destacados oficiales del Cuartel General se contaban ya entre los más grandes protectores e incluso hagiógrafos del Emperador.

En el texto japonés original de su “monólogo” el emperador trataba de dar la impresión de que, salvo en dos ocasiones muy concretas a partir de 1928, a saber, una rebelión militar en 1936 y el final de la guerra en 1945, se había mantenido en todo alejado de la política y se había abstenido prudentemente de intervenir en la toma de decisiones.

La guerra con los Estados Unidos y la Gran Bretaña, admitió de forma tácita, era inevitable. Aunque se había opuesto personalmente a ella hasta el último minuto, no había podido hacer sentir el peso de su prestigio e influencia para evitarla, en parte debido al miedo a una insurrección, pero sobre todo porque era consciente de sus funciones constitucionales. “En tanto que monarca constitucional en un gobierno parlamentario no tenía potestad, cuando comenzaron las hostilidades, para negarme a ratificar una decisión tomada por el gabinete del General Tojo.

Diez días después de completar su “monólogo” Hirohito se encargó de que el mismo ayuda de campo redactara otro documento, esta vez en inglés, donde resumía elementos clave en su línea de defensa pero en el que reiteraba que “en la práctica yo no era más que un prisionero y carecía de poder alguno”. El monólogo más largo no fue conocido por el público general hasta que Hirohito falleció en 1989. La versión inglesa, mucho más resumida, que lo pintaba como una marioneta indefensa de los “militaristas” no fue descubierta ni hecha pública en el País del Sol Naciente hasta 1997. Ambos hechos fueron muy representativos de los mitos, del secretismo y de los más descarados engaños que jalonaron su vida entera.

Hirohito, uno de los personajes políticos más fascinantes y complejos de la historia del siglo XX, comenzó su reino a finales de 1926, en vísperas del renovado conflicto ocasionado por las difíciles relaciones con China. Continuó reinando a lo largo de 62 años de guerras, derrotas, ocupación americana, la guerra fría y la paz y la prosperidad general.

Fue el centro de la vida espiritual, política y militar de su nación en su acepción más amplia y profunda durante los primeros 20 años de su reinado, y ejerció su autoridad de un modo que acabó resultando desastroso para su pueblo y más aún para los pueblos que los japoneses invadieron.
Aunque su Gran Imperio Asiático fue efímero, su potencial era enorme. Había sido la figura simbólica de su expansión y había dirigido a su nación en una guerra que tuvo un coste humano (según las estimaciones oficiales gubernamentales que se hicieron después de 1945) de casi 20 millones de vidas asiáticas, más de 3.100.000 vidas japonesas y más de 60.000 vidas de los aliados occidentales.

Los acontecimientos no se habían desarrollado como él había esperado y previsto. Sin embargo cuando le correspondió explicar el papel que desempeñó en esos acontecimientos y aclarar su responsabilidad, ni él, ni sus asesores, fueron que digamos francos en demasía. Fabricaron, con suma habilidad, un texto que llevaba directamente a la conclusión de que nunca había dejado de ser un monarca pacifista al estilo constitucional británico.
Hirohito omitió mencionar como tanto él como sus más estrechos asesores habían ayudado a los militares a convertirse en una fuerza política de gran peso en la nación, al fomentar el expansionismo. Hizo caso omiso de las muchas veces que él y su séquito habían empleado el sistema de gobierno Meiji, basado en el consenso, para reprimir procesos políticos más democráticos y menos militarizados. Tergiversó de forma descarada los pormenores de su papel como dirigente militar y Jefe de Estado, difuminó sus motivos, y trató de sembrar la confusión acerca de la fecha escogida para sus acciones y la lógica que las conformaba.

Tampoco dijo nada de la forma en la que había alentado la beligerancia de su pueblo como activo foco ideológico de un nuevo nacionalismo, centrado en el Emperador, que había crecido en torno suyo.

El asesor que escribió la introducción al “monólogo” sostenía que “el Emperador se había ceñido a describir sucintamente el trasfondo y las causas inmediatas de la Guerra de la Gran Asia Oriental, su desarrollo y fin”. Tampoco eso era cierto.

En las explicaciones de Hirohito nada se decía de la cantidad de veces que él y su séquito se habían entrometido en el sistema de gabinete que se había conformado a mediados y finales de los años 20, insistiendo constantemente en elegir personalmente al primer ministro y obligándole a cumplir con su propia agenda política nacionalista.

Nada dijo tampoco de cómo había comenzado a la guerra en China, del papel directo que desempeñó en la expansión de Japón, y de la espeluznante conducta de las fuerzas armadas japonesas en tierra, mar y aire. Tampoco habló de las muchas experiencias y circunstancias personales que habían afectado al curso de su vida, del valor que les otorgaba y de las ideas que habían configurado sus acciones y que le habían hecho ser quien era. Debido a su inquebrantable devoción por preservar su propia posición al precio que fuera, ha sido una de las personas más falsas que han ocupado un trono en los tiempos modernos.

Este trabajo trata de analizar, justamente, los acontecimientos formativos y la ideología subyacente que, ya sea de forma profunda o superficial, labraron a Hirohito como hombre y como monarca.

Se centra en las fuerzas que moldearon sus acciones y pensamientos, junto con las de sus más íntimos asesores antes, durante y mucho después de la Guerra de Asia y del Pacífico (1931-1945) Trata de describir su papel real y verdadero en la toma de decisiones políticas cuando se hallaba en el centro de los acontecimientos; y resulta una tarea necesariamente compleja, puesto que no sólo nos ocupa la monarquía moderna, legitimada con una doctrina religiosa, que se había instaurado con la Restauración Meiji del abuelo de Hirohito, que fue empleada después para convertir al pueblo japonés al militarismo, la guerra y a los valores del más abyecto servilismo.

Trata también de la monarquía reformada, que fue desvinculada, con primorosa habilidad, de la guerra y de la memoria oficial, y que ha continuado existiendo hasta el día de hoy. Sigue la pista al impacto de lo sagrado y de lo seglar en la persona de Hirohito, a su relación con los diversos organismos del Estado, y a la continua transformación que la monarquía adoptó bajo su égida.

Por último, nos ocupa la larga vida de Hirohito en su aspecto más personal, pues ilustra, mucho más que cualquier otro personaje japonés, el amplio mundo de la política japonesa y de las relaciones entre el gobierno y las fuerzas armadas. Su vida tiene mucho que comunicarnos sobre las cambiantes actitudes políticas de los japoneses en el siglo pasado.

No es esta, sin embargo, una biografía política al uso. Hirohito no fue nunca una persona extrovertida o sociable, que tuviera muchos amigos dispuestos a escribir de él con afectuosa sinceridad y cariño. Era una persona circunspecta en la que lo más elocuente era, en ocasiones, su silencio.

Era un personaje siempre opaco para el público, pero que también fue educado para ser receloso en privado. No dejó muchos escritos con su firma, que puedan revelar sus pensamientos y que nos permitan captar y entender sus reacciones a los más importantes acontecimientos que le tocó vivir.

En las ocasiones ceremoniales, cierto es, compuso poemas waka en el estilo de su abuelo el Emperador Meiji, de los que han sido impresos hasta ahora más de 860, la mayoría escritos después de la guerra. Pero no dejó memorias escritas y a menudo expresaba sus ideas e intenciones por medio de otros, que consideraban poco respetuoso e impropio dar ocasión de crítica a cualquier súbdito japonés.

Era además un hombre solitario. Se decía que había llevado un diario personal desde los 11 años. Puede que sea cierto. Pero ese diario, celosamente custodiado por la Agencia de la Casa Imperial, no es accesible al público y seguramente nunca lo será. La misma Agencia está compilando ahora las crónicas del reinado de Hirohito, pero la obra “parte de la premisa de que no se hará pública […] pues pudiera constituir un quebrantamiento de la intimidad de las personas de las que trata y de sus allegados”.

Resulta igualmente inaccesible la correspondencia privada del emperador con sus familiares y allegados, todo el “Registro de las Conversaciones de Su Majestad” (Seidan haichoroku) en sus diversas versiones, así como una plétora de documentos que no han sido publicados, como es el caso los diarios de las personas que le sirvieron personalmente. Tal vez algún día puedan iluminar la entera existencia de Hirohito. Tampoco el gobierno de los Estados Unidos se ha dignado a poner a disposición del público todos los informes secretos que guarda sobre Hirohito, como, por ejemplo, sus conversaciones con el General Douglas MacArthur o la carpeta de los Archivos Nacionales que lleva su nombre.

Con el fin de husmear en la vida de Hirohito y percibir sus motivos no queda otra que fiar en el séquito de ayudantes y redactores de diarios que colaboraron más estrechamente con él, que por lo tanto le acabaron conociendo y que han publicado, al cabo, sus memorias y diarios.
También debe fiar uno en relatos de oficiales militares veteranos y diplomáticos que registraron sus palabras durante la etapa bélica. Hace poco, gracias a los denodados esfuerzos de una nueva generación de estudiosos japoneses, a la publicación de cientos de nuevos documentos, diarios, reminiscencias y estudios académicos atinentes a su persona durante los años de guerra y la posguerra, y también a la nueva valoración que el pueblo japonés hace de la institución imperial, los occidentales hemos tenido la oportunidad, por fin, de comprender mejor las fuerzas intelectuales, morales y sociales que moldearon su existencia. Aunque permanecen muchas lagunas en las fuentes, esos nuevos materiales justifican, por sí mismos, la necesidad de volver a contar la historia de Hirohito en el siglo que alumbró la guerra total.
El trabajo de los eruditos japoneses nos permite apreciar igualmente cuán aislado se hallaba el Emperador del pueblo llano. Por mucho que se convirtiera en centro de un fanático culto nacionalista y que se le tuviera por una deidad viviente en cualquier lugar que visitara, nunca fue “popular” en la acepción corriente del término. Obraba en una monarquía burocrática, y fue considerado otrora un “órgano” más de un moderno Estado centralizado, pero también como una entidad cuya “voluntad” trascendía toda ley. Por encima de todo, los materiales novedosos nos permiten apreciar la forma en la que Hirohito encarnó, como ningún otro japonés antes que él, la lógica contradictoria de todo el moderno desenvolvimiento político del Japón.

Tal desenvolvimiento había comenzado en la era del abuelo de Hirohito, el Emperador Mutsuhito, conocido a título póstumo como el Emperador Meiji, “El Grande”. Cuando se convirtió en Emperador en 1968, se le presentó como el lucero de la modernización japonesa. Al final la forma en la que se delimitaron e institucionalizaron sus potestades a finales del siglo XIX dio forma a los parámetros del desarrollo político japonés hasta 1945.

La Corte Imperial quedaba separada del gobierno civil y fue reorganizada de conformidad con el modelo de las monarquías constitucionales europeas. Posteriormente se redactó una Constitución escrita. Otorgada por el Emperador como un “regalo” a la nación, la constitución sostenía que el Emperador era sucesor por línea directa de un sagrado y antiquísimo linaje de antepasados varones, y que el gobierno quedaba por ello subordinado al monarca. Se decía que su figura era “inviolable y sagrada”, “cabeza del Imperio” (genshu), comandante supremo de las fuerzas armadas (daigensui) y superintendente de todas las competencias soberanas. Podía convocar y disolver la Dieta Imperial; promulgar edictos imperiales con fuerza superior a la de la ley ordinaria; y nombrar y despedir a los ministros de Estado, funcionarios civiles y oficiales militares y fijar sus estipendios.

El supuesto subyacente era que el Emperador, como fuente de Derecho, trascendía la Constitución, cuyo fin no era fija límites a su poder sino justamente lo contrario, protegerle y aportar un mecanismo que le permitiera ejercer su autoridad de forma ilimitada.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mié Mar 22, 2017 4:16 pm 
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Deberías enviar tus traducciones donde te dije. Son sin ánimo de lucro, las maquetan y no perjudican ventas inexistentes.

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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mié Mar 22, 2017 4:23 pm 
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Es pa los colegas del foro y pa pasar el rato yya. No soy un profesional. Pero gracias de nuevo por la sugerencia.

Este es más agradecido de traducir porque el autor es periodista y mejor escritor que los otros (aunque como creo que se verá a veces menos riguroso)

En cuanto al libro me lo compré en Kindle.

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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mié Mar 22, 2017 4:25 pm 
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De todas maneras mi sentencia es: Hirohito era un cabronazo ladino.

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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mié Mar 22, 2017 4:27 pm 
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Kindle es genial porque no me daría el dinero y además me resulta mucho más cómodo que los libros normales. Y además es más ecológico. El papel cuesta mucho dinero.

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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mié Mar 22, 2017 4:28 pm 
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Vale, este igual no, pero los historiadores de la URSS encontrarán un público limitado pero devoto en esa web.

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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mié Mar 22, 2017 4:33 pm 
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La verdad, me parece más divertido este que los de la URRS, sobre todo porque es un tema que conocía bastante menos y me ha interesado hace poco.

Si no fuera por la miniserie de Shogun supongo que nunca me hubiera interesado la historia de Japón, que es interesante de cojones.

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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Jue Mar 23, 2017 12:55 am 
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Malet escribió:
La verdad, me parece más divertido este que los de la URRS, sobre todo porque es un tema que conocía bastante menos y me ha interesado hace poco.

Si no fuera por la miniserie de Shogun supongo que nunca me hubiera interesado la historia de Japón, que es interesante de cojones.


China, Japón y Corea son un "tan lejos, tan cerca". A menudo nos ciega el exotismo, pero en cuanto uno rasca un poco son clavaditos a nosotros los sureuropeos

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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Sab Mar 25, 2017 10:58 am 
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Manuel H escribió:
Malet escribió:
La verdad, me parece más divertido este que los de la URRS, sobre todo porque es un tema que conocía bastante menos y me ha interesado hace poco.

Si no fuera por la miniserie de Shogun supongo que nunca me hubiera interesado la historia de Japón, que es interesante de cojones.


China, Japón y Corea son un "tan lejos, tan cerca". A menudo nos ciega el exotismo, pero en cuanto uno rasca un poco son clavaditos a nosotros los sureuropeos


Piew si, entiendo que los jesuitas consiguieran entenderse bien con ellos durante un tiempo: pero de igual a igual.

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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mar Mar 28, 2017 6:09 pm 
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Este sistema de gobierno pudiera conceptuarse como “regido por la constitución”, pero en absoluto una monarquía parlamentaria constitucional.

El segundo gran legado del Emperador Meiji a Hirohito fue el imperio colonial japonés y su nueva posición como gran potencia regional con posesiones no sólo en las islas sino en el continente. En 1894, casi una década después de haber resuelto alcanzar a las potencias occidentales más avanzadas sumándose a ellas en la competición por obtener colonias en Asia, los dirigentes oligárquicos de la nación declararon la guerra a China con el fin de ocupar y controlar Corea. China perdió la guerra y el año siguiente cedió Taiwán, junto con la península Liaotung en Manchuria del Sur y las Islas de los Pescadores. China convino en pagar una enorme indemnización y no le quedó otra que firmar un tratado comercial desigual que permitía que los buques japoneses navegaran sin trabas por el Yangtzé y a los capitalistas japoneses instalar fábricas tierra adentro y en las concesiones de la costa que contemplaba el tratado (como Tientsin, Shanghái y Cantón).

Las victorias bélicas fortalecieron aún más el prestigio del Emperador Meiji. Aunque no era sino un protector de los intereses oligárquicos de los gobernantes reales de la nación, se había convertido a la edad de 43 años en un símbolo nacional en el que se conjugaban las imágenes de un monarca por derecho divino y un gobernante expeditivo que tomaba decisiones en los asuntos de Estado. En un pueblo habituado al antimilitarismo y que veía a los guerreros Samurái con suspicacia, miedo y desdén, la victoria de 1895 suscitó apoyo al nuevo ejército compuesto por reclutas. Estimuló asimismo un nacionalismo xenófobo e implantó un cierto sentido de superioridad de los japoneses con respecto a los pueblos chino y coreano.

Después de que Japón derrotara a China la situación internacional en toda Asia Oriental se tornó más compleja. Los oligarcas se vieron obligados a devolver la península de Liaotung a China debido a las amenazas de Alemania, Rusia y Francia.

Poco después las Grandes Potencias intensificaron su disputa por concesiones territoriales y comerciales a expensas de China. Rusia se hizo con derechos de arrendamiento sobre la península de Liaotung, entró en Manchuria en 1898 e hizo sentir su influencia en Corea, conteniendo así a Japón. Ese mismo año Estados Unidos entró en guerra con España, se anexionó Hawái y conquistó las Filipinas, Wake, Guam y Midway. En 1900, cuando las potencias occidentales organizaron una expedición internacional para sofocar la rebelión de los Bóxeres en China, las tropas japonesas tomaron parte en la misma. El año siguiente Japón se unió a las principales potencias occidentales firmando el protocolo Bóxer, que les concedía indemnizaciones y el derecho a destacar tropas de modo permanente en las ciudades chinas convenidas para proteger a sus diplomáticos y a sus nacionales. Tres años después, en 1904, los japoneses efectuaron un ataque sorpresa contra la Flota Rusa en Port Arthur. El conflicto subsiguiente se cobró unas 110.00 vidas japonesas y terminó con una paz insatisfactoria, ninguna indemnización, revueltas en la capital y la perspectiva de que Rusia acabaría vengándose en cuanto pudiera.

El Emperador Meiji no tuvo parte en la guerra pero no por ello dejó de añadir lustre a su prestigio. Japón se apoderó de los derechos de arriendo rusos que aún no habían finalizado sobre la península de Liaotung, sobre un ferrocarril de 700 millas de largo que atravesaba el sur de Manchuria y de la mitad sur de Karafuto (la isla Sajalin) en el mar de Ojtosk, que se consideraron logros verdaderamente de época en su día.

Hirohito vino al mundo precisamente en el amanecer de esta nueva era de rivalidad imperial en Asia y en el Pacífico, y bajo su mando el drama de la política japonesa llegó a la calamitosa conclusión de la guerra y la derrota total. Podemos adquirir una nueva perspectiva sobre la política japonesa cuando analizamos la forma en que este hombre, tan a menudo fuera de contacto con su pueblo, que ignoraba como vivía, y que nunca estuvo muy seguro de su apoyo, consiguió sobrevivir a la guerra y la ocupación, y cómo pudo mantenerse en el trono para continuar con la tradición imperial bien entrada la segunda mitad del siglo XX.

Hirohito y la nación japonesa conformaban una unidad política basada en el sentimiento y la ideología, así como en las memorias compartidas de la guerra. Cuando contemplamos su vida, podemos apreciar como él y su nación fueron siempre codo con codo en una relación profundamente simbiótica, que explotó y manipuló principalmente el bando imperial.

Antes, durante y poco después del trauma de la guerra y la derrota, se presentó ante el pueblo como un ser superior “tradicional” que los miraba desdeñosamente desde las alturas y que sólo representaba sus rasgos ideales, nunca sus defectos. Su pueblo a su vez tenía que reverenciarlo, temblando como ante una deidad viviente y un modelo de padre ideal. Debían ayudarlo en la construcción de su autoridad, y asumir la responsabilidad por la forma en la que ejercitara el poder ya que él, en teoría, no podía. Nunca se dio oportunidad al pueblo de analizar si este modelo y principio rector de la vida nacional distaba mucho o poco de la perfección (pese a lo cual en todo momento siempre hubo gente que lo puso en tela de juicio)

Tras la subida al trono de Hirohito en 1926, la política en Japón se inflamó debido a cuestiones de política interna y externa. Las élites políticas y militares comenzaron a debatir el significado del sistema nacional de gobierno, o kokutai. Centrado en la casa imperial, kokutai expresaba los mejores principios posibles para el Estado y la sociedad japonesa.

Como el estado de la sociedad iba siendo cada vez más insatisfactorio, se extendió la creencia de que la mejor manera de enmendar las cosas era servirse de la autoridad el Emperador. En este contexto surgió un nuevo nacionalismo denominado “el camino imperial”, un nacionalismo poderoso y con resonancias espirituales. El kodo, como se lo llamó, se difundió ampliamente y con rapidez. El “camino imperial” era una teología política muy motivadora que surgía de la idea que se tenía del Emperador como la viva encarnación del presente y el pasado del Japón, como un paradigma de excelencia moral que todos sus súbditos deberían seguir. El término denotaba una suerte de guerra ideológica pero a la vez también un plan de acción. Se había concebido para liberar a Japón de todos los “ismos” importados, como la democracia occidental, el liberalismo, el individualismo y el comunismo. Libre para ser ella misma, la nación reconquistaría su amor propio y estaría preparada para librar una guerra “santa” de ideas frente a las doctrinas políticas occidentales.

Aunque el kodo tenía raíces en la crisis de mediados del siglo XIX, su resurrección a finales de los años veinte y su aplicación efectiva por parte de la diplomacia japonesa a comienzos de los años treinta ayudó a Japón a romper con su pasado inmediato; pero al mismo tiempo redujo claramente las opciones de la nación.

El “Camino Imperial” se convirtió en una fórmula para superar el perspicaz conocimiento japonés de haber sido subyugados económica y espiritualmente subyugados por occidente. Aportaba otros canales para el discurrir del pensamiento y las emociones en todos los ámbitos de la vida no sólo en el ejército. Hacía a la gente insensible al daño infligido a otros por el fariseísmo y la terca agresividad que pudieran desplegarse, al igual que lo hacía su contraparte americana de la doctrina del “Destino Manifiesto”, en los peores periodos del nacionalismo americano más exaltado. Casi de la noche a la mañana el espíritu de la conciliación internacional desapareció de las deliberaciones sobre la conducta de la política exterior del Japón. Fue suplida por expresiones del impulso sintoísta de purificar Asia de las deletéreas influencias de la cultura política anglo-americana.

También se hallaba inserta en el “camino imperial” la creencia milenaria, compartida por todas las sectas budistas japonesas, pero que predicaba la secta Nichiren con especial vehemencia, de que el Estado japonés, debido a su monarquía singularísima, constituía un tremendo poder que podía dar lecciones de moral y unificar al mundo entero.

Se volvieron un lugar común las alusiones al sagrado principio del “camino imperial”, “las ocho esquinas del mundo bajo el gobierno imperial” y al “benevolente corazón imperial”, y se ligaron a la disposición a usar la fuerza contra todos los que rehusaran tanta paternal benevolencia.

En este marco, con una nación que se veía a sí propia como empero-céntrica y racialmente superior, con funcionarios que no reconocían otra moral que la del Estado, Hirohito y sus principales asesores participaron, de forma tan directa como decisiva, como una fuerza autónoma en la formación de las políticas. Hirohito obró con energía entre bastidores para influenciar la conducta de sus tres primeros premier, aceleró el colapsó de los gabinetes de partido y sancionó la oposición al fortalecimiento de la maquinaria de paz de la Liga de Naciones. Cuando la resistencia a sus intervenciones provocaba el abierto desafío del ejército, tanto él como sus asesores entraron en connivencia con la agresión militar.

Desde el principio Hirohito fue un emperador muy emprendedor, que paradójicamente quería proyectar la imagen defensiva de una pasiva figura simbólica. Cuando el resto del mundo le separaba de cualquier rol personal importante en el proceso de toma de decisiones y más quería verle como un fantoche impotente que carecía de intelecto alguno, en realidad era mucho más inteligente y desde luego mucho más astuto de lo que la mayoría de la gente creía, y no carecía precisamente de energía y decisión. En el caso de Hirohito podemos aprender tanto de lo que no dice y hace como de lo he hace. Durante los primeros 22 años de su reinado ejerció un elevado grado de influencia y rara vez fue una figura desvalida que no podía actuar cuando hubiera querido. Cuando Hirohito no actuaba para influenciar la política o para alterar cualquier curso de acción planificado de antemano, su omisión acarreaba también consecuencias.

Desde finales de 1937 en adelante Hirohito se convirtió de forma paulatina en un verdadero caudillo militar, que ejerció su influencia en la planificación, la estrategia y la conducta de las operaciones en China y que participó en el nombramiento y ascenso de los principales generales y almirantes. A partir de finales de 1940, cuando ya funcionaba una maquinaria de toma de decisiones mucho más eficaz, contribuyó de forma importante en cada fase de toma de decisiones políticas que culminaron en la apertura de hostilidades contra los Estados Unidos y Gran Bretaña en diciembre de 1941. Él y sus asesores capearon el temporal de s frustraciones y ánimos diversos de la élite japonesa. Para permanecer en la cumbre del proceso de toma de decisiones políticas y para responder a nuevos desarrollos internacionales, quebrantó de forma consciente los precedentes fijados por su abuelo, el Emperador Meiji, resultando decisivo en el viraje en la política exterior. Poco a poco pero sin descanso fue siendo atrapado por la fiebre bélica de expansión territorial que se había desatado.

Tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial, la vida de Hirohito pasó por una nueva etapa. Sus prioridades más inmediatas pasaron a ser conservar el trono y evitar ser juzgado como criminal de guerra. Y en esto se mostró tan ducho en politiquerías con los americanos como lo había sido cuando trataba con sus propios generales y almirantes. Las reformas americanas aniquilaron la relación triangular entre la monarquía relativamente independiente, el gobierno (representado en el gabinete) y el pueblo japonés. Privado de la soberanía, Hirohito quedó forzado a no ser más que un símbolo de la unidad nacional. Pero incluso como esa figura simbólica creada por los americanos bajo la nueva constitución, siguió actuando como freno a las tendencias democráticas, y a hacer política secretar de pasillo para que Japón volviera a participar en el sistema de equilibrio de poder frente a la Unión Soviética si bien bajo liderazgo americano. Cuando acabó la ocupación, en 1952, la monarquía había vuelto a su forma premoderna, privada de todo poder y del ethos masculino y decisor que había adoptado, regresando como antaño a la periferia de la vida política nacional. Era la primera vez en su vida adulta que el rol político de Hirohito coincidía con el que quería proyectar: una mera figura simbólica. Cuando las élites conservadoras que habían sido purgadas regresaron al poder, se renovaron las esperanzas de Hirohito marcando el escenario para una década de luchas políticas que en general nunca prosperaron para recuperar al menos algo de su antiguo poder. A partir de ahí el perfil de la monarquía continuó con su decadencia, pero no los muchos problemas morales y políticos que generaba la continuidad de Hirohito en el trono y la incapacidad del pueblo japonés de poner en tela de juicio el apoyo que le habían dispensado.

La historia de la monarquía Showa y de las ideologías que la apuntalaron hasta 1945 se halla unida indisolublemente con la historia del militarismo y el fascismo japoneses; después de esa fecha está vinculada con las tentativas de las élites gobernantes de derogar algunas reformas que trajo la ocupación, de tener a raya el pacifismo japonés y de recuperar los atributos de una gran potencia. La primera parte de la vida de Hirohito, como la de su abuelo Meiji, ilustra la tendencia del poder militar, en cualquier comunidad política, para crecer en circunstancias en que las instituciones democráticas o no están presentes o no funcionan como es debido, en que la voz del pueblo no se escucha en los asuntos políticos nacionales y cuando el único freno institucional al crecimiento del militarismo es el poder supervisor de un jefe del ejecutivo indulgente y algo laxo. Las lecciones de la segunda mitad de su existencia, cuando fue privado de su condición de deidad y de todas sus competencias constitucionales, son menos evidentes. Hirohito y sus asesores estuvieron involucrados en el montaje de los procesos de Tokio contra los criminales de guerra, como lo estuvieron después en la formación de la alianza militar con los Estados Unidos. La forma en la que funcionó la monarquía durante y después de la ocupación de Japón revela asimismo como el poder del trono japonés ayudó a templar la liberación del pueblo japonés y a sofocar su nueva concepción de las libertades.

Este libro por consiguiente pone en tela de juicio la historia ortodoxa, que quedó bien establecida mucho antes de la guerra de Asia y el Pacífico y que fue fomentada después por los dirigentes de la ocupación aliada. Esta versión nos cuenta que Hirohito no era más que una figura ceremonial en el marco del gobierno imperial autocrático, y que no era más que una marioneta de los militares. También se cuestiona la idea de que el fuera el ejército de tierra el principal responsable de la agresión de Japón durante los años treinta y principios de los cuarenta, y apunta al papel que durante mucho tiempo se pasó por alto de los oficiales navales de rango superior que presionaron en contra de los tratados de desarme en los años veinte, bombardearon ciudades chinas indefensas durante los años treinta, y presionaron igualmente a favor de la guerra a comienzos de 1940. Se sostiene además que, desde mediados de los años veinte, los gabinetes de partido y el propio Hirohito profesaron su adhesión al nuevo “código de paz” internacional (declarado en el Tratado de la Liga de Naciones y en el pacto Kellog-Briand de 1928) que consideraba un delito la guerra de agresión, pero que en realidad llevaron a cabo una política en China que conculcaba el espíritu de las propias obligaciones internacionales asumidas por Japón en el tratado.

Incluso tras la capitulación de Japón en Agosto de 1935, las élites regentes de Japón siguieron siendo indiferentes a las obligaciones que el Derecho Internacional impone a todo Estado soberano. Únicamente les preocupaban algunas acciones del Estado imperial en tiempo de guerra, y con el fin de proteger al Emperador, los ministros ordenaron la destrucción de documentos que hubieran resultado útiles para procesar a los criminales de guerra y reconstruir el pasado Showa. Las posteriores tentativas de políticos e intelectuales conservadores de pintar los procesos como un linchamiento judicial de los vencedores, aunque se derivan en parte de las limitaciones (LOL) del propio proceso, también fueron espoleadas por estas actitudes pre-bélicas frente al Derecho internacional.

Durante más de 20 años, Hirohito ejercitó, en el marco de un complejo sistema de frenos recíprocos, un poder real y una autoridad independiente con respecto al gobierno y la burocracia. Estaba muy bien informado del curso de la guerra y de los asuntos diplomáticos, y conocía bien las cuestiones políticas y militares. Participó en la construcción de la política nacional y promulgó las órdenes del cuartel general imperial a los comandantes y almirantes. Desempeñó un papel muy activo en la configuración de la estrategia bélica japonesa y en la elaboración de los principios rectores de la conducta global en las operaciones militares en China. La Guerra de Asía y el Pacífico fue posible merced a una alianza entre Hirohito y sus asesores de la corte y los halcones militares de la armada y del ejército partidario de la guerra contra Estados Unidos y el Reino Unido. Dos años después de esa guerra, mucho después de que Japón hubiera perdido la iniciativa y tuviera que emprender la defensiva, Hirohito y su Cuartel General Imperial aún pensaban que podían ganar tiempo para tener a raya las ofensivas americanas y reconstruir su potencia militar para librar la batalla decisiva en algún lugar del Pacífico. Durante el último año de la guerra, Hirohito siguió ejerciendo una influencia directa y en ocasiones el control de las operaciones militares y proyectó su mítica presencia en las batallas en el Pacífico. Sólo cuando se acercaba el fin, durante la primera mitad de 1945, vaciló en su determinación de librar la batalla decisiva en su patria. En realidad lo que retrasó la rendición de Japón fue su renuencia a romper con los halcones militares partidarios de luchar hasta el amargo final.

La relación de Hirohito con sus comandantes militares no siempre fue muy cordial. Muchas veces les regañaba, ponía trabas a sus acciones unilaterales y fiscalizaba la ejecución de las decisiones de políticas militar. Y con todo ello en su pulsión de expansión territorial, siempre apoyó a sus generales y almirantes, perdonando actos de insubordinación que fueran coronados por el éxito militar. Su propio modus operandi como comandante supremo, y la influencia que ejercía en las operaciones, siguen estando poco estudiados como factores que contribuyeron a la derrota final del Japón, y por lo tanto se impone volverlos a analizar.

Hirohito no era únicamente un dirigente militar y político, era también la mayor autoridad espiritual de su nación.

Encabezó una monarquía con resonancias religiosas que en tiempos de crisis permitía que el Estado japonés se definiera a sí propio como una teocracia. Llevaba a cabo regularmente complicados rituales en un edificio de madera ubicado en el rincón suroeste del palacio, que implicaban claramente la fe que tenía en su descendencia divina y en la sagrada naturaleza del Estado y la patria japonesa. La concentración en un solo individuo del máximo poder político, religioso y militar complica el estudio del emperador. Resulta aún más complicado debido al hecho de que desde que alcanzó la mayoría de edad estuvo en el centro de un cambiante grupo de asesores que influyeron en otras personas porque influían también en él, aunque siempre se preocupaban de no dar un paso sin que él estuviera enterado. La composición de ese séquito cambiante y las ideas de sus miembros deben tenerse en cuenta cuando se trata de comprender a Hirohito. Igualmente uno debe estar abierto a la posibilidad de que en los momentos clave de la toma de decisiones, la rivalidad con sus hermanos tuviera cierto grado de influencia en la conducta del emperador. Este libro se ocupa también del hecho de que Hirohito nunca asumió su propia responsabilidad moral, política y jurídica por la terrible guerra librada en su nombre y bajo su activa dirección, tanto como jefe del Estado como comandante supremo de las fuerzas armadas. Hirohito no abdicó cuando llegó el desastre, pues creía ser un monarca por derecho divino, y la esencia indispensable del Estado japonés. Carecía de toda conciencia de responsabilidad personal por lo que Japón había hecho en el extranjero y no admitió ni una sola vez su responsabilidad por la guerra de agresión que duró 13 años y 11 meses y tantas vidas arrebató.


El creía que debía responder ante sus antepasados imperiales, y decidió reconstruir el imperio a cuya destrucción tanto había contribuido. La política americana y la Guerra Fría le ayudaron a permanecer en el trono 42 años más, como un símbolo de continuidad nacional y étnica pero también como objeto de recurrente debate político.

Durante la segunda mitad del siglo XX, los periodistas, historiadores y escritores japoneses han tratado de “averiguar” y establecer los diversos sentidos de su pasado bélico y de la postguerra. En parte por falta de fuentes adecuadas, las investigaciones críticas sobre el papel que Hirohito desempeñó en la guerra sólo comenzaron a principios de los 70, pero no se han detenido desde entonces. Muchos japoneses, empujados por investigadores rigurosos, y como reacción contra un surtido de apologetas, negadores de atrocidades y engañadores deliberados han reevaluado constantemente su valoración de Hirohito, la guerra, los tribunales de Tokio y otros acontecimientos calve del periodo de la ocupación, muchas veces para racionalizarlos, pero otros pero igual de a menudo para analizarlos con más objetividad, someterlos a crítica y aprender de ellos.

El Emperador que se verá en este trabajo era un ser humano defectuoso, que poseía los mismos deseos, pulsiones, instintos y defectos comunes a todo ser humano, pero que poseía una experiencia educativa tan profunda y prolongada como probablemente ningún otro había recibido salvo él. Durante gran parte de su vida estaba en el centro del poder o cerca de él, como agente activo de sus intereses y de los de las élites de Japón. El conocimiento que tenía tanto de los asuntos públicos como de las maquinaciones secretas del gobierno no lo ha podido compartir ningún otro individuo. Cuando hacía equivalente la supervivencia de su casa imperial y la de su nación, estaba siendo al tiempo egoísta y vanidoso, además de errarse de todo en todo. Pensar en él como el individuo cuya misma existencia manifestaba los más profundos dilemas políticos del Japón moderno sería bastante correcto. No era un archi-conspirador ni un dictador, sino más bien un partícipe activo y sigue siendo clave para la comprensión de los principales acontecimientos políticos y militares de su nación en el siglo XX. Creo que también era un ser humano nervioso y turbado que se engañaba a sí mismo todavía más que a los demás para tratar de perpetuar el orden y la jerarquía a expensas de los ideales democráticos consagrados en la constitución de postguerra.

Al cabo Hirohito se convirtió en el símbolo principal de la supresión del pasado con respecto a su pueblo. Pues mientras no indagaran en el rol central que desempeñó en la guerra, no se cuestionarían lo que ellos mismos habían hecho; por eso mismo la cuestión de la responsabilidad de Hirohito por la guerra trasciende los años bélicos y la derrota. Debe analizarse en el contexto de las cambiantes percepciones japonesas sobre la guerra perdida, y también en el contexto de las valoraciones sobre la gestación y verdadera naturaleza del conflicto.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mar Abr 04, 2017 2:07 pm 
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El Niño, la familia y el legado de los Meiji.

El primer nieto del Emperador Meiji nació el 29 de abril de 1901, en el Palacio Aoyama en Tokio. Se trató de un momento de dicha nacional, y prácticamente toda la nación lo celebró, y especialmente la Corte. Se notificó fehacientemente a los antepasados del Emperador reinante del bendito acontecimiento, pues el bebé parecía sano y vigoroso. Había nacido un heredero, la antiquísima dinastía proseguiría “ininterrumpida” durante al menos unas generaciones más. Expertos en las complejidades de la nomenclatura y los títulos habían anunciado que se daría al niño el apelativo de “Principe Michi”, que significa “cultivador de la virtud” y el nombre de pila de Hiro Hito, que se había tomado de ese terso proverbio chino que reza que cuando una sociedad es próspera, el pueblo está contento. El joven enfermó crónico Principe Heredero Yoshihito, siguente en la línea de sucesión había cumplido 21 años esa misma primavera. Su mujer era la bella y robusta princesa Sadako, que sólo tenía 16 años. Con el tiempo le daría tres hijos más: Yashuhito y Nobuhito en 1902 y 1905 respectivamente y Takahito (el príncipe Mikasa) en 1915. En cuanto al abuelo de Hirohito, el Emperador Meiji, contaba con 48 años y llevaba ocupando el trono del Crisantemo durante 34, y su reinado continuaría 11 años más.

Según la usanza, los hijos de la familia real japonesa eran separados de sus padres y puestos bajo el cuidado de un solvente tutor legal. Yoshihito había sido apartado de sus padres cuando aún era un niño muy pequeño, en la honrosa forma tradicional. Poco después de su nacimiento, en 1979 contrajo una meningitis cerebral. Meiji insistió en que fuera tratado conforme a la medicina tradicional herbal (China) y no a la occidental. El chico no consiguió responder rápidamente al tratamiento y pasó muchas penalidades, en una infancia dura, dolorosa y a menudo postrada. Hubo ciertos intervalos en los que parecía más o menos normal, pero en otras ocasiones su enfermedad le afectó terriblemente, y nunca estuvo completamente sano. Abandonó los estudios después de graduarse, no se sabe cómo, en el primer curso de la Escuela de los Pares (Gakushiin) y de acabar un año de instituto.

¿Puede haber sido genético el origen de las cuitas del joven heredero de la corona? El Emperador Meiji había engendrado 15 niños con 5 mujeres distintas, y había perdido 11. Yoshihito, el tercer hijo, fue el único varón que pudo sobrevivir, y su madre no era la emperatriz sino una de las muchas concubinas del emperador. La corte, de forma inevitable, comenzó a sospechar que cientos de años de endogamia imperial habían dado lugar a algún defecto genético que podría mostrarse abiertamente en la sucesión de Yoshihito.

Como es natural, el Emperador Meiji y sus asesores pusieron un cuidado especial a la hora de elegir la princesa que se casaría con Yoshihito y daría a luz a sus hijos. Su elección final recayó en la Princesa Kujo Sadako, una joven procedente de una de las familias de mejor linaje de la corte. Los Kujo provenían de una rama del antiguo clan Fujiwara, cuyo abolengo se remontaba a finales del siglo XII, cuando su fundador había ejercido la regencia. Sadako había sacado unas notas excelentes en la sección femenina de la escuela de los pares. Inteligente, elocuente, diminuta, todos la admiraban especialmente por su simpatía y dignidad natural. Sus virtudes se contraponían al Emperador Yoshihito.

La pareja, que se había conocido en varias ocasiones formales, se casó en 1900. Con los años creció la confianza y la madurez de Sadako, y se ensalzó aún más la prudencia que el Emperador Meiji había mostrado con su elección de una esposa para su hijo. El Emperador Meiji, Tras consultar con Yoshihito y Sadako, había decidido que su nieto Hirohito sería criado, a la manera moderna y preceptiva, por un militar. Parecía prudente, por consiguiente, que el tutor que iba a hacer las veces de padre fuera un oficial del ejército o de la armada casado que pudiera aportar al niño no sólo una atmosfera familiar adecuada sino también espíritu marcial. Se pensó primero en el General Oyama Iwao, que se negó a asumir grave responsabilidad. Posteriormente pidieron al anciano Conde Kawamura Sumiyoshi, un vicealmirante jubilado y ex ministro de marina del antiguo feudo de Satsuma (equivalente a un Estado semi-soberano) que criara al niño como si de su propio nieto se trataba. Kawamura, estudioso del confucianismo, era aún más fiable por el hecho de que era un pariente lejano de la madre de Yoshihito. El 7 de julio, siete días después de su nacimiento, Hirohito abandonó la corte y fue puesto bajo la tutela de la familia Kawamura.

Se decía que Kawamura se había propuesto inculcar en el niño las virtudes de la abnegación, la perseverancia ante las dificultades, el respeto a las opiniones ajenas y la valentía. No cabe duda que tuvo éxito, salvo por lo que a la última virtud respecta, pues todos han dado testimonio de que son virtudes que adornaron al Emperador durante toda su vida. Hirohito tenía 14 meses cuando su primer hermano, Yasuhito (El Príncipe Chichibu) fue con él a la mansión de los Kawamura en el montuoso y poco poblado distrito de Azabu en Tokio. Los dos infantes siguieron al cuidado de los Kawamuras durante tres años y medio, y en ese tiempo tres médicos, varias nodrizas y un enorme personal de criados controlaban los más insignificantes aspectos de sus vidas, que iban desde la comida occidental que se les daba hasta la ropa francesa hecha a medida y del mejor corte con la que se vestían.

En noviembre de 1904, en el clímax de la guerra ruso-japonesa, falleció Kawamura a la edad de 61 años. Hirohito, que tenía 3 años, y Chichibu, que tenía dos, volvieron con sus padres, primero en la mansión imperial en Numazo, en la prefectura de Shizuoka, y después en el nuevo palacio Koson que se hallaba dentro un complejo enorme y bien guardado de más de doscientas hectáreas de superficie del propio Palacio Aoyama del príncipe. En 1905 nació Nobuhito (el Príncipe Takamatsu) y a finales de ese año se reunió con sus hermanos en el Palacio Koson. Al principio su tutor fue el nuevo gran chambelán nombrado por Yoshihito, Kido Takamasa; después nombraron a su propio chambelán particular.

Una de las principales nodrizas que cuidaban a Hirohito en esa temprana etapa educativa era Adachi Taka, de 22 años, licenciada en la Escuela superior de Maestros de Tokio que contrajo matrimonio posteriormente con el último ministro de la guerra de Hirohito, el Almirante Suzuki Kantaro. Taka podría haber sido llamada con justicia su verdadera madre. Cuando recordaba este periodo en su vejez, Taka contraponía la naturaleza calmada, serena y consciente de Hirohito con la del más enérgico, curioso y volcánico Chichibu. Ciertamente desde el punto de vista emocional poco tenían en común los dos hermanos, tanto de jóvenes como en su madurez. Pero el joven Hirohito tenía más carácter de lo que ella confiesa, mientras que el maduro Emperador Showa era la encarnación del monarquismo enérgico, y fue regido por sus emociones mucho más de lo que pudo prever Taka.

Durante la primera década de la vida de Hirohito el príncipe Heredero Yoshihito vivía sólo a unos minutos de su casa, en el mismo complejo amurallado en el palacio Koson, y los veía prácticamente todos los días. En su madurez Chichibu recordaba abiertamente a su padre pero no al Emperador Meiji. En los desinhibidos recuerdos de Chichibu la falta de ternura de Meiji acabó con cualquier sentimiento de devoción: “nunca recibí el amor incondicional que un abuelo dispensa a su nieto”, escribió, “por lo que nunca le adoré realmente, ni siquiera escuchaba su voz”. Hirohito en general no decía nada sobre los recuerdos que tenía de su padre, pero hablaba muchas veces con admiración de su abuelo. Tal vez sintió desde edad temprana que se esperaba de él que le emulara, mientras que no se podía esperar que lo hiciera con su propio padre.
El emperador Meiji, según la enfermera Taka, era extremadamente reservado con sus nietos y rara vez los veía salvo en sus aniversarios. Esas reuniones no solían durar más de dos o tres minutos y semejaban más audiencias imperiales que tiernos encuentros entre un abuelo y sus nietos. Meiji, vestido con uniforme de gala, en pie en su despacho, asentía con la cabeza cuando le traían a sus nietos mientras estos se inclinaban ante él y salían inmediatamente. Si les mostró cariño alguna vez, no lo hizo más que mandándoles regalos. Uno tiene la impresión de que el cariño que Hirohito tenía a su abuelo no era tanto a la persona como al Emperador idealizado, “Meiji, el Grande”. Teniendo en cuenta el clima emotivo inusitado en el que criaron a Hirohito, la relación con su propio padre era ambigua, pero menos con Meiji.

Hirohito era un niño dócil, mimado y agobiado por criadas y parientes durante su infancia. Como otros niños de su elevada alcurnia, tanto él como sus hermanos jugaban a representar la Guerra Ruso-Japonesa. Como próximo emperador, el pequeño “Michinomiya” tenía que ser respetado y nunca podía ser objeto de ira o malos tratos. Incluso en sus fingidos juegos bélicos tenía que ser siempre comandante en jefe y estar en el bando ganador. Un día el Príncipe Chichibu, según sus propias memorias, peleó con Hirohito por los juguetes, y en su cólera le arrojó a la cara una pieza de artillería. Una criada horrorizada se llevó inmediatamente a rastras a Chichibu a la sala de los rezos, donde le obligó a disculparse ante representaciones de la Diosa Solar, Amateratsu Omikami, y de sus padres, el Príncipe Heredero y la Princesa. Después de amonestar al joven príncipe le hizo jurar a los Dioses que nunca más atacaría a su hermano. Chichibu, sin embargo, nos deja la impresión de que lo hacía a menudo.

Hirohito y sus hermanos iban de excursión a menudo, entre los cuatro y los ocho años, a visitar lugares en la zona central de la capital que constituían repositorios de la historia moderna de la nación. De vez en cuando los líderes militares de la Guerra Ruso-Japonesa y los oligarcas Meiji les visitaban en el Palacio Koson. Acudían a desfiles militares para familiarizarlos con el mundo del militarismo y la guerra, y también al museo donde se exponían armas enemigas capturadas en la guerra. También los llevaban a la base naval de Yoshuka, y en agosto de 1906 Hirohito y Chichibu gozaron de un recorrido especial por el acorazado Katori. Cuando Hirohito tenía seis años, en 1907, el marqués Ito Hirobumi regresó a Tokio para informar sobre la situación política en Corea, donde, como consecuencia de la guerra Ruso-Japonesa Japón había tenido ocasión de instaurar un protectorado. Ito había prestado servicio allí desde diciembre de 1905 como el primer gobernador general residente. En septiembre el emperador Meiji le concedió el más elevado título hereditario, “príncipe”. Justo en estos días su nodriza Taka llevó al palacio a visitar a su abuelo a Hirohito y a sus hermanos, vestidos con trajes de marineritos. De forma imprevista toparon con Ito. Yamagata Aritomo, y cinco oligarcas más de los antiguos feudos de Satsuma y Chosu. Los Genros o “políticos decanos” como ahora se los llamaba, habían venido a palacio para agradecer sus dones al emperador. Cuando Hirohito les vio en una antesala, clavó los ojos en las medallas de Ito, lo que hizo que este se le acercara y le preguntara, ¿sois vos el próximo príncipe heredero? Sin la menor turbación Hirohito respondió que sí y le pregunto, “¿quién sois vos?”. Ito le explicó quién era y la razón por la que estaba allí. Para inmenso deleite de los ancianos genro, Hirohito les preguntó muy por menor sobre sus medallas, mostrando una madurez impropia de su edad y modos que revelaban que estaba muy acostumbrado a que sus preguntas fueran respondidas.

En el año 1901, la población de Tokio estaba acercándose a los 1,5 millones de personas. No se trataba de una ciudad completamente moderna, como no lo era el país, pero rebosaba de energía. El Emperador Meiji vivía cerca de Hirohito en un complejo inmenso que comprendía tres docenas de edificios de madera, enlazados por un único pasillo, en el que no había luz eléctrica por orden expresa del Emperador. El enorme palacio amurallado estaba rodeado por un foso y tenía una extensión de unas 240 hectáreas. Una isla verde de quietud y vacío en medio del bullicio que la rodeaba. En un costado se hallaban los distritos Marunouchi y Kasumigaseki de Tokio, donde empezaban a agolparse las instituciones financieras, económicas y gubernamentales más destacadas del país. También se encontraba el primer parque de estilo occidental de Japón, el parque Hibiya, en medio de estos incipientes distritos financieros y de la nueva dieta imperial. Al este del inmenso palacio imperial se encuentra la Bahía de Tokio, en la que se concentraba la creciente industria ligera y pesada.

Enseñaron a Hirohito que toda la historia del Japón moderno giraba en torno a su abuelo y al pequeño grupo de oficiales talentosos que le habían ayudado. Cuando ascendió al trono a la edad de 15 años, casi nadie conocía al Emperador Meiji fuera de Kyoto, pero cuando nació su primer nieto ya era reverenciado en todo el Japón. En todo ese tiempo la monarquía no sólo había evolucionado y adquirido un nuevo poder político, económico y militar, sino que los propios súbditos japoneses habían cobrado una nueva identidad como “súbditos leales” o shinmin. Esa ideología del súbdito virtuoso comprendía una suerte especial de conducta: lealtad y servicio sin reservas al emperador, que era tenido por el padre (tanto padre como madre) de una gran familia en la que todos los ciudadanos eran sus “hijos”. Se esperaba que sus familiares valoraran la competencia y que trabajaran con empeño, que honraran las historias sobre el origen del Estado, que se adhirieran a la religión estatal Sintoísta y que pusieran el servicio al Estado y al Emperador por encima de placeres e intereses privados. Hirohito absorbió de joven esta misma ideología imperial, pero la veía desde una perspectiva diferente al resto, pues él era la persona a la que se debía lealtad y reverencia. Además cuando Hirohito nació ya se hallaba firmemente implantado el culto imperial. Se habían promulgado leyes que prohibían ejercer la crítica contra el Emperador en 1893, 1898 y 1900.
Si se daba un conflicto entre la Dieta y el Emperador, este poseía capacidad de veto si se negaba a sancionar la ley.
El orden constitucional, configurado como una gran carta otorgada, ya estaba cambiando en vísperas del nacimiento de Hirohito. En 1900 Ito había fundado un nuevo partido político, el Rikken Seyukai, o “amigos del gobierno constitucional”, que pretendía conseguir apoyo parlamentario para el gobierno oligárquico y ayudar a que la constitución funcionara mejor. El Seiyukai, que representaba mayormente las preferencias de los grandes industriales y terratenientes, acabó dominando la política de partido en la Dieta. El genro convenció al Emperador Meiji para que reconociera esta nueva realidad de la política de partidos, incluso de gabinetes en los que participaban hombres de partido. Una vez más Ito desempeñó un papel crucial al hacer que Meiji dejara de oponerse. Sólo lo consiguió prometiendo que su nuevo partido dejaría el nombramiento o destitución del primer ministro y de otros ministros de estado enteramente en manos del emperador. Al ceder a los prejuicios autocráticos del emperador, Ito negaba el principal principio parlamentario que exponía que los gabinetes deben ser organizados por el jefe del partido mayoritario de la cámara baja de la Dieta.
En general el Emperador Meiji siempre fue un autócrata, y la constitución no cambió en absoluto este punto de vista. Siguió apoyando a los militares cuando se peleaban con el gabinete. Y el genro seguía aconsejándole que se refrenara un tanto en su ejercicio de poderes despóticos y que obrara dentro del perfil de un sistema de consenso. Si el emperador podía nombrar al primer ministro y otros altos cargos de una forma que no hubiera sido posible antes de la constitución, Ito y el resto de los genro conservaban su poder exclusivo de nombrar al primer ministro. Los propios asesores del emperador habían modelado y entregado a Hirohito, por medio del Emperador Meiji, una ideología de gobierno fundada en amalgama, como siempre desde la antigüedad, de creencias religiosas y sentido de Estado. “Todas las religiones son muy frágiles, y ninguna de ellas por sí sola sirve para apuntalar el Estado”, había dicho Ito.
El trono, por consiguiente, tenía que hacer de subrogado de la religión, y su ocupante tenía que ser la fuente de toda autoridad de los gobiernos. Ito, en sus famosos Comentarios sobre la Constitución de 1889, se había valido de la retórica clásica del derecho divino.

Pronto fueron promulgadas leyes de prensa restrictivas. Los medios de masas informaban sobre el emperador con uniformidad y un gran respeto. Había ordenanzas que regían incluso cómo había que tomar fotos del Emperador.
De los muchos legados ambiguos de la era Meiji, los más importantes de lejos eran el sistema constitucional y la ideología de gobierno. Con la constitución Hirohito heredaba tradiciones políticas de gobierno autocrático pero también la doctrina de una cierta cautela a la hora de ejercitarlas. Más tarde, cuando empezaron a educarle para ejercer el poder, aprendió que no podía dictarse ley o edicto alguno a menos que el Emperador diera primero su anuencia.
El emperador mismo se había unido formalmente con la corte y el gabinete, donde se conjugaban ambos mundo. Pero esa división estructural entre gobierno y corte podía dar lugar fácilmente a problemas de comunicación. Cuando Hirohito fue envejeciendo fue experimentando poco a poco esta confusión, y tenía que enfrentarse constantemente con esta ambigüedad que habían fabricado los padres del orden constitucional en el más alto nivel.
Si bien la constitución aclaraba que el Emperador compartiría el ejercicio del poder legislativo con la Dieta Imperial, el Emperador y sus asesores esperaban que la Dieta sólo reflejaría la “voluntad imperial”, nunca la de ellos.
“El Trono Sagrado fue instaurado en la era en que se escindió el cielo y la tierra. (Kojiki). El Emperador es el propio Cielo que baja a la tierra, es divino y sagrado. Está por encima de todos sus súbditos. Debe ser reverenciado y es inviolable. Tiene que respetar la ley, pero la ley no puede pedirle cuentas. No se puede debatir con él ni hablar de él con desprecio”.
Esa ideología imperial en la que el mito divino aparecía de forma tan destacada no era en realidad tan antigua. El sintoísmo estatal, presuntamente arreligioso, (contrapuesto al sintoísmo sectario) comenzó a configurarse durante el reinado de Meiji de forma directa a partir de la creencia de que Japón era un reino sagrado protegido por deidades sintoístas y gobernado por un emperador que descendía por línea directa de la diosa solar. La nacionalización de los elementos centrales del sintoísmo llevaba aparejada la instauración del Gran Altar de Ise Jingu, el mayor centro religioso de esta religión donde se consagraba a la diosa solar. Ise se convirtió en el principal símbolo del sintoísmo así como en un centro de devoción nacional y en la cúspide de una jerarquía de altares menores desperdigados por las aldeas y ciudades del país.

En 1890, el Emperador Meiji promulgó, sin el refrendo de ningún ministro, el breve Edicto Imperial sobre la Educación, “Sabed, súbditos Míos” comenzaba, empleando el término novedosamente acuñado de shinmin para significar “mis leales oficiales lealmente subordinados a mi persona” y a “la gente que da cumplimiento obediente a sus órdenes”. Después pasaba a enumerar las virtudes confucianas, comenzando con la piedad filial, que iban a conformar las relaciones humanas, añadiendo que “de surgir la necesidad, sacrificaos valientemente por el Estado; y velad así por la salvaguardia y la prosperidad del trono imperial, coetáneo de la creación del cielo y de la tierra”. En la última frase del edicto se sostenía que el Emperador era fuente de toda moral.

Después del comienzo de la Restauración tanto el Confucianismo como el budismo habían sido considerados como adiciones extranjeras a la esencia nacional, por lo que tenían que ser erradicadas. Sin embargo el edicto sobre la educación era parte de un abrupto viraje de Meiji, que se valió del lenguaje del confucianismo tradicional, y no del sintoísmo, para enfrentarse al pensamiento e ideales progresistas y democráticos y para que se asimilara la nueva idea de “súbditos leales”. Ese edicto consiguió hacer que generaciones de japoneses se consideraran siervos leales del Estado-Emperador, en el que el gobierno no era más que un ejercicio esencialmente paternalista, llevado a cabo de forma paternalista, por cargos públicos que presuntamente sabían mejor que el propio pueblo lo que era mejor para él. Además el edicto acostumbró a todos los japoneses a la idea de que la moral y la cultura se hallaban intrínsecamente vinculadas al Estado y nunca lo trascendía.

La educación y los asuntos militares, dos ámbitos de la vida nacional que afectaban a todos los japoneses, habían quedado bajo el control extra-constitucional del emperador, lo que le convertía en un sagrado pedagogo con el poder para hacer proselitismo, así como el supremo generalísimo con competencias para dar órdenes a las fuerzas armadas. Sin el apoyo y la ayuda del emperador, no había gobierno o primer ministro que pudiera durar mucho.

El fortalecimiento de la monarquía, por medio de la promulgación de la Constitución Meiji y el Edicto Imperial, modificó todo el clima intelectual de Japón. Durante la infancia de Hirohito, las instituciones y la ideología del Estado Meiji se desenvolvieron aún más. El sintoísmo de Estado, y la idea de “una unidad entre el ritual y el gobierno”, a través del Emperador, adquirió nueva vida por medio de la instauración en 1900 de un Buró de Altares y Religión en el seno del Ministerio del Interior. Pronto todo miembro de un hogar, ya fuera budista o cristiano (más o menos el 1% de la población) tenía que ser feligrés del altar local y estar vinculado con una deidad protectora.
Cuando los altares locales subían de rango hasta el nivel estatal optando por nombres de mitos antiguos o leyendas históricas, todos los dioses del altar quedaban ligados genealógicamente con la diosa ancestral de la casa imperial, Amateratsu Omikami. Se hicieron más profundos los sentimientos de reverencia ante el Emperador y mucha gente comenzó a pensar que les debían su propia existencia. Hirohito cumplió 7 años en 1908, el año en el que el gobierno ratificó su política extranjera de mejorar su posición como poder colonial en Asia en el marco del reparto continuado del botín con las potencias extranjeras y los Estados Unidos. Ese mismo año el Ministerio de Educación comenzó a redactar de nuevo los manuales escolares para describir Japón como un “Estado Familiar” orgánico, armonioso, moral y patriarcal, donde todos los japoneses estaban emparentados con el emperador. Se imponía esa revisión, puesto que la sociedad estaba cambiando con rapidez y había que unificar y dar coherencia a las interpretaciones del “Edicto Imperial sobre la Educación”, redactado en un lenguaje clásico japonés extremadamente arcaico.

El edicto sobre la educación cobró ahora un nuevo significado que no poseía en 1890. Seguía enseñándose a los niños los mitos fundacionales: que eran súbditos del emperador y tenían que obedecerle como obedecerían a sus propios padres. Pero por primera vez el mismo Estado-Emperador se presentaba como la entidad suprema que tenía prioridad sobre cualquier otro valor. La relación de la casa imperial con la nación comenzaba a ser descrita como la de un cabeza de familia con sus diferentes “ramas” y “troncos”. Al terminar la redacción de los nuevos manuales, las premisas del absolutismo monárquico constaban en la educación oficial, y el poder estatal se había basado, en teoría, en la esfera íntima de lo familiar.
Claro está que en el mundo real no todo el mundo se ponía del lado del gobierno o se identificaba demasiado con la casa real como suponían los nuevos libros de texto.
Es significativo que los años 1910 y 1910 fueran testigos del muy célebre Incidente de Lesa Majestad, en el que un joven grupo de radicales socialistas y de anarquistas fueron acusados de alta traición y después ejecutados por presuntamente conspirar para asesinar al Emperador Meiji. Uno de ellos era un joven sacerdote de la Secta Zen Soto, Uchiyama Gudo, que había redactado y hecho circular ampliamente una vitriólica denuncia de todo el sistema imperial:

“El gran cabecilla del presente gobierno, el emperador, no es hijo de los dioses como quieren inculcaros vuestros maestros de primaria. Los antepasados del emperador presente se remontan a un oscuro rincón de Kyushu, y no eran otra cosa que bandidos y asesinos. Consiguieron derrotar, con astucia, al resto de facinerosos opresores del pueblo […] Cuando se dice que la dinastía imperial es un linaje ininterrumpido de 2.500 años, habrá gente que piense que el emperador reinante es divino, pero bien se sabe que a lo largo de la historia estos fantoches han sido atormentados por adversarios extranjeros y que a nivel nacional sus propios vasallos los trataban a patadas […]
Lol

Aunque todo esto es archisabido, los catedráticos de universidad y sus estudiantes, cobardes como son, se niegan a decir o a escribir nada sobre ello. Lo que hacen es engañarse a sí mismos y a los demás, cuando demasiado bien saben que todo el tinglado se fundamenta en una sarta de mentiras”.

Si Hirohito ligaba toda la historia moderna de Japón con su abuelo y el leal círculo de asesores que le auxiliaban, él percibía su propio mundo como el imperio que su abuelo le había legado. Las dos guerras principales libradas en nombre de Meiji, contra la China Quing en 1894-1895 y contra la Rusia zarista en 1904-1905, modificaron las condiciones de la vida nacional japonesa y cambiaron el entorno internacional que rodeaba a Japón. La guerra con China reforzó la integración nacional y fomentó la transformación de la monarquía en un mecanismo de control de las crisis al servicio de un gobierno autoritario oligárquico. Al mismo tiempo apresuró un proceso de desplazamiento del poder que acrecentó el poder de los partidos políticos en la Dieta, infundiendo así cierta liberalización en el seno del Estado autoritario. A partir de entonces, cuando el progreso económico de Japón parecía imparable, las élites militares, burocráticas, políticas y empresariales veían como sus intereses entraban con frecuencia en contradicción, lo que hacía que la política nacional se tornara cada vez más y más fragmentada. Diez años después llegó la Guerra Ruso-Japonesa, seguida de otro periodo de crecimiento en la actividad de los partidos políticos, así como del gasto militar, todo ello con el fin de apuntalar las posesiones de Japón en el continente asiático. Por entonces el Estado Mayor del Ejército y la Armada habían quedado en subordinación directa al Emperador, y sus propias burocracias comenzaban a eludir el control del gobierno ministerial. Para contrarrestar ese peligro Ito revisó las Ordenanzas Ministeriales, devolviendo al Primer Ministro parte del poder que había perdido en 1889. Sin embargo, la relativa autonomía militar nunca fue mantenida a raya, y el consejo de ministros nunca llegó a ser el órgano consultivo supremo del Emperador. En marzo de 1907, el ministro de la armada apeló al Emperador para que deshiciera la obra de Ito, y el Emperador Meiji consintió en ello. Seis meses después el ejército y los ministros de la armada promulgaron la Ordenanza General Militar Número 1, que preceptuaba que “las ordenanzas atinentes al mando del ejército y de la armada que sean resultado de una decisión directa del emperador son automáticamente ordenanzas militares de obligado cumplimiento (gunrei)”. El Emperador Meiji sancionó la ordenanza. Con esto el ejército y la armada cobraron la autoridad de “promulgar, sin el consentimiento del consejo de ministros, una nueva forma de ley, denominada gunrei”. Así pues, mientras que la capacidad del primer ministro para unificar su gabinete seguía siendo débil, los militares, con apoyo de Meiji, podían argumentar que el “derecho de mando supremo” del emperador era una potestad autónoma, independiente del control del gobierno.

Cuando Hirohito iba a la escuela, en la época posterior a la Guerra Ruso Japonesa de 1907 a vísperas de la Primera Guerra Mundial, los militares se arrogaron poderes que no tenían legalmente. Meiji sancionó como nuevo principio rector de la política japonesa de defensa, la protección de “los derechos e intereses que hemos sembrado en Corea y Manchuria al costo de miles de vidas y enormes sumas de dinero durante la guerra de 1904-5”. Se trató con renovado vigor de infundir la ideología imperial y el Bushido (el camino del guerrero) en las fuerzas armadas. Fueron revisados los manuales de infantería y los protocolos de adiestramiento con el fin de recalcar la importancia del espíritu humano en la lucha, para inculcar una mentalidad ofensiva, el uso de armas de fuego ligeras, y el combate cuerpo a cuerpo. Ya de paso se reforzó el rango y la autoridad de los ayudas de campo del Emperador. En 1907 la larga lucha de Japón por someter al pueblo coreano, por medio del control sobre su casa real pasó por una nueva etapa.

En septiembre, el Rey coreano Kojong despachó a tres mensajeros a una conferencia de paz en la Haya para demandar que el estatus de protectorado de Corea había sido fabricado sin su sanción oficial. Las Grandes Potencias se negaron a admitir a los enviados de Kojong basándose en que, como era un protectorado de Japón, Corea carecía de competencias en política exterior.
Después de este vergonzoso incidente, el Emperador Meiji mandó al Príncipe Heredero Yoshihito a Corea para engrasar las relaciones con su familia real. Poco después del regreso de Yoshihito a Japón a finales de octubre, Meijo aprobó la política de Ito de forzar al Rey Kojong a que abdicara, haciendo venir a Tokio al “Príncipe Heredero Imperial”, Yi Un. En apariencia para estudiar allí pero en realizad para parar otras acciones anti-japonesas de la familia real coreana. El 15 de diciembre de 1907, llevado de la mano por Ito, el niño de 10 años Yi Un visitó el palacio imperial y le presentaron a Hirohito, Chichibu y Takamatsu. Durante los dos años siguientes cuando los oligarcas tomaron la calamitosa decisión de cambiar el estatus de Corea de protectorado a colonia, Meiji actuó como tutor de Yi Un, colmándole de más regalos y atenciones que a sus propios nietos. Ito se aseguró de llevar al príncipe coreano con él siempre que visitaba a Hirohito y sus hermanos. La última ocasión en que Hirohito se encontró con Yi Un en presencia de Ito fue el 14 de septiembre de 1909, poco después de que Ito hubiera abandonado su cargo de gobernador residente de Corea y asumido el cargo de presidente del consejo privado. Seis meses después, el 26 de octubre, un nacionalista coreano asesinó a Ito en Harbin, Manchuria, cuando estaba de camino para debatir las relaciones ruso-japonesas. En cuanto al rehén Yi Un, Tokio se convirtió en su residencia permanente, y no le permitieron visitar Corea hasta la muerte de su madre en 1911.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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El gran cabecilla del presente gobierno, el emperador, no es hijo de los dioses como quieren inculcaros vuestros maestros de primaria. Los antepasados del emperador presente se remontan a un oscuro rincón de Kyushu, y no eran otra cosa que bandidos y asesinos. Consiguieron derrotar, con astucia, al resto de facinerosos opresores del pueblo […] Cuando se dice que la dinastía imperial es un linaje ininterrumpido de 2.500 años, habrá gente que piense que el emperador reinante es divino, pero bien se sabe que a lo largo de la historia estos fantoches han sido atormentados por adversarios extranjeros y que a nivel nacional sus propios vasallos los trataban a patadas […]
Lol

Aunque todo esto es archisabido, los catedráticos de universidad y sus estudiantes, cobardes como son, se niegan a decir o a escribir nada sobre ello. Lo que hacen es engañarse a sí mismos y a los demás, cuando demasiado bien saben que todo el tinglado se fundamenta en una sarta de mentiras


Parece que al menos los comunistas japoneses no se tragaban nada de esa mierda, pero como tenían la buena costumbre de ejecutarles por decir la verdad pues eso.

Y mutatis mutandis, a qué me suena eso?

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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Mié Abr 05, 2017 3:10 pm 
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En la pubertad de Hirohito, y tambien despues, el Emperador Meiji fue ensalzado como el epítome de toda virtud. Aunque la imagen pública de Meiji era la de un Emperador progresista y con simpatías por la “occidentalización”, la fuente y la esencia de todos los valores morales, ese ideal estaba bastante alejado de la realidad.

En privado era anti-occidental a ultranza y reaccionario políticamente. Su personalidad tampoco brillaba por lo agradable. Era más bien libertino y muy glotón, y pasaba gran parte de su tiempo colmando sus prodigiosos apetitos. Muchas de las enfermedades que le afligieron pueden atribuirse a sus excesos en el comer y especialmente en el beber, que acabaron con su salud.

En esos años en los que las élites de Japón ensalzaban las virtudes sobrehumanas de Meiji, justificaban el “status quo” de la guerra-japonesa y reescribían los libros de texto para fomentar el culto al Emperador, Hirohito asistía al curso elemental de la Escuela de los Pares, en la primavera de 1908, a la edad de 7 años. La Escuela de los Pares estaba emplazada en Yotsuya, Owari-cho, cerca de la puerta principal del antiguo Palacio Akasaka (a unos 20 minutos andando de su Palacio Koson). Había sido fundada 30 años atrás, bajo la égida del Ministerio de la casa Imperial, para educar a todos los niños de la familia imperial (kozoku) y a la vieja nobleza de la corte. Tras la Ley de Pares de 1884, los hijos de los pares nombrados por primera vez (kazoku) también podían asistir, y la escuela se amplió. El Emperador Meiji había nombrado al General Nogi, un héroe de la guerra ruso-japonesa, como décimo presidente de la escuela y le encomendó la educación de su nieto de más edad.

El General Nogi era partidario de una educación muy estricta de estilo militar y creía firmemente en el confucianismo, el bushido y los preceptos del budismo Zen. Se negó a mimar al pequeño príncipe. En virtud de sus instrucciones tenían que ir caminando a la escuela todas los mañanas, escoltados por un médico y dos empleados del Ministerio de la Casa Imperial. Marchaban en fila india mientras los observaban los viandantes, con Hirohito resueltamente en cabeza, Chichibu detrás de él y Takamatsu en la retaguardia. En los días lluviosos se les permitía ir en carruajes; Hirohito iba sólo mientras sus hermanos ocupaban otro carruaje que le seguía (la única excepción es que alguno estuviera enfermo).

Como Hirohito distaba de ser un niño robusto, el personal docente de la escuela se centró, a órdenes de Nogi, en la educación física y en su salud tanto como en el comportamiento y en los logros académicos. Trataron de inculcarle al mismo tiempo los hábitos y virtudes que Nogi consideraba apropiadas para un futuro soberano: frugalidad, diligencia, paciencia, virilidad y sobre todo la capacidad de dominarse en circunstancias complicadas.
La devoción al deber y el amor al estamento militar ocupaban una destacada posición en la visión de Nogi del monarca ideal. Bajo la tutela de Nogi Hirohito se percató muy pronto de sus flaquezas físicas, y de que tenía que compensarlas a base de trabajo duro. Su experiencia infantil puede haberle llevado a pensar que una educación correcta puede enmendar cualquier defecto.

Nogi era bien consciente de que las fuerzas armadas del Japón moderno habían sido desde el momento de su creación las fuerzas armadas del Emperador y que se suponía que este tenía el mando directo de las mismas. Como el joven príncipe un día estaría al frente de los asuntos militares de la nación y ejercitaría la prerrogativa del mando supremo de un modo que nunca hubiera podido su abuelo por no haber sido educado para ello, se ordenó a los profesores de la Escuela de los Pares que “pusieran un cuidado especial en instruirle sobre materias militares.

En 1910 Meiji promulgó la Ordenanza de la Casa Imperial número 17, que exigía entrenamiento militar y experiencia militar a los miembros varones de la familia imperial. Esta ley completaba un proceso de militarización obligatoria de la familia imperial que había avanzado durante más de 30 años. Para el joven Hirohito, sin embargo, las cuestiones militares en esta etapa de su vida significaban sencillamente aprender equitación, que comenzó a estudiar ya al cuarto o quinto año de primaria, y jugar a juegos de guerra (rememorar batallas de las guerras recientes) con sus hermanos y compañeros de clase.
Al formular este currículo espartano, Nogi debe haber tenido en mente los fracasos experimentados al tratar de educar al padre de Hirohito.

El príncipe heredero Yoshihito había tenido tantos tutores y supervisores de su educación (incluyendo a Itō Hirobumi y al General Ōyama Iwao, que nadie podía saber a ciencia cierta quién le educaba.

Nogi, sin embargo, hizo buen uso de un sistema ya implantado de adoctrinamiento ideológico y de su propia personalidad intensa y prepotente. Cuando Nogi insistía en que los niños le saludaran y se dirigieran a él cada mañana como “Excelencia”, Hirohito y sus hermanos le obedecían al punto. En los años en que estuvo en la Escuela de los Pares, Hirohito pasaba sus vacaciones de invierno en Numazu, en la prefectura de Shizuoka, y las de verano en Ikaho, en la prefectura de Gumma, y en Hayama, en la prefectura de Kanagawa. Mantenía contacto frecuente con sus hermanos pero más a menudo se hallaba en compañía de compañeros de clase especialmente elegidos, 13 niños, después reducidos a nueve. Ya había recibido instrucción sobre los ritos sintoístas de los nobles de la corte que hacían las veces de “ritualistas” en el seno del Ministerio de la Casa Imperial.

Hirohito iba a ser el sumo pontífice del sintoísmo estatal, un monarca a la vez religioso y político. El culto a los antepasados también le fue inculcado de forma temprana, antes de que empezara a cristalizar su personalidad, debido a su ejecución de los ritos. Mientras él y sus hermanos vivían en el Palacio Koson, al amanecer, después de lavarse con agua y jabón y secarse con la toalla, tenían que rezar en una pequeña habitación inclinándose en la dirección del Gran Altar de Ise y el Palacio Imperial. Cuando Hirohito fue haciéndose mayor las visitas a los altares y a los mausoleos imperiales reforzaron su creencia en la importancia de sus antepasados. La identidad religiosa que asimiló en su pensamiento fue uno de los resultados principales de la educación que recibió de niño.

El componente central de esta identidad era que Hirohito se sentía muy obligado moralmente con sus antepasados imperiales, que eran la fuente de su ser y de su autoridad, de la fortuna de su casa y ciertamente de todo lo que le sostenía a él y a la nación. El credo de los ancestro caló en Hirohito, como futuro jefe de la familia imperial patriarcal. Tenía que aprender a ejecutar ritos solemnes en su honor. Esta relación con la tradición y con la esencia de sus obligaciones públicas fue resumida en la expresión koso koso, (“los fundadores imperiales de nuestra casa y nuestros otros antepasados imperiales”). Koso aludía a sus antepasados míticos, que se remontaban a la diosa solar, Amateratsu Omikami, cuya línea continuaba hasta el Emperador Jimmu.. Kōsō aludía a “nuestros otros antepasados imperiales”, o la línea de emperadores históricos que había ocupado el trono a lo largo del tiempo. Kōso kōsō ligaba directamente a Hirohito con la mitología y con la tradición imperial construida artificialmente como un todo. Servía como una fuente de su perspectiva moral como fundamento para su valoración posterior del Estado. Kōso kōsō, su eterna carga pública, determinaba el curso al que estaba consagrado su vida: preservar el trono siempre que él fuera el que lo ocupara.

La retórica de “los fundadores imperiales de nuestra casa y nuestros demás antepasados imperiales” y “nuestros antepasados imperiales por línea sucesoria ininterrumpida desde tiempo inmemorial” [bansei ikkei no kōsō] poseía gran profundidad histórica. Puede remontarse a tratados paleo-históricos de la casa imperial como el Shoku Nihongi (Crónicas del Japón) del temprano siglo VII. Reapareció en los numerosos edictos imperiales de Meiji, incluyendo el de 1889, que aprobaba la Constitución del Imperio del Gran Japón, el preámbulo de esa Constitución, la Ley de la Casa Imperial de 1889, y el Edicto Imperial sobre la Educación de 1890. En los muchos edictos imperiales promulgados por Hirohito se encuentra la expresión Kōso kōsō, como se encuentra igualmente en el edicto en el que apostaba el destino de su familia en una declaración de guerra contra el Reino Unido y los Estados Unidos. Por encima de todo Kōso kōsō expresaba que Hirohito se sentía un gobernante que había heredado autoridad espiritual de sus antepasados, y que debía responder ante ellos más que ante sus súbditos, que después de todo no eran fuente de su autoridad sino más bien objetos. Siempre sería un rasgo de la personalidad de Hirohito creer que tenía que responder ante sus antepasados imperiales pero no ante sus “súbditos”.

Cuando Hirohito cumplió 11 años en 1912, se convirtió en el príncipe heredero y le fue concedido el rango de alférez en el ejército y de teniente de navío en la armada. Eso año concluyó el largo reinado de su augusto abuelo, y también cambiaron las condiciones de su propia vida. Desde que el Emperador Meiji había cumplido la mayoría de edad política, en la década de 1880, había esgrimido el poder, centralizado los órganos del Estado, protegido a los oligarcas de sus críticos y mediado en las disputas entre ellos cuando envejecían y se los conocía como los genro.
Su mayor victoria había sido la glorificación y sacralización del imperio que los odiados oligarcas habían creado en realidad.

Al hacerlo, Meiji se convirtió en el símbolo viviente del nacionalismo japonés y de su imperio, así como el símbolo de la legitimidad del propio gobierno imperial. Su muerte, a la edad de 61 años, el 30 de julio de 1912, fijó la pérdida de ese símbolo dual y precipitó el cuestionamiento de su modus operandi en el trono. El padre de Hirohito, el príncipe Heredero Yoshihito, convertido en emperador a los 33 años, era incapaz de continuar el legado de Meiji. Débil físicamente, haragán e incapaz de tomar decisiones políticas, carecía de todo conocimiento de los asuntos militares, a pesar de su cargo de comandante en jefe. Un mes después de su ascenso al trono, a comienzos de la nueva era Taisho 1912-26), la prensa informó del nombramiento de más médicos en la corte. En diciembre de 1912 el Almirante Yamamoto Gonbei le dijo al genrō Matsukata Masayoshi que cuando se trataba de proponer al primer ministro, el Emperador Yoshihito “no estaba ni con mucho al nivel de su antecesor. Desde mi punto de vista seguiremos siendo leales si no obedecemos al Emperador si ello redunda en perjuicio del Estado”.
Por lo tanto, sin que se diera ningún cambio constitucional, el ascenso al trono del padre de Hirohito en 1912 constituyó un importante viraje en el gobierno de los asuntos públicos.

El genro, especialmente Yamagata, comenzó a ejercer un mayor control sobre la corte, manteniendo a raya la voluntad del impetuoso y siempre impredecible nuevo emperador. Los edictos imperiales, que habían tenido hasta entonces fuerza de ley, y que habían aprovechado los oligarcas para someter a una Dieta o a ministros de estado que se mostraban demasiado recalcitrantes, se volvieron de repente materia de una fiera disputa y perdieron parte de su autoridad.

Se introdujo una nueva interpretación de la Constitución: La “teoría orgánica” del ilustre catedrático de Derecho Constitucional Minobe, consideraba que era el Estado lo que tenía que protegerse y que incluso el Emperador estaba subordinado a él como uno de sus diversos “órganos”. En los políticos de la dieta surgió un nuevo movimiento para “salvaguardar la constitución de las camarillas Satsuma-Chōshū” que habían dominado el Japón bajo la protección de Meiji. Como los susceptibles votantes se habían duplicado después de la guerra Ruso-Japonesa, muchos políticos empezaron a presionar para que se aprobara una ley que reconociera el sufragio universal masculino.

Los historiadores consideran que el periodo posterior a la aludida guerra, que culminó en el cambio político de 1912, es el comienzo del movimiento denominado “democracia Taisho”. Con el uso de ese término se refieren a una serie de campañas públicas, emprendidas sobre todo por políticos, periodistas e intelectuales, que exigían el sufragio universal, gobiernos ministeriales organizados por el jefe del partido político mayoritario, y que la política la dirigieran los partidos en la dieta y no las antiguas camarillas basadas en los fenecidos feudos, que habían venido funcionando con independencia de la Dieta.

Después de la Primera Guerra Mundial, la “democracia Taisho” también acabó significando al transmisión a Japón de los productos culturales y políticos americanos, de su estilo de vida y de ideologías como el individualismo. Esta última ponía especialmente en tela de juicio la premisa de que era el Estado Meiji y no el individuo quien tenía la capacidad y era responsable de definir y hacer cumplir una vida moral recta.

La muerte de su abuelo fue un gran punto de inflexión en la vida de Hirohito y sus jóvenes hermanos. Para Hirohito fijó el comienzo de una nueva etapa de su educación. Con el fin de prepararle para su futuro cometido de comandante supremo, se le asignó un ayuda de campo militar y un nuevo chambelán, que estaba supervisado por un oficial de alto rango del Ministerio de la Casa Imperial. Este hombre, antiguo ministro de educación y largo tiempo director de la Universidad Imperial de Tokio, Hamao Arata, era conocido como el Señor Senescal del Príncipe Heredero y se le encomendó supervisar la educación de Hirohito así como instruirle en las intrincadísimas complejidades de la etiqueta social y de la corte japonesa. Además, se redujo drásticamente el contacto diario con sus hermanos, y sus trayectorias educativas fueron dispares a partir de entonces, prestándoles su propio mentor la última visita. El 10 de septiembre de 1912, tres días antes del funeral de Meiji, el General Nogi, de 64 años, visitó la residencia de Hirohito, a la que se le había ya cambiado el nombre a “Palacio Separado del Príncipe Heredero”.

Después de informar a Hirohito que “él no estaría allí cuando comenzara la escuela”, insistió en que fuera cauto y estudiara con empeño. Después regaló al príncipe sus dos libros de historia favoritos, uno obra del intelectual confuciano y estratega militar del siglo XVII, Yamaga Soko, el otro de Miyake Kanran, fundador y destacado representante de la temprana escuela Mito de conocimiento nacionalista.

En el comienzo del periodo Taisho, el día del funeral del Emperador Meiji, el General Nogi y su esposa cerraron la puerta de la habitación del cuarto de estar que se hallaba en el segundo piso y se dispusieron a poner fin a sus vidas. Él se había quitado el uniforme y llevaba puesta ropa interior blanca; ella llevaba atuendo negro propio de funeral. Se inclinaron ante los retratos de Meiji y de sus dos hijos, muertos en la Guerra Ruso-Japonesa. Cuando tocaron las campanas de funeral, cometieron un suicidio ritual. La señora Nogi obró primero; él la ayudó, clavando una daga en su cuello, y después abriéndose el estómago con una espada. El héroe de la guerra Ruso-Japonesa que partía dejó 10 notas privadas y un único poema funerario. (La redacción de poemas funerarios waka era otra práctica legada por la antigüedad japonesa que fue resucitada en el siglo XIX). En una nota se disculpaba por lo que había hecho ante los cuatro miembros de su familia, incluyendo su mujer, y reconoció haber contemplado la posibilidad de suicidarse desde que perdió la bandera del regimiento en la Guerra de 1877; mencionó también su avanzada edad y la pérdida de sus hijos. En otra nota dirigida a un médico militar, legaba su cuerpo a la medicina. Nogi dejó notas también para el capitán Ogasawara Naganari y el General Tanaka Giichi.

El poema funerario de Nogi, compuesto para ser publicado, decía a la nación que seguía a su señor a la muerte, una práctica conocida como junshi que incluso el Shogunato Tokugawa había considerado salvaje y ya había condenado por anticuada en 1663. Los intelectuales conservadores Nitobe Inazo y Miyake Setsurei, muy dados a deplorar el colapso de la moral tradicional japonesas, interpretaron el suicidio de Nogi como un acto final de lealtad samurái, preñado de lecciones positivas para la nación y para sus fuerzas armadas. Nantenbo, el maestro Zen de Nogi, estaba tan cautivado por la majestad de la acción de su pupulo, que mandó un telegrama de felicitación al funeral, con tres palabras: “banzai, banzai, banzai” (mil años, mil años, mil años de vida al augusto).

El Diario Asahi Shinbun, no obtante, publicó un editorial muy crítico con los que pretendían la instauración de una nueva moral que resucitara el bushido, sosteniendo que la nociva acción de Nogi no enseñaba nada a la nación (los japoneses no carecen de sentido común). Kiryū Yūyū un redactor del Shinano Mainichi shinbun fue aún más lejos, calificando la muerte de Nogi no sólo de “inmeditada” y “absurda” y avisando con cierto sentido de la profecía que “interpretar la muerte como un acto de lealtad” era una idea ética equivocada que sólo podía acabar “alentando a cometer crímenes inenarrables en nuestras relaciones internacionales”.

Cuando el chambelán que supervisaba su educación le avisó de la muerte de su maestro, por lo visto el único que se emocionó de los tres hermanos fue Hirohito. Sus ojos se llenaron de lágrimas y casi no pudo hablar. Sin duda era demasiado joven como para comprender la acción del general, y no hablemos ya del efecto dañino que esta moral anacrónica del bushido podía infundir a la nación. Pero como observó Hirohito más tarde a un periodista americano, Nogi ejerció en él una influencia perdurable, inculcándole preceptos de lealtad y virtudes estoicas de resistencia y dignidad a las que siempre rindió honor Hirohito. El valiente Nogi era para Hirohito una figura autoritaria que iba en serio y que estaba dispuesto a sacrificar la vida por su maestro. Hirohito no sólo se identificó con Nogi, cobró de él la convicción de que una determinación grande podía compensar en cierta medida las carencias físicas. En las divagaciones de Hirohito, había que emular a Nogi tanto como a su otro héroe, Meiji.
A Hirohito aún le quedaban dos años más de escuela primaria. Su educación sería dirigida en gran medida por dos nuevos personajes que entraron en su vida: el Almirante de flota Togo Heihachiro y el Capitán de Navío el Vizconde Ogasawara Naganari, el hijo mayor del último señor del diminuto feudo de Karatsu, y un prolífico autor de historias bélicas y anécdotas militares semi-ficticias. Más tarde ambos hombres iban a apareces como principales adversarios de la política de defensa nacional del gusto de Hirohito.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Lun Abr 10, 2017 3:58 pm 
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Hirohito y cinco de sus compañeros de clase, especialmente seleccionados de la Escuela de los Pares por el Capitán Ogasawara en una década en la que la mayoría de los estudiantes japoneses no recibían instrucción militar alguna en la escuela, y en que la educación secundaria normal duraba solo cinco años, recibieron una educación bifronte (artes liberales y militar) en el Togu Ogakumonjo.

El Ogajumonjo era una escuela de madera encalada que había sido construida expresamente para Hirohito dentro del recinto del Palacio Takanawa. Nogi y Ogasawara habían trazado los planes de la escuela; el Emperador Meiji los había aprobado poco antes de fallecer. El Almirante de la Flota Togo era el presidente de la escuela y Ogasawara contrataba y supervisaba a todo el personal docente. El fundamento racional de la elección de método pedagógico de Osagawara, los genro y la corte era bien sencillo en apariencia: todos ellos pensaban que el mejor modo de educar a un futuro monarca era optar por los mejores oficiales militares de la nación y los más destacados eruditos de la Universidad Imperial de Tokio. Como Ogasawara escogió (con una excepción) a lo mejor de la jerarquía académica, sus maestros no eran meros agentes del culto imperial más fanático, y esa puede ser una razón por la que Hirohito, cuando sobrevino la guerra y la dictadura, no se sentía muy cómodo con los que adherían a esos puntos de vista.

El punto fuerte de Ogakumonjo era su fundamento militar. Además de ejercitarse en la equitación y el adiestramiento militar, Hirohito y sus compañeros estudiaban topografía y hacían ejercicios de lectura de mapas; estudiaban historia militar, los principios del mando militar, táctica, estrategia y ajedrez.

Entre los profesores militares estaban el presidente de la Escuela de los Pares, el General Osajo Naoharu, un experto en la guerra ruso japonesa; dos contraalmirantes navales, y cuatro tenientes generales en servicio activo, la mayoría de los cuales habían prestado servicio como agregados navales en el extranjero y daban clase en la Universidad Naval. Desde 1919 el teórico de la guerra naval el Capitán Sato Tetsutaro impartía lecciones a Hirohito sobre las teorías del poder marítimo del almirante estadounidense Alfred Thayer Mahan, que hacía hincapié en el control por parte de enormes flotas de acorazados de las principales vías marítimas de comunicación, que pensaba era la clave de una exitosa política expansionista. Mahan había planteado que la armada japonesa constituía una amenaza directa a los intereses futuros de EEUU en el Pacífico, aunque no se sabe si Sato señaló esto en sus clases. Sato también daba clases sobre historia militar occidental y japonesa, (incluyendo la Batalla del Mar de Japón, en la que la flota combinada del Almirante Togo destruyó el escuadrón báltico ruso).

Otro oficial naval que impartía clases en el Ogakumonjo era el propio tío de Hirohito, el Almirante Príncipe Fushimi Hiroyasu, un experto en teoría militar alemana. El príncipe Fushimi había pasado su impresionable tardía adolescencia estudiando en la Alemania imperial, y se había licenciado en la Escuela Naval de Kiel en 1895. Para el capital Ogasawara, en tanto que supervisor del Ogakumonjo, el Príncipe Fushimi era un valioso enlace con la casa imperial, y por consiguiente un amigo que siempre tendría que ser protegido cuando el príncipe solicitara favores personales en nombre de la carrera naval de su hijo.

Para Hirohito Fushimi no era más que el pariente que supervisaba la primera fase de su adiestramiento naval, que comenzó en julio de 1916, y un rostro familiar desde su niñez. Lo que Fushimi enseñó en concreto y lo que aprendió Hirohito de él, si es que aprendió algo, no se sabe. Los profesores del ejército de tierra de Hirohito eran dos generales que habían mandado tropas recientemente en China durante la Primera Guerra Mundial y los Generales Ugaki Kazushige y Nara Takeji.

Con la salvedad de Nara (que provenía de la sección de artillería del buró de asuntos militares) habían prestado servicio anteriormente como superintendentes de la Universidad Militar. El General Ugaki se había graduado en primera clase de la Academia Militar Reformada (al estilo Alemán) y después de la Universidad Militar en 1900. En 1917 participó en la planificación de la expedición a Siberia para frenar la difusión de la Revolución Rusa y fundar un estado tapón en Siberia Oriental. Cuando Ugaki comenzó a dar clases en el Ogakumonjo, en abril de 1919, tenía 51 años y estaba empezando a destacar en la política de partidos bajo el patronazgo del General Tanaka Giichi. La persona más importante de las que ejercieron influencia sobre Hirohito en asuntos militares fue el General Nara, un oficial con reputación de ser un buen diplomático.

Nara, de 52 años, fue nombrado guía y asesor de Hirohito en cuestiones militares el 18 de julio de 1920, y permaneció con él como ayuda de campo militar principal hasta 1933. Nara había combatido en la guerra ruso japonesa, prestado servicios en Alemania, mandado la guarnición japonesa en Tiensin, y trabajado en el buró de asuntos militares. También había acudido a conferencias de la Liga de las Naciones y en 1920 había presidido el comité para investigar la masacre, obra de partisanos rusos, de más de 600 civiles y militares japoneses en Nikolaevsk en el río Amur. Nara participó en las clases militares del Ogakumonjo únicamente durante el último curso del emperador, que comenzó en septiembre de 1920. A petición del genro Yamagata Aritomo, redactó un borrador de siete puntos para la futura educación del príncipe, haciendo énfasis en que en el currículo de Hirohito debían predominar las cuestiones militares para que se interesara por el mando efectivo del ejército y la armada. “Para ese fin” escribió Nara “deber practicar el mando de unidades del tamaño de compañías de la Guardia Imperial. El genro y Mariscal de Campo Yamagata, aludiendo a la situación en los tiempos de la juventud del Emperador Meiji, resaltó este punto en particular”.

Otros de los fines docentes de Nara eran que el príncipe dominara la equitación, estuviera familiarizado con las armas y supiera utilizarlas. A comienzos de octubre de 1920 Nara hizo que se cavara una trinchera dentro del complejo del palacio imperial del príncipe para que Hirohito pudiera practicar el disparo con ametralladoras. “Guie al teniente Kato y pudo llevar a cabo la mayor parte del plan”, escribió Nara con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial. “Sin embargo hay quien pensaba en la Corte que matar a criaturas vivientes sería nocivo para la sensibilidad moral de un emperador. Estaba claro que a los chambelanes no les hacían gracia alguna las prácticas de tiro del príncipe”.

El currículo del Ogakumonjo imitaba el de la universidad militar y naval, donde los instructores enseñaban las lecciones aprendidas a raíz de la Guerra Ruso-Japonesa. Una lección para todos los oficiales, y en especial para el futuro comandante en jefe, era la primacía de la táctica sobre la estrategia. Por lo tanto se hacía mucho hincapié en las decisiones militares que se tomaban para librar y ganar batallas. El estudio de la guerra como “un elemento de la política de Estado”, es decir, las decisiones tocantes a librar la guerra o no y a la movilización y asignación de fuerzas, necesario para lograr los fines últimos de la guerra, era en comparación muy menor. Los instructores navales de Hirohito le inculcaron la idea de que en la guerra el fin de un combate naval era ganar arrojando una flota enorme y poderosa en una única batalla decisiva como la del Mar de Japón, considerado el modelo de victoria naval. Sus maestros del ejército

Sus maestros del ejército le enseñaron que las unidades de infantería constituían el núcleo del ejército. El combate mano a mano es lo que daba la victoria y no la potencia de fuego. La artillería y la caballería (después los tanques y la aviación) iban a fabricarse y emplearse sobre todo para respaldar las cargas de bayoneta de la infantería. La rutina diaria de la escuela estaba muy regimentada por el Capitán Ogasawara y el Almirante Togo. De lunes a viernes y la mitad del sábado la rutina cambiaba rara vez.

Los cinco muchachos aristocráticos que eran sus compañeros de clase eran despertados por sus criados a las 6 de la madrugada, y desayunaban juntos. Cuando el príncipe heredero, cuyo cuarto quedaba encima de ellos, acababa con sus preparativos matutinos caminaba a un estudio alfombrado y grande al estilo occidental (llamado el cuarto de preparación de las clases) hasta que tocaba una campana que indicaba al resto de los muchachos que había llegado y tenían que subir a saludarle. Después se encaminaban al estudio, donde cada chico tenía su propio pupitre con cajones para los libros de textos, se alineaban y hacían una reverencia dirigida al príncipe (que era la única persona de todo el Japón que llevaba el símbolo del crisantemo en su gorra). Todos se sentaban para leer breve tiempo, preparando la clase, hasta las 7:45. En ese momento se despedían de Hirohito, volviendo a sus habitaciones separadas para ponerse los zapatos y recoger su material escolar. Con posterioridad se reunían con sus profesores a la entrada del aula Ogakumonjo para esperar la llegada del príncipe, al igual que habían hecho cuando Hirohito asistió a la escuela de los pares.

Por lo común las clases matutinas duraban cuatro horas, con un receso para comer. En la parte trasera del aula se disponían asientos para invitados distinguidos que acudían de vez en cuando. Por lo general eran el Capitán Ogasawara, El almirante Tojo, varios ayudas de campo militares, miembros de la familia imperial, y oficiales del Ministerio de la Casa Imperial. La tensión generada por la constante fiscalización del desempeño académico de Hirohito, que llenaba tanto el aula como el espacio exterior, bien puede imaginarse. A mediodía el príncipe recibía las reverencias de sus compañeros y se marchaba para comer sólo o en presencia de un asesor militar. En general daba cuenta de una comida al estilo occidental, rematada con frecuencia por un vaso de leche, en tanto que los otros muchachos iban juntos a su comedor donde les servían platos japoneses. Sólo algún sábado de cuando en cuando uno o dos de sus compañeros podían comer con él. En las tardes se daba una hora de clase formal, seguido de instrucción militar y ejercicios físicos. Después los muchachos se entregaban a actividades como la equitación, el tenis, la esgrima japonesa o el tiro al blanco. Aunque Hirohito era más bien torpón, y nunca destacó en deporte alguno (incluyendo el sumo, el kendo, la natación que había practicado desde la infancia y el golf, al que se aficionó en la última etapa de su vida) siguió entregándose a la educación física, sin darse nunca por vencido. Nagazumi Torahiko, su compañero de clase 13 años de escuela primaria y secundaria, recordaba muy bien el rigor y la extrema diligencia de Hirohito en lo que se refería a la educación física.

Cuando concluía la sesión vespertina los muchachos volvían a alinearse para reverenciar a Hirohito, al que nunca dejaban de dirigirse, incluso jugando, como denka (alteza) y él les llamaba por sus apellidos. Se dejaba un breve lapso de tiempo libre no supervisado en el jardín imperial después de las horas docentes. En la tarde-noche estudiaba un poco más y recibía visitas privadas de sus ayudas de campo militares, que le enseñaban a interpretar los mapas y los juegos de estrategia militar. A medida que Hirohito se iba haciendo mayor, su ayuda de campo naval le leía planes militares secretos y le hacía preguntas sobre ellos. A las 9:30 P.M. acababa la jornada escolar y todos los muchachos se recogían.
En el tercer trimestre de su vida académica, los meses invernales que iban de enero a marzo, el personal docente y los estudiantes se mudaban a la mansión imperial en Numazu, donde el clima era más cálido. La instrucción escolar se llevaba a cabo en un entorno algo menos formal. Durante el estío que iba de junio a septiembre, cuando sus compañeros volvían con sus familias, Hirohito sólo pasaba breve tiempo con sus padres e incluso en sus vacaciones siempre estaba ocupado con una intensa agenda de visitas de los principales campamentos militares, bases navales y arsenales de la nación. También visitaba las academias militares y el cuartel general del estado mayor del ejército y la armada, cobraba experiencia en el arte de navegación efectuando cruceros de entrenamiento en fragatas y destructores, inspeccionaba pruebas de artillería y observaba las maniobras a nivel de regimiento y de división.

Los maestros de Hirohito, que trataban de prepararle para los diferentes roles que iba a desempeñar como emperador al estilo Meiji, le enseñaron la interpretación oficial de la historia de la nación, que conjugaba elementos de nacionalismo y racismo en el mito de su ascendencia divina. Aunque como príncipe heredero habitaba una esfera moral en que no se suscitarían la cuestión de su responsabilidad por el ejercicio de la autoridad y el poder, fue adoctrinado en los mismos mitos que se enseñaban en las escuelas primarias y militares de la nación. La “Familia Imperial” (kozoku) que se hallaba en la cúspide de una jerarquía nacional de casas hereditarias, y los pares con título (kazoku) inmediatamente inferiores a ellos en rango, pueden no haber estado todos de acuerdo en la ascendencia divina del príncipe Hirohito, pero comprendían la utilidad del mito. Al cabo acabó siendo una parte funcional de su identidad. Hirohito había nacido para ser cabecilla de una familia imperial muy militarizada (kozoku) cuyos miembros adultos varones y hembras comprendían nueve jerarquías reales, que se extendían a sus primos, que eran muchos. En el rango más elevado se contaba la emperatriz reinante, el hijo mayor del emperador, o el príncipe heredero, la emperatriz viuda, los príncipes o princesas de la misma línea y sus hijos. Los hermanos de Hirohito, llamados jiki miya, constituían un orden separado dentro del kozoku. No les afectaba la precedencia y se esperaba de ellos un comportamiento diferente al del resto de la familia imperial. El Emperador, como jefe de la eterna casa imperial, koshitsu, no era, técnicamente hablando, “miembro” de su propia familia sino que estaba por encima como jefe, supervisando y unificando a las personas que la componían. Los segundos y terceros hijos del kozoku, cuando se hacían adultos, se convertían de forma automática en pares hereditarios (kozoku) y la mayoría recibían el título de conde.

Como gozaban de la propiedad de terrenos, bonos, múltiples residencias, criados y generosos estipendios administrados por el ministerio de la casa imperial, algunos kozoku viajaban al extranjero y vivían de forma mucho más desenvuelta que la de los japoneses comunes. Algunos incluso tendían a expresar puntos de vista “liberales”, aunque no es ciertamente el caso de la madre de Hirohito, de sus hermanos Chichibu y Takamatsu, o de sus tíos, el Mariscal de Campo Kanin Kotohito y del Mariscal de Campo y Almirante de la Flota Fushimi, que después fueron utilizados por el mando central del ejército y de la armada como herramientas para influir en el trono. Los príncipes adultos varones consanguíneos eran susceptibles de ser asignados directamente por el Emperador a la Cámara de los Pares, la cámara alta de la Dieta Imperial que poseía la misma autoridad que la cámara baja. Algunos de ellos también participaban, junto con el señor custodio del sello privado, el presidente del consejo privado, el primer ministro, el ministro de justicia y el regente de la corte de casación (la más alta cámara del país) en un Consejo familiar imperial instaurado bajo la ley de la casa imperial. El consejo familiar, que se reunía muy poco, abordaba cuestiones que tocaban solamente a la casa imperial. Como los kozocu tenían vetado por ley servir al emperador como asesores políticos, su influencia real radicaba en tener posiciones estratégicas de mando en las fuerzas armadas y en lo asiduos que fueran del emperador. Una clase próspera que participaba en las actividades estatales como oficiales militares, se puede comparar a los kozoku con los junker prusianos, aunque sin esa estrechez de miras clasistas y sin el pietismo, y con un carácter burgués mucho más fuerte que militar profesional. Como habían sido militarizados cuando se estaba tratando de fortaleces al estado imperial, los miembros varones de la familia imperial, con independencia de sus deseos o de sus aptitudes para la vida militar, recibían instrucción en ese sentido ya en la Escuela de los Pares. Cuando se convertían en militares profesionales entraban en las fuerzas armadas en los más altos niveles de mando y tenían la oportunidad de seguir estudios militares en el extranjero. Su importancia como una élite de servicio, con presencia en las fuerzas armadas y dotándolas de la conciencia de estar subordinados directamente al emperador, no puede minusvalorarse en ningún caso.

El joven Hirohito recibió sus primeros años de instrucción militar cuando se combatía en la Primera Guerra Mundial, y sus últimos tres durante la expedición a Siberia. En la primera etapa, de 1914 a principios de 1918, la guerra Europea debía haber menguado la gloria de la guerra ruso-japonesa, de la que aún se vanagloriaban los militares. Aunque Japón estaba aliado con el Reino Unido y los Estados Unidos contra Alemania, el modelo de su clase militar profesional, el ejército japonés no aprendió bien las lecciones del papel crítico que desempeñaban las armas modernas en la guerra total. Los oficiales de las 17 divisiones en las que se compartimentaba el ejército permanente preferían la tradición idealizada del bushido como se expresaba en la obra clásica hagakure, que glorificaba la muerte y la lealtad hasta la muerte como valores supremos. El duro adiestramiento con castigos físicos frecuentes, el énfasis en el espíritu militar y el fomento del regionalismo, manteniendo juntas en las mismas unidades regimentales a los efectivos que procedían del mismo ámbito geográfico, a fin de que defendieran el honor de su región, seguían siendo los principales rasgos del ejército.

Durante los últimos tres años que Hirohito pasó en el Ogakumonjo, de 1918 a comienzos de 1921, el mantenimiento de la disciplina en las filas era una labor apremiante. Habían cambiado los valores de los militares junto con los tiempos. La Primera Guerra Mundial trajo como consecuencia la revolución bolchevique en el extranjero y las “revueltas del arroz” en casa, creando una situación que forzó de nuevo al ejército a replantearse su posición. Las revueltas que se desataron en Japón en verano de 1918 condujeran a la llamada a filas de 57.000 efectivos para sofocarlas. Esas protestas fueron seguidas en los tres años siguientes por perturbaciones relacionadas con la lucha obrera y campesina con los patronos y arrendadores y con la campaña en pro del sufragio universal masculino. En esta etapa se registraron las más violentas huelgas de la historia japonesa. En el Arsenal de Artillería de Tokio (1919 y 1921) en la mina de hierro de Kamaishi (1919) en la mina de cobre de Ashio (abril de 1921) en la acería Yawata (1920) y en los astilleros Kawasaki-Mitsubishi, en Kobe, en verano de 1921. Las huelgas de Kobe, que involucraban a más de 35.000 obreros, hicieron que se tuviera que llamar de nuevo al ejército, y como siempre, al servicio de los patronos. Antes de que acabaran los altercados en Kobe habían sido heridos más de 300 operarios y arrestados unos 250. Por consiguiente el ejército se reencontró con su misión originaria de mantener el orden y la ley en casa, y su ascendencia en la vida corriente de los japoneses se desplomó. Por segunda vez desde su creación, habiendo sido la primera en 1870 y 1880, el ejército fue objeto de duras críticas públicas, siendo especialmente vilipendiado cuando se empleaba a las tropas para aplastar las revueltas campesinas y las huelgas.

Como el ejército era un microcosmos de la sociedad y también un importante patrono de operarios fabriles en sus arsenales y astilleros, los cambios en la vida japonesa en los seis años que mediaron entre el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 y el fin del boom provocado por la guerra en 1920, se inauguró una nueva etapa en la relación de los militares con la monarquía. El sector industrial ya estaba superando al agrícola en productividad. El ámbito del gobierno imperial se reducía. El comportamiento del Comandante en Jefe, el Emperador Taisho, su completa falta de carisma y la manipulación a la que le sometían los genro eran prácticamente la comidilla diaria de los círculos políticos.

Después de 1910 Taisho era cada vez más incapaz de presenciar las grandes maniobras del ejército y la armada, de comparecer en los ejercicios de graduación en las escuelas militares o de llevar a cabo sus otros roles anuales ceremoniales, como convocar la Dieta. Se alejó de la mirada pública justo cuando el clima ideológico era menos estable y los militares trataban de encontrar la manera de superar su aislamiento social. Esos desarrollos hicieron más difícil que se convenciera a los reclutas de que obedecieran órdenes como lo hubieran hecho de haberlas recibido directamente del Emperador.

El ejército, en vez de enfrentarse directa y dogmáticamente con este nuevo clima intelectual, siguió la corriente de los tiempos, revisando su sistema educativo y adoptando un punto de vista al principio tolerante con muchos aspectos del movimiento Taisho en pro de la democracia. Algunos oficiales del ejército comenzaron a estudiar con rigor las causas sociales de los conflictos en la industria y el campo. En breve tiempo comenzaron a poner en tela de juicio si una kokutai basada en mitos legendarios era una simiente espiritual adecuada de su identidad institucional. Pronto aparecieron artículos en el diario oficial del ejército, Kaikosha Kiji, que implícitamente quitaban importancia a la casa imperial como símbolo de la unidad entre la sociedad y los militares.

Cuando Hirohito se graduó en el Ogakumonjo en 1921, lo que había empezado como una crisis del gobierno oligárquico en 1912, ocasionada por la transición del periodo Meiji al Taisho, se había tornado en algo bastante más grave: una escalada de la crisis de legitimidad de la monarquía.
Si los movimientos anticoloniales en Corea y China ofrecían un colchón al Imperio en el extranjero, la militancia obrera y los movimientos de arrendatarios campesinos crecieron súbitamente y comenzaron a extenderse, dando fe del creciente descontento con el estatus quo en casa.
En este nuevo escenario posterior a la Primera Guerra Mundial, en el que el pueblo japonés afirmaba con claridad sus puntos de vista sobre el kokutai y poniendo claramente en tela de juicio un orden social desigual dominado por los burócratas, los militares y los capitalistas, esa imagen Meiji de un Estado familiar armonioso era insostenible. Los tutores de la escuela secundaria de Hirohito no lograron hacerle consciente de estos cambios. Las peticiones de reforma social; el declinar en la conciencia militar de ser el ejército del emperador, que se había ido difuminando después de 1918; la súbita adquisición por muchos grupos sociales de un concepto más realista del propio interés; todo esto no venía en el programa de sus estudios secundarios. Esta disonancia entre lo que le enseñaban en el palacio y en la escuela sobre su familia, el mundo, él mismo y lo que pasaba fuera de las puertas de su aula se acrecentaría con el tiempo.

Con el fin de apreciar la razón por la que los educadores de Hirohito sentían lo que sentían sobre su futuro papel como comandante en jefe, hay que abordar otros dos rasgos de las fuerzas armadas imperiales. Desde el momento de su instauración, existía la idea de que las modernas fuerzas armadas del Japón serían acaudilladas por el Emperador. El principio del mando imperial supremo se había mantenido en todos los episodios bélicos de la restauración; y mucho antes de que la Constitución Meiji hubiera previsto explícitamente que el Emperador mandara las fuerzas armadas, la idea de que únicamente él poseía la autoridad moral para hacerlo coexistía con el antiguo pensamiento de que el Emperador era la herramienta de la voluntad de los dioses.

Además, la potestad de mando supremo de las fuerzas armadas se consideraba un poder autónomo, que precedía a la constitución y que era superior a su poder soberano en cuestiones de asuntos estatales. Era bien distinto al clausulado de la Constitución de EEUU en 1787, que contemplaba que el Presidente poseería autoridad como comandante en jefe, pero que solamente el congreso tenía potestad de declarar la guerra y dictar normas para el ejército y la armada. El emperador poseía poder militar autocrático, y al ejercitarlo no era exigible constitucionalmente ninguna consulta o consejo ministerial previo.

Aunque las fuerzas armadas imperiales en el momento de su instauración tenían el aspecto de un ejército moderno al estilo europeo, en cuanto a valores y espíritu estaba muy lejos de ser moderno. Los campesinos que componían el grueso de sus reclutas seguían sin estar completamente liberados de relaciones sociales feudales en la agricultura, estaban dispuestos a resistir la autoridad de los oficiales militares y estaban tan resentidos con el reclutamiento forzoso que los hijos mayores acabaron siendo eximidos del servicio militar. La solución que concibieron los fundadores autocráticos de las fuerzas armadas era usar de extremadamente severas formas de castigos y disciplina para que no se les fuera de las manos la situación, y hacer sentir la autoridad moral del Emperador en la relación fundamental entre superiores y subordinados. A la clase de tropa se le enseñaba que “tenían que considerar las órdenes de sus superiores como órdenes directas del Emperador”. Esto significaba que las órdenes eran infalibles y que la obediencia tenía que ser absoluta e incondicional.

Además de exagerar demasiado el orden y la disciplina militar, el gobierno Meiji había imprimido en las fuerzas imperiales el vago sentido de una misión dual. El ejército y la armada iban a ser el escudo de defensa frente a una ulterior expansión de las potencias europeas; por otro lado el ejército tenía que hacer cumplir la ley a la fuerza como un instrumento del gobierno central. Ciertamente el motivo inicial de su formación fue aplastar a los defensores del feudalismo y modernizar Japón. Pero si el ejército existía sobre todo para defender al pueblo de la agresión extranjera o al gobierno cuando seguía sus fines nunca quedó muy claro durante la vida de Meiji.

Por desgracia los maestros de Hirohito nunca le explicaron cómo su ejercicio futuro de su derecho soberano independiente al mando supremo un día eclipsaría su papel de monarca constitucional. Y sus profesores tampoco le contaron la forma en la que la esfera del mando supremo se había acrecentado a lo largo del tiempo, provocando fisuras entre el alto mando y el gobierno, así como disensiones entre los estados mayores del ejército y la armada y sus respectivos ministerios. Para ser sucintos, su educación en esta etapa solo le permitió ver el funcionamiento exterior del sistema, pero no su trasfondo real.

Fue solo la experiencia, en la tercera década de su vida, la que le hizo aprender la dinámica y la patología de la estructura política, cuando el despotismo crudo de la monarquía asomaba su feo rostro.

El cuidado y atención que los pedagogos e Hirohito derrocaron en la parte militar de su educación estaban pensados para inculcarle la idea de que la Casa Imperial tenía una relación mucho más profunda con los militares que con cualquier otra institución nacional. Había, sin embargo, otra faceta de la educación monárquica de Hirohito que no tenía nada que ver con la socialización para la guerra sino que estaba concebida para prepararle para tener parte en el gobierno, en las cuestiones educativas e internacionales. Esta era la “instrucción para el emperador” (teiōgaku) que se impartía en un ambiente formal de aula por pedagogos profesionales y especialistas provenientes de la Universidad Imperial de Tokio y la Escuela de los Pares. El razonamiento subyacente era que como la Constitución Meiji había adscrito al Emperador enormes potestades civiles, tan importantes como las militares, tenía que aprender como ejercerlas. Si la constitución Meiji hubiera instaurado una verdadera monarquía constitucional y no algo parecido a una autocracia, no hubiera habido que poner tanto énfasis en la formación del emperador, y podía haber seguido siendo tan inculto como cualquier rey o reina de la Gran Bretaña. Además, prever que “instrucción del Emperador” tanto civil como religiosa era el credo oficial que se enseñaba en la escuela para contrarrestar el pensamiento democrático.

Ese ideal teocrático de unidad entre los ritos religiosos y la administración política (saisei itchi), que confería significado político a las acciones del Estado a lo largo de la era de la Restauración, exigía que el Emperador supiera el ceremonial. También era importante para la educación del Emperador la idea central, que se remontaba a la Restauración, de que el Emperador del Japón tenía que ser siempre “un dirigente político carismático que se haya en cabeza y fomenta el proceso de la ilustración y la civilización del país”. Si el emperador iba a seguir en cabeza del impulso occidentalizador y modernizador, no quedaba otra que formarle en una amplia diversidad de materias prácticas así como en el moderno pensamiento político, social y económico. Teniendo en cuenta este panorama, es pasmoso que hasta la edad de 17 años Hirohito fuera criado en un completo aislamiento de la vida cotidiana japonesa y que ni siquiera le permitían leer libremente los periódicos.

Desde el 4 de mayo de 1914, cuando comenzó la escuela, hasta finales de 1921, cuando se graduó, dos meses antes de su vigésimo cumpleaños, y pocas semanas antes de la disolución definitiva de la escuela, se instruyó a Hirohito en cualquier materia considerada útil en aquellos días para la educación de un Emperador. Matemáticas, física, economía y jurisprudencia, francés (que en aquel entonces todavía era el lenguaje diplomático internacional), Chino y Japonés, caligrafía, ética e historia, todo ello formaba parte del teigogaku: la creación de un Emperador. También lo era la historia natural, que se convirtió en una de las asignaturas favoritas de Hirohito. Los profesores militares de Hirohito, con su énfasis en la higiene, el buen estado físico y el mando imperial directo, representaban un viraje radical en relación con dos siglos y medio de práctica del Shogunato Tokugawa en la educación del monarca. Antes de la Restauración Meiji, los emperadores, con la notable excepción del propio padre de Meiji, eran educados en materias que no les implicarían en cuestiones políticas o militares del régimen Tokugawa. Estudiaban textos filosóficos abstractos confucianos, practicaban la recitación de plegarias sintoístas y se mantenían al margen de la política. El ritual y los rezos, la poesía y las artes era lo que les preocupaba.

Bien conscientes del complejo entramado institucional que Meiji había legado a la nación, los profesores de Hirohito, tanto militares como civiles, prescindieron de la tradición Tokugawa y se centraron en la necesidad del emperador de obtener una educación seglar y el conocimiento del arte de la política para hacer funcionar el sistema. Por lo tanto obraron sobre la premisa de que incluso si el Emperador había heredado el trono, aún tenía que ser iniciado en su ceremonial y procedimientos para que fuera técnicamente apto para gobernar. Pues el trono imperial, ubicado en el mismo apogeo del poder en todas sus formas, tenía que funcionar como un centro integrador y legitimador, la piedra angular del arco que mantenía en su sitio el resto de instituciones del Estado: el Consejo de Ministros, los ministerios independientes burocráticos, la Dieta, el Consejo Privado, las fuerzas armadas y los partidos.

Los hombres que iban a “ocuparse” de que Hirohito fuera un monarca apto para obrar en este sistema de gobierno eran en su mayoría académicos vinculados con la Universidad Imperial de Tokio y la Escuela de los Pares. Eran un híbrido de las viejas e inmutables formas del Japón y las nuevas, que cambiaban por todas partes al seguir ciegamente el sendero de la modernización. Como pedagogos que adoraban al Emperador Meiji, construyeron una ortodoxia sobre lo que el monarca ideal debía hacer y hacía. Siempre trataban de evitar forzar a Hirohito a decantarse entre las perspectivas morales y las normas en conflicto del modelo confuciano del gobernante virtuosos y pacífico, y el modelo japonés bushido del guerrero ideal. Ambos enfoques le resultaron atractivos a Hirohito, y siempre trato de adecuarse a ambos en su obrar.

En suma Hirohito era producto de una educación híbrida, y no puede pintarse un retrato riguroso de él sin atender a la tensión interior que esto le ocasionaba. La invención de la tradición del último periodo Meiji, fundamentada en la ideología de la restauración, le otorgó su sentido de identidad y su orientación básica. Pero siempre la ciencia moderna chocaba con la tradición y esa tensión entre ambas cosmovisiones está en el corazón de todo lo que hizo Hirohito.

Hirohito se quedaba fascinado con la naturaleza ya desde sus años más tiernos. Cuando estaba en la Escuela de los Pares, bajo la supervisión de un chambelán muy aficionado a coleccionar conchas marinas e insectos, Hirohito abrió sus ojos al mundo natural. En 1913, a la edad de 12 años, había compuesto su propio libro de especies de insectos, ilustrando con mariposas y cicladas la relación simbiótica entre plantas e insectos. Era una etapa temprana del desarrollo de su capacidad de evaluar los objetos de forma crítica y racional. De 1914 a 1919, cuando Hirohito estaba en la escuela secundaria, su profesor de Historia natural y física fue Hattori Hirotaro. Hatorri siguió siendo su ayudante en sus empresas científicas durante más de 30 años, cultivando la afición juvenil de Hirohito por los insectos y ayudándole a desenvolver un interés apasionado y que duró toda su vida por la taxonomía y la biología marina. Bajo la guía de Hattori Hirohito leyó la teoría darwiniana de la evolución como la interpretaba el divulgador científico Oka Asajiro, cuyo libro Shinkaron kowa (conferencias sobre la evolución) fue publicado en 1904. Puede haber leído también una traducción japonesa del Origen de las Especies. En 1927 le regalaron un pequeño busto de Darwin, que en lo sucesivo adornaría su estudio con bustos de Abraham Lincoln y Napoleón Bonaparte.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Hirohito y la construcción del Japón Moderno. Bix
NotaPublicado: Lun Abr 10, 2017 3:59 pm 
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(Para que luego digan que se evitan los problemas con una esmerada educación)

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Traducción al español por Huan Manwe