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 Asunto: Re: ¿Alguien sabe?
NotaPublicado: Jue Mar 31, 2016 7:43 pm 
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polin escribió:
Malet escribió:
Me gustaría, eso sí, que el pavo me dijera que he hecho un buen trabajo.


Que harás un trabajo cojonudo, seguro, aunque yo de marxismos ni papa pero las traducciones tuyas que he leído (capítulos sueltos :oooops: ) están fetén. Que él pueda valorarlo... ¿tiene suficiente dominio de español el fulano o dirá lo que le cuenten?


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Dear Antonio and friends!

Many thanks for sending the final part of the translation of Andrew's book.

I'm happy to report that, in Easter, I began to review your work. I haven't finished yet the whole stuff.

My first impression is that is a very good draft. This also means that it needs more work in the line Antonio suggests: refining it, stylistically and conceptually.


Not bad for an underachiever, :mrgreen: considerando que el "first draft" lo he hecho del tirón y sin dedicación exclusiva (y sin ser economista de oficio)

Que me den una semana para refinarlo, y estará, está feo que yo lo diga, niquelao. 8)

Next stop "The Failure of Capitalist Production". :P

Y dijo Shibboleth que tardaría 10 años en aprender ruso. Apuesto a que me bastan 2. :mrgreen:

_________________
Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Economía socialista y marxismo.
NotaPublicado: Jue Mar 31, 2016 10:24 pm 
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Capítulo 4.

Comprendiendo a Marx. Consideraciones sobre el método interpretativo.

4.1 Introducción.

No es común que una obra que trata de la crítica de la economía política de Marx estudie en detalle el método interpretativo. Lo haremos porque ese estudio es fundamental. Los intérpretes de la teoría del valor de Marx suelen transgredir completamente las reglas de interpretación convenidas, una práctica que desgraciadamente se considera tolerable en la ciencia económica. Sin duda alguna esta es la razón principal por la que perdura el mito de que la teoría del valor de Marx está repleta de contradicciones lógicas internas.

Si los economistas marxistas y sraffianos se hubieran ceñido al principio hermenéutico que prescribe que la tarea de la exégesis es captar el sentido de un texto (en la medida en esto sea posible), la cuestión de las contradicciones lógicas internas ya hubiera quedado zanjada hace tiempo (y Marx hubiera sido absuelto de los cargos que pesaban sobre él)

Este capítulo comienza con un breve estudio de caso en el que explicaremos hasta qué punto son alarmantes las prácticas interpretativas al uso: la reciente “demostración” de Screpanti (2003) de que la teoría de la explotación de Marx es lógicamente contradictoria. Después explicaremos y defenderemos la regla que contempla que las interpretaciones que prosperan son aquellas que captan el sentido del texto. Sin lugar a dudas esta regla es la piedra angular de nuestra tesis: la acusación de contradicción lógica interna es artificiosa. Existe una interpretación que capta perfectamente el sentido de la teoría del valor de Marx, extirpando al tiempo las aparentes contradicciones lógicas, por lo que deben considerarse erróneas las interpretaciones alternativas que hacen nacer esas contradicciones. Y de ello se sigue que hay que rechazar de plano la acusación de contradicción lógica que se basa en interpretaciones erróneas.

Reiteramos que se analiza si son internamente coherentes los argumentos de Marx, no si las conclusiones teóricas derivadas de esos argumentos son verdaderas. En ningún caso estamos diciendo que haya que interpretar un argumento deductivo hasta conseguir que la conclusión del autor sea verdadera. Lo único que pretende esta regla es que la mejor lectura es la que capta (en el caso de que sea posible) el sentido del argumento, una lectura en la que la conclusión se siga lógicamente de las premisas. Si un argumento parte de premisas falsas, también será falsa la conclusión, incluso si el argumento tiene sentido (es decir, si tiene validez lógica) *

4.2 Cómo no hay que interpretar.

Un muy destacado economista sraffiano (Screpanti 2003: 160, 157) ha afirmado “haber demostrado” que el planteamiento teórico de la explotación basado en la teoría del valor de Marx es “lógicamente contradictorio”. Marx llegó a una conclusión cuando sus premisas deberían haberle llevado a una conclusión opuesta. Las premisas pertinentes son las definiciones marxianas del valor de las mercancías y de los precios de producción, y dos medidas distintas de la tasa de explotación. Se aplica una tasa de explotación cuando las mercancías se venden en sus valores; se aplica otra cuando se venden en los precios de producción. Basándose en sus equivalencias macroeconómicas entre valores y precios, Marx llegó a la conclusión de que ambas tasas de explotación son equivalentes. Como Screpanti ha señalado (2003:157), esta conclusión le permite seguir “tratando la ganancia como prueba del trabajo excedente, es decir, de la explotación”, también en su análisis del mundo real, en el que las mercancías no se venden en sus valores. Screpanti dice demostrar que las dos tasas de explotación son en realidad desiguales. Pero su demostración no es válida por una sencilla razón: no emplea las premisas de Marx. Screpanti emplea sus propias interpretaciones (formalizaciones matemáticas) de las definiciones de Marx en lugar de las originales. (Screpanti 2003:156-57, Ecuaciones (1), (3), (4), y (6). Y esto implica que no logra demostrar contradicción lógica alguna en la teoría de Marx. Las dos tasas de explotación que descubre que son desiguales son en realidad sus propias interpretaciones de las tasas de Marx, y no las del autor alemán. Lo único que demuestra Screpanti es que su interpretación no consigue deducir las conclusiones de Marx. ¿De quién es la culpa, suya o de Marx? Para demostrar su tesis sobre las contradicciones lógicas internas Screpanti tenía que haber demostrado que era correcta su interpretación de las premisas de Marx. Si no hubiera podido hacer eso, aún cabía la posibilidad de argumentar convincentemente en pro de su tesis si hubiera ofrecido pruebas y argumentos sólidos que respaldaran su particular interpretación frente a interpretaciones alternativas. No hizo nada de esto. Simplemente escribió tres de sus cuatro premisas (Ecuaciones (3), (4) y (6) sin justificación alguna en cada caso. Para apuntalar la premisa restante, la ecuación (1) Screpanti aludió a dos frases del capital: “¿Cómo puede, pues, medirse la magnitud del valor? Por medio de la cantidad de la sustancia “generadora de valor”, el trabajo, cristalizado en el bien”. Poco después escribió: “Este segundo axioma determina que λ= λA + l” (Screpanti 2003: 156).

La ecuación no es una reformulación razonable del pasaje aludido. Para empezar, el pasaje ni siquiera dice que los valores (λ) son la suma de dos componentes.1 Por consiguiente Screpanti no presentó pruebas fidedignas que apuntalaran su interpretación.

Tampoco aportó prueba o argumento alguno frente a interpretaciones alternativas. La parte de su artículo académico en la que supuestamente prueba las contradicciones lógicas de Marx ni siquiera menciona otras interpretaciones (se alude brevemente en el apéndice a la Interpretación Temporal y de Sistema Único (TSSI), pero en un contexto diferente). Esta omisión es muy grave, puesto que, según la TSSI y las interpretaciones simultáneas de sistema único (SSSI) realmente se sigue de las premisas de Marx que las dos tasas de explotación son iguales. Si Screpanti hubiera reconocido tal hecho, la defectuosa técnica de su procedimiento demostrativo hubiera resultado patente a sus lectores. 2

Un editor de una respetable revista heterodoxa de economía, y probablemente algunos revisores también, pese a lo aquí expuesto, consideró que la “demostración” de Screpanti era digna de ser publicada. Y no se trata ni mucho menos de un caso aislado. Como podremos notar a lo largo de esta obra, los que han “demostrado” las contradicciones internas de Marx, al igual que los que publican sus artículos académicos, rara vez (o ninguna) se plantean la posibilidad de que los argumentos de Marx admitan otra interpretación. Y cuando sus interpretaciones no consiguen casi nunca captar el sentido del texto de Marx, esto se toma como una demostración de sus contradicciones y no de sus carencias interpretativas.

4.3. El Significado e Interpretación de Argumentos Analíticos.

Interpretar un texto significa fijar su sentido. Pero hay diferentes clases de significados y por tanto, diversas clases de interpretación.

Hirsch (1967: 8) distingue entre el “alcance” de un texto (para el lector) y su “significado”, “lo que representan los signos del autor”. Rorty (1991:85-86) especifica cuatro significados del “significado” de un texto, que van desde lo que “el autor, en condiciones ideales, respondería a preguntas sobre sus escritos formuladas en términos que pudiera prontamente comprender” a “el papel que desempeña el texto en el punto de vista de alguien sobre […] su relación con la naturaleza humana, la finalidad de mi vida, la política de nuestro tiempo y así sucesivamente”.

Hogan (1996: 5) enumera nueve acepciones posibles distintas del “significado de un texto”, entre las que se cuentan “el sentido consciente condicionado por la verdad que quiso dar por el autor” o “la finalidad política del editor”, y sugiere que hay muchas, muchas más. Rescher (2001:60-61) distingue entre interpretaciones “creativas” (que desarrollan lo que considera apreciable el intérprete), interpretaciones “explotadoras” (que emplean el texto para fines particulares, como la formulación de la propia teoría), y las interpretaciones “exegéticas” (que tratan de comprender la posición del autor, por ejemplo esclareciendo sus “pretensiones y afirmaciones”.)

Por lo tanto, cuando juzgamos si prospera una “interpretación” a la hora de fijar el “sentido” de un texto, resulta cardinal que determinemos exactamente de qué estamos hablando. Despejaremos así muchas dudas que podrían surgir de otro modo. Es muy difícil, por no decir imposible, tasar el respectivo éxito de interpretaciones alternativas cuando uno concibe el “significado” de un texto como una suerte de conjunto indiferenciado. (Hogan 1996:107).

“¿Cuál es la mejor interpretación de la Teoría del Valor de Marx?”, por ejemplo es una pregunta vaga, indeterminada y frustrante, que no consiente una respuesta clara. Pero si aclaramos más rigurosamente aquello a lo que nos referimos, la estimación de diversas interpretaciones alternativas es más manejable. Además, podríamos eludir el género de disputas interpretativas que surgen necesariamente cuando los participantes en el debate entablan un diálogo para besugos (ver Hogan 1996:22). Dos personas que discuten encendidamente sobre “¿cuál es la mejor interpretación de la teoría del valor de Marx?” Podrían compartir sus respuestas si la pregunta fuera “¿qué interpretación de Marx “explota” (en el sentido de Rescher) mejor su teoría del valor para impulsar el programa de investigación fisicalista?”, o “¿qué interpretación determina mejor lo que Marx, en condiciones ideales, respondería a preguntas sobre los términos de sus argumentos analíticos formuladas de manera que pudiera comprenderlas inmediatamente?

Este libro se ocupa exclusivamente de la última de las preguntas. Y por una sencilla razón: la tesis de que los argumentos de Marx son internamente contradictorios es una tesis que afirma que es imposible deducir sus conclusiones a partir de sus premisas cuando las premisas y las conclusiones se interpretan como él pretendía que se interpretaran. Por lo tanto es insostenible sostener que Marx incurrió en contradicciones internas y decir al mismo tiempo que el problema no es lo que quiso decir en realidad. Por lo tanto, tasaremos las interpretaciones analizadas aquí sólo en función de su eficacia como “interpretaciones exegéticas” por la capacidad que muestren para fijar el “significado” (en el sentido de Hirch) de algunos de los escritos de Marx. Aunque algunas de esas interpretaciones también son “creativas” y/o “explotadoras”, es correcto analizarlas como interpretaciones exegéticas debido a que sus valedores han abogado por ellas, al menos en parte, con fundamento exegético.

Foley (2000a: 36) hace algunos años, observó atinadamente que “la investigación empírica sobre el desarrollo del capitalismo mundial no debe detenerse porque no hayamos resuelto todas y cada una de las espinosas cuestiones teóricas o interpretativas de la teoría del valor-trabajo”. A la luz de las distinciones bosquejadas anteriormente, debería ser igualmente meridiano que la resolución de la polémica interpretativa específica sobre la teoría del valor de Marx no tiene que esperar a que se alcance un consenso sobre las cuestiones teóricas y empíricas. “¿Ofrece un buen fundamento esta interpretación para el análisis teórico o empírico? y ¿prospera como interpretación exegética de Marx?, son preguntas asaz disímiles, que pueden recibir respuestas diferentes. El hecho de que uno crea que la respuesta a la primera pregunta es afirmativa no es una buena razón para dejar de reconocer que la respuesta a la segunda pregunta es “no”, y viceversa.

4.4 Conocer lo que quiso decir el autor.

Se ha aducido a veces que no podemos saber lo que quiso decir un autor, especialmente cuando, como es el caso de Marx, ya no podemos preguntarle directamente. Este argumento presupone que el autor puede conocer lo que quería decir de un modo que nos está vedado, directamente, mediante la introspección. Las pruebas empíricas indican, sin embargo, que no es el caso. Hogan (25-26, cf. p. 61, pp. 133-34) señala que “muchos estudios psicológicos han apuntado [...que] nuestro juicio introspectivo es extremadamente falible. Incluso en los asuntos corrientes, los análisis de mí mismo son tan inciertos en tanto que inferencia teórica como mis análisis de otras personas, más que informes científicos obtenidos directamente mediante la introspección”. La diferencia entre los problemas que afrontamos al tratar de conocer lo que quiso decir otra persona y lo que quisimos decir nosotros mismos es como mucho una diferencia de grado, no de categoría.

La idea de que no podemos conocer lo que quería decir un autor también se basa con frecuencia en una confusión entre conocimiento y certeza. Nunca podemos estar completamente seguiros de que una particular interpretación es correcta o incorrecta. Pero, como recalcan muchos autores, toda investigación empírica es en este aspecto análoga a la interpretación (ver, por ej. Rescher 2001: 68; Sdgler 1965).

Por mucho que tengamos a nuestra disposición datos empíricos como textos, marcas digitales, estadísticas económicas o lecturas de movimientos de partículas subatómicas, nunca podemos decir con certeza absoluta que una hipótesis explicativa particular, y no otra cosa es una interpretación exegética, es correcta o incorrecta. Esta verdad no implica impedimento alguno para alcanzar un conocimiento más falible y con menos pretensiones. El fin de toda investigación empírica es decantarse, a la luz de los datos actualmente disponibles, por las hipótesis más razonables y descartar las que no lo son tanto. En otros términos, cuando llegamos a la conclusión de que una teoría o interpretación es correcta o incorrecta, queremos significar que la forma en que da cuenta de las pruebas disponibles es razonable (o que no lo es). Todos los autores citados en el párrafo anterior abrigan esta idea de una forma o de otra. Los filósofos de la ciencia del siglo XX nos han enseñado que cualquier teoría puede encajar en los hechos. Pero no todas pueden encajar de forma razonable, y por tanto su razonabilidad relativa constituye el fundamento para descartar algunas y aceptar otras. Lo mismo sucede con la interpretación. El hecho de que no podamos conocer con un absoluto grado de certeza lo que dice un autor no nos da licencia para llegar a la conclusión de que en materia interpretativa “vale todo”. Hasta donde yo sé, ninguna escuela interpretativa afirma que una interpretación es tan buena como otra. Por ejemplo, si bien Fish (1980) da mucha importancia al hecho de que ninguna interpretación es concluyente, lo que parece querer decir con esto es que siempre es posible, al menos en principio, que nuevas pruebas (concernientes a las actitudes, intenciones, preocupaciones, etc. del autor) puedan hacer que una interpretación generalmente aceptada se vuelva insostenible, y afirma no menos de cinco veces en el mismo ensayo que “obramos correctamente cuando descartamos al menos ciertas lecturas”.

En un artículo académico que examinaba un diálogo entre Hippolyte y Derrida acerca de la física de Einstein, Plotnitsky (1997, párrafo. 17), un bien conocido alumno de la deconstrucción, sostiene, análogamente, que su propia interpretación de lo que querían decir es “más razonable” que la interpretación de los científicos que se habían reído de Derrida. También nos exhorta a que cualquier afirmación se someta a “la interpretación más razonable y no a la que transmita un disparate”; en otras palabras, una interpretación debe captar el sentido del texto (Plotnitsky 1997, parrafo. 18). En una réplica posterior a un crítico, Plotnitsky (1998, párrafo. 9, énfasis añadido) llegó a decir que “puede determinarse con un grado de certeza razonable que Hippolyte sugiere la posibilidad de ciertos vínculos entre las ideas de Derrida y la relatividad”.

“Marx and Non-equilibrium Economics” Foley (1997: 494), una crítica que apareció en una colección de 1996 cuestionando las acusaciones de contradicciones lógicas internas en teoría del valor de Marx, escribió que “los escritos de Marx sobre materias económicas son voluminosos, y se encuentran en diferentes estados de revisión. Por tanto es difícil descartar la posibilidad de algunas contradicciones en su […] teoría del valor”. Tiene razón en algo. Como no es posible alcanzar una absoluta certidumbre en materias empíricas, no puede descartarse de modo concluyente que se deslice alguna inconsistencia. Pero como indica el análisis realizado, esto es una cortina de humo. Los críticos de Marx a lo largo del pasado siglo no sólo nos han recordado la inane perogrullada de que existe una posibilidad en abstracto de que existan incongruencias en la Teoría del Valor de Marx. Han dicho que las incongruencias se han demostrado en varios asuntos concretos. Por lo tanto lo que importa es si esas demostraciones son válidas o no, y si no lo son, si es razonable afirmar a la luz de las pruebas disponibles hoy, que Marx incurriera en contradicciones concretas. En vez de abordar esas cuestiones, Foley plantea a priori y de forma abstracta que Marx debe ser considerado culpable hasta que no se acredite su inocencia, invirtiendo la carga de la prueba.

4.5 El Criterio de Coherencia.

Friedrich Schleiermacher, uno de los más destacados fundadores de la hermenéutica escribió que “al igual que la totalidad sólo puede comprenderse a partir de lo individual, lo individual sólo puede comprenderse a partir de la totalidad” (citado en Connolly y Keutner 1988: 10). Trataba de distinguir qué constituía una comprensión auténtica. Entendemos un texto de forma auténtica (por ejemplo) sólo si las partes individuales se armonizan y agrupan como aspectos de una totalidad. Los estudiantes de la interpretación textual han adoptado hace tiempo el criterio de Schleiermacher, que Hirch denominó el “criterio de coherencia”. Por ejemplo parte de la distinción de Kosik (1976: 95) entre una “interpretación sustanciada” y “distorsiones o alteraciones del texto” es que la primera “no dejará pasajes opacos, inexplicados o accidentales en el texto”. En otras palabras, nunca debe ser selectiva, debe explicar el texto como conjunto. Si algunos pasajes no pueden explicarse o son incompatibles con una interpretación, debe considerarse infundada. De modo análogo Rescher (2001: 62) escribe:

“Al interpretar exegéticamente textos filosóficos tratamos de […] eliminar, superar o explicar oscuridades, ambigüedades, conflictos y otros impedimentos a la comprensión”. Incluso un especialista de la deconstrucción como Plotnitsky (1997 nota 6) adopta este criterio y otros “protocolos clásicos” de interpretación, si bien advierte de que “no pueden garantizar unos resultados determinados”.

Pocos críticos de la teoría del valor de Marx al menos abiertamente, se opondrían a estas reglas. Simplemente las hallan inaplicables a los casos en los que han hallado que la teoría de Marx es contradictoria. En esos casos, mantienen no es posible lisa y llanamente conciliar los pasajes contradictorios del texto. Pero este argumento pide el principio. Da por sentado que la incapacidad del intérprete para entender los textos como un todo coherente es culpa del autor, no del intérprete, aunque esa es precisamente la cuestión. La afirmación de que el culpable es Marx tiene que probarse y no asumirse simplemente. Pero como los críticos no logran adoptar un criterio claro para distinguir qué es una interpretación correcta4, no pueden demostrar que la culpa es de Marx y no de ellos. Al carecer de tal criterio, caen presa inevitablemente de un problema común que Hirch (1967: 166) denominó “trampa circular”. Defienden sus interpretaciones de pasajes concretos invocando “lo que escribió Marx” en esos pasajes y en otros lugares. Pero su invocación a “lo que Marx escribió” es en realidad una invocación a sus propias interpretaciones de lo que escribió, no a sus palabras per se, sino a sus palabras como ellos las interpretan. Dicho de otro modo, defienden sus interpretaciones invocando sus interpretaciones.

Esto también lleva a un dogmatismo no deliberado. Cuando los críticos de Marx insisten que sus interpretaciones son correctas porque son “lo que Marx escribió” en realidad están insistiendo en sus interpretaciones sobre lo que escribió. En otras palabras, sus interpretaciones son correctas porque lo dicen ellos. Para evitar caer en el dogmatismo hay que huir de ese círculo vicioso. Uno tiene que aclarar las condiciones en las que estaría dispuesto a conceder que su interpretación es incorrecta. Mantener las propias creencias, pase lo que pase, es precisamente la definición de dogmatismo. Y en ausencia de un criterio claro de competencia interpretativa, es imposible enunciar las condiciones que falsarían la propia interpretación. A lo largo de muchos años he preguntado a muchos críticos de Marx y/o de la TSSI que especificaran esas condiciones, pero nadie ha respondido. La “mejor” respuesta que me han dado es que abandonarían sus interpretaciones si surgieran nuevas pruebas que las desmintieran. Esa respuesta es igualmente una clara petición de principio. ¿Bajo qué condiciones estarían dispuestos a conceder que las nuevas pruebas contradicen sus interpretaciones? Cuando pregunto esto no me responden.

El criterio de coherencia nos permite escapar de esta petición de principio, de la circularidad y del dogmatismo, ya que nos permite elucidar las condiciones bajo las cuales una interpretación debe rechazarse. Wamke (1993: 21) plantea esta implicación con claridad: “la idoneidad de una interpretación textual dada depende de la medida en que puede mostrar la coherencia del texto como un todo unificado”. Por tanto una interpretación que concilia contradicciones aparentes en un texto es superior a otras que, o bien no lo consiguen, o lo hacen en menor grado.

Una interpretación sólida, por tanto, entiende un texto tratando de captar su sentido. Esto implica, en primer lugar, que un intérprete debe intentar desentrañar el sentido del texto. Rosenberg (1984: 73) escribe que “la confirmación de una interpretación filosófica depende de que tengan sentido si los argumentos del filósofo cuando se leen en el sentido sugerido”. También significa que uno tiene que comprender el texto. Por tanto, cuando ciertos pasajes parecen contradecir otros, “la interpretación exige que se eliminen los conflictos aparentes”. (Rescher 2001:64). Muchas veces se eliminan introduciendo distinciones, matices y demás. Los textos de los críticos de Marx ofrecen pocas muestras de haber empleado esos procedimientos antes de descalificar su trabajo por incoherente.

Un texto concreto, por supuesto, puede ser genuinamente contradictorio. Pero se sigue del criterio de coherencia que la acusación de contradicción no debe tomarse inmediatamente por su valor nominal. Por el contrario, debe ser considerada como evidencia prima facie de una incorrecta interpretación. Como señala Warake (1993: 21) “si ciertas partes de un texto parecen contradecir otras, el crítico debe presumir inicialmente que una u otra parte no ha sido bien entendida [por el crítico]”.

Warake (1993: 33) reconoce, por supuesto, que puede no ser posible dar coherencia al texto. Si todos los intentos por hacerlo fracasan reiteradamente, es cada vez más razonable pensar que ciertamente el texto es incoherente. La presunción inicial de que el texto se ha malinterpretado debe dar paso a la conclusión de que la culpa es del autor y no de sus intérpretes. Como hemos visto en el caso de Screpanti, sin embargo, los críticos de Marx han sostenido que su teoría del valor se ha demostrado internamente contradictoria simplemente porque lo es en su lectura de la misma, incluso sí, como demuestra la TSSI, es posible conciliar los textos de Marx. En casos como estos, el criterio de coherencia implica claramente que las interpretaciones que no consiguen conciliar el texto son impropias.

4.6 El “Principio de Exégesis Científica de Stigler.

El gran mérito de George Stigler (1965) en su trabajo “Textual Exegesis as a Scientific Problem” (la exegesis de textos como problema científico” es haber mostrado como aplicar el criterio de coherencia a un trabajo analítico. Su principio de exégesis científica (PEC) dice que una interpretación debería descartarse si no se pueden deducir las principales conclusiones analíticas del autor a partir de sus definiciones y premisas.

La PSE tiene profundas implicaciones en la polémica interpretativa sobre la teoría del valor. Implica que deben ser rechazadas las interpretaciones que generan contradicciones lógicas internas en la teoría de Marx. Las pruebas de las contradicciones de Marx no son sólidas. Y como las pruebas no son sólidas, Marx debe ser absuelto.

Stigler, un economista de la Escuela de Chicago galardonado con el Premio Nobel, formuló este principio en el marco de un debate que trataba del significado de la teoría de Ricardo sobre la demanda de cereales. Haim Barkai (1965) había defendido que la teoría de Ricardo implica que un alza en el precio de los cereales haría descender la cantidad demandada. Stigler argumentaba, por el contrario, que lo que había afirmado realmente Ricardo es que la demanda de maíz es completamente inelástica. Una subida en el precio no llevaría a una reducción en la cantidad demandada.

No me preocupa saber cuál de los dos tenía razón, sino analizar la prueba de competencia interpretativa que planteó Stigler. Protestó por el uso selectivo de citas de Barkai para defender sus tesis. “¿Por qué?” preguntaba Stigler (1965: 448) “¿deberíamos permitir que citas selectivas dominen una interpretación cuando rechazaríamos seleccionar a nuestro gusto los hechos para contrastar empíricamente una hipótesis? En realidad ambos problemas son fundamentalmente idénticos”.

Este punto es crucial porque señala exactamente el problema de citar fuera de contexto, y la razón por las que las luchas de citas no consiguen aclarar las cuestiones. Son medios “acientíficos” de decantarse por una interpretación u otra. Las cuestiones interpretativas son de naturaleza empírica, las pruebas textuales son pruebas empíricas, y por lo tanto el procedimiento científico académico es valorar hipótesis en conflicto sobre el significado de un texto exactamente del mismo modo en que uno valora hipótesis en conflicto sobre el mundo exterior.5 Es preciso comprobar si se ajustan a la evidencia empírica, tomada en su conjunto.

Pero la especial brillantez del artículo académico de Stigler es su aparentemente novedosa comprensión de lo que constituye una prueba empírica en el caso de un texto analítico. Reconoció que las pruebas textuales no se limitan a los pasajes en los que un autor fija sus definiciones y premisas; otra parte de las pruebas consiste en sus conclusiones teóricas. Por tanto Stigler planteó que se juzgue una interpretación de un texto en función de si es capaz de agrupar ambos tipos de pruebas en una totalidad armonizada. La prueba de la validez de una interpretación es su capacidad de deducir las conclusiones teóricas a partir de sus definiciones y premisas:

“La interpretación de un texto debe revelar los conceptos principales de la obra del autor y las relaciones funcionales primordiales entre ellos; […] La confianza que tenemos en nuestra interpretación se acrecienta cuando aumenta el número de sus conclusiones teóricas fundamentales que podemos deducir a partir de (nuestra interpretación) del sistema analítico del autor.

La prueba a la que hay que someter a una interpretación es esclarecer su coherencia con las principales conclusiones analíticas del sistema de pensamiento sometido a análisis. Si las principales conclusiones del pensamiento de un hombre no aguantan una interpretación, y sí otra, hay que decantarse por esta última interpretación (La analogía con el mayor grado de probabilidad es patente)

[…] Esta regla de coherencia con las principales conclusiones puede denominarse el principio de exégesis científica” [Stigler 1965:448]

Vale la pena hacer hincapié en algunas partes de este pasaje. En primer lugar Stigler no dice que la “coherencia con las conclusiones fundamentales” sea un rasgo deseable de una interpretación. Lo plantea como un test de pericia interpretativa. Por lo tanto, debe ser rechazada una interpretación que posee otros rasgos deseables, pero que no pasa el test de coherencia con las conclusiones fundamentales, A la inversa, debe aceptarse una interpretación que se considera inadecuada por otras razones, pero que es coherente con las conclusiones del autor. Uno no puede favorecer la primera interpretación porque la última “confunde nuestra comprensión” del texto. Claramente, si una interpretación no pasa la prueba de competencia interpretativa, su comprensión del texto debe ser considerada un error intelectual. En segundo lugar, como el criterio de coherencia supone que una interpretación que encuentre el texto internamente coherente es mejor que otra que no, lo mismo sucede con el PES. ·Si las principales conclusiones del pensamiento de una persona no resisten una interpretación, y si toleran otra, debe preferirse la última interpretación”.

Por último, la “analogía con la explicación más probable” es una referencia al carácter inferencial de la interpretación. Concluía su artículo académico diciendo:

“Reconozcamos el hecho de que la interpretación de la posición de un hombre, especialmente si es un hombre dotado de una mente sutil y compleja, es un problema de inferencia, que no se puede resolver seleccionando citas”. (Stigler 1965: 450). La estimación de máxima probabilidad es una técnica estadística en la que uno trabaja “regresivamente”, comenzando con los resultados, los datos de la muestra, que después emplea para inferir la relación matemática entre las variables existentes en la población. La relación que uno selecciona es la que es más probable que obtenga los datos observados. De forma análoga, decía Stigler, uno debería emplear las conclusiones de una teoría como prueba de lo que son en realidad sus definiciones y premisas. Uno debería inferir a partir de las conclusiones cómo interpretar pruebas textuales, que de otro modo son ambiguas, en relación con las premisas y definiciones. Por lo tanto al tratar de comprender la teoría de Ricardo sobre la demanda de cereal trabajaba “regresivamente”. Comenzando con la conclusión de que la tasa de ganancia tiende a descender con el progreso de la acumulación de capital, más otras premisas de la teoría de Ricardo, Stigler trató de demostrar que se refería a una demanda de maíz completamente inelástica. Debe ser así, defendía, puesto que la conclusión de Ricardo, que baja la tasa de ganancia, de otro modo no se seguiría lógicamente a partir de sus premisas.

El PEC es una aplicación del criterio de coherencia en dos sentidos. En primer lugar propone que las interpretaciones se sometan a la prueba de su capacidad de conciliar dos aspectos diferentes de un texto, definiciones y premisas por un lado, y conclusiones por otro. En segundo lugar para leer un texto teórico hay que hacer una lectura holística y no lineal. Se niega que el significado de las premisas y definiciones de un autor pueda fijarse centrándose únicamente en los pasajes que las analizan directamente. Por tanto también niega implícitamente que uno pueda valorar si un trabajo es internamente coherente, determinando que sus conclusiones se siguen de una interpretación de sus premisas y definiciones que se practicó con anterioridad sin considerar las conclusiones.

El significado de las premisas se fija cuando una interpretación es capaz de tomar por un lado pasajes con ciertas conclusiones y por otro pasajes que exponen premisas, y conciliar ambos. Y si está claro que debemos ir de las premisas a las conclusiones con el fin de aclarar si un argumento es internamente coherente el PEC preceptúa que también debemos ir de las conclusiones a las premisas para elucidar cuales son realmente las premisas del autor. 6 Esto es un ejemplo clásico de lo que se ha denominado el “círculo hermenéutico”.

4.7 Barkai y Hollander sobre la PSE

Barkai (1967) respondió a Stigler un año después. No es sorprendente que siguiera defendiendo su propia interpretación de la teoría de Ricardo. Lo sorprendente es que Barkai apoyó la PSE de todos modos. Después de citar a Stigler en la frase que encabezaba su réplica, “La prueba que debe pasar toda interpretación es su coherencia con las principales conclusiones analíticas del sistema de pensamiento analizado”. (1967: 75) Notó que “ciertamente se trata de un criterio muy útil, y voy a aplicarlo al caso que nos ocupa”.

Por consiguiente Barkai aceptó los términos del debate tal y como Stigler los había reformulado. Compartía que no era posible saber qué interpretación de teoría de la demanda de cereal era correcta limitándose a analizar pasajes aislados que abordaban directamente la cuestión, o incluso analizando todos esos pasajes. Para que la interpretación de la teoría de Ricardo fuera considerada correcta, concedía Barkai, tenía que poder deducir su conclusión de que la tasa de ganancia desciende con el progreso de la acumulación:

“No niego la posición estratégica de esta ley [de la tasa descendiente de ganancia] en la estructura conceptual de Ricardo. Por lo tanto tendría que conceder que mi interpretación de la posición de Ricardo sobre la demanda no es sostenible, si fuera cierto que una relación de demanda convencional y la ley del descenso de la tasa de ganancia son incompatibles, o que esta última queda debilitada si se aplica la anterior”. [Barkai 1967: 76,]

Barkai procedió por tanto a demostrar su interpretación de Ricardo en la forma propuesta por Stigler. Trató de “mostrar […] que la ley del descenso de la tasa de ganancia, puede deducirse rigurosamente a partir de las premisas del modelo Ricardiano, incluso si uno asume una curva de demanda elástica con pendiente negativa (y no cero)“(Barkai 1967: 76).

Para los que no somos especialistas en David Ricardo, la característica más notable de este debate es que Stigler y Barkai compartían el método pese a discrepar en la sustancia. Ambos autores reconocían que la prueba a la que hay que someter a una interpretación es su capacidad para derivar las conclusiones de un autor a partir de la comprensión de sus premisas, y ambos aplicaron deliberadamente esta prueba al caso que les ocupaba. En los últimos años, otro destacado historiador del pensamiento de Ricardo, también ha adoptado y respaldado el punto de vista de Stigler: que la prueba de validez de una interpretación de un trabajo analítico consiste en su coherencia con las conclusiones fundamentales del texto.

Hollander no tiene ningún problema con el artículo de Stigler de 1965, ya que sus críticas atañen únicamente a otros aspectos de la posición de Stigler sobre la interpretación. Según Hollander (1990: 730-32), Stigler propuso no poner a prueba interpretaciones que fueran contra las principales conclusiones del texto tal y como el autor las formuló. Nuestro objetivo no debería saber qué quiso decir o qué pretendía el autor, sino “maximizar el valor de una teoría para el conocimiento científico”. Por lo tanto, deberíamos formular la “posición teórica central de un texto […] de forma rigurosa y que pueda ser sometida a contrastación empírica” incluso si lo que el propio autor escribió debe “corregirse” para que surjan las hipótesis falsables que queremos obtener. 7. Stigler (1990) respondió al artículo de Hollander, pero no disputó su interpretación de su posición, de modo que Hollander debió entenderle bien.

Sea ello así o no, creo que Hollander (1990: 731, 733) tenía toda la razón del mundo cuando insistía en que “debemos aislar la posición teórica central de los textos sin corrección alguna” y cuando afirmaba que “el requisito principal de la exégesis […] es conseguir que el modelo funcione en los propios términos del autor”. La cuestión es captar el sentido al texto, pero no lo captamos realmente si falseamos o descartamos las pruebas textuales con el fin de crear una apariencia de coherencia. En cualquier caso, la disputa entre Stigler y Hollander se limitaba a cuál versión de las “principales conclusiones” había que usar, las originales del autor o las posiblemente “corregidas” del intérprete. Hollander compartía con Stigler que una interpretación debe ser coherente con las principales conclusiones para que se tenga por correcta. “La regla científica de la exégesis es […] adecuada si se limita a una prueba de interpretación entendida únicamente como la coherencia con las principales conclusiones analíticas”. (Hollander 1990: 131).

4.8. En defensa del Criterio de Coherencia y el PEC.

Aunque tanto Hollander como otros historiadores del pensamiento económico (por ejemplo Graça Moura 2000, nota 25) rechazan la formulación del PEC de Stigler no sé de nadie que objete la idea básica “la prueba de validez de una interpretación es la coherencia con las conclusiones analíticas del texto sometido a consideración”. 8 Y aun así todos los economistas marxistas y sraffianos rechazan dicha prueba implícitamente, ya que nunca la emplean y se niegan a analizar su validez. Por lo tanto tal vez sea necesario plantear argumentos adicionales que la respalden.

A primera vista la PEC puede semejar un “truco”. La interpretación de las definiciones y premisas a la luz de las conclusiones puede parecer a bote pronto algo parecido a la adulteración de los datos estadísticos para alcanzar los resultados que se prefieren. Pero existen tres diferencias fundamentales. En primer lugar aquí no se alteran los “datos” (las afirmaciones de los autores) cuando se interpretan de modo que son coherentes con las conclusiones. La reinterpretación cambia el significado que se atribuye a las afirmaciones, pero no las mismas afirmaciones. Los que insisten en que sus propias interpretaciones son palmariamente evidentes, por supuesto creerán que la interpretación cambia la proposición del autor, porque no logran ver la diferencia entre la proposición y su propia interpretación, pero eso no es lo que ha ocurrido realmente.

En segundo lugar, los datos de los estadísticos se generan de forma autónoma y existen antes de los procedimientos que dan lugar a los resultados estadísticos. Por esta razón adulterar los datos es una praxis fraudulenta. Acaba con la información prexistente. Por el contrario, las interpretaciones de definiciones y premisas no poseen tal estatus privilegiado en relación con las interpretaciones de las conclusiones teóricas. Un solo proceso interpretativo origina ambas. Y las origina al mismo tiempo. Cada intérprete crea sus “datos”, su interpretación de las premisas y definiciones, así como su interpretación de las conclusiones del texto de forma simultánea, en un proceso de ida y vuelta, a fin de tratar de conciliar ambas. La idea de que las definiciones y premisas del “autor” son hechos prexistentes (en relación con las conclusiones) surge claramente debido a que los intérpretes olvidan cómo ellos mismos generaron tales “hechos”.9

Por último, ajustando tus datos, siempre puedes obtener los resultados estadísticos deseados, pero es muy difícil conciliar las diferentes partes de un texto. Todos los intérpretes responsables tratan de hacerlo, pero suelen fracasar. Por lo tanto, una interpretación que prospere a la hora de dar coherencia a un texto debe aceptarse debido precisamente a lo difícil que resulta conseguirlo. Uno puede tratar de explicar tal o cual desatino en un texto imponiendo arbitrariamente una interpretación “forzada”, pero tal procedimiento no puede prosperar si quiere conseguir que las distintas partes de un texto encajen en un todo coherente.

Para ver con más claridad por qué las interpretaciones que logran deducir las conclusiones del autor no son “forzadas”, sino que por el contrario, son más razonables que las que no prosperan en ese punto, considérese el comentario de Rescher sobre la interpretación de los textos que tienen un rasgo de “recetario”. “Cuando un texto […] tiene un aspecto de manual de instrucciones, ya sea a pequeña escala (recetas para hornear el plan, instrucciones para limpiar un rifle) o a gran escala (consejos de mercadotecnia, guías para comprender la poesía latina) […] no nos hallamos en una elasticidad en la que todo vale; algunas formas de interpretar el texto y de llevar a cabo las lecciones de esa interpretación son materialmente más operativas que otras”. (Rescher 2001: 67, énfasis añadido) Nótese ahora como un argumento deductivo se parece a un manual de instrucciones de una receta para hornear pan. Si un panadero hace buen pan y otro (en condiciones parecidas) no, llegamos a la conclusión de que el primer panadero ha comprendido lo que ponía en la receta y el segundo no. O no usó los ingredientes que figuraban en la receta o no siguió los pasos correctamente. Igualmente, manejando las premisas del autor según las reglas de la inferencia lógica, uno debería llegar a la conclusión del autor. Si algunos académicos llegan a esa conclusión y otros no, es muy probable que la interpretación de los primeros sea correcta e incorrecta la de los segundos. Los segundos, bien no interpretaron correctamente las premisas, o no aplicaron adecuadamente las reglas de inferencia. La interpretación del primer grupo es operativamente mejor que la del segundo.

Asimismo puede defenderse el criterio de coherencia y el PEC mostrando que tanto en la vida cotidiana como en diversas disciplinas académicas se usan principios análogos. Ese uso tan difundido de los principios aludidos, especialmente en la vida cotidiana, prueba que se trata de principios de interpretación responsable que se han soportado el paso del tiempo, si es que en verdad no son inevitables. El criterio de coherencia también se ha venido defendiendo cuando usamos en esencia el mismo criterio “siempre que haya algo poco familiar […] en la expresión de los pensamientos por medio del discurso”. (Schleiermacher, citado en Connolly y Keutner 1988: 9, énfasis en el original). Tratamos de comprender las palabras de la persona que habla como un todo coherente, y en dos sentidos. En primer lugar interpretamos las expresiones, palabras concretas, en el contexto del discurso en su totalidad. En segundo lugar, nos decantamos por interpretar su discurso en la forma en que captemos su sentido, siempre que esto sea posible. Quine, siguiendo a Wilson, (1959: 532), denominó a esta práctica “el principio de caridad” e indicó que “el sentido común de la máxima es que la estupidez del interlocutor de uno, más allá de cierto punto, es menos probable que una mala traducción”. (Quine 1960:59).

En antropología se ha adoptado en esencia el mismo criterio. Basándose en informes de primera mano sobre lo que “creen” ciertos pueblos no occidentales, algunos antropólogos y filósofos llegaron a la conclusión de que esa gente era “irracional” al menos para los patrones occidentales. Otro antropólogo (Sperber 1982) puso esa conclusión en tela de juicio. En primer lugar distinguió entre las creencias reales y las “creencias figurativas con un contenido semi-proposicional” Sperber arguyó después que “no hay razón, ya sea teórica o empírica, para suponer que las creencias aparentemente irracionales sobre las que informan antropólogos e historiadores sean creencias reales. […] El mismo hecho de que, cuando se las supone reales, las creencias parezcan irracionales, constituye razón suficiente para suponer, por el contrario, que son creencias figurativas con un contenido semi-proposicional”10 En otras palabras, el mero hecho de que una interpretación de las creencias capte su sentido, mientras que otra interpretación no lo consigue, es razón suficiente para inferir que la primera interpretación es correcta y la última falsa.

Darwin invocó algo parecido al criterio de coherencia cuando defendía su teoría de la selección natural frente a sus críticos, como ha señalado recientemente Rescher (2001: 140) Sus críticos ponían en duda su teoría porque no había pruebas directas que la sustentaran; el cambio evolutivo no ha sido observado. Darwin (1872: 421) reconoció este hecho pero sostuvo que “difícilmente puede suponerse que una teoría falsa explicaría, de manera tan satisfactoria como lo hace la teoría de la selección natural, las diversas clases de hechos que hemos notado anteriormente. Se ha objetado recientemente que es un método poco fiable de argumentar; pero es un método que se emplea al valorar los acontecimientos cotidianos de la vida, y se ha venido empleando por los más grandes filósofos naturales”. Puesto que, en su interpretación de las pruebas indirectas, “varias diversas clases de hechos” se vuelven un todo coherente, efectos de un proceso único, Darwin llegó a la conclusión de que su interpretación era correcta.

Como hemos visto, el propio Stigler defendió el PEC argumentando que en las ciencias se emplean y aceptan por lo general principios parecidos, particularmente en el trabajo estadístico. También se han empleado estos principios por historiadores de las ideas fuera del campo de la economía. Por ejemplo, Thomas Kuhn llegó a la conclusión de que la física de Aristóteles, especialmente lo que escribió sobre el movimiento, que se ha considerado absurdos, se han malinterpretado mucho tiempo. Lo que convenció a Kuhn de esto fue su “descubrimiento de una lectura de la física Aristotélica que captaba el sentido de los textos” (Kuhn 2000: 17, énfasis añadido) Por supuesto, eso no significa que Kuhn opinara que las teorías de Aristóteles fueran verdad.

Igualmente, Freudenthal (1986), un historiador de la ciencia, analizó cuatro tesis en Principia Mathematica de Newton que parecían un sinsentido. Defendió que el fundamento de las tesis de Newton era una serie de supuestos cierta e implícita sobre las propiedades de las partículas. Respaldando el argumento de Freudenthal Chalmers (1990: 107), un filósofo de la ciencia, escribe: “La razón principal para pensar que Newton supuso que las partículas tienen propiedades es que, una vez que eso se supone, otros argumentos y afirmaciones problemáticos en Principia tienen sentido”.

4.9 Las respuestas de los críticos.

Pocos críticos de la teoría del valor de Marx y/o de la TSSI han considerado necesario responder a la alegación de los teóricos de la TSSI que el criterio de coherencia y el PEC tienen peso en la polémica interpretativa sobre la teoría del valor. Los únicos artículos que han abordado la cuestión son los de Moseley (2000a) y Mohun (2003). Moseley (2000a, introducción, énfasis en el original), defendió su SSSI frente a la TSSI rechazando el principio de exégesis científica:

“Andrew Kliman sugiere que el criterio para decantarse por una interpretación u otra en relación con la idea de Marx tenía del capital constante es qué interpretación puede conseguir derivar de ella las principales conclusiones de Marx (sobre todo la tasa descendiente de ganancia) Discrepo. Defiendo que el criterio principal para decantarse por una u otra interpretación de la determinación del capital constante en el supuesto de un cambio en el valor de los medios de producción es lo que el propio Marx escribió sobre el tema […] Cada vez que Marx escribió concretamente sobre la materia, supuso que el capital constante se valora a los precios de reposición corrientes, en el sentido indicado anteriormente. En tal situación, no tiene sentido aceptar la interpretación de Andrew de la valoración del capital constante simplemente porque esta interpretación facilita derivar una tasa descendiente de ganancia. Puede ser así, pero esta interpretación contradice todo lo que Marx escribió sobre el tema. Puede que si los textos fueran más ambiguos, el criterio de Andrew fuera más adecuado. Pero en este caso, los textos son inusualmente claros y sólidos en los manuscritos de Marx”.

Resulta interesante que Moseley descarte la idea de someter a prueba su interpretación de Marx comprobando si se puede emplearse para deducir una tasa descendiente de ganancia. Como se ha visto, ni Stigler ni Barkai mostraron reserva alguna en poner a prueba sus interpretaciones de este modo. Parte de la razón por la que Moseley rechaza dicha prueba se debe a que contrapone de modo falaz “lo que el propio Marx escribió” con la derivación de la tasa descendente de ganancia, como si se tratara de la “facilidad” con la que distintas interpretaciones pueden hacer caer la tasa de ganancia. De lo que se trata en realidad es de la capacidad de las diferentes interpretaciones para conciliar dos aspectos del texto, las premisas y las conclusiones. La pregunta es: ¿qué interpretación de las premisas que “el propio Marx escribió” es conciliable con las conclusiones sobre la ley de la tendencia al descenso de la tasa de ganancia (LTDTG) que “el propio Marx realmente escribió” también?

Pero Moseley rechaza fundamentalmente la PSE porque se niega (sin explicar la razón) a aceptar que las interpretaciones deben evaluarse por su capacidad para conciliar los textos en conjunto. Nótese que, en vez de tomar en cuenta todos los escritos de Marx, no considera más que “lo que Marx escribió concretamente sobre este tema”. Además, su definición “del tema” es muy estrecha. No sólo la LTDTG no es parte de “este tema”, sino que tampoco lo es la teoría global de Marx acerca cómo se determina el valor del capital constante. Para Moseley “este tema” se limita a lo que escribió Marx específicamente sobre la determinación del valor del capital constante en el supuesto particular en que se altera el valor de los medios de producción. Esta definición del tema le permite descartar como irrelevantes muchos pasajes en los que Marx dice que el componente del capital constante de los valores de las mercancías se valora temporalmente (ver sección 6.4, más adelante) ¡Moseley sostiene que estos pasajes son irrelevantes porque no abordan explícitamente el supuesto en el que cambian los valores!11

¿Por qué son irrelevantes esos pasajes? Lo que realmente está defendiendo Moseley es que una afirmación general nunca se aplica a un caso particular a menos que incluya tal caso particular de modo explícito. Pero eso sencillamente no es así; las afirmaciones generales se aplican automáticamente a todos los casos concretos que no excluyen expresamente. Por ejemplo, si digo “las vitaminas son buenas” sin decir explícitamente todos los casos particulares a los que pretendo aplicar mi afirmación (“. . . en los meses que acaban en “r” y en los años en que Brasil gana la copa del mundo, y cuando hace buen tiempo, y cuando deja de gustarte el reggae…”) ¿acaso es mi afirmación inaplicable a esos casos? Y de modo similar, Marx escribió en el comienzo de El Capital que el trabajo abstracto es la sustancia del valor, sin especificar que esta afirmación se aplica al supuesto en que se intercambian los valores de las mercancías. ¿Es que esa afirmación es irrelevante para ese supuesto? Por supuesto que no.

Moseley (2000a: sección 2.3, énfasis añadido) sostiene, sin embargo, que “implícitamente, todos esos pasajes [en los que Marx analiza la determinación del valor del capital constante en términos temporalistas] suponen que el valor de los medios de producción no cambia”. Pero no aporta ninguna prueba que respalde su aserto, y no parece haber ninguna prueba. Por consiguiente lo considera por lo visto como una deducción lógica: como los pasajes no dicen explícitamente que se aplican al caso en que cambian los valores, implícitamente supone que los valores no están cambiando. ¡Esto equivale a decir, que puesto que mi afirmación “las vitaminas son buenas” no concreta que se aplica a los meses que acaban en “r” su alcance se limita implícitamente a los meses restantes!

Moseley defiende asimismo que las pruebas que respaldan sus tesis son demasiado claras como para que el PEC resulte aplicable. El primer criterio de competencia interpretativa es que la interpretación se corresponda con los textos; el PEC “podía ser” apropiado si los textos son ambiguos, pero no ocurre en este caso. El problema de este argumento, por descontado, es que las pruebas respaldan la interpretación de Moseley únicamente si se acepta excluir muchas otras pruebas, si se interpretan las pruebas restantes como hace él, y si se acepta su limitación del problema. (Lo limita a la “determinación del capital constante”, y yo pienso que esta expresión mezcla procesos distintos, y que no interpreta bien los textos debido a ello). En esas circunstancias, ¿qué sentido tiene apelar a “lo que Marx escribió”? Estamos atrapados en una discrepancia interpretativa de una índole tal que no se ha podido escapar de ella, salvo si invocamos el criterio de coherencia.

Al rechazar tal criterio, sin embargo, Moseley no puede sino caer presa del razonamiento circular y del involuntario dogmatismo al que aludí anteriormente. No le queda más remedio que justificar su interpretación de lo que Marx escribió apelando a (su interpretación) de lo que Marx escribió, y no le queda otra que insistir en que su interpretación es correcta porque es su interpretación de lo que Marx escribió. 12

La reciente réplica de Mohun a Kliman (2001) es mucho más alentadora. Es el primer crítico de la TSSI que reconoce que, con el fin de valorar adecuadamente la propiedad de las diferentes interpretaciones de la teoría marxiana del valor, es necesario un “criterio claro de decidibilidad”. (Mohun 2003: 97). Si bien no apoya explícitamente el PEC, que denomina “criterio de replicación” (Mohun 2003: 97), Mohun lo utiliza para poner a prueba la corrección relativa de la TSSI y de la Nueva Interpretación (NI) como interpretaciones de la teoría del valor de Marx que consideran que la explotación es la fuente de toda ganancia. Llega a la conclusión de que tanto la TSSI como la NI son igualmente defectuosas, mientras que yo pienso que esta conclusión no es correcta (ver Kliman y Freeman 2006 y las secciones 10.6 a 10.8, más adelante)

Aun así confío en que esta polémica concreta pueda zanjarse de forma relativamente rápida y sencilla, porque ambos estamos apelando a un criterio explícito de corrección interpretativa, y en particular porque ambos apelamos al mismo criterio. Si otros críticos de la TSSI siguen la estela de Mohun y emplean el PEC igualmente, hay buenas razones para creer que la polémica interpretativa sobre la teoría del valor de Marx pueda quedar zanjada de una vez por todas.

Notas.

1. Aunque los valedores de la TSSI y de la SSSI comparten que los valores son la adición de dos componentes, rechazan otros aspectos de la formulación de Screpanti que tampoco consigue demostrar.

2. Para un análisis anterior del artículo académico de Screpanti, ver Kliman (2006b)

3. De otro modo, todos los argumentos podrían ser juzgados internamente contradictorios. Los lectores siempre pueden interpretarlos de manera que parezcan absurdos, justificando sus interpretaciones diciendo “es así como entiendo los términos del argumento” o “es una forma útil de comprender los términos del argumento” (las interpretaciones que hacen los argumentos de Marx internamente contradictorios han sido en verdad muy útiles para sus críticos), etc., y no habría forma de descartar estas prácticas.

4. Un artículo reciente de Mohun (2003) que analizo más adelante, es claramente la primera obra no partidaria del TSSI que emplea tal criterio.

5. “Existen estándares académicos, y cualquier proposición sobre el mundo real debe ser correcta o incorrecta. Incluso cuando ese mundo real es el estado mental o las intenciones de un autor al componer su obra, es perfectamente posible, al menos en principio, poner a prueba la validez de las hipótesis y las inferencias […] Es difícil elaborar esos test y subóptima la forma de llevarlos a cabo. Pero en la ciencia, eso no es nuevo”. (Dunbar 1995: 178, énfasis en el original).

6. Un manual reciente sobre técnica filosófica recomienda exactamente el mismo procedimiento: “al averiguar cuáles son precisamente las premisas de un argumento dado, pregúntese a usted mismo la tesis que está tratando de demostrar el argumento. Después pregúntese que en que otras tesis radica el argumento (explícita o implícitamente) para conseguir su demostración” (Baggini and Fosl 2003: 3).

7. En esta frase y en la anterior, todas las palabras y expresiones entre comillas son de Stigler. (1965: 448).

8. Algunos historiadores del pensamiento económico señalan que no siempre es cuestión pacífica saber cuáles son las “principales conclusiones analíticas”. En tales casos, el PEC no puede emplearse para zanjar disputas interpretativas, por supuesto, pero la polémica interpretativa sobre la teoría del valor de Marx no es uno de esos casos. No sé de nadie que niegue, por ejemplo que en la LTDTG, las equivalencias macroeconómicas y la teoría de que la explotación es la fuente de toda ganancia forman parte de sus principales conclusiones analíticas.

9. La resistencia a la idea de que uno no debería trabajar sólo progresivamente, de las definiciones y premisas a las conclusiones, sino a la inversa también, puede tener en parte un origen psicológico. Polya (1988: 230-32) observa que, si bien los matemáticos han empleado regularmente el método regresivo desde la época de los antiguos griegos, la gente suele encontrar arduo ese método, y su hipótesis es que esa dificultad puede tener una raíz psicológica.

10. Aunque Sperber no menciona a Quine, su argumento puede que tenga su origen directo e indirecto en la afirmación de Quine (1060:69) que reza “cuando más absurdas o exóticas sean las creencias que se imputan a un pueblo, más suspicaces tenemos que ser con las traducciones. El mito de los pueblos pre-lógicos sólo marca los extremos”.

11. Como veremos en la sección 6.4, algunos pasajes sí que abordan explícitamente lo que ocurre cuando cambian los valores.

12. En Kliman (2000b), analizo el artículo de Moseley, especialmente las cuestiones sustantivas, con mucho mayor detalle.

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Esto haría las delicias de Ricardo si tuviera la paciencia de leerlo. :sad2:

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Y el tiempo. A ver si un día hago un hueco y me pongo.

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Ricardo Mella escribió:
:lol:

Y el tiempo. A ver si un día hago un hueco y me pongo.



Lo digo por la forma que tienen de interpretarte: ¡y mira que eres claro! :lol:

Por cierto, dime tu correo por MP, que "me se" olvidó. He refinado todo lo que he podido el Capítulo 2 y es el mejor marxism for dumies del mercado. Me gustaría mandarte ese en concreto a ver que piensas. No te asustes que si lo he entendido yo, tú también. Se lo dije al pavo, cuando vi que más o menos lo entendía por fin, dije ¡esto tengo que traducirlo! Si lo entiendo yo, lo entiende cualquiera. :lol:

El libro está terminado, el tema es que quede mejor estilísticamente y ahí estoy, con mis diccionarios y el linguee. Es más divertido ahora porque es elegir la mejor expresión o término y no andar copiando formulakas y haciendo el trabajo bruto. Pero hay que tener un criterio que no viene en ningún manual del traductor, por eso busco feedback con la peña que conozco (y que le interesa eso)

Conceptualmente que lo revisen los profes, que para eso son profes.

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 Asunto: Re: Economía socialista y marxismo.
NotaPublicado: Sab Abr 02, 2016 1:09 pm 
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 Asunto: Re: Economía socialista y marxismo.
NotaPublicado: Jue Abr 07, 2016 4:23 pm 
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Yo.

Citar:
Marx assumes that value is determined by labour time. If productivity increases (that is, you make more stuff in the same amount of time) the price of the stuff (tends to) go down and your rate of profit too. Of course, the "physical profit" goes up, since if you put 10X and get 15X in the same amount of time when prior to that I got 12X my profit may not go down because I produce (and sell) more stuff in the same amount of time. But if the amount of things I produce it´s not so much as the lowering of the price of each unit of stuff I may actually earn less money even in the case I make more stuff in the same amount of time. So simple. And if the premise it´s true, logic as hell. Have I understood it correctly, andrew kliman?


Citar:
Andrew Kliman

Andrew Kliman Yes, Antonio Dorado, except maybe for "assumes." I think Marx would say that the analysis in the book shows this to be the case


I think I finally got it. :P

Si yo lo entiendo, lo puede entender cualquiera. I´m a good standard for the quality of a popularization. :bleh:

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 Asunto: Re: Economía socialista y marxismo.
NotaPublicado: Mié May 11, 2016 12:17 am 
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Hey Polin, al menos D.Guerrero me dice que no he hecho un mal trabajo:

Citar:
Hola, Antonio:

Sí que eché un vistazo a los dos libros y me gustó la traducción. No contrasté con la edición inglesa (bueno, en el de RMC sí, un poco), pero en el propio texto en español ya se veía la necesidad de cambiar alguna cosa; a mí me parece importante que el texto en español quede en algo que suene a español-español, y me gustó. Es una pena que el libro traducido de Kliman ahora mismo no pueda salir porque tiene prioridad el otro, que se está negociando con Pluto. No sé cómo va la traducción de este, FCP.

Confío en ti como traductor, por eso te he mandado a ti el de Tapia. Seguro que te encanta. Por Xabier y por mí, ya puedes empezar cuando quieras...

Salud,
Diego


Esto me recompensa más que la pasta, le he dedicado muuuuucho tiempo (incluso diez días de mis vacaciones a RMC, y todo el rato mirando otros 10 libros por ahí para comprender ciertas partes, más varios libros de mates y estadísticas para tontos y tal, lol)

Si ya veo algo publicado me cago en las bragas.

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 Asunto: Re: Economía socialista y marxismo.
NotaPublicado: Mar May 24, 2016 5:52 pm 
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Un Capítulo para “El Mundo en crisis”, editado por Gugliemo Carchedi y Michael Roberts.
Inversión, ganancias y crisis; Teorías y pruebas.
José A. Tapia. (1)
Analizar los ciclos económicos no es ni más ni menos que analizar los procesos económicos de la era capitalista. […] Los ciclos, no son, como las amígdalas, cosas independientes que pueden ser tratadas por sí mismas, sino, que son, al igual que los latidos del corazón, esenciales para la supervivencia del organismo.
Joseph A. Schumpeter, 1939
1. Introducción.
Los economistas norteamericanos suelen hablar del ciclo económico, los autores británicos prefieren hablar del ciclo mercantil, y buena parte de la profesión desdeña esos términos y alude a las fluctuaciones macroeconómicas. Ciertamente en los dos últimos ciclos se han empleado múltiples términos en la jerga económica para denominar este fenómeno bifronte: ciclos de auge y caída, de expansión y contracción, de crecimiento y recesión, de euforia y pánico y de prosperidad y depresión. También fueron empleados en el pasado, para describir la fase de menguada actividad mercantil o “el ciclo”, términos tales como aversión al comercio, angustia comercial, estancamiento, desplome, recesión o crisis.
Existen discrepancias fundamentales en los autores que se consideran de tradición marxista sobre la teoría marxiana de las crisis así como sobre la causa y naturaleza del fenómeno. 2 Estas discrepancias se extienden al modo en que la idea marxista sobre las crisis debe aplicarse a las dificultades económicas experimentadas en el Siglo XX, e incluso a la terminología que debe aplicarse para analizar estas cuestiones. En el campo de la economía radical o heterodoxa constituye una suerte de sabiduría convencional decir que las crisis que analizaba Marx son distintas de las recesiones analizadas por los economistas convencionales. Si el Buró Nacional de Investigación Económica (NBER) considera que se produjeron recesiones en los años 1895, 1899, 1902, 1907, 1910, 1913, 1918, 1920, 1923, 1926, 1929, 1937, 1945, 1948, 1953, 1957, 1960, 1969, 1973, 1980, 1981, 1990, 2001 y 2007, gran parte de los economistas heterodoxos y autores radicales que escriben sobre cuestiones económicas aluden tan sólo a cuatro crisis del capitalismo norteamericano, que serían una larga depresión a finales del Siglo XIX, La Gran Depresión de los años 30, otra crisis en los años 70 y 80, y la Gran Recesión que comenzó en 2008. Así opinan Foley (2010), Duménil y Lévy (2011:22), Panitch (2013), Shaikh (2016:726), y muchos otros. Hasta donde yo conozco, algunas de las opiniones discrepantes son las de Perlo (1973) y McNally (2010). Para historiadores como Arrighi (2003:527-539) o Wallerstein (2001:23, 2011) las crisis económicas pueden durar décadas, incluso más de un siglo.
Si, como suele mantenerse por autores de simpatías izquierdistas, las crisis pueden durar años, o incluso muchas décadas, y las recesiones propias del ciclo económico en el sentido definido por la economía convencional nunca se prolongan más de varios trimestres en unos pocos años, las teorías para explicar el ciclo económico y las crisis cabe esperar que fueran diferentes. Sin embargo, en las obras que analizan estas cuestiones no es fácil encontrar esta distinción en autores como Marx, Keynes, Kalecki o Minsky, que inspiran en gran medida las ideas sobre las crisis de los economistas heterodoxos del presente.
Con motivo de la crisis financiera global de 2008, se ha incrementado el interés en la teoría de las crisis, la teoría del ciclo económico o en la dinámica macroeconómica, comoquiera que se le llame. Una cuestión principal es si existe una variable o variables clave que ejerzan una influencia fundamental en la economía y sirva como principal determinante de su condición dinámica de expansión o contracción. Este capítulo pasa revista a varios aspectos de las teorías de la crisis, centrándose en teorías endógenas y, especialmente, en el papel de la inversión y la ganancia. Suele suponerse que la teoría de las crisis y la teoría del ciclo económico son la misma cosa, ya que en materias económicas, términos como recesión, crisis o depresión se refieren a la intensidad mayor o menor de este fenómeno propio del capitalismo. Discrepo del punto de vista que afirma que las crisis son fenómenos que duran muchos años. Parto de la idea de que una crisis económica es una breve interrupción de la acumulación de capital, una solución momentánea para resolver conflictos generados por la dinámica interna del sistema, una “erupción violenta que restablece el equilibrio perturbado”. (Marx 1981:357, 1968:497). Mi punto de vista es que los rasgos esenciales que son propios de las crisis económicas pueden encontrarse en lo que los economistas modernos denominan “recesiones” y que lo que Marx denominó el ciclo de crisis industriales es justamente lo mismo que el “ciclo económico” tal y como se define por Wesley Mitchel y el NBER.3
El capítulo comienza con una sucinta exposición del desenvolvimiento de las teorías del ciclo económico, y luego concentra su atención en algunas teorías endógenas, especialmente en el papel que desempeñan la ganancia y la inversión. A reglón seguido se presentarán pruebas empíricas para evaluar en qué medida dichas teorías, concretamente las de Marx, Mitchell, Keynes y Kalecki encajan mejor con los datos empíricos disponibles. Acabo con algunas consideraciones de orden más general.
2. Rasgos generales de las teorías de las crisis.
Las primeras hipótesis sobre el ciclo económico fueron probablemente la teorías del sub-consumo propuesta a finales del siglo XVIII por Lord Lauderdale, Thomas Robert Malthus y Simone de Sismondi. Estos autores atribuían las recesiones en la actividad económica a circunstancias económicas, es decir, a factores endógenos. (Mitchell, 1927: Cap. 1). Se daba una “sobreabundancia generalizada” debido a que el poder adquisitivo en la sociedad no bastaba para comprar el producto. Los salarios, al ser demasiado bajos, no bastaban para que el trabajo adquiriera “lo que él mismo había producido”. Eran por tanto teorías del sub-consumo en la que un poder adquisitivo insuficiente generaba un consumo escaso y eso daba lugar a su vez a bienes que quedaban sin vender y empresas en quiebra.
David Ricardo, John Stuart Mill y la mayoría de los economistas decimonónicos, que convenían con la idea fundamental de Jean Baptiste Say de que siempre hay bastante demanda para comprar la oferta producida, rechazaron estas teorías. Para Say el mercado representa un intercambio de mercancías producidas, de modo que en última instancia un producto se intercambia por otro producto y que además, como recalcó David Ricardo, nadie tiene interés alguno en acumular dinero, que por sí mismo carece de utilidad.
Así las cosas, la producción de mercancías representaría un poder adquisitivo incrementado y es imposible que se dé una sobreabundancia de carácter general, aunque pueda darse un exceso de una índole particular de bienes. Esta argumentación, que más tarde fue bautizada como la Ley de Say, constituiría la presunta razón teórica que evita la posibilidad de “sobreabundancia general”, es decir, crisis de sobreproducción.
Para Gottfried Haberler, en un trabajo seminal que analizaba las diferentes teorías del ciclo económico, las teorías del sub-consumo poseen unas credenciales científicas muy inferiores a otras teorías del ciclo (Haberler 1960) y Joseph Schumpeter (1954:740) insinuó algo parecido, aseverando que la teoría del sub-consumo, “como Marx bien conocía, no merece la menor consideración ya que no toma en cuenta el hecho elemental de que […] si las rentas salariales no pueden adquirir todo el producto a precios que cubran el coste, eso no impediría una producción desembarazada como respuesta a la demanda de los perceptores de rentas no salariales bien por bienes de “lujo” bien por la inversión”. Como veremos, Marx rechazó la Ley de Say, pero por razones muy distintas de las esgrimidas por Malthus y Sismondi.
En las últimas décadas del siglo XIX, con el arma de la Ley de Say, la embrionaria disciplina de la ciencia económica contemplaba desdeñosamente la posibilidad de una sobreabundancia general en los mercados y prestó poca atención a las crisis comerciales y a las cuestiones referentes al ciclo económico. Ciertamente, con la excepción de Marx y Jevons, a los economistas casi no les interesaba este campo (Morgan, 1990:15) y una importante contribución como Les Crises commerciales et leur retour periodique en France, en Angleterre, et aux Etats-Unis provino de un no economista, Clément Juglar, en 1862.
En los años que transcurrieron entre 1870 y el comienzo de la Primera Guerra Mundial tuvieron lugar importantes avances en la ciencia económica. El “ciclo” reemplazó a la palabra “crisis” en el lenguaje y la mente de los economistas y la teoría de las crisis fue reemplazada por teorías del ciclo económico (Besomi 2005; Schumpeter 1954:1123). También era la época en que se plantearon teorías exógenas que atribuían los ciclos económicos a factores astronómicos o biológicos. En los artículos académicos publicados por W. S. Jevons entre 1875 y 1882 y en dos libros obra de H.L. Moore en 1914 y 1923 las fluctuaciones de la economía se atribuían al clima, que a su vez estaba influido por fenómenos astronómicos (las manchas solares según Jevons, el planeta Venus en Moore (Morgan 1990:18-33). En los planteamientos de Jevons y Moore los acontecimientos astronómicos influyen sobre el clima, que a su vez tiene un impacto en la agricultura y consecuentemente en la economía en su conjunto. Sin embargo los datos sobre esa cadena causal fueron juzgados muy deficientes por sus propios contemporáneos como pruebas de estas teorías; años más tarde Wesley Mitchel demostró que ni la producción agrícola ni los precios de las cosechas, sus inventarios o el trasporte de las mismas tenían correlación alguna con los ciclos económicos (Mitchell 1913:239; 1951:58).
La tercera teórica exógena del ciclo económico fue propuesta por el geógrafo Ellsworth Huntington que sugirió que los cambios autónomos en la tasa de mortalidad constituían el factor que espoleaba o deprimía la economía. Una subida en las tasas de mortalidad por causas no relacionadas con la economía provocaría una melancolía general y por lo tanto una disminución del gasto, que llevaría aparejada una ralentización de la economía; a la inversa, un decremento en la tasa de mortalidad aumentaría el gasto y la prosperidad. Hoy casi nadie toma en serio estas teorías (o las conoce) pero son ejemplos paradigmáticos de las oscilaciones entre la prosperidad y la depresión que se atribuyen a fenómenos externos a la economía misma.
A finales de los años 20 las teorías exógenas del ciclo económico hallaron una fuente inesperada de inspiración en la obra del estadístico ruso Evgeny Slutzky, que demostró que mediante la aplicación de ciertas operaciones matemáticas a una serie de cifras aleatorias se podían generar ciclos aparentes. Construyendo sobre la idea de Slutzky, Ragnar Frisch (1933) fue el primero que propuso que las fluctuaciones en el nivel de actividad en las economías industriales modernas pudieran ocasionarse por los efectos de shocks erráticos y no relacionados en un sistema en que, por otro lado, todo estaba relacionado. Frisch propuso separar lo que llamaba el problema del impulso, los shocks discontinuos y aleatorios que aportaban “energía oscilatoria” al sistema, y el mecanismo de propagación, el funcionamiento interno del sistema, que volvían a restaurar el equilibrio. En los años 50 Irma Adelman y Frank L. Adelman demostraron que aplicar perturbaciones a las variables endógenas del mecanismo de propagación así como aplicar shocks aleatorios para “energizar” el sistema permitía que un modelo econométrico de la economía de EEUU mostrara oscilaciones que se parecían a los ciclos económicos observados empíricamente. Según Irma Adelman (1960) ella y su esposo no habían “demostrado que los ciclos económicos tienen un origen estocástico” aunque presentaron pruebas que “invitaban a respaldar esa hipótesis”, lo que sería “especialmente significativo a la luz de la ausencia (hasta la fecha) de una teoría endógena del ciclo económico completamente satisfactoria”.
Si queremos comprender por qué Irina Adelman aludió en 1960 a la ausencia de “una teoría endógena completamente satisfactoria del ciclo económico”, es preciso hacer referencia a que en los años anteriores se había respondido de dos formas distintas a las teorías endógenas del ciclo económico por parte de la teoría convencional. La primera reacción se dirigió contra Jan Tinbergen, la segunda contra Wesley Mitchell.
Timbergen analizó cuestiones económicas con un importante bagaje en física y matemáticas, sin tener educación formal en materia económica. Por consiguiente sus investigaciones tienen un carácter empírico, aplicando métodos estadísticos para hallar regularidades en los datos económicos que le permitieran inferir leyes económicas. En los turbulentos años 30 la Sociedad de Naciones le encomendó investigar la causa de las recesiones económicas.
Timbergen (1939) demostró en sus estudios econométricos sobre el Ciclo Económico que la inversión es la variable fundamental que oscila al alza en las expansiones y a la baja en las depresiones, un hecho que era en gran medida consistente con el enfoque que John Maynard Keynes (1936) había planteado en su Teoría General. Otro hallazgo clave de Timbergen fue que la ganancia ejercía una importante influencia a la hora de determinar endógenamente la inversión, algo que no concordaba con las tesis de Keynes.
En un episodio que saca a relucir la propensión anti-empírica de la ciencia económica, la pionera investigación de Tinbergen sufrió críticas muy duras tanto por parte del propio Keynes como por las luceros nacientes del campo anti-keynesiano, como Milton Friedman (Friedman 1940:657-660; Keynes 1939:558-568). Para ser breves, tanto Keynes como Friedman criticaron de forma virulenta la obra de Tinbergen.
El segundo ataque contra los enfoques endógenos del ciclo económico, tomó la forma del debate de “la medición sin teoría”. Este debate dio comienzo cuando Tjalling Koopmans reseñó el libro Measuring Business Cycles, obra de Arthur Burns y Wesley Mitchell (Koopmans 1947:161-172).
Wesley Mitchell había publicado sus puntos de vista sobre el ciclo económico ya en 1913, cuando había conceptuado el ciclo, en esencia, como una fluctuación en la producción de bienes de capital, es decir, en la inversión, que a su vez iba seguida de una fluctuación en la ganancia. Sus puntos de vista habían coexistido en la economía convencional con una serie de enfoques mal definidos sobre el ciclo económico. Cuatro años después, Mitchell seguía convencido de que los ciclos económicos se determinan de forma endógena, como demuestra a las claras el hecho de que en 1941 volvió a publicar su libro casi sin cambios y con el título “los Ciclos Económicos y sus Causas”.
Además, en 1944, publicó un artículo en el New York Times en el que aseveraba que no existía nación alguna que hubiera encontrado una solución al problema de operar con un sistema de libre empresa “sin que cada pocos años surja una erupción de desempleo”. Ese tipo de consideración no armoniza muy bien con las tesis de los keynesianos, que siguiendo las ideas de la Teoría General, pronto sostendrían que el ciclo económico puede tenerse bajo control. Así que Paul Samuelson sostuvo en 1955 que mediante las políticas fiscales y monetarias apropiadas “podemos tener pleno empleo y la tasa de formación de capital deseada (citado por Bowles and Edwards 1985:355).
En la reseña de Measuring Business Cycles, Tjalling Koopman criticaba a Burns y a Mitchell por presentar “mediciones sin teoría”. Desde los círculos Keynesianos Alvin Hansen (1949) se hacía eco de Koopman aseverando que “en ningún momento Mitchell pudo revelar las fuerzas rectoras del ciclo económico”, y se expresaron puntos de vista parecidos por parte del campo no keynesiano por parte de Robert A. Gordon (1961). A partir de los 50 fue creencia común en el mundo económico que Mitchell sólo era un empírico que había descrito algunos patrones interesantes sin ir más allá de la superficie de los fenómenos económicos. Como lo expresó un economista marxista mucho más tarde, Mitchell describió “el auge y la caída de la economía casi sin teoría” (Devine 1986).
Analizar más pormenorizadamente la reacción de los economistas convencionales contra Tinbergen y Mitchell va más allá de las pretensiones del presente capítulo. Baste decir que dichas reacciones se produjeron en un contexto en el que la profesión económica se mostraba cada vez más inflexible a la hora de negar precisamente la aseveración de Wesley Mitchell, que los periodos alternos de prosperidad y depresión son inevitables y que la ganancia es una variable clave dentro del ciclo, algo que quedaba respaldado empíricamente por los propios análisis econométricos de Tinbergen. Los keynesianos y los antikeynesianos discrepaban en muchas cuestiones, pero todos compartían que se podía poner fin a los ciclos económicos, ya fuera con las políticas de Keynes, interpretadas adecuadamente, o con las “no políticas” de laissez de Friedman. En tal contexto, las ideas de Tinbergen y Mitchell eran un obstáculo que había que eliminar, y por lo tanto fueron primero marginadas y a renglón seguido olvidadas.
Al mismo tiempo, el enfoque de que los ciclos económicos se determinan de forma exógena por medio de sacudidas aleatorias fue haciéndose fuerte en la ciencia económica entre los años 60 y 70. Los debates entre keynesianos y monetaristas durante la decadencia de las políticas keynesianas pueden contemplarse como discusiones sobre que partes del mecanismo de propagación planteado por Ragnar Frisch y los Adelman eran más trascendentes en la dinámica económica, pero la idea misma de que los ciclos económicos se generan de forma exógena no fue discutida. Las teorías del ciclo económico basadas en el monetarismo y las expectativas racionales tenían un carácter plenamente exógeno, y los nuevos keynesianos adoptaron cada vez en mayor medida la idea de que las recesiones son ocasionadas probablemente por factores que tal vez sean exógenos, aunque mediados por diferentes suertes de fallos del mercado, más que por los “espíritus animales” que había propuesto Keynes.
Después de unas décadas que Paul Krugman denominó la Edad Oscura de la macroeconomía, el campo estaba poblado por una gran diversidad de enfoques y de ignorancia sobre los ciclos económicos. Una escuela prominente era la del Ciclo Económico Real, en la que los ciclos económicos se conceptúan como la consecuencia de una economía que tiende a equilibrarse por sí misma en respuesta a acontecimientos aleatorios que la afectan. Los valedores de esta teoría suelen aludir, siguiendo la tradición de Schumpeter y Hayek, a las innovaciones o “colisiones” tecnológicas como la causa de las fluctuaciones económicas.
Se plantearon otros factores exógenos, como los cambios demográficos, la influencia política o los cambios en los precios relativos. Esta índole de “sacudidas” suele traerse a colación sin concretar su naturaleza, si bien hay excepciones como la de James Hamilton (1988, 2011) que siempre ha considerado que los precios del petróleo son un factor determinante en las recesiones. (4)
En el campo de la ciencia económica actual los puntos de vista sobre el ciclo económico son ciertamente abigarrados. Hay autores que respaldan teorías de los ciclos económicos determinados por factores exógenos, austriacos, monetaristas, valedores de la teoría del ciclo económico real, junto con economistas que consideran que tal vez las fluctuaciones de la economía de mercado se deban a factores endógenos, como los seguidores de Samuelson, los keynesianos, los neokeynesianos, los poskeynesianos, los institucionalistas y los economistas socialistas. (5) Sin embargo, como pasaremos a explicar a continuación, muchos economistas, si no la mayoría, no abrigan una teoría particular del ciclo económico. Habiendo sido educados en el reino de la Ley de Say donde las crisis no pueden existir, no saben muy bien qué hacer cuando tienen que explicar los malos tiempos.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Economía socialista y marxismo.
NotaPublicado: Jue May 26, 2016 9:32 pm 
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Es bien conocido que la profesión económica no se lució precisamente a la hora de vaticinar la crisis global que fue bautizada más tarde como la Gran Recesión y que tomó desprevenidos a la mayoría de los macro-economistas. Como lo expresó Nicolás Mankiw (2010:B6) la Gran Recesión “tomó a contrapié a la mayoría de los economistas”. Esto llevó a muchas personas que no eran economistas (como la Reina de Inglaterra) a preguntarse de qué servía una profesión que se supone que trata de cuestiones económicas pero que había sido incapaz de predecir una perturbación económica de tal magnitud. (6) Claramente, la presencia o ausencia de “talento” para predecir perturbaciones económicas no está vinculada con la presencia o ausencia de poderes adivinatorios, sino con la capacidad de las teorías económicas para explicar los ciclos económicos, y a día de hoy, están en mantillas, por decirlo con suavidad. Esto queda demostrado por el hecho de que en los años recientes economistas distinguidos han llegado a decir que no se conoce las causas de las recesiones y que estas son impredecibles. Edward Leamer (2010:31-46), dijo literalmente que “la comprensión de los efectos causales en la macroeconomía es virtualmente nula, y lo seguirá siendo” y la premio nobel Eugene Fama aseveró que los economistas no sabían qué ocasionaba las recesiones. (Cassidy 2010:28). Nicolás Mankiw, que desempeñó un importante papel como asesor económico del gobierno de los Estados Unidos, cree que es imposible en principio predecir las recesiones, ya que las fluctuaciones económicas no siguen ningún patrón predecible (Mankiw 2009), por lo que las recesiones futuras sucederán “en alguna fecha desconocida por alguna razón desconocida”. (Mankiw 2010).
Aunque muchos economistas compartirían este punto de vista, otros discreparían, ya que han planteado y defendido con vehemencia a veces la razón por la que hay crisis, o, más en general, las causas del ciclo económico. Para muchos profesionales las fluctuaciones de la economía (incluso cuando son brutales) deben verse en el marco de una capacidad propia del Sistema de libre empresa para equilibrarse, por lo que las ondulaciones de la economía entre periodos de prosperidad y de ruina serían meras manifestaciones de la reacción de la economía frente a “sacudidas” exógenas. ¿Cuál es la naturaleza de estas sacudidas? Muchos economistas se contentan con dejarlas sin definir, pero los que siguen la tradición de Hayek y Friedman aluden a acciones poco prudentes de los gobiernos o de los Bancos Centrales (Schwartz 2010, Butler 2010), o picos en los precios del petróleo que se deben a una diversidad de factores, como guerras, revoluciones o actividad de los cárteles. (Hamilton 1988, 2009). También se allude a causas más complicadas, por ejemplo acontecimientos idiosincrásicos que afectan a grandes empresas y que se propagan a través de redes (Gabaix 2011, Acemoglu et al. 2012), o simplemente una mezcolanza de factores que generan incertidumbre económica (Bloom 2014).
El punto de vista alternativo de que las crisis económicas tienen causas endógenas, o lo que es lo mismo, que el ciclo económico se determina por el propio funcionamiento interno del sistema de mercado es hoy en día muy minoritario en la profesión económica. Este punto de vista es característico de dos autores que hicieron mucha teoría sobre las crisis económicas, Marx y Mitchell, pero como las ideas de estos autores son poco menos que desdeñadas por la economía moderna, el punto de vista de que los ciclos económicos son endógenos se asocia por lo común, de forma bastante impropia, como explicaré, con los componentes izquierdistas de la escuela Keynesiana, representados por ejemplo por Kalecki (1954), Robinson (1979), Minsky (2008), y los modernos seguidores de la economía poskeynesiana. Sin embargo, la distinción entre las teorías endógenas y exógenas del ciclo económico es importante debido a que, como supo expresarlo muy bien Thomas E. Hall “implican un comportamiento muy diferente de la economía” de modo que los autores que son partidarios de factores exógenos como causas del ciclo económico tienden a contemplar la economía de mercado como “intrínsecamente estable aunque sacudida de vez en cuando por fuerzas exteriores” mientras que los teóricos endógenos “consideran generalmente la economía de mercado como algo inestable y sujeto a ciclos económicos que se auto-generan”. (Hall, 1990:10).
Para poner fin a esta esquemática exposición debemos aludir al papel de los salarios en las teorías del ciclo económico, ya que para muchos economistas y comentaristas económicos los salarios son una variable clave en la explicación de las recesiones. Es cierto que los salarios constituyen la mayor parte del consumo, y el consumo es el principal producto del producto nacional. Por lo tanto la idea de salarios demasiado bajos que llevan a consumir poco, lo que deprime la economía, parece razonable y figura en muchas explicaciones de las crisis económicas. Es el tradicional enfoque del subconsumo. Pero otros autores que también consideran que los salarios son una variable clave para explicar el ciclo económico dicen que la verdad es lo contrario, que el factor que lleva a la recesión son salarios demasiado altos.
Este era el punto de vista que adoptó un día Arthur Pigou (1927) y que ha respaldado recientemente Lee Ohaniann (2008), un representante muy cualificado de la escuela del Ciclo Económico Real. En este marco teórico, elevados salarios, provocados por un factor exógeno, a saber, la influencia perturbadora de los sindicatos en el equilibrio del mercado laboral, supone unos costes que las empresas no se pueden permitir, lo que asfixia a la producción y lleva a la decadencia económica subsiguiente.
Por consiguiente, según esta teoría, una reducción de los salarios incrementaría la actividad empresarial y estimularía la economía Una perspectiva similar aportan aquellos que apoyan la hipótesis del estrangulamiento de la ganancia (Boddy and Crotty 1975; Boldrin and Horvath 1995; Bhaduri and Marglin 1990) en la que los salarios demasiado elevados llevan a la recesión por medio del lado de la demanda. La cadena causal pasaría en este caso de elevados salarios a ganancia baja, y la ganancia baja llevaría a una inversión reducida y la existencia de bienes invendidos que caracteriza las recesiones. Algunos autores que sustentan esta teoría parecen abrigar también enfoques de sub-consumo, ya que no hacen tanto hincapié en el papel de la inversión en los ciclos de negocios sosteniendo que “con una respuesta relativamente débil de la inversión en la rentabilidad […] el consumo desempeña el papel principal en la demanda efectiva. (Bhaduri and Marglin, 1990). En el enfoque de sub-consumo puro, salaris demasiado bajos generan un escaso poder adquisitivo por lo que a los bienes de consume respecta, reducen la demanda agregada y dan lugar a recesiones, por lo que un aumento de los salarios durante una recesión estimularía la recuperación. Este era, ciertamente, el enfoque de Michael Kalecki (1984), que fue empleado posteriormente por diversos autores de izquierdas, como David Harvey (2010) para explicar la crisis de 2008. El enfoque de Kalecki será analizado más detalladamente en el contexto de una revisión de diversas teorías que consideran que la inversión es la variable predominante en el ciclo económico.
3. La inversión como determinante del ciclo: Kalecki y Keynes.
Hoy en día suele convenirse en que Michael Kalecki descubrió de forma autónoma muchos elementos de lo que se denominaría después la teoría Keynesiana. Muchos compartirían incluso que la teoría de Kalecki es superior a la de Keynes en aspectos esenciales. En cualquier caso, como se verá, tanto para Keynes como para Kalecki y para toda la escuela keynesiana, la inversión es la variable clave que explica la dinámica macroeconómica, y que resulta por consiguiente más determinante en el ciclo económico.
En los primeros años de la Gran Depresión Kalecki publicó varios artículos en Przegląd Socjalistyczny, una revista socialista polaca independiente. Kalecki no tenía estudios formales, nunca acabó la carrera de ingeniería. Se ganaba la vida como periodista económico y como analista para el Instituto Polaco para el Estudio de los Precios y los Ciclos Económicos. Esto probablemente explica la razón por la que publicaba en una revista socialista con un seudónimo. Como Henryk Braun, Kalecki (1990:37-53) comentó a principios de los años 30 distintos aspectos de la depresión mundial. En uno de esos artículos aludió a Keynes como “un representante del imperialismo británico” y “posiblemente el economista burgués más destacado”. (Kalecki 1990:45-47). En “¿es posible superar la crisis dentro del capitalismo? (1932), Kalecki argumentaba que durante una crisis la inversión se reduce y es precisamente aquí donde uno debería buscar el comienzo de los procesos que volcarán el ciclo económico.
“Debido al hecho de que durante una crisis la inversión está en un nivel inferior que la exigida por la reproducción simple (el mantenimiento) del capital existente, ese capital se va agotando gradualmente. Las máquinas no usadas o anticuadas se convierten en chatarra que se vende y se compran máquinas nuevas. Además, un número considerable de máquinas, y bienes de equipo en general, no han sido mantenidas o adaptadas correctamente, y también pueden quedar obsoletas (debido al progreso tecnológico) y por lo tanto sólo se pueden usar parcialmente. Por otro lado, puesto que en cierta fase de la crisis la producción de bienes de consumo comienza a reducirse por lo general más despacio que la tasa de esta contracción de los bienes de capital, existe una necesidad real de emplear más completamente el capital existente, lo que requiere inversión a su vez. Por lo tanto hay una oportunidad mejor de intensificar la producción de capital , que es el fundamento básico de la superación de la crisis […] En un análisis final, […] de aquellos componentes del mecanismo del capitalismo que podrían formar el fundamento para superar la crisis, la contracción de los bienes de capital ocasionada por la reducción de la inversión (y también por la bajada de los stocks) debería ser colocada en primer lugar [...] Por último, deberíamos aludir a otra posibilidad más, a saber una cierta forma de inflación consistente de estados individuales o grupos de estados que comiencen grandes obras de inversión pública, como la construcción de caminos o canales, y que se financien con préstamos gubernamentales que floten en el mercado financiero, o con créditos especiales del gobierno obtenidos de sus bancos. Esta clase de operación puede incrementar el empleo un tiempo, aunque por otro lado demorará los procesos de ajuste automáticos y naturales que pueden llevar a superar la crisis”. (Kalecki 1990:51-53).
Esta cita muestra que Kalecki ya había desarrollado una teoría muy sofisticada del ciclo económico en 1932. El esquema teórico de Kalecki se desarrolló aún más en una pequeña obra titulada Próba teorii koniunktury, “Ensayo sobre la teoría de la coyuntura económica”, que fue publicado por el ISBCP en 1933, cuando Kalecki también expuso sus puntos de vista sobre el ciclo económico en la Econometric Society. En 1935, traducciones condensadas de esta obra se publicaron en Econometrica y Revue d’économie politique. En 1936 Kalecki estaba planeando escribir una exposición general de sus ideas macroeconómicas en un libro, hasta que leyó la Teoría General de Keynes. Era el libro que quería escribir Kalecki, y se sintió muy defraudad porque Keynes le ganara por la mano. (Shackle, 1967:127).
Frente a los humildes orígenes de Kalecki, al que no conocía casi nadie ni en su Polonia nativa ni en el extranjero, Keynes, cuando publicó su famosa obra, era ya un economista prestigioso editor del Economic Journal y que había ostentado puestos importantes en la administración del gobierno británico. En su Teoría General Keynes consideraba que el ciclo económico se ocasionaba por un cambio cíclico en la eficiencia marginal del capital, aunque se complicaba, y con frecuencia se agravaba, por cambios vinculados con otras variables significativas a corto plazo del sistema económico. (Keynes 1936:313).
Para Keynes la eficiencia marginal del capital es la tasa esperada de retorno del mismo. En términos de la economía política decimonónica, es la tasa de ganancia esperada, y para Keynes no dependía “solamente de la abundancia o escasez existente de bienes de capital y del coste corriente de los bienes de capital, sino en las expectativas presentes del futuro rendimiento de los bienes de capital”. (Keynes 1936:315).

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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NotaPublicado: Vie May 27, 2016 12:55 am 
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El Maestro Golpeador escribió:
Una de las consecuencias de la crisis de las burbujas es la adhesión de la izquierda mas radical a las tesis LIBERALES de Keynes, mas recientemente desarrolladas por el igualmente liberal Krugman


Mira, an honest-to-god comentary (se agradece, siga por ese camino). Pues así es, precisamente estos dos que traduzco (Tapia y Kliman) meten leña a ese relato convencional de la mayoría de la izquierda. Por que ese relato convencional viene a decir que la culpa de la crisis es del "neoliberalismo" de esos señores muy malos que empezaron a mandar en los 80. Por consiguiente, si ponemos señores buenos con políticas buenas, pues volveremos a estar tan bien como antes y ya no habrá crisis. No hay nada intrínsecamente malo en el capitalismo, sólo en el "neoliberalismo" y en la "financiarización".

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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NotaPublicado: Mar May 31, 2016 7:44 pm 
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3. La inversión como determinante del ciclo: Kalecki y Keynes.

Hoy en día suele convenirse en que Michael Kalecki descubrió de forma autónoma muchos elementos de lo que se denominaría después la teoría Keynesiana. Muchos compartirían incluso que la teoría de Kalecki es superior a la de Keynes en aspectos esenciales. En cualquier caso, como se verá, tanto para Keynes como para Kalecki y para toda la escuela keynesiana, la inversión es la variable clave que explica la dinámica macroeconómica, y que resulta por consiguiente más determinante en el ciclo económico.

En los primeros años de la Gran Depresión Kalecki publicó varios artículos en Przegląd Socjalistyczny, una revista socialista polaca independiente. Kalecki no tenía estudios formales, nunca acabó la carrera de ingeniería. Se ganaba la vida como periodista económico y como analista para el Instituto Polaco para el Estudio de los Precios y los Ciclos Económicos. Esto probablemente explica la razón por la que publicaba en una revista socialista con un seudónimo. Como Henryk Braun, Kalecki (1990:37-53) comentó a principios de los años 30 distintos aspectos de la depresión mundial. En uno de esos artículos aludió a Keynes como “un representante del imperialismo británico” y “posiblemente el economista burgués más destacado”. (Kalecki 1990:45-47). En “¿es posible superar la crisis dentro del capitalismo? (1932), Kalecki argumentaba que durante una crisis la inversión se reduce y es precisamente aquí donde uno debería buscar el comienzo de los procesos que volcarán el ciclo económico.

“Debido al hecho de que durante una crisis la inversión está en un nivel inferior que la exigida por la reproducción simple (el mantenimiento) del capital existente, ese capital se va agotando gradualmente. Las máquinas no usadas o anticuadas se convierten en chatarra que se vende y se compran máquinas nuevas. Además, un número considerable de máquinas, y bienes de equipo en general, no han sido mantenidas o adaptadas correctamente, y también pueden quedar obsoletas (debido al progreso tecnológico) y por lo tanto sólo se pueden usar parcialmente. Por otro lado, puesto que en cierta fase de la crisis la producción de bienes de consumo comienza a reducirse por lo general más despacio que la tasa de esta contracción de los bienes de capital, existe una necesidad real de emplear más completamente el capital existente, lo que requiere inversión a su vez. Por lo tanto hay una oportunidad mejor de intensificar la producción de capital , que es el fundamento básico de la superación de la crisis […] En un análisis final, […] de aquellos componentes del mecanismo del capitalismo que podrían formar el fundamento para superar la crisis, la contracción de los bienes de capital ocasionada por la reducción de la inversión (y también por la bajada de los stocks) debería ser colocada en primer lugar [...] Por último, deberíamos aludir a otra posibilidad más, a saber una cierta forma de inflación consistente de estados individuales o grupos de estados que comiencen grandes obras de inversión pública, como la construcción de caminos o canales, y que se financien con préstamos gubernamentales que floten en el mercado financiero, o con créditos especiales del gobierno obtenidos de sus bancos. Esta clase de operación puede incrementar el empleo un tiempo, aunque por otro lado demorará los procesos de ajuste automáticos y naturales que pueden llevar a superar la crisis”. (Kalecki 1990:51-53).

Esta cita muestra que Kalecki ya había desarrollado una teoría muy sofisticada del ciclo económico en 1932. El esquema teórico de Kalecki se desarrolló aún más en una pequeña obra titulada Próba teorii koniunktury, “Ensayo sobre la teoría de la coyuntura económica”, que fue publicado por el ISBCP en 1933, cuando Kalecki también expuso sus puntos de vista sobre el ciclo económico en la Econometric Society. En 1935, traducciones condensadas de esta obra se publicaron en Econometrica y Revue d’économie politique. En 1936 Kalecki estaba planeando escribir una exposición general de sus ideas macroeconómicas en un libro, hasta que leyó la Teoría General de Keynes. Era el libro que quería escribir Kalecki, y se sintió muy defraudad porque Keynes le ganara por la mano. (Shackle, 1967:127).

Frente a los humildes orígenes de Kalecki, al que no conocía casi nadie ni en su Polonia nativa ni en el extranjero, Keynes, cuando publicó su famosa obra, era ya un economista prestigioso editor del Economic Journal y que había ostentado puestos importantes en la administración del gobierno británico. En su Teoría General Keynes consideraba que el ciclo económico se ocasionaba por un cambio cíclico en la eficiencia marginal del capital, aunque se complicaba, y con frecuencia se agravaba, por cambios vinculados con otras variables significativas a corto plazo del sistema económico. (Keynes 1936:313).
Para Keynes la eficiencia marginal del capital es la tasa esperada de retorno del mismo. En términos de la economía política decimonónica, es la tasa de ganancia esperada, y para Keynes no dependía “solamente de la abundancia o escasez existente de bienes de capital y del coste corriente de los bienes de capital, sino en las expectativas presentes del futuro rendimiento de los bienes de capital”. (Keynes 1936:315).

Considerando el punto de vista de que la crisis, “la sustitución de un movimiento alcista por una tendencia bajista que muchas veces se da súbita y violentamente”, pueda deberse a tipos de interés muy altos, Keynes sostenía, “que una explicación más característica y muchas veces más predominante de la crisis no es un alza en la tasa de interés, sino un derrumbe súbito de la eficiencia marginal del capital”. ¿Pero por qué iba a caer la eficiencia marginal del capital, la rentabilidad esperada, de repente después de haber estado subiendo o al menos estable durante el boom? Lo que pensaba Keynes es que mientras se da el boom, gran parte de la nueva inversión mostraba un rendimiento no poco satisfactorio. La desilusión viene “porque las surgen las dudas de repente en relación con la fiabilidad del rendimiento futuro, quizás porque el rendimiento actual da signos de caer […] cuando la duda comienza se extiende rápidamente”. (p. 317).

Keynes plantea que la caída en las expectativas puede quizás ser determinada por el rendimiento actual decreciente. No parece que ponga mucha fe en esa explicación, debido a que “durante las crisis no es tan fácil reconstruir la eficacia marginal del capital, determinada, como tal, por la psicología incontrolable y desobediente del mundo de los negocios. Es la vuelta de la confianza, si usamos un lenguaje común, lo que es tan poco susceptible de ser controlado en el capitalismo individualista. Ese es el aspecto de la recesión que los banqueros y los hombres de negocios pueden haber estado en lo correcto al recalcar, y que los economistas que han puesto su fe en soluciones puramente monetarias han subestimado”.

Un año después de la publicación de la Teoría General Keynes aclaro en el Quarterly Journal of Economics algunas de las cuestiones suscitadas por su obra. Para Keynes su teoría podría resumirse diciendo que “dada la psicología del público, el nivel de producción y empleo en su conjunto depende del monto de la inversión”. Keynes estaba explicando de este modo su teoría, centrándose en la inversión “no porque sea el único factor del que depende la producción agregada, sino porque es normal que en un sistema complejo considerar como la causa causans el factor que es más propenso a fluctuaciones más amplias y súbitas”. ” (Keynes 1937).

Kalecki reseñó la Teoría General en la revista polaca Ekonomista en 1936, ensalzándola como “un punto de inflexión en la historia de la ciencia económica”. El libro constaba según Kalecki de dos componentes principales, uno que analizaba los mecanismos que determinaban un equilibrio a corto plazo dado un nivel de inversión, y otro que abordaba la determinación del nivel de inversión. Keynes, decía Kalecki, había tenido bastante éxito en la parte anterior, pero no había conseguido su objetivo en la segunda parte. Kalecki compartía que la inversión es el factor que decide el equilibrio a corto plazo, y por lo tanto, en un momento dado, el nivel de empleo y el ingreso social. De hecho el volumen de la inversión determinará el monto de mano de obra que será absorbido por el aparato existente de producción. (Kalecki 1990:228).

Kalecki vio carencias serias en la creencia de Keynes en que el nivel de inversión sería determinado por la igualación de la rentabilidad esperada y el tipo de interés. Esto no conduciría al equilibrio, sino a un proceso continuo en que la inversión superior conduciría a un proceso interminable de una rentabilidad esperada mayor, lo que a su vez eleva la inversión:
“La idea de Keynes [...] se topa con un grave impedimento en su camino. De hecho, el crecimiento de la inversión de ningún modo lleva aparejada un procedo que conduce al sistema al equilibrio. Por consiguiente es difícil considerar satisfactoria la solución de Keynes al problema de la inversión. La razón de este fracaso estriba en un enfoque en que es fundamentalmente estático a una materia que es dinámica por naturaleza. Keynes toma como dado el estado de las expectativas de retorno sobre la inversión, y a partir de ahí deriva un nivel cierto y definido de inversión, pasando por alto los efectos que la inversión a su vez ejercerá sobre las expectativas. En este punto uno puede vislumbrar el camino que debe seguir si quiere edificar una teoría realista de la inversión. Se debe partir de la solución del problema de las decisiones de inversión, o de la inversión ex ante. Supongamos que existe, en un momento dado, un cierto estado de las expectativas sobre los réditos futuros, un nivel dado de precios de los bienes de inversión, y por último, una tasa dada de interés. ¿Qué dimensiones tendrá la inversión que trataba de abordar los emprendedores en una unidad temporal? Supongamos que el problema se ha resuelto (pese al hecho de que parece imposible sin introducir ciertos supuestos especiales sobre la psicología de los empresarios o sobre las imperfecciones del mercado monetario) Un desarrollo ulterior de la teoría de la inversión pudiera presentarse de este modo. Las decisiones de inversión que se corresponden con el estado inicial no serán necesariamente iguales al volumen real de la inversión. Por lo tanto en el siguiente periodo el volumen por lo general será diferente y el equilibrio a largo plazo cambiará con él. Por lo tanto debemos lidiar con un estado de las expectativas que será diferente en general al del periodo inicial, precios diferentes para los bienes de inversión y una tasa de interés distinta. A partir de aquí tendremos un nuevo nivel de decisiones de inversión, y así sucesivamente […] Keynes no explicaba exactamente qué ocasiona los cambios en la inversión, pero por otro lado sí que ha analizado completamente el íntimo eslabón entre tales cambios y el nivel de empleo global, la producción, y los movimientos en la distribución del rédito. (Kalecki 1990:230-232).

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NotaPublicado: Vie Jun 24, 2016 11:35 am 
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Seguramente Keynes nunca tuvo conocimiento de esta reseña, que sólo se tradujo al inglés en los años ochenta. Pero a finales de los años 30 Kalecki fue a Inglaterra y forjó una extraña relación intelectual con Keynes, granjeándose al fin su respeto.
Según Steindl (1991:597), Kalecki publicó tres versiones de su teoría del ciclo económico, que se correspondían a grandes rasgos con su ensayo de 1933, su Teoría de la Dinámica Económica de 1954 y trabajos más tardíos. Aunque la relación entre la rentabilidad y la inversión se explica en términos ligeramente diferentes en cada versión de la teoría permanece en esencia inmutable en sus aspectos esenciales. En su ensayo de 1933 Kalecki presentaba la rentabilidad como la “variable que espolea el deseo de invertir. Esto está en plena consonancia con la realidad, ya que el incentivo para la inversión es la rentabilidad esperada, que se estima sobre la base de la rentabilidad de las plantas existentes”. ” (Kalecki 1990:68). Sin embargo, la inversión y el consume de algunos capitalistas crea ganancia para otros y como clase, “los capitalistas ganan exactamente tanto como invierten o consumen” de modo que los capitalistas “determinan sus propias ganancias según la medida de su inversión y de su consumo personal”. (Kalecki 1990:79). En su Teoría de la Dinámica Económica (1954) Kalecki escribió que los capitalistas “pueden decidir consumir e invertir más en un periodo dado que en el periodo antecedente, pero no pueden decidir ganar más. Son por tanto sus decisiones de inversión y consumo lo que determina sus ganancias y no a la inversa. (Kalecki 1991:240). Las ganancias “en un periodo dado son el resultado directo del consume capitalista y de la inversión en ese periodo” (Kalecki 1991:244). De un modo más formalizado, la ganancia en un tiempo t es una función lineal de la inversión en un tiempo t y en el tiempo previo t – λ; las ganancias “serán de este modo una función tanto de la inversión presente como de la inversión en el pasado más cercano; o hablando a grandes rasgos, las ganancias seguirán a la inversión con una demora temporal”. (Kalecki 1991:247). A su vez “la inversión en un momento dado se determina por el nivel y la tasa de cambio en el nivel de inversión en algún momento algo anterior” (Kalecki 1991:292).
La versión final de la teoría de Kalecki del ciclo económico sería la que expondría en sus publicaciones de finales de los sesenta.
En “Las ecuaciones marxianas de reproducción y la moderna economía” (1968) Kalecki vuelve a presentar la inversión y el consumo capitalista como las variables independientes que determinan el nivel de ingresos y ganancia (Kalecki 1991:461). En la introducción a los Ensayos Selectos sobre la Dinámica de la Política Económica 1933-70, publicados póstumamente en 1971, Kalecki explicaba que la teoría de la demanda económica que había formulado en los años 30 permanecía invariada; sin embargo “existe una búsqueda continua de nuevas soluciones en la teoría de decisiones de inversión”. Pero incluyó en el libro su teoría de la ganancia de 1954, reformulando su punto de vista de que son “las decisiones de inversión y consumo las que determinan la ganancia y no a la inversa”. (Kalecki 1971:79).
Según Asimakopulos (1977:329), Kalecki “hacía hincapié en una relación bifronte entre la inversión y la ganancia”. Es cierto que en varios lugares Kalecki defiende que la inversión depende de la ganancia, o que la rentabilidad estimula la inversión. Argumenta por ejemplo que la tasa de decisiones de inversión se ve influida por el incremento de ganancia por unidad de tiempo, de modo que la ganancia creciente “de principio al fin del periodo bajo consideración torna atractivos ciertos proyectos que antes no se consideraban rentables, y de este modo permite una extensión de los límites de los planes de inversión durante el periodo (Kalecki 1991:282). Para Asimakopulos (1977:339) Kalecki plantea que la inversión presente está predeterminada por las decisiones del pasado, y mediante sus efectos en las ventas y la ganancias contribuyen a determinar la rentabilidad esperada. A su vez, esta tasa esperada de ganancia ejerce influencia, junto con otros factores, en las decisiones de inversión tomadas en este periodo para su ejecución en periodos futuros. Incluso en esta presentación, sin embargo, la inversión es la causa causans, es decir, la causa de la causa, en tanto que la ganancia es tan sólo un eslabón intermedio de la cadena causal. Considerando las principales obras en las que Kalecki presentó su teoría macroeconómica, es difícil no estar de acuerdo con la forma en la que Targetti y Kinda Hass (1982:254) la resumen: “El nivel de ganancia en una fecha dada es exclusiva y enteramente determinado por las pasadas decisiones de inversión”. Incluso permitiendo ciertas sutilezas y matices, en Kalecki la determinación es de la inversión creciente a la ganancia creciente, y en esa relación existe poco espacio, si es que existe alguno, para la causalidad inversa.
4: La inversión como determinante del ciclo: La Escuela de Keynes.
Para Joan Robinson (1979) Keynes había presentado en su Teoría General un esquema de estática comparativa, aunque comprendía elementos claves para desarrollar una teoría dinámica. Correspondía a los economistas que siguieran la tradición de Keynes desarrollar tal teoría, es decir, una teoría keynesiana del ciclo económico. Dejando de lado a Kalecki, El Ciclo Económico por Robin C. O. Matthews, publicado en Inglaterra en 1959 y vuelto a publicar en los Estados Unidos con el nombre de El Ciclo Económico, puede considerarse una de los primeros análisis sistemáticos de la teoría del ciclo económico partiendo de un punto de vista explícitamente keynesiano. (7) A juzgar por los autores citados y las ideas analizadas, parece que Mathews era un hombre con mente abierta en relación con las recientes ideas de Paul Samuelson, J. R. Hicks, Milton Friedman y otros que estaban haciendo importantes descubrimientos en economía en los años 50. La perspectiva general del libro, sin embargo, es claramente Keynesiana. Matthews cita también repetidas veces, la Teoría de la Dinámica Económica de Kalecki, en aquellos días la exposición más reciente de las ideas de Kalecki sobre la dinámica macroeconómica.
(7) El Ciclo Económico y la Renta Nacional (Hansen, 1964, publicado por primera vez en 1959, también puede ser acreedor de esa distinción.
Matthews comenzaba el libro con un análisis de las variables que podían producir un desequilibrio entre la demanda y la oferta agregada. Cuando mencionaba de pasada los puntos de vista de Slutsky sobre las recesiones como consecuencia de la respuesta de la economía a choques aleatorios de diverso carácter, Matthews comentó que “los datos estadísticos indican que las fluctuaciones económicas no son debidas sólo a factores aleatorios, y es claro también tanto a partir de un razonamiento a priori como de nuestro conocimiento ahora mucho más detallado de la historia que hay ciertas fuerzas operantes que son en principio capaces de ocasionar fluctuaciones de carácter sistemático”.
De este modo se insinuaba astutamente que el ciclo económico es un fenómeno económico bastante endógeno, en el que los factores aleatorios ejercen ciertamente alguna influencia, lo que sería pacífico para cualquier autor que fuera partidario de una teoría endógena del ciclo económico.
Según Matthews:
“La doctrina de que el gasto en consumo depende fundamentalmente del nivel de renta nacional es uno de los fundamentos de la economía keynesiana. Se debe a esta doctrina que otro componente principal de la renta nacional, la inversión, se considere el primer motor en la fluctuación de la renta nacional, mientras que el consumo desempeña un papel pasivo (p. 113)
Por consiguiente un aspecto clave de la teoría del ciclo económico debe ser analizar los elementos determinantes de la inversión. En este aspecto, la principal consideración que afecta a la propensión a invertir es la rentabilidad. Se invertirá si las ganancias esperadas representan un retorno adecuado sobre la suma gastada. La relación física entre el producto y el capital sólo importa en la medida en que influencia la tasa esperada de retorno sobre la inversión (p. 34)
En otras palabras:
“el postulado básico es que el monto de inversión realizada es una función de la tasa esperada de retorno. Si las condiciones como tales prometen una elevada tasa de retorno, se invertirá mucho, y a la inversa. Habrá un cierto nivel crítico de retornos esperados en el cual no se realizara inversión alguna neta”. (p. 36)
Matthews analizó cuidadosamente la relación de la inversión con la competencia, el progreso técnico, los “espíritus animales” las finanzas los inventarios y la construcción de viviendas. Su conclusión es que la razón principal para las oleadas de elevada y reducida inversión que constituyen la esencia del ciclo es la existencia de un efecto cumulativo por el cual si la inversión en cualquier periodo dado es elevada en relación con el valor de su tendencia a largo plazo, esto anima a que la inversión en el periodo siguiente siga siendo elevada o aumente aún más, hasta un punto, mientras que si la inversión es baja desanima la inversión en el siguiente periodo temporal (p. 82)
Esto significa que con una inversión adecuada la economía crecerá ininterrumpidamente y se soslayarán las recesiones:
“si los emprendedores consiguieran invertir lo suficiente, se justificaría a sí mismo, puesto que los réditos generados absorberían el exceso de capacidad” (p. 178)
Una comparación de las teorías del ciclo económico en el Ciclo Económico de Matthews y de Hyman Minsky en “Estabilizar una economía inestable” escrito y publicado tres décadas después, revela muchos puntos de vista comunes pero también importantes diferencias de énfasis e incluso conceptuales. Tanto Matthews como Minsky eran Keynesianos, pero el enfoque de las fluctuaciones económicas de Minsky hacía hincapié en los factores financieros que creaban perturbaciones económicas que llevaban a recesiones y crisis financieras, en tanto que Matthews era inflexible con respecto a que los ciclos económicos son fenómenos vinculados en su mayor parte con la economía real, por lo que había que analizar sus causas. Para Matthews “era una idea pasada de moda que las causas de las fluctuaciones radican total o fundamentalmente en la esfera del dinero y las finanzas. La tendencia de la opinión se ha volcado en la dirección contraria. La mayoría de los tratamientos teóricos del ciclo se basan en el análisis de las fuerzas reales, y se asume de modo implícito que los efectos de los cambios en los costes y la disponibilidad de las finanzas tienen una importancia como mucho secundaria”. (Matthews, 1959:128).
Después de un análisis detallado de los factores que llevan a la especulación y a las burbujas en los mercados financieros, Matthews llega a la conclusión de que las crisis financieras se dan por lo general después de que haya empezado una caída en la economía real, por lo tanto la crisis financiera puede agravar esta caída pero no la causa. El contraste resulta patente con la concepción principal de Estabilizar una Economía Inestable, donde Minsky hace hincapié en el papel de los factores financieros y critica la síntesis neoclásica por su incapacidad de reconocer que “la inestabilidad tan evidente en nuestra economía se debe al comportamiento de los mercados financieros, los precios de los activos, y los flujos de beneficios”. (Minsky 2008:156).
Según Minsky, un aspecto básico del capitalismo moderno es que la pasada financiación de la inversión deja un legado de compromisos de pago, y para que se cumplan esos compromisos la renta de los inversores endeudados debe ser suficiente. Por lo tanto el sistema de precios debe:
“generar flujos de efectivo […] que simultáneamente liberen recursos para la inversión, lleven a precios suficientemente altos para los activos de capital de modo que se induce la inversión y validan las deudas de las empresas. Para que un sistema capitalista funcione bien, los precios deben conllevar beneficios”. (p. 158, Minsky).
Es cuestión clave los factores determinantes de la ganancia y Minsky (p. 184) llega a la conclusión de que:
“La inversión y el gasto gubernamental llevan la voz cantante en nuestra economía ya que no están determinados por cómo funciona ahora la economía. Se determinan por factores externos de política (gasto gubernamental) o por nuestros punto de vista actuales sobre el futuro (la inversión privada)
La causalidad, por lo tanto, “va de la inversión y el gasto gubernamental a los impuestos y las ganancias” y en las recesiones el Gran Gobierno con todas sus torpezas, estabiliza los réditos y las ganancias. Reduce los riesgos de caída inherentes a una economía intensiva en capital que tiene multitud de empresas muy endeudadas. (p. 186)
La inversión es por tanto el determinante fundamental del estado dinámico de la economía. Investigar los factores económicos que hacen subir o caer la inversión no es relevante, ya que el nivel presente de inversión determina el nivel actual de ingreso y el nivel futuro de ganancia e inversión. En las pintorescas palabras de Minsky, el gasto gubernamental y la inversión “llevan la voz cantante”. Sólo la esfera psicológica de las expectativas sigue siendo la fuente de las fluctuaciones de inversión. Con una inversión adecuada, la ganancia subirá y la economía entrará en la senda del crecimiento.
Es la inversión, por lo tanto, el factor que en el enfoque de Kalecki, Keynes y los Keynesianos “lleva la voz cantante” a la hora de determinar las ganancias y por lo tanto lo que lleva al ciclo económico.
5. La ganancia como determinante del ciclo: Marx y Mitchell.
Karl Marx y Wesley Mitchell no son citados con mucha frecuencia en los modernos debates macroeconómicos, tal vez porque en comparación con los puntos de vista predominantes neoclásicos y keynesianos ofrecen una perspectiva muy diferente del funcionamiento de la economía. Marx y Mitchell comparten con la escuela keynesiana el punto de vista de que la inversión, o la acumulación de capital en la terminología de Marx, es una variable fundamental en la dinámica económica. (8) Sin embargo ni Marx ni Mitchell atribuyen a la inversión el papel causal principal en el ciclo económico, porque consideran que la propia inversión depende de la rentabilidad (8) Para Marx la acumulación de capital se da cuando la ganancia monetaria se gasta en comprar bienes de capital (capital constante en la terminología de Marx) o en pagar salarios (capital variable) para aumentar la producción. En ese aspecto el concepto marxiano de acumulación de capital es más amplio que el concepto de “inversión” en la contabilidad nacional y en la economía convencional, que suele referirse a la adquisición de bienes de capital.
El análisis de Marx sobre el ciclo económico se ha considerado un capítulo no escrito y “no ha surgido un cuadro coherente, o no es probable que surja, que sea aprobado por todos los “marxologos”. Esta opinión de Schumpeter (1954:747) aun parece cierta, como demuestran las recientes polémicas aludidas. Sin embargo, algunos elementos concretos de la teoría de la crisis de Marx son pacíficos. Lo que Marx denominó ciclo industrial es un ciclo de crisis, en el que periodos de acumulación de capital se alternan con crisis, se analiza sobre todo en manuscritos que se publicaron póstumamente por Engels u otros. En uno de ellos Marx escribió que la tasa en la que se valoriza el capital, es decir, la tasa de ganancia “es la espuela de la producción capitalista” del mismo modo que la valorización del capital es su único fin, de modo que una reducción en esta tasa “ralentiza la formación de nuevos capitales independientes y por lo tanto se presenta como una amenaza para el desarrollo del proceso de producción capitalista: alienta la sobreproducción, la especulación y las crisis”. (Marx 1981b:348-349). En sus cuadernos de notas publicados con el nombre de “Teorías de las Plusvalía”, Marx afirmó que la acumulación se determina por “la proporción de plusvalía en relación con el gasto en capital, es decir, por la tasa de ganancia, e incluso más por el monto de la ganancia”. (Marx 1968:542, my italics, JAT).
También se ofrecen penetraciones sobre la teoría de la crisis en el único Tomo del Capital que publicó el propio Marx en 1867. Allí, en el capítulo sobre “la ley general de la acumulación capitalista” Marx sostuvo que la evolución característica de la economía moderna es típicamente un ciclo de 10 años en los que los periodos de actividad media son seguidos de producción a elevada presión, crisis y finalmente estancamiento. (Marx 1977:785). En los manuscritos redactados a finales de 1870 y publicados por Engels como el Tomo 2 de El Capital Marx especuló que el ciclo de crisis es un fenómeno periódico relacionado con el periodo promedio de 10 años para la renovación del capital fijo, aunque las cifras exactas “no son importantes”. (Marx 1981a:264).
Marx rechazó la Ley de Say, ya que vio sobreproducción absoluta, sobreproducción que afectaba a todos los ámbitos de la producción y no sólo a algunas esferas importantes de la misma como era típico de periodos de crisis económica con insuficiente plusvalía, es decir, ganancia, para valorizar el capital. En esos periodos la ganancia se reduce:
“Hasta un punto […] en el que el capital aumentado produce el mismo o incluso menos plusvalor que antes de su aumento, es decir, el capital incrementado, C + ΔC no producirá más ganancia o incluso rendirá menos ganancia que el capital C antes de su expansión a ΔC” (Marx 1981b:359-360).
En ningún lugar Marx describió que las crisis económicas fueran prolongados periodos de estancamiento, ciertamente decía que eran fenómenos de breve duración, y rechazó de plano la idea de Ricardo de una crisis permanente. (Marx 1968:497).
En multiples publicaciones sobre asuntos económicos en los años de 1840, 1860, y principios de esta década, Marx prestó atención a la sincronización y a la periodicidad concreta de las crisis económicas en Inglaterra y en otros países. Aludió titubeantemente a la recurrencia de las crisis aludiendo a periodos de 5, 6 o 7 años. Sin embargo en el primer Tomo de El Capital publicado en 1867 propuso que las crisis tenían una periodicidad de diez años. (Marx 1977:790). Podemos comparar el enfoque de Marx sobre lo que llamaba el ciclo de crisis industrial, con la definición de Burns y Mitchell del ciclo económico, que describe los hechos registrados de dos siglos de capitalismo estableciendo una duración variada del fenómeno recurrente:
“Los ciclos económicos son una clase de fluctuación que se halla en la actividad económica agregada de las naciones que organizan el trabajo mediante empresas privadas: un ciclo consiste en expansiones que suceden al mismo tiempo en muchas actividades económicas, seguidas de recesiones, contracciones y recuperaciones que se funden en la fase de expansión del siguiente ciclo; en cuanto a su duración los ciclos económicos varían de más de un año a diez o doce años; no son divisibles en ciclos más cortos de características análogas”. (Burns and Mitchell 1946:3)
En El Capital Marx expuso los periodos de acumulación de capital, es decir, la expansión económica con un elevado nivel de inversión, considerando que se caracterizaban por una demanda aumentada de fuerza de trabajo, de modo que durante el ciclo se da una constante formación, absorción y reforma de una masa de trabajadores desempleados, “el ejército industrial de reserva”. Esta masa de desempleados durante el periodo de estancamiento y prosperidad media, frena al ejército activo de trabajadores; durante los periodos de sobre producción y actividad enfebrecida hace bajar sus pretensiones”. (Marx 1977:792).
“Los periodos de acumulación de capital son los más favorables para los trabajadores en términos de renta, porque una parte mayor de la masa de ganancia que aumenta y se convierte constantemente en capital suplementario vuelve a ellos en forma de medios de pago, de modo que pueden extender el círculo de sus goces, sumar a su fondo de consumo de ropas muebles, y conseguir una pequeña reserva de ahorro”s. (Marx 1977:1: 796).
La rigidez del mercado de trabajo durante los periodos expansivos probablemente llevará a una elevación de los salarios, y entonces pueden pasar dos cosas:
“O el precio del trabajo sigue subiendo, porque su aumento no interfiere con el progreso de la acumulación, o la otra alternativa, la acumulación se ralentiza como resultado del incremento en el precio del trabajo, ya que se hace daño al estímulo de la ganancia. La tasa de acumulación se reduce; pero eso significa que la causa primordial de esa misma reducción se desvanece. El mecanismo del proceso de la producción capitalista elimina los mismos obstáculos que crea temporalmente. “ (p. 770).
Marx pinta el nivel de inversión como una función de la rentabilidad, como muestra su referencia a la ralentización de la acumulación al “hacerse daño al estímulo de la ganancia”. Por otro lado, se sugiere que hay un mecanismo de reducción de las ganancias, puesto que Marx admite que subir los salarios puede reducir la ganancia y de este modo inducir a una caída en la tasa de inversión que lleva a una recesión. Aunque se plantea como una posibilidad, Marx parece rechazar el sendero causal implícito en su importancia, en el mismo párrafo. Hace mucho énfasis en ello empleando una terminología matemática poco común en sus escritos:
“Para presentarlo matemáticamente: la tasa de acumulación es la variable independiente, no la variable dependiente; la tasa de salarios la variable dependiente, no la variable independiente.”
En lenguaje sencillo esto significa que un ascenso o caída de la tasa de acumulación es la causa de la subida o bajada de los salarios, respectivamente, y no a la inversa.
La ganancia es para Marx la expresión monetaria del plusvalor, el trabajo no pagado que los trabajadores ofrecen a los dueños del capital:
“Cuando la ganancia acumulada por la clase capitalista se incrementa con tanta rapidez que su transformación en capital exige una suma extraordinaria de trabajo pagado, los salarios aumentan y todo lo demás igual, la ganancia se reduce. Pero en cuanto esta disminución llega al punto en el que la ganancia que nutre el capital ya no se aporta en la cantidad normal, se produce una reacción: una parte inferior del rédito es capitalizada, la acumulación se ralentiza, y el creciente movimiento de los salarios se enfrenta con un obstáculo. La subida de los salarios se encuentra confinada en límites que no sólo dejan intactos los fundamentos del sistema capitalista, sino que también aseguran su reproducción en una escala ampliada”. (Marx 1977:1:771).
Marx recalcaba la idea de que la acumulación depende de la rentabilidad citando en El Capital la opinión del sindicalista británico Thomas Dunning, que había escrito que el capital desdeña no obtener ganancias, o ganancias muy pequeñas, al igual que se decía antaño que la Naturaleza aborrecía el vacío. Con una ganancia adecuada, el capital es muy audaz. Un 10% asegurará su empleo en cualquier parte; un 20% cierto provocará avidez; un 50% verdadera audacia; y por un 100% estará dispuesto a saltarse todas las leyes humanas; con un 300% no hay crimen que no se cometa ni riesgo que no se tome, incluso si la horca es el resultado del fracaso. Si la turbulencia y la lucha acarrean una gran ganancia, alentará sin ambages ambas (citado en Marx 1977:926).
Marx enfatizó su posición crítica con respecto al subconsumo en uno de sus manuscritos tardíos, redactado aparentemente en 1878, y publicado por Friedrich Engels en 1885 como el Tomo II de El Capital. En un pasaje que en la edición de Engels está en el capítulo 20, Marx hizo patente su posición contra las teorías del subconsumo:
“Es una pura perogrullada decir que las crisis son provocadas por falta de demanda efectiva o de consumo efectivo. El sistema capitalista no reconoce más consumidores que los que pueden pagar, si excluimos el consumo de los mendigos y timadores. El hecho de que las mercancías sean invendibles no significa más que no se han encontrado compradores efectivos para las mismas, es decir, no consumidores (y da igual si las mercancías se acaban vendiendo para satisfacer las necesidades del consumo productivo o individual) Si se trata de dar a esta perogrullada la apariencia de una mayor profundidad, mediante la afirmación de que la clase trabajadora recibe una porción demasiado pequeña de su propio producto, y que el mal quedaría remediado si recibiera una porción mayor, es decir, si subieran los salarios, sólo tenemos que hacer notar que las crisis siempre son precedidas por un periodo en el que los salarios suben por lo general, y la clase trabajadora recibe una mayor parte de la tarta del producto anual destinado al consumo. Desde el punto de vista de esos abogados del sentido común sólido y sencillo, esos periodos deberían evitar la crisis. Por lo tanto parece que la producción capitalista implica ciertas condiciones que son independientes de las buenas o malas intenciones de la gente, que permiten la prosperidad relativa de la clase trabajadora sólo temporalmente, y sólo como preludio de una crisis”. (Marx 1981:486-487).
¿Constituye este pasaje una anomalía en la teoría de Marx? Para muchos marxistas que mantienen enfoques de subconsumo, podría ser ya que un pasaje frecuentemente citado del tercer Tomo del Capital dice que:
“La razón última de todas las crisis reales sigue siendo la pobreza y el consumo limitado de las masas en contraposición al impulso de la producción capitalista de desarrollar las fuerzas productivas como si sólo el poder de consumo absoluto de la sociedad constituyera su límite” (Marx 1981b:615).
Esto se haya en el manuscrito que Engels editó como el Tomo 3 de El Capital. Si Marx había escrito el capital a mediados de los 60, es decir, 20 años antes de que se burlara de la idea de que las crisis las causan los bajos salarios. Puede que cambiara su punto de vista. Sea cual sea el caso, lo que importa es que la falta de consumo debido a los bajos salarios es una explicación muy deficiente de las recesiones económicas que observamos en la realidad. Marx vio esto en su tiempo, datos de las recesiones actuales también lo demuestran, y se demostrará en la sección 6.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Economía socialista y marxismo.
NotaPublicado: Mar Jun 28, 2016 2:52 pm 
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Como pensadores económicos y personalidades públicas Mitchell y Marx son evidentemente muy diferentes. Marx rechazó desde el principio el enfoque burgués de la economía política, siempre tituló sus libros como críticas de esa disciplina, y recibió de su misma moneda cuando se le hizo caso omiso y después se le desdeñó por los que sostenían estar haciendo avanzar dicha ciencia. Por el contrario Mitchell fue durante toda su vida un miembro muy respetado de la profesión económica que enseñó la disciplina en las universidades principales, prestó servició en muchos comités gubernamentales incluso en tiempo de guerra, fue presidente de la American Economic Association y miembro fundador y durante décadas director de investigación de la prestigiosa NBER. Sin embargo, en 1950 sus enfoques sobre el ciclo económico fueron machacados por no ser teóricos, y poco después de su muerte su trabajo cayó en el olvido.

Como ya se ha dicho, la crítica de falta de teoría dirigida a Mitchell no se corresponde con la realidad de que planteó puntos de vista muy elaborados sobre las causas de las expansiones y las recesiones, es decir, una teoría del ciclo económico, tan pronto como en 1913. En su inconcluso What Happens during Business Cycles (qué sucede durante los ciclos económicos) que se publicó póstumamente en 1951, Mitchell reformulaba con brevedad sus ideas, que habían cambiado muy poco desde 1913, sobre las causas del ciclo económico. Aún contemplaba el ciclo como un desarrollo continuo endógeno, en el que los procesos de recesión llevan a la expansión y los procesos de expansión llevan a la recesión. La inversión desempeñaba un papel principal en las transiciones de la expansión a la recesión y viceversa. Aunque los bienes de capital, según señalaba Mitchell “formaban parte de menos del 18% del producto nacional su producción se somete a alteraciones de tal violencia […] que este segmento menor de la economía contribuye al 44% de la fluctuación total cíclica de la producción y casi a la mitad de las recesiones cíclicas”. (Mitchell 1951:153).

Para Mitcherll las ganancias desempeñaban un papel primordial en la economía en general y en el ciclo económico en particular. Probablemente llegó a esta conclusión como resultado tanto de sus estudios empíricos sobre los negocios y la vida económica y por su relación con Thorstein Veblen, uno de los defensores, según el propio Mitchell, de la teoría de que la ganancia es la variable fundamental que da cuenta de las fluctuaciones económicas. (Mitchell 1927:42-44).
La influencia de Veblen se hace patente en el punto de vista de Mitchell sobre lo que llama “la economía dineraria”, la organización de la moderna sociedad industrial en la que el grueso de la actividad económica se da mediante las actividades de las empresas cuyo fin es obtener una ganancia monetaria. Para Mitchell en una circunstancia económica en la que predomina la economía monetaria, es decir, donde la actividad económica adopta la forma de hacer y gastar ingresos monetarios, los recursos naturales no se desarrollan, no se aporta nuevo equipamiento y no se ejercitan las destrezas industriales a menos que las condiciones prometan otorgar una ganancia monetaria para aquellos que dirigen la producción. (Mitchell 1913:21-22).

En una de sus últimas contribuciones Mitchell insistió en la centralidad de la ganancia monetaria a la hora de comprender los ciclos económicos:

“Puesto que la búsqueda de ganancia monetaria por parte de las empresas es el factor que controla las actividades económicas de los hombres en una economía dineraria, todo el debate sobre la expansión y la recesión debe centrarse sobre la perspectiva de ganancia. En ocasiones, ciertamente, este interés central queda eclipsado por una cuestión aún más vital, evitar la quiebra. Pero tener ganancias y evitar la quiebra son dos caras de la misma moneda, una concierte al bienestar de las empresas en circunstancias normales y otra a la vida o muerte de esas mismas empresas cuando pasan por agudas dificultades”. Mitchell 1941, Preface). En la teoría endógena de Mitchell del ciclo económico, las mismas condiciones “que hacen rentables las empresas poco a poco van desarrollando condiciones que amenazan con reducir las ganancias”. (Mitchell 1913:502).

Aunque las recesiones económicas suelen comenzasr con una crisis financiera en la que los bancos, las compañías de seguros y otras empresas financieras van a la quiebra, este fenómeno financiero se ve precedido de procesos que invaden las ganancias en la economía real, al menos en una buena parte de las empresas más grandes o sectores industriales:

“Los distintos factores que aumentan los costes y limitan los ingresos, y que por tanto limitan las ganancias se van volviendo más graves cuanto más dure la prosperidad y más intensa sea, y puesto que un revés padecido por cualquier industria agrava necesariamente los problemas de otras reduciendo la cuota de mercado para sus producto, una reducción en la tasa de ganancia “debe ocurrir infaliblemente […} si una tasa promedio de ganancia pudiera calcularse para todo el país no sería sorprendente encontrar su punto álgido en el momento en que se desencadena la crisis. Pero ese resultado no debería interpretarse en el sentido de que antes no se hubiera dado ninguna limitación grave en la ganancia. Por el contrario, significaría que se alcanza el punto crítico y se precipita la crisis tan pronto como una bajada de la ganancia presente o futura se ha dado en unas pocas ramas destacadas de las empresas y antes de que esta reducción sea general (Mitchell 1913:503)

Al rechazar las explicaciones del subconsumo que consideran que la demanda insuficiente de bienes de consumo es el desencadenante de las recesiones, Mitchell explicó que en las últimas fases de la prosperidad la imposibilidad de defender las ganancias frente a las limitaciones de los costes se experimenta antes por:

“Empresas que manejan recursos naturales y medios de producción. […] Las revistas técnicas por lo común informan que las fábricas y las tiendas al por mayor están limitando sus pedidos desde hace unas semanas, sino meses, antes de que informen de que sus ventas al por mayor se están debilitando”. (Mitchell 1913:502).

El descenso de la rentabilidad en ciertos sectores de la economía crea dificultades financieras y ventas reducidas en otras industrias, todo lo cual a su vez reduce el incentivo para mantener o incrementar los inventarios. La inversión en salarios materias primas y nuevas máquinas o centros de producción cae también, lo que acaba reduciendo el nivel de actividad empresarial, ya que el fracaso de las empresas y la reducción de actividad empresarial recorta tanto los salarios como la inversión las dos fuentes principales de la demanda. Este círculo vicioso operaría durante meses y años, y acaba mandando a la economía a una recesión o depresión mayor o menor. Al cabo “las mismas condiciones de la depresión económica engendran una resurrección de la actividad”, las condiciones favorables para la inversión se crean de nuevo y la economía vuelve a expandirse. (Mitchell 1913:452). Esto es así ya que justo después de una depresión en el seno de grandes empresas o industrias:

“La tasa de ganancia aumenta rápido con la marea de la prosperidad […] ciertamente en casos particulares y probablemente en promedio las ganancias empiezan a recuperarse antes de que el periodo de depresión acabe” (Mitchell 1913:469, my italics, JAT).

“Esto hará aumentar el volumen de la inversión puesto que en esa situación de resurrección empresarial las perspectivas de buenas ganancias llevan no sólo a una mayor actividad en las viejas empresas, sino también a aumentos de su tamaño y a la creación de nuevas empresas. Esa expansión de los negocios es más importante ya que durante un tiempo al menos comunica nueva energía a las mismas causas que la produjeron”. (Mitchell 1913:471).

A pesar de sus diferencias Marx y Mitchell coinciden a la hora de afirmar una importante regularidad económica: que la rentabilidad creciente es el determinante clave, mediante la expansión de la inversión, de la prosperidad de los negocios, y la rentabilidad decreciente es el determinante clave, mediante la inversión reducida, de la depresión.

6. Las pruebas empíricas.

Richard Goodwin explicó una vez que la primera tentativa de someter el ciclo económico a un análisis econométrico fue la de Jan Timbergen en dos monografías publicadas en 1939 para la Liga de Naciones. En esos días, con fundamento en el consenso general de los economistas, Tinbergen eligió la inversión como “la variable crucial del ciclo que hay que explicar”. (Goodwin 1964).

En términos de causalidad, desde la perspectiva de Keynes y Kalecki la inversión es la variable clave que determina la ganancia mientras que para Marx y Mitchell la dirección de la causalidad es la inversa, ya que la inversión se determina por la ganancia. Una cuestión adicional que se analizará aquí es si la falta de consumo y los bajos salarios tienen peso alguno en la explicación de las recesiones como muchos autores sostiene. ¿Las pruebas empíricas apoyan estos puntos de vista?

6.1 Estadística descriptiva.

Se sabe desde hace mucho tiempo que el principal elemento que hace que la demanda agregada fluctúe al alza durante las expansiones y a la baja durante las recesiones es la inversión, mientras que el consumo varía poco entre la expansión y la recesión. (Mitchell 1951, Sherman and Kolk 1997). En EEUU, según los datos de la contabilidad nacional (NIPA) en los años 1929-2013, las proporciones medias en el producto nacional bruto son un 63,8% para el consumo, 32,0% para el gasto público, el 15,4% para la inversión bruta, el 10,8% para la inversión empresarial, el 9,1% para la ganancia antes de impuestos y el 5,9% para la ganancia después de impuestos. Esto muestra que las “grandes facturas” en “la economía” son el consumo y el gasto público, pero estas dos variables son mucho menos volátiles que las otras ya que para estas porciones en el PNB los coeficientes de variación de las series (la ratio de la variación estándar a la media) es de 9,3% para el consumo, el 23% para el gasto público, el 23,7% para la inversión empresarial, el 26,5% para la ganancia antes de impuestos y el 29,3% para la ganancia después de impuestos. Por consiguiente al medir las variables macroeconómicas como porciones del PNB, la variabilidad de la inversión es mucho mayor que la variabilidad del consumo, pero las ganancias son mucho más volátiles que cualquier otra variable.

Lo mismo se demuestra básicamente mediante las tasas de crecimiento de los componentes del producto nacional medido en términos reales. La Tabla 1 presenta el cambio anual de salarios, desempleo, gasto público, inversión consumo y ganancia en 40 años, entre 1970 y 2014. Un análisis general de la Tabla según los signos de las cifras indica que el consumo tiene la menor volatilidad; salvo un año, el consumo siempre crece a una tasa que no está muy lejos del 3,1% anual, que es la tasa media de ganancia para la muestra de 45 años. La ganancia revela la mayor volatilidad, puesto que muchas veces aumenta o se reduce a tasas de dos dígitos; por tanto se redujo el 17,6% en 2007 y el 26,7% en 2008, justo antes de la Gran Recesión, pero después creció al 17,4% y al 28,4% en 2009 y 2010. La volatilidad de los cambios anuales de estas series como se cuantifica por el coeficiente de variación durante los años 1970-2014 es del 56% para el consumo, el 102,2% para los salarios, el 194,4% para la inversión y el 344,9% para la ganancia.

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 Asunto: Re: Economía socialista y marxismo.
NotaPublicado: Vie Jul 08, 2016 2:22 pm 
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En este periodo de 45 años el consumo real sólo disminuyó una vez, en 2009, coincidiendo con la Gran Recesión, cuando el consumo se redujo el 2,4%, y los salarios bajaron en cada tramo de la recesión, es decir, en 1975, 1982, 1991, 2002, y 2009 (Tabla 1). La mayor contracción anual del consumo en todo el periodo se dio en el año 2009, en el que las ganancias aumentaron en un 17,4% y los salarios se hundieron en un 5,1%. La correlación del consumo con los salarios, con ambas series en una tasa de crecimiento anual, es muy poderosa y positiva, del 0,82, revelando que la mayoría del consumo proviene de los salarios, de modo que ambas series tienden a aumentar o caer al unísono.

Tabla 1. Crecimiento Anual de Salarios, Tasa de Desempleo, Gasto público (calculado como gasto corriente más inversión pública bruta), inversión privada bruta doméstica, gasto privado en consumo, ganancias empresariales (antes de impuestos) de las industrias domésticas.

La cifra para las variables monetarias es la tasa de crecimiento porcentual, calculada a partir de los datos nominales del NIPA transformados en dólares de 2009 empleando el deflactor del PIN, también tomado del NIPA. Las cifra para la tasa de desempleo es la variación anual en puntos porcentuales, calculada a partir de los datos de las estadísticas del departamento de trabajo. Se necesitan datos trimestrales del ciclo, debido a que los datos anuales están demasiado agregados para revelar detalles importantes.

6.2 Tasas de crecimiento de los flujos de réditos.

La Tabla 2 se calcula empleando los datos del NIPA correspondientes a 274 trimestres de la economía de EEUU desde 1947 a 2015. Empleo la cronología del NBER para fechar los ciclos económicos, partiendo del supuesto de que una recesión comienza en el trimestre que constituye el pico y termina en el siguiente trimestre del aumento, considerándose ambos trimestres parte de la recesión (aunque es una elección un tanto arbitraria, cualquier otra serviría). Todas las tasas de crecimiento se calcularon con variables donde se ha ponderado la inflación transformando las cifras nominales del NIPA en dólares de 2009. La segunda y la tercera línea de la tabla presenta la tasa promedio de crecimiento de las variables para los trimestres clasificados en función de su pertenencia ora a una expansión (225 trimestres) o una recesión (50 trimestres) Con posterioridad los trimestres expansivos y los recesivos se clasifican en función de su proximidad de los puntos de inflexión del ciclo. Por consiguiente “Pico 7” significa la muestra que comprende todos los periodos expansivos que precedieron la siguiente recesión por siete trimestres; “Recuperación + 1” se refiere a los trimestres expansivos que siguieron inmediatamente el fin de la recesión, etc. Según la cronología NBER en el periodo 1947-2015 se dieron 11 recesiones en la economía de EEUU, por lo tanto la Tabla 2 presenta la tasa media de crecimiento de las ganancias, de la inversión, etc. En los 11 trimestres que supusieron un pico, en los 11 trimestres que eran de recuperación, y en los 11 trimestres expansivos que siguieron inmediatamente la recuperación (Recuperación + 1) Sin embargo no todas las 11 recesiones de la muestra fueron precedidas por cinco trimestres de expansión, y por tal razón la tabla presenta clasificado como “Pico -5” las tasa promedio de crecimiento de las variables en sólo 10 trimestres. Puesto que varias recesiones duraron sólo tres trimestres, sólo 7 casos están disponibles para calcular las tasas medias de crecimiento en el tercer trimestre de recesión después del pico (Pico + 3)

En promedio, en los 275 trimestres incluidos en la muestra las ganancias antes y después de impuestos aumentaron respectivamente el 0,8% y el 0,9% por trimestre, en tanto que los salarios con o sin primas aumentaron respectivamente el 0,8 y el 0,7% (Tabla 2, primera línea)

Esto demuestra que la desigualdad de rentas aumenta a paso firme en el largo plazo, ya que en promedio las rentas del capital (las ganancias) aumentan más rápido que las rentas del trabajo (salarios) (9) En los periodos expansivos las ganancias después de impuestos aumentaron en promedio 1,8% por trimestre, mientras que durante las recesiones cayeron un 3,7% por trimestre. Las ganancias que aumentan durante los periodos expansivos más que los salarios y que bajan durante las recesiones más que los salarios muestran también que la desigualdad económica es pro-cíclica, es decir, que crece en los periodos expansivos y baja en las recesiones. Es un hecho que muchos autores de izquierdas encuentran chocante, pero los datos no sólo de los Estados Unidos sino de otros países demuestran esto con mucha claridad. (Picketty 2014:288, 296).

9 Kalecki señaló que los salarios en la contabilidad nacional incluyen tanto los salarios de los funcionarios gubernamentales, que se pagan con impuestos, y los salarios de los ejecutivos de alto nivel, que se parecen a las ganancias. (Kalecki 1991:237, fn. 17). Concuerdo con ese punto de vista, ciertamente hoy en día las ganancias se presentan cada vez más como compensaciones salariales para los gerentes de alto nivel que con frecuencia son titulares de participaciones significativas de la empresa. Piketty (2014) aporta datos que ilustran grandemente esta tendencia. Sin embargo, estas cuestiones no serán tratadas en este capítulo. En aras a la simplicidad se asumirá que los “salarios” del NIPA se corresponden con las rentas del trabajo.

Tabla 2. Tasas trimestrales promedio de crecimiento porcentual de las ganancias (industrias domésticas, antes y después de impuestos), inversión fija privada doméstica, y salarios (con o sin primas) durante las recesiones y periodos expansivos de 275 trimestres en la economía de EEUU. Las áreas de sombra se corresponden con las cifras para los trimestres de recesión.

Fuente: Datos trimestrales del NIPA 1947 a 2015. Para las definiciones y explicaciones ver texto.
Las ganancias después de impuestos tienen una volatilidad inferior a las ganancias antes de impuestos. Así las ganancias antes de impuestos crecen a una tasa media del 1,8% en los periodos expansivos y -3,7% en las recesiones, en tanto que las ganancias después de impuestos crecen al 1,7% por trimestre en las expansiones y caen un 2,6% por trimestre en las recesiones.

(Tabla 2, líneas 2 y 3) Esto sugiere que las leyes tributarias se fijan para facilitar un flujo firme de ganancia y que reducen en alguna medida los efectos de la economía. Los salarios sin primas suben en promedio un 1,0% por trimestre y caen un 0,4% en las recesiones. La renta del capital representada por las ganancias, antes o después de impuestos, es mucho más volátil que la renta del trabajo representada por ganancias y salarios, con o sin primas. La inversión en promedio creció un 2,2% por trimestre en los periodos expansivos, y se redujo un 1,1% por trimestre en las recesiones, de forma que es más volátil que los salarios, pero menos que las ganancias.
Es más interesante analizar la evolución de los flujos de réditos cuando nos hallamos en la vecindad de los puntos de inflexión de ciclo económico. Los datos muestran que las ganancias dejan de crecer, se estancan y luego comienza a caer unos cuantos trimestres antes de la recesión, cuando la inversión y los salarios comienzan a caer. La Tabla 2 muestra que las ganancias antes de impuestos crecieron en promedio un 3,1% en el séptimo trimestre antes de que comenzara la recesión, pero entonces la tasa de crecimiento se redujo cuando se avecinaba la recesión, de modo que en el quinto trimestre anterior al comienzo de la recesión dejaron de crecer y se redujeron en sucesivos trimestres, de modo que en el trimestre inmediatamente anterior al pico bajaron un -1,9%. Las ganancias antes de impuestos disminuyeron durante la recesión un 3,7% por trimestre, pero en el trimestre del pico sólo bajaron el 2,7%; se redujeron mucho más, el 7,0% en el Pico + 1, es decir, en el trimestre que siguió al pico. En tanto se acerca el fin de la recesión las ganancias dejan de bajar y las ganancias antes de impuestos permanecen prácticamente en el mismo nivel (–0.1%) que en el trimestre previo al final de la recesión en el que las ganancias después de impuestos aumentan un 3,4%. Aunque las ganancias entes y después de impuestos aún se reducen en el trimestre de recuperación, pronto se recuperan en los siguientes trimestres de modo que por ejemplo las ganancias después de impuestos aumentan el 10,4 en recuperación + 1, el trimestre que sigue al final de la recesión. El patrón general de las ganancias antes y después de impuestos es que empiezan a bajar un año antes de la recesión, caen en mayor medida en los primeros trimestres de la recesión y se estabilizan al final de la recesión, para volver a crecer con rapidez inmediatamente después del final de la recesión.

La Tabla 2, muestra que la inversión comienza a declinar un trimestre después de comenzar la recesión, es decir, en el Pico + 1 cuando baja un 1,5%. Como se ha demostrado, las ganancias habían comenzado a bajar dos años antes del comienzo de la recesión. La mayor reducción en la inversión se da casi al final de la depresión, en el trimestre Recuperación -1, cuando la investión baja en promedio el 2,2%. Al final de la recesión la inversión crece, por ejemplo, 1,9% en el trimestre que sigue al final de la recesión, Recuperación + 1.

Los salarios siguen creciendo incluso en el trimestre en el que comienza la recesión, cuando crecen al 0,4% y al 0,5% sin y con primas respectivamente, de modo que empiezan a hundirse en el Pico + 1, cuando las ganancias llevan ya cayendo varios trimestres.

Gráfica 1. Inversión fija y ganancias corporativas de las industrias domésticas (antes y después de impuestos) en miles de millones de dólares de 2009 (panel superior) y como fracciones porcentuales del producto interior bruto. Las áreas oscuras representan las recesiones.

Fuente: Datos del NIPA del Buró de Análisis Económicos, ajustados estacionalmente a una tasa anual (SAAR).
Las recesiones según la cronología NBER asumiendo que una recesión incluye desde el trimestre del pico al siguiente trimestre de recuperación, ambos incluidos. En conjunto, las tasas de crecimiento de las ganancias, la inversión y los salarios en los trimestres que conducen a la recesión y durante la recesión misma muestran que la inversión comienza a caer varios trimestres después que lo haga la rentabilidad. Una caída en la inversión debido a los “espíritus animales” o cualquier otra razón que pudiera desencadenar una reducción en las ganancias al estilo de Keynes y Kelecki no se corresponden con la secuencia de acontecimientos. Una caída en los salarios que desencadena una bajada en la inversión y las ganancias, como sostiene el punto de vista del subconsumo tampoco es conforme con la secuencia de los hechos.

La Tabla 2 muestra que una vez que acaba la recesión la recuperación de las ganancias es rápida, con un incremento trimestral cercano al 10% considerando las ganancias antes o después de impuestos, en los trimestres que siguen inmediatamente al fin de la recesión. En ese mismo trimestre, sin embargo, los salarios crecen a un ritmo muy pequeño, bastante por debajo del 1%, en tanto que la inversión crece a una tasa del 1,2%. Esto es poco coherente con el punto de vista de que una subida independiente de los salarios, el consumo o la inversión pudieran dar lugar al fin de la recesión.

¿Son las tasas observadas de crecimiento de las ganancias de los salarios y la inversión coherentes con una explicación basada en la reducción de las ganancias? Según esa explicación el crecimiento salarial reduciría las ganancias y eso llevaría a una inversión menos. Sin embargo la Tabla 2 muestra que las ganancias crecieron en promedio a una tasa del 1,7% o el 1,8% por trimestre durante la expansión, mientras que los salarios crecieron al 1% por trimestre. En los trimestres inmediatamente precedentes a la recesión el crecimiento de los salarios es más rápido que el crecimiento de las ganancias, pero esto no se debe a que los salarios empezaron a subir más rápido como lo pinta la teoría de la reducción de las ganancias, sino que por el contrario, se debe a que las ganancias se estancaron y después cayeron. En los trimestres anteriores las ganancias habían crecido a tasas más elevadas que los salarios, por ejemplo en el séptimo trimestre expansivo anterior a la recesión (pico + 7) los salarios habían subido un 1,5% por trimestre, en tanto que las ganancias antes o después de impuestos habían crecido a tasas mucho mayores (el 3,1% y el 3,2% respectivamente)

El patrón general que puede inferirse de las estadísticas realizadas sobre 275 trimestres en la economía norteamericana presentado en la Tabla 2, es que las ganancias caen antes de la inversión (al final del periodo expansivo) y que se recuperan antes de la inversión (al final de la recesión)

Esto es igualmente lo que ha sucedido en las recesiones más recientes. A título de ejemplo, las ganancias estaban descendiendo en los ejercicios 2007 y 2008 a tasas de dos dígitos en tanto que la inversión aún creció al 5,3% en 2007. (Tabla 1) y sólo en 2008 cayó al 0,9%. En el ciclo expansivo de los años noventa las ganancias comenzaron a descender mucho antes de que la inversión bajara en la recesión. De ese modo las ganancias llegaron a su punto álgido en 1997, en tanto que la inversión hizo lo propio en 2000, como se muestra con los datos en dólares reales (Gráfica 1, panel superior) o como fracciones del PIB (gráfica 1, panel inferior) En 1998, 1999, y 2000 las ganancias se redujeron en tanto que la inversión crecía (Tabla 1), y sólo en 2001 cayó tanto la inversión como la ganancia. En la recesión de comienzos de los 90 la inversión cayó en 1990 y 1991, la ganancia había caído en 1989 y 1990. A principios de los años ochenta la inversión descendió en 1980, 1982 y 1983, las ganancias experimentaron un crecimiento negativo en 1979, 1980 y 1982.

En la recesión de mediados de los setenta la caída en la inversión de 1975 fue precedida de la caída de la ganancia en 1974. Hay pruebas bastante abrumadoras de que las ganancias llegan a su punto álgido varios trimestres antes de la recesión, en tanto que la inversión llega a su punto culminante inmediatamente antes de la recesión. Después la ganancia se recupera antes de que lo haga la inversión, como queda ilustrado por el repunte de la inversión que ocurre al final de la recesión o el comienzo del periodo expansivo pero que sigue al aumento de la ganancia durante al menos varios trimestres (Gráfica 1). En los datos de las últimas décadas del siglo XIX y de comienzos de la década de 1900, Westley Mitchell halló que “la tasa de ganancia aumenta prontamente con la marea de prosperidad” de modo que es “cierto en casos particulares y probable en promedio que la ganancia comienza a repuntar antes de que concluya el periodo depresivo. (Mitchell 1913:469). Un siglo después puede observarse lo mismo a mediados de los noventa, en 1991, en 2001 y en la Gran Recesión, pues en todos estos fenómenos las ganancias (tanto antes como después de impuestos) están repuntando antes de que haya concluido la recesión, cuando aún desciende la inversión (Gráfica 1). Las ganancias se recuperaron en 2009, 2002, 1991, 1983 y 1975 (Tabla 1) en tanto que la inversión sólo recuperó un crecimiento positivo en 2010, 2004, 1992, 1984, y 1976.
Debido al principio general de que la causa debe preceder al efecto, los datos de la Tabla 2 respaldan la hipótesis de la causalidad que se desprende del aumento o la caída de la ganancia al aumento o caída de la inversión, respectivamente. Pero no respaldan una causalidad den dirección inversa de la inversión creciente o descendiente y el efecto de las ganancias crecientes y descendientes, debido a que la inversión aumenta con carácter general en los últimos trimestres del periodo expansivo cuando las ganancias comienzan a descender y después la inversión cae en los últimos trimestres de la recesión cuando las ganancias vuelven a crecer. Los datos sin embargo respaldan una causalidad negativa de la inversión a las ganancias, en otros términos, la inversión creciente lleva a ganancias descendientes o la inversión descendiente lleva al aumento de las ganancias.

Una recuperación de las ganancias tras una recesión que fuera dependiente a la Keynes-Kalecki-Minski de la recuperación de la inversión implicaría que cierta demora en el gasto en inversión se tradujera en ganancias incrementadas para las empresas que venden bien bienes de capital a otras empresas o bienes de consumo a trabajadores asalariados como resultado de la nueva inversión. Pero los datos (las Gráficas 1 y 2, las Tablas 1 y 2) no indican la existencia de tal demora. Por el contrario, lo que muestran es una demora en la dirección contraria, es decir, los cambios en las ganancias son seguidos por cambios en la inversión. Como se verá en la sección siguiente, el análisis de regresión aporta pruebas adicionales de que los cambios en las ganancias son seguidos de cambios en la inversión en la misma dirección. Sin embargo, también aporta pruebas de que los movimientos en la inversión son seguidos por una dinámica de las ganancias en dirección opuesta, un hecho que entra en plena contradicción con el eslabón causal implicado en la teoría keynesiana.

6.3. Análisis de Regresión: ganancias e inversión.

Los modelos de regresión aportan un modo de explorar los eslabones causales potenciales entre ganancias e inversión comprobando cómo las variaciones en la inversión predicen cambios en las ganancias y viceversa. He investigado estas relaciones mediante un análisis regresivo de las tasas de crecimiento de una variable en el presente y valores demorados de la tasa de crecimiento de la otra variable. He tratado de emplear este método utilizando tanto tasas trimestrales de crecimiento (Tapia 2013) y tasas anuales de crecimiento de las ganancias y la inversión (Tapia 2015)

Los modelos de auto-regresión de vectores (VAR) incluyen ambas variables, o un número mayor de variables apuntan a efectos similares.

En los modelos de regresión que emplean tasas trimestrales de crecimiento, las ganancias, en concreto las ganancias antes de impuestos, vaticinan una inversión significativa, en tanto que la variación en la inversión no vaticina en un grado significativo la variación en la ganancia. (Tapia 2013, Tabla 2, paneles I y III). Considerando el modelo con el mejor ajuste, las tasas de crecimiento de las ganancias antes de impuestos durante el presente trimestre y los cinco últimos trimestres tienen un efecto muy significativo y positivo sobre la tasa de crecimiento de la inversión, con el 44% de la variación en la tasa de crecimiento de la inversión ilustrada por la varianza de las ganancias (Tapia 2013, Tabla 2, panel I, modelo F). Las ganancias después de impuestos durante el trimestre actual y los trimestres anteriores también poseen un efecto reseñable en la inversión, pero el efecto es mucho más endeble y, comparado con las ganancias antes de impuestos, la proporción del cambio en la inversión que se explica se reduce de forma considerable, sólo al 32%. En otra dirección potencial de causalidad, las regresiones de demora (lag investment) no aportan pruebas de que el crecimiento de la inversión vaticine la tasa de crecimiento de ganancias futuras. (Tapia 2013, Tabla 2, panel III). El efecto en demora cero es muy vigoroso y positivo, pero claramente en un modelo de regresión el efecto de demora cero es coherente con una causalidad en cualquier dirección. Pero en estos modelos calculados con tasas de crecimiento trimestrales los efectos demorados de la inversión sobre las ganancias no son significativos desde el punto de vista estadístico e incluso tienen “la señal equivocada”, es decir, la inversión pasada tuvo un efecto negativo en las ganancias presentes.
En los modelos de regresión que emplean datos anuales de 1934 a 2014 hallé resultados parecidos pero con algunas diferencias importantes. Las tasas de crecimiento de las ganancias y de la inversión predicen de forma significativa la otra variable con una demora de uno o dos años, pero las ganancias crecientes predicen el aumento de la inversión en tanto que la caída de la inversión predice ganancias decrecientes. (Tapia 2015).
En las regresiones que utilizan datos de los años 1991-1993, en los modelos con el major encaje (con el menor AIC) la inversión en el año t -1 posee un efecto negativo significativo (-0.77, P < 0.05) sobre las ganancias después de impuestos en el año t, en tanto que las ganancias en los años t – 1 y t-2 tienen efectos positivos significativos (0.26, P < 0.05, y 0.32, P < 0.001, respectivamente) sobre la inversión.

Sin embargo un efecto negativo de las ganancias que aparece en las regresiones don datos anuales y trimestrales es significativamente estadístico en el análisis anual sólo si el análisis trimestral puede quizás explicarse por el hecho de que los datos trimestrales tienen más ruido estadístico que los datos anuales, de modo que las señales quedan enterradas en el ruido. Sea cual sea el caso, si la inversión pasada estuviera determinando las ganancias presentes al modo keynesiano, esperaríamos efectos demorados positivos y significativos de la inversión sobre las ganancias. Sin embargo en los modelos de regresión que utilizan datos trimestrales o anuales los efectos demorados de la inversión sobre las ganancias son negativos, aunque no siempre significativos, en tanto que los efectos demorados de las ganancias sobre la inversión son siempre estadísticamente significativos y positivos. Estos resultados se corresponden con la teoría planteada por Marx y Mitchell de que son las ganancias las que son el factor determinante en la inversión, pero no se corresponden con la teoría de que la inversión determina las ganancias como dicen Keynes, Kalecki y Minsky.

6.4 Las pruebas de causalidad de Granger: ganancias e inversión.

Los resultados de las pruebas realizadas con el fin de evaluar la causalidad de Granger entre la ganancia y la inversión son sensibles al número de demoras incluidas en las pruebas. Cuando se incluyen muchas demoras en la regresión de las pruebas, suele aparecer una causalidad bidireccional de Granger, y las ganancias pasadas ayudan a predecir la inversión y la inversión pasada ayuda a predecir las ganancias. Sin embargo, la insignificante hipótesis de que las ganancias antes o después de impuestos no sirven para vaticinar la inversión queda rechazada en una medida muy significativa en todas las concreciones de demoras. He tratado de demostrar que la hipótesis de que la inversión no sirve para predecir la ganancia no puede rechazarse incluso a un nivel de significación del 5%. (Tapia 2013, Tabla 3, paneles A y C). En conjunto, la relación de causalidad entre las ganancias y la inversión recibe un vigoroso respaldo por las pruebas de Granger en todas las demoras, lo que no es el caso en relación con la causalidad entre inversión y ganancias.

7. Debate.

Cuando se explican las recesiones como producto de la carencia de poder adquisitivo debido a una porción declinante del trabajo en la renta nacional los datos no encajan. Como se ha demostrado tanto el consumo como las ganancias y los salarios poseen una tasa de crecimiento bastante estable a lo largo del ciclo económico y en concreto justo antes de una recesión. Los modelos estadísticos en los que la inversión es una función demorada de las ganancias demuestran que las variaciones en la inversión pretende dependen en gran medida de las variaciones en las pasadas ganancias, de modo que las ganancias que aumentan son seguidas varios trimestres después por una inversión incrementada y, de forma simétrica, las ganancias descendientes son seguidas unos pocos trimestres después por la caída de la inversión. Las pruebas estadísticas que respaldan estos patrones son vigorosas y los test de causalidad Granger también respaldan la relación de causalidad entre ganancias e inversión.
En otra dirección potencial de causalidad, los modelos en los que las ganancias son una función demorada de la inversión muestran un efecto negativo, de modo que un aumento en la tasa de crecimiento de la inversión tiende a ser seguido de una reducción en las ganancias y, de forma simétrica, una reducción en la tasa de crecimiento de la inversión tiende a ser seguida por un incremento de las ganancias.

Las pruebas aportadas por los modelos de regresión y las pruebas de causalidad Granger que respaldan esta relación de causalidad relativa entre inversión y ganancia son más débiles que las pruebas de que las variaciones en las ganancias van seguidas de cambios de inversión en la misma dirección, pero aún son considerables. En conjunto interpreto que todo esto significa que a) existen pruebas vigorosas de una relación de causalidad positiva entre las pasadas ganancias y la inversión presente; b) que pruebas menos vigorosas respaldan una relación de causalidad negativa entre la inversión pasada y las ganancias presentes; y c) que los datos trimestrales poseen más ruido estadístico que los datos anuales, de modo que la identificación de las señales es más difíciles, lo que es tal vez la razón por la que los efectos negativos de la inversión sobre la ganancia sólo parezcan significativos en un análisis anual.

Con el fin de resumir las implicaciones de los análisis empíricos presentados en la sección anterior, puede decirse que la teoría de la reducción de ganancias (elevados salarios llevan a ganancias reducidas lo que lleva a su vez a la recesión o a la caída de la inversión) el enfoque del subconsumo (bajos salarios que llevan a un escaso consumo, lo que lleva a su vez a escasas ganancias y a escasa inversión), y el carácter exógeno de la inversión Keynesiano (como el primer motor de la economía que se determina por factores psicológicos) son hipótesis que no tienen sustento empírico.

Aparte de los test de causalidad Granger, los resultados de las regresiones, y las pistas y demoras mostradas por la estadística descriptiva, otra razón para no creer en estas tres hipótesis es que las ganancias son más volátiles que la inversión. Pero en las hipótesis de la reducción de ganancias, el subconsumo y la inversión exógena, la dinámica de las ganancias se causan por movimientos en otra variable. Para que los movimientos de una variable más volátil causen los movimientos que hacen descender mucho una más estable, las fricciones en la transmisión son una explicación sencilla. Sin embargo, que los movimientos de una variable más volátil sean causados por los movimientos de otra más estable debe existir algún mecanismo de magnificación. Cuál pueda ser este mecanismo, no es algo fácil de imaginar. Pero por supuesto siempre se pueden aducir factores desconocidos como explicación, ya que todos tendemos a buscarlos cuando no nos gusta una explicación más sencilla que se corresponde con los hechos observados.

Una relación causal bidireccional entre las ganancias y la inversión en la que ambos efectos poseen señales diferentes se corresponde con el hecho de que existen oscilaciones de ambas variables como en un modelo de presa-depredador en la que, por ejemplo, la inversión representa a los lobos y la ganancia representa los conejos. Un número mayor de conejos (ganancia creciente) hace crecer el número de lobos (aumento de la inversión) lo que a su vez reduce el número de conejos (ganancia decreciente) de modo que cae el número de lobos (cae la inversión) y vuelven a aumentar los conejos (ganancia creciente) lo que hace comenzar un nuevo ciclo.
Los efectos positivos en ambas direcciones implicarían un círculo de retroalimentación positiva que representa una inestabilidad absoluta, que lleva al crecimiento explosivo de ambas variables. Por lo tanto las crisis parecen tal como Marx las vio, como circunstancias temporales que recuperan durante un tiempo las condiciones normales de la acumulación de capital que, a su vez, llevarán a otra crisis. El crecimiento del paro durante las crisis reduce los salarios y favorece el deterioro de las condiciones laborales creando las condiciones para un aumento en la tasa de explotación. Al mismo tiempo las crisis acaban con miles de pequeños negocios y pueden igualmente reducir los ahorros, todo lo cual hace que aumente la miseria de gran parte de la población. Pero al mismo tiempo abren la puerta a una nueva ola expansiva, en la que se generan diferentes tipos de miseria. El paro masivo y los reducidos salarios son la consecuencia de las crisis y del estancamiento económico; la creciente desigualdad económica y la destrucción más veloz del medio ambiente también son consecuencias de la bonanza económica. (Tapia et al. 2013, Tanuro 2014).

En la tradición de Keynes y Kalecki la inversión y el gasto público son las principales variables que explican la economía, o, como dijo Minsky, “llevan la voz cantante” Desde este punto de vista, si la inversión es adecuada tendremos prosperidad. Como lo expresó Matthews, si los empresarios ponen todo de su parte para invertir lo suficiente las ganancias acabarán subiendo. Es como su los empresarios y los que tienen dinero, en general, pudieran salir de una ciénaga tirándose de los pelos como el barón de Munchausen. En cierto sentido, de ser esto verdad, la oferta, en forma de inversión, crearía su propia demanda, como la Ley de Say, que supuestamente fue aniquilada por Keynes y sus seguidores, volvería a entrar por la ventana. De todos modos, los datos muestran que una mayor inversión viene acompañada de una tasa de ganancia menor, por lo tanto el razonamiento de Mathews deja algo que desear. Los empresarios “que se esfuerzan todo lo posible” por invertir lo suficiente llevarán al resultado común, ganancias decrecientes y una recesión.

Un aspecto adicional consiste en que en el enfoque de Keynes y Kalecki las fluctuaciones de la economía se dan porque los empresarios modifican el nivel de inversión debido a factores psicológicos fuera del mundo económico. Si no fuera por los caprichos de los ricos que determinan la inversión, y de los políticos gobernantes que determinan el gasto público no había recesiones. Por lo tanto este enfoque parece una teoría exógena del ciclo. ¿Es correcto? (10)

Sea endógeno o no el carácter de la teoría keynesiana del ciclo económico, lo que queda claro es que un componente crucial de la teoría, la dependencia positiva de las ganancias de la inversión, no se corresponde con los datos, que por el contrario muestran pruebas claras de una dependencia causal negativa de las ganancias presentes sobre la inversión pasada, así como pruebas muy vigorosas de una positiva dependencia causal de la inversión en las ganancias pasadas. Además, el propio Keynes dijo que es normal en un sistema complejo considerar “como la causa causans el factor que es más propicio a una fluctuación amplia y súbita”. (Keynes 1937). Pero precisamente la tasa de ganancia es la variable macroeconómica más volátil. ¿Teniendo pruebas claras estadísticas que muestran una vigorosa determinación de la inversión por la ganancia, y dos siglos de filosofar y de la práctica real de los negocios demostrando que las ganancias monetarias son el motor del libre mercado, no es todo ello bastante para considerar que la ganancia es el factor determinante, la causa causans de la economía?
Durante las recesiones se acaparan cantidades significativas de dinero. (Wilson 2009, Dash and Schwartz 2011). Esta cuestión no ha sido analizada en este capítulo, pero los macroeconomistas son conscientes de que el “dinero” es lo que tira del crecimiento económico, es decir, puede demostrarse mediante procedimientos estadísticos que la masa monetaria como se define de forma específica tiende a crecer antes de que la inversión y el consumo comience a crecer durante la expansión. De hecho la regularidad observada en los datos de la economía de EEUU fue utilizada por Milton Friedman para elaborar una teoría del ciclo económico en la que el dinero es el principal factor que explica el ciclo económico. Esta es la esencia del monetarismo que ha influido tanto casi todas las escuelas económicas y que supuestamente aporta una técnica para reducir o eliminar el ciclo económico manteniendo estable el crecimiento del dinero. Pero los economistas monetaristas olvidan el hecho de que la conversión del dinero guardado en inversión que produce réditos es un elemento clave para sacar a la economía de una recesión. Para movilizar el dinero guardado para la campaña de la inversión, la clave es la subida de la rentabilidad, no la política monetaria o los bajos tipos de interés. Se puede decir de paso que el poder explicativo del dinero en regresiones estadísticas en las que el crecimiento económico es la variable dependiente es insignificante cuando el modelo se calcula con datos de décadas recientes; también desaparece cuando se incluyen otras variables en el modelo.

(10) Determinar si Kalecki tenía una teoría exógena o endógena del ciclo no es fácil. El editor de sus obras completas, Jerzy Osiatynski, dice que en la Teoría de la Dinámica Económica de Kalecki “el desarrollo a largo plazo de la economía capitalista, e incluso su paso a la fase de mejora empresarial, sólo era posible por la influencia de factores exógenos”. (Kalecki 1991:551, my italics). Esto está en un claro contraste con las afirmaciones de Minsky, que dice seguir el enfoque de Kalecki sobre la dinámica económica pero argumenta que los ciclos y las crisis “no son resultados de choques externos al sistema o errores políticos, son endógenos”. (Minsky 1991)
8. Observaciones finales.

En 1873 Marx escribió a su amigo Engels que había estado “devanándose los sesos” un tiempo analizando “esos gráficos en los que los movimientos de precio, las tasas de descuento, etc, etc, durante el año, etc, aparecen en un zigzag creciente y decreciente”. Marx pensó que estudiando estas curvas “podría ser capaz de determinar matemáticamente las leyes principales que rigen las crisis”. Pero cuando habló con esto con su asesor matemático, Samuel Moore, que era de la opinión de que “no podemos hacer eso en este momento”, Marx decidió “abandonar la empresa por el momento”.

Los “gráficos” disponibles que hay que analizar y los procedimientos estadísticos para analizarlos han mejorado mucho desde la época en que Marx se devanaba los sesos. Este capítulo ha presentado pruebas de que las recesiones en la economía de EEUU como han sido fechadas por la economía académica convencional poseen en esencia las características de las crisis económicas tal y como Marx las conceptualizó. Estas recesiones crisis o depresiones se caracterizan por una interrupción de la acumulación de capital, que aparece en las estadísticas nacionales como una caída en la inversión privada. Como pensaba Marx, las crisis se presentan cuando las ganancias empiezan a reducirse, de forma que la valorización se torna difícil para el capital social en su conjunto e imposible para los capitales individuales. Por lo tanto las recesiones son precedidas de una caída en las ganancias varios trimestres antes, pero las ganancias se recuperan en los últimos trimestres de la recesión y vuelven a subir rápidamente poco después. La caída de la inversión durante la recesión sigue a la caída de la ganancia y la inversión se recupera durante los periodos expansivos siguiendo a la subida de la ganancia. Durante la recesión bajan las rentas del trabajo y el monto total de capital se ve reducido por la cancelación de deudas, por la destrucción de inventarios y mercancías fungibles, otros inventarios liquidados a precio vil, una devaluación general de los activos de capital, etc., todo lo cual lleva con frecuencia a una crisis financiera asociada. Todo ello se corresponde con el enfoque de Marx, en el que las crisis económicas son interrupciones momentáneas de la acumulación de capital. Al reducir el monto total de capital y la masa total de salarios las recesiones permiten recuperar la rentabilidad. He mostrado datos sobre muchos de estos procesos, aunque otros, como las crisis financieras y la destrucción de capital ligada con las recesiones, están más allá del alcance de este capítulo.

En otros lugares he defendido que las recesiones NBER de la pasada mitad de ciclo, es decir, las fechadas en 1973-1975, 1980-1982, 1990-1991, 2001 y 2007-2009 son en realidad las manifestaciones en EEUU de cinco crisis generales de la economía mundial. El libro reciente del FMI de Kose y Terrones (2015) aporte pruebas abundantes para fechar las recesiones globales en los años 1975, 1982, 1991 y 2009. Sin embargo, a causa de emplear un procedimiento escolástico para fechar la recesión, estos autores rechazan la existencia de una crisis mundial al acabar el siglo, y dicen que la economía global experimentó dos recesiones separadas en 1998 y 2001 que “no llegan al punto de poder ser consideradas como una recesión global”. (Kose and Terrones 2015:99).
Los resultados ofrecidos en este capítulo no deberían sorprender a nadie, ya que el papel de la rentabilidad como el principal factor determinante de la inversión fue demostrado estadísticamente ya en 1939 por Timbergen y después “redescubierto” mucho después por otros autores (Bhaskar and Glyn 1995; Blanchard et al. 1993). Varios investigadores han llegado a la conclusión hace pocos años de que EEUU es una economía regida por la ganancia (Barbosa-Filho and Taylor, 2006; Rada and Taylor, 2006; Mohun and Veneziani, 2008), lo que viene a decir más o menos lo mismo. Como ya se dijo, Mitchell había descrito ya en 1913 que el descenso en las ganancias empresariales, que concebía como la reducción de las ganancias a causa de los costes, era un fenómeno de prosperidad que llevaba a la recesión, pero Timbergen fue el primero que se sirvió de procedimientos estadísticos para mostrar de manera más formal una vinculación entre las ganancias y la inversión que puede conceptualizarse como un efecto causal (Tinbergen 1939, 1950, 1952). Este resultado no era muy sólido para los sumos sacerdotes de la ciencia económica. Fue machacado por Keynes y Friedman, y muchos se unieron al coro. Richard Goodwin, con frecuencia considerado uno de los más grandes teóricos del ciclo económico, se unió a la pandilla crítica afirmando que “si revertimos la dirección de la causalidad y decimos que la inversión determina las ganancias por medio del multiplicador y los ingresos, privamos a los principales resultados de Timbergen de gran parte de su significado”. Para Godwin esto es posible porque “en los ciclos económicos la mayoría de las cosas suben y bajan conjuntamente, y por consiguiente es muy grande el peligro de correlación espuria”. (Goodwin 1964:433).
Las críticas de Godwin a Timbergen adolecen de un razonamiento especioso, ya que las correlaciones espurias se dan cuando las series tienen una tendencia juntas al alza o juntas a la baja, o en direcciones opuestas, no cuando oscilan siguiendo la una a la otra o reflejándose una a otra respectivamente. Por ejemplo, las emisiones de CO2 y la actividad económica van arriba y abajo en consonancia, y esto no representa una correlación espuria sino un eslabón causal. (Tapia et al. 2012). Es verdad lo que dice Goodwin, muchas cosas se mueven arriba y abajo “juntas” en el ciclo económico, pero las demoras observadas y el análisis estadístico puede ser útil para probar que signos y direcciones de causalidad poseen apoyo empírico. La evidencia presentada en este capítulo está en contradicción clara con el enfoque de la escuela Keynesiana representada por un keynesiano tan destacado como fue Goodwin. Las pruebas sin embargo respaldan en gran manera un ciclo económico endógeno en el que la rentabilidad posee el papel destacado. Desde el punto de vista de tal teoría de las crisis económicas que parece respaldada por sólidas consideraciones teóricas así como los datos empíricos, los datos de los años recientes sugieren como muy probable una nueva recesión de la economía global, sino en 2016, en los próximos años. (Tapia 2016b).

Tanto los economistas convencionales como los heterodoxos de izquierdas suelen mantener que distintas crisis económicas poseen diferentes causas de modo que no tiene sentido encontrar patrones comunes o explicaciones comunes. (Mankiw 2009, 2010; Duménil and Lévy 2011; Harvey 2011:213-224). Robert Lucas, probablemente el representante más característico del enfoque macro clásico declaró a finales de 2012 que había modificado sus ideas sobre la importancia de los “choques financieros” y los “choques reales” en cada recesión de 1930 hasta hoy. “Por supuesto esto significa que debo abandonar la idea de que todos los ciclos económicos son parecidos”. (Citado in Kose and Terrones 2015:172).

Ahora bien en la ciencia pura o aplicada, es un principio bastante compartido que para estudiar las causas que determinan un fenómeno (pensemos en terremotos, las mareas, el punto de fusión de un material, el cáncer de pulmón o la fiebre puerperal) en vez de examinar las particularidades de cada caso concreto o de un experimento particular el procedimiento adecuado es analizar múltiples manifestaciones del fenómeno y extraer de ellas sus rasgos esenciales y determinantes. Pero hoy en día resulta una rareza buscar patrones comunes para explicar las crisis económicas. Y resulta interesante que la tendencia a creer que cada crisis es diferente vaya de la mano en la profesión económica con un enfoque no histórico que supone que los ciclos económicos, al igual que los mercados, el crédito y el capital, han existido siempre, por lo que cualquier clase de perturbación económica, incluso las que sucedieron hace largos siglos, tiene que ser examinada cuando el fin es analizar las crisis económicas. (Reinhart and Rogoff 2009).

En el campo de la economía heterodoxa, las crisis se conceptualizan muchas veces como largos periodos de estancamiento. Para los economistas y comentaristas más radicales, el capitalismo americano sólo ha experimentado dos crisis desde la Segunda Guerra Mundial, la de los setenta y la que comenzó en 2007. Este punto de vista implica que las recesiones cíclicas de EEUU fechadas por el NBER en 1991 y 2001, o la recesión global identificada por los autores del FMI en 1991 no son crisis económicas en ningún sentido. Por ejemplo Shaikh (2016:733) alude al periodo de 1982 a 2007 como un boom en la economía de EEUU. Es interesante que la idea de un periodo de “Gran Moderación” con un crecimiento económico sostenido fuera planteada por la economía convencional precisamente en aquellos años. ¿Pero cómo puede ser ese periodo un boom cuando los autores del FMI aluden a una recesión global a comienzos de los 90 y en los datos de EEUU todos los elementos característicos de una crisis se hallan presentes. Existió una importante contracción de la ganancia, seguida de inversión decreciente y salarios reducidos y más paro (Tabla 1) Lo mismo puede predicarse de 2000-2001 (11)

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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Traducción al español por Huan Manwe