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 Asunto: Capitalismo, competición y crisis. Anwar Shaikh
NotaPublicado: Lun Sep 26, 2016 2:57 pm 
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CAPITALISMO, COMPETICIÓN Y CRISIS.
DE ANWAR SHAIKH.

Introducción.

El enfoque del libro. Orden y desorden.

La historia económica del capitalismo desarrollado se manifiesta como un progreso continuado: crecimiento inexorable, aumento constante del nivel de vida, crecimiento de la productividad, mejoras en la sanidad, la calidad de vida y el bienestar. Visto de lejos, es el orden del sistema, su coherencia interna, lo que destaca.
Sin embargo cuando se profundiza, más azarosa parece esta visión. Los individuos vagan por caminos embrollados, impulsados por motivos oscuros que los dirigen a fines nebulosamente concebidos, entrecruzándose y chocando cuando desempeñan sus papeles de compradores y vendedores, de jefes y empleados, de productores y especuladores, de empleados y parados. La información, la mala información y la falta de información tienen el mismo peso. La ignorancia es tan útil como el conocimiento. La esfera pública y la esfera privada se hallan imbricadas, como la riqueza y la pobreza, el desarrollo y el subdesarrollo, la conquista y la cooperación. Y siempre se manifiesta una clara irregularidad: entre ciudades, regiones y naciones; y también a lo largo del tiempo, con booms, recesiones, crisis. Cuando se analiza más de cerca lo más chocante del sistema es su desorden.

¿Cómo puede uno abordar estos dos aspectos igualmente reales?

2. La respuesta neoclásica a esa realidad dual.

La economía neoclásica, que constituye la ortodoxia actual, nos ofrece una respuesta. Se centra en el primer aspecto y purga, o por lo menos relega a la periferia teórica, el segundo. El orden que se percibe en el sistema se convierte en la situación óptima a la que lleva el mercado, o la siempre perfecta mano invisible. Esa situación óptima se proyecta a su vez en unidades microscópicas, denominados agentes representativos, de donde se dice que derivan las elecciones maravillosamente racionales. De este modo llegamos a una perspectiva particular. En su forma perfectamente ordenada, el sistema iguala todos los precios de bienes comparables, todas las tasas salariales de trabajos comparables y todas las tasas de ganancia en relación con niveles comparables de riesgo.

Además, se emplean plenamente todos los recursos disponibles, incluyendo las plantas, el equipo y el trabajo. Todo ello sin errores, inestabilidad o crisis. Sólo entonces, después de que lo anterior queda fijado como concepción dominante, se permite que entre el desorden potencial en el relato, sotto voce, concediéndose de mala gana la interferencia de una realidad lamentablemente imperfecta.

3. La respuesta keynesiana y post-keynesiana a esa dualidad real.

La economía heterodoxa, en particular la economía post-keynesiana, toma un enfoque diferente. Hace hincapié en la ineficacia, en los desequilibrios y en las desigualdades generadas por el sistema. En vez de competición perfecta, tenemos competición imperfecta. En vez de pleno empleo automático, tenemos paro persistente. Los resultados del mercado se presentan ahora condicionados por la historia, la política, la cultura y el azar, y sobre todo el poder: el poder de los oligopolios, el poder de clase y, por supuesto, el poder del Estado. Desde este punto de vista lo que otros perciben como patrones ordenados son realmente senderos contingentes, que surgen de constelaciones de fuerzas históricamente específicas. Los resultados sociales deseados no son automáticos, y los resultados automáticos no son siempre deseables. Es más probable que haya paro que pleno empleo, y las crisis y la inflación son siempre una posibilidad. Por lo tanto existe siempre una necesidad de intervención para acortar el espacio entre lo real y lo deseado. Lo que promete la economía neoclásica mediante el obrar de la mano invisible del mercado, la economía keynesiana y post-keynesiana propone conseguirlo mediante la muy visible mano del Estado.

Lo que resulta irónico es que ambas perspectivas ven la realidad a través de un prisma “imperfeccionista”. La economía neoclásica parte de una base perfeccionista y e introduce las imperfecciones como matizaciones apropiadas de la teoría subyacente. La economía heterodoxa acepta por lo general la visión perfeccionista en el sentido de que era correcta en una fase determinada del capitalismo pero sostiene que en el mundo real actual son las imperfecciones las que se imponen. Pero ambos enfoques sirven en realidad para proteger y preservar los fundamentos teóricos básicos, que siguen siendo necesario punto de partida y referencia fundamental para un número siempre creciente de desviaciones que se dan en el mundo real. ¿Después de todo, como puede estar equivocada la teoría básica si existe un “éter” particular para cada resultado problemático? Esta obra sigue un enfoque muy distinto.

4. La diferente finalidad de esta obra.

Para empezar, el fin que me propongo con este libro es muy distinto. La economía neoclásica investiga el funcionamiento de una versión del capitalismo idealizada deliberadamente, y quiere pintar el mundo desde ese punto de vista. La economía heterodoxa se aprovecha de la distancia entre esta visión de la perfección y el mundo real. Ambos bandos tratan de acercar las distancias resultantes echando varias “imperfecciones” al potaje original. Por consiguiente siempre se hallan en un equilibrio inestable, con un pie en lo ideal y otro en lo real. El fin de este libro es desarrollar una estructura teórica que resulte apropiada desde el principio para analizar cómo funcionan en realidad los países capitalistas desarrollados. Su objeto de investigación no es lo perfecto ni lo imperfecto, sino lo real. Por esta razón, los planteamientos teóricos que aquí se desarrollan, junto con sus alternativas, se cotejan constantemente con las pruebas empíricas.

En segundo lugar, aunque esta obra trata de demostrar que el sistema económico capitalista genera patrones vigorosamente ordenados que trascienden las particularidades históricas y regionales, las fuerzas que dan forma a estos patrones no son railes de acero ni meras constelaciones de circunstancias. Son, en realidad, límites al movimiento cuyos gradientes definen lo que es sencillo y lo que es difícil en un momento dado. De este modo canalizan los senderos temporales de las variables económicas clave. Ciertamente estas fuerzas modeladoras son ellas mismas el resultado de ciertos imperativos inmanentes, como los “comportamientos que buscan maximizar la ganancia”, que definen su forma social particular en todas sus expresiones históricas. No se trata de contrastar leyes no históricas con resultados históricamente contingentes. La agencia humana y la ley coexisten en el seno de una estructura multidimensional de influencias. Pero esta estructura es en sí misma profundamente jerárquica, y algunas fuerzas (como la búsqueda de ganancia) son mucho más vigorosas que otras. La fase en la que la historia se desenvuelve se está moviendo ella misma, dirigida por corrientes más profundas.

En tercer lugar, el orden sistémico resultante se genera por medio y a través de un continuado desorden, siendo este último su mecanismo inmanente. La tentativa de escindir teóricamente el orden del desorden, o de hacer énfasis en uno a expensas del otro, es perder de vista su unidad intrínseca, y por lo tanto perder de vista los mismos factores que dotan al sistema de sus patrones profundos. Pero el orden no es sinónimo de situación óptima, ni el desorden es lo mismo que la ausencia de orden. El orden que se alcanza por medio del desorden es de una pieza, una fuerza insensible que desdeña tanto las expectativas como las preferencias. Esa es precisamente la fuente del continuado vigor del sistema.

En cuarto lugar, si uno pretende demostrar como el orden y el desorden se hallan en íntima relación en unas circunstancias concretas, es preciso identificar mecanismos particulares. El principal objetivo del libro en este punto es demostrar que una gran variedad de fenómenos pueden explicarse remitiéndose a una serie muy pequeña de principios operativos que hacen que los resultados reales graviten en torno a sus centros de gravedad en permanente dinamismo. Es el medio del sistema de regulación turbulenta, cuya expresión característica adopta la forma de recurrencia de los patrones. Las aplicaciones teóricas y empíricas de estas dos ideas están entretejidas en la estructura de esta obra.
La regulación turbulenta y la recurrencia de los patrones se aplican a las diversas tendencias gravitacionales del sistema. La primera serie comprende aquellas que canalizan los precios de las mercancías, las tasas de ganancia, las tasas de salarios, las tasas de interés, los precios en los mercados de renta variable, y los tipos de cambio. Estos procesos poseen dos aspectos. Las tendencias igualadoras guiadas por la incansable búsqueda de ganancia monetaria, cuyo efecto no intencionado es estrechar las mismas diferencias que las motivan. Y tendencias modeladoras que sirven de guía por el sendero en el que operan estas tendencias igualadoras. Por ejemplo, los procesos de igualación hacen que las tasas de salarios y ganancias individuales graviten alrededor de los promedios correspondientes. La competencia entre los trabajadores y los capitales desempeña un papel crucial aquí. Al mismo tiempo la propia tasa salarial promedio depende de la productividad, de la rentabilidad, y de la correlación de fuerzas entre patronos y empleados, mientras que la tasa de ganancia promedio depende de los salarios, de la productividad y de la intensidad en el empleo del capital. Los promedios surgen de las interacciones individuales (microeconómicas) en las que la competencia desempeña un papel central. Ambos procesos se encuentran en los dominios de la llamada “competición real”, en la que el fin de lucro tiene un papel fundamental. Como veremos la idea de competición real que se desarrolla en esta obra es muy diferente de la de la competencia perfecta y de la dualidad que supone la competencia imperfecta. La competencia real no reside en un punto medio teórico entre estos dos hitos teóricos.

La segunda serie de tendencias gravitacionales brota de la macro-dinámica turbulenta del sistema, con sus particulares procesos expansivos, oleadas de crecimiento y desaceleración económica, desempleo persistente y periódicos e intensos ciclos de recesión incluyendo la crisis global que comenzó, muy conforme al plan, en 2007. Una vez más, es el afán de lucro el factor determinante en la regulación de la inversión, del crecimiento económico, de los ciclos económicos, e incluso de la inflación.
El carácter nuclear del afán de lucro ostenta diversas implicaciones. En primer lugar, la teoría de la ganancia, y de ahí la teoría de los salarios, cobra un sentido especial. En segundo lugar es importante demarcar el papel preciso de la rentabilidad en la teoría de la competencia real, ya que afecta a todos los aspectos del comportamiento de las empresas. Esta influencia se extiende a la teoría de la fijación competitiva del precio y la teoría del cambio técnico (endógeno) En tercer lugar la teoría de que la rentabilidad (esperada) regula tanto la inversión como el crecimiento implica un modo peculiar de interacción entre la demanda agregada y la oferta.

Comprobaremos que la dinámica resultante no es ni neoclásica, ni keynesiana, ni kaleckiana ni harrodiana, sino fundamentalmente clásica: es la ganancia la que regula la oferta y la demanda. La rentabilidad también desempeña un papel crítico en la teoría del desempleo persistente, por medio del canal del cambio técnico endógeno y una tasa de crecimiento natural “endógena” correspondiente. Por último veremos que el nuevo poder adquisitivo generado puede succionar la producción y el empleo, como decía Keynes, pero que esto puede llevar a la reducción de la tasa de crecimiento. Cuando la producción a corto plazo será mayor de la que pudiera haberse dado, la producción a largo plazo será menor que la que pudiera haberse dado.
Las pruebas empíricas tienen un papel tan relevante en esta obra, que es importante señalar que los datos no son una simple colección de datos preexistentes. La teoría siempre está presente, no sólo en la interpretación de los acontecimientos, sino en su misma representación (y ocasionalmente en su supresión, como sabemos demasiado bien) Por ejemplo, ningún análisis del desempleo puede ir muy lejos sin reconocer que en todas las estadísticas oficiales en los países más desarrollados, se cuenta una persona como “empleada”, “si realizó cualquier trabajo remunerado durante la semana”. (1) Sólo en las últimas décadas las agencias gubernamentales han comenzado a publicar mediciones de empleo precario y de trabajadores desanimados, lo que por supuesto, revela un cuadro bastante más tenebroso del estado de la economía. Se verá que existe un problema análogo en las mediciones oficiales del stock de capital, que han cambiado notablemente cuando los constructos neoclásicos han suplido a los clásicos y keynesianos en este campo.
No sólo los niveles y tendencias, la propia noción de capital se ha transformado. Tiene su importancia porque la medición del stock de capital desempeña un papel fundamental en el cálculo de la tasa de ganancia. Los datos no son tan inocentes como el Cándido de Voltaire.
Este libro se inspira en una diversidad de fuentes. El principio de regulación turbulenta tiene su origen en el método de Adam Smith, David Ricardo y en especial de Carlos Marx, para quien las “leyes de movimiento” son los principios regulativos que ejercen su influencia en y por medio de diferentes contra-tendencias. La teoría de la competición real tiene raíces similares en el seno del canon de la ciencia económica, pero también se pueden encontrar elementos de la misma en la literatura que trata de las empresas. La mayor parte del tiempo los patrones se ven directamente, pero algunas veces la formalización exige las herramientas de la moderna dinámica no lineal y las pruebas empíricas exigen emplear las modernas herramientas econométricas.

El énfasis en el crecimiento como un proceso inmanente tiene también raíces en la tradición clásica y marxista, así como en las obras de Harrod, Robinson y otros. Como se ha señalado anteriormente, la reacción positiva de la tasa de ahorro de las empresas a las necesidades de inversión abre el camino para la síntesis clásica de Harrod y Robinson, en la que el crecimiento es guiado por la productividad y sin embargo el empleo de la capacidad gravita alrededor de una tasa normal. En un nivel macroeconómico la demanda no puede ser autónoma con respecto a la oferta, ya que la decisión de producir lleva a comprar material, máquinas, y a pagar salarios a los trabajadores y rentas, intereses y dividendos a los caseros, acreedores y propietarios. Por lo tanto la oferta no es ni la potencia imperial de la economía neoclásica, ni la presencia espectral de la economía Keynesiana o Kaleckiana. La oferta y la demanda están aquí en pie de igualdad, fardando en el escenario alternativamente. Pero, como siempre, quien mueve los hilos es la ganancia.
La idea del desempleo persistente puede remontarse a la concepción de Marx del ejército de reserva de los desempleados, al puzle de Harrod sobre la diferencia entre tasas de crecimiento preferidas y naturales, y a la brillante síntesis matemática de Goodwin sobre la relación de estas como un ciclo de presa y depredador. En los trabajos de Harrod, Kaldor-Pasinetti y Goodwin, la tasa de ganancia debe adaptarse para conseguir que la tasa de crecimiento deseada sea equivalente a la tasa de crecimiento natural. Sostengo que la tasa natural, que es la suma del crecimiento de la productividad y de la fuerza de trabajo, responde positivamente en sí misma a la rentabilidad; la tasa de cambio técnico depende del coste relativo del trabajo, y el crecimiento de la fuerza laboral responde por medio cambios en las tasas de participación y de la importación del trabajo, y a los incentivos laborales.
Por ello el crecimiento regido por el afán de lucro puede generar una tasa persistente de desempleo, como en Marx y Godwin. Se puede demostrar que esto tiene severas implicaciones en los efectos de la política fiscal.
Con todos estos argumentos se pretende entretejer una narrativa teórica coherente en cuanto a su lógica interna, y coherente externamente en relación con las pruebas empíricas. Debe notarse que si bien esta obra se centra en el mundo capitalista desarrollado, no se debe a que no nos interese el mundo en vías de desarrollo. Por el contrario, tenemos fuertes motivos para pensar que un análisis del capitalismo en su forma más desarrollada es esencial para una comprensión adecuada de las relaciones entre el mundo desarrollado, en desarrollo y subdesarrollado. A este fin hemos consagrado nuestro proyecto.

II. Líneas Generales del Libro.

Esta obra se divide en tres partes: Fundamentos del Análisis, La Teoría de la Competencia Real, y la Teoría de la Macro-dinámica Turbulenta. Excluyendo este capítulo introductor y una breve conclusión, cada parte comprende cinco capítulos. Todos los argumentos teóricos se contrastan con los correspondientes puntos de vista neoclásicos y keynesianos/post-keynesianos y con las pruebas empíricas. En el siguiente resumen de los diversos primeros capítulos dejo fuera la mayoría de citas y referencias ya que aparecen en los textos apropiados.

1. Parte 1. Fundamentos del Análisis. (Capítulos del 1 al 6)
Inmediatamente después de este capítulo introductorio, el capítulo 2 fija el escenario presentando pruebas empíricas sobre patrones económicos característicos a largo plazo en los países capitalistas avanzados. Incluyen un crecimiento persistente de la producción, la productividad, las ganancias, y el empleo, todo ello en el marco de ciclos recurrentes y grandes depresiones periódicas; la relación influenciada socialmente de los salarios reales con la productividad; el efecto beneficioso de las políticas y las instituciones en el desempleo; la sorprendente recurrencia de prolongadas oleadas doradas, incluso hasta el día de hoy; las implicaciones para el crecimiento del camino a largo plazo de la rentabilidad; la igualación turbulenta de las tasas de retorno entre los sectores industriales; y la determinación estructural de los precios industriales relativos.

Las ideas de recurrencia y regulación turbulenta brotan de forma bastante espontanea cuando se efectúa un escrutinio teórico de esta suerte. El capítulo concluye pasando revista de forma amplia al aumento de la desigualdad global que ha llevado al estado actual del mundo, en el que el desarrollo coexiste con el subdesarrollo, el crecimiento con la recesión, y la opulencia con la pobreza más extremada. El propósito de este capítulo es dejar claro que el objeto de estudio es el propio capitalismo.

El capítulo 3 se interesa por las cuestiones metodológicas suscitadas por la existencia de patrones a largo plazo. Comienza con la cuestión del método. La idea convencional de equilibrio como un estado de quietud es sustituida por la idea de regulación turbulenta en la que el equilibro sólo se consigue quedándose corto o pasándose de forma recurrente. Lo anterior plantea la cuestión de la temporalidad de los procesos involucrados, es decir, la duración de las “carreras” en las que se supone que se alcanza el equilibrio. También es necesario abordar la “nudosidad” inherente de los objetos y las respuestas sociales, ya que los umbrales implican una no linealidad intrínseca en los propios procesos.

Además la mera persistencia de patrones a largo plazo plantea otras cuestiones metodológicas: ¿cómo puede ser posible que la sociedad capitalista genere patrones recurrentes agregados a lo largo del tiempo teniendo en cuenta que se compone de individuos mudables insertos en estructuras sociales que evolucionan y sujetos a modas que cambian constantemente? Una respuesta, que hoy complace a los economistas neoclásicos, es pintar los resultados sociales recurrentes como las opciones súper-racionales de un inmutable agente representativo. Sin embargo la mera idea de un agente representativo padece de dificultades insuperables. En primer lugar, para derivar patrones agregados estables en circunstancias históricas cambiantes es necesario postular agentes representativos inmutables. En segundo lugar incluso en tomando como dadas ciertas circunstancias sociales, el comportamiento agregado de un grupo no se corresponderá con los comportamientos individuales subyacentes a menos que todos los agentes dentro del grupo sean idénticos. Es la existencia general de no linealidades que brotan de las interacciones de los individuos las que dan cuenta de este resultado. Los economistas neoclásicos sencillamente hacen caso omiso de este problema y sigue tirando. En tercer lugar, suponer híper-racionalidad no es útil ya que falsea sistemáticamente las motivaciones subyacentes y no es necesaria porque podemos derivar los patrones observados sin recurrir a esa suposición.

La clave es reconocer que los resultados agregados poseen “propiedades emergentes” debido a las interacciones entre los elementos individuales: un todo orgánico es más que la suma de sus partes. Aún necesitamos que se explique el carácter persistente de estas propiedades emergentes a la luz de condiciones históricas cambiantes. El secreto radica en la diversidad de los comportamientos de los agentes individuales. Pueden surgir patrones legítimos a partir de la interacción de unidades heterogéneas (individuos o empresas) operando con estrategias variables y expectativas en conflicto debido a que los resultados agregados son “muy indiferentes” a los detalles microeconómicos. La diversidad genera distribuciones estadísticas de resultados cuyos promedios y otros rasgos se ven moldeados por estructuras sociales y culturales. Este enfoque puede utilizarse para demostrar que podemos derivar las principales leyes empíricas del comportamiento agregado de los consumidores (curvas de demanda de pendiente decreciente, elasticidades características de ingresos en relación con lo necesario y los artículos de lujo, la no linealidad de las curvas de Engel, y la quasi-linealidad de las funciones de consumo agregado) sin tener que hacer referencia a ningún modelo concreto del comportamiento del consumidor. Los agentes toman decisiones, y las decisiones son importantes. Pero los patrones generales anteriores no dependen de esos detalles. Se sigue que uno no puede comparar modelos micro en competencia a nivel agregado. Tenemos que seguir dentro del nivel micro. Y entonces se ve claro que no tenemos que asustarnos si hay que enfrentarse a la naturaleza caprichosa, compleja y a veces incluso demente del comportamiento humano. Debemos abrazar la diversidad, no suprimirla.

El Capítulo 4 se ocupa de la estructura de la producción social. En la superficie el capitalismo se manifiesta como un sistema de intercambios generalizados. Ciertamente, la economía neoclásica presenta el intercambio de equivalentes como el principio central organizador de la economía capitalista, introduciendo sólo la producción como un medio de intercambio indirecto entre el presente y el futuro. El punto de vista clásico es muy distinto. Como la producción lleva tiempo, antecede al intercambio de productos. Y es dentro de la producción donde nos enfrentamos a disputas constantes sobre los salarios, la duración y la intensidad de la jornada de trabajo. La primera parte de este capítulo contrasta el énfasis clásico sobre la importancia del tiempo en la producción y sobre el papel activo del trabajo en la misma, con la metodología intemporal y pasiva de insumos-productos de la mayoría del resto de tradiciones económicas. La distinción entre la inversión circulante y la inversión fija tiene importantes implicaciones para la dinámica económica. Los relatos clásicos y de la economía convencional sobre la producción son diferentes en cuanto a la medición de la producción total y el valor añadido, pero, sorprendentemente, no son diferentes en lo que al excedente bruto operativo respecta.

Se realiza un estudio cartográfico de los dos esquemas en el apéndice 4.1. La segunda parte del capítulo muestra como el empleo de las materias primas, del capital fijo, y del trabajo está vinculado a la duración e intensidad de la jornada laboral.

Estas conexiones se usan para deconstruir diversas representaciones convencionales del proceso de producción que van de los coeficientes fijos a las funciones de producción clásicas. Las diferentes combinaciones potenciales de los cambios en la utilización del trabajo cambiarán de posición a lo largo de la frontera de las posibilidades de producción en diferentes niveles de utilización. Esta nueva índole de “reversión de las técnicas” ha defenestrado cualquier posibilidad de construir una función de producción neoclásica microeconómica. Por otro lado la determinación social de los cambios en la duración y la intensidad del trabajo implican que no podemos tomar modelos de coeficientes fijos ni variables de producción como si representaran “condiciones” técnicas en exclusiva. La tercera parte muestra que las curvas de coste propiamente derivadas son muy distintas de las postuladas en los manuales convencionales de microeconomía. La noción de curvas de coste en forma de U queda singularmente afectada, ya que los cambios de costes normales de un cambio al siguiente dan lugar a una forma de erizo en los costes promedio variables y a acusados saltos correspondientes en los costes marginales. Una implicación directa de esta forma de erizo es que un precio dado puede intersectar con la curva de coste marginal en múltiples ocasiones, de modo que la norma p=cm no sirve de nada para determinar el punto de producción en el que se maximiza la ganancia.

El enfoque de coeficiente fijo puede acomodar los resultados algo mejor, pero sólo al precio de tratar cada combinación potencial de cambios, que operan en duraciones e intensidades determinadas de la jornada laboral como una “tecnología separada”.

El capítulo termina pasando revista a las pruebas empíricas sobre la duración e intensidad de la jornada de trabajo, sobre la productividad del trabajo, y sobre las formas de las curvas de coste reales.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Capitalismo, competición y crisis. Anwar Shaikh
NotaPublicado: Mié Sep 28, 2016 2:45 pm 
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Hemos encontrado que el análisis clásico de la producción es bastante coherente con las pruebas empíricas y que las curvas teóricas de costes derivadas a partir de estos fundamentos son parecidas a las curvas empíricamente observadas y coherentes con la experiencia de las empresas. Por otro lado, la omnipresente curva de costes neoclásica en forma de U no tiene fundamento empírico y tampoco sirve de mucho en la práctica.

El Capítulo 5 aborda la cuestión del dinero. Las actividades de producción se llevan a cabo por entes privados a los que le preocupa el lucro que puedan obtener, sin que les concierna de modo inmediato la satisfacción de necesidades sociales. Cada empresa anticipa las ganancias por las ventas de su producto y prevé adquirir otros productos como insumos futuros o para consumo personal. Las inevitables discrepancias entre las expectativas individuales y planes en conflicto de las empresas se solventan en el mercado. La economía neoclásica tira por el retrete las incomodidades de los mercados reales fingiendo que los planes individuales de producción encajan perfectamente con las necesidades sociales. Este fingimiento se denomina “equilibrio general”. De hecho, el orden turbulento que consiguen los mercados sólo se obtiene en el desorden y por medio del desorden, y el dinero es su agente general. El cambio no es lo mismo que una donación, incluso cuando en el cambio se respeta la reciprocidad. Cuando regalas algo de verdad no pides nada a cambio, cuando cambias pides a cambio algo más deseable para ti.

El Potlatch es paradigma de una costumbre en la que el rango social de los partícipes se determinaba por la magnitud de lo que podían prescindir. En un toma y daca recíproco cada parte trata de ofrecer algo deseable a la otra parte. En el cambio cada parte intenta obtener algo más deseable de lo que entrega. Del mismo modo una obligación de pago no puede confundirse con una deuda hablando propiamente. Por ejemplo, los impuestos y tributos son obligaciones unilaterales de pago reforzadas por la amenaza del poder estatal en caso de incumplimiento. Por ser unilaterales empleamos términos como tributo o impuesto. Una deuda es una obligación de pago, por lo que implica un reflujo de intereses y pagos de amortización. Es diferente del intercambio separado en el tiempo: se pueden intercambiar herramientas en el momento por cereales, o se pueden recibir las herramientas ahora y entregar los cereales posteriormente. Se muestra que estas diferencias desempeñan un importante papel en la teoría del dinero y el crédito.

El trueque es la forma originaria de intercambio. Genera múltiples proporciones de intercambio entre una mercancía y el resto. El dinero surge de forma natural cuando aumenta el alcance del intercambio, debido a la necesidad inherente de convertir las múltiples proporciones de intercambio de una mercancía dada como el cereal con la carne, la sal, el cuero, herramientas, y demás en una proporción única entre la misma y una mercancía elegida socialmente como la sal. La sal se convierte en la mercancía dinero local y todas las mercancías dentro de su ámbito poseen un precio en sal. El precio está íntimamente vinculado con el dinero: es la expresión monetaria del valor cuantitativo de una mercancía.
La distinción entre una simple mercancía y la mercancía dinero surge una y otra vez en la historia humana, tomando esta diferente forma como sal, ganado, cerdos, cereales, caparazones, semillas de cacao, cuentas de cristal, ocre rojo, hojas de hacha, jengibre, flechas, lanzas, piedras de moler, cera, metales y símbolos, y se inventan nuevas formas constantemente. Cada forma de dinero se ve depuesta por el desarrollo histórico. La sección II sigue la pista a la evolución del dinero a partir de su origen en los intercambios pasando por monedas privadas o emitidas por el Estado, símbolos privados estatales convertibles e inconvertibles, dinero fiduciario estatal, y dinero bancario. Concluye con la exposición de las tres funciones esenciales del dinero: medio de fijación de precios, medio de circulación y medio de seguridad, y se analizan ciertos sorprendentes patrones empíricos a largo plazo.

La sección III pasa de las teorías clásicas del dinero y el nivel de precios al análisis marxiano de estas cuestiones.

Marx se ciñe al caso en el que los símbolos representan directa o indirectamente una mercancía dinero, (prometió analizar el dinero fiduciario puro y el crédito bancario más tarde, pero murió antes de poder hacerlo) Desde este punto de vista, su tratamiento del dinero basado en otra mercancía es aplicable hasta 1939/1940, fecha en la que se produce el fin del patrón-oro. Un factor central es su determinación del nivel nacional de precios como el producto de dos términos: el precio relativo determinado por la competencia de las mercancías en términos del dinero escogido históricamente que en occidente era el oro; y el precio de la mercancía dinero determinado por factores monetarios y macroeconómicos.Se pueden ver algunos patrones empíricos chocantes en los Estados Unidos y en el Reino Unido cuando se analizan los niveles de precios con este enfoque. Una de las ventajas de este enfoque consiste en la identificación de un único indicador de onda larga que sigue siendo válido en el día de hoy (capítulos 16 y 17)

La sección IV vincula el tratamiento clásico del dinero fiduciario en una mercancía dinero (por ejemplo el oro) patrón, con los modernos tratamientos (sraffianos) de los precios relativos de producción, antes de abordar la cuestión principal: ¿cómo se enfrenta uno al hecho de que el dinero fiduciario ya no está ligado a una mercancía dinero? Se mantiene que con el moderno dinero fiduciario el nivel nacional de precios se determina mediante factores monetarios y macroeconómicos, pero de forma distinta que en los enfoques monetaristas, keynesianos y post-keynesianos. De ahí que este aspecto se posponga al análisis en los capítulos 12 y 14 de la tercera parte del libro en la que el enfoque clásico de la rentabilidad, la demanda efectiva, el crecimiento y la inflación se aplicarán al campo macroeconómico. Se recogen las modernas teorías de la inflación y las alternativas clásicas en el capítulo 15, junto con un análisis crítico de las tesis chartalistas y neo-chartalistas sobre el papel histórico y las competencias del Estado moderno.


El capítulo 6 comienza con un detenido análisis de la ganancia y el capital. Hay dos cuestiones trascendentales: la definición del capital y la determinación de la ganancia agregada. Keynes alude a la idea de Marx del circuito del capital D-M-D´ como un método particularmente útil para identificar el capital.
A lo largo de la existencia de este circuito, el capital comienza como D, dinero, se transforma en mercancías (M) que comprenden fuerza de trabajo, plantas y equipo y que después se espera que se conviertan en más dinero que se tenía al principio. (D´) En contraste con lo anterior, cuando uno trabaja para ganarse la vida, se halla en el circuito M-D-M. Los dos circuitos apuntados interactúan, ya que los salarios percibidos por los asalariados forman parte de los gastos de capital de las compañías, en tanto que los bienes de consumo y activos financieros adquiridos por los trabajadores son parte de las ventas de las empresas guiadas por el afán de lucro. Por lo tanto no son las cualidades de las cosas sino el proceso en el que operan lo que las convierte en capital.

El capital tampoco se define por su durabilidad: el capital circulante como un molde para arcilla puede durar solamente parte de un año, mientras que el capital fijo como una máquina puede durar décadas. Por otro lado los bienes duraderos como los automóviles particulares y las viviendas forman parte de la riqueza personal, no son capital. Ciertamente un coche puede ser riqueza personal para un individuo mientras que el mismo utilitario puede ser capital para un tratante de vehículos que trata de colocarlo (al precio adecuado). La economía neoclásica siempre mezcla el capital y la riqueza duradera porque define sencillamente el capital como “riqueza” que dura más de un año. La contabilidad nacional moderna suele incorporar el enfoque neoclásico: por ejemplo los dueños de viviendas se tratan como empresarios que se alquilan sus casas a sí mismos. (Apéndice 6.7)
La Sección II muestra que existen dos fuentes de ganancia agregada, como argumentó originalmente Sir James Steuart: la primera surge de una transferencia de riqueza, la segunda de la producción de nueva riqueza en la forma de producto excedente. Este es el fundamento de la distinción entre “comprar barato para vender caro” en la que se ha basado históricamente el capital mercantil, y la producción de un excedente en la que se basa el capital industrial. Marx aprueba la concepción de Steuart entre la ganancia basada en el “intercambio desigual” y la ganancia basada en la producción de un excedente.

Como le preocupa más esta última Marx se centra en la demostración de que la ganancia industrial positiva existe incluso cuando se produce un “intercambio de equivalentes”. Es muy cuidadoso cuando afirma que la otra forma que denomina “ganancia sobre la alienación” desempeña un papel fundamental en diversos ámbitos y anuncia que abordará la cuestión en el futuro, seguramente en el Tomo 3 del capital que su muerte le impidió terminar. Demostraremos que el secreto de la primera forma de ganancia de Steuart reside en una transferencia al circuito del capital y mostraremos como ello desempeña un papel crítico en diversos “problemas de la transformación” y en el desenmarañamiento de los misterios del capital financiero.

La Sección III se centra en la ganancia industrial. Evocando el análisis previo efectuado en el capítulo 4 acerca de la relación entre la duración e intensidad de la jornada laboral y el producto total, se demuestra que sólo surge un excedente cuando la duración de la jornada laboral supera el tiempo de trabajo necesario para re-producir el nivel de vida de los empleados, es decir, sólo cuando se lleva a cabo trabajo excedente. Como la evolución y la operación de la técnica se hallan socialmente determinadas, tenemos que la existencia de trabajo excedente es un resultado social, no una cuestión meramente “técnica”. Se derivan varios resultados adicionales. En primer lugar, la ganancia agregada es cero cuando el producto excedente es cero, con independencia de los precios de las empresas individuales. No servirá de nada duplicar todos los precios de venta, ya que esta acción duplicaría igualmente los costes de reproducción de los mismos insumos materiales y fuerza de trabajo (suponiendo que se conservan los salarios reales): por lo tanto lo que las empresas ganan individualmente como vendedores lo pierden como compradores, por lo tanto la ganancia macroeconómica real sigue siendo cero. A la inversa, sólo existe una ganancia macroeconómica positiva cuando existe un excedente positivo de fuerza de trabajo y un producto excedente positivo en correspondencia con lo anterior. De nuevo, duplicar el nivel de precios absoluto no subirá la ganancia agregada real porque también duplicará los costes.

Sin embargo, en el caso de un producto excedente positivo dado, un cambio en los precios relativos puede hacer variar la ganancia macroeconómica. La ganancia es aún un reflejo del trabajo excedente, pero ahora el espejo de la circulación parece curvo. La dependencia parcial de la ganancia monetaria de los precios relativos es plenamente general. Se aplica a las teorías neoclásicas, Sraffianas y Marxianas del precio: en otras palabras, existe un “problema de la transformación” en todas las escuelas del pensamiento económico. En el caso marxiano las ganancias agregadas varían cuando uno pasa de precios proporcionales al valor en trabajo a los precios de producción. Pero lo mismo puede afirmarse cuando uno compara los precios de producción, que después de todo son puros constructos teóricos, con los precios de mercado o los precios de monopolio, un punto que los sraffianos no han conseguido tener en cuenta.
La sección IV desarrolla la penetración de Steuart de que las transferencias de riqueza y valor pueden afectar también a la ganancia agregada. Se demuestra que las variaciones en los precios relativos de las mercancías por lo general tienen impactos diferentes en los circuitos del capital y de los réditos, y pueden dar lugar a transferencias entre ambos circuitos incluso si permanece inalterado el valor total del producto. La suma de las transferencias es siempre cero, pero como un circuito puede ganar lo que pierde el otro, o viceversa, la ganancia macroeconómica puede cambiar. Esta es una solución completamente general a los “problemas” de la transformación. Puede emplearse para explicar con mayor profundidad por qué la serie particular de proporciones de producto vinculadas con el máximo crecimiento equilibrado no manifiesta este fenómeno, es decir, por qué su ganancia agregada es invariante en relación con los precios relativos en este caso.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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La sección V emplea este marco general para estudiar la ganancia financiera que se genera de ganancias realizadas de capital y otras transferencias (no nos olvidemos de Ponzi y Madoff) La sección VI muestra que las teorías de la demanda agregada Smithianas, Keynesianas, Post-Keynesianas y Sraffianas dependen de la existencia de un excedente positivo suponiendo de forma implícita o explícita que el salario real es inferior a la productividad del trabajo. La teoría neoclásica es distinta, ya que tiene una idea de la ganancia debida a la transferencia (que brota de un modelo de cambio puro) y una idea de ganancia sobre la producción (que emana de una función de producción agregada.

Es la reviviscencia de Steuart, pero ahora se hace énfasis en la justificación de la ganancia como recompensa por el emprendimiento y la abstinencia en el consumo. Es importante separar la justificación de la ganancia de la explicación de la misma. Smith y Ricardo explican la ganancia y la renta como una deducción del producto neto del trabajo, pero no discuten que los capitalistas o terratenientes tengan derecho a esos flujos monetarios. Marx es también muy claro cuando afirma que los capitalistas y los terratenientes (como todas las clases dominantes) poseen el “derecho” socialmente construido a extraer trabajo excedente, al igual que en un momento dado los trabajadores adquieren el derecho a resistir. Estos tres autores critican a los capitalistas pero los autores neoclásicos y austriacos tienden a ensalzarles. La Sección VII analiza la literatura que trata del efecto de los precios relativos en la ganancia agregada, incluyendo el famoso debate de la “transformación” que se suscitó a partir de la obra de Marx.

Se valora la literatura posterior, Sraffa, Bortkiewicz y Samuelson con sus puntos fuertes y flacos, al igual que la llamada “Nueva Interpretación” de Foley y Duménil. La sección acaba señalando que en cualquier caso el impacto empírico de los precios relativos en la ganancia agregada es muy escaso. La Sección VIII aborda la teoría y la medición empírica de la ganancia, del capital y de la tasa de ganancia. La mayor parte de los detalles se desarrollan más por extenso en los apéndices.

El apéndice 6.1 aporta un tratamiento formal de las relaciones entre el excedente y la ganancia agregada.

El apéndice 6.2 demuestra que si se mide la tasa de ganancia como el valor monetario del producto total y el coste corriente de los materiales, la depreciación y el trabajo (como se defiende en el Capítulo 6, Sección III.3) también es una tasa real de ganancia: deflactar el numerador y el denominador por cualquier índice corriente de precios no afectará a su ratio. Por otro lado, deflactarlos por índices de precios separados no sirve porque entonces la tasa de ganancia ya no será una magnitud pura.

El Apéndice 6.3 señala que el concepto empresarial de capital como stock bruto es diferente del concepto neoclásico del capital como stock neto, y el apéndice 6.4 muestra que el tratamiento del capital fijo como una producción conjunta tiene dos formas distintas: una es la adoptada por Marx que se corresponde con el stock bruto y otra la de Sraffa que se corresponde con el stock neto. Estos dos tratamientos resultan en diferentes implicaciones teóricas y empíricas. Las mediciones empíricas del stock de capital hacen nacer una nueva serie de cuestiones debido a los problemas que surgen del método de inventario perpetuo (MIP) por el cual los flujos de inversión se acumulan en stocks de capital.

El apéndice 6.5 analiza el significado y el impacto de los “ajustes de calidad” en el índice de precio y de cantidad y los problemas aparentemente insolubles de agregación que surgen del empleo de índices encadenados que hacen imposible generar mediciones del stock de capital basadas en supuestos menos problemáticos. La sección V del apéndice 6.5 deriva una serie nueva de reglas del MIP que se aplican incluso a agregados encadenados, de forma que es posible elaborar nuevas mediciones del stock de capital y por lo tanto de la tasa de ganancia. El empleo de la capacidad plantea otro reto más, ya que sabemos que el empleo de la capacidad real fluctuará por lo general como respuesta a factores diversos. De forma consecuente con ello, el apéndice 6.6 analiza las mediciones existentes y desarrolla una sencilla y nueva metodología para evaluar la capacidad y por lo tanto la utilización de la misma.

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Esta metodología posee la virtud adicional de permitirnos evaluar el efecto del cambio técnico en la ratio de capital-capacidad. El apéndice 6.7 detalla las fuentes y métodos empleados en todas las mediciones empíricas y el apéndice 6.8 aporta una hoja de cálculo con todos los datos de las tablas que se corresponden con el capítulo 6 y los apéndices del 6.1 al 6.7. Estos nuevos criterios de medición resultan en patrones sorprendentemente distintos a los procedentes de las mediciones convencionales: la tasa máxima de ganancia corporativa desciende a paso firme a partir de 1947, lo que es una prueba vigorosa de que el cambio técnico reduce la “productividad” del capital en la acepción neoclásica. El excedente neto operativo de las empresas, que es equivalente a la medición de las ganancias de las empresas antes de intereses e impuestos (EBIT) parece bastante estable en relación con el valor añadido, descendiendo de forma modesta en la “era dorada” para los trabajadores que media entre 1947 y 1982, creciendo modestamente a renglón seguido cuando las políticas neoliberales erosionaron la fracción salarial de la tarta. (Gráficas 6.2 y 6.5) Como resultado, la tasa media de ganancia corporativa cae a paso firme durante la primera época pero se estabiliza durante la segunda debido a la fracción descendiente de los salarios. Uno podría afirmar que esta era la única razón de la era Thatcher-Reagan.
2. Parte II. Competición real. (Capítulos 7 a 11)

El capítulo 7 plantea la teoría de la competencia real que supone el fundamento empírico del análisis llevado a cabo en esta obra. El afán de lucro es expansivo de modo intrínseco: los inversores quieren recuperar más dinero del que introducen, y si prosperan, pueden volver a hacerlo una y otra vez a escala ampliada, chocando con otros actores que hacen lo propio. Algunos prosperan, otros sobreviven a duras penas y otros van derechos a la bancarrota. Así es la competencia REAL, antagónica por naturaleza y turbulenta en su modo de obrar. Es el mecanismo regulador central del capitalismo y se parece tanto a la competencia perfecta como el ballet a la guerra.

La competencia en el seno de una rama industrial obliga a los productores individuales a fijar precios que les mantengan en la pomada, de igual modo que les obliga a afinar los costes para reducir precios si es que quieren competir eficazmente. Los costes se pueden reducir reduciendo los salarios o aumentando la intensidad y la duración de la jornada de trabajo, o al menos reduciendo el crecimiento de los salarios en relación con el de la productividad. Pero cuando se toman esas medidas hay que contar con la reacción de los trabajadores, y esa es la razón por la que a largo plazo el medio fundamental para reducir costes es el cambio técnico. En tal contexto, los capitales individuales toman sus decisiones basándose en un futuro indefinido por definición. La competición enfrenta al comprador con el vendedor, al comprador con los demás compradores, al capital contra el capital, al capital contra el trabajo y al trabajo contra el trabajo. BELLUM OMNIUM CONTRA OMNES.
La competencia real genera patrones específicos. Los precios fijados por los vendedores en las diferentes ramas industriales acaban tendiendo a igualarse a grandes rasgos debido a la querencia de los consumidores por los precios inferiores, y las tasas de ganancia en las diferentes ramas industriales también tienden a igualarse a grandes rasgos debido a la querencia del capital por hacer mejores negocios. Ambas tendencias producen distribuciones que orbitan un centro común correspondiente. La noción clásica de equilibrio turbulento es muy diferente de la noción convencional de equilibrio como un estado de quietud. La oferta y la demanda desempeñan un papel en el proceso pero no en el resultado final, ya que ambas se ven afectadas por la reducción de precios y las barreras de entrada y salida. Una cuestión importante es que la igualación del precio y la ganancia son propiedades esencialmente emergentes, resultados no intencionados de una carrera constante en busca de mejores negocios.

(Está claro de quién bebe Shaikh. Del más grande. Of course.

Todo el quid de la sociedad burguesa consiste precisamente en que en ella no existe a priori ninguna regulación consciente, social, de la producción. Lo razonable, lo naturalmente necesario no se manifiesta sino bajo la forma de una media, que actúa ciegamente)


La idea de competencia como una guerra a muerte tiene un cardinal alcance. A una empresa que actúa en un entorno competitivo le tienen que preocupar la táctica, la estrategia y las perspectivas de crecimiento. La ganancia relevante debe ser susceptible de defensa a medio pleazo contra toda suerte de depredaciones, lo que la convierte en algo muy distinto de la maximización de la ganancia a corto plazo de la teoría mainstream. En la batalla de la competencia real, la movilidad del capital es el desplazamiento de un campo de batalla a otro, el desarrollo y la implantación de nuevas técnicas es como una carrera de armamentos y la disputa por la maximización de la ganancia y la cuota de mercado es la guerra misma. Hay perdedores y ganadores, y quien es ganador hoy puede ser perdedor mañana. Ningún capital tiene asegurada en absoluto la ganancia, por lo hablar de la tasa de ganancia “normal”, por lo tanto no es legítimo contar la ganancia “normal” como parte de los costes de explotación como se hace en la economía ortodoxa. También es impropio contar el interés como parte de los costes de explotación. La división entre deuda y participaciones sociales determina la división del excedente neto operativo en interés y ganancia. La tasa de interés también sirve como indicador del hiato existente entre la recompensa de la inversión activa contra la inversión pasiva. (Capítulos 10 y 16) La sección II del capítulo 7 desarrolla el fenómeno de la competencia de precios la sección III la de la competencia por la tasa de ganancia y la sección IV amalgama ambas por medio de la idea del capital regulativo. La sección V resume los patrones globales vinculados con la competencia real. La Sección VI analiza las pruebas sobre el comportamiento de las empresas, comenzando con el hallazgo del OXFORD ECONOMIC RESEARCH GROUP (OERG) que se resume en que las empresas son fijadoras de precios que se ven forzadas por la competencia a mantener sus precios en consonancia con el líder en esta materia. Andrews y Brunner insistieron en que los hallazgos de la OERG describían el comportamiento de empresas competitivas, alentadas por la ganancia y fijadoras de precios. Geroski muestra que el exceso de ganancia en una industria anima a la adopción de los mejores métodos por los que están dentro del sector y por los ajenos a este, y que los nuevos tienden a recortar los precios existentes, y que incluso la amenaza de que entren nuevos contendientes en el tablero basta para presionar a la baja los precios y eliminar la ganancia extraordinaria. Darlin da cuenta de que este comportamiento tendente a la reducción de precios es propio de la competencia cuando existen diferencias de coste sustanciales. El estudio de Bryce y Dyer muestra que las ramas industriales más rentables ven como entran cinco veces más nuevos contendientes que la industria promedio, y que los advenedizos enfocan la competencia como una modalidad de guerra. El estudio clásico de Salter observa que los mejores métodos y prácticas incorporadas en las nuevas plantas por lo general suponen una mayor productividad del trabajo, y que siempre existe un amplio espectro de técnicas en en el seno de cualquier rama industrial dada ya que constantemente se renuevan los métodos y se desechan los anticuados. Cuando compara 1924 con 1950 en el Reino Unido, Salter halla que la mayoría de las variaciones en los precios industriales relativos pueden explicarse (en un sentido meramente estadístico) por medio de variaciones en la productividad relativa del trabajo, que está determinada por el cambio técnico en curso. Las relaciones de Salter se expondrán en el Capítulo 9 como un elemento de una explicación general y vigorosa de los precios relativos. Megna y Mueller observan que si bien la norma es que existan constantes diferencias entre las tasas de ganancia, los intentos de explicarlas por medio de poder de mercado, colusión, barreras de entrada, diferencias de eficacia, e incluso medidas alternativas de ganancia y capital (incluyendo el capital intangible asociado con la publicidad y el I + D) no han prosperado por lo general.

Walton y Dhawan señalan que la mayoría de estudios de empresa encuentran que las tasas de ganancia descienden junto con el tamaño de la empresa, pero también los niveles de riesgo y el coste del capital. Las tablas 7.8 y 7.9 muestran que tomando una muestra de 38. 948 empresas, la ratio capital ventas sube con el tamaño de la empresa mientras que la ratio costes-ventas permanece constante (a grandes rasgos) Esto se corresponde con la observación de que los advenedizos poseen una mayor escala y costes unitarios de producción menores lo que les permite fijar precios de venta inferiores. Los datos también indican que las proporciones de coste-capital aumentan sin lugar a dudas con el tamaño de la compañía. Este sencillo hecho tiene trascendentales implicaciones en el sendero de la tasa de ganancia en el entorno de un comportamiento que tiende a reducir precios.

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La parte final de la Sección IV analiza las pruebas empíricas sobre la igualación de la tasa de ganancia. La teoría clásica espera que las nuevas inversiones se traduzcan en mejores métodos y equipo. Incluso dentro de una sola compañía el capital total incorporará una gran cantidad de tecnología y métodos de alta calidad, por lo tanto no podemos tratar la tasa media de ganancia en una empresa como una aproximación a su tasa reguladora. El mismo problema se da a nivel de una rama industrial: la medida relevante es la tasa de retorno sobre la nueva inversión. Demostraré que nos podemos aproximar bastante bien a ella mediante la tasa real que se va incrementando de retorno sobre el capital, medida como el cambio en la ganancia real (bruta con intereses, impuestos o depreciación) en relación con la inversión bruta. Ambas variables se hallan disponibles tanto en las ramas industriales como en los diversos países. Analizaremos tanto las tasas incrementadas como medias en los países de la OCDE de 1970 a 1989, así como en 15 empresas manufactureras de los EEUU de 1960 a 1989, en treinta ramas industriales de 1987 a 2005, y también datos más recientes sobre las tasas incrementadas de retorno en las tramas industriales de la OCDE. En cada caso las tasas de retorno tienden a seguir siendo distintas mientras que las tasas incrementadas de ganancia se igualan vigorosamente.

Tsoulfidis y Tsaliki obtienen el mismo resultado con veinte compañías manufactureras griegas de 1962 a 1991. También emplean la metodología econométrica de Mueller para poner a prueba la igualación de la tasa de ganancia a largo plazo: para tasas medias de ganancia en 14 de 20 industrias las desviaciones estimadas de la tasa de ganancia a largo plazo con respecto a la media global no son estadísticamente diferentes de cero, pero para la tasa de ganancia incrementada las 20 industrias rinden desviaciones estimadas a largo plazo no diferentes estadísticamente de cero. Se obtienen resultados parecidos en Turquía como se comprueba en un excelente estudio de Bahçe y Eres. Tales resultados respaldan de forma clara la hipótesis de los clásicos.

La Sección VII da cierre al capítulo abordando la importantísima cuestión de la forma exacta en la que el capital regulador es seleccionado en la batalla competitiva, es decir, aborda la “elección de las técnicas”. Las decisiones presentes se toman siempre en función de los precios de mercado corrientes y esperados. El hecho de que los precios de mercado graviten de forma turbulenta en torno a los precios de producción no implica que los dos se acerquen, por lo tanto no podemos sustituir estos últimos por los anteriores. En segundo lugar, en consonancia con el comportamiento fijador de precios y que tiende a reducir los precios de la competencia real, las empresas se ven forzadas a seleccionar las condiciones de producción reproducibles de costo menor, definiéndose aquí los costes en la acepción usual de las compañías, como la suma de la depreciación de las unidades, los materiales, y los costes salariales. Una vez que introducimos el capital fijo, la técnica de menor coste unitario puede ser diferente de la técnica que dé la mayor tasa de ganancia. Además, teniendo en cuenta que los mercados reales se comportan siempre de forma turbulenta, todas las técnicas por las que nos decantemos deben ser “sólidas” en el sentido de que sigan siendo válidas cuando se produzcan las fluctuaciones corrientes en costes, precios y rentabilidad.

Por lo tanto la metodología apropiada para la elección de técnicas es estocástica no determinista. Si se consiguen costes unitarios operativos inferiores por medio de un mayor coste por unidad de capital (cambio técnico sesgado hacia el capital en el que crece la ratio entre capital y coste) el hecho de que las compañías que tienden a reducir sus precios y costes opten por métodos que de menor coste implicará una menor tasa de ganancia incluso con un salario real dado. En contraste con esto, el criterio (de Okishio) convencional de selección de la tasa de ganancia más elevada al precio dado radica en el supuesto de que de que las empresas son precio-aceptantes pasivos, como exige la competencia perfecta y esto implica que la tasa media de ganancia sube con un salario real dado.

El capítulo 8 consta de dos partes. La Sección Primera analiza varias versiones alternativas de la competencia que van desde la clásica a la post-keynesiana y la Sección dos analiza las pruebas empíricas sobre la fijación de precios y la rentabilidad. La Sección I comienza con los clásicos. Smith y Ricardo (sección 1.1) y Marx (sección 1.2) convienen en que la competencia tiende a igualar las tasas salariales y de ganancia, de modo que los precios de mercado gravitan alrededor (pero son distintos) de los precios de producción. Marx en concreto analiza la naturaleza “anárquica” de estas fluctuaciones gravitatorias. Generaliza el argumento de David Ricardo de que sólo ciertas condiciones de producción determinan el precio de mercado aplicando la idea que se había aplicado a la agricultura a toda la industria.

También argumenta que las empresas competitivas son fijadoras de precios agresivas y que igualmente son agresivas reduciendo costes (comportamiento muy distinto de los mansos precio-aceptantes de la competencia perfecta), y que la generación de técnicas con menores costes de producción exige por lo general mayores cantidades de capital fijo por unidad producida. Esto acaba siendo importante en su análisis de la elección de la técnica y al mismo tiempo abre el camino para la tasa media de ganancia. La Sección 1.3 analiza la huida post-clásica del análisis del capitalismo al análisis de una forma idealizada del capitalismo. Se canjea la compañía fijadora de precios y reductora de costes con una compañía precio-aceptante pasiva y el movimiento anárquico de los precios de mercado en torno a los precios de producción se reemplaza por una igualdad exacta que se procura en el seno del equilibrio-como-un-estado. La competencia sólo se impone si existe una multitud de pequeñas compañías precio-aceptantes que persiguen cada una su propio interés miope. Jevons y Walras se valen de todo lo anterior para componer un relato de una sociedad de mercado óptima y económicamente eficiente, y esa concepción sigue siendo hegemónica en la profesión.

La Sección I.4 argumenta que la teoría de la competencia perfecta adolece de incoherencias internas debido a que exige expectativas irracionales. Si todas las empresas son exactamente iguales cualquier acción emprendida por una de ellas la tienen que emprender todas. Cualquier signo que haga que una aumente el producto hará que otras hagan lo mismo, de modo que la oferta de mercado aumentará de forma significativa y bajará el precio. Suponiendo que las empresas perfectamente competitivas gozan también de información perfecta, sería bastante irracional que cualquier compañía individual “esperara” que pudiera vender tanto como quisiera a cualquier precio dado. Sin embargo esto es precisamente lo que exige la teoría de la competencia perfecta y la macroeconomía basada en la misma. Se sigue que la teoría de las expectativas racionales no puede basarse en la teoría de la competencia perfecta. A la inversa, la teoría de la competencia perfecta se derrumba si se supone que las empresas son sensatas por lo que a sus expectativas respectas, pues incluso empresas medianamente informadas reconocerán que se enfrentan a curvas de demanda con pendiente descendiente en condiciones competitivas. Esto arroja una luz intrigante en la crítica de Sraffa (1926) de la economía convencional, en el análisis de la empresa de Keynes (capítulo 12) e incluso en el intento de pasada de Patinkin de sortear esta dificultad.
Las Secciones I.5 y I.6 analizan los argumentos de la Escuela Austriaca y de Schumpeter. Schumpeter ensalza el modelo de Walras de empresas precio-aceptantes y agentes que maximizan pero después dice que su naturaleza estática es incompatible con la creación constante de nuevos métodos y nuevos mercancías. Propone aplicar el modelo de competencia perfecta introduciendo perturbaciones causadas por las innovaciones pero tiene muy poco que decir sobre los patrones resultantes de precios y ganancias. La Escuela Austriaca rechaza la idea de competencia perfecta por confiar en un conocimiento perfecto, en la competencia como un estado más que como un proceso, y en las empresas como precio-aceptantes pasivas en vez de innovadoras activas. El énfasis austriaco en la competencia como un proceso que acaba con las ganancias excesivas se parece mucho a la teoría clásica de la competencia real, salvo por su supuesto explícito de rápida igualación de la tasa de ganancia y su falta de distinción entre capital regulador y no regulador. La economía austriaca también comparte la visión neoclásica de que las empresas son eficaces siervos del consumidor y que la actividad sindical y la intervención gubernamental son entrometimientos ilegítimos en el proceso de mercado.

Las Secciones I.7 a I.9 analizan las teorías del precio del capital monopolista, la competencia imperfecta y las escuelas Kaleckiana y Post-Keynesiana. Todas vinculan de forma explícita o implícita la competencia con la competencia perfecta y apuntan a la escala históricamente creciente y a la centralización de la producción capitalista como prueba palmaria de un grado incrementado de monopolio. Hilferding fue el primero en adelantar esa tesis, y el sello de aprobación de Lenin ha convertido esto en el punto de vista marxista oficial. Se dice que los monopolistas se ven llevados a exportar capital al extranjero debido a que la alternativa de invertir las ganancias en sus propios sectores expandiría la oferta y haría bajar los precios y las tasas de ganancia. Sweezy, Baran, Mandel, Bellamy Foster, y otros argumentan que la teoría del monopolio es “más real” que la teoría de la competencia (que confunden de forma característica con la competencia perfecta) La teoría de precio monopólico basada en el mark-up deviene fundamento de la escuela monopolista marxista por medio de Baran y Sweezy y la mayoría de la economía post-keynesiana. La teoría ortodoxa de la competencia perfecta también se halla guiada por la tentativa de hacer que la teoría convencional sea más realista, en este caso relajando uno o más de los supuestos de la competencia perfecta: conocimiento imperfecto para centrarse en la incertidumbre e indeterminación del futuro, una escala de la producción no desdeñable para fundar la idea de las barreras de entradas, un número de consumidores y empresas no muy elevado para justificar un comportamiento precio-aceptante, rendimientos decrecientes para justificar curvas planas de costes, y algunas “externalidades” en el consumo y la producción que surgen de las interacciones de los resultados. La maximización de la ganancia se conserva, pero la condición p = mc se remplaza por mr = mc. Sraffa (1926), Chamberlin, y Robinson son las figuras clave. El motivo central de Kalecki es que las empresas fijan precios, que los precios de venta son distintos incluso cuando hablamos de productos relativamente homogéneos, y que las empresas de costes inferiores ponen precios inferiores. Sin embargo la teoría clásica de la competencia real también implica estos fenómenos (capítulo 7, sección V). Por lo tanto el rasgo distintivo de la formulación de Kalecki y de la literatura subsiguiente post-keynesiana es la tesis de que los precios se fijan mediante mark-ups estables de monopolio, en cuyo caso las tasas de ganancia a largo plazo son distintas incluso entre los líderes de precio en relación con sus respectivos grados de poder monopolista. Como siempre la “competencia” se considera lo mismo que la competencia perfecta, enterrada seguramente en un pasado distante.

La economía clásica moderna (sección I.10) enfatiza el papel central de la competencia y arguye que los precios de mercado gravitan en torno a los precios de producción de modo que ambos no son lo mismo. Un enfoque trata ambos como si estuvieran tan cerca como para considerarlos equivalentes. Una segunda posición insiste en que los precios de mercado fluctúan considerablemente en sus procesos de gravitación, de modo que las decisiones reales siempre se toman en el contexto de precios de mercado fluctuantes e inciertos. Una tercera posición descarta la igualación de la tasa de ganancia y del precio debido a la errara impresión de que la competencia exige sus equivalencias exactas. Las tasas de precios y ganancias se consideran por tanto variables aleatorias y se enfocan por medio de la mecánica estadística. Argumentaré que el último enfoque debe aplicarse más propiamente a las desviaciones de los precios y las tasas de ganancia de sus centros reguladores. La cuestión final atañe al comportamiento de la empresa. Casi todos los economistas clásicos modernos abordan la empresa competitiva del mismo modo que la teoría neoclásica, como un precio-aceptante.

Por un lado, están los que suponen que los precios de mercado están cerca de los precios de producción y que las empresas son precio-aceptantes, de forma que la competencia se acerca a la competencia perfecta, la elección de la técnica se basa en la tasa de ganancia disponible más elevada a un precio dado particular, y que la reversión de las técnicas es una cuestión central. Por otro lado, están los que (servidor incluido) sostienen que las empresas competitivas fijan precios y compiten por reducir costes, que la competencia es un proceso antagónico y destructivo, que la elección de técnica se basa en el coste inferior, y que la reversión de técnicas no es un fenómeno especialmente importante (capítulo 9 sección X)

La Sección II se abre con un resumen de los patrones esperados por las teorías de la competencia perfecta, imperfecta y real, respectivamente (tabla 8.1) La competencia perfecta supone un gran número de empresas muy pequeñas, idénticas por lo que concierne a su estructura de costes y escala y que confrontan todas ellas con la misma curva de demanda horizontal. Se supone que las empresas toman pasivamente los precios y la tecnología como “dados” y este precio uniforme se supone que es increíblemente sensible a la oferta y la demanda del mercado. Como las empresas son idénticas, todas deben tener los mismos márgenes de ganancia y tasas de ganancia. Por lo tanto, no puede existir correlación entre la rentabilidad de una compañía y su escala. La teoría de la competencia imperfecta usa estos patrones como puntos de referencia. Por lo tanto, en las ramas industriales en las que no es muy grande el número de empresas, existe una escala de entrada no muy pequeña, los precios no son muy flexibles, los precios y los costes no son uniformes y las empresas que se enfrentan a curvas de demanda con pendiente descendiente se tienen por no competitivas. De modo análogo, la fijación de precios y el liderazgo de precios de las empresas se ve como un indicio de su poder monopólico en relación con su escala, intensidad en el uso del capital y fracción relativa del mercado (ratio de concentración). Por contraste, en la competencia real la intensidad de la refriega competitiva no depende del número de empresas, de su escala o de la proporción de concentración de la industria. La fijación de precios, la reducción de costes y las variaciones de la tecnología se ven como algo inherente a la competencia. Se espera que los precios de mercado de un producto dado sean diferentes en el seno de ciertos límites, y se espera que las empresas respondan a los cambios en la oferta y la demanda por medio de ajustes de precios periódicos. Las nuevas empresas tenderán a tener una escala mayor y costes inferiores, e intentan abrirse paso reduciendo precios. Las empresas más asentadas reaccionarán lo mejor que puedan, pero no siempre pueden rivalizar con los precios nuevos. Por lo tanto en la competencia real uno esperaría hallar una correlación positiva entre precios de venta y costes unitarios y una relación negativa entre estos y la escala de la empresa y/o la intensidad en el uso del capital. Una vez que introducimos el comportamiento que reduce precios, los márgenes de ganancia y las tasas de ganancia pueden ser iguales o incluso inferiores para las empresas mayores, justamente lo que halla la mayoría de los estudios empíricos (capítulo 7, sección VI) Teniendo en cuenta que las empresas más eficaces suelen tener mayores dimensiones y emplear el capital de forma más intensiva, uno también esperaría que las ratios de concentración se hallaran en correlación con las así llamadas barreras de entrada.

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La competencia perfecta supone que todas las empresas son parecidas, por lo tanto cada firma en el interior de una rama industrial es un capital regulador con una tasa de ganancia equivalente a la media de su rama. Como la competición entre ramas industriales iguala las tasas de ganancia, todas las empresas en todas partes tienen que tener las mismas tasas de ganancia. Por eso mismo una diferencia persistente en las tasas de ganancia a nivel de empresa es prueba de competencia imperfecta, como cualquier correlación entre márgenes de ganancia y escala de la intensidad del capital. En la teoría de la competición real, la igualación de la tasa de ganancia implica que las empresas reguladoras con proporciones entre capital y producto más elevadas tienen que tener mayores márgenes. Como la intensidad en el empleo del capital está ligada a la escala de producción, uno esperaría que las ramas industriales con mayores escalas de entrada tengan márgenes de ganancia más elevados. La tesis distintiva de la competencia real es que las tasas de ganancia se igualan entre los capitales reguladores en las diferentes ramas industriales. Así que la pregunta pasa a ser: ¿Las industrias con mayores proporciones de concentración y exigencias de entrada superiores tienen beneficios superiores a lo normal?

La sección II.3 analiza la pretendida ligazón entre la rigidez de precios y el poder monopolíticos. Means atribuye los cambios relativamente infrecuentes de precios en algunas empresas a su poder monopolístico. Pero Tucker encuentra que las tasas de ganancia son inferiores en empresas más grandes (un hallazgo corriente, ver capítulo 7, sección VI.3) Eichner aporta datos en los que el precio medio en las industrias concentradas es más fluido que en las industrias competitivas. Pero no observa que los precios más fluidos no se incrementan con más rapidez a lo largo del tiempo, y no aporta prueba alguna de que las industrias concentradas tengan tasas de ganancia más elevadas. Semmler muestra en varios estudios que el grado de flexibilidad de precios no se correlaciona con las ratios de concentración. La Sección II.4 observa que si se igualan las tasas de ganancia, no deben estar correlacionadas con la intensidad en el empleo de capital en la rama industrial. Como la tasa de ganancia es la proporción del margen de ganancia con la intensidad del capital, aquella estará correlacionada positivamente con ésta (y por lo tanto con la escala): Por lo tanto sólo una correlación de márgenes de ganancia en exceso con la intensidad de capital o el tamaño de la empresa puede considerarse que respalda la hipótesis del poder de monopolio. La sección II.5 aborda la hipótesis del “desempeño basado en la estructura” que dice que las industrias con mayores ratios de concentración gozan de tasas mayores de ganancia y/o más margen de ganancia, comenzando con el estudio original de Bain y las respuestas de Mann, Stigler, Brozen, Demsetz, y muchos otros. Al cabo, ninguna hipótesis se sostiene a la luz de las pruebas contrarias que se acumulan.

El Capítulo 9 se centra en la teoría clásica de los precios relativos que se ilustra con profusión de pruebas empíricas.
Los Precios de Producción son los precios relativos competitivos que se generan mediante tres procesos esenciales: precios de venta que se igualan entre vendedores, rentas del trabajo que se igualan entre los trabajadores, y tasas de ganancia que se igualan entre los capitales reguladores, siendo las tres igualaciones turbulentas. La tradición clásica enfoca el resultado final por medio de varios pasos analíticos porque esto ayuda a identificar la estructura subyacente de los precios relativos. La Sección II comienza con productores que se auto-emplean que compran sus insumos y venden su producto a precios competitivos y pasan de una ocupación a otra en busca de rentas más altas (las rentas no son salarios aún ya que los productores trabajan para sí mismos). En ese punto la movilidad de los productores en sus ocupaciones igualará las rentas por hora y los precios correspondientes serán proporcionales al tiempo de trabajo integrado necesario para producir esa mercancía dada más el que es necesario para producir sus insumos y los insumos de sus insumos, y así sucesivamente. Supongamos ahora que los productores tienen que compartir sus ganancias con los capitalistas de tal modo que cada clase obtiene una fracción del valor añadido, siendo todas esas fracciones iguales en todas las industrias (de modo que se igualen las tasas salariales) Entonces no hay razón para que los precios relativos se desvíen de los tiempos de trabajo relativos integrados. Por lo tanto, ni las relaciones capitalistas ni las ganancias positivas tienen que ocasionar tales desviaciones. Además, si se da el caso de que las proporciones entre capital y trabajo son iguales dentro de cada rama industrial, las fracciones iguales de ganancia implican asimismo tasas de ganancia iguales a precios proporcionales a tiempos de trabajo integrados. Esto funda que las desviaciones entre el precio y el tiempo de trabajo no surgen per se como consecuencia de la competencia, de la propiedad privada de los medios de producción, de la igualación de las rentas del trabajo, de las relaciones capitalistas de producción, de las ganancias positivas o incluso de la igualación de las tasas de ganancia: surgen únicamente de las diferencias entre las proporciones entre capital y trabajo dentro de cada rama industrial. Después nos preguntamos cómo la variación entre las proporciones de capital y trabajo se mapea en la dispersión precio-tiempo de trabajo.

La Sección III sigue el último punto demostrando en primer lugar que la dispersión relevante de proporciones capital trabajo no consiste en la que se observa directamente en cada rama industrial, sino en las proporciones integradas cada una de las cuales es una media ponderada de la proporción capital trabajo de una industria dada y de sus insumos, y de los insumos de los insumos y así sucesivamente. El precio de producción de cada industria es el producto de dos factores estructurales, como se demuestra: su tiempo de trabajo unitario integrado que liga la industria a la red productiva en la que se enmarca, y su proporción integrada de capital trabajo. Como la última es una media ponderada de la ratio directa de la industria y las ratios directas de todas las ramas industriales que se introducen de modo directo o indirecto en sus medios de producción, la dispersión de las ratios integradas es de necesidad mucho más pequeña que la de las ratios directas. Esto nos alerta sobre la posibilidad de que su contribución a la distancia entre precios relativos de producción y tiempos de trabajo relativamente integrados sea pequeña (como se demostrará que es el caso en la sección IX) La Sección IV aborda la cuestión de la medición independiente de la unidad y libre de escala de esas distancias (vectores) y muestra que además de las medidas de distancia tradicionales no ponderadas de media cuadrática como el coeficiente de variación y la distancia euclidiana, es posible desarrollar una medida de la distancia ponderada basada en el valor absoluto de las desviaciones. La última tiene la sencilla interpretación de representar la desviación porcentual media absoluta entre cualquier serie de dos variables.


Las Secciones V a VI aportan buena cantidad de pruebas sobre la distancia entre precios de mercado, precios directos (precios proporcionales a los tiempos de trabajo integrados), y los precios de producción entre 1947 y 1998.
Esas tres mediciones proporcionan grosso modo los mismos resultados. En términos de la medida de distancia ponderada, la distancia entre los precios de mercado y los precios directos es de alrededor del 15%, entre los precios de producción en la tasas de ganancia observada y entre los tiempos de trabajo integrados es de alrededor del 13%, y que entre los precios de mercado y los precios de producción en la tasa de ganancia observada es nuevamente del 15%. (tabla 9.14). El hecho de que los precios de mercado estén tan cerca de los precios directos como lo están de los precios de producción parece un rompecabezas teniendo como dado que los precios de mercado supuestamente fluctúan en torno a los precios de producción mientras que estos últimos se desvían de forma sistemática de los precios directos.

Sin embargo, demuestro que incluso cuando los precios de mercado fluctúan aleatoriamente en torno a los producción ya que estos últimos varían con la tasa de ganancia (y por lo tanto se desvían sistemáticamente de los precios directos) pueden existir muchos puntos en los que la distancia entre los precios de mercado y los precios directos puede ser tan grande como, o incluso menor que, la distancia entre precio de producción y precio directo (gráfica 9.17). Los cambios temporales en un mercado normalizado, la producción y los precios directos se hallan parecidamente cerca. Podemos emplear regresiones estadísticas en este caso si operamos con desviaciones porcentuales entre series de precios, porque las unidades y los factores de escalamiento se cancelan. La mayor correlación y las distancias menores acontecen en el intervalo de tiempo más pequeño disponible, que es de cuatro a cinco años, aunque las relaciones siguen siendo robustas hasta el siguiente (disponible) intervalo de 9 años. Por ejemplo incluso a lo largo de un intervalo de nueve años la relación entre los cambios en los precios de mercado y los cambios en los precios directos da R2 = 0.82–0.87 y medidas de distancia ponderadas de 4%–6% (tabla 9.10).

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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NotaPublicado: Jue Oct 13, 2016 3:00 pm 
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Las comparaciones entre las variaciones en los precios de producción a las tasas de ganancia observadas y los precios directos rinden resultados parecidos: incluso a lo largo de un intervalo de 9 años R2 = 0.89–0.90 y las desviaciones ponderadas son de 2%–5% (tabla 9.14). Por último, siguiendo un procedimiento concebido por el eminente matemático norteamericano Jacob Schwartz para abordar la famosa estimación de Ricardo acerca de la sensibilidad de los precios relativos a los cambios en la distribución, Claudio Puty demuestra que el cambio en los precios de mercado de los puntos bajos a picos de los ciclos económicos promedia del 7%–8% (Tablas 9.11–9.12). ¡Justamente la estimación de Ricardo!
Las secciones de la VII a l X analizan las propiedades empíricas de los precios estándar individuales de Sraffa, que resultan ser moderadamente curvilíneos en un modelo de capital circulante pero plenamente lineales en un modelo de capital fijo. En ambos casos, las curvas correspondientes de salarios y ganancia son cuasi-lineales (Gráficas 9.8 y 9.12) Sraffa vincula la complejidad potencial de los precios individuales de producción a movimientos seguramente complicados en las proporciones de capital-producto en las ramas industriales, pero a un nivel empírico y por lo respecta a datos de los EEUU estas ratios son cuasi-lineales, y esa es precisamente la razón por la que los precios estándar y las curvas de salario ganancia son cuasi-lineales.

Para cualquier fin práctico, los precios estándar de Sraffa son versiones integradas de los valores transformados de Marx. Si los precios estándar fueran lineales contantemente, la elasticidad de la distancia entre los precios directos y los precios de producción con respecto a los cambios en la tasa de ganancia sería 1. A un nivel empírico, las elasticidades son el orden de 1.10, es decir, alrededor de un 10% diferente del supuesto lineal, a las tasas de ganancia observadas (gráfica 9.4) Esto es igualmente la hipótesis de Ricardo. No es para sorprenderse que las curvas de salario-ganancia empíricas resulten ser cuasi-lineales. Los resultados globales respaldan en gran medida la teoría clásica de los precios relativos. La cuasi-linealidad de los precios estándar de producción simplifica mucho el análisis de los efectos de los cambios en la distribución y en la tecnología, y su vigor empírico les confiere un considerable valor práctico. Son coherentes con las (ligeramente) curvilíneas curvas de salario ganancia que observamos, por lo tanto no excluyen la posibilidad lógica de reversión de las técnicas o de la reversión de capital (aunque implican que estos sucesos serán extraños)

La Sección XI cierra el capítulo 9 con una historia acerca de los orígenes y el desenvolvimiento de la teoría clásica de los precios relativos: Smith, Ricardo, Marx, Sraffa, y los debates subsiguientes sobre la reversión de las técnicas y la posibilidad de funciones de producción agregadas. Las pruebas en ese capítulo dejan claro que las diferencias entre las distintas formas de precios son relativamente pequeñas de modo que se difuminan a nivel agregado y que las proporciones agregadas son esencialmente las mismas ya usemos precios de marcado, precios de producción o tiempos de trabajo integrados (los valores trabajo de Marx) como el propio Sraffa dice. (2)

Los precios estándar lineales y las curvas de salario ganancia implican dos cosas aparentemente contradictorias: que el procedimiento de transformación de Marx es esencialmente correcto si se reformula en términos de composiciones integradas de capital y no de composiciones orgánicas directas; y que la función de pseudo-producción agregada de Samuelson es fundamentalmente correcta porque las curvas de salario y ganancia son en esencia lineales. Por lo tanto los precios de producción que surgen de la redistribución del plusvalor dan lugar a un producto agregado pseudo-marginal del capital (en términos monetarios) que es igual a la tasa de ganancia en cada punto de cambio. Esto no implica que el valor monetario del capital determine la tasa de ganancia. Ciertamente, la causalidad clásica va de las luchas por los salarios individuales en el taller, a la tasa general de ganancia r y a los correspondientes valores monetarios del capital Kr y del producto Yr.

De forma parecida el movimiento a lo largo de una frontera de ganancias-salarios de Samuelson no puede recuperar la teoría neoclásica del pleno empleo. La tesis neoclásica es que los salarios reales flexibles llevarán inmediatamente al pleno empleo, mientras que Marx y Goodwin argumentan que los salarios reales flexibles sirven para generar y mantener una reserva persistente de parados (capítulo 14). Nos resta la fascinante cuestión de las propiedades de tablas insumo producto que puedan dar cuenta de la linealidad observada de los precios estándar.
Schefold ha demostrado que se obtienen precios exactamente lineales si los valores propios subdominantes de la matriz integrada de coeficientes de capital ascienden todos a cero, siendo una posible explicación de esto la hipótesis de que los valores propios subdominantes de matrices aleatorias se aproximan a cero a medida que el tamaño de la matriz se acerca al infinito (apéndice 9.1) Esto, por supuesto, constituiría una demostración matemática avanzada de lo que pudiera denominarse “El Último Teorema de Marx”.

El capítulo 10 aplica el análisis clásico a la teoría de las finanzas. El tipo de interés es el precio de las finanzas, las empresas financieras existen para obtener ganancias, y la competición hace que la tasa de ganancia de los capitales reguladores financieros gravite en torno a la tasa general de ganancia. Desde este punto de vista, el tipo competitivo de interés es el “precio de la provisión” de la finanza y está ligado a la tasa general de ganancia del mismo modo que cualquier otro precio competitivo.

La tasa de interés sirve como un marcador de la inversión tanto para las empresas financieras como para las no financieras. Como recalcaron tanto Marx como Keynes, la inversión está guiada por la diferencia entre la tasa de ganancia y la tasa de interés. En este capítulo me centro en la determinación competitiva de los tipos de interés y de los precios de bonos y valores, dejando las cuestiones de política monetaria para los capítulos 15 y 16. La Sección II comienza observando que la tasa de interés de modo general debe ser inferior a la tasa de ganancia para que sean viables los préstamos a las empresas. La tasa de ganancia de una empresa financiera (un banco) es la proporción de su ganancia (que es la diferencia entre sus réditos por intereses de préstamos y sus costes operativos) con su stock de capital (que es la suma de sus reservas y el capital fijo) La igualación de la tasa de ganancia de los bancos con la tasa general de ganancia implica que para cualquier proporción deseada dada de reservas y depósitos y reservas y préstamos la tasa de interés es determinada por dos cuestiones: la tasa general de ganancia y el nivel general de precios que afecta a costes como el papel, los ordenadores, el espacio para oficinas y el tiempo de trabajo. Por lo tanto, la tasa de interés competitiva a largo plazo no es una tasa “natural” debido a que existirán tasas diferentes en cada nivel de precios diferentes.

Esto nos ofrece una explicación directa de la “Paradoja de Gibson” que surge del hallazgo empírico de que existe una correlación positiva entre las tasas de interés nominales y el nivel de precios, en contradicción directa con la hipótesis de Fisher de que la tasa de interés se mueve en sentido opuesto a la tasa de inflación. También solventa una contradicción aparente en la argumentación de Marx, cuando se opone de forma vehemente a la idea de una tasa natural de interés y aun así dice que el capital financiero, como cualquier otro capital, debe participar en la igualación de la tasa de ganancia. Tiene razón en ambas cosas. Este enfoque se extiende posteriormente para derivar la curva de rendimientos al modo de Hicks, comenzando con el banco o división que recibe demanda de depósitos (periodo cero) para realizar préstamos de un solo periodo, pasando a aquel que toma un depósito de un periodo para financiar dos préstamos de dos periodos y así sucesivamente. Los préstamos más largos asumen más riesgos y por lo tanto exigen mayores reservas y proporciones de depósitos y préstamos, de forma que las tasas de interés en los préstamos a largo plazo tendrán que ser más elevadas para obtener la misma tasa de ganancia: la curva de rendimientos igualada por la ganancia será por lo general de pendiente ascendiente.

La igualación de las tasas de ganancia determina por tanto el nivel a largo plazo del tipo de interés base (de un periodo) y la estructura a largo plazo de los tipos de interés. A corto plazo, la oferta y la demanda de diferentes tipos de préstamos determinan los tipos de interés, pero a largo plazo dominan factores estructurales.

La sección III extiende la igualación de las tasas de ganancia a los precios de las acciones. En este caso la competencia iguala la tasa real de retorno sobre las acciones, que es la suma de la tasa de crecimiento de los precios reales de las acciones y el rendimiento de los dividendos (la ratio de dividendos por acción con respecto del precio por acción), con la tasa real de ganancia que se va incrementando. Esto es lo que determina el camino que seguirán los precios de las acciones en un contexto dinámico. Diversas hipótesis convencionales como el descuento de los dividendos y los modelos de la FED sobre el precio de equilibrio de las acciones se muestran como improbables supuestos especiales de la teoría clásica general.

La Sección IV analiza los precios de los bonos. El arbitraje entre los instrumentos financieros iguala las tasas de retorno de los bonos con los tipos de interés de los bancos de duración equivalente, y como estos tipos bancarios son por lo general más pequeños que la tasa general de ganancia, las tasas de retorno de los bonos estarán por debajo de la tasa de ganancia.

Como las tasas de las acciones son iguales a la tasa de ganancia, la tasa de ganancia de los bonos será inferior a la tasa de las acciones. Este es un hecho empírico pacífico conocido en la teoría ortodoxa de las finanzas como el “rompecabezas de la prima de las acciones” la que contradice la teoría de que las tasas de retorno de los bonos y las acciones deberían ser iguales. La Sección V resume la teoría clásica al respecto y muestra que en el supuesto estacionario se reduce al modelo estándar de dividendo-descuento, salvo porque el “factor descuento” es la tasa de ganancia, no la tasa de interés.

La Sección VI analiza las pruebas empíricas. Se demuestra que la tasa de retorno incremental de coste corriente (real) sobre el capital bancario, gratia alrededor de la tasa incremental de todo el capital privado, como cabe esperar con la hipótesis de igualación de la tasa de ganancia para los bancos. Se demuestra que los rendimientos de los bonos se igualan con los préstamos de interés bancario, y se demuestra que las tasas de interés de diferente duración se mueven al compás salvo en tiempos anormales como el desencadenamiento de la crisis global en 2007.

Por otro lado, la tasa de prima bancaria sobre los préstamos a las empresas está por lo general por debajo de la tasa de ganancia, salvo durante la última parte de la Gran Estanflación en la que una conjunción de elevada inflación y quiebras de los bancos y las empresas hicieron subir la tasa de interés. Esto nos lleva directamente al vínculo empírico entre la tasa de interés nominal y el nivel de precios que es palpable de 1857 a 1982, después de lo cual la política monetaria interviene para hacer que la tasa de interés nominal baje siempre (ver capítulo 16) Por contraste con esto, la tasa de interés real de Fisher (la tasa nominal menos la tasa de inflación) definitivamente no es estable, en contraposición a las expectativas de la teoría ortodoxa de las finanzas. En consonancia con las expectativas clásicas, la tasa de retorno de las acciones y la tasa incremental de las empresas son muy parecidas, hasta el punto de tener esencialmente los mismos medios y volatilidad. E igualmente en consonancia con las expectativas de la teoría clásica, la tasa de retorno de los bonos es sólo la mitad de cada una de las otras dos tasas (tablas 10.1 y 10.2) Por último, en el argumento clásico la tasa media de ganancia no se espera que iguale a la tasa de retorno de las acciones debido a que la tasa media es una mezcla de tasas de retorno de todas las índoles de capital. La medida apropiada es la tasa real incremental de ganancia, que se muestra que se iguala con la tasa real de las acciones.
La crítica de Shiller de la Hipótesis del Mercado Eficiente se aborda desde este punto de vista. El co-movimiento entre la tasa de retorno de las acciones y la tasa de retorno incremental de las empresas está tan cerca que no existe fundamento para la tesis de Shiller de que la tasa de retorno del mercado de valores se caracterice por un “exceso de volatilidad” debido a la “exuberancia irracional” de los inversores.

Shiller llega a esta conclusión de “excesiva volatilidad” debido a que toma la hipótesis dominante del mercado eficiente como punto de partida, y esta exige el supuesto de que la tasa de retorno esperada en el mercado de valores sea constante a lo largo del tiempo. Pero la tasa de mercado del stock real es muy volátil, de modo que cualquier comparación entre la misma y cualquier tasa constante de retorno va a dar la señal de un “exceso de volatilidad” (gráfica 10.12) La diferencia entre la hipótesis clásica y la del mercado eficiente pasa a la definición del precio de equilibrio a largo plazo del stock (legítimo) en el supuesto de la hipótesis del mercado eficiente es suave y bastante “fuera de contacto” con respecto al precio real; en el caso clásico los precios reales y legítimos describen ciclos turbulentos unos alrededor de otro en largas sacudidas coherentes con la teoría y en especial con la noción de reflexividad de Soros que es en sí misma una crítica de la HME.

La Sección VII sigue la pista de las teorías del tipo de interés desde Adam Smith a los tiempos actuales. Smith, Ricardo y Mill consideraron la tasa de interés a largo plazo como proporcional a la tasa de ganancia. Esa relación puede derivarse del argumento general de la sección II si uno hace abstracción de los costes operativos y del capital fijo en los bancos. Pero entonces existiría una tasa natural de interés para cada nivel de tasa de ganancia, algo a lo que se opone Marx porque era consciente del hallazgo de Tooke de que la tasa de interés también está ligada al nivel de precios. Al mismo tiempo, Marx argumenta que el capital financiero también se ve afectado por la igualación de la tasa de ganancia, y vincula incluso las ganancias financieras a la diferencia entre las tasas de interés a las que los bancos piden prestado y la tasa que cobran por sus préstamos. El el Tomo III, editado por Engels mucho después de morir Marx, no existen más análisis de la igualación de las tasas de ganancia bancaria o de la estructura de los términos. En el bando neoclásico y keynesiano, lo chocante resulta que su tratamiento de las finanzas es como si se tratara de una actividad no capitalista sin costes operativos ni capital adelantado. Una vez que los costes y el capital quedan suprimidos del cuadro, no hay posibilidad de un precio de provisión para las finanzas.

Por consiguiente sólo podemos anclar el tipo de interés en expectativas y estructuras de preferencias. Keynes empleó la preferencia por la liquidez como argumento rector, y esto se transfirió rápidamente al aparato IS–LM de Hicks que su vez fue convenientemente modificado por los neoclásicos para asegurar el pleno empleo por medio de los efectos putativos del equilibro real. La toma neoclásica del marco IS-LM forzó a los seguidores de Keynes a tirar por direcciones diversas. Wray insiste en mantener la preferencia por la liquidez como piedra angular, mientras que Panico sostiene que la preferencia por la liquidez es insuficiente para determinar el tipo de interés porque, al cabo, esto descansa en la “opinión común” del mercado. Por otro lado Rogers celebra esta conclusión argumentando que el tipo de interés es ciertamente convencional. Moore sostiene que los tipos de interés los fijan los bancos centrados (lo que sin embargo, no nos dice nada de los tipos de interés antes de los bancos centrales) mediante los ajustes apropiados en la oferta monetaria. Lavoie y Wray confirman que este es ahora la visión de consenso en la economía post-keynesiana. Por otro lado el trabajo revolucionario de Panico recupera el análisis clásico de la tasa de interés bancaria como un precio competitivo basado en el coste que se deriva de la igualación de las tasas de ganancia. Se analiza en cierto detalle y aporta el fundamento de mi propio enfoque, si bien en líneas en cierta medida distintas.

La Sección VIII termina el capítulo 10 con un análisis de la teoría financiera moderna cuya hipótesis central es que la movilidad del capital iguala las tasas de retorno ajustadas al riesgo. Esto incluye la compensación de Markowitz entre riesgo y retorno, la igualdad aproximada de retornos ajustados al riesgo en los modelos de Fijación de precios de activos de capital (CAPM) y de la teoría de fijación de precios mediante arbitraje), y la igualdad estocástica entre retornos esperados y reales en la teoría del mercado eficiente (EMT) Esta última se basa en la hipótesis de que el precio de un activo debe reflejar toda la información relevante pues de no ser así existiría una oportunidad de ganancia que atraería los capitales especulativos. El omnipresente modelo de descuento dividendos, en el que el precio de equilibrio de un stock se dice igual al valor presente descontado de la cascada esperada de dividendos, se ve que deriva de este mismo principio siempre que supongamos que las tasas futuras de retorno se espere que sean constantes a lo largo del tiempo y que los dividendos por participación social crezcan a cierta tasa constante menor que la tasa de retorno.

Fuera del ámbito académico, la mayoría de los que se dedican a esto se centran en las ganancias, no en los dividendos. Por ejemplo, existen literalmente ciertos de modelos basados en proporciones de precios-ganancias “punto de referencia”, incluyendo el modelo de la FED derivado en la sección V como un supuesto especial de la formulación clásica. Ninguno de estos modelos funciona bien a nivel empírico.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Capitalismo, competición y crisis. Anwar Shaikh
NotaPublicado: Vie Oct 14, 2016 12:24 pm 
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El capítulo 11 da cierre a la parte II de este libro aplicando el argumento clásico de la competencia internacional, es decir, los balances comerciales internacionales y los términos de comercio (tasas de cambio reales)

La teoría del comercio internacional es parte crítica de los modernos debates sobre los costes y ganancias de la globalización de la producción y las finanzas. El neoliberalismo pinta los mercados como estructuras sociales auto-regulativas que sirven de forma óptima todas las necesidades económicas, emplean eficazmente todos los recursos económicos y generan pleno empleo para todas las personas que quieran trabajar de verdad. Los valedores del neoliberalismo apuntan al hecho indiscutible de que los países ricos son economías de mercado que se desenvuelven en el contexto de un mercado mundial. Los críticos del capitalismo discrepan de estas tesis. Señalan que los países ricos, desde los viejos ricos de occidente a los nuevos ricos de Asia, fiaron en gran medida del proteccionismo comercial y la intervención estatal mientras se estaban desarrollando y siguen haciéndolo ahora. Sostienen que la liberalización comercial impuesta a los países en vías de desarrollo ha llevado realmente a un crecimiento más lento, a mayor desigualdad, a un aumento en la pobreza global y a crisis económicas y financieras recurrentes en la mayoría de los países. Lo que es más importante, suelen argumentar que en cualquier caso la teoría ortodoxa del libre comercio es irrelevante debido a que la libre competencia no se impone siquiera en los países desarrollados, por no hablar de los pobres, lo que es un tropo constante entre los economistas heterodoxos porque confunden la competencia con la competencia perfecta (capítulos 7 y 8).

Este capítulo demuestra que la teoría de la competencia real tiene una serie muy distinta de implicaciones para el comercio internacional. La teoría convencional (ricardiana) del libre comercio no se sigue en un contexto competitivo y los mismos patrones que la economía heterodoxa apunta como prueba contra la competencia (perfecta) pueden explicarse a partir de la competencia real. Desde la última perspectiva la globalización ha obrado como era de esperar, favoreciendo a los productores de bajo costo frente a los de costo alto.
La Sección II analiza dos premisas cruciales de los fundamentos teóricos de la teoría comercial ortodoxa:

(1) Que la libre competencia se regula por el principio de los costes comparativos; y (2) que la libre competencia lleva al pleno empleo en todas las naciones. El principio de coste comparativo es destacadamente familiar, presentado con mayor frecuencia como la proposición de que una “nación” siempre ganará con el comercio si exportara alguna porción de los bienes que produjera comparativamente más baratos domésticamente, a cambio de los que pueda adquirir a precio más barato fuera. Está implícito que el comercio será equilibrado (es decir, que el valor de las importaciones será equivalente al valor de las exportaciones). Sin embargo el valor de esta proposición puramente normativa es escaso a menos que pueda demostrarse que las economías de mercado generan realmente esos resultados.

El comercio internacional lo llevan a cabo en realidad firmas exportadoras e importadoras con afán de lucro. Por lo tanto, dondequiera que la teoría comercial ortodoxa quiera parecer más realista, vira a la tesis positiva de que el libre comercio se regulará por ventajas comparativas y que los términos de comercio siempre llegarán a un punto en el cual se iguale el valor de las exportaciones y las importaciones. Ninguna nación tiene que temer al libre comercio porque perciva que no es competitiva porque al final, el libre comercio hará que todas las naciones sean igualmente competitivas en el mercado mundial. Esta conclusión exige que los términos comerciales de cualquier país cambien de formo automático y exitoso de forma que eliminen déficits o excedentes comerciales. El supuesto de pleno empleo universal en los países ricos y pobres es igualmente crítico: después de todo, ¿quién va a decir que cambiar exportaciones por importaciones es una “ganancia” si el resultado se logra a costa de perder trabajos de forma sostenida?

La teoría de la ventaja comparativa trata de explicar después los determinantes de los costes comparativos. Por ejemplo, sobre los supuestos duales de que el comercio se rige por los costes comparativos y que el pleno empleo siempre se acaba obteniendo, el modelo Hecksher–Ohlin– Samuelson (HOS) de ventaja comparativa sostiene que las diferencias en los costes nacionales comparativos están arraigadas en las diferencias en las “dotes” nacionales de tierra, trabajo y capital.

Todas estas tres proposiciones centrales de la teoría ortodoxa del libre comercio han sido enérgicamente puestas en tela de juicio. La idea del pleno empleo universal se vuelve un mal chiste con el hecho de que había mil millones de personas en el mundo que estaban paradas o subempleadas incluso en la cúspide del boom global anterior a la crisis global del 2007. La tesis de que una caída en los términos de comercio acabará mejorando el balance comercial ha sido hace tiempo rechazada por el infame “problema de las elasticidades”. Y la tesis de que un déficit comercial automáticamente reducirá los términos de comercio hasta que el déficit se elimine, queda ridiculizada por el simple hecho de que no existe un balance comercial en ningún sitio, ni en el mundo en desarrollo, ni en el desarrollado, ni con tipos de cambio fijos ni con tipos de cambio flexible. Por el contrario, lo normal son desequilibrios comerciales persistentes.

La Sección III sigue la pista a dos reacciones dominantes frente a los problemas empíricos de la teoría estándar del comercio.

El primer tipo se centra en el hecho de que el comercio equilibrado y/o la paridad del poder adquisitivo (PPP) se supone que sólo se sostienen a largo plazo, de forma que los datos existentes posteriores a la postguerra (que ya son más de 70 años o así) pueden no ser suficientes. Otros han cambiado el terreno de batalla centrándose en una variedad de modelos a corto plazo que se contradicen unos a otros y también a muchos elementos de la realidad que tratan de explicar. A pesar del hecho de que muchos economistas ortodoxos “admiten sin problemas su fracaso” la noción subyacente de ventaja de coste comparativo sigue dominando los manuales y los modelos y la propia política económica. Otra reacción importante ha sido modificar uno o más de los supuestos básicos incorporando oligopolios, economías de escala y diversos factores concretos como la composición del comercio, diferentes elasticidades de demanda y diferencias en tecnología y conocimiento humano acumulado e institucionalizado. Todas ellas dan lugar a excepciones particulares a los resultados convencionales, que a su vez dan algo de espacio (limitado) a la intervención estatal en sectores estratégicos y en actividades estratégicas como la I + D. Los modelos resultantes son extremadamente complicados, abarcan muchos resultados posibles y aportan “pocas conclusiones claras”. Sostengo que el problema no está en los modelos, sino en su raíz, en principio Ricardiano de coste comparativo.

La sección IV vuelve a analizar el principio de coste comparativo de Ricardo a la luz de la teoría de la competencia real. En la competencia real en el seno de una nación, las empresas buscan constantemente reducir sus gastos para poder reducir precios y desplazar a sus competidores. Las firmas que tienen costes inferiores suelen imponerse y las que tienen mayores costes pierden. Este es el mecanismo de selección de la competencia capitalista. Smith recalca que “la ganancia privada es el único motivo” en la aplicación de capital al comercio local e internacional. Ricardo parte de la misma premisa, buscando mostrar cómo los patrones del comercio internacional surgen a partir de las acciones de los capitales que buscan ganancia en diferentes países. Con el fin de sacar a relucir la lógica brutal de su argumento, Ricardo comienza asumiendo que los capitales portugueses gozaban inicialmente de menores precios por menores costes en todas las mercancías, de forma que dominaban tanto los mercados ingleses como los portugueses. Pero después, como el dinero pasa de Portugal a Inglaterra, los costes y precios Portugueses suben y caen los ingleses. Podemos imaginarnos que en tanto que los bienes portugueses se vuelven progresivamente más caros y los bienes ingleses progresivamente más baratos, la mercancía portuguesa con la menor ventaja de coste absoluto contra su contraparte inglesa será la primera que se pase de los ganadores a los perdedores. Desde el punto de vista inglés, estas será la mercancía con la menor desventaja de costes. Pero a menos que el comercio se vuelva equilibrado, el proceso seguirá y la mercancía portuguesa con la segunda ventaja menor (la inglesa con la segunda desventaja menor) cambiará de bando, y así sucesivamente. Todo esto se logra por medio de las acciones y reacciones de productores individuales con afán de lucro en los dos países. Cuando el proceso Ricardiano acaba parecería que “Portugal” se ha decantado por especializarse en producir los bienes en los que tiene “una ventaja de coste comparativo” cambiándolos por mercancías de igual valor monetario (ya que el comercio es equilibrado en el punto de reposo) consistiendo en bienes en los que “Inglaterra” tiene una ventaja de coste comparativa. Esto permite a Ricardo dar un salto lógico desde el argumento de que el comportamiento de las empresas individuales con afán de lucro llevará a la regla del coste comparativo a la proclama de que las naciones deberían emplear los costes comparativos para determinar sus patrones comerciales.

La economía neoclásica suele saltarse también esta derivación recurriendo a la representación ficticia de Inglaterra y Portugal como individuos que comercian para “ganar”. Esto posee el valor ideológico de inculcar la noción de que el propósito del libre comercio es beneficiar a todas las naciones, en vez de obtener ganancias para sus empresas. Esta sección comprende un análisis detenido de la estructura formal de la teoría de los costes comparativos. La confusión de Ricardo de la balanza de pagos y la balanza comercial es extremadamente importante en este constructo. La balanza de pagos de una nación es la suma de los flujos netos a la nación: las exportaciones menos las importaciones (el balance comercial), la inversión directa extranjera en la nación menos la inversión en el extranjero por los agentes domésticos, los flujos de capital a corto plazo como bonos privados o de empresas comprados por extranjeros (es decir, préstamos concedidos por los extranjeros a los agentes domésticos) menos transacciones financieras parecidas realizadas en los países extranjeros por los agentes domésticos, y así sucesivamente. Ricardo procede como su los flujos comerciales de las mercancías fueran completamente autónomos con los flujos financieros, por lo que se identifica el equilibrio comercial con el equilibro en los pagos. El dinero parece en este relato un medio de circulación, pero nunca capital financiero. Esto resulta sumamente peregrino desde un punto de vista histórico, ya que las exportaciones e importaciones de capital financiero (los préstamos internacionales) están inherentemente ligadas al flujo de fondos que surge de la exportación e importación de las mercancías. Igualmente extraño desde el punto de vista teórico es el hecho de que implica que los flujos comerciales y financieros se hallan completamente divorciados. Tanto Marx como Harrod señalaron esto como una flaqueza crítica de la lógica de Ricardo.
La Sección V desarrolla la teoría clásica de la ventaja de costes absoluta. El argumento Ricardiano es en realidad un relato sobre la determinación de los capitales reguladores internacionales. Cuando se abre el comercio, Portugal e Inglaterra producen cada una vino y ropa, de modo que hay dos diferentes productores reguladores para cada bien, uno en cada nación. A pesar del hecho de que Portugal tiene los precios basados en costes inicialmente inferiores en ambos bienes, el argumento de los costes comparativos dice que la competencia internacional acabará por seleccionar las empresas británicas como capitales reguladores para la ropa dejando a las portuguesas como capitales reguladores del vino. En la teoría de la competencia real, el líder de precios (el capital regulador) en cada industria es el que tiene el menor coste unitario, el término coste definido ahora en el adecuado sentido empresarial de suma de salarios unitarios, materias primas y depreciación. La primera dificultad del relato Ricardiano es que los cambios en los precios internacionales relativos de los bienes afectarán también a los costes relativos de esos mismos bienes.
Eso es la extensión lógica del punto central de Sraffa de que los precios y los costes se hallan imbricados inescindiblemente (capítulo 9, Sección 11)
Los costes comparativos pueden no cambiar en absoluto en respuesta a cualquier cambio en la tasa real de intercambio (tasa de intercambio nominal y/o el nivel de precios nacional relativo) dejando los capitales portugueses a cargo de ambas industrias y eliminando los capitales ingleses. Incluso si los costes comparativos respondieran a las variaciones en los cambios en las tasas de cambio reales, no podrían responder lo suficiente para eliminar a los capitales portugueses, por lo que el capital británico está condenado una vez más. Dicho de otro modo, no se compensarán ventajas suficientemente amplias en costes absolutos por efectos en la tasa de cambio real. Y lo que es peor, los costes comparativos pueden cambiar en la dirección “equivocada” (es decir, harán que la ventaja de coste absoluto de Portugal sea todavía mayor). Esto significa que incluso si la tasa real de cambio variara automáticamente con el equilibrio comercial, como supone Ricardo, los costes comparativos no variarían como él cree siempre que los costes reales (salarios reales y productividad) sean fijados a nivel nacional. Se demuestra formalmente que dados unos salarios reales y una eficacia específica de las industrias en cada nación, en un modelo de dos sectores el coste comparativo en cualquier industria es una razón de dos funciones lineales del precio internacional relativo y puede caer o subir con el precio relativo dependiendo de los coeficientes. Además, el grado de cualquier movimiento en tal sentido se ve limitado por las estructuras relativas de producción. Al cabo, la competencia internacional estará ligada a las diferencias de eficacia, salarios reales, y proporciones técnicas, y no hay nada en el libre comercio en sí mismo que suprime las ventajas o desventajas en costes absolutos.
El segundo problema de la teoría de Ricardo es que las tasas de cambio reales no tienen que cambiar en absoluto frente a desequilibrios comerciales. Marx comentaba que un país con un excedente comercial experimentará un incremento en la liquidez que reducirá su tasa de interés, mientras que un país con un déficit comercial experimentará una reducción de la liquidez y un incremento en la tasa de interés, según funcionan normalmente los mercados de capitales. Harrod llega de forma independiente a la misma conclusión. Como los flujos de capital son un contrapeso a los desequilibrios comerciales, el efecto neto de la balanza de pagos dependerá de la magnitud relativa de estos dos efectos: la tasa de cambio puede no cambiar en absoluto, o si lo hace, puede cambiar en la dirección “incorrecta” (es decir, la tasa de cambio del país con excedente comercial se puede depreciar en vez de aumentar de precio)
En la competencia real internacional, los capitales reguladores serán en esencia aquellos con costes laborales unitarios integrados inferiores. Suponiendo que los países exportan los bienes en los que incurren en menores costes para producir (la calidad igual) los términos comerciales de cualquier país dependerán en la ratio de los costes integrales reales de sus exportaciones en relación con la de los productores de los que obtiene sus importaciones. El punto clave es que los términos de comercio están aprisionados por los salarios reales y las estructuras de producción nacionales, por lo que no pueden desplacerse de forma endógena para equilibrar el comercio como sucede en la teoría de Ricardo. La formulación clásica puede extenderse para cubrir los bienes no comercializables, que afectaran a los costes de los insumo en la medida en que se introduzcan en la producción y afecten al salario monetario siempre que entren en la canasta salarial.

En ese caso el argumento clásico implica que los términos comerciales (la tasa de intercambio real) se rige por dos elementos: los costes reguladores relativos reales y la ratio de bienes comercializables/no comercializables. Se desarrolla una expresión similar para la proporción de moneda común de cualesquiera dos índices de precios nacionales, lo que nos dice inmediatamente que esta ratio será constante sólo su los dos poseen la misma composición global en el sentido de tener la misma composición de bienes y la misma ratio de precios comercializables con no comercializables. El argumento clásico implica por tanto que la PPP en general no se sostendrá.

La aplicación de la competencia real a la teoría del comercio internacional conduce a diversas proposiciones diferenciadas. En primer lugar, los costes comparativos de la industria y los términos comerciales se determinan por los salarios reales relativos, las productividades relativas de los capitales reguladores y el efecto de los bienes comercializables/no comercializables.

En segundo lugar, la dirección del balance comercial de una nación se determina por sus ventajas o desventajas absolutas en costes (un canal clásico) mientras que su volumen dependerá asimismo de los ingresos nacionales relativos (un canal Keynesiano) Los cambios en este afectarán al equilibrio comercial pero no lo cambiaran de forma permanente de excedente a déficit a menos que cambien los costes comparativos. En tercer lugar, los desequilibrios comerciales generarán desequilibrios en la balanza de pagos que afectarán a los tipos de interés e inducirán flujos de capital internacionales a largo plazo (un canal clásico) y quizás también cambien el ingreso nacional por medio de su influencia sobre la inversión (el canal keynesiano)

El resultado final será que los países con ventajas de costes absolutos reciclarán sus excedentes comerciales como préstamos al extranjero mientras que los países con desventajas de costes absolutos cubrirán sus déficits comerciales pidiendo préstamos en el exterior. Todo esto sobrevendrá por el obrar del libre comercio o de los libres flujos financiero, aunque, por supuesto, pueden tomarse medidas políticas que generen efectos análogos.

La Sección VI compara las teorías clásica y convencional del libre comercio con las pruebas empíricas. La hipótesis de los costes comparativos implica que la tasa de cambio real variará de forma que asegure que el comercio sigue equilibrado mientras que la competencia internacional real implica que la norma serán los desequilibrios comerciales. Los datos de comercio durante el medio siglo que media de 1960 a 2009 dejan muy claro que el comercio en general no se equilibra. La hipótesis convencional PPP postula que los tipos reales de cambio permanecerán estacionarios a largo plazo, pero la enorme literatura empírica analizada en esta sección sostiene que la PPP no es válida.

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 Asunto: Re: Capitalismo, competición y crisis. Anwar Shaikh
NotaPublicado: Mar Oct 18, 2016 2:52 pm 
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Una carta de tipos reales de cambio efectivos en términos de precios de los productores en EEUU y Japón muestra que ambos tienen unas tendencias acusadas en direcciones opuestas. Le argumento PPP puede formularse igualmente como la hipótesis de que los tipos de cambio nominales se depreciarán al mismo rito que la inflación (para mantener un tipo de cambio real constante) Los datos de EEUU y Japón dejan claro por qué esta versión (relativa) del PPP tampoco se sostiene como una proposición empírica general. Sin embargo, en el supuesto particular en el que hay una inflación elevada el PPP (relativo) no parece sostenerse. La teoría clásica del comercio predice tanto la tendencia natural de los tipos de cambio reales que es clara en los datos en los EEUU y Japón tanto como la correlación entre tipos de cambio nominales y las tasas de inflación observadas en el supuesto de una inflación elevada relativa.

La hipótesis clásica es que el tipo de cambio real, (FORMULAKA) donde p=al nivel de precios doméstico, e= el tipo de cambio (moneda extranjera/nacional) y pf = el nivel de precios extranjero, dependen de los costes relativos real laborales unitarios y la ratio de precio comercializable/no comercializable. Puesto que los últimos dos términos cambian a paso lento de año a año, el intercambio real también debe cambiar con lentitud (salvo por los shocks). Pero el tipo de cambio real es producto del nivel de precios relativo doméstico (p/pf) y el tipo de cambio. De ahí que cuando el nivel de precios relativos aumenta de forma marcada al enfrentarse con una inflación doméstica rápida, el tipo de cambio nominal tiene que depreciarse a más o menos el mismo ritmo.

El argumento anterior implica asimismo que la tasa de cambio real se hallará ligada a los costes reales unitarios integrados correspondientes ajustados en relación con la ratio de precios comercializables/no comercializables. Los costes unitarios directos laborales se emplearon a falta de datos sobre los costes integrados para construir costes unitarios de trabajo reales en dos países en relación con sus socios comerciales y las cartas correspondientes demuestran que la tasa de cambio real de cada nación ciertamente sigue los fundamentos clásicos. Desde el punto de vista econométrico, las variables reales y fundamentales se ve que están co-integradas con la velocidad del ajuste que son estadísticamente significativas y con la señal correcta. Por último, se demuestra que las desviaciones de los tipos de cambio reales desde los costes laborales unitarios relativos ajustados son estacionarias. Teniendo en cuenta las limitaciones de los datos analizados y el enorme impacto del flujo de capitales y los shocks en los tipos de interés, resulta notable la estabilidad de esta ratio presente/fundamental en el largo plazo. De ahí que el enfoque clásico también aporta una vigorosa regla de oro para el nivel sostenible desde el punto de vista competitivo del tipo de cambio real, una regla que es bastante superior a la muy empleada hipótesis PPP.

3. Parte III: macro-dinámicas turbulentas (capítulos del 12 al 17)

La ganancia es un elemento central tanto en la microeconomía como en la macroeconomía. La segunda parte de esta obra supondrá una elaboración de los aspectos microeconómicos: las empresas buscan lucro de manera activa, fijan los precios y reducen los costes, obrando en condiciones de conflicto e incertidumbre que generan sus propias acciones. Esta es la competencia como realmente existe, en tanto que la fuerza rectora en la determinación de las decisiones de producción, del cambio tecnológico, de los precios relativos, de los tipos de interés y los precios de los activos y de los términos de intercambio. El crecimiento se genera a un nivel celular y la medida de su éxito es que la tasa de ganancia exceda la tasa de interés. Esta parte de la obra explicará la ligazón entre la competencia real y la demanda efectiva.

El Capítulo 12 sigue la pista al auge de la macroeconomía moderna comenzando con el abandono de Keynes de la ortodoxia anterior que culmina por su reapropiación por la economía neo-walrasiana. El Capítulo 3 había dejado sentado anteriormente que las propiedades emergentes macroeconómicas no pueden reducirse a los resultados deseados de agentes económicos representativos que lo ven todo. Por lo tanto los rasgos micro no necesariamente tienen que aplicarse a nivel macro y cualquier patrón macro dado puede ser coherente con muchos fundamentos micro distintos (e incluso contradictorios) Con el fin de distinguir entre hipótesis en competencia debemos considerar la validez de sus supuestos microeconómicos. La idea clásica del equilibrio como un proceso turbulento implica que debemos ser explícitos en cuanto al momento de gravitación, en tanto que el hecho de que el crecimiento se genera a nivel celular significa que debemos trabajar con tasas de crecimientos o ratios de variables. En la competencia real, las empresas se enfrentan con curvas de demanda de pendiente descendiente, fijan precios, tienen costes diferentes y con la división entre líderes de precios y seguidores de precios (capitales reguladores y no reguladores). Por último el dinero es endógeno y no neutral, y la demanda y la oferta agregada están cimentadas en la rentabilidad, por lo que la macroeconomía no puede reducirse a enfoques centrados en la demanda o en la oferta.

A nivel macro, podemos expresar ex ante el exceso de demanda como (fórmula), donde D= demanda agregada de bienes disponibles a nivel doméstico es la suma del consumo © de la inversión en los stocks deseados de capital fijo e inventarios (I), demandas del gobierno (G) y de las exportaciones (EX), T, impuestos totales al sector privado (hogares y empresas) y la oferta disponible a nivel doméstico es la suma de la oferta doméstica (Y) y de las importaciones (IM). Esta relación contable identifica las fuentes sectoriales del exceso de demanda. En el supuesto más abstracto sin sectores gubernamentales o extranjeros, el exceso de demanda se reduce al familiar equilibrio entre la inversión y el ahorro que desempeña un papel crucial en el abandono por parte de Keynes de la ortodoxia de su época. Puesto que las ventas que superen la oferta acaban con los inventarios, podemos igualmente derivar la correspondiente identidad de la contabilidad nacional ex post sustituyendo los cambios no planeados en el inventario por el exceso de demanda ED para obtenerlo. Ninguna de estas dos identidades es una “restricción presupuestaria” puesto que ED puede despegar con valores positivos o negativos. Solamente suponiendo además demanda agregada, equilibrio de oferta, cuando las tres identidades de equilibrio se convierten en la restricción. La pregunta es, ¿cuánto tiempo lleva este proceso en que se consigue el equilibro? La teoría neoclásica suele suponer equilibrio instantáneo y continuo. Keynes se centra normalmente en la estática comparativa, así que el tiempo desaparece del análisis, pero en otros lugares reconoce que la producción lleva su tiempo, en cuyo caso el multiplicador debe ser una secuencia temporal.

Los modelos modernos keynesianos y post-keynesianos suelen eludir la cuestión tratando los datos observados (anuales o incluso trimestrales) como si representaran resultados de equilibrio. Teniendo en cuenta que el exceso de demanda se refleja en cambios de inventarios no planeados de antemano, defenderemos que es más sensato tomar en consideración el ciclo de inventario (ciclo económico) de tres a cinco años (de 12 a 20 trimestres, como el proceso de equilibrio de la oferta y la demanda agregada. Esto ciertamente arroja diferente luz en las implicaciones sociales y políticas de la política macroeconómica. Por último, volviendo a los análisis de los capítulos 4 y 7, la capacidad normal del producto Yn se define como el producto normal (potencial) que se corresponde con el coste inferior promedio (el coste se define en sentido empresarial) Este punto está por lo general por debajo del máximo producto (de ingeniería) por lo que las expresas es común que tengan una capacidad de reservas deseadas sustancial, que es precisamente la razón por la que pueden aumentar rápidamente el producto a corto plazo.

El verdadero exceso de capacidad sólo se daría si el producto está constantemente por debajo del nivel normal. Puesto que las empresas introducen nuevo equipo y nuevas plantas teniendo en mente cierta capacidad normal, la utilización de la capacidad normal se da cuando la ratio de producto real-capital es equivalente a la ratio producto-capital deseada. Es una forma especialmente importante de la regularidad en el flujo de stock, de forma que resulta irónico que se haga caso omiso de ella o incluso que se niegue dentro de la tradición keynesiana.

La sección II resume la estructura fundamental de la macroeconomía anterior a Keynes que suplió el análisis clásico del capitalismo real con un análisis posterior de un sistema idealizado y ficticio (capítulos 7 y 8) Keynes apuntó a ciertas proposiciones nucleares que atribuyó a la ortodoxia de sus días, incluso aunque estas ideas no estaban formalizadas plenamente cuando realizó su crítica: los agentes racionales que maximizan obrando con conocimiento perfecto y en competencia perfecta y con expectativas estables sobre el futuro; unos mercados, incluido el mercado laboral, en los que la oferta igualaba la demanda de modo rápido y eficaz, por lo que el pleno empleo era “la situación normal”; demanda agregada que se adaptaba a la oferta agregada de pleno empleo (La Ley de Say) por medio de ajustes automáticos en la tasa real de interés del mercado en relación con fondos susceptibles de prestarse; y un nivel general de precios determinado por la cantidad de dinero.

Las variables reales (comprendiendo la tasa de interés real ligada a la tasa de ganancia real) se determinaban en los mercados laborales y de mercancías (la dicotomía clásica) y los valores nominales se determinaban por medio de los efectos de la oferta de dinero en el nivel general de precios (La Teoría de la Cantidad de Dinero)

El dinero se consideraba como algo neutral basándose en que no tenía efecto alguno en los valores de equilibrio de las variables reales. No es para sorprenderse que la intervención gubernamental se considerara “ni necesaria ni deseable”. Un incremento en la oferta de trabajo llevaría a un incremento igual en el empleo pero tan sólo al precio de un salario real inferior. A la inversa, los intentos de los sindicatos y del Estado para aumentar los salarios reales sobre sus niveles de mercado (supuestamente los de equilibrio) sólo acabaría produciendo más paro. Para comprender la lógica del modelo neoclásico básico, es útil recordar que en un nivel abstracto, la teoría neoclásica supone que la inversión privada genera una demanda de fondos que pueden prestarse, que los ahorros privados aportan la oferta correspondiente de fondos que pueden prestarse y que ambas responden únicamente a la tasa de interés real. El equilibrio en el mercado de préstamos de fondos asegura esto (Es decir, la demanda agregada se ajustaría a la oferta agregada con pleno empleo) Al cabo el sistema se suponía que produciría de forma rápida y eficaz una cantidad agregada de producto que aportaría pleno empleo y que genera al tiempo una demanda agregada suficiente para realizar este mismo producto. Según este razonamiento el omnipresente desempleo en los años 20 y después en la Gran Depresión de los años 30 sería eliminado prontamente si se dejara sólo al mercado. Se pensaba que la intervención del gobierno sería contraproducente.

La Sección III aborda la ruptura de Keynes con la ortodoxia de su tiempo. La persistencia del desempleo después de la Primera Guerra Mundial le convenció de que los mercados reales no funcionan como dicen los manuales. Mucho antes de que escribiera la Teoría General, estaba proponiendo que los gobiernos europeos llevaran a cava gastos públicos a gran escala financiados por déficit. Al mismo tiempo estaba devanándose los sesos para identificar los defectos teóricos trascendentales en los argumentos ortodoxos, concentrándose al final en dos tesis críticas: que los salarios reales se desplazarían con rapidez para recuperar el pleno empleo; y que la tasa de interés real se desplazaría automáticamente para generar el monto necesario de demanda agregada. Su primer paso fue observar que como la producción lleva su tiempo, las empresas individuales deben contratar trabajadores y comprar insumos sobre la base de la ganancia anticipada en función de la demanda esperada. Por otro lado la demanda agregada real surge del consumo individual de los hogares ligado a los ingresos generados por la producción presente; y la inversión individual de las empresas motivadas por expectativas de ganancia a largo plazo, era muy volátiles, sujetas a “mareas de optimismo y pesimismo irracional”. Manejó este aspecto de su argumento tomando la inversión como dada a corto plazo pero siendo susceptible de rápidas variaciones de un corto plazo a otro. No había razón para creer que la demanda real agregada generada por los gastos de muchos millones de empresas o consumidores encajaría con la demanda esperada que motivaba a las empresas individuales así que lo normal sería el desequilibrio. Keynes deja esto de lado con el fin de centrarse en los determinantes del nivel de equilibrio de producción y empleo. Con la inversión como “dada” a corto plazo, los ahorros deben hacer el ajuste. Pero los ahorros son la parte de los ingresos que no se consumen y el consumo depende de los ingresos generados por la producción y por lo tanto el desempleo deben ajustarse para hacer que los ahorros sean iguales a la inversión (es decir, hacer que la oferta agregada sea igual a la demanda agregada).

Esta es la respuesta de Keynes a la Ley de Saw. Un supuesto clave es que los ahorros son una fracción estable del ingreso: si la inversión aumenta en un 100% y los ahorros son una quinta parte del ingreso la producción debe aumentar por 500 para hacer que los ahorros se equilibren con la inversión: el multiplicador keynesiano. La misma lógica implica que un alza en la tasa de ahorro (más parsimonia) hará que los ahorros agregados superen a la inversión de forma que la producción y el empleo deben descender con el fin de que los ahorros estén de nuevo en consonancia con el empleo. De ahí la Paradoja del Ahorro de Keynes.

Todo esto se predica de que la inversión figure como dada a corto plazo, lo que lleva de forma natural a la pregunta de cómo reacciona la inversión. Al igual que Marx, Keynes cree que la inversión se gobierna por su rentabilidad neta esperada, que es la diferencia entre la tasa de ganancia esperada (la eficiencia marginal de la inversión) y el tipo de interés. Es razonable que un aumento en el paro reduzca las expectativas de ganancia y suba el coste de pedir prestado debido a mayores riesgos, y ambos factores causarían que la inversión descendiera y empeorarían las cosas. Keynes tenía muy clara la tesis neoclásica de que el paro reduciría el salario real y por lo tanto aumentaría la tasa de ganancia de capacidad normal, de forma que la inversión, la producción y el paro acabarían subiendo.

Presentó una serie de objeciones: las negociaciones salariales son en términos monetarios, no de salarios reales, por lo que una caída de la demanda agregada que generara paro también reduciría los precios y subiría el salario real al principio, empeorando las cosas; los salarios más bajos reducirían los costes y tenderían a reducir los precios, de forma que el salario real también podría subir a causa de ello; incluso si se redujeran los salarios monetarios esto podría empeorar la cosas reduciendo el consumo y por lo tanto la demanda agregada. Y cualquier reducción en los precios podría igualmente socavar la confianza de las empresas y reducir aún más las expectativas de ganancia. Por lo que concierne el tipo de interés, reemplazó su propia teoría de preferencia de la liquidez por el argumento neoclásico de fondos susceptibles de préstamo.
La tasa de interés, dijo Keynes, se determina por los equilibrios de la demanda y la oferta de dinero. La oferta de dinero la determina el Estado. La demanda de dinero depende de los ingresos y la tasa de interés es vista como la recompensa de prescindir del beneficio de liquidez que supone conservar el dinero, que está motivada por la necesidad de guardar para los días malos, facilitar los intercambios, y tal vez invertir algo tiempo después. Todas esas motivaciones dependen en la confianza en el futuro, que es precisamente la razón por el que un derrumbe de la confianza desencadenado por una crisis puede precipitar que rápidamente se trate de convertir activos financieros en dinero y se provoque un aumento en la tasa de interés en el mismo momento en que lo que hace falta es que descienda.

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NotaPublicado: Mar Nov 29, 2016 1:48 pm 
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Incluso si el gobierno interviene y reduce el tipo de interés, no se generará necesariamente una recuperación en la confianza. Por tales razones, en una crisis es mucho mejor servirse de la política fiscal, de forma que el Estado bombee la demanda agregada mediante gasto a cuenta del déficit, como se había defendido con anterioridad antes de la Primera Guerra Mundial. El argumento de Keynes quedó enredado rápidamente en los confines estáticos del marco analítico IS-LM de Hicks. Según el propio argumento de Keynes, el producto de equilibrio se determina por la inversión por medio del multiplicador (IS), y la inversión depende del exceso de una esperada y volátil tasa de ganancia por encima de la tasa de interés. Hicks elimina la tasa de ganancia esperada de modo que la inversión queda reducida a una simple función pasiva de la tasas de interés. Se convierte en un misterio el hecho de que una reducción en la tasa de interés no espolee la inversión, cuando nos enfrentamos a malas expectativas (como sucede en la presente crisis) Su enfoque de la demanda monetaria (LM) quita igualmente importancia a la volatilidad en las decisiones de conservar el dinero, de modo que la demanda de dinero se torna en una función positiva estable del nivel del ingreso corriente (en vez del esperado) y una función negativa del tipo de interés (puesto que un tipo de interés mayor sobre los activos financieros alentará a los agentes a conservar menos balances de dinero que permanece ocioso)

El equilibrio IS-LM exige una exacta conjunción del ingreso (producción) y del tipo de interés. La formulación de Hicks se amplió de modo que comprendía la demanda de exportaciones y del gobierno, por lo que en tal caso se suponía que una política fiscal expansiva iba a elevar el nivel de equilibrio de la producción a expensas de una tasa de interés (nominal) más elevada. Por otro lado, la política monetaria expansiva incrementaría la oferta monetaria en un nivel dado de precios y cambiaría la curva LM visiblemente haciendo crecer por lo tanto la producción de equilibrio reduciendo el tipo de interés. Se sigue que el Estado siempre puede aplicar cierta combinación de políticas monetarias y fiscales para lograr que el producto se aproxime al nivel de pleno empleo sin afectar al tipo de interés o incluso al nivel de precios. El marco analítico IS-LM también conserva la paradoja keynesiana del ahorro de forma atemperada, ya que una reducción en la tasa de ahorro para un nivel dado de inversión eleva la curva IS lo que eleva a su vez el nivel de producto (la paradoja del ahorro) pero igualmente hace crecer la tasa de interés de equilibrio que mitiga el efecto inicial pero no acaba con él.

En este nivel de abstracción, el nivel de precios tan sólo se eleva cuando la demanda agregada excede el output de pleno empleo. Robinson ya había planteado que los precios comenzarían a subir en algún momento en este punto, y a comienzos de 1960 esta idea fue hecha operativa añadiendo una curva de inflación-paro a la caja básica de herramientas keynesiana. Phillips había hallado originariamente que la tasa de cambio de los salarios monetarios subía de forma no lineal cuando el pato caía por debajo de cierto nivel crítico. Esto se reformuló como una curva estable de inflación-paro, con los que los que hacían políticas keynesianas tenían la opción de jugar con una mayor tasa de inflación para conseguir una tasa de paro inferior. Al principio la cosa parecía factible, pero después todo empezó a desmoronarse. Una curva estable de Phillips implicaba que la inflación descendería si el paro subía, pero en los 70, el paro había subido junto con la inflación. En los 80 la curva de Phillips había parecido en todos los países importantes y esa suerte de keynesianismo hidráulico estaba destrozado. Veremos en el capítulo 14 que ciertamente existe una curva de Philips claramente visible y estable, pero que no se da en términos de la tasa de cambio de los salarios monetarios y ni siquiera de los precios. El conocimiento de su existencia puede haber permitido al bando keynesiano ofrecer una defensa coherente frente a los contrarrevolucionarios monetaristas y neoclásicos.

La sección IV analiza el auge de la economía neo-walrasiana que comenzó en los años 50 y 60, con la reformulación enormemente influyente de Samuelson de la economía de corte Marshalliano.

La resurrección de Friedman de la Teoría Cuantitativa del Dinero (QTM) transformó la relación oferta-demanda de dinero de Keynes en la hipótesis de que la velocidad de circulación del dinero era estable en cualquier configuración institucional dada. Su trabajo empírico con Anna Schwartz llegó a la conclusión de que un aumento en la oferta de dinero per cápita conduciría fundamentalmente a un incremento en la renta nominal per cápita. Teniendo en cuenta hiatos “largos y variables” entre los dos, lo mejor era mantener un crecimiento estable de aquella para mantener un crecimiento estable de esta. Posteriormente sumó a esto la hipótesis de que en una economía estática el output real “puede considerarse como constante” como sucede en el “pleno empleo de precio flexible” (“flex-price full employment”), una versión del modelo IS-LM en el que el output real de equilibrio se determina por la oferta de trabajo y en el que la tasa de interés real de equilibrio no resulta afectada por factores monetarios. Por consiguiente un incremento en la oferta de dinero se traduce únicamente en un incremento en el nivel de precios y una oferta de dinero que crece con mayor rapidez que el output engendra constantes incrementos en los precios (inflación). El problema era que en los años 70, la supuesta relación empírica estable entre la oferta monetaria y el nivel de precios “se había desplomado por completo” en todo el mundo desarrollado a pesar de las diversas tentativas de rescatarla como fuera mudando la definición del dinero. De forma que al final la nueva QTM no duró mucho más que la teoría Keynesiana que trató de reemplazar. En este momento, todas las teorías macroeconómicas tenían que enfrentarse al problema de explicar el crecimiento del desempleo cuando iba de la mano con una inflación creciente (y no en descenso)

Tanto Phelps como Friedman argumentaron que el paro observado era en realidad resultado de rasgos estructurales de los mercados laborales y de mercancías, que comprendían imperfecciones del mercado, variabilidad estocástica en la oferta y la demanda, los costos de la movilidad y así sucesivamente. La cuestión principal era que esas características de la realidad llevaban aparejada una “tasa natural de paro” que sólo dependía de factores reales y no monetarios. Ambos autores llegaron a la conclusión de que mientras que el aumento no esperado de la demanda agregada llevaría aparejado un incremento temporal en el output real y en el empleo mientras que los trabajadores y las empresas no se percataran al principio de que iban a subir los precios, ese estímulo se disiparía a lo largo del tiempo mientras crecieran los precios de forma que el paro regresaría a su nivel natural. Por consiguiente las políticas keynesianas que trataran de mantener una tasa de paro por debajo de la natural tenían que haber cebado constantemente el sistema mediante incrementos inesperados en la demanda agregada cuyo efecto acumulado sería una tasa de inflación siempre creciente. Esto llevó a la Tasa de Paro que no Acelera la Inflación (NAIRU), la proposición de que la tasa “natural” de paro es la única en la que la tasa de inflación será estable. (ver capítulo 15)

Los economistas neo-clásicos operan dentro de este marco. Adhieren a la idea de una tasa natural de paro y también a la idea de que sólo sorpresas inesperadas dentro de la política económica pueden hacer que sobrevengan desviaciones temporales a la tasa natural de paro. Sin embargo “transfieren” su lealtad de Marshall a Walras suponiendo de forma explícita competencia perfecta, completa flexibilidad de precios, salarios, arbitraje perfecto, oferta que se corresponde perfectamente con la demanda, y la ausencia de la ilusión monetaria (de forma que sólo importan a los efectos de las decisiones de los agentes los precios relativos). Y además vienen con un arma nueva a la refriega: el concepto de “expectativas racionales” en el que los agentes teóricos que moran en un universo modelo se supone que “conocen” la estructura del modelo dentro del cual existen y que emplean esa información de forma eficaz.

Lucas conjuga la hipótesis de la tasa natural con la idea de expectativas coherentes con el modelo que también son súper-racionales. Y al igual que sucede con las razones anteriores, sólo cambios inesperados procedentes de la política (sorpresas) pueden cambiar los resultados económicos, pero no pueden existir efectos duraderos porque una vez que se ponga en práctica una política los agentes súper-racionales inmediatamente se adaptarán hasta que la economía vuelva a la tasa natural de paro y los precios se disparen. Otro rasgo distintivo adicional de la argumentación neoclásica consiste en la proposición de que la “estructura” de la macroeconomía es en sí misma resultado de la optimización dinámica de los agentes representativos de modo que la propia estructura debe cambiar en tanto que los agentes ajustan su comportamiento a las nuevas políticas. Esta “crítica de Lucas” fue muy popular a nivel teórico, por mucho que las pruebas empíricas no fueran demasiado amables con ella. Ya hemos argumentado la hipótesis contraria: que el nivel macro en general es “vigorosamente indiferente” a los detalles de las acciones individuales (capítulo 3, sección III). Dados los supuestos neoclásicos de continua correspondencia de la oferta con la demanda y precios y salarios completamente flexibles, las continuas malas percepciones cuando vienen las “sorpresas” resultan cruciales a la hora de explicar las correlaciones positivas entre demanda, inflación, output real y empleo en el ciclo económico.

Sin embargo a comienzos de los 80 las pruebas contra la hipótesis de las sorpresas monetarias y la “confusión informativa” comenzaron a acumularse con rapidez. Se desarrolló la Teoría del Ciclo Económico real (RBCT) que conservaba la hipótesis de las expectativas racionales y la constante correspondencia entre oferta y demanda añadiendo conmociones aleatorias en la productividad para engendrar fluctuaciones agregadas que simulaban los ciclos económicos. Se seguía suponiendo que los agentes tenían expectativas racionales, que la economía en su conjunto se podía tratar como una interacción entre una empresa representativa y un hogar representativo y los ciclos económicos seguían considerándose un fenómeno rigurosamente de equilibrio. Una conmoción tecnológica se suponía que se propagaba en la economía por la respuesta de suavización del consumo de los hogares, la inversión (el tiempo para construir) las respuestas de los hogares, y por la sustitución inter-temporal entre trabajo y ocio. Siempre se consigue el pleno empleo, de forma que cualquier caída en el empleo se debe sencillamente al hecho de que los trabajadores se decantan por más ocio y menos trabajo. (Más samba y menos trabaillar, parece de guasa)

En un marco tal, la política monetaria se echa a un lado ya que no puede afectar a las variables reales y no hay diferencia entre el corto plazo y el largo (de modo que las fluctuaciones son inseparables de las tendencias) ya que la economía está constantemente en equilibrio. Los teóricos del RBCT desdeñan las pruebas econométricas de sus hipótesis y prefieren simulaciones con modelos de “juguete” cuyos parámetros son seleccionados (calibrados) para hacer que el modelo imite (algunos) patrones observados y que después se modifican para investigar el supuesto impacto de los cambios en las políticas y en la estructura. No es sorprendente que el significado empírico de este tipo de modelos haya recibido abundantes críticas. Los economistas neo-keynesianos también comienzan con micro-fundamentos convencionales y el marco de equilibrio general en los que están insertos, pero se centran en introducir un raudal de “imperfecciones” como costosos ajustes de precios y competencia imperfecta en mercados de mercancías, trabajo y crédito. Dada la incapacidad de la teoría subyacente existe un gran número imperfecciones potenciales por las que decantarse por lo que la economía neo-keynesiana “es una panoplia chocante” de teorías “cuya adhesión casi religiosa a los
microfundamentos se ha convertido en una verdadera enfermedad”. (Snowdon u Vane 2005, 343, 360–364, 429).
La Nueva Economía del Comportamiento opera sobre los fundamentos micro pero introduce información asimétrica, racionamiento del crédito, criterios de equidad en un grupo dado, competencia imperfecta, comportamiento “a ojo de buen cubero” y las flaquezas de ciertas culturas. El problema es que cada uno de estos factores se considera como una única modificación de los fundamentos micro convencionales, en vez de servir de base y punto de partida para un planteamiento completamente diferente (capítulo 3)

Las Secciones V y VI analizan la macroeconomía de la tradición “imperfeccionista” heterodoxa cuyos fundamentos micro ya fueron analizados en el capítulo 8. La macroeconomía de Kalecki es parecida a la de Keynes en su enfoque a corto plazo y en la distinción realizada entre componentes inducidos y autónomos en la demanda agregada. Su argumentación originaria sobre la demanda efectiva se planteaba realmente en términos de “libre competencia”, lo que hacía que fuera aún más congruente con Keynes. La inversión aparece como dada a corto plazo pero a largo plazo responde positivamente a la distancia entre la tasa de ganancia futura y la tasa de interés. La tasa de interés se fija por medio de factores monetarios y la tasa de ganancia se determina por la fracción salarial y la tasa de empleo de la capacidad. Al contrario que Keynes, Kalecki incorpora el concepto de clase a sus análisis dividiendo el ingreso total en el de trabajadores y capitalistas y suponiendo que cada uno de estos grupos posee una propensión fija (marginal) al ahorro.

La relación del multiplicador keynesiano es por tanto idéntica que la keynesiana salvo en lo que concierne a la propensión agregada al ahorro, que depende en la proporción entre ganancias y salarios, que a su vez están determinados por los mark-up monopolísticos que las empresas añaden a sus costes primarios.
El precio basado en el Mark-up lleva involucrado que dadas unas materias primas y coeficientes laborales, los precios son proporcionales a los salarios monetarios. Por consiguiente la inflación de precios radica en los incrementos de los salarios monetarios. El argumento de Kalecki implica además que dado un cierto nivel de monopolio el salario real y la parte salarial no se ven afectados ni por la tasa de desempleo ni por la lucha obrera. Sin embargo no estaba muy satisfecho con la conclusión de que la clase trabajadora no podía elevar su propio nivel de vida, así que en sus últimos días modificó su marco analítico para que conceder la posibilidad de que la amenaza de la militancia obrera pudiera inducir a las empresas a aminorar sus mark-up.

En este caso, una reducción en la tasa de paro que lleve a un salario monetario superior puede llevar asimismo aparejada un salario real más alto y una mayor participación de los salarios en el ingreso total. Desde este punto de vista, el marco modificado de Kalecki sería coherente con tres clases de curvas de Phillips (salario monetario, salario real y fracción salarial) cuyos fundamentos teóricos y empíricos se analizan en el capítulo 14. Al igual que Keynes, Kalecki se opone a la tesis ortodoxa de que un aumento en los salarios reales reducirá la rentabilidad y por consiguiente subirá el paro. Su objeción puede resumirse como la proposición de que un incremento en los salarios reales ejercerá dos efectos opuestos en la tasa real de ganancia: reducirá la tasa normal de ganancia, pero elevará la tasa de empleo de la capacidad aumentando la demanda de consumo de los trabajadores.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Capitalismo, competición y crisis. Anwar Shaikh
NotaPublicado: Mar Nov 29, 2016 4:35 pm 
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anterior acentúa el papel crucial desempeñado por la utilización de la capacidad como variable independiente. Al cabo, la política fiscal puede emplearse para cebar el output y el empleo mientras que la política monetaria puede emplearse para atemperar cualquier presión al alza sobre la tasa de interés.

Sin embargo Kalecki era pesimista acerca de la posibilidad política de conservar el pleno empleo ya que esto amenazaría el poder de la clase capitalista.

La tradición, post-keynesiana abarca las alas keynesiana y Kaleckiana que comparten cinco postulados centrales: la demanda agregada es el principio rector del output, el dinero se genera de forma endógena por medio del sistema bancario, tanto el exceso de capacidad constante y el paro son resultados corrientes de los procesos de mercado y el Estado puede lograr un pleno empleo (eficaz) con niveles tolerables de inflación.

La Sección VI analiza la obra de Paul Davidson, el representante más prominente del ala keynesiana; Godley y Talylor representan el ala Kaleckiana-estructuralista; y Lavoie representa el ala post-keynesiana. Varios puntos generales se identifican como importantes para la síntesis clásica subsiguiente de la competencia real y la demanda efectiva. (Capítulo 14) La idea de que la demanda agregada es el principio rector de la producción exige que la inversión sea independiente de la oferta de ahorros, que tal y como Keynes y Kalecki admitieron tardíamente, exige que se financie inicialmente completamente mediante el crédito bancario. La suposición de que los ahorros de las empresas sean una proporción fina del ingreso neto o la ganancia implica que los ahorros de las empresas (ganancia conservada) no están ligados a las necesidades de las finanzas de inversión, lo que es contrario con la práctica de las empresas y las pruebas empíricas. La idea de que la utilización de la capacidad es una “variable independiente” incluso en el largo plazo implica que las empresas nunca pueden eliminar el auténtico exceso de capacidad, lo que no tiene sentido a nivel macroeconómico. El propio argumento de Harrod de que el empleo de la capacidad desciende a cierto nivel normal no ha sido en general tenido en cuenta por la tradición post-keynesiana, lo que resulta bastante curioso porque representa una forma importante de la solidez de los flujos de stock. (stock-flow)

Considérese la tesis post-keynesiana de que el crecimiento regido por los salarios y por la ganancia son regímenes alternativos y no fases alternas de un proceso de ajuste. Un incremento en los salarios reales ejercerá un impacto positivo en el consumo de los trabajadores en los niveles existentes de empleo y un impacto negativo en la tasa de ganancia de capacidad normal. Incluso si el efecto anterior tiene un mayor peso que este último a corto plazo, como sostienen la mayoría de los autores post-keynesianos, el restablecimiento de una tasa normal de empleo de la capacidad llevará a un descenso en la tasa de ganancia real cuando vuelve a la nueva tasa inferior normal y de ahí se pasará a un descenso en la tasa de crecimiento. Por consiguiente lo que se gana con un aumento en los niveles de output y empleo se paga subsiguientemente con la ralentización en las tasas de crecimiento (capítulo 13). Por último la creencia de que el paro constante involuntario puede suprimirse mediante medidas fiscales y monetarias adecuadas no se ajusta al argumento presentado en Marx y Goodwin de que el capitalismo genera y conserva una tasa “normal” de empleo involuntario, que se opone al rechazo voluntario por parte de los trabajadores que se supone en la tasa de paro “natural” neoclásica.
El capítulo 14 se consagra al análisis y las implicaciones de la tasa normal de paro. Veremos que las tentativas de conservar el paro por debajo de la tasa normal no tienen que disparar la inflación necesariamente, por no hablar de acelerarla. (capítulo 15)

El Capítulo 13 emprende la tarea de elaborar un enfoque clásico a la macroeconomía fundado en la competencia real. La idea central es que la tasa de crecimiento del capital está regida por la tasa de ganancia esperada (es decir, por la diferencia entre la tasa de ganancia esperada y el tipo de interés) Las teorías de la demanda efectiva de Keynes y Kalecki se basan en la misma proposición (capítulo 12, sección III).

Sin embargo en la tradición clásica la tasa de ganancia esperada está ella misma anudada a la tasa presente de ganancia de modo parecido a la teoría de la reflexividad de Soros, mientras que en la teoría Keynesiana la tasa de ganancia esperada queda “colgando en el aire”, fuera constantemente del alcance del corto plazo en la que se centra.
La Sección II se centra en elementos clave de las teorías existentes de la demanda efectiva, comenzando con los microfundamentos. El relato de Keynes se sabe bien que es muy incoherente en esta cuestión. Es explícitamente partidario de la “competencia atomística” sobre la competencia imperfecta e invoca incluso la condición perfectamente competitiva p = mc. En otros lugares dice que como la producción lleva su tiempo, las empresas deben producir con fundamento en la ganancia esperada y los emprendedores tienen que tratar de vaticinar la demanda a través de un proceso de ensayo y error. Se trata de puntos de vista contradictorios ya que empresas perfectamente competitivas son indiferentes a la demanda (capítulo 8) Algunos han planteado que Keynes pudiera haber solventado este problema convirtiéndose en un post-keynesiano. Hemos defendido que la razón por la que rechazó la competencia imperfecta es que se basaba en una idea de la competencia muy parecida a la clásica. Consideremos a continuación el proceso multiplicador. Tanto Keynes como Kalecki concedieron tardíamente que su tesis de que la inversión era autónoma con respeto de los ahorros sólo se predicaba partiendo del supuesto implícito de que cualquier diferencia entre la inversión deseada y los ahorros existentes estaría basada plenamente en nuevos créditos bancarios (y en la correspondiente deuda de las nuevas empresas), de forma que el nivel existente de ahorros no era una restricción.

Expresar el multiplicador como un proceso temporal saca a relucir dos cosas: que hace falta un incremento permanente en el nivel de inversión para producir un incremento permanente en el output; y que el relato del multiplicador convencional hace abstracción de los pagos de las deudas y por lo tanto supone de forma implícita financiación de Ponzi para las nuevas inversiones. A la inversa, como Ohlin ya señaló tiempo ha, Cuando se considera la devolución de las deudas esto implica una tasa de ahorros variable. Estos dos polos pueden ser comprendidos generalizando el proceso del multiplicador para hacer que la tasa de ahorros responda a la distancia con la financiación; entonces el multiplicador convencional se mantiene si la tasa de ahorro no responde en absoluto mientras que una tasa de ahorro que responde plenamente implica un multiplicador cero (puesto que nos nuevos ahorros se ajustan plenamente a la nueva inversión).

La reactividad de la tasa de ahorro se torna crucial en la construcción de una alternativa clásica en la sección III. En el argumento keynesiano estático la inversión es una función de la diferencia entre la tasa de ganancia esperada y la tasa de interés, de modo que un nivel dado de ganancia neta implica un nivel particular de inversión (capítulo 12, sección III.2). Sobre la cuestión del argumento del multiplicador el nivel de inversión implica a su vez un nivel concreto de output de equilibrio. Pero como la inversión hace crecer el stock de capital, la capacidad debe incrementarse. Se sigue que el empleo de la capacidad (la proporción del output y la capacidad) debe descender continuamente.

Por consiguiente el relato tradicional del multiplicador es incoherente desde el punto de vista del flujo de stock. Una solución es suponer que es la tasa de acumulación la que responde a la rentabilidad neta, como en la tradición clásica. Le problema es que la tasa resultante de capacidad de utilización será diferente por lo general de la tasa normal. Sólo tres años después de la GT, Harrod ya había demostrado que solamente una tasa de acumulación “garantizada” es coherente con una tasa normal de empleo de la capacidad.

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Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería


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 Asunto: Re: Capitalismo, competición y crisis. Anwar Shaikh
NotaPublicado: Jue Dic 01, 2016 8:50 pm 
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De este modo llegamos a lo que parece un impasse: si la rentabilidad esperada rige la acumulación, como sucede en Keynes y los clásicos, la tasa de empleo de la capacidad será por lo general diferente del nivel normal; a la inversa, si la acumulación tiene que ser coherente con el empleo normal de la capacidad, como sucede en los clásicos y Harrod, la tasa de acumulación debe regirse por la tasa de ahorro. La Sección II muestra que la verdadera dificultad se engendra en el ilegítimo de que los ahorros de las empresas son autónomos con respecto a su inversión.

También surgen una serie de controversias cuando se tiene en cuenta la dinámica. La inversión se rige por la rentabilidad neta esperada que por lo general será inferior a la rentabilidad neta real. Sostengo que ambas se hallan ligadas en la forma concebida por la teoría de la reflexividad de Soros: en una época de bonanza la tasa esperada se eleva por encima de la tasa real y en una recesión aquella cae por debajo de ésta, de modo que ambas fluctúan entre sí de forma turbulenta. Este es claramente el supuesto general del que partían Marx y Keynes. Además es necesario situar los ajustes mutuos de la oferta y la demanda en un contexto de crecimiento. Esto lleva a la demostración de que el ajuste de la capacidad real al nivel normal es perfectamente estable: no existe un “filo de la navaja” para el legítimo camino de Harrod. Como cuestión subsidiaria se demuestra que en un contexto de Harrod no existe un “súper-multiplicador” sraffiano.

El crecimiento del output jamás se rige aquí por la demanda, y si se modifica por la demanda, en el marco de Harrod tenemos que cualquier incremento en el crecimiento de la demanda exógena reducirá la tasa global de crecimiento. Por último, una tasa de crecimiento constante implica que el logaritmo del nivel de la variable en cuestión posee una tendencia estocástica ya que sigue un proceso de razón unitaria (unit root process). En el supuesto estático keynesiano, un alza temporal en la rentabilidad neta esperada ejerce un efecto temporal en el nivel de inversión y por consiguiente en el output y el empleo.

Pero en sentido clásico, el alza temporal en la rentabilidad neta esperada eleva la tasa de crecimiento y hace subir permanentemente el nivel del output y el empleo. La Sección III.4 desarrolla las implicaciones clásicas de esta dramática disparidad.

Hay tres cuestiones adicionales que exigen nuestra atención. En su Teoría General (TG) Keynes supone que la oferta de dinero se fija por las autoridades monetarias, y, después de su TG, admitió haber supuesto que cualquier diferencia entre ahorros e inversión sería plenamente financiada por los créditos bancarios en cualquier tipo de interés dado.

Pero si ese es el caso la oferta monetaria debe variar de forma directa con la demanda de crédito, lo que la convierte en endógena. Esto contradice los mismos fundamentos de su construcción LM, debido a que la preferencia por la liquidez ya no es suficiente para determinar la tasa de interés cuando la oferta monetaria es endógena. Las diversas respuestas post-keynesianas a este problema se analizaron en el capítulo 10, junto con la alternativa clásica en la que la igualación de la tasa de ganancia en competencia determina todos los tipos de interés, incluyendo incluso el tipo base. Se puede contemplar la argumentación clásica como una senda alternativa para llegar a la conclusión de Keynes de que una tasa de interés competitiva no es libre de ajustar la demanda agregada para que encaje con la oferta en la que existiría pleno empleo (capítulo 12, sección III). En segundo lugar, tanto los neoclásicos como los keynesianos suponen que el nivel de precio sólo aumenta cuando está cerca el pleno empleo. Todo el debate sobre la curva de Phillips trataba de si podíamos tratar el paro observado como pleno empleo efectivo (capítulo 12, sección III.5). El enfoque clásico implica que la tasa de crecimiento está limitada por la tasa de ganancia, y esto ofrece una explicación alternativa para la inflación en diversos países (capítulo 15).

Por último, todo el análisis de Keynes radica en el supuesto de que las políticas correctas pueden, en esencia, eliminar el paro. En el capítulo 15, defenderemos que en un capitalismo competitivo que opere con salarios reales flexibles se genera y se conserva una cierta tasa de desempleo “normal” involuntario. Como se ha señalado anteriormente, esto nada tiene que ver con la tasa “natural” neoclásica de paro (voluntario)

La Sección III comienza el desarrollo de un enfoque clásico de la macroeconomía moderna. El primer argumento es que la oferta y la demanda se rigen por la rentabilidad: la oferta de bienes de producción se basa en la ganancia, y la demanda de consumo proviene de los salarios, los intereses y los dividendos que se financian con las ganancias y la demanda de inversión se rige por la ganancia esperada.

La macroeconomía clásica no está ni “del lado de la demanda” ni “del lado de la oferta”: está “del lado de la ganancia”.
La segunda cuestión es que la tasa de ahorros no es autónoma con respecto a la inversión ya que los ahorros de las empresas y la inversión de las empresas son obra de la misma entidad. Si los ahorros crecieran de modo que financiaran plenamente cualquier incremento en la inversión, no existiría multiplicador alguno.

Pero en general basta con que la tasa de ahorros de las empresas, y por lo tanto la tasa global de ahorros, reaccione hasta cierto punto ante cualquier diferencia entre la inversión y los ahorros corrientes. El carácter endógeno de la tasa de ahorro se halla implícito en la tradición clásica, desempeña un papel destacado en la argumentación de Godley y Cripps y Ruggles y Ruggles, y ha sido recientemente reconocido en el seno de la tradición post-keynesiana por Blecker, Pollin y otros. A un nivel empírico en los EEUU, la tasa de ahorros de las empresas va muy cerca de la tasa de inversión (con la que es equivalente a grandes rasgos) sin embargo los modelos teóricos de forma característica parten del supuesto de una tasa de ahorros que es completamente autónoma con respecto a las exigencias de la financiación de la inversión.

En el modelo clásico sencillo la tasa de acumulación (la tasa de crecimiento del capital) responde a la ganancia neta esperada (la ganancia esperada menos el tipo de interés) y la tasa de ahorro responde a la distancia financiera relativa entre inversión y ahorros. A corto plazo es probable que suba el tipo de interés cuando la distancia financiera arroja resultados positivos, pero a largo plazo las empresas que aportan la financiación estarán sometidas a la igualación de la tasa de ganancia y la tasa de interés normal acabará siendo regulada por la tasa normal de ganancia y el nivel de precios (capítulo 10, sección II) Conceder cierta sensibilidad del tipo de interés en (digamos) las tasa de ahorros de los hogares, o en los bonos y valores, no marca una diferencia fundamental con la dinámica clásica ya que la clave es la endogeneidad de la tasa de ahorros de las empresas. Sin embargo, el crédito bancario aporta un mecanismo interno a través del cual los gastos corrientes pueden superar los ingresos corrientes: los bancos pueden generar nuevo poder de compra que puede permitir que la inversión aumente con mayor celeridad que aumentan los ahorros y el consumo con mayor rapidez que el ingreso.

Las empresas siempre pueden gastar más de lo que obtienen retirando fondos de los balances y extendiendo la cadena crediticia, pero el crédito bancario mejora en gran medida este proceso. Surgen consideraciones parecidas en el caso de los déficits gubernamentales y excedentes comerciales. En la medida en que lo que nos afecta es los efectos del output y el empleo agregado, lo que importa es el monto de crédito destinado a gastos en mercancías en vez de en mercados financieros, actividades especulativas, y en el caso de las actividades del banco central, a “reparaciones” de la contabilidad del sector público y privado (capítulo 15, sección V)

El sistema clásico básico incorpora una serie de relaciones reflexivas entre las tasas de ganancia esperadas y reales, la oferta y la demanda, el output y la capacidad, y la tasa de interés presente y la normal. La tasa de ganancia es la piedra angular de todo el sistema. En un sistema en crecimiento, la tasa del output nominal se eleva cuando la demanda excede la oferta, la tasa de crecimiento del stock de capital se eleva cuando el producto excede la capacidad, y el capital afluye con más rapidez al sector financiero cuando la tasa de interés presente excede a la normal. Esto conduce a la igualación turbulenta de la oferta y la demanda agregada en una suerte de proceso a corto plazo, y del output y la capacidad y la tasa de interés normal y corriente a más largo plazo, y de la ganancia corriente y esperada en una suerte de carrera refleja.

Nótese que esto sintetiza la idea keynesiana de que la demanda puede ser relativamente autónoma debido a inyecciones de nuevo poder adquisitivo, la idea clásica y keynesiana de que la acumulación se rige por la rentabilidad neta esperada, la idea clásica de que la rentabilidad esperada se regula por la rentabilidad normal, y la idea de Harrod de que la tasa corriente de empleo de la capacidad se regula por la tasa normal. El equilibrio de la oferta y la demanda y del output y la capacidad determina proporciones concretas de los ahorros y la inversión con respecto al output y al tipo de interés normal. Esto implica que el nivel de ahorro e inversión estriba tanto en la tasa de interés como en el nivel del output, como ocurre en el análisis macroeconómico tradicional, con la salvedad de que en este caso la tasa de interés se determina por la tasa de ganancia y la tasa de ahorro está ligada a la tasa de inversión. Además, como la tasa corriente de crecimiento fluctúa alrededor de su tasa de equilibrio el (logaritmo del) nivel de output mostrará tendencias tanto estocásticas como deterministas de forma que el nivel de output está condicionado por el derrotero histórico y las estructuras pretéritas (path-dependent)

Por consiguiente incluso un alza temporal en la tasa de ganancia neta y/o una bonanza temporal en el poder adquisitivo neto elevará de forma permanente el nivel de output y empleo. Este es el equivalente clásico del multiplicador keynesiano. Pero, por descontado, también puede verse afectada la tendencia del crecimiento. Si el derrotero del output se eleva a un nivel nuevo, el paro puede caer, los salarios reales subir, la tasa de ganancia descender y el output crecer de forma más ralentizada. Por lo tanto si bien los “espíritus animales” y el exceso de demanda pueden elevar el nivel del derrotero del output también pueden reducir su tasa de crecimiento (capítulos 14-16)

El capítulo 14 deriva los eslabones trascendentales entre el paro, los salarios, la rentabilidad y el crecimiento. La conclusión clave es que la competencia con salarios reales flexibles genera una tasa sostenida de paro involuntario. Esto se halla en agudo contraste en la teoría convencional en la que la competencia con salarios flexibles lleva de necesidad al pleno empleo, y a la teoría keynesiana y post-keynesiana en la que la competencia puede dar lugar (o no) a paro. Goodwin formalizó el argumento de Marx de que la competencia crea un fondo persistente (el famoso ejército de reserva) de trabajadores y fija el escenario para los modernos enfoques heterodoxos. Una implicación chocante tanto de los enfoque ortodoxos como heterodoxos es que los trabajadores no pintan nada por lo que a su nivel de vida concierne: en la teoría convencional el salario real se determina por la condición de pleno empleo; en la teoría post-keynesiana se determina por la productividad y el mark-up de monopolio que fijan las empresas; y en la extensión de Harrod obra de Kaldor y Pasinetti, se determina por la productividad y las exigencias del pleno empleo. Incluso en la formalización de Marx obra de Goodwin el salario real se determina por la productividad y las exigencias de la tasa normal de paro (sección II) Pero una vez que se admite que la fuerza de trabajo y la productividad pueden responder a la acumulación por medio de incrementos en la participación de la mano de obra y/o tasa de inmigración y por medio de un cambio técnico acelerado, (sección III) queda mucho espacio para el efecto de la lucha obrera en los salarios reales y en la fracción salarial.

Keynes, que se basaba concretamente en los mercados competitivos alude de forma particular al papel que desempeñan las negociaciones salariales y la lucha obrera a la hora de determinar los salarios monetarios. Admitía que un paro prolongado erosionaría los salarios reales, pero sostenía que en periodos de paro elevado la intervención estatal era preferible a una erosión lenta y socialmente devastadora del nivel de vida de los obreros. La perspectiva de Keynes es coherente con la teoría clásica de la competencia real. En la teoría de Kalecki, la fracción obrera en el output neto se determina completamente por los mark-up monopolísticos fijados por los patronos. Como se ha señalado anteriormente, Kalecki trató arduamente de incorporar cierto grado de autonomía de los trabajadores en su relato. Esta perspectiva y otras en las tradiciones post-keynesiana y post-Godwin se analizan muy prolijamente en esta obra. La Sección III elabora un marco analítico en el que las luchas obreras desempeñan un papel significativo a la hora de determinar el salario real y donde la acumulación de capacidad normal mantiene una reserva persistente de parados.

Los conflictos “al pie del cañon” entre trabajo y capital llevan aparejada una particular distribución del valor añadido en el seno de cada empresa. A un nivel agregado esto se traduce en un salario real ligado a la productividad del trabajo en un lapso temporal que refleja la fortaleza promedio negociadora del trabajo. El término de la fortaleza obrera sube cuando el paro desciende por debajo de un nivel crítico y desciende si la verdad es lo contrario. Esto implica que la tasa de cambio de los salarios reales en relación con la productividad (es decir, la tasa de cambio de la fracción salarial) es una función negativa de la tasa de paro. Denomino a esto la “Curva Clásica”. Es una de las dos relaciones fundamentales en el modelo de Godwin y puede demostrarse que implica la “curva salarial” agregada de logaritmo lineal calculada de forma empírica por Blanchflower, Oswald y muchos otros autores.

La tasa de paro depende a su vez de los niveles de output, productividad y mano de obra. La tasa de crecimiento del output se mostró anteriormente en el capítulo 13 que dependía de la rentabilidad neta normal (que rige la acumulación) y de un plazo rector que refleja diversos factores que comprenden inyecciones públicas, privadas y extranjeras de nuevo poder adquisitivo. Se supone que la productividad y el crecimiento de la mano de obra reaccionan frente a los costes unitarios laborales (la fracción salarial) debido a que un incremento en ésta última incentiva con gran fuerza a que las empresas traten de aumentar la productividad importando trabajadores y/o aumentando las tasas de participación. Este ajuste recíproco entre output y productividad genera una correlación conocida como la ley de Verdoon.

El sistema dinámico clásico rinde una economía en crecimiento con una tasa normal de paro y una participación salarial estable (β) que refleja la fortaleza socio-histórica de los trabajadores. Cuando se conjuga la tasa salarial estable con la identidad de la renta nacional el output neto por trabajador (y) equivale a la suma del salario real y la ganancia real obtenida por obrero, siendo el resultado la relación yt=At . k_t^(1-β) que tiene la apariencia de una función de producción agregada Cobb-Douglas incluso aunque se deriva explícitamente de una teoría de lucha de clases del salario real. Como el crecimiento es endógeno a la dinámica clásica incluso un auge temporal en el crecimiento de la demanda agregada que surja de los déficits estatales, de la bonanza de las exportaciones o de una aceleración en el gasto de inversión debida a superiores espíritus animales, elevará de forma permanente los niveles de la trayectoria del crecimiento del output, del empleo, de la productividad y del salario real, y todo ello sin afectar a la participación salarial, la tasa de ganancia o la tasa de crecimiento.

Por otro lado, el constante crecimiento de la demanda en una tasa superior a la que es inducida por la rentabilidad neta llevará aparejada una participación salarial constantemente mayor (y por lo tanto a una tasa de ganancia inferior a la normal). Pero con todo la tasa de crecimiento también se incrementará debido a que el efecto negativo de la reducción de la rentabilidad es compensado por un estímulo creciente hasta que entran en juego ciertos límites (ver la sección siguiente). Un rasgo chocante del modelo clásico es que la participación salarial a largo plazo depende de forma positiva de los valores iniciales de la participación salarial y la tasa de paro, y negativamente de los valores iniciales de la productividad o del crecimiento de la fuerza de trabajo. Por lo tanto las acciones localizadas que eleven la participación salarial existente o la tasa de empleo elevarán la participación salarial a largo plazo, mientras que las acciones localizadas que eleven el crecimiento de la productividad o de la mano de obra reducirán la tasa de ganancia a largo plazo. Los trabajadores y los patronos tienen razón por lo tanto cuando piensan que las acciones localizadas importan incluso a largo plazo. Sin embargo, ninguna de estas afectará a la tasa de empleo de equilibrio.

La Sección IV analiza las implicaciones ulteriores de una tasa normal de paro involuntario.

Cebar la demanda agregada puede elevar el nivel de empleo y el crecimiento del output, pero no eliminará el paro de forma permanente ya que existen mecanismos internos que hacen que la tasa normal se recupere. Por consiguiente, sería preciso un estímulo en aumento para mantener una tasa de paro por debajo de la tasa normal. Incluso en ese caso, la inflación no es un resultado automático. (Capítulo 15)

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Por otro lado, la tasa normal de paro puede descender si el equilibro de poder vira a favor de los trabajadores. La Sección V, aborda la relación de la curva clásica con diversas suertes de curvas de Phillips. La pregunta originaria de Philips versaba sobre el efecto del desempleo en los salarios. Su propia respuesta se planteaba en términos de la tasa de variación de los salarios monetarios, muy en consonancia con un enfoque keynesiano de salarios monetarios. Friedman y Phelps argumentaron que los trabajadores luchan por mejorar su nivel de vida (es decir, por sus salarios reales, no por sus salarios monetarios) por lo tanto la correcta relación “de Phillips” debería ser en términos de salarios reales (esperados). El argumento clásico consiste en que la lucha por los salarios reales se lleva a cabo en relación con el nivel general de desarrollo (productividad) en cuyo caso la relación apropiada “de Phillips” será en términos de la tasa de variación de los salarios nominales con respecto a la inflación y el crecimiento de la productividad. Dada una curva clásica estable, sólo se da un salario real estable si el crecimiento de la productividad es constante a grandes rasgos, y una curva de salarios monetarios sólo se da si la inflación es asimismo constante a grandes rasgos.

La Sección VI presenta las pruebas empíricas. Como era de esperar, de 1948 a 2011, la participación salarial en EEUU ascendió y descendió en general en consonancia con la tasa de crecimiento del output nominal (una aproximación a la demanda agregada). La tasa de paro se dobló a grandes rasgos en tal intervalo, y la duración de la situación de desempleo se cuadriplicó. La intensidad del desempleo, que es el producto de ello y como tal una medida muy superior de la presión sobre las variaciones salariales, creció hasta diez veces su valor original. Al igual que en el sistema teórico clásico, la participación salarial presente y la intensidad del paro siguen una espiral tridimensional en el sentido de las agujas del reloj a lo largo del tiempo.

Lo que es más importante, un diagrama de dispersión de la tasa de variación de la participación salarial frente a la intensidad del paro muestra claramente una pendiente negativa. La curva original de Phillips se basaba en puntos de datos ajustados cíclicamente con el fin de identificar las relaciones estructurales subyacentes. Yo he empleado el filtro Hodrick–Prescott (HP) para el mismo fin. El dramático resultado obtenido es una curva clásica estable de 1949 a 1982 que después varía a la baja cuando se enfrenta a los ataques neoliberales subsiguientes a la sindicación y a los mecanismos de apoyo mutuo de los trabajadores. La nueva curva descendiente reduce a su vez la intensidad crítica del paro en la que la participación salarial es estable. También son claramente visibles movimientos al alza en la curva cuando la economía fue cebada en los periodos de bonanza coetáneos con la guerra de Vietnam y la burbuja de las punto.com y también movimientos a la baja cuando se agotaron los estímulos.

Todos esos movimientos son francamente lentos, como ya había argumentado Keynes hace mucho tiempo. Por último, la carencia de una curva real estable de salarios monetarios del tipo de Phillips se explica fácilmente por el hecho de que la inflación creció y el crecimiento de la productividad descendió de forma dramática precisamente en la época en que la economía keynesiana tuvo que abandonar la curva de precios de Phillips. De haber respondido Phillips a su propia pregunta en términos clásicos y no keynesianos (es decir en una relación de participación salarial (ma) en vez de en una nominal), hubiera sido posible evitar la crisis teórica de la curva de precios de Phillips durante la época de la estanflación en los 70 y 80. La teoría keynesiana aún hubiera exigido una explicación de la inflación, e incluso si hubiera conservado una teoría de la inflación mark-up basada en el salario nominal, las variaciones en la curva salarial nominal subyacente hubieran sido perfectamente comprensibles. Por supuesto, el ataque político dirigido a debilitar a los trabajadores y acrecentar la participación de la ganancia se hubiera impuesto en cualquier caso.
El capítulo 15 aborda la teoría de la inflación en el contexto del dinero fiduciario moderno. Comienza recordando que la trayectoria histórica de dinero privado a dinero emitido por el Estado es larga y tortuosa. El Estado no inventó el dinero, las monedas, las obligaciones de pago y las deudas. Una vez que existe el dinero el Estado se ve obligado a expandir su base monetaria más allá de pagos obligatorios en trabajo y en especie, pasando a exigir como medio de pago el dinero de curso legal.

Los gobiernos siempre han exigido impuestos de capitación, sobre la propiedad, sobre las mercancías, importaciones, exportaciones, peajes, aranceles, y en fecha más reciente históricamente, sobre la renta. Además han recurrido a venta de bienes comunales, rescates de prisioneros de guerra, aprehensiones de barcos extranjeros y de tesoros. En una fase más tardía de la historia el Estado se ha hecho con el monopolio de la acuñación de moneda y de títulos. Es simplemente una apropiación de una función que antes era privada, y los bancos privados continúan generando el grueso de los medios de circulación y pago. El Estado también ejercita cierto grado de control sobre los bancos, un control cuyas limitaciones intrínsecas se aprecian demasiado bien periódicamente en las crisis financieras recurrentes. La crisis global general de comienzos del siglo veintiuno es una refutación cruel de las fantasías de manual de la izquierda y la derecha, en la que un prudente y benévolo Estado supuestamente controla el dinero y las finanzas en aras al bien común. El dinero fiduciario, los vales inconvertibles forzosos, son la forma característica del dinero moderno. La historia del dinero nos recuerda muy bien que la circulación privada engendra equivalentes al dinero que son aceptados mientras se tengan por aceptables para llevar a cabo la función del dinero, y la gente acepta esos trozos de papel no convertibles por la misma razón que aceptan los convertibles: porque piensan que podrán seguir utilizándolos como dinero. Si bien el dinero de curso legal puede ser útil al implantar una moneda, y las restricciones jurídicas sobre la moneda extranjera y el oro pueden impedir recurrir a otras alternativas, no pueden evitar que los agentes privados busquen formas monetarias más seguras (capítulo 5).

La Sección II ofrece un detallado resumen de las tesis chartalistas y neo-chartalistas sobre el dinero, comenzando con las tesis de Innes y Knapp que atribuyen un gran poder al Estado y una pasividad extraordinaria a los agentes privados. Keynes alaba explícitamente a Knapp por definir el “dinero estatal” como cualquier cosa que sea aceptada por el Estado, lo que significa que las monedas de oro, los vales convertibles y el dinero fiduciario se convirtieron en dinero estatal cuando el estado los aceptó como medio de pago. Esto es perfectamente coherente con la invención y reinvención privada de otros tipos de impuestos a los que accede periódicamente el Estado. Al contrario que Knapp, Keynes sostiene únicamente que el Estado inventó el dinero fiduciario. La economía convencional y neoclásica suele presentar el dinero como una criatura engendrada por las fuerzas del mercado y al Estado como una excrecencia mientras que los Keynesianos y Post-Keynesianos suelen criticar el mercado y defender el Estado. Neo-chartalistas como Goodhart, Wray, y Bell pertenecen a este último campo, y sus puntos de vista junto con los de críticos como Merhling y Rochon serán analizados con detalle. Nadie pone en tela de juicio que el moderno dinero fiduciario es creado en cierta medida. Por lo tanto si uno deja de lado las tesis chartalistas sobre los orígenes del dinero y la pasividad de los poseedores del mismo, su argumento central es que en un régimen moderno de dinero fiduciario los déficits gubernamentales al servicio de programas sociales no tienen que ocasionar necesariamente inflación o causar una subida de los tipos de interés.

La Sección III se centra en los efectos y límites del dinero fiduciario. Libera al Estado de sus restricciones directas presupuestarias. Fue el combustible exitoso de las revoluciones americana, china, francesa y otras muchas. Y ha llevado a una híper-inflación en diversas ocasiones históricas (sección VIII.4) Como consecuencia, el Tesoro de los países más avanzados se enfrenta con prohibiciones jurídicas que impiden crear dinero directamente para financiar déficits. El Tesoro sólo puede gastar el dinero disponible en sus cuentas que se recupera mediante el flujo fiscal, parte del cual es un reflujo, y también pidiendo prestado (vendiendo bonos) a la población o a los extranjeros. Pero el banco central moderno puede crear cualquier suma que se haya ordenado pulsando una tecla y transferirlo al Tesoro comprando los nuevos bonos emitidos por éste. Por consiguiente la única limitación a este proceso parecería ser la resistencia de los banqueros centrales y que es poco prudente bajo su punto de vista que el gobierno acumule deuda contra sí mismo, si no fuera por los posibles efectos en los precios y los tipos de interés. En este punto es cuando las proposiciones centrales neo-chartalistas vuelven a aparecer en el escenario. Al igual que los keynesianos, creen que el paro voluntario puede erradicarse gastando mediante déficit (al contrario que el punto de vista clásico expresado en el capítulo 14 de que esto no es posible) y como los post-keynesianos, creen que el tipo de cambio puede fijarse por el Estado en cualquier nivel deseado y que el nivel de precios queda determinado por los mark-ups monopolísticos que en última instancia dependen del salario monetario. Con estos fundamentos, proponen un programa gubernamental (empleador de último recurso, ELR) para emplear en cierto salario monetario la mano de obra que no puede absorber el sector privado. La tasa salarial básica aportaría un anclaje estable para los demás salarios y, mediante mark-ups estables, también los precios. Los efectos indeseados de los tipos de interés internacionales sobre los domésticos pueden negarse mediante una manipulación apropiada del tipo de cambio.

Los efectos indeseados en el ingreso doméstico y en la tasa de interés pueden evitarse si el gobierno sube los impuestos para poner riendas al gasto privado y si vende bonos al público o a los extranjeros para reducir la oferta monetaria. El argumento central neo-chartalista se basa en varias proposiciones fundamentales que no se dan en el argumento clásico: (1) que el paro puede mantenerse en cualquier nivel deseado (capítulo 14); (2) que el salario monetario del sector privado queda determinado por el salario base ELR, en vez de por las luchas entre trabajadores y patronos (capítulos 4, 14); (3) que el nivel de precios se determina por el salario monetario en el sector privado debido a la fijación de precios mediante mark-ups monopolísticos (capítulo 12, secciones V-VI); (4) que el Estado puede mantener todo el espectro de tasas de bonos en niveles deseados fijando la tasa base (capítulo 10); y (5) que puede fijar el tipo de cambio nominal en cualquier nivel deseado (capítulo 11). La cuestión en todo caso no es si el Estado puede llevar a cabo los actos que prescribe sino sus posibles consecuencias, y una de ellas es la inflación.

La Sección IV elabora una teoría clásica de la inflación. La competencia únicamente fija precios relativos por medio de la igualación de las tasas de ganancia. Bajo el dinero fiduciario puro el nivel de precios queda determinado por la demanda y la oferta agregada más que por el precio relativo de alguna mercancía dinero. El nuevo poder adquisitivo espolea el crecimiento de la demanda agregada (capítulo 13, sección III.3) y un moderno sistema crediticio basado en el dinero fiduciario puede ser el combustible de un crecimiento prácticamente ilimitado de la demanda agregada (capítulo 5 sección II.4) Los límites al crecimiento de la oferta son cruciales en este caso. Ya ha quedado demostrado que la oferta de trabajo no puede desempeñar esta función debido a que el sistema regresa a una tasa de desempleo persistente (capítulo 14, secciones III-IV). El límite surge en realidad debido al hecho de que ninguna economía puede sostener una tasa de acumulación mayor que la determinada por la plena reinversión del excedente económico (es decir, mayor que la tasa de ganancia): Esto es algo implícito en el modelo Ricardiano del cereal y en los Esquemas de Reproducción Ampliada de Marx, y es explícito en Kaldor y Von Neumann. La medida en que la tasa presente de acumulación se aproxima a su valor limitante puede contemplarse como una medida del grado en el que está siendo utilizado el potencial máximo de crecimiento de la economía, un índice de “crecimiento de la utilización”. El modelo básico es por lo tanto uno donde la demanda tira del nuevo poder adquisitivo generado y donde se da una resistencia debido a un índice cada vez más estrecho de crecimiento de la utilización.

Puesto que la tasa de ganancia es la proporción de la ganancia con respecto al capital adelantado y la tasa de acumulación es la proporción de la inversión con respecto al capital, el índice de crecimiento de la utilización es sencillamente la participación de la inversión en la ganancia. La sección concluye con un debate sobre la medición adecuada de las tasas de ganancia reales promedio y que se van incrementando que desempeñan un papel clave en el análisis empírico de la sección VIII.

La Sección V analiza el tirón de la demanda. Quedó demostrado en el capítulo 122 que el exceso de la demanda agregada en el mercado de mercancías puede expresarse como tres balances sectoriales: ED = (I – S) + (G – T) + (EX –IM)
Una vez que se consolidan los balances inter-sectoriales esto deja la porción del nuevo crédito doméstico procedente de los bancos centrales y privados y de las empresas privadas que afluye a las adquisiciones de nuevos bienes y servicios (en contraposición a las adquisiciones de activos financieros y viviendas existentes, objetos valiosos, etc) más el balance por cuenta corriente (CA) del sector comercial y cualquier fracción de los préstamos netos del extranjero que sirve de combustible a las adquisiciones de mercancías domésticas.
A lo largo del intervalo en el que la oferta y la demanda se equilibran a grandes rasgos, un incremento en el poder adquisitivo de mercancías se manifestará en producción adicional y/o incrementos de precios, es decir, en un incremento en el output nominal bruto (definido en la acepción de Leontief). Por consiguiente la tasa de crecimiento del PIB nominal será cierta función del nuevo poder adquisitivo con respeto al PIB. Esto es coherente tanto con el enfoque monetarista como con el keynesiano.

La Sección VI desarrolla la vertiente de resistencia de la oferta de la argumentación. La cuestión clave es que la respuesta del output real es cada vez más sometida en tanto que la tasa presente de crecimiento se aproxima a la tasa de crecimiento máxima (la tasa de ganancia). Esto es análogo a la idea de Keynes, cuando se está cerca del pleno empleo, se absorbe menos de la nueva demanda de resultas de la nueva producción y una mayor parte de ella por los incrementos de precio. Marx dice algo parecido en un contexto de crecimiento y Pasinetti ofrece un análisis formal de la prevalencia incrementada de cuellos de botella mientras que la tasa de crecimiento presente se va acercando a la tasa teórica máxima. El índice de crecimiento de la utilización es el extensómetro del crecimiento.

En la Sección VI se conjugan los argumentos del tirón de la demanda y del lado de la oferta en una teoría clásica de la inflación. El argumento clásico implica que el output real responde positivamente al poder adquisitivo neto y a la rentabilidad neta como se mide por la tasa de ganancia incrementada real neta (capítulo 13, Sección III) y responde negativamente al grado de crecimiento de la utilización al menos cuando este último asciende por encima de cierto nivel crítico. Parece probable que las interacciones serán lo lineales. El potencial de crecimiento de la utilización no utilizado desempeña idéntico papel en la teoría clásica que la tasa de paro en la teoría convencional de la inflación. Por consiguiente, puesto que la tasa de inflación equivalente a la diferencia entre la tasa de crecimiento del output real y nominal, y puesto que aquella es una función del nuevo poder adquisitivo relativo, podemos afirmar que la inflación responde positivamente al nuevo poder adquisitivo relativo, negativamente a la rentabilidad neta, y negativamente al potencial de crecimiento de la utilización no utilizado. Cuando el nuevo poder adquisitivo crece suficientemente como para compensar el impacto negativo de la rentabilidad decreciente, deberíamos tener una curva de inflación al estilo de Phillips en términos de potencial de crecimiento inutilizado. Desde este punto de vista, podemos contemplar el nuevo poder adquisitivo y la rentabilidad neta como factores de variación de esta curva básica. Es particularmente importante señalar que puesto que el crecimiento depende de la rentabilidad neta y del nuevo poder adquisitivo es posible que una caída de aquella pueda ser mitigada por una subida en éste, de forma que la tasa de crecimiento descendería menos que lo que subiría la tasa de ganancia y su proporción, la tasa de crecimiento de la utilización.

El descenso en la tasa de crecimiento aumentaría la tasa de paro en tanto que el crecimiento en la tasa de crecimiento de la utilización haría que la economía fuera más propensa a la inflación.

Este es el secreto de la temida “estanflación” que llevo aparejado el colapso de la teoría keynesiana (capítulo 12, secciones III-IV). La tasa neta de ganancia y la tasa de crecimiento de la utilización sólo pueden variar dentro de ciertos límites, pero no existe tal freno al nuevo poder adquisitivo en un sistema de dinero fiduciario. De ahí que, cuando la tasa de creación de nuevo poder adquisitivo está en un nivel relativamente bajo, uno no debería esperar cualquier ligación directa entre la misma y la inflación porque el resto de los factores serían decisivos. Pero en tanto que un poder adquisitivo nuevamente generado se hace más y más grande, uno esperaría que surgiera esa vinculación, y en tasas muy elevadas uno esperaría que la tasa de inflación fuera equivalente a grandes rasgos a la tasa de nuevo poder adquisitivo.

Esto es análogo a la relación esperada no lineal entre la tasa de inflación relativa de un país y su cambio nominal derivado anteriormente en el capítulo 11, sección VI. Por último, en la medida en que la ganancia neta y la tasa de crecimiento de la utilización poseen una correlación positiva, sería posible tratar ésta última como una aproximación a aquella, lo que lleva a una hipótesis más restrictiva en la que la inflación es una función de la tasa de utilización del crecimiento en la que el efecto global en esta última es ambiguo porque el crecimiento de la utilización y las tasas netas de ganancia ejercen influencias opuestas sobre la inflación.

La Sección VIII analiza las pruebas empíricas, comenzando con los Estados Unidos. La vigorosa vinculación estadística y gráfica entre el crecimiento del PIB nominal y el nuevo poder adquisitivo relativo es coherente con la hipótesis clásica de que aquella es una función de la última. La segunda hipótesis clave es que la tasa de crecimiento del output real responde al poder adquisitivo, a la rentabilidad neta, y a la tasa de crecimiento de la utilización. La medida apropiada de la rentabilidad neta es la tasa de retorno neta real sobre la nueva inversión como aproximación a la tasa de ganancia real neta incremental desarrollada en el Capítulo 6, Sección 7. El crecimiento del output real posee una vigorosa correlación positiva con este retorno real neto sobre la inversión neta. Las dos hipótesis precedentes implican que la tasa de inflación es una función del nuevo crédito relativo, de la rentabilidad neta, y del grado de la capacidad de crecimiento no utilizada, y que esta última hace las veces de la tasa de desempleo en la teoría convencional. Se comparan análisis de dispersión de la tasa de inflación frente al potencial de crecimiento no utilizado con los convencionales que se sirven de la tasa de paro, en todo el periodo de posguerra que va de 1951 a 2010 y en los sub-periodos 1951-1981 y 1982-2010.

Las diferencias son impactantes. En cada caso, la curva clásica de inflación de “Phillips” exhibe una pendiente claramente descendiente, mientras que la curva convencional no lo hace (como ya sabíamos después del capítulo 2, Sección III.5) Considerando que la tasa de ganancia neta y el nuevo poder adquisitivo neto obran como factores de variación en la curva clásica de inflación, las diferencias observables en los patrones exhibidos en los dos sub-periodos pueden explicarse por las variaciones en los niveles de aquellas dos variables.

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NotaPublicado: Lun Dic 12, 2016 3:37 pm 
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Teniendo en cuenta que la tasa de ganancia neta y el nuevo poder adquisitivo relativo obran como factores variantes en la curva de inflación clásica, las diferencias observadas en los patrones reflejados en los dos sub-periodos pueden explicarse por medio de las variaciones en los niveles de aquellas dos variables.

Handfas pone a prueba mi hipótesis sobre la inflación en siete países de la OCDE (Canadá, Francia, Alemania, Japón, Corea del Sur, el Reino Unido y los Estados Unidos) y en tres países en vías de desarrollo (Brasil, México, y África del Sur), siendo esta última aproximada debido a la pequeña dimensión de la muestra. Partiendo del supuesto de que la ganancia neta y las tasas de crecimiento de la utilización tienen una correlación positiva y que esta última es probable que ejerza un efecto inhibidor únicamente cuando alcanza el nivel suficiente elevado, postula que habrá una relación no lineal a largo plazo entre la inflación y el poder adquisitivo neto y la tasa de crecimiento de la utilización. Pone a prueba lo anterior empleando una representación con corrección de errores de un modelo demora auto-regresiva distribuida (ARDL) a partir del cual puede evaluar los coeficientes a largo plazo. En todos los países de la OCDE las relaciones a largo plazo son significativas y poseen un encaje relativamente bueno, pero menos en Brasil y Sudáfrica y no resultan satisfactorias en Méjico. Un resultado impactante es que en todos los países los coeficientes de la función no lineal de la tasa de crecimiento de la utilización muestran las señales esperadas que sugieren una forma funcional con forma de U con una región negativa para algunos valores de la tasa. La tasa promedio de EEUU la sitúa en un ámbito positivo (ámbito inflacionario) de su curva estimada, pero la tasa en Japón desciende a la región negativa (deflacionaria) de su curva) Como ya se ha señalado en el resumen de la sección VI, el argumento clásico implica igualmente que sólo surgirá una relación directa entre la inflación y el nuevo poder adquisitivo cuando ésta última es elevada.

Un estudio de 1988 de Harberger que cubre 21 países en el periodo que media entre 1972 y 1988 muestra justamente esta propiedad, como es el caso de una extensa muestra elaborada por Ramamurthy que cubre 46 países de 1988 a 2011. Argentina en 1982-1984 aparece en el extremo superior de la muestra de Harberger con una tasa de inflación promedio de 255% y un crecimiento promedio del crédito total de 312%, pero incluso esto es modesto si comparamos con Argentina en 1989 cuando la inflación ascendía al 5,380%.

A pesar de no disponer de datos contables actuales, uno puede observar relaciones extremadamente vigorosas entre el crecimiento total del crédito (público y privado) y el crecimiento del PIB nominal, la inflación y la depreciación de la moneda. En sus puntos altos, el PIB nominal y el nivel de precios crecen sustancialmente menos que el crédito total, lo que puede explicarse si el poder adquisitivo afluye a la inflación de los precios de los activos y a la fuga de capitales, fenómenos bien conocidos en tales circunstancias. Además, en el punto álgido el tipo de cambio se deprecia incluso más rápido que aumentan los precios, como es de esperar por la combinación del efecto clásico de equilibrio de la inflación sobre los tipos de cambios (capítulo 11, sección VI y tabla 11.1) y la fuga de capitales.

La Sección XI concluye el capítulo comparando la hipótesis clásica con la hipótesis de la Tasa de Paro sin que se acelere la inflación (NAIRU) que domina los modernos debates sobre la inflación. La proposición clásica puede expresarse como la hipótesis de que el nivel de inflación es una función positiva de la medida en la que la capacidad inutilizada de crecimiento desciende por debajo de cierto nivel crítico, sometida a factores de variación que manan de la rentabilidad neta y del nuevo poder adquisitivo.

La forma más sencilla de expresar la hipótesis NAURU es que la variación en la inflación (la aceleración del nivel de precios) es una función positiva del grado en que la tasa de desempleo se halla por debajo de la “tasa natural de desempleo”. Ambas hipótesis ligan la inflación a desviaciones de los valores críticos de sus respectivas variables conductoras. Además, ambas esperan que el sistema regrese a cierto nivel normal de paro. Sin embargo, en sentido clásico, se trata de una tasa de desempleo involuntario que no está ligada directamente a la tasa de inflación (capítulo 14), mientras que en la NAURU es en efecto una tasa de pleno empleo.

Desde una perspectiva clásica es posible reducir la tasa normal de paro reduciendo los salarios en relación con la productividad, bien mediante ataques liberales que tratan de reducir la tasa de crecimiento de los salarios reales quebrantando la fuerza negociadora del trabajo o por medio de políticas “suevas” que estimulan el crecimiento de la productividad de forma que exceda el crecimiento de los salarios reales (capítulo 14, sección VII). Además la tasa de crecimiento de la utilización crítica no es una tasa de equilibrio ya que no se puede suponer que la economía se ciña a esta tasa, mientras que en la hipótesis NAURU la tasa natural de paro es exactamente la tasa a la que vuelve la economía si no se dan esfuerzos sostenidos para impedirla. En sentido clásico, la inflación puede ser cero siempre que la tasa de crecimiento de la utilización y la tasa de creación de nuevo poder adquisitivo no sea muy elevada.

La inflación puede ser incluso negativa (es decir puede haber deflación) en circunstancias apropiadas. En el supuesto clásico, la tasa de inflación es determinada pero el nivel correspondiente de precios dependerá de la trayectoria, mientras que en el supuesto NAIRU la tasa de cambio de la inflación es cero en la tasa natural de paro, pero el valor concreto de la inflación será dependiente de la trayectoria, que es justamente el fundamento para la conclusión política de que el paro debe mantenerse por encima de la tasa natural de inflación durante un tiempo de forma que la inflación pueda ser “comprimida”. En el argumento NAIRU, la híper-inflación trae causa de las constants tentativas del Estado de mantener el paro por debajo de su tasa natural ya que esto fija una inestable espiral de expectativas. En sentido clásico, las causas próximas de la inflación son un incremento de la tasa de crecimiento con respecto a la tasa de ganancia y/o un incremento en la creación de nuevo poder adquisitivo, y la híper-inflación sólo se dará si el Estado lleva lo anterior hasta el extremo. Por último, la teoría clásica de la inflación está arraigada en el obrar de la competencia real, mientras que la hipótesis NAURU, como buena parte de la moderna macroeconomía tanto en el bando neoclásico como post-keynesiano suele basarse de forma característica en la competencia imperfecta.

El Capítulo 16 ofrece una lectura clásica de la crisis económica que barrió el mundo en 2007. Es la primera Gran Depresión del Siglo XXI, y como sus predecesoras su primera manifestación fue el colapso financiero, en este caso, del sector de las hipotecas subprime en los EEUU. Pero no fue su causa. Las crisis recurrentes son una parte absolutamente normal de la historia capitalista, al igual que periodos prolongados de bonanza dan lugar a largas recesiones y la economía pasa de tener muy buena salud a padecer una enojosa enfermedad. En la última fase, un choque puede desencadenar una crisis, como sucedió en 1820, 1870, 1930 y 1970. Los que se decantan por ver en cada episodio un acontecimiento singular se olvidan muy convenientemente que es la propia lógica del lucro la que lleva al sistema a repetir estos patrones. He argumentado a lo largo de esta obra que los procesos capitalistas son intrínsecamente turbulentos con poderosos ritmos implícitos modulados por factores coyunturales y que se ven afectados por acontecimientos históricos concretos.

La acumulación capitalista no es diferente. Los ciclos comerciales son los elementos más visibles de su dinámica intrínseca, incluyendo un ciclo de inventario rápido (3 a 5 años) un capital fijo de medio plazo (7 a 10 años) y seguramente ciclos de estructuras más prolongadas

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Traducción al español por Huan Manwe